Dr. Engel

 

DOCTOR ENGEL

A ti, a quien siempre he dedicado mis logros, porque esta vez no será diferente. Por ser mi inspiración para José, al igual que tu mujer lo ha sido para Pilar, tan fuerte y comprensiva como ella. Por cuidarme cuando más lo he necesitado. Por enseñarme el significado de la palabra bondad y el placer de ayudar al prójimo. Por no apartarte de mi lado. Te llevaré siempre conmigo, abuelo.

A mi marido e hijos, por su apoyo incondicional, por sus ideas cuando mi mente quedaba en blanco y por aguantarme cada vez que me ponía pesada pidiendo opiniones. Os amo con toda mi alma.

A mi madre, por sus críticas constructivas, por soportar mis cabreos cuando no compartía sus opiniones, por su paciencia y saber estar en todo el proceso. A mi padre y mis hermanos, por sus ánimos y por compartir mi alegría y confiar en mí.

Y, sobre todo, a mis chicas (y chicos) de Wattpad, que gracias a su apoyo constante en forma de comentarios Doctor Engel ha llegado hasta aquí.

CAPÍTULO 1

Siento un empujón tan fuerte que pierdo el equilibrio. Caigo con violencia de rodillas al suelo. Los gritos e insultos no cesan, sus manos agarran mi camiseta y tiran con fuerza. Noto cómo la ropa presiona mi cuello cuando lo hace. Me gira y sin esfuerzo consigue colocarme a la altura de sus ojos para que lo mire. Gotas de saliva mezcladas con alcohol llegan hasta mis mejillas, pestañas y nariz cuando me habla, está totalmente fuera de control…

Mario no era así cuando le conocí. Llevamos juntos más de cinco años y estos dos últimos están siendo un infierno. Empezamos a salir en la universidad. Desde entonces, ha sido mi primer y único amor. Soy incapaz de dejarlo, no me atrevo, tengo miedo de su reacción. Sé que si lo hago enloquecerá y quién sabe lo que es capaz de hacer.

No entiendo por qué todavía le quiero, aunque a veces creo que no es amor sino pena lo que siento. Mario solo me tiene a mí, le despidieron del trabajo hace diez meses y desde hace años no habla con su familia. Tiene mucho orgullo y un único amigo, con el que se emborracha casi a diario.

Hoy el motivo de su enfado ha sido porque al llegar a casa no había cerveza en la nevera. El de ayer, porque tardé en abrirle la puerta. Había perdido su llave y cuando llamó yo estaba en la ducha. Hace tres días, porque no le contesté un mensaje al instante, ya que estaba en una reunión importante…

Cada día que pasa es peor. Con mucha sutileza, a lo largo de estos años, ha ido ganándome terreno. Empezó con gritos, y al ver que por miedo cedía se sintió poderoso (lo veo diariamente en sus ojos) y continuó con insultos. Al poco llegaron las amenazas, y ahora me agrede físicamente sin piedad.

Mario, suéltame, por favor, y tranquilízate. Acabo de llegar del trabajo y no me ha dado tiempo ni a abrir la nevera, ayer quedaban doce latas… —diga lo que diga no me dará opción, y tampoco recordará que ha sido él quien se las ha bebido.

¿A quién has invitado mientras he estado fuera? ¡Dime, perra!

Llega el primer bofetón. Siento el sabor tan familiar de la sangre en mi boca. Sé que he vuelto a cortarme el carrillo interno con mis dientes por el impacto, justo en el mismo sitio que ayer. Cruzo los brazos sobre mi rostro para evitar más daño, pero esta vez un fuerte puñetazo golpea mis costillas. El dolor es tan intenso que hace que expulse todo el aire de mis pulmones. Tengo la sensación de que no voy a poder llenarlos nunca más. Mis brazos caen por la sacudida, dejando mi cara sin protección. Aprovecha para darme otro duro golpe en la mandíbula.

Mis ojos se cierran y me abraza una increíble sensación de paz. «¿Cómo es posible que algo tan agradable me invada en este momento?», me digo. Mi cuerpo se relaja. Oigo mi respiración tranquila, pero todos los demás ruidos se alejan hasta que desaparecen. Parezco gelatina y no me responde nada. Sé que caigo al suelo al tiempo que recibo más patadas, pero ya no siento ningún golpe…

Tintineos y pitidos en la lejanía, murmullos… Mi sentido de la audición está volviendo. Papeles que se rasgan, plásticos batiéndose en el aire, telas y líquidos. No necesito abrir los ojos para percibir gente a mi alrededor. Una dulce y ronca voz masculina perfora mi canal auditivo. Estoy segura de que no es la de Mario. Un fuerte dolor de cabeza se apodera de mí, quiero llevarme las manos a la cara, pero alguien me lo impide.

Quieta, Natalia. ¿Puedes abrir los ojos? —esta vez es la voz de una mujer.

Sí, creo que sí —respondo, pero cuando lo voy a hacer llega la siguiente pregunta, que me hiela la sangre.

¿Recuerdas lo ocurrido? —claro que lo recuerdo, pero no puedo contárselo. El miedo a que puedan leer la verdad en mi mirada me obliga a mantener los ojos cerrados.

No lo sé… —contesto rápidamente.

Tu novio nos ha contado que has caído por la escalera cuando ibas a la compra. ¿Lo recuerdas? El pobre está ahí fuera muy nervioso esperando noticias.

Abro los ojos, sorprendida. Una luz cegadora me hace volver a cerrarlos. Hay una enorme lámpara encima de mi cabeza. Por fin consigo enfocar a la enfermera, y por un momento siento confusión. «¿Será cierto? ¿Me habré caído por la escalera? Es cierto que tenía que salir a la compra, pero… no recuerdo haber bajado ningún escalón…». Y es ahí cuando soy consciente de lo que realmente ha pasado. Puto mentiroso.

No lo recuerdo, señorita —digo aterrada, tratando de ocultar lo ocurrido.

Natalia —me sobresalto, la ronca voz masculina de antes suena a mi derecha.

Me giro para verlo y lo primero que encuentro es a un enorme hombre vestido de verde. Mide alrededor de un metro noventa. Musculoso y con los ojos más azules que he visto en mi vida. Tiene el cabello despeinado, es rubio y lleva una barba de tres días. Justo en ese momento dudo… «¿Estoy en un hospital o en el cielo?».

Soy el Doctor Engel, su traumatólogo —ahora sí que no tengo duda… estoy en el cielo.

Encantada, Doctor Engel —mi voz suena tímida. Tiene un ligerísimo acento y creo que puede ser alemán.

Vamos a tener que vernos durante algún tiempo, Natalia. Tiene varias contusiones que debemos vigilar. No son graves, pero hay que tenerlas bajo control. Especialmente la de su brazo izquierdo —en ese mismo momento descubro que lo tengo inmovilizado.

Doctor… ¿varias? —contesto con la voz entrecortada. Me parece increíble que hable de varias, cuando hasta el momento no tengo ningún dolor.

Miro hacia arriba y veo botes de suero colgados y goteando. De ellos salen varios tubos transparentes que acaban en el doble de mi brazo sano.

Sí. También tiene dos costillas afectadas, además de un golpe muy feo en el mentón —roza mi mandíbula para girarme la cabeza y observarlo mejor.

Me mira directamente a los ojos y veo rabia e impotencia en los suyos. Con una voz seca y seria a la vez, prosigue.

Perdona que insista, Natalia, pero… ¿Seguro que no recuerdas nada de lo ocurrido?

Sus palabras hacen que un escalofrío recorra mi espalda. Si no actúo bien van a descubrir que miento. Quizás lo intuyen, pero no puedo arriesgarme. Retengo el aire en mis pulmones y siento como si un elefante me pisara. En ese instante compruebo que mis costillas están tan afectadas como él ha dicho. Con gesto de dolor contesto:

No, Doctor Engel, no recuerdo nada…

No me siento cómoda mintiendo. Yo no soy así. Mis padres siempre se han preocupado por enseñarnos a mis hermanos y a mí a ser sinceros. Les estoy traicionando. Noto cómo me observa, estoy segura de que ha descubierto mi batalla interna. Levanto la mirada y ahí están de nuevo esos preciosos ojos azules clavados en los míos. Juraría que esta vez es pena lo que veo en su expresión. Pero, aun así, no quiero que deje de mirarme… Me pierdo detrás de sus tupidas pestañas. Mis problemas se desvanecen mientras observo los mares que tiene por iris y me sumerjo en ellos.

Bien, entonces aquí ha terminado mi trabajo por ahora. Te veo en unas horas —su voz me saca de mi ensimismamiento. Pestañeo. Hay enfado en su manera de hablar y no dice nada más. Deja unos folios a los pies de la cama y no espera a que me despida ni le dé las gracias. Da media vuelta y se va.

Me quedo a solas con la enfermera y en silencio. Ella también parece estar extrañada por la forma en la que se ha marchado el Doctor Engel. Se queda mirando la puerta durante unos segundos y oigo cómo resopla mientras se vuelve hacia mí.

Vale, vamos allá —me dice poco convencida—. Terminaré yo de explicarte lo que vamos a hacer ahora. Te vamos a dejar en esta sala durante algunas horas. Necesitamos saber el porqué de la pérdida de consciencia que has sufrido. Aunque creemos que se trata de un traumatismo craneal menor. Vendrá a verte nuestro neurólogo.

¡Suena horrible! —digo asustada

Tranquila, esto suele ocurrir cuando la cabeza se mueve muy rápido debido a un golpe. Posiblemente al de tu mentón. Si te sientes mejor, y las exploraciones que te hagan son correctas, podrás irte a casa, pero alguien deberá vigilarte allí durante las próximas 24 horas.

Media hora después, el neurólogo está conmigo probando todos mis reflejos. Cuando se va, me pierdo en mis pensamientos. Los ojos del Doctor Engel. Tan azules, tan expresivos, me dan paz, me relajan… Me relajo y me duermo…

De acuerdo, Natalia —vuelvo a oírle. Me despierto asustada y jadeando. Por un momento, no sé dónde estoy, hasta que me oriento y lo recuerdo todo. Al notarme alterada, el doctor pone una mano sobre mi cabeza mientras se acerca para hablarme. Ese gesto tan familiar consigue que mi respiración se calme—. Pues parece que has tenido suerte esta vez y te vas a casa… —si él supiera no lo llamaría suerte.

Eso parece —contesto sin demasiado entusiasmo.

No podemos hacer más si no nos ayudas, querida.

¿Cómo? —siento el corazón en los oídos.

La enfermera Adelaida y yo llevamos demasiado tiempo trabajando juntos en traumatología como para saber qué heridas o traumas son compatibles con caídas y cuáles no. Casualmente, este no parece ser el caso…

«Mierda, mierda y más mierda», me digo. Apenas puedo respirar, y no por el golpe.

No sé de qué me está hablando, doctor —respondo sin pensar.

Ojalá esté equivocado, pero yo creo que sí —me quedo muda. El latido de mi corazón me golpea en las sienes. Creo que mi silencio acaba de traicionarme.

Me mira directamente a los ojos y me sonríe. Es una sonrisa lastimera. Sin decir una palabra más, empieza a quitarme todos los tubos con ayuda de la enfermera. Estoy muy incómoda, y lo único que quiero es irme de ahí lo más rápido posible, pero solo pensar lo que me espera fuera hace que me plantee la idea. No sé qué es peor… Tierra trágame.

Nos vemos en un par de días, Natalia —dice el doctor—. Te dejo el informe de alta, ya que tus lesiones no requieren ingreso. Solo necesitas mucho reposo y estos calmantes —me señala una caja verde—. Ahí también está la cita para que sepas dónde acudir. El jueves a las cinco de la tarde te veo —sin más explicaciones vuelve a irse de nuevo, sin darme tiempo a nada.

Cuando me quedo sola recojo los papeles, los reviso y descubro entre ellos su número de teléfono y algunos documentos de asociaciones dedicadas a ayudar a víctimas del maltrato. No puede estar pasándome esto a mí…

Un celador tiene que ayudarme a vestirme. Hasta ese momento no he sido consciente de lo difícil que van a ser para mí estos días. Mi madre, una de las dos personas que podría ayudarme, está viviendo en Toledo. Tampoco quiero asustarla, por lo que se lo ocultaré todo el tiempo que sea posible. Y a Laura, mi mejor amiga, no voy a poder engañarla. Ella sabe algunas de las cosas por las que he tenido que pasar, debido a que necesitaba desahogarme. Aunque con ella siempre he tratado de quitarle todo el hierro que he podido al asunto.

Cuando me llevan a la sala de espera donde están los familiares allí está Mario. Cuando se gira hacia mí siento cómo se me eriza el pelo, al igual que a un animal asustado. Al momento, me doy cuenta de que está afectado. Juraría que siente remordimientos.

Sé que siempre se arrepiente después de nuestras peleas. Verle así me da tanta lástima que le perdonaría cualquier cosa. No es mal tío, solo que se altera con facilidad. Está pasando por una mala racha.

Mario tiene el detalle de traer el coche a la entrada de urgencias para que no tenga que caminar hasta el aparcamiento, algo que le agradezco enormemente. Espero sentada en una silla de ruedas mientras vuelve. Cuando le veo aparecer me pongo en pie e intento llegar hasta él mientras me abre la puerta. Tengo que ir despacio, por culpa del dolor tan horrible que siento en las costillas. Es un suplicio andar y respirar en ese momento. Mario empieza a perder la paciencia y se cabrea por mi tardanza.

No debe de haber una tía más blanda y quejicosa que tú —me dice mientras voy dando pequeños pasos y siento que me ahogo. Prefiero no contestar y dejarle que diga lo que quiera, porque si no será peor—. ¡Vamos, coño! —vuelve a increparme—. ¡Nos van a dar las uvas, a este paso!

La gente le mira con desprecio desde la calle y siento vergüenza ajena. Él, en cambio, siente todo lo contrario: saca pecho creyendo que ven a un hombre, muy hombre y dominante. Incluso se atreve a sonreír orgulloso.

Me siento dolida y humillada en ese momento. Es por su culpa que estoy así, y para colmo se está riendo de mí. No merezco esto. No tiene derecho a tratarme así. Sé que no soy gran cosa, él se encarga de hacérmelo ver cada día. Seguramente, nadie me vaya a querer nunca, porque no valgo nada. Me lo repite continuamente… pero creo que no merezco esto. Nadie merece esto. Estoy agotada física y psicológicamente, desde hace meses tengo la sensación de que no puedo más. A mis 25 años estoy hundida y acabada. Mi vida no tiene sentido. No puedo dejarle. Pero no quiero seguir viviendo así, y para colmo no puedo contárselo a nadie por miedo a represalias. Estoy totalmente perdida…

De regreso a casa vamos en silencio. No quiero mirarlo a la cara, y me paso parte del trayecto mirando por la ventanilla. Hasta que siento su mano pasar por mi muslo, y unas horribles náuseas se apoderan de mí. Lo miro, y me está sonriendo, trato de mantener la calma, no le devuelvo la sonrisa para no darle pie a nada más, y vuelvo a dirigir la cabeza a la ventana.

¿No piensas decirme nada? —me dice como si nada.

¿Qué tengo que decirte? —le pregunto.

Pues no sé, Natalia, llevo todo el puto día esperándote en el hospital, al menos deberías agradecérmelo, ¿no crees? ¡Eres una puta desagradecida! —le fulmino con la mirada, pero cuando clava sus ojos en los míos siento pánico e instintivamente bajo la cabeza. Aun así no puedo evitar contestarle.

¿Perdona? Me has golpeado hasta hacerme perder el sentido, Mario —necesito que entienda que ha estado mal.

Te recuerdo que tú has sido la que ha provocado todo esto, señorita… —me responde con sarcasmo. Esto ya es demasiado para mí. Es irreal y debo estar soñando.

Pero, ¿qué me estás contando? —le pregunto, visiblemente afectada.

Tú eres la inútil que se ha caído por la escalera. Eres muy, pero que muy torpe, Natalia —se gira y me sonríe maliciosamente mientras vuelve a ponerme la mano en el muslo—. Tendrás que recompensarme, ¿no crees? —las náuseas vuelven en ese instante y trato de contenerme para no vomitar.

Segundos más tarde llegamos a la puerta de nuestro edificio. Le pido por favor que me deje ahí mientras él aparca. Me siento muy aliviada cuando cede. No sé si sería capaz de llegar hasta la casa, nuestra plaza de garaje está algo alejada. Como puedo, salgo del coche tratando de ocultar mi torpeza. Me trago todo el dolor para salir más deprisa, mis ojos se llenan de lágrimas por el esfuerzo, pero necesito aire y evitar a toda costa oírle protestar.

El siguiente reto al que me tengo que enfrentar es la escalera. Vivimos en un segundo sin ascensor. Esta parte sí que va a ser difícil… Muy lentamente, voy subiendo. No voy ni por el cuarto peldaño cuando le oigo detrás de mí, me vuelvo y simplemente me mira durante un par de segundos, y a continuación sube de tres en tres los escalones dejándome allí. Tengo que tomarme varios descansos, es posible que haya tardado más de media hora en llegar, pero por fin lo consigo.

Aliviada, abro la puerta con mi llave, y oigo la ducha. «Por fin un rato tranquila», me digo. Me siento en el sillón e intento relajarme. Es muy tarde, pero por mi anterior esfuerzo creo que no podré llegar hasta la cama. Estoy tan agotada que caigo rendida en un profundo sueño.

Un rayo de sol que entra por la ventana me despierta, y en cuanto abro los ojos soy consciente de que me duele todo. Por un momento creo que no seré capaz de levantarme de donde estoy, pero después de varias posturas encuentro la correcta y lo consigo, aunque con mucho trabajo. Miro hacia la habitación y la puerta está cerrada, sé que está durmiendo, por lo que procuro no hacer ruido para que no se despierte malhumorado. Últimamente se altera con facilidad. Busco algo para desayunar y no tomarme las pastillas con el estómago vacío, pero nada llama mi atención. Finalmente me decido, y prácticamente tengo que obligarme a comer un donut que encuentro en el mueble de la cocina.

Apenas puedo masticar, abrir y cerrar la boca se ha convertido en una ardua tarea, la inflamación me lo impide. Tomo mis pastillas y camino hacia el baño para asearme. Todavía no he llegado cuando la puerta de nuestro cuarto se abre. Mario sale de él, me mira durante unos segundos y yo le devuelvo la mirada. Está prácticamente desnudo, solo tiene unos calzoncillos bóxer negros puestos, se gira y sin mediar palabra avanza hasta la cocina.

Le repaso con la mirada mientras se aleja. Es un hombre muy atractivo. Su pelo es moreno y tiene un aire descuidado, sus ojos son negros y ligeramente rasgados. Siempre ha sido musculoso… pero ha cogido varios kilos en el último año, imagino que es debido a la cantidad de alcohol que ingiere diariamente y a que ya no practica ningún tipo de deporte.

¡Hija de puta! —salgo rápidamente de mis pensamientos. El corazón se me sube a la garganta y siento la sangre correr en mis venas—. ¡Te has comido mi donut!

«Mierda, no…», me digo a mí misma cuando oigo el ruido de sus pies descalzos caminar con furia hacia mí. Trato en vano de aligerar el paso todo lo que puedo para llegar al baño y poder cerrarme en él, pero no tarda en darme alcance, sujetándome por el brazo que tengo sano.

Mario, Mario, escúchame por favor —de nada sirve, no tarda ni tres segundos en empotrarme contra la pared. El dolor es tan fuerte que creo que me voy a desmayar, aun así, saco fuerza para intentar dialogar—. Mario, te lo suplico, escúchame —apenas puedo hablar porque no me entra el aire.

Lo haces a propósito, te has propuesto joderme la vida y desquiciarme —me grita—, pero voy a acabar contigo, ¿me oyes?, ¡voy a destruirte como tú estás intentando destruirme a mí! —hace más presión contra mi cuerpo y la pared.

Mario, por favor, jamás te haría algo así, lo he visto en el armario y no pensé que era tuyo. Lleva ahí varios días, desde que lo compré la semana pasada, imaginé que no lo querías —trato en vano de hacerle entrar en razón.

Deja de jugar conmigo, Natalia —su mano agarra mi cuello—. Deja de reírte de mí o te juro que lo vas a lamentar, puedo hacerte mucho daño —siento que me ahoga, intento con mi mano libre soltarme, pero no afloja—. Tú no sabes con quién estás jugando —sus ojos me dicen que no miente.

De acuerdo, Mario —le digo intentando que salga mi voz—. Lo siento, te prometo que ha sido un error. Suéltame y ya verás como no vuelve a pasar. He aprendido la lección. Soy una idiota.

Lentamente noto que mis palabras han surgido algún efecto, y deja de presionar mi tráquea. Sus ojos siguen mirándome con un odio que no entiendo. Mantiene su respiración agitada, pero se aparta poco a poco de mí y vuelve caminando a la cocina. Me quedo apoyada en la pared, mientras mis piernas vuelven a la normalidad y dejan de temblar. Mientras miro cómo se aleja no puedo evitar sentir cómo mi corazón termina de romperse en mi interior. Tengo que hacer algo.

Vuelvo a caminar hacia el baño y me quedo mirando la ducha. Valoro si podré hacerlo sola y me rindo. Sé que ahora no podré, así que opto por dejarlo para más tarde. Cuando me dispongo a lavarme los dientes me quedo inmóvil ante el reflejo de mi espejo. Tengo el mentón totalmente hinchado y de color violeta oscuro, marcas rojas en mi cuello, mi brazo en cabestrillo y estoy encorvada por el dolor. No puedo creer que le haya dejado reducirme a esto.

Mis ojos se llenan de lágrimas, y por primera vez siento que he tocado fondo, lloro y lloro sin parar, no puedo contenerme y me derrumbo por completo. Definitivamente necesito ayuda. Por primera vez, no me importan sus represalias, prefiero morir que tener que vivir así.

Cojo mi teléfono, y en lo primero que pienso es en mandar un mensaje a Laura, pero recapacito y no lo hago. Necesito contárselo a alguien que pueda seguir teniendo la cabeza fría después. Laura solo querría matarlo en ese momento y la cosa empeoraría.

Salgo del aseo y me dirijo a por mis informes médicos. Mientras él sigue en la cocina, busco entre ellos, hasta que doy con la hoja de las asociaciones de mujeres maltratadas, que dejó allí el Doctor Engel. La miro detenidamente. Dudo. Intento pensar, pero me quedo en blanco, y por un momento no sé qué contarles, porque no sé cómo van a actuar. «¿Y si esto lo empeora?», me digo. No sé por dónde empezar… Doblo la hoja y la guardo en el bolsillo de mi pantalón, esperaré un poco, hasta tener las ideas claras.

El día transcurre sin más complicaciones, pero como ya es habitual en mí, cada ruido me sobresalta de manera exagerada, y siento el corazón debajo de la lengua continuamente. Este estado de alerta continuo en el que vivo no debe ser nada bueno para mi presión arterial. Mario decide salir con su amigo, por lo que aprovecho y llamo al trabajo en ese momento para comunicar mi “accidente”, y que no podré ir durante las próximas semanas. Claudia me desea una pronta recuperación y asegura que me echarán de menos estos días.

A pesar de la crisis, la empresa de diseño gráfico y publicidad en la que trabajo va hasta arriba, y lo que menos falta hacía era una baja más. Andrés está de vacaciones y Paula disfrutando de su maternidad.

Son las dos de la mañana y todavía no ha llegado. Cansada de esperar me dirijo a la cama, y en unos minutos estoy dormida. No sé cuánto tiempo ha pasado cuando oigo la llave de la puerta girar y varios golpes, seguidos de balbuceos. Me levanto lo más rápido posible y voy hacia allí. Mario está a cuatro patas en el suelo, viene tan borracho que debe haberse caído. Levanta la cabeza y veo el desprecio con el que me mira.

Mira cómo estoy por tu culpa, Natalia, me das tanto asco que tengo que beber para soportarte —siento cómo mi corazón se encoge, aun así, trago saliva y trato de convencerme de que no es él quien habla, sino el alcohol que corre por su torrente sanguíneo.

Deja que te ayude, tienes que ir a la cama —me acerco y le ofrezco mi mano derecha. La acepta y de un fuerte tirón consigue derribarme. Mientras me encojo de dolor en el suelo él gatea por mi cuerpo, hasta quedar tumbado encima de mí, y entre mis piernas

Vamos, perra, dame lo que quiero —se mueve simulando el coito. Me aplasta las costillas y las náuseas se apoderan de mí. Ahora la que siente asco soy yo.

Busco en mi cabeza una idea para poder quitármelo de encima en ese momento, y creo que la encuentro.

Vamos a la cama —le digo—. Allí estaremos más cómodos —me mira sonriendo y acepta mi petición. Se levanta tambaleándose y se dirige a la habitación. Durante unos segundos, yo sigo tumbada, jadeando e intentando tranquilizarme.

Voy enseguida —le digo desde mi posición. Recupero el aliento y con trabajo consigo ponerme en pie. Pienso en la manera de ganar más tiempo—. Dame un momento, Mario, voy a pasar por el baño primero.

Paso más de quince minutos cerrada allí, con la espalda pegada a la puerta y el corazón golpeándome el esternón. Cuando creo que por fin se ha quedado dormido salgo de puntillas. Efectivamente ha funcionado. Respiro aliviada y decido dormir de nuevo en el sillón.

CAPÍTULO 2

Es jueves y ya estoy lista para acudir a la consulta del Doctor Engel. No tengo ganas de arreglarme, un pantalón de chándal negro, unas zapatillas de deporte blancas y una camiseta de manga corta roja son mi atuendo. No puedo recogerme el cabello y tengo que dejar suelta mi tupida y lisa melena castaña. Necesito un buen corte, lo tengo demasiado largo para mi gusto. No me maquillo por no mirarme en el espejo, no soporto verme así.

Mario viene conmigo. Gracias a Dios no recuerda nada de lo sucedido anoche. Está algo malhumorado debido a su resaca, pero hasta ahora es soportable. Llegamos a la consulta. Entrego mi citación y una enfermera muy amable me señala una sala. Hay unas doce personas allí. Me pide que espere y en breve me llamarán. Tomo asiento. Diez minutos más tarde…

Natalia Montero —rápidamente trato de ponerme en pie. Mario sigue sentado, por lo que deduzco que no entrará conmigo.

Sí, soy yo —le digo a la enfermera.

Sígueme, Natalia, en cuanto salga la persona que hay dentro pasas tú —me dice señalando una habitación.

Entro y es una pequeña sala de espera pintada de blanco. Hay una ventana sin cortinas frente a la puerta. Desde ella se ve otro gran edificio que no conozco, y a mi derecha hay una mesa y una silla vacía. La mesa está cargada de folios y ficheros. En el centro hay un ordenador encendido que parpadea.

Mientras observo todo lo que me rodea oigo una voz que conozco. Siento calor en mis mejillas y una especie de regocijo se apodera de mí. Es la del Doctor Engel, y sé que está despidiéndose de alguien. La puerta se abre y de ella sale una mujer preciosa, de unos treinta años. Rubia, alta, delgada… lo tiene todo. Lleva un vestido negro que se ajusta a todas sus curvas y unos zapatos de tacón rojos que realzan sus esculturales piernas. Veo al doctor salir tras ella para acompañarla hasta la puerta. Sé que no me ha visto, estoy casi en un rincón, pero yo sí veo cómo sonríen entre ellos. Se dan un beso muy familiar en la comisura de sus labios y quedan para más tarde.

Debe de ser su pareja. Ahora el calor está en mi estómago, no puedo evitar sentir celos de ella. Cómo me gustaría estar en su lugar, pero rápidamente desestimo la idea. Alguien como él jamás podría fijarse en una persona tan patética como yo…

Vaya, Natalia, no había visto que estabas aquí —me dice el doctor cuando se percata de mi presencia.

Hola —sonrío amablemente, estoy tan nerviosa y abrumada que mi sonrisa no llega a mis ojos.

Pasa. Vamos a ver cómo sigues —se aparta de la puerta para cederme el paso y entro en la consulta. Lo primero que llama mi atención es el aroma. Inhalo profundamente. Huele a… a fresco y limpio, es una fragancia discreta y atractiva con fondo cítrico y un pequeño toque de madera. Estoy segura de que acaba de convertirse en mi perfume favorito.

Me fijo en el cuarto. Es muy parecido al anterior, solo que un poco más grande. La mesa es blanca y las sillas de color azul. Me ofrece la que más cerca está de mí y la señala haciendo un gesto con la cabeza para que me siente. Él se acomoda al otro lado y observa la dificultad con la que me siento yo.

Sus ojos se posan en los míos. Noto cómo mis mejillas se calientan al instante y mi respiración se acelera ligeramente. Desliza su mirada y repasa el contorno de mi mandíbula con ella. Sé que está valorando mi moretón. A continuación, se fija en mis labios y lentamente baja su mirada hasta mi cuello. Trago saliva, y durante unos segundos noto bombear la sangre allí donde sus ojos están fijos. Más calor se apodera de todo mi cuerpo y tengo que humedecerme los labios.

De pronto su expresión cambia, frunce el ceño y un escalofrío recorre mi columna. Mis extremidades parecen estar entumidas y mi boca se seca. Sé lo que ha descubierto. Una de mis manos, en un acto reflejo, trata de cubrir las nuevas marcas en mi garganta, pero ya es demasiado tarde. Ni siquiera las recordaba hasta ese mismo momento.

¿Vas a decirme cómo te has hecho esto? —veo fuego en sus ojos y tiene un gesto muy serio.

Pues verás… no… no sé… creo que… creo que debo… sí eso es… debo haberme rascado, ¿sabes? A veces me pasa… y luego… me quedan estas marcas… —mierda, estoy perdida.

¡Más bien te “han” rascado! —me grita y hace que salte de mi silla.

No… no sé qué estás queriendo decir, doctor… no… creo que te estás equivocando… —intento suavizar las cosas, pero la seguridad en su mirada me lo pone realmente difícil.

¿Cuánto tiempo vas a seguir escondiendo esto, Natalia? —ya no hay dudas, lo sabe.

Yo… —siento cómo mis ojos se llenan de lágrimas.

¿Vas a esperar a que acabe con tu vida? —intento articular palabras, pero ya no tengo voz, lo único que puedo hacer es llorar y llorar como una niña pequeña.

Intento ponerme en pie para irme de allí, pero él lo impide sujetándome del brazo. Se levanta, viene hasta mí y se agacha para estar a mi altura. Sin decir nada, pone su cabeza cerca de la mía y desliza su brazo por encima de mis hombros. Nos quedamos unos segundos así mientras sigo sollozando. Aunque estoy destrozada psicológicamente en ese momento y soy toda lágrimas, no se me escapa la sensación tan agradable que siento teniéndolo cerca. Es, ante todo, tranquilizadora. ¿Cuánto tiempo hacía que alguien no me sostenía así cuando lo paso mal?

Natalia, quiero ayudarte. ¿Me dejas?

Millones de veces he necesitado oír esa frase. Su voz cerca de mi oído me transmite total sinceridad.

Está pasando una mala racha —le digo, intentando disculparle—. Y no se lo pongo nada fácil, soy muy torpe y se pone nervioso. Sé que me quiere, doctor, lo está pasando mal y tengo que ayudarle, no puedo apartarme de él ahora.

No puedes excusar su comportamiento, si es cierto lo que dices debería apoyarse en ti y no derribarte a puñetazos como está haciendo —su acento alemán hace que preste más atención a sus palabras.

Estoy segura de que eso va a cambiar en cuanto las cosas vayan por mejor camino —le digo.

Natalia —agarra mi cara con sus manos y me obliga a mirarle directamente a los ojos—, piensa por un momento… —me dice—. Piensa en tu mejor amiga, ¿cómo se llama?

Laura —digo sin dudar.

Bien, imagina que Laura, tu mejor amiga, te asegura que su novio la quiere, pero llega a casa con varias fracturas y golpes por todas part…

¡Sería horrible! —contesto sin dejar que termine.

Vale, espera, que no hemos acabado —dice con una media sonrisa—. Imagina que no ha sido un accidente, sino que alguien le ha pegado una tremenda paliza, y ese alguien es su pareja. La persona que debería amarla y respetarla, pero, sobre todo, cuidarla.

No podría soportarlo… —lágrimas vuelven a mis ojos.

Ahora viene la mejor parte, Natalia. ¿Qué le dirías a Laura?

Que se aparte de él, que pida ayuda —mientras digo esa frase miro fijamente a la pared, miles de pensamientos cruzan mi mente.

Bien, aquí quería llegar yo —dice de nuevo sonriendo—. ¿Y si Laura tratara de convencerte de que es culpa suya, porque es torpe… y su pareja está pasando una mala racha?

¡No tiene derecho a tratarla así! —grito, sé que me lo estoy diciendo a mí misma.

Nadie tiene derecho a tratar a una persona de ese modo. Nadie, ¿me oyes? —aprieta mis pómulos con sus manos, y mi mirada vuelve a sus grandes y expresivos ojos azules.

Nadie… —digo casi para mis adentros.

No puedes pasar una noche más con él, no puedes arriesgarte. Estar bajo el mismo techo que una persona así es como estar viviendo con tu asesino. No sabes cuándo se le volverá a cruzar el cable. Puede ser hoy, mañana o dentro de unas semanas, pero, finalmente, acabará contigo —mis ojos se abren sorprendidos, nunca lo había visto de esa forma—. Ya no te pido que me dejes, Natalia, directamente te prometo que voy a ayudarte. No voy a permitir que te ocurra nada, ¿de acuerdo?

Lo único que puedo hacer es asentir mientras algo en mi interior se está removiendo. Siento que mi pecho se expande. ¿Es quizá esperanza lo que siento? Por primera vez, pienso que puede haber luz en el camino y que no estoy tan sola como creía. Sus sabias palabras han hecho que recapacite. Tiene razón. Nadie tiene derecho a hacer algo así. Vuelvo a la conversación.

Él está ahí fuera —le digo en forma de susurro. Tengo tanto miedo que temo que Mario me oiga.

Pues habrá que darle esquinazo como sea —contesta mientras frunce el ceño.

¿Cómo lo hacemos? —estoy tan nerviosa que no se me ocurre ninguna manera de salir de la sala sin que nos vea. Saltar por la ventana es la única posibilidad y no creo que funcione, ya que estamos en un tercero.

Se golpea el labio con el índice mientras piensa.

Mi turno acaba contigo… eres mi última paciente —me dice, algo brilla en su mirada y arquea una ceja—. Él no lo sabe. Saldremos y diremos que vamos a hacerte unas radiografías.

¿Y… dónde voy? ¿Qué hago después? —le respondo con principios de ansiedad.

Ya se nos ocurrirá por el camino, creo que tengo la respuesta, pero lo primero ahora es salir de aquí sin él. Confía en mí —cierro los ojos con fuerza y me dejo llevar por sus palabras. Lo voy a hacer, pero aun así la incertidumbre y el miedo me matan.

Estoy tan aterrada que no sé si podrá salir bien —le digo mientras noto cómo mi barbilla tiembla. Recojo rápidamente mis cosas y me pongo en pie.

Tranquila, no te ocurrirá nada. Te lo he prometido —y con esa última frase no deja que lo piense más. Me agarra del brazo y empieza a tirar de mí para sacarme de la habitación. En la antesala nos paramos. Me coge por los hombros y me mira fijamente—. Actúa con normalidad —me dice—. Sé que ahora mismo es difícil lo que te pido, pero tienes que tener claro que esto no es un juego de niños. Lo que está en juego es tu vida si sigues con él. ¿Preparada para salvarla? —gotas de sudor bajan por mi espalda. No sé lo que estoy haciendo, pero confío ciegamente en él. No tengo nada que perder.

Camina a mi lado y ve donde yo vaya —asiento, porque es lo único que puedo hacer.

Cuando me ve salir, Mario se acerca, su mirada me dice que está cansado de esperar y que quiere irse a casa. El tono de su siguiente frase lo confirma.

¿Has acabado ya? —mi espalda se pone rígida, siento el corazón en cada centímetro de mi cuerpo y mucho calor en la cabeza. Creo que empiezo a marearme.

No —se adelanta el Doctor Engel al ver que tardo en contestar—. La señorita Natalia necesita un par de placas radiográficas para ver si están consolidando correctamente sus fracturas, quédese aquí un momento, por favor, no tardaremos —aire, aire, necesito aire, estoy conteniendo el aliento y no recuerdo cómo se respira. Siento el roce de sus dedos en mi codo.

Vamos, señorita Natalia, no hagamos esperar a los radiólogos —reacciono y recuerdo lo que me ha dicho antes. Camino a su lado en silencio. El pasillo es interminable, empiezo a plantearme si es correcto lo que estoy haciendo, mi corazón parece una locomotora.

Unas puertas verdes se divisan al fondo. Cuando nos acercamos puedo ver que hay un cartel enorme en el que pone Solo personal autorizado. Pasamos a través de él sin ningún problema. Por el camino una chica vestida de azul saluda al doctor.

Buenas tardes, caballero —le dice con confianza—. ¿Cómo está Erika? —se humedece los labios mientras espera la respuesta. Sé que intenta coquetear con él.

Muy bien, Beatriz. Hace unos minutos salió del edificio. Llegó esta mañana y va a pasar unos días en casa. Sabrá que has preguntado por ella —esboza una pequeña sonrisa y seguimos la marcha.

No sé quién es Erika, pero intuyo que es la chica de antes. Vuelve el calor a mi estómago, y no me gusta nada esa nueva sensación. «¿Estoy celosa?», me digo. ¿Qué está pasando conmigo? Por unos segundos consigo olvidar de qué estoy huyendo, pero el olvido dura poco.

Ya estamos llegando a la salida —pone su mano en mi espalda y aligera el paso. Es como si él también tuviera ganas de salir. No puedo evitar pensar que se está molestando demasiado y que le puedo buscar algún problema.

Doctor Engel, no quisiera ponerle en un aprieto… yo no quisiera que por mi culpa tuviera… —mis remordimientos empiezan a jugar conmigo.

Llámame César. Mi nombre es César Engel.

¿César? —no imaginaba ese nombre. En mi cabeza esperaba algo más extranjero. Incluso creía que Engel era su nombre y resulta ser su apellido.

Así es —sonríe, y como si supiera el porqué de mi sorpresa, continúa—. Mi madre era española y mi padre, alemán.

Ah… yo tenía un tío que vivía en Alemania… —es lo único que sale de mi boca mientras mi mente procesa la información que acabo de recibir. Sus padres deben de haber muerto, al menos de su madre habla en pasado.

Pasamos la última puerta y el sol de julio nos da de lleno. Ambos nos ponemos nuestras manos a modo de visera sobre los ojos. Seguimos caminando hacia lo que parece el parking privado del hospital. Aprieta un mando del que cuelgan unas llaves y las luces de un Audi Q7 negro parpadean. Le miro, y en ese momento una sonrisa traviesa se dibuja en su boca. Sé que está orgulloso de su posesión. Se adelanta a mí y abre la puerta del copiloto para que suba.

Adelante, señorita —los asientos están tapizados en piel gris, el salpicadero es del mismo color, los reposabrazos de las puertas son de madera y toda la instrumentación es totalmente digital. Me siento con cuidado. Este coche no se parece en nada al Renault Safrane dorado que comparto con Mario. Cierra mi puerta y camina hasta la suya. Es tan atractivo que no puedo evitar seguirle con la mirada. Sus pasos son firmes e inspira seguridad en sí mismo. Definitivamente, las chicas deben de caer rendidas a sus pies. Se acomoda y cierra la puerta.

Ponte el cinturón —me dice mientras se abrocha el suyo. Mete la llave en el contacto y gira, sé que lo ha arrancado porque nos movemos, pero no hace ningún ruido.

¿Dónde vamos? —pregunto tan asustada como perdida.

Lejos de ese loco —contesta con seriedad—. Tenemos que ir a un lugar que él no conozca.

Todos los lugares a los que puedo ir los conoce… —respondo con lágrimas en los ojos.

No te preocupes, contaba con ello —dice mientras acaricia mi hombro—. De momento, voy a llevarte a un sitio para que puedas estar tranquila y pensar con claridad. Mañana a primera hora volveré a por ti e iremos a poner la denuncia. Adjuntarás en ella el parte de lesiones que te rellenaré. Deberíamos hacerlo ya, pero quiero que asimiles un poco todo esto, estás bastante alterada. Ya que no vas a correr ningún peligro hoy, podemos permitirnos unas cuantas horas más de demora —saca su móvil y envía a alguien un mensaje.

Vale —contesto rápidamente mientras busco en mi bolso, mi móvil está vibrando. Mis ojos se abren y el corazón me golpea sin piedad en el pecho al ver el nombre de Mario en la pantalla—. ¡Es él! ¡Dios mío, es él! ¿Qué hago? ¿Qué le digo? —mis manos tiemblan y siento la boca seca. El estómago me da vueltas.

Cálmate —me dice—. Hoy tendrás varias llamadas suyas, créeme… pero sobre todo recuerda que ahora no puede hacerte daño —me quedo mirando el teléfono hasta que deja de sonar.

No sé si estoy haciendo lo correcto —digo mientras miro fijamente las luces del salpicadero—. No sé qué estoy haciendo… va a ser peor… mucho peor, creo que debería volver a casa —mi voz suena totalmente sincera.

Ni se te ocurra volver a pensar eso —me mira un par de segundos—. Esto que estás haciendo ahora mismo es quererte a ti misma y darte una oportunidad. Te la mereces —veo rabia en sus ojos. Mi móvil llama de nuevo nuestra atención, vuelve a sonar.

Mierda, mierda y mierda… no sé si voy a ser capaz de aguantar esto —pongo la mano en mi frente mientras niego con la cabeza.

Mi madre siempre me decía que el ser humano es capaz de aguantar siete veces más de lo que cree, solo es cuestión de mantener la cabeza fría —me mira—. Deberías avisar a la gente que quieres sobre lo que ha ocurrido para que no se preocupen. Seguramente él les va a llamar y les preocupará. Después, apaga el teléfono. Matando al perro se acabó la rabia.

Tienes razón —cuando voy a marcar el número de Laura el móvil vuelve a vibrar en mis manos. Esta vez es un mensaje, lo abro y leo:

¿A qué coño estás jugando? Coge el puto teléfono o me las pagarás.

Un frío recorre mi espalda. Mis manos y barbilla tiemblan sin control. Alarga su brazo y me lo quita de las manos para leer lo que pone.

Vuelve a sonar, esta vez en su mano, y descuelga. Una ola de calor abrasador sube desde mis pies hasta mi cabeza. Me pongo las manos en el pecho intentando evitar que el corazón se me salga de la caja torácica.

¿Dónde coño estás, desgraciada? ¿Cómo te atreves a dejarme aquí tirado? Tú no sabes con quién estás jugando todavía, ¡HIJA DE PUTA! —puedo oírle a través del auricular, está gritando como un loco.

¿Cómo te atreves tú a ponerle la mano encima? —imagino la cara de Mario al oír una voz de hombre recriminándole lo que ha hecho—. ¿Te crees muy hombre? ¿Te sientes poderoso por agredir a una mujer? —oh, mierda, mierda y más mierda… no me puedo creer que esté pasando esto—. Ella ya ha tomado la decisión de no volver contigo. Te aconsejo que a partir de ahora dejes de tocar los huevos, o quien va a descubrir realmente con quién está jugando vas a ser tú. Y créeme, no va a gustarte… —dice con rabia y tono autoritario.

Tú, tú, tú, tú, tú… —Mario debe de haber colgado. Extrañamente, me siento aliviada de ver que alguien me defiende y se preocupa por mí.

Bien. Creo que lo ha entendido —me entrega el móvil mientras sonríe y me guiña un ojo. Yo le devuelvo la sonrisa tímidamente. Segundos después caigo en la cuenta de algo importante.

¡Sabrá que has sido tú quien ha respondido! ¡Tu acento es inconfundible! —la ansiedad vuelve a apoderarse de mí.

No te preocupes por eso, sé defenderme, Natalia.

¡Pero puede ir a tu consulta! Oh, Dios mío… te estoy buscando problemas.

Chis. No vayas por ahí que vas mal. No me estás buscando nada, en todo caso, lo estoy provocando yo. Créeme que nada me gustaría más que tener unas palabras con ese ser despreciable.

Pero no sabes de lo que es capaz… no le conoces.

Ya ha demostrado que es un cobarde, y con eso me vale. Solo se atreve con mujeres porque sabe que no se la devuelven. Tranquilízate —pongo los ojos en blanco y no digo nada más.

Paramos delante de un edificio de cuatro plantas. Tiene la fachada revocada de monocapa, color mostaza y revestida con ladrillo de era. Los zócalos son de pizarra amarilla y tiene un atrayente aire rústico. Las palabras Hotel Hanna resaltan en un enorme cartel en la zona más alta.

Hemos llegado, señorita —observo todo a mi alrededor.

Oh, bien pensado. Desde luego no vendrá a buscarme aquí… —sale del coche y abre mi puerta para ayudarme a salir de él.

Esa es la idea —una amplia sonrisa se dibuja en su cara. Entramos al edificio, donde un gran recibidor con paredes cubiertas de piedra y madera nos da la bienvenida.

¡Buenas tardes, César! —un hombre trajeado de unos 50 años sale a recibirnos. Acto seguido se abrazan, dándose varias palmaditas en la espalda.

Hola, Manuel —le dice mientras se aprietan uno contra el otro—, esta es Natalia, nuestra invitada —Manuel y yo nos damos la mano y no puedo evitar ponerme colorada.

Encantada —digo con sinceridad.

Tenemos lista la habitación que nos pediste —¿ha dicho que nos pediste? Creo que ya sé a quién envió el mensaje antes.

Perfecto, Manuel, siempre tan eficiente —le guiña un ojo y Manuel sonríe.

Mandaré a alguien a recoger las pertenencias de la señorita mientras subimos a la habitación.

Hasta mañana no estarán aquí sus cosas —le miro con los ojos como platos, pero no digo nada, supongo que está esquivando las explicaciones y no quiero meter la pata—. Dame la llave y quédate aquí, yo acompañaré a Natalia a su habitación —mientras se la entrega vuelvo a mirarle desconcertada por esa contestación tan autoritaria.

Por supuesto, no seré yo quien lleve la contraria al jefe —sonríe y se gira hacia mí. Sabe que esas palabras me han dejado confundida—. Que descanse bien, señorita, si necesita cualquier cosa César le explicará arriba cómo ponerse en contacto con nosotros —asiento para que vea que he comprendido, porque soy incapaz de hablar. Se despiden y caminamos hacia el ascensor.

Cuando entramos presiona la tecla del tercer piso y las puertas se cierran. Poco a poco noto el aire volverse más denso y gotas de sudor resbalan por mi espalda. Tiene su mirada clavada en mí, puedo verlo a través del rabillo del ojo, pero no me atrevo a girarme. Mi respiración se acelera y trago saliva.

Conoces bien este hotel… —le digo para romper el hielo.

Sí, muy bien —le oigo reír y me giro para devolverle la sonrisa. Me observa durante unos segundos.

Estás preciosa cuando sonríes, Natalia, no deberías dejar que nadie te arrebate ese gesto —mi cara debe de ser un poema en ese instante, porque de pronto siento que se incomoda y ahora es él quien mira al frente.

El ascensor se abre y él sale primero. Le sigo hasta que llegamos a una gran puerta de madera, parece roble y tiene una preciosa flor tallada en el centro. Introduce la llave que le ha dado Manuel y se abre sin problema. Lo primero en que me fijo es en la amplitud, es más grande que toda mi casa junta. En el centro de la habitación hay una cama enorme con un cabecero de forja y dos mesillas. Una a cada lado, de madera maciza, y encima de estas unas lámparas de noche con tulipas de tela que hacen juego con las cortinas. La pared está pintada de tierras florentinas en varios tonos de naranja.

Guau, ¡qué pasada! —digo asombrada—. Es la habitación más bonita que he visto en mi vida…

También es mi favorita —suelta como si tal cosa.

¿Tu favorita? ¿Conoces todas las habitaciones de este hotel?

Todas y cada una —me mira a los ojos para valorar mi reacción.

Vaya… ¿traes siempre aquí a tus pacientes? —estalla en una sonora carcajada.

Para nada, te aseguro, Natalia, que es la primera vez que hago algo así —se sienta en la cama y apoya los codos en las rodillas sin apartar su mirada de mí—. Normalmente, cuando me encuentro con un caso de maltrato suelo darles pautas a seguir, incluso la dirección y teléfonos de asociaciones y centros de acogida. Pero jamás he traído a nadie aquí por esa razón.

¿Y por qué a mí sí? —la pregunta sale de mi boca antes de que me dé tiempo a procesarla.

Buena pregunta… Supongo que se deben de haber alineado los planetas —se ríe—. Imagino que se han dado las condiciones propias y la casualidad lo ha querido así. Además, tu caso es urgente, y no iba a dejar que volvieras a casa con ese salvaje. Desde que me contó el cuento de las escaleras en el hospital no me ha dado buena espina.

Pero no tenías por qué…

Cierto, pero si después leo por ahí que te ha pasado algo cuando lo hubiera podido evitar, como ahora… no sé si me entiendes. No quiero remordimientos.

Entiendo… no sé cómo voy a poder agradecerte todo esto que estás haciendo por mí…

No dejando que ese personaje se acerque a ti de nuevo. Así habrá merecido la pena todo esto y me sentiré útil. Creo que es un trato justo.

Así será, entonces —le sonrío—. En cuanto a esta habitación… es increíble, pero mañana tendré que buscar un hotel más asequible, o algo que se ajuste más a mi bolsillo, no creo que pueda permitirme este lugar durante más de dos noches seguidas.

Puedes quedarte aquí todo el tiempo que necesites, Natalia, tu estancia corre de mi cuenta.

¿Cómo? No, no, no. Me niego en rotundo a esto, bastantes son las molestias que te estás tomando sin necesidad como para que también acepte que te dejes un pastón por protegerme. No. Lo siento. Por ahí no paso.

¿Quién dice que me estoy dejando un pastón? —se echa a reír de nuevo.

Oh… Vamos, doctor… ¿César? ¡Solo hay que ver esta habitación para saber que debe costar un ojo de la cara dormir en ella!

No solo vas a dormir, señorita. Vas a desayunar, comer, merendar, cenar… y picotear a deshoras cada vez que te apetezca —observa de nuevo mi reacción.

¿¡Pero qué estás diciendo!? —de pronto, todo me parece una broma—. Ahora sé por qué no has traído aquí a más pacientes. ¡Te hubieras arruinado! —digo absurdamente y sin pensar.

Quizás esa sea una de las razones —ríe a carcajadas mientras me mira y coge aire para poder continuar—. Pero la principal razón es que no suelo traerme el trabajo a casa…

¿A casa? Perdona, pero creo que me he perdido en la conversación.

Este edificio es mío, Natalia, yo vivo en el piso de arriba, por lo que teóricamente, aunque esta parte se habilitó como hotel, estás en mi casa. Eres mi invitada.

Oh, vaya… ¡ahora ya sé por qué Manuel te llamó jefe!

Sí, a veces tiene la lengua demasiado larga, voy a tener que hablar con él en cuanto a eso. Y en cuanto a lo demás, creo que debería irme —se pone en pie—. Alguien está esperándome en casa y tú necesitas espacio para pensar y asimilar todo esto. No olvides llamar a tu gente para que sepan que estás bien. Si necesitas cualquier cosa, llámame o sube, estoy en el cuarto piso —saca una tarjeta de su bolsillo y la pone debajo de una de las lámparas de noche. Se despide—. Que pases buen día. Mañana a las ocho estaré aquí para acompañarte a la comisaría y poner la denuncia. Pulsa el botón del teléfono en el que pone recepción para que te suban toda la comida que necesites. Hasta mañana, señorita.

Hasta mañana y gracias de nuevo… —camina hacia la puerta y la cierra tras de sí.

Durante unos segundos me quedo mirando la puerta. «¿Quién es este hombre y por qué hace todo esto?». No encuentro respuesta, por lo que me rindo y me pongo a hacer lo que me ha dicho. Cojo mi teléfono y marco el número de Laura.

¡Nataaa!

¡Hola, Lau! —nos llamamos así desde pequeñas.

Llevo días sin saber de ti. ¿Por qué no has dado señales de vida? ¿Cómo estás? —a Mario le molesta mucho que Laura me llame o salga con ella, por lo que además de las llamadas hemos tenido que reducir nuestros encuentros para que no se enfade.

He estado bastante liada…

Claro, lo mismo de siempre, Nata… ¿Hasta cuándo vas a dejar que te manipule así?

Hasta hoy… Hace una hora que lo he dejado, literalmente hablando.

¿¡Cómo!? —tengo que apartarme el auricular de la oreja para que no me rompa el tímpano.

Pues que se ha acabado, Lau, ya no hay vuelta de hoja, lo he dejado plantado en el hospital y me he largado por la puerta de atrás con el Doctor Engel.

A ver, a ver… desde el principio, cariño, que me estoy empezando a poner nerviosa y no sé de qué coño estás hablando… ¿Por qué nombras a un doctor? ¿Qué te ha hecho ese hijo de puta?

El martes vino borracho a casa…

Como todos los putos días —me interrumpe, excesivamente cabreada.

Sí, Lau, como todos los putos días… Resulta que traía tal pedal que no recordaba que se había bebido todas las cervezas de la nevera antes de irse… y las pagó conmigo.

¿A qué llamas pagarlas contigo? ¿Estás bien?

No… Bueno, sí… Me golpeó varias veces y estoy algo jodida. Tengo varias contusiones, el brazo torcido y un par de costillas rotas, pero aun así, creo que me siento mejor que nunca con esta decisión.

¿Dónde estás? Voy ahora mismo a por ti —su voz es muy seria y preocupada.

No, no, tranquila. No te preocupes, Lau, estoy en un hotel. El Doctor Engel sabe lo que se hace, créeme, tiene experiencia en casos así y ha sabido ponerme a salvo. Aquí no podrá hacerme daño.

Vale, pero cuéntame más de ese doctor y qué es lo que vas a hacer, porque habrá que plantarle una denuncia como una casa. ¿No crees? —se lo cuento todo con pelos y señales, y cuando creo que ya se ha quedado más tranquila nos despedimos y quedamos para el día siguiente.

Minutos después llamo a mi madre. Le cuento que por ahora no podré ir a Toledo, que tengo mucho trabajo y estaré muy liada en las próximas semanas. He ganado tiempo suficiente para poder sanar mis lesiones y que no se entere. Aunque estoy muy preocupada por cómo se va a tomar esto mi ahora exnovio. Me tumbo en la cama y me dejo llevar por una extraña sensación de paz. Soy LIBRE. Y con esa palabra en mi mente me duermo.

CAPÍTULO 3

(César)

Erika me está hablando, pero no me estoy enterando absolutamente de nada. Mi cabeza está en otro sitio. Bajo mis pies, o lo que es lo mismo, en el piso de abajo.

¿Pero qué me está pasando con esta chica? ¿Por qué me siento tan protector con ella? He visto cientos de casos de este tipo. ¿Por qué este me afecta tanto? La verdad es que Natalia es muy atractiva, sus ojos marrones son enormes, y sus pestañas tan largas y espesas que parecen abanicos españoles. Y si ya hablamos de sus curvas perfectas, sus labios carnosos, su brillante y liso pelo… Podría pasarme días solo mirándola…

¡César! —me sobresalto y derramo unas gotas de mi vino en el sillón y mi pantalón—. ¿Va todo bien? Estás distraído.

Sí, sí, perdona Erika —me limpio rápidamente con un pañuelo que siempre guardo en mi bolsillo—. Tengo demasiadas cosas en la cabeza últimamente —no es del todo mentira.

Nos vemos muy poco, cielo, el tiempo que estamos juntos me gusta que me lo dediques, deberías apartar todas esas cosas hasta que me vuelva a ir. ¿No crees?

Tienes razón, pero a veces es inevitable. Lo siento.

No pasa nada, no te preocupes —se sienta a mi lado, pasa una de sus manos por mi espalda y me besa en el cuello lentamente—. Solo quiero estar estos días contigo y sentirte dentro —me susurra en el oído. Sus labios se desplazan marcando un camino de besos hasta la mandíbula—. Quiero llevarme un buen recuerdo tuyo cuando vuelva a Alemania —posa sus labios en los míos, cierro los ojos y llega la sorpresa. Lo único que aparece en mi mente es la imagen de Natalia besándome. Aparto a Erika rápidamente, como si me hubiera alcanzado una corriente eléctrica, y mi respiración se acelera.

¿Me puedes explicar a qué coño viene esto? —está visiblemente cabreada.

Perdona, no sé qué me ha podido pasar. Estoy tan sorprendido como tú… —miento.

Pues cuando lo descubras búscame, me voy a la cama porque parece que hoy ya está todo dicho aquí. ¡Estás imposible! —me deja allí solo, veo cómo se aleja y entra en la habitación de invitados. Cierra de un portazo.

Apoyo la cabeza en el respaldo del sillón, exhalo todo el aire de mis pulmones y dejo caer mis brazos a ambos lados del cuerpo. Alzo la vista y clavo la mirada en el techo. Me quedo así durante varios minutos, tratando de averiguar qué me está pasando y autoconvenciéndome de por qué esto no me puede afectar. No me puedo obsesionar con el caso de Natalia. No es nada que no haya visto antes. Me levanto y con esa idea me voy a la cama. Mañana será otro día.

CAPÍTULO 4

(Natalia)

Varios golpes en la puerta me despiertan, abro los ojos sobresaltada y echo un vistazo a mi alrededor. Poco a poco recuerdo dónde estoy y miro el reloj de mi móvil. Son las siete de la mañana. Me levanto como puedo, mis lesiones están mejor, pero aún me molestan. Me acerco a la puerta, no me atrevo a abrirla y pregunto:

¿Sí? —siento terror de que Mario haya podido descubrir dónde estoy.

Natalia, no te asustes, soy Manuel. Te traigo unas cosas que me encargó ayer César para ti.

¿Unas cosas para mí? —le pregunto al tiempo que abro la puerta sorprendida. Trae sujetas varias bolsas en las que puedo apreciar los logos de Zara, Dolce & Gabbana y Converse. Extiende las bolsas para que las coja, y no sé cómo lo hago, pero acaban en mis manos.

Que tengas un buen día, Natalia —se marcha.

Eh… gracias… —no sé qué más puedo decir.

Pongo las bolsas en la cama y me quedo mirándolas como si tuviera miedo de abrirlas. Me decido por la de Zara. Es ropa lo que hay dentro. Tiro de la tela y ante mí aparecen un par de vaqueros de pitillo desgastados, en color gris y de mi talla. Vuelvo a meter la mano dentro de la bolsa y esta vez saco una camiseta entallada de algodón en color blanco. Lo dejo todo cuidadosamente estirado sobre la cama. Me quedo mirando durante unos segundos, sin saber realmente qué debo pensar sobre esto, y recuerdo que aún me quedan dos más por abrir. Saco una caja y son unas zapatillas Converse bajas de color negro, del número 38, el mío. La de Dolce & Gabbana es la siguiente. Esta es más pequeña y pesa menos. Introduzco la mano y lo que descubro en ella me deja sin palabras. Es ropa interior, un sujetador y unas braguitas sin costuras en blanco…

Esto es increíble, ha pensado en todo. Varias preguntas me asaltan. «¿Cómo ha podido saber cuál es exactamente mi talla? ¿Habrá ido él a elegirlo personalmente? ¿Cómo voy a mirarlo ahora sabiendo que me ha comprado incluso ropa interior?». No me da tiempo a pensar nada más cuando vuelven a llamar.

¿Hola? ¿Quién es? —pongo la oreja pegada a la puerta para oír la contestación.

Soy César —oh, mierda, no sé dónde meterme y abro lentamente.

Em… hola… —le digo, visiblemente avergonzada por la rendija.

Hola, Natalia, vengo a comprobar que todo lo que pedí te ha llegado correctamente.

Oh… sí, no deberías…

Lo sé, pero sé que no tienes nada para cambiarte y hoy tenemos que salir, ¿recuerdas?

Em… sí… —soy incapaz de articular más palabras. Mira hacia la cama y después a mí.

Bien, te dejo para que te prepares. A las ocho en punto estaré aquí de nuevo para recogerte —sale de la habitación y cierra.

Durante un momento miro la puerta cerrada. La alarma de mi móvil suena, salgo de mis pensamientos y voy hacia él. Lo apago y saco una toalla del armario empotrado que hay enfrente, me meto en la ducha y termino de arreglarme. Todo me queda como un guante.

A las ocho en punto golpean la puerta.

¿Estás lista? —me mira de arriba abajo—. Ya veo que sí, estás muy guapa, Natalia.

Gracias, tú también estás muy guapo —le digo mientras mis mejillas se sonrojan. Por primera vez le veo con ropa de calle. Viste unos vaqueros claros ajustados, desgastados y rotos en la rodilla, una camiseta blanca y unas Nike negras. Vamos casi iguales.

Como habíamos acordado, nos dirigimos a la comisaría, donde me entrega el parte de lesiones para adjuntar. Poner la denuncia me cuesta más de lo que pensaba. Tengo que narrar los hechos desde el principio y no puedo evitar derramar varias lágrimas. Por momentos creo que no podré seguir, pero la mano cálida de César en mi brazo cada vez que me derrumbo me da la fuerza que necesito. Firmo la declaración mientras suspiro sonoramente. Han pasado varias horas desde que vinimos. Un forense ha tenido que valorar mis heridas, y no hubiera podido hacer nada de esto sola. Cuando acabamos nos despedimos del policía que tan amablemente nos ha atendido y salimos juntos del edificio.

¿Estás bien? —me pregunta mirándome fijamente a los ojos.

Pues la verdad es que creí que sería más fácil —le digo con la cabeza gacha—. Pero sí, realmente podría decir que estoy bien.

Sé que es muy difícil, Natalia, pero es un paso más para tu libertad, estás siendo muy valiente. Ojalá todas las mujeres que están sufriendo esto fueran capaces de hacer lo que tú has hecho. Eres más fuerte de lo que crees, señorita.

Tus palabras me reconfortan, César —le digo con sinceridad—. Pero no son del todo ciertas. Sin tu ayuda no hubiera sido capaz. Prácticamente has tenido que obligarme, y no sabes cuánto te lo agradezco. Te debo una.

Pues como me debes una, invítame a tomar algo en ese bar de ahí —me guiña un ojo mientras señala una pequeña cervecería en la esquina.

Me vas a salir barato, entonces —le digo bromeando.

No sabes cuánto puedo llegar a beber, señorita. Soy alemán, ¿recuerdas? —los dos nos reímos sonoramente.

Oh, no te atreverás, no te imagino borracho atendiendo a tus pacientes —me río.

Para tu información, hoy no paso consulta. Me pedí hace semanas el día libre y…

¿Y lo estás malgastando conmigo? —no le dejo terminar la frase.

Tomar algo con una bella mujer no es malgastar un día libre, ¿no crees? —levanta las cejas repetidas veces mientras ve cómo me acaloro. Cada vez me cuesta más esconder las sensaciones que este hombre despierta en mí. Pone su mano en mi cintura y no puedo evitar ponerme rígida debido a su contacto. Vuelve el hormigueo a mi estómago. Estoy segura de que debe haberlo notado.

Vamos —dice mientras cruzamos la calle y entramos en la cervecería.

Es tan pequeña por dentro como por fuera. Nos acercamos a la barra, el camarero saluda a César y cuando nos pregunta qué vamos a tomar respondemos al mismo tiempo pidiendo lo mismo. Reímos a carcajadas por la coincidencia. Nos sirve, cogemos nuestros botellines y el pincho de choricillo que nos ha puesto y elegimos una mesa que hay en uno de los rincones para sentarnos.

Tu deberías beber sin alcohol —me dice—. Por una no pasará nada, pero ten cuidado.

Hoy no tomé nada, aguanto bien el dolor… ¿Conocías este sitio? —le pregunto para cambiar de tema, mientras tomo el primer sorbo de mi cerveza. Tan amarga y refrescante que sin darme cuenta cierro los ojos para saborearla mejor. Cuando los abro me está mirando fijamente. Al darse cuenta de que lo he descubierto, carraspea.

Sí… —contesta—. He venido varias veces. Hace tiempo tenía una consulta privada dos calles más abajo y este era mi lugar favorito. Ponen buenos pinchos —señala el plato.

Ya veo —pincho uno de los choricillos y lo introduzco en mi boca. Su sabor es exquisito y tengo hambre, por lo que me sabe a gloria—. Si no te das prisa no te dejaré ni uno —le digo comiéndome otro.

Y es lo que harás —me apunta con el índice en señal de desaprobación—. Me ha dicho un pajarito que no pediste anoche nada para cenar ni esta mañana para el desayuno.

Es cierto, tu palomo mensajero no te ha mentido. Anoche caí rendida en la cama y esta mañana con los nervios no me entraba nada.

Vamos a solucionar eso —coge la carta de tapas y me la entrega—. Elije lo que quieras —la miro por encima.

Tengo tanta hambre que no sé qué pedir, me las comería todas —le digo en broma.

Eso es fácil —me quita el cartón de las manos y lo levanta—. ¡Juanjo, ponnos todas las que hay aquí! —le grita al camarero. Abro tanto los ojos que creo que los globos oculares se me van a caer encima de la mesa.

¡¡Oído cocina!! —dice el camarero entre risas y desaparece detrás de una puerta.

¿¡Quéééé!? —sus carcajadas al ver mi rostro desencajado resuenan por todo el bar.

Está bien, ahora que has descubierto que puedo ser muy literal, decídete mientras vuelvo —me guiña un ojo, se levanta y va a la barra. Segundos más tarde, está de vuelta, esta vez con dos jarras de cerveza—. Pruébala, es la mejor rubia alemana de importación que encontrarás por la zona. Solo la traen aquí —la pone con cuidado a mi lado. Tomo un sorbo. Es dulce al principio, con toques afrutados y un agradable amargor que se funde en el paladar.

Es cierto, está buenísima —le digo mientras paso la lengua por mis labios para eliminar la espesa espuma. Me doy cuenta de que está mirando cómo lo hago y sonrío. Parpadea rápidamente, levanta la mirada a mis ojos y me pregunta—: ¿Qué vas a comer?

Finalmente me decido por unos sándwiches vegetales y él por una ración de calamares. Mientras comemos, charlamos sobre nuestras vidas. Se interesa por mi familia, le cuento que tengo dos hermanos gemelos, mayores que yo, y que viven en el mismo pueblo que mis padres. Ambos trabajan en la empresa familiar. Se sorprende al oírme decir que se dedican a la venta y restauración de vehículos de competición.

Cuando le pregunto por su familia veo cómo se le tensa la mandíbula, pero antes de que pueda decir nada, nos interrumpe el sonido de un mensaje en mi móvil. Me mira rápidamente. Sé que busca en mi expresión saber si es Mario, pero se calma cuando le digo que es Laura.

Dice que sobre las ocho de la tarde vendrá a visitarme. Si no te importa, claro —le digo.

Estás en tu casa, Natalia, pero recuerda que solo gente de máxima confianza puede saber dónde estás ahora —asiento y contesto a Laura para confirmar.

Durante más de tres horas, seguimos charlando, riendo y bebiendo la rica cerveza de importación. Cuando decidimos que es hora de irnos me pongo en pie y apenas consigo mantener el equilibro, la cabeza me da vueltas y mis piernas están tan flojas que me da un absurdo ataque de risa. Intenta ayudarme, pero él está casi tan perjudicado por el alcohol como yo.

Cómo sube esta mierda, cuando te quieres dar cuenta ya te ha pegado el pelotazo —dice, y nos sentamos de nuevo riendo y bromeamos sobre la situación durante unos minutos más.

Cuando nos calmamos, hace una llamada rápida a un tal Álex, y en quince minutos tenemos a un precioso Audi A6 gris esperándonos en la puerta. Me agarra por la cintura y el brazo y me ayuda a bajar los tres escalones del bar.

No queremos que te des más golpes. ¿Verdad? —me dice.

No lo permitas, ya parezco una berenjena —una carcajada sale de su boca.

Vaya, parece que tienes sentido del humor, señorita —le oigo decir.

Lo único que no tengo ahora mismo es equilibrio —le contesto y vuelve a reír de nuevo.

Llegamos al Audi y abre la puerta trasera, nos acomodamos y le pide al conductor que nos lleve al Hotel. Por el camino vamos canturreando todas las canciones que ponen en la radio.

Sube más la música, Álex —le grita eufórico al conductor cuando suena Du Hast de Rammstein. Simula que toca la batería mientras canta en perfecto alemán. No sé si será por el alcohol, pero noto cientos de cosquilleos revolotear en mi estómago y una sensación de euforia como hacía años que no sentía. Me animo y se sorprende al ver que también la conozco y la canto con él. Me fijo en el retrovisor y Álex está mirándonos con expresión de sorpresa y una sonrisa dibujada en su boca.

Cuando la canción acaba estamos sofocados, sudorosos y muertos de risa. Justo en ese momento, el coche se para y veo por la ventanilla que acabamos de llegar. Le miro mientras hago un mohín.

Qué pena, con lo bien que lo estaba pasando —le digo. Cierro los ojos y puedo sentir que todo da vueltas mucho más deprisa que antes.

Ya habrá tiempo de repetir —le oigo decir, se levanta y sale del coche, viene hacia mi puerta y me ayuda a salir. Al ponerme de pie, compruebo que mi equilibrio está aún peor, me tambaleo, por lo que tiene que sujetarme para que no me caiga. Pone de nuevo su mano en mi cintura y esta vez apoyo mi cabeza en su hombro y me dejo llevar. Me encanta tenerlo tan cerca. Su olor, el calor que desprende, sus duros músculos pegados a mi cuerpo… Aunque me encuentro fatal, no quiero llegar a mi habitación, no quiero que se acabe.

Caminamos así hasta el ascensor, entramos, y cuando las puertas se cierran, he perdido todo tipo de vergüenza. Me agarro fuerte a él con mi brazo sano, preparándome para la impresión de la subida. Apoyo más mi cabeza en su hombro y siento cómo su respiración se acelera.

No sé cómo ocurre, pero de pronto siento un pequeño empujón y acabo pegada a uno de los laterales del ascensor. Sus manos están en mis hombros, sujetándome con fuerza, y nuestros pechos apretados uno contra otro. Puedo sentir los latidos de su corazón. Levanto la mirada buscando una explicación, y pega su frente a la mía, siento sus labios rozar los míos, pero no me aparto. Me gusta. Suaves, húmedos… calientes. Su respiración está en mi boca, pero no siento que me bese. Solo respira agitado y se queda así durante unos segundos. Cierra los ojos con fuerza y traga saliva, lentamente se aparta de mí, se pasa la mano por el pelo y la puerta se abre en ese momento.

Vamos, Natalia… —está muy nervioso. Sale antes que yo del ascensor y al ver que no me muevo me tiende la mano para ayudarme—. Vamos, necesitas despejarte un poco, en unas horas estará aquí Laura y no querrás que te vea así —me agarra por el brazo y caminamos deprisa hasta mi habitación.

Le cuesta varios intentos conseguir que la llave entre en la cerradura. Después de maldecir en alto, lo consigue y me guía hasta el interior.

Me quedaré un rato más contigo hasta que te serenes un poco. No creo que estés en condiciones de quedarte sola hasta que llegue tu amiga —dice sonriendo.

¡Oh!, no teh procupessss —le digo casi sin poder vocalizar—. Solo tenoh que tubarme en esta cómoda cama y drormir la mona un rato.

Me dejo caer con todo el peso sobre el colchón, pero calculo mal la distancia y caigo como un higo maduro contra el suelo.

¡Mierda, Natalia! —es lo único que dice mientras corre a auxiliarme. Me sujeta fuertemente por los hombros y clava sus pupilas en mis ojos con un gesto de preocupación—. ¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?

No teh procupesss —le digo con calma—, con la anestesia que llevo incima no siento ni los párpados. Mañana te pediré calamaresss… calmantares… digo calmantes…

Los dos estallamos en risas mientras me pone en pie.

Bien, creo que esta es razón suficiente para reafirmarme en lo que antes te he dicho. Me quedo aquí hasta que venga Laura.

Con cuidado, me ayuda a tumbarme en la cama y coloca una de sus manos en mi pantorrilla. Me quita los zapatos. Primero uno. Muy lentamente. Casi juraría que está disfrutando. Después el otro. Su respiración se acelera. Su tacto caliente en mis piernas y tobillos despierta algo dentro de mí. Siento cómo el corazón golpea mis venas. Un calor desconocido recorre mi cuerpo hasta alojarse en mi estómago. Acto seguido, me pongo nerviosa y todo comienza a darme vueltas. Como si notara que algo no va bien, se gira hacia mí.

Estás bastante pálida… —no termina la frase cuando me levanto como poseída por el diablo y corro tambaleándome hasta el baño.

Me arrodillo como puedo y el vómito se apodera de mí. Unas fuertes manos sujetan mi pelo hasta que vacío todo el contenido de mi estómago.

Mierda, no bebo más. Nunca más —digo, convencida.

Se ríe a carcajadas, se arrodilla conmigo y me acurruca a su lado.

Quedémonos aquí hasta que se vayan las náuseas, hemos tenido suerte esta vez de que te haya dado tiempo a llegar —me dice.

Tengo sus duros pectorales en mi cara, su barbilla en mi cabeza, el latido de su corazón en mi oído y sus brazos me están rodeando. Cierro los ojos y disfruto el momento. ESTOY EN EL PUTO CIELO.

CAPÍTULO 5

Tres golpes secos me despiertan. Abro los ojos sobresaltada y descubro que estoy acostada en la cama, arropada por una suave colcha blanca. «¿Cómo diablos he llegado hasta aquí?». Los golpes vuelven a sonar. Un terrible dolor de cabeza me da la bienvenida al mundo de los vivos. Mientras masajeo mis sienes intentando aliviarlos, otra tanda de impactos golpea contra la madera. Esta vez más fuerte. Me levanto torpemente y voy hacia ella.

¿Sí? —pregunto desconcertada.

¡Abre, coño, que es para hoy! —esas expresiones solo pueden ser de Laura.

Tiro de la puerta todo lo rápido que me deja mi brazo bueno. Si tengo más ganas de abrazarla, exploto. Una amplia sonrisa se forma en mi cara a medida que abro, pero justo cuando nuestras miradas se encuentran se queda paralizada.

¡Santo Dios! ¡Santísimo Cristo! ¡Maldito hijo de puta! —grita de pronto, asustándome. Sus ojos se llenan de rabia. Sus manos tapan su boca y lágrimas caen por sus mejillas.

Justo en ese momento mi sonrisa se desvanece. Es la primera vez que me ve desde la última agresión.

Tranquila, ya ha terminado todo —le digo intentando calmarla. La abrazo con mi brazo bueno y beso repetidas veces su sien mientras solloza en mi hombro.

¿Pero qué te ha hecho? ¿Por qué has esperado tanto? —se aparta de mí, levanta mi cara con sus manos y clava su mirada en mis ojos—. ¡Mírate!, ¡maldita sea! Casi te mata… —tiene toda la razón del mundo. Ni yo misma entiendo por qué he esperado tanto. ¿En qué coño estaba pensando para dejarle llegar a esto?

Lo sé, lo sé… —le doy la razón, porque no puedo hacer otra cosa. La tiene.

¿Por qué no me llamaste cuando pasó? ¿Por qué he tenido que enterarme días después? ¿No somos amigas? —llora desconsoladamente de nuevo. Vuelvo a abrazarla y nos quedamos así durante un par de minutos más.

No he podido hacer otra cosa… —acaricio su suave cabeza rubia y lisa. Trato de convencerla de que lo peor ya ha pasado y de que no voy a dejar que se vuelva a acercar a mí—. Ahora tienes que echarme una mano —le digo—. Necesito una nueva vida, y solo tú puedes ayudarme —la hago partícipe de la situación y parece que surge efecto.

¡Sí! —dice enérgicamente—. Tenemos que buscar piso —se seca rápidamente las lágrimas—, cambiar la dirección postal de todos los documentos, ir de compras, cambiar de trabajo, de teléfono, comprar otro coche…

¡Para! —pongo dos de mis dedos sobre su boca. Mi cabeza va a estallar. Demasiada información que ni siquiera se me había pasado por la cabeza aún—. Ya habrá tiempo de hacer todo eso. Ya sé que no me puedo demorar, pero todavía estoy tratando de habituarme a esta nueva situación.

Perdona, Nata, me he venido arriba y… ya sabes… Además, tienes muchas cositas que contarme… ¿No? —sonríe y me guiña un ojo—. ¿Quién es ese atento y guapo doctor? —me sonrojo. Ella lo nota y arquea una ceja.

Se llama César —y como si me hubieran dado cuerda, se lo cuento todo del tirón y con detalles.

Laura me presta atención inmóvil, está muy atenta a todo lo que digo y apenas parpadea. A veces me pierdo hablando cuando noto que esboza una sonrisa. Sé que algo está pensando. Algo ronda por su cabeza y no tardaré en descubrirlo. Cada vez que nombro a César inconscientemente lo visualizo en mi mente, y tengo que pararme durante unos segundos, porque pierdo el hilo de la conversación, pero enseguida me encuentro y continúo.

Mientras narro toda la historia me voy dando cuenta de lo increíble que es este hombre. En mi estado de shock no he valorado realmente todo lo que ha hecho por mí. Siento un vuelco en el corazón, un hormigueo en mi estómago y frialdad en mis manos. Es tan jodidamente atractivo… ¿Qué me pasa?

¡Te gusta el doctor! —aquí está lo que esperaba…

Laura, no seas ridícula, por favor —me sonrojo hasta querer que la tierra me trague—. ¡Hace apenas dos días que nos conocemos!

¡Oh, Dios Santo, Nata! —ríe histérica—. ¡Te estás enamorando!

No digas idioteces…

¿A quién quiero engañar? Mi frase no consigue el efecto deseado. Laura sigue riendo escandalosamente. Sé que siento algo por él, mi cuerpo me lo indica cuando está cerca, pero no lo podría catalogar de enamoramiento. Es imposible. No puedo enamorarme, no quiero hacerlo y me niego. No estoy dispuesta a dejar que nadie me vuelva a romper el corazón.

Vamos, no niegues que sientes algo por él, se te ilumina la mirada cada vez que le nombras. Nos conocemos, reina.

A ver… evidentemente es guapísimo… —me mira con una sonrisa de oreja a oreja y asintiendo—. No se puede negar lo obvio… Pero de ahí a que me esté enamorando… Te está patinando un poco la neurona, chata.

Ya, ya… lo que tú digas. Nos conocemos desde hace años, ¿verdad?, y créeme, jamás había visto esa mirada en ti. Te brillan los ojitos de una manera especial, y eso solo puede ser una cosa.

Sí, que hace como dos horas me puse hasta los ojos de cerveza de importación —ambas nos reímos.

Las horas pasan volando con Laura. Es tarde y tiene que marcharse. Se levanta temprano y aún tiene que conducir durante una hora para llegar a su casa. Nos despedimos con un largo abrazo y varios besos de abuela, y finalmente me quedo sola. Pienso durante unos momentos en qué hacer. Me decido por presionar el botón de recepción que me indicó César. Ordeno algo para la cena, y así de paso evito que el palomo mensajero se chive.

Un vaso de cacao con galletas, por favor —no hay nada mejor que un buen tazón chocolatero cuando arrastras resaca.

Mientras espero a que Manuel suba saco mi móvil del bolso. Como era de esperar, hay varios mensajes y llamadas perdidas de Mario. Me cuestiono si abrirlos o borrarlos sin leer. Pero por desgracia aún tiene tanto dominio sobre mí que, aunque no esté delante, obro como si estuviera obligada a hacer lo que él quiere.

El primero dice: O VUELVES A CASA O ATENTE A LAS CONSECUENCIAS. Un nudo se posa en la boca de mi estómago. Debe de estar muy cabreado…

Abro el segundo: TIENES HASTA MAÑANA O LO PAGARÁS CARO. Sus amenazas siguen afectándome de la misma manera. No soy capaz de hacerme a la idea de que ya no tiene poder sobre mí. Un nerviosismo recorre todo mi cuerpo y me pongo en alerta. Tengo la necesidad de salir corriendo hasta allí con él. Aun sabiendo lo que va a pasar.

El tercero solo son letras: COMO NO V… Debe de estar tan histérico y cabreado que seguramente haya dado a los botones que no son y se ha mandado el mensaje sin acabar de editar. En el cuarto termina la frase: COMO NO VUELVAS TE JURO QUE LA LÍO, NO DIGAS LUEGO QUE NO TE HE AVISADO. Mi estómago está revuelto. Un horrible calor sube por mi cara y tengo sudor en las manos. Creo que estoy sufriendo una crisis de ansiedad. Me falta el aire. Me duele el pecho y apenas puedo respirar, pongo mis manos en el corazón intentando aliviarme. Me va a mil por hora.

¡TOC, TOC, TOC! Suena la puerta en ese momento. Lo único que hago en el estado en el que estoy es gritar fuertemente por el susto al tiempo que salto de la cama y me pego contra la pared. Afuera oigo un estruendo. Cristales rotos.

¡Natalia! —una voz familiar grita mi nombre, pero no puedo contestar, estoy bloqueada por los nervios—. ¡Natalia, ábreme! —vuelve a gritar, pero yo sigo sin poder reaccionar.

Unos golpes mucho más fuertes resuenan por toda la habitación. Algo está golpeando la puerta con una intensidad de 8 en la escala Richter. Siento la pared que tengo en mi espalda vibrar. Al cuarto golpe la puerta prácticamente estalla. Cae desencajada hacia un lado y de frente aparece la silueta de César. Está muy alterado, tiene la mandíbula encajada y respira fuertemente. Su pecho sube y baja con rapidez. Tiene los puños blancos por lo fuerte que los está apretando.

¿Estás bien? —me pregunta casi gritando mientras corre hacia mí.

Solo puedo asentir con la cabeza, no puedo hablar.

¿De verdad estás bien? ¿Por qué has gritado? ¿Alguien te ha herido? —me inspecciona con la mirada buscando alguna pista.

Niego con la cabeza y trato de llenar mis pulmones, pero aún arden. Poco a poco voy recobrando el control. Finalmente, por fin consigo decir algo entre jadeos.

Una crisis… Una crisis de ansiedad… Un susto…

Me observa durante una milésima más y empieza a entender mi estado.

Venga, tranquila, unos segundos más y estará controlado. Respira —me pasa una de sus manos por la nuca y mueve su dedo pulgar por mi pelo en forma de caricia. Su contacto hace que todas mis terminaciones nerviosas, que antes eran un amasijo de hierros, empiecen a reorganizarse de nuevo.

Posa su otra mano sobre mi mejilla. El calor que desprende su palma consigue despertarme algo por dentro. No sé qué es, pero tengo la necesidad de apoyar mi cara contra su palma. Y así lo hago. Muevo lentamente mi cabeza, buscando roce con sus dedos, y ambos nos miramos fijamente a los ojos mientras nuestras respiraciones se acompasan. Su carnosa boca cada vez está más cerca. Puedo ver cómo humedece sus labios lentamente con la lengua. Su aliento mentolado está tocando mi sentido del olfato. Cierro los ojos cuando le tengo tan cerca que no puedo enfocar…

¿Pero esto qué es? —los dos nos volvemos rápidamente al oír la voz de Manuel—. ¿Qué es este destrozo? —pone las manos sobre su cabeza y camina de un lado a otro—. ¡Hay que llamar a la policía! —saca su móvil del bolsillo.

Quieto, Manuel —le dice César mientras se acerca hasta él—. Guarda el móvil, he sido yo. Las clases de kick boxing están dando resultado —veo cómo le guiña un ojo.

Manuel le mira atónito. No entiende nada, pero sabe que tampoco debe preguntar. Es muy discreto cuando quiere. Entre los dos se percibe complicidad. Se acerca a César y tranquilamente le dice:

Luego hablamos, ahora voy a encargarme de todo esto —y sin más, se marcha.

Nos quedamos solos y un silencio incómodo se instala entre nosotros. Ninguno de los dos se atreve a mirar al otro. ¿Qué es lo que ha estado a punto de pasar?

Coge tus cosas, creo que hoy tendrás que dormir en otra habitación —me dice mientras se rasca la cabeza, pensativo.

Eso parece —sin más, reacciono y comienzo a recoger la poca ropa que tengo.

Desenchufo el cargador del móvil y lo guardo en mi bolso. Recojo el teléfono de la cama. Aún tiene el último mensaje de Mario abierto. Me quedo mirando la pantalla. Miro a César y otra vez a la pantalla. «¿Debería decírselo?», me pregunto. Y como si supiera en qué estoy pensando se acerca hasta mí.

¿Todo bien, Natalia? ¿Qué es lo que ha desencadenado ese ataque de pánico en el que estabas atrapada cuando he llegado? —sin pensarlo demasiado, le muestro el mensaje—. Hay tres más así —le digo.

Me quita el teléfono de la mano y comienza a examinarlos uno a uno. Sin mediar palabra me lo devuelve. Sus cejas están fruncidas y su mandíbula, tensa, y algo me dice que bastante cabreado.

Ven conmigo, vamos a buscarte otro lugar para pasar la noche —me quita el bolso y las ropas de la mano—. Mañana podrás regresar de nuevo. Imagino que ya habrán reparado la puerta.

Salimos de la habitación y descubro por qué sonaron cristales rotos. Camino casi de puntillas para no pisarlos. Mientras, él me da la explicación.

Fui a ver a un amigo mientras dormías. Cuando regresé Manuel cargaba con esa bandeja —la señala, está boca abajo en el suelo—. Me dijo que era para ti y que Laura se acababa de marchar, así que como subía para casa me ofrecí a traértelo yo mismo. Todo esto que hay por aquí era tu cena —dice mientras señala trozos de galletas y leche derramada.

Lo siento —le digo apenada.

Tranquila. Yo pienso tomar lo mismo esta noche. Si te apetece, puedes acompañarme a casa, tengo galletas y bizcochos de sobra —me dice con una sonrisa.

Yo, eh… No quiero molestar —imaginarme en su casa me pone nerviosa.

Si pensara que fueras a molestar no te lo pediría. ¿No crees? —sus preciosos ojos azules bailotean clavados en mí mientras espera que conteste. Es malditamente guapo y mil sensaciones recorren mi cuerpo.

Eh… Sí, bueno, está bien. Vayamos —caminamos hasta el ascensor.

Las puertas se cierran y un borroso recuerdo intenta llegar a mi mente. Esta tarde, ¿estuvimos muy cerca el uno del otro aquí? Algo parecido a lo que minutos antes casi sucedió en la habitación. Solo que estaba tan jodidamente borracha que no logro distinguir si ha sido real o lo he soñado. Todos mis recuerdos se esfuman en cuanto la puerta se abre. Lo primero que veo es un maravilloso y amplio pasillo con suelos de parqué, zócalos de madera y varias macetas con verdes y frescas plantas de interior.

Bienvenida a mi humilde morada —me guiña un ojo.

Vaya… Es de todo menos humilde —le digo riendo.

Abre unas grandes puertas de madera con cristales labrados y entramos al salón. Es muy amplio, tiene tres enormes sofás en piel blanca. En ellos bien pueden caber de cinco a seis personas en cada uno. Hay una mesa de madera maciza a la derecha que debe de medir unos tres metros y medio y está preparada para veinticuatro comensales, ya que cuenta con veinticuatro sillas. Al frente se encuentra una barra, hecha de ladrillos de era, que separa el salón de la cocina, y junto a ella ocho taburetes colocados en línea. La cocina llega de pared a pared. Es de roble y muy rústica. La encimera es de mármol.

Toma mi brazo sano para llevarme hasta la cocina y una corriente se apodera de mi cuerpo. Últimamente, cada vez que me toca, la sensación es mayor. Casi al punto de paralizarme. Intento hacer caso omiso, pero no puedo evitar disfrutar de ello. «¿Pero por qué siento esto?».

¿Frío o caliente?

¿Perdona? —estoy tan perdida en mí misma que no sé de qué me habla.

¿Cómo te gusta tomar el batido? —me dice sonriendo—. ¿Frío o caliente?

Fresquito, que tengo sed —le digo devolviéndole la sonrisa.

Miro embobada cómo se desenvuelve, sabe perfectamente dónde esta guardada cada cosa. Abre puertas, cierra puertas. Abre cajones, cierra cajones. Saca utensilios que va poniendo en la encimera y lo prepara todo con soltura. Finalmente lo tiene todo listo.

Toma —me ofrece uno de los tazones.

Al estirar la mano para cogerlo nuestros dedos se rozan y vuelve la corriente, esta vez más intensa. Nos quedamos durante unos segundos así, ninguno aparta su mano del otro. Juraría que él también ha sentido esa extraña electricidad, por la forma en la que me está mirando. Sus ojos están clavados en los míos. Me pierdo en esos mares azules. Son tan atrayentes. Vuelvo al planeta Tierra poco a poco y noto cómo mis mejillas comienzan a ponerse rojas. Estoy totalmente ruborizada. Muerdo mi labio inferior y bajo la mirada por la vergüenza.

Antes de que pueda darme cuenta, su mano está en mi barbilla. Siento el calor que desprenden las yemas de sus dedos. Son suaves y fuertes. Mi corazón se acelera con su toque. Lentamente tira de mi mentón hacia arriba para que lo mire de nuevo. Ahí están otra vez esos profundos pozos azulados clavados en mí. Se acerca muy lentamente. Su mirada recorre mis facciones y se detiene en mis labios.

Natalia —mi nombre sale de su boca en forma de susurro.

Su cálido y fresco aliento envuelve mi rostro. Cierra los ojos con fuerza y oigo cómo traga saliva. Pega su frente a la mía. No puedo pensar en nada, no soy capaz de razonar, y tampoco quiero. Está luchando interiormente. Lo noto. Se aparta con la misma lentitud con la que se acercó antes. Suelta mi barbilla y niega ligeramente con la cabeza. Estoy segura de que hay una lucha interna contra él mismo dentro de su cerebro. Su mirada termina de confirmármelo. Confusión, veo en ella.

Me quita el tazón de la mano y recoge el suyo de la encimera con la que tiene libre, camina con ellos hasta uno de los sofás y los coloca sobre un par de manteles individuales que hay en una pequeña mesa rectangular. Contemplo con detalle todos sus movimientos. Son ágiles y seguros. Todos sus músculos bailan en una coreografía perfecta cada vez que se mueve. Es hipnótico.

Se gira para indicarme que ya está todo preparado y me descubre observándolo con detenimiento. Levanta una ceja y sonríe pícaramente. El rubor vuelve a mis mejillas, y sin mirarle a los ojos me acerco hasta donde me está señalando con la mano. Tomo asiento. César se sienta a mi lado. Me ofrece una servilleta de papel. La tomo y la pongo sobre mis rodillas.
Me saca los dulces de las bolsitas individuales, ya que con una mano no puedo abrirlos sola. Dos bizcochos y una porción de tarta de manzana. Protesto por la gran cantidad que me prepara para cenar, pero hace caso omiso.

¡A por ello! —da el pistoletazo de salida entre risas y nos acomodamos para empezar.

Aunque en un principio parecía mucha cantidad devoramos todas las existencias. Con la barriga a punto de explotar, y con un empacho propio de haber tomado una gran cantidad de azúcar, nos apoyamos en el respaldo de ese inmenso y cómodo sofá, en el que parece que estamos casi tumbados. Coge el mando de la pantalla de cuarenta y dos pulgadas y pasa varias veces de canal. Los canales no parecen tener fin…

Finalmente se decide por una película que está empezando. Nos acomodamos más aún si cabe. No sé muy bien cuál es el argumento, el sueño se está apoderando de mí y no puedo hacer nada para evitarlo. Por más que me esfuerzo, mis parpados caen y caen, una y otra vez…

Dos veces soy consciente de haber abierto los ojos durante unas décimas de segundo. En la primera estaba totalmente apoyada en su hombro. Me quise incorporar para no incomodarlo, pero pasó su brazo por encima de mis hombros, dándome así una mayor comodidad al quedar mi cabeza en su pectoral. Duro, moldeado y fuerte. La protección que sentí al instante me hizo dormir profundamente. La segunda, cuando algo suave, calentito y esponjoso cayó a lo largo de todo mi cuerpo.

Un rico olor a café recién hecho es mi despertador. Descubro una mantita suave, calentita y esponjosa. Sonrío mentalmente y asocio. Estoy en el sofá, donde anoche me quedé dormida. Me estiro y un ruido placentero sale de mi garganta al mismo tiempo. He dormido de maravilla. Me levanto y busco por toda la estancia su silueta. No veo a César, pero, en cambio, diviso un papel con letras en negro pegado a la cafetera. Por la distancia, no puedo leer qué pone, por lo que decido caminar hasta él.

Buenos días, Natalia, espero que hayas dormido bien. Aquí tienes un café recién hecho y unos pasteles que ha subido Manuel. Volveré esta noche. Tengo que trabajar. Estás en tu casa, sírvete de lo que necesites.

Abrazo la nota, la dejo pegada a mi pecho y sonrío como una quinceañera. Es lo más bonito y amable que han hecho por mí en mucho tiempo. Busco entre los muebles hasta dar con los vasos y las cucharillas. Me sirvo un café. Está delicioso, tomo uno de los pastelitos. Aún están mejor que el café. Habiéndome comido tres anoche, todavía son bien recibidos los dulces en mi cuerpo. Es de nata y chocolate. Termino y lo recojo todo. Lavo el vaso y la cuchara, coloco el azúcar en su sitio, doblo la mantita y, viendo que no hay más que hacer, me siento en el sofá y miro al vacío. «Qué aburrimiento», me digo.

Decido darme una ducha. «Espero que no le importe», pienso. Cojo mi bolsa, salgo del salón y entre todas las puertas que encuentro busco el baño. Me decido por la primera que veo, y acierto. Es muy amplio, tiene una gran bañera de hidromasaje y un espejo que llega desde el techo hasta el suelo. El lavabo es de piedra pulida y los azulejos están colocados a cartabón con unas cenefas impresionantes. Abro un mueble de madera de cerezo y está repleto de productos de higiene y toallas. Todo muy bien colocado.

Cambio de idea. Ya no quiero una ducha, quiero un buen baño. Cierro el tapón y comienzo a llenar la bañera. Mientras, preparo mi ropa. No tengo mucho donde elegir, por lo que decido que después de bañarme saldré de compras.

Le pongo al agua varios productos, entre ellos algunas sales y un gel que huele a él. La espuma ya está lista. Me desnudo y poco a poco me voy metiendo dentro. Mi cuerpo agradece ese contraste de temperatura. Noto que hoy mis lesiones están mucho mejor, apenas me duelen y mis músculos comienzan a relajarse una vez dentro del agua. Pierdo la noción del tiempo, no sé si han sido horas o minutos el tiempo que he estado aquí dentro, pero decido salir ya, porque tengo todo el cuerpo arrugado como una pasa.

Me visto con mis ropas limpias. Son las mismas que traje de casa, solo que Manuel se encargó de lavarlas. Saco de mi bolso el maquillaje y trato de tapar la sombra morada que tengo en el mentón para que no se note. Cuando creo que se ha disimulado bastante, peino mi cabello y lo dejo suelto sobre mis hombros. No puedo hacer otra cosa.

Salgo de la casa y cierro. No tengo llave, por lo que imagino que luego alguien me abrirá. Subo al ascensor y pulso el botón para bajar. Al salir no hay nadie en el recibidor. Me dirijo a la calle y alguien me llama justo cuando tengo un pie en el primer escalón. Me vuelvo y es Manuel.

Buenos días, Natalia. ¿Puedo ayudarla? —me pregunta viniendo muy deprisa hasta mí.

Voy a comprar algunas cosas que me hacen falta —le digo con una sonrisa en mis labios.

No sé si debería, no creo que César esté conforme… —el pobre hombre está algo confuso.

No te preocupes, volveré pronto —le digo, y salgo por la puerta. Noto su mirada inquieta en mi espalda. «Qué raro…», me digo a mí misma.

El sol me calienta agradablemente mientras camino. Hay pocas tiendas por esta zona, por lo que decido coger un taxi. Al segundo intento consigo que uno pare.

Buenos días. ¿A dónde? —le indico un centro comercial que suelo frecuentar.

El camino es ameno. Voy escuchando la música que el taxista lleva en el coche. No sé qué tema es, pero lo he escuchado ya un par de veces y lo tarareo mentalmente. Llegamos, pago y cruzo la calle hasta entrar al centro. Hay multitud de tiendas y miro todos los escaparates antes de decidirme por entrar a una. Veo un pantalón que me encanta: es de color negro, en la etiqueta pone licra y algodón. Paso a ver si tienen mi talla y una preciosa pelirroja me atiende.

Tienes suerte, aquí está. Pruébatela, ya que dan menos talla —cojo la prenda y me dirijo al probador.

Me queda como un guante. No puedo abrocharme el botón por mi lesión, pero como puedo compruebo que abrochará. Últimamente estoy más delgada, apenas he comido estas semanas, gracias al infierno en el que he vivido. Pago mi compra y recojo la bolsa. Me dirijo a otra tienda en donde vi una camiseta que me encantó antes, y justo en ese instante alguien me sujeta fuertemente por el pelo.

Me giro con esfuerzo para ver quién es y todas mis alarmas se disparan.

¡MARIO!

CAPÍTULO 6

¿Dónde crees que vas? —tira con más violencia de mi melena para que me acerque a él.

Forcejeo para que me suelte. Su otra mano sujeta fuertemente mi barbilla para que lo encare. Siento cómo varios cabellos se están desprendiendo de mi cuero cabelludo. Está haciendo mucha fuerza sobre mi moretón con sus dedos y me duele a horrores.

¡Suéltame! —casi estoy gritando. Miro asustada a mi alrededor. La gente pasa y nadie parece ver lo que está ocurriendo.

A unos veinte metros diviso a Juan Carlos, el mejor amigo de Mario. Está sentado en una cervecería. Su favorita…

«¡Tonta, tonta, tonta!», me riño mentalmente. «¿Pero cómo no he pensado en esto?». Me saluda levantando una jarra y sonríe maliciosamente.

Ahora dime quién es ese cabrón al que te estás tirando —otro tirón más fuerte. Mi cuello cruje.

No es lo que crees —digo con gesto de dolor y retorciéndome.

Voy a cortarle en tiras, al igual que voy a hacer contigo —dice en un gruñido cerca de mi oído.

Comienza a caminar arrastrándome con él.

Mario, por favor, suéltame —la angustia hace que mis ojos se llenen de lágrimas.

¡Enséñale quién manda! —dice Juan Carlos desde el otro lado mientras ríe a carcajadas. Le miro con asco y le da un largo trago a su botella.

Mario está realmente cabreado. Si no consigo soltarme rápido de él sé que estaré en peligro. Me conduce a la salida. Vamos hasta el coche, puedo verlo al final del parking. Mi boca está seca, el coche cada vez más cerca y el pánico se empieza a apoderar de mí. Si consigue meterme en él será mi fin.

Ya estamos cerca, mete su mano en el bolsillo para sacar la llave y sin apenas darme tiempo a pensarlo doy un rápido tirón y consigo soltarme. Cuando está a punto de volver a sujetarme mi pierna vuela y mi pie acaba chocando contra sus genitales. Jamás pensé que llegaría a hacer algo así, ni siquiera sé cómo ha sucedido ni cuándo mi cerebro mandó esa orden. El instinto de supervivencia hizo todo eso por mí.

Corro todo lo que puedo sin mirar atrás. La suerte quiere que, en ese momento, justo cuando voy a cruzar una calle, un taxi casi me atropelle. Frena y sin saber si está ocupado o no abro la puerta y entro.

¿Se encuentra bien? —me dice mientras mira cómo jadeo intentando recuperar el aire. Mis pulmones están al rojo vivo.

¡Vámonos de aquí! ¡Donde sea! ¡Corra! ¡Vámonos de aquí! —repito sin parar, y el hombre comprende que algo pasa y se pone en marcha.

Durante un par de minutos conduce sin rumbo. No habla, y yo tampoco. Cuando creo que estoy algo más recuperada le indico la dirección del Hotel Hanna. Los dedos me duelen y me doy cuenta de que la bolsa del pantalón sigue conmigo, no la he soltado en ningún momento, la estoy apretando tan fuertemente que mi mano se está quedando sin riego sanguíneo. Es curioso cómo reacciona el cuerpo cuando está en peligro.

Recuerdo que una vez, cuando era pequeña, en el pueblo de mi madre se escapó una vaquilla y revolcó a un señor de unos sesenta años varias veces. Un golpe detrás de otro. Cuando el hombre consiguió finalmente ponerse en pie seguía con su cigarrillo en la boca como si nada hubiera pasado.

Aun con el susto que tengo encima no puedo evitar reírme sonoramente mientras lo pienso. Algo parecido me ha pasado a mí. El taxista me mira a través del retrovisor, debe de pensar que estoy loca. Llegamos al destino, le agradezco la carrera y le pago con algo de propina. Bajo del coche y con las piernas aún flojas consigo entrar en el recibidor.

Veo la silueta de dos personas, y cuando me acerco más logro ver que se trata de César hablando acaloradamente con Manuel en la zona de recepción. No consigo oír de qué se trata, pero César hace movimientos rápidos con las manos. Está bastante agitado, algo debe haber pasado. En cuanto se dan cuenta de mi presencia la discusión se acaba.

¿Ha ocurrido algo? —pregunto preocupada.

César se gira hacia mí con los brazos en jarra y el entrecejo arrugado.

Vaya, veo que ya has regresado —está realmente molesto, y creo que es conmigo.

Eh, sí, salí a comprar algo de ropa —muestro la bolsa. No sé cómo reaccionar, no entiendo nada.

Te agradecería que la próxima vez que decidas salir al menos me avises con tiempo para que alguien te pueda acompañar.

¿Cómo? —sigo confusa.

¡No puedes salir sola! Es una gran imprudencia sabiendo cómo están las cosas —su voz es más alta en esa frase y su mirada desprende fuego.

Lo… lo siento —bajo la mirada a mis pies. No sé qué más decir, tiene toda la razón.

En ese mismo momento decido que no es buena idea contarle lo que ha pasado hace un rato con Mario. No quiero cabrearlo más.

La puerta de su habitación ya está reparada, señorita Natalia —dice Manuel como si nada. Sé que lo ha hecho para apaciguar las aguas, ya que hay mucha tensión en el ambiente.

Gracias —le digo sincera—. Necesito algunas cosas que saqué de la habitación ayer —miro a César y asiente.

Vamos, te ayudaré —comienza a caminar por el pasillo y yo le sigo. Casi tengo que correr, va muy rápido y no me espera.

Subimos a su apartamento. Mientras recojo mis cosas se disculpa y entra al que supongo que es su cuarto para cambiarse de ropa. Con el tema de la discusión, no me había dado cuenta de que aún vestía el uniforme verde del hospital. Cuando sale, no puedo evitar sorprenderme. Se ha puesto unos vaqueros claros gastados y una camisa blanca ajustada. Se le marcan todos los músculos del pecho y de los brazos. Está realmente apuesto con esa ropa. Su pelo luce despeinado y le da un aspecto sexy.

Laura iba a disfrutar mucho de esta imagen. Me río para mis adentros. Se acerca a mí, estira sus brazos para que le dé las cosas que cargo y entonces lo huelo. Se acaba de poner su perfume, ese que tanto me gusta… Este hombre es perfecto.

Vamos —me dice desde la puerta. Estaba tan perdida en mis pensamientos que no he visto que ya estaba allí.

Camino como antes, a paso ligero detrás de él. Llegamos a mi habitación y veo que la puerta sigue siendo la misma, solo han cambiado las bisagras y la cerradura. Mete la nueva llave y, como la anterior, encaja perfectamente y abre. Lo deja todo sobre la cama y me ofrece la llave.

Toma, la necesitarás —dice secamente—. Si se estropea o extravía, Manuel te dará una copia —la tomo en mi mano y asiento con la cabeza mientras la miro.

Veo que da media vuelta para marcharse. Algo se remueve en mi interior, mi conciencia no me permite dejar que se vaya enfadado conmigo. No después de todo lo que está haciendo por mí. Realmente ha sido una imprudencia y tengo la necesidad de disculparme de nuevo.

César… —se gira. Sigue el fuego en sus ojos y su ceño no se relaja—. Siento lo de hoy… No pensé… Solo actué por instinto. Necesitaba ropa y no pensé en nada más —realmente fue así, si llego a utilizar mi cerebro no habría ido a un lugar que frecuenta Mario.

¡No vuelvas a hacer algo así! —viene hacia mí velozmente apuntándome con el dedo—. ¿Me entiendes? —grita. En un acto reflejo, me agacho y me cubro el rostro con los brazos. Sé que él jamás me golpearía, pero mi cuerpo no parece entender esa parte. Hace lo que está acostumbrado a hacer cuando se siente amenazado: protegerse.

El golpe no llega, solo hay silencio. Deshago lentamente la bola en la que me he convertido debajo de mis brazos, y puedo ver su cara. Tiene los ojos muy abiertos. Su expresión es de verdadera angustia.

No… no, no. No, no… —es lo único que dice mientras se acerca a mí, ahora más despacio—. No, Natalia… no, por favor, no hagas eso. Por favor —me abraza fuertemente contra su pecho—. Yo nunca haría algo así —besa repetidas veces mi cabeza mientras me acaricia el pelo.

No puedo aguantar más y me dejo llevar por las lágrimas. El día está siendo muy duro. Un par de minutos después me libera de su abrazo, toma con sus manos mi cara y limpia mis lágrimas con sus pulgares.

Ya está, ¿de acuerdo? —su tono ha cambiado a uno más suave—. Se acabó el llorar por hoy, que te pones muy fea —me dice sonriendo tiernamente.

Sí… —digo al mismo tiempo que asiento y muerdo mi labio inferior.

Siento mucho haberme puesto así —su mirada es sincera—. Pasé muy mal rato pensando que podría pasarte algo. No puedes salir sola con ese loco suelto por ahí, puede hacerte cualquier cosa —vuelve a fruncir el ceño, pensativo, como si estuviera visualizando alguna horrible escena—. Cuando me llamó Manuel vine lo más rápido que pude —cierra los ojos con fuerza—, pero solo podía sentir impotencia al no saber por dónde empezar a buscarte. Madrid es muy grande.

Yo también pensé que habría pasado algo. Me extrañó verte tan pronto cuando en la nota decías que vendrías por la noche. Pero si tan angustiado estabas, ¿por qué no me llamaste? —le digo extrañada.

¿Y crees que no lo hice?

Busco el móvil en mi bolso, y cuando lo encuentro me doy cuenta de que está apagado.

Oh, vaya… he debido de quedarme sin batería, anoche pensé en ponerlo a cargar, pero caí rendida en tu sofá —le digo.

Otro tema que tenemos que hablar, señorita —me dice con una ceja levantada y media sonrisa—. A partir de ahora es muy importante que tu móvil esté siempre cargado y en óptimas condiciones. Nunca sabes cuándo lo vas a necesitar.

¡Sí señor! —le digo con una mano en la frente al estilo militar. Los dos reímos a carcajadas.

Vamos a comer algo. ¡Es una orden! —tira de mi brazo y salimos de la habitación entre más risas.

El día dio un giro de 180 grados. Comimos en el restaurante del hotel. Me aconsejó la especialidad de la casa, y le hice caso. Consistía en una enorme y sabrosísima paella de marisco. Solo pude con la mitad del plato, y porque ya estaba para explotar. No fui capaz ni de pedir postre.

Como hacía buena tarde decidimos salir a pasear por las calles y parques cercanos. Hablamos de nuestras cosas. Descubrí que tenía veintinueve años. Que el hotel lo heredó de su madre, y que por alguna extraña razón no quería hablar de su padre. Solo me dijo que estaba en Alemania. Cada vez que intentaba preguntarle algo sobre su familia se ponía demasiado tenso y me cambiaba hábilmente de tema.

Los días siguientes pasaron casi sin darme cuenta. Por fin pude ir de compras un par de veces, siempre acompañada de Manuel o de Álex, el conductor que nos trajo aquel día del bar. Compré ropa, zapatos y varias cosas más que me hacían falta. No podía recuperar nada de mi anterior apartamento, debido a la situación que vivía.

César y yo nos veíamos poco, pero comíamos y cenábamos juntos en el restaurante del hotel cada vez que su horario laboral lo permitía. Hablábamos de cómo nos había ido el día. Yo apenas tenía cosas nuevas que contarle, aparte de las llamadas y amenazas diarias de Mario, que no cesaban, las visitas de Laura o las conversaciones telefónicas con mis padres para saber cómo estaban. Él me contaba anécdotas de su trabajo, historias divertidas de sus pacientes y las ideas que tenía para reformar una casa que poseía a las afueras de Madrid.

Mis lesiones estaban prácticamente sanadas y la venda de mi brazo ya era historia. Solamente tenía alguna molestia en la costilla, pero César me tranquilizó diciéndome que era totalmente normal, que los golpes en esa zona suelen durar bastante tiempo. Al sentirme mejor mi cuerpo me pedía hacer cosas. Salir por ahí, caminar, correr, hacer cualquier tipo de deporte… En definitiva, algo que me ayudara a quemar la gran cantidad de calorías que estaba almacenando. Debido a la buena vida de estos últimos días, había cogido un par de kilos. Estaba mirando mis nuevas curvas en el espejo cuando el teléfono sonó. Mi querida Laura.

¡Lauuuuuu! —digo con entusiasmo

¡Nataaaaaa! ¿Qué te parece si salimos a tomar algo esta noche? —me pregunta toda alegre—. Conozco un sitio que está genial por el centro.

¡Me encantaría! Tengo unas ganas enormes de salir por ahí y que me dé el aire, estoy cansada de estar aquí metida —me encanta el lugar, pero tantos días de clausura se vuelve aburrido.

¿Qué te parece si voy a por ti a eso de las diez?

A las diez me parece bien, ¡hasta entonces!

Nos despedimos y miro el reloj. Son las ocho de la tarde, todavía tengo un par de horas para arreglarme. Empiezo a buscar entre los cuatro trapos que tengo y me decido por un vestido negro con mucha caída que me llega por las rodillas y unos zapatos de tacón del mismo color. Lo dejo sobre la cama y corro a la ducha.

Una hora y media después ya estoy vestida y peinada, he optado por recogerme el cabello y dejar algunos mechones sueltos. Me maquillo remarcando bien mis grandes ojos y me doy el visto bueno. Después de todo, no me van tan mal esos kilitos de más.

Como acordamos, Laura está aquí a la hora indicada. Tomo mis cosas y bajamos a recepción. Recuerdo que tengo que avisar a César de mi salida y opto por enviarle un mensaje. Según me contó ayer, llegaría tarde. Hoy tiene guardia en la unidad de urgencias y no quiero molestarle más de lo necesario.

Salgo a dar una vuelta por el centro con Lau. Espero que no tengas mucho trabajo, eso significará que hay pocos accidentes.

Besos.

Natalia

Siempre insiste en que vaya acompañada, y como voy con ella, otra parte del trato cumplida. Llegamos al lugar y resulta ser una sala de conciertos. Es un lugar bastante amplio. Tiene un enorme escenario enfrente, y a la derecha se encuentra la barra. Llega de pared a pared, y hay varios camareros tras ella. Está casi lleno de gente. Laura me señala un cartel que hay pegado en una columna y sonríe abiertamente esperando mi reacción. Veo que toca uno de mis grupos favoritos: Acedía. La miro con ojos de sorpresa y salto de alegría.

¡Lo sabías! ¡Lo sabías! —grito entusiasmada. Por eso ha querido que viniéramos aquí. Es una gran amiga.

Siempre que venía este grupo a la capital iba a verlos con Mario, es lo único bueno que saqué de nuestra relación.

¡Por supuesto! —ríe a carcajadas y me abraza—. En cuanto lo vi anunciado no pude resistirme a traerte, te mereces pasar un buen rato.

No sé cómo te lo voy a agradecer. Te debo una —le digo casi gritando, porque comienza la música.

Gritamos, saltamos, bailamos, bebemos, reímos… La noche está siendo una de las mejores que recuerdo. Nadie está constantemente enfadado conmigo porque los hombres me miren o porque le avergüence por mi forma de bailar, nadie me insulta por chocar con otras personas mientras me dejo llevar por la música, puedo ser yo misma. Presentan un tema nuevo. Maltrato y Crueldad, se llama, y cuando lo escucho, la letra me deja helada. Parece hecha para mí.

Entra por la puerta el tipo al que amas

El que todo te lo paga, putada tras putada

Con él te fuiste a vivir, intentando ser feliz

Cuando no te imaginabas el horror que te esperaba

Fueron pasando los años, mayores fueron los daños

Aunque siempre te quedaba algo de amor en tu mirada

Estar tan asustada no te sirve de nada, si estás siendo maltratada

No se puede tolerar a un enfermo terminal que carece de piedad

Basta ya, debes reaccionar y apartar de tu vida a ese horrible animal

Efectivamente, no se puede tolerar. Cada día estoy más contenta con mi decisión. Laura me mira y hace una señal hacia la barra. Como podemos, salimos del montón de gente apilada, están como locos disfrutando del concierto.

¿Qué van a tomar? —nos dice uno de los camareros.

Yo quiero un Dyc con Coca-Cola —dice Laura

A mí ponme un ron Negrita con naranja —me guiña un ojo y se va a por las bebidas.

Con los bailes y saltos seguro que estoy hecha un adefesio, necesito ir al baño con urgencia y retocarme un poco. Mis ojos deben parecer los de un oso panda, con todo el rímel corrido.

Ahora vengo, tengo que ir al baño.

Te espero aquí hasta que vuelvas —me dice, y camino hacia los aseos.

Cuando llego hay una gran cola, saco mi móvil del bolsillo y miro a ver si tengo algún mensaje. Efectivamente, César me ha respondido:

No me gusta mucho la idea. Cuando te digo acompañada me refiero a compañía masculina, preparada para hacer frente a cualquier contratiempo, a golpes si fuera necesario. Ten cuidado, por favor.

Siempre tan preocupado por mí. Dejo salir un largo suspiro y le contesto:

Tú no has visto a Laura cabreada. De un bolsazo es capaz de decapitar a cualquiera.

Me río al pensar la cara que va a poner cuando lo lea. Guardo mi móvil nuevamente en el bolso y me doy cuenta de que ya puedo entrar al baño. Me arreglo todo lo que puedo, retoco mi maquillaje, paso los dedos por mis mechones sueltos y cuando creo que el trabajo está hecho voy en busca de Laura.

Camino buscando en mi bolso la cartera para ayudar a pagar las bebidas cuando me choco con el pecho de alguien. Retrocedo, levanto la cabeza… Y no doy crédito a lo que veo. No puede ser verdad, esto no puede estar pasándome a mí. Otra vez no. No puedo tener tan mala suerte. Tengo a Mario justo enfrente. Sin mediar palabra, me agarra por el cuello. Se acerca a mi oído y me habla.

Hola, zorrita. Parece que hemos coincidido de nuevo. ¿No te alegras de verme? —siento asco, su aliento sigue siendo tan nauseabundo como recordaba—. Qué bueno esto de que nos guste el mismo grupo, ¿no crees?

Suél… ta… me —logro decir, aunque mis pies apenas tocan el suelo y el aire entra con dificultad por mi garganta.

Cuando por fin me suelta agarra mi brazo y lo dobla detrás de mi espalda, inmovilizándome. Me empuja para que camine, y como me niego, lo tuerce aún más, provocándome tanto dolor que consigue que haga lo que quiere, con tal de que no siga doblándomelo. Nadie se percata de lo que ocurre, la música está tan alta que, aunque grito, nadie me oye.

Me saca casi a rastras a la calle. No hay nadie fuera que pueda ayudarme, están todos dentro disfrutando del concierto. Va dándome patadas en las piernas para que camine más deprisa. En una de ellas, caigo de rodillas. Otra patada llega, esta vez en mi espalda, tira fuertemente de mi brazo y me levanta. Lágrimas de dolor se apoderan de mis ojos, pero a él parece darle igual, está fuera de control. En el estado en el que se encuentra sé que no le importa nada, y menos mi vida. Ahora sí que estoy en problemas.

Cuando creo que ya no hay nada que hacer y que esta noche será mi fin, un coche viene a toda velocidad y de un frenazo nos corta el paso. Mario tiene que apartarse rápidamente para que el espejo retrovisor no le golpee.

Oigo cómo la puerta del conductor se abre, pero en la posición en la que estoy no veo absolutamente nada. Siento cómo Mario se tensa detrás de mí. Segundos después, otro coche viene casi derrapando y frena bruscamente al lado del primero. Alguien viene corriendo hasta nosotros.

¡Suéltala o lo lamentarás! —no puedo creerlo, es la voz de César

Trato de levantar la cabeza y compruebo que efectivamente es él. El alivio corre por todo mi cuerpo. Jamás pensé que me alegraría tanto de verle. A su derecha aparece Álex, ambos se acercan rápido. Mario me empuja bruscamente y vuelvo a caer al suelo. Estoy tan conmocionada por la situación que no me muevo de donde estoy. Las manos de Álex rodean mi cuerpo y tira de mí para ayudarme a ponerme en pie.

Natalia, ¿estás bien? —me pregunta mientras analiza mi cuerpo en busca de una rápida respuesta. Solo asiento con la cabeza y observo la escena que está a punto de suceder.

César se abalanza sobre Mario. Los dos caen al suelo, pero es César quien cae sobre él. Un golpe detrás de otro impactan sobre la cara de Mario. No le da opción a defenderse, su espalda está totalmente tensa y la rabia que emana de su cuerpo está descargándola sobre Mario. Tiene que ser Álex quien, dejándome por un momento, vaya a separarlos.

Vamos, César, para o lo matarás —trata de arrastrarlo por los hombros, pero César de un fuerte movimiento consigue liberarse de los brazos de Álex, y vuelve a la carga. Uno, dos, tres… sigue asestando golpes sobre la cara de Mario mientras este trata de esconderse detrás de sus brazos.

¿Qué se siente, hijo de puta? —le grita mientras sigue lanzando ganchos sobre él—. ¿Te gusta esto, gran hombre? —Mario no contesta, está demasiado ocupado cubriéndose el rostro.

¡Para! —Álex vuelve a intentarlo, y esta vez tiene éxito. Consigue meter sus brazos debajo de los de César y tira con fuerza de él.

¡Suéltame! —grita César histérico. Me asusta verlo así, casi puedo oler la adrenalina que segrega su cuerpo. Álex lo arrastra por las axilas, mientras que César patalea intentando soltarse de su amarre—. Suéltame, Álex, tengo que acabar con este cabrón —dice, retorciéndose para escapar.

No permitiré que tengas problemas con la justicia por este indeseable —le dice Álex forcejeando.

César vuelve a intentar dar otro tirón, pero no consigue soltarse. Mario aprovecha para ponerse en pie con bastante dificultad y nos mira con odio. Tiene la cara destrozada y el labio partido.

¡Habéis cavado vuestra propia tumba! —nos dice mientras se limpia con los dedos la sangre que corre por su ceja—. Y tú, putita —me señala—, no vas a tener tanta suerte la próxima vez —César vuelve a intentar escaparse, pero Álex lo tiene bien inmovilizado.

A medida que Mario se aleja Álex afloja su abrazo y poco a poco lo libera.

¿Te ha hecho daño? —César me pregunta mientras se acerca a mí con preocupación.

No demasiado… —le miento por miedo a que vuelva a por él. Seco mis lágrimas y trato de forzar una sonrisa de “todo está bien”. Pasa sus brazos por mi cuello y me abraza.

Venga, ya ha pasado todo —me susurra mientras acaricia mi pelo tiernamente.

Definitivamente, volvería a pasar por lo mismo, solo por estar de nuevo entre sus brazos. Últimamente se ha convertido en mi lugar favorito del mundo.

¡Naaaaaaaaaata! ¡Nataaaaaa! —la voz chillona de Laura me hace volver al planeta Tierra—. ¡Nata, por el amor de Dios! ¿Dónde estabas? ¡Alguien dijo que había pelea y tú no estabas dentro! —está bastante nerviosa—. ¡Me asusté!

Le explico brevemente lo que ha ocurrido y, después de maldecir varias veces, finalmente se relaja. Cuando todo parece estar más tranquilo decidimos que es el momento de volver a casa. Álex se ofrece para acompañar a Laura hasta el coche y César y yo volvemos juntos al hotel.

Durante todo el trayecto vamos en silencio, me gustaría preguntarle cómo sabía dónde estaba, pero no es el momento. Apoyo mi cabeza en la ventanilla y veo las luces pasar rápidamente. No puedo evitar pensar en qué hubiera pasado si el que se ha convertido en mi ángel en las últimas semanas no hubiera llegado a tiempo. Básicamente, ahora mismo no estaría en este mundo. Me ha salvado la vida. El coche finalmente se detiene al llegar a nuestro destino.

Le busco con una mirada llena de gratitud, y él me encuentra primero. Tiene sus preciosos ojos azul cielo clavados en mí. Una grata sensación me recorre de los pies a la cabeza, y lo único que hago es sonreírle tiernamente, a lo que él me devuelve la sonrisa.

Pone su mano sobre la mía y su calor atraviesa mi piel. Miles de mariposas revolotean en mi estómago. Su otra mano llega hasta mi mejilla y con el pulgar acaricia mi pómulo. Cierro los ojos para disfrutar más de su tacto y noto cómo sus labios se posan en mi frente, dejando un suave beso en ella. Levanto la mirada y ahí está él, el hombre más maravilloso que he conocido nunca. Nuestras respiraciones son profundas, tengo el corazón en la garganta y la sangre me quema.

Desliza lentamente la mano que tiene en mi mejilla y la lleva hasta mi nuca, sus dedos están ahora en el nacimiento de mi cabello. Pequeñas corrientes eléctricas se apoderan de mi cuerpo y me inmovilizan. Tira ligeramente de mí para acercarme, estamos tan juntos que nuestros alientos se mezclan. Sus labios tocan los míos, solo un sutil roce, pero hace que todo mi vello se erice. No me aparto.

Nos miramos durante unas décimas, jadeantes, y sé que siente lo mismo que yo. Imposible detenerse ya. Nuestras bocas se buscan, se unen y me olvido del mundo. Nos dejamos llevar, nuestros labios se saborean y nuestras lenguas se acarician al compás. Sus manos me abrazan como si tuviera miedo de que pudiera escapar, pero él no sabe que, desde este momento, es el único lugar en el que quiero estar.

Poco a poco detenemos nuestro beso, dejando unidas solo nuestras frentes, mientras tratamos de calmarnos. El aún tiene los ojos cerrados, nuestras respiraciones son agitadas. Su cálido aliento da de lleno en mi cara, y no puedo evitar el deseo de volver a sentir sus labios. Traga saliva y se aparta para mirarme a los ojos.

Natalia… —es lo único que dice susurrando.

César… —le contesto de la misma manera.

Unas luces se encienden detrás de nosotros, interrumpiéndonos. Miramos al mismo tiempo tratando de buscar la causa de ello, pero son tan potentes y cegadoras que nos deslumbran, evitando que podamos ver de dónde proceden. Un coche arranca, las luces se mueven y vienen hacia nosotros. El coche golpea fuertemente en nuestro parachoques trasero, provocando que nos movamos violentamente dentro del coche. César abre su puerta, y cuando está a punto de salir, el coche retrocede rápidamente y se marcha. Es ahí cuando lo veo.

¡Dios mío! ¡Es Mario! —grito asustada. Es el inconfundible coche que compartía con él.

Mierda, nos debe haber seguido —dice César mirándome con preocupación.

Algo vibra en mi bolso, lo abro y saco el móvil. Tengo un mensaje. Veo que pone MARIO en la pantalla. Con las manos temblorosas pulso el botón para abrirlo:

VAYA, VAYA, VAYA, LA PUTA Y EL DOCTORCITO. AHORA QUE SÉ DÓNDE TE ESCONDES DATE POR MUERTA. APÁRTATE DE ÉL SI NO QUIERES QUE CORRA TU MISMA SUERTE.

Un, dos, tres… un, dos, tres… trato de relajarme. Un, dos, tres… no lo consigo, siento cómo el pánico rodea todo mi cuerpo, me abraza como una anaconda y me asfixia. No quiero que César me vea así. Necesito irme de este lugar, le he puesto en peligro.

Cálmate —me dice sujetándome la cara—. ¿Qué pone? —levanta mi barbilla para que lo mire.

¡Necesito irme de aquí! —grito alterada—. ¡Tengo que irme de aquí, ya! —la sangre arde en mis venas y mi corazón está desbocado.

Tranquilízate, Natalia, déjame el móvil, quiero verlo.

No, no quiero que veas nada. ¡No debíamos habernos besado! —le grito—. Lo ha visto todo. Solo quiero irme de aquí. Esto no debería haber pasado —su expresión es triste.

Natalia… Lo siento. Fue un impulso… No volverá a ocurrir —hay dolor en sus ojos y estoy segura de que arrepentimiento en los míos. Los nervios me hacen decir cosas que no quiero.

Tiro de la manilla para abrir la puerta y salir a la calle. Estoy muy alterada. Intenta impedírmelo, pero yo soy más rápida. Corro y corro todo lo rápido que puedo para alejarme de él. Para alejarme de este precioso y tranquilo lugar que acabo de corromper con mi presencia. Todo esto es por mi culpa.

¡Natalia! —me llama mientras le oigo correr detrás de mí. Miro hacia atrás y veo que casi está alcanzándome. Intento aumentar la velocidad, pero no tarda en llegar hasta mí.

¡Déjame! —agarra mi brazo—. ¡Suéltame! —hace caso omiso y me sujeta con más fuerza. De un ágil movimiento me pega contra su pecho y me rodea con sus brazos. Forcejeo para liberarme, pero él es más fuerte.

Vamos, cálmate. Todo va a estar bien —su voz es suave—. No le des lo que busca —apoya su barbilla en mi cabeza—. No dejes que consiga lo que quiere, ni que te rebaje a este estado.

Te he puesto en peligro… —le digo mientras rompo a llorar sumergida en su hombro.

Para eso hace falta algo más que un loco cobarde —me dice mientras acaricia mi espalda.

Dice que va a matarme y que tú correrás mi suerte si no me aparto —siento cómo se tensa y me aprieta con más fuerza.

Nadie va a hacerte daño —dice con voz ronca—. Ni a ti ni a mí. Me voy a encargar de ello.

Es como un bálsamo para mí. Poco a poco consigue que deje de temblar y salga de mi estado de nervios. Siento protección entre sus brazos. Finalmente caminamos hasta el hotel, vamos en silencio. Le noto distinto, está cabizbajo y serio. Y sé por lo que es.

Siento lo que te dije antes… —le digo, apenada—. Lo que ocurrió dentro del coche…

No te preocupes, Natalia —no deja que termine lo que le quiero decir—, entiendo que es pronto para ti. Como ya te dije, fue un impulso, no significó nada. No volverá a ocurrir.

Oigo cómo mi corazón se fisura. ¿De verdad nuestro beso no significó nada para él? ¿Por qué me rompe por dentro esa frase? Soy idiota, ¿cómo he podido llegar si quiera a pensar que él pudiera fijarse en mí?

Está bien —digo fingiendo media sonrisa e intentando que no note lo dolida que estoy.

Entramos al hotel y me acompaña hasta la habitación.

Mañana tenemos que ir a poner otra denuncia. Pasaré a recogerte sobre las ocho.

De acuerdo —le digo sin mirarle a los ojos.

Espera unos segundos de pie delante de mí, abro la puerta sin decir nada y cuando se asegura de que estoy dentro de la habitación, se marcha. Me pongo mi pijama y me acuesto. No puedo quitarme la sensación de los labios de César sobre los míos. Jamás sentí algo parecido, ni cuando besé por primera vez a Mario cuando más enamorada estaba de él. Trato de sacudirme ese pensamiento de la cabeza. Cierro los ojos y finalmente consigo quedarme dormida.

A la mañana siguiente, llega César puntual. Analizo su cara según abro la puerta, y está visiblemente peor que la noche anterior. Serio, distante y hay unos círculos negros debajo de los ojos. Puedo asegurar que no ha dormido demasiado.

Salimos por fin a la calle, respiro profundamente al notar que ha llovido. Me encanta el olor a tierra mojada. Justo enfrente de nosotros hay un precioso deportivo aparcado. Un Bentley Continental Supersport de color blanco. César lo rodea y abre la puerta para que suba en él.

Vaya… ¿es tuyo? —le pregunto para romper el hielo. No me gusta sentir esta tirantez entre nosotros.

Sí, es el que tengo para viajes largos —me dice—. Esta mañana han venido a por el otro para repararlo.

Lo siento mucho… —le digo sincera. No puedo evitar pensar que todo esto que está pasando es por mi culpa. Su coche estaría intacto si no se hubiera hecho cargo de mí—. En cuanto pueda te pagaré los desperfectos y todo esto que estás haciendo por ayudarme.

Yo no te he pedido nada —dice secamente.

No hace falta que me lo pidas —le digo—. Tengo sentido común —frunce el ceño, pero no dice nada.

Llegamos a la comisaría y está el mismo agente que nos atendió la vez pasada. Le narramos todo lo que pasó. Desde el incidente en la sala de conciertos hasta el golpe en el coche horas después, y también las amenazas de muerte.

El agente nos asegura que Mario será detenido esa misma mañana, y que el juez decidirá qué hacer con él una vez que testifique. Se despide de nosotros, asegurándonos que nos mantendrán informados. No puedo evitar sentir alivio y a la vez terror al imaginar qué hará si lo sueltan. Aún estará más cabreado, eso es seguro.

En el trayecto de vuelta mi cabeza vuela con pensamientos cruzados. ¿Debería buscar un apartamento? ¿Otro trabajo? De momento sigo de baja laboral, pero pronto recibiré el alta médica y tendré que avisar antes de que ocurra. Sí, definitivamente voy a buscarme un apartamento, no puedo arriesgarme a que el loco de Mario haga algo a César solo porque piensa que estamos juntos. No podría soportarlo.

Los días siguientes pasan rápido. Los agentes todavía no han dado con Mario, y aún no le he dicho a César mis intenciones, pero no paro de buscar en Internet casas en alquiler. No estoy teniendo suerte, prácticamente todas las que me gustan están ya alquiladas o se pasan de mi presupuesto.

Él sigue distante, apenas nos vemos, y ya no comemos ni cenamos juntos cuando vuelve de trabajar. Siento que cada día que pasa soy una carga para él. Quizás ya se ha cansado de tenerme por aquí, y por eso me evita. Con ese pensamiento en la cabeza, llamo al siguiente número de teléfono.

Buenas tardes —digo con mi mejor voz—, le llamo por el anuncio de una casa que tiene usted en alquiler.

Sí, dígame. Aquí es —me responde la voz de una chica aparentemente muy simpática.

Me gustaría poder ir a ver el piso. ¿Aún lo tiene libre?

Sí, aún está libre, pero mañana vendrá una pareja a verlo. Si quiere puede pasarse esta tarde, el que antes diga que sí se lo queda —me parece buena idea, no quiero arriesgarme a que cuando por fin encuentro algo que está bien me lo quiten.

Está bien, ¿a qué hora quedamos?

Voy a estar allí dentro de una hora y media.

De acuerdo, allí estaré —me despido y me voy directa a la ducha.

Me arreglo todo lo deprisa que puedo, el apartamento está algo lejos y me llevará tiempo llegar. Telefoneo para que me envíen un taxi, y me aseguran que estará esperándome abajo en cinco minutos. Bajo a toda prisa.

Salgo del ascensor para entrar al recibidor que me lleva a la calle, cuando una risa de mujer llama mi atención. Levanto la mirada y veo la razón. Es Erika, la espectacular mujer que salió de la consulta aquella tarde. Está sentada junto a César, en una postura demasiado amigable para mi gusto. Se ríe a carcajadas por algo que César ha dicho.

Ambos se percatan de mi presencia. César se pone tenso al verme, y Erika, al notarlo, no duda en marcar territorio, pasando los brazos por su cuello y dándole un beso en los labios. Mi estómago está en llamas. La sangre me hierve y apenas puedo respirar. No sé qué me pasa. Solo quiero salir de allí. Si me quedaba alguna duda, ahí está la respuesta. No significo nada para él, debo irme cuanto antes y dejar de ser una carga.

Para mi desgracia, tengo que pasar por su lado para llegar a la puerta de salida, pero tomo aire y en un acto de valentía camino hasta la calle.

Natalia —la voz de César hace que me frene durante unas décimas, pero rápidamente continúo la marcha.

Oigo pasos detrás de mí. Sé que es él, pero intento ignorarlo y sigo avanzando.

¿Dónde vas? —me dice sujetando mi brazo.

Voy a hacer algunos recados —le digo tirando de mi brazo para recuperarlo. Erika está observando la escena con gesto cabreado, y viene hacia nosotros.

Sabes que no puedes salir sola —su cara echa humo. Me sujeta más fuerte para que no me vaya.

Deja que se marche, no es una niña —dice Erika agarrándolo por la cintura.

Eso. Hazle caso. Ya soy mayorcita —digo secamente. Doy una sacudida más y finalmente me suelta.

Deja que llame a Álex para que vaya contigo —saca su móvil del bolsillo y comienza a marcar su número. Erika me está fulminando con la mirada.

No tienes que molestarte por mí. Pedí un taxi, está afuera esperándome —le digo mientras salgo por la puerta, dejándole con cara de pocos amigos.

Bajo los escalones y, efectivamente, el taxi ya está esperándome. Subo al coche y le indico al conductor dónde voy. No puedo evitar buscar a César con la mirada. Está mirando hacia el taxi, con las manos hechas puños, y Erika le está diciendo algo, bastante cabreada, a lo que él no está prestando atención…

 

CAPÍTULO 7

(César)

Rabia e impotencia corren por mi cuerpo. Acaba de irse sola, aun sabiendo que Mario sigue por ahí, danzando a sus anchas. Los agentes todavía no han dado con él. Camino de arriba para abajo por el recibidor. Estoy realmente preocupado. No podría soportar que le ocurriese algo. Por nada del mundo quiero volver a sufrir el dolor de otra muerte de este tipo. Imágenes de muerte, gritos y sangre bombardean mi cerebro, y trato de eliminarlas rápidamente sacudiendo mi cabeza. Jamás superaré lo que vi aquel día, cuando de niño volvía de jugar con los amigos…

Desde lo que pasó aquella noche en el coche he querido darle espacio. No quiero agobiarla después de lo que dijo. Sé que lo hizo en un momento de desesperación, no era ella quien hablaba, sino su miedo. Sé que disfrutó nuestro beso tanto como yo. Pero entiendo que necesita sanar sus heridas. El muy cabrón ha conseguido reducirla de tal manera que no se valora, y no acepta nada que pueda beneficiarle. Ni siquiera elogios, porque cree que no los merece.

Necesita vivir un tiempo sin ningún manipulador a su lado, valorar la vida y, sobre todo, decidir por sí misma cómo vivirla. Lo único que puedo hacer por ella ahora mismo es dejarla respirar. Lo necesita. Me está costando mucho no poder tocarla, abrazarla o volver a besar esos increíbles, suaves y carnosos labios. Tengo que mantener las distancias o no podré cumplir mi promesa, porque lo único que deseo constantemente es tenerla. Ni siquiera estar con otra mujer puede hacerme olvidar lo que estoy empezando a sentir por ella…

Erika no para de comerme la oreja, poniéndome más nervioso con sus chillidos insoportables. Quiere ser el único centro de atención y está celosa.

Oh, vamos… ¡Seguro que sientes algo por ella! Solo hay que ver cómo la miras —me chilla mientras camina a mi lado por el recibidor—. ¡Te la comes con los ojos! —me está sacando de mis casillas—. ¿Te la tiras cuando no estoy?

¡Cállate la puta boca! —mi autocontrol se ha ido al garete—. A ti no debería importarte una mierda lo que haga con mi vida, recuerda que no somos NADA —recalco esa palabra para que entienda que no tiene derecho sobre mí—. Solo pasamos el rato cuando vienes a España. Fue el acuerdo al que llegamos. ¿Recuerdas? —cierra la boca y respira fuerte por la nariz tratando de calmarse.

Está bien, tienes razón, pero cuando vengo aquí no me gusta compartirte con nadie. Me lo debes.

¿Durante cuánto tiempo piensas cobrarte que estuviste a mi lado en la peor época de mi vida? —hubo un tiempo en el que estaba tan perdido que acabé refugiándome en ella. Cosa de la que me arrepiento constantemente. Por más que hago por ella siempre hace que sienta que no es suficiente.

Ahora soy yo la que te necesita —me dice con la cabeza levantada.

Llevas necesitándome años, empiezo a pensar que es solo una treta para que no me aleje de ti.

Piensa lo que quieras —me dice airosa mientras por fin se aleja, dejándome solo.

Saco de nuevo el teléfono de mi bolsillo y marco.

Álex.

Dime, César.

Natalia ha salido sola. Necesito que la encuentres, ya sabes qué hacer. Vigila, sin que note tu presencia —el día que salió con Laura, si no es porque hicimos algo parecido no sé qué hubiera pasado.

Le doy los únicos datos que me ha dado tiempo a memorizar. La matrícula del taxi y el nombre de la empresa que llevaba impreso en un lateral. Sé que solo con eso llamará a la centralita y conseguirá averiguar qué viaje ha hecho ese coche. Ha trabajado durante años en la policía científica y tiene sus contactos…

CAPÍTULO 8

(Natalia)

Salgo del taxi y le pago el viaje al conductor. Después de todo, he llegado con más de veinte minutos de antelación. Echo una mirada por el lugar y veo que es una zona bastante verde. Hay un enorme parque con bancos, árboles y flores. Decido ir hasta allí y sentarme en uno de ellos mientras espero.

Es la primera vez que consigo salir sola del hotel desde el incidente en el centro comercial. No puedo evitar sentir temor. Desde hace semanas, le estoy cogiendo miedo a la calle. No consigo relajarme cuando estoy fuera, ni aunque vaya acompañada. Miro detrás de mí constantemente, y la sensación de que alguien me observa es odiosa. Cierro los ojos intentando aflojar mis tensos músculos y dejo que el aire acaricie mi cara. Es una sensación muy agradable.

Mi mente empieza a vagar y solo me trae imágenes de César. Riendo, hablando, comiendo, caminando, abrazándome. Nuestro beso. Pero también la más reciente. El beso de Erika.

«¡Maldita sea!», me digo a mí misma mientras abro mis ojos y miro al vacío. «¿Por qué me tengo que sentir así?». Estoy segura de que son celos. «¿Pero celos por qué?». No quiero, ni puedo ni debo enamorarme de algo imposible. No quiero sufrir más por amor. Pero algo me dice que ya es tarde. Estoy segura de que siento algo por él.

Echo de menos su compañía, sus atenciones, su humor… «¿Por qué tuve que decirle aquello?», me riño mentalmente. Fue lo más maravilloso que me ha pasado en años, y la jodí pero bien. Aunque creo que eso ya da igual. Hoy se le veía tan feliz con ella. Erika es más para él. Se merece a alguien como ella, no a una pobre tonta como yo. Mi teléfono suena y me sobresalta de manera exagerada. Mi tensión arterial acabará mal. Lo sé. No se puede vivir en estado de alerta las 24 horas del día.

¿Sí? —contesto, algo agitada aún.

Hola, Natalia, soy Andrea, la chica del piso. Es para decirte que ya estoy aquí. Dirígete a la dirección del anuncio.

Voy para allá —le digo y cuelgo.

Camino por el parque hasta que llego a la zona donde está el apartamento. Me gusta la fachada. Es de ladrillo rojo, muy simple, pero no está nada mal. Toco el telefonillo y me atiende Andrea. Abre y me encuentro con una hermosa escalera de mármol, con barandilla de madera. No tiene ascensor, pero no importa, ya que voy al primero. Subo rápidamente el tramo de escaleras y llego a la puerta. Es blanca, blindada y con una pequeña mirilla.

Saludo a la chica y comenzamos la ruta por el piso. Es más bonito de lo que se veía en las fotos. Amplio y luminoso. Me puedo imaginar viviendo aquí. Tiene dos habitaciones. En la primera hay una gran cama y en la segunda, una cama más pequeña. Podría convertir la habitación pequeña en una oficina sin problema. Eso me hace pensar que tengo que volver al mundo laboral cuanto antes. Lo próximo será buscar trabajo.

Sin darle demasiadas vueltas, decido quedarme con el piso. Arreglamos el papeleo allí mismo y dejo pagado el mes de fianza y el que corresponde. El único inconveniente es que hasta dentro de dos semanas no podré mudarme. Aún tienen que pintarlo. Salgo a la calle satisfecha conmigo misma. Camino hasta la parada de taxis más cercana. Por fin parece que tomo las riendas de mi vida.

Ahora viene la peor parte. Contarle a César mi decisión. Aunque seguro que no le importa, siento un dolor punzante en el corazón. Cuando empiece con mi nueva vida se acabó todo, no nos veremos más. Esto me va a afectar a mí más que a él, posiblemente se sienta aliviado cuando le hable de mi marcha. Creo que no se atreve a pedirme que me vaya y me está manteniendo en el hotel por pena, ya que aquí en Madrid no tengo muchos sitios donde ir. Podría irme con Laura hasta tener las llaves del piso nuevo, pero sería como ponerle un cartel luminoso a Mario para que me encuentre.

Subo en el primer taxi que está estacionado esperando. Le indico la dirección del hotel y nos vamos. Esta vez el camino se hace más largo. Estoy algo nerviosa, pensando en cómo empezar la conversación con César. Desde hace días apenas hablamos, y mi salida hoy ha sido un tanto tensa.

Por fin llegamos. Le doy al conductor su dinero y entro al hotel. Todo está en silencio. Me saluda una de las chicas de limpieza y la recepcionista que siempre acompaña a Manuel. Ni siquiera él está hoy por esta zona. Imagino que está en la cocina encargándose de que todo esté bien. Subo a mi habitación y me dejo caer en la cama. Miro todo lo que me rodea con melancolía. «Qué poco tiempo me queda de estar aquí», me digo. Unos días más y se acabó.

Toc, toc, toc. Alguien llama. Me pongo en pie y me dirijo a la puerta.

¿Sí? —nadie contesta y dudo si abrir o no.

Toc, toc, toc. Vuelve a sonar.

¿Quién es? —pregunto de nuevo.

Soy Erika, abre —y como me pide, abro.

Hola, Erika. ¿Qué deseas? —el tono de mi voz no es muy amigable.

Vengo a decirte algo —me dice.

¿Algo sobre qué? —pregunto extrañada. No me acabo de fiar de ella.

Tienes que irte —me dice con una falsa sonrisa—. Estás perjudicando a César con tu presencia en este lugar —mi estómago se encoge—. No lo vas a entender, pero tu estancia aquí le abre viejas heridas. Le traes malos recuerdos —mi cara en ese momento debe de ser un poema.

¿Te ha mandado él a decirme esto? —no contesta, solo sonríe más ampliamente, por lo que tomo su silencio de manera afirmativa. Ni siquiera ha sido capaz de decírmelo él mismo—. Dile a César que en media hora estoy fuera. Gracias.

Adiós, Natalia —se aleja contorneando sus impresionantes curvas.

Me apoyo detrás de la puerta y me dejo caer lentamente en el suelo. Abrazo mis rodillas y lloro en silencio. Es más doloroso de lo que pensé en un primer momento. Aunque ya estaba hecha a la idea de que algo así iba a suceder, he de admitir que me ha sobrepasado. Seco mis lágrimas, llamo a Laura y le pido que venga a por mí. No tengo que explicarle nada, sabe que algo me pasa y que se lo contaré después, más tranquilamente. La suerte quiere que se encuentre cerca, por lo que no tardará más de quince minutos en llegar. Empiezo a recoger todo el cuarto. No hay mucho, por lo que me sobra más tiempo del que creía. Me cuelgo la mochila al hombro y bajo en el ascensor hasta el recibidor.

«Mierda, mierda y mierda», me digo. César está de nuevo en el pasillo, esta vez con Manuel. Querrá asegurarse de que me voy. Manuel es el primero que me ve, César está de espaldas. Al ver que su amigo mira fijamente a algún punto detrás de él, César se vuelve buscando la causa. Su ceño se frunce en desconcierto cuando nuestras miradas se unen. Sus ojos se mueven sobre mí. Después a mi mochila, otra vez a mí y así repetidas veces. O es muy buen actor o podría jurar que está sorprendido. Tomo aire y me acerco a ellos. Por cortesía, al menos, quiero despedirme.

Hola, señorita Natalia. ¿Va a salir a dar un paseo? —pregunta Manuel con su agradable sonrisa. No sé si él también finge o es ajeno a todo esto, pero ya me da igual.

Hola, Manuel —le respondo—. Sí, bueno… No es un paseo. Solo vengo a despedirme —Manuel rápidamente mira a César.

Siento cómo César se tensa, oigo su respiración acelerada y me giro para verle mejor. Sus ojos están muy abiertos y clavados en mí.

¿Por qué te vas? —consigue decir con los dientes apretados.

No te hagas el tonto —sonrío irónicamente—. Erika ya me ha dado tu recado —le digo con rabia—. Y, sinceramente, me ha molestado bastante que mandes a terceros porque no has tenido el valor de hacerlo tú.

No sé de qué me estás hablando, Natalia —miro a Manuel, que a su vez está mirando a César, con cara de sorpresa.

Da igual, César, no compliquemos más esto —quiero salir de allí cuanto antes, y no tengo ganas de discutir—. Después de todo, has hecho por mí más de lo que nadie ha hecho jamás. Solo puedo darte las gracias.

César quiere decir algo, pero al ver que me dirijo a Manuel espera.

Manuel, muchas gracias por todo lo que has hecho por mí. Ha sido un placer conocerte —le digo mientras extiendo mi mano. Él la toma entre las suyas y la mantiene ahí mientras me habla.

El placer ha sido mío, señorita Natalia. Ya sabe dónde encontrarme si necesita cualquier cosa. Estaré dispuesto a hacer lo que esté en mi mano —me sonríe tiernamente. Vuelve a mirar a César y luego otra vez a mí—. Ahora, si me disculpan, tengo que ir a preparar el servicio de cocina.

Muchas gracias de nuevo —le digo y se marcha. Sé que es una excusa para dejarnos solos, pero no me importa.

¿Me puedes explicar qué está ocurriendo aquí, Natalia? —me giro hacia él, que está sujetando mi brazo. Está apretando bastante fuerte, aunque no llega a hacerme daño.

Le sonrío, pero no contesto a su pregunta.

Muchas gracias por todo lo que has hecho por mí —le digo. Tomo su mano para quitarla de mi antebrazo y la corriente eléctrica que siento cada vez que nos tocamos hace acto de presencia—. En cuanto me reponga un poco te haré llegar un pago con los gastos que te he generado —me inclino, y de él me despido con un casto beso en la mejilla—. Siempre te estaré agradecida. Te debo la vida. Sé feliz junto a Erika. Lo mereces —camino hasta la salida.

Antes de salir por la puerta necesito mirarle por última vez, me giro y ahí está. Su pose es tensa, tiene los puños apretados y la mirada perdida, pero sigue tan apuesto y atractivo como siempre. Le voy a echar de menos, más de lo que desearía. Lo sé.

Laura toca el claxon, haciendo que corte mi contacto visual con él. Está esperándome casi en la misma puerta, y su gesto es de preocupación mientras me observa. Bajo deprisa los escalones y subo al coche.

Hola, preciosa… —me dice.

Hola, Lau —arranca, y mientras nos alejamos comienzo a llorar desconsoladamente.

Llevamos más de quince minutos en silencio dando vueltas por Madrid. Mis lágrimas parecen no tener fin.

Nata, cariño, tienes que decidir dónde vamos.

No lo sé —digo secando mis ojos con la mano—. Creo que unos días con mis padres y hermanos me vendrán bien —llevo meses sin poder ir a visitarles, gracias a Mario—. ¿Podrías dejarme en la estación de autobuses? —ahora que Mario me ha dejado sin coche no me queda más remedio que viajar así.

No.

¿No? —la miro extrañada, esperando una explicación.

¿Te parece si te llevo yo? —me guiña un ojo.

Pero sabes que está a más de 180 kilómetros de aquí —digo con sorpresa.

Si salimos ya en dos horas estaremos allí. Voy a pasar por mi apartamento un momento, tengo que recoger unas cosas. Me quedaré contigo un par de días y disfrutaremos como cuando éramos pequeñas. A mí también me hace falta un respiro —una amplia sonrisa se dibuja en su cara.

Cuando éramos pequeñas vivíamos muy cerca la una de la otra y siempre estábamos juntas. Un año después de venir yo a Madrid, vino ella.

Pero… ¿y tu trabajo?

No tengo problema, en la empresa me deben varios días, tomaré dos de ellos.

¡Genial! —me encanta la idea. Laura sí sabe cómo animarme.

Además, podremos estar tranquilas. Al estar el pueblo tan alejado de Madrid no creo que Mario vaya por allí —dice animadamente.

Sube la música del reproductor y comienza a moverse al ritmo. Da golpecitos en el volante y en mi hombro para que la siga. Tras varios intentos, lo consigue. Bailamos, cantamos, reímos y el ambiente cambia poco a poco. Siempre que está cerca consigue sacarme de mi nube negra por un buen rato. Mientras viajamos me siento con más fuerza, y le cuento todo lo que ha ocurrido en el hotel con César y Erika.

No comenta nada, solo se dedica a escucharme y darme la razón.

Dos horas después, por fin llegamos al pueblo.

Laura para cerca de la entrada de la casa de mis padres. No saben que venimos, hemos preferido mantenerlo en secreto para sorprenderles. Mientras llamo al timbre las dos nos reímos, cómplices. Oigo llaves y los pasos de alguien acercándose. La puerta se abre.

¡Natalia, hija! —mi madre pone las manos sobre su boca, sorprendida—. ¡Hija mía! —rápidamente me abraza y oigo cómo solloza en mi cuello—. Ay, hijita… qué alegría verte.

Mientras la tengo abrazada puedo ver de frente a mi padre venir rápidamente.

¡No puede ser! —viene diciendo por el pasillo mientras llega hasta nosotras—. ¡Mi niña! ¡Mi niñita! —no espera que suelte a mi madre y nos abraza fuertemente a las dos unidas.

Besos, besos y más besos. Cuando por fin nos soltamos los tres estamos llorando como tontos. Miro a Laura, y está igual de emocionada que nosotros. En ese momento mis padres se dan cuenta de que ella también está allí y la abrazan efusivamente.

¿Cómo que habéis venido, hija? —dice mi madre limpiándose la nariz con un pañuelo de seda—. ¿Y Mario? mis padres y Mario no tenían buena relación. No les acababa de gustar, aunque siempre respetaron mi decisión de estar con él.

Hemos pedido unos días en el trabajo, necesitamos aire puro de la sierra —dice Laura sonriendo a mi madre y tratando de salir al paso.

Mi madre me mira. Me conoce tan bien que temo que descubra que algo pasa.

Vamos, entrad —nos dice mi padre mientras nos quita las mochilas de las manos—. Ya sabéis cuál es la habitación de cada una —Laura ha dormido más veces en mi casa que en la suya. Nos hemos criado como hermanas.

Mientras nos acomodamos y mi madre saca algo de picar mi padre llama a mis hermanos y les da la noticia. No se hacen esperar mucho. Primero llega Javier.

¡Natalia! —corre hasta mí y me levanta por la cintura. Damos un par de vueltas mientras me abraza fuertemente—. ¿Cómo está la chica más bonita de Madrid?

Encantadísima de volver por unos días a casa —le digo mientras me lo como a besos.

Nada tiene que ver esta vida con la que he estado llevando en los últimos años. Es increíble la diferencia que hay de unas personas a otras. Aquí todo es amor; allí, todo odio. La puerta vuelve a sonar y sé que es el que me falta. David. Corro hasta él y de un salto entrelazo mis piernas en su cintura. Llega otra lluvia de besos. Ahora entiendo el refrán que dice Como en casa en ningún lado. Laura suelta grititos y da palmaditas de alegría en el sillón.

Durante la riquísima cena que mi madre ha preparado, con el mismo cariño de siempre, charlamos sobre nuestras cosas. Mis hermanos me cuentan cómo les va en el trabajo. Este año tendrán que contratar a más personal, ya que les están llegando vehículos de competición de casi toda España.

Mi padre ahora está más relajado en el tema laboral. Tiene una pequeña arritmia y le han aconsejado llevar vida tranquila. Aunque sigue yendo a trabajar, ha dejado a mis hermanos a cargo del Taller Montero. Incluso se ha hecho con una pequeña huerta donde distraerse en sus horas libres. Mi madre, como siempre, se dedica a sus labores. Las mujeres, en los pueblos pequeños, tienen pocas opciones.

Laura y yo ayudamos a mi madre a recoger la mesa. Mientras Laura sigue trayendo platos del salón mi madre y yo fregamos la gran pila de platos y cacerolas que hemos utilizado.

Natalia, hija, ¿está todo bien con Mario? —me dice mi madre, mirándome a los ojos.

Bueno… la verdad es que no. Ahora no muy bien —no sé cómo empezar a contarle lo que sucede.

¿Ha ocurrido algo? —insiste en saber.

La verdad es que he decidido terminar la relación. Últimamente no estábamos bien —cuento la verdad a medias, no quiero preocuparla.

¿Y estás bien? Quiero decir, ¿lo llevas bien? —sé que quiere saber si lo estoy pasando mal con la ruptura.

Mejor que nunca, mami —le regalo una amplia sonrisa para que vea que todo está correcto. Ella me la devuelve. En el fondo se alegra. Lo sé, aunque no me lo diga.

Cuando todo está hecho decidimos que es hora de ir a dormir. Nos despedimos de mis padres y hermanos y subimos a nuestras habitaciones. Mañana Laura y yo queremos visitar el taller para ver la ampliación que mis hermanos han hecho, visitar a nuestras antiguas amigas y salir a pasear por el campo.

El día siguiente pasa según lo previsto. El taller está irreconocible. Es tres veces más grande de lo que recordaba. Está hasta arriba de auténticos cochazos. Me enamoro de uno en particular que están tuneando. Un Renault Mégane Coupé negro. Javier me cuenta que el antiguo dueño lo dejó allí porque valían más las piezas y la avería que el coche en sí. Pero que al tener solo un año de antigüedad les dio pena mandarlo al desguace, y decidieron repararlo y tunearlo en sus ratos libres. Posiblemente le puedan sacar unos miles de euros.

Cumplimos con nuestra agenda, visitamos a nuestras amigas, que se vuelven locas al vernos. Nos ponemos al día de nuestras vidas en solo un par de horas. Caminamos varios kilómetros hasta la huerta de mi padre. Está llena de grandes girasoles y plantas verdes en hilera. Según nos cuenta, son pepinos, tomates, patatas, pimientos, calabacines… En definitiva, todo tipo de verduras que espera recolectar en unos días.

El par de días se acaba pronto y Laura tiene que volver a Madrid. Promete que me llamará todos los días y que vendrá a recogerme cuando mi piso esté listo. Al final, me armé de valor y les conté a todos en casa que Mario y yo ya no estamos juntos. Así evito que sigan preguntando por él. La semana vuela. Si no fuera porque es un pueblo sin apenas posibilidades para los jóvenes, me quedaría a vivir aquí de nuevo.

Durante estos primeros siete días no ha pasado uno solo en el que no piense en César. Este vacío que siento en el pecho no debe ser nada normal. Presiento que él es el único que lo puede llenar. Miro por la ventana cómo brillan varios relámpagos, al ser casi de noche se aprecian muy bien. Está lloviendo a cántaros y los truenos cada vez suenan más fuerte. Me encanta esta sensación. Si por mí fuera, correría debajo de la lluvia como una loca. Mi teléfono suena. Miro y es un número que no conozco.

¿Sí? —contesto.

¿Doña Natalia Montero, por favor? —la voz de un hombre entrado en edad suena al otro lado.

Sí, soy yo. Dígame.

Le llamo de la comisaría, soy el agente Fernández. Es referente a una denuncia por malos tratos y amenazas. Necesitamos que se presente mañana aquí a las nueve de la mañana.

¿Tienen ya a Mario? —le pregunto asustada.

No, señorita, no hemos tenido suerte aún. Necesitamos hacerle algunas preguntas para ver si así damos con su paradero.

Está bien, estaré allí mañana —le digo al agente. Nos despedimos.

Me quedo mirando durante unos minutos las gotas de agua que salpican en el cristal. «Madrid… mañana…», me digo a mí misma. Eso supone estar de nuevo alterada por Mario y cerca de César. Me pone nerviosa la idea. No sé si estoy preparada para volver. Dejo de observar la lluvia y bajo al salón. Mi padre y mis hermanos están hablando sobre una nueva máquina que han comprado para equilibrar las ruedas en el taller. Los tres se giran cuando me ven bajar las escaleras.

Hola chicos, tengo malas noticias —les digo, y me miran con más interés.

¿Qué ocurre, hija? —dice mi padre poniéndose de pie al instante.

Nada serio, papá. Me ha surgido un problema en el trabajo —miento, aunque no haya en el mundo una cosa que odie más que eso—. Mañana tengo que salir temprano para Madrid.

¿Volverás? —dicen mis hermanos al mismo tiempo.

Pues creo que sí. En teoría será cosa de unas horas.

¡Bien! —dice Javier. David sonríe abiertamente.

La voz de mi madre nos llama desde la cocina, la cena está lista. Apenas logro comer algo. La bola de nervios que tengo en el estómago impide que entre cualquier cosa. Me excuso diciendo que merendé demasiado, antes de que empiecen a protestar.

Ayudamos a recoger entre todos la mesa. Me despido y me voy a dormir. Al día siguiente tengo que madrugar demasiado para conseguir estar a las nueve en la comisaría. Mis hermanos se ofrecen a llevarme, pero no quiero que pierdan un día de trabajo pudiendo ir en autobús.

A las cinco de la mañana suena la alarma del móvil. Con pereza la apago y me pongo en pie. Me doy una ducha rápida para despejarme y me arreglo. Preparo la mochila con las cosas que creo que me harán falta durante el día. Evito pasar por la cocina. No tengo hambre, y mi estómago está algo revuelto. Salgo despacio de la casa para no despertar a nadie y camino hasta la parada de autobuses. Aún es de noche y está muy oscuro.

A mitad de camino soy consciente de que un coche me está siguiendo. Oigo el motor detrás de mí, no acelera ni me adelanta. Me tenso, y el corazón me golpea en la garganta. Me paro, se para. No tengo valor para mirar atrás y camino más rápido. Ahora el coche viene más rápido detrás de mí. Mi crisis de ansiedad está intentando hacer su aparición e intento controlarla como puedo.

Oigo un acelerón que me hace saltar, y por instinto giro la cabeza hacia el ruido. En cuanto mis nervios dejan que visualice la imagen me doy cuenta de que no estoy en peligro. Es mi hermano Javier en el Renault Mégane Coupé negro que tanto me gustó en el taller.

Ni que hubieras visto un fantasma, hermanita —me dice desde la ventanilla abierta del coche.

¡Javier! ¡Casi me matas del susto! —le riño, pero ríe a carcajadas. Si él supiera.

Trato de mantener la compostura y mi cuerpo poco a poco se va destensando. Javier se baja del coche y viene hasta mí.

Dame la mano —me dice, y lo miro extrañada.

No entiendo —le digo.

Extiende tu mano, Natalia. Confía en mí —le hago caso.

Pone su mano hecha un puño sobre la mía. Tiene algo dentro que va a depositar en mi palma, lo sé. Siempre hacía cosas así cuando éramos pequeños y me traía algún regalo.

¿Qué es? —le digo impaciente—. ¡Suéltalo ya! —ríe de nuevo y no me hace esperar.

Lentamente abre su mano y noto un peso frío caer sobre la mía. Me mira a los ojos esperando ver mi reacción. Cuando la retira puedo descubrir una llave. No entiendo nada, frunzo el ceño mientras sigo mirándole.

Disfrútalo —me dice—. Ahora es tuyo.

¿Quééééé? —digo al ver el logo de Renault en la llave. Creo que con mi grito he despertado a todo el vecindario.

Ya que no vas a dejarme que te lleve a Madrid, te vas a llevar solita en tu nuevo y flamante coche.

¿Quéééééé? —vuelvo a decir con los ojos fuera de las órbitas.

He pensado que estará mejor contigo que solito en el taller —me sonríe tiernamente.

Me lanzo de un salto sobre él, le rodeo el cuello con mis brazos y la cintura con mis piernas. Tiene que reaccionar rápidamente para que no le derribe.

¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío, Javi! —no sale de mi boca nada más. Quiero decirle mil cosas, pero la emoción no me deja.

Natalia, me estás ahogando —dice con dificultad. Me da igual, necesito apretarle todo lo fuerte que pueda—. No vas a poder ir a Madrid, tendrás que quedarte a velar mi cuerpo si sigues estrujándome así —me hace reír y aflojo.

¿Por qué haces esto? —le digo ahora más calmada.

Bueno, sé que tu coche se lo ha quedado Mario, por lo que dijiste el otro día cuando nos contaste que lo habías dejado, y que estás pasando una mala racha, así que quiero colaborar con la causa.

Esto es demasiado —le digo sincera y ofreciéndole de nuevo la llave.

Este coche lleva tu nombre desde el día que lo viste en el taller —esconde sus manos detrás de la espalda para no cogerla—. Por favor, acéptalo —no quiero, pero no puedo negarle nada con esa mirada, sé que le haré daño y lo sentirá como un desprecio.

Está bien. Lo acepto con una condición —siento toda su atención sobre mí—. Tienes que aceptar que, en cuanto pueda, te lo pague.

Ya veremos —dice riendo maliciosamente.

Tienes que aceptarlo —insisto, esta vez más seria.

Ya veremos —vuelve a repetir, esta vez dándome un gran beso en la frente y un fuerte abrazo—. Vete ya, que llegarás tarde —sin darme tiempo a reaccionar, se aleja y me deja allí observando el coche y pensativa.

Tras unos minutos intentando asimilarlo, una sonrisa de oreja a oreja se dibuja en mi cara. Corro hasta él y subo casi de un salto dando chillidos histéricos. Aspiro profundamente. Huele a nuevo. Cuando llego a Madrid no puedo evitar hacer un mohín. Por primera vez en mi vida desearía que el viaje fuera más largo. Me encanta conducir mi nuevo coche. Quiero poder seguir disfrutando de él en la carretera.

Unas calles más y llego a mi destino. Por suerte encuentro un sitio libre cerca y aparco. Aprieto el botón, las luces que parpadean me indican que ha saltado el cierre centralizado. Sonrío victoriosa y camino hasta la comisaría. Una amable secretaria me acompaña hasta la sala. Me ofrece una silla, he llegado demasiado pronto y me toca esperar.

Saco mi móvil para pasar el tiempo y comienzo a revisar las fotos que tengo. De algunas ya no me acordaba. Borro las que tengo de Mario, le recorto en otras que quiero conservar, cuando…

Hola, Natalia.

Levanto la mirada al oír una voz familiar.

César… —mi ritmo cardíaco se acelera. Tiene un ojo morado, la ceja cosida y un collarín blanco rodea su cuello.

Veo que a ti también te han llamado. ¿Cómo te ha ido la semana? —pregunta con interés.

Bien… —le digo sin más explicación mientras analizo sus lesiones. La preocupación me golpea—. ¿Qué te ha ocurrido?

Oh, nada importante. Un pequeño accidente —me dice mientras rasca su cabeza y trata de forzar una sonrisa.

No debe haber sido muy pequeño si te ha dejado en ese estado —insisto. Mil ideas pasan por mi mente, pero trato de desecharlas tan rápido como llegan. Realmente estoy preocupada.

Parece más de lo que es, créeme. En un par de días todo estará sanado.

Buenos días. ¿Son ustedes Natalia Montero y César Engel? —una voz ronca y madura nos interrumpe desde la puerta de entrada.

Sí —decimos los dos a la vez.

Vengan conmigo.

Seguimos al hombre hasta otra sala más pequeña. Cierra la puerta en cuanto entramos y nos ofrece asiento.

Soy el agente Fernández. Quien les llamó ayer —se presenta—. Intentaré ser breve para no entretenerles demasiado —nos mira a los dos, y como no contestamos continúa—. Las razones por las que les he citado hoy son varias. Tenemos información y, a su vez, necesitamos información. ¿Por dónde quieren que empiece? —nos mira de nuevo.

Primero la información —se adelanta César.

Bien —dice el agente, y abre una carpeta en la que pone expediente seguido de un largo número y varios datos más que no logro leer. Saca varios folios y nos entrega uno a cada uno—. Estas son las copias del informe pericial —no sé de qué habla—. Como bien pueden leer en este recuadro —lo señala con su bolígrafo—, y tras barajar varias posibilidades, la principal hipótesis es que todo ha sido un acto de sabotaje —el agente se dirige a César—. En resumen, sus frenos han sido cortados intencionadamente, causa por la que usted ha sufrido ese accidente —miro con los ojos muy abiertos a César y un agobiante calor se apodera de mi cara, no puedo creer lo que acabo de oír. Ahora encaja todo—. Sabemos también que Mario está detrás de todo esto. Hay varias huellas suyas en la carrocería y en las piezas internas —siento una fuerte punzada de culpabilidad en mi pecho, y mi cabeza da vueltas intentando procesarlo todo. Mario ha intentado matar a César.

Señorita Natalia… —oigo como el agente me llama—. ¿Natalia?

Sí, dígame —respondo sacudiendo la cabeza para volver en mí.

¿Estás bien? —me pregunta César preocupado. Asiento.

Le estaba diciendo que si podemos pasar a la ronda de preguntas.

Disculpe, estoy tan absorta en lo que acaba de decir que no le había oído.

No se preocupe. ¿Necesita unos minutos? —me pregunta.

No, no, está bien. Pasemos a esa parte.

El agente me hace varias preguntas sobre Mario. Sus lugares favoritos, hábitos, direcciones de sus amigos, lugares que frecuenta, razones por las que creo que se comporta así… En definitiva, todo lo que les pueda servir de pista para encontrarlo o, al menos, poder adelantarse a su siguiente paso. Además de todo eso, le cuento que llevo días sin recibir mensajes ni amenazas, y eso me tiene extrañada. Firmamos unos nuevos papeles, y cuando estamos a punto de acabar el agente vuelve a hablarnos.

Les aconsejo que tengan especial cuidado hasta que consigamos detenerlo. La experiencia me dice que va a por todas y no parará hasta que lo consiga. A mi juicio, ustedes están en peligro, y les aconsejaría, siempre que esté en su mano, que se hagan con algún tipo de seguridad externa. Nosotros solo podemos enviar un coche patrulla a su zona mientras investigamos.

Así será —dice César con seguridad.

Le agradecemos sus palabras y nos despedimos. Salimos juntos y en silencio hasta la calle. Una vez fuera sigo tan conmocionada que apenas puedo pensar.

Bueno, yo ya me tengo que ir —le digo a César, incómoda.

Natalia, me gustaría poder hablar contigo. Hay algo acerca de Erika que debes saber —me dice con bastante pesar.

No te preocupes, no tienes que darme explicaciones. Es tu vida y puedes hacer lo que quieras con ella —finjo una sonrisa.

Sí, es mi vida. Pero necesito aclararlo.

De verdad, no me interesa. Que tengas un buen día —camino hasta mi nuevo coche, deseando subirme cuanto antes en él. Esta vez por una razón muy distinta: quiero evitar el enfrentamiento, solo oír cómo la nombra me enerva.

Natalia —pone su mano en mi hombro y me sujeta. Me giro para protestarle el gesto y su intensa e hipnótica mirada me paraliza—. Erika me confesó lo ocurrido —dice con tristeza y los dientes apretados—. De hecho, está fuera de mi vida desde aquel maldito día. Siento mucho que te hiciera creer aquello. Jamás te pediría que te marcharas.

Hay un refrán muy usado en mi pueblo que dice Cuando el río suena, agua lleva —le digo. Seguro que si ella me dijo aquello es porque él debió comentar algo al respecto—. Pero está bien, un día quedamos y lo aclaramos todo —si le digo que no le creo no parará de insistir, y lo único que quiero en este momento es irme cuanto antes.

No puedo esperar, esto me está matando, Natalia. Te echo de menos —su tono de voz muestra angustia, y baja la mirada para decir su última frase, pero solo quiero huir.

Ya hablaremos —le dejo con la palabra en la boca y casi corriendo me voy de allí. Necesito urgentemente refugiarme en cualquier sitio y poner en orden mis emociones, ya que no puedo pensar con claridad en este estado.

Cuando por fin estoy dentro del coche con la puerta cerrada dejo salir la gran bocanada de aire que, sin darme cuenta, estoy reteniendo en mis pulmones. Mis manos están húmedas por el sudor. Necesito aprender a controlar estas crisis o acabaré dando un espectáculo o diciendo cosas que ni siquiera pienso.

Saber que César está en peligro por haberme ayudado va a ser mi perdición. No sé cómo voy a conseguir apaciguar mi ansiedad con esa idea en mente. Y, para colmo, una sensación de culpabilidad me está matando, ni siquiera he tenido la decencia de quedarme a escuchar lo que tenía que decir. Como siempre cuando me pongo así, mi primer instinto es alejarme del foco.

Cuando estoy más tranquila arranco el coche y me dirijo de nuevo al pueblo. Durante el trayecto no puedo quitarme de la cabeza el feo que le he hecho a César. Mi conciencia está intranquila. Trato de poner música para ver si consigo distraerme, pero nada, mis pensamientos son más fuertes. Estoy bastante pesarosa con mi reacción. Como mínimo, debería haberle prestado atención, se le veía realmente atormentado. Cuando llevo cerca de una hora de camino no puedo más, y en el primer desvío doy la vuelta. Voy a verle.

Solo tardo cincuenta minutos en llegar al hotel. Tengo que admitir que pisé el acelerador un poco más de lo permitido. Siempre me ha gustado la velocidad, y este coche responde muy bien. Aprieto el botón de la llave mientras subo las escaleras y oigo el pitido que tanto me gusta detrás de mí.

Me saluda la chica de recepción con una amplia sonrisa, compruebo la zona y no veo a Manuel. Subo en el ascensor y pulso el botón que me lleva a la casa de César. Vuelvo a sentir el sudor en la palma de mis manos, pero intento ignorarlo. Cinco segundos más tarde estoy en la cuarta planta. Las puertas se abren y salgo nerviosa.

Algo llama mi atención. Hay varias macetas rotas en el suelo y la tierra está derramada por todas partes. Dos cristales rotos y gotas de sangre en el pasillo. Todos mis nervios se activan al descubrir el collarín que llevaba César hace solo unas horas tirado en una esquina. Corro todo el tramo de pasillo que queda pensando en lo peor y totalmente aterrada.

Por fin llego hasta la puerta de la casa y veo que está entreabierta. De un fuerte empujón termino de abrirla y rebota contra la pared, provocando un gran estruendo. Hay más sangre en el suelo, entro en el salón y parece que ha habido un terremoto. Las sillas están tiradas en el suelo, los cojines del sofá, esparcidos por todas partes, y junto a ellos, trozos de jarrón. Creo que voy a desmayarme por la angustia cuando le veo.

¡César! ¡César! —corro hasta él, está sentado de espaldas a mí, en el suelo de la cocina—. ¿Estás bien? —no se mueve.

Tengo el alma sujeta por un hilo. Está vivo pero inmóvil, no se gira cuando le llamo. Me acerco más y veo que tiene la cabeza hacia abajo, está mirando algo que tiene entre sus manos, pero no sé qué es. Por fin consigo descubrir la boca de una botella. Levanta su cabeza y puedo ver sus ojos. Están muy enrojecidos.

No deberías estar aquí. Vete —me dice con desprecio.

César, yo…

¡Vete! —vuelve a decir, esta vez casi gritando.

Solo quiero hablar, siento que te debo una disculpa.

¡No me debes nada! —trata de ponerse en pie, y con dificultad lo consigue. Arrastra la botella con él, puedo ver que es de whisky. Le pega un largo trago.

Camina hasta mí y yo retrocedo, está bastante bebido.

Tenemos que aclarar algunas cosas —insisto.

No tenemos nada que hablar, ni hay nada que aclarar —dice mientras sigue acercándose a mí. Está enfadado y lo entiendo.

Ese horrible olor a alcohol que desprende me trae malos recuerdos. Bajo la vista y veo que tiene la ropa manchada de sangre. Busco la causa, y la encuentro en un vendaje provisional de tela que tiene en su mano. Me armo de valor y dejo de caminar para huir.

Dame tu mano —le digo tragando saliva. Extiendo la mía hacia él para animarle a hacerlo.

Se para en seco y me observa torciendo ligeramente la cabeza. Frunce el ceño en un gesto de no comprender mis intenciones. Da otro largo trago a su botella.

Vamos, dame la mano, quiero ver qué te has hecho —trato de esconder mi voz temblorosa, no quiero que note que le tengo miedo a su estado de embriaguez. Recuerdos de malas experiencias intentan venir a mi mente de nuevo.

No es nada —dice para evitar hacerlo.

No te he preguntado, solo te he pedido que me des tu mano, seré yo quien valore eso —sin más, obedece como un niño bueno. Todo mi miedo se desvanece al sentir su tacto.

Levanto la tela muy despacio, para no hacerle daño, y veo el destrozo. Tiene varios cortes, en todas direcciones, tres de ellos bastante profundos en los nudillos. Debe de haber roto los cristales a puñetazos.

No es nada —vuelve a repetir. Noto cómo observa todos mis movimientos, está tan cerca que siento su respiración en mi cabeza.

Toca ir al hospital —le digo levantando la mirada, y sus ojos se clavan en los míos.

No sé en qué segundo ocurre todo, pero de pronto sus manos están sujetando firmemente mis mejillas y mi espalda, golpeando secamente la pared. No me da tiempo a verlo venir. Solo puedo cerrar los ojos cuando su boca acaba estampada contra la mía y su torso apretado contra mí.

Me besa con deseo, casi como si su vida dependiera de ello. Su respiración es muy fuerte y ruidosa. Mi cabeza me dice que le pare, que está ebrio, pero mi cuerpo me traiciona. Me dejo llevar y le correspondo. Dejo entrar su lengua en mi boca y busca apasionadamente con ella la mía. Su sabor, aun bajo la influencia del alcohol, sigue siendo mentolado y fresco. Me vuelve loca.

Consigo coordinar algún movimiento y paso mis brazos por su cuello, abrazándolo. Sus manos me agarran ahora por la cintura y me levantan. Rodeo con mis piernas sus caderas y acaba sentándome en la encimera. Estamos ansiosos, nerviosos y agitados.

Natalia —gruñe en mi oído—, oponte —dice mientras comienza a besar mi cuello y mi clavícula—. En mi estado no tengo voluntad.

En respuesta, soy yo quien busca de nuevo su boca. Es tan adictivo… Necesito seguir saboreándolo.

Natalia —vuelve a susurrar entre los sonidos de nuestros besos—, no podré parar… —sigue mordiendo y lamiendo mis labios—. No quiero que nuestra primera vez sea conmigo así —le muerdo y gime apretándose contra mí más fuerte—. Quiero poder recordarlo todo.

Necesito de una gran fuerza de voluntad para detenernos, pero finalmente consigo hacerme con la situación. Una sensación de vacío se apodera de mí cuando lo aparto. Jadeamos al unísono mientras nos miramos a los ojos. No sé qué coño ha pasado, pero necesito de esto más que de respirar.

Tenemos que ir al hospital —vuelvo a repetir, tratando de bajarnos de la nube en la que estamos. Veo que sonríe y arquea una ceja.

Sí, será lo mejor —me coge en brazos para ayudarme a bajar de la encimera. Es tan fuerte que me alza como si no pesara—. Tengo que cambiarme de ropa —al girarse pierde un poco el equilibrio, y tiene que sujetarse al borde de un mueble para no caerse.

Espera. Te ayudo —le dejo recuperándose y camino hasta lo que creo que es su habitación y entro. Hay una enorme cama, desecha. Sus sábanas son blancas y todo huele a él.

Abro el gran armario y toda su ropa está ahí, colocada estratégicamente. Todas las camisas y camisetas a un lado y los pantalones al otro. Elijo una camiseta de algodón azul claro y unos vaqueros oscuros. Tomo la ropa en mi brazo y salgo hasta la cocina. Cuando llego la imagen que me encuentro es de lo más atrayente. Sin darme cuenta, me quedo parada observando. Está sin camiseta y tratando, torpemente, de quitarse el pantalón. Su cuerpo brilla bajo la luz fluorescente de la cocina, tan torneado como se intuye cuando está vestido. Sus abdominales y bíceps están muy marcados, y son lo que más llama mi atención. Me descubre y esboza una amplia sonrisa.

¿Ves algo que te guste?

Puede —le digo encogiéndome de hombros y yendo hasta él. Espero que cuando duerma la mona que lleva encima no se acuerde de nada de esto.

Le ayudo a vestirse. El último trago que dio le está afectando. Le cuesta demasiado atarse sus zapatillas. Coge su móvil y lo aleja frunciendo las cejas, intenta buscar algo en él.

Tengo que llamar a Álex para que nos lleve. No puedo conducir —al menos todavía razona.

No te preocupes por eso, te llevaré yo —me mira extrañado, pero asiente.

Mis llaves deben estar en la mesa de madera —me dice señalando a la gran mesa del salón.

No necesito las llaves de tu coche, traje el mío.

¿El tuyo? ¿Lo has recuperado? —sus ojos están muy abiertos.

Tengo uno nuevo —veo como sonríe.

Vaya, sí que te ha cundido la semana —me dice.

Subimos al ascensor. En todo momento, César lleva su brazo sobre mis hombros. Apenas coordina movimientos. Cuanto más digiere el líquido de su estómago peor está. Llegamos al coche y le da una vista rápida. Sonríe con aprobación. Le ayudo a acomodarse en el lugar del copiloto y le pongo el cinturón. Apenas salimos a la carretera ya está dormido.

Le llevo al hospital más cercano, procurando que no sea el de su trabajo. No quiero que lo vean así. Cuando por fin llegamos, me cuesta un mundo despertarle. Balbucea y me da manotazos para que lo deje seguir durmiendo. Me río por la situación e insisto hasta que lo consigo. Apoyado en mí, llegamos a la sala de urgencias. Les cuento lo ocurrido, adulterando un poco los detalles.

Se comporta igual que un crío pequeño, increpando y molestando todo el rato. Después de conseguir ponerle seis puntos de sutura en la mano nos dejan volver a casa. Entre risas, las enfermeras me aconsejan acostarlo en cuanto llegue.

La misma escena de antes se repite, pero esta vez de vuelta. Cuando llegamos al hotel tengo que volver a despertarlo y, como puedo, llevarlo a la cama. Cae como un peso muerto sobre el colchón. Le coloco un poco, para que no esté tan atravesado, le descalzo y me voy al salón para dejarlo dormir tranquilo. Decido poner un poco de orden por el lugar, y recojo los destrozos. Lleno dos bolsas de basura solo con la tierra de las plantas. Barro todos los cristales, coloco sillas y cojines y limpio las gotas de sangre.

Cuando por fin todo está acabado me acurruco en el amplio sofá para descansar un poco. Mentalmente me hago una pregunta. «¿Se acordará de algo cuando despierte?». Antes de encontrar respuesta, Morfeo hace su trabajo y caigo en un profundo sueño.

CAPÍTULO 9

Voy con César en mi coche, conduzco por una larga y recta carretera. Acelero más de lo que debo para mostrarle lo rápido que es mi Renault nuevo, cuando a lo lejos vemos la señal de una curva. Piso el freno para ir perdiendo velocidad y tomarla sin problema, pero el coche no responde.

¡No puedo frenar! —le digo a César asustada, pero él solo mira al frente. Está como ausente.

Continúo tratando de meter el pie en el freno y casi lo puedo sacar por el otro lado, pero el coche sigue sin obedecer. La curva cada vez está más cerca y vamos a salirnos de la calzada. Aterrada, sigo pataleando el pedal… y todo está dicho. El coche vuela por un terraplén y damos varias vueltas de campana.

Tierra, piedras, ramas… veo entrar de todo a través de las ventanillas. Intento cubrir-me la cara con mis brazos, pero la fuerza de la inercia lo impide. Mis brazos pesan tanto que no los puedo levantar.

Por fin paramos, miro a mi alrededor y hay sangre por todas partes. César está inmóvil a mi lado, tiene la cabeza caída, y las heridas que descubro en él son incompatibles con la vida. Está muerto. Grito y grito de impotencia, y vuelvo a gritar. Lloro y siento que voy a perder el conocimiento, mi cuerpo duele.

Alguien se acerca. Intento salir, pero no puedo usar los brazos, creo que me los he roto. La silueta de una persona cada vez está más cerca, pero apenas puedo distinguirla debido al polvo y el humo que aún hay en el ambiente. Cuando por fin su rostro está pegado casi a mi rota ventanilla veo quién es.

¡Mario! —él ríe a carcajadas cuando nos ve.

Vaya, veo que tu amiguito no ha podido superarlo —dice sin parar de reír.

Abre la puerta de mi lado sin esfuerzo, prácticamente la arranca. Está destrozada por el impacto. Me agarra por el pelo y me saca a rastras. Caigo al suelo y no puedo levantarme, mis piernas tampoco están bien. Grito pidiendo ayuda, pero no hay nadie. Está disfrutando con todo esto, lo veo en su cara.

Es tu turno, muñeca —me dice y saca una pistola de su sudadera verde.

Pone el frío acero sobre mi sien. Intento escapar, pero es inútil. Unas firmes manos sujetan mis hombros y me zarandean. La cara de Mario se deforma y comienza a mezclarse con el humo. Las manos siguen moviéndome y Mario termina desapareciendo.

Natalia —es la voz de César, está vivo, le oigo—. Natalia, despierta —siento mis brazos y piernas volver a la vida—. Estás teniendo una pesadilla.

Abro los ojos rápidamente y me incorporo.

¡Dios mío! —pongo las manos sobre mi pecho.

Miro todo a mí alrededor. La cara de César es todo preocupación. Estoy sudando y muy acelerada, pero me alegra ver que él está bien. Trato de entrar oxígeno en mi cuerpo ansiosamente, y esto provoca que sienta un ligero mareo. César va hasta la cocina y llena un vaso de agua. Me lo ofrece y doy pequeños sorbos, temo atragantarme en mi estado.

¿Mejor? —me pregunta.

Sí… ha sido horrible —le digo.

No le des vueltas, ya sabes hasta dónde llega un mal sueño —tiene razón, trato de pensar en otra cosa. Pero la pesadilla se resiste a irse.

¿Cómo te encuentras? —le pregunto mirando su mano.

Bien, la verdad. Solo tengo un poco de dolor en la cabeza. Aunque lo que más me duele es el trabajo que veo que te he dado —levanta la mano vendada y mueve los dedos—. Lo siento —tuerce la boca y mira pensativo al vacío.

No te preocupes —le digo—. Me alegro de haber llegado antes de que prendieras fuego al edificio —le sonrío y él me devuelve la sonrisa.

¿Qué hora es? —le pregunto.

Son cerca de las diez de la noche.

¿¡Las diez!? —grito—. ¡Mierda! He dormido durante horas. Le dije a mi familia que regresaría hoy a casa —me pongo en pie y recojo rápidamente mis cosas—. ¡Deben de estar preocupados!

Saco el móvil de mi bolso y lo reviso por si tengo llamadas. Parece que de momento no se han preocupado demasiado. Marco el número de casa de mis padres.

¿Sí? —es la voz de mi madre.

Mamá, soy yo. Me voy a retrasar un poco más, me han surgido otros asuntos. No os preocupéis.

Vale, hija, ya estábamos pensando en llamarte nosotros. Se nos hacía que tardabas. Ten cuidado, es de noche y me da miedo la carretera.

Lo tendré, mamá —siempre tan preocupada—. Nos vemos luego.

Hasta luego, cariño —colgamos y resoplo aliviando mi tensión.

Busco a César con la mirada, y cuando le encuentro está sonriéndome tiernamente.

Entre unos y otros vamos a acabar contigo —me dice con una sonrisa ladeada.

No le pongas tono de broma —finjo que le riño—. Es la verdad. Os habéis propuesto terminar con mis nervios —le miro de reojo con los brazos cruzados y sigue sonriendo.

¿Vas ahora al pueblo de tus padres? —me pregunta.

Sí, es donde he pasado la última semana. Hasta allí no creo que vaya Mario. Aunque ya me espero de él cualquier cosa —por un segundo imagino qué pasaría si se le ocurre ir.

¿Está muy lejos? Sé dónde está Toledo, pero ese pueblo en concreto no.

A unos 180 kilómetros de aquí —le digo.

¿Por qué no duermes en tu antigua habitación hoy y sales mañana temprano? Es un camino largo, y siempre será mejor hacerlo con luz natural.

Te lo agradezco mucho, pero me voy ya, antes de que sea más tarde —veo que no le gusta mi respuesta, por la forma como junta las cejas. Se queda pensativo unos instantes.

¿Es bonito aquel lugar? —me pregunta, con un extraño brillo en sus ojos.

Sí, la verdad que es precioso. Todo el que lo visita se enamora y repite.

Entonces iré contigo —me suelta, y se queda tan ancho.

¿Cómo? No. Me niego —le oigo reír

No tengo nada que hacer por unos días, recuerda que ahora yo también estoy de baja médica —señala sus lesiones—. Solo tengo que reservar una habitación por allí y ya está —le miro durante unos segundos más de lo necesario antes de contestarle.

Definitivamente, no. ¿Qué les diré a mis padres cuando me vean contigo? ¿Y los vecinos? Todos nos conocemos.

¿Acaso no puedes enseñarle el pueblo a un amigo? —sube y baja los hombros.

Oh… ¡Qué irritable eres! —le digo—. No pararás hasta que lo consigas, ¿verdad?

No —dice rotundo con una ancha sonrisa en su rostro.

Está bien. Date prisa en recoger lo que necesites, que ya tendría que estar de camino.

¡Vale! —va diciendo mientras corre a la habitación—. Reservaré algún hotel por el camino.

Media hora más tarde ya tenemos los cinturones abrochados y salimos del aparcamiento. Se sorprende al ver mi coche. No recuerda que le llevé en él al hospital, hace tan solo unas horas. Las esperanzas de que recuerde nuestro beso se esfuman en ese mismo instante…

Le cuento toda la odisea vivida. Desde la manera en la que lo encontré hasta el momento en el que lo acosté después de visitar al doctor. Por supuesto, omito lo que pasó entre nosotros… Pasamos el cartel que nos indica que ya estamos en el pueblo y tomo el primer desvío a la derecha. Me dirijo al hotel donde César ha reservado la habitación durante el camino. El hotel no es muy grande, pero lleva en funcionamiento más de treinta años, y a los dueños les va muy bien. Además de ser el único que hay por la zona, es famoso por su restaurante, donde ponen las mejores comidas caseras. Por suerte, quedaban un par de habitaciones libres cuando llamó y reservó la más grande.

Aparco en la zona habilitada para ello y le ayudo con los bultos. Lleva demasiadas cosas. Entre ellas, varias toallas y sábanas. Según me dijo mientras cargábamos, es bastante maniático en el tema de la higiene.

Buenas noches —saludo apenas sin mirar a la persona que está detrás del mostrador de recepción.

¿Natalia? —me giro y le veo. Es el padre de Miguel Ángel, un gran amigo y con el que hace años me di mi primer beso.

¡Blas! —corro a saludarle. Blas, a su vez, es muy amigo de mi padre.

¿Cómo estás, preciosa? Hace años que no te veo —me dice mientras me repasa con la mirada—. Siempre le pregunto a tu padre y me dice que estás muy atareada.

Pues ya ves —le digo—. Más o menos como siempre, mucho trabajo y poco tiempo para venir.

Eso es bueno, hija, que no falte el trabajillo, pero a la familia hay que visitarla… —mira las maletas que tenemos en las manos—. ¿Cómo es que venís al hotel, teniendo la casa de tus padres?

Oh, yo no vengo aquí —le digo roja como un tomate. Estoy segura de que cree que somos pareja—. Solo vengo a traer a César, que va a pasar aquí unos días.

César se acerca a mí, entendiendo lo que ha insinuado el amigo de mi padre, y sin pensarlo dos veces pone su mano en mi cintura y me besa en la cabeza. Le miro y me sonríe maliciosamente. Frunzo mi ceño, porque sé lo que pretende. Está jugando conmigo para hacerme sentir más avergonzada. Los presento formalmente y nos dirigimos a la habitación. Blas entrega la llave a César. Se despide deseándole buenas noches y le guiña un ojo cuando cree que no le veo.

Muy gracioso —le digo mientras suelto en su cama varias bolsas de viaje—. Ahora todo el pueblo creerá que estamos emparejados.

Que todo lo malo que digan sea eso —ríe sonoramente mientras comienza a deshacer las maletas.

Pues a mí no me hace gracia —le digo—. Es un pueblo muy chismoso, y en cuanto puedan se inventarán una película sobre nosotros. ¡Pronto dirán hasta que estamos esperando un hijo! —estalla en carcajadas.

Quitando la parte de los hijos… —justo antes de que pueda terminar su frase suena mi teléfono.

Es el número de casa de mis padres. Descuelgo.

¿Hola?

Natalia, hija, estamos preocupados. Nos parece que tardas demasiado —es mi madre, y tiene razón, debí haber avisado de que ya estaba aquí.

Tranquila, mamá, he venido con un amigo y le he traído al hotel. Va a quedarse esta semana por aquí. En quince minutos estoy con vosotros.

¿Un amigo? —su tono es risueño. César gira la cabeza hacia mí en ese momento, mi madre habla tan fuerte que sé que la está oyendo—. ¿Por qué no lo traes mañana a comer?

No, mamá, no creo que sea buena idea —mi madre siempre tan hospitalaria.

Claro que sí, hija, si es tu amigo nos gustaría conocerlo —insiste.

Siento los dedos de César detrás de mi oreja, toma mi móvil y me lo arrebata. Me quedo boquiabierta viendo lo que hace.

Buenas noches, señora. Soy César, el amigo de Natalia. ¿Cómo está? —mi boca cae hasta el piso de la habitación—. No he podido evitar oír su invitación. Su hija tiene el volumen del teléfono muy alto —ríe escuchando algo que le está diciendo mi madre—. De acuerdo, mañana sin falta estaré en su casa, yo también quiero conocerles —se despide de ella y cuelga.

Estira su mano, devolviéndome el teléfono, y su cara de satisfacción lo dice todo.

Te habrás quedado a gusto. ¿No? —le digo con tonito.

Mucho —su ceja está levantada pícaramente, y luce una amplia sonrisa.

No tienes remedio… —le digo negando con la cabeza y con los brazos apoyados en mis caderas—. ¿A qué hora quiere el señor que venga a por él? —suelto con sarcasmo.

A las nueve estaría bien, así me haces una ruta turística por la zona. ¿Te parece bien?

Qué remedio… —resoplo fingiendo—. A las nueve estaré aquí.

Me acompaña hasta el coche. Nos despedimos con un beso en la mejilla y se queda conmigo hasta que estoy dentro y he cerrado la puerta. Se hace a un lado para que salga del aparcamiento, y cuando me alejo lo suficiente compruebo por el retrovisor que entra en el edificio.

Al llegar a casa mi madre me está esperando en la puerta. Sé que está ansiosa por saber. Pero le cuento lo mínimo. Que es un buen amigo, y que me ha ayudado y apoyado en mi ruptura con Mario. Parece que se queda satisfecha, porque minutos después se despide y se va a la cama. Los demás ya llevan rato durmiendo. Estos días están siendo agotadores para ellos. Llevan semanas preparando la competición benéfica que realizan todos los años en nombre del taller.

A la mañana siguiente me despierto una hora antes y me arreglo para ir a recoger a César. Mientras voy de camino, mentalmente trazo la ruta turística. Quiero que conozca lo más significativo del lugar. Los pequeños monumentos. La ermita y las ruinas árabes. Creo que le gustarán.

Cuando casi estoy llegando puedo verle sentado en los escalones de la entrada del hotel. Se ha puesto ropa cómoda. Un pantalón de chándal negro con una tira lateral amarilla, una camiseta del mismo color que la tira y unas zapatillas de deporte. Está escandalosamente atractivo así. Parece más joven.

Buenos días, preciosa —dice con su agradable sonrisa. Me pasaría la vida mirándole cuando sonríe así. Entra por la puerta del copiloto y, acercándose, me besa en la mejilla.

Buenos días —le digo aún con la sensación de su dulce beso en mi cara—. ¿Qué tal has dormido?

Bastante bien, la verdad. La cama es muy cómoda y la gente que trabaja aquí, muy agradable —se acaricia la barriga—. La cocinera me ha obligado a probar varias tartas que ha hecho —río a carcajadas. Conozco a Rosita y sé la obsesión que tiene con que sus inquilinos queden saciados.

No te preocupes, con la caminata que pienso darte rebajarás el empacho.

La mañana pasa volando.

Visitamos más lugares de los que tenía previstos. César se muestra entusiasmado con todo lo que ve, y hace varias fotos de cada sitio al que vamos. Insiste continuamente en que el lugar es precioso y que jamás había visto algo así. La verdad es que estamos situados en la misma falda de la montaña y el paisaje es espectacular.

Llega la hora de ir a comer, y no puedo negar que estoy nerviosa. Mientras nos dirigimos a casa trato de disculparme continuamente por lo que sé que va a pasar. Él le resta importancia, pero sé que mis padres le harán miles de preguntas y mis hermanos le mirarán con cara de asesinos, como aviso por si se le ocurre hacer algo a su hermanita. Llamo al timbre con las manos sudorosas y un pequeño nudo en el estómago. Él, en cambio, está tan tranquilo, parece que haya estado viniendo aquí cada día.

¡Hola! —es mi padre quien abre. Me besa en la frente y se dirige a César—. ¿Qué tal, hombre? Soy José, el padre de esta preciosa muchacha —le ofrece la mano.

Hola, José, yo soy César, el amigo de esta preciosa muchacha —ambos ríen y se dan un apretón.

Mi madre y mis hermanos también se presentan cuando entramos. De momento la cosa no va a mayores, no hay malas caras por parte de mis hermanos, y me relajo un poco. Pasamos al salón y la mesa ya está puesta. Por lo que veo, mi madre se ha ocupado de todo durante la mañana y solo tenemos que sentarnos a esperar que termine de hacerse la comida. César se sienta a mi lado.

¿Cómo van los preparativos de la competición? —les pregunto para sacar tema de conversación.

De momento todo está yendo según lo previsto —responde mi hermano David—. Pero ya sabes lo que ocurre los últimos días. Cuando crees que todo va bien surge algún problema de última hora.

Oh, vaya que si lo sé —le digo—. ¿Recuerdas aquel año en el que cayó el diluvio universal y la pista estaba tan embarrada que casi tenemos que cancelar? Era una auténtica pista de patinaje —mi hermano rompe a reír, atrayendo la atención de César.

Como para olvidarme —dice casi llorando de risa—. Ese año fue el primero que ganaste la competición, y cuando saliste del coche no sabía si eras mi hermana o un puchero de barro —todos se parten de risa, menos César, que me mira con las cejas levantadas y los ojos notablemente abiertos.

¿Compites en carreras? —me pregunta sorprendido.

Competía —le digo.

¡Ha ganado varios premios! —dice mi padre orgulloso, señalando varios trofeos en el mueble de madera.

Vaya, no dejas de sorprenderme —dice César observando las copas de metal que le ha señalado mi padre.

¿Por qué no participas este año? —dice mi hermano Javier muy convencido.

Puff, llevo años sin subirme a un coche de carreras. No sé si es buena idea…

Tienes toda la semana para prepararte —ahora es mi padre quien habla. César les mira bastante serio.

Pero, no se hará daño. ¿Verdad? —César está realmente preocupado. Lo noto.

Nunca hemos tenido problemas graves, y llevamos haciendo esto más de diez años —vuelve a hablar Javier. César baja la mirada, pensativo, pero no dice nada.

Ven luego a las pistas, hija —dice mi padre entusiasmado. Me gusta la idea, y acepto sin pensar.

¡De acuerdo! —César me mira sonriendo, pero su sonrisa no es como la de esta mañana.

¡Bien! —dicen los tres. Mi madre, como siempre, prefiere no decir nada y mantenerse al margen, aunque sé que se preocupa siempre nos ha dejado disfrutar con lo que nos gusta.

¡Que se preparen todos, que la Natalita ha vuelto! —suelta David, y mi cara se vuelve de color amapola.

¿Natalita? —dice César, ahora riendo de verdad. Yo resoplo.

Sí… Se les ocurrió inscribirme con ese nombre en la competición, obviamente sin mi consentimiento, y desde entonces me quedé con ese apodo allí —digo disgustada, y todos ríen a la vez.

Terminamos de comer.

Como siempre que guisa mi madre, todo estaba buenísimo. César incluso le da la enhorabuena. Echo mucho de menos sus guisos cuando estoy en Madrid. Parece que todo ha salido a pedir de boca y no me han hecho pasar el mal rato que creía. Todos se han comportado y no han hecho de las suyas. Han dado buena conversación a César, y este parece estar disfrutando. Ayudamos a recoger la mesa, y mientras mis hermanos terminan de traer todo lo que falta César y yo fregamos los platos.

¿De verdad vas a competir? —dice casi susurrando para que no le oigan.

¿Por qué no? —le digo sonriendo para tranquilizarlo—. Lo tuve que dejar por obligación —es algo que realmente me gusta, y como todo lo que me gustaba, Mario me hizo alejarme de ello.

Me preocupa que te hagas daño —dice mientras da varias vueltas con la esponja en un plato.

Siempre tengo cuidado y voy muy protegida —le digo—. Si en algo mis hermanos son cabezones es en el tema de la seguridad. Al ser algo benéfico solo queremos pasarlo bien —sus hombros parecen relajarse y asiente con la cabeza.

¡Vamos, chicos! —nos apremia mi padre, que está emocionado. Y desde que sabe que voy con él, más aún.

José, no te alteres demasiado —le dice mi madre—. Que sabes cómo andas últimamente con el corazón y las arritmias.

Tranquila, mujer, para algo valdrán las pastillas que me han mandado —César me mira con las cejas arqueadas y cara interrogante. Sé que cuando estemos solos me preguntará por la salud de mi padre.

Salimos, mi padre sube a nuestro coche y vamos hasta las pistas. Mientras, mis hermanos van a por la joya de la casa. El Ford Focus Rally que este año voy a conducir. Hace un día espléndido, y la verdad es que tengo ganas de quemar un poco de adrenalina.

Llegamos, y mientras esperamos a que Javier y David vuelvan, César, mi padre y yo paseamos por la zona. Veo que han trocado la posición de algunas curvas, trazado nuevas rectas y creado varios saltos nuevos. Mi padre me explica algunos de los cambios, pero tendré que dar varias vueltas para reconocer el circuito y saber cómo debería desenvolverme el próximo domingo en la carrera.

Por fin vemos aparecer la grúa con el coche encima. Es de lo más llamativo. Me encanta. Naranja, verde y azul. Tiene logos en toda la carrocería y un vistoso alerón trasero. César no parece tan contento de verlo como yo. Mientras mis hermanos bajan el coche y lo preparan, yo doy saltitos de alegría. La emoción recorre mi cuerpo y no puedo esperar para montar en él.

César, en cambio, permanece serio al lado de mi padre. Trata de sonreír cuando le miro, pero ya le conozco demasiado bien como para saber que no está contento con la idea. Javier me ofrece las protecciones: el traje de una pieza y el casco.

He traído otro juego de protección, por si César quiere subir contigo —dice mientras sujeta mi casco, para que pueda ponerme el traje de poliéster.

Lo veo difícil —le digo mientras miro por un segundo a César, que está hablando con mi padre, aunque no me quita ojo. Continúo preparándome.

Con una sonrisa ladeada, Javier se acerca hasta ellos.

Toma —oigo que le dice a César, y pone en sus brazos el equipo—. Estarás más tranquilo si vas con ella. No correrá. Es solo un paseo de reconocimiento —le dice.

César me mira con el ceño fruncido, pero sin decir ni una palabra comienza a ponerse la ropa. Estoy segura de que lo hace por compromiso.

Eres malvado —le susurro a Javier cuando pasa de nuevo por mi lado—. No le has dado opción —ríe y me guiña un ojo.

Cuando todo está preparado me dan las llaves y hago un gesto a César para que venga conmigo. Caminamos hasta el coche y se queda mirándolo por unos segundos, indeciso.

¿Tienes miedo? —le digo riendo.

No es miedo la palabra. Más bien, respeto…

No tienes por qué venir —le digo—. Mi hermano a veces presiona más de lo que debería.

Tú… No corras demasiado —me dice mientras abre la puerta del copiloto y sube. Yo hago lo mismo.

No hace falta que te pongas el casco —le digo—. Solo serán dos o tres vueltas lentas —pongo mi casco en la parte trasera, él asiente y pone el suyo al lado del mío.

Le ayudo a colocarse el arnés, pero dejo que él se lo abroche. El cierre está en la entrepierna y no quiero incomodarle. Arranco, y el coche ruge como el demonio. Me encanta. La adrenalina comienza a correr por mis venas y todo mi vello se pone de punta. Sé que no es una carrera, pero hace tanto tiempo que no disfrutaba de algo así… Antes de pisar el acelerador miro de reojo a César. Tiene los dedos blancos por la fuerza con la que está sujetándose al arnés. Su mandíbula está fuertemente apretada y sus cejas, fruncidas.

¡Y allá vamos! —digo con una sonrisa de oreja a oreja.

Tomo la primera recta para coger algo de velocidad y pronto llega la primera curva. La inercia hace que César busque algo en el salpicadero donde agarrarse. Otra recta llega, tomo más velocidad a medida que me voy familiarizando y entramos en la segunda y la tercera curvas. Siento sus ojos clavados en mí.

Tranquilo —le digo mientras hago un pequeño derrape para no salirme de la pista—. Está todo controlado.

Se supone que no ibas a correr —me dice respirando fuerte y tratando de agarrarse a cualquier parte.

¡Pero si apenas estoy pisando el pedal! —río a carcajadas.

¡El domingo ni loco subo contigo! —me dice mirando hacia atrás—. ¡Viene otro coche!

Miro por el retrovisor y a unos cien metros, como bien me ha indicado, veo una cortina de polvo y un vehículo que se acerca a gran velocidad. Cuando está más cerca descubro que es otro coche de competición.

En el segundo que tarda en adelantarnos puedo ver de quién se trata. Sonrío ampliamente al ver a Miguel Ángel sacarnos la lengua cuando nos rebasa. Han pasado años desde la última vez que lo vi. Perdimos el contacto gracias a Mario. Como siempre.

¡Ponte el casco! —grito entusiasmada a César.

Oh, no. No, no, no, no… Para, que me bajo. Natalia, por favor —sabe lo que va a pasar.

¡Ponte el casco y dame el mío! —al ver que no hay marcha atrás obedece y se lo pone rápidamente. Yo hago lo mismo.

Piso el acelerador y voy a por Miguel Ángel. Él, al ver que ha conseguido picarme como pretendía, comienza a acelerar y dar volantazos de un lado a otro de la pista para que no lo pueda adelantar.

Llegamos a un salto. Debido a nuestra velocidad, el coche prácticamente despega las ruedas del suelo. La sacudida pilla de improvisto a César, quien grita por la impresión. El arnés hace su trabajo y no deja que se mueva del asiento. Está nervioso, pero veo algo en su mirada que me indica que la cosa está cambiando.

¡Estás loca! —me grita, pero veo el reflejo de una sonrisa en su boca.

Estás disfrutando. Lo sé —le digo mientras giramos violentamente en la siguiente curva. Nuestras ruedas traseras se deslizan, pero rápidamente me vuelvo a hacer con el control.

¡Estoy cagado del miedo! —está pegado al sillón, y en un segundo puedo ver la fuerza que está haciendo con sus piernas para no moverse—. A tu hermano no le va a hacer ninguna gracia limpiar el traje después —grita para que le oiga, ya que tiene los ojos cerrados. El sonido del motor es tan fuerte que tenemos que levantar la voz si queremos oírnos.

Carcajeo por lo que acaba de decir.

No me hagas reír ahora, que necesito de toda mi concentración —entramos en una zona de grava.

Lo que me-nos pre-ten-do es des-con-cen-trar-te, créeme-e-e-e —su voz vibra y se entrecorta debido a las piedras sueltas del tramo.

Por fin consigo ponerme de manera paralela a Miguel Ángel, que ríe y me hace señas para que pare. Poco a poco voy pisando el freno y perdiendo velocidad. Paro el coche y me bajo.

Vuelvo en un segundo, tengo que saludar a un amigo —le digo mientras me desabrocho el arnés.

En cuanto recobre el aliento y mis piernas vuelvan a tener riego sanguíneo bajo contigo —me dice.

Le dejo en el coche y corro hasta el de Miguel Ángel.

¡Hola, Natalita! —me da dos besos y un rápido abrazo.

¡Hola, Miki! —nos llamamos por nuestros apodos de competición.

¿Cómo estás? —me pregunta mirándome cariñosamente a los ojos—. Mi padre me dijo que estabas en el pueblo y supuse que no dejarías pasar la oportunidad de pasarte por aquí.

Casi supones mal —le digo—. No tenía intención de venir, pero me convencieron.

Pues no sabes cuánto me alegro de que lo hayan conseguido. Te he echado de menos estos años que no has venido —dice con pena.

Ya, el trabajo no me dejaba mucha libertad —bajo la mirada. No puedo mentirle mirándole a los ojos.

Unas manos me sujetan por la cintura, tomándome por sorpresa. Me giro.

Ya estoy aquí, preciosa —me besa en la coronilla. Le miro confundida, y ahí está otra vez, sonriendo pícaramente y haciendo lo mismo que la noche anterior en el hotel. Juraría que pretende marcar territorio, pero desecho la idea rápidamente. Seguro que está jugando. Le encanta torturarme—. Hola, soy César —le tiende la mano.

Hola, yo soy Miguel Ángel, un amigo de la infancia de Natalia —ambos se saludan—. Tú debes de ser el doctor del que me habló mi padre —le sonríe.

Vaya, sí que va a ser cierto que aquí las noticias corren como la pólvora —los tres reímos.

Charlamos durante un par de horas, reímos recordando viejas anécdotas de carreras pasadas en las que yo había participado.

César se sorprende al oír algunas historias sobre mí. Incluso yo me extraño de cómo era entonces. No me reconozco. Ahora no sería capaz de hacer nada de aquello. Tengo que admitir que echo de menos mi vida anterior.

Siempre he sido muy alegre y alocada. He disfrutado muchísimo con todo lo que he hecho, y he tenido grandes amigos. Me encantaría volver a ser así. Parece increíble lo que una persona es capaz de hacer con otra debido a su odio.

Lo peor ya no eran las palizas, lo peor era el constante maltrato psicológico al que Mario me tenía sometida. Conseguía reducirte a nada… Anulaba mi autoestima y nunca me permitió ser quien soy. Prácticamente me separó de mi familia y mi vida. He tenido que alejarme de él para darme cuenta de lo que estaba haciendo conmigo. Cuando vivía bajo su mando estaba tan ciega como aterrada. Ni siquiera era capaz de pensar en esto, por miedo a que pudiera escuchar mis pensamientos…

Después de toda la tarde en las pistas preparando cosas para el próximo domingo, se nos hace tarde y decidimos volver a casa. Mi madre llama para decir que ha hecho cena para todos y que lleve de nuevo a César. Cuando llegamos todos nos quejamos de la gran cantidad de comida que ha preparado. No podemos comernos ni la mitad, por lo que aún queda bastante para el día siguiente. Estoy segura de que es una excusa para que César vuelva…

Pues habrá que terminarse todo esto mañana —dice mi madre—. Sería una pena tener que tirarlo —mira a César.

Lo sabía —digo acusadoramente. Todos reímos, la conocemos demasiado bien.

Ayudo a mi madre a recoger la mesa. Regaño a César porque quiere volver a fregar los platos, y me niego por sus puntos de sutura. Bastante que consentí que se quitara la venda en la comida para ayudarme. Estoy terminando de fregar cuando se me ocurre una idea. Esta noche le sorprenderé. Subo a mi habitación y recojo un par de cosas que voy a necesitar.

Todo ha estado buenísimo, señora Pilar. Es usted una excelente cocinera —le dice César a mi madre mientras se despiden.

Mi madre le agradece sus palabras y le regala una amplia sonrisa. Está encantada con él. Subimos al coche y nos vamos. En vez de seguir la calle que lleva al hotel tomo la dirección contraria.

No conozco mucho de la zona, pero creo que por aquí no se va —dice César con una sonrisa traviesa en su cara.

Te voy a llevar a otro hotel, mucho más lujoso —le digo.

¿A otro hotel? Pero no tengo mis cosas —ahora me mira extrañado.

Donde vamos no te harán falta —sonrío al ver su cara de confusión.

Tomo un camino de tierra y me adentro en la zona verde, dirección a la montaña.

¿Por aquí se va a ese hotel o me vas a abandonar en el campo? —dice César cómicamente. No contesto—. ¿Me vas a raptar? —le miro con una ceja levantada—. Está bien. Ya me callo —cruza sus brazos y se recuesta sobre el respaldo del asiento.

Durante más de quince minutos conduzco por un pequeño camino lleno de curvas. Es el que lleva directamente a la cima de la montaña. Todo está oscuro. Las únicas luces que vemos son las del pueblo que hemos dejado atrás.

¡Mira! —grita César emocionado—. ¡Un ciervo!

El pobre animal, al ser sorprendido por el ruido del motor, corre asustado y se adentra en un pinar.

¡Mira, otro allí! —le señalo. Está oscuro, pero las luces del coche nos permiten verle durante unos segundos—. Es la época de la berrea —le digo.

¿La berrea? —arquea una ceja.

Sí, es su época de celo. Luchan unos contra otros para conseguir una hembra —le explico.

Vaya… interesante —me dice.

Los chicos de capital no sabéis nada de estas cosas, ¿eh…? —me río—. Bueno, creo que ya hemos llegado —aparco en una explanada casi en la cima. Tomo una mochila que tengo en el asiento trasero y salgo del coche. Apenas se ve nada. Saco una pequeña linterna del bolsillo y proyecto su luz delante de nosotros.

Vamos —tomo su mano.

¿Vamos a ir por aquí? —me dice, pero no se niega y camina conmigo.

Casi hemos llegado —le digo—. ¿Puedes sujetar la linterna y apuntar justo aquí? —le señalo la zona que quiero que me ilumine y hace lo que le digo.

Saco una manta de la mochila y la extiendo en el suelo. Me siento sobre ella y doy palmaditas a mi lado para que se siente conmigo. Lo hace.

¿Dónde está ese hotel? —me pregunta mientras termina de acomodarse.

Estás en él —le digo. Apago la linterna y le señalo el cielo—. Bienvenido a mi lujoso hotel de miles de estrellas.

Mira donde le señalo. Su boca cae abierta. Me mira y vuelve a mirar el cielo.

¡Halaaa…! —dice con los ojos muy abiertos—. ¡Se ven millones de estrellas!

En Madrid es imposible disfrutar de esto, debido a la contaminación —le digo.

¿Eso de ahí es la Vía Láctea? —me pregunta.

Exacto —le digo mientras observo su cara de niño entusiasmado.

Solo la había visto en libros y documentales —en su mirada hay sinceridad.

Pues sigue mirando que ahora viene lo mejor…

¿Hay algo mejor? —dice tiernamente.

Sí, lo hay —le sonrío—. Te traje aquí por esa razón. Hoy es noche de lluvia de estrellas…

¿En serio? ¡Siempre he querido poder ver una! —levanta la cabeza mirando al cielo y veo cómo su mano toca su cuello. Un pequeño gesto de dolor por su parte me indica que algo no va bien.

¿Te duele? —le pregunto.

Tengo todavía una pequeña contractura que me está molestando bastante.

Déjame ver —le digo.

Me siento un poco culpable, seguro que con la carrera de hoy he hecho que empeore su lesión. Me pongo de rodillas detrás de él. Con mis dedos intento buscar la contractura. Su cuello es ancho, caliente, y tiene los músculos bien definidos.

Baja sus hombros para darme mejor acceso, y recorro con mis manos toda la zona dolorida. Su respiración es profunda y relajada, la mía está algo más alterada. Intento hacer caso omiso a las corrientes eléctricas que siento en mi cuerpo al tocarle.

Por fin encuentro la pequeña bola de dolor y la masajeo suavemente. Creo que me está gustando más a mí hacer esto que a él. Me siento tan bien tocándole… Cuando creo que he podido aliviarle vuelvo a sentarme a su lado.

¿Estás mejor? —le pregunto con interés.

No podría ser de otra manera —me dice cariñosamente.

Siento lo de hoy —le digo apenada—. No debería haber dejado que subieras al coche —la culpabilidad no me deja tranquila.

La decisión fue mía —dice mirándome a los ojos—. Y no dudaría en repetir —sonríe—. Finalmente, conseguiste que, dentro de mi terror a la velocidad, disfrutara.

¿Le tienes miedo a la velocidad? —le pregunto.

Digamos que tuve malas experiencias de pequeño… —mira al frente.

Noto que le incomoda el tema. Ato cabos y llego a la conclusión de que algo muy malo debe de haberle pasado. Nunca habla de su niñez ni de su familia. Y las palabras de Erika… Sacudo mi cabeza tratando de sacarla de mis pensamientos. Desde que César me aclaró lo que pasó no quiero volver a saber nada de ella.

Una corriente de aire demasiado fresca llega hasta nosotros. Por instinto pongo las manos sobre mis brazos, tratando de taparme un poco.

Debí haber cogido una sudadera —al ser los últimos días del verano ya refresca, en la montaña.

¿Tienes frío? —me dice.

No todo el rato —contesto—. Ha sido la corriente fría, cuando se vaya todo estará bien de nuevo.

Sin pensarlo, se levanta de la manta y se sienta detrás de mí, pasando una pierna a cada lado de mi cuerpo.

Ahora me toca a mí cuidarte —me dice, y pega su pecho contra mi espalda mientras me rodea con sus brazos—. ¿Mejor? —pone su barbilla sobre mi hombro.

Sí… Infinitamente mejor —le digo. Mi yo interior está saltando de alegría. No sabía cuánto necesitaba tenerlo cerca hasta ese mismo instante.

Justo en ese momento los dos vemos cómo una luz cruza el cielo.

¡Pide un deseo! —le grito señalándola.

¡Otra! —grita él apuntándola con su dedo.

Me giro para ver su cara, y su mirada se clava en la mía. Trago saliva, tengo un gran nudo de sentimientos acumulados en la garganta. Estamos tan cerca… Todo su cuerpo está en contacto con el mío. Muero por besarle. Su mirada baja hasta mis labios, como si él hubiera pensado lo mismo que yo.

¿Has pedido el deseo? —le pregunto con un tono mucho más suave, apenas puedo hablar.

Natalia… —susurra mirando mi boca—. Lo único que deseo en esta vida lo tengo ahora mismo delante de mí.

No lo entiendo —el corazón me golpea fuertemente en el pecho. Su mirada vuelve a mis ojos.

Pone su mano en mi cuello y sus dedos se enredan con mi pelo. Sus labios húmedos se entreabren y acaban posándose sobre los míos. Me pierdo en nuestro beso. Mentolado y fresco. Quiero saborear cada rincón de su boca, cada centímetro de su lengua, y se lo hago saber. Lentamente acabamos tumbados sobre la manta. Él sobre mí.

Su mano está debajo de mi ropa, acariciando mi cintura. Su lengua lamiendo mis labios, y yo correspondiéndole y disfrutando de cada segundo que pasamos así. Mi piel se ha vuelto mucho más sensible, cada caricia suya me hace estremecer y querer más. Estamos atravesando el punto de no retorno, pero no me importa.

Su mano sigue escalando y acaricia mis costillas. Uno de sus dedos se cuela debajo de mi sostén. Gime en mi boca. Su respiración es fuerte y agitada. Levanta la cabeza para tomar aire y mirarme por unos segundos.

Sabes igual que ayer —me dice con travesura. Y cuando intenta besarme de nuevo giro la cabeza para que no lo haga.

¡Te has estado acordando todo el tiempo! —le reprimo e intento levantarme. Lo evita aplastándome más con su cuerpo.

Es lo único que ni siquiera diez botellas de whisky conseguirían que olvidara —vuelve a besarme.

César… —le digo susurrando cuando se aparta de mí. No quiero que pare.

Chssss —me dice—. Estás temblando de frío, y no voy a permitir que enfermes. Hay que irse.

Se pone en pie y me ofrece su mano. La tomo y me ayuda a levantarme. Tiene razón. El aire se ha vuelto más fresco, y no me había dado cuenta. Estoy helada. Al moverme, mis dientes castañetean. Decidimos que es el momento de volver a casa.

César recoge la manta, sacude la tierra y la pone sobre mis hombros. Tengo tanto frío que no quiero deshacerme de ella, por lo que le doy las llaves para que conduzca él. Toma el mando y bajamos al pueblo. Vemos varias estrellas fugaces más por el camino, pero estamos tan absortos en nuestros pensamientos que preferimos no decir nada. Solo observamos.

Paso la lengua por mis labios todavía hinchados. Aún siento su sabor. Mi mente comienza a dar vueltas, pensando en lo que ha pasado allí arriba. Estoy algo confundida. No sé hasta qué punto esto ha significado algo para él. La primera vez, cuando nos besamos en su coche, admitió que solo había sido un impulso, que no había significado nada…

Quizás solo sea eso, algo pasajero, algo de una noche, de un rato, o quizás de una semana. Este tipo de relaciones nunca me ha gustado. No puedo evitar pensar en que quizás quiera tener conmigo lo que tenía con Erika. Tengo miedo de que llegue mañana y descubrir que solo se trata de eso.

¿Se pasa el frío? —dice mientras manipula la calefacción y apunta hacia mí los chorros de aire caliente.

Sí. Ya me está pesando la manta —me la quito y sin doblarla la tiro sobre los asientos traseros.

Pone su enorme mano derecha sobre las mías. Es tan grande que prácticamente cubre mis manos por completo. Siento su agradable calor y la ya tan familiar corriente eléctrica.

Aún tienes las manos heladas —dice mirándome a los ojos.

No te preocupes —le quito importancia—. Casi siempre las tengo así, haga el tiempo que haga —las acerco más a la calefacción.

Llegamos a casa de mis padres, y como hemos acordado me deja allí y se lleva mi coche al hotel. Se niega a que tenga que volver sola siendo tan tarde. No quiero despertar a nadie, por lo que abro la puerta lentamente para no hacer ruido. Cuando camino por el pasillo algo llama mi atención en uno de los sofás del salón. Hay alguien sentado, con las luces apagadas. Sin pensarlo demasiado doy la luz del pasillo y veo de quién se trata.

¿Ocurre algo, papá? —le digo preocupada.

No, hija, tranquila. Es solo que no me puedo dormir y no quiero despertar a tu madre.

No me inspira confianza su respuesta, sé que algo le pasa y no me quiere preocupar. Doy ahora la luz del salón para poder verle mejor. Descubro que está algo pálido y sudoroso.

¿Seguro que estás bien? —digo mirándole fijamente.

Sí, sí. En cuanto me tome un vasito de agua me voy a la cama —intenta ponerse en pie, pero las piernas le fallan y tiene que volver a sentarse rápidamente para no caer.

¿Papá? —corro hacia él y mis alarmas se disparan. Seguro que esto tiene que ver con su arritmia.

Tanta cena debe de haberme sentado mal… —dice tratando de sonreír para quitarle hierro al asunto.

Voy un segundo al baño —le digo. Pero es una excusa para que no vea lo que voy a hacer. Sé que además de alterarse se negaría en rotundo. Saco mi teléfono del bolso y marco el 112.

Emergencias. ¿Dígame?

Les cuento lo que ocurre con mi padre. Me preguntan los síntomas y les explico todo lo que he visto. Un par de segundos después me comunican que han enviado un médico a nuestro domicilio, y que no debería tardar más de diez minutos en llegar. Vuelvo al salón con él.

¿Cómo sigues? —me siento a su lado.

Hija, ¿por qué no te vas a la cama? Esto se me pasará en nada, ya verás —sus ojos tienen un contorno rojo que no me gusta.

Estaré contigo un rato más —le digo como si tal cosa, y haciendo la situación lo más natural posible pongo mis pies sobre la mesita auxiliar y enciendo el televisor.

Tras unos minutos, oigo un coche en la puerta, y antes de que llamen le preparo.

Papá, va a venir un doctor a echarte un vistazo. Necesito irme a la cama tranquila, si no hago esto no podré dormir —me mira con los ojos muy abiertos.

Antes de que pueda decir nada, me levanto del sillón y abro la puerta, quiero evitar que toquen el timbre y despierten a los demás.

Buenas noches —dice el doctor—. Vengo a ver al señor José Montero —le indico dónde está sentado.

Buenas noches, doctor Pedro —le dice mi padre con familiaridad, por lo que veo ya se conocen.

Tras una rigurosa auscultación, un par de pastillas debajo de la lengua y una inyección, el doctor habla con nosotros.

Su frecuencia cardíaca está algo alterada. Sus arritmias han empeorado —mi estómago se contrae—. La medicación que le acabamos de poner conseguirá que se sienta mejor. Han hecho muy bien en avisarnos tan pronto. Si llegan a esperar más tiempo se hubiera podido poner feo el asunto… —mi padre me mira—. Por el momento no será necesario derivarle a un hospital. En teoría, debería estar todo controlado, pero si no mejora o se encuentra peor no quedará más remedio.

Se despide de nosotros, y antes de salir por la puerta me da algunas indicaciones más. Es su médico de cabecera y conoce todo su historial médico. Mañana quiere que lo acerque al centro médico para volver a valorarle. Tomo nota mental de todo y quedamos en que si empeora durante la noche le vuelvo a llamar.

Tú siempre tan bichito. Como me la has jugado, eh —me dice cuando entro de nuevo al salón.

Me siento en el sillón con él, le abrazo y le doy varios besos.

¿Acaso tu no harías lo mismo por mí? —le digo tiernamente.

Todo lo que esté en mi mano, ya lo sabes, hija —me devuelve los besos—. Pero ni una palabra de esto a tu madre —me dice, ahora más serio—. No quiero preocuparla más —asiento.

Tras tomarnos un vaso de leche me asegura que se encuentra mucho mejor. Finalmente, nos despedimos y nos vamos a la cama. Apenas puedo dormir por la preocupación. De vez en cuando salgo de mi habitación y doy varios paseos por la casa para comprobar que todo esté en orden. A las siete de la mañana no aguanto más y decido levantarme oficialmente.

Me preparo un buen tazón de cacao con cereales y media hora después mis hermanos ya están en pie y en la cocina desayunando conmigo. Les cuento lo ocurrido la noche anterior, y les pido que no lo comenten con mamá. Se les ve preocupados. Ellos también llevan días notándole apagado. Según cuentan, es una máquina incansable y llena de energía en el trabajo, y últimamente se agota demasiado pronto. Decidimos que es hora de llevarle a un buen cardiólogo, quiera él o no.

La mañana pasa volando recogiendo la casa. No puedo parar de pensar en César. «¿Pensará él de la misma manera en mí?», me digo. No quiero hacerme ilusiones, por lo que rápidamente desecho la idea de mi mente. Seguro que solo quiere pasar un buen rato. «¿Quién iba a querer a una persona como yo?». Él es un buen médico con un buen trabajo y yo, una simple y patética empleada. Y ahora ni eso, desde que hace unos días por fin tomé la decisión y llamé al trabajo para despedirme. Fue más duro de lo que creía. Llevaba allí varios años, y echaré de menos a mis compañeros. Pero todo sea porque Mario no me encuentre.

El timbre me saca de mis pensamientos. Antes de abrir podría jurar de quién se trata. Mi cuerpo reacciona a su presencia, aunque no esté viéndolo. Abro la puerta.

Hola —dice César con media sonrisa en la cara.

Mi corazón se acelera y no sé cómo reaccionar. «¿Le dará importancia a lo que pasó anoche? ¿Fingirá que no ocurrió nada?». La respuesta no se hace esperar. Se acerca a mí, y sin previo aviso me rodea la cintura con sus brazos y me besa tiernamente en los labios. No puedo describir la sensación, pero sé que es la mejor que he sentido en años.

Hola —le digo mirando hacia atrás asustada. Por nada del mundo querría que nos sorprendieran así.

Me aparto rápidamente de él, y entiende lo que quiero evitar. Se ríe y vuelve a tomarme por la cintura. Esta vez su beso es más largo y apasionado. Sé que disfruta haciéndome estas cosas. Gruño en su boca e intento apartarme de nuevo. Cuando por fin lo consigo, le riño.

¿Estás loco? —susurro para que no me oigan—. ¡Podrían vernos! —señalo al fondo de la casa—. ¡Están todos aquí!

No puedo evitarlo —levanta una ceja—. No hay nada que me guste más que ver cómo te sonrojas —ríe y entra en la casa.

Camino detrás de él resoplando para que me oiga, pero a la vez tratando de calmar el regocijo que siento dentro de mí. «Este hombre va a ser mi perdición…», pienso mientras admiro su hermoso cuerpo balancearse con cada uno de sus pasos. «Quizás Laura tenga razón».

Al pensar en Laura recuerdo que tengo que llamarla para contarle sobre la competición y mi participación en ella. Con tantas cosas como tengo en la cabeza casi se me pasa. Me mataría si se me olvida. Mientras César saluda a mi familia aprovecho para hacerlo. Cuando estoy buscando su nombre en la agenda me llega un mensaje de texto de un número desconocido. Lo abro:

DISFRUTA DEL POCO TIEMPO QUE TE QUEDA.

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