El círculo de humo

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PRÓLOGO
Siempre he pensado que Badalona es como una balsa de aceite flotando sobre un mar de mierda.
En principio, al nacer, todos nos movemos sobre dicha balsa pero, de tanto en tanto, el aceite cede y la inmundicia abre sus fauces. Es entonces cuando ese lodo putrefacto engulle ciudadanos como si fueran frutas maduras. Estos caen irremediablemente en las garras de la desesperanza.
Eludir la realidad contigo.
Escapar con ansia hacia el infinito.
Eludir tu mente, eludir mi mente.
Ser simplemente uno,
uno nada más…

CAPÍTULO 1
Aquella última calada de aquel penúltimo canuto, era el preludio de que la fiesta llegaba a su fin. El amanecer no tardaría en hacer acto de presencia. El silencio de La Rambla era roto únicamente por las carcajadas que solo consiguen arrancarte esos primeros porros que consumes en la precaria frontera de la adolescencia. Mi amigo y yo enfilamos la Calle del Mar, una emblemática travesía de Badalona que en los días de verano se transformaba en un hervidero de gente comprando en dos rengleras de tiendas sin final. Pero a las cuatro de la madrugada, cuando nosotros pasamos por ella camino a casa, no era más que un pasillo desierto desde el mar hasta la Plaza del Ayuntamiento.
Aquella noche, como tantas otras, éramos los procesionarios de la risa. Conforme avanzábamos por la adoquinada calle, sin prisas, puesto que las continuas carcajadas provocadas por cualquier tontería hacían que nuestras “reverencias a la nada” no tuvieran fin, descubrimos, a lo lejos, un extraño bulto. La luz era escasa y no lográbamos distinguir de qué se trataba. Mientras nos acercábamos, la curiosidad consiguió apaciguar la risa y, poco a poco, el contorno de “aquello” fue tomando forma, a la vez que un llanto apagado llegaba a nuestros oídos.
—¡Hostias, nen! Es un tío en una silla de ruedas —dijo mi amigo Jordi, al cual siempre llamábamos Cañete, era su apodo cariñoso.
—¿Qué dices? —dije, esforzándome por centrar el objeto.
—¡¡¡Que es un puto tío en una silla de ruedas, Juampe!!! —Ese era mi nombre.
Con curiosidad avanzamos hacia él, mientras Cañete intentaba acallar otro ataque de risa sin demasiado éxito. Al llegar a su lado, comprobamos que era un señor minusválido de unos sesenta años, sentado en su silla de ruedas y llorando desconsoladamente. Esta vez, la pena que sentimos casi consiguió arrasar con la risa. Al preguntarle si necesitaba ayuda —sin sonreír siquiera, tarea que no resultó sencilla cuando tras el inválido, mi amigo me miraba y volvía a caer en ese ataque de risa provocado por lo rocambolesco de la situación y el considerable pepinazo debido a la gran fumada de hachís—, el pobre hombre, en un estado de embriaguez importante, nos narró su historia entre sollozos…
Nos contó que nadie lo quería, que su vida era una mierda, que su familia lo había echado a la calle y que el Estado también se había desprendido de él. Nos dijo que no sabía qué hacer, que estaba desesperado… Nos animó a que continuáramos nuestro camino, nos conminó a que lo abandonáramos. Decía una y otra vez, que lo único que quería era morir. Nos sentimos tan alarmados, que la risa, esta vez, desapareció por completo y unos crueles versos vinieron a mi mente:
No eres más que un ser que mira
sentado en una silla de ruedas.
Contemplas desde la ventana de tu habitación
cómo los niños juegan,
y lloras de tristeza e impotencia…

Estuvimos intentando hacer entrar en razón al pobre hombre durante casi media hora, calmándolo y convenciéndolo para que nos permitiera acompañarle hasta el cuartel de la Guardia Urbana, puesto que este no se hallaba lejos del lugar. Por fin, después de mucho insistir, cedió a nuestra propuesta. Desde allí al cuartel no había más de diez minutos andando, los cuales transcurrieron con una lentitud exasperante, pues el hombre nos contó sus peripecias, dispersándose mucho en la conversación debido a su contundente borrachera.
Nos explicó que en los tres últimos años lo habían expulsado de infinidad de asilos, repitiéndolo una y otra vez entre llantos y sonoras carcajadas; realmente parecía a punto de enloquecer. Su desesperación fue la base sobre la que nuestra indignación crecía conforme nos contaba su peculiar y triste historia.
Al llegar a nuestro destino, la comisaría, salió a recibirnos un policía; más bien nos barró el paso colocándose en el quicio de la puerta y mirándonos desde ella con desdén. Me extrañó mucho su actuación, pero… supuse que nuestros ojos rojos como tomates delataban nuestro estado, por lo cual pasé por alto su mirada y le expuse el porqué de que estuviéramos ahí. Al terminar, ante mi sorpresa, el policía -con un gesto que indicaba claramente que todo aquello le importaba un bledo- dijo:
—¿Y qué queréis que haga yo con él?
La indignación ya no cabía dentro de mí, me invadió un ataque de rabia tan grande que no pude contener mis palabras.
—¿Cómo? ¡Es usted un sinvergüenza! ¿Le parece normal? Estamos hablando de un pobre inválido, una persona a la que reiteradamente echan de asilos, una persona que… ¡Joder! Mire qué borrachera lleva, señor agente. ¿No ve que puede hacer una tontería? ¿Qué quiere, que me lo lleve yo? ¡Usted ha de buscar una solución! No es un perro, es una persona…
¡Oh! Qué noble me sentí… ¡Estúpida juventud! Entonces el policía aflojó aquella dura mirada, incluso una leve sonrisa pareció aflorar en sus ojos.
—Mira chaval —nos dijo, mirándome fijamente y relajando un poco su porte marcial—. Este tipo, este “pobre inválido”, es un alcohólico empedernido. Es un gran conocido nuestro, lo llamamos “El Jumea”. Pues bien, este tipejo, en cada casa de acogida donde ha estado, en cada asilo e incluso antes de eso, en su propia casa, tras cada borrachera, ya fuera con un palo o con cualquier cosa que tuviera a mano, la emprendía a golpes con todo aquel que osase ponerse a su alcance. Su violencia es tal, que nadie lo quiere a su cargo. Se está tramitando su reclusión en un psiquiátrico, pero mientras llega la orden de ingreso, hay un vacío legal que lo tiene vagando por las calles de nuestra ciudad. Por desgracia para vosotros, que he de reconocer que sois dos chavales muy nobles a pesar del colocón que lleváis de a saber qué sustancia, esta noche, y en ese vacío legal, habéis tenido la mala suerte de cruzaros con “este cabrón de mucho cuidado”.
Al decirnos esto nos quedamos de piedra. Aun así, el agente procedió a hacerse cargo de él. Nos dijo que nos fuéramos tranquilos, no sin antes advertirnos de que tuviéramos cuidado con las drogas. Conforme nos alejábamos, el inválido empezó a insultar a gritos al policía, profiriendo incluso amenazas de muerte. En fin, un espectáculo realmente extraño. ¿Dónde quedó la risa, nuestra risa? Ni idea, os puedo asegurar que en el trayecto a casa no hubo risas, ni siquiera palabras.
Enfilamos la Avenida President Companys camino de la Morera, nuestro barrio. No sé qué pasaba por la mente de mi amigo, yo empecé a pensar que, con algunas sustancias, de la risa al llanto solo hay un paso. Me juré a mi mismo no volver a consumir jamás nada que alterara mi consciencia…
¡Juventud, divina inocencia! Qué poco entendía yo entonces que la mayoría de nuestros propósitos, tan solo son palabras que se lleva el viento.

CAPÍTULO 2

—¡Juampe! —gritó mi madre mientras aporreaba la puerta de mi habitación—. Tu amigo Cañete dice que si bajas. —Pobre Jordi, su apodo había sido transmutado al mundo de nuestros padres.
—Sí, mamá —contesté entre bostezos. El cansancio y el entumecimiento mental me pasaban factura.
Mientras me enfundaba a toda prisa mis Malboro elásticos, talla 38 y pensaba en la china de hachís que me fumaría en breve con Cañete, mi madre procedía a someterme a su rutinario y particular tercer grado:
—¿A qué hora llegaste anoche?
—Huy, no sé… Tarde. —Ante su “inocente” y perspicaz interrogatorio, mi respuesta siempre era evasiva.
—Tu ropa huele a tabaco… ¿Fumaste?
—¡Joder mamá! ¡Sabes que no fumo! ¡Te lo he explicado mil veces! A donde voy, la gente fuma y simplemente, el humo se pega a la ropa – dije mientras me ponía una medio roída camiseta negra de Deep Purple y me preparaba para la pregunta del millón:
—¿No habrás bebido, verdad?
—No, mamá —contesté con voz cansina mientras miraba la hora: las diez—. Sabes que no bebo —mentí nuevamente. No tengo muy claro que creyese todas aquellas mentiras, más bien pienso que ella quería creerlas.
Nada más terminar de acordonarme las zapatillas “All Star” de aquel rojo chillón, despegué de la habitación despidiéndome rápidamente de mi madre. Descendí la escalera salvando los ocho peldaños de cada rellano de un imponente salto. Al llegar abajo abrí la puerta de la calle y, a contraluz, vi a Cañete sonriendo, como siempre, y con unas ojeras parecidas a las mías. Y es que una buena farra siempre acaba pasando factura.
¿Qué…?, interrogué con una mirada correspondiendo a su sonrisa. Cañete alzó la vista hacia el balcón; al comprobar que mi madre no nos observaba, cosa que solía hacer, me apremió:
—Venga. ¿Vamos a la pista?
—Y tanto —le dije.
Vivíamos en la Avenida Bach de Roda, una calle ancha y larga sin apenas tráfico; de casitas planta baja. Mayoritariamente habitada por gente de clase media bien establecida, trabajadores que, con un sobre esfuerzo, intentaban pagar su hipoteca como buenamente podían. Buena gente —por lo menos a simple vista, eso dependía de cada caso.
En el año 1983, el paro azotaba con fuerza a los jóvenes, a los mayores, incluso a los gatos si hubieran pretendido trabajar.
Andando sin prisa, eso sí, con risa —¡Coño! las risas eran nuestro sello, ya fuéramos fumados o no. A los dieciséis años, ¿quién es el guapo que puede contenerla?—, llegamos a la pista y la frase surgió de mí casi sin pensar:
—Hazte un porro. —Probablemente esa fue la frase que más dije y escuché en aquella época: hazte un porro, un canuto, un may, un flay, un petardo, una china… Las mil y una maneras de decir: “¡Quiero fumar!”
Nos sentamos en el respaldo de un banco. La pista era una pequeña plazoleta apartada y poco transitada donde solíamos ir a fumar. No molestábamos a nadie, tan solo nos fumábamos unos petardos y nos reíamos un poco. Cañete extrajo de su bolsillo la parafernalia: un papel sumamente arrugado y una china del tamaño de media uña. En definitiva, una mierda, pero era una costumbre. Solíamos dejar que Cañete administrara el chocolate, pues siempre guardaba una pequeña cantidad y, a la mañana siguiente, se agradecía.
—¿Tienes un cigarro? —Preguntó mientras, milagrosamente, conseguía hacer que aquel papel pareciese aprovechable.
—Sí —dije. E introduje mi mano en el bolsillo donde un extraplano paquete de Fortuna, guardaba como un tesoro, su último pitillo. No tardamos demasiado en fumarnos aquella mísera muestra. El efecto no era gran cosa, pero servía como placebo.
Nada más terminar, volvimos a nuestra calle. Por la hora que era, nuestros colegas debían de estar a punto de bajar. Nos encaminamos a La Rua, la granja donde solíamos vernos y decidir qué haríamos durante ese día. Al llegar vimos a Atari. Francamente, a estas alturas, no recuerdo su verdadero nombre. El tiempo ha pasado y mi cerebro tiene algunas lagunas de aquella época, entendedme, no es que no lo recuerde, tan solo parece disiparse en una nube.
Atari era un individuo muy singular. Su pelo al estilo afro y un enorme bigote tipo Pancho Villa, conferían a su cara un aspecto macarra intenso; a pesar de ello, era un tipo de fiar… Bueno… Más o menos… A veces, creo que nada es lo que parece. A veces pienso que creamos un personaje con el que interactuar con los demás y que relegamos tan al subconsciente nuestro verdadero “yo”, que tarde o temprano desparece incluso para uno mismo.
Nada más vernos, alzó la mano a modo de saludo —¡Uf! Deberíais haber visto sus ojos…, parecían dos semáforos—. Su sonrisa dejó al descubierto su dentadura; sus dos mellas centrales no le favorecían en absoluto. ¡Dios, qué careto!, había exclamado más de una chica al verlo. Por aquel entonces debía de rondar la veintena y sí, como ya he dicho, era buen tío: putero, borracho, drogata y ladrón… Pero te sentías a gusto con él.
Era el típico chaval que ayudaba a la vecina a subir la compra, a pesar de que, si esa misma vecina se despistaba y dejaba el radiocasete extraíble en el coche, también era muy probable que Atari, sin ningún tipo de reparo, reventara el cristal de la ventanilla y, en menos de diez segundos, tuviera dicha radio en su poder.
—¡Juampe!¡Cañete! Venid aquí. — Nos llamó— ¿Qué queréis tomar? —Casi siempre era muy efusivo, y digo “casi” porque solo era algo apático cuando no estaba colocado; por suerte —o por desgracia, ¿quién sabe?— casi siempre estaba drogado.
—Fede —llamé al camarero—. Pon dos Martinis. —Acto seguido, Atari apuró su cerveza y dijo:
—Que sean tres.
A las doce —y cinco Martinis después—, salimos de allí con una importante curda.
—¿Vamos a la pista? —preguntó Atari—. ¡Dios, sí, otro canuto! —pensé mientras los tres, en una extraña amalgama de risas y empujones comenzamos a caminar. Al poco, la dichosa frase volvió a sonar. Atari me dio una buena piedra de costo y dijo:
—Hazte un porro.

CAPÍTULO 3
Básicamente esas eran nuestras mañanas en aquella época. Luego, cada cual marchaba a su respectiva casa y cada uno, como podía, disimulaba su agustera.
Aquel día, después de comer, estuve escuchando música en mi habitación. Encerado en ella me sentía en mi propio mundo, mi lugar de evasión… Mi padre bebía en exceso, aunque solo lo hacía los fines de semana, pero se los pasaba totalmente borracho. Las broncas en casa no eran la excepción. Cada uno de mis hermanos lo llevaba como podía. Yo, personalmente, solía colocarme, e intentaba evitar la mirada de mi padre, pues cuando este se emborrachaba se transformaba en un verdadero cabrón. Una buena manera de esquivar sus broncas era comer deprisa, sin levantar la mirada del plato, decir lo mínimo y salir pitando hacia mi refugio nada más terminar el último bocado.
Me tumbé en mi cama, cerré los ojos, me puse los cascos y subí el volumen al máximo. En mi cerebro empezó a atronar el último casete que había adquirido de Radio Futura. Los posibles gritos de mis padres ya no tenían manera de llegar a mis oídos. Simplemente era cuestión de hacer pasar el tiempo.
Hacía nada, mis amigos y yo éramos tan solo niños que jugaban a pelota, a chapas, a canicas, a “churro, media manga, mangotero”… Y a la vez hacía tanto… Como quien dice, acababa de terminar nuestra etapa infantil y nos adentrábamos en la boca del lobo de la adolescencia, de la mano de las drogas.
Por aquel entonces, el chocolate flotaba casi perennemente en forma de humo sobre mi ciudad. El consumo de drogas era habitual. Los jóvenes las tomábamos a modo de diversión, o quizá a modo de evasión, quién sabe… No importaba el motivo, lo cierto es que las tomábamos.
El mundo de nuestros adultos no era, precisamente, una panacea de felicidad. En muchas casas, al igual que en la mía, el padre de familia bebía más de la cuenta y alguno que otro, zurraba sin muchos miramientos a su mujer.
Recuerdo que muchas de esas madres que te aleccionaban sobre el peligro de las drogas, soportaban su particular lucha diaria con un par de optalidones y un buen trago de vermut. Puede ser que llevaran un ojo morado, pero con su peculiar “remedio” se aseguraban una sonrisa de oreja a oreja.
Badalona alcanzó su condición de ciudad en el año 1897. Se encuentra a diez kilómetros de Barcelona, entre el Mediterráneo y la Sierra de Marina. Una ciudad convulsa que ha crecido con el esfuerzo —o las penalidades, según se mire— de miles de personas que, buscando una vida mejor, emigraron desde muchos lugares de España en una época donde las empresas crecían como hongos. Muchas familias tuvieron un nuevo comienzo. Pero bajo este telón de esperanza, subyace un submundo sórdido, un submundo que viví en primera persona, un submundo que aún puedo percibir si presto atención.
CAPÍTULO 4
La tarde pasó con rapidez, así que me levanté de la cama, apagué la música y antes de bajar a la calle devoré un bocadillo tamaño gigante. El consumo de hachís y nuestra edad hacía de nosotros unos hambrientos perennes.
Una vez en la calle, esperé unos minutos y no tardé en ver cómo mis amigos iban apareciendo uno tras otro. Intercambiamos las consabidas sonrisas. Parecíamos larguiruchos palos de escoba. Antes de decir nada, miramos a nuestro alrededor; era importante cerciorarse de que ningún adulto nos oyera.
—¿Pillamos cien duros? —dijo Cañete. Antes de bajar al centro solíamos abastecernos de costo; independientemente de la droga que tocara, el chocolate acompañaba bien. Con un ligero asentir, Cañete, Pepe, Atari, Jaume y un servidor, nos encaminamos hacia el Barrio de Pomar. Cada cual sacó de su bolsillo la cantidad de 100 pesetas para reunir un total de 500. Una leve caminata nos separaba de una jugosa barra de hachís.
Conocíamos el barrio vecino, éramos asiduos a sus puntos de venta. Allí podías comprar lo que quisieras si disponías del dinero necesario. Cuando empecé a adquirir el hábito de colocarme, me sorprendió mucho el tipo de gente que traficaba. Me esperaba encontrar inmensos individuos tipo “armario ropero”, muy tatuados y con una cicatriz que medio cerrara su mirada. Alguno había de estas características —de todo hay en la viña del señor—, pero para mi sorpresa, uno de los mayores traficantes de la zona era una apacible ancianita. No recuerdo su nombre, hace tanto de eso… aunque sí recuerdo su apodo: “La Abuela”. Aquella mujer tenía, a la hora que fueras, todas las “chucherías” que quisieras.
En nada de tiempo teníamos el chocolate en nuestras manos. Nuestra excitación iba en aumento. Sabíamos que en breve iríamos fumados hasta las orejas.
—¿Nos hacemos un petardo? —preguntó Jaume quitándome las palabras de la boca.
Jaume era un tipo singular, de mediana estatura, espigado y moreno; sus ojos azules dejaban entrever una mirada extraña, no sé, como más fría de la cuenta. Al igual que todos nosotros, era un buen tipo. Ocultaba como podía el hecho de que su padre se cepillara a cualquier “cosa” con falda. Atari y yo, a veces, nos preguntábamos si el padre de Jaume dejaría pasar de largo a un escocés y estallábamos en carcajadas. Por descontado, nuestro amigo jamás supo de esta broma. A nuestro modo, y desde nuestra juventud, entrábamos ya de lleno en el adulto juego de la falsedad.
—Sí, toma —Cañete le dio una pieza de chocolate de la barra.
—¿Tenéis un mechero? —preguntó Jaume.
—Sí —dijo Pepe sacándolo de su bolsillo y lanzándoselo por el aire—. ¡Joder! ¡Qué costo más bueno! —No se equivocaba. Pepe tenía razón, el olor que desprendía al quemarlo así lo delataba.
Pepe era un buen amigo, solo que al ralentí, pero eso nunca fue un impedimento para nuestra amistad.
En ese momento, Atari alzó los brazos y bramó mientras saltaba:
—Un momento, un momento… Er tito Atari tiene golosinas pa los nenes. —Y estalló en una carcajada brutal mientras extraía algo de su bolsillo. Avanzó su mano hacia nosotros con el puño cerrado. Nos acercamos e hicimos corro alrededor del mismo, el cabrón tenía buena pinta. Adivinamos que contenía algún viaje hacia los mundos de Alicia. ¡Joder! Alicia sí que entendía de viajes.
—¿Qué llevas? —preguntó Pepe con ojos golosos— ¿Anfetas? ¿Valium? ¿Padillan? ¿Reinold?…
—Nada de todo eso —dijo con una ancha sonrisa y el puño aún cerrado.
—¡Venga, coño! Abre la mano de una puta vez —explotó Jaume.
Atari empezó a reír como un loco mientras la abría, dejándonos ver, por fin, su contenido.
—¿Qué es eso? —le pregunté al ver en su mano cinco láminas de color verde, muy finas, transparentes y del tamaño de una uña.
—Son tripis, Juampe. LSD puro, no esa mierda de papel secante que venden impregnados de estricnina que lo único que hace es dispararte el ritmo cardiaco. Estos son gelatinas de auténtico LSD. Han llegado esta mañana de Holanda. Puro y auténtico alucinógeno de primera calidad.
—¿Y qué se supone que hace eso? —preguntó Cañete mientras le pasaba el canuto a Atari.
—Tío, esto hace que veas cosas que no son, que oigas cosas que no suenan, que seas incluso capaz de percibir la música como notas visuales. Esto, queridos colegas, es la puta hostia…
—¿Tú lo has probado? —preguntó Jaume.
—¡Qué va! Quería probarlo con vosotros. —Diciendo esto, nos repartió uno a cada uno y dijo que lo chupáramos hasta que, lentamente, se disolviera.
Así lo hicimos, ninguno de nosotros dudó. Quizá si hubiéramos sabido que aquella mierda era realmente buena… Quizá si hubiéramos sabido que cada pequeña lámina contenía más de veinte veces la dosis habitual… Solo quizá, no lo hubiéramos tomado. Pero lo tomamos. Para bien o para mal, el daño estaba hecho. No tardaríamos en comprobar que aquel gesto tan sencillo, aquella ingesta tan simple, sería el determinante de que nuestras vidas dieran un giro hacia la parte oscura del mundo.
—Esto no hace nada —dijo Pepe. Y todos, al unísono, estallamos en una sonora carcajada.
—¡Espérate, capullo! —Le dijo Atari—. Esto sube lentamente. No tengas prisa. Toma, fuma. —Le ofreció el canuto.

CAPÍTULO 5

Reanudamos el paso. Regresábamos a La Morera cuando, a la altura del puente que hacía de paso fronterizo con Pomar, vimos una ambulancia y, bajo el puente, en la riera, los ocupantes de la ambulancia recogían a un joven. El chico estaba pálido como el mármol, sus ojos cerrados y su expresión de paz. Supimos al instante que estaba muerto. Es lo que tiene la heroína, te mata en paz. Su efecto suele bajar el ritmo cardíaco y respiratorio. Si la dosis es elevada, como era el caso, la muerte te sorprende en forma de plácido sueño.
—¡Hostias, es Marcos Gallán! —exclamó Pepe—. Iba conmigo al cole.
Marcos aún llevaba clavada la jeringuilla en su brazo. Era el sexto yonqui que moría en lo que iba de mes. En el telediario decían que estaban cayendo como moscas. Al parecer había llegado a Barcelona una partida de heroína con una pureza inusual y los heroinómanos, ignorantes de esta información, continuaban chutándose la cantidad acostumbrada, al ser la droga más pura de lo habitual, caían fritos de una sobredosis.
—¡Otro puto yonqui! —dijo Atari—. Los yonquis son purria. Vamos —nos apremió a continuar.
La verdad es que estábamos acostumbrados a aquel tipo de espectáculo, la muerte formaba parte del juego. La semana anterior, otro joven de 19 años, un hijo de puta muy peligroso, atracador y demás, se metió una sobredosis. No murió en el acto; se tumbó en pleno parque, sin camisa, sobre la hierba. Sudaba copiosamente. Esa mañana, ninguna madre paró allí para que su pequeño jugara. Mucha gente pasó cerca. Vieron su extraño color morado, su dificultad para respirar, vieron cómo el chaval perdía su vida poco a poco… Nadie lo auxilió. Vieron su agonía y aun así pensaron: ¡Que se joda! Madres, abuelos, vecinos, conocidos… Todos pensaron lo mismo: ¡Que se joda! Todos pensaron: ¡Qué se muera el puto yonqui!… Y así fue. Nadie fue capaz de llamar a una puñetera ambulancia. ¡Otro perro ladrón menos!, pensó todo el mundo. Siempre pensaré que toda esa gente “normal” colaboró en aquella muerte. La droga no solo modificó a aquel que la tomaba, la sociedad se transformó también. Realmente era una plaga: robos, atracos, delincuencia… Y todo ello nos tocó de lleno, con lo cual nos volvimos inmunes a su sufrimiento. Mi calle era el nexo de Pomar con el mundo; cada día una procesión de gente extraña, yonquis de toda Badalona pasaban por allí, camino a su particular dorado: la heroína. Eran fáciles de distinguir; de camino a Pomar eran nervio puro, prisa, sudores, confrontaciones, hostilidad… pero sobre todo ansiedad. De bajada, la cosa cambiaba; lentitud, vomiteras, calma en su mirada, relajación… Y vuelta a empezar. Su juego diario de papelinas de 2000 pesetas era simple: robar todo aquello que estuviera a su alcance, malvenderlo y comprar caballo. Un frenético juego sin fin… Bueno, con un fin muy predecible: la muerte. En mi calle se sufrían constantemente multitud de robos en vehículos, en casas, tirones de bolsos, atracos a punta de navaja… Todos conocíamos a los responsables. A veces veíamos sus fechorías a plena luz del sol, ¿y qué…? Nada, la gente solía mirar hacia otro lado, molestar a un yonqui podía suponer muchos problemas. En una ocasión apalizaron casi hasta la muerte a un vecino al que habían robado la moto y tuvo la osadía de denunciar el hecho. Era demencial… Quizá por eso, cuando uno de ellos moría nadie pensaba pobre muchacho, ¡qué va! Lo que pasaba por la mente de todo buen vecino era ¡Otro puto yonqui menos! ¡Que se joda!Y a todo esto ¿qué hacía la policía? Era tan sencillo como embolsarse parte del pastel…

CAPÍTULO 6
—Tienes razón, Atari —dijo Jaume mientras reanudábamos el camino—. ¡Puto yonkarrón!
Una paradita rápida en nuestra calle, un par de litronas en el bar…
—Sí, señor Antonio. Ok, cobre el casco.
—No bebáis demasiado.
—No, señor Antonio. No se preocupe…
La letanía de siempre con el dueño del bar. ¿Qué más da quién lo dijera? Un día era Jaume, otro día Atari y otro yo mismo… Era una especie de protocolo preestablecido, una manera como otra del tabernero para apaciguar su alma, o quizá una simple manera de darnos conversación. Procurábamos salir del bar a toda prisa; los viernes noche solía haber bastantes peleas. Demasiado alcohol en la sangre de nuestros mayores, demasiados rencores, demasiado paro… Más de una vez, sus ánimos se exaltaban. Meses antes había visto cómo un tío le abría a otro la cabeza contra un bordillo y, por increíble que pudiera parecer, no paraba de golpearlo a pesar de que la sangre manaba sin cesar. Desde la puerta del bar, unos cuantos le animaban a seguir. Por suerte, ese día andábamos por allí y logramos convencer al Cabezón —así llamábamos al agresor— de que dejara de golpear a su amigo. Este, al oírnos, pareció salir de una especie de delirio asesino. Miró a su amigo y empezó a decir ¡Dios mío! ¿Qué estoy haciendo? mientras lloraba atropelladamente. Lo dicho, una especie de submundo, aflorando continuamente a la superficie.
Esos tipos luego volvían a casa. Imaginad… Era tan fácil ver ojos morados y de nuevo optalidones y sonrisas ausentes en sus mujeres.
Empezamos a pasarnos las botellas de cerveza, mientras reemprendíamos el paso hacia el centro de Badalona.
—Hazte un canuto, Cañete —grité
—¡Quieres no chillar, subnormal! —me increpó mi amigo con razón, pues aún estábamos en zona de riesgo. En cualquier rincón un espía en forma de anciana despistada podía informar a tus padres de tus recónditas actividades.
—¡¡¡Ssssshhh!! —le insté poniendo mi dedo pulgar ante mis labios, mientras no paraba de reír. Entonces caí en la cuenta de que Jaume se había puesto unas gafas de sol—. ¿Qué haces tío?
—¿Cómo que qué hago? —Su voz sonaba pastosa.
—Nen, ¡te acabas de poner una gafas de sol, capullo!
—¡Pues claro! Me molesta el sol.
—Claro, Jaume, tiene lógica. Sí, si no fuera por un pequeño detallito sin apenas importancia. —Todos estallamos en carcajadas, todos menos Jaume, él no entendía nuestra risa.
—¡Estáis colgados! —exclamó. Y sin ni siquiera sonreír, continuó andando. Avanzábamos con él, riendo como locos sin ningún motivo en particular. Recuerdo que de tanto reír llegué a tener flato y dolor de mandíbula, un dolor sordo que solo se produce cuando no puedes parar de desternillarte.
Empecé a vivir la noche como en una nube, como en un sueño que poco a poco se iría transformando en un macabro presagio.
—¡Jaume! —grité entre risas.
—¿Qué? —me contestó cansinamente alargando la “e” un buen rato.
—Tío. ¡Son las diez de la noche! ¡Está oscuro!
—¿Qué? Cómo? ¡No digas gilipolleces, joder! —Mientras me decía aquello se quitó las gafas y miró hacia un hipotético sol en plena noche, semi cerrando los ojos—. ¡Cómo va a ser de noche, loco! ¿Qué no veis cómo pica el condenado? —Diciendo esto volvió a colocárselas.
Mi risa cesó repentinamente. Por un segundo, quizá tan solo un breve segundo, percibí la luz, el calor de aquel sol que Jaume dijo ver. Me quedé perplejo durante un instante para luego estallar de nuevo en carcajadas, uniéndome al coro de los demás.
Avanzamos como zombis; zombis de la risa. Paso a paso, risa a risa, alcanzamos nuestro destino, un bar llamado El Vasco que se encontraba en la calle del Carme, cerca de La Rambla. Llegamos en procesión; Jaume, Atari, Pepe y Cañete entraron; yo cerraba la comitiva. Cuando me disponía a entrar al local, algo muy extraño llamó mi atención. Estaba unos metros más abajo de la puerta del bar; hacia allí me dirigí. Aluciné. En la semi oscuridad de una farola rota vi una gitana sentada en una silla de mimbre; una silla casi invisible bajo la negra y larga falda, solo asomaba parte de una pata, roída de mugre. La señora era sumamente gorda y apestaba a algo parecido a pescado podrido. Su cara, en consonancia con su cuerpo, era inmensa y redonda. Tenía las orejas, la nariz y la boca embutidas en la carne; sus ojos eran grandes, extremadamente grandes, pero lo que más llamó mi atención fue su expresión, o para ser más exactos, la ausencia de esta. ¡Por Dios! Ningún rasgo de su cara parecía tener expresión alguna. Durante todo el rato que la estuve observando —no sabría decir exactamente cuánto— ni siquiera parpadeó. Miraba hacia un punto indeterminado y su mente parecía vagar en un extraño mundo en blanco. Lo más absurdo de todo era que en una de sus manos sostenía un manojo enorme de globos de helio. Empecé a contarlos… ¡Uf! Treinta y dos globos multicolores y enormes. Una pregunta vino de inmediato a mi mente: ¿cuántos globos serían necesarios para elevar por el aire a la gitana? La respuesta no se hizo esperar, la gitana salió lanzada hacia el cielo, a una velocidad vertiginosa. Solo quedó la silla de mimbre que, en cuestión de nada, desapareció de mi vista absorbida por la férrea oscuridad de la noche.
—¿Juampe? —Cuando Atari puso su mano en mi hombro, me giré despacio y le dije:
—Treinta y dos.
—¿Treinta y dos qué…?
—Hacen falta treinta y dos globos, tío.
—¿Estás bien, Juampe?
—Sí. —Miré hacia donde segundos antes estaba la gitana. Nada, ni rastro de ella, ni de la silla. Tan solo vi un jarrón enorme que bien mirado, era tan inexpresivo como la gitana.
—Pues si estás bien, vamos al bar. Tómatelo con calma, tío, recuerda que llevas el cuerpo saturado de LSD ¿Ok?
Asentí con la cabeza, siendo consciente de que aquello había sido una simple alucinación.

CAPÍTULO 7
El Vasco era un garito como tantos otros: un mar de gente componiendo una especie de gallinero verbal. Mil conversaciones a la vez, inconexas y dispersas. El local se hallaba sumido en una nube de humo que confería una sensación de irrealidad total, sobre todo acompañado del consumo de alcohol en exceso. Si te hacías un canuto con discreción, dejaban que te lo fumaras allí. A un lado, mesas cutres e infinidad de incómodas sillas, al otro, una gran barra y al fondo, coronando el espacio, una televisión Telefunken Pal Color hecha una mierda.
Días antes, en aquella misma tele emitieron una noticia que me impactó: la detención en Bolivia de Klaus Barbie, El carnicero nazi. Me llamó la atención la fragilidad de aquel pobre anciano.
El 83 fue un año de libertades. En Argentina se celebraron las primeras elecciones democráticas después de la cruel dictadura militar, y en Badalona teníamos plena libertad —si tenías pasta— para meterte la droga que te apeteciera. Como bien digo, un año de libertades…
Atari y yo nos dirigimos hacia la mesa en la cual esperaban nuestros colegas.
—¿Dónde te habías metido, Juampe? —me preguntó Pepe plantando ante mí una jarra helada de cerveza, mientras me sentaba.
—Estaba fuera, viendo unos globos. —Todos estallaron en carcajadas. El LSD hace de la risa tu compañera inseparable. Me quedé mirando largo rato la tele, me pareció interesante…
—¿Juampe?
—Dime, Cañete —dije sin separar la vista de ella.
—Tío ¡Está apagada!
—Lo sé. —Estallamos de nuevo en carcajadas. Atari volvía del lavabo con el último petardo encendido. En los altavoces del bar tronaba a todo volumen Pyromania de Def Leppard. Mis gustos musicales se decantaban más por Loquillo, Siniestro Total, Alaska y Dinarama… Es hoy y sigue encantándome la música de casa.
—Toma —Atari me pasó el petardo.
—¿No queda costo? —preguntó Pepe.
—Sí, hombre, sí —mintió Atari—. Toma, hazte uno.
Observé, perplejo, cómo Atari le daba un trozo de goma de la cubierta de una rueda, pero no dije nada…
—¿Qué os parece si vamos a ver si pillamos algo más de chocolate al bar Cirius —apuntó Cañete.
No nos hicimos de rogar, en un minuto estábamos en la calle, después de apurar nuestras cervezas de un trago.Siempre nos quedábamos cortos. Supongo que mirábamos de no pasarnos demasiado. Cuando calientas motores, a veces, te fumarías al mismo Dios, si este tuviera la facultad de alterar tu conciencia.
—El otro día soñé una cosa muy extraña —dijo Jaume—. ¡Joder! “Extraña”, curiosa palabra dicha por un individuo que en plena noche se deslumbraba por el sol. Al pensar en aquello no pude reprimir la risa.
—¿De qué te ríes? —dijo Atari mientras se acercaba.
—De nada —contesté intentando sofocar otra vez un conato de risa sin fin.
—Del colocón, tío —cortó Jaume rápidamente para derivar de nuevo la conversación hacia su historia—. ¿Os cuento el sueño o no?
—¿Qué sueño? —preguntó Atari.
—Cuenta, cuenta… —le apremié haciendo caso omiso a Atari.
Unos metros más atrás, vi cómo Cañete observaba fascinado las manos de Pepe. Este parecía estar calentando una piedra de chocolate con el encendedor: parecía no haberse dado cuenta de que íbamos a buscar costo precisamente porque no quedaba. Cañete me miró, estaba riéndose. Señaló a Pepe con un gesto de cabeza y moviendo exageradamente los labios pero sin emitir sonido alguno, articuló dos palabras: “está loco”. Pepe no fue consciente de ello. Empecé a reír, acababa de entender que lo que pretendía quemar era el trozo de goma que Atari le había dado momentos antes. Jaume acabó con mi risa de un puñetazo en el hombro.
—Bueno… ¿Cuento o no cuento?
—Cuenta, cuenta… —Atari me pasó el brazo alrededor del cuello mientras le decía a Jaume:
—Cuente, cuente, señor gerente… —Los dos estallamos en una gran carcajada.
Hacía rato que mi visión era difusa, no tan amplia como debiera, y una sensación de liviandad invadía mi cuerpo. Mirando mis pies pensé que los jodidos estaban súper lejos. El LSD toma el poder, pensé, y sonreí.
—¿Qué…? ¿Ya…? —cortó Jaume.
Soñé que circulábamos por las angostas calles de la ciudad…
—¡¡¡Uuuhhhh!!! —interrumpió Atari—. ¡¡¡Las “langostas” calles de la ciudaaaaad!!! —Esta vez reímos los tres.
—¡Joder, macho! ¡Qué pesado, Atari! ¿Lo cuento o no?
—Sí, sí, perdona —dijo hincando una rodilla en el suelo y juntando las manos simulando mostrar un gran arrepentimiento.
—¡Venga! —continuó Jaume.
…Íbamos los cinco en un Land Rover. Aparcamos y nos dirigimos al “Vasco”. El cielo era muy gris; un gris amenazante, quizá incluso irreal. De repente, en la puerta del bar, tú, Atari, levantaste la cabeza y preguntaste:
“¿Os habéis dado cuenta del color del cielo?”
A lo cual respondimos todos a la vez:
“Sí, parece que va a llover”.
De repente, como por encantamiento, cuatro tíos aparecieron de la nada y empezaron a provocar una discusión que fue creciendo de tono hasta alcanzar de pleno el estado de pelea; una pelea “la hostia” de extraña.
Estábamos todos pegados a una pared. Nuestros cuerpos se movían lanzando puños, patadas…, pero a la vez parecían soldados a la pared. Componíamos un muy particular “Guernica”. Era como si una fuerza diabólica nos imantara a la pared. De repente me di cuenta de que ya podía moverme con soltura. Al desprenderme de la pared lo primero que hice fue miraros. Todos y cada uno de vosotros empezabais a tener sangre en vuestros rostros, en vuestras ropas… Entonces caí en la cuenta de lo raros que eran los cuatro tipos que nos habían increpado: rubios, altos y de complexión atlética. Sus ropas eran extrañas: antiguas túnicas, parecían griegas o romanas, no sabría decir. Me llamó sobremanera la atención, el color de sus pupilas: eran amarillas, de un amarillo chillón, como el puto “Piolín”.
Entonces — continuó contando Jaume. La verdad es que a aquellas alturas escuchábamos absortos; no tengo muy claro de si era por la historia o por el hecho de que todo parecía girar a nuestro alrededor—, de pronto, abro silenciosamente la puerta del Land Rover, que de repente está allí. ¡El puto coche allí, tío! ¡Joder! ¡Si lo habíamos aparcado lejos!…
—Eso es normal. Son esas cosas que solo pueden pasar en los sueños.
—Claro. Supongo que tienes razón. Bueno, eso…
…que abro la puerta y extraigo una pistola de la guantera, una de esas de los nazis, una Ruger. El odio más profundo se apoderó de mí mientras apuntaba el arma hacia el nutrido grupo de la pared, o sea, hacia los cuatro tipos y hacia vosotros mismos. Seguidamente efectué tres disparos.
Mientras Jaume contaba aquello, un débil olor a goma quemada invadía el ambiente.
…los tres proyectiles salen del arma y el ensordecedor sonido de las tres detonaciones reverbera en mis oídos. Los tres perforan la carne con ansia, hiriendo a dos de los rubiales. Pero algo no cuadraba…
—¡¡¡Uufff!!! Mira, Atari, se me ponen los pelos de punta —interrumpió él mismo su relato.
Pues bien —continuó— ni el que había recibido el impacto de la bala en la cabeza parecía sentir dolor. Al ver eso, tiré la “pipa” muy asustado…
—¿Asustado, Jaume? Acojonado, diría yo —apunté.
—¡De la hostia! Acojonado de la hostia —corrigió él.
…Corrí hasta meterme en el Land Rover y lo arranqué. Puse la marcha atrás y grité: ¡Apartaos! ¡Voy a machacar a esos hijos de puta!— Al segundo me lancé a toda velocidad contra la pared. Todos os despegasteis de ella como por ensalmo menos uno de los rubios; el tipo no vio llegar el vehículo, solo le dio tiempo a ver su propio pecho saltar en mil pedazos al alcanzarle de lleno. Su cara mostraba sorpresa. El motor siguió rugiendo mientras una densa humareda blanca lo cubrió todo pero solo por una décima de segundo, luego se evaporó en la nada, se desvaneció…
Cuando esto sucede, de golpe, es como si nada hubiera pasado. De repente estamos saliendo del Land Rover, como si acabáramos de llegar. No hay ni rastro de lo que acababa de suceder…
—¡Joder, tío! —exclamé con tono mosqueado. Jaume se quedó sorprendido.
—¿No te mola? —me preguntó.
—No es eso. ¡Joder Pepe! ¿Quieres dejar de quemar la puta goma? —Pepe levantó la mirada y me dijo:
—Es costo. —Cañete tuvo que sentarse en el suelo, no podía parar de reír. Los demás lo imitamos incluso Jaume, el cual espetó a Pepe:
—¡Joder macho, pareces tonto! ¿Qué no ves que huele a goma? Si parece goma, se estira como la goma y al quemarlo huele a goma quemada, entonces, capullo, no es costo, ¡es goma! —Pepe, en pie, miró muy seriamente a Atari y le preguntó:
—¿No es costo? —Las carcajadas eran insaciables, necesitaban de todo nuestro cuerpo. Jaume, Cañete y yo nos acomodamos entre risas en el suelo, en medio de La Rambla, que a aquella hora estaba semivacía. Para mi sorpresa, Atari, manteniendo la compostura y sin dudar un segundo dijo:
—Pues claro que es costo. ¿Para qué iba yo a engañarte? —A lo que este, respondió:
—¡Pues también es verdad! —Y continuó quemando la goma de su mano. No dijimos nada, ¿para qué? (pensé). Al fin y al cabo, esa noche, cada uno tenía sus propias paranoias en mente.
Jaume, continuó explicando su sueño volviendo a ser el centro de atención.
—…Fue como si al aparcar acabáramos de llegar, pero yo continuaba recordando la puta pelea. Solo hay un pequeño detalle que no cuadraba: Pepe ya no estaba, había desaparecido…
—¿Qué te pasa, Jaume? Pareces ausente.
—¿Qué dices, Cañete? —contesté. Estaba flipando, pero no dije nada, tan solo miré hacia arriba y comenté—: ¿Os habéis fijado? El cielo está gris.
—Sí, parece que va a llover.
Acto seguido nos pusimos a andar. Nos dirigimos a la discoteca “Tiburón”. Nueva realidad, nuevo destino —pensé.
Poco a poco, entramos a la discoteca. El ambiente, el de siempre, solo que algo extraño flotaba en él, algo irreal. Quizá la lentitud con la que se movía la gente, quizá el sonido amortiguado de la música, quizá el hecho de que, a pesar del humo, ese día no te picaban los ojos… Al poco, tú, Juampe —dijo señalándome— dijiste:
—Jaume, ¿vamos al “Vasco”?
—Bueno —dije, y salimos de aquel tugurio.
Al partir rumbo al “Vasco” no podía quitarme de la cabeza la movida de hacía un rato, que tan solo yo parecía recordar. Miré el cielo y vi que continuaba gris. Entonces caí en la cuenta de que Juampe —dijo dirigiéndose a todos— se había alejado mucho… Te llamé, mas tú parecías no oírme. Corrí hacia ti, pero la calle se llenó de gente y cuanto más intentaba correr, más gente se interponía en mi camino. Cada vez estabas más lejos. Comprendí que era inútil intentar llegar hasta ti, así que decidí dejar de correr, pensé en ir al “Vasco”, al fin y al cabo hacia allí nos dirigíamos. Ya nos encontraríamos.
Al llegar, Joan, el dueño del bar, me dijo:
—¡Hostia! ¿No has visto a tu colega, “el Juampe”?
—No. ¿Ha estado aquí? —Pregunté esperanzado.
—Sí. Acaba de salir hace un momento. Iba con cuatro tipos altos y rubios.
—¿Cómo? —dije. Pero no esperé respuesta. Salí del bar a toda prisa. De nuevo una neblina lo cubría todo, me envolvía—. ¡No! ¡No! ¡No! ¿Qué está pasando…? La neblina se disipó. El escenario era otro. De repente estaba andando tan tranquilo por La Rambla de Badalona, pero… ¿Qué coño me pasa? —pensé—. Es como si se produjeran agujeros en mi memoria. Solo una cosa parece inmutable: el cielo gris. Juampe había desaparecido. Estoy solo en la Rambleta. De pronto note una mano en mi hombro. Al girarme a mirar me quedé estupefacto; ante mí se alzaba un andamio de unos treinta metros y desde su cumbre, un gorila blanco me observa.
—¡Copito! ¡Oh, qué cuco! —dijo Atari—. ¡Qué cabrón, Jaume! ¡Ala! ¡Venga! Haz desaparecer también al gran mono blanco.
—¡Qué va, Atari! —siguió Jaume— …Entonces me doy cuenta de que en el hombro tengo algo; al cogerlo vi que era un sombrero de cazador de búfalos, en plan Daniel Boone, solo que es blanco, parece hecho con el pelo del gorila. Mi cabeza estaba a punto de estallar. Arrojé el sombrero al suelo y me dirigí hacia “El Tiburón”. Pensé que Atari y Cañete debían de seguir allí. Necesitaba haceros entender —dijo mirando a esos dos colegas— que pasaba algo realmente macabro. Al poco, alguien me llama:
—¡Joven! —Al girarme vi a un vendedor ambulante que me ofrece algo en su mano, mientras me dice:
—Te compro eso que te asoma por el bolsillo. —Bajé la mirada y me quedé aterrorizado: de mi bolillo asomaba el sombrero que se suponía que acababa de tirar…
—No, no… —dije—. Se lo doy, si no es mío. —Me alejé de él con prisa, con paso firme; el miedo instaurado en mi corazón…
Un grito ensordecedor se mezcló con mi sudor:
—¡Jaume! —Se me puso la piel de gallina—. ¡Levántate!— gritó mi madre—. Son las siete.
—¡Puto sueño! Tíos. Puto sueño….
—¡Guau, nen! —dije—. ¡Qué sueño de loco! ¿Tú estás seguro de que estás bien de la perola? —Estallamos todos en la impenitente risa, incluido él.
—Toma —me dijo Pepe pasándome un canuto encendido y apestando a goma quemada. Era espectacular ver su humo negruzco.
—¿Tú…? ¿Tú eres tonto, no? No tío, no quiero fumar. Fúmatelo tú, colgao. —Ni que decir tiene que nadie quiso goma para fumar.
—Pues me lo fumo solo —dijo Pepe. Y de nuevo, la señora risa se presentó de nuevo en los labios de todos.
—Pero bueno… —dijo Atari—. ¿No íbamos a pillar algo?
—¡Déjate! Aquí se está de muerte. —Todos asentimos a Cañete. Allí estábamos; cinco colegas que, debido al LSD, empezábamos a tener serias dificultades de coordinación, sentados en La Rambla, en nuestra Rambla, formando un semicírculo muy abierto, muy predispuesto a convertirse en círculo; más que eso, predestinado a ello.

CAPÍTULO 8
Durante un buen rato, permanecimos en silencio, cada uno de nosotros absorto en sus propios pensamientos. Creo que por un tiempo indeterminado, perdí la noción de todo. Recordé a la gitana, la imaginé surcando el cielo camino de lo incierto, quizá hacia la eternidad.
Supe que algo estaba a punto de cambiar para siempre, fue como una premonición. Fui consciente de que una serie de gente estaba a punto de llegar. Los noté. Noté que esa gente formaba parte de algo importante. Entonces los vi acercándose a nosotros con determinación desde diversos puntos. Supe quienes eran; desde lejos emitían un halo extrañamente luminoso. Percibí que mis cuatro amigos seguían sumidos en su especial sopor. Quizá no debí tomarme el puto ácido entero. Estallé en carcajadas.
Lentamente fueron llegando.
—¿Qué hay Juampe? —me saludó Pistolero sentándose junto a mí.
—¡Hostias, nen! ¿Cómo estás?
—Pues, a pesar de lo raro que te va a sonar, menos colocao que tú. ¡Ufff!¿Qué te has tomado?
—¡Joder, un puto tripi! Jaume cree que es de día… ¡Una pasada! —Mientras le explicaba aquello, su cara fluctuaba.
—¡Mare meva, com anem!
Diciendo esto, saludó a los demás tocando con uno de sus dedos el canto de su sombrero.
Era un tipo interesante, hippie y yonqui, muy yonqui. Lo conocí tiempo atrás, en una timba clandestina de póquer. A veces íbamos allí a pasar el rato. Ese día entré en el bar en cuestión con Atari, y nos dirigimos a la trastienda. El lugar era vulgar; decorando la pequeña habitación, un mugriento papel roccocó y un techo amarillento y desconchado, una pequeña mesa redonda de madera —un poco coja— y cuatro sillas de mimbre. Sentados alrededor de la mesa había tres habituales a los que ya conocíamos de otras veces y Pistolero, con su inseparable sombrero al estilo John Wayne. Dos de ellos, tatuados y de pelo grasiento, iban hasta el culo de coca; el otro, un tipo de unos setenta años, parecía la nota anacrónica de aquel lugar. Trajeado y aseado, contrastaba con la dejadez de los dos jóvenes cocainómanos y Pistolero. Al entrar en la sala, los tres se giraron inmediatamente hacia nosotros, mientras Pistolero, totalmente colocado, permanecía con los ojos casi cerrados, sus gestos de una lentitud exasperante y sus pupilas del tamaño de la cabeza de un alfiler… Al comprobar que no había peligro continuaron con la partida.
—¿Quieres tirar de una puta vez, yonqui de los cojones? —lo apremió uno de aquellos tipejos. Pero este, en vez de lanzar su carta o decir algo, simplemente vomitó sobre la mesa.
—¡Arggg, qué asco! —Un espantoso olor atravesó el ambiente con rapidez.
—¡Coño! ¡Será hijo de perra! —dijo el mayor de ellos—. ¡Para una vez que cena y tuvo que ser chorizo!
Uno de los farloperos, levantándose de un salto, dirigió rápidamente su mano hacia el bolsillo. No hacía falta ser demasiado listo para saber que nada bueno podía salir de allí.
—¡Me cago en tu puta madre! —estalló.
—¡Eh! ¡Eh! ¡Tranquilo tío! —intervino Atari—. ¿Qué no ves cómo va, hombre? Venga, venga, cálmate. Mi colega y yo nos lo llevamos.
Así lo hicimos.
El abuelo siguió allí ignorando la movida. Únicamente parecía preocuparle los restos de vómito que salpicaban su traje.

CAPÍTULO 9
—¡Buen sitio! —dijo Marc al incorporarse al círculo.
Marc, como siempre enfundado en cuero negro hasta en pleno agosto. ¡Joder, cómo sudaba! Sonreí pensando: debe de llevar los huevos “escaldaos”.
Antonio y el Guitarra, dos punks, uno de ellos con una cresta increíblemente alta y un collar de perro abrazando su cuello, se sentaron a nuestro lado.
—¿Queréis fumar? —ofrecieron mostrando una postura de unos veinticinco gramos de chocolate. Todos sonreímos.
El Sevilla y su mujer vinieron a nosotros como moscas a la miel. Olían cualquier droga desde una hora lejos.
David, Chele y Faustino, cada uno por su lado, fueron llegando al lugar.
Ángel y el Niño se unieron al grupo poco después de que oyéramos un derrape descomunal en la zona de aparcamiento de la playa, frente a los perennes autos de choque. El coche era robado, como todos los que conducían aquellos dos críos: Ángel no pasaba de los 14 y el Niño —el jodido niño— tan solo tenía 8 añitos y una historia durísima a sus espaldas. Las carencias, las necesidades… fueron un buen caldo de cultivo para que los hijos de una época oscura buscaran una salida diferente en las drogas. Una vía de escape sin salida. Pero… ¡Qué coño! Al fin y al cabo, todos somos, simplemente, la suma de nuestros errores.
Imaginad el Arco Iris de un cuento de hadas y decenas de seres de ensueño cruzando por él. Eso era Badalona. Solo que el Arco Iris era sucio y desprovisto de color y los seres de ensueño eran jóvenes caballeros de pesadilla en busca de su Santo Grial: las drogas.
Fuera como fuera, poco a poco, el círculo tomaba forma. Todos fuimos atraídos hacia él guiados por el maldito destino. Los jóvenes que terminamos conformando aquel círculo perfecto en la noche, en medio de La Rambla, iniciamos nuestro rutinario ritual: fumar hachís.
Desde tiempos inmemoriales, grupos de humanos se han reunido en la noche a explorar la espiritualidad, lo eterno… En el caso que nos acontece, los ancestrales ritos iniciáticos no son más que una sombra en la historia. Nosotros, como muchos jóvenes de los 80, solo pretendíamos ponernos a gusto.
Pero aquella noche, algo fue diferente. Quizá fue simplemente una percepción, quizá algo místico empapó el lugar e hizo que ese círculo tan peculiar, tan perfecto, tuviera magia, una magia que perduraría en la eternidad como la sombra de una época, una magia capaz de fracturar el tiempo.

CAPÍTULO 10
El silencio se apoderó por un instante del lugar, mientras todos preparábamos canutos. Al rato, una densa humareda blanca como la nieve nos envolvió como una madre protectora. El humo parecía no querer abandonarnos. Los transeúntes miraban de reojo y aceleraban el paso intentando estar el menor tiempo posible a nuestro alcance, pues la verdad es que, vistos desde fuera, debíamos de intimidar bastante. Todo el mundo sabe de lo que son capaces esos grupos, sobre todo, juzgados desde los ojos mojigatos de la moral. Poco podían imaginar que aquella noche no éramos más que unos jóvenes enfrentados a un resquicio de eternidad. El humo, las voces sin sentido de multitud de conversaciones intrascendentes, la risa provocada por las drogas y la adolescencia (esa risa que en un principio parece efímera y que, en no demasiado tiempo, acaba transformándose en una mueca de sonrisa eterna) nos aislaron momentáneamente de la realidad cotidiana.
Supe que nada volvería a ser igual, que todo empezaba y terminaba allí mismo. Tuve una extraña visión. Al mirar a mi alrededor no había nada, tan solo la majestuosidad del espacio infinito. Estábamos anclados en la nada. Una densa columna de humo ascendía hasta perderse de vista. Percibí cómo girábamos al unísono… Nada importaba más allá del círculo. Luces de colores nos unían en una gran aura conjunta.
Pistolero, profiriéndome un suave codazo, me arrastró hacia la realidad, una realidad que se volvía difusa. Veía y oía a mis amigos amortiguados, como si de un sueño se tratase.
—¡Eh! —exclamé mirando casi sin verlo.
—Toma. Fuma. —Me ofreció el canuto.
Miré todos aquellos rostros tan conocidos, como si los viera por primera vez. La mayoría éramos gente corriente, pero cada cual, cómo no, con su particular historia a sus espaldas. Habíamos crecido juntos. Habíamos entrado en el mundo de las drogas de la mano y en él avanzábamos, marcando cada cual su propio ritmo.
Al mirarlos allí sentados, en aquel maldito lugar, vi tristeza en sus expresiones. Emanaban desolación. Supongo que ellos percibían lo mismo en mí.
De repente escuché una extraña risa, una risa hueca. Intenté distinguir de cual de mis amigos provenía. Tardé poco en darme cuenta de que dicha risa tan solo estaba en mi mente, en un rincón; acechaba. Me asusté muchísimo. “Puto tripi”. Pensé que era el culpable de aquella distorsión y en parte así era. Bien, pensé, tan solo era cuestión de relajarse: así, tarde o temprano, desaparecería. Y en ese punto me equivocaba. La puta risa me acompañó durante mucho tiempo, en lo que podríamos llamar mi antigua vida. Llegué a pensar que mi mente era su casa, su morada. Si hubiera forma de retroceder y rechazar aquel tripi, golpear con fuerza la mano de Atari y lanzar aquellas cinco gelatinas impregnadas de ácido lisérgico lejos de nosotros… Por desgracia, eso no es posible. Una vez abierta la conexión multidimensional —fue lo que hicimos— no hay manera de volver a cerrarla. El mal ya estaba hecho, no había vuelta atrás.
Mientras estaba con mis amigos tuve una revelación. Conecté con el Cosmos, fui uno con él. Conforme miraba uno por uno a los componentes de aquel grupo, percibí todas y cada una de sus vidas. Tiempos habidos y por haber se conjugaban en un solo verbo.
De repente mi mente se expandió como una red; en ella se manifestaba hasta el más mínimo detalle de la vida de cualquier ser del planeta. Conocía todas sus vivencias pasadas, presentes y futuras, y no solo del mundo que nos había tocado vivir; de todas las dimensiones. Mi cabeza parecía estar a punto de estallar cuando todo me habló a la vez.
Fui consciente de quien era Dios, de la creación misma; formé parte de su esencia… ¡Maldito tripi! Vi cómo, en un lejano pasado, los átomos entendieron que no estaban solos. Fue entonces cuando se confabularon para crearlo todo; el aburrimiento los empujó a ello. Viajaron distancias increíbles… Billones, trillones de años luz, no tenían prisa, pero sí una finalidad: juntarse, hacer presión. Y así fue, lentamente fueron llegando desde todas las realidades, desde todos los tiempos. Ellos conformaban el Cosmos y se comunicaban conmigo. Tomé consciencia de la grandiosidad del universo, a pesar de que ello me transportó de lleno a la locura. Conforme alcanzaban su destino, cuchicheaban, instigaban, no querían vivir por más tiempo la eterna y aburrida soledad. Decidieron jugar a combinarse. Dieron inicio al juego con una inmensa explosión. Vi la luz de la misma, vi el júbilo en la esencia de cada átomo.
Desde entonces, juegan a crear formas y, a su manera, se comunican las diversas vivencias; un entramado sistema hace que cada uno sepa qué hacen todos sus hermanos. Y de alguna manera, esa noche, yo participé de dicha comunión. Cada una de mis partículas insuflando información, cada uno de los átomos de la creación interactuando conmigo, miles de millones, cifras sin fin de ellos, haciéndome partícipe de un conocimiento eterno; mostrándome un ser solitario, llorando junto a la gran explosión. Aquel pobre diablo encargado de que todo aconteciera: dual. Un ser condenado. Un Dios sin serlo.
Miles de millones de conceptos a medio entender se agolpaban en mí. Mi pobre cerebro captó lo que pudo y como pudo, a pesar de que cada uno de mis átomos entendía todo a la perfección. Mi cerebro enloqueció, pues no tenía los medios para asimilar una evidencia de tal magnitud.

CAPÍTULO 11
—Juampe
—¡Eh! —volví a decir girándome hacia Pistolero.
—Pasa el canuto y coge este. —¡Dios, más humo! Por un momento abandoné todo aquel pensamiento, lo arrinconé a un lado junto a la insistente risa.
Observé a mis amigos con un conocimiento nuevo. Conocedor de sus vidas, ahora veía en ellos mucho más allá de lo que mis ojos solían ver…
Al fijar mi atención en Pistolero, comprendí el porqué de su adicción: una traición femenina a una muy temprana edad. El pobre abrió la puerta equivocada en el momento equivocado, con tan solo tres años, vio como su propio tío acometía, desnudo, a su madre, desnuda también, a golpes de cadera sobre la cama de aquella habitación. Su mente, a modo de protección, había bloqueado aquel nefasto recuerdo. De no haber sido así, seguramente, habría entendido por qué le hacía sentir tan terriblemente mal escuchar el ruido acompasado de los muelles de un colchón. Un resentimiento sordo se apoderó de él. Seguramente la tristeza de su alma fue la que lo empujó hacia el sórdido mundo de las drogas. Quizá si tan solo hubiera sido un devaneo por drogas menores, podría haber formado parte, simplemente, de una experiencia del pasado. Pero tuvo la mala suerte —o la mala cabeza—, de dar de bruces en la heroína, el juego más adictivo.

De nada había servido el dinero familiar, ni la férrea disciplina a la que sus padres sometieron a sus dos hijos. Adrià —ese era su nombre— descarriló de una vida normal y nunca más volvería a ella. Su hermano, con el tiempo, se encargaría de proporcionarle los mejores médicos. Todo lo que el dinero pudiera hacer por él, se haría, puesto que el dinero no era problema; la rabia, la tristeza, eso sí… Eso fue el punto de apoyo desde el cual Pistolero, hacía mucho que se había lanzado de cabeza a un oscuro pozo sin fondo.
Al verle allí, sentado a mi lado y rodeado de amigos, parecía feliz. Conociendo la verdad más oculta de su alma, no pude evitar sentir pena. Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

CAPÍTULO 12
Miré hacia Marc. Infinidad de porros pasaban de mano en mano formando una perfecta circunferencia en movimiento. Una parte de mi consciencia permanecía aferrada al universo. Pude ver cómo Marc se rompía por dentro aquel día en que, siendo un niño, su padre, un madero fascista, le dijo: “Marc, hijo, vamos al trabajo de mamá”. El muy cabrón lo llevó a La Rambla de Barcelona para mostrarle a su madre haciendo de puta.
Se ha de entender que era una época con mucho paro, con muchas necesidades y los padres de Marc nunca lo habían tenido fácil. Vivían en el Barrio de Pomar, en un pequeño piso que les había proporcionado el franquismo al desalojarlos de las barracas de Montjuic.
Durante un par de años no fueron del todo infelices. Aquel pisito era mucho mejor que la mugrienta barraca en la que habían vivido y su sueldo de policía hacía que no pasasen penalidades. No tardaron demasiado en adaptarse al cambio. Los problemas llegaron cuando quiso probar suerte en el juego. Poco a poco, su adicción fue en aumento y la miseria se instaló a sus anchas en aquel hogar.
Hacía mucho que no entregaba ni un duro en casa. “Fes de puta” , le espetó a su mujer una de las veces que ella le imploraba dinero. Esta no se lo pensó demasiado. Aquella mujer hacía tiempo que había olvidado sus sueños de princesita feliz y tres hijos hambrientos empujan lo suyo.

Marc seguía muchas noches llorando por su madre, siempre en silencio. “Llorar es de maricones”, decía su padre. El crío tenía una pesadilla recurrente: veía a su madre llorando en una esquina solitaria de la calle Princesa. La oscuridad era casi total, aun así, él veía perfectamente en el sueño a su madre. Esta se deshacía lentamente como si fuera una vela, solo que en lugar de ser de inmaculada cera, era de putrefacta carne. En el sueño, alzaba la mano hacia él. “Ayúdame hijo”, le gritaba mientras Marc permanecía en pie, anclado al suelo sin poder socorrerla, escuchando las risas e insultos de su padre con lágrimas de impotencia surcando su rostro. Entonces, ineludiblemente, despertaba.

CAPÍTULO 13
Las risas se apoderaban frenéticamente de nosotros. Todos parecían sentirse tan bien en el maldito círculo. Yo no paraba de percibir los pasados de mi gente, mientras mi agustera era cada vez más descomunal. ¡Joder! Ahora yo también veía un sol radiante, a pesar de ser consciente de que no debían de ser más de las doce de la noche. ¡Dios! Mi enajenación me arrastraba irremediablemente a los dominios del Sombrerero Loco. Una lágrima rodó por mi mejilla. Miré en dirección a Cañete; este no podía tener los ojos más abiertos. Sin mover ni un solo musculo y ensimismado por el atracón de drogas, miraba directamente hacia mí.
Me adentré a hurtadillas en su infancia. Vi su felicidad. Creció en el seno de una familia modélica que se vio arrastrada al dolor el día que diagnosticaron cáncer a su hijo. Tras mucho sufrimiento superó la enfermedad, pero quedaron cicatrices en él, cicatrices en el alma y entendió algo que a su edad ningún niño debería entender, entendió que la muerte acecha. Siempre fue un tipo de sonrisa franca, pero tan solo su apariencia era alegre. Hacía mucho que Cañete se sentía triste. Desde muy joven buscó su refugio en las drogas, él decía que para divertirse, para sentirse libre… ¡Ya veis! Libre. ¿Qué es al fin y al cabo la libertad?
Somos esclavos de nuestra moral.
Somos esclavos de nuestras circunstancias.
Somos esclavos de nuestras obligaciones.
Somos esclavos de nuestras situaciones.
Somos esclavos de nuestras deudas.
Somos esclavos de nuestro estado mental.
Somos esclavos de la sociedad.
Somos esclavos de nuestros países.
Somos esclavos de nuestros vicios.
Somos esclavos de nuestra propia muerte.
Muchas veces pienso que la libertad es una utopía inalcanzable y que en el fondo nos vamos convirtiendo en esclavos de nuestras propias decisiones.

CAPÍTULO 14
—¿Te encuentras bien, Juampe? —me dijo al oído Jaume después de haberse acercado desde su posición.
—Sí —le dije. Deseé quitarle las gafas. Mi propio sol me abrasaba—. ¡Vuelve a tu sitio, no rompas el círculo! —casi le grité. Este lo hizo de inmediato burlándose entre risas:
—¡Huy, sí. No sea que se rompa! —Me estremecí. Creí que nuestro vínculo con la realidad empezaba y terminaba en aquel círculo.
Tras su sonrisa se ocultaba un gran pesar, un secreto que le avergonzaba tanto, que jamás se había atrevido a explicar. Inmerso en sus recuerdos me lo reveló sin querer. Siendo un niño escuchó a su padres discutir en plena noche. Se suponía que él dormía, pero no era así. ¿Quién coño hubiera podido dormir con aquellos gritos? Descubrió que el matrimonio que componían no era más que una farsa…
—¡Quieres fumar, Juampe! —me apremió Pistolero—. ¡Que se acumulan, tío!
Cogí el canuto que me ofrecía, pasando a su vez el que sostenía en mi otra mano. En aquel momento una oleada de “conocimiento universal” —que mejor manera de llamarlo— atenazó mi abrumada mente. Miles de historias se agolpaban. Supe qué pensaba Napoleón en el momento de morir, también qué pasaba por la mente de su madre cuando este nacía. Cada horror, cada miseria, cada alegría, cada honor, cada dolencia. ¡Puto tripi! No puedo evitar sonreír al pensar en la pasta que darían algunas revistas del corazón por toda aquella información.
Era capaz de concentrarme y separar vivencias que llegaban a mí en cascadas de información. Fijé de nuevo la atención en Jaume, en su infancia. Vi cómo este escuchaba, en un pasado, la realidad del lastre que acarreaba su padre. El héroe que todo padre es para sus hijos se le resquebrajó. No era más que un homosexual que se había casado para enmascarar su condición. Le decepcionó tanto…
Jaume era el pequeño de cinco hermanos, el único varón; el pequeño con diferencia, fruto inesperado de un matrimonio ficticio de avanzada edad. Sus padres se habían casado en una época oscura donde no había cabida para un homosexual, una época en la que un “maricón” podía ir a prisión por desviado, una época donde lo más sensato era casarse y sublimar de por vida tus instintos naturales. La rancia dictadura y su convivencia absoluta con la Santa Iglesia así lo exigía de la mano de un férreo castigo. El terror absoluto hacia las peligrosas cárceles y sus torturas era el mejor incentivo para enmascarar una vida.
Dentro de este contexto se vio atrapado el padre de Jaume, y por consecuencia su querida madre. Esta no sospechó del engaño hasta pasado mucho tiempo. El pequeño, ignorante por completo de toda situación política, no podía comprender que su padre era, tan solo, una víctima más del franquismo y que aquello, simplemente era una tapadera. La mirada que todos veíamos en él no era más que la decepción que jamás lo abandonaría.
Recordé mi propia infancia, adornada con el alcohol, los gritos, el incontrolable cinturón de mi padre… Entendí su ira. La vida, a veces, se nos muestra miserable. Mi padre no superó jamás la guerra que le tocó vivir; los recuerdos de la misma persistían martilleándole cada noche en forma de pesadilla. Quizá yo empecé a drogarme por joderlo. Ahora era consciente de que el hombre no era más que otro ser humano desgarrado por dentro, desde el día en que, en aquella cruel guerra de hermanos contra hermanos, tuvo que matar. En sus recuerdos seguía intacta la cara del muchacho al que disparó. Lloré al sentir cómo cada noche, mi padre veía en sueños la expresión de sorpresa de aquel niño al caer abatido. Indagué en los recuerdo de mi progenitor, en su pasado. Lo vi regresando a casa, en su pueblo natal, Vélez-Rubio, en la provincia de Almería, un pueblo como tantos otros de la Andalucía de la época. Cuatro caciques y una cabida extraña para aquellos que habían luchado del bando equivocado, que por supuesto, siempre es el de los perdedores. Los gobernadores de turno, fascistas y adeptos al nuevo régimen “Por la Gracia de Dios” abusaban constantemente de su posición.
Noté el terror que se filtraba por cada poro de su piel. El trabajo, el matrimonio, los hijos, el miedo omnipresente de ser detenido y asesinado en una cuneta… Muchos de sus amigos desaparecieron así. Llegaba un camión y los detenidos se esfumaban para siempre, eran enterrados como perros sin nombre. Al amanecer, el ruido de las detonaciones anunciaba nuevas desapariciones. Esa fue la realidad de aquella época, en aquella España negra de la posguerra.
Mi padre creía que, los que como él no morían, simplemente era porque el régimen los consideraba mansos corderos. La rabia le crecía por dentro, mas por miedo jamás la exteriorizó fuera de casa, intentaba apagarla con el vino.
La familia prosperó en el pueblo, pero era complicado para él convivir con los asesinos de sus amigos, con aquella especie de nuevos señores feudales de la nueva España. Aquella angustiosa situación y cinco hijos a los que sentía la necesidad de proporcionar un futuro que no estuviera marcado a fuego por el miedo le llevó a tomar una determinación: emigrar. Por aquel entonces Cataluña era la meta para muchas personas, pues la industrialización requería mano de obra. Así fue como en 1954 marchó en busca de su particular dorado: un futuro mejor para sus hijos, y cómo no, escapar del pasado. En aquella época, ni mi hermana Trini, ni yo, habíamos nacido, pero mis padres ya cargaban con cuatro hembras y un varón. Mi padre se asentó en nuevas tierras, mi madre y sus cinco hijos fueron hacia él un año después. Me habían contado infinidad de veces aquel viaje de ilusión hacia papá, hacia una nueva y esperanzadora vida.

CAPÍTULO 15
—Juampe, tío ¿Qué haces? —me preguntó Atari advirtiendo mi abstracción. Por un momento volví a aquel presente y me vi a mi mismo en pie mirando a mis amigos, riendo y llorando a la vez.
—No sé… —le contesté a media voz. Su expresión denotaba preocupación.
—¿Te acompaño a casa? —me dijo. A lo que respondí:
—No, sigamos aquí, no rompamos el círculo.
—Si acaso, Atari, lo llevamos… —dijo Cañete. La verdad es que eran muy buenos amigos.
—No tíos, ya está. Es que me ha dado un subidón, pero ya estoy mejor— dije mientras me sentaba de nuevo. Pistolero me ofreció un canuto. Esta vez, simplemente, me limité a pasarlo sin fumar.
Volví a recular en el tiempo para husmear de nuevo en aquel pasado familiar. Mi hermana María era la mayor. La vi de pie en el arcén; en ella percibí oscuridad, turbación, miedo… El largo viaje a Barcelona estaba a punto de empezar. En sus brazos sostenía a su hermana, mi tía Juana, de apenas tres meses de edad. El arcén estaba saturado de gente, de maletas de cartón llenas con los recuerdos de toda una vida, ropa limpia pero zurcida y gastada. Una argamasa de sentimientos contradictorios, de despedidas, llantos, ilusiones, rencor, esperanza, ansiedad… María estaba tan asustada…
Vi a mi madre, llena de juventud. El tiempo se doblaba; a la vez que veía su juventud en aquel pasado ya lejano, veía también su presente; un presente negro. Supe en ese instante que una semana después, en aquel presente que era mi realidad, a mi madre le detectarían un cáncer de estómago que en muy breve tiempo me la arrebataría para siempre. Quizá entre todo el dolor que se apoderó de mí, aquella certeza fue la que golpeó mi ser con mayor fuerza. Mi particular rotura interna…
Ese era yo, el hijo de unos inmigrantes andaluces, nacido en Cataluña, golpeado por mil sensaciones. Empezaba a tener claro que la toma de aquel tripi me había resquebrajado la mente. De pronto divisé, en el mar, lejos, en el horizonte, como una gran pared se elevaba hasta casi alcanzar el cielo. Era una enorme ola en movimiento y venía hacia la costa. Un maldito tsunami se dirigía hacia nosotros con todo su poder destructor. No reaccioné, me quedé sentado, invadido por un pánico tal, que me ancló al suelo. Conforme la ola se acercaba irremediablemente, cerré los ojos con fuerza esperando el impacto. Este no llegó.
—Toma tío. Fuma. —Abrí los ojos de nuevo y cogí el petardo que Pistolero me pasaba. Ni rastro de la maldita ola. Fue entonces cuando vi con nuevos ojos a mis amigos. Eran despojos humanos. La carne de sus huesos se desprendía y caía al suelo. Los gusanos pululaban a sus anchas en inmensas llagas. ¡Joder! Era igual que en el último vídeo clip de Michael Jackson, un mar de zombis me rodeaba. Me levanté de un salto, me aparté unos metros y vomité al lado de una fuente que coronaba la Rambla. Desde el círculo, un coro de risas llegaba hasta mis oídos, como desde la lejanía. Inclinado y apoyado en dicha fuente, intenté calmarme. Aquello debía de ser, sin duda, una alucinación producida por el LSD, eso lo tenía claro, aun así, a pesar de esa certeza… ¡Joder! A pesar de ello, parecía tan real… Allí estaban mis colegas deshaciéndose literalmente en jirones de carne putrefacta.
Mi corazón palpitaba intensamente. Sudaba y me costaba respirar. Entonces, desde lo alto de la fuente, una voz de niño acaparó mi atención; dijo claramente: “Juampe ¡Apártate merluzo!”. Al alzar la vista vi la figura que tanto conocía sobre el pedestal, un niño en cuclillas y otro saltando a horcajadas sobre él. Dos niños con pantalón corto y sin camiseta, dos niños sonrientes, dos niños que, como la misma fuente, eran de hierro forjado. El que saltaba me observaba amenazante dando la sensación de ir a abalanzarse sobre mí como un ave rapaz sobre su presa de un momento a otro. Aunque lo hubiera intentado, no me habría dado tiempo de esquivarlo, mi estado no me permitía reaccionar, así que, nuevamente, me defendí de la misma manera que lo había hecho momentos antes: cerré los ojos y apreté los dientes con la absoluta certeza de que aquel ser me devoraría. Me resigné.

CAPÍTULO 16

—Juampe, tío. —Abrí los ojos y a mi lado se encontraba Pistolero, con cara de preocupación. Casi en un acto reflejo miré la figura de la fuente; los niños seguían en su postura eterna, en la quietud y la calma que les otorgaba el hecho de ser de hierro forjado. La absurda situación hizo que no pudiera contener la risa. Me apoyé en Pistolero para no caer al suelo —la risa, a veces, arrasa con el equilibrio, o quizá fuera el pepino—. El hecho es que allí estaba yo, riéndome de mi propio caos mental, apoyado en un colega que se caía a trozos, envuelto en asquerosos gusanos…
—Pistolero, ¿sabes qué? ¡Eres un zombi de puta madre! —Ni que decir tiene que Pistolero no entendió por donde iban los tiros.
—Joder, compañero. ¡Vaya morao! Solo a vosotros se os puede ocurrir tomaros un puto ácido de esa manera. Uno ha de ser comedido. —Recuerdo que pensé en lo curioso de la situación; “comedido”, un puto yonqui me hablaba de ser comedido—. El ácido se toma a cuartos. Sois unos capullos, os habéis tomado uno entero como si fuera un caramelo. Estáis zumbaos —diciendo esto, introdujo la mano en el bolsillo de su chaleco—. Toma —me ofreció. En la palma de su mano, tres pastillas redondas y de color marrón claro. Sin cogerlas le pregunté:
—¿Y eso que es? ¿De verdad crees que necesito algo más?
—Mira. Estas rulas son Valium, me aportan un poco de paz cuando empieza el mono. Son relajantes; yo siempre procuro llevar. “Yonqui precavido vale por dos”. —Ambos reímos la absurda gracia. Personalmente, los yonquis siempre me han dado un poco de pena.
—Lo que te pasa ahora mismo es que no estás sabiendo llevar las alucinaciones, te estás dejando arrastrar por el pánico. Debes relajarte, dejarte ir, disfrutar las visiones. Hazte a la idea de que eres un chamán en busca de la conexión del hombre con el universo, en vez de un anormal drogado hasta las cejas y cagado de miedo.
“Conexión del hombre con el universo”. Sonreí. Si él supiera…
—Está bien, dámelas. —Alargué la mano, cogí las tres pastillas y con un movimiento brusco las introduje en mi boca. Me agaché y bebí agua de la fuente. Ya puestos pasé mi nuca por el chorro; mi cabeza quedó empapada. Al incorporarme, el pelo goteaba sobre mi ropa. Fue refrescante.
—¡Muy bien, si señor! ¡Ahí, con moderación! ¡Dí que sí! —Miré a Pistolero que seguía a mi lado observándome con aire incrédulo. Me miraba y no dejaba de dar sonoras y lentas palmadas—. ¡Muy, pero que muy moderado, el señorito Juampe! —siguió hablando—. ¡Ahí, con dos cojones! Autocontrol. El tío… ¡Ala! ¡Zasca! Las tres pa dentro. Como los bebés con la papilla: to pa dentro. ¿No te apetece un eructo para redondearlo, capullo?
—¿Qué pasa? —le pregunté, observando con alivio que ahora ya no parecía un zombi.
—¿Cómo que “qué pasa”? ¡Te acabas de tomar las tres rulas de golpe!
—¡Joder! Perdona. Creí que…
—“Creí que… Creí que…” —se burló de mí—. Acabamos de hablar de ser comedido, ¿no?
—¡Hostia, es verdad, nen! Ya sabes que soy un golosillo. —Pistolero empezó a reír y, cómo no, yo también. Como ya dije, era fácil reír en aquella época—. Venga, vamos con los demás, que se lo van a fumar todo.
Nos acercamos de nuevo a nuestros amigos. Nada más tomar asiento, alguien me pasó un canuto; lo cogí, di una gran calada, contuve el aire todo el tiempo que pude en mis pulmones y a continuación exhalé una columnata imparable de humo blanco y denso. Una tos ronca me invadió. Pistolero golpeó mi espalda, mientras yo golpeaba con fuerza mi pecho.
—Ya pasó, ya pasó… —dije intentando contener aquel acceso de tos.
Lentamente todo volvía a la normalidad. Mis amigos volvían a ser seres humanos sin pústulas y yo sentía un torrente de paz colonizando mi cuerpo.
Entonces, la enorme sombra de un péndulo se abalanzó sobre mí para desaparecer al instante. Dirigí mi mirada hacia el lugar del que procedía. Allí, en el cielo, pude ver cómo el sol oscilaba hacia un lado y hacia otro y, casi al momento, caía al mar, como si Átropos hubiera cortado el hilo que lo sostenía a la bóveda celeste. No escuché ningún impacto, pues el sol no llegó a tocar el agua del mar, simplemente desapareció en el aire. La noche volvía a reinar nuevamente. Me tranquilicé un poco. Todo parecía volver a su cauce.
—Jaume, ya te puedes quitar las gafas, nen. —Jaume lo hizo y, en un acto reflejo, puso su mano a modo de visera. Evidentemente, para él, el sol persistía. Al ver aquello, no pude evitar estallar en una carcajada. Nadie me prestó demasiada atención: para aquel entonces cada cual estaba sumido en sus propias risas. Multitud de dispares conversaciones pululaban por el círculo. En conjunto, nuestras voces sonaban como un mantra, quizá incluso como un puto gallinero. Fui consciente de que algo maravilloso me estaba ocurriendo. Aquella asfixiante sensación de comunión con el universo, con el pasado, presente, futuro; aquella especie de sabiduría, había desaparecido. Ya no percibía todas las vidas habidas y por haber. No podéis ni siquiera imaginar la paz que sentí en aquel momento, fue una sensación extremadamente gratificante, mucho más incluso que un orgasmo. Todo volvía a la normalidad…. Bueno, no exactamente; seguía percibiendo toda aquella extraña comunión con el cosmos, como en uno de esos sueños que se instalan en la punta de la lengua, pero más real, más latente, instaurado tras el cerebro, casi derrapando por el pelo, agazapado y agarrado al hueso craneal con fuerza. A pesar de todo, la risa continuaba imperturbable en mi cabeza, más suave, casi sorda, pero latente. Aun y así suspiré; me sentía tan libre… El exceso de Valium hacía que casi no pudiera ni abrir los ojos, pero qué más daba, pudiendo palpar el siguiente porro, lo demás me importaba poco.

CAPÍTULO 17

Un silbido insistente acompañado del ajetreado traqueteo de un tren me arrancó bruscamente del país de los sueños. No sé cuánto tiempo dormí, podrían haber sido cinco minutos o cientos de años, lo cierto es que me sentó muy bien. Me encontraba totalmente relajado. La pesadez de los parpados había desaparecido por completo. Me sentía liviano.
Al ver que me incorporaba, Pistolero me ofreció un canuto.
—No tío, no me cabe ni una calada más —rechacé.
—Haces bien, Juampe. Lo dicho: moderación. Me voy a meter un pico.
El muy cabrón lo dijo con suma naturalidad. Era un yonqui pulido, eso sí, si algo me quedaba claro era que ese tipo jamás se contagiaría de sida.
Un día, mientras esperaba a que bajase Cañete, sentado en su portal, se acercó a mí un conocido de la infancia. Parecía un vagabundo con aquellas sucias ropas, sus mugrientas manos y el insoportable hedor que desprendía. Me pidió fuego. Saqué el encendedor de mi bolsillo y se lo ofrecí. Cuál no sería mi sorpresa cuando el colega dejó ver el contenido de su mano izquierda: una chuta con todos los números de la cánula borrados; en su interior, un poco de líquido marronoso. Inmediatamente mi mirada quedó clavada en aquella aguja, ¡joder! estaba completamente torcida y ennegrecida. El chaval me contó que estaba obturada y que el encendedor era, precisamente, para desobstruirla. Aplicó la llama y casi al momento probó si aquella asquerosidad funcionaba. Una gota de aquel maldito líquido osciló en la punta resistiéndose a caer; entonces aconteció la escena más dantesca…
Observé absorto toda aquella operación. El tío intentó clavarse en la vena aquel proyecto de aguja, pero no atravesaba la piel. “Cámbiale esa aguja, hombre. ¿Qué no ves que está asquerosa? Eso ni siquiera pincha”, le dije, pero claramente él tenía otra idea sobre el asunto. No dijo nada, se limitó a agacharse y a rascar la punta por los adoquines de la acera con intención de afilarla. Una vez realizada tan pulcra operación, procedió a intentar de nuevo la punción. Esta vez tuvo éxito, la aguja penetró en la piel al segundo intento y se instauró en la vena, la cual daba muestras de haber sufrido dicha agresión infinidad de veces. Las venas del pliegue interior del codo formaban una espectacular “Y” de punciones a medio sanar.
Ni siquiera se sentó; allí, de pie, empezó el suave bombeo. Primero extrajo sangre; no mucha, la justa para que el líquido de la cánula se tornara rojo. Luego, con calma, hizo bajar aquel veneno presionando el émbolo con el pulgar, el líquido desapareció. Instantes después se incorporó al torrente sanguíneo. Repitió la acción cuatro o cinco veces y retiró la jeringuilla. Aquella aguja había hecho una pequeña fisura de la cual empezó a emanar sangre; no mucha, tan solo un fino hilito. Se limitó a humedecerse la punta del pulgar con la lengua y a pasarlo suavemente por la zona afectada. Increíblemente, la sangre dejó de manar. Acto seguido me ofreció el encendedor. Lo rechacé. “No, no, quédatelo”. Sonrió aceptando aquel regalo, pero lo cierto es que me dio asco volver a tocarlo. “Venga, colega. Hasta otra…”, dijo mientras guardaba la jeringuilla en su roñoso calcetín, y reanudaba la marcha. ¿Hacia dónde? Estaba claro: a robar lo que fuera para volver a chutarse lo antes posible. Intentar evitar a toda costa el terrible mono; así llamaban al síndrome de abstinencia. Cuanto más cerca de ese momento estuviera, más violento se volvería a la hora de intentar hacerse con dinero. Aquel chaval tenía una facilidad pasmosa para apuñalar a quien fuera por unas migajas de dinero.
Esa fue la última vez que supe de él, por lo menos con vida. No había pasado ni un mes de aquello cuando una noticia salpicó la pantalla de televisión: un heroinómano había sido encontrado muerto en la riera de Pomar—Morera. Decían que el individuo en cuestión tenía casi todos los huesos del cuerpo rotos. Imaginaban que lo habían molido a palos. Nunca encontraron su cabeza. Otro ajuste de cuentas… Otro muerto por la lacra de las drogas. Otro joven aparcado de la vida.
En el barrio, la gente, las madres, los abuelos e incluso nosotros mismos, nuevamente, lo que pensamos, lo que dijimos fue “Otro puto yonqui menos. ¡Que se joda!”
CAPÍTULO 18

Mientras recordaba todo aquello, Pistolero preparaba toda la parafernalia para chutarse el pico anunciado. De un bolsillo interior de su chaleco, sacó una pequeña cajita metálica; parecía un diminuto ataúd; irónico, puesto que, ciertamente, muerte es lo que contenía.
El círculo experimentó un profundo silencio. Miré a mi alrededor; “demasiados ojos ávidos”, pensé. Al abrir la caja, su contenido, pulcramente ordenado, quedó al descubierto: una jeringuilla de vidrio desmontada en dos partes que Pistolero no tardó en ensamblar, una inmensa aguja hipodérmica enroscable, una pequeña botellita de alcohol y otra de agua destilada y, cómo no, una pequeña papelina de heroína.
—¿Te vas a chutar aquí? —y señalé al crío de ocho años que había venido con Ángel.
—¿Ese? —sonrió Pistolero—. Fíjate en sus ojos. Es el más goloso. Te aseguro que sabe de qué va esto…
Joder. Pistolero tenía toda la razón del mundo, sus ojos delataban anhelo.
—¡Ángel, llévate al enano! —grité.
—No te preocupes por él, Juampe, no será la primera vez que lo vea. Sus viejos también se chutan.
Miré de nuevo a aquel niño. Estaba agazapado, en cuclillas, fumando chocolate sin parar. Más que un crío parecía una gárgola. Sus ojos enrojecidos encerraban una fría mirada, demasiado fría. Aún hoy en día, no sé si me infundió más pena que grima o más grima que pena.
Dirigí mi atención hacia Pistolero y su elaborado ritual. Una vez montadas las dos piezas, procedió a vaciar la caja. Rompió la botellita que contenía el alcohol y escanció su contenido en un pequeño departamento estanco de la cajita. Metió dentro la aguja y le prendió fuego. Debido al silencio, un sonoro ploff se escuchó al combustionar. Al poco, apagó aquello, esperó un tiempo prudencial a que la aguja no quemara y la ensambló a la chuta. Entonces sacó de su bolsillo una cuchara con el mango retorcido; su forma de anillo le permitía sostenerla con facilidad. Vació en ella el contenido de la pequeña papelina del tamaño de una uña. Una porción miserable de polvo marrón manchaba una pequeña parte de la base de la misma. Luego abrió la botella de agua destilada y vertió una ínfima cantidad sobre aquel grotesco y maldito polvo. Después cogió un encendedor y aplicó su llama a la cuchara calentando su contenido. Así la mantuvo hasta el momento en que el agua se tiñó de un marrón intenso y empezó a burbujear. Entonces esperó con impaciencia a que la mezcla se enfriara. Me invadió un fuerte olor a medicina, un olor acre… Mientras, Pistolero nos agasajó con un estruendoso pedo.
—¡Joder, qué cerdo eres! —le insultó Faustino tapándose la nariz.
— Perdonad —se excusó Pistolero—. Cuando estás a punto de chutarte, el cuerpo se vuelve un poco loco; el estómago se descompone.
—¡A ver si te vas a cagar encima, tío! —dijo Marc sonriendo.
—Pues no sería la primera vez, te lo aseguro.
—¿Cuánto cuesta esa papelina?
Más rápidamente de lo que me hubiera gustado, David dijo:
—Dos mil pesetas.
—¡Dos mil pelas! ¿Y cuántas te chutas al día? —Pistolero se giró hacia mí y empezó a explicarme:
—Eso depende. Para serte sincero, todas las que puedo. No sé, hay tíos que tiran con una, otros con una no tienen ni para empezar… Tengo colegas que se chutan veinte diarias y un tipo de Pomar que hace ocho años que se mete caña, tan solo lo hace una vez al mes… Es todo muy relativo, Juampe.
Yo estaba alucinando. Un sueldo alto de la época era de 150 000 pesetas, pero la mayoría de curritos no superaban las 100 000; muchos yonquis eran hijos de estos últimos. ¡Joder, veinte papelinas diarias equivalían a 40 000 pesetas! ¡Uffff, qué locura! De ahí el juego interminable: papelina-chuta-robo, papelina-chuta-robo… Un juego que, en principio y con suerte, solo podía detenerse con una condena carcelaria; si no era así la otra alternativa era la muerte.
—¿Y tú de dónde sacas la pasta? La verdad es que no te hago robando.
—No, jamás he robado en mi vida, ni lo haré. Soy de moral muy estricta. —El tío era la leche.
—¿Y cómo te lo montas, entonces?
—Luego te lo cuento. Ahora deja que me chute de una vez ¿quieres?
—Por supuesto tío. Chuta, chuta.
Pistolero siguió con su ritual, sin prisas, pero claramente con ansia. Sacó un cigarrillo de su paquete de Fortuna y procedió a arrancar una pequeña hebra de la boquilla; hizo una bola con ella y la arrojó dentro de la cuchara.
—¿Para qué haces eso? —pregunté.
—¡Joder tío, qué pesadito! —me dijo sonriendo—. Hace de filtro.
Acto seguido metió la punta de la aguja dentro del líquido y la puso en contacto con el pequeño algodoncito. Fue llenando la jeringuilla. Cuando terminó la operación, el líquido llegaba hasta el número 10; escasamente un centímetro cúbico de líquido marrón. En ese momento, Pistolero nos “deleitó“ con otro estruendoso cuesco.
—Huy, huy, o me chuto ya o se me derrama la caca.
Ni que decir tiene, todos reímos su frase, aunque no creo que él pretendiera hacer ninguna broma.
Lo que aconteció después lo habíamos visto centenares de veces en los últimos años: la aguja a la vena, el líquido al torrente sanguíneo y casi al instante, las facciones sumamente relajadas evidenciando una inmensa paz. Sus gestos se ralentizaban, su voz bajaba una cuarta, sus palabras eran pastosas… Muchas veces, en los primeros chutes vomitaban. Era increíble ver los dos extremos, puesto que el mono implicaba todo lo contrario: una hiperexcitación en la cual podían hacer las cosas más descabelladas. Una verdadera locura de vida.
Pistolero terminó su punción. Con calma recogió los bártulos y durante un buen rato quedó alienado, fuera de juego…

CAPÍTULO 19

—¡Hey, ven aquí hombre! —le gritó Ángel al Niño, que sin razón aparente se había levantado y corría como un loco.
—¿Qué le pasa? —le preguntó Chele.
—¿Qué le va a pasar? Que lleva un morao de la hostia y cuando se pone a gusto no sabe ni lo que hace. Fíjate, ahora le ha dado por correr, otras veces por gritar, otras por llorar… Es impredecible.
—Si es que no es más que un crío… —intervino Faustino compadeciéndose—. ¿Qué hace por la calle a estas horas? Son las dos de la mañana, debería estar en casa durmiendo. ¿Sus padres lo saben?
—Sus padres son dos yonkarrones —respondió Ángel.
“Y tanto que lo eran”—pensé. Y recordé la historia que unas semanas antes me había contado él mismo en los autos de choques situados en la playa frente a la calle del Mar.
Aquel día estaba con Cañete; Atari trabajaba allí y muchas veces nos proporcionaba fichas gratis. Muchos festivos, bajábamos con él. Era un curioso lugar varado en el tiempo, una atracción perenne anclada junto al mar. En las fiestas de Mayo o en cualquier época en que la feria visitaba nuestra población era frecuentado por centenares de personas, cobraba vida, incluso parecía que sonriera. Pero no todo dura eternamente. Los feriantes recogían y marchaban para continuar su particular trashumancia. Cuando esto sucedía, daba la sensación de que el lugar se entristecía, perdía su buen ánimo. Es ridículo, lo sé, aun así, podría jurar que su color se deslucía, se tornaba lúgubre. Era entonces cuando lo habitaba una curiosa fauna, un sin fin de sujetos que parecían ser atraídos por alguna fuerza oculta.
Aquel día en cuestión estábamos Cañete y yo —como ya he dicho— sentados en la barra protectora del recinto, fumando canutos, cómo no, y riendo. Vi como llegaban por la Rambla Ángel, el Niño (me daba tanta grima que jamás pregunté su nombre) y cuatro críos más. Eran todos de San Roque, uno de los barrios más conflictivo de Badalona, y por Dios os juro que aquellos pequeños eran verdaderos hijos de puta. Oscilaban entre los dieciséis años y los ocho de aquel crío infernal. Muchas veces llegaban en un coche robado; algún 600, un 127, un 124… Decían que eran fáciles de robar. Con estos vehículos se desplazaban a sus anchas y, de paso, aprovechaban para desvalijar su interior. A veces, como remate a su obra, los destrozaban o quemaban.
Aquellos seis energúmenos se dedicaban a asaltar con navaja a todo aquel que se dejara. Solían ir con un colega nuestro de la Morera; este era enorme y entre todos intimidaban a sus víctimas, normalmente pijitos que iban a Titus.
Casi todos eran hijos de obreros, gente normal con verdaderos cabrones por hijos. Ese tipo de bandas proliferaban como la podredumbre en un trozo de carne expuesto al sol. Pequeños grupos de menores que delinquían por sistema; niños que en vez de acudir a clase, se pasaban la mayor parte de los días pululando por las calles de nuestra ciudad, buscando víctimas, buscando dinero y consumiendo drogas; muchos de ellos uniformados con pantalón tejano y chupa de cuero, chapas de AC/DC, Deep Purple, Led Zeppelin, Ramones, etc., puestos hasta el culo de drogas, la testosterona supurando por su piel y una navaja en el bolsillo. En definitiva, pequeñas bombas de relojería andante, futuros yonquis, futuros talegueros, futuros muertos…
Todo ello fue un buen caldo de cultivo para la oleada de robos que en aquella época asoló Badalona, Cataluña, España… Aunque aún hoy en día, pasados tantos años, sigo creyendo que el ingrediente más pérfido de aquel cóctel fue la falta de empleo; demasiado tiempo libre. Muchos terminaron siendo esclavos de las drogas. Coqueteaban con todo: cola de impacto, anfetaminas, hachís, cocaína, mezcalina, marihuana, Padillan, Reinold, Optalidón, Diazepán, LSD, Dexedrina, Valium… Todo era bueno para darse al juego. Ansiolíticos, estimulantes, antiepilépticos, jarabe para la tos, antidepresivos, depresores…. Todo era bueno regado con alcohol. Al fin y al cabo, todo subía, todo hacía que la realidad quedara atrás, aunque solo fuese por un rato, pero dicho problema tenía fácil solución: tan solo era cuestión de tomar más. Un tosco sistema para intentar disfrazar una realidad de penalidades.
Muchos de los jóvenes que se dieron a ese juego, con el tiempo, dejarían toda esa mierda, pero una parte de ellos dio de bruces con la horma de su zapato: la heroína.
Toda esa fauna confluía de una manera u otra en aquella Badalona, degradándola día a día, y una de sus principales ubicaciones era, precisamente, aquella vieja atracción.

CAPÍTULO 20

—¡Empanao! —me gritó Jaume al oído sacándome de mis pensamientos.
—¿Qué? —Durante un instante no supe ni dónde estaba.
—Toma, fuma. —Me ofreció otro canuto. ¡Dios! ¿Es que no se terminaba nunca o qué?
—Voy a la playa a mear. ¿Te vienes?
—Uf, Jaume. Mejor ni intento levantarme, tío —le dije arrastrando muchísimo las palabras debido al Valium—. Jaume se fue deprisa.
—Vale, vale, sigue en tu mundo —dijo mientras saltaba la valla del tren.
Fue la última vez que lo vi. Sencillamente paso a ser uno de los miles de desaparecidos que engrosan las listas de casos sin resolver de la policía.
Solo yo conozco su paradero. Jamás debió de atravesar aquella extraña puerta. Puto tripi.

CAPÍTULO 21

Ángel y sus colegas no iban a tardar demasiado en ser heroinómanos; de hecho, ya estaban inmersos en la espiral de su consumo.
Aquel día en los auto-choques se acercaron a nosotros. Yo sostenía un canuto en la mano. El pequeñajo, al verlo, me lo pidió. Me negué. Ni loco dejaría que fumara. Se empezó a poner muy pesado; ese tipo de pesadez que solo los enanos saben manifestar. Entonces, cuando me fijé en sus ojos, en sus pupilas, pude ver que eran del tamaño de la cabeza de un alfiler. Alcé la vista hacia los demás; todos iban igual: hasta el culo de caballo. Me levanté y agarré a Ángel por la pechera.
—¿Le habéis dado caballo al crío? —le reprendí.
—¿Nosotros? ¡Qué va, Juampe! Mira tío, de tanto en tanto nos chutamos, pero no te preocupes, lo tenemos controlado. —Jodida frase—. Y no, no te apures, no le hemos dado caballo al crío, es él quien lo trae. Sus viejos son camellos y él empezó a chutarse a los siete años, de hecho, lo hemos probado por él. De tanto en tanto, le roba unas migajas a sus viejos. —Me quedé atónito.
Yo venía de una familia clase media-alta. Ni se me habría pasado por la cabeza probar las drogas siendo un chaval, pero estaba claro que aquel crío no era, ni siquiera, clase media-baja, directamente, sus padres eran bazofia.
—¿Pero cómo es posible que haya gente así?
—¿Que cómo es posible, Juampe? ¡Na! ¿Tú qué sabrás de la vida, pijo de mierda? Vives en la Morera, tío. Juegas a ser un poco macarra fumándote una mierda de porro y levantando la solapa de tu chupa. La vida es dura, colega. —Pensé que quizá tenía razón. No repliqué—. ¿Quieres saber por qué es así el enano?
—Entiéndeme, Ángel, mi hermana mayor tiene un hijo de su edad. Mi sobrino es un encanto. En cambio, cada vez que veo a ese cabroncete, se me ponen los pelos de punta. Me parece que no puede ser real.
—Claro hombre, si te entiendo, pero la vida de este —señaló al Niño con la cabeza— no ha sido precisamente un camino de rosas.
Personalmente, poco andaba por aquel barrio. San Roque hacía de frontera entre Badalona y San Adrián. Bloques y más bloques de cemento que se asemejaban a un cementerio, un lugar donde hacinaron a centenares de familias procedentes de cutres barracas, tan prolíferas en los 50. Mi recuerdo de aquel Sant Roque es un recuerdo sumamente gris, un lugar subhumano donde la miseria campaba a sus anchas. Por supuesto, muchas familias trabajadoras también vivían allí, gente sencilla, gente humilde sin pretensiones. Desgraciadamente, la heroína clavó sus fatídicas garras con mucha fuerza en aquel maldito lugar. Era fácil ver en sus plazas yonquis chutándose, gente trapicheando… Cualquier droga era asequible si tenías dinero, pero la que más impacto causó fue, sin duda, la heroína. Curioso nombre, heroína, pero en cierto modo, el más apropiado: realmente cuando entraba en contacto con la sangre, la gente se creía invencible. ¡Pobres diablos! Poco podía imaginar el químico Dreses los desastres que causaría su creación.
Una vez leí un relato sobre la posibilidad de viajar al pasado y matar a Hitler antes de que este imaginara siquiera su futuro genocidio. En ocasiones me pregunto qué ocurriría si alguien pudiese aparecer en 1883 y matase de un tiro a bocajarro al químico alemán antes de que sintetizara la morfina y la transformara en la temible heroína. Por otro lado, su propósito era mejorar la calidad de vida de la gente, no crear atracadores, asesinos y adictos. Muchas veces sucede eso; el ser humano crea algo ahondando en su parte positiva, pero la sempiterna dualidad hace que, irremediablemente, surja la parte oscura.
¿Sería un asesino quién hiciera eso? La heroína ha matado más gente que el puto genocidio alemán. Y ya puestos, ¿por qué no mandar a una mujer? Así podríamos usar ese nombre con propiedad, devolviéndole su esplendor, puesto que ella sí sería una heroína.
Los titulares de los periódicos de la época eran demoledores: “El 5% de los jóvenes ha probado la heroína en algún momento”, rezaba un titular. “La sociedad no encuentra el camino para regenerar a tanto joven delincuente. Muchos de ellos son reeducados en el campo”, anunciaba otro.
¡Qué ironía! Sus padres habían huido del campo buscando un futuro mejor y ese futuro había convertido a sus hijos en maleantes. Era fácil ver a niños menores de diez años inhalando cola y pegamento. Bandas infantiles invadían las calles. Una de las más peligrosas era de la Mina, —un barrio tan nocivo o más que San Roque: había cometido más de 500 delitos. Casi cada día alguna noticia sobre la violencia generada por el consumo de estupefacientes salpicaba la realidad, era algo tan cotidiano como el paro y la miseria.
Unos años atrás, El Vaquilla había horrorizado a la sociedad —Dios mío, un niño delincuente, decía la gente—. En los 80, la palabra delincuente y la palabra niño iban muchas veces de la mano, demasiadas veces.
“Un muchacho de 15 años, El Gato, eclipsa, incluso la dura historia del Vaquilla”—, anunciaba la portada de La Vanguardia—. No demasiado tiempo después El Periódico marcaba en primera plana la historia de El Chocolate y El Macarra, dos chavales que se enfrentaban a 300 años de condena. Mantuvieron en vilo al país con once rehenes durante veintiséis horas en el transcurso del atraco a un banco.
Podría continuar horas y horas explicando fechorías perpetradas por menores, solo en aquel año. 1983 fue un duro año para una generación que veía cómo sus hijos se adentraban en una oscura realidad, aunque para ser justos, muchos de esos padres habían contribuido a ello con sus constantes borracheras.
Lo dicho, fue una época dura. El 16% de alumnos catalanes no conseguía, ni siquiera, el Graduado Escolar y ese fracaso unido a la imposibilidad de encontrar trabajo fomentaba aquella peligrosa forma de vida. En definitiva, el fracaso escolar, el primer escalón de descenso hacia el infierno…
Ángel empezó a narrarme la vida, la corta vida de aquel crío. Me dijo que sus padres eran yonquis y que tuvieron al Niño siendo aún adolescentes. Muchos bebés vienen al mundo entre algodones, rollizos y sonrosados; este en particular, nació en la calle, entre basura, en el barrio de Can Tunis (un barrio marginal de la periferia de Barcelona), y con el síndrome de abstinencia bajo el brazo.
La madre ejercía de puta en las largas temporadas que el padre pasaba en prisión. El bebé fue alimentado con leche y algo de caballo —si no era así, no cesaba de llorar— hasta los tres meses. Fue entonces cuando detuvieron a sus padres por un robo con agresión. El primer médico que atendió al infante no pudo evitar derramar unas lágrimas al ver el estado del pequeño. Tras unos meses de tratamiento, limpiaron su cuerpecito de substancias toxicas y le entregaron la custodia a los abuelos paternos (pues los maternos habían muerto siendo ella una niña, en un accidente de tráfico. Pobrecita. De hogar de acogida en hogar de acogida, de abuso en abuso…).
La criatura estuvo con sus abuelos un par de años, quizás los únicos normales de toda su puta vida. Entonces otorgaron la libertad a sus progenitores; estos salieron a la calle limpios de polvos impuros. Juraron y perjuraron no volver a las andadas.
Los abuelos compraron un pisito en un bloque cercano, con los ahorros de dos trabajadores impenitentes que vieron un atisbo de luz en sus vidas con la curación de su hijo. A solas comentaban que quizá la cárcel no había ido mal, que quizá era lo que su hijo necesitaba para abrir los ojos…
En realidad así había sido. Su hijo y su nuera habían pensado largo y tendido sobre su futuro. A partir de ahora, nada de atracos, nada de hacer de puta, nada de drogas…
Por desgracia no todo es como esperamos. Dos meses después, un atraco salió bien. 500 000 pesetas limpias de impuestos, no así de sangre. En su frenética huída dispararon a un guarda de seguridad del banco, matándolo en el acto. Pero eso era lo de menos, lo importante era que ese dinero, bien jugado, era un pasaporte para no volver a pasar el mono nunca más.
Y así fue. Invirtieron el dinero íntegro en jaco de la mejor calidad, que una vez mezclado con tiza y mil productos más: azúcar, quinina, lactosa, barbitúricos, bórax, sedantes, Piracetán…, se transformaba en la mierda que corría por la calle.
En la cárcel, y desde la experiencia, un camello con el que él compartió celda, le reveló el secreto para no tener demasiados problemas con la justicia. Era sencillísimo, parte del dinero debía de ir a la persona indicada: el comisario de turno.
El juego era sencillo: cuando vendían la mercancía, compraban más. Los sobornos alejaban a la policía. Ellos aseguraban su consumo diario y el sobornado una buena jubilación. Nadie perdía. Bueno… quizá sí: el Niño. Día tras día, convivía con sus padres, casi siempre colocados. De muy pequeño aprendió que si quería comer, más le valía buscarse la vida. Desde los cinco años era el encargado de ir a por el caballo ¿Quién sospecharía de él?
No sé si cuando una criatura nace con el síndrome de abstinencia, más tarde, cuando crece, lo recuerda. Pero lo cierto es que él empezó a los siete años a coger una ínfima cantidad. Sus padres ni se enteraban. Él, muchas veces, preparaba el corte de la droga. A los ocho años se chutaba como un campeón. Imaginad a alguien de esa edad haciendo semejante locura… ¡Joder! Me parece demencial, pero así era. ¿Qué quedaba de un país que depositaba su esperanza de futuro en los jóvenes?
Recuerdo que pregunté a Ángel cómo sabía tanto de aquel enano. Es hijo de mi primo, me dijo. No lloró, pero su cara evidenciaba una gran tristeza. Recuerdo que todos aquellos niños, a pesar de que siempre estaban riendo, reflejaban, a su vez, tristeza en la mirada.
—Ángel.
—Dime, Juampe.
—Ve a buscar al chaval, ¿no?
—Sí, voy.
Ángel fue en pos del hijo de su primo. Su figura fue engullida por la noche. Al rato escuchamos un nuevo derrape. Los dos marcharon de allí de la misma manera que habían llegado.
No volví a saber de ellos hasta dos semanas después. La cara del Niño no se veía, pero reconocí su cuerpecito en la foto de aquel periódico. ¡Joder, ocho añitos y en portada!, pensé. El artículo rezaba así:
“Otra estúpida muerte rompe la rutina”
Ayer por la tarde un niño de ocho años, vecino del Barrio de San Roque, increpó en el Parque de las Palmeras a Juana Martos, también vecina de Badalona. El Niño pidió a la mujer un duro, navaja en mano. Esta, al ver la corta edad del atracador, lo ignoró y continuó su camino. El niño, que en aquel momento se encontraba bajo los efectos de la heroína, hirió gravemente a la mujer. Poco después los servicios médicos de urgencias no pudieron hacer otra cosa que certificar su muerte.
El artículo desvelaba mil detalles más del suceso. Testigos desolados por no haber sido capaces de prever aquel final, conocidos de la pobre mujer alabando a su persona y lamentando la pérdida y, cómo no, de aquel puto diablo…
¿Qué fue después de aquel monstruo? Le perdí el rastro. Imagino que se desvanecería del reformatorio donde lo encerraran y volvería a materializarse en el mismo infierno. A sus compañeros de fechorías no les aguardaba un destino mucho mejor. Adictos a la heroína, cárcel, sida, muerte, muerte, muerte…
Una vez pregunté a Pistolero a qué olía el caballo al quemar.
—Huele —me ofreció. Mi negativa fue tajante, no quería ni oler aquel veneno.
—Bueno, Juampe, verás… Huele como a café excesivamente tostado, mezclado con caramelo amargo. Un olor seco, acre, que nada más llegar a tus fosas nasales, hace que tu cuerpo se estremezca.
—¡Qué va, Pistolero! ¡Qué va! Esa mierda huele de una hora lejos a muerte.
Años después vi a Ángel, único superviviente de aquel quinteto. Era padre de un precioso niño de ocho años. Su mirada seguía siendo triste, con esa profundidad que solo denotan los ojos de aquellos individuos que han vivido demasiado.
—¿Sabes una cosa, Juampe? —me dijo mientras me mostraba la foto de su hijo—. Por suerte, él aún juega. —Una lágrima casi invisible rodó por su mejilla.

CAPÍTULO 22

Como sin darnos cuenta, el círculo se estrechaba.
—Juampe, tío —dijo David.
Atari y Cañete estaban enfrascados en una de sus particulares peleas absurdas.
—¿Queréis parar ya? —les increpó Faustino. Y no era para menos, acababan de hacer, con sus bruscos movimientos, que se le cayera un canuto de las manos.
—Sí, perdona —dijo Cañete poniéndose en pie. Pero la verdad es que duró poco en aquella postura. Atari, en un movimiento muy preciso, metió el pie entre sus piernas y asestó un golpe suave y seco en sus testículos.
—¡Uf! Eso ha tenido que doler —dijeron al unísono Antonio y Marc partiéndose el culo de risa.
Cañete se retorcía en el suelo con cara de dolor pero riendo a la vez. Increíblemente, el muy cabrón se mantuvo durante toda la jugada con el canuto entre los labios.
Chele se incorporó al círculo con dos litronas, en algún momento había marchado a por ellas. Curioso tipo, Chele. Siempre andaba un poco ebrio, sin hacerle asco a las drogas, por supuesto, pero estaba claro que la priva era su delirio particular.—¡Juampe! —me llamó de nuevo David. Me giré hacia él.
—¿Te vienes a mear?
—Sí. —Me levanté y nos dirigimos hacia la playa. La verdad es que fui con él porque una pregunta rondaba en mi cabeza (a parte, por descontado, de aquella puta risa incrustada en mis sesos).
Cruzamos la vía del tren por el paso subterráneo, oscuro y maloliente. Al llegar a la playa, David empezó a mear, yo me quedé tras él y lancé mi duda.
—¿Te chutas? —Noté que recibió la pregunta como un impacto.
En principio, un silencio intenso fue la única respuesta. David y yo eramos amigos desde que mi memoria podía recordar. Fuimos juntos al cole durante toda la EGB, juntos empezamos a fumar a escondidas… Recuerdo que salíamos con prisa de clase el día que teníamos tabaco y nos metíamos en una casa abandonada y en ruinas; Casavieja la llamábamos. Allí quemábamos cigarrillos sin tragarnos el humo, con fluidez, mirando ávidamente hacia la calle, intentando a toda costa que ninguna vecina chafardera y arpía, pudiera ver nuestras actividades. Era primordial que nuestros padres no nos descubrieran. No sé si era más gratificante fumar o el hecho de estar haciendo algo prohibido, la cuestión es que jamás nos pillaron. Estaba claro que se nos daba bien poner cara de póquer y negar con vehemencia cada vez que nos increpaban por el fuerte olor a tabaco. La respuesta era el mantra de siempre: No mamá, yo no fumo, pero donde he estado si fuman y claro, la ropa… En fin, poco más o menos, lo que todos los críos dicen cuando empiezan a fumar.
David y yo teníamos mucha confianza. Yo le hablaba del cabrón de mi padre y sus tajas y él correspondía contándome también sus problemas.
Era el mayor de cuatro hermanos. Su infancia había sido difícil. Por una parte nunca faltó el dinero en su casa: colegios de pago, fines de semana en segunda residencia, ropas de marca… En fin, otro pijito de la Morera, que diría Ángel. Pero todo aquello tenía un coste…
El padre era viajante, nunca supe exactamente con qué comercializaba, pero el hecho es que pasaba media vida en Hispanoamérica. México era su segunda residencia. Quimet, ese era su nombre, un señor de pies a cabeza, siempre dispuesto para iniciar un nuevo viaje de negocios que reportara más dinero. Su obsesión era dar una buena educación a sus hijos e intentar dejarles un buen patrimonio. Por culpa de sus largos viajes, se estaba perdiendo toda su infancia. “Tot no pot ser” . Decía a menudo.
Qué razón tenía. Jornadas maratonianas en pos de un futuro mejor para los suyos, mientras en casa se fraguaba el desastre. Una madre excesivamente celosa de la razón, del orden, de las normas… Una madre excesivamente dictatorial tomaba el mando. Tenía una facilidad espantosa para propinar un cachete a la mínima de cambio.
Una vez, cuando David tenía tres años, golpeó sin querer la cuchara con la cual su madre le acercaba la sopa, con tan mala fortuna que esta cayó al suelo. El tintineo de la misma acompañó el líquido y los fideos mientras se esparcían por todas partes. La mujer propinó un fuerte guantazo al niño y, no contenta con esto, cogió del armario de la despensa una flamante cuerda de nailon verde y procedió a atar al niño a la silla. El circo estaba montado: sus tres hermanos llorando y él gritando e intentando escapar de aquel improvisado cautiverio.
La madre no paraba de chillar mientras continuaba increpándoles para que comieran. En mala hora el padre decidió dar a aquella mujer vía libre con sus hijos. En mala hora dejó el control de sus cuatro retoños en manos de aquella desequilibrada. David jamás se lo perdonaría. Más de una vecina había augurado lo peor: Eso… Eso… Eso va a acabar como el Rosario de la Aurora, decía una anciana medio bruja que vivía en su escalera. Los golpes llegaban con asiduidad a aquella casa, pero lo peor era el maltrato psicológico al que aquellos niños eran sometidos. Les ordenaba hacer algo, fuera lo que fuera y, acto seguido, los humillaba por hacerlo mal, o por torpes, o por inútiles, o por maldita la hora en que nacisteis…
David pronto se reveló. A los 12 años medía un metro sesenta. Quizá fue eso lo que le hizo entender que las absurdas normas de aquella perra no eran para él, pero pagó el precio. Si su madre decía “a las ocho en casa” y este llegaba a las ocho y cinco, esa noche dormía en la calle y la calle no es buena consejera, creedme.
Una noche le despertaron los llantos desconsolados de su madre. No se molestó en levantarse de la cama; simplemente pensó “¡Que se joda!”, y dándose la vuelta, se volvió a dormir. Al rato, un grito desgarrado lo arrancó de los brazos de Morfeo. Era la aterrorizada voz de su hermano. Salió disparado de la habitación. Entonces lo vio… Al final del pasillo, un haz de luz procedente del aseo, se filtraba hacia la oscuridad iluminando a Jordi, el más pequeño de los cuatro. Ya no gritaba, se limitaba a mirar hacia el interior del lavabo con los ojos desencajados y temblando, claramente víctima de un ataque de pánico. El niño llevaba puesto un pijama de franela color hueso, más oscuro en la zona de la entrepierna, y sus piececitos descalzos descansaban sobre un pequeño charco de su propia micción. El shock provocado por aquella visión lo mantenía paralizado ante la escena que transcurría a escasos metros.

David se acercó lentamente, lo cogió en brazos, de espaldas a la luz. No quería ver. Estuvo a punto de volver a su habitación con el pequeño sin ni siquiera girarse. No quería saber lo que había allí pues su instinto le decía que dentro de aquel lavabo no podía ocurrir nada bueno.
—David… —La voz llegó a él apagada, débil, susurrante…
Este se detuvo ipso facto llorando sin poder evitarlo. Muy lentamente comenzó a girar y dirigió sus pasos hacia el cuarto de baño, mientras algo en su interior le gritaba que corriese lejos de aquel infierno. La escena era dantesca.
La bañera estaba llena de agua. Era una bañera grande, el padre siempre quiso lo mejor para los suyos: dentro de la misma, la madre exhalaba su último suspiro. Sus ojos muy abiertos miraban fijamente a David. Este llegó a ver cómo perdían su brillo. Presenció el mismo instante de la muerte. Los ojos de mi madre se transformaron en un segundo en los ojos de un pez muerto, me dijo cuando me contó esto.
Pero aquello no fue lo más impactante; en el suelo, como dos fardos, yacían sus dos hermanas, empapadas, amontonadas y muertas. La muy zorra acababa de matarlas. Las había ahogado mientras dormían plácidamente. No quería ni siquiera imaginar lo que las dos criaturitas habían sufrido. Quizá lo más escalofriante de aquella escena era el contraste del blanco inmaculado del lavabo con la oscilante agua teñida de rojo de la bañera y aquella nota escrita con lápiz de labios rojo en el espejo.
“Ya no puedo más”. Un mensaje claro y conciso que se afianzaba con la cruel imagen que le perturbaría durante toda su vida.
Después, todo sucedió como en un extraño sueño. La llegada de la ambulancia, de la policía, del forense…
Mi amigo David ingresó en un centro de salud mental, debido al fuerte shock. Días después, tras muchas charlas con los psicólogos, determinaron que dicha conmoción bloqueó la memoria del individuo como suele pasar en casos dramáticos de vivencias dolorosas en extremo.
David juró y perjuró a todo su entorno que no recordaba nada de lo sucedido. Pronto dejaron de increparlo, bastante había sufrido el pobre chaval.
No hacía demasiado, Pepe, Jaume, Cañete, David y yo mismo, habíamos ido al Masnou a pescar a una zona donde grandes rocas franqueaban el mar. Aquella noche no pescamos nada, la verdad es que la pesca tan solo fue una excusa para pasar unas horas fuera de casa fumando chocolate. Y así lo hicimos. Poco a poco, el sueño hizo mella en nuestros colegas. Sobre la cuatro de la mañana solo David y yo permanecíamos despiertos. Canuto tras canuto, nos habíamos propuesto aguantar toda la noche. En un momento determinado, David, con lágrimas en los ojos, me contó toda esta historia. Lo recordaba con todo lujo de detalles, pero según me dijo no le salió de los huevos contárselo a aquellos matasanos.
—¿Sabes, Juampe? Contarlo hubiera sido como permitir que mi vieja hubiera vuelto a matarlas.
Lo entendí a la perfección. Nunca más hablamos de ello, de hecho, no lo hice con él ni con nadie.

CAPÍTULO 23

—¿Te chutas, sí o no? —Volví a repetir la pregunta.
—Solo han sido un par de veces, Juampe. No te preocupes, tío, lo tengo controlado. —Diciendo esto pasó su brazo por mi hombro y nos encaminamos de nuevo al lugar donde se encontraban nuestros amigos.
—¿Jaume no fue a mear hace la hostia de rato?
— No sé, Juampe.
—Sí, nen. Me dijo que fuera con él, pero la mierda esa del Valium me tenía apollardado.
—¿Qué Valium? —dijo David extrañado.
—Unos que me ha dado Pistolero. Déjalo, es una larga historia.
Así lo hizo, no preguntó más. Sabía ser discreto. Volvimos al círculo y nos sentamos en el duro suelo.
—¡Joder! —se quejó Pepe—. Aquí se te pone el culo cuadrado.
—Toma, fuma. —Pistolero me pasó un canuto, esta vez lo acepté. El paseo hasta la playa me había despejado bastante.

—¡Hey, Sevilla! —Chele le ofreció un canuto, pero el Sevilla ni se inmutó.
—Sa sobao —dijo su mujer.
Aquellos dos personajes me daban un poco de repelús. Casi no los conocía, de hecho hacía poco que andaban por Badalona. Del Sevilla tan solo sabía que era, como bien indicaba su apodo, sevillano. Su acento era tan cerrado que cuando iba a gusto no se entendía nada de lo que decía y, para ser sincero, casi siempre iba ciego. Era un tipo extremadamente delgado, de mediana estatura. Su pelo y barba me recordaban las representaciones del Nazareno. Tenía unos treinta años y era evidente su adicción al caballo. Si tenías alguna droga y andabas a un kilómetro de él, aparecía como por arte de magia. Siempre creí que tenía un detector de drogas incorporado.
Su mujer no tenía acento andaluz. Su acento era más neutro, quizá de Castilla o de Salamanca, no sé, catalana no era, eso estaba claro, pues no entendía absolutamente nada de nuestro idioma. Era morena y muy atractiva. No creo que pasara de los diecisiete años pero se veía, al igual que su compañero, muy castigada por su adicción. No eran mala gente; dos hippies que vendían pulseras y carteras de cuero que ellos mismos confeccionaban. Dormían en la playa, debajo de una de las barcas de pesca postradas en la arena perennemente, o en un antiguo cuartelillo abandonado de la Benemérita. No me gustaba que se me acercaran demasiado; los dos emanaban un olor acre. Eran una pareja de yonquis errantes, como tantos en aquella época. Cuando uno llegaba a un determinado grado de adicción, en muchos casos optaba por desaparecer de su casa, de su calle, de su barrio, de su ciudad… Se convertían en caballeros andantes, solo que en vez de montar un brioso corcel, se pasaban el día luchando por otra dosis de jaco.
Fue una época dorada para el caballo y este tipo de joven errante proliferaba en toda Europa como las setas alucinógenas en una mierda de vaca. Aparecían de la nada, andaban un tiempo por tu ciudad y luego, el día que menos lo esperabas, los engullía la ausencia.
Tanto el Sevilla como Edurne —ese era al nombre de su mujer— eran reacios a hablar de su pasado; supongo que no querían que nadie supiera demasiado de ellos y a juzgar por la diferencia de edad y la juventud de ella, podía entender su silencio.
Allí, en el círculo y aquella noche, sus caras reflejaban paz; la falsa paz que otorga un chute reciente. Una falsa paz que en no demasiado tiempo se transformaría en cierta ansiedad.
Hacía unos días, Pistolero me había pedido que lo acompañara. Así lo hice. Estaba oscureciendo. Cruzamos la vía que separaba La Rambla de la playa y nos dirigimos al antiguo cuartel abandonado de la guardia civil. Una vez frente al tétrico edificio, Pistolero detuvo sus pasos.
—Vamos —dijo dándome un pequeño empujón y dirigiéndose hacia la mugrienta puerta del edificio.
—¿Ahí dentro, tío? ¿Te has vuelto loco? A saber qué tipo de alimaña vive en ese tugurio.
—Venga cagao. ¡Tira padentro! —volvió a empujarme.
La oscuridad parecía abrazar el edificio; un gran bloque de cemento, con la pintura desconchada, gastada y desprovista de color y un montón de ventanas, que a mi parecer, simulaban amenazantes ojos hambrientos. De todos era sabido que en aquel lugar vivía gente de la peor estopa. Con el alma en vilo me adentré con mi colega. Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
—¡Joder, Pistolero! No se ve un pijo. —Para colmo, el hedor era nauseabundo. Cuando mis pupilas se adaptaron a la intensa oscuridad pude ver que ante mí se extendía un largo pasillo franqueado por salas inmensas, sin puertas. Todo aquel edificio estaba desvencijado. El suelo plagado de escombros no ayudaba demasiado a avanzar por aquel desolado y caótico pasillo. Al llegar casi al final del mismo una oscura oquedad mostraba una incipiente escalera. Pistolero hizo ademán de subir por ella.
—Ni hablar —negué.
—Venga Juampe, que ya casi estamos. —Intentó animarme.
—¡Que no, tío! ¡Que paso de subir allí arriba, joder! No se ve nada y esto apesta a muerto.
—No es a muerto, Juampe, huele a sudor, a meados, a mierda, en definitiva a humanidad. —Así mismo lo expuso, como si aquel espeso ambiente fuese lo más normal del mundo.
—Joder, peor me lo pones, nen. Paso de subir. —Entonces, desde la oscuridad de lo alto de la escalera llegó hasta nuestros oídos el sonido de unos pasos.
—¿Eres tú, Pistolero? —preguntó una voz femenina que en un primer momento no supe identificar a ciencia cierta.
—Sí, Edurne, soy yo. Vengo con Juampe. —Casi al instante, y después del chasquido de un encendedor, se hizo la luz. La tenue luz de aquel campingaz fue suficiente para medio cegarnos.
—Subid —nos convidó Edurne.
Empezamos a ascender. Las paredes de la escalera, el techo, los mismos escalones… formaban un mar de grafitis; nombres, anagramas, dibujos, símbolos nazis, pentagramas… Formaban una curiosa y surrealista decoración.
Al final de la escalera, nos esperaba Edurne, con la luz asida, sucia, mal oliente y temblorosa en extremo. Cuando llegué a su lado, vi su estado: temblores involuntarios, sudorosa, sus ojeras eran casi moradas y su palidez, le confería un aspecto fantasmal.
No pregunté qué era lo que le pasaba; claramente tenía un mono de la hostia. Con la luz por guía, nos adentramos en otro pasillo similar al de la planta inferior. En este, sin embargo, se encontraban cerradas las puertas y parecía algo más despejado de trastos. A pesar de ello el hedor era infinitamente más ácido. Era evidente que en aquel lugar se meaba frecuentemente. El desagradable olor del ácido úrico entremezclado con el denso aire que respirábamos me provocaba una sensación asquerosa, nauseabunda, claustrofóbica. Incluso los ojos escocían.
Edurne detuvo sus pasos frente a una de las puertas y se adentró en una de aquellas salas. Detrás, Pistolero avanzó apresuradamente con ella. Por un instante quedé anclado en el quicio de la puerta.
—¡No te quedes ahí, subnormal! —me gritó Pistolero. Aun así, me resistía incluso a mirar dentro. Joder, aquel sitio era realmente asqueroso. Al entrar, quedé sorprendido. La sala era una habitación de unos 18 metros cuadrados. Curiosamente, contrastaba con el edificio por su limpieza. En lo que debía ser el hueco de la ventana, habían puesto una madera que encajaba a la perfección, impidiendo que desde fuera, pudieran verlos. Una mesa pequeña y muy desgastada se encontraba en un rincón; sobre ella, las cuatro herramientas necesarias para confeccionar pulseras y carteras de cuero y cómo no, varios retales del citado material. Al lado, dos sillas de mimbre muy sucias y sobre el respaldo de una de ellas, la mochila, una mochila que siempre los acompañaba. Era evidente que contenía todas sus pertenencias. Su forma vida hacía que de tanto en tanto tuvieran que correr —no me cabía duda al respecto—, y tener todo preparado hacía que dichas huidas pudieran ser más rápidas.
Coronando la habitación, un sucio colchón sobre el suelo, y tumbado en él, el Sevilla. ¡Uf! No recuerdo haber visto nunca a alguien con un mono tan exagerado. Parecía un cuadro médico de dicho mal: agitación, sudoración extrema, escalofríos… Junto a su almohada tenía dos cubos: uno para vomitar, el otro era el contenedor que recibía sus diarreas. No pregunté, pero me quedó claro que sus dolores óseos y musculares eran atroces. ¡Por Dios, si no era capaz ni de alzar la cabeza!
—¿Lo has traído, Pistolero? —preguntó ansiosa Edurne.
—Por descontado. —Diciendo esto, sacó unas papelinas. Edurne las cogió casi al vuelo y fue rápidamente hacia la mesa. Ni que decir tiene, el lugar apestaba. ¡Dios mío, qué vida!, pensé.
Edurne preparó la parafernalia. Escanció tres de aquellas papelinas en una cuchara sopera. Añadió agua de una pequeña botella de plástico y procedió a quemar la mezcla. El Sevilla no dejaba de soltar quejumbrosos sonidos. Realmente, el tío estaba hecho una verdadera mierda.
Al terminar el proceso de preparación, cogió la chuta que estaba encima de la mesa y la llenó con la mezcla. El ambiente no podía ser más sórdido. La luz era inestable y hacía que las sombras bailaran. Si añadimos a ello el espeso silencio, realmente la atmósfera era asfixiante.
Se levantó y se acercó al despojo que yacía en aquel sucio colchón. El Sevilla parecía calmarse. Su compañera le clavó la aguja en el antebrazo y acto seguido repitió la operación en el suyo propio. Esa práctica era increíblemente arriesgada, aun así, era algo bastante habitual entre yonquis.
Una vez, un colega me contó que se había llegado a chutar con la aguja de un amigo que tenía el sida. Así era ese vicio: una sinrazón absurda.
El tiempo arrastró a muchos de ellos a la muerte: sida, hepatitis B y C… ¿Cómo es posible que fueran capaces de chutarse con jeringuillas infectadas de esa mortal enfermedad? Así era el juego. Un juego suicida con un final predecible.
Nada más chutarse desaparecieron, casi al instante, aquellos síntomas del mono. Todo aquello se vio substituido por un bienestar absoluto, un placer casi obsceno. Se veían relajados. El color volvió a sus mejillas. No quedaba ni rastro de los dolores que momentos antes le atenazaban y me juego el cuello que cualquier catástrofe universal se la hubiera resbalao.
La heroína tenía varios efectos secundarios no deseados, pero uno por encima de los demás, llamaba mi atención: la pérdida total del apetito sexual. ¿Cuánto haría que aquellos dos no follaban? Aunque pensándolo bien, quizá en su caso era mejor así.
El problema era que aquel chute que se acababan de inyectar, solo les garantizaba un par de horas de calma; luego, el mono volvería a aparecer, primero lentamente y después como un lobo hambriento. Una montaña rusa emocional que difícilmente mantendría la cordura en sus mentes. Así transcurría el día a día de aquella gente.

CAPÍTULO 24

Pistolero, sin ni siquiera mirar, me profirió un codazo y me pasó un canuto. alejándome de aquellos recuerdos.
Edurne ayudó al Sevilla a levantarse.
—Qué pepino llevas, ¿no, Sevilla?
—Qué va, Marc. Tan solo se encuentra mal —dijo Edurne.
Pararon un momento al lado de las palmeras cercanas a la fuente y el Sevilla soltó una bocanada de vómito. Luego, a paso lento, enfilaron el camino de vuelta hacia su guarida, hacia la casa cuartel. Lentamente desaparecieron de nuestra vista.
No volví a verlos jamás. Dos días después me entere de que habían encontrado el cadáver del Sevilla sobre su asqueroso colchón entre las ruinas de un edificio con un intenso olor a orín. Quizá no era la mejor muerte, pero sí una de las más previsibles para un individuo que había elegido aquella vida.
En cuanto a Edurne, ninguno de nosotros volvió a verla jamás. Imagino que cuando vio a su compañero muerto, soltó un par de lágrimas, cogió la mochila de la silla y puso su culo en danza. ¿Qué fue de ella? Quién sabe. Quizá aquel hecho hizo que abriera los ojos y corriera a su tierra natal en busca del calor del hogar, en busca de ayuda. Quizá dejó atrás tanta mierda y empezó de nuevo… Pero para ser sincero, no creo que el destino le deparase un final mucho mejor de el de su difunto compañero.

CAPÍTULO 25

Los canutos fluían, mientras el círculo poco a poco menguaba. La noche avanzaba minuto a minuto, con lentitud. El tiempo era laxo.
Allí estábamos, riendo y divirtiéndonos sin ser conscientes de estar desafiando la eternidad. Cada cual sumido en sus pensamientos mientras charlábamos y bromeábamos sin cesar. David, Chele y Faustino hablaban con sorna sobre lo fea que era la Dama de Hierro (Primera Ministra Británica). Antonio y su colega el Punk reían de a saber qué. Marc le decía a Pistolero que se hiciera un canuto. Atari volvía a increpar a Cañete con pequeños y rápidos puñetazos en el hombro. Pepe estaba tumbado a mi lado en el suelo, en posición fetal y dormido.
Yo contemplaba todo aquello como desde mil años luz de allí; simplemente observaba con ojos ávidos. Fue entonces cuando lo vi. En el lugar que había ocupado Jaume, sobre el suelo, había un sombrero. Uno como el que Jaume había descrito en su sueño. Mi mirada quedó atrapada en él. Entonces Marc cambió de posición —la verdad es que la dureza del suelo te obligaba a ello a menudo—: al hacerlo, colocó la mano sobre aquel gorro; estaba empapado. Inmediatamente, un fuerte olor a mar invadió la zona, a algas, a humedad, a moho, a peces muertos… Un hedor a pesadilla.
—¡Qué asco, joder! ¿Quién ha dejado esto aquí? —Cogiéndolo con dos dedos, lo alzó del suelo—. Este… —lo examinó antes de dictaminar— gorro. —Miramos hacia Marc. Vi que todos tenían un ligero rictus de asco en sus caras; si alguien hubiera mirado hacia mí hubiera visto alarma, miedo, pánico…
—¡Hostia, huele a muerto! ¿De dónde lo has sacado?
—Pues estaba aquí en el suelo.
—¿Ahí? —preguntó Faustino señalando el pequeño charco de agua que había dejado el sombrero.
—¿Ha aparecido de repente o qué?
—Sí claro, como por ensalmo —apuntó Antonio. Todos estallaron en carcajadas.
—Lleva rato en el suelo, casi desde que Jaume se fue —habló Pistolero, arrastrando las palabras e intentando, con gran esfuerzo, mantener sus parpados abiertos. El reciente pico, por el momento, lo mantenía bajo de ralentí.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Cómo, que cómo lo sé? ¡Joder, estoy sentado enfrente! Parece una puta rata muerta, incluso me dio la impresión de que palpitaba.
—Claro que sí, Pistolero —dijo Cañete mirándolo como miraríamos a un loco que afirma haber quitado el tapón del mar.
—¡Hostia puta! ¡Hostia puta! ¡Hostia puta! —Atari se levantó de un salto, se acercó a Marc y en un movimiento rápido cogió el sombrero de su mano—. ¡Fíjate Juampe! —dijo mostrándome aquella zarigüeya mojada—. Es como el sombrero que decía Jaume, como el del sueño.
Aquella asquerosidad maloliente no dejaba de gotear.
—¿Qué sueño? —preguntó el colega de Antonio, Sergio. Le llamábamos el Punk.
—Jaume nos contó hace un rato una extraña pesadilla en la que recurrentemente aparecía un gorro de trampero parecido a ese —expliqué dirigiéndome a todos aquellos que no habían escuchado la historia.
—Pues está claro, Juampe —dictaminó el Punk—. El pavo os ha preparado una especie de broma.
Personalmente no lo creía. Yo era más partidario de pensar que ese puto sombrero se acababa de materializar de la nada. Estaba seguro de que había llegado del mundo de los sueños. La cuestión era: ¿por qué? ¿Cómo? Y, ¿dónde coño estaba Jaume?
En ese instante una voz sonó en mi cabeza. La reconocí enseguida. “Eso son tres cuestiones colega”. La voz hablaba con la risa instaurada. “Coge ese gorro”, me ordenó enérgicamente. Me giré hacia Pistolero…
—¿Te quedan Valiums, nen? —le pregunté.
El jaco que corría por sus venas comenzaba a proporcionar el efecto deseado. Una placentera sensación de euforia usurpaba aquel cuerpo que, instantes antes, no era capaz de ni mantener los ojos abiertos. Ahora un torrente de palabras surgían de él descontroladamente.
—¡Joder, Juampe, estás blanco como la leche! ¿Te encuentras bien? —Él mismo contestó—. Claro, te encuentras como el culo. ¡Mira que meterte un tripi entero —me recriminó—. Sí, sí me quedan. —Hurgó en su bolsillo y sacó seis pastillas más—. Toma, no te las tomes de golpe. Recuerda: control. De una en una y con estas seis van nueve. Me debes mil duros.
Me pareció un precio justo por hacer desaparecer aquella puñetera voz de mi mente. Pensé que esta venía dada por el LSD y en cierto modo así era, y que en breve sus efectos desaparecerían para siempre. ¡Qué equivocado estaba! Las cogí y automáticamente ingerí una. Casi al instante, la voz desapareció y la risa se redujo a un rumor, pero la muy puta seguía ahí, agazapada en mi cerebro.
El Punk se levantó, arrebató el sombrero de las manos de Atari y lo examinó con cara de asco. Luego vino hacia mí y avanzó el brazo, mostrándome aquella porquería. Miré hacia él; curioso tipo: mayas negras de lycra, Martin’s con puntera de hierro, una roída camiseta de Los Ramones y una chupa de cuero semi nueva. Una cresta meticulosamente engominada, una raya negra perfilando sus ojos a la perfección, un talento excepcional para la música y una adicción a la heroína que tenía todos los visos de terminar mal.
Parece mentira… En aquel momento hacía tan solo dos años que lo conocía y su cambio no podía ser más drástico. Aún recuerdo la primera vez que lo vi, vivía en mi mismo barrio. Esa tarde, Atari, David y yo, estábamos en la pista, sentados en el respaldo de un banco, fumándonos unos canutos.
—¡Hey Sergio! —David saludaba a un chaval de nuestra edad que acarreaba una guitarra a sus espaldas. Este, al verle, sonrió y vino hacia nosotros. Era delgado (bueno, en esa época casi todos éramos delgados). Según explicó más tarde David, habían hecho catequesis juntos y desde entonces habían cultivado, si no una gran amistad, una complicidad consolidada por una pasión común: la música.
—Hola tío. ¿Qué haces por aquí?
—Ya ves, Sergio. Fumando con estos colegas.
El chaval se percató entonces del canuto. Su cara cambió radicalmente, y esforzándose por mantener la sonrisa, habló un poco con nosotros y marchó apresuradamente.
—¿Qué le pasa? —Pregunté a David.
—Es un tío muy sano, supongo que el petardo le ha asustado.
—¡Hey capullo. Que el porro no muerde! —gritó Atari riendo.
Sergio ni se giró, tan solo aceleró el paso, supongo que intentando poner distancia de por medio con aquellos porreros. Vi cómo entraba en una de las casitas del barrio y así fue como perdí de vista su pantalón de pinza y su jersey Lacoste.
Un chaval sano, pensé en aquel momento. Tan solo un año después, en un garito de Barna, Le Viejo Pop, un submundo bajo el Ritz, sufrió una sobredosis que casi lo mata. ¿Cómo pasa un tío, en un solo año, de rechazar un canuto a casi palmarla por el caballo…?
En su caso fue un amor nefasto.
Sergio era un chico modélico del barrio. Sus padres lo habían tenido en la frontera de los cuarenta, con lo cual, aquel niño tardío fue una bendición para su hogar. Su madre no tenía ninguna duda de que, después de tantos rezos, La Moreneta le había concedido el don de la fertilidad. Así que, cuando el pequeño cumplió seis meses, la madre, fue andando hasta les Muntanyes de Montserrat, cumpliendo la promesa que se había hecho a sí misma de ir a venerar a la virgen. El camino fue duro, pero gratificante. No podía parar de llorar de alegría por aquel milagro. ¡Por fin era madre! Después de doce años de infructuosos intentos. No le cabía duda de que Dios, por medio de la Verge de Montserrat, había obrado aquel milagro. Sergio fue tratado, en consecuencia, entre algodones. Además, sus padres gozaban de una buena posición económica; el padre: catedrático en no recuerdo qué facultad, la madre; profesora en una escuela elitista de Barcelona.
Desde pequeño, mostró una sensibilidad especial para la música. Tenía lo que llamaban un oído perfecto y ya de pequeñito era un virtuoso: piano, guitarra, flauta, trombón y un largo etcétera de instrumentos. A los diez años ya se ganaba la vida ofreciéndose para conciertos, daba clases de piano en una casa particular a un chico mayor que él… En definitiva, se ganaba la vida con la música. En el colegio era un alumno modélico; no de excelentes, pero jamás suspendió una sola asignatura. Le ofrecieron una beca a los doce; una gran beca para un conservatorio de New York, pero los padres querían que su retoño viviera una infancia. “Ya tendrá tiempo”, decían. Quién sabe cómo hubieran ido las cosas de haber aceptado aquella oportunidad, quién sabe cómo hubiera sido su vida en New York… Lo cierto es que se quedó en España y la cosa no fue exactamente como sus padres habían planeado para él. Más o menos dos meses después de que casi huyera de nosotros en La Pista, conoció a una chica en una discoteca; una tía muy guapa. Nada más verla, se enamoró perdidamente de ella, de esa manera irracional que solo sucede en la adolescencia; sin reservas, incondicionalmente. Aquella tía y sus colegas eran punks y, por desgracia para Sergio, también eran yonquis. Si Sergio hubiera seguido su instinto, hubiera salido por patas de allí sin mirar atrás pero el muy gilipollas solo podía escuchar el tintineo del amor. Empezó a reunirse a diario con ellos, abandonando sus Lacoste, sus pantalones de pinzas, sus buenas costumbres… Su ascensión en el mundo de las drogas fue increíble; se metió de lleno en la heroína sin haber probado, ni siquiera, otras drogas más blandas. El triunfo absoluto del amor sobre la razón, podríamos decir.
En aquella época, ya se ganaba extraordinariamente bien la vida. Hacía un par de años que componía música para una empresa de anuncios de Barcelona. Sus acordes se escuchaban por medio mundo. El dinero entraba a espuertas, eso hizo que su adicción pronto fuera absoluta. A pesar de ello, jamás afectó a su creatividad, quizá incluso todo lo contrario, la mejoró.
El amor eterno por aquella chica no duró ni cuatro meses, pero aportó un embrión que no lo abandonaría… La primera vez que Sergio se chutó lo hizo con la jeringuilla de ella. Desde ese mismo instante, el futuro quedaba sellado por aquella maldita enfermedad: el sida. Aunque él no lo supo en aquel instante.
Un tiempo después, se encontraba en Le Viejo Pop. Como he comentado antes, era un garito donde podías encontrar la gente más variopinta. Un buen lugar para ir a tu aire. Esa noche, Sergio, al que ya apodábamos el Punk, salía del lavabo y vio como un montón de maderos abandonaban sus lecheras —furgonetas policiales en las cuales era fácil recibir leches hasta hartarte, de ahí su nombre— y a paso rápido se dirigían al bar. Así que, ni corto ni perezoso, entró de nuevo en el lavabo donde acababa de chutarse, sacó cuatro papelinas de dos mil pesetas, las miró y pensó: Antes de que esos hijos de puta me lo quiten, me lo chuto. Y tras la rápida preparación, así lo hizo.
En el bar se escuchaba el tumulto organizado por la redada: gritos, golpes… En aquella época la verdad es que la puta policía no escatimaba demasiado en mamporros; supongo que la herencia fascista aún ondeaba en las jefaturas.
Varias veces llamaron con contundencia a la puerta de aquel lavabo ocupado transmitiendo una orden imperativa de desalojo.
—Voy. Estoy cagando —mintió la primera vez el Punk. La segunda vez que dieron el aviso, estaba ya inyectándose.
—Un momento señor madero —dijo mientras el líquido penetraba en su cuerpo. La tercera vez, cuando golpearon la puerta ya exigiendo su inmediata salida, el Punk ya ni lo escuchó. Nada más entrar todo aquel disparate de droga en su cuerpo se desvaneció. De lo que pasó a continuación él jamás recordó nada. La policía terminó por derribar la puerta. Aquel madero miró adentro y vio a un joven con la chuta aún colgando del brazo y resbalando lentamente por la pared. En aquel momento una parada cardiorrespiratoria lo tenía a las puertas de la muerte.
La diligencia de aquel agente y la rapidez con la que acudieron los enfermeros, lo salvó. Una dosis adecuada de Flumazenil lo devolvió a la vida. Ya en la ambulancia le decía a uno de los enfermeros que era un cabrón, que esa mierda le había anulado todo el pepino. El hombre aún sostenía en sus manos el desfibrilador.
—Capullo. Te acabo de salvar la vida.
—¿Me das un poco de morfina para el dolor?
—¡Jodido yonqui! —dijo aquel enfermero harto de ver jóvenes a punto de reventar.
Una vez en el hospital, las malas noticias se acumularon para Sergio. Mientras yacía hecho polvo en aquella cama, empezaron a aparecer los primeros síntomas del síndrome de abstinencia.
—Señor Sergio Recasens. Tengo malas noticias para usted… —dijo aquel médico de aspecto severo.
—¿Que me voy a tener que comer el mono con patatas? —le preguntó Sergio con media sonrisa en los labios, puesto que este hacía una media hora había llamado Antonio para que fuera a buscarlo con algo de caballo.
—Tiene usted Sida. —espetó a bocajarro. La mente de Sergio quedó bloqueada por un instante, luego, intentando recuperar el aplomo, dijo:
—De algo hay que morir, jefe. —Pero por mucho que se esforzó en sonreír, lo único que aquel médico pudo ver en su cara fue una mueca abatida.
—En principio, señor Recasens, la enfermedad no ha afectado a su organismo de una manera agresiva —claramente quiso decir mortal de necesidad—. En principio es usted, tan solo portador, es decir, este virus está en su cuerpo. Debe quedarle claro que cualquier persona que mantenga relaciones sexuales con usted o utilice su misma aguja puede quedar contagiado.
—¿Doctor?
—Dígame.
—¿Puedo desarrollar la enfermedad?
—Indudablemente. No sabría decirle cuando, pero por descontado sucederá.
Dios, lo que daría por un pico, pensó en aquel momento. El mono subía un escalón sintomático. En breve, todo su cuerpo clamaría por una dosis.
El doctor, al salir de la habitación, se cruzó con Antonio. Otro yonqui, pensó al verlo. Este entró en la sala y saludó a Sergio.
—¿Cómo andas, primo?
—Traes algo.
—Yes, yes, yes.
—Pues prepara uno en el lavabo, tío y rápido que el gorilón tiene hambre. —Ambos rieron la ocurrencia.
No demasiado tiempo después, salían de allí. Sus pupilas como cabezas de aguja y ni rastro de mono en su cuerpo.
Su creatividad nunca decreció, además, jamás se jactó de ella.
—¿De dónde sacas tanta pasta, Punk? —Le preguntaba la gente de su entorno, su círculo de yonquis.
—De por ahí —decía. Era un tipo modesto. Además era uno de los pocos heroinómanos que he conocido que en más de una ocasión había compartido su caballo.
Tras esos primeros picos de amor, el tío no le hacía ascos a ninguna droga. Una vez me dijo que, fueras del palo que fueras, ¡joder, qué bien acompañaba el costo! Y qué razón tenía. El costo siempre iba bien.
Su vida discurría de pico en pico y de canción en canción. Tres meses después de nuestro encuentro en La Rambla de Badalona, en aquel —y ahora lo sé con certeza— circulo maldito, tuvo un desmayo en plena calle. Las pruebas determinaron, sin lugar a dudas, una metástasis cerebral. Digamos que el sida había dejado entrar en la fiesta de su cuerpo a lo peorcito de la calle.
—¿Cuánto me queda? —preguntó impasible.
—Menos de un año, señor Recasens. —Por lo menos no desaprovechó el poco tiempo que le quedaba. Dejó el caballo y fue fructífero en sus canciones pero, a pesar de ello, lentamente y con discreción se cerró el telón que daba paso a la muerte sin levantar la voz, aceptándolo con resignación. Eso sí, previamente pidió disculpas a sus padres por su comportamiento desde lo más hondo de su alma, desde lo más profundo del arrepentimiento.
En su funeral, su madre —que no paraba de llorar— solo dijo una frase: Dios me lo dio y Dios se lo lleva.
Otra joven vida era segada dejando a su paso una estela de sufrimiento y un recuerdo inolvidablemente doloroso para sus padres…

CAPÍTULO 26

—¿Qué? ¿Coges el gorro de los cojones o no? —dijo El Punk, que continuaba sosteniendo el chorreante sombrero a dos escasos centímetros de mi cara.
Le miré a los ojos y avancé lentamente la mano para asirlo, más con miedo que con asco. Al instante y de una manera absoluta, quedé atrapado en una extraña visión…
Vi cómo Jaume se dirigía a la playa, después de mi negativa a acompañarle a mear… Lo vi de pie, en la playa, y vi cómo desaparecía… De alguna manera, cruzó una puerta, saltó de este mundo a un mundo de pesadilla. Empecé a sentir, ver, oír, como si estuviera dentro del cerebro de mi amigo; no exactamente siendo él, pero acompañándole en su última y mortal experiencia en un extraño submundo de un mundo alternativo…
Jaume solo notó un cosquilleo y, de repente, ya no estaba meando en la playa. El mar había desaparecido, la arena, la vía del tren, sus amigos en el círculo… Todo había quedado atrás. De repente estaba sentado en un sillón de cuero marrón. Al mirar a su alrededor, vio que se encontraba en una sala de unos veinte metros cuadrados. Todo estaba meticulosamente ordenado. Frente al sillón, el cual se hallaba anclado en el mismo centro de la estancia, había una estantería cubriendo toda la pared. Jaume se levantó y se acercó a ella. Ningún libro tenía letras en su lomo, parecía una extraña decoración en la que se quisiera emular a los libros. Al intentar extraer uno afianzó aún más aquella sensación, pues no pudo cogerlo, ya que no era un ejemplar. Simplemente formaba parte de una masa inmensa que tan solo a primera vista parecía de libros.
“Joder, parece un decorado“, pensó. Siguió mirando la habitación. Vio que en otra de las paredes había dos cuadros; en cada uno de ellos una sola figura, un personaje victoriano: una mujer en uno y un hombre en el otro. Curiosamente las dos figuras ofrecían la espalda al observador. Jaume se quedó impresionado por dichos cuadros. Realmente daban bastante grima.
Otra de las paredes estaba totalmente despejada de objetos y en la cuarta, justo en el centro de la misma, una imperfecta ventana dibujada, seguramente por un crío. Sobre el sillón se alzaba una lámpara de pie negra, con un gran foco, pero apagado. El suelo parecía un gran tablero de ajedrez que alternaba losas blancas y negras. La pared lucía un papel vinílico beis de alta calidad, pulcramente colocado. En la parte superior se unía al techo inmaculadamente pintado de blanco con una dorada cenefa de estilo Roccocó.
Jaume miraba atentamente todo su entorno. El hecho de haber aparecido allí, de repente, estaba empezando a pasar a un segundo plano; era preocupante, por descontado, pero más lo era el hecho de que en aquella habitación faltaba un detalle sumamente importante: la puerta. ¿Dónde coño estaba la puerta?
La sala no estaba iluminada artificialmente, ni siquiera tenía ventanas, ninguna brecha por donde se pudiera filtrar la luz del sol… Aun así gozaba de una espléndida luz natural.
Jaume palpó cada centímetro de la pared. Nada. Ni un resorte que pudiera indicar una puerta oculta. Hasta ese momento no se había dado cuenta de que aún llevaba medio canuto apagado en la mano. Hurgó en un bolsillo, sacó un mechero y lo encendió.
—A ver si fumao veo la puta puerta —expresó en voz alta tratando de calmarse.
Durante un buen rato revisó mentalmente sus últimos recuerdos antes de aparecer en ese lugar, pero por mucho que se esforzaba no lograba imaginar cómo cojones había terminado allí. Entonces recordó el tripi…
—¡Claro! —exclamó—. Estoy meando o esparramado en la playa y esto es una puta alucinación. ¡Ahora lo entiendo todo!
Pero su tranquilidad no duró mucho. Por desgracia, la ingesta de aquella gelatina impregnada de ácido lisérgico había abierto una puerta multidimensional de algún tipo.
—No. ¡Esto no es una alucinación, joder! Esto es demasiado real —dijo mientras dirigía sus pasos hacia el sofá. Nada más llegar, se dejó caer en él. Su mente empezaba a desplomarse.
Terminó el canuto y lo tiró. La colilla cayó al suelo, junto a una trampilla en la que no había reparado anteriormente. Se encontraba entre el sofá y la falsa biblioteca y hacía un segundo no estaba allí.
—¡No me jodas! —Mientras lo decía se levantó de un salto y se aproximó a examinarla. Era de madera de caoba natural y medía, aproximadamente, un metro cuadrado.
—¿Esto estaba aquí antes? —“¡Una polla!”, pensó—. Esto es rarísimo. He revisado toda la habitación centímetro a centímetro. Esto no se me habría pasado.
Dio un golpecito en ella con los nudillos; se notaba que era recia, pero el sonido delataba un espacio hueco debajo. En uno de sus lados vio una argolla del tamaño de un puño, así que la asió y tiró de ella. Un chirriar escalofriante la acompañó mientras lentamente dejaba al descubierto una oscura oquedad. En ese preciso instante sonaron estruendosamente cinco campanadas. El sobresalto casi le hizo caer. Con el corazón acelerado, dirigió la mirada hacia el lugar de donde procedía aquel sonido. Esta vez no le extrañó nada ver un vetusto Carrillón colgando en la pared que momentos antes estaba vacía.
—¿Dónde coño estoy? —La preocupación era latente en su rostro. Miró hacia el hueco que había quedado al descubierto; tan solo vio una serie de escalones que descendían hacia la oscuridad.
Después de analizar detenidamente las posibilidades, decidió que no tenía demasiadas opciones, al fin y al cabo, la escalera era la única salida.
Antes de adentrarse en ella comprobó las paredes; eran de pequeños ladrillos color rojo inglés. Buscando un resquicio de valor en lo más profundo de su ser decidió aventurarse hacia lo incierto. Nada más empezar a descender pudo sentir cómo la humedad se calaba en sus huesos. En algunos tramos se veía verdín y un fuerte olor a moho colapsó sus pulmones impidiéndole respirar con normalidad. Pensó en la oscuridad que le aguardaba. A pesar de no haber sido nunca un cobarde, esta vez sintió miedo, el vello erizado de todo su cuerpo así lo evidenciaba. Cuando su cabeza rebasó el quicio de la trampilla, escuchó un golpe sordo en la habitación. Extrañado, subió un peldaño y miró de nuevo hacia la sala. Allí, delante de él, en el suelo, a menos de un palmo, había un objeto cilíndrico de unos treinta centímetros. Allí, delante de sus ojos, había una puta linterna.
—¡Joder, esto es rarísimo! —dijo notando un escalofrío interminable.
La cogió rápidamente y pulsó el botón de encendido. Funcionaba. Inmediatamente proyectó el haz de luz hacia abajo. A pesar de que emitía una potente claridad, no pudo ver el fondo de aquellos interminables escalones. El haz únicamente alcanzó a iluminar unos metros tras los cuales solo se veía oscuridad…
—¡Uf! ¿Esto no tiene final o qué? —Aun así, continuó bajando, primero con ansia, deseando llegar lo antes posible. Imaginó que allí encontraría alguna puerta con la que poder abandonar tanto aquel lugar como aquella pesadilla.
La luz iluminó perennemente sus pasos e inevitablemente mostrando como fondo la incertidumbre. El cabo de unos cinco minutos, empezó a cansarse de aquella espesa oscuridad. El hedor cada vez más intenso, a mar, a humedad, a cosas muertas… Se tornaba insoportable.
—Se acabó —dijo en voz alta—. Me rindo. Esto debe ser una broma. Me vuelvo a la sala, me siento en el sofá y ya me sacará de aquí el hijo de puta que me haya metido; eso sí, cuando lo pille le voy a romper la cabeza. —Se disponía a volver sobre sus pasos cuando topó con algo que se alzaba ante él. Su asombro no pudo ser mayor, quedó petrificado; los escalones por los que había descendido habían desaparecido, no quedaba ni rastro de ellos: en su lugar, una enorme pared bloqueaba el paso. Jaume se sintió desolado. Empezó a llorar como un niño aterrorizado.
—¡Maldita sea!¿Qué es esto? ¡Pero si acabo de bajar por ahí!¿Cómo es posible? —exclamaba entre sollozos. Empezó a golpear la pared, que era maciza como todo lo que le rodeaba y a gritar pidiendo ayuda. Horas después, con las manos ensangrentadas, el cuerpo empapado en sudor, fatigado y con la garganta dolorida por sus constantes alaridos, pensó: “Ahora lo entiendo. Sin duda, esto debe de ser una pesadilla, porque no encuentro otra explicación. Voy a hacer una cosa: voy a dormir dentro del sueño, así la pesadilla cesará”— Con este razonamiento sintió una brizna de esperanza. Se agachó y acurrucado en los escalones, junto a la mohosa pared que le barraba el paso, se durmió; tardó poco puesto que llegó un momento que el abatimiento total pudo más que el propio miedo. Al despertar, para su desgracia, nada había cambiado…
—¡Oh, no! ¡No puede ser! ¡Realmente esto está sucediendo! ¡Dios Santo! —En ese instante la linterna dejó de alumbrar; la oscuridad fue total, se acababa de quedar sin pilas.
—¡Me cago en la puta! ¡Solo falta esto, joder! —Desesperado, arrojó la linterna por la escalera. Aún se asustó más cuando cinco minutos después seguía escuchándola caer. Cada vez el sonido era más débil, cada vez más lejano.
—¡Maldita sea! Esto es profundísimo y encima no veo nada.
Jaume continuó descendiendo tanteando la pared muy despacio, temiendo que en cualquier instante un espíritu malévolo o un ente del inframundo se mostrase ante él con nefastas intenciones. Con estos pensamientos, su corazón se aceleraba. De tanto en tanto se giraba y palpaba tras de sí.
—¡Es increíble! Es como si esa pared fuese avanzando conforme desciendo. No puedo retroceder ni un escalón.
Pasaron varios días. Jaume se sentía muy mal, el hambre lo torturaba, la sed… ¡Dios la sed, la sed…!
La escalera seguía sin dar muestras de terminar. En cuanto a la pared, continuaba cerrándole el camino de vuelta, con perseverancia.
—¡No puedo más! —Lloraba de impotencia—. Esto es demencial. No puede ser que la escalera sea infinita. De seguir así llegaré al mismísimo infierno.
De pronto algo lo animó; por un momento, la sed, el hambre, el agotamiento, desaparecieron.
—¡Eh! ¿Qué es aquella luz? ¡Quizá haya llegado al final de mi travesía! —exclamó con un asomo de esperanza. Al acto empezó a correr hacia ella. Creyéndose por fin libre, corrió con tanto ímpetu que tropezó con la linterna y empezó a rodar.
—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! —exclamaba en su caída mientras su cuerpo colisionaba repetidamente.
Llegó a la luz, que provenía de una trampilla. Lo que ocurrió a continuación no pudo verlo, pues uno de tantos golpes lo recibió en la nuca ocasionándole la muerte. Apareció cayendo inexplicablemente en aquella extraña habitación del sofá. Como impulsado por una fuerza sobrenatural, entró en ella a través de aquella portezuela e impactó contra el techo de una manera tan brutal que este quedó manchado de sangre. Luego, la habitación giró de nuevo y Jaume, con la cara destrozada, cayó irremediablemente al suelo. Un nuevo golpe brutal le dejó la cabeza incrustada en la argolla de la tapa de aquella trampilla. Todo ruido cesó, excepto el reloj que atronaba con cinco campanadas y el leve susurro de la sangre y la materia gris que salían con fluidez del cuerpo de mi amigo. Bajo su cabeza, una oscura mancha iba creciendo lentamente…

CAPÍTULO 27

Me levanté rápidamente, sombrero en mano y, sin poder contener unas brutales arcadas, me dirigí de nuevo al pequeño parquecito que rodeaba la fuente. Nada más llegar a él vomité.
El Punk venía tras de mí.
—¿Te encuentras bien? —me preguntó. Sabía la respuesta de antemano, pues mi descolorido y descompuesto rostro hablaba por sí mismo.
—Bueno, de aquella manera —dije mientras en mi pecho el corazón trotaba como un jodido cabrón. Al levantarme me di cuenta de que el sombrero no estaba. Cualquier otra persona hubiera pensado que lo había perdido; yo supe que simplemente se había desvanecido. ¿Que cómo lo supe? De la misma manera que sabía que Jaume permanecería muerto sobre aquella trampilla hasta el día del juicio final…
—Me duele mucho la cabeza, Punk. —La risa me atormentaba. Engullí los cinco Valium de golpe. Lo único que me importaba en aquel momento era desterrarla de mi mente para siempre. No lo conseguí. Desde la lejanía, como agazapada en las profundidades de un abismo, la muy puta continuaba murmurando sin cesar—. ¿Vamos con la peña?
—Espera, Juampe. Me chuto y vamos.
—No tío. Chútate tranquilo. Te espero allí. Esa mierda te va a matar, Punk.
—¿Esto? —dijo señalando la papelina que acababa de sacar de su bolsillo—. ¡Esto es vida, chaval! —Allí quedó riendo y preparando su ración de éxodo en vena.
Volví al círculo y me senté. Pepe continuaba durmiendo como un bebé. Bueno… Un bebé pedo, porque… ¡Joder, qué pepino llevaba el cabronazo! Era especialista en sobarse cada vez que pillaba la taja. Más de una vez habíamos tenido que llevarlo a su casa a rastras.
Recuerdo una vez que estábamos en Bibop, una discoteca de Badalona donde solíamos pasar algún que otro sábado noche. La discoteca en cuestión, a pesar de tener dos plantas, no era excesivamente grande. Aquella noche Cañete, Pepe y yo habíamos entrado ya “muy a gusto”. Bajábamos por la tarde a un bar cercano y bebíamos hasta casi reventar. Por lo visto, en aquel entonces, nuestra sed era insaciable. Una vez dentro, seguimos nuestro particular ritual: barra-cubata-sofá… Y así una y otra vez.
Pepe había ido al lavabo hacía rato. La última vez que lo habíamos visto, casi no podía ni hablar del pepino que llevaba. Fácilmente se había bebido siete cubatas, eso sin contar las cervezas del bar. Recuerdo que sonaba a todo trapo “La dolce vita” de Ryan Paris en los altavoces, cuando vimos que dos tipos de seguridad subían apresuradamente a la segunda planta. Un chaval con cara de preocupación iba con ellos y explicaba que había un tipo tirado en el suelo de los lavabos. Cañete y yo nos miramos y al unísono dijimos: “Pepe”, dando por supuesto que era él el tipo al que hacían referencia. Así que nos levantamos y a paso tranquilo —la taja no nos hubiera permitido correr— nos acercamos a las escaleras de acceso a la segunda planta y accedimos a ella.
En la planta de arriba sonaba I like Chopin de un tal Gazebo.
—¡Joder, qué mierda de música, tío! —voceó Cañete. Le dije que sí, pero lo cierto es que esa música me gustaba bastante. A veces, en la adolescencia nos hacemos los duros, era más práctico decir que Kiss o AC/DC eran tus ídolos. En fin, esta sociedad nos enseña, desde pequeños, a mostrar un yo diferente al real.
Una gran aglomeración de gente curioseaba ante la puerta de los lavabos; “carroñeros de sangre”, pensé. Nos abrimos paso entre la multitud y efectivamente, Pepe yacía extendido como un puto fardo. ¡Qué asco, joder! Aquel meódromo tenía más orines en el suelo que un zoo. Al acercarnos, uno de los seguretas nos reconoció como amigos del sujeto esparramado y puso cara de alivio.
—No te preocupes, nosotros nos lo llevamos.
—¿Seguro? ¿No queréis que llame a una ambulancia?
—No, Tomás —ese era su nombre—. No te preocupes, Cañete y yo nos lo llevamos. Tan solo va a gusto.
Con gran esfuerzo lo levantamos del suelo y lo alzamos dejando al descubierto un mar de pequeños pellizcos de bolsas de plástico del tamaño de una falange. Cada fin de semana la misma historia, infinidad de bolsitas de cocaína dispersas en los suelos de los lavabos.
Tuvieron la gentileza de abrirnos un portón que hacía las veces de puerta de emergencia. Cañete cogía a Pepe por las piernas y yo por las axilas, y así, en esa guisa y a las tres de la madrugada abandonábamos aquel tugurio. Al cerrar el portón, un alivio inmediato invadió nuestros oídos.
—¡Joder, que descanso! ¿Qué bien se está sin música, no? —me dijo Cañete, a lo cual contesté con un asentimiento de cabeza—. Bueno, Juampe, otra vez el cabrón está fuera de servicio.
Dejamos a Pepe tumbado, todo lo largo que era, en plena acera. Entre risas, recostamos nuestras espaldas en la pared.
—¿Un petardo?
—¡Por supuesto, Cañete!
De pronto Pepe, desde el suelo, sin ni siquiera levantar la cabeza, dijo:
—Ahora me comería unas cocretas.
—¿Qué dices, Pepe?
—¡Joder, Juampe! Que ahora me comería unas cocretas.
—¿Ha dicho cocretas? —Cañete me miró y empezó a reír como un loco.
—Se dice “croqueta”, tío —apunté.
—Pues eso, cocreta.
—Que no Pepe. Croqueta.
—¡“Cocreta”! —volvió a decir Cañete retorciéndose en el suelo y llorando de risa.
—Tú cállate, subnormal —le dije riendo también.
—¿Vosotros no os comeríais unas? —nos preguntó Pepe.
—¿Unas qué…? —preguntó Cañete ahogando su voz por la puta risa y llorando como un niño.
—¿Qué va a ser, Cañete? A veces pareces tonto, tío. Cocretas. ¡Que si no te apetecen unas cocretas!
Era difícil evitar reír, la verdad.
—A ver, Pepe. No se dice “co-cre-ta” sino “cro-que-ta”. ¡Es sencillo joder!
Pepe se incorporó, se sentó en la acera junto a mí y dijo:
—Pues eso, Juampe: cocreta.
—Déjalo tío. Para ti la perra gorda. ¡Joder! Cuando puedas te pones hasta el culo de cocretas que yo seguiré comiendo croquetas… Y si eso, hablamos de otra cosa, que Cañete se va a petar. —Este seguía descuajaringándose de risa en el suelo.
Justo cuando decidimos levantarnos para volver a casa, Pepe volvió a desplomarse. Por mucho que lo intentamos, estaba sumido en un sueño etílico.
—¿Qué hacemos, Juampe? —Llevábamos más de diez minutos intentando que despertara.
—¡Qué vamos a hacer! Subirlo hasta la Morera, no vamos a dejarlo aquí.
Y así fue como, cogiéndolo Cañete de los pies y yo de los sobacos, empezamos el extraño peregrinaje. Puedo aseguraros que aquellos tres kilómetros se hicieron larguísimos. Creo que batimos un récord Guinness: “Arrastramiento de capullo integral”.
Cuando llegamos a la puerta de su casa, estábamos realmente agotados.

CAPÍTULO 28
—Toma, Juampe. —Pistolero me pasó otro canuto.
—¡Joder! ¿Más?
—Si no quieres fumar, pásalo.
—¡Quita, quita! ¡Trae! —dije. Y, por supuesto, fumé. Me agaché hacia Pepe y le dije al oído—: Pepe, nen. Estoy hasta los huevos de tener que subirte a casa, o sea que levanta el culo, porque te juro que te quedas aquí.
No se si notó que esta vez hablaba en serio o simplemente no iba tan borracho como otras veces, pero poco a poco se incorporó y quedó sentado junto a mí. Me sonrió; era una sonrisa franca, limpia, de esas que no esconden nada detrás. Una sonrisa transparente que definía a la perfección lo que realmente era Pepe: una extraordinaria persona.
Lo conocí siendo niños y confieso que al principio me dio un poco de asco. Estaba jugando en nuestra calle con Cañete y otros niños. La Avenida Bach de Roda, o del Bruch, como se llamaba entonces, era una avenida ancha, sin asfaltar y polvorienta. Cada vez que pasaba un vehículo, una nube de polvo parecía querer envolvernos en el anonimato.
Cañete y yo hacíamos un pequeño agujero destinado a ser nuestro gua para jugar a las canicas, cuando vimos que se acercaba el niño nuevo de la calle. El día anterior había llegado en un desvencijado Seat 600, acompañado por sus padres y tres hermanos. El techo del vehículo amenazaba con hundirse por el peso de una montaña de maletas o, por lo menos, eso me pareció.
—¿Puedo jugar? —nos preguntó.
Al alzar la vista lo vi. No recuerdo sus rasgos de aquel entonces, ni su ropa… No recuerdo demasiado de aquella escena porque un detalle en su rostro llamaba mi atención por encima de todas las cosas: de su nariz colgaban dos velas de color verde intenso que lentamente llegaban al labio superior. Aquel niño —yo aún no sabía que se llamaba Pepe— pasaba una y otra vez la lengua por dicho labio. Aquella primera impresión hizo que durante bastante tiempo esquivase su compañía.
Qué poco podía imaginar yo entonces que Pepe llegaría a ser, durante una buena parte de mi vida, uno de mis mejores amigos. Con el trato me di cuenta de que, sobre todo, era un alma cándida. Quizá fue eso lo que me cautivó, lo que hizo que mi rechazo inicial fuera quedando atrás. Sus padres eran de Extremadura y habían llegado a Cataluña siendo aún unos niños, en 1950, como tantos otros, buscando no un futuro mejor sino un presente digno, un presente en el que poder comer con regularidad, un presente donde el cacique del pueblo no se erigiera sobre sus vidas como amo y señor. Eran gente sencilla, gente humilde. Durante años tuvieron un sueño: tener su propia vivienda. Los padres de Pepe llegaban a la Morera cumpliendo el sueño de sus propios padres: llegar como propietarios.
Su viejo era guarda en una fábrica y su madre ama de casa. El machismo de la época era bastante estricto en algunas casas. “Yo soy lo suficientemente hombre como para mantener esta familia”, decía con sano orgullo.

Eran buena gente. Sin duda, nunca les faltó la comida, un techo donde cobijarse y unos buenos estudios… Bueno, en esto último, Pepe pronto quedó aparcado, pues su ritmo intelectual no daba para demasiado.
No tardó en encontrar trabajo. Para ser vigilante una de los pocos requisitos que exigían era un aspecto que causase respeto y el metro ochenta de Pepe a sus dieciséis años le convertía en un perfecto candidato al puesto. Este fue su único oficio hasta el día de su muerte. Con los años, la vida, las experiencias, hicieron de él una persona a la que difícilmente asociarías con el mocoso que un día fue. En cierto modo, mirando con retrospectiva, me recordaba a Simplicissimus, el personaje televisivo de la adaptación de la obra del autor germano Hans Jacob Christoffel. Simplicissimus, un joven simple e ignorante que poco a poco, debido a las experiencias de la vida, ganaba en conocimientos y estatus. Me parecía que sus vidas, el tipo de persona que eran, mantenían un paralelismo. Un tonto que lenta, pero inexorablemente deja de serlo…
Lo miré con ternura al recordar todo aquello. Estaba sentado a mi lado, fumando un canuto y con una sonrisa bobalicona en los labios, ignorante, al igual que yo en aquel momento, del futuro de soledad que el destino le deparaba.

CAPÍTULO 29
—Toma, fuma. —Al parecer Pistolero se había marchado y Antonio ocupaba su lugar a mi izquierda en el círculo. Al pasarme el canuto, su dedo rozó el mío sutilmente. Fue tan solo un instante, tan solo una fracción minúscula de tiempo y, a pesar de que no lo conocía demasiado, se reveló ante mí su pasado, su presente y su futuro; su existencia vino a mí como una certeza. La risa cobró fuerza en mi mente…
La infancia de Antonio había sido bastante normal, por lo menos para alguien que quería evitar a toda costa que su entorno supiera su verdad. Desde pequeño le atraían más las muñecas que las pistolas, la comba que la pelota… Y, por descontado, no podía decirlo abiertamente. Sus padres eran católicos practicantes, y yo no sé Dios, pero sus representantes en la Tierra odian profundamente a los homosexuales. Un insulto de los más graves que te podían conferir en aquella época era llamarte maricón. Supongo que era la herencia de una dictadura en convivencia absoluta con la Santa Madre Iglesia, demasiadas veces asociada a impositores.
Antonio iba, día a día, año a año… sublimando sus instintos. Soñaba que rozaba pollas con la punta de sus dedos y amanecía sudoroso y empalmado. Intentaba negar a toda costa que para él un coño tan solo era algo con lo que las mujeres meaban y parían, pero jamás su objeto de deseo. Imaginad por un momento el caos mental que puede ocasionar esta negación de su naturaleza en una persona. Aun así, sus formas, sus maneras, sus ademanes… indicaban su condición para cualquiera que se fijara un poco. “Maricón”, le decían más de una vez los compañeros de clase, los vecinos… A nadie parecía importarle lo más mínimo que Antonio fuera un tío con un cociente intelectual muy por encima de la media. “Maricón” sentenciaban, como si fuera importante con quién desearía acostarse cada cual.
Cada día, Antonio, en el trayecto entre su casa y la escuela, pasaba por una zona donde una arboleda parecía querer reservar aquel lugar de miradas extrañas. Un día cuando volvía del colegio, un par de hijos de puta de mucho cuidado lo esperaban allí agazapados entre unos matorrales. Cuando Antonio llegó —el pobre tenía tan solo trece años— salieron a su paso amenazándolo con una navaja. Los dos chicos tan solo tenían tres años más que él, pero desde no hacía mucho coqueteaban más de lo debido con el caballo. Atracar a asustadizos chavalillos era un método seguro y sin riesgos para conseguir un poco de pasta para comprar otra dosis. Por desgracia para Antonio, aún no eran grandes consumidores, de haberlo sido, sus apetitos sexuales hubieran estado semi enterrados, pero no fue así…
—Saca toda la pasta que lleves. Y ese reloj; lo quiero.
Antonio, al ver la navaja se quedó paralizado.
—¡Que me des la pasta, joder! —dijo el otro individuo.
—No llevo nada —dijo con voz trémula.
—Bueno, pues el reloj.
Uno de los dos atracadores se acercó y se lo arrebató de un tirón. Acto seguido, lo registró.
—El puto niñato este no lleva nada de pasta —le dijo a su compañero.
—Como digas algo te cortaré la lengua. ¿Te queda claro, capullo?
—Sí. No diré nada —convino firmemente a pesar del miedo. Conocía del colegio a aquellos dos cabrones y sabia sobradamente de lo que eran capaces. La verdad es que media Badalona los conocía. Sus pequeñas fechorías iban en aumento y lo irían más aún en un futuro.
—¿Sabes, chaval…? Me vas a chupar la polla —sentenció el del pelo rizado— Me la vas a comer lo mejor que sepas y como se te pase por la cabeza morder, te mato.
—Eh, José, déjalo ya. Deja que se marche.
—Qué va, Juan, si le gustará, ya verás. Fíjate qué cara de maricón que tiene.
Antonio estaba asustado de verdad. A su temprana edad aún no había tenido ningún tipo de relación.
—¡Arrodíllate! —le chilló su agresor haciendo un gesto con la navaja hacia él.
Antonio, muy lentamente, se puso de rodillas ante José contemplando absorto cómo este se desabrochaba el botón del pantalón y luego bajaba su cremallera, extrayendo su polla erecta.
—Chupa y procura que me guste.
Así lo hizo. Antonio chupó durante un rato, hasta que notó en su boca la inminente corrida. Este sacó la polla y la guardo en sus pantalones.
Cuando Antonio se iba a levantar, Juan le puso la mano en el hombro impidiéndoselo.
—Ahora me toca a mí, chaval.
Al alcanzar el propósito, Antonio se levantó y se dispuso a marcharse.
—Julandrón.
—Sí —consiguió articular girándose poco a poco y levantando con gran pesar la mirada del suelo.
—Como digas algo de esto, date por muerto —le amenazó nuevamente José.
Antonio no dijo nada, agachó la cabeza y se marchó a su casa. Esa noche se masturbó repetidamente recordando todo aquello. Estaba harto de ocultar su condición, pero la puñetera moral, el miedo, el rechazo… Era tan fuertes… Lloró como lo que era, como un niño asustado. Esa noche no durmió. Sentía una rabia ciega hacia sus agresores, pero por otro lado aquello le había gustado, le había excitado.
Al día siguiente no dudó ni un segundo, volvió por el mismo sitio y allí estaban aquellos dos. Esta vez sin navaja.
—¿Te gustó lo de ayer no, maricón? Pues venga, chupa.
Repitieron la práctica a lo largo de la semana. El último día decidieron ir más lejos.
—Quítate el pantalón. — Antonio obedeció sin objeciones.
—Los calzoncillos también. —No lo dudó.
—Ahora ponte a cuatro patas, venga. —Recibía las ordenes a modo dictatorial, a pesar de que los tres sabían que lo hacía de buen grado.
Los dos lo violaron, se intentaba autoconvencer, pues en el momento en que lo habían amenazado de muerte una vez, bien podían volverlo hacerlo.
Después de ese día no volvió a saber de ellos hasta un tiempo después. Aquellos encuentros habían llegado a su fin.
Para Antonio, aquella experiencia fue como una revelación, pero a su vez una maldición. Se despertaba sudoroso. En las pesadillas veía a José blandiendo la navaja ante él. Pero por otro lado, utilizaba aquella experiencia para masturbarse. Es difícil sublimar los instintos más primarios. Estos sentimientos contrapuestos se debatían irremediablemente en su cabeza.
Nada es mejor para terminar en el mundo de las drogas que una dualidad interior extrema. Su escalada fue lenta pero imparable. A los dieciséis ya era yonqui.
Para aquel entonces, ni Juan ni José vivían. José murió a los diecinueve debido al sida. Hasta entonces, había desvalijado la mitad del parque automovilístico de Badalona. Su especialidad eran las radios extraíbles, que por alguna extraña razón que aún no alcanzo a comprender, la mitad de la población ocultaba bajo el asiento del conductor.
En cuanto a Juan, no corrió mucha mejor suerte. Durante un tiempo estuvo subiendo a Andorra para traer tabaco de contrabando. Atravesaban la frontera en coche cinco individuos. Una vez en Andorra, compraban grandes cantidades de tabaco que luego pasaban en inmensos fardos por los caminos rurales. El vehículo los esperaba en la parte española de la frontera. Día tras día, viaje a viaje, durante una temporada.
Así conseguían dinero para su droga diaria, pero cada vez el cuerpo pedía más. Atracos, hurtos, tirones, robos…. Cualquier método, cualquier delito, era bueno, toda pasta era poca… Pero la genialidad a veces nos llega por caminos insondables. La bombilla se encendió en su cabeza…
Decidió vender caballo para un traficante de la zona. Era sencillo: 50 dosis diarias de caballo, 2000 pesetas por papelina. Cada noche debía entregar el dinero. Aquella actividad le reportaría el suficiente caballo como para no volver a pasar el mono jamás. Tan solo tenía que entregar la recaudación cada noche y recibir otras cincuenta. Pero Juan tenía un problema: la puta avaricia le podía cuando entraban en juego las malditas drogas y a pesar de que la advertencia fue muy clara: “Si las cuentas no cuadran, si te quedas aunque solo sea una papelina de más, lo pagarás caro”. A pesar de ello, a medio día se había chutado ya diez, por la noche solo le quedaban 20, todas las demás estaban en su organismo. Juan nunca se había caracterizado por su inteligencia. El muy capullo la había cagado.
Al día siguiente, a eso de las ocho de la mañana, una mujer que practicaba footing encontró su cadáver en la playa, flotando sobre el agua del mar. Le habían volado la tapa de los sesos tras una brutal paliza. Juan murió con veinte años y en su funeral su madre aseguró que hacía mucho que no le veía con tan buen aspecto. El maquillaje post mortem hace milagros. Por una vez, aquel puto yonqui volvía a tener color en sus mejillas.
Antonio se unió a una comunidad okupa. Otro punk de pasta deambulando en busca de su dosis diaria. Otro brillante futuro académico a tomar por culo.
En su caso, el robo no era una opción; a pesar de todo, cierta moral se lo impedía. Él vendía su cuerpo a quien quisiera comprar, normalmente viejos viciosos, solitarios y demás fauna depredadora. Muchas veces improvisaban pequeñas funciones teatrales en la Rambla de Barcelona. Sacaban algo de pasta. Lo cierto es que tenía talento natural para las artes escénicas a pesar de su vicio sobrenatural con el caballo.

Su comuna okupa despertó una mañana con dos componentes muertos. El caballo de la noche anterior, al parecer, era más puro de lo normal. Antonio y los demás abandonaron apresuradamente el lugar no sin antes registrar los bolsillos de los difuntos por si les quedaba jaco. Se separó del grupo y estuvo malviviendo en una sórdida habitación de una mugrienta fonda de la calle Princesa, conviviendo con la crème dela crème de la purria más rastrera.
Un día empezó a darle vueltas a su situación, a su mísera existencia… Estaba harto de mugre, harto de pasarse el día totalmente colocado, pero sobre todo harto de chupársela a viejos, harto de que se lo follasen… Ese día tomó la decisión más acertada de toda su vida. Se levantó de la cama e hizo algo totalmente impensable tan solo unas horas antes: arrojó tres papelinas que le quedaban al inodoro, exhalando un gran suspiro, consciente de que en breve pagaría las consecuencias de dicho acto.
Abandonó su habitación sin recoger sus míseras pertenencias. No quería recuerdo alguno de su estancia allí, ni siquiera de sus últimos años. Al cerrar aquella puerta tras de sí, cerraba también una parte de su pasado. Decidió ir andando a Badalona, a la Morera, a casa de sus padres. Mantenerse ocupado haría más llevadero su estado. Tardó unas horas, pero le sirvieron de reflexión.
Cuando sus padres abrieron la puerta, en principio, casi no lo reconocieron. Las botas altas con puntera de hierro, mayas negras de lycra, una harapienta camiseta agujereada y gastada de un negro desvirtuado, chaqueta de cuero con mil cremalleras, una cresta que empezaba a perder altura… Y tras todo aquello, su hijo, pálido como un papel, con ojeras moradas, y aspecto de derrotado, sudoroso y con aquella mirada de profundo dolor, de profundo arrepentimiento, de profunda ausencia. Fue un reencuentro largamente soñado por sus padres.
“Lo siento”, fueron las dos únicas palabras que salieron de su boca antes de derrumbarse en un llanto incontrolable. Mientras lo abrazaban, ninguno de los dos pudo evitar llorar. La madre entró en casa abrazando aún a aquel tipo de metro ochenta y sesenta kilos de peso, aquel despojo humano. No podía evitar verlo como si aún fuera su adorable hijito.
El padre miró hacia la calle. No había nadie, nadie había visto la escena. Cerró la puerta tras de sí con el convencimiento de que una nueva etapa comenzaba para ellos, una etapa donde por fin podrían dormir en paz, sin preguntarse a cada minuto dónde estaba su hijo.
Antonio dejó Barcelona un par de semanas más tarde, tras pasar el síndrome de abstinencia en una clínica privada controlado en todo momento por médicos. Quizá fue un milagro, quizá la suerte…, pero la realidad era que no había salido del todo malparado de aquella situación. Los exámenes médicos habían concluido que no tenía hepatitis, ni sida, ni problemas renales. Incluso su corazón funcionaba a la perfección. Únicamente encontraron su hígado un poco inflamado y una anemia derivada de sus malos hábitos alimenticios. Nada importante, dictaminó el doctor.
En el avión camino a Londres, pensaba en lo duros que serían aquellos meses. Pero no fue así, los tres meses en aquella casa de reposo fueron sumamente placenteros. De tanto en tanto soñaba con torrentes de sangre, soñaba que se chutaba y se despertaba perlado de sudor. Algunos días la ansiedad era insoportable pero logró superarlo, y al margen de esos momentos en que el mono psicológico tomaba el control, su estancia fue, como ya he dicho, sumamente placentera.
Su inglés era más que aceptable y la continua práctica lo mejoró notablemente. Conoció a un actor teatral de cierto renombre, que casualmente estaba allí para superar su adicción, como tantos otros, como él mismo. En seguida saltó la chispa, una conexión inmediata. Esa noche follaron como posesos e iniciaron una relación que perduraría toda su vida.
Aquel actor le contagió su amor por el teatro y este aprendió deprisa.
La clínica quedó atrás. Teatro tras teatro, Antonio y la compañía teatral de John —ese era su nombre— adquirieron prestigio y fama.
Antonio dejó atrás su vida de dudas, de vicios, de miseria, de mierda… y logró por fin ser feliz.
CAPÍTULO 30

Con gran violencia, contraje el brazo. No quería su contacto, no quería ver más.
—¡Ey! Que no muerdo tío. ¿Qué te pasa?
—¡No me toques! —le grité. Me miró extrañado.
—¡Vete a la mierda, Juampe! —me espetó.
—Perdona, Antonio. Es que no me encuentro demasiado bien. —Rebusqué en el bolsillo de mi pantalón y localicé el último Valium que quedaba en él. Importándome únicamente limpiar mi mente de todas aquellas extrañas visiones, lo introduje en mi boca sin vacilar.
—Juampe, para ya con las rulitas, ¿no? —me dijo Pistolero disponiéndose a golpear ligeramente mi hombro derecho. Al preveer su intención me precipité a esquivar el contacto. Involuntariamente choqué con Pepe, que continuaba sentado a mi lado fumándose un canuto mientras liaba otro.
—¡Ey! Para, tío, que me lo vas a tirar.
A pesar del Valium, no había vuelta atrás. El futuro de Pepe se filtraba en mí con fuerza.
Mientras esto ocurría, lo vi fluctuar a mi lado. Lentamente se desvanecía de aquel círculo. Miré a los demás, pero nadie daba muestras de percatarse de su desaparición. Recordé a Jaume. Entendí que algo raro pasaba. Atribuí aquellas dos desapariciones al tripi y supe que Cañete, Atari y yo correríamos, también, la misma suerte. Estábamos, sin duda, condenados a fluctuar y desaparecer de allí, de aquella realidad. Pero ¿para ir a dónde? ¿Realidades alternativas? ¿Puertas dimensionales?… Quién sabe… Quizás todo era más sencillo, quizás yo yacía en el suelo en estado catatónico, y todo aquello era una simple alucinación. Para Pepe, su salto de una realidad a otra no fue demasiado traumático. Cuando abrió los ojos estaba atado a una cama. Al mirar a su alrededor, entendió que estaba en un hospital. ¿Por qué estoy atado?, pensó, ¿Y qué hago en un hospital?. Intentó hacer memoria; lo último que recordaba era estar en La Rambla sentado con un grupo de amigos formando un gran círculo humano.
Entonces, un brusco ataque de tos le sorprendió y una bocanada de humo con un fuerte olor a chocolate invadió la estancia. Recordó haber proferido una calada al canuto que instantes antes le había pasado yo; la recordaba como lo último que había hecho antes de aparecer en el hospital.
—Perdone, enfermera —increpó a la primera mujer con bata sanitaria que vio.
—Dígame.
—¿Podría decirme qué hago aquí, cómo he llegado y por qué?
—No puedo decírselo. Tendrá que hablar con su médico.
—¿Puede usted avisarlo, por favor?
La enfermera lo miró como miraríamos a una mosca cojonera encima de nuestro trozo de pastel de aniversario, pero a pesar de ello, accedió a su petición. Aun así, Pepe tuvo que esperar casi una hora. Transcurrido aquel interminable intervalo, un médico se acercó a él llevando unos papeles en las manos y mostrando una expresión sombría.
—Buenos días. ¿Es usted José Sanchís?
—Sí, soy yo. ¿Me puede decir qué hago aquí y por qué estoy atado?
—Bueno señor Sanchís…
—Llámame Pepe.
—Ha sufrido usted un ataque psicótico agudo.
—¿Y eso qué es? —preguntó Pepe, que como ya he dicho, tenía un resquicio de lentitud mental.
—Pues verá… Por su esquizofrenia.
—¡Qué dices! Yo no tengo de eso.
—A ver señor Sanchís, he consultado su ficha y hace nueve años que usted se medica porque es esquizofrénico. Exactamente desde los 24 años.
—¡Quéee! ¿Tú estás loco o qué? Si tengo 17…
—Me temo que no, señor. Tiene usted 33 según la ficha.
—¿La edad de Cristo?
—Sí.
—¡Qué dices, tío!
—Eso es lo que pone en sus datos. ¿No recuerda cómo llegó aquí?
—No.
—¿Qué es lo último que recuerda?
—Pues le parecerá extraño, pero lo último que recuerdo es estar en La Rambla de Badalona con mis amigos, fumándome unos petardos a los 17 años.
El médico lo miró fijamente durante largo rato.
—Señor Sanchís… Ha sufrido una crisis psicótica. Ha agredido a un hombre en un bar y a dos guardias urbanos, los cuales le han traído aquí hace un rato. Es la tercera vez este mes. Ya le dije la última vez que no debía usted dejar la medicación; que si lo hacía las voces volverían… —Pepe no dijo nada—. ¿Lo entiende señor Sanchís? –prosiguió el doctor.
—Sí —dijo Pepe escuetamente intentando recordar, en vano, de qué medicación se trataba.
—Mire. Lo que vamos a hacer es tenerlo unos días en observación en psiquiatría. Si se porta usted bien y promete tomar la medicación, en breve estará en la calle. —Diciendo esto, el médico palmeó su hombro y marchó.
Aquel episodio pasó, y con los años, Pepe llegó a autoconvencerse de que lo que él recordaba de La Rambla, de haber aparecido de repente en el hospital y aquellos años perdidos de su memoria, eran tan solo parte de su perturbación, de sus delirios. Ni que decir tiene que no se planteó dejar el tratamiento, de hecho, si algún día retrasaba la toma, escuchaba una risa en su mente que desaparecía inmediatamente después de tomar una dosis de Paliperidona. Durante unos años, Pepe llevó una vida normal; anodina, pero normal. Una noche miraba la tele sentado en el sofá de su comedor cuando, repentinamente, la programación se interrumpió. Una emergencia sanitaria había hecho saltar la alarma en medio mundo: “La gripe Hikikomori”. Desde el día en que vio aquella noticia todo había transcurrido con mucha prisa. El mundo había cambiado radicalmente.
Hacía tan solo seis meses que se había producido el primer caso de la mencionada enfermedad. En un lapsus de tiempo tan corto, la población de Badalona y muy probablemente la de toda la Tierra, se había reducido tan drásticamente que era difícil ver algún ser vivo por la calle.
Cuando todo empezó, poca gente había oído la palabra “Hikikomori” y desde luego, nadie que la hubiera oído, la había asociado a la gripe. Todo cambió, como ya he dicho, seis meses antes, con el primer caso de la virulenta epidemia que, literalmente, asoló la Tierra.
El primer caso documentado de dicha afección fue diagnosticado en un individuo con el Síndrome del Hikikomori. ¿Qué es el Síndrome del Hikikomori? Os preguntaréis. Es una especie de depresión muy particular que se da, mayoritariamente en Japón debido a su competitiva sociedad. Son personas, casi siempre adolescentes, que se aíslan voluntariamente y de forma gradual. Esta actuación viene provocada por diversas causas: fobia social, timidez extrema, agorafobia, trastornos de personalidad por evitación… Se vuelven inseguros, hablan poco y frecuentemente son objeto de burla en los colegios… A modo de protección, se recluyen en sus cuartos, en ocasiones durante años, para evitar toda presión exterior. Normalmente duermen durante el día y por la noche ven la televisión o juegan con el ordenador, que se convierte en su única ventana al mundo exterior. En casos extremos, pueden cerrarse incluso a esto y permanecer durante horas en la misma posición, dirigiendo su mirada hacia un punto fijo, sin importarles nada que vaya más allá de su imaginación.
Tener un hikikomori en la familia es considerado como algo vergonzoso en la sociedad nipona. Se convierte en un problema interno de la familia que recae, prácticamente, en la madre (encargada, por tradición, de la educación del niño), la cual se siente sobreprotectora con su hijo. La mayoría se limitan a pasarles comida y retirar sus excrementos mientras esperan a que el niño supere esta fase por sí mismo y regrese a la sociedad por voluntad propia.
El cambiante mundo cogió a Pepe por sorpresa, poco más o menos como a todos, pero él seguía vivo; era un superviviente solitario anclado en el Museo de Badalona.
La visión volvió a mostrarme a Jimen Kikamoto, sus padres estaban preocupadísimos, su hijo llevaba tres días sin tocar la comida, sin dejar en la puerta su apestoso orinal. Un olor nuevo y absolutamente nauseabundo se filtraba desde aquella habitación. Haciendo acopio de valor para vencer la vergüenza, decidieron llamar a un número de urgencias médicas; los pobres no se atrevían a entrar por miedo al espectáculo que pudiera esperarlos tras la puerta. Ni en un millón de años hubieran adivinado el estado de su hijo. Según comentaron en la televisión, cuando dos ATS y un médico accedieron a la habitación, uno de los dos ATS, a pesar de llevar dieciocho años de servicio, salió pálido como el mármol y sin poder evitarlo, vomitó. Encontraron el dantesco espectáculo…
El chico, de 22 años, estaba desnudo, en cuclillas sobre sus heces, el cuerpo salpicado de mierda y orín hasta las rodillas. Un sarpullido verdoso plagaba todo su cuerpo. En su pecho y cuello, una gran llaga no dejaba de supurar pus y carne medio en descomposición, como si de una fuente se tratase. Dicha carne no llegaba a tocar el suelo, puesto que el individuo, con gran rapidez la cazaba con las manos conforme salía y la engullía con un apetito aterrador. El olor que salía de aquella habitación no podía ser más opresivo, incluso irritaba los ojos. Era asfixiantemente nauseabundo. El chico fue trasladado a un hospital cercano y sometido a infinidad de pruebas. No hubo manera de saber qué le había pasado. Por supuesto, con esa habilidad que caracteriza a los médicos, llegaron a la conclusión de que era un virus. ¡¡¡No me jodas!!! Incluso Pepe podía haber hecho ese diagnóstico solo con oler al paciente y eso que, en ese mundo, en ese universo, tan solo era un puto guarda jurado. Desde el círculo, sentado al lado de Pistolero que en aquel momento me pasaba otro canuto, podía oler aquella vomitiva peste.
El olor se filtraba por los poros multidimensionales del tiempo. Joder, esa realidad era jodídamente apestosa…
—¿De qué te ríes? —Pistolero me contemplaba sonriendo.
Al mirarle, mi risa se acrecentó. Como pude le contesté:
—De nada, tío. La vida es una mierda y apesta.
Observé cómo Pistolero, con un gesto de mano, me indicaba que siguiera con mis risas y mi apestosa vida de mierda. Entre tanto, Pepe y su nueva realidad invadían mi cerebro y la puta risa parecía querer reventar mi cráneo sin piedad, mientras yo me debatía, fluctuante, en medio de aquellos dos mundos.
Pepe estaba solo. Reía, lloraba, hablaba… Aquella vorágine de mundo le había hecho descuidar su rigurosa medicación. La esquizofrenia estaba absolutamente desbocada, eufórica. Tomaba las riendas en aquella realidad.
Los médicos, después de un sinfín de pruebas llegaron a la conclusión de que el pobre japonés había dejado, gracias al virus o a causa de él, de ser humano. Había mutado en una especie de depredador de su propia carroña.
Los latidos de su corazón, así como cualquier otro signo vital, eran inexistentes. Solo mantenía una pulsión insaciable por comer su repulsiva carne.
Esta noticia copó todos los medios de comunicación del mundo, un martes 12 de Noviembre. Dos días después, llegó desde Japón otra noticia:
“La enfermedad se propaga con una rapidez irreal. La mitad de la población de la isla ha encontrado un rincón donde consumirse a sí mismo. El riesgo de pandemia es una realidad en la que estamos inmersos. Un olor insoportable cubre todo Japón como un manto de muerte. La enfermedad se propaga por el aire, como una vulgar gripe, solo que, al igual que la gripe española de 1918, la Gripe Hikikomori nos arrastra irremediablemente hacia una muerte horrorosa.”
La propagación fue devastadora. En aproximadamente un mes y medio, el 15% de la población mundial —o quizás más— se encontraba sumida en un asqueroso festín. Humanos, perros, elefantes,… todos los animales de la Tierra parecían verse afectados. Los científicos ni siquiera tuvieron tiempo de desarrollar una posible vacuna, solo pudieron constatar que todo ser viviente de la Tierra caía presa de tan extraño virus y se auto engullía, transformándose en algo horrendo y sumamente pestilente. La vida que hasta entonces conocíamos, se desvanecía por segundos: la prensa dejó de emitir comunicados, falló el suministro eléctrico, el agua corriente, los teléfonos… Todo lo que asociamos a la civilización, a la sociedad, dejó de ser un hecho. Incluso en el hipotético caso de que los gobiernos del mundo hubieran podido avisar a la población, no hubiera servido de nada.
…Y Pepe, seis meses después, seguía vivo. El olor a podredumbre, mierda y muerte lo arropaba como un mullido abrigo. Había deambulado por la ciudad, entrado en casas. En estas había encontrado bultos apestosos, antiguos seres humanos, antiguos animales… Ya no se distinguían por sus sonrisas, por sus broncas, por sus llantos o por el qué dirán. Ahora, tan solo eran masas de carne putrefacta que, de alguna manera que no acierto a entender, seguían consumiéndose a sí mismos sin fin. Por suerte para los escasos supervivientes, con el primer síntoma de la enfermedad, ya fueran seres humanos o animales, todos hacían lo mismo: buscar un rincón solitario y oscuro para empezar su macabro atracón, así que, por lo menos, las calles estaban casi vacías de esas masas informes que hubieran hecho vomitar al más templado. Por alguna razón, el virus no afectaba ni a los alcohólicos irreversibles ni a los esquizofrénicos. Estos eran totalmente inmunes a la Gripe Hikikomori. La enfermedad de Pepe fue su salvación (o su perdición, según se mire).
Lentamente, los supervivientes fueron muriendo. Infecciones, lepra, suicidios… El panorama era dantesco. Finalmente solo quedó un ser vivo en toda la Tierra. Sentado perennemente en los escalones que daban paso al portón del Museo de Badalona se encontraba —pobre Pepe— el último ser vivo sobre la puta faz de la Tierra. Ante el museo, oliendo una ciudad en putrefacción, un mundo acabado, oliendo la propia peste de sus pústulas… Las infecciones hacían mella en él, unas infecciones que tarde o temprano terminarían por arrebatarle la vida. Por suerte, la realidad cada vez estaba más lejos de su alcance. Su cuerpo estaba anclado a su último trabajo: guarda de seguridad del museo. ¡Qué ironía! Él mismo era una reliquia del género humano. Su mirada extraviada indicaba que la locura había tomado el control. Su mente, por su parte, había encontrado un sistema para evadirse de aquella soledad: imaginaba que estaba en otra Badalona, imaginaba que era un adolescente que junto a unos amigos y en un perfecto círculo, fumaba unos canutos en una cálida noche de verano, en la que el único olor que invadía sus fosas nasales era el agradable aroma del hachís. En una Badalona rebosante de vida…
CAPÍTULO 31

—¡Juampe tío, coge el canuto! Estás en Babia.
Pistolero me chillaba todo aquello desde un creciente mono, no me cupo la menor duda. Aun así agradecí que me arrancara de aquel sueño, pesadilla o lo que coño fuera. Cogí el canuto sin rozarle siquiera la mano. Estaba empezando a entender el juego: sin Valium mi mente era un caos de información, con Valium era medio controlable, tan solo percibía con contacto físico. Por suerte, esto lo aprendí pronto; por desgracia, no desaparecería de mi vida cuando pasara el efecto del LSD. Esa puta puerta quedaría abierta para siempre…
Esa noche empezó mi aversión a ser tocado. Un terror indefinible se apoderaba de mí cada vez que un ser humano intentaba siquiera, rozarme. Eso me transformaría, en no demasiado tiempo, en un tipo tan sumamente antisocial que solo tenía una salida: la calle.
En no demasiado tiempo empezaría mi peregrinar eterno, instigando a la gente por una moneda para otro cartón de Don Simón.
—Pásale el otro cauto a Pepe, que se te acumulan.
Miré y allí estaba Pepe, durmiendo de nuevo junto a mí. Recuerdo que pensé: Joder, quizá todo esto, toda esta realidad tan solo es el sueño de Pepe en la realidad de él que he percibido.
El dolor de cabeza se intensificaba. Sin pensármelo, introduje en mi boca todas las pastillas que acababa de mendigarle a Pistolero: otras tres rulas.
—Moderación tío —dijo Pistolero con la voz una cuarta por debajo de su timbre habitual. Al girarme hacia él entendí el porqué de su voz. Se estaba chutando de nuevo.
—Dame el petardo, Pepe no va a fumar más. —Diciendo esto, Atari me arrebató uno de los canutos de mi mano. Me rozó. Joder, aquel tipo me dio escalofríos. Miré su cara sonriente con horror.
—Joder Juampe, no me mires así. Ya sé que doy miedo pero…
—He visto la negrura de tu alma, Atari —le dije cortando su frase.
Todos rieron, incluso Atari. Yo no, yo acababa de ver su futuro.
Atari venía de una familia muy humilde de tropecientos mil hermanos, padres analfabetos… Se había criado en la Mina (barrio de Barcelona). Allí había conocido a personajes como El Vaquilla, El Pera, El Macarra… En definitiva, un montón de críos suburbiales.
A pesar de la cantidad de delitos perpetrados por aquellos jóvenes inadaptados, es muy probable que Atari fuera, con diferencia, el individuo más monstruoso de todos ellos.
Al nacer, su propia madre pensó: “Dios mío, qué adefesio”. Y así lo contaba a las vecinas sin demasiado pudor. Entendedme, le quería, claro que sí, era su hijo, le quería con locura, pero no pudo evitar pensarlo: “Dios mío qué adefesio”.
Atari nació con un parpado caído y, bajo este, se encontraba un ojo totalmente muerto. Sus orejas estaban pegadas a la piel del cráneo y un pie presentaba un defecto congénito.
—Su hijo tiene un pie equino varo.
—¿Lo cuálo? —preguntó la madre al escuchar aquello.
—Que su hijo tiene un pie al revés —simplificó aquel médico.
Los primeros meses de vida salió poco a la calle. A su madre le avergonzaba que lo viesen las hipócritas vecinas. Tras muchas operaciones, las orejas y los pies lograron cierta normalidad, a pesar de que el resto de su vida renqueó de manera peculiar.
Realmente, su infancia fue dura, con todas aquellas características era el blanco de más de una broma. Pronto se convirtió en un alguien muy introvertido. Mil complejos añadidos hicieron de él un niño tartamudo.
Durante su adolescencia no mejoró sus relaciones, pero encontró una buena manera de dejar atrás todos los problemas, complejos, inseguridades y demás: drogas y alcohol en grandes cantidades y una ocupación a tiempo parcial para conseguir el dinero necesario para el consumo: robar todo aquello que fuera robable.
Por otra parte, era muy trabajador: estibador en el muelle del puerto, feriante en los autos de choque, vigilante, pintor… eso sí, sus trabajo duraban poco. Era un tipo inconstante. Sus vicios iban siempre en progresión.
Los yonquis son basura, carne de talego, decía. Nunca probó el caballo, pero era un politoxicómano irremediable: Padillan, Reinold, Dixidrina… Conocía los nombres de todas las pastillas que pudieran alterar la consciencia, a parte, por descontado, de drogas como el LSD, chocolate y cocaína. Esta última droga sería su perdición con el tiempo.
Conocí a Atari ya de adolescente, unos años antes de la noche del círculo. Pero todo aquello, todo su pasado, era algo que yo sabía; él mismo me lo había contado. Lo que vi al tocarlo aquella noche fue algo que pasaría unos años después. Descubrí que Atari, igual que Clark Kent tenía una personalidad oculta. En el caso de Kent, era Superman y en el caso de mi amigo sería un puto violador asesino…
En mi visión vi a un Atari algo mayor, ya no llevaba el pelo a lo afro; su mella central ya no existía, un puente ocupaba su lugar. Tendría unos treinta años, diez más que en el círculo. Era extrañísimo verle enzarzado en su singular trifurca con Cañete y a la vez estar experimentando aquella visión en mi mente donde Atari era mayor.
En aquel futuro seguía aparentando ser el mismo, pero su parte más oscura había tomado el control. Casi todas las drogas habían quedado atrás, a excepción de dos: la cocaína y el alcohol.
Atari vendía coca, así ganaba un extra para el consumo, puesto que sus trabajos eventuales cada vez duraban menos.
Su relación con las mujeres a lo largo de su vida podría calificarse de nefasta; jamás, ninguna, se había sentido atraída por él. Lentamente, su visión de estas había degenerado. Cuando hablaba de ellas denotaba ira: Las tías tan solo son putas, eso pensaba, pues sus únicas relaciones eran con prostitutas. Era una manera lógica de pensar para alguien con su experiencia con el sexo opuesto.
Vi cómo noche tras noche salía en su coche buscando presas fáciles. En sus escapadas nocturnas recorría todo el barrio Chino, si veía a alguna prostituta colocada, la elegía sin dudar. Solía violarlas y quitarles todo lo que llevaran encima, eso hacía aumentar sus ingresos para meterse más coca —una extraña vorágine—. Normalmente las amenazaba con una navaja, con eso bastaba, pero tampoco tenía ningún reparo en propinarles una paliza si la ocasión lo requería.
Pronto, su perversión lo transformó en un tipo sumamente peligroso. Su adicción a la cocaína pronto comenzó a mostrar su lado más paranoico. Mirar por encima del hombro era ya un hábito.
Añadió emoción a sus particulares excursiones. Dejó atrás los robos a las putas; encontró un filón entre las guiris borrachas. Una presa aún más fácil.
La mayoría de las veces, la cosa no pasaba de un vulgar robo con agresión. Su fuerte adicción le ocasionaba muchas dificultades para mantener una erección; su rabia crecía en su interior. En breve su violencia estaría fuera de control.
La cara es el espejo del alma. Eso dice el refrán, pero a pesar de la fealdad de Atari, su careto ni siquiera se acercaba a la negrura de su alma.
Una serie de muchachas fueron asaltadas con inusitada violencia. Siempre era el mismo modus operandi: las atacaba en lugares solitarios, con su propio jersey les tapaba la cabeza, las toqueteaba salvajemente, amenazándolas con un arma blanca, les sustraía sus bienes y como colofón a su actuación, un intento de violación —desde hacía tiempo, su polla no funcionaba— y una brutal paliza.
¡Menudo hijo de puta! Mientras fumaba el último canuto que Pistolero me había pasado, no pude evitar mirar a aquella versión más joven de él, y pensar que matarlo en aquel momento hubiera evitado mucho sufrimiento posterior.
Atari vivía en un bloque de pisos de la Morera —la versión más vieja de él— y, cierto día, una vecina de dicho bloque apareció muerta. Le habían dado una brutal paliza y casi le seccionan la cabeza al asfixiarla con un fino alambre. No había signos de violación. La muchacha era heroinómana, además de puta —así pagaba su vicio—. La noche anterior, Atari había llamado a su puerta:
—¿Qué quieres tío? —preguntó ella.
—Pues follar —dijo él mostrando un billete de cinco mil pesetas en la mano. No era la primera vez que precisaba de sus servicios. Sabía las condiciones económicas.
—Pasa. —Le brindó la entrada ella sin sospechar siquiera que dos horas después yacería muerta en el suelo de su comedor sobre un gran charco de sangre con la cabeza casi separada del cuerpo.
Todo empezó como siempre: él preparó dos rallas sobre la mesa. Ella hacía poco que se había chutado una dosis de caballo, casi no podía abrir los párpados; aun así, esnifó una de las rallas. Todo fue más o menos como siempre, incluso la imposibilidad de Atari de penetrarla, solo que esa vez ella cometió el error de reírse.
—¡Joder tío! Yo no sé porqué insistes en pagar para follar si eres impotente. Entiéndeme, a mí la pasta me va de puta madre…—No pudo terminar la frase. Él se lanzó hacia ella encolerizado. Su rostro no parecía humano. Empezó a golpearla con todo lo que encontró a su paso. La carne de ella se amorataba, se rajaba… La sangre manaba en abundancia de sus múltiples heridas. Ella chillaba y reclamaba auxilio; ningún vecino acudió en su ayuda, quizá no la oyeron, o quizá sí pero no hicieron ni caso, puesto que sus gritos y sus peticiones de ayuda eran constantes. Digamos que no era una puta con una clientela muy selecta.
Atari la observó en el suelo; sollozaba. Sacó un fino alambre enrollado de su bolsillo; lentamente lo desenrolló sin dejar de mirarla. Asió el alambre con las dos manos, se acercó a ella y simplemente la estranguló.
La policía investigó poco, “otra yonqui menos”. La cosa era tan simple como eso.
Atari incrementó su consumo de mierda. Su paranoia creció y creció hasta hacerse insostenible. Empezó a ver a la muerta en cada cara, en cada gesto… Aguantó como pudo: más alcohol, más coca… Un pepino interminable hacía más llevadera la culpa. Lo peor era la noche. Cuando podía dormir —y eso no ocurría muy a menudo— soñaba con ella. Siempre era el mismo sueño: ella lo miraba riendo y le decía ¿Qué te pasa, picha floja? —Irremediablemente, aquello lo arrancaba de los brazos de Morfeo. Irremediablemente, lloraba y temblaba como un niño asustado.
La locura se apoderó de él. Su consciencia lo atormentaba. Fue a la comisaría y se auto inculpó del crimen, pero no lo creyeron.
—No digas chorradas chaval. Vete a casa y duerme la borrachera.
—Sí señor. —Siempre fue muy educado.
Salió a la calle. Esa noche llovía a mares. Ante él vio a la muchacha que había asesinado. Se quedó petrificado…
—¿Qué pasa Picha floja, no te creen?
Sollozó al verla. No aguantaba más. Se dio la vuelta y volvió a entrar en la comisaría.
—Señor agente.
—¿Qué quieres ahora?
No le dio demasiado tiempo para reaccionar; el policía no se hubiera esperado aquello ni en un millón de años. Atari le propinó un fuerte puñetazo que lo dejó K.O. Se agachó a su lado, extrajo su arma reglamentaria de la cartuchera, se alejó un poco del agente, puso la pistola en su sien y sin ni siquiera pestañear, se pegó un tiro. Inmediatamente cayó desplomado al suelo.
Fuera, en la calle, el espectro de la yonqui se fundía con la lluvia lentamente, no sin antes decir:
—Hasta luego, Picha floja.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo largo rato. Miré a Atari, que seguía su lucha con Cañete ignorante del futuro que le esperaba. Para ser sincero, sentí mucha pena.

CAPÍTULO 32

—Chele, tío. ¿A dónde vas? —preguntó Faustino.
Pero Chele no dijo nada. Se había levantado y marchaba con la mirada fija en el horizonte. Desde que había llegado de Méjico actuaba frecuentemente de esta manera; estaba conversando contigo y de repente se marchaba dejándote con la palabra en la boca. Era un poco demencial. Esta extraña conducta habría conseguido indignar a cualquier persona que no conociese lo que aconteció durante el viaje que realizaron él y su amigo hacía un tiempo. Se podría decir que Méjico les robó la cordura, pues si Chele actuaba de esta forma tan extraña, imaginad cómo lo haría su amigo para terminar ingresado en el “loquero” de Santa Coloma de Gramanet.
Chele era un chaval de etnia gitana algo mayor que nosotros, casi analfabeto. Durante su infancia y media juventud, había ayudado a su padre a recoger chatarra. Su familia era una familia bastante normal, buena gente. Chele quizá un poco vicioso, pero ¿quién no?
Miré hacia Atari y sentí una rabia incontrolable.
—Atari. —Este se giró y me miró. No pude evitar decírselo—: Eres un hijo de puta, maldito Picha floja.
Ni que decir tiene que este no entendió nada. Se limitó a reír como un loco.
—Oye Juampe. ¿Tú sabes qué le pasó al capullo ese —señaló a Chele que seguía alejándose sin prisas— en Méjico? —me preguntó alguien.
Lo miré y durante un rato me costó entenderlo, de hecho, me costó incluso identificar su puto careto. Mi mente estaba a punto de explotar. De alguna manera pude medio normalizar mi estado.
—Toma fuma. —Me ofreció otro canuto.
—Otro, tío… —me queje. Eso sí, lo cacé al vuelo y fumé ávidamente. Miré hacia el cielo y exhalé el humo; este, por un instante, difuminó las estrellas.
—¿Lo sabes? —repitió. Y esta vez, al volver a mirar hacia él lo vi a la perfección.
—Sí, Faustino. Tuvo una mala experiencia.
—¡Coño! ¿Me la cuentas o vas a pasarte toda la noche medio gilipollas?
Cañete intervino:
—Eh, Faustino. ¿No ves que va hasta el culo…? ¡Déjalo, no le cortes el rollo, jodío!
—Ya, pero qué coño le pasó a Chele, tío. Me ha dejado con la palabra en la boca, se ha levantado y se ha largado con una cara de loco que flipas.
—¿Hacía mucho que no lo veías? —preguntó Marc.
—Pues unos tres años —contestó Faustino.
—Hace aproximadamente ocho meses que vino de Méjico. Le pasa desde entonces —dijo Atari.
Antonio intervino:
—Se le fue la pinza.
Faustino, empezaba a perder la paciencia y no era de extrañar; llevaba casi un gramo de speed en el cuerpo, y la anfeta, más que otra cosa, le ponía de los nervios.
—Bueno. ¿Qué? ¿Vais a seguir con vuestras pistas inconexas o me vais a contar qué cojones le pasó al capullo ese?
—Todo comenzó hace casi tres años… —empezó a contar Cañete, que por fin había dejado de pelearse con Atari. Yo escuchaba la historia sin decir nada, sin moverme. Mi particular cóctel de drogas me lo imposibilitaba. Demasiado Valium, incluso el pensamiento se volvía lento. Cañete empezó a contarle a Faustino lo que la mayoría de nosotros ya sabía…
—… Chele y un colega, no recuerdo su nombre…
—Sergio —apuntó Atari—. El colega de Chele se llama Sergio. Está en un puto manicomio, vegetal perdido.
—¿Ya? —le preguntó Cañete.
—Si, sí, Cañete. Cuenta, cuenta… —¡Zas! Le propino otro puñetazo en el hombro.
Cañete no hizo ni caso. Siguió contándonos aquel paranoico viaje de Chele.
—…Pues eso. Como decía, Chele y su colega…
—Sergio —volvió a apuntar Atari.
—¡Te callas ya plasta! —chilló Marc.
—Ok, Ok. Perdona. Sigue Cañete. —Así lo hizo. Esta vez sin interrupciones.
—… Hicieron un buen negocio. Los cabrones vendieron 100 gramos de coca. Se apalancaron casi un millón de pelas. Un sistema rápido y sencillo para ganar dinero, solamente les importaba disfrutar el momento, así que decidieron pateárselo a lo grande: marcharon a Méjico. La idea era estar allí dos semanas a tutiplén. Viaje en primera clase, estancia en un hotel 5 estrellas, las mejores putas, drogas… En fin…
Al llegar a su destino, se hospedaron en un complejo turístico de Cancún. Una vez instalados, se plantearon ir a pillar algo de droga. Preguntaron aquí y allá. Una marabunta de preciosas turistas medio en pelotas deambulaban a su alrededor en las piscinas, en las playas, pasándolo en grande, con exclusivos cócteles, suculentas comidas… Todo esto les parecía un paraíso, únicamente les faltaba droga para que lo fuese de verdad.
—¿Y qué pasó, que en Méjico no encontraron? —preguntó Faustino cínicamente.
—Pues claro que hay droga, hombre. Coca y maría a saco, pero solo si sabes dónde preguntar, ¿no, merluzo? Como aquí. Fíjate —continuó Cañete—, si tú le dices a tu viejo o al mío que busquen drogas en Badalona, probablemente no sean capaces de encontrar ni costo.
—Eso es verdad —asintió Faustino.
—Acuérdate de la paranoia que nos explicaban nuestros viejos cuando éramos niños.
—¿Qué paranoia? —preguntó David.
—La tontería esa de “ten cuidado que en la puerta de los colegios hay señores regalando caramelos con droga dentro para que te enganches”.
Todos reímos el recuerdo de semejante sandez. Cañete continuó contando:
—…El caso es que preguntando, preguntando, llegaron a la barra del bar. Supongo que pensaron que “a falta de pan, buenas son tortas”. Se pusieron hasta el culo de Margaritas. Cuando llevaban ya un ciego considerable, el camarero les preguntó, no sin antes mirar a su alrededor y cerciorarse de que estuvieran solos, si querían maría.
Imagina la sorpresa de los dos capullos…
—Bueno, es aquello de “si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña”, comentó Pistolero.
—El caso es —continuó Cañete— que entre el pepino que llevaban de alcohol y la fumada que se pegaron esa noche, ninguno de los dos recordaba al día siguiente, qué coño hacían en aquel autobús de mala muerte, rodeados de autóctonos, de gallinas, de paquetes y de un puñado de extranjeros.
Según me dijo Chele, el dolor de cabeza era tan monumental que ninguno de los dos preguntó cómo habían llegado allí. El trayecto pudo durar minutos o una eternidad. La mayor parte del viaje lo pasaron intentando dormitar para paliar la resaca. Chele me comentó que cuando llegaron al destino fliparon. En medio de una selva, había un gran claro, y en el centro de este se alzaba una imponente pirámide sin punta y con infinidad de escalones. Parecía desafiar al cielo.
—¿Chele y su colega fueron a hacer ruta turística por las ruinas Mayas? —preguntó Faustino que, alterado por el speed, no dejaba de moverse.
—Esa precisamente fue la pregunta que le hice a Chele cuando me lo contó.
—¡Joder Faustino! ¡Siéntate, cállate y escucha!
—Bla, bla, bla… ¡Cállate tú jodido yonqui! —espetó Faustino a Pistolero.
Pero lo cierto es que se calló, se sentó y escuchó, así Cañete pudo seguir contando. Yo presenciaba con una lentitud exasperante toda la escena.
—…Chele y el resto del grupo se dirigieron hacia el tipo que los llamaba. Chele se le acercó y le preguntó que qué era aquello. Según me contó le impresionó muchísimo aquella descomunal construcción.
El guía, le miró extrañado, pues se suponía que, al contratar el viaje, todos sabían a dónde se dirigían. Aun así muy amablemente le dijo que se encontraban en la pirámide de Uxmal y que en breve entrarían en sus entrañas. Al rato, toda la comitiva accedió al interior de aquel místico lugar.
—¡Joder, tío! —dijo Antonio—. ¡Debe de ser impresionante entrar en un sitio así! Imagínate, a mí ya me da mal rollo entrar en la Sagrada Familia.
Yo entendía a la perfección lo que quería decir Antonio. Me lo había explicado más de un colega con dotes artísticas. Por la razón que fuera, a la gente con una determinada sensibilidad, la Catedral les hacía sentir cohibidos.
Me centré de nuevo en Cañete, el jodido no dejaba de hablar, aunque para ser sincero, contaba la historia como nadie.
—…Chele me dijo que descendieron un buen tramo y que al llegar abajo se quedó maravillado. Ante él se hallaba una enorme figura grabada en piedra que había visto mil veces en revistas como Más allá y Año cero. Estaban ante el Astronauta de Palenque…
Se dejó llevar por la magia del lugar. Mil preguntas llenaron su cabeza: ¿Cómo era posible que gentes que ni siquiera conocían la rueda pudieran haber hecho aquella pirámide? ¿Era posible hacer aquellos bloques sin conocer siquiera el hierro? ¿Cómo coño movían los desorbitados pesos?…
El día pasó volando. Cuando salieron de allí era noche cerrada. La bóveda celeste ofrecía un espectáculo sobrecogedor; al no haber contaminación lumínica, el cielo se mostraba en todo su esplendor, tamizado de puntos brillantes.
Una vez fuera, todos comentaban lo alucinante que era aquel lugar. Chele y Sergio se decían que ni en un millón de años se hubieran apuntado a un excursión así sin ir “pedo”, pero que había valido la pena.
—…Entonces vieron la fogata, llameante y clara, reluciendo en aquella maravillosa tranquilidad de la noche. Hacia ella se encaminaron. Al llegar, al igual que las otras 23 personas, tomaron asiento a su alrededor. Un círculo de fuego…
Cuando Cañete dijo aquello me miró, solo una fracción de segundo, pero me miró y percibí, en esa ínfima porción de tiempo, miedo en su mirada. Otro círculo, pensé, y me estremecí.
—…El guía repartió entre ellos una especie de mandarinas —así las describió Chele—, unas mandarinas de color verde, ásperas al tacto y de una piel similar a la de una lagartija. Un aspecto asqueroso, pensó Chele al verlas.
Sergio llamó al guía: Jefe, jefe…
Lo dijo varias veces antes de que este le escuchara y se dirigiese hacia él.
—Dígame.
—¿No tiene otra cosa para cenar? Esto da un poco de asco. —Lo dijo flojo, pero no lo suficiente. Todos, a excepción de Chele y él mismo, rieron descontroladamente.
Después de las risas, el guía les contó que aquello era peyote, un fuerte alucinógeno, y que iban a iniciar un viaje a los pies de la pirámide, una especie de ritual para entrar en contacto con el lugar.
En aquel preciso instante Chele y Sergio entendieron por qué se habían apuntado a semejante excursión. No por la historia del lugar, ¡qué va!, ni por la pirámide, ni por el Astronauta de Palenque… ¡qué va! Todo aquello se debía, sin duda, al posible pepinazo del peyote. El guía fue cortando aquellos pequeños cactus e indicando cómo debían tomarlos. Cada cual fue ingiriendo a su ritmo las porciones de tan extraño fruto. Mientras lo hacía les daba instrucciones para relajar la mente con el fin de ubicar la alucinación en aquel lugar. Para ello les hablaba de los mayas, de sus costumbres, de sus rituales religiosos y curativos, de experiencias espirituales, de sacrificios humanos, de ofrendas a los dioses, de cómo eran aquellas tierras por aquel entonces…
Cada uno de ellos se comió tres peyotes. Al principio, las conversaciones eran coherentes pero cuando la mezcalina comenzó a hacer efecto, cada cual se sumió en su propio delirio. Un par de aquellos europeos se levantó y vomitó. Quedaron allí ante su propio vómito. A saber qué alucinación estaban sufriendo.
—Chele me contó que al rato dejó de ver a los demás, que de repente todo cobró un nuevo estatus. Miró sus propias manos y estas habían perdido dimensiones y naturalidad. Empezó a verlo todo como si fuera un dibujo animado. Todo, incluso él mismo, era dibujado.
La estrellada noche dio paso a un cielo azul, del cual se podían ver regueros de color caer sobre la hierba. Entonces, acercándose por el cielo en dirección hacia él, vio un OVNI. No podía creerlo, estaba a punto de contactar. El OVNI se acercaba con un vuelo errático. Volutas de humo perfectamente redondas salían de un tubo de escape herrumbroso; dichas volutas, nada más materializarse, se transformaban en pesadas piedras que, una tras otra, iban cayendo con fuerza al suelo. Miró sus pies, el color verde de la hierba manchaba sus zapatillas. Se dio cuenta de que todo su entorno estaba enmarcado por un enorme margen blanco. En la parte superior central, una cuerda sujetaba con un gigantesco nudo aquella especie de viñeta de tebeo. El otro extremo de la cuerda se perdía en la lejanía. Más allá de aquel panorama, solo había una intensa luz blanca. Todo oscilaba como un péndulo. Según me dijo Chele, a pesar de la alucinación, en aquel momento fue consciente de que seguramente el vaivén venía dado por su propio pepino…
—¡Qué fuerte! —dijo Faustino. Luego siguió escuchando la narración de Cañete.
—…Entonces, vio cómo el OVNI aterrizó. Bueno, según me contó, más que aterrizar, se estrelló, de tal manera que quedó medio ladeado y hundido sobre aquella hierba pintada. El objeto volador era de un gris plomizo y estaba totalmente abollado. De repente, una puerta se abrió y de aquella oquedad surgió una escalera de madera; alguien a quien en principio no pudo ver, la manejaba. Lentamente, desde el aparato, fueron descolgándola, hasta que quedó firmemente afianzada en el suelo. Imaginad cuál sería su sorpresa cuando vio descender a los tres seres. Estaba preparado para ver extraterrestres verdes, con antenas, cuatro ojos y piel de lagarto… Cualquier cosa, menos eso. Quedó perplejo al ver salir de allí al Profesor Bacterio, junto a Mortadelo y Filemón. Los tres le saludaron con la mano y con una sonrisa. Sus dientes estaban afilados en forma de punta de flecha y de ellos manaba un reguero de sangre. En estos personajes, a diferencia de los del cómic, no se percibía ni un ápice de humor.
Por un instante, Chele se sintió aterrorizado; momentos después, los dantescos dientes volvieron a ser normales y aquellas figuras se convirtieron de nuevo en las que tantas veces le habían hecho reír. Los tres se acercaron a una zona determinada y depositaron en el suelo una pelota de color rosa del tamaño de una bola de billar. Entonces Mortadelo sacó un botijo y la regó. Después de tan estrambótica acción, automáticamente, salieron corriendo de allí. Aquel artefacto comenzó a girar rápidamente levantando una gran nube de polvo. Chele se cubrió el rostro con las manos durante unos segundos; al retirarlas pudo ver cómo, ante sus ojos, se materializaba de la nada la Pirámide de Uxmal.
Allí terminó la experiencia de Chele, sentado junto a Sergio, arropado por el calor de aquella hoguera que el guía se había encargado de mantener avivada.
Al día siguiente, en lugar de regresar al hotel, iniciaron un peregrinaje persiguiendo su particular dorado: el gran pepino. La noche anterior les habían hablado de una experiencia extrema en el desierto; les hablaron de místicas visiones, de puertas ancestrales… Solo prestaron atención a una de las informaciones: todo aquello se lograba con la ingesta de peyote. Fue suficiente para convencerlos. Un autobús tan desvencijado como el anterior les llevó a Nayarit, “el pueblo de la tristeza”. Una vez allí y tras tres días de ayuno, durante los cuales solo bebieron agua para que el cuerpo absorbiera mejor los alcaloides de la droga, iniciaron el viaje a Wirikuta, “la tierra del peyote”, “la morada de los dioses”.
Casi treinta personas se amontonaron en un camión desvencijado que, seguramente en España, haría décadas que descansaría en un desguace. A pesar de su lamentable estado aguantó aquel viaje que los adentró en el desierto. Una vez allí —llegaron en noche cerrada— prepararon una hoguera. La espesa oscuridad de la noche, la danza de las llamas, el crepitar de la madera al arder, infinidad de estrellas cubriendo el cielo… No se podía pedir más. El escenario, el ambiente, era perfecto.
Al poco empezó el ritual, más tarde la risa y no demasiado después el gran viaje. Cuando recuperaron la consciencia los dos amigos estaban solos. Ya no se encontraban en el desierto, sino en una frondosa selva. Ni siquiera se preguntaron cómo habían llegado hasta allí. Ante ellos había una cueva. Entraron corriendo, intentando protegerse de la incesante lluvia que los había despertado. Una vez dentro, descubrieron su particular paraíso. Aquella cueva estaba plagada de peyote. Se miraron, sonrieron y…
—Para un momento —intervino Faustino—. ¿Cómo llegaron a una selva? ¿No estaban en el desierto?
—Calla y escucha —dijo Cañete. Y prosiguió explicando la vivencia de Chele:
… Pues eso, con una mirada se lo dijeron todo. Empezaron a mordisquear los pequeños cactus, esta vez sin rituales, sin gilipolleces…
Entonces, de golpe, toda aquella exuberancia, la vegetación, la cueva, los peyotes, todo, desapareció. Estaban de nuevo en el desierto. Empezaron a andar, casi mueren de sed en aquel endemoniado entorno. Por suerte se cruzaron con un transportista que los recogió y los llevó hasta el pueblo más cercano, que casualmente era Nayarit. Allí descubrieron que, lo que para ellos había sido cosa de unos días, en realidad fueron cerca de dos años. La incredulidad y un vacío existencial se reflejaba en sus ojos.
Regresaron a Barcelona. Durante el viaje, su colega… Sergio, no había emitido ni una sola palabra. Los psiquiatras decidieron que la mejor opción era ingresarlo en un loquero. Desde entonces no ha vuelto a abrir la boca y a Chele, ya le habéis visto, de tanto en tanto se le va un pelín la pinza.

CAPÍTULO 33

Mis pensamientos aún rondaban entorno a la historia de Sergio y Chele. Me preguntaba qué hubiera pasado si les hubiera tocado, qué hubiera descubierto con este Don que yo no pedí en ningún momento… Tal vez sabría qué había visto Sergio, por qué no hablaba… Absorto en estos pensamientos estaba cuando, como un trallazo, la vida de Pistolero violó mi mente desnudándose ante ella. Un simple roce fue suficiente. El efecto del Valium comenzaba a diluirse. Puedo aseguraros que aquella noche fue la última vez que toqué a alguien voluntariamente durante mi antigua vida.
Vi a Pistolero atravesar el tiempo, en su puto futuro aparecía algo más envejecido de lo que yo lo conocía. Tenía el pelo recogido en una coleta, pero ya raleaba en la zona de la coronilla. No llevaba su habitual sombrero. Vestía un caro traje de lino y en su mano derecha sostenía un caro maletín de ejecutivo. A su lado, una muchacha con pinta de modelo. Sentados en el aeropuerto, esperaban un avión…
—¿Un poco la pinza…? ¿Y qué coño comieron esos dos años? —Faustino preguntaba a Cañete, con los ojos desorbitados y sin parar de moverse. El tío llevaba Speed encima como para poner a gusto a un regimiento.
—¡Yo que coño sé! —le repitió Cañete. Siguieron hablando. Desde el futuro de Pistolero, les escuchaba como en sordina.

Supe, con una certeza deslumbrante, que Pistolero, en aquel devenir no tan lejano, era un camello de heroína. ¿Por qué digo era y no será? Empiezo a pensar que aquella noche doblé el tiempo. Por algún determinado motivo, y no descartaría el tripi ni aunque en ello fuera mi vida, aquella noche, el pasado, el presente y el futuro se fusionaron en una sola realidad…
Pistolero siempre había conseguido el dinero para su adicción de manera honesta, y por honesta no quiero decir lícita, tan solo que jamás robó ni engañó a nadie y ahora sabía que durante toda su vida continuaría siendo así. Incluso por encima de su adicción, en cierto modo, era honesto, por lo menos con su criterio de moralidad. Durante algún tiempo su parentela fue su fuente económica, pero cuando aquel grifo se cerró, se convirtió en el camello de confianza de mucha gente de Badalona, sobre todo gente bien, hijos de industriales, de familias acaudaladas… De algo le sirvió su educación y su entorno. Jamás cortó más de lo necesario la droga. Sus papelinas contenían menor cantidad pero eran de la mejor calidad que podías encontrar en el mercado. Pistolero no pasó en toda su vida ni un solo día en prisión y con aquellos tejemanejes costeaba su vicio sin demasiados problemas.
Una vez, dos tipejos que tenían un bar y que trapicheaban con todo tipo de droga le propusieron un buen negocio: hacer de mula. Sin pensarlo demasiado aceptó.
La primera imagen que tuve de él en el aeropuerto pertenecía a su viaje número 100. Todo debía funcionar como un reloj, pues le iba la vida en ello. Era sencillo: cogía un avión y marchaba al país pactado: Colombia, Iraq, Turquía, Méjico, Vietnam… En aquellos 100 viajes, él y su novia, una rubia despampanante, habían recorrido medio mundo. Una vez llegados a destino, se hospedaban en buenos hoteles. Normalmente las mulas eran reclutadas en barrios miserables y se les pagaba poco en comparación al valor de la preciada carga; en el caso de mi amigo era distinto, los dos dueños del bar, la rubia y él mismo, eran amos y señores de su propia carga.
Los socios del bar, una pareja de homosexuales, podían llevar, gracias a ese negocio secundario, un tren de vida por todo lo alto: coches de lujo, viajes, apartamento en la Costa Brava, casa en Badalona… Eso sí, jamás se metieron un solo pico. La rubia y Pistolero eran otro cantar. Coches de lujo, pisos, apartamentos, joyas… Hubieran podido tener aquello y más, cómo no, pero transformaron todo en una especie de pepino continuado. ¿Para qué querían una vida de lujo, pudiendo permitirse el lujo de meterse todo el caballo que quisieran?
Recordé las palabras con las que Pistolero, hacía un momento —y hacía tanto— me acababa de sermonear:
¡Muy bien, si señor! ¡Ahí, con moderación! ¡Di que sí! ¡Muy, pero que muy moderado, el señorito Juampe! ¡Ahí, con dos cojones! Autocontrol. El tío… ¡Ala! ¡Zasca! Las tres pa dentro. Como los bebés con la papilla: to pa dentro. ¿No te apetece un eructo para redondearlo, capullo? Creí que… creí que… Acabamos de hablar de ser comedido, ¿no?
Una efímera sonrisa apareció en mis labios.
El método siempre era al mismo: contactaban con los tipos que les proporcionaban la droga y durante tres o cuatro días adaptaban su cuerpo a cagar a una hora determinada, esto era esencial. Con una lavativa vaciaban su estómago de cualquier posible resto. Una vez hecho esto, ingerían, uno a uno, los pequeños paquetes de droga que meticulosamente habían embolsado en globos de látex, condones o trozos de guantes quirúrgicos. Tanto la rubia como él forzaban el límite; cada uno ingería sesenta paquetitos. Cabía en su estómago medio kilo de heroína de una pureza extrema, de tal manera que, una vez cortada, cada viaje les reportaba tres kilos de droga. Un verdadero pastón. Normalmente todo estaba programado para que, una vez llegados a España, pudieran evacuar su carga en casa, tranquilamente.
Se sentían los reyes del mambo, los principales actores de una película de espías…
Por descontado, había un riesgo. Cualquier retraso podía hacer que los jugos gástricos reventaran uno de los paquetitos; si esto ocurría, la muerte les sorprendería sin duda, pero ellos se consideraban invencibles y durante 99 viajes había sido así. El viaje número 100 fue el último para la rubia…
Aquel fatídico día volvían de Turquía y todo parecía conjurarse en su contra. El avión salió con varias horas de retraso. Para entonces, sudaban copiosamente, sabían que se jugaban la vida y esto les estresaba, por supuesto, pero lo que más les atormentaba era el evidente e inevitable mono puesto que en los viajes de negocio solían ir limpios de jaco.
Al llegar al aeropuerto de Barajas iban ya fuera de tiempo. Cogieron un taxi para llegar a la ciudad y una vez allí, alquilaron una habitación en un hostal de mala muerte, no porque no pudieran pagar uno mejor, simplemente porque fue el primero que encontraron. Allí se registraron con una documentación falsa proporcionada por un funcionario. Les había costado carísima, pero era infalible. Siempre la usaban en sus viajes.
Normalmente los retrasos aéreos estaban controlados y solían llegar a Barcelona, tras embarcar en Barajas, con tiempo suficiente para cagar su contenido en casa. Pero esa vez el retraso fue mortalmente largo, por lo menos para Mónica, la preciosa rubia de Pistolero.
Al entrar en la habitación, Mónica estaba blanca como el mármol, para ella ya era tarde. Los jugos gástricos habían perforado algunas bolsitas del preciado porte y la heroína estaba siendo absorbida por su organismo con rapidez. Se sujetaba fuertemente el estómago como intentando detener los espasmos. Mientras tanto sus bronquios y su tráquea se iban contrayendo imposibilitándole respirar. Su corazón se detuvo. Cayó al suelo inconsciente. Se golpeó la cabeza contra una mesita de noche haciéndose una enorme brecha de la que comenzó a emanar un reguero de sangre. Ya no le dolía. Mónica estaba muerta.
Pistolero casi no reparó en ella, tenía sus propios problemas. Debía evacuar su carga lo antes posible o moriría. Entró en el lavabo, ya con el culo al aire y peyéndose sonoramente. Recuerdo que aquello, a pesar de lo desesperado, a pesar del terror ciego que vi en mi colega, a mí, personalmente y desde mi posición de espectador en el círculo, me hizo sonreír.
Con el pantalón en los tobillos, se sentó en el bidé, cerró el tapón y empezó la descarga. Bolsa a bolsa, peo a peo… vació su estómago.
Allí estaban todas: sesenta bolsitas de caballo de la mejor calidad, manchadas de mierda. Rápidamente subió su pantalón y salió a la habitación donde yacía el cadáver de Mónica. Sabía perfectamente qué debía hacer y además sabía que debía hacerlo lo antes posible, para salvar la carga. Le dio la vuelta a la muchacha que había sido su novia, socia y cómplice desde hacía un par de años, le levantó la ropa, dejando al descubierto su estómago. Debía rajarlo cuanto antes, pero no encontró nada con lo que practicar el corte. Pensó con frenética rapidez. Volvió a darle la vuelta al cadáver, le subió la falda, le bajó las bragas y sin pensarlo demasiado, introdujo los dedos por el ano y poco después, ejerciendo una fuerza brutal, la mano entera. Notó que algo se rajaba y entonces el tejido cedió. Lo demás fue fácil: cada vez que introducía la mano, cogía un puñado de bolsas y las sacaba; bolsitas, mierda y trozos de tripa. El olor era asquerosamente repulsivo, pero Pistolero no pareció notarlo, tan solo sentía el mono trepando por sus sentidos. Una vez terminada la macabra operación fue recogiendo los paquetitos de látex: cincuenta y seis en total —los otros 4 habían reventado—, y los colocó junto a los que tenía en el bidé.
Tembloroso debido al síndrome de abstinencia, cogió una de las bolsas, accionó el grifo de la pica y la lavó. Al finalizar, lavó también sus manos frotándolas efusivamente. La imagen de la chica tendida en el suelo seguía clavada en su cerebro. Sobre la tapa del inodoro, desató diestramente la bolsita, dejando al descubierto el polvo marrón de su interior. Con la punta de un bolígrafo rascó la apelmazada droga. De un bolsillo, sacó aquella caja que yo conocía bien. Antes de nada, preparó un pico con una cantidad ínfima de caballo. Hacía tiempo que se metía aquello tan puro y Pistolero jamás fue tonto.
Casi al instante, su pulso se templó, la compostura volvió a su cara, el sudor cesó. Aquel agradable picor que invadía su cuerpo con cada chute le proporcionaba paz.
Con la serenidad que le daba haber cerrado la puerta al mono, tomó las decisiones con lógica. Lentamente, limpió todas y cada una de las pelotitas de caballo con una toalla blanca donde podía leerse el nombre de la pensión bordado en una esquina. Limpió con esmero aquel lavabo. Miró su propia ropa, tan solo se había manchado la americana; se la quitó y la arrojó sobre la cabeza de su compañera. Dejó así de ver su inerte expresión de sorpresa.
Meditó largo rato sobre cómo proceder, y al final lo tuvo claro: se encaminó a la calle, salió de la pensión como si no ocurriera nada. Al rato volvió llevando consigo cinco litros de gasolina en una garrafa de agua. Esperó el momento oportuno para entrar sin que nadie lo viera. Una vez en la habitación y sin pensárselo demasiado, regó a la rubia con el combustible. Roció la cama, aquella asquerosa moqueta, las cortinas, las paredes, el baño… Sin coger la chaqueta, marchó de allí con los casi tres quilos de caballo, no sin antes dejar caer una cerilla encendida desde el quicio de la puerta. La deflagración fue instantánea. Antes de llegar a la calle, la habitación ardía por completo; al girar la esquina e introducirse en la boca del metro escuchó las sirenas de los bomberos. “Con suerte saldré de esta”, pensó. Y así fue.
La visión cesó tal y como había llegado, de repente. Yo seguía escuchando las voces de mis amigos. Todo había transcurrido en un instante. David contaba un chiste, no recuerdo cuál, pero debía de ser bueno, pues todos reían.
El chocolate parecía no tener fin. Recuerdo que Cañete preguntó a Antonio si tenía una fábrica de hachís en el bolsillo. Ni que decir tiene que aquello también provocó risas incontrolables. El pepino que llevábamos, hacía de la risa un emblema, nuestro sello, diría yo.
Recuerdo que años después fui a ver a Pistolero al hospital. Aquel día no me dejaron entrar, quizá fue por mi aspecto, quizá por mi olor, no lo sé… La verdad es que en todos los años que pasé ejerciendo a jornada completa de mendigo, era habitual que no me permitieran entrar en los sitios. Aun así, me colé por Urgencias y subí a ver a mi amigo. Al entrar en su habitación, quedé impresionado por su aspecto. Estaba esquelético. Me recordó a una imagen que había recorrido el mundo, del Che tumbado en una camilla y muerto. Llevaba una mascarilla para respirar; el tío se moría. Sus pulmones eran pulpa. Al verme, sonrió débilmente. Se quitó la mascarilla y en un susurro dijo:
—¿Qué pasa, Juampe? Te veo bien, un poco dejadillo, pero bien.
Para ser sincero, la sonrisa que le ofrecí fue del todo forzada, mi alma lloraba por dentro. Su hermano me había dicho que estaba agonizando, me pidió que fuera a verlo. Sabía el aprecio que nos teníamos; dos desechos humanos, sí, pero nos apreciábamos.
Pistolero no pasó de esa noche, tenía las horas contadas.
—¿Cómo te encuentras?
—Ya ves, Juampe… Me muero, nen, y sabes qué…?
—No, dime.
—Me he negado a pasar al otro lado drogado. ¿Quién iba a decir que yo diría que no a un buen chute de morfina, verdad?
—Bueno, hace mucho que no te chutas. Me parece correcto.
—¿Sabes qué es lo más curioso, Juampe?
—No, dime.
—Llevo muchos años sin drogarme; desde el incidente, y aun así, me muero por un pico. ¿Irónico, no? Me muero por un pico y a la vez prefiero morir sin él. ¡Ay Juampe, que irónica es la vida!
Un acceso de tos provocado por la risa hizo que tuviera que volver a colocarse el oxígeno.
Me senté a su lado, esas últimas horas estuve con él hasta el final.
Lo que él llamaba “el incidente”, era la causa de su muerte. Unos viajes después de aquel en el que perdió a la rubia, recibieron un encargo especial: les ofrecieron un dineral irrechazable por realizar un porte distinto. Esta vez el viaje era a Ucrania, debía de recoger un maletín. Todo estaba meticulosamente preparado, documentación falsa incluida. Él sería, para la ocasión, un agregado cultural o algo así. En definitiva, pasaría aquel maletín como valija diplomática.
Pistolero había flipado con la sofistificación de aquel plan. Los putos rusos todo lo hacen a lo grande, pensó, o por lo menos, eso me dijo que pensó.
En definitiva, cuando llegó a aquella habitación de hotel en Ucrania, el maletín ya estaba sobre la cama, tal y como le habían dicho. Al cogerlo, vio que pesaba muy poco, allí no habría más de un kilo o dos de caballo. No entendió muy bien, por qué le pagaban tanto dinero. Empezó a tener una curiosidad insana y compulsiva por conocer el contenido de aquel maletín. Una frase no dejaba de sonar en su mente una y otra vez: “no abras el maletín bajo ningún concepto”, le había dicho con un fuerte acento ruso el tipo con el que había hecho el trato.
—¡A la mierda! —dijo en voz alta mientras lo forzaba con una navaja.
Al rato, una tras otra, las dos pestañas laterales, se abrían con un chasquido. Rompió el sello diplomático y abrió el maletín dejando al descubierto su curioso contenido. Nada de caballo. Dentro solo había un cilindro de unos diez centímetros de ancho y unos treinta de largo. Era de un color plata deslucida que rápidamente identificó como plomo. Extrañado, lo cogió y lo examinó; uno de sus extremos tenía una ranura en toda la circunferencia del cilindro, al manipularlo resultó ser una tapa, y esta empezó a girar. Instantes después miró el interior. Abrió los ojos de tal manera que dio la impresión de que iban a salirse de sus órbitas.
Hacía menos de un mes que había visto en la tele un reportaje sobre la energía nuclear. Si no hubiera sido por eso, jamás hubiera reconocido el contenido de aquello: uranio.
Rápidamente volvió a colocar la tapa. Decidió no concluir aquel trabajo y marchó sin la carga, o eso creyó él en aquel momento pues más tarde supo que se había llevado consigo una pequeña muestra: dos isotopos radioactivos, los que en no demasiado tiempo empezarían a hacer mella en sus pulmones, los que con el tiempo lo matarían.
Desde aquel momento, su vida dio un giro inesperado. Ninguno de los tratamientos que le administraron dieron resultado definitivo. El cáncer no tardó en aparecer.
Un deterioro lento pero constante fue el que lo postró en aquella cama de la residencia de Can Ruti. Eso sí, por el camino de aquella enfermedad quedó atrás su adicción a la heroína. “Moriré limpio”, decía mientras reía.
El 2 de Julio de 1997, a las cuatro de la madrugada, exhaló su último aliento. Lo miré y simplemente me levanté de aquella silla y abandoné la habitación llorando…

CAPÍTULO 34

—¿Te has quedado tonto o qué…?
No respondí. Me dolía horrores la cabeza. El tiempo perdía sentido para mí aquella noche
—…¡No lo sé! Te repito que no lo sé, Faustino, tío. Cuando vuelvas a ver a Chele se lo preguntas…
—Joder, Cañete, sueltas esa paranoia de que pasaron casi dos años y que para ellos…
Faustino no cesaba de atosigar a Cañete peguntando una y otra vez las mismas cosas. La tozudez y la compulsión que le provocaba el speed hacían que aquella conversación se dilatase más de lo necesario.
—¡Queréis callaros ya, joder! —gritó enérgicamente David poniendo fin a tan absurda discusión—. ¡Qué más da qué hicieron o dejaron de hacer! Está claro que Chele no recuerda una mierda de aquello.
Aquella oportuna reprimenda pareció convencer a Faustino. Siguió moviéndose sin parar, haciendo mil muecas, mil tics que escapaban del control de su cuerpo. Faustino fue conflictivo desde pequeño. Quizá la base de su rebeldía venía dada por las frecuentes peleas de sus padres. El padre, más devoto a las juergas que a su trabajo, hacía que en casa el dinero siempre fuera escaso. Las penurias económicas y las continuas broncas consiguieron que Faustino albergara en su alma una tristeza intrínseca de la cual nunca se podría liberar. A los once años ya fumaba asiduamente y consumía, siempre que podía, algún canuto. Vivía en el barrio de Pomar pero, ya a esa edad, había cambiado de localidad una docena de veces. Tenía seis hermanos, y cada uno de ellos había nacido en un pueblo de España diferente.
A los nueve años, tras una monumental bronca de sus padres, había escapado de casa. Estuvieron buscándolo como locos durante todo el día hasta que, a eso de las ocho de la tarde, sonó el teléfono: era la abuela materna, el niño estaba con ella. Por lo visto, tras la bronca, salió a la calle, cogió un autobús y se marchó a casa de sus abuelos. Estos vivían cerca del Arco del Triunfo de Barcelona. Una vez allí, se sentó en un banco y lloró durante horas. Cuando estuvo cansado, se levantó y, andando lentamente, llegó a la escalera en la cual vivían sus abuelos. La desvencijada puerta estaba —como siempre— abierta. Ascendió los dos tramos de estrechas escaleras. Cuando sus abuelos lo vieron, no daban crédito.
Faustino solía faltar a clase frecuentemente. Creyó encontrar en las drogas un cómplice perfecto. Con ellas desaparecían las preocupaciones, al menos al principio.
Un día, uno de sus amigos llegó con cuatro gramos de una droga desconocida para ellos, cuatro gramos de un polvo marrón. Mierda de primera calidad. Durante un instante dudaron, pues aquella droga se pinchaba. Las dudas se disiparon cuando el colega que llevaba el caballo dijo: “no hay huevos, gallinas”. Me gustaría saber cuánto subnormal adolescente se ha metido en líos por una frase similar.
Aquel primer chute abrió las fauces de una “sub-vida” para todos ellos, y aquella droga pronto se abrió paso por todo Pomar como si fuera una imparable mecha ardiendo.
Badalona se transformó, en poco tiempo, en un hervidero de yonquis. La policía utilizaba con ellos métodos no demasiado lícitos, pero claro, la policía de entonces aún recordaba con nostalgia aquella época oscura en la que, básicamente, podían hacer todo aquello que les saliera de los cojones.
Una vez, Faustino paseaba tranquilamente por su barrio cuando un coche de la policía nacional que avanzaba con lentitud se detuvo a su lado. De lejos se escuchó un joven gritar: ¡Agua! Los Z. Era un claro aviso de que la pasma rondaba por la zona.
Las dos puertas delanteras del vehículo se abrieron y de ellas salieran dos corpulentos agentes que no tardaron en interceptar su paso
—Documentación —exigieron a Faustino. Este, sin rechistar, entregó su carnet de identidad—. Vacía tus bolsillos y deja todo lo que lleves encima, sobre el capó.
Así lo hizo: un juego de llaves, una cartera, unas monedas y una papelina de caballo. Aquello bastó. Lo hicieron entrar en la parte trasera del coche mientras ellos ocupaban la delantera, no sin antes mirar a su alrededor: no vieron a nadie, pero sabían que unas cuantas docenas de ojos estaban observando atentamente aquella escena. Cerraron las puertas, pusieron el motor en marcha y aquel Seat 131 se dirigió, lentamente, a la comisaría, sin encender las sirenas, sin prisas.
Un amigo de Faustino que había visto toda la movida, corrió a avisar a su madre. Esta se puso muy nerviosa. Cogió el teléfono y apresuradamente llamó a la comisaría.
—¿Es la comisaría de policía?
—Sí, dígame.
—Mire, hace un rato se han llevado a mi hijo y no sé si está detenido o lo están interrogando por algún delito o qué es lo que pasa.
—Tranquilícese señora. Dígame el nombre de su hijo.
—Faustino Sánchez Aruán.
Durante un instante que para la mujer tuvo que parecer eterno, el policía enmudeció.
—¿Señora?
—Sí, dígame señor agente?
—Aquí no consta ninguna detención con ese nombre.
La madre empezó a asustarse. Sus manos temblaban incontrolables.
—Perdone, señor agente, pero varios vecinos han visto cómo mi hijo ha entrado en uno de sus coches.
—Bueno señora, si quiere llame dentro de un rato. Quizá aún no se ha cursado la detención.
La mujer colgó el teléfono, se sentó en una silla de madera y mimbre y se puso a llorar en silencio. Poco a poco, los hermanos fueron llegando a casa alertados de la noticia por los amigos. Faustino, en aquella época, se chutaba caballo, pero no solía meterse en problemas. El chaval, desde muy joven, perdió el interés por los estudios y comenzó a trabajar por cuenta propia como albañil. Era bueno en su oficio y, además, sabía guardar las formas, jamás un cliente lo vio colocado. Si era necesario hacía veinte horas, eso no era problema, pero todo lo que ganaba se volatizaba en un santiamén.
Dos horas después, la madre volvió a llamar. Nada, ni rastro de Faustino, se lo había tragado la tierra. Decidió presentarse en comisaría.
—No se preocupe, señora. Seguro que tarde o temprano aparece.
A la mujer le pareció ver una sonrisa de medio lado en el rostro de aquel agente, pero no dijo nada, se marchó a casa a esperar.
Faustino estaba en comisaría, por supuesto. Nada más llegar allí lo bajaron a los calabozos, donde estuvo encerrado durante todo el día. No le dieron nada de comer ni de beber.
Al llegar la noche, dos agentes, esta vez con la cara tapada con pasamontañas, lo sacaron de aquella celda y, sin mediar palabra, lo metieron en un pequeño e insonorizado despacho. Cerraron la puerta.
—¡Desnúdate! —le ordenaron.
—¿Cómo…?
—¡Que te desnudes! —esta vez acompañó la orden con un sonoro guantazo.
Faustino no volvió a preguntar. Una vez desnudo le hicieron sentarse en un pequeño taburete y le esposaron las manos a la espalda. Fue el principio de una larga noche de suplicio.
Nada más sentarse, uno de aquellos policías le puso una bolsa en la cabeza. Presionándola hacia atrás durante cortos intervalos de tiempo, impedía que Faustino pudiera coger aire. Sus pulmones iban a estallar.
Hizo intención de levantarse. En ese mismo instante, recibió el primer puñetazo en la boca del estómago. Acto seguido, sacaron la bolsa de su cabeza, dejaron que tomara una bocanada de aire, mas cuando la exhaló, repitieron la operación. Los muy hijos de puta reían mientras sometían a aquel muchacho a tan cruel tortura. Durante un par de horas se limitaron a martirizarlo de aquella manera una y otra vez. Tan solo cambiaba una cosa: el lugar donde aquel puto madero golpeaba: el pecho, la boca del estómago, las costillas…
—¿Qué queréis de mí? —gritó Faustino desesperado.
—Hombre, ¿por fin preguntas, yonkarrón de mierda? ¿Sabes una cosa, pequeño hijo de puta…? Nadie sabe que estás aquí, eres nuestro.
Siguieron golpeando y poniéndole la bolsa durante un rato más; por lo visto, no tenían prisa. Entonces entraron otros tres maderos, también con la cara tapada. Uno de ellos llevaba una porra en la mano, lenta y meticulosamente la estaba envolviendo en una toalla mojada.
—A ver, maricón, levántate y ven aquí —dijo uno de aquellos perros, el que estaba sentado frente a la mesa. Tuvieron que ayudarle, no se sostenía en pie. Una vez estuvo incorporado aquel tipo avanzó unos papeles hacia él.
—¡Soltadle las esposas! —ordenó a sus subordinados—. Firma estos papeles —exigió autoritariamente a Faustino.
—¿Qué es…? —intentó preguntar. Antes de poder acabar, recibió un fuerte impacto en la espalda. Se desmoronó y cayó hecho un ovillo al suelo.
—¡Levántate! —Lentamente lo consiguió—. ¡Firma!
Faustino estaba totalmente sudado.
—¿Qué es? —Insistió. De nuevo un brutal golpe. Esta vez, aquel policía coló a gran velocidad la porra forrada de toalla por entre las piernas del chaval. Esta frenó en seco al chocar contra sus genitales. Faustino perdió el sentido un par de minutos. Después, aquel juego cruel continuó otro interminable rato. Llegó un momento en que el dolor era tan atroz y generalizado que los golpes ya ni dolían.
—¿Qué queréis de mí? —volvió a repetir entre sollozos.
—Pues es muy sencillo chaval. Tu colega, El Chispa, ha atracado una joyería en Paseo de Gracia, iba con otros dos. Sabemos que lo sabéis —claramente se refería al grupo de yonquis con el que se movía Faustino, un grupo realmente peligroso—. Quiero que firmes esa declaración jurada. Tan solo dice que el abajo firmante, o sea tú, sabes, sin ningún género de dudas, que El Chispa ha sido uno de los atracadores.
—Pero yo no sé nada. —Otro par de golpes secos impactaron en su cuerpo, esta vez en el costillar.
Por descontado, Faustino sabía que El Chispa había sido uno de los atracadores. No solo eso, sabía también que Los Gemelos habían sido los otros dos. Un par de días antes habían llegado a Pomar en un Seat 124 robado, jactándose de la paliza que le habían dado a un joven que no quería soltar la pasta: pero al final la soltó, vaya que si la soltó, nada más chafarle la mano con la culata de una pistola. Y ese era precisamente el tema. No es que Faustino fuera un chivato, para nada, quizá hubiera incluso incriminado a su propia madre con tal de que dejaran de pegarle, pero jamás a aquellos tres. Sabía, sin lugar a dudas, que le volarían la cabeza.
De repente, el agente que estaba sentado se levantó violentamente, desenfundó su arma, se puso ante él, accionó el percutor, apoyó el cañón en su frente y dijo:
—Escúchame mierdecilla. Quiero a ese hijo de puta servido en bandeja. El joyero es mi cuñado y ese cabrón le ha reventado la mano y le ha robado casi dos millones de pesetas en joyas. Vas a firmar el puto papel o te volaré la tapa de los sesos como si fueras un vulgar perro.
Faustino miró a aquel policía a los ojos. Se sentía dolorido, terriblemente dolorido. Para colmo, el síndrome de abstinencia empezaba a hacer estragos. Aun así, se sintió por un instante muy sereno, a pesar del frío cañón en la frente.
Uno de aquellos policías decía en voz baja: “teniente, cálmese. Guarde el arma.” La tensión se palpaba en el ambiente.
—Teniente —dijo Faustino—. Usted sabe que yo sé, pero también sabe que si hablo soy hombre muerto. Si quiere firmo una declaración jurada conforme el robo ha sido cosa mía, si no, dispare. Haga lo que le parezca, pero no voy a firmar nada en contra de nadie.
El teniente lo miró fijamente durante lo que pareció una eternidad, luego guardó el arma y se dirigió hacia la puerta de salida. Antes de marchar le dijo:
—Dile a El Chispa que no espere ningún regalo para Navidad.
El Chispa apareció dos semanas más tarde en un descampado cercano a Pomar, le habían volado la cabeza de un disparo. Faustino recibió nuevos palos. Como remate le golpearon cruelmente con aquella porra las plantas de los pies. Luego, casi inconsciente, lo arrastraron a una celda separada de las demás, lo lanzaron sobre un mugriento colchón y cerraron las rejas.
El día siguiente lo pasó sumido en el sopor de un dolor generalizado tanto por la paliza como por el monazo. No podía ni moverse. Casi tres días después de que empezara todo aquel suplicio, un nuevo vehículo de la policía nacional, esta vez un Seat Ritmo, pequeño y discreto, transportó de nuevo a aquel magullado muchacho a su barrio.
—Ya puedes bajar, escoria. Le dijo uno de los policías. Faustino reconoció su voz, aquel maldito degenerado había sido uno de sus torturadores.
—¿Sabe una cosa, señor agente? —le dijo.
—¿Qué pasa ahora, mierdecilla?
—He reconocido su voz. Supongo que yo soy un mierdecilla, en cambio usted es un defensor de la población. Supongo que no disfrutó usted apalizando a un tipo atado, y riéndose de él. Supongo que simplemente es su trabajo. Yo solo sé una cosa…
—¡Cállate ya, payaso! —le espetó el policía—. Y corre a meterte un pico a ver si paran esos temblores, yonqui de mierda, y si hay suerte la palmas.
—Y tanto que lo haré, señor agente. Solo yo sé una cosa: el pico que me meteré será con dinero ganado honradamente. Jamás he robado, ni lo haré. Me basta con estas… —Mostró sus manos—. Tan solo soy una persona honrada con un vicio caro. Su jefe quería cazar a toda costa a El Chispa y a sus cómplices, básicamente porque él, como muchos yonquis, hace lo que sea por un pico y, en esta ocasión, le pegaron a un puto joyero que resultó ser el cuñado de un madero… Seguramente, cuando lo hicieron reían. Entonces vosotros, la gente de la ley, habéis salido de caza y he tenido la mala suerte de ser la puta perdiz de turno para subsanar una injusta paliza a un joyero. No habéis dudado ni un segundo en molerme a palos y, no contentos con eso, os habéis reído de mí mientras lo hacíais. Luego, para quitaros toda esa mierda de la cabeza, iréis a Titus a tomar alcohol hasta perder el sentido. El Chispa, cuando vaya ciego de jaco, contará lo del joyero entre risas, como una anécdota más y vosotros haréis lo mismo sobre lo que me habéis hecho estos tres últimos días, cuando vayáis borrachos perdidos. ¿De verdad creéis que sois los buenos de esta ecuación? —Diciendo aquello, salió lentamente del coche. Nada más salir, uno de aquellos maderos le puso la pistola en el estómago.
—Escucha, mierdecilla. Estos tres días, simplemente te has perdido. ¿De acuerdo?
—Sí, señor agente.
—Recuérdalo bien porque, si no, desaparecerás de verdad.
Andando muy lentamente, abandonó el lugar, mientras el vehículo policial seguía su rutinaria guardia.
Al llegar a su casa, Faustino se puso a llorar como un niño en los brazos de su madre; esta lo imitó al instante.
—Mamá.
—Dime, hijo.
—Soy yonqui.
—Lo sé, cariño.
—¿Me ayudas a dejarlo?
—Claro que sí, mi niño —dijo aquella mujer, deshecha de emoción.
Ese fue el primero de muchos infructuosos intentos para liberarse de su adicción.

CAPÍTULO 35

Los canutos siguieron rodando con fluidez. Las horas parecían siglos; a veces pienso que pasé una vida entera en La Rambla, aquella noche. Con el advenir del amanecer se fueron marchando los integrantes del círculo. Cañete, Atari, Pepe y yo fuimos los últimos. La risa ganaba terreno en mi cerebro y, desgraciadamente, no me quedaba Valium para mitigarla. Pensé que cuando se me pasara el colocón, todo volvería a la normalidad.
—¿Tío, dónde está Jaume? —me preguntó Atari oteando la playa.
—Fue a mear y no volvió.
—¡No me jodas! —dijo Cañete—. A ver si se ha ahogado.
—Se habrá ido a casa —dijo Pepe.
Andábamos camino a la Morera; el pepinazo agradecía aquella caminata. Antes de ascender por la calle del Mar, vi cómo el sol asomaba por el horizonte marcando en el mar una carretera plateada que se perdía donde empezaba la fina arena de la orilla. El calor era sofocante a pesar de la temprana hora. Pepe bostezaba; se apoyó en mí. Esta vez no percibí nada extraño, tan solo su cálido contacto. Supuse que ya había visto todo lo necesario de él; su futuro estaba sentenciado.

Mi lento avanzar hacía que mis tres colegas tuvieran que ralentizar su paso. Me percaté de ello pero, aun así, no podía ir más rápido. Veía y percibía todo con una cálida lentitud. Un agradable hormigueo recorría mi cuerpo.
Cañete pasó su brazo por mi hombro.
—¿Vas bien, Juampe? ¿Quieres que te ayudemos? No veas cómo te ha sentado el tripi ese, ¿no?
Quise quitármelo de encima, pues tuve la certeza absoluta de lo que iba a acontecer, pero el peso que sentía en todo mi ser me impidió incluso hacer el intento. Me giré hacia él con un gesto implorante; mi mirada decía: ¡Por Dios, no me toques! Pero evidentemente no lo captó, puesto que continuó en aquella postura. Me contaba algo, pero yo solo podía asentir de tanto en tanto. Mi mente estaba ocupada en una nueva visión…

CAPÍTULO 36

De pronto la calle del Mar, la incipiente luz del sol, mis amigos, todo, desapareció. Tan solo quedaba Cañete. El suave balanceo de las olas lo mecía con suavidad. En medio del océano y enfundado en un chaleco salvavidas, lentamente, tomaba consciencia de sí mismo, como despertando de un profundo sueño.
Eh, ¿dónde estoy?, se preguntó. ¡Dios, estoy en medio del mar! ¿Quién soy? ¿Qué ha pasado? ¿Cómo he llegado aquí?
Miró hacia el cielo, donde el sol brillaba con fuerza.
Desierto, ni una gaviota, ni un avión. Nada.
Oteó el horizonte en busca de tierra.
Ni rastro.
Todo a su alrededor era agua. Una expresión de confusión total copó su rostro.
¡Joder, no logro recordar nada! Una parte de su mente intentaba apaciguar su creciente nerviosismo. Ni siquiera recuerdo mi rostro. ¿Quién debo ser? A ver, cálmate, se repetía a sí mismo. Es evidente que has sufrido un accidente marítimo, por lo tanto soy un náufrago y, como no me tranquilice, de esta no saldré.
Una duda hizo que su corazón se disparara: ¿Habrá tiburones? Espero que no, le dijo esa brizna de esperanza que todos llevamos dentro. Tiene gracia. Recuerdo lo que es un tiburón, lo que es un náufrago… pero de mí no recuerdo absolutamente nada.
El tiempo transcurría increíblemente lento en aquellas aguas, incluso tedioso. El pobre Cañete se encontraba sumido en un duermevela constante. El frío calaba sus huesos, lo cual le provocaba unos temblores incontrolables y un aturdimiento mental considerable.
Voy a morir sin saber ni mi nombre. Qué triste final… A ver, tío, intenta pensar… Está claro que tienes amnesia; seguramente, durante el naufragio te golpeaste la cabeza. Automáticamente se la palpó buscando algún corte o alguna contusión. “Nada, no tengo ni un pequeño chichón, no tengo ni un rasguño…”. Escudriñó atentamente su alrededor en busca de restos de la embarcación y de otros pasajeros que hubiesen sufrido su misma suerte. Entonces los vio. Muy lejos de sentirse aliviado por ello intentó contener el pánico. La forma en que se encontraban situadas todas aquellas personas era demasiado artificial para tratarse de algo casual. Momentos antes había mirado a su alrededor y hubiera jurado que no estaban allí.
¡Hostia! ¿Cómo no los vi antes?, pensó. Hasta donde llegaba la vista se extendía un mar de solitarios náufragos equidistantes entre si unos 100 metros. Era difícil contarlos, solo veía oscilar sus cabezas. Intentó llamar al que tenía más cerca. Nada.
No tengo voz, qué putada. Su garganta no pudo emitir sonido alguno. Intentaré acercarme. Nada. No puedo moverme.
El otro individuo también se había percatado de su presencia; intentó chillar, vio cómo abría la boca pero, al igual que le sucedía a él, aquella persona tampoco pudo articular la más mínima palabra. Era evidente que tampoco podía moverse.
Esto cada vez es más raro. ¿Qué está pasando? Parece un puto sueño. ¡Eso es!, exclamó con alegría. Es la primera vez que tomo consciencia dentro de un sueño de que estoy soñando.
¿Qué sencillo hubiese sido, verdad? Una pesadilla. Solo tenía que esperar, ya despertaría. Por desgracia, la cosa no era tan simple. El vaivén del mar, la brisa en su cara, el olor a sal… eran sensaciones demasiado palpables. Tardó unas horas en comprenderlo, pero al final entendió que aquello no era un sueño, sino una verdadera putada y de las grandes. Definitivamente desechó aquel absurdo pensamiento.
Advirtió entonces que su boca sangraba.
¡Ah, me duele!. Sintió como un aguijonazo del cual comenzó a manar, con lentitud, un hilillo de sangre. Debo de haberme mordido.
Levantó la vista y observó que el tiempo estaba cambiando. El sol se desvanecía con asombrosa rapidez. Tras una enorme nube de color gris negruzco que había surgido de la nada y que con rapidez lo cubría todo a su alrededor, los rayos se podían ver rasgando el cielo por doquier. El ruido de los truenos era brutal.
¡Lo que faltaba, joder! Empezó a llover con fuerza. El pobre Cañete acogió la lluvia con resignación; empezaba a tener claro que su final estaba cerca. La esperanza lo había abandonado. De repente, un movimiento llamó su atención. Al girarse vio que algo descendía con rapidez del cielo; se acercaba a una velocidad vertiginosa a uno de aquellos pobres infelices que se mecían a la deriva al igual que él y se lo arrebataba al mar con gran violencia para luego ascender de nuevo hacia la espantosa tormenta que parecía encabritarse por momentos. Cada determinado tiempo, una de aquellas cosas descendía y se llevaba otro náufrago.
¡Dios mío!, pensaba mi amigo dando un respingo cada vez que esto ocurría. ¿Qué sucede? ¿Qué son esas cosas? Mil preguntas sin respuesta le arrastraban a un estado de verdadero pavor.
Cañete se encontraba al borde del colapso. Advirtió que la cadencia con que esto ocurría siempre era la misma. Parece seguir una pauta. Entonces vio cómo su compañero más cercano era extraído del mar por uno de esos seres…
¡No me lo puedo creer! Por fin veía qué eran aquellas cosas. No podía dar crédito. Se puso a llorar mientras intentaba huir de allí, pero era imposible, estaba anclado al agua por alguna fuerza sobrehumana.
La razón abandonó su mente, y no era para menos, el semblante de aquellos seres que descendían del cielo eran tal y como todos imaginamos a los ángeles: seres imponentes, musculosos, alados… Solo que estos tenían el aspecto del alabastro, parecían piedras marmóreas de intenso color azabache. Sonreían cuando capturaban a sus presas y, a través de la sonrisa, eran claramente visibles sus colmillos.
—No puedo soportar la idea de caer en sus manos. —Diciendo esto y sabiendo que sería el próximo, tomó la más drástica determinación de toda su vida: se quitó, como pudo, el chaleco, no sin gran esfuerzo, y se dejó llevar hacia las profundidades del mar. Bajó y bajó hasta tocar el fondo. Antes de perder la consciencia, vio cientos de cuerpos a su alrededor. Sonrió satisfecho al pensar que no solo él se había rebelado contra la voluntad de aquellos maléficos seres.
En aquel mismo instante, en el Hospital Municipal de Badalona, moría un individuo anónimo que llevaba seis días en coma debido a una sobredosis de una droga poco conocida en España por aquel entonces, a la que llamaban metanfetamina.
Pobre Cañete. Un anciano que paseaba a su perro le había encontrado inconsciente en una calle de Montgat. Cumpliendo con su deber de buen ciudadano dio aviso a los servicios de emergencias médicas que, con gran diligencia, le llevaron al hospital más cercano. El doctor, al inspeccionarlo, comprobó que la boca le sangraba. No le costó averiguar que su último chute había sido en la lengua.
Lo extraño del caso fue que, cuando le hicieron la autopsia, los forenses dictaminaron que la muerte se produjo porque, por alguna razón sin determinar, sus pulmones se anegaron de agua salada.
Segundos antes de que mi gran amigo Cañete muriese, en la misma habitación, otro paciente despertaba de su propio coma y lo reconocía. Como en sueños, lo vio cerca de él en un océano plagado de cuerpos en espera. Nadie prestó atención a las débiles palabras que aquel hombre emitió en su retorno a la consciencia:
—En los Ángeles Negros está la salvación.
Instantes después, incluso él mismo había olvidado haberlo dicho. No recordaba nada de lo acontecido durante su coma, y así debía ser.
CAPÍTULO 37

—Estás blanco —me dijo Cañete. Como pude, me quité su brazo de encima, me agaché y vomité, acompañando el vómito con unas espasmódicas arcadas.
—¡Joder, qué asco! —exclamó Atari alejándose un poco.
—Venga, vamos —dije al terminar.
Seguimos andando, riendo… Hubiéramos fumado más chocolate, pero no nos quedaba. Aun así, el pepino persistía, al igual que la risa en mi mente.
No recuerdo cómo llegué esa noche a casa, solo sé que desperté sobresaltado en mi cama. Acababa de tener un extraño sueño:
Todo había desaparecido. Solo existía mi cama y yo sobre ella. Descendíamos por una especie de pasillo vertical a gran velocidad. Como pude, asomé la cabeza y miré hacia abajo, desde el fondo una luz se acercaba cada vez más. Después llegué al final del trayecto. La cama cayó sobre mi habitación…
Entonces me desperté aún con la sensación, tan solo por un instante, de continuar cayendo.
La risa seguía instalada en mí, solo que había alzado su voz hasta cotas inaceptables. No llegué a salir de la habitación. El dolor de cabeza se hizo tan insoportable que tuve que sujetarla fuertemente con mis manos. Empecé a chillar y a llorar compulsivamente antes de caer desplomado al suelo. Recuerdo cómo mis padres intentaron reanimarme, pero lentamente perdí la consciencia. Cuando la recobré, habían pasado casi dos días. Estaba en el sanatorio mental de Santa Coloma de Gramanet. Por lo visto, según dijeron, había sufrido un episodio psicótico.
Después de una serie de pruebas, me diagnosticaron esquizofrenia paranoide. Pasé en aquel centro unos meses. La medicación apaciguaba la risa, los ataques incontrolables de ira… En fin, para mí era evidente que aquel maldito tripi había partido mi mente en dos.
Lentamente, me estabilicé. El tratamiento con Torazine no apaciguaba mi nerviosismo del todo, pero un suplementario Valium de tanto en tanto conseguía hacerme funcionar con normalidad.
Un tiempo después, los médicos me dieron el alta. Al llegar a casa me aguardaba una desagradable noticia: mi madre tenía cáncer. Se lo diagnosticaron dos semanas después de mi ingreso. Recordé que yo había visto eso estando en el círculo con mis colegas. Recuerdo haber abrazado a mi madre, notando su vida como algo que tenía prisa por abandonar aquel cuerpo. La pobre murió cinco meses más tarde, después de haber perdido más de la mitad de su peso. Me gustaría poder decir que no sufrió, pero sería faltar a la verdad. Su muerte fue la gota que colmó el vaso de mi estabilidad mental, el detonante de mi huida hacia la nada.
Ese día, mucha gente de la calle vino a verme: vecinos, amigos… pero ni Jaume, ni Atari, ni Cañete ni Pepe lo hicieron. Pensé que eran unos cabrones; se iban a enterar cuando los viera. Esa noche me costó dormir, demasiadas emociones, demasiada mierda. Por la mañana, a eso de las diez, salí de casa y me dirigí a la granja donde solíamos vernos.
—¡Hostia, Juampe! Lamento tu pérdida. ¿Cómo estás, tío? —me preguntó el camarero.
—Mejor —mentí.
—¿Qué te ha pasado? Me dijeron que estabas en el loquero. ¿Es verdad?
En vez de contestarle, pedí un café. Intuyendo mi evasiva, no volvió a preguntar.
—Toma, Juampe. Un café calentito.
—Cóbrate.
—Invita la casa —me dijo golpeándome suavemente el hombro con la mano. Fue un gesto afectuoso que agradecí.
—¿Has visto a Cañete o a Atari? —le pregunté mientras bebía el café.
—¿A quién?
—¿A Cañete o a Atari? —repetí.
—No sé quiénes son —contestó.
Aquello realmente me sorprendió, puesto que aquel camarero y Cañete habían cursado juntos la E.G.B. Aun así, seguí tomándome el café sin decir nada al respecto.
Me encaminé, en busca de mis colegas, hacia sus viviendas. Casa por casa recibí la misma respuesta: primero, conociendo mi reciente pérdida, me trataban con amabilidad y compasión, pero al insistir en que mi amigo vivía allí les venía a la cabeza mi reclusión en el psiquiátrico, entonces me miraban como si estuviera loco y cerraban la puerta en mis narices. Según ellos, ni Cañete, ni Atari, ni Jaume ni Pepe existían. Empecé a preguntar por ellos en la calle. Nada. No tenían ni idea de quiénes eran. Era como si nunca hubieran existido. Empecé a pensar seriamente en la posibilidad de seguir en aquel círculo maldito, tumbado en el suelo, medio inconsciente y con una severa alucinación.
Nada más lejos de la realidad. Por desgracia para mí no quedaba ni una brizna de esperanza, todo aquello estaba ocurriendo. ¿Y si mis amigos no habían sido más que una alucinación? ¿Y si la esquizofrenia llevaba conmigo una infinidad de tiempo, fraguando la destrucción de mi mente? ¿Y si seguía encerrado en el sanatorio mental? ¿Y si aún estaba en aquel puto manicomio de mierda…? Era una posibilidad. ¿Quizá tan solo era uno de esos locos que ni siquiera parpadea, que más que un ser humano es un vegetal? ¿Quizá la ingesta de aquel tripi me rompió de tal manera que fundió mi cerebro? ¿Quizá llevo días, años, siglos… tumbado en una cama, con los ojos abiertos de par en par, sin ni siquiera moverme, con un babazo deslizándose por mi mejilla desde la comisura de mi labio? ¿Quizá desde esa condición tan solo imaginaba una extraña vida, una vida con la que aferrarme a la realidad desde un estado catatónico…?
Ya no sabía qué pensar. La verdad es que no solamente dejé de preguntar por mis amigos, fui más allá. Desde ese día, prácticamente dejé de hablar.
Cuando alguien pretendía tocarme, yo reaccionaba de una forma casi espasmódica, rechazando el contacto. No deseaba que me tocaran bajo ningún concepto, no deseaba ver…
Mi comportamiento cada vez se volvió más antisocial; quizá ayudó a ello mi elevado consumo de alcohol, pero había descubierto que con un cóctel alcohol-Valium-Torazine y manteniendo el grado del colocón bastante elevado, la risa se reducía a una especie de pellizco en mi cabeza. En ese estado pasé casi dos décadas de mi vida, vencido por las falsas delicias que se escondían bajo una mente enturbiada.

CAPÍTULO 38

Si cuando somos niños nos preguntaran qué queremos ser de mayores, casi todos nos inclinaríamos por oficios tan llamativos como: bombero, policía, astronauta… Algún que otro niño tiene claro que quiere ser biólogo, maestro, arqueólogo… Puedes encontrarte con pequeñajos un poco más excéntricos que optan por el arte circense, incluso alguno al que los escrúpulos importan bien poco y optará por algo tan atroz como ser torero, pero me apostaría la vida a que, de todos los niños a los que preguntemos, ninguno se decantará por ser de mayor un vagabundo. Pero la andanza por este mundo nos enseña que una parte de esos niños, cuando crezcan, lo serán. Solo has de mirar las calles, las plazas, los bancos… Todos esos seres marginales que suelen arrastrar sus posesiones en un carro y que, normalmente, distraen una realidad cotidiana que no les gusta con el alcohol. Todos esos seres en blanco y negro, una vez fueron niños y apostaría mi frágil cordura a que ninguno de ellos soñó jamás con la posibilidad de ser un vagabundo. Por lo menos yo no lo hice.
Nada más nacer, sufrí un ataque agudo de meningitis. Desde aquel preciso momento, quedó roto mi reloj de arena que rige nuestra normalidad. Mi posterior fracaso escolar vino dado, sin duda alguna, por las secuelas de dicha dolencia. Siempre me costó concentrarme. A pesar de mi tendencia al consumo de alcohol y drogas, la disciplina que me imponía mi autoritaria madre conseguía que tan solo fuera algo esporádico. El día en que ella se apeó de esta rueda de los sueños que es la vida, en ese preciso instante, el poco dominio que me quedaba perdió su rumbo. Mi padre, incapaz de controlar mis robos, mis borracheras, mis pepinos constantes con todo tipo de drogas… me puso de patitas en la calle. Para aquel entonces, mi medicación me hacía inexpugnable.
Jamás olvidaré la primera noche que pasé en la calle, después de vivir toda mi infancia y juventud en el seno de una buena familia, con las comodidades que esto comporta. No fue mala del todo, el alcohol me arropó hasta el amanecer. Recuerdo que esa noche soñé con Jesús y eso me hizo levantarme totalmente sudado a pesar de que aquella madrugada de Enero la temperatura rozaba los cero grados. No fue un sueño agradable…
Soñé que su cuerpo yacía flácido sobre una losa. La oscuridad era total. El silencio, el adecuado para aquel sepulcro.
El hombre de la losa —yo sabía que era Jesús— sufrió un espasmo. El cuerpo presentaba claros síntomas de putrefacción; a pesar de ello, el cadáver parecía volver a la vida. Sus ojos vidriosos, muertos, parecían mirar a su alrededor con curiosidad, pero con mirada vacua, totalmente ausente de vida. En su mente, solo un hambre atroz, un hambre inhumana. Para su fortuna, no estaba solo en aquel sepulcro, a su lado yacía otro cadáver —mi cadáver— en un estado muy avanzado de descomposición. Jesús sonrió mientras se levantaba como accionado por un resorte y se acercaba a aquellos despojos humanos que componían mi cuerpo. Al llegar a él —a mí—, hundió su cabeza en el estómago del cadáver y comió ávidamente de aquellas entrañas —mis entrañas— infectas de gusanos. Esa fue la primera comida que ingería desde hacía tres días…
Me levanté. Miré a mi alrededor. Una serie de colchones mugrientos albergaban a unos cuantos jóvenes que, como yo, hacían de la calle su hogar. Uno de ellos se estaba chutando su dosis matinal de caballo; sus pilas para empezar su particular baile con la muerte.
En principio no sabía exactamente cómo afrontar mi nueva condición. Poco más o menos hice como todo el mundo que se ve abocado a llevar esta forma de vida: pedir dinero de manera reiterada a familiares y amigos. Al principio, la pena les hacía aflojar la pasta, con el tiempo dejaron incluso de saludarme, y la verdad es que no les culpo por ello.
En los años venideros tuve que agudizar el ingenio: recoger chatarra, cartones, botellas de champán… todo aquello que pudiera aportarme algún dinero para poder emplear el resto del tiempo en beber. Beber hasta conseguir alejar los demonios de la locura de mí, hasta conseguir que el silencio venciera el continuo ronroneo de aquella jodida risa. Supongo que, por aquel entonces, la vida no tenía ningún otro aliciente para mí. Bebía para evadirme de un mísero sinsentido. Me convertí en un desecho humano incapaz, incluso, de robar.
Mi sumisión al vicio era total: alcohol alternado con la medicación que periódicamente iba a buscar a la farmacia de turno. Era un privilegio que me otorgaba el hecho de ser un enfermo crónico.
Fueron dos décadas confusas. El delirium tremens hacía, de tanto en tanto, acto de presencia. Recuerdo una noche en la que no dejaba de sentir cómo millones de hormigas recorrían todo mi cuerpo. Imaginaba que en cualquier momento comenzarían a devorarme en vida y el pánico me bloqueaba aún más, hasta el punto de no poder mover ni un solo músculo. Solo era una alucinación, pero parecía tan real…
Era el año 84, debía de ser a mediados aunque no recuerdo con demasiada exactitud la fecha —para ser sincero, no recuerdo demasiado de aquellas dos décadas, si acaso algún que otro episodio esporádico, ya que fueron veinte años en un estado de embriaguez constante—. Ese día, la cosa había ido demasiado lejos. Por lo que me contaron, me puse violento en un bar. Empecé a desvariar sobre monstruos, sobre puertas dimensionales… y terminé a hostias con un pobre hombre.
Al parecer, dos policías nacionales me redujeron con considerable violencia y me introdujeron en un flamante Talbot Horizont. Quizá fue el olor a nuevo del vehículo el que me devolvió a la realidad. Cuando me sacaron de él para entrar en la comisaría, en el coche había quedado impregnado mi aroma a orines y sudor; era mi sello de vagabundo, mi marca de persona que ha perdido el norte.
Antes de meterme en la mohosa celda —no era la primera vez— pasé junto a una pared que había visto mil veces; una pared que ese día en concreto llamó mi atención. Un extenso mural de caras me miraban desde pequeños pasquines. Desaparecidos. Tan solo pensar en aquella palabra, venían a mi mente historias que mi padre me había contado de la crueldad del régimen franquista. En España, si haces un hoyo en el suelo, encuentras un muerto, decía. Aquellos desaparecidos de la pared nada tenían que ver con aquellas crueles historias de la posguerra, eran víctimas de una sociedad enferma. Mil caras y mil sucesos que, seguramente, jamás se sabrían. Mil familias que jamás volverían a saber nada de sus seres queridos. Mil caras que, con toda seguridad, tarde o temprano, pasarían a formar parte de los archivos de casos sin resolver…
Mientras miraba con curiosidad aquella pared, me quedé helado. Dí un par de pasos hacia ella y fijé mi atención en una de las caras. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, sin duda aquella foto era de Cañete. Estaba sumamente desgastada, como si llevara allí décadas. Bajo aquella imagen en blanco y negro podían leerse unas palabras que acompañaban la foto: “Desaparecido en Badalona el 3 de Agosto de 1972.” ¡Joder! Aquello no era posible. Fijé mi atención en otro punto del mural, y en otro, y en otro… Allí estaban… Atari, Jaume, Pepe… Allí estaban todos mis amigos desaparecidos. En todos ponía las mismas palabras. No pude evitar ponerme a gritar como un poseso. La risa tomó el control. Era evidente que la locura me apartaba con rapidez de la lucidez. De nuevo, un episodio psicótico hizo que mis huesos terminaran en aquel sanatorio mental de Santa Coloma.
Llevaba allí dos días hasta las cejas de antipsicóticos, iba andando desentendido del mundo por el pasillo central, cuando escuché mi nombre.
—¿Juampe?
Lentamente me giré. Allí estaba Marc.
—¿Qué haces aquí, tío? —le pregunté. Estaba demacrado y tenía unas ojeras espantosas. Sus ojos se movían sin parar en unas cuencas abiertas en exceso.
—¿Y tú?
—Bueno, estoy aquí como enfermero, haciéndome cargo de todos estos locos —bromeé.
—¡No jodas! —exclamó. Pero en seguida cayó en la cuenta de que le tomaba el pelo. No se rió en absoluto.
—He tenido unos problemillas, Marc.
—A mí me ha pasado una cosa muy rara, Juampe. Tengo un miedo atroz. ¿Tú crees en demonios? —No supe qué contestar—. No sé ni por dónde empezar…
Con esas palabras inició su relato.
—…Lo que te voy a contar pasó hace mucho tiempo y se ha difuminado en mi memoria. La verdad es que cada vez tengo más dudas de si realmente ocurrió lo que yo creo, o como dicen aquí, “todo fue producto de mi imaginación”. Pero bueno, quiero contarte cómo yo lo viví. Quiero que lo sepas y, si puedes, que lo cuentes a la gente, que por las calles de Girona hay suelto un asesino. Y quiero que quede claro, Juampe, que ese asesino no es humano…
Pensé que estaba loco y no pude evitar una sutil sonrisa. Loco. ¡Qué término más curioso…! ¿Lo estaba él? ¿Lo estaba yo? ¿La sociedad…? Mientras me contaba todo aquello, Marc secaba las lágrimas que rodaban por sus mejillas, con la palma de las manos. Se le veía realmente afectado.
—Todo pasó hace unos diez años…
—¿Cuando eras niño?
—¡Qué dices Juampe! Tengo treinta tacos.
—¿Cómo? —pregunté un poco trastocado.
—Pues que tengo treinta tacos. Como tú, ¿no recuerdas? Tú los cumpliste el día 6 de Enero y yo el día 7.
—No tío, no puede ser. —La cabeza me daba vueltas. Me ayudó a sentarme en el mismo suelo. Se sentó a mi lado.
—¿Qué te pasa? ¿Llamo a los enfermeros?
—No, es solo que…
—¿Que qué…?
—Marc, tú recuerdas que hace poco estuvimos en La Rambla, fumándonos unos petardos?
—No debe de hacer poco. Yo hace la hostia que no fumo.
—¡Joder! Estuvimos con David, con el Punk, con un montón de colegas. Llevábamos todos un pepino de la hostia.
—Ah sí. Ya recuerdo. ¡Joder, qué memoria tienes! Hacía mucho que no pensaba en aquella noche. ¡Joder, nen. Qué recuerdos!
Al mirarlo detenidamente lo vi con una nueva perspectiva: más arrugas, menos pelo… Un sudor frío me invadió.
—¿Cuánto dirías que hace de aquello, Marc?
—No sé exactamente, pero por lo menos quince años.
No dije nada. Me perdí un buen rato por mi propia mente a la pesca de algún recuerdo. Lo último que recordaba antes de llegar al manicomio era estar en el año 84.
—¿En qué año estamos? —pregunté.
—¿Cómo? —por un momento pensó que volvía a bromear, pero debió de ver algo en mí que le hizo cambiar de opinión.
—¡Que en qué año estamos! La pregunta no puede ser más clara, ¿no?
—Hombre, reconocerás que es una pregunta un poco rara, pero bueno, hoy es 11 de Marzo de 1998.
Aquella fecha cayó sobre mí como un mazazo. Todo adquirió ese matiz que solo tienen los sueños. No era posible, tan solo hacía unos días que estaba en aquel puto manicomio, ¿no?
Me levanté y me dirigí a un gran espejo que ocupaba toda una pared de una gran sala salpicada de enfermos mentales aquí y allá. Al principio no reconocí la imagen que vi reflejada; era bastante mayor de como yo recordaba. Mi pelo tan solo era un recuerdo en mi cabeza, mil arrugas surcaban mi rostro… Mi mirada reflejaba derrota. Recuerdo que pensé: ¡Joder, qué pureta eres! Supuse que mi esquizofrenia hacía que el tiempo fuera diferente para mí. Me sentía como una pelota debe sentirse al ir rebotando de un sitio a otro sin control, si la pelota tuviera conciencia de sí misma, claro. Aquella ocurrencia hizo que empezara a reír.
—¿Estás bien, Juampe?
—Sí, Marc. Estoy bien… bien jodido.
—¿Me escuchas? ¿Te cuento o no?
—Sí, disculpa. Cuenta.
—¿Estás al caso de lo que te decía o no?
—Sí, sí. Me decías que hace diez años…
—Era sábado, un sábado como otro cualquiera —siguió con su narración Marc— y había quedado con un colega de allí, de Maçanet. Ángel, no lo conoces. Queríamos ir a la playa. Me estaba terminando de tomar un vaso de leche cuando oí el claxon de un auto en la entrada de casa, así que salí corriendo. Saludé a mi amigo y monté en la furgoneta.
—¿Qué, a Blanes o a Tossa? —preguntó Ángel.
—Mejor a Tossa, ¿no? —contesté.
Y así fue como, ya con el Renault 4 en marcha, nos dirigimos a la salida principal de Residencial Park, la urbanización donde solíamos pasar los fines de semana.
Enfilábamos ya la carretera cuando Ángel pegó un brusco frenazo.
—¡Hostia Marc! —me dijo— ¡Espera! ¡Mira!
Miré hacia donde señalaba y vi una flamante caja en el suelo.
—¡Venga, baja del coche y cógela, merluzo! —me espetó con sorna. Así qué, después de mandarlo a la mierda, bajé y capturé la caja con gran destreza (huelga decir, claro, que esta ni se movió). Ya en el auto, me apremió—: ¡Venga coño! ¿Qué es? Ábrela. ¿No pone nada?
—¡Joder tío, espera que me siente ! Y no, no pone nada. ¿Es que no lo ves igual que yo? Una puta caja blanca. Espera… —Al darle la vuelta, en el reverso, había unas letras negras—. Sí, hay unas letras.
—¿Qué pone?
—“Naustar GPS 2008”.
—¿Y eso qué quiere decir?
—¡Yo qué coño sé! Solo sé que hay algo dentro, porque esto pesa.
Entonces abrí la caja. Los dos asomamos ávidamente la mirada. Dentro había un aparato de color negro, más o menos del tamaño de una cartera y no mucho más ancho. En un lateral, unas flamantes letras plateadas, las mismas que podían leerse en la caja. Bajo el curioso artefacto subyacía un pequeño boletín de instrucciones. Pasé la caja a Ángel después de cogerlas.
—¿Qué pone? ¿Qué es? —preguntaba con impaciencia mientras extraía el aparato. Vimos que en la parte trasera llevaba una ventosa.
—“GPS experimental inducido por energía solar. No autorizado para venta. En caso de extravío, por favor llévenlo a la comisaría más próxima para que sea devuelto a su legítimo dueño, en caso de no ser así, aténgase a las consecuencias”.
Recuerdo que al leer aquello en voz alta, sentí un escalofrío.
—¡Joder macho! Qué mal rollo, ¿no? —me dijo Ángel—. ¿Pone cómo coño funciona, Marc?
Después de leer detenidamente las instrucciones procedimos a conectarlo. Era sencillísimo, tan solo presionar un pequeño botón que había en uno de sus laterales y el aparato cobró vida. La parte central, que parecía un cristal negro, se iluminó. Era como una televisión en miniatura, tan solo que la imagen era un pequeño triangulito y un sinfín de carreteras. Ángel aplicó la lengua a la ventosa y enganchó aquel pequeño televisor a la luna delantera.
—Es solar, Justi, y según las instrucciones es una especie de mapa de carreteras, macho. Parece una de esas historias extrañas de “La dimensión desconocida”, ¿no?
—Pues más bien sí.
De repente, del aparato brotó una voz:
“Señal GPS demasiado débil. Gire a la derecha”.
—Fíjate, Marc. Tiene una ruta marcada. A ver… Breda. ¡El maldito quiere ir a Breda! —exclamó entre risas.
—Oye Ángel. ¿Se lo llevamos a la Guardia Urbana?
Mi amigo no estaba de acuerdo.
—¿Tú estás colgao…?
—No tío, colgao no, lo que pasa es que esto es un poco raro. ¿Tú habías visto algo así? —le pregunté señalando el dichoso artefacto—. Además la nota…
—¡La nota! Eso no es más que papel, Marc. No seas tonto, ya verás, le cambiaremos la ruta y… ¡tirando para Tossa! A ver si el listo sabe llevarnos.
Dicho esto, y obedeciendo a las instrucciones, se aproximó y dijo en voz alta ante el aparato:
—Tossa de Mar. Paseo Marítimo.
Inmediatamente una nueva ruta apareció en pantalla. Empezamos a seguir las indicaciones. Enseguida vimos que no nos indicaba hacia Tossa.
—Oye Marc, mírale la dirección al cacharro ese. —Cuál no sería mi sorpresa al revisarla…
—Ángel, esto no va bien. Sigue obstinado en ir a Breda.
—Bueno. Repítele de nuevo la dirección. —Así lo hice, no una vez sino varias pero aquel aparato siempre nos anunciaba: “GPS su destino es Breda”.
—Su destino es Breda. Su destino es Breda… ¡Coño con el aparato! ¡Igual es maño, porque no veas si es cabezón! —se burlaba Ángel entre risas—. ¿Sabes qué, Marc…? ¡Vamos a darle el gusto al señor GPS de los demonios! En vez de ir a la playa, vamos a Breda y…
En ese momento, una voz procedente del aparato lo interrumpió.
“GPS… G-G-G-G GPS. Su destino es Breda”.
—Bien. Está claro que esto lo han tirado —continuó diciendo mi amigo—. Va como el culo.
Yo reí y no dije nada, pero aquel “G-G-G-G” Me volvió a producir un escalofrío. En mi cabeza sonó una risa maléfica.
Estaba absorto en el relato de Marc, mas cuando dijo lo de la risa, no pude evitar interrumpirlo…
—Perdona, Marc. ¿Una risa…?
—Sí, Juampe. Escuché claramente una risa en mi cabeza. Por estos lares —alzó la mano y la hizo girar— dicen que mi historia es una simple alucinación.
—Yo escucho una risa, Marc.
—¿También?
—Sí, continuamente, día y noche.
—A ver si al final vamos a estar los dos como dos putas cabras.
—Por lo que parece, tenemos todos los números.
—¿No tendrás un canuto, Juampe? —me preguntó a pesar de afirmar que hacía mucho tiempo que no fumaba.
—No tío. ¿Me sigues contando…?
—¿El qué…?
—La historia que me estabas contando.
—¿Qué historia…?
—¡Joder, Marc! Me estabas contando un viaje a Breda. —Al recordárselo, su expresión mostró de nuevo miedo.
—¡Sí! Es verdad. ¿Sabes una cosa Juampe…? Los monstruos existen. Los hijos de puta se cuelan en tu coco y se ríen de ti.
—Marc. ¡Venga tío! Recuerda. Me hablabas de Breda y de un objeto parlante. —Al fin pareció recordar.
—El viaje a Breda no revistió ningún problema —continuó narrando—. Cuando llegamos, aparcamos y fuimos a dar una vuelta por el mercado. Visitamos las tiendas artesanales de alfarería. Antes de ir a comer, pasamos por la Plaza de la Iglesia; siempre me fascinaron esos templos de culto por su magnificencia. Cada vez que pasaba por un pueblo, no desaprovechaba la ocasión de admirar la iglesia del lugar.
En fin… Comimos muy bien y, a eso de las seis de la tarde, decidimos volver a Maçanet, así que enfilamos hacia el coche.
—Oye Marc —dijo Ángel—, no conectes esa mierda.
—¿Qué mierda? —le pregunté.
—El aparato ese, el GPS o como coño se llame. Eso no vale. Igual cuando se le cayó a quién fuera, se jodió.
—Vale —dije. Y lo dejé en mi bolsillo..
Ángel arrancó el coche y giró por donde habíamos venido. Al llegar al primer cruce, el GPS, desde mi bolsillo, comenzó a hablar con el volumen al máximo:“¡Gire a la izquierda!” Y… ¡Joder, Juampe! Te puedo asegurar que la voz sonó autoritaria. Tanto fue así que Ángel, sin pensárselo dos veces, giró diciendo mientras reía:
—¡A sus ordenes GPS maño!
—¡Eh, Ángel, nen…!¿Qué haces? ¿Por qué giras así? Si llega a subir otro coche…
—Tranquilo, que he mirado. Y perdona… Solo quería hacer una broma fácil. De todas maneras, mírale la ruta al bicho ese.
—Ángel, tío…
—¿Qué?
—¿Tú habías visto antes un cacharro como este?
—No, nunca.
—Tío, ¿y si los números estos —señalé el aparato— son la fecha de fabricación?
—¿El 2008?
—Sí.
—Pues nada, Marc. Entonces querría decir que este trasto viene del futuro para impedir que dos paletos lleguen a Tossa porque, si lo hacen, el mundo desaparecerá de nuestro universo… ¡No seas capullo, tío, que ya tienes una edad! Mira la ruta y deja de decir tonterías.
—¡Pues mira! Marca ruta desde Breda a Maçanet por camino rural.
Ah, pues de coña. Será un camino más corto. Lo seguiremos.
—Sabes una cosa Juampe —interrumpió su relato.
—No, dime.
—No tengo claro que si hubiéramos decidido no seguirlo, nos hubiera dejado hacerlo.
Retomó su relato:
—Empezamos a seguir las indicaciones del GPS. De nuevo nos adentramos en Breda. Estábamos al lado del lúgubre cementerio y el GPS nos indicaba seguir hacia adelante por un camino poco rodado por el tránsito. De repente, el aparato habló de nuevo: “GPS.. Destino-destino-desti… Siga recto”.
—¡Joder, puto trasto!¿Qué pasada, no? Tartamudea en unos lugares qué…
No sé qué pensó Ángel. A mí me vino a la cabeza que el humano, ante un cementerio, perfectamente encajaba con “destino”. No comenté nada al respecto.
—Mira, tío —dije—, déjate de chorradas. Tiramos esta mierda que a mí me pone los pelos de punta.
“GPS… Demasiado de mí-de mí-de mí…”
—¡Cojones, Marc! Parece que nos hable ¿no? De mí, de mí… Como si supiera que hablábamos de él.
—Bueno, Ángel. ¿Qué…? ¿Damos la vuelta?
—¡Qué dices hombre! Todo recto, como manda la caja maña. —Por desgracia, y conociendo a mi amigo, no podía esperar otra respuesta.
Diciendo esto puso el coche en marcha y nos adentramos en el puto camino.
“GPS… Demasiado débil- débil-Devil…”
Ángel no dijo nada, por eso supuse que lo de “Devil” solo lo había escuchado yo. Aquel jodido aparato siguió hablando:
“Aproximadamente en 5 km. Su destino.”
—¡Coño! Ves Marc, 5 km., nos ahorramos un montón de rato y según la ruta, todo recto. Este aparato es un genio —dijo Ángel avanzando su mano para acariciarlo.
—¡Ah! —exclamó retirándola súbitamente.
—¿Qué te pasa?
—¡Joder! Cuando lo he tocado me ha dado un calambrazo.
En su dedo podía verse un pequeño arañazo y en él, una gotita de sangre que se debatía entre salir o no.
—No sé por qué Juampe, pero pensé que aquel diabólico aparto tenía “garras”.
…Conforme nos adentramos por aquel camino, íbamos dejando el pueblo atrás. Cada vez había menos casas, cada vez menos asfalto, cada vez más campo…
—Bueno Ángel, oficialmente esto es ya “camino de cabras”. Parece que tengamos el mal de San Vito con tanto bache.
El “sendero” se había estrechado tanto que la hierba rozaba los laterales del coche produciendo un chirriar muy desagradable.
—¿Qué, nen, damos media vuelta?
—Sí, Marc, en cuanto veamos un recodo más ancho.
En ese instante, aquel “engendro” volvió a hablar:
“Siga recto hasta… Señal G-G-G-G GPS demasiado Devil — por la expresión de Ángel, comprendí que él también había notado una entonación macabra en la manera de decir “débil”—. “Llegando a su destino en 3 km.”—continuó diciendo aquel trasto.
No me avergüenza admitir que desde aquel momento el pánico se adueño de mí, aunque reconozco que intenté por todos los medios que Ángel no lo notase.
—¡Mira! —dije—. Allí delante hay una construcción. Cuando llegues, para y preguntamos si este sendero va a parar a Maçanet.—Ángel asintió. Su semblante denotaba preocupación.
Conforme nos acercábamos a la construcción, empezamos a oír, cada vez más fuerte, el griterío de niños jugando y la sonrisa volvió a nuestros labios. La risa de los niños tuvo la virtud de alejar miedos irracionales y absurdos que empezaban a hacer mella en nuestras mentes. Pero esta agradable sensación tan solo duró un momento, puesto que cuando llegamos al lado de la casa los sonidos cesaron de repente y el lugar se nos mostró desolado y abandonado.
—¡Me cago en la puta! ¿Tú has oído unos críos?
—¡Pues claro!
—¿Y dónde coño se han metido, eh?
—¡Yo que sé, Ángel! Lo único que sé es que hace un buen rato que tengo todos los pelos del cuerpo erizados —confesé.
Observamos atentamente el lugar a la luz del atardecer, que empezaba a sembrarlo todo de sombras extrañas. La parcela tendría unos 3.000 metros y estaba vallada. La casa quedaba lejos, atrás, y desde ella hasta la valla donde nosotros mirábamos estaba copada de mesas de madera desvencijadas. No cabía la menor duda: el lugar estaba abandonado y quedaba claro, a primera vista, que por allí hacía tiempo que no jugaba niños.
—¿Qué, Marc…? ¿Seguimos el camino hasta el próximo recodo o paramos el coche, salimos fuera, nos bajamos los pantalones y nos cagamos de miedo?
—Tira Ángel, que no llevo papel —dije intentando enmascarar mi preocupación con aquella broma. Pero mi voz, al igual que la suya, era trémula.
Continuábamos absortos en tan apasionante conversación cuando, de repente, escuchamos a nuestras espaldas un inquietante ruido metálico. Automáticamente dimos un respingo: tras la valla, un caballo esquelético nos miraba fijamente con unos enormes ojos vidriosos. Ojos de pez muerto, pensé.
—¡Aaahhh! —grité—. ¿Tú de dónde sales, cabronazo? ¡Joder, qué susto tío! ¿Este puto jaco de dónde coño ha salido ahora?
Ángel arrancó el vehículo y se alejó chirriando ruedas de aquella finca. Yo miraba fijamente el caballo y… ¡Joder! Juraría que me guiñó uno de sus grotescos ojos.
“Aproximándose a su destino en seis-seis-seis… seiscientos metros.”
—Hace rato que presiono el único botón que tiene, pero esta mierda no se para.
“Demasiado de mí… su destino… señal demasiado Devil”.
Aquel maldito aparato hablaba siempre que decíamos algo de él. Era como si estuviera pendiente de nosotros, de nuestra conversación.
Seguimos hacia adelante por aquella senda que, para serte sincero Juampe, había que imaginar. Fue entonces cuando les vi…
En un claro de no más de veinte metros de circunferencia perfecta había un banco, y en él dos personas sentadas.
—¡Para Ángel! ¡Para! —grité. Ahí hay alguien. Vamos a preguntarles cualquier cosa, aunque sea la hora. Necesito tener la certeza de que no estamos en “La dimensión desconocida”, tío.
—De acuerdo. ¿Vas tú o voy yo?
—Si no te parece mal, vamos los dos, ¿no?
—Sí, sí, sí. Me parece “de puta madre” porque… Yo no sé tú, nen, pero empieza a entrarme canguelo. Todo esto es más raro que un perro verde, y que anochezca, la verdad, no ayuda demasiado.
Así fue como detuvimos el motor de la furgoneta y nos apeamos de ella. Nos dirigimos hacia aquellas dos personas sentadas en el banco.
—¡Oigan! ¡Oigan! —llamé. Mas pareció que no oyeran.
—Pues no. No oyen —reí nerviosamente mirando a Ángel.
—Calla Marc, te van a oír.
—¿Seguro?
Los dos nos miramos y reímos calladamente. De esta manera, nos plantamos al lado de aquellas dos personas. Fue entonces, cuando les vimos las caras, cuando se nos congeló la risa.
Ante nosotros, un hombre obeso y de cabello ralo de una edad indefinida que debía de rondar entre los veinte y los cuarenta años —no sabría decir, pues siempre me ha resultado muy difícil echar edad a un disminuido psíquico—, se mantenía en una postura estática, completamente inmóvil con la vista fija en un punto indeterminado de la nada. De la comisura del labio brotaba un viscoso reguero de baba que poco a poco iba empapando su descolorida camiseta. Parecía una estatua.
Sentada junto a él, una anciana de unos ochenta años vestida con ropajes viejos. Por el parecido, me atrevería a decir que podía ser su madre. Su aptitud era similar a la del individuo que la acompañaba. Sus pupilas eran blancas, inertes, semejantes a las de aquel maldito jaco. Llamó mi atención que su mano se movía repetidamente, como acariciado algo. Al ver lo que era se me heló la sangre… Un pequeño perro, quizá un Yorkshire, yacía sobre su regazo. Aquel patético animal debía de llevar años disecado. La mitad de su cuerpo había perdido el pelo. La mano que lo acariciaba tenía adherido a su palma, parte de él.
El banco en el que estaban sentados, tenía claros síntomas de sufrir un ataque de “carcomitis”. Constantemente caían partículas de madera al suelo. Una tela de araña se extendía desde la oreja de la mujer hasta el respaldo del banco. Ante ellos, en el suelo, un gran televisor dándoles la espalda. Observando aquel conjunto, daba la sensación de que el tiempo, caprichosamente, los mantenía prisioneros, inmersos en su delirio. Mientras Ángel miraba ensimismado a la extraña pareja, yo me acerqué al televisor y vi que en la pantalla había una imagen fija en blanco y negro…
“Señal GPS demasiado Devil”.
Aquella voz procedente del auto me sobresaltó al tiempo que tomaba consciencia del cable de la tele; lógicamente estaba desconectado.
—¡Marc, vámonos! ¡Corre! —me chilló histérico Ángel mientras me agarraba y arrancaba a correr en pos del coche.
No hizo falta que me lo repitiera, ambos corrimos como alma que lleva el diablo. No teníamos más remedio, el pánico nos obligaba a ello. No me quitaba de la cabeza la imagen fija de aquel individuo de la pantalla. Me había guiñado un ojo y esta vez estaba seguro de no haberlo imaginado.
—Entramos a toda prisa en la furgoneta. Ángel arrancó el motor y salimos zumbando de allí.
“Ángel ha llegado a su destino” —bramó aquel aparato de los cojones.
Al escuchar surgir el nombre de mi amigo de aquel cacharro nos miramos desconcertados. Vi a Ángel con la boca abierta de par en par, pero no llegó a decir nada… Del cielo, estrellado ya, bajó un rayo que penetró en el vehículo por el techo fulminándolo en el acto… Recuerdo vagamente haber entrado en un estado de histeria tal, que me arrastraba de la risa al llanto y viceversa, con una facilidad asombrosamente incontrolable. Por suerte, el coche golpeó contra un árbol caído que detuvo su carrera. Viví como en un ensueño los acontecimientos que siguieron. Por lo visto tuve suerte; un helicóptero forestal descubrió el accidente. En poco tiempo la policía y un equipo médico acudieron a prestarnos ayuda.
No pude explicarles nada, en aquel momento estaba rozando la locura…
—Tardé un buen tiempo en volver a hablar, Juampe.
—No me extraña, tío.
—Conforme me subían al helicóptero para evacuarme, me di cuenta de que el agujero del techo de la furgoneta había desaparecido. Ni rastro del rayo (y cómo no) ni de aquel puto aparato que nos había llevado allí. Había desaparecido. Escuché que hablaban de la posibilidad de que mi amigo hubiera sufrido un paro cardíaco fulminante.
El auto del atestado era simple: Ángel sufrió un infarto, el vehículo había golpeado contra un árbol caído y yo, por alguna razón sin determinar, había perdido el juicio. Sin determinar… en fin… Aquel puto GPS venido del averno nos llevó con precisión a nuestro destino, nunca mejor dicho.
Cuando terminó su narración estaba llorando, pero no me vi capaz de consolarlo. ¿Cómo? Si yo mismo andaba debatiéndome entre la locura y la cordura.
—¿No vas ha decir nada, Juampe?
—¿Qué quieres que diga? —Me dirigí a él y le abracé durante unos segundos transmitiéndole de esta manera mi sentimiento de condolencia. Marc se levantó y se alejó llorando con la cabeza gacha.
A la mañana siguiente fui a recepción a preguntar dónde se “hospedaba”. Amablemente, me dieron el número de su habitación y me dirigí hacia ella. Al llegar a la puerta sentí un escalofrío; la habitación número 13 me reservaba una desagradable sorpresa. Nada más abrir lo vi…
Marc oscilaba a dos palmos del suelo. Junto a él, una silla volcada. Su cuello sujeto a una cuerda y esta atada a la lámpara. Una mancha húmeda denotaba esa extraña última corrida entre la vida y la muerte, entre el placer y el dolor. Quedé paralizado mirando el vaivén del cadáver de mi amigo. No debía hacer más de tres minutos que se había quitado la vida. Una voz procedente de un extraño artilugio rectangular que había en el centro de la cama me sobresaltó:
“Sr. Marc ha llegado a su destino. G-G-G… GPS Naustar 2008 ¿Desea una nueva ruta?”.
Al instante el aparato desapareció, sin humos, sin olor a azufre, sin grandes efectos especiales, sin un espectacular “plof” de fondo… Simplemente desapareció. No tuve ninguna duda de qué era aquel aparato.
No llegué a entrar en la habitación, me limité a cerrar de nuevo aquella puerta y volver a la zona común. La retirada del cadáver, como siempre, fue discreta. La muerte, por aparatosa que sea, suele pasar a la discreción con rapidez en nuestra sociedad.

CAPÍTULO 39

Pasaron los días, las semanas, los meses… Lentamente fui recordando ese pasado borrado de un plumazo de mi mente aunque, para ser sincero, no había mucho que recordar, por lo menos, no mucho que fuera agradable. Tan solo un reguero de alcohol seguido de resacas y soledad. Las lágrimas llegaban a mí con facilidad.
Llegó el día en que me dejaron salir de allí. La verdad es que nadie vino a recogerme, me había convertido en un paria. El contacto humano se me hacía insufrible, esquivaba a la gente como esquivas pisar una mierda.
Lentamente me dispuse a deambular con mi inseparable zurrón. Paso a paso, llegué a una bodega, hurgué en mi bolsillo y saqué un billete de mil pesetas; con ellas pagué cinco litros de Don Simón. Guardé el cambio y cuatro tetrabriks en el zurrón, el otro litro lo bebí con avidez. Después de tanto tiempo sin probar el vino, aquel trago me supo a gloria. También tomé un Valium, si el dopaje no era continuo, la risa trepaba hacia la consciencia.
En el manicomio no era fácil conseguir vino, pero sí alcohol etílico. ¡Ufff! Esa mierda era increíblemente desagradable, pero acallaba la risa, de hecho, la aplastaba. Aun así, siempre preferí el vino, me hacía sentir más humano. Saqué otro litro mientras caminaba, y otro y otro… Cuando llegué a Canyet el colocón era tan grande que casi no me sostenía en pie.
Estaba en medio de la montaña. Recuerdo que oscilaba. Miré al suelo y vi un pequeño huevo de ave; este empezó a crecer y crecer hasta alcanzar el tamaño de una pelota de playa. Entonces eclosionó y de él emergió un dinosaurio gigantesco. El jodido diplodocus debía de medir unos 20 metros. Yo miraba fijamente hacia sus lejanos ojos. “El bicho” reparó en mí. Bajó la cabeza hasta situarla a escasos centímetros de la mía, podía, incluso, oler su apestoso aliento, y me dijo:
“¿Te das cuenta, Juampe, de que se te va la pinza?”
No recuerdo cuánto rato estuvimos riendo a carcajada limpia, solo sé que me quedé dormido allí mismo.
Por supuesto, cuando desperté el ser extinto ya no estaba allí. Ingerí un anti psicótico, el Valium de rigor y el último litro de vino, antes de continuar mi errante camino.
CAPÍTULO 40

Señor Sánchez, si sigue bebiendo así, su hígado no aguantará mucho más, me había dicho el doctor Ocaña hacía un año. Pero el hígado se resistía. Muchas veces. Había pensado en el suicidio, pero era demasiado cobarde para matarme.
Cada día me veía sumergido nuevamente en mi particular rutina: recoger chatarra y cartones, venderlos y beber, beber, beber… Con esa sed insaciable que solo conoce el alcohólico, esa sed irrefrenable que hace que, poco a poco, te transformes en una bazofia.
A pesar de la medicación, mis alucinaciones eran constantes.
—Señor Sánchez. El alcohol ha hecho que sufra usted un delirium tremens continuado.
—¡Paparruchas! —le dije, recordando mientras lo hacía al famoso personaje de Dickens.
No sabría decir hasta qué punto hablaba el alcohol cada vez que explicaba mis delirantes historias o si era la locura quien tomaba las riendas.
—¿Sabes? —le conté un día al oyente de turno en un bar—. No se lo digas a nadie, pero anoche estaba durmiendo al raso en Canyet y de pronto vi un ovni que se acercaba. Cuando aterrizó, tres extraterrestres bajaron del platillo volante y me dieron esto. —Le mostré, medio a escondidas, una pulsera rota, hecha de cuero, que en realidad había encontrado en un contenedor.
Una de mis historias preferidas era contar que tenía bidones y bidones llenos de oro y piedras preciosas. Siempre decía que estaban a recelo de miradas extrañas… Y era cierto, puesto que solo existían en mi deteriorada mente. Ahora lo sé, pero en aquella época, en aquella vida, era mi realidad más absoluta.
Mi mente fue dejando de lado la dura realidad a paso acelerado y cada vez se refugiaba más en una confusa ficción.
Mi aspecto no podía ser más lamentable. Únicamente había algo que lo superaba: mi deplorable mente.
Los días pasaban abrazado a los fármacos y al alcohol. Mis manos, siempre negras de mierda a juego con mi hedionda ropa. Más de una vez me resultaba imposible controlar mi vejiga, pero eso no me preocupaba demasiado, cuanto más repulsivo fuera para los demás, mejor. Aun así, algo me mantenía unido a Badalona; me hubiera sido tan fácil marcharme lejos y pasar más desapercibido para los demás… Pero un imán invisible me tenía unido a aquella puñetera ciudad.
Cada vez que pasaba por La Rambla miraba de reojo el lugar donde, en un remoto pasado, inicié una escalada hacia la cima de una gran montaña de mierda…

CAPÍTULO 41

—¡Eh, Juampe, tío! ¡Cuánto tiempo…! —oí que me llamaban a mi espalda. Al girarme encontré a Chele frente a mí. Hacía años que no sabía de él. Mostraba una gran sonrisa aunque en el fondo de sus pupilas se percibía tristeza, desesperación…
—¿Qué te cuentas Chele? ¿Tienes una moneda?
—¡Joder, Juampe! Siempre dando, ¿eh? ¿Quieres comer algo? Te invito.
Nunca rechazaba un bocata.
—Pues sí, te lo agradecería mucho.
Nos sentamos en El Roan, un bar de La Rambla. No me pusieron demasiada buena cara; para ser sincero, en pocos lugares lo hacían.
—Juampe, estás hecho una puta mierda, tío.
—Bueno, Chele… Digamos que es mi decisión.
—¡Joder! Pues revisa tu cajón de decisiones, tío.
—En cambio, tú tienes muy buen aspecto.
—Hace mucho que no me meto nada. Estoy casado y esas cosas…
—¿Eres un ciudadano gris?
—¿Qué es eso?
—Yo os llamo así. A la sociedad en general; todos acabáis pasando por el tubo: el curro, la familia, la hipoteca… Sois esclavos de la sociedad, víctimas del consumo.
—¡Joder! ¿Tú me hablas de esclavismo? Tío, ¿no te das cuenta de que es tu vida la que ha perdido todo control? ¡Por el amor de Dios!
—Bueno, Chele, está claro que tenemos diferentes puntos de vista.
—Pues sí. Haz una cosa cuando revises el cajón de las decisiones, de paso hazte revisar a fondo el cajón de la objetividad.
Chele me contó que su vida había cambiado para bien desde el día que decidió dejar las drogas. Me contó que durante años fue conductor de autobús, pero que la semana anterior se había despedido y estaba buscando un nuevo trabajo.
—¿No estabas bien en los autobuses?
—Sí, pero la semana pasada me pasó algo muy raro, tío. No solo no pienso volver a conducir uno, ni tan solo pienso subir.
Observé que su semblante se había vuelto blanco y, a pesar de que aquel verano hacía calor, los pelos de sus brazos se erizaron.
—¿Qué te pasó?
—¿Sabes una cosa, Juampe? Estoy planteándome ir a vivir a la montaña. Me asquea la ciudad…
—¿Y a tu mujer le apetece?
—¿A la Juani? No mucho, pero la tengo casi convencida.
—Ya… Bueno Chele, ¿qué te pasó? Desde hace un rato estás blanco.
—Es que es algo un poco extraño. Desde que me pasó no he podido dormir bien, me despierto sobresaltado.
—Cuéntamelo. Me tienes en ascuas.
—Muy bien. Como te decía…
—Todo empezó hace justamente una semana. El día transcurría con normalidad. Llegué a las cocheras y una media hora más tarde, salí a hacer mi ruta.
Recuerdo que iba pensando que tres días después comenzaban mis dos semanas de vacaciones. No paraba de imaginar lo bien que lo pasaría en Platja d’Aro. La idea era pasar dos semanas en el camping Valldaro.
Como te decía, la mañana había transcurrido sin incidentes dignos de destacar. Normalmente el turno de día, en Badalona, suele ser tranquilo. Al llegar a una de las paradas que hay en Marqués de Sant Mori…
—¿En cuál? —pregunté para poder situar mejor su relato.
—Justo la que hay enfrente de la Caixa del Penedés. La que hace esquina con Pau Piferrer.
—Vale, Chele. Sé cuál dices.
—…Pues al hacer la parada, el autobús se llenó, como casi siempre, puesto que al subir dirección al hospital de Can Ruti mucha gente toma este autobús, ya sean pacientes o visitantes. Tal y como está allí el aparcamiento, el bus es una buena solución. La cuestión es que, en esa parada, casi siempre rozamos el lleno absoluto.
En la siguiente parada, inesperadamente, bajó todo el mundo, incluido la gente que había subido en la parada anterior. Pensé que era muy raro. Al ver que nadie más subía, me dispuse a reanudar la marcha. Cuál no sería mi sorpresa cuando, al mirar por los retrovisores, me percato de que al fondo y tirado en el suelo del pasillo central, había alguien… Pegué un frenazo brutal —por suerte no venía ningún coche demasiado pegado a mí—. Me levanté y me dirigí hacia lo que resultó ser una señora de unos cincuenta años.
—Señora, señora —le decía mientras le daba unos suaves golpes con la palma de la mano en la mejilla izquierda intentando reanimarla. La mujer recobró el conocimiento. Su cara denotaba que estaba sufriendo un dolor extremo.
¿Se puede usted incorporar? —le dije. Ella me contestó que seguramente con mi ayuda sí. Sujetándola bajo los brazos y con un gran esfuerzo conseguí levantarla—. ¿Qué le ha pasado?—le pregunté.
—No lo sé muchacho. No me encuentro muy bien, me duele mucho el pecho…
Realmente su cara reflejaba dolor y desconcierto. Le pregunté si se había hecho daño al caer.
—No, no, pero no me encuentro nada bien… Como ya le he dicho, me duele horrores el pecho, por eso quería ir a Can Ruti.
—¡Pero mujer!¿Por qué no ha llamado usted a una ambulancia?
—Es que el dolor empezó hace un momento, justo cuando pasé por la parada del autobús. En ese instante llegó usted, y sin pensarlo demasiado, entré.
—¿Ya se va encontrando mejor?
—No, el dolor del pecho es insoportable. Por favor le pido que me lleve lo antes posible al hospital.
—No se preocupe, que enseguida llegamos. Viendo la gravedad del asunto, la llevaré directamente sin hacer paradas…
—¿Eso se puede hacer Chele?
—¿El qué, Juampe? —al interrumpir su narración, creo que lo descoloqué.
—Pues dejar de hacer paradas por una tía… Bueno, entiéndeme… Una tía, un tío… ¿Si realmente puedes pasarte por el forro las paradas?
—¿Y eso qué más da…? Independientemente de lo que pueda decir el reglamento, somos personas. ¿Qué hubieras hecho tú? —No contesté. Me limité a introducir un par de Valium en mi garganta y hacerlos bajar con cerveza.— ¿Aún tomas esa mierda, tío?
—Esta mierda me mantiene con los pies en el suelo.
—¡Juampe, tío! ¿“Los pies en el suelo”? —repitió—. Eres un vagabundo, tío.
—Pero lo llevo bien, a mi manera soy feliz —mentí.
—En fin, no voy a entrar en lo bien o mal que lo llevas. Eso es tu historia. ¿Por dónde iba?
—Decías que la ibas a subir a Can Ruti sin hacer paradas…
—Ah sí, es verdad.
…La mujer me dijo que no era necesario, mientras contraía la cara de dolor.
—No se preocupe, señora; una urgencia es una urgencia. Siéntese delante conmigo para tenerla cerca. ¿Le parece bien?
—Gracias joven. Julia, me llamo Julia, y claro que me parece bien.
La mujer me dijo aquello llorando de agradecimiento. No podía quitarme de la cabeza el hecho de que todo el mundo bajara en aquella parada. ¡Qué cabrones! Habían visto a la mujer allí tirada y en vez de atenderla, todos habían tenido la misma idea: salir pitando. Es increíble… Cada vez somos más como los animales.
Seguí avanzando lo más rápido posible hacia Can Ruti. Me giré y miré a Julia; la pobre tenía cada vez peor aspecto.
—¿Cómo se encuentra? —le pregunté intentando darle conversación para que se mantuviera consciente.
—Cada vez peor. No tengo muy claro que pueda salir de esta. El dolor cada vez es más intenso.
—No diga eso, mujer. Ya verá como no es nada. —Pero la verdad, Juampe, es que yo pensaba lo mismo—. ¿Quiere que cuando lleguemos me ponga en contacto con alguien, Julia?
—Pues si no te importa… Me gustaría que avisaras a mi marido.
—Muy bien. Tome un papel, anóteme el nombre y el número de teléfono. Tan pronto como la atiendan lo llamaré.
Julia, lentamente, escribió los datos que le solicité. Me entregó el papel y dijo:
—¿Sabe? No puedo vivir sin él.
—¿Sin quién? —le pregunté preocupado pensando que comenzaba a desvariar.
—Sin mi marido. Es un encanto. Si muero lo que más lamentaré es no poder estar con él. Andrés, ¿sabe…? Mi marido… Ese es su nombre: Andrés. ¿Bonito, verdad?
—Sí, Julia, muy bonito. —Aceleré un poco más.
—Pues verás… Llevamos juntos desde la Edad de Piedra. —Esbozó una sonrisa que más que tal, parecía un rictus de dolor—. Lo necesito tanto… ¿Ves este camafeo? Me lo regaló hace tiempo, fue su primer regalo. Cuando me pidió matrimonio, no lo dudé ni un segundo. Él ha sido el amor de mi vida. Si muero me gustaría que me acompañara… Una vez nos prometimos que si uno moría, el otro se suicidaría para no dejar de estar juntos. Tonterías de críos.
Yo la miraba de reojo. Me daba mucha pena, pero por suerte no había mucho tránsito y ya dejábamos atrás el barrio de Bufalá.
—Julia, en menos de diez minutos estaremos allí —le anuncié.
—No sé si llegaré. Creo que me muero.
—Venga mujer, cálmese. No diga eso.
—No muchacho, no es por hablar. Lo digo en serio, no recuerdo haberme encontrado nunca tan mal. ¿Sabes? Hoy ha sido un día extraño. La gente ha reaccionado conmigo de un modo raro.
—¿Qué quiere decir, Julia?
—No sé. Es como si me esquivasen.
—No la entiendo.
—Ni yo misma lo entiendo. No sé explicarlo, pero es como si hoy pasara desapercibida.
—Asentí con la cabeza, Juampe. Recordé de nuevo todas aquellas personas del bus, saliendo en estampida. Pensé en lo perra que es la gente…
…“Pobre Julia. Su aspecto hace que todo el mundo la esquive”, pensaba.
— No haga caso, Julia —logré articular—. Hoy en día, cada cual va a la suya.
—¿Tú crees? Pues yo creo que en algún rincón del alma tenemos un detector.
—¿Cómo “un detector”?
—Sí. Algún mecanismo que se dispara cuando alguien va a morir. Creo que por eso, hoy me esquivan, porque, de alguna manera, huelen mi muerte como la huelo yo…
—¡Joder, Chele! Qué mal rollo.
—No puedes hacerte una idea, Juampe. En aquel momento sentí un escalofrío.
—No me extraña, tío.
—… No diga eso mujer —le dije intentando calmarla—. Mire, ya llegamos. Tras las curvas está Can Ruti.
—Bueno… Parece que voy a llegar.
El rostro de Julia estaba empapado en sudor. Su color era de un tono gris que realmente hacía presagiar lo peor. Detuve el autobús obstruyendo el paso a los demás vehículos y, sin ni siquiera parar el motor, me levanté apresuradamente para salir en busca de ayuda. Entonces, antes de lograr bajar del bus, Julia me llamó.
—Gracias chico. ¿Cuál es tu nombre?
—Chele —dije—. Me llamo Chele.
—Chele, escúchame. Quiero que te quedes con el camafeo que me regaló mi marido.
—No, Julia. No puedo aceptarlo.
—Insisto, muchacho. Toma, quédatelo. —Sin darme tiempo a reaccionar, puso aquel objeto entre mis manos.— ¡Mira! —dijo dirigiendo su mirada a través de una ventana hacia el exterior—. Ese señor que está en la puerta de urgencias, es mi marido.
—¿Quién?— le dije mientras buscaba a la persona que me señalaba.
—El señor que está a punto de entrar en el hospital.
Ni por un momento me detuve a pensar en lo casual que resultaba encontrar a su marido justamente allí. Imagino que los nervios ofuscaron mi mente.
—¡Venga, vamos con él! La ayudo a levantarse.
—No me veo capaz. Por favor, ve a por mi marido y entre los dos, a ver si podéis llevarme.
—De acuerdo. Voy a buscarlo.
—Chele.
—¿Qué?
—Ni él ni yo saldremos de esta. Guarda el camafeo. Eres un buen muchacho. Guárdalo, es para ti, en recompensa por haberme traído hasta aquí, hasta él…
—Gracias —dije.
Recuerdo que por un momento pensé en la posibilidad de que todo aquello fuera un extraño sueño.
Bajé corriendo mientras pensaba que aquella pobre mujer empezaba a delirar. Al llegar junto al señor que Julia había señalado como su marido, lo llamé.
—¿Señor Andrés?
—Sí. Dígame.
—Mire… He recogido a su mujer en el barrio de La Salut. No se encuentra muy bien. Bueno, al llegar aquí, de casualidad, hemos dado con usted. Si me ayuda, la bajamos del autobús entre los dos —le expliqué atropelladamente.
—Perdone, joven, ¿es una broma?
—¿Cómo dice?
—¡Coño, pues que si es una broma, es una broma de muy mal gusto!—me gritó.
—No, hombre. ¡Cómo va a ser una broma! ¿Su mujer se llama Julia?
—Sí.
—Pues está en el autobús.
—No puede ser.
Entonces le mostré el camafeo. Parecía no dar crédito a lo que veían sus ojos.
—¿De dónde lo ha sacado? Pertenecía a Julia.
—¡Pues claro, hombre. Me lo acaba de dar ella misma! —Esta vez grité yo—. Creo que no es momento de discutir mientras su mujer se debate entre la vida y la muerte. —Comenzaba a perder los nervios.
—Muchacho, eso es imposible. Mi mujer falleció hace un año.
—Eso no…
—Oiga, ¿cómo me ha localizado aquí y ahora?
—Supongo que ha sido una casualidad. Su mujer lo vio desde la ventanilla.
—¡Joven, le repito que mi mujer murió hace un año!
—Pero… señor Andrés, eso no es posible. Ella está en el autobús… —Mientras le decía aquello, gire la cabeza en dirección al vehículo y, efectivamente, allí estaba Julia, de pie, mirando por el cristal posterior hacia nosotros—. ¡Mire Andrés! Es Julia.
Andrés, reconociendo perfectamente a la persona que nos observaba desde el autobús, se quedó petrificado. Allí estaba Julia; la Julia que, según él, hacía un año que había muerto. Supongo que recordó lo dura que había sido su pérdida para él y cuántas noches había pasado en vela llorando hasta que el sueño conseguía vencerle coincidiendo, muchas veces, con aquellos primeros rayos de sol que se filtraban por la ventana de su dormitorio… Ella sonrió con amor, le lanzó un beso y le hizo una señal para que se acercara… En aquel preciso momento, Andrés sufrió un infarto del cual, malogradamente, no se recuperaría… Antes de ir a por un médico, miré a Julia: esta empezó a desvanecerse. Mientras ella desaparecía, en mi cabeza escuché su voz:
“Gracias, Chele. Una promesa es una promesa. Él prometió acompañarme. Gracias por ayudarme a cumplir su voluntad”.
Entonces entendí que nada había sido casual, que el autobús quedó vacío porque así lo quiso aquel espectro. Fue cuando tomé conciencia de que, en cierto modo, Julia sabía que su marido estaría allí. Sonreí amargamente cuando tuve la certeza de que, de alguna manera, yo era cómplice del asesinato del pobre Andrés…
Viví aquello como si estuviera inmerso en una horrible pesadilla. Solo quedaba aquel camafeo en mi mano como prueba de que realmente estaba sucediendo.
El autobús de línea seguía allí, en medio de la carretera, obstruyendo el paso y con el motor en marcha, frente a la parada de urgencias de Can Ruti, pero, para ser sincero, aquella situación me importaba una puta mierda.
—A pesar del calor asfixiante de ese 21 de agosto (una fecha que te aseguro, Juampe, que no olvidaré.), a pesar del calor, yo estaba helado, frío como el mármol, blanco como la leche…
¡El puñetero camafeo en mi mano, tío! No podía dejar de mirar hacia el pobre Andrés, hacia su cadáver. Miré hacia el autobús y sentí un escalofrío. Me juré no volver a conducir un bus jamás.
—No me extraña, Chele.

—En fin, Juampe… Me piro, tío. Necesito un lugar tranquilo para vivir. Creo que mi destino está en la montaña. Paso de esta mierda.
—Creo, Chele, que nuestro destino se forjó una noche hace muchos años. Una noche en esta misma Rambla.
—Me tengo que ir. Como siempre, un placer verte. Cuídate, tío, estás hecho una mierda. —Extendió su mano hacia mí. Yo instintivamente me retraje—. ¡Venga Juampe, joder. Deja esa majadería, tío! ¡Ni que el mundo te diera asco! Dame la mano, quizá no volvamos a vernos.
Así lo hice. Con temor y lentamente pero así lo hice. Estreché su mano…
CAPÍTULO 42

De nuevo me vi transportado. La Rambla desapareció. Me vi a mí mismo volando sobre un extenso bosque, volando en libertad, en una libertad opresiva. El día perdía fuerza con rapidez. Yo descendía a velocidad de vértigo. La noche lo invadía todo…
Vi una carretera secundaria; estaba muy mal iluminada. Un coche pasó a toda prisa iluminando fugazmente un camino de tierra que se adentraba en el bosque. Tuve la certeza de que el conductor no lo vio, pues se encontraba medio sepultado por la vegetación y únicamente era transitable a pie. Adentrándose por él, se llegaba a una solitaria casa de madera. A primera vista parecía abandonada, solo la débil luz de una vela a través de una ventana indicaba que allí vivía alguien.
Dentro, sentado en una silla y arropado por la semi oscuridad estaba Chele, un Chele de aspecto abatido… Tres años antes, aproximadamente en la misma época en que me acababa de invitar a almorzar, Chele y su mujer, con aspecto jovial, habían adquirido dicha casa para iniciar una nueva vida para huir de la ciudad. En los primeros momentos la casa presentaba un aspecto flamante, reflejaba alegría, por lo menos en los ojos de aquel matrimonio. Pero las cosas, a veces, no son como uno espera, y ella no se adaptó bien al lugar…
De repente me vi en aquella sala, ante aquel abatido Chele del futuro inminente. Ni que decir tiene, él no notó mi presencia (de hecho, yo no estaba allí, puesto que aquello, aún no había acontecido).
Chele empezó a balbucear una hipotética conversación con su mujer:
“Chele, Chele… No sé si me adaptaré”, dijiste cuando la compramos y lo dijiste cada día durante todo el primer año.
“Chele, volvamos a la ciudad”.
“Chele, aquí no puedo vivir”.
“Chele, me ahogo aquí sola”.
”Chele, necesito ver gente”.
“Chele me deprimo”. ¡ASÍ TODO EL PUÑETERO AÑO!
Parece mentira, cómo han cambiado las cosas… Todo aquel año me insinuaste la posibilidad de dejarme. Supongo que después de aquella discusión tan fuerte te calmaste, pero me desilusionaste tanto que, desde entonces, cada día me digo lo mismo: “Quizá mañana te abandone”.
Tú ya ni me miras, ni me hablas… Eso me entristece, porque en el fondo aún te quiero. “Quizá mañana te deje”.
Diciendo esto, Chele, como cada noche desde hacía dos años, volvió a cerrar el baúl donde había metido el cadáver de su mujer después de degollarla.
CAPÍTULO 43

Lentamente, aquel Chele abatido, aquel Chele enloquecido, se desvaneció de mi vista, dejando paso al Chele de La Rambla, al Chele con el que yo almorzaba en El Roan, al Chele sonriente al que aún no se le veía en la cara el asomo de la locura homicida que en breve se apoderaría de él.
Tomé otro Valium, acabé la cerveza, me despedí de Chele y seguí mi camino. Saqué de mi viejo zurrón un Tetrabrik de mi preciado vino y lo ventilé de un trago. Las desdichas, las desventuras, eran menos asfixiantes enturbiándolas.
Los años transcurrían para mí con una extraña carencia; muchos días parecían no querer pasar de largo.
Las personas, con el tiempo, acumulamos cosas innecesarias: muebles viejos que guardamos en el garaje a pesar de su inutilidad, horribles figuras, absurdos regalos… Los vagabundos no estamos exentos de este comportamiento. Se empieza con un zurrón, una bolsa de deporte, una mochila… pero a lo largo de los años se acumulan una serie de enseres por los que sientes un gran apego. Para otras personas, seguramente, esos enseres son pura basura, pero para ti no deja de ser un nexo con otra época, con otro estado mental…
Recuerdo una vez que andaba por la calle del Mar con un carro repleto de ropa y diversos objetos. Entre ellos sonaba una radio que hábilmente había conectado a una batería. La señal llegaba distorsionada, pero daba banda sonora a mi peregrinar. Coronando el montón de bazofia que colmaba aquel carro, había un reloj de cocina, enorme, que marcaba eternamente una hora fija. Este se inclinaba sobre mi absurda colección de porquerías.
Aquel no era un día distinto a los demás, lentamente transcurría mi jornada a tiempo completo en busca de cualquier reliquia con la que sacar unas pesetas. En mi cara, como siempre, una bobalicona sonrisa de oreja a oreja como carta de presentación. Mi descuidada dentadura asomaba por ella como los restos de un naufragio. Aquel día en particular, una diarrea incontrolable había manchado mis pantalones. Reconozco que no me importaba demasiado, pero todo ello hacía que una grotesca imagen de desolación se transmitiera a todo aquel que se cruzara en mi camino. Unos miraban con pena, otros con indiferencia, otros tienen la capacidad innata de no ver determinadas miserias, pero los más miraban hacia mí intentando que me percatara de la exagerada mueca que surcaba su cara, provocada por el asco que yo les inspiraba.
Pero para mí la gente no existía. Las personas tan solo eran formas que pasaban por mi lado como exhalaciones, acumulaciones de materia, colonias de átomos en movimiento con las que no deseaba tener ni el más mínimo contacto… En mi mente, me veía a mí mismo como un gran señor del tiempo, pasando inalterado por las vidas de generaciones de badaloninos. A veces, un roce fortuito o un saludo efusivo de un antiguo amigo, hacía que vinieran a mí aquellos secretos más ocultos de dicha persona. Cada vez que esto ocurría, todo mi ser sufría. Cada vez que pasaba, aquella puta risa cobraba fuerza. El Torazín, el Valium y el alcohol solían mantenerla en un estado de letargo, pero el contacto físico irremediablemente le daba fuerza. Llegué a pensar que se nutría de las visiones, de las miserias del ser humano.
A veces, una simple e inocente mujer escondía con la sutileza de lo cotidiano una salvaje ninfómana, el honrado empresario era en sus horas libres un asesino, el amable anciano, un cruel pederasta… Pero eso quedaba relegado al plano oculto, a esta parte oscura de la dualidad, ese lado que nadie quiere mostrar de sí mismo, el lado salvaje, el no socializado, el que rige la parte reptiliana del cerebro…
A veces, las visiones me mostraban sucesos escalofriantes, pesadillas irreales… Aún no consigo entender el porqué, pero en ellas siempre se me revelaba aquella parte más mísera de sus vidas, la más cruel, ya fuera de su pasado o de su porvenir. Mantenerme imperturbable era solo posible gracias a mi constante dopaje y mis miserias, mi aspecto, mi olor… tan solo eran un repelente para intentar evitar el contacto.
En cierta ocasión, un bondadoso niño vino a poner una moneda en mi mano. Ese día no me apetecía hacer nada en absoluto, ni tan solo le sonreí como solía hacer con aquellas personas que se apiadaban de mi. La noche anterior, un grupo de jóvenes me vieron dormir en el cajero de un banco. Era uno de mis lugares favoritos para pasar las frías noches de invierno, pues al resguardo de la lluvia y el viento y arropado con el calor que desprendían las máquinas me sentía dichoso. Sin ningún tipo de remordimiento me asestaron una brutal paliza. Eran cinco, aunque solo tres de ellos participaron plenamente, los otros dos vitoreaban los porrazos como malditos buitres deseosos de carroña. Cada vez golpeaban más fuerte, supongo que no entendían mi sonrisa y eso les enfurecía aún más. No importaban los golpes, al fin y al cabo a cada contacto me mostraban su futuro, su corto y efímero futuro.
De fondo se escuchó una sirena. “La pasma”, gritaron mientras huían a todo correr. Mi sonrisa se acentuó, la sirena pasó de largo. Aquellos jóvenes se encaminaban a su fin, una buena raya de quetamina los fulminaría en menos de una hora. Tres hijos de puta menos por los que el mundo debería preocuparse…
Debido a esa paliza, me encontraba apático, más que eso, estaba totalmente molido. Cuando aquel mocoso colocó su moneda en mi mano, su dedo me rozó. Mi estado había hecho que olvidase colocar en el suelo un viejo sombrero de copa que siempre me acompañaba en mi constante mendigar, con el fin de recibir en él las limosnas de los más piadosos.
De repente aquel mocoso ya no era tal, era un tipo de mediana edad anclado en una cama del un hospital, en la planta de oncología. Desde aquella posición y con un terror absolutamente ciego, recordaba una de esas historias ocultas, una de esas pesadillas que rondan el mundo sin llegar a ser visibles para la sociedad… Las fobias, en muchas ocasiones, no dejan de ser manías sin sentido. Mucha gente las sufre: miedo a la oscuridad, a los perros, a las serpientes… En definitiva infinidad de fobias que campan a sus anchas entre nosotros y, como ya he dicho, en la mayoría de casos, sin sentido aparente. Personalmente, tengo pánico a los hospitales, pero puedo asegurar que en mi caso está plenamente justificado. Creo que, para que lo entendáis, mejor me remontaré a los orígenes de esta pesadilla…
Cuando tenía seis años —hace de esto unos 30— tuve la desgracia de que mi querido abuelo sufrió lo que en la antigüedad llamaban “un mal malo”. Su cáncer estaba ya muy avanzado; después de años de lucha, finalmente, aquella enfermedad había ganado la batalla. Aquella tarde, mis padres y yo fuimos a despedirnos de él. Cuando entramos en la habitación donde este pasaba sus últimos momentos, quedé aterrado… Al lado del anciano, tía Marta y la abuela, sentadas en sendas sillas, lloraban desconsoladamente. Pero lo que me aterró, evidentemente, no fue esa escena, sino “la sombra” que se extendía sobre mi abuelo. Aproximadamente a un metro de altura, flotando sobre él, una sombra negra oscilaba con un movimiento similar al vaivén de las olas del mar. Tenía un contorno definido, pero cambiante. Mi miedo se tradujo en un fuerte apretón a la mano de mi padre. No podía ni moverme y, por supuesto, no podía dejar de mirar hacia arriba. Nadie parecía ver aquello; solo cuando la señalé mi padre, con ternura, me bajó la mano, se agachó y con disimulo me dijo:
—¿También la ves? No te preocupes, no es nada malo. Tú no la mires, que luego te explicaré qué es.
En ese mismo momento mi abuelo gritó ahogadamente. Después de una gran exhalación, murió. La sombra, justo entonces, con un rápido movimiento, avanzó hasta tocarlo y después desapareció. Mi reacción no se hizo esperar, proferí un grito y salí como alma que lleva el diablo de aquella habitación. Como es natural, todos achacaron mi huida a la repentina muerte. Esa noche, cuando acabamos de cenar, me acostó mi padre, cosa que raramente hacía. Ya a solas me dijo:
—Esa sombra que has visto sobre tu abuelo no la ve todo el mundo, hijo. De hecho, yo no conozco a nadie que no sea de nuestra familia que pueda hacerlo. Tu bisabuelo podía contemplarlas, fue él quien se dio cuenta de que yo también. Fue una situación similar a la que tú has vivido hoy, pero cuando las veas, no digas nada. La gente te tomaría por loco. Tu madre tampoco lo sabe, solo conseguiríamos preocuparla contándoselo; quizá, incluso también nos tomaría por locos. Tú, yo, el bisabuelo y quién sabe cuántos de nuestros antepasados más, somos los elegidos de Dios. Tenemos la gran suerte de presenciar cómo los ángeles recogen las almas en el momento en que estas salen del cuerpo ya sin vida…
En todo el relato, mi padre no dejó de sonreír y mostrar una expresión de paz extrema en sus ojos. Supongo que sus fuertes convicciones religiosas, adquiridas tanto si querías como si no durante la dictadura militar que en el transcurso de los siguientes cuarenta años hizo omnipresente la iglesia católica para crear súbditos sumisos y temerosos de Dios, ayudó bastante a la hipótesis de mi padre, pero yo tenía otro modo de pensar… Yo estaba con el abuelo cuando murió y vi la sombra que bajó hacia él, y en su cara no advertí aquella placidez de la que hablaba mi padre. Lo único que vi fue auténtico pavor.
Por desgracia, en lo que a mí respecta, no tengo las convicciones religiosas de mi padre. En lo que sí creo es en las sombras negras, de hecho les tengo pánico… De ahí mi fobia a los hospitales.
A veces, sobre algunas personas, incluso por la calle, he visto alguna de esas sombras. Entonces empiezo a sudar, las palpitaciones de mi corazón se disparan… en fin, siento pavor, pero… ¡Oh, los hospitales…! Son un verdadero hervidero de sombras negras: sobre ancianos, sobre embarazadas, sobre niños…
En la planta de oncología, donde últimamente paso mucho tiempo —¡Maldito mal malo!— las hay en tal número que dan la impresión de ser un enjambre de abejas, quizá incluso una legión de estas, con la insignificante diferencia de que cada sombra mide aproximadamente un metro.
Llevo aquí ingresado tres semanas. He perdido la cuenta de las noches que llevo sin dormir, y eso, a pesar del agotamiento que me provocan tanto “la quimio” como las interminables pruebas. Dormir, en mi caso, desde que tengo una propia sombra negra oscilando sobre mí, se ha convertido en una quimera. Y claro, la miro, la veo, la observo… No sé ni qué me dicen los médicos, el cansancio no me permite otra cosa que estar atento al maldito oscilar de la jodida sombra…
A estas alturas, luchar contra el sueño ya me resulta complicado; llevan tres putos días inyectándome morfina para paliar estos atroces dolores que tengo que soportar. Luchar por no caer en los brazos de Morfeo se está convirtiendo en un verdadero problema… Pero no puedo permitirme dormir, mi miedo me lo impide.
En estas tres semanas, han muerto varios compañeros de habitación. Cada muerte viene acompañada del rápido movimiento de las sombras negras hacia el individuo. Cada vez que pasa, no dejo de pensar en que en breve seré el siguiente y, no sé por qué razón, viene a mi mente una imagen de un anuncio en el que unos pescadores atraviesan con sus arpones a los pobres atunes nada más asomar las cabezas fuera del agua. Eso me provoca escalofríos que duran varios minutos. Simplemente estoy aterrado. Me pregunto qué coño serán… ¿Tendría razón mi padre? ¿Existirá el alma? Y si es así, ¿la acompañan o la quieren…? Una y otra vez no paro de hacerme las mismas preguntas. Cada día me siento un poco más débil, cada día percibo el fin más cerca. No creo que muchos seres humanos hayan experimentado la tristeza interna que me atormenta. De hecho, cuanto más cerca de la muerte estoy, más claro tengo que tenemos alma, incluso sé que toda esta tristeza interna es mi alma quien la siente porque, en el fondo, ella sabe qué son las sombras negras, presiente su fin como yo presento el mío.
Juampe, avisa al niño que un día fui. Ayuda al niño que en este momento es el yo del pasado en tu presente…
Ante mí, el niño, la moneda, La Rambla y la certeza de que aquel pobre hombre moribundo pedía mi ayuda desde su pesadilla. La impotencia de no poder ayudarle me abrumó. Alcé la vista hacia aquel generoso niño que estaba gastando parte de su paga en ayudar a un pobre vagabundo y haciendo una excepción, pues normalmente no solía hablar con casi nadie, le pregunté:
—¿A dónde vas, niño?
—A ver a mi abuelo. Está muy malito… —Su padre se aproximó y cogió su mano, le sonrió y se lo llevó de allí, arrastrándolo hacia el inicio de su calvario.
Aquel día me sentí el protagonista de una tragicomedia. Recuerdo estar sentado en un banco horas más tarde de aquel encuentro con una curda de la hostia, esta vez en honor a aquel pobre chiquillo —cualquier excusa era buena—, pero me sentía intensamente apenado por él. De mi cráneo hacia afuera se evidenciaba esa tristeza mientras que de este hacia el interior, la risa hacía de mi cerebro una gran sala de fiesta que invadía con su música todos los rincones de mi mente. Aquella dualidad de sentimientos me destrozaba el alma sin piedad.
Recuerdo ver la gente pasar y pensar en lo frágil que es la superficie de la realidad, en lo sencillo que es verse atrapado en el abismo de una pesadilla…
El caos de mi mente se escondía tras una falaz sonrisa estática. Nadie hubiera podido adivinar en mi rostro la desesperación de mi corazón.
Sentado en su banco espera…
Sonríe, no sabe qué…
Sentado en su banco observa…
Sonríe, no sabe qué…
Sentado en su banco llora…
Sonríe, no sabe qué…
Sentado en su banco bebe…
Sonríe, no sabe qué…
Sentado en su banco pide…
Sonríe, no sabe qué…
Sentado en su banco espera…
De nuevo, una lágrima afloró en mí con aquel triste e ingrato pensamiento.

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