El poder de la oscuridad

AF_El poder de la oscuridad

Prólogo

Era joven. Era guapa. En realidad, muy guapa, solo que la suciedad y la mugre que la cubrían como un manto perenne hacían que fuese difícil de ver. Su cabello era del color del oro viejo, abundante, y caía en bucles alrededor de aquel rostro afilado por el hambre y la pérdida de las ganas de vivir. Las pecas que adornaban sus mejillas y su nariz resplandecían en su tez pálida por el frío del invierno. Pero sus ojos brillaban. Sí, era algo muy tenue, apenas un leve resplandor, como la llama de una cerilla a punto de consumirse, pero estaba ahí. Era una señal de que aquella muchacha estaba dispuesta a salir adelante, costase lo que costase. Y que lograría su objetivo.

Pero mientras la observaba, sus ojos se encontraron y el rostro que tenía ante sí comenzó a cambiar. Sus facciones se redondearon, las pecas desaparecieron, los iris marrones se tornaron de un azul brillante, y los bucles dorados se tornaron de un rubio intenso, que caía en suaves ondas sobre los hombros de la túnica verde oscura. Un reguero de color rojo sangre serpenteaba desde el cuello hasta la cintura y, por un momento, se preguntó de quién sería esa sangre. Después, la nueva joven sonrió, y la mujer sintió tal pavor que se dio la vuelta de inmediato y echó a correr. Pero su aliento la perseguía, susurrante, hiciese lo que hiciese.

“Te encontraré”

Pan y circo

Morgana se despertó con un sobresalto y el corazón acelerado. Por un instante creyó haber escuchado su voz en su oído, pero cuando miró a su alrededor comprobó que estaba sola. No había nadie más en la habitación, podía percibirlo, y sin embargo… Cerró los ojos y se masajeó las sienes para aliviar el dolor de cabeza. No podía dejar de pensar en lo vívido que había sido aquel sueño, y se preguntó por enésima vez si no sería una advertencia.

Llevaba una semana soñando con Vivianne y su madre. No podía quitárselas de la cabeza por mucho que lo intentase, y el hecho de que su antigua pupila siempre terminase persiguiéndola en sus pesadillas, amenazando con encontrarla, le dejaba una honda sensación de inseguridad en cuanto a lo que aquella muchacha era capaz o no de hacer. Pero aquella noche era diferente. No sabía por qué, pero había algo más en su pesadilla. Algo aterrador, que no supo identificar y que le provocó un escalofrío al pensar en ello.

Tratando de despejarse, se levantó y se acercó a la ventana para dejar que la brisa procedente del mar la envolviera. En la playa, los rituales de celebración de Imbolc, 1 de febrero, habían terminado hacía rato, pero aún había jóvenes novicios congregados frente a los rescoldos de las hogueras, hablando relajadamente. Morgana se apoyó en el alféizar para contemplar la luna que rielaba sobre las olas que rompían en la orilla, procurando no pensar. Pero un grito en el piso inferior la obligó a incorporarse casi de inmediato, a la velocidad del rayo, y a salir disparada de la habitación en dirección al origen del ruido. Oyó cómo una puerta se abría y se cerraba unos metros más allá, en el oscuro corredor, y la alta silueta de su hija mayor se recortó en la penumbra. Sin hablar, ambas se dirigieron hacia las escaleras y después hacia la habitación del fondo del pasillo. Blanca fue la primera en entrar y se abalanzó sobre la cama, donde una silueta pequeña y temblorosa alargó los brazos en su dirección con un sollozo en cuanto la vio aparecer. Mientras la hija mayor trataba de tranquilizar a la más pequeña, Morgana cerró con cuidado la puerta del dormitorio y se acercó lentamente a la cama. Después de sentarse, acarició el cabello de la menor de sus hijas: Solena.

 —Cariño, ¿qué ha pasado? —preguntó con dulzura.

La pequeña alzó en ese momento la cabeza, y sorbió antes de recostarse casi de inmediato en el regazo de su madre con un gemido.

 —He tenido un sueño horrible, mamá.

Morgana le acarició la larga cabellera negra.

—Ya está, mi pequeña. Ya pasó. Solo ha sido un sueño.

Solena asintió con rapidez.

 —Sí, lo sé —musitó—. Pero ha sido muy real.

Su madre reprimió un escalofrío, y su mirada se cruzó con la de Blanca durante un segundo. Apartó la vista enseguida, pero vio por el rabillo del ojo cómo su hija fruncía el ceño con preocupación. Esquivando sus iris oscuros, Morgana depositó un beso en la coronilla de Solena.

 —Los sueños malos es mejor olvidarlos, cielo —le recomendó—. Así corren menos riesgo de hacerse realidad, ¿no crees?

Una risita junto a su corazón le indicó que había conseguido que su hija pequeña se relajara ligeramente.

 —Sí —respondió esta, incorporándose y apartándose un mechón de pelo de la cara—. Lo malo es que a veces no me acuerdo de los buenos; esos que sí quiero que se hagan realidad.

Morgana sonrió con cariño y le pasó los pulgares por las mejillas para secarle las lágrimas.

 —A lo mejor deberías escribir alguno cuando te acuerdes. Así, cada vez que lo leas, será como recordarlo. Y, quién sabe, igual lo sueñas de nuevo.

La pequeña parecía bastante más tranquila, y sus grandes ojos castaños parecieron brillar ante la perspectiva que su madre planteaba.

 —Sí, lo haré —aseguró con la inocencia propia de sus diez años recién cumplidos.

Su madre sonrió y la ayudó a acomodarse de nuevo entre las sábanas. Blanca se inclinó sobre ella desde el otro lado de la cama para darle un beso suave en la frente.

—Descansa, pequeña —le deseó—. Hoy ha sido un día largo.

Solena sonrió.

—Me ha gustado la ceremonia que has oficiado —aseguró con solemnidad.

Blanca aprovechó la penumbra para ruborizarse ligeramente. Como novicia de Saturno a punto de ser ordenada y por petición expresa de su madre, el Sumo Sacerdote de Avalon le había permitido oficiar uno de los rituales de aquella noche.

 —Me alegro, Sol —le agradeció—. Ahora, a dormir.

La niña asintió solemnemente, y después dejó que su madre se inclinase para repetir la despedida.

—Duerme bien, mi pequeño tesoro.

—Hasta mañana, madre.

La bruja sonrió al comprobar con aquel apelativo que la pequeña había recuperado la serenidad, y se levantó. Cuando su hija mayor y ella llegaron a la puerta, la respiración de Solena se había convertido en un tranquilo murmullo, y ambas suspiraron aliviadas. Sin embargo, cuando llegaron al piso superior, Blanca siguió a su madre hasta su dormitorio. Morgana no se lo impidió, puesto que sabía que no podía ocultarle nada. Así pues, se sentó en el borde de la cama que daba a la ventana y esperó a que Blanca, que permanecía de pie, hablara. Cuando al final lo hizo, su voz fue un murmullo temeroso.

 —Mamá, ¿tú también has soñado lo mismo que Solena?

Morgana suspiró con fuerza. Cuando sus hijas la llamaban así, es que algo muy intenso bullía en su interior. La emoción más fuerte conocida desde que el mundo era mundo: el amor materno-filial.

 —No sé si sería lo mismo —admitió en voz baja—, pero también parecía muy real.

 —¿Puedo preguntar qué ha sido? —insistió la joven, sin brusquedad.

Su madre apretó los labios y meneó la cabeza, conteniendo el dolor de su corazón.

 —No, no quiero preocuparte más de lo necesario —respondió, y eludiendo la mirada interrogante de Blanca, cambió de tema—. ¿Volverás mañana a Ereka, verdad?

 —Sí, claro —repuso su hija, sorprendida por la pregunta—. Pero…

Morgana la silenció sin violencia con un gesto de la mano.

 —Ya tienes bastantes responsabilidades allí como para cargar también con las mías —y ante la mirada molesta de su hija, se apresuró a añadir—. Puede que algún día te lo cuente, pero por ahora no quiero hacer una montaña de un grano de arena, ¿entiendes?

Blanca no parecía muy conforme con aquella respuesta, pero al final claudicó ante la mirada suplicante de su madre.

 —De acuerdo. Pero, si algo sucediera, me avisarías, ¿verdad? —quiso saber, arqueando las cejas en un gesto que no dejaba lugar a negativas.

La bruja adulta asintió con una sonrisa divertida al ver la seriedad que empezaba a impregnar casi todos los gestos de su hija mayor.

 —Por supuesto, no lo dudes.

Blanca se destensó visiblemente, y acto seguido se acercó para besar a su madre en la mejilla.

 —Que descanses, madre —le deseó—. Y que los Dioses te protejan.

Morgana le besó una mano con emoción contenida.

—Y que siempre velen por ti, hija mía —repuso en voz baja, en el preciso momento en que ella salía por la puerta.

Cuando se quedó de nuevo sola, la mujer clavó la vista en el mar, reflexionando de nuevo sobre su sueño, y concluyó que solo había dos cosas claras en todo aquello: la primera, que el pasado la había alcanzado. Y lo segundo, que tenía que encontrar a Vivianne cuanto antes.

***

Ray se despertó con el corazón desbocado. Aún podía sentir los pasos de su perseguidor en el sueño; o, mejor dicho, en aquella horrible pesadilla. Miró a su lado instintivamente, pero se relajó de inmediato. Sandra dormía tranquila, con un brazo alrededor de Ruth. El joven suspiró y sacudió la cabeza con sentimientos encontrados. Hacía ya un tiempo, casi desde que había aprendido a caminar sin ayuda, que la pequeña había cogido la costumbre de subirse a la cama de sus padres sin previo aviso, con los consecuentes sustos y regañinas. No obstante, aquella noche la habían dejado dormir con ellos, puesto que dejarían de verla en los dos intensos meses de gira que se avecinaban. Sintió un ramalazo de tristeza al pensar en ello mientras admiraba cómo, en la penumbra, los cabellos aún cortos pero de un color rubio dorado se esparcían sobre la almohada, rodeando aquella carita redonda y dulce que ahora dormía pero que, despierta, se iluminaba con los ojos castaños más dulces que Ray hubiese imaginado jamás. Con la punta del índice apartó un mechón del suave flequillo, que se había posado sobre un ojo. Ruth se dio la vuelta en sueños y se acurrucó aún más contra el pecho de su madre, que ciñó inconscientemente el brazo alrededor de su cuerpecito. Ray se tendió de nuevo junto a ellas, abrazando suavemente a Sandra, y trató de mantenerse despierto para no sufrir de nuevo aquella pesadilla. No se atrevía a pensar en que pudiese ser premonitoria, a pesar de lo vívida que era. Primero, porque aquellos que habían intentado destruirles casi dos años atrás estaban muertos. Pero, principalmente, porque no podía soportar la idea de perder a Sandra.

***

El funeral había tenido lugar apenas una hora antes, con la caída del sol, y los asistentes al duelo habían empezado a retirarse ya, exceptuando varias siluetas que Zoe conocía muy bien. Un viento helador soplaba al otro lado de la ventana, agitando los últimos rescoldos de la pira funeraria, pero no podía competir con el hielo que se había alojado en su corazón desde que se enteró de la noticia. No solo por el hecho del asesinato en sí, sino por ser quien era la difunta. Apretó los puños con furia. ¿Quién tenía el valor de hacer una cosa así?

El cadáver de la pequeña Marga, Hija de Marte, alumna de la Escuela de Madrid de tan solo doce años, había aparecido dos días antes, en medio del Paseo de Coches del Parque del Retiro, bien a la vista de todo el que pasara por allí a primera hora de la mañana. Por supuesto, la policía había acudido de inmediato y había dispersado a los curiosos antes de iniciar todo el proceso de investigación del lugar del crimen; pero, aun así, Zoe sabía lo que la gente había visto. Y a muchos les había visto santiguarse y exclamar, especialmente a los testigos más mayores.

El asesino había apuñalado a la víctima en el corazón, para después trazar un pentáculo sobre el suelo con la sangre derramada y posicionar al cadáver, desnudo, de tal manera que su cabeza y sus extremidades coincidiesen con los vértices de la macabra estrella. El círculo que rodeaba siempre dicha figura, en este caso, contenía símbolos que ninguno de ellos supo descifrar en el poco tiempo que tuvieron para espiar la escena. Pero sí detectaron la orientación: el pentáculo había sido dibujado considerando los cuatro puntos cardinales.

Frunció los labios en un gesto de desagrado al recordarlo, a la vez que un escalofrío recorría su espalda. No era la primera vez que ese patrón aparecía en un asesinato, aunque sí era la primera vez que aparecía en España. De hecho, el primer caso se había dado en Hannor, fuera de la Tierra. Contuvo las lágrimas al contemplar la figura de Hal recortada frente al fuego que ardía en el jardín trasero del caserón. La víctima en ese caso había sido su abuela, el último pariente vivo que le quedaba. De hecho, al volver del viaje para completar todos los asuntos pendientes, lo único que Hal había dicho al respecto es que no pensaba regresar. Nunca más. Y Zoe comprendía en parte su dolor.

El segundo había sido en California, cerca de Santa Bárbara, y como el asunto lo había llevado la Escuela de Los Ángeles, casi todas las novedades llegaron a Salem en diferido. Pero aun así, había algo claro: el patrón era el mismo. Y lo peor de todo era de quién se trataba: Fred Kempsey, el único amigo verdadero que había tenido Loreen en la infancia antes de mudarse a Salem a causa de los continuos acosos que sufría en su primera Escuela. No obstante, fue cuando apareció el tercer cadáver —la tía materna de Anya, una famosa cantante de jazz afincada en un apartamento de lujo de Nueva York— cuando todas las alarmas se dispararon definitivamente. Alguien de los suyos, o que conocía muy bien los atributos de la magia, estaba realizando asesinatos rituales de magos y brujas cercanos a ellos. Y aquello era lo más preocupante. Zoe le había dado mil vueltas a la cabeza y no había conseguido llegar a una conclusión satisfactoria, aunque intuía a qué podía deberse todo aquello. Sin embargo, ¿qué sentido podía tener? Gregor estaba muerto. Si alguien quería vengarle, ¿por qué no había ido directamente a por ellos? Probablemente, razonó con amargura, porque era mucho más satisfactorio verles sufrir. “La muerte es un castigo demasiado fácil”, recordó haber oído decir en alguna ocasión.

Una mano se posó sobre su hombro en ese momento, y Zoe aceptó su calidez en silencio a la vez que se recostaba contra el pecho de Óscar. Su relación, cordial desde hacía años, se había consolidado poco a poco a partir del viaje a las Tierras Lejanas para intentar convencer a las criaturas mágicas de que se unieran a ellos contra Gregor. A partir de ahí lo habían llevado en secreto pero, cuando seis meses antes Zoe había anunciado su traslado a Madrid para ayudar a Óscar a organizar una nueva escuela, descubrió que, en realidad, era un secreto a voces.

Él no habló, limitándose, desde su estatura, a apoyar la barbilla sobre la cabeza de ella. Y así permanecieron los dos durante un tiempo que se les hizo eterno; viendo, a través de la ventana del despacho cómo las llamas de la pira se consumían en el anochecer.

***

El fuego recortaba a medias las facciones tensas y angulosas de Hal mientras este contemplaba fijamente las llamas. Loreen se acercó lentamente por su espalda y le rodeó un brazo con los suyos, suavemente, mientras contemplaba las llamas. Del pequeño cuerpo ya no quedaban más que unos pocos restos que pronto se convertirían en ceniza, y algunos retales humeantes de la manta que la había cubierto durante la ceremonia habían caído al suelo y ardían lentamente. Al otro lado de la hoguera, la joven pudo distinguir la silueta de Davin, la cual, sentada en el suelo, miraba hacia la hoguera con expresión ausente, como si no estuviese allí. Sin embargo, sus músculos estaban tensos, los labios apretados, y los ojos vidriosos por las lágrimas. La silueta de Andie se recortaba justo detrás de su cabeza. De pie, impasible, sin tocar a su hermana; probablemente, porque ella lo había deseado así.

En ese momento la voz de Hal la obligó a levantar la cabeza.

 —¿Crees que sufrió? —preguntó.

Su voz estaba enronquecida de tanto llorar, pero Loreen se tragó sus propias lágrimas y trató de mantener la entereza. Él lo necesitaba.

 —No lo sé —respondió con suavidad. En realidad, estaba casi segura de que había sido así, pero no era lo que Hal necesitaba oír—. Conseguiremos resolverlo, mi amor. Ya lo verás —lo animó, aunque la voz aún le temblaba—. Por Marga… Por Fred —la voz se le quebró un instante al mencionarlo —y por tu abuela.

Hal emitió un sonido mezcla de bufido y risotada amarga.

 —No entiendo por qué alguien quiere hacernos tanto daño —aseguró en un susurro ronco. Loreen se mordió el labio, dubitativa. Ella tenía una teoría al respecto, e intuía que su pareja también la contemplaba. De hecho, así lo hizo saber en cuanto volvió a abrir la boca—. No sé quién puede estar intentando vengar a Gregor; pero, si lo encuentro, juro que lo mataré.

Su novia le apretó el brazo cuando se tensó, y lo obligó a volverse hacia ella con brusquedad.

 —Eso no lo digas ni en broma, ¿de acuerdo? —lo amonestó, con la barbilla temblándole a causa del llanto contenido—. No quiero…

Se calló, incapaz de contemplar la posibilidad de perder a Hal por una insensatez. Conocía tanto las leyes mágicas como las terrenales y, en el mundo en que ella había crecido, ninguna de las dos era nada halagüeña en lo que respectaba al asesinato, ni siquiera por venganza. Pero él pareció entenderla, porque se relajó ligeramente y alzó una mano para pasarle un mechón rebelde por detrás de la oreja.

 —Está bien, Lo —su mirada volvió a posarse en las llamas—. Pero me gustaría poder hacer algo… Al menos, para evitar que haya más muertes.

Loreen no tenía solución para aquel dilema, pero de nuevo trató de infundir ánimos en el corazón roto de él.

 —Seguro que al final daremos con el culpable. Y cuando lo hagamos, pagará por todo lo que ha hecho.

Hal inclinó la cabeza hacia ella.

 —Nunca pensé que serías tan pragmática —soltó una risita lúgubre—. De hecho, creía que serías la primera que querría atravesarle el corazón con una flecha.

Loreen contuvo una sonrisa. Al menos había conseguido desviar la atención de Hal de la funesta pira y devolverle parte de su humor negro habitual, por lo que se limitó a encogerse de hombros y lo besó con suavidad.

 —Hay momentos para todo —aseguró en un ronroneo amenazador—. Pero, ahora, lo que menos conviene es ponernos a hacer locuras, ¿no crees?

***

Davin se quedó junto a la pira hasta que el fuego se apagó del todo. Después, hizo el gesto de los Hijos de Marte hacia los restos de la misma, y se levantó con un suspiro. Todo el mundo se había ido hacía rato, incluida Andie, pero ella no podía. No quería dejar sola a Marga.

Había sido una alumna ejemplar desde que entró en la Escuela a los cinco años. Rápida, decidida y avispada, pronto había superado a todos sus compañeros en destreza. Pero había muerto demasiado pronto como para que esos progresos tuviesen algún valor.

Recordó el día en que tuvieron que desalojar la anterior Escuela, cuando tuvo que tranquilizar a su madre —una humana corriente— asegurándole que la pequeña ya sabía controlar sus poderes. Asimismo, un recuerdo personal se entrecruzó con aquella imagen: la zanja de una obra, una pandilla de chavales de su clase queriendo hacerle daño… Piedras, desgarrones en la ropa, puñetazos y, al final, un solo movimiento, un traspiés, y uno de los niños que la perseguía desmadejado en el fondo del socavón. Cerró los ojos con fuerza y sacudió la cabeza. Hacía muchos años de aquello, y había sido en defensa propia. Un desgraciado accidente. Por aquel entonces, ella tenía la edad a la que Marga había muerto. Y fue cuando entró por primera vez en la Escuela de Madrid.

Conteniendo las lágrimas, se encaminó hacia la casa. La nueva Escuela se localizaba en una suave loma. En vez de los pinos que rodeaban a su predecesora, en este caso el bosque que la envolvía estaba compuesto por varias hectáreas de encinar y monte bajo, y en vez de una majestuosa mansión, esta estaba conformada por varios edificios apartados y desparramados por la ladera. De entrada, el edificio principal era un gran caserón, donde se localizaban los dormitorios de los Consejeros, un pequeño comedor y un salón de reuniones. Alrededor de este se distribuían varios edificios prefabricados de entre uno y dos pisos. Uno de ellos, contenía las aulas; otro, un hospital de emergencia a cargo del cual estaba Keira. Y, los más apartados, las habitaciones de los alumnos, los cuales se alojaban distribuidos por edades.

Por último, alrededor de todos ellos se ubicaban las instalaciones comunes: la piscina, el centro hípico o el campo de tiro con arco. Visto así, pensó Davin con una súbita diversión, parecía un campamento de verano más que una respetable Escuela de Magia.

Cuando llegó a la puerta de su habitación y entró, la luz de la luna penetraba a raudales entre las cortinas. Lentamente, se descalzó y se despojó de la cazadora, el corpiño y los pantalones cortos. Ni siquiera se puso el pijama para dormir y, cuando se metió entre las sábanas, el sueño llegó enseguida. Solo entonces fue consciente de lo agotada que estaba, pero aún le quedó un pequeño resquicio de consciencia para jurar en voz baja:

 —Te vengaré, Marga. Lo prometo.

Vino y rosas

 

18 de abril

Marco se despertó lentamente, con una oscura sensación alojada en la boca del estómago, mientras el sol que entraba por la única rendija abierta entre las opacas cortinas arrancaba destellos a sus rizos rubios, cegándole ligeramente. Entrecerró los ojos y volvió la cabeza hacia el otro lado con un gruñido. El hueco de Cora estaba vacío, pero aún estaba tibio. Mientras rodaba sobre las sábanas y enterraba la nariz en la almohada de su novia, para aspirar con fuerza ese aroma que adoraba, y tratar de olvidar la intensa pesadilla que lo había acosado durante las pocas horas que había dormido, el resto de sus sentidos parecieron comenzar a funcionar. Lo primero que percibió fue el rumor lejano de la ducha, claro y cristalino mientras repiqueteaba sobre las baldosas de las paredes, el suelo blanco y un cuerpo de mujer. Por lo bajo, soltó una risa breve y divertida. Al conocer casi todos los misterios del Agua, podía saber casi con exactitud qué estaba sucediendo allí donde discurría solo con oír su canto. Solo que, en este caso, otra melodía se entrelazaba con la suya. La voz rasgada de contralto de Cora se hizo más clara cuando cerró el grifo y abrió la mampara, cantando una balada a pleno pulmón. Marco sintió cómo se le erizaba el vello de los brazos mientras oía las notas reverberar al otro lado de la puerta cerrada. Era una de las cosas que más le gustaba de su novia, lo que les había unido como compañeros hacía siete años y como pareja hacía poco más de dos.

En ese momento la canción terminó y la puerta se abrió mientras la silueta pequeña y esbelta de Cora se recortaba en el umbral. Envuelta tan sólo en una toalla y ahuecándose el pelo húmedo con una mano, se acercó a la cama, torciendo los labios en un gesto socarrón.

 —¿Aún sigues ahí? —le recriminó con dulzura—. Vamos a llegar tarde al ensayo.

Marco hizo un mohín de falso disgusto y se incorporó en la cama, manteniendo las piernas bajo las sábanas.

 —En parte es culpa tuya —la acusó con media sonrisa irónica—. Fuiste tú la que quiso salir de fiesta anoche.

Había otro mensaje implícito en su voz, ante el cual Cora se ruborizó levemente, pero su azoro desapareció en el momento en que se subió a la cama de un salto, acurrucándose contra él. Marco pasó un brazo por su cintura y la besó, suave y lentamente. Cora enterró una mano en su pelo mientras la otra se deslizaba lentamente bajo las sábanas. Marco se apartó unos centímetros con rapidez en cuanto identificó sus intenciones, y una sonrisa burlona afloró a sus labios.

 —¿Otra vez? —preguntó en voz baja—. ¿Y te sorprende que aún no me haya levantado?

Cora se pegó más a él sin ningún disimulo.

 —Asumiré las consecuencias —ronroneó junto a su cuello mientras su mano tanteaba sin descanso bajo sus abdominales.

Marco cerró los ojos, resoplando, y la besó en el cuello con rudeza. Cora se arqueó hacia atrás, y él la empujó para inmovilizarla con su cuerpo sobre el colchón, mientras su mano izquierda retiraba con destreza la toalla que aún la cubría. Cora gimió acto seguido, rendida ante sus caricias y el roce de su piel.

 —Ah, creo que se me olvida algo —dijo de repente Marco, mirándola fijamente a los ojos con un brillo divertido en sus iris azules, mientras se pegaba a ella de una manera que hizo que los corazones de ambos se aceleraran al unísono—. Feliz cumpleaños.

Como única respuesta, Cora se limitó a morderle el cuello con fuerza.

—No podría ser mejor —aseguró en el preciso momento en que él se deslizaba entre sus piernas.

Fue algo rápido para su gusto, pero cuando terminaron, jadeantes, los dos pensaron que nadie iba a ser capaz de sacarles de la cama en unas cuantas horas, al menos hasta que recuperasen el aliento. Pero, al cabo de unos minutos, Marco alzó la cabeza.

 —Creo que deberíamos irnos ya —comentó, burlón—. Se van a preguntar dónde diantres estamos.

Cora soltó una carcajada irónica mientras se levantaba con esfuerzo de la cama.

 —Créeme cuando te digo que no tienen ninguna duda de por dónde queda eso.

***

 —Sí, sí mamá, estamos muy bien… Sí, ya pronto volvemos a casa, este es el penúltimo concierto, sí…

Sandra se calló un segundo para escuchar la segunda parte de la diatriba de su madre sobre tener cuidado en los viajes. “Mira que ahora eres madre de una niña y si te pasa algo…”. Ray puso los ojos levemente en blanco aprovechando que estaba de espaldas a su mujer. A pesar de que tenían veinticinco años y estaban independizados desde los veinte, más o menos, los padres de ellos cuatro, en especial los de Sandra, seguían insistiendo hasta la saciedad sobre “Tácticas básicas de supervivencia en el mundo exterior”; solo que Sandra, en su caso, lo consentía más o menos de buen grado, y arrugaba el ceño de forma bastante desagradable cuando Ray se metía con ella. Por lo tanto, hacía tiempo que él prefería no hurgar en la herida, sobre todo porque sabía que Sandra podía manejar perfectamente la situación.

Dejó en el suelo la guitarra en cuanto escuchó los primeros golpes en la puerta. Se levantó a abrir y saludó a sus dos compañeros con una sonrisa y un abrazo, como siempre, a pesar de que les había visto hacía apenas cinco horas. Felicitó a Cora con cariño, la cual se lo agradeció con una sonrisa y acto seguido se acercó a saludar a Sandra, que le pasó rápidamente el móvil a su novio como si le quemase en las manos; Marco, por su parte, después de saludar con un rápido beso en la mejilla a su mejor amiga, se sentó en el borde de la gran cama de matrimonio. A Ray se le iluminó el rostro cuando escuchó una vocecita incoherente y aguda al otro lado del teléfono.

 —¡Hola, mi amor! —saludó a la niña que parloteaba sin cesar al otro lado —¿Cómo está mi niña bonita?… ¿Ah, sí? ¿De verdad?

Cora contuvo una sonrisa al oírle. Sabía que, entendiese o no lo que la pequeña Ruth dijera al otro lado, él seguiría hablando como si fuese así. Ray era el prototipo de padre primerizo emocionado hasta el extremo. A pesar de que las circunstancias en que la niña había sido concebida no habían sido especialmente halagüeñas, y el parto había sido algo difícil, ahora mismo, año y medio después de su nacimiento, Cora podía afirmar que no conocía a dos padres más felices ni más orgullosos que Sandra y Ray. Además, se habían casado antes de salir de gira, y la celebración no podía haber sido más idílica. A Cora, en parte, le corroía la conciencia el hecho de haberles privado del viaje de novios, porque al final todo se les había medio solapado casi sin pretenderlo, pero los recién casados no parecían afectados por aquel hecho, sino más bien todo lo contrario.

En ese momento, vio cómo Ray le pasaba el móvil a Marco, y a este le brillaron los ojos en cuanto escuchó a la pequeña. Cora lo miró con ternura mientras Sandra abandonaba su compañía y se acercaba a Ray para comentar con él varios detalles del concierto de esa noche. Su novio, por su parte, parecía extasiado con Ruth, a la que llamaba cariñosamente “mi sobrina”; y es que a Marco y Sandra solo les faltaba compartir la misma sangre para ser hermanos, debido a la magnífica relación que tenían desde que eran niños. Y Cora no podía estar celosa de algo así. ¿Cómo, si tenía claro desde hacía dos años que Marco no tenía ojos para nadie más que para ella? Se lo había asegurado tantas veces que Cora en algún momento había tenido que interrumpirlo a media frase con un beso, para dejarle claro que lo sabía y no tenía dudas al respecto. No obstante, sintió una punzada de inseguridad al pensar en aquello que Marco y ella nunca habían sacado a la luz, especialmente desde el nacimiento de Ruth: ¿qué pasaría el día que ellos dos tuvieran un hijo? ¿Cambiaría su relación? ¿Él lo querría igual que quería a Ruth? Al pensar aquello, Cora estuvo a punto de abofetearse por idiota; pues claro que lo querría. Sería suyo, y eso era motivo suficiente.

Marco se levantó en ese momento, sacándola de sus cavilaciones. Acababa de colgar el móvil y de devolvérselo a Sandra, y Cora sorprendió la emoción de su mirada. Sin decir nada, se acercó para besarlo suavemente en los labios, a lo que él respondió con dulzura.

 —Vamos —lo instó mientras se separaban—, hay trabajo que hacer.

Él le sostuvo la mirada un segundo, casi conociendo sus pensamientos, y después asintió con una sonrisa y le pasó el brazo por la cintura.

—Vamos.

***

El estadio debía de estar a reventar, a juzgar por cómo retumbaban las paredes y el techo del vestuario donde les habían alojado para cambiarse y descansar. Cora se apartó un mechón del espeso flequillo rojizo y se miró en el espejo con un suspiro. Veinticinco años. Un cuarto de siglo. La sensación que la había acosado durante todo el día volvió a atenazarle la boca del estómago sin que pudiese hacer nada por evitarlo. Por un lado, se sentía demasiado joven aún para sentar la cabeza; pero, por el contrario, el ver a Sandra felizmente casada y con una familia despertaba una incómoda vocecita en su cabeza que la machacaba cada vez con más frecuencia: “Y tú, ¿qué? ¿Cuándo piensas seguir su ejemplo?” Cora se mordió el labio. Cuando se enteró de lo de Sandra, dos años atrás, casi había llegado a pensar que todo se había tratado de un accidente, aunque los futuros padres aceptaran aquel embarazo con naturalidad; pero esto era, principalmente, debido a que ni ella misma estaba segura de que, llegado el momento, pudiese reaccionar igual ante la misma situación. Como por reflejo, su mano se deslizó dentro del bolso de cuero que había dejado sobre la encimera y tanteó nerviosa hasta encontrar el preciado anticonceptivo. Cerró los dedos en torno al envoltorio y lo apretó con fuerza, a la vez que cerraba los ojos y respiraba hondo. Cuando los abrió, sin embargo, ya no estaba sola. Sandra estaba a sus espaldas y, cuando sus miradas se cruzaron, le apoyó una mano amistosa en el hombro.

 —Eh, ¿estás bien?

Cora trató de encogerse de hombros con indiferencia, pero le salió un gesto indefinido que podía significar desde apatía hasta incomodidad. Los ojos grises de Sandra se entrecerraron ligeramente y se adelantó un par de pasos para ponerse a su altura. Suavemente, la obligó a volverse hacia ella.

 —Cora, ¿qué ocurre?

Esta se zafó con suavidad.

 —No es nada, en serio —alegó en voz baja.

Su tono no había sonado nada convincente, y por ello Sandra sonrió, comprensiva.

 —Sabes que a mí puedes contármelo —la animó.

Cora se removió en el sitio, incómoda.

 —Lo sé, pero…

Su rubia compañera arqueó una ceja inquisitiva.

 —Cora, es tu cumpleaños, estamos de gira y la gente está deseando vernos —le posó de nuevo la mano en el hombro—. Disfruta y no pienses tanto —añadió con una sonrisa.

Sandra sabía que Cora no le estaba contando todo lo que le sucedía, pero prefirió dejarlo estar. Por el contrario, trató de distraerla y alzó la otra mano hasta ponerla casi frente a la nariz de su amiga. Esta abrió mucho los ojos, sorprendida, y cogió el paquete que la joven del Aire sostenía con delicadeza entre sus dedos. Lentamente, lo abrió y ahogó una exclamación al verlo.

El pequeño pentáculo era de oro, con una llama ritual encerrada en el pentágono central y una aureola de llamas uniendo las cinco puntas de la estrella. Con cuidado, dejó que Sandra lo colgara de su cuello, depositando la joya justo en el vértice de la blusa de color burdeos, y la admiró sobre el espejo.

 —Es precioso, Sandra —confesó, emocionada, volviéndose inmediatamente para abrazarla—. Muchas gracias.

La joven sonrió encantada.

 —Ray me pidió que te lo diera antes del concierto.

 —No teníais por qué molestaros, de verdad…

Hasta ese instante ninguno de ellos le había regalado nada pero, como Cora valoraba mucho más todo lo que le estaba sucediendo antes que cualquier objeto físico que pudieran ofrecerle, no le había dado importancia. Sandra, por su parte, se encogió de hombros con alegría ante su último comentario.

 —Espero que no creyeses que no te íbamos a regalar nada —repuso, como si le hubiese leído el pensamiento—. Sé lo que opinas sobre estas cosas. Pero es que, cuando lo pensamos, nos pareció algo especial de verdad —calló un segundo, indecisa—. Para recordar —concluyó al fin en voz baja.

Cora tragó saliva con fuerza. Sandra tenía razón. Aquel detalle iba más allá de un simple regalo de cumpleaños, estaba claro. Ninguno de los cuatro quería olvidar, puesto que la magia era parte de sus vidas desde hacía dos años. “Y ojalá se limite a lo que es ahora”, rezó Cora en silencio. No quería volver a pasar por algo semejante a lo de aquella época.

En ese momento, dos cabezas masculinas asomaron por la puerta, sacándola de golpe de sus pensamientos.

 —¡Vamos, chicas! —las apremió Ray con impaciencia —¡Está todo listo y vamos con cinco minutos de retraso!

 —¡Vale, vale! —protestó Sandra, a la vez que se dirigía hacia ellos sorteando varios bancos de madera con insultante agilidad—. ¡Nunca entiendo las prisas de Luis, en serio! ¿No se supone que esto es para disfrutarlo?

Ray soltó una carcajada mientras la cogía por la cintura, y su ceño fruncido desapareció como por ensalmo. El efecto de la joven era casi inmediato sobre él. Todos lo sabían.

 —Sí, pero eso no quita que no queramos que nos tiren tomates por hacerles esperar —agregó él antes de besarla con cariño.

Sus compañeros trataron de no hacer comentarios ante aquella escena tan cotidiana pero, cuando la pareja desapareció por el pasillo, Cora llegó donde estaba Marco y los otros dos desaparecieron de inmediato de sus mentes. La mirada de él voló inmediatamente al pentáculo que la joven lucía sobre el escote, y un brillo extraño se apoderó de sus iris azules. Cora lo observó un momento con el ceño fruncido.

 —¿Qué pasa? ¿No te gusta? —preguntó, intrigada y preocupada a la vez.

Marco pareció percibir sus temores enseguida, porque recobró la compostura en un abrir y cerrar de ojos y compuso su sonrisa más radiante.

 —Por supuesto que me gusta. En realidad, me encanta —añadió tras un instante de vacilación que Cora apenas percibió, tan aliviada como estaba ante su respuesta.

Él se inclinó para besarla, y aunque la chica todavía lo notaba algo más rígido de lo normal, prefirió no indagar en el asunto. Ya se lo preguntaría más tarde. Ahora, el escenario esperaba.

El concierto prometía ser un éxito desde el primer momento. La acústica era buena, las guitarras estaban perfectamente afinadas y Cora y Sandra habían tenido tiempo para calentar la voz antes de salir. El repertorio era de unos quince temas, casi todos del primer disco que habían sacado; pero también habían incluido alguno del segundo, que habían empezado a preparar antes de la gira y cuya grabación estaba prevista para cuando esta terminase. Unas pequeñas vacaciones de tres semanas, y vuelta al trabajo.

En un momento dado, después de cantar Todo y nada, uno de los trabajos más brillantes de Ray en cuanto a composición desde que habían empezado a tocar juntos, Luis les hizo una seña para que se retiraran un segundo del escenario. Las luces se apagaron y los cuatro, tras un segundo de vacilación, avanzaron a tientas hacia donde estaba él. No, solo eran tres, observó Cora, ya que Marco se había quedado rezagado; al parecer, esperando. Intrigada, se volvió hacia sus compañeros, pero al sorprender las sonrisas enigmáticas que intercambiaban, se irritó ligeramente.

 —Sandra, ¿qué…?

Pero su compañera le tapó de inmediato la boca con suavidad, antes de que pudiera preguntar, y la obligó a volverse hacia el escenario. Cuando al final obedeció, a regañadientes, Cora creyó que se iba a desmayar de la impresión.

Los focos volvían a encenderse suavemente. En especial uno de ellos, de luz blanca, que caía sobre un enorme piano de cola, frente al cual se había sentado Marco. Los aplausos comenzaron de nuevo, y los aullidos de histeria de las adolescentes se oyeron por encima del barullo. Cora sintió una punzada de celos que desapareció en cuanto él desvió la vista hacia ella y la sonrió con dulzura, lo que hizo que sus rodillas temblaran aún más. Tenía una ligera sospecha de lo que iba a suceder a continuación, y lo único que era capaz de pensar era: “ni se te ocurra derrumbarte”. Como si hubiese oído sus pensamientos, Sandra le apretó un brazo y la sonrió con calidez. Cora le devolvió el gesto, y los tres se acomodaron en la penumbra para asistir al espectáculo. Marco se había levantado del banco y había cogido el micrófono, dispuesto a presentar la canción.

 —Hoy es un día muy especial para mí —comenzó—. Sé que esto no es lo habitual pero, hoy, aquí, era algo que tenía que hacer, y debo decir que hace años que deseaba hacerlo.

>> Hoy, dieciocho de abril, es el día en que cumple años la mujer a la que quiero, la persona más importante de mi vida, a la que tengo que pedir perdón por haber tardado tanto en darme cuenta de lo especial que es.

“Sí, más te vale”, pensó Cora con sorna, recordando el día en que por fin habían decidido empezar a salir juntos. Los aplausos se redoblaron y se oyeron silbidos de diversa índole, y ahora los gritos histéricos se oían en bastante menor medida. “En la próxima canción me llevo un tomatazo”, reflexionó la joven con cierta amargura, aunque se obligó a controlarse de inmediato. No sucedería nada. La voz de Marco se oyó de nuevo.

 —Así pues, hoy seré yo el que cante. Una canción que compuse hace un tiempo y que se llama “Polos opuestos”. Y es el regalo que quiero hacerle a Cora Ferrer por su veinticinco cumpleaños.

Cora tragó saliva y se mordió el labio, tratando de reprimir las lágrimas, mientras Marco lanzaba una mirada en su dirección y vocalizaba sin palabras: “Te quiero”. Cora le lanzó un beso con la punta de los dedos. Pero antes de que Marco se sentase de nuevo, alguien la empujó levemente por detrás. Sorprendida, se volvió para fulminar con la mirada a Sandra, que respondió con una sonrisa divertida mientras alzaba las cejas elocuentemente. Al girarse de nuevo, descubrió con la boca seca que Marco, junto al piano, tenía una mano tendida hacia ella. No, no, no. Aquello no era posible. Si tenía que emocionarse, mejor a oscuras y sin que nadie la viese. Pero al parecer, todo el estadio esperaba que hiciese algo. De hecho, habían empezado a corear su nombre. Cerró los ojos y respiró hondo: si tenía que ser así…

Tratando de que las rodillas no le entrechocasen, avanzó y tomó la mano de Marco entre las suyas. Él se la acercó y besó sus nudillos con suavidad. En ese momento, Cora vio la oportunidad de vengarse. Con rapidez se apretó contra él y enlazó sus bocas antes de que él pudiese hacer nada. Por desgracia, parecía estar esperando una reacción similar, porque le devolvió el beso con intensidad. Ahí sí que se escucharon varios gritos desgarrados y los abucheos aumentaron de volumen, pero ambos sabían que no eran importantes. Por un instante, solo existían ellos dos. Cuando se separaron, Marco, sin soltarle la mano, la condujo al otro lado del piano y se sentó en la banqueta. Cuando empezó a tocar, Cora agradeció en silencio el apoyo que le brindaba el piano, porque pensaba que podía morirse de amor en cualquier momento.

La canción era sencilla, emotiva y dulce. Y la voz de Marco, que habitualmente se limitaba a hacer los coros, se alzó clara en la noche burgalesa. Era una voz intermedia, algo más aguda que grave, pero a Cora le había cautivado desde el primer momento que le oyó cantar, años atrás. Mientras él entonaba, no apartó la vista en ningún momento, consciente de que aquel era su regalo, solo para ella y ciertamente íntimo a pesar de estar dándoselo frente a miles de personas.

Cuando la canción terminó, después de cuatro minutos que a Cora se le pasaron en un suspiro, un rugido encantado se alzó desde las gradas, y los silbidos, esta vez de admiración, se mezclaron con los elogios en una marea ensordecedora. La joven se dio cuenta, maravillada, de que había sido capaz de contener las lágrimas todo el tiempo, aunque no estaba segura de cuánto tiempo más podía aguantar. Marco hizo una reverencia a su público y después tomó su mano; sus dedos se entrelazaron de nuevo y el chico los apoyó sobre su corazón. Ella se acercó para darle un suave beso en los labios a la vez que las luces caían hasta sumirles en la penumbra y, lentamente, entre aplausos, se deslizaron hacia donde se encontraban sus compañeros.

***

“Un concierto muy emotivo” pensó la joven con sorna mientras se deslizaba hacia la salida con gracilidad. Tanta gente apiñada a su alrededor, tantos humanos simplones le provocaban arcadas, pero se contuvo y trató de mantener la dignidad hasta el final.

Cuando por fin consiguió salir del estadio y la brisa nocturna le acarició el rostro, cerró los ojos y suspiró con deleite, y no solo por estar al aire libre. Les había encontrado de nuevo.

No había sido muy difícil, pero el último año y medio había estado muy ocupada asentando su posición en la oscuridad, afianzando su liderazgo y concretando su venganza como para preocuparse por ellos. Sin embargo, ahora era el momento de que todo echase a rodar.

La limusina apareció casi sin hacer ruido por la esquina que estaba rodeando. El chófer, embozado con un pasamontañas oscuro y capucha, salió para abrirle la puerta del asiento trasero. La joven se sentó con gracilidad mientras echaba hacia atrás su melena rizada y rubia. Cuando el coche arrancó, dirigió una última mirada al estadio con sus ojos de color azul zafiro, en los que se reflejaba claramente la maldad que bullía en su interior, y sus labios esbozaron una sonrisa malévola.

“Ya sois míos”

***

Sandra estaba inquieta y no conseguía dormir. Tras varios minutos dando vueltas en la cama, decidió levantarse y, sin vestirse, se acercó a la ventana. Cuatro pisos más abajo, el río Arlanza discurría con fuerza, resultado de las lluvias del último mes, y un viento especialmente intenso agitaba las copas de los árboles de la ribera. A aquella hora tan tardía ya apenas circulaban coches, pero aún se oían los gritos de los grupos de jóvenes que trasnochaban hasta la madrugada. Sintió un escalofrío al pensar que alguno de ellos podía haber estado en el concierto. Siempre le sucedía, después de cada actuación y cada vez que daba un paso fuera de su casa. Aún le sorprendía que hubiera grupos de adolescentes que se quedasen mirándola cuando pasaba. Las miradas de ellos eran de deseo mal disimulado, acicateado por las hormonas de la edad; las de ellas, de envidia y adoración a partes iguales, como si pensasen que siendo como ella en el futuro se acabarían todos sus problemas. No pudo reprimir una risita sarcástica. Si ellas supieran…

Un ruido de sábanas en movimiento la obligó a volverse, alerta, pero al parecer Ray sólo acababa de darse la vuelta en la cama. Aún dormido, puesto que seguía roncando suavemente. Sandra se apoyó contra el alféizar sin dejar de mirarle. A pesar de los años, no había día en que se arrepintiese de estar con él. Por supuesto, su relación no había sido ningún camino de rosas, solo quizá algo más que la de otros —sus pensamientos se desviaron inmediatamente hacia Marco y Cora—. Sobre todo en los primeros años, no se habían librado de más de una discusión y de diversas faltas de acuerdo a medida que se iban conociendo. Sin embargo, habían resistido, y allí estaban, casi ocho años después, casados y con una hija. Sandra sintió una punzada de nostalgia al pensar en ella. Aquella era la primera vez que se alejaban de Ruth durante tanto tiempo seguido y, a pesar de que ambos sabían que con su profesión era inevitable, Sandra nunca pensó que podría dolerle tanto su ausencia. Durante meses, había sido casi una extensión de sí misma debido a la gran cantidad de tiempo que pasaban juntas, e incluso en algún momento había llegado a sentir ciertos celos infundados de Ray cuando él pasaba mucho tiempo con ella. Por suerte, eran sentimientos que se habían ido diluyendo con el tiempo, puesto que si algo tenía claro Sandra era que no sería capaz de concebir un padre mejor para su pequeña.

El viento golpeó en ese momento la ventana, provocando que los cristales entrechocasen. Sandra frunció el ceño e hizo un pase con la mano. Al segundo siguiente, el aire que corría al otro lado del cristal era apenas una brisa suave. La joven sonrió con satisfacción y volvió a la cama, donde se acurrucó contra el cuerpo cálido y sólido de Ray. El hecho de ser la Tierra había fortalecido sus músculos casi sin que él lo pretendiese, dándole una forma exquisita a su cuerpo, que Sandra no podía dejar de apreciar; sobre todo en la intimidad, pensó con diversión.

El chico se removió en sueños cuando ella rodeó su vientre con el brazo, y su respiración se aceleró ligeramente para acto seguido recuperar un ritmo normal que indicaba que estaba profundamente dormido. Sandra lo besó con suavidad en la sien.

 —Te amo —le susurró antes de hundir la cabeza en la almohada y cerrar los ojos.

El suave arrullo de la brisa exterior terminó por sumirla en un sueño intranquilo, el cual no sería capaz de recordar a la mañana siguiente.

***

Los cristales entrechocaron con suavidad cuando juntaron las copas.

 —Por Black Sunset —brindó Cora.

 —Por nosotros —respondió Marco.

La joven soltó una risita mientras se llevaba el rojo líquido a los labios. Sabía que era casi un sacrilegio rebajar aquel vino tan exquisito, pero también sabía que el alcohol era uno de los tabúes más estrictos de su nueva condición. Miró de reojo a Marco mientras él depositaba la copa sobre la mesilla y se limpiaba la boca con el dorso de la mano en un gesto muy suyo. Cora le imitó y se tendió junto a él, sin preocuparse de taparse con las sábanas. Sabía que entre aquellas cuatro paredes hacía un par de horas que la decencia había desaparecido por completo, como solía ser habitual con Marco. Él, por su parte, se quedó recostado sobre los cojines apoyados en el cabecero de la cama, medio sentado. Le tendió una mano y ella la cogió, sonriendo. Marco le devolvió el gesto, pero Cora notó que estaba más pensativo de lo normal. Lentamente, se incorporó hasta que sus cabezas estuvieron a la misma altura.

—¿Va todo bien? —le preguntó.

Él se encogió levemente de hombros, como para restarle importancia. Cora se impacientó ligeramente.

 —¿Marco? —insistió—. Sabes que no me gusta que me ocultes cosas.

El chico soltó una risita y sacudió la cabeza.

 —No te estoy ocultando nada —aseguró con suavidad—. Es solo que… Bueno, hay algo que quiero decirte y no sé ni por dónde empezar.

Cora arqueó una ceja, intrigada, a la vez que notaba cómo su corazón empezaba a palpitar con rapidez bajo el pentáculo dorado que aún adornaba su pecho. ¿Qué podía ser tan difícil de decir? Marco parecía muy indeciso, por lo que Cora le apretó con más fuerza la mano y le dio un suave beso en los labios.

 —Sabes que puedes decirme lo que sea —insistió.

Él mostró media sonrisa.

 —Sí, lo sé. Pero lo que te quiero… preguntar suele ser bastante delicado en muchos casos.

Cora notó que palidecía al pensar de qué podía estar hablando. Había varias posibilidades, y no estaba segura de que ninguna de ellas fuese algo que ella quisiese oír. Sin embargo, se escuchó a sí misma decir:

 —Bueno, ¿vas a decírmelo o vas a dejarme con la intriga?

Había tratado de bromear, y Marco pareció relajarse un poco.

 —De acuerdo —respiró hondo y la miró a los ojos—. Cora, hace más de dos años que salimos y antes de nada quiero decirte que nunca he querido a nadie como a ti, discusiones y desacuerdos aparte —Cora sintió que se ruborizaba ligeramente y él se rio, enrojeciendo a su vez, sabiendo que ambos recordaban esas situaciones—. Lo único que tengo claro después de este tiempo, sabiendo todo lo que nos costó estar juntos, es que quiero estar contigo para siempre, y que reviente el mundo si quiere porque nunca voy a abandonarte. Así que… —respiró hondo de nuevo, ligeramente ajeno a la palidez que se había apoderado del rostro de su novia al ser plenamente consciente de lo que él iba a decir a continuación—. Cora Ferrer… ¿Querrías casarte conmigo?

El silencio se apoderó de la habitación como un manto, y después de recuperar la serenidad, Marco tardó un par de segundos en descubrir que algo no iba bien. En su fuero interno, había esperado que Cora se lanzara a sus brazos y dijera que sí, pero dicho momento se retrasaba más de lo que él esperaba. De hecho, su esperanza terminó de derrumbarse en el momento en que Cora sacudió la cabeza, al parecer repuesta de la sorpresa, y respondió:

 —Marco… No…

Él pensó que no se hubiese sentido peor si le hubiesen dado una bofetada. ¿Qué? No era posible. Pero si Cora y él… Miró a su novia sin comprender.

 —¿N… No? —fue lo único que salió de su garganta al cabo de unos segundos—. ¿Por… Por qué no, Cora? —algo similar a rabia mezclada con dolor empezaba a alojarse en su pecho—. Creía que éramos felices…

Cora pareció ser consciente en ese momento de que se esperaba una explicación por su parte, porque se apresuró a negar con la cabeza.

 —No, no, Marco. No me estás entendiendo. No es que no quiera casarme contigo porque no te quiera…

 —¿Entonces por qué? —gritó él levantándose de la cama, ya sin preocuparse por ocultar sus sentimientos—. ¿Cuál es el maldito problema?

Cora lo miró boquiabierta un momento, y después su rostro empezó a enrojecer debido a la ira que lo invadía. Embargado por la furia, Marco no fue consciente de que había cruzado una peligrosa línea, pero ella sí lo había visto. Se levantó lentamente de entre las sábanas, mirándole fijamente, y lo encaró desde el otro lado de la cama.

 —¿Acaso te has preguntado alguna vez —siseó con lentitud —que era lo que yo opinaba sobre el matrimonio, Marco? ¡¿Acaso…?! —continuó, alzando la voz, en el momento en que él iba a abrir la boca para responder —¿… te has planteado si yo quería casarme? ¡¿No, verdad?!

Su voz destilaba ácido, y Marco pensó que aquello ya era demasiado. Muy bien, ¿era lo que ella quería oír? Pues se lo diría.

 —Lo único que creía es que me querías lo suficiente para decirme que sí.

Cora soltó un bufido.

 —Pues mira, has ido a dar con una pareja que no cree en la institución del matrimonio —hizo un gesto elocuente para señalar la habitación—. ¿Qué pasa? ¿Esto no es suficiente para ti?

 —¡No! —aulló él, ya fuera de sí.

 —¡Pues mira qué bien! —gritó ella más alto aún—, ¡porque no voy a ceder! ¿Me oyes? ¡No pienso hacerlo!

Marco resopló airado, pero de inmediato pareció serenarse, transformando su rostro en una máscara de frialdad.

 —Ni siquiera por mí, ¿verdad? —susurró con amargura contenida—. Ni siquiera por el amor que dices tenerme.

Cora inspiró hondo, aún escuchando los latidos de su corazón.

 —No. Son mis principios, Marco, y es algo que ni tú ni nadie va a conseguir cambiar.

Él la miraba fijamente. Cora tragó saliva. ¿Y ahora qué?, pensó. De repente Marco le dio la espalda y comenzó a vestirse con prisas. Ella dio un par de pasos hacia él, pero después retrocedió de nuevo. Si era ella la que iba a pedirle perdón, sería capitular, y no pensaba hacerlo. No hasta que el comprendiera sus motivos. Pero ahora mismo no parecía dispuesto a escuchar.

Cuando el joven terminó de calzarse y se puso la cazadora, cogió la botella de vino del suelo y se dirigió hacia la puerta sin una palabra. Cora sentía que tenía que hacer algo; pero, ¿el qué? Miró la espalda de Marco mientras se alejaba, y en el momento en que él abría la puerta, reunió valor para llamarlo por su nombre. Él se volvió a medias, detenido bajo la luz mortecina del pasillo.

 —Te quiero —dijo ella con seriedad—. Espero que lo sepas.

La luz se apagó en ese momento, y Cora dejó de ver los rasgos de su pareja, pero pudo notar la mezcla de sentimientos en su voz cuando respondió: amargura, dolor, traición. Y, a la vez, una frialdad que a la joven le puso la piel de gallina.

 —Me alegro —susurró Marco antes de cerrar tras de sí.

El portazo sonó como una bomba en los oídos de Cora; la cual, sin saber muy bien cómo, se encontró de repente sola en una habitación de hotel, acurrucada entre las sábanas de una cama de matrimonio y llorando amargamente de incomprensión a las cuatro de la mañana después de una discusión la noche de su cumpleaños derivada a partir de un malentendido. Porque jamás, ni en mil años de vida, Cora hubiese pensado que alguien como Marco, sabiendo lo que él había sido, valoraría tanto algo tan serio… como el matrimonio.

Déjà vû

Las Llanas era una zona concurrida todos los días de la semana, y aquella noche no iba a ser una excepción. Sin embargo, Marco decidió pasar desapercibido y se aplicó un conjuro de invisibilidad. Necesitaba pensar. Pensar, y beber. La botella de vino se balanceaba tentadoramente en su mano y, cada pocos pasos, daba un trago distraído de la misma. Sabía que pronto notaría los efectos, pero no le importaba. No iba a volver. Aquella noche, no.

Como una señal, en ese momento a su izquierda aparecieron las luces mortecinas de un club de alterne. Demasiado borracho como para razonar, deshizo el hechizo de invisibilidad bajo el que se escondía y entró sin pensar en el local. Las camareras, ligeras de ropa, atendían con parsimonia a los escasos clientes que salpicaban el interior. El joven guitarrista tiró la botella vacía a un rincón con desenfado y se aproximó a la barra, tratando de no tropezar con las sillas que, inexplicablemente, aparecían precisamente en su camino. Una muchacha de apenas dieciocho años, con el pelo recogido y vestida con un top ceñido de color rojo que dejaba muy poco a la imaginación, se acercó solícita para preguntarle qué quería beber.

 —Vodka con lima —pidió él de forma automática.

Era su copa favorita desde que empezó a escaparse a escondidas a las discotecas con quince años y, por lo visto, no había pasado de moda, porque la chica se la trajo en un abrir y cerrar de ojos. Marco pagó y empezó a bebérsela en silencio, sumido en sus pensamientos. Por desgracia, Cora aparecía en la mayoría de ellos, y el joven apretó los dientes con rabia. Maldita…

 —Perdona…

Una voz masculina a su espalda lo obligó a volverse con rapidez, por lo que casi se cae de la banqueta. Un chico algo más joven que él, vestido con pantalones negros ajustados y cazadora de cuero, lo saludó amistosamente.

—Hola. Perdona que te moleste pero… mis amigos y yo nos estábamos preguntando… Tú eres Marco… El de Black Sunset… ¿verdad?

Parecía algo cohibido y a ratos tartamudeaba con nerviosismo, por lo que el aludido no pudo menos que sonreír con cierta suficiencia.

 —Sí, soy yo.

El otro mostró una sonrisa rápida de alivio, y miró fugazmente hacia su gente, que estaba apiñada en una esquina del bar. Marco siguió la dirección de su mirada y les saludó brevemente.

 —¿Habéis estado en el concierto? —preguntó al que se había aproximado, súbitamente despejado.

El joven fan asintió con entusiasmo.

 —Sí. ¿Te importa si te invitamos a una copa? —le preguntó con timidez—. No se conoce a una estrella todos los días.

“Estrella…” Marco paladeó aquella palabra, henchido de orgullo y ego a partes iguales. Sin pensar, aceptó la propuesta. El grupo de amigos estaba compuesto por tres chicas, una de las cuales se le insinuó sin disimulo durante las dos horas que estuvieron allí sentados, y dos chicos, que lo observaban con una mezcla de admiración y celos que Marco procuró ignorar. Últimamente era el pan de cada día…

Sobre las cinco de la mañana, sus fans debieron decidir que ya era hora de “ir recogiendo el tinglado”, como ellos mismos dijeron, y le ofrecieron acompañarlo al hotel. Sin embargo, una de las chicas —la que había estado coqueteando con él todo el tiempo—, propuso hacer alguna locura antes de volver a casa. Conocía un callejón cercano donde siempre se colocaba un mendigo rodeado de gatos, y quizá podían pasarse a “vacilarle” un poco. “Ya sabéis, solo para reírnos un rato”. Sus compañeros parecieron conformes, y Marco dudó un momento, sabiendo que no era una buena idea —la diminuta parte de su cerebro que continuaba sobria se desgañitaba para advertirle de un posible peligro, pero el resto, embebido en alcohol, acallaba las protestas de una forma muy efectiva—. Sin embargo, ante la insistencia, decidió seguirles el juego. Luego, decidió, volvería al hotel. Hizo una mueca de desagrado al recordar la discusión de aquella noche, y decidió borrar las previsiones, así como la imagen de Cora, hasta que tuviese que enfrentarse a ella de nuevo.

Cuando salió, se dio cuenta de que los demás ya se alejaban. Se había quedado ensimismado pensando y le habían dejado atrás. Les vio girar a la izquierda un par de calles más allá y corrió tras ellos, trastabillando y con dificultad, pero suspiró aliviado cuando alcanzó por fin la esquina tras la que habían desaparecido. A su derecha, los edificios continuaban hasta el final de la calle en una hilera perfecta; a la izquierda, sin embargo, se abría el famoso callejón. Los maullidos de los gatos eran perfectamente audibles pero, por lo demás, estaba oscuro y silencioso como la boca del lobo. Escuchó unas risas procedentes de las sombras, y alguien susurró su nombre. Desinhibido, el joven puso un pie en el interior.

En ese instante, algo tiró con fuerza de él hacia la oscuridad y unos labios grimosos se unieron a los suyos. Asqueado, Marco apartó la cabeza. Entonces fue cuando lo escuchó. Y supo que había cometido un gravísimo error. Allí no había ningún mendigo. De hecho, no había ningún ser humano aparte de él mismo. Sin apenas ser consciente de lo que hacía, simplemente por puro reflejo, empujó a la criatura que lo sujetaba contra la pared y trató de alejarse, pero unos dedos ganchudos le sujetaron las muñecas a la espalda y algo, frío y viscoso, le mordió en el cuello. Hierro candente seguido del hielo más glacial. Dolor. Una sensación… que Marco jamás hubiera podido olvidar.

Grinden.

Según sus cálculos, eran cinco. Para más señas, le tenían acorralado, y en la oscuridad él era incapaz de distinguir nada a más de dos palmos de distancia. Mientras trataba de zafarse de su último atacante y alejarse en dirección a la calle más grande, iluminada tentadoramente por varias farolas que prometían su salvación, un golpe en la nuca le hizo tropezar y caer al suelo, y sus captores le sujetaron con fuerza contra los adoquines de la calle. Marco pensó fugazmente en Marina, rememorando el momento en que murió —sorprendentemente parecido a aquel—; por desgracia, no tenía ni idea de cómo salir de aquel embrollo sin sufrir su mismo destino, o algo peor. No quería morir, pero tampoco quería matar a sus compañeros. De todas formas, razonó con amargura, no tenía ni idea de cómo hacerlo.

Un dolor lacerante sobre su antebrazo derecho lo distrajo de sus cavilaciones y le provocó un aullido de dolor. Pero, para su desgracia, la penitencia no había hecho más que empezar. Sistemáticamente, cada uno de los grinden fue marcando su piel, sin llegar en ningún momento a absorber su alma del todo. Y Marco, en medio de la nebulosa en que se encontraba —mezcla de borrachera, dolor y desmayo—, se preguntó por qué durante un instante. Si no era para acabar con él, o para conseguir el jugoso botín de su alma de Agua… ¿qué sentido tenía aquella tortura? No obstante, visto que no se iba a detener, el chico decidió dejarse llevar, puesto que siempre sería mejor que los problemas que dejaba atrás en la vida real. A medida que algo similar a un fuego abrasador se extendía sobre su piel, aumentando en intensidad a cada segundo, sus ojos empezaron a cerrarse, desmayado a causa del dolor.

Por ello, no fue consciente de que los grinden iban cayendo uno a uno bajo el filo de un cuchillo especialmente afilado, ni de que, cuando no quedó ningún monstruo en pie, unas manos solícitas sostenían su cuerpo maltrecho y le sacaban volando de aquel infecto callejón.

Para cuando volvió a abrir los ojos, estaba tumbado en una cama, y la luz de la luna entraba por una ventana que había al otro lado de un dormitorio que no reconoció. Marco pensó entonces que estaba en el paraíso, y volvió a dormirse con una sonrisa en los labios. El dolor se había terminado. Estaba en paz.

***

El rayo de sol que se colaba por entre las cortinas terminó de sacar a Cora de un sueño intranquilo, triste y desagradablemente turbulento, influenciado en gran medida por la discusión de la noche anterior. Antes incluso de abrir los párpados, fue consciente de cómo una lágrima rodaba desde la comisura de su ojo izquierdo hasta caer silenciosamente sobre la almohada. Despacio, parpadeó en la penumbra y se incorporó. Le dolía todo el cuerpo, incluyendo la cabeza, y sentía sus movimientos pesados, sin ánimo, inertes. Al notar las lágrimas rodar de nuevo por su mejilla, se las limpió rápidamente con el dorso de la mano, bajándose acto seguido de la cama mientras miraba a su alrededor. Y algo, similar a un enorme bloque de hielo, se asentó lentamente en su estómago mientras lo hacía.

El lado de la cama de Marco estaba desecho, resultado del momento íntimo previo a que todo se fuese al garete. Sin embargo, no irradiaba el frescor habitual que indicaba que su supuesto inquilino había estado ahí hacía menos de una hora. Por otro lado, la botella de vino que Marco se había llevado seguía desaparecida y no estaba en la papelera ni en ningún otro rincón de la habitación, por lo que Cora, por pura intuición, supo que algo no iba bien. Tampoco aparecía por ningún lado la ropa que su novio llevaba al irse, y Cora suponía que él no había dormido vestido… Si es que había vuelto. El corazón le dio un doloroso vuelco al contemplar aquella posibilidad.

Asustada, corrió hacia el armario para rescatar precipitadamente unos vaqueros y una camiseta de manga larga, que se embutió a toda velocidad. Pero en el momento en que se metía por el cuello un fino jersey de punto, alguien llamó a la puerta. Con el corazón latiéndole a toda velocidad, Cora salió disparada hacia la puerta, casi con los brazos por delante para lanzarse al cuello de Marco, pero frenó en seco al ver que era Sandra la que la esperaba fuera. Gimió sin querer con desesperación, y la sonrisa resplandeciente de su amiga se evaporó en un instante mientras se acercaba y posaba sus finas manos sobre los hombros de su amiga.

 —Cora, ¿Qué pasa? ¿Estás bien?

Esta tragó saliva con dificultad.

 —Marco… —susurró, sin ser capaz de decir nada más.

Sandra abrió unos ojos como platos y la sujetó con más fuerza.

 —Cora, ¿qué pasa con Marco? —repitió mientras la obligaba a mirarla a los ojos.

La otra, por una vez, no le sostuvo la mirada, sino que se zafó suavemente a la vez que, insegura, se adentraba en la habitación y se sentaba en el borde de la cama, enterrando la cara entre las manos para ahogar un sollozo. Sandra la siguió despacio y la imitó, muy cerca de ella.

 —Cora… —la llamó.

Su amiga pareció reaccionar por fin, porque alzó la cabeza y respiró hondo.

 —Creo que la he fastidiado —confesó.

Sandra enarcó una ceja, inquisitiva.

 —¿Qué quieres decir?

Pero cuando Cora le relató lo que había pasado la noche anterior, empezó a entenderla. No obstante, su comprensión se tornó en preocupación cuando la joven añadió con un gemido:

 —Y creo que no ha vuelto en toda la noche.

Sandra trató de mantenerse serena, aunque su corazón latía desbocado. ¿Adónde podía haber ido Marco en una ciudad desconocida como aquella? Es cierto que no era muy grande, pero aun así… Al ver que Cora había vuelto a esconder su rostro entre las manos, le posó una mano conciliadora en el hombro.

 —Eh, seguro que aparece a lo largo de la mañana —trató de tranquilizarla—. O a lo mejor ha venido y se ha vuelto a ir sin decir nada…

Pero Cora negó enérgicamente con la cabeza.

 —No. Conozco bien a Marco, y sé cuáles son las señales de su… poder

Le costó un poco verbalizar aquella palabra, ya que hacía tiempo que los cuatro daban por sentadas sus habilidades y no necesitaban mencionarlas en voz alta. Sandra, sin amedrentarse, se levantó y le tendió una mano.

 —Bueno, entonces deberíamos ir a buscar a Ray y después salir en busca de Marco —resolvió.

Cora alzó la cabeza con pesadumbre pero, al ver la súbita determinación en los ojos grises de su compañera, se rindió. En realidad, no perdían nada por hacerlo así que, lentamente, se incorporó y siguió a Sandra hasta el pasillo. Esta caminó por el mismo hasta detenerse frente a una puerta, tres más allá de la de Cora. En cuanto llamó con el puño, la voz de alguien hablando por el móvil al otro lado cesó al instante y, segundos después, Ray abría la puerta con gesto interrogante mientras se apartaba el teléfono de la oreja.

 —¡Ah, hola, Cora! —saludó a su amiga, pero al ver la cara de circunstancias de su novia, situada justo detrás de esta, se apresuró a volver a llevarse el móvil al oído—. Oye, Laura, tengo que dejarte. Sí, dale un beso fuerte a la brujita de nuestra parte. Sí, luego le digo que te llame, que ahora tengo que colgar. Un beso.

Inmediatamente después de cortar la comunicación, alzó la vista hacia las dos chicas, que prácticamente no se habían movido del umbral.

 —Bueno, ¿qué ha pasado? ¿A qué vienen esas caras? —quiso saber, extrañado.

Cora se pasó una mano nerviosa por el pelo.

 —No encontramos a Marco —confesó en un hilo de voz.

Ray frunció el ceño, intrigado.

 —¿Cómo? —inquirió al cabo de un rato.

Su amiga suspiró con cierta impaciencia.

 —Anoche discutimos, después se fue de la habitación y esta mañana no ha vuelto. Sí, estoy segura de ello —añadió al ver cómo el escepticismo empezaba a asomar en el ceño del chico.

Ray dirigió su vista hacia Sandra apenas un instante, y ella asintió imperceptiblemente. Pero Cora fue rápida como para ver aquel gesto de complicidad y apretó los dientes, molesta.

 —¡Fiaros de mí! —exclamó con cierta angustia mal disimulada—. ¡Os digo que no ha vuelto!

 —Está bien —la tranquilizó Sandra, tratando de disimular el temblor que impregnaba su propia voz—. Propongo que empecemos bajando a recepción a preguntar si lo han visto entrar o salir del hotel durante la noche, si dejó su llave… ese tipo de cosas. Y después —añadió con rapidez y dirigiéndole una mirada elocuente a Cora, que ya abría la boca para protestar —lo buscaremos por nuestra cuenta.

Ray asintió conforme, y Cora, a regañadientes, también terminó cediendo. Obviamente, era lo mejor que podían hacer. Por lo tanto, en cuanto Ray cogió la cazadora y cerró la puerta tras de sí, se encaminaron hacia el ascensor, tratando de caminar con la mayor normalidad posible. La bajada hasta el recibidor del hotel se les hizo eterna pero, cuando por fin se abrieron las puertas, tuvieron que esforzarse para no atropellarse unos a otros a la hora de salir. Cora se puso en cabeza y fue la primera que llegó al mostrador, encima del cual se leía en pulcras letras: “Recepción”.

 —Hola, buenos días —saludó con amabilidad al joven que se acercó para atenderla—. Quería saber si anoche alguien dejó o pidió la llave de la habitación 307. Por favor —añadió con una sonrisa.

El recepcionista, no obstante, no fue tan diligente como los tres esperaban. Por el contrario, miró a Cora con cierto recelo y cambió nervioso el peso de una pierna a otra.

 —No sé si debería facilitarle esa información, señorita…

 —Ferrer —repuso Cora, apretando los puños con furia en su regazo.

Por suerte, Ray intervino en ese momento.

 —Sería conveniente que nos lo dijera, ya que mi compañera ha echado en falta ciertos objetos de valor y piensa que alguien podría haberlos sustraído durante la noche.

Cora estuvo a punto de volverse, boquiabierta, pero un oportuno pellizco en el brazo por parte de Ray la disuadió. Una milésima de segundo después, al ver la sonrisa amable del recepcionista, comprendió que su compañero estaba usando sus poderes empáticos de Tierra, y decidió componer un gesto angustiado. Algo que, en las circunstancias en que se encontraba, no le costó apenas.

 —Deme un segundo para comprobarlo, caballero.

Cora estuvo a punto de soltar todo el aire de golpe en cuanto el joven empleado se alejó unos pasos para comprobar algo en el ordenador; después, se acercó a revisar el casillero marcado con el número 307. Un minuto después, Cora comprobó con un nudo en el estómago cómo el joven tomaba una tarjeta del mismo y se la alargaba con una sonrisa que no escondía cierta suficiencia.

 —Aquí hay una tarjeta. No será la suya, ¿verdad?

Cora tuvo que hacer un esfuerzo considerable para reprimir el impulso de saltar por encima del mostrador y borrarle aquella mueca burlona de la cara, pero al final, adoptó una pose más o menos aliviada y respondió:

 —¡Ah! Esa debe ser la de mi pareja. Probablemente salió temprano y se olvidó de decírmelo —recogió la tarjeta que le tendían y sonrió forzadamente—. Muchas gracias.

 —A usted, señorita.

Pero Cora ya no le escuchaba. Se alejó del mostrador con aire ausente y se sentó en una butaca negra frente a una mesita de cristal, sin dejar de mirar la tarjeta fijamente. Sus dos compañeros se acercaron despacio y se situaron tras ella. La joven sólo volvió a la realidad cuando Sandra se aclaró la garganta.

 —Cora, ¿estás segura de que lo que le has dicho a ese hombre…?

 —¿Es imposible? —la interrumpió esta—. Sí, estoy segura —afirmó mientras daba vueltas a la tarjeta entre las manos.

Sandra puso los ojos en blanco, y estaba a punto de replicar cuando una voz conocida resonó tras ella.

 —Cora tiene razón.

Los tres se volvieron a la velocidad del rayo, e incluso Cora se levantó de un salto, corriendo acto seguido a refugiarse en los brazos abiertos de Davin, que la acogió sin aspavientos mientras la joven hundía el rostro sollozante en su hombro. A su lado se erguía su hermana, la que había hablado. Y, detrás de esta, Layla y Beth se acercaron discretamente. Sandra se quedó sin habla un segundo, pero Ray tuvo el sentido común de reaccionar a tiempo:

 —¿Qué hacéis aquí?

Andie mostró una rápida sonrisa.

 —Digamos que os estábamos siguiendo.

—Y tenemos familia aquí, así que nos pillaba bien para venir a veros —agregó Davin mientras soltaba a Cora, que trataba de recobrar la entereza sin conseguirlo del todo. El brazo de la bruja se mantuvo rodeando sus hombros, en ademán protector.

Sandra y Ray se relajaron casi de inmediato, pero sus rostros seguían sombríos.

 —¿Por qué habéis dicho que Cora tenía razón? —quiso saber la primera con un nudo en la garganta—. ¿Qué le ha pasado a Marco?

Las cuatro brujas cruzaron una mirada rápida.

 —Marco está a salvo, pero debéis venir con nosotras —indicó Layla con calma.

Sandra tragó saliva y negó con la cabeza. No podía ser, otra vez no. La situación se repetía, casi exactamente igual. Andie pareció adivinar sus pensamientos, cosa fácil para alguien como ella, y se acercó para posar una mano conciliadora en el hombro de su antigua protegida.

 —Sandra, confía en nosotras —le pidió—. Necesitamos reuniros a los cuatro…

Se detuvo un momento, insegura, pero al final respiró hondo y terminó con un: “ha pasado algo grave”. Ante aquello, Cora soltó un gemido y refugió de nuevo el rostro en la cabellera pelirroja de Davin.

Sandra, por su parte, las contempló a las cuatro: la Hija de Marte, con veintitrés años recién cumplidos hacía menos de dos semanas, mostraba el mismo aspecto de polvorín descontrolado que dos años atrás, pero su hermana, ya de veinticuatro para veinticinco, había cambiado, especialmente porque se había dejado crecer la rebelde melena corta y rubia, que ahora caía como una cortina espesa y dorada hasta los omoplatos. La madurez asomaba asimismo en los pómulos altos de Layla, que acababa de cumplir los veintisiete, y los ojos oscuros de Beth, que pronto cumpliría los veintitrés al ser de la misma quinta que Davin. La primera también se había dejado crecer el pelo, que caía en suaves ondas desfiladas alrededor de su rostro ligeramente anguloso, mientras que la segunda mantenía su melena oscura, plagada de tirabuzones, brillante y larga hasta la cintura.

Todos habían crecido y madurado, y Sandra tuvo que admitir que ni siquiera eso había menguado un ápice su confianza en ellas; sus maestras, aquellas que habían arriesgado su vida por salvarles dos años atrás. Dirigió una mirada elocuente hacia sus dos compañeros y, al comprobar que Ray estaba de acuerdo y que a Cora parecía faltarle tiempo para salir disparada en busca de Marco, decidió aceptar en nombre de los tres.

 —Está bien.

Las cuatro brujas parecieron aliviadas por aquella decisión, puesto que acto seguido se volvieron para salir a la calle, y los tres las siguieron.

Burgos amanecía con su frío matinal acostumbrado y, mientras se dirigían hacia el coche, Sandra contempló cómo el sol empezaba a refulgir sobre los pináculos de la catedral. Caminaron unos quinientos metros hasta llegar a una plazoleta abierta entre dos edificios y se distribuyeron en dos coches que los tres Elementos conocían de sobra: el Kia Sportage color chocolate de las hermanas Morales, y el Dacia Duster de Andie, que esta vez compartía con su hermana. Las dos brujas mayores se sentaron frente a los respectivos volantes, y Cora fue destinada al segundo coche mientras que sus compañeros subían al todoterreno.

El trayecto no fue excesivamente largo, siempre dejando el río a la derecha hasta que se terminó la carretera y la única opción era girar a la izquierda. Al cabo de unas manzanas, el Kia giró a la izquierda y el Dacia lo siguió. Pasaron una rotonda, y los dos coches aparcaron frente a un edificio semicircular que parecía una biblioteca. Todos se bajaron con cierta premura, siempre mirando a su alrededor con cautela, y Cora empezó a temer que realmente se habían vuelto a meter, sin quererlo, en un lío importante.

El portal donde entraron estaba en penumbra cuando lo atravesaron y subieron al estrecho ascensor con las dos chicas Morales. Las hermanas Linares decidieron subir andando, aunque los tres Elementos sabían que no era difícil para ninguna de las dos. Efectivamente, cuando llegaron a su destino, ambas les esperaban, sin un pelo fuera de su sitio, frente a la puerta de uno de los domicilios del rellano. Beth se adelantó para alzar la mano frente a la madera y recitar la contraseña; en respuesta, la puerta se abrió hacia dentro sin hacer ruido.

El recibidor estaba en penumbra cuando cruzaron el umbral, pero la luz tenue de una lámpara de mesa asomaba a través de una puerta entreabierta un par de metros más allá, sobre la pared derecha del pasillo. No obstante, fue eclipsada por otra luz más intensa en cuanto alguien accionó un interruptor, y tres figuras altas aparecieron por detrás de un recodo. Eran tres chicos, a dos de los cuales conocían poco, y un tercero al que no reconocieron, pero cuyos iris de color amatista provocaron un escalofrío a Ray en cuanto sus miradas se cruzaron.

Hal y Jake se aproximaron a grandes zancadas en cuanto el grupo cerró la puerta tras de sí, y una serie de voces femeninas aumentaron de volumen al otro lado de la puerta que los dos magos dejaban a su izquierda. Sus rostros mostraron un profundo alivio en cuanto sus ojos se posaron sobre Ray; Cora y Sandra, sin embargo, se ensombrecieron de inmediato en cuanto centraron su atención en las brujas.

—Habéis tardado —les amonestó Jake sin dureza—. Pensamos que había ocurrido lo peor.

Layla apretó los labios, molesta, y se irguió frente a él.

 —Conozco esta ciudad como la palma de mi mano, Jake.

 —No hemos insinuado lo contrario —intervino Hal, conciliador—, pero visto lo que pasó anoche…

Cora sintió un escalofrío y se adelantó instintivamente.

 —¿Dónde está Marco? —preguntó sin disimular su ansiedad.

Beth fue a tirar de ella hacia atrás, pero Hal la retuvo con un gesto de la mano.

 —Ven, te acompañaré —le indicó a la joven pelirroja.

Ignorando la mirada de alarma de la Hija de Venus, el mago apoyó una mano en el hombro de Cora y la guió hacia el fondo del pasillo, donde había tres puertas cerradas. Hal giró hacia su izquierda y situó a Cora frente a una de ellas.

 —Está ahí —le susurró—, pero ten cuidado, ¿de acuerdo?

Cora se volvió, incrédula, pensando que le estaban tomando el pelo.

 —¿Perdona?

Pero Hal le respondió con una mueca que a la joven no le inspiró ninguna confianza.

 —Tú hazme caso —el joven de Marte se volvió para irse de nuevo—. Ten cuidado.

Unos segundos más tarde había desaparecido por la misteriosa puerta de la lamparita; según atisbó Cora, parecía algún tipo de salón-comedor. La joven respiró hondo y volvió a mirar la puerta que tenía frente a sí, sintiendo cómo su cuerpo empezaba a temblar sin control. “Relájate, solo tienes que pedirle disculpas y todo volverá a ser como antes. Ya lo verás”. Se repitió aquel argumento como un mantra dos o tres veces, pero ni aun así consiguió ahuyentar el mal presentimiento que rondaba por su cabeza desde aquella mañana. Con mano vacilante, entró en la habitación.

El interior estaba iluminado por la luz procedente de una ventana que daba a un amplio patio interior, y había alguien levantado junto a ella, apoyado en el escritorio. Alzó la cabeza al oírla entrar, y Cora reprimió el impulso de salir corriendo al ver su mirada. Sus ojos eran como dos bloques de hielo tallado. Brillantes, luminosos… y amenazadores. Así que seguía enfadado. Pero aquello no era lo más preocupante: lo peor eran las marcas.

A simple vista parecían simples picaduras, pero Cora sabía que no lo eran. Instintivamente, se llevó una mano al cuello, allí donde ella tenía sus propias cicatrices: cuatro puntos de piel rosada como testimonio de lo que había sucedido. Pero lo de Marco era casi peor.

Aparte de la marca del cuello que había recibido en Avalon, sus antebrazos tenían lo menos otros diez puntos cada uno; e incluso un par de ellos, que antes no estaban ahí, asomaban bajo el cuello de la camiseta. Cora se acercó lentamente, tendiendo una mano hacia él. Marco no se movió en ningún momento, hasta el instante en que Cora estuvo a punto de rozarle, que se apartó y la sorteó con indiferencia para dirigirse hacia la cama. Su novia se quedó tan atónita que durante unos segundos fue incapaz de reaccionar, pero cuando lo hizo, sus ojos ardían con rabia.

 —Ya veo que estás bien, gracias por avisar —le espetó con acidez, cruzándose de brazos—. Para qué diantres tendrás un móvil…

Marco se había sentado en el borde de la cama, y alzó la cabeza para mirarla ante la provocación. Pero, para estupor de Cora, se limitó a alzar una ceja con ironía.

 —Vaya, ¿ahora te preocupa lo que me pase? —inquirió con la fría suavidad de un cuchillo recién afilado, dirigido directamente al corazón de la joven.

Cora acusó el golpe y notó las lágrimas de rabia asomando a sus ojos, pero trató de contenerlas a toda costa.

 —Marco, ¿qué estás diciendo? ¡Siempre me preocupa! —le espetó, indignada—. ¿O es que no me conoces?

Pero él se limitó a seguir mirándola fijamente, sin inmutarse.

 —Lo único que sé de ti, ahora mismo —siseó, sin variar un ápice el tono de voz—, es que ayer me dejaste claro que mi felicidad y mi bienestar te eran totalmente indiferentes.

Cora se sintió de nuevo como si le hubiesen arrancado el corazón de golpe, y tardó unos segundos en reaccionar. Cuando lo hizo, su voz estaba rota por el dolor que sentía.

 —No te puedo creer —susurró, espantada—. ¿Todo esto… es porque no quiero casarme contigo? —No quería siquiera contemplar aquella posibilidad, pero al ver que él no contestaba y que se limitaba a sostenerle la mirada con frialdad, apretó los puños y su mirada se tornó súbitamente ardiente—. ¿Y te parece suficiente justificación para desaparecer por la puerta y no volver a dar señales de vida? —le gritó, ya fuera de sí—. ¡Porque si no fuese por los Hijos de los Dioses, aún estaría removiendo cielo y tierra para encontrarte y no sabría que estás herido!

La joven respiró hondo inmediatamente, tratando de calmarse, pero no era capaz. Por el contrario, Marco parecía muy sereno; una pose solo desmentida por la turbidez de sus iris azules, que denotaban una intensa emoción bullendo en su interior.

 —Me dieron una paliza anoche, ya que es lo que quieres saber —murmuró.

Su tono era menos frío, pero aquello no evitó que un escalofrío atravesara la médula de la joven de parte a parte. Cora palideció intensamente y tragó saliva, conteniendo a duras penas el impulso de acercarse para abrazarle.

—¿Quiénes? —preguntó, a pesar de sospechar dolorosamente la respuesta.

Marco se humedeció los labios antes de responder con una sola palabra, que fue como un mazazo.

—Grinden.

Cora estuvo a punto de desmayarse, y tuvo que aferrarse con fuerza al borde de la mesa que tenía detrás para mantener el equilibrio. No era posible, habían desaparecido hacía dos años… Pero, ¿y si no era así? Miró a Marco, que parecía pensar lo mismo que ella solo que su rostro permanecía inexpresivo. Si no lo conociese, Cora hubiese pensado que le daba igual.

En ese momento, la aparición de la cabeza rizada de Beth en la puerta y su cara de preocupación la sacó de sus reflexiones. Marco se volvió hacia ella con rapidez, siguiendo la mirada de Cora.

 —Será mejor que vengáis —les indicó la bruja simplemente, antes de desaparecer de nuevo—. Hay una reunión importante.

Los dos cruzaron una mirada significativa, y Marco fue el primero en levantarse. No obstante, cuando estaba a punto de salir, Cora lo retuvo por el brazo. Él se tensó, pero volvió despacio la cabeza hacia ella. La joven trató de deshacer el nudo que atenazaba su garganta.

 —Marco, lo siento —musitó—. De verdad.

Pero si esperaba conseguir algo con aquella disculpa, descubrió que no iba a ser así. Él se limitó a sostenerle la mirada un segundo, antes de susurrar en tono monocorde:

 —Es igual, Cora. Ya no importa.

La chica se quedó petrificada mientras él desaparecía en la penumbra del pasillo. Por puro instinto, sus pies avanzaron tras él, pero en su cabeza solo había cabida para un pensamiento, para aquello que él había dicho y que martilleaba en sus sienes como una maza:

“Ya da igual. Ya no importa”.

De vida o muerte

 

La salita, a primera vista, era bastante sencilla. Un salón-comedor como el de cualquier domicilio, con su mesa de madera oscura rodeada de sillas fabricadas a juego, su sofá y su butacón enfrentados al aparador de la televisión y rodeando una mesita baja de té abarrotada de objetos decorativos, y varios cuadros en los que se veían paisajes y escenas fantásticas. Sus nueve ocupantes vestían ropa normal, la que llevaría cualquier transeúnte —vaqueros, blusas, cazadoras o vestidos estampados en diversos colores —pero, si alguien sabía mirar, los emblemas de cada Casa Mágica eran perfectamente detectables. Aquí un broche, allá una pulsera semioculta por una manga larga… Las miradas de los cuatro recién llegados se cruzaron con las de los magos presentes, la mayoría oscuras y que no presagiaban nada bueno. Cora reprimió un escalofrío cuando los ojos color miel de Loreen Grey se cruzaron con los suyos, puesto que la dureza de los mismos era aterradora. Y, por enésima vez en aquella mañana, se preguntó hasta dónde se habían colado en aquella ocasión.

Cuando Marco y ella hubieron dado unos cinco pasos en el interior de la estancia, Beth cerró la puerta tras ellos con suavidad, adelantándose acto seguido para ocupar el centro exacto del salón.

 —Ya estamos todos, por lo visto —suspiró, mirando a su alrededor.

Sandra, abrazada a Ray y semioculta por un alto estante de madera y mimbre, tragó saliva con fuerza. Aquella frase había sido la que había pronunciado Ruth antes de revelarles quiénes eran; por experiencia, una introducción nada esperanzadora.

 —¿Alguien puede explicarme “exactamente” qué es lo que ha sucedido? —masculló Loreen lentamente, remarcando el adverbio, como si su audiencia fuese estúpida.

Layla y Beth cruzaron una mirada significativa, ignorando el tono insultante. Al final, la primera resopló mordiéndose el labio.

 —Francamente, no estamos muy seguras.

 Las cejas de la otra joven se alzaron de manera elocuente, y su novio se removió incómodo a su lado en el sofá.

 —Entonces, ¿qué hacemos aquí? —preguntó suavemente.

 —Han agredido a Marco —repuso Davin con seriedad, adelantándose a sus compañeras—. Grinden, concretamente. Y hasta ahí la información de la que disponemos —añadió con acidez sin despegar la vista del otro Hijo de Marte, al comprobar que este alzaba las cejas con evidente escepticismo.

Por supuesto, en cuanto la joven dejó de hablar, la primera reacción que barrió los rostros de los otros tres americanos presentes fue de absoluta sorpresa, mezclada con cierto terror. Al final, la única que reunió suficiente valor para hablar fue Anya, y lo hizo en forma de susurro casi inaudible.

 —Pero, ¿quién ha podido invocarles?

 —¿Y para qué? —completó Jake, aunque la respuesta parecía obvia vistas las circunstancias.

 —Eso nos preguntamos nosotras —repuso Andie sombríamente—. Quién sigue teniendo interés en los Elementos como para traer de vuelta a unas criaturas tan repulsivas.

El desagrado que sentía fue claramente audible en sus tres últimas palabras, pero ninguno de los cuatro aludidos quería creer aquella posibilidad.

 —¿Y si fuese una coincidencia? —aventuró Ray, tratando de aparentar una seguridad que no sentía ni de lejos—. ¿Y si…? No sé…

 —¿Simplemente eligieron a Marco porque pasaba por ahí? —completó Beth con bastante más dulzura de la que su protegido esperaba—. Es una posibilidad, pero teniendo en cuenta todo lo que sucedió hace dos años, no es nuestra primera sospecha.

Ray agachó la cabeza con pesadumbre. Sí, era bastante improbable que todo aquello fuese fruto del azar. Y sin embargo, ¿quién podía tener, entonces, interés en volver a hacerles daño? Pero al alzar la vista de nuevo y observar los rostros que lo rodeaban, comprobó que nadie de los presentes tenía respuesta a aquella pregunta.

 —De todos modos —terció Cora en ese momento, captando toda la atención de la sala. Se había apoyado, con los brazos cruzados, sobre el borde de la mesa del comedor, y les escrutaba con aire desafiante—, esto no tiene por qué cambiar nada, ¿no es cierto? Podemos seguir con nuestras vidas. Sabemos protegernos —aseguró, convencida.

Pero las miradas que le devolvieron sus interlocutores distaban mucho de reflejar su acuerdo con aquella afirmación. Al contrario, parecían inseguros. Cora estuvo a punto de continuar con su exposición, irritada, cuando una voz sobre su cabeza se alzó con la misma tranquilidad que un mar en calma:

 —Cora tiene razón. Esto no debería cambiar nada —la joven alzó la vista hacia Marco, tratando de encontrar sus iris claros para agradecerle su apoyo, pero él ni siquiera bajó la vista—. Ha sido una coincidencia, y nadie más que yo ha salido herido. Salí tarde, bebí demasiado, entré en un callejón y me metí en líos —se encogió de hombros con aparente indiferencia—, pero estoy bien.

 —Eso es lo que tú te crees —le escupió Loreen, de sopetón, desde el otro lado de la estancia. Su mirada brillaba con una ira especial, y Hal tuvo que apoyar una mano en su antebrazo para que no saltase sobre Marco. No obstante, ella se zafó con elegancia, sin mirarle, y se levantó sin apartar los ojos en ningún momento de su oponente—. A ver si te piensas que aquí todos nos chupamos el dedo.

 —Loreen, basta —le indicó Jake en voz baja, velando apenas la leve amenaza que contenían sus palabras.

 —No, déjala que hable —lo rebatió Marco, sin despegar la vista de la joven—. Si somos todos tan democráticos, que diga lo que opina de verdad.

 —Basta —repitió Layla. Su tono, en este caso, no admitía discusión, y los dos magos enfrentados se limitaron a evaluarse en silencio y retroceder un par de pasos cada uno, sin responder—. Esta es mi casa, y no pienso tolerar tonterías —añadió la joven, un poco más tranquila pero sin perder el tono autoritario—. Somos un equipo, y debemos trabajar unidos.

 —Pero, ¿qué vamos a hacer? —intervino Sandra entonces, claramente preocupada—. Si los grinden han vuelto a por nosotros…

Se estremeció y no fue capaz de terminar la frase, pero Layla lo hizo por ella.

 —Entonces, volvemos al punto de partida, me temo —afirmó, apenada, confirmando las sospechas que había tenido la joven esa mañana.

Sandra se derrumbó sobre el reposabrazos del sofá que había justo tras ella, y Anya se acercó un poco para apoyar una mano conciliadora, aunque insegura, en su hombro.

 —Os protegeremos, no lo dudéis —aseguró.

Pero la carcajada amarga de Marco, que resonó por todo el salón, hizo que la muchacha se encogiese como un conejillo asustado y volviera a su posición inicial, insegura. Cora sabía por propia experiencia que, de los presentes, era la más joven y también la más intimidada por su presencia. No obstante, prefirió no decirle nada a Marco. Al fin y al cabo, últimamente hacía como si ella no existiese.

 —Han pasado dos años desde la última vez que alguien nos dijo eso —apostilló dicho joven con amargura—, pero ya no somos los críos que éramos. Ahora tenemos una responsabilidad para con la sociedad.

 —Eso es cierto —corroboró Ray, viendo por el rabillo del ojo cómo Loreen ponía los ojos en blanco pero ignorándola acto seguido—. Estamos en plena gira, y aún nos queda un concierto por dar. En Madrid, precisamente.

Pensaba convencerles del todo con aquel argumento, pero el espeso silencio que recibió sus palabras fue como una bofetada, y Ray sospechó que eso era una muy mala señal. No obstante, ninguno de los Hijos de los Dioses respondió enseguida, sino que se limitaron a cruzar miradas dubitativas durante un largo minuto, al cabo del cual Jake hizo un gesto de derrota, Davin negó con la cabeza en respuesta a una pregunta mental de su hermana, y las Morales se cruzaron de brazos con aire compungido.

 —Creo que entonces no va a haber más remedio… —terció Hal entonces, sobresaltando a todos.

Cuatro miradas inquisitivas se posaron sobre su rostro, pero el joven no devolvió ninguna, sino que miró fijamente a sus anfitrionas, las cuales, tras cruzar una mirada de entendimiento, suspiraron al unísono.

 —Sí, me temo que sí —admitió Layla.

 —¿De qué habláis? —inquirió Cora con rudeza—. ¿Os importaría explicárnoslo?

Beth ignoró su tono de enfado y la miró largamente antes de contestar:

 —Lamentándolo mucho, debo decir que tenéis que desaparecer.

Cuatro bocas igual de incrédulas se abrieron al unísono.

 —Venga, hombre… —se burló Ray, atónito. Pero al ver que el semblante de su antigua mentora permanecía impasible, enarcó una ceja suspicaz—. ¿En serio? Y, ¿qué significa eso exactamente?

 —Que hasta que aclaremos todo esto, debéis volveros anónimos de nuevo —contestó Jake sin inmutarse, y al ver la mueca desaprobatoria que hizo el joven de Tierra, añadió severamente—. Es por vuestra seguridad.

 —¿Y qué pasa con nuestra carrera? —estalló Sandra, ya sin poder contenerse. Habitualmente era una chica de lo más tranquilo, pero aquella situación la estaba sacando de sus casillas—. ¿Y qué pasa con mi hija? —se levantó con furia y giró en redondo para encarar a todos los presentes—. ¿Alguno de vosotros se ha parado a pensar en lo que supone que… descuajeringuen mi vida de nuevo teniendo esa responsabilidad?

De un momento a otro, pasó de la ira al borde del llanto, y Andie se acercó para intentar tranquilizarla. Sandra intentó zafarse, furiosa, de sus brazos conciliadores, pero la bruja la sujetó firmemente por los hombros y la obligó a mirarla a los ojos.

 —Sandra, por favor, tranquilízate, ¿de acuerdo? —le pidió con voz suave, aplicando un influjo relajante que liberó ligeramente la presión del cuerpo de su antigua alumna y amiga—. Nos estamos ocupando de todo, de verdad. Pero necesitamos que te centres. Que los cuatro os centréis —añadió mirando a los otros tres músicos.

Estos le sostuvieron la mirada con rabia contenida pero, al cabo de unos segundos, parecieron rendirse ante la evidencia. Enfrentarse a aquellos que les estaban ayudando no les llevaría a ninguna parte. Y menos teniendo la amenaza de los grinden a la vuelta de la esquina, fueran a por quien fuesen. Sandra se liberó suavemente del abrazo de Andie y volvió a sentarse con aire derrotado.

 —¿Alguna idea? —preguntó en voz baja, aunque sin excesivo interés.

La Hija de Mercurio, por su parte, alzó la vista hacia su hermana, situada en el rincón más apartado de la habitación, que en cuanto sus miradas se cruzaron se incorporó con un resoplido y avanzó hacia ellos.

 —En principio, como ha dicho Beth, debemos regresar todos al anonimato —recalcó el calificativo señalando a los que la rodeaban y especialmente a los cuatro Elementos—. Ruth estará segura en casa de sus abuelos, protegida mediante conjuros que crearán Óscar y Zoe a ese efecto —y antes de que Sandra pudiese protestar, prosiguió—. Mientras todo esto se resuelve, os quedaréis con nosotros en Burgos, y haremos que nadie os reconozca.

 —No —saltó Ray—. Me niego a abandonar un sueño por el que he luchado tanto.

 —Yo también —se apuntó Marco, ignorando las miradas incrédulas que les rodeaban—. La música es nuestra forma de vida, y no podemos desaparecer de la noche a la mañana porque sí.

 —Pero… —fue a protestar Beth.

 —No hay peros que valgan —la cortó Marco en un tono tan gélido que no admitía réplica—. Ahí creo que ninguno de los cuatro va a capitular. Si todo esto es después del concierto de Madrid, perfecto. Si no, no.

 —Son ganas de suicidarte, chaval —apostilló Loreen en voz baja.

Una mirada de Layla la silenció al instante, pero sus iris de color ámbar no perdieron su brillo salvaje mientras volvía la vista hacia los Black Sunset. Marco, por su parte, ni se inmutó.

 —No pienso ceder —reiteró.

Sus ojos brillaban como dos cristales de hielo, fríos y peligrosos, y Beth alzó las manos en su dirección en ademán conciliador.

 —Está bien, está bien. No nos pongamos nerviosos, ¿de acuerdo? —pidió con voz temblorosa.

 —Entonces, ¿habrá concierto? —inquirió Cora, insegura, y tuvo que contener un suspiro aliviado cuando la bruja asintió con la cabeza.

 —Pero después, desapareceréis por una temporada. Inventaremos cualquier excusa.

 —Hecho —aceptaron los cuatro al unísono.

El ambiente pareció relajarse de golpe a su alrededor ante aquel acuerdo. Aunque los magos seguían cruzando miradas indecisas, al parecer ya no había mucho más que discutir. Salvo…

 —Solo un detalle —intervino Davin, y cuando tuvo la atención de los cuatro, añadió—. Os quedaréis en la Escuela de Madrid para echaros un ojo, ¿de acuerdo? —y al ver que alguno de ellos iba a protestar, concluyó con una mueca burlona—. Yo tampoco pienso ceder en eso.

Los cuatro Elementos cruzaron miradas interrogantes entre ellos pero, al final, asintieron con la cabeza. Los suspiros de alivio no se hicieron esperar, y todos los presentes parecieron volver súbitamente a la vida.

 —Bien, tenemos que pensar en cómo actuar a partir de ahora —decretó Andie—. Creo que, por el momento, vamos a intentar hacer vida normal durante el día de hoy, y esta noche veremos cómo nos organizamos, ¿de acuerdo?

Todos estuvieron conformes, y la actividad se fue haciendo más frenética por segundos. De repente, Layla y Beth tenían recados que hacer, Marco tenía que guardar reposo y Sandra, Ray y Cora debían volver al hotel a recoger sus maletas. Andie, Jake y Davin se encargaron de acompañarles para echarles una mano, aunque la conversación con el manager sobre que esa noche iban a dormir en casa de unos amigos de la ciudad fue a puerta cerrada. Puso algunas pegas, pero ante la entusiasta insistencia de Ray y Sandra —optaron por dejar a Cora fuera para no levantar sospechas sobre dónde estaba Marco—, al final no pudo oponerse durante mucho rato y terminó aceptando. Tras dejar el equipaje en el todoterreno, los seis comieron por el centro de la ciudad tratando de comportarse como ciudadanos de a pie y charlando de cosas banales, imitando a un simple grupo de amigos que queda para tomar algo. Pero todos sabían que, ni eran normales, ni lo serían nunca.

Hacia la caída del sol, montaron de nuevo en el coche y se encaminaron de nuevo a casa de Layla y Beth. Marco parecía visiblemente más recuperado, aunque no dio ninguna muestra de alegría al ver a Cora de nuevo, sino que se limitó a saludarla con sencilla cordialidad. Sus compañeros no hicieron ningún comentario al respecto, y cuando los preparativos desviaron su atención, ninguno volvió a pensar en ello. Salvo la despechada joven, que no podía creer que, de la noche a la mañana, por una tontería, el hombre al que más amaba en el mundo le diese la espalda de aquella manera. Por esto, apenas fue consciente del reparto casi hasta que traspuso el umbral de la puerta para salir de nuevo. Sandra y Ray se irían con Andie, Jake, Anya y el chico de los ojos violeta, que apenas había participado en la reunión pero mostraba un ceño constante de preocupación y respondía al nombre de Daniel, a un piso propiedad de este último que estaba a apenas diez minutos de distancia. Cora iría con Davin, Loreen —mal rayo la partiese —y Hal a otra casa próxima. Marco, su parte, se quedaría con Layla y Beth para terminar de recuperarse. La joven de Fuego trató en vano de despedirse de él cuando se levantó de la cama para decirles adiós, pero el joven se limitó a apoyarse en el marco de la puerta del pasillo y devolverle un inocente beso en la mejilla. Cora mantuvo el contacto visual hasta que la puerta se cerró tras ella, esperanzada, pero en ningún momento detectó atisbo alguno de comprensión en aquellos ojos azules que le desgarraban el alma.

El numeroso grupo salió a la calle, desierta, y giró a la izquierda enseguida, enfilando una corta y silenciosa avenida flanqueada por un parque a su derecha y un instituto a la izquierda. Ascendieron posteriormente por una empinada cuesta que se adentraba en un parque dominado por una iglesia de piedra bastante antigua, y después cruzaron otra avenida que conducía a una barriada de casas bajas, de dos pisos en su mayoría. En ese punto, el grupo que dirigía Davin torció hacia la izquierda, mientras que el de Andie lo hizo hacia la derecha, encaminándose hacia una zona poblada de bloques de viviendas de diversas alturas. Cora se despidió con cariño de sus dos mejores amigos y después siguió obedientemente a su guía a través de las callejuelas flanqueadas de chalés, con Hal y Loreen caminando a ambos lados como si fuesen guardaespaldas. Cora suspiró. Qué más quisiera…

Pocos minutos después, llegaron a su destino, un portal acristalado que daba a un pequeño rellano en el que se abrían dos puertas. Davin hizo un pase frente a la más cercana y esta se abrió sin un chirrido, dando paso a un recibidor pequeño y oscuro pero que olía a canela. Cora recordó súbitamente ese mismo olor impregnando una habitación en penumbra, mientras buscaba desesperadamente la forma de salvarles la vida a dos de las personas más importantes que existían para ella. De inmediato sintió cómo los ojos se le llenaban de lágrimas, pero trató de reprimirlas con rapidez a la vez que sentía los ojos de Loreen clavados en su nuca; por suerte, la joven americana no hizo ningún comentario de los que acostumbraba, y Cora se lo agradeció en silencio. Solo le faltaba eso.

Davin encendió la luz del pasillo y los cuatro avanzaron, mirando a su alrededor con curiosidad mientras la Hija de Marte cerraba a sus espaldas con llave. Al parecer, ni Hal ni Loreen habían estado antes allí, sino que habían llegado esa misma mañana de Salem, alertados por el accidente de Marco y asustados por lo que esto pudiese suponer. Pero, ¿es que acaso alguno de ellos sabía a ciencia cierta lo que ocurría? Cora sintió una punzada de dolor al pensar de nuevo en su pareja, y apretó los dientes para contener el llanto por segunda vez en menos de cinco minutos. No obstante, mientras la pareja americana se encaminaba a una habitación situada al final del pasillo, Davin se acercó a ella con y pareció detectar su malestar, porque le acarició la espalda con cariño.

 —¿Va todo bien? —preguntó con dulzura.

La otra joven no respondió enseguida, vislumbrando en los iris oscuros de la Hija de Marte que esta sabía perfectamente lo que sucedía, y decidió salirse por la tangente.

 —Estoy cansada, solo eso —se excusó.

Davin sonrió entonces comprensivamente, algo que, dada su naturaleza algo incendiaria, no era habitual.

 —¿Quieres cenar algo?

Cora negó con la cabeza.

 —No, no tengo hambre. Me encuentro algo mareada —confesó, mintiendo en parte.

En realidad, lo único que quería era meterse en la cama y olvidarse de todo, pero sabía que no podía decir eso. Sin embargo, su anfitriona no hizo ningún comentario al respecto, sino que se limitó a guiarla a una habitación situada enfrente de la cocina, equipada con numerosos armarios y una cama casi tan alta como ella.

 —Perdona el desorden —se disculpó la bruja—, pero creo que aquí estarás cómoda.

Cora se volvió y le dio un espontáneo beso de agradecimiento.

 —Es perfecta, gracias.

La sonrisa de la otra se ensanchó.

 —Tienes un pijama en el armario justo encima del cabecero —le indicó antes de volver la puerta—. Si me necesitas, estaré en el sofá-cama del salón. Buenas noches —le deseó antes de salir de nuevo al pasillo.

 —Que descanses —sonrió Cora, agradecida.

Davin asintió, y acto seguido cerró tras de sí sin hacer ruido. Una vez sola, la joven de Fuego se descalzó y se encaramó a la cama, sin cambiarse siquiera. Imaginaba que no conciliaría el sueño, por lo que permaneció en silencio, mirando el techo sumida en sus pensamientos, mientras escuchaba los susurros procedentes de la habitación de al lado. Sin poder evitarlo, los ojos se le llenaron de lágrimas otra vez y enterró la cara en la almohada, sin hacer nada ya por contenerlas. Necesitaba llorar y, por ello, no se percató de que se había dormido, agotada, hasta que el sol filtró sus primeros rayos a través de las cortinas.

***

Sandra no podía creerlo. Por más que lo miraba, le seguía pareciendo increíble. No obstante, sus ojos le delataban. Aquel color violeta…

 —San —la llamó Ray, devolviéndola a la realidad, a la vez que le alargaba el camisón para que lo metiese en la maleta—. ¿Estás bien?

La joven sacudió la cabeza.

 —Sí, cariño, claro —repuso, sin perder de vista a Daniel cada vez que iba y venía frente a su puerta organizando, cargando bultos y bromeando con sus compañeros de piso.

Ray siguió su mirada en el momento en que el joven los saludaba y Sandra se ruborizaba hasta la punta de las orejas, y sonrió con nostalgia mientras su mujer aparentaba ordenar el bolso, ocultando el rostro en una cascada de ondas rubias.

 —Yo ya me había dado cuenta —confesó él.

 —Yo lo había pensado —admitió ella sin alzar la vista apenas—, pero jamás se me hubiese ocurrido… ¿Un gemelo? ¿Elisa?

 —Mellizo, técnicamente —apuntó Ray con media sonrisa.

 Sandra alzó las cejas, burlona.

 —Anda, si la perfeccionista era yo —apuntó con sorna, aunque la diversión no llegó a sus ojos grises.

Su marido lo notó, y se acercó para acariciarle la mejilla con ternura.

 —Todo va a ir bien, Sandra. Ya verás. Y cuando todo pase, veremos de nuevo a Ruth.

Ella se obligó a sonreír ante el recuerdo de su hija, y besó suavemente al joven en los labios.

 —Sí, tienes razón —admitió mientras terminaba de cerrar la última cremallera con decisión—. Vamos, nos están esperando.

La pareja salió por la puerta del piso pasando por delante de Andie, que esperaba para cerrar tras de sí.

 —Espero que hayáis descansado —les deseó.

Ray meneó la cabeza con cierta inseguridad.

 —Regular, pero suficiente —aseguró, tratando de aparentar más optimismo del que sentía.

Andie mostró una sonrisa rápida para dar a entender que estaba conforme con aquella respuesta, sin ahondar más en el asunto, y después les flanqueó hasta el ascensor. Allí, Daniel y Jake esperaban para ayudarles a cargar las maletas.

 —Creo que bajaremos este y yo con ellas —advirtió el primero en tono jovial. Su voz era bastante alegre con un punto irónico, lo que ayudaba a relajar el tenso ambiente que les rodeaba desde la noche anterior, pero igualmente tenía un deje extraño que Sandra no supo identificar—. Os esperamos abajo.

Y antes de que la joven pudiese seguir elucubrando, las puertas se cerraron tras los dos jóvenes magos y los cuatro que quedaban en el rellano bajaron despacio por las escaleras. Sin embargo, a la mitad del trayecto, el móvil de Andie sonó estridentemente, y esta lo cogió con rapidez a la vez que se detenía.

 —Sí… Ajá… —de repente, palideció y su voz se tornó un susurro—. ¿Qué? ¿Cómo dices?… Davin, dime que estás de broma… No, claro… Bueno, ahora te veo. Chao.

Colgó sin otra palabra y reanudó el descenso con una prisa repentina, ante la mirada atónita de sus compañeros.

 —Andie, ¿qué ocurre? —quiso saber Ray, súbitamente asustado, pero al no obtener respuesta se volvió hacia Sandra. No obstante, esta le devolvió una mirada interrogante, y el chico maldijo por lo bajo. Una conversación telepática—. ¡Andie! —la apremió de nuevo.

Esta se volvió entonces a tal velocidad que casi tropiezan con ella. Miró primero a Anya, que mantuvo el semblante impasible, y después a sus dos protegidos.

 —Malas noticias, me temo.

Sandra palideció.

 —¿Cómo de malas, Andie? —susurró—. ¡Por favor, dinos algo! —suplicó al ver que la joven no decía nada.

Anya se volvió entonces hacia ella. Y, cuando sus miradas se cruzaron, un escalofrío recorrió a la joven del Aire de la cabeza a los pies.

 —Muy malas —anunció la muchacha americana—. De hecho, las peores noticias posibles.

¿Viajar, un placer?

 

El punto de reunión se había fijado justo debajo de la casa de Daniel, bajo un templete de madera situado junto a unas canchas de baloncesto en las que unos adolescentes madrugadores se dedicaban a aporrear el tablero de la canasta con más entusiasmo que puntería. El grupo que salía del portal les dedicó apenas unos segundos de atención antes de cruzar por delante y dirigirse hacia sus compañeros, que ya habían llegado. Justo en el momento en que llegaban a su altura, un Kia conocido para todos aparcó unos metros más allá, y los únicos tres que faltaban bajaron del coche y se encaminaron hacia su posición. Todas las miradas estaban posadas en Davin, que se mordía las uñas con nerviosismo sentada sobre el respaldo del banco más próximo. Cora estaba de pie a su lado, cambiando el peso de un pie a otro, insegura. Hal y Loreen cuchicheaban a toda velocidad en voz baja a un par de metros de distancia, cerca del borde de la acera. No obstante, todos rodearon a la primera bruja en cuanto estuvieron reunidos. Andie fue la única que se acercó más, para abrazar a su hermana.

 —¿Cómo estás, pequeña? —le preguntó.

Davin suspiró con abatimiento, y después sus ojos se posaron en la persona que estaba justo detrás. Daniel.

 —Tu padre ha muerto, Dani —le comunicó sin rodeos.

Todos palidecieron al conocer la noticia, los cuatro Elementos más que nadie, pero el joven se limitó a entrecerrar los ojos y respirar con más fuerza.

 —¿Cómo? —siseó, único reflejo de la dolorosa batalla que se libraba en su interior—. ¿Qué ha pasado? —preguntó acto seguido, algo más alto.

Davin se pasó una mano por la trenza en la que se había recogido su rebelde melena pelirroja.

 —Como todos los demás, me temo.

 —¿Qué significa eso? —preguntó Marco sin poder contenerse, pero al ver que nadie más que él y sus tres amigos parecían sorprendidos, entrecerró los ojos, inquisitivo—. ¿Hay algo más que debiéramos saber? —preguntó, ahora preocupado.

Le faltó añadir “aparte de lo de ayer”, pero no fue necesario, puesto que todos lo habían entendido. La Hija de Marte se mordió el labio, dubitativa, sin responder. Al final, fue Daniel el que, con voz enronquecida, se atrevió a contestar.

 —Desde hace un tiempo, están apareciendo asesinatos extraños por todo el mundo. Hasta ahora habían sido cuatro. Nadie sabe aún quién es el asesino, solo que traza un pentáculo con la sangre de sus víctimas sobre el que deposita los cadáveres…

 —Lo vi el otro día en las noticias —lo interrumpió Ray, nervioso—. Según dicen, es obra de una secta diabólica…

La risa despectiva de Loreen le hizo callarse bruscamente.

 —Ya, eso es lo que pretenden que se crea, solo para dejarnos mal a nosotros —siseó.

 —Pero si no saben que los magos existen —la rebatió Cora—. ¿A quién van a echar la culpa?

La joven americana entrecerró los ojos, atrapada sin respuesta, y se limitó a devolverle una mirada iracunda a la joven de Fuego.

 —La cosa es que, sea quien sea, ahora se ha pasado de la raya —intervino Layla, irritada, obligándolas a ambas a interrumpir el contacto visual y alzar la cabeza en su dirección—. Matar a familiares de magos es una cosa. Asesinar a Lord Edmon, otra muy distinta.

Marco y Cora giraron en redondo para encararla, boquiabiertos. Sandra y Ray, como ya sabían de quién era hijo Daniel, no hicieron tanto aspaviento, pero sus compañeros no lo vieron, atónitos como estaban.

 —Lord… ¿Edmon? —vocalizó Cora, una vez que obligó a reaccionar a sus cuerdas vocales, volviendo acto seguido la cabeza, lentamente, para mirar a Daniel—. ¿Tú…?

El joven suspiró y ladeó la cabeza con pesar.

 —Sí —repuso—. Elisa era mi hermana melliza —alzó la vista hacia Hal y Loreen, que lo observaban con mal disimulada reserva—. Siento no haberme presentado cuando estuvisteis visitando a mi padre, pero me encontraba de viaje en Mannah y no pude llegar a tiempo.

Hal meneó la cabeza, aún reponiéndose de la sorpresa.

 —No tiene importancia. Pero… ¿por qué no hemos sabido nada hasta ahora?

 —Nos pidió que lo mantuviésemos en secreto —se adelantó Andie, dirigiéndole una mirada elocuente a Daniel que revelaba más sobre sus sentimientos hacia él de lo que ella estaría nunca dispuesta a admitir—, y así lo hicimos.

 —Y esto, ¿en qué posición nos deja? ¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Beth, insegura.

Cora se volvió como si la hubiesen pinchado.

 —Seguir con el plan previsto, ¿no? —pero al comprobar la reticencia de Davin al respecto, palideció—. No. Dime que no estás pensando lo que creo —le pidió con voz ronca.

Pero la bruja se limitó a encogerse de hombros, sin responder. Cora bufó.

 —¿Se puede saber qué es lo que no nos estás contando, Dav? Por favor, ten la bondad de decírmelo…

 —¿O qué? —saltó Davin con rapidez, a la defensiva—. ¿Vas a hacerme algo?

La joven de Fuego apretó los dientes.

 —Ojalá pudiese.

 —Bueno, vale ya —pidieron Layla y Andie.

 —Sí, esta hostilidad no nos va a llevar a ninguna parte —corroboró Jake—. La cuestión es, chicos… —se detuvo un segundo para pedir la aprobación de Davin, y cuando esta puso los ojos en blanco y alzó las manos en señal de rendición, prosiguió—. En este caso, ha habido algo diferente. Un detalle que confirma lo que sospechábamos hasta ahora —y ante la expectación suscitada por sus palabras, disparó—. Esta vez han aparecido vuestras iniciales.

Sandra se llevó las manos a la boca, horrorizada, y Ray tuvo que sujetarla para que no se cayese al suelo de la impresión. Cora entrecerró los ojos, incrédula, y Marco tragó saliva con fuerza, súbitamente aterrado.

 —¿Cómo has dicho? —preguntó Ray, una vez repuesto del susto.

Jake se mesó el pelo, indeciso.

 —Pues, que por lo que nos han comunicado esta vez, en el pentáculo de sangre que rodeaba a Lord Edmon, justo sobre los puntos cardinales, en vez de las clásicas N, S, E y O, han aparecido una M, una S, una C y una R —les miró torvamente—. ¿Lo entendéis ahora?

Sandra enterró la cara en el hombro de su marido con un sollozo.

 —No es posible… —gimió—. Otra vez no…

 —Entonces, esto demuestra que el ataque a Marco no fue una coincidencia —aventuró Cora sombríamente, mirando al joven aludido de reojo—. No puede ser casualidad que lo apaleen y al día siguiente aparezca un cadáver con nuestras cuatro iniciales.

 —No, no puede serlo —convino Andie.

 —¿Y entonces…?

 —Yo tendría que volver a Avalon —avisó Daniel—. Soy el único heredero de mi padre, y debería hacerme cargo de sus asuntos en Alkia.

Todos estaban de acuerdo en aquel punto pero, además, pareció darles una repentina idea. Algo que, sin palabras, fraguó en las miradas cómplices que cruzaron los ocho magos restantes, y que a los cuatro músicos les escamó en extremo.

 —¿Qué ocurre? —se atrevió a preguntar Marco, inseguro.

Varios de los presentes se volvieron hacia él, con un brillo peculiar en sus diversos iris.

 —Podemos ir todos a Avalon —expuso Hal con calma—. Loreen, Anya y yo tenemos casa allí. Y, bueno, Ray podría ir con Jake a Ereka. Lady Blanca Derfain estudia allí y en estos dos años ella y Connell —señaló con la barbilla al aludido, que se ruborizó ligeramente sin poder evitarlo —han desarrollado algo cercano a la amistad, así que…

 —¡Espera, espera! —le cortó Cora con rapidez—. ¿Me estás diciendo que la única solución es huir a una isla perdida en ninguna parte? ¿Qué hay de las Escuelas?

 —Cora, no sabemos a qué nos enfrentamos —replicó Davin con calma—. Y la idea de Avalon no es mala.

 —Pero, ¿y el concierto? ¿Y nuestro futuro? —protestó Sandra, ya repuesta del llanto—. ¿Y qué pasa con Ruth?

 —Ruth seguirá en casa de tus padres, protegida por todas las medidas posibles —indicó Layla—, pero vosotros tenéis que desaparecer. No tenemos ni idea, repito, ni la más mínima de quién os persigue esta vez. Y no podemos permitir que os hagan daño.

Sandra meneó la cabeza, pero no se le ocurrían argumentos en contra de lo que se estaba exponiendo ante sus ojos. Y, al parecer, sus tres compañeros estaban igual. Ray rodeó los hombros de su mujer con fuerza para darle ánimos, a la vez que la derrota se reflejaba poco a poco en su rostro. Por su parte, Marco y Cora se miraron por primera vez en las últimas veinticuatro horas, comprobando que, a pesar de todo, seguían sin hacer falta palabras para entenderse en algunas cosas. Sin embargo, aquel acercamiento llegó y pasó en apenas una centésima de segundo, y ninguno de los dos se atrevió a dar un paso más hacia la reconciliación. Mientras tanto, los Hijos de los Dioses conferenciaban en voz baja, discutiendo el posible plan. Al cabo de unos minutos, los nueve se separaron y les rodearon a ellos cuatro.

 —A ver, la idea es esta —explicó Jake, erigiéndose como portavoz—. Como hemos dicho, cada uno de los Elementos vendrá con uno de nosotros —señaló a sus compañeros de Salem —a Avalon, y nos quedaremos allí un par de semanas, cada uno en una ciudad —Sandra gimió y abrazó a Ray, mostrando claramente su rechazo a separarse de la persona a la que más amaba, pero Jake procuró ignorarla para que le resultara menos doloroso exponer aquel plan que a nadie le apetecía encarar—. Después, dado que el uno de mayo celebramos Beltane, una de nuestras fiestas más importantes, y Morgana nos invitó hace tiempo a los veinte Consejeros a acudir a la fiesta que organiza en la fortaleza de Avalon, nos reuniremos allí para entonces y discutiremos lo que hemos averiguado —suspiró con fuerza—. Con un poco de suerte, todo estará arreglado para entonces.

 —Pero mientras tanto, lo más importante es vuestra seguridad —añadió Beth—. ¡Ah! Y se me olvidaba. Vuestro equipaje y vuestros móviles se quedan aquí.

 —¡Ah, no! ¡Eso sí que no! —protestó Cora airadamente, mientras apretaba con fuerza su flamante iPhone nuevo, semioculto en el bolsillo de sus vaqueros—. ¡Me niego!

 —Cora… —bufó Davin con impaciencia—. Vuestros teléfonos no funcionarían en Avalon aunque quisierais, porque no tenéis la conexión mágica necesaria —y antes de que la iracunda joven contestara, agregó—. No tenemos tiempo de hacerlo ahora. Y, además, en Avalon los móviles son criaturas poco menos que alienígenas —enarcó una ceja elocuente—. ¿Lo pillas ahora?

 —¿Y… las maletas? —se atrevió a preguntar Sandra con voz temblorosa, mientras escondía discretamente su macuto a la espalda. Al fin y al cabo, no pensaba separarse de su maravillosa ropa de diseño por nada del mundo—. ¿Por qué tienen que quedarse aquí?

Sus maestros intercambiaron miradas y alzaron los ojos, como si estuviesen tratando con niños de parvulario en vez de adultos, lo cual hizo que sus cuatro protegidos fruncieran el ceño, molestos.

 —Porque no tendría ningún sentido llevaros todo eso a Avalon, donde la ropa terrícola…

 —Ya, es poco menos que algo de otro planeta —completó Marco, apretando suavemente el hombro de su mejor amiga en ademán conciliador.

Pero esta no se dio por vencida.

 —El bolso… —prosiguió, nada convencida.

En ese momento Davin pareció a punto de saltar sobre ella y estrangularla de pura frustración, pero Andie se adelantó con rapidez y se interpuso entre las dos.

 —En eso, ningún inconveniente. Podéis llevar bolsos, bandoleras… Pero solo lo básico, ¿estamos? —preguntó en un tono que no daba lugar a negativa.

Su comentario, fue seguido por varios asentimientos de conformidad, y los cuatro Elementos no tuvieron más remedio que agachar la cabeza en señal de rendición. La promesa de Jake parecía totalmente sincera, y sabían que sus protectores se dejarían la piel para devolverles a su vida normal. En silencio, entregaron todo lo que les habían pedido, y las cuatro brujas españolas lo recogieron en silencio.

 —¿Y las de Madrid? —preguntó Sandra, mirando a estas últimas—. ¿Qué haréis?

Andie la sonrió cariñosamente.

 —Volveremos a la Escuela. Óscar sigue necesitando ayuda para ponerla en marcha, y no podemos descuidar nuestros deberes para con los alumnos que hay ahora. Pero no te preocupes —agregó al comprobar la tristeza que impregnaba los iris oscuros de la otra chica—, iremos para Beltane.

 Aquello pareció tranquilizar ligeramente a Sandra, que respiró hondo y asintió, dando a entender que estaba de acuerdo. Ray la besó en la sien con cariño.

 —Todo irá bien, amor —le susurró al oído.

Marco y Cora, por su parte, se aproximaron con cautela, casi como uno solo, hacia sus dos nuevos mentores. El Agua y la Hija de la Luna se sostuvieron las miradas en silencio, evaluándose mutuamente. A Loreen, obviamente, no le hacía ninguna gracia encargarse de aquello, pero Marco intuía que su sentido del deber la obligaba a aceptarlo sin rechistar. Suspiró para sus adentros. Iban a ser dos semanas muy largas.

Hal, por su parte, recibió a Cora con media sonrisa comprensiva y silenciosa, que la joven agradeció solo en parte, ya que seguía intentando procesar todo lo que les estaba sucediendo. No obstante, unos minutos después, una mano amistosa en el hombro la obligó a darse la vuelta, en el preciso momento en que Davin la rodeaba con los brazos a modo de despedida.

 —Tened cuidado —susurró la joven y, cuando se separó de ella, añadió, intentando darle ánimos—. Avalon no es ni de lejos el lugar más seguro del mundo, pero es el mejor que se nos ocurre.

Cora la sonrió, emocionada.

 —Si no hay más remedio, que sea lo que los Dioses quieran.

La Hija de Marte le devolvió el gesto, y después se alejó en dirección a su hermana, que se estaba despidiendo de Sandra con lágrimas en los ojos, igual que Layla. Beth se despidió de Ray con cariño y después de Marco y de ella, antes de alejarse hacia su hermana, que ya se había reunido con los de Madrid y les observaba con emoción contenida en los ojos. Cora se aproximó para darle un beso de despedida, y la joven la correspondió, al igual que todos los que la rodeaban.

 —Cuidaros —les pidió—. Nos veremos pronto.

 —Esperemos —rezó Cora.

La otra asintió, dando a entender que también era su deseo y, unos minutos después, los de Madrid se encaminaban de nuevo hacia el coche de Layla, sin dejar de mirar a su espalda en una silenciosa despedida.

Cuando el todoterreno color chocolate desapareció al final de la calle, los que quedaban se miraron unos a otros, ligeramente indecisos. Apenas se conocían, sin amuletos de comunicación solo Jake sabía hablar español y les quedaban dos semanas de convivencia que se les antojaban la tarea más dura del mundo, cada uno por sus propios motivos. Por lo que, al cabo de unos minutos de silencio y a una señal muda de Daniel, todos se encaminaron de vuelta hacia su piso. Los cuatro Elementos se miraron extrañados, pero no hicieron ningún comentario mientras se adentraban en el portal en penumbra y subían por turnos en el ascensor para llegar al último piso. Una vez allí, entraron en el apartamento, y los Elementos tuvieron poco tiempo para admirarlo antes de que les condujeran hacia la habitación del fondo del mismo y se encerrasen los nueve allí. Cora se removió inquieta, sin saber muy bien qué estaba sucediendo, pero Marco se mantenía sereno, con la vista fija en sus zapatos, sumido en sus pensamientos. Sandra y Ray, por su parte y a pesar de conocer el lugar donde se encontraban mejor que sus compañeros, permanecían abrazados en el rincón más apartado del cuarto.

En ese momento, Anya se adelantó y se subió a una de las dos camas que ocupaban la estancia. Cora pensó que se había vuelto loca cuando lo vio escribir una serie de símbolos sobre la pared pintada pero, cuando la joven se bajó y alzó una mano frente a ella, recitando una serie de versos en latín, creyó entender lo que sucedía. Y su teoría se confirmó cuando la pared se iluminó paulatinamente hasta casi cegarles, dejando acto seguido, en el espacio delimitado por los extraños símbolos dibujados a lápiz, una abertura oscura que giraba sobre sí misma.

Un portal.

Los Elementos se quedaron boquiabiertos, porque nunca habían visto nada semejante, pero los magos presentes parecían acostumbrados a lidiar con aquel tipo de fenómenos, porque uno a uno se encaramaron a la cama y pasaron las piernas por la abertura, cayendo al otro lado y desapareciendo de la vista en un segundo. Jake, Hal, Loreen y Daniel atravesaron la pared con desenvoltura; cuando solo quedaron ellos cuatro y Anya, esta les hizo un gesto comedido indicándoles que debían ser los siguientes. Ray y Sandra se miraron, inseguros; Cora tragó saliva, súbitamente asustada, y vio que Marco hacía otro tanto. Pero al comprobar la insistencia y el apremio que reflejaban los ojos de la joven Hija de Mercurio, los cuatro decidieron que no tenían nada que perder. Y cruzaron.

La sensación fue ciertamente curiosa, como si se introdujesen en una burbuja de aire, ingrávida, durante apenas un segundo, antes de aparecer en una gruta vacía, tenuemente iluminada por la luz del sol que entraba por una enorme abertura a un palmo sobre su cabeza. Anya cruzó tras ellos, y en cuanto la bruja hubo pasado, el portal se cerró a sus espaldas sin hacer ruido. Cora le dirigió una mirada interrogante a la joven, pero esta se limitó a guiñarle un ojo con rapidez antes de encaramarse a la salida de la cueva. Los cuatro se miraron un instante, y después de que Sandra y Ray saliesen con esfuerzo, Marco le cedió el paso a Cora. La cual, sin pensarlo dos veces, saltó al exterior. Y la visión que se extendía ante sus ojos la dejó sin habla.

Estaban en Puerto Calea.

La gruta estaba ubicada en una de las colinas que rodeaban el puerto, justo sobre la zona donde atracaban los barcos de pasajeros más pequeños, los yates y las embarcaciones de recreo. El grupo descendió despacio por un camino de tierra salpicado de rocas irregulares, y rodeado de arbustos aromáticos, hasta entrar en el pequeño pueblo costero por una de las calles laterales, flanqueada de viviendas encaladas. A través de las ventanas superiores de algunas viviendas se veía gente, y más de un balcón tenía ropa tendida. Un par de niños cruzaron delante de ellos, persiguiéndose y riendo seguidos por una mujer jadeante que presumiblemente era la madre de alguno de los dos. Sandra pensó de inmediato en Ruth y trató de no imaginar lo que supondría para ella que le dijesen que sus padres, de pronto, habían desaparecido. No estaba muy segura de qué era lo que harían las chicas de Madrid para encubrir su escape pero, razonó, confiaba en ellas lo suficiente como para no preocuparse. Al menos, no demasiado.

Un cuarto de hora después, la comitiva llegó al puerto. La última vez que habían estado allí, había sido volviendo de una aventura peligrosa en la que por poco habían muerto, y casi se habían alegrado de dejar todo atrás. Pero estaba claro que alguien no pensaba permitir que olvidaran.

En el instante en que llegaban a la altura de los ferrys, Daniel se detuvo bruscamente, observando el casco de una de las naves con atención. El grupo en pleno frenó y sus miembros se volvieron para mirarle, interrogantes, pero él compuso una sonrisa sorprendentemente atractiva y se disculpó:

 —Perdonad, se me olvidaba que yo no iba a tomar el mismo barco que vosotros.

Anya enarcó una ceja suspicaz.

 —Y eso, ¿por qué?

El joven alkiano se encogió de hombros.

 —A vosotros os conviene coger el “Ferry Oeste”, y a mí, el “Este”.

A los Elementos aquello no les decía nada, pero al parecer a los demás sí, porque asintieron comprensivamente.

 —En ese caso, que los Dioses te protejan, hermano —le deseó Anya, acercándose para abrazarle.

El joven le devolvió el gesto.

 —Nos vemos pronto —aseguró.

Acto seguido, se despidió con su gesto protocolario del resto del grupo y se volvió para irse, no sin antes mirar intensamente a Marco. Este procuró no mostrarse cohibido, puesto que sabía que Daniel era de una Casa de Agua y por ello le mostraba respeto; pero, en cuanto se rompió el contacto visual, exhaló casi sin darse cuenta todo el aire que estaba reteniendo. Cora reprimió una sonrisa, sabiendo lo que pasaba por su cabeza, pero no dijo nada.

El barco en el que tenían que embarcar ellos llegaba al atardecer, por lo que decidieron buscar un buen sitio para comer mientras tanto. La conversación fue bastante banal, pero la tensión se mascaba en cada palabra, en cada gesto, y cuando por fin subieron a la embarcación y todos estuvieron ubicados en sus respectivos camarotes, los suspiros de alivio respectivos no se hicieron esperar. Antes de subir, Marco pidió de inmediato un camarote para él solo, ante la mirada tensa de Cora, pero sus acompañantes aceptaron sumisamente su sugerencia y les distribuyeron de acuerdo a sus sugerencias.

La noche pasó en duermevela para todos ellos. Ray y Sandra optaron por hacer el amor hasta caer rendidos para no tener que enfrentarse de inmediato a su inminente separación. Cora lloró amargamente hasta que sus ojos se negaron a derramar una lágrima más, y Marco reflexionó, sin llegar a ninguna conclusión válida sobre cuál era su mejor opción respecto a Cora. Le había hecho daño, más del que ella podía imaginar. Para él era un asunto vital, y no podía concebir alguien que no estuviese de acuerdo en aquel punto cuando se trataba de parejas estables. Pero, ¿qué solución había aparte de la separación? El chico no tenía respuesta a aquella pregunta. Por lo que, al filo de las seis de la mañana, cuando se levantó a desayunar y vio a Cora apoyada a lo lejos en la barandilla de proa, tomó una decisión. Doliera lo que doliese, aquella maravillosa mujer y él no estaban destinados a estar juntos. Y ninguna Profecía podría convencerlo de lo contrario. Quizá, se dijo, esas dos semanas era el tiempo que necesitaba para olvidarla. Pero ella no lo sabría nunca.

Al atardecer de ese nuevo día, después de vagabundear por el ferry, comer algo rápido y matar el tiempo jugando a las cartas o a los dardos, la Isla de Avalon por fin apareció en todo su esplendor. Cuando la niebla se abrió, los cuatro Elementos se asomaron para verla de nuevo después de dos años. No había cambiado nada: el mismo verdor, las mismas montañas con sus picos rodeados de nubes, el Valle de los Dragones… y las ciudades salpicando su costa como pequeñas gemas relucientes.

La primera parada era Ereka, una ciudad colorida y elegante a primera vista, cuya costa estaba salpicada de mansiones rodeadas de exóticos jardines. Cuando el barco atracó, varios pasajeros descendieron por la pasarela con paso apresurado, entre ellos un grupo de sacerdotes ataviados con largas túnicas negras forradas de tela azul eléctrico. Ray tragó saliva al enfrentar la mirada de Sandra cuando el capitán les indicó que tenían que bajar ya si no querían quedarse a bordo. Su mujer lo abrazó con fuerza, susurrándole al oído cuánto lo amaba, ahora y siempre, y que contaría los segundos hasta volver a verle. El joven no pudo evitar las lágrimas cuando le respondió que él la quería más que a nadie en el mundo y que confiase en que volverían a encontrarse pronto. Tras besarse con emoción contenida, la pareja se separó despacio, hasta que solo sus dedos quedaron enlazados. Sandra reprimió un sollozo cuando el contacto se rompió al fin, y Marco acudió enseguida, silencioso, para darle su mudo apoyo con un abrazo por la espalda. Sandra aferró su mano con fuerza, tratando de no derrumbarse pero sin conseguirlo apenas, mientras veía a Jake alejarse escoltando al amor de su vida.

Cora observó la escena, de reojo, desde la baranda, mientras se despedía con la mano de aquel amigo que se despedía desde la pasarela, apretando los puños con rabia contenida. ¿Cómo Marco podía ser tan cínico? Ella también lo necesitaba. Se moría por volver a hablar con él, que las explicaciones surgiesen sin dificultad y que él las aceptase. Pero, interiormente, sabía que eso era imposible. Al menos, mientras la brecha que se había abierto entre los dos fuese tan grande y su corazón siguiese partido en dos. Porque algo también tenía claro. Y era que, si Marco abría la boca, ella caería a sus pies como una idiota; y no pensaba capitular por nada del mundo. Eran sus creencias, igual que él tenía las suyas. Y punto.

No obstante, la siguiente parada sería el recuerdo más duro que arrastraría Cora toda su vida. Sería cerca de la una de la madrugada cuando los níveos muros de Ruben, iluminados por los rayos de su diosa creciente, asomaron tras una loma rocosa. El canal por el que se accedía a la ciudad estaba bastante animado, con tabernas y terrazas bulliciosas abiertas por doquier. Varios barcos de los muchos que pasaron de largo tenían guirnaldas y luces encendidas, y desde las cubiertas iluminadas descendía el bullicio de la fiesta nocturna. Loreen, acodada junto a Hal a un par de metros de la proa, suspiró imperceptiblemente al verlo. Qué diferente de aquella Ruben que había abandonado dos años atrás. Cómo había cambiado en aquel tiempo.

Cuando la embarcación se detuvo por fin, unos doscientos metros puerto adentro, la escena de Ereka se repitió. Varias parejas y un grupo de sacerdotisas descendieron con elegancia por la pasarela, y llegó el turno de que Marco y su nueva protectora bajaran a tierra. Cora observó con un nudo en la garganta cómo daban un paso tras otro hacia la salida, y decidió jugársela. De repente, sentía que necesitaba quedarse con algo de él. No sentir, como amenazaba el escalofrío que recorría su espalda en ese momento, que lo estaba perdiendo para siempre.

 —¡Marco!

El movimiento fue rápido y él apenas tuvo tiempo de reaccionar. Justo un segundo después de gritar su nombre, Cora se lanzó hacia delante, recorrió a velocidad de vértigo los escasos cinco metros que les separaban, y se lanzó a su cuello. Sus labios se unieron ansiosos, forzándole a reaccionar. Al principio él se quedó rígido como una escultura de hielo pero, cuando al final su lengua acarició el interior de su boca, Cora tuvo que reprimir un grito de triunfo. “Ya está”, pensó, “todo arreglado”.

Pero el mundo se derrumbó a sus pies cuando él se separó, puesto que, a pesar de que sus labios estaban más rojos de lo normal, sus ojos seguían mostrando una frialdad aterradora. Cora retrocedió un paso, súbitamente intimidada, pero le sostuvo la mirada.

 —Nos vemos pronto —dijo él en tono monocorde, una despedida simple y educada.

Cora quería morirse, pero una súbita rabia la invadió sin que pudiese evitarlo ante aquello. Así que, despectiva, lo miró de arriba abajo y musitó en el mismo tono:

 —Lo mismo digo. Disfruta de la estancia.

Y acto seguido, se volvió con rapidez y se encaminó al otro lado del barco sin mirar atrás. Marco sintió una punzada de dolor en el pecho al ver su reacción pero, ¿qué esperaba? Se había acabado, y ningún beso apasionado iba a arreglarlo. En ese momento, una mano suave como la brisa nocturna que les envolvía se apoyó en su hombro, y los ojos claros de Sandra brillaron bajo la capucha cuando se volvió. Con ella sí que no hacían falta palabras. Con cariño infinito, se abrazaron, deseándose en susurros toda la suerte del mundo y prometiendo verse pronto. Acto seguido, el joven se encaminó hacia la pasarela, deteniéndose lo justo para esperar a que Loreen se despidiese de Hal. Una oleada de envidia lo recorrió de la cabeza a los pies cuando vio el amor con el que se decían adiós, juntando las frentes y apretando los labios para contener el llanto. Marco suspiró. Hasta las personas más duras, como Loreen, se derrumbaban cuando se trataba de amar. Estuvo tentado de girar la cabeza en la dirección en que había desaparecido Cora, pero se contuvo. No era el momento de ponerse sentimental y dar un paso atrás. No pensaba ceder.

En ese momento, la Hija de la Luna se encaminó hacia su posición y, juntos, bajaron al muelle, perdiéndose de inmediato en el mar de callejuelas más cercano. No obstante, Marco se giró un instante antes de adentrarse en la penumbra, y vio a Sandra apoyada en la baranda, sobre la cubierta. Movía los labios, y las palabras, acompañadas por su Elemento, llegaron claras a sus oídos:

 —Que los Dioses te protejan, hermano.

***

Serían las cinco de la mañana cuando llegaron a Tribec, la tercera parada del viaje. Sandra observó la ciudad dormida mientras se aproximaban, tratando de pensar en cómo sobreviviría sin su familia. Para ella, era como si le hubiesen arrancado un trozo de sí misma. Primero, su hija; después, su marido. Se habían casado por pura formalidad y por sus respectivos padres, no porque realmente lo deseasen. Hacía tiempo que no eran católicos, pero tampoco profesaban en exceso la fe de los Hijos de los Dioses. No obstante, les daba la impresión de que con aquel gesto estarían más unidos frente a lo que viniese. Porque, les gustase o no, Ruth era la hija del Aire y la Tierra, y si Cora y Marco… Sacudió la cabeza. No, eso ya no era posible. Al menos, de momento. Había visto todo lo que sucedía entre ellos durante los últimos tres días, desde que Marco había desaparecido del hotel de Burgos —algo que ya se le antojaba terriblemente lejano —y, sabiendo lo cabezotas que podían a llegar a ser ambos, veía una solución difícil. Ella había tenido que mediar entre ellos antes de que empezasen a salir para que llegasen a llevarse bien, pero meterse después de una ruptura… Suspiró. No, decidió, no tenía ni tiempo ni ganas con todas las responsabilidades que ya acarreaba.

Sin embargo, como si la hubiese invocado, Cora apareció en ese momento tras ella, sentándose en un banco cercano sin mirarla apenas. La joven del Aire cerró los ojos, inspiró hondo, y se acercó para colocarse a su lado. Nada más hacerlo, constató lo que temía. Su amiga había estado llorando. Despacio, le apoyó una mano en la rodilla.

 —Eh, ¿estás bien? —la tanteó.

Cora tragó saliva, pero no contestó. Sandra suspiró.

 —Niña, puedes desahogarte conmigo si lo necesitas…

La otra joven volvió despacio la cabeza.

 —Lo haría si no pensara que vas a ir corriendo a contárselo a Marco.

La rubia soltó una carcajada amarga.

 —Créeme, ojalá pudiese.

 —Ya…

El tono había sido muy ácido, y Sandra se cruzó de brazos, a la defensiva.

 —Vale, no me cuentes lo que te pasa si no quieres. Total —se encogió de hombros con supuesta indiferencia—, no pienso volver a inmiscuirme en vuestra relación…

Se interrumpió bruscamente cuando el banco se sacudió bajo sus piernas. Solo entonces, se dio cuenta de que Cora estaba llorando con la cabeza enterrada entre los brazos, encogida en un ovillo. Su amiga se acercó y la abrazó.

 —Eh, venga. No pasa nada… Tranquila, ya estoy aquí… Vamos, cálmate…

Estuvo unos minutos arrullando a su compañera, que parecía haber sacado de golpe todo el dolor que llevaba acumulando desde que salieron de Burgos, mientras el ferry se acercaba más y más al puerto. Y cuando quedaban apenas unos cincuenta metros para atracar, Cora alzó la cabeza, sorbiendo, respiró hondo y se pasó una mano por los ojos para limpiarse las lágrimas.

 —Perdona. No sé por qué me he puesto así, es que…

Sandra sonrió comprensiva.

 —Marco, ¿verdad?

Cora cerró los ojos con fuerza, tratando de impedir que brotasen más lágrimas.

 —Sí —confesó en voz baja—. Sandra, lo amo tanto que… No soporto perderlo por una discusión tan tonta como la que tuvimos.

La joven del Aire respiró hondo.

 —El amor es así, cariño. Pero, estoy segura de que si lo habláis en Beltane, todo volverá a la normalidad.

Pero la otra negó con la cabeza, obcecada.

 —No. Los dos tenemos nuestros puntos de vista muy afianzados, y son totalmente opuestos.

Sandra fue a responder, pero en ese momento resonó una campana advirtiendo que el barco atracaría en unos minutos. Maldiciendo por lo bajo que su amiga hubiese decidido sincerarse justo en aquel momento, trató de armarse de paciencia y volviéndose hacia Cora, le dijo:

 —Hablaremos de esto cuando volvamos a vernos. Piensa que estas dos semanas pueden ayudarte a reflexionar. Y a él, probablemente, también —le dio un beso en la frente—. No pierdas la esperanza, ¿vale? Lo que tenéis Marco y tú es… increíble.

Cora sonrió y se levantó.

 —Gracias, Sandra.

Esta se levantó a su vez y abrazó a la joven pelirroja.

 —Lo digo de corazón. Y con lo que os quiero a los dos, no soportaría perderos.

 —Lo sé.

Sandra sonrió ampliamente.

 —Buena quincena —le deseó guiñándole un ojo cómplice, mientras miraba a Hal de reojo, que se acercaba acompañado de Anya—. Al menos tú tienes buenas vistas —añadió con picardía.

Cora le dio un suave puñetazo en el hombro a modo de amonestación mientras reía sin poder evitarlo, en el preciso momento en que el barco daba una cabezada para detenerse definitivamente.

 —Tienes suerte de que Loreen no esté por aquí —siseó, mordaz.

Sandra, lejos de asustarse, se rio por lo bajo.

 —Que los Dioses te protejan —musitó mientras se alejaba hacia la pasarela, donde Anya ya la esperaba—.Y cuídate, ¿vale?

Cora sonrió como hacía tiempo que no lo conseguía.

 —Descuida, rubia —se despidió, usando con Sandra la misma fórmula que hacía años.

Esta alzó la mano para despedirse, y acto seguido bajó con agilidad por los tablones. Cuando retiraron la plancha y el barco se puso de nuevo en marcha, la joven que quedaba a bordo mantuvo la mirada clavada en su amiga hasta que apenas fue un punto que desapareció entre los edificios. En ese momento, se dirigió a su camarote, haciendo caso omiso de la mirada escrutadora que le dirigía Hal durante todo el trayecto hasta las escaleras, y una vez allí se sentó en la cama, arropada por las sábanas, y fijó la vista en el horizonte, en un destino que, de repente, sola, sin amigos en quien confiar, se le antojaba a la misma distancia que el planeta más lejano del Universo.

Avalon

Las últimas luces del día iluminaban la ciudad, cuyos habitantes se afanaban por terminar las tareas del día lo antes posible para así poder refugiarse en sus casas y cenar en familia. Las tabernas, edificadas en los bajos de los edificios más grandes, eran los únicos establecimientos que permanecían abiertos, mientras que los comercios iban cerrando poco a poco. Ray contempló extasiado la explosión de colores que se mostraba a su alrededor. Junto al puerto, las casetas de vigilancia eran prácticamente los únicos resquicios de vida; después, un camino flanqueado de palmerales y exóticos jardines conducía a la zona alta de la ciudad, donde se arremolinaban edificios burocráticos y templos, junto a comercios que rivalizaban en elegancia. No obstante, pasada aquella vorágine, se abría un remanso de tranquilidad: la zona media residencial. A medida que avanzaban entre jardines bien cuidados flanqueados de árboles frutales, Ray se fijó en las viviendas: unifamiliares casi todas, algunas de una sola planta y otras de hasta tres; todas pintadas en uno, máximo dos colores, y generalmente de tonalidades suaves de amarillo, rosa, azul… También vio alguna de ladrillo oscuro con tejados negros de ónice, pero la mayoría de estas se erguían solitarias, rodeadas de árboles retorcidos que se notaba que hacía tiempo que nadie cuidaba. Con un escalofrío, trató de pasar por delante de estas lo más rápido posible, y vio que Jake hacía lo mismo. Pero lo que más le impresionó del recorrido no fueron las tétricas mansiones, sino el motivo que presidía todas las portadas y los porches de cada una de las casas. Las cabras.

Cabezas de caprinos talladas lo observaban al pasar, con sus pupilas alargadas; la mayoría, rodeadas por cuernos de diferentes tamaños y formas. Cuando Jake lo sorprendió mirando una puerta con dos rebecos enfrentados tallados sobre la madera, le explicó que aquel era el animal de Saturno, de los Capricornio. Ray se sintió un poco idiota al no haber hecho antes aquella asociación tan simple, pero Jake no hizo ninguna mención al tema y siguieron caminando por la fresca avenida. Al cabo de un rato, el brujo se desvió por una pequeña calle lateral y ambos jóvenes deambularon por la zona residencial durante un buen rato hasta que, casi a punto de salir de la ciudad, bajando una pequeña ladera, llegaron a su destino. Al final de un estrecho camino de tierra, una figura esbelta con el cabello castaño oscuro recogido en tres sencillas trenzas, bajó las escalinatas de un adornado porche de madera y salió a recibirles. Ray solo la había visto un par de veces, dos años antes, en Avalon, pero aun así la reconoció. La muchacha tenía los ojos de su padre, pequeños, oscuros y algo rasgados, y el color del pelo también lo había heredado de él. Pero su melena ondulada, los andares elegantes y las cejas alargadas, sin duda, eran de su madre, aunque el joven no se detuvo a pensar cómo recordaba aquellos detalles de gente a la que apenas había visto puesto que, en ese momento, Blanca Derfain llegó a su altura, casi jadeando por la pequeña carrera que acababa de darse.

 —Que los Dioses os protejan —les saludó enseguida, haciendo una breve inclinación de cabeza; pero, acto seguido, se dirigió hacia su homólogo—. Cuando recibí tu mensaje, casi me da un desmayo —aseguró, resoplando con cierto enojo reprimido.

Jake sonrió para tranquilizarla a la vez que hacía el gesto de los suyos, una S en el aire frente a su rostro, y Ray se acercó por detrás, sin saber muy bien qué hacer.

 —Y que siempre velen por vos, Alteza —repuso con timidez.

Para su sorpresa, Blanca se lo quedó mirando, desaparecido de golpe el enfado, y después soltó una risa corta pero muy sincera.

 —Vaya, Connell. Si le has enseñado modales —siseó con malicia en dirección a Jake.

E ignorando el rubor que ascendía a las mejillas del aludido, se acercó y le dio dos besos a Ray, por lo que este se quedó un poco azorado. Ella arqueó una ceja en cuanto vio su reacción, y de pronto pareció ligeramente cohibida.

       —Discúlpame —le pidió—. Creía que en la Tierra las mujeres y los hombres se saludaban así.

Ray sonrió entonces sin esfuerzo. La espontaneidad de aquella joven era casi contagiosa, y decidió apresurarse a tranquilizarla.

 —Sí. En algunos sitios, es así —admitió, aunque sin perder del todo el rubor que teñía sus mejillas.

Ella sonrió entonces más ampliamente, y les invitó a entrar en la casa.

 —Bueno, ante todo, bienvenidos —les indicó con una levísima reverencia en cuanto traspusieron el umbral del recibidor—. Espero que no os importe que no tengamos criados. Me he acostumbrado a hacer todo yo sola —aseguró, sin poder disimular lo orgullosa que estaba de ello.

 —Jamás imaginé que alguien como vos no viviera en el Templo de Saturno —observó Jake mientras ojeaba a su alrededor con interés. Aquel mundo, adivinó Ray, era casi nuevo para él.

Blanca, por su parte, hizo un gesto con la mano para restarle importancia al comentario del mago más mayor y sonrió con picardía.

 —A veces el apellido sirve para algo —comentó jovial—. Así que, desde que entré como novicia, me asignaron esta casa y me permitieron gestionarla a mi gusto. Todo en uno.

Jake sonrió para sus adentros. Conocía los protocolos de aprendizaje aplicados en los templos de los magos, y sabía que Blanca tenía razón. En aquel lugar, si ella hacía todo, podía interiorizar los valores necesarios para su vocación sin necesidad de estar sirviendo en alguna casa noble; lo cual, a pesar de lo abiertos de mente que eran la mayoría de los magos, no dejaría de verse como algo extraño. ¿La hija de Morgana Derfain? Ni en sus mejores sueños. Así pues, sin rechistar, los dos chicos se dejaron conducir a su habitación; un espacio amplio con dos camas, un armario empotrado y un baño inmenso.

 —Espero que estéis cómodos aquí —les deseó Blanca—. Si me disculpáis, tengo que bajar a atender unos asuntos —le dirigió una mirada elocuente a Jake—. Ya sabéis que podéis moveros por toda la casa sin problema, ¿verdad?

El joven mago asintió con la cabeza.

 —Gracias, Alteza.

Blanca se rio.

 —Podéis tutearme y llamarme Blanca, de verdad. No está mi madre delante. Y, aunque lo estuviera —agregó guiñando un ojo—, no creo que se llevara las manos a la cabeza por ello.

Acto seguido, cerró la puerta tras de sí, dejando a los dos jóvenes solos. Jake contempló a Ray, que se había quitado la capa, dejándola sobre la cama, y se había sentado sobre el colchón, mirando pensativo hacia la ventana que se abría entre las dos camas y que daba al patio trasero de la casa. Jake lo imitó, colocándose frente a él.

 —¿Estás bien? —preguntó con mucho tacto.

Como suponía, Ray aún tardó unos segundos en contestar y, cuando lo hizo, su voz fue apenas un susurro.

 —No lo sé —admitió por fin, sin dejar de mirar hacia la ventana—. De la noche a la mañana me he encontrado lejos de mi mujer y de mi hija. Y, de nuevo, hay alguien que, al parecer, quiere acabar conmigo y con las personas a las que quiero —hizo una mueca de dolor y se volvió hacia Jake—. ¿Crees que algún día terminará?

Su interlocutor lo miró largamente. No tenía una respuesta fácil para aquella pregunta.

 —No lo sé, Ray —comprobó enseguida que aquello no era lo que el joven quería oír, y buscó desesperadamente una forma de tranquilizarlo—. Escucha. Sé que esto tiene que ser muy duro. Pero, hazme caso, ninguno esperábamos vernos envueltos en una situación así. No creímos que…

Se interrumpió, inseguro, pero Ray sabía lo que quería decir.

 —Que alguien volvería a amenazarnos.

El otro mago suspiró, abatido.

 —Lo que no consigo entender es por qué hay magos que quieren acabar con vosotros.

Ray soltó una risotada amarga.

 —Eso me gustaría saber a mí.

 —Quiero decir —Jake se pasó una mano por el pelo, inseguro —que sois muy importantes para todos los mundos. Sois… criaturas únicas, que mantenéis un equilibrio natural que los magos veneramos hasta la saciedad. ¿Sabes lo que quiero decir?

Ray asintió con cierta pesadumbre.

 —Sí. No entiendes que alguien quiera hacernos daño por ser quienes somos.

—Exacto —el joven brujo respiró hondo—, pero sí sé que ni mis compañeros ni yo vamos a abandonaros. Eso te lo juro por todos los Dioses del panteón.

El joven de Tierra sonrió, agradecido.

 —Nunca he dudado de vosotros.

Jake sonrió a su vez, intentando darle ánimos.

 —Me alegra oírlo —se estiró como un gato—. Oye, vamos a descansar. Después de comer veremos qué hacer, ¿te parece? Yo, personalmente, odio los ferrys —gruñó antes de tenderse en la cama.

Ray estuvo de acuerdo. El viaje en barco había sido largo y, de los nervios, ninguno de los ocho pasajeros había conseguido dormir apenas. Por lo tanto, nada más cerrar los ojos, ambos cayeron en un sueño profundo y reparador que, sin pretenderlo, duró hasta bien entrada la mañana siguiente.

El desayuno fue abundante pero sin excesos. Todo hecho con productos naturales, según les dijo Blanca, que traía y llevaba las bandejas de la cocina con una soltura pasmosa. Ray fue el primero que intentó ayudarla, alegando su condición real y otras tantas cosas, pero ella apartó rápidamente las viandas del alcance de sus dedos y le dirigió una sonrisa amable.

 —Jake —llamó al otro sin mirarle. El mago había permanecido sentado durante toda la escena, contemplándola intrigado—, creo que a este joven humano hay que enseñarle un par de cosas sobre la sociedad mágica, ¿no crees?

***

La luna refulgía sobre los níveos muros de Ruben, haciendo que la ciudad pareciese una enorme perla brillante. Marco apretó el paso para tratar de seguir el ritmo de Loreen calle arriba; la bruja era tan alta como él, y tenía las piernas muy largas, por lo que sus zancadas abarcaban casi un metro, aparte de que parecía no costarle esfuerzo ascender por el irregular empedrado de la calle. Apenas había transeúntes a su alrededor, únicamente algunos grupos de jóvenes que se encaminaban hacia el centro de la ciudad para divertirse un poco. Aquí y allá, algunas lámparas de luz blanca empezaban a iluminar tenuemente las calles. Loreen, por su parte, lo condujo, sin mediar palabra, hacia el Barrio de los Poderosos. Marco atisbó un segundo, entre los tejados, el enorme palacio que coronaba la colina. Había luces en los pisos superiores, e incluso le pareció ver una sombra pasar junto a una ventana abierta. Súbitamente asustado, apartó la mirada con rapidez y se caló la capucha. Debían pasar desapercibidos, se recordó. Al menos, esa noche.

Tal y como iba, mirando al suelo, estuvo a punto de darse de bruces con su guía cuando esta frenó en seco frente a una puerta de madera, encajada en un arco adornado con filigrana de plata que se abría sobre una pared blanca, igual que todas las que les rodeaban. El muro tenía alguna ventana y estaba coronado por un friso de tejas plateadas. La madera oscura de la puerta, por otro lado, estaba ricamente tallada en forma de dos ciervos de enormes cornamentas enfrentados en lucha. Marco tragó saliva y dirigió una mirada inquisitiva a su guía, pero ella se limitó a alzar una mano frente a la puerta, de espaldas a él, y pronunciar una palabra. Cuando lo hizo, fue como si una corriente plateada delineara los dos cérvidos enfrentados, y las hojas se abrieron sin hacer ruido.

Ambos visitantes entraron en un recibidor en penumbra, apenas iluminado por la luz que entraba desde el patio que había a continuación. Alrededor del mismo se abría una galería cuadrangular sustentada por columnas, pero Marco no tuvo tiempo de admirarlo porque Loreen lo condujo rápidamente hacia un nicho amplio, que se abría en la pared a su izquierda y en el que comenzaban unas escaleras ascendentes. La bruja subió los peldaños sin hacer ruido, y el chico la imitó. Cuando llegaron al piso superior, se encontraron en la pasarela que este había atisbado al entrar. Loreen giró hacia la derecha, avanzó cinco pasos, se detuvo frente a una puerta en arco y la abrió. Marco se aproximó y se quitó la capucha. Su acompañante hizo lo mismo, y se quedaron mirándose unos segundos en la penumbra. Después, la bruja dirigió la vista hacia el interior de la estancia.

—Esta es tu habitación —dijo en tono monocorde, justo antes de volverse de nuevo hacia él y añadir en el mismo tono—. Si me necesitas, estoy al otro lado del patio. Que descanses.

Y, acto seguido, se volvió a calar la capucha blanca, pasó a su lado y desapareció detrás de una columna. Marco vio su sombra pasar entre los arcos, hasta que alcanzó el otro extremo del balcón y allí desapareció. El joven suspiró y entró en la habitación, tenuemente iluminada por algún rayo de luna que se colaba por la celosía de la ventana. Tanteando a su alrededor, alcanzó la cama, se despojó de la capa y se tendió encima, rendido. Tardó apenas unos minutos en quedarse dormido, pero su cabeza se negaba a descansar y pasó la noche entre pesadillas, en las que se mezclaban rostros conocidos y desconocidos, sombras que lo perseguían y luces cegadoras de color blanco nacarado.

***

La noche convertía Tribec en una ciudad poco menos que fantasmal. Sandra apretó el paso detrás de Anya tras pasar bajo el arco que daba acceso a la avenida principal, y se pegó a sus talones en cuanto vio las primeras sombras que saltaban de árbol en árbol y la observaban de vez en cuando con sus ojos redondos y brillantes. Su guía la tranquilizó en voz baja diciéndole que solo eran lémures, una especie de prosimio muy valorado como animal de compañía por algunos tribequeños. Además, añadió, el mono era el tótem de los Hijos de Mercurio, por lo que no era raro ver a estas criaturas vagabundeando por los tejados de algunos edificios. Aun así, Sandra se mantuvo lo más cerca que pudo de Anya. Los animales, en general, no le inspiraban ninguna confianza, y menos aún si tenían manos y pies que pudieran agarrarle de la ropa o el pelo. Por lo tanto, sintió un alivio inmenso cuando vio cómo Anya se dirigía hacia un carricoche iluminado por una antorcha y regateaba con el cochero el precio para llevarles hasta una casa que a Sandra le pareció entender que estaba fuera de la ciudad, porque Anya señalaba hacia el este donde, según había visto la joven desde el barco, se alzaban varias colinas. Al ser una hora tardía el precio era más elevado, pero la joven bruja presentó una soltura increíble a la hora de conseguir una tarifa razonable, y cuando Sandra por fin se atrevió a acercarse, estaba sacando dos monedas de plata de forma octogonal del bolsito que colgaba de su cinturón y entregándoselas al conductor con un gesto despectivo que este no pareció apreciar, puesto que agarró el metal con rapidez y se lo guardó en un bolsillo. Llevaba el rostro cubierto por una especie de pasamontañas marrón, pero Sandra apreció el brillo codicioso de sus ojos y su sonrisa satisfecha. Estuvo a punto de comentarlo con Anya, pero esta pareció adivinar sus intenciones, porque le envió un rápido pensamiento. “Sí, sé lo que estás pensando, pero no podemos controlarles a todos”. Sandra se mordió la lengua; por lo poco que conocía acerca de las leyes mágicas, la codicia, la ambición, los celos desmedidos o la envidia, sentimientos que podían desembocar en delitos muy graves, eran atajados desde que se descubrían y a los infractores se les imponían penas diversas para reconducir aquellas conductas. Pero, como en el caso de los humanos corrientes, razonó, había quien nunca aprendía. Miró expectante a su acompañante, y esta se limitó a hacer un asentimiento de cabeza. Sandra se sintió momentáneamente incómoda por el hecho de que Anya pudiera leer su mente como un libro abierto, pero tampoco tenía la suficiente lucidez como para pensar que existiese una solución factible para evitarlo. Los ojos se le cerraban, y no pudo evitar echar alguna cabezadita breve al compás del traqueteo del cochecito, tirado por un poni con el mismo aspecto de mala catadura que su dueño.

Cuando por fin llegaron a su destino, las dos brujas se calaron la capucha y se bajaron del coche sin despedirse. Mientras Anya la guiaba a través de un camino de tierra iluminado por antorchas de bambú, Sandra echó varias miradas fugaces a su espalda, contemplando cómo el carrito se alejaba en la oscuridad, de nuevo hacia la ciudad. La zona donde les había dejado estaba por encima de la misma, en una loma suave cubierta de hierba y algún que otro arbusto de algo que Sandra identificó al cabo de un rato como romero y espliego. El camino por el que ambas ascendían tenía apenas cincuenta metros de largo y, al final del mismo, se abría una cancela que daba a un patio empedrado e iluminado por varios pebeteros, distribuidos estratégicamente para que no hubiese una sola sombra en toda su extensión. Unos quince metros más allá, la silueta de la casa se cernía sobre ellas. Sandra apreció que tenía dos plantas y, cuando entraron en el recibidor en penumbra, comprobó que este era amplio, con una escalera que partía de la pared izquierda y ascendía, pegada a la misma, hasta desembocar en un pasillo que continuaba recto hacia su derecha y desaparecía tras una pared. Anya se detuvo al pie de la escalinata y se volvió hacia ella.

 —Tu dormitorio es, según subes, el segundo a tu izquierda —señaló algún punto camuflado entre las sombras del piso superior—, ¿de acuerdo?

Sandra asintió.

 —Gracias, Anya.

La bruja sonrió con amabilidad.

 —No hay de qué. —Se bajó la capucha—. Si me necesitas, yo duermo en el piso de abajo, por ese pasillo que se abre a la derecha.

Señaló un hueco que se abría en el muro, justo bajo la balconada. Sandra movió la cabeza afirmativamente.

 —De acuerdo.

 —Bien. Pues… —Anya dudó un instante—. Entonces, que descanses —concluyó finalmente con una sonrisa rápida.

Parecía algo incómoda, y Sandra se preguntó por qué mientras la muchacha de Mercurio se alejaba en dirección a su dormitorio. No obstante, su cerebro no estaba a pleno rendimiento y prefirió pensar que se lo estaba imaginando. Así pues, le deseó a su vez buenas noches y cuando la bruja hubo desaparecido de vista, decidió emprender el ascenso por la escalera. Subió despacio, ya que apenas veía los escalones, y fue tanteando la pared de su izquierda en todo momento hasta que encontró la puerta indicada por Anya. Dejó escapar un ligero suspiro de alivio mientras empujaba la madera decorada, agradeciendo que las bisagras no hicieran ni un ruido, y se adentró en el dormitorio. El interior del mismo se encontraba en penumbra, pero la cama era bastante visible gracias a la luz de la luna que entraba por la ventana abierta. Sandra decidió dejarla así, ya que la temperatura era agradable. Por otra parte, se quitó la capa oscura que la cubría por completo y la dejó caer al suelo, rindiéndose acto seguido a las bondades del cercano colchón de plumas. Comprobó que era blando sin ser incómodo y que las sábanas eran suaves, por lo que se quitó las botas con esfuerzo y se metió entre aquellas, agradecida por volver a dormir en una cama de verdad. Agotada como estaba, no tardó en quedarse dormida.

***

Amanecía cuando les avisaron de que el barco estaba llegando a puerto. Cora se incorporó en el catre, dolorida a causa del pésimo colchón, y se quedó un segundo contemplando, a través del ojo de buey, cómo el mar se teñía de naranja lentamente a medida que ascendía el sol. El agua le trajo el recuerdo de Marco la última vez que se habían visto; sus ojos apenas habían mostrado emoción cuando trató de hacerle reaccionar con aquel beso de despedida, y Cora se temía lo que eso pudiera significar. Apretó los dientes. ¿Acaso dos años de relación tenían que acabar así? No era justo. Con las lágrimas amenazando con asomar a sus ojos, se levantó de un salto y buscó su capa roja de algodón. No la necesitaba en un clima templado pero, al echársela por encima en aquel instante, se sintió más segura sin saber muy bien por qué.

La cubierta estaba casi vacía puesto que solo unos pocos pasajeros habían permanecido en el barco hasta su llegada a Dhana. Al parecer, de los ferry que daban la vuelta a Avalon, había uno que hacía el circuito por el este y otro por el oeste. Uno pasaba por Alkia, Mannah y Heka y el otro, el que habían tomado ellos, por Ereka, Marenn, Ruben y Tribec. Miró a lo lejos, hacia el interior de la isla, tratando de evitar desviar la vista hacia el oeste, donde sabía que estaba él. Sacudió la cabeza y apretó los labios. No quería pensar en Marco, resultaba demasiado doloroso y además, la ponía furiosa. ¿Qué era lo que no entendía aquel cabeza de chorlito en la frase “no estoy de acuerdo con la institución del matrimonio”? Era muy simple, y no significaba que no lo quisiera. Pero al parecer, ese era su punto de vista. Notó de nuevo cómo las lágrimas le quemaban bajo los párpados, y pestañeó rápidamente para evitar que salieran a flote. Ella era el Fuego, era fuerte, podía soportarlo.

Una presencia a su espalda provocó que se tensara y se volvió, a la defensiva, pero Hal se limitó a apoyarse en la baranda junto a ella con aire relajado. Cora volvió a mirar hacia la isla con el ceño fruncido.

 —Es hermoso, ¿verdad? —comentó el joven.

La joven arqueó una ceja en su dirección.

 —¿A qué te refieres?

Para su gusto, la ciudad de Dhana no correspondía a la definición de “hermosa”. Los edificios, rojizos y arracimados, ascendían y descendían por las irregularidades del terreno; salvo el castillo, que se alzaba junto a la playa rodeado por una semiluna de edificios, un prado yermo y un foso.

Hal meneó la cabeza, divertido.

 —Al Valle, por supuesto —respondió con una sonrisa mientras alzaba un brazo para señalar un punto tierra adentro.

Cora miró en la dirección que él indicaba. Al este de la ciudad se abría una zona de mar que se adentraba en la isla y, justo al final, la entrada al Valle de los Dragones se alzaba en todo su esplendor: dos enormes picachos de roca que se continuaban con dos filas de montañas, las cuales terminaban confluyendo para formar el cráter de un antiguo volcán. Cora creyó distinguir alguna sombra sobrevolando las montañas, incluso apareciendo y desapareciendo entre las nubes que cubrían el cráter. Fascinada, siguió el movimiento de aquellas criaturas hasta que la entrada en el puerto, casi bajo la entrada al Valle, le bloqueó la vista; momento en el que maldijo por lo bajo y se enfurruñó de nuevo. Al menos, aquella visión le permitía distraer sus pensamientos. Pero se sorprendió de la mirada severa que le dirigió Hal.

 —¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? —se defendió la joven, molesta.

Él la miraba con los ojos entrecerrados, intensamente y, por un segundo, Cora se sintió muy incómoda.

 —¡Hola! Te estoy haciendo una pregunta.

 —Lo sé —repuso él con calma, y Cora se quedó mirándole, expectante—. Lo que no sé es cómo explicarte lo que acabo de ver.

La joven palideció.

 —¿Qué… qué has visto? —inquirió, asustada.

Solo le faltaba que alguien a quien no conocía más que de vista la considerase un bicho raro desde el principio de su convivencia. Pero en ese momento el ferry atracó, y Hal la sorteó con elegancia para encaminarse a la pasarela sin otra palabra. Cora tardó una milésima de segundo en reaccionar, sorprendida, pero enseguida echó a correr tras él. Al cruzar la pasarela, ralentizó un poco la marcha, ya que no quería caerse al agua, pero en cuanto pisó tierra firme de nuevo se apresuró otra vez detrás de Hal, que le sacaba una cabeza de altura y tenía una zancada el doble de larga que la suya.

 —¡Eh, oye, espérame! —lo increpó Cora.

Él frenó y se volvió hacia ella. Al verla jadear, soltó una risita burlona.

 —Hay que mejorar tu condición física, está claro —apuntó.

Cora se sintió ofendida por aquella crítica a su anatomía y dolida a la vez; porque, lo quisiera o no, todo en aquel muchacho alto y musculoso le recordaba a Marco. Él pareció leer sus emociones en su rostro, porque se puso serio de inmediato y le tendió una mano.

 —Vamos —le indicó, invitándola amablemente a caminar a su lado. Cora aceptó sin dejar de fruncir el ceño—. Eres bastante susceptible, ¿no?

Cora apretó los puños y clavó la vista al frente.

 —Últimamente, más que de costumbre —repuso con amargura.

Vio por el rabillo del ojo cómo Hal asentía sin mirarla.

 —Creo saber por qué.

Cora emitió un gruñido a modo de única respuesta. Sí, era bastante obvio, ¿no? Y ella solía ser incapaz de disimular, estaba demostrado. Sin otra palabra, continuaron ascendiendo por calles y callejuelas, entre hileras interminables de edificios de ladrillo rojo y tejas coralinas adornados por doquier con buitres tallados en diferentes proyecciones y materiales. Cora miraba a su alrededor sin perder detalle, y Hal pareció percibirlo

 —Bienvenida a Dhana —le susurró.

La joven lo miró de reojo un segundo, pero no contestó. Unos minutos después, ascendieron por una colina que se alzaba tierra adentro y, finalmente, enfilaron una calle empedrada flanqueada por casas casi idénticas: altos muros de ladrillo rojo, tejados de coral y portadas cuadrangulares enmarcando puertas recias de madera granate. Hal se detuvo frente a una de ellas, un pórtico de madera con remaches de hierro y un buitre tallado con las alas extendidas sobre el dintel. Cora observó embobada al animal hasta que el chirrido de la puerta al abrirse la devolvió a la realidad. En el interior del zaguán, pintado enteramente de blanco y tenuemente iluminado por la luz del sol naciente que procedía de un patio abierto un par de metros más allá, vio dos escudos pintados: en el muro de su izquierda, una lanza y una espada cruzadas sobre un escudo redondo, la insignia de los Hijos de Marte; el de la derecha, por otro lado, representaba un arce rojo con un saquillo abierto reposando bajo su sombra, rodeado todo ello por una cinta de color violeta en la que se leía: kait im genire taül. Cora no sabía lo que significaban aquellas palabras, pero Hal debió de sorprender su mirada, porque dijo, detenido a la salida del zaguán:

 —Significa: “No hay pobreza ni riqueza.

Cora se volvió hacia él, interesada.

 —¿Qué es?

Aunque el rostro de él estaba en penumbra, le pareció distinguir el dolor cruzando por sus facciones a la velocidad del rayo.

 —El emblema de mi familia —repuso él con brusquedad, antes de darse la vuelta y salir al patio iluminado.

Cora supo que había acertado en su suposición de que había algún tipo de recuerdo doloroso relacionado con aquel escudo, pero se mordió la lengua prudentemente y se limitó a seguir a su nuevo maestro al interior de la casa. De la entrada pasaron al patio, un recinto con suelo de mosaico y un pequeño estanque central de aguas cristalinas. Nada más entrar al mismo, a la izquierda, se abría una puerta de la que salía un delicioso olor que a Cora le hizo la boca agua; entre el vaivén del barco y el nudo que le atenazaba las entrañas casi desde que habían salido de Burgos, no había probado bocado, y descubrió que estaba famélica. Hal pareció adivinar sus pensamientos, porque la condujo a un comedor que había justo al otro lado del patio. Para sorpresa de Cora, allí les esperaba preparado un humilde desayuno, puesto que los criados ya habían recibido el día anterior el mensaje de que su señor llegaría de madrugada. La doncella de la casa, una joven pálida y rubia con los ojos como dos pedazos de hielo, se acercó a la mesa para depositar dos jarras de porcelana entre ellos, una de leche y otra de café. Hal se lo agradeció con una inclinación silenciosa de cabeza y ella hizo una reverencia antes de salir de nuevo hacia la cocina. Cora observó la escena enarcando una ceja mientras se sentaban en sendos bancos de madera.

 —¿Por qué no ha dicho ni mu?¿Ni siquiera un: “aquí tienen”?

Hal soltó una risita divertida.

 —Hay algunos novicios de esta ciudad que optan por el voto de silencio —explicó con sencillez—. Jaylia es uno de esos casos.

 —¿Cómo se puede ser novicio de un dios de la guerra? —preguntó Cora, intrigada.

El chico se encogió de hombros.

 —Los detalles de ese tipo de vida escapan totalmente a mi conocimiento —admitió—, aunque sé que son buenos luchadores.

Cora hizo un mohín indescifrable.

 —Sí, eso no debe ser nada raro entre los Hijos de Marte, ¿verdad?

Hal se quedó mirándola con curiosidad.

 —¿A ti te gustaría aprender a luchar? —le preguntó de sopetón, al cabo de unos segundos.

Cora alzó la cabeza y dejó la tostada que estaba comiendo de golpe en el plato, sinceramente sorprendida por aquella repentina proposición. Pero al ver que Hal esperaba una respuesta mirándola sin pestañear, trató de disimular su falta de conocimientos al respecto.

 —Bah, Davin ya me enseñó algo en Madrid —se zafó la joven con fingido desdén—. Sé pelear.

Sin embargo, su pantomima no debió de surtir efecto porque Hal se echó a reír con ganas, y Cora sintió cómo enrojecía ligeramente, aunque trató de que no se le notase. Cuando él volvió a mirarla, sus ojos mostraban un brillo irónico que molestó a la joven.

 —Va en serio —protestó ella débilmente.

 —¡Oh! ¿De verdad? —repuso él con media sonrisa burlona que a Cora le provocó una punzada en el alma—. Eso habrá que verlo, ¿no crees?

Cora alzó la cabeza entonces, envalentonada. Nadie la desafiaba así y se iba de rositas, no señor.

 —Cuando quieras —lo retó.

Hal sonrió más ampliamente, aunque esta vez con bastante más malicia.

 —Muy bien —aceptó.

El patio trasero de la casa era más grande que el delantero, por el que habían entrado y, en este caso, el suelo era de mármol rojo y todo el recinto estaba rodeado de columnas del mismo material, entre las cuales se alzaban peanas de madera de caoba con multitud de armas pulcramente ordenadas sobre las mismas. Cora trató de camuflar su sorpresa, pero no pudo hacerlo durante mucho rato, y menos aún cuando vio que Hal tiraba la capa a un lado y se sacaba la túnica por la cabeza, quedándose solo con los pantalones y las botas. Sin quererlo, se quedó embobada mirando su torso perfectamente musculado y sus bíceps, pero él sorprendió enseguida su mirada y Cora notó cómo enrojecía intensamente a la vez que apartaba la vista. Sin embargo, él pareció ignorar su turbación y, en cambio, la señaló.

 —¿Piensas pelear con capa?

Ella no respondió, pero alzó la mirada hacia sus ojos. Eran de un azul oscuro, casi hipnótico, pero tenían ese peculiar brillo sarcástico que hacía que le diese un vuelco el corazón, puesto que conocía muy bien a alguien que también lo tenía. Tratando de sacar aquel recuerdo tan doloroso de su mente y aparentando una serenidad que no sentía, arrojó la capa a un lado, quedándose solo con los shorts, el chaleco de cuero y las botas de cordones que le habían dado en Puerto Calea. Enarboló los puños en una postura defensiva, y vio cómo su contrincante la imitaba. Aunque parecía muy tranquilo y a Cora eso la escamó.

Durante un par de minutos, caminaron en círculos el uno alrededor del otro, midiéndose en silencio con la mirada, hasta que la joven creyó detectar un flanco desprotegido y atacó por allí. No obstante, un instante después estaba en el suelo sin saber cómo y aprisionada por la llave de Hal. Gruñó, molesta; él se retiró rápidamente, casi obedeciendo su muda petición, y volvió a ponerse en pie con agilidad. Ella se incorporó a su vez y lo miró, ceñuda y herida en lo más profundo de su orgullo. Sin embargo, él le devolvió una mueca divertida.

 —¿Eso es todo lo que te ha enseñado Davin? —la retó con voz suave—. Pues vaya…

Cora notó de inmediato cómo la furia inherente a su poder empezaba a fluir por sus venas a toda velocidad, algo que surgía siempre que alguien infravaloraba su capacidad en algo o agredía su ego. Tensó los músculos y mostró los dientes en una mueca agresiva, la cual, al contrario de lo que pretendía, no pareció amedrentar a Hal. La joven se sintió ridiculizada por aquella serenidad que impregnaba todos los movimientos del joven, y con un aullido salvaje se lanzó contra él. Pero todas las veces que lo intentó, él la rechazó con insultante facilidad; hasta que, al décimo asalto, Cora se rindió definitivamente. Sin levantarse del suelo, jadeando, gimió:

 —Está bien, tú ganas.

Pensó que él se iba a burlar de nuevo, como había hecho tras cada derrota; pero, esta vez, la miró con un nuevo sentimiento brillando en el fondo de sus iris azules. Sin mediar palabra, le tendió una mano, que ella tomó, para ayudarla a levantarse, aunque su cuerpo protestó en cuanto se separó cinco centímetros del suelo. Con increíble solicitud, Hal la ayudó a tenerse en pie, y la guió hasta una dependencia que se abría en la pared norte del patio. Era una estancia amplia, con suelo de mosaico y escenas mitológicas del dios Marte pintadas al fresco sobre las paredes. Distribuidas por la sala había toallas y camillas, y a su izquierda se abría una puerta que daba a la zona de las duchas. Cora se sintió de pronto como transportada a la Antigua Roma, pero solo duró hasta que Hal la obligó a sentarse en una camilla y se acercó a abrir un botiquín cercano, del que sacó un trapo y tres botes de cristal rellenos de sendas sustancias de aspecto repugnante. No obstante, en cuanto Hal aplicó uno de ellos sobre el moratón que tenía en el brazo izquierdo, la joven notó un alivio inmediato.

 —¿Qué es eso? —se atrevió a preguntar.

Hal volvió a coger un poco de sustancia con el paño y dejó el bote en una mesa auxiliar.

 —Esto es hígado de salamandra —dijo a la vez que volvía a aplicar el ungüento sobre su brazo y le indicaba que sujetase el trapo firmemente contra la piel, a lo que ella obedeció, tratando de ignorar el leve escozor que le producía mientras hacía efecto. Después, el chico señaló los otros dos frascos—. El de color azulado es flor de loto mezclada con sangre de tritón —Cora hizo un gesto asqueado —y el amarillo es miel de romero mezclada con aceite esencial de algarrobo y flor de jara.

 —¿Y para qué sirven?

Tenía pocos conocimientos de botánica, y menos aún de herpetología, pero no creía que aquellas mezclas tan extrañas pudiesen tener un efecto balsámico. No obstante, se abstuvo de comentar al comprobar la emoción contenida con la que Hal hablaba en aquel momento.

 —Mezcladas en las proporciones y con los conjuros apropiados —explicó —son analgésicos y antiinflamatorios tópicos de efecto más rápido que cualquiera de los fabricados por la medicina humana corriente —abrió el tarro amarillo y tomó un poco de aquella sustancia viscosa con el dedo. Mientras lo extendía sobre un corte que tenía Cora bajo el labio, siguió hablando—. Estos los hace una herborista de Dhana que vive un par de calles más allá.

 —¿Es Hija de Venus? —preguntó Cora con inocencia.

Hal se rio, provocando que su alumna enrojeciera ligeramente.

 —¿No os explicaron nada sobre la educación de los magos en Madrid?

Cora hizo una mueca de desagrado.

 —No. Y tampoco es una época que me guste recordar.

Hal alzó la mirada hacia ella, intrigado; pero, al comprobar su malestar, decidió no hurgar en la herida.

 —Bueno, pues debes saber entonces que, durante nuestra formación, todos los magos y brujas aprendemos los rudimentos básicos de la magia, aunque luego nos especialicemos en las artes de nuestras Casas. Así, cualquier mago o bruja puede saber luchar, proteger su mente y hacer pociones. ¿Lo entiendes?

Pero Cora no lo escuchaba. Se había quedado prendada del movimiento de sus labios carnosos, y sin darse cuenta, aproximó su rostro al de él. Hal se apartó y se incorporó, sin brusquedad pero con rapidez, y sus ojos mostraron una ligera sorpresa.

 —¿Qué haces, Cora?

De pronto, la joven fue consciente de lo que había estado a punto de hacer, y se sintió morir de vergüenza. Pero aquel chico le recordaba tanto a Marco que… Enterró el rostro entre las manos y las lágrimas rodaron por sus mejillas sin que pudiera evitarlo. Se sentía tremendamente culpable, y pensó de inmediato que había decepcionado a aquel joven que la había acogido en su casa sin apenas conocerla y sin hacer preguntas.

Un ligero movimiento de la camilla a su derecha le indicó que Hal se había sentado junto a ella, pero no estaba preparada para ver el rechazo en su mirada.

 —Lo siento —musitó sin alzar la vista.

 —No pasa nada —contestó él suavemente.

Cora alzó la cabeza, sorprendida y confundida a la vez.

 —¿Cómo dices? —inquirió en un tono de voz casi inaudible, segura de que no había oído bien.

Pero Hal mostraba una actitud tranquila; ni enfado, ni repulsa, ni nada de lo que ella hubiese esperado. Solamente, una honda preocupación.

 —Cora, sé por lo que estás pasando. Créeme —le advirtió, conciliador.

Ella bufó con cierto desdén.

 —Lo dudo.

Por el rostro de Hal cruzó una sombra de dolor que Cora, aún ofuscada en su propio problema, no vio.

 —Sí, lo sé —replicó el mago con calma—. El amor a largo plazo es un mundo muy complicado, y lo he vivido en primera persona.

 —Ya había tenido relaciones largas antes de salir con Marco —protestó ella débilmente, mientras se secaba rápidamente las lágrimas con el dorso de la mano.

Hal suspiró, cansado.

 —Pero nunca has tenido ninguna igual —aventuró—. ¿Me equivoco?

Cora se dio por vencida y agachó la cabeza con abatimiento.

 —No, no te equivocas —alzó la vista de nuevo—. ¿A ti te pasó algo parecido con Loreen?

Hal hizo una mueca de dolor que, esta vez, no pasó desapercibida a la joven.

 —Eso no importa ahora —el chico eludió la pregunta, y Cora se preguntó por qué—. ¿Sabes? He notado que algo pasaba desde que has empezado a luchar —le indicó, cambiando de tema.

Su alumna enrojeció hasta la punta de las orejas.

 —Sí, mi formación en lucha era bastante deficiente, ha quedado claro.

Hal soltó una risita que destilaba cierta amargura contenida.

 —Sí, bueno, Davin nunca ha conseguido ganarme en un combate cuerpo a cuerpo. Pero no me refería a eso —ante la mirada interrogante de la chica, añadió—. Estabas desquiciada, Cora.

Ella se quedó estupefacta.

 —¿Desquiciada? ¿Yo?

Hal asintió despacio.

 —Luchabas sin control, sin pensar, solo dejándote llevar por la rabia y el dolor que acumulabas en tu interior. Y esos sentimientos son buenos para la lucha, créeme, pero únicamente si sabes cómo canalizarlos. Si no, pueden ser tu peor enemigo, ya lo has visto.

Cora se quedó pensativa, meditando sobre lo que el joven acababa de decirle. Quizá tenía razón, el dolor por sentirse incomprendida, la rabia de pensar que la estaban humillando, la necesidad de hacer daño, de vencer, de hundir a alguien para sentirse mejor consigo misma… Enterró la cara entre las manos, desolada. ¿En qué clase de persona se estaba convirtiendo por ser el Fuego? ¿O ya era así antes? No tenía respuesta para aquella pregunta.

La mano de Hal se apoyó entonces sobre su hombro, conciliadora, y Cora se obligó a alzar la vista hacia él. El chico la miró un segundo, al parecer, intentando adivinar lo que pasaba por su mente; pero después suspiró, vencido, y se levantó de un salto de la camilla.

 —Vamos —la invitó—, tenemos mucho de qué hablar.

Cora tragó saliva.

 —No quiero ser una mala persona, Hal —le confesó con voz entrecortada y mirándole con ojos suplicantes, como un animal acorralado que teme a la muerte—. Dime que podrás ayudarme con eso.

Para su alivio, el chico sonrió con amabilidad.

 —Por supuesto. Haré lo que esté en mi mano, siempre. No lo olvides.

Cora asintió, sin procesar del todo el significado de las últimas dos frases pero fijándose por primera vez en la sonrisa de Hal: franca, agradable, incluso cariñosa. Le tenía estima, era indudable. Animada por ese pensamiento, se levantó de la camilla y lo siguió al exterior.

El sol ya estaba alto y empezaba a hacer calor, por lo que Hal la condujo hacia una sala de estar situada en el mismo lado de la casa que el gimnasio. Una vez allí, le indicó que se sentara en un diván, y él hizo lo propio en otro cercano. Cora no pudo resistirse a subir las piernas encima y recostarse cómodamente. Hal, por su parte, se sentó con las piernas cruzadas y la miró largamente antes de decir:

 —Bueno, ¿tienes algo que contarme?

Cora asintió, exhalando todo el aire de sus pulmones, cerrando los ojos e intentando poner en orden sus ideas. Aquello podía ser como un gabinete psicológico, y la verdad, pensó, a la larga podía ser beneficioso hablar con alguien de todo lo que la carcomía por dentro. Así pues, cuando creyó que tenía claro cómo quería exponer sus sentimientos, comenzó a hablar. Y no le sorprendió en absoluto que Marco monopolizase el noventa por ciento de la conversación.

Horizonte

Cuando Sandra se despertó, lo primero que pensó fue que todo había sido una pesadilla. Sentía una cálida presencia a su lado y estaba tumbada en un confortable colchón de plumas, cubierta por una colcha de un material suave y satinado. Pero la desazón se apoderó de ella en cuanto abrió los ojos.

La habitación en la que se encontraba no se parecía a ninguna en la que hubiese dormido anteriormente, y mucho menos a la que compartía con Ray a diario en Madrid. Pensar en su marido le provocó un escalofrío, recordando que él no estaba con ella en aquella ciudad. Por lo tanto, ¿qué o quién estaba tumbado a sus espaldas? Con cuidado, se volvió en esa dirección, pero en cuanto se movió un milímetro una sombra de color negro se agitó y ella retrocedió con un chillido. El pequeño simio chilló a su vez y salió disparado hacia la ventana, donde se parapetó tras el alféizar, observándola con un par de ojos negros, pequeños e insondables. Cuando se recuperó del susto, la chica hizo un gesto brusco en dirección al animal para espantarlo, y el monito soltó un gritito asustado antes de saltar rápidamente hacia el tejado y desaparecer de la vista. Sandra respiró hondo, tratando de recuperar el resuello. Había visto las estatuas que adornaban los edificios y las plazas de Tribec, así como los primates que poblaban los árboles que flanqueaban las avenidas de la ciudad, cuando las habían atravesado la noche anterior, pero lo que no esperaba era tener un mono dentro de su propia habitación.

Cuando consiguió serenarse por fin, volvió a mirar a su alrededor. Al contrario de lo que había pensado, la cama era individual y el colchón se asentaba sobre una estructura de madera clara, barnizada y ricamente tallada. Estaba situada junto a la pared derecha del cuarto, bajo la ventana. Frente a ella, un sobrio armario de haya ocupaba otra esquina, y a su derecha vio un escritorio tallado con una silla frente a él, de asiento y respaldo acolchados en terciopelo, a juego con el mismo y ambos fabricados con la misma madera barnizada que el resto de los muebles.

Lentamente, se destapó y bajó los pies descalzos al suelo. Descubrió entonces que la madera pulida del suelo estaba cubierta por una discreta alfombra de color oscuro de algo que parecía pelo de animal. Sandra reprimió un escalofrío al principio, pero después lo pensó fríamente y decidió que, en el fondo, la peletería nunca le había disgustado. Así pues, caminó despacio hacia el armario y lo abrió. En cuanto vio el contenido, recordó una de sus primeras lecciones en el mundo de la magia, mal que le pesara. Los armarios de aquel universo, a no ser que estuvieran preparados para ello, siempre estaban programados para mostrar ropa de bruja, no terrenal. Si se quería una ropa concreta, había que pensarlo antes de abrir. Pero en aquel caso, reflexionó Sandra, probablemente no tenía más remedio que tragarse su orgullo. Otra vez. Hacía dos años que se había vestido por última vez como una bruja de verdad, cuando abandonó Avalon. Cuando se confirmó que estaba embarazada. Se estremeció sin quererlo al recordar lo que había sucedido aquella vez, y de inmediato pensó en su hija, sintiendo cómo las lágrimas afloraban a sus ojos. Se fiaba sin reservas de los Hijos de Madrid, sabía que serían discretos y que incluso protegerían a Ruth con su vida si fuese necesario, pero aun así… Sacudió la cabeza para ahuyentar aquellos pensamientos y se consoló pensando que aquel viaje solo era temporal mientras se esclarecía todo. Cogió unos shorts y una blusa de manga corta abullonada, un cinturón y unos botines sin excesivo tacón. Antes de cerrar la puerta, no obstante, se quedó un segundo contemplando la ropa. Todo estaba tejido o teñido en diferentes tonos de amarillo, y Sandra rezó porque la ropa no fuese de Andie, ya que al menos tenían dos tallas de diferencia. Pero, para su sorpresa, y aunque debió habérselo imaginado, las prendas le sentaban como un guante y además resaltaban el rubio trigueño de su larga melena, que dejó suelta sobre su espalda. En ese momento se dio cuenta: ¿Y el servicio? ¿Dónde estaba? ¡Alguien como ella no podía vivir sin arreglarse! Para su alivio, en cuanto lo pensó, una puerta se materializó entre el armario y la cama. Sandra soltó una risita: así que aquella casa funcionaba con pensamientos, ¿eh? Sin dejar de sonreír con ironía, se metió en el baño, donde encontró enseguida todo lo que necesitaba para estar presentable, y cuando por fin se dio el visto bueno frente al espejo, se dio la vuelta, salió del baño, cuya luz se apagó al instante, y traspuso el umbral de su habitación.

A pesar de que había subido las escaleras el día anterior y ya había visto el pasillo y el recibidor sobre el que pendía, Sandra no pudo dejar de maravillarse al contemplar las paredes de madera, las tallas que adornaban el techo en algunas zonas y las falsas enredaderas pintadas que adornaban las barandillas. Bajó los escalones despacio, tratando de no hacer ruido, más por costumbre que por otra cosa, ya que intuía que no habría nadie dormido a esa hora tan tardía. En efecto, su teoría se confirmó en cuanto Anya apareció por una puerta lateral y se acercó a ella sonriendo.

 —¡Hola, Sandra! Qué bueno que ya te hayas despertado. Te esperaba para desayunar.

La joven del Aire no pudo evitar sonreír al ver la espontaneidad de aquella muchacha. Hasta donde sabía, era la más joven de los miembros del Consejo de Salem, y apenas había salido elegida cuando tuvieron que enfrentarse a Gregor. Pero también debía admitir, observándola más detenidamente, que había madurado. Ahora Anya era una joven delgada y elegante de veintiún años, que aquel día vestía una túnica de color marrón con los hombros descubiertos y filigranas de hilo verde lima recorriendo algunas regiones destacadas de la misma, como la cintura, el escote o el borde superior. Las dos habían llegado enfundadas en capas oscuras, ocultando la anodina ropa que llevaban durante el viaje. Pero, llegadas a aquel punto, ya no era necesario disimular.

Así pues, Sandra respondió cortésmente y Anya la tomó del brazo para conducirla a la cocina, un espacio diferente del resto de la casa. Allí, las superficies de mármol contrastaban con los marcos de las ventanas y los muebles, tallados en algún tipo de madera tosca. Pero Sandra apenas prestó atención a lo que la rodeaba, puesto que su mirada se dirigió de inmediato a la mesa que ocupaba el centro de la estancia. Una tetera humeaba en el centro de la misma, y había dos tazas de loza dispuestas frente a dos de las sillas. Al lado de cada una habían colocado pulcramente dos cucharas, una grande y una pequeña, y entre las mismas, un azucarero de aspecto artesanal con su propia cucharita. Por último, rodeando la tetera, habían dispuesto tres bandejas repletas de comida —una con galletas, otra con magdalenas y la tercera ocupada por un bizcocho enorme—, y un cuenco de cereales dorados y de aspecto crujiente. Sandra se quedó tan impresionada que por un segundo no pudo articular palabra, pero en cuanto Anya apareció de nuevo en su campo de visión, procedente de la despensa, se vio por fin capaz de hablar.

 —¿Esto… lo has preparado tú?

La Hija de Mercurio dudó un momento, ruborizándose acto seguido.

—Solo en parte —admitió—. El resto lo ha colocado Lora, creo. La criada que tenemos asignada —aclaró al leer, probablemente sin pretenderlo, los pensamientos de Sandra.

Esta torció el gesto al intuir, más que saber, lo que había sucedido. Anya, por su parte, adivinó su malestar sin esfuerzo, y se puso rígida de inmediato mientras un rubor aún más intenso ocupaba sus mejillas.

 —Uy, perdona…

Sandra no pudo evitar sonreír ante aquella disculpa tan cándida. La otra joven pareció relajarse ante su reacción, y se acercó a ella de nuevo para conducirla hasta uno de los puestos preparados. Le apartó la silla para que se sentara, y estaba a punto de coger la tetera y servirle cuando Sandra alzó una mano y le tocó el antebrazo con suavidad.

 —Oye, Anya, te agradezco todo esto, pero no hace falta que me sirvas tú —y antes de que la sorprendida brujita pudiera contestar, Sandra tomó la tetera con sus manos y se sirvió. El café borboteó al deslizarse sobre el fondo de la taza—. Venga, siéntate —la invitó a su anfitriona.

La muchacha pareció quedarse un segundo sin saber qué hacer, pero al cabo de unos segundos obedeció, sin dejar de mirarla.

 —Perdona, es que…

Se calló al instante, probablemente sin saber muy bien cómo expresar lo que sentía, pero Sandra creía recordar algo que le había mencionado Cora al respecto.

 —Creo que puedo entender lo que puede suponer convivir conmigo, por lo que soy, pero tranquila —la sonrió amablemente—. No soy ninguna fuerza sobrenatural —alzó una mano al ver que Anya iba a rebatir aquello, y con razón, pero necesitaba tranquilizarla—. Solo soy una bruja más, ¿de acuerdo? De hecho, si me he puesto la ropa de Andie intuyo que es porque tengo que pasar desapercibida, ¿no?

Anya se ruborizó todavía más, confirmando aquella especulación, y desvió la vista. Sandra la miró mejor, y vio lo chiquilla que aún era. Pensó de nuevo en su hija y sintió un nudo en la garganta. ¿Algún día podrían vivir en paz? Bajó la vista al regazo y se quedó mirando sus manos cruzadas, atormentada por aquella pregunta sin respuesta. Su anfitriona pareció adivinar lo que pasaba por su mente; aunque, debido a la conversación anterior, Sandra estaba segura de que no se la había leído. La bruja alargó una mano hacia ella y le apretó el brazo cariñosamente.

 —Creo que yo también puedo entender lo que esto supone para ti. Pero estoy segura de que Ray y Ruth estarán bien. Ya lo verás.

Sandra se encogió en el asiento.

 —Creía que con la muerte de Gregor nuestros problemas se acabarían —alzó la vista hacia su interlocutora—. Que podríamos vivir en paz

Anya hizo una mueca de resignación, y Sandra creyó advertir un brillo extraño en su mirada, pero se desvaneció tan rápido como había llegado.

 —Estoy segura de que lo resolveremos —apostilló la bruja—. Y créeme cuando te digo que esta es una buena oportunidad para vosotros cuatro.

Sandra no pudo disimular una mueca de disgusto.

 —Creía que podíamos apañárnoslas solos —replicó en voz baja.

Anya suspiró y puso los ojos en blanco, como si algo elemental se le estuviese pasando por alto. Y en cuanto volvió a hablar, la otra joven supo lo que era.

 —Sandra, los magos nunca dejamos de aprender, ni los mejores ni los más mediocres. La clave de la magia está en mejorar día a día.

La joven recordó esas mismas palabras dichas por Ray en algún momento del pasado.

 —Sí, lo sé. Pero aún no sé cómo adaptarme a este tipo de vida. Sigo siendo una humana.

Supo que se había equivocado en cuanto vio mudar el semblante de Anya. La expresión severa que apareció en su rostro le erizó el vello de la nuca.

 —Yo también soy una humana, Sandra —repuso en un susurro—. Y me gustaría seguir siéndolo durante mucho tiempo, porque supondría que sigo viva y cuerda. Eso es algo que quiero que se te grabe a fuego en la mente sobre todos nosotros.

Sandra intentó no hundirse ante el reproche, pero agachó la cabeza, sumisa, por la fuerza que impregnaba aquellas tres frases. Anya no cambió de posición ni torció un ápice su expresión mientras ella intentaba poner en orden sus ideas. Al final, la invitada levantó la cabeza y se atrevió a mirarla de nuevo a los ojos.

 —Está bien —aceptó—. Nunca se me olvidará, te lo prometo

Para su alivio, el rostro de Anya se suavizó, a la vez que asentía conforme. Terminaron de desayunar sin cruzar otra palabra, aunque Sandra solo mordisqueó una galleta, aterrada ante las posibles cifras de glucosa y ácidos grasos que podían presentar el resto de manjares disponibles. Acto seguido, recogieron sus tazas y se encaminaron hacia el ala este de la casa, dejando el resto del desayuno en la mesa para que Lora lo recogiese. Anya la condujo en silencio hasta un pequeño despacho que había al fondo del pasillo. La pared derecha estaba forrada de libros, mientras que la izquierda la ocupaba un sofá de cuero negro rodeado de varios puffs de diversos colores. Al fondo a la izquierda, contra la pared, había un escritorio similar al que Sandra tenía en su dormitorio. Anya cerró tras de sí y se acercó a entornar la ventana, que estaba abierta de par en par. Acto seguido, se sentó en uno de los grandes cojines con las piernas cruzadas en el regazo y le indicó a Sandra que hiciera lo mismo. La joven obedeció, acomodándose sobre uno marrón.

Anya la observó con atención durante todo el proceso, con tanta intensidad que Sandra llegó a sentirse incómoda, pero cuando por fin sus miradas se enfrentaron, sus ojos oscuros no mostraban ninguna emoción, así como su rostro. La joven se echó la melena rubia hacia atrás con nerviosismo y trató de sostenerle la mirada a Anya, pero no lo consiguió más que unos segundos antes de que la invadiera una risita nerviosa que la obligó a apartar la vista. La otra, mientras tanto, no se había movido. Sandra trató de volver a concentrarse pero, en ese momento, la bruja estiró la espalda y resopló. Su interlocutora la miró con curiosidad, pero antes de que pudiera decir nada, la primera comentó:

 —¿Sabes? Yo no hubiera elegido Riviera Maya como destino de vacaciones.

Sandra pegó un respingo, igual que si le hubieran puesto un hierro al rojo sobre la piel. Su rostro se tornó pétreo al instante.

 —Creía que habíamos acordado que no me leerías la mente —acto seguido entrecerró los ojos, molesta por un detalle—. ¿Cómo es que ni lo he notado? ¿Qué has hecho?

Anya suspiró y relajó su postura sin dejar de mirarla.

 —Andie me dijo que eras capaz de crear barreras mentales, porque lo hiciste una vez sin darte cuenta hace un par de años, cuando ella estaba enseñándote a hacer algo y necesitó entrar en tu mente.

 —La mente es privada —repuso Sandra, molesta.

La bruja, por su parte, soltó una risita sarcástica.

 —No en mi mundo. Es decir, sí, claro, es algo de cada uno, pero el individuo en cuestión tiene que protegerla. ¿Me sigues?

Sandra se mantuvo tensa como un palo.

 —Creo que sí —repuso con cierta frialdad.

Anya no pareció notar su enfado. O, al menos, no lo demostró.

 —Quiero enseñarte a proteger tu mente, Sandra. Para alguien de Aire debería ser muy sencillo, y está comprobado que puedes hacerlo inconscientemente. La cuestión es que te sería mucho más útil hacerlo de manera consciente. ¿Recuerdas a Akhen?

Sandra esbozó una sonrisa sin quererlo.

 —Sí, claro.

 —Bueno, pues él tenía su mente tan protegida que ni Andie ni yo ejerciendo presión juntas conseguimos sonsacarle información cuando lo intentamos en Madrid después de lo del coliseo —Sandra se estremeció cuando una imagen de aquel episodio volvió a su memoria, pero Anya continuó hablando, adivinando lo que pensaba—. Nida entró en tu mente a través del contacto con tu piel, Sandra. Supo enseguida todo lo que le estabas intentando ocultar, y por eso Gregor también supo enseguida dónde estaba la Escuela de Madrid…

 —¡Para!

Una onda de energía pareció empujar a Anya hacia atrás cuando Sandra gritó, pero sus rápidos reflejos la impidieron caer al suelo y sujetarse a tiempo a su asiento. La otra joven palideció.

 —Anya, perdona, lo siento… ¿Qué…?

La bruja alzó una mano para interrumpirla mientras se recolocaba en su sitio, sin poder disimular su sorpresa.

 —Has levantado una barrera en tu mente mientras yo intentaba minarla, y a la vez me has empujado con tu energía al gritar —forzó una sonrisa rápida—. No ha sido nada, de verdad. Sabía que algo así podía pasar. Al fin y al cabo, vuestras emociones todavía influyen mucho en cómo canalizáis vuestros poderes.

Sandra se tapó la boca horrorizada, pero antes de que pudiera disculparse de nuevo, Anya le hizo un gesto para disuadirla.

 —No hay tiempo para disculpas. La cuestión es: ¿estás dispuesta a que te enseñe a explorar tu poder de una forma diferente?

Su potencial alumna se quedó un segundo en silencio, meditando, y una pregunta la asaltó de repente.

 —Anya, ¿tú eres Virgo, verdad?

La bruja frunció el ceño, al parecer sorprendida por la pregunta.

 —Sí, ¿por qué?

Sandra se armó de valor.

 —¿Y por qué me enseñas a mí si eres de Tierra? —soltó casi de corrido, a la vez que el rubor subía a sus mejillas.

Obviamente, la joven esperaba casi que Anya se enfureciera y la insultara; pero, para su sorpresa, esta se carcajeó con ganas. Sandra la miró con una ceja arqueada, interrogante. Pero cuando la bruja centró de nuevo su atención en ella, lo hizo con una mueca burlona iluminando su rostro redondo y afable.

 —Tú disciernes lo que es verdad de lo que no, ¿cierto? —Sandra asintió, y Anya sonrió más ampliamente—. Pues ese poder es de Capricornio, así que…

Dejó la frase en el aire, pero la otra lo entendió a la perfección mientras notaba cómo sus mejillas se encendían aún más. El significado estaba claro: la Tierra y el Aire compartían Casas, así que, ¿por qué no iban a compartir poderes?

Así que se dispuso a escuchar con paciencia la lección, y la mañana se le pasó en un suspiro mientras intentaba una y otra vez, con más o menos éxito, camuflar sus pensamientos para que Anya no los detectara, aunque parecía conocer lo que iba a hacer antes que ella. Después de las diversas explicaciones y técnicas, Sandra empezó a pensar que quizá debiera intentarlo todo a la vez, pero cuando trató de llevarlo a la práctica, Anya la derrotó casi con mayor facilidad si cabe. Sandra notaba mil sensaciones a la vez mientras la bruja se adentraba en los distintos recodos de su mente, hasta que al final, cuando parecía que la cabeza le iba a estallar, le pidió que parasen. Anya obedeció en el acto y se retiró discretamente. Cuando lo hizo, Sandra sintió un profundo y súbito alivio.

 —Gracias —jadeó cuando consiguió recuperar la respiración.

 —De nada —respondió Anya, aunque fruncía ligeramente el ceño, meditabunda—. ¿Sabes? No es tan terrible como crees.

Sandra soltó una risita sarcástica.

 —¿A qué te refieres? ¿A que conoces todos mis secretos o a que siento todo el cuerpo como si fuese de gelatina?

Anya meneó la cabeza frunciendo los labios.

 —No. Me refiero a que esa reacción física que estás experimentando significa que tu cuerpo se resiste a mí. Y no suele ser una reacción inconsciente.

Sandra soltó un bufido agotado.

 —Será mi espíritu…, porque lo que es yo… —alzó las manos con impotencia—, no hay manera

Anya sonrió con amabilidad.

 —Créeme —tomó una mano de su alumna entre las suyas y la miró a los ojos para tratar de reconfortarla—. El hecho de que haya algo que se resista con fuerza dentro de ti, es el primer paso. Venga —le hizo una seña para que se levantase —creo que es hora de hacer una pausa para comer. ¿Te parece? —preguntó guiñando un ojo.

Sandra no pudo menos que sonreír, y se sorprendió de la intensa reacción de su estómago ante aquella sugerencia. Aferró mejor la mano de Anya, que la ayudó a levantarse, y salieron juntas del salón. Frente a ellas estaba la puerta del comedor, del que salía el inconfundible aroma del arroz guisado con marisco y verduras. Olvidando la tensión pasada, Sandra echó a correr hacia allí y Anya la siguió, riendo encantada. Mientras comían, la joven del Aire pensó que tenía suerte de convivir con una muchacha como aquella. Era tan niña aún que le provocaba inconscientemente una necesidad imperiosa de protegerla, y no al revés. Y aquel sentimiento siempre le hacía sentirse mejor consigo misma, y menos culpable por el hecho de resultar una carga para alguien. Qué le iba a hacer, sabía que no era algo racional. Pero era así.

***

El rumor lejano del puerto y la luz del sol, que entraba a través de la celosía creando un caprichoso dibujo en el suelo, sacó a Marco de un sueño turbulento y poco reparador. Desde que habían salido de Burgos, todo se le antojaba irreal, como una pesadilla en la que la vida se transformaba para reírse de él. Bueno, en realidad, todo aquello había empezado antes. Pero era algo en lo que no quería pensar, porque cada vez que lo hacía era como si un cuchillo le desgarrase el alma, y lo único que era capaz de pensar era que quería quedarse acurrucado en un rincón y dormir para siempre, hasta que el mundo se acabase. Pero, pensándolo en frío, no era una reacción nada sensata. Ya no tenía quince años.

Intentando alejar los malos pensamientos, se bajó de la cama y miró a su alrededor. La noche anterior apenas había podido apreciar los detalles de su nuevo alojamiento, puesto que había caído rendido en la cama nada más cerrarse la puerta detrás de él. Pero ahora que se fijaba mejor, no pudo reprimir una exclamación de asombro. Su dormitorio tenía las paredes lisas de color ocre, sin adornos, pero el techo estaba esculpido con motivos vegetales decorados con filigranas de plata. Una pila de cojines se alzaba a los pies de la cama, a la que cubría una colcha de tonos alegres y cuyo cabecero representaba una celosía con inscripciones en su borde que Marco no supo descifrar. El suelo era de mármol, cubierto por una alfombra de estilo persa, y en una esquina se alzaba una lámpara de pie tan alta como él. En la parte superior, tenía una campana que albergaba un pequeño pebetero. Marco tuvo el repentino presentimiento al verla de que en aquel lugar la electricidad iba a estar limitada. En efecto, cuando traspasó la puerta del baño, en forma de arco y cerrada por una fina cortina de lino, una serie de lámparas de aceite se encendieron al unísono. Marco miró un segundo a sus pies, por si había activado algún mecanismo oculto, pero al cabo de unos segundos de exploración llegó a la conclusión “más simple”: aquellas lámparas reaccionaban a la presencia humana. Su teoría se confirmó en cuanto volvió a poner los pies en el dormitorio: las cuatro lámparas se apagaron a la vez con un chasquido. Marco no pudo evitar una risa incrédula y sacudió la cabeza. Qué mundo aquel…

Comprobó que había dormido con la ropa del día anterior, por lo que decidió darse una ducha —el Agua respondió a sus deseos sin ningún problema—, y después salió y se acercó al armario para buscar algo cómodo que ponerse. No se sorprendió cuando el tipo de ropa que buscaba se materializó nada más abrir la puerta de madera blanca, hacía dos años que conocía aquel truco. Mientras las imágenes de sus primeros intentos con el armario de la Escuela de Madrid volvían a su memoria, se puso ropa interior limpia, unos pantalones blancos de algodón y una camisa sin mangas a juego. De calzado, le pareció que las botas con las que había llegado eran adecuadas. Se miró un segundo en el espejo del baño antes de salir, y se echó a reír sin querer: parecía la versión rubia del siglo XXI de Aladino. Pero intuía, por la decoración de su cuarto, y todavía más cuando salió de la habitación a la galería superior de la casa y vio la arquitectura general, que así vestido pasaría totalmente desapercibido en Ruben.

Cuando bajó las escaleras y salió al patio, encontró a Loreen leyendo sentada con aire indolente en una silla de forja, frente a una pequeña mesa en la que se amontonaban algunos elementos que Marco reconoció como un desayuno típicamente español. Sonriendo para sí, se acercó a la mesa.

 —No sabía que te gustaran el tomate y el aceite de oliva —comentó mientras se acercaba.

Lo había hecho para romper el hielo, y temió que Loreen, en su hosquedad habitual, le ladrara en respuesta. Pero ella se limitó a responder sin levantar la cabeza del libro.

 —Yo también te deseo buenos días —replicó en un tono carente de emoción.

Marco la miró de reojo, pero al comprobar que no iba a obtener mayor reacción por el momento, se sentó frente a ella.

 —Buenos días, entonces.

Ahí sí que la bruja alzó la cabeza, y sus ojos color miel, ligeramente almendrados, lo miraron fijamente desde un rostro inexpresivo. Marco pensó que iba a decirle algo, pero ella volvió a bajar la vista acto seguido. En ese momento, una criada joven y de tez aceitunada se acercó para llevarle una taza de algo que Marco intuyó que sería té. Hizo un mohín. Él prefería el café.

 —En respuesta a tu pregunta —dijo entonces Loreen, provocando que saltara en la silla de la sorpresa—, esto es lo que se desayuna en esta ciudad —alzó la vista y le dedicó una sonrisa de “es lo que hay” que a Marco no le gustó demasiado—. Así que si no te gusta, ya sabes…

Hizo un gesto elocuente con la mano y Marco se sintió repentinamente irritado.

 —¿Puedo preguntarte algo, Loreen? —inquirió, tratando de no dejar translucir su enfado.

Ella lo miró expectante, sin una palabra. Marco respiró hondo.

 —¿Por qué has aceptado el hecho de que yo esté aquí? No nos conocemos de nada —añadió adrede justo en el momento en que ella abría la boca para replicar, porque tenía algo más que decir—, es evidente que no te gusta estar con gente, sea de tu edad o no, y mi presencia te es non grata. Así que, si es lo que quieres, me iré. Estoy seguro de que Diana, o incluso Kate, que tampoco me conoce más que de vista, estarán más que encantadas de acogerme para evitar que me vuelvan a dar una paliza. Y no digamos Aldara…

 —Lo primero de todo, baja la voz —lo cortó ella en un susurro.

Marco se calló de inmediato, consciente de repente de que estaba gritando y además, sorprendido por la reacción de Loreen. Cuando la bruja comprobó que el joven no pensaba seguir hablando, aprovechó para tomar la palabra, recostándose en la silla y mirándole fijamente.

 —Primero de todo, debo decir que sí, es cierto, tu presencia no me es grata por una serie de motivos que ahora no expondré y que muy poca gente conoce. Segundo, no, no quiero que te vayas porque, ante todo, soy una Hija de la Luna responsable y si tengo que hacerlo, cumplo con mi deber, me guste o no.

 —¿Qué deber?

Loreen pareció sorprendida de que la interrumpieran, porque sus ojos se abrieron un poco más de lo normal, pero aparte de eso no mudó el semblante ni un ápice.

 —La de protegeros. Tercero…

 —No necesito ninguna protección, gracias —la interrumpió Marco con cierta brusquedad—. Creo que puedo apañármelas solo.

La bruja se calló, pero le dirigió una sonrisa condescendiente que el joven odió de inmediato.

 —Sí, eso quedó claro en Burgos —comentó con sorna mal disimulada. Marco enrojeció al recordar el incidente y bajó la cabeza, avergonzado—. Ahora —continuó Loreen—, ¿vas a dejar que termine de responder a tu encendida protesta, o no quieres oír lo que tengo que decir?

Marco alzó la mirada, sorprendido. Aquella frase no se la esperaba de alguien como Loreen, o al menos de la persona que creía que era. Mirándola de soslayo con cierta desconfianza, mezclada con el hecho de que aún no se le había pasado el enfado, asintió. Ella tomó aire.

 —Tercero —repitió—, ni Diana ni Kate tienen una casa segura o permanente en la que poder protegerte de los que te persiguen, que, esta vez, ninguno de nosotros sabe quiénes son. Y cuarto —en ese momento su expresión se endureció y hasta su cuerpo pareció tensarse cuando se inclinó hacia delante para acercar su rostro al de Marco—, nunca vuelvas a mencionar el nombre de Aldara en mi presencia —rechinó en voz muy baja—. ¿Ha quedado claro?

El chico se quedó de piedra, pero tuvo el sentido común de asentir, y ni se le pasó por la cabeza preguntar qué habría sucedido entre Aldara y aquella joven tan arisca. Probablemente, nada bueno. Y prefería no prejuzgar a Loreen. Esta pareció, no obstante, conforme con su reacción, porque se relajó de inmediato y se recostó de nuevo sobre la silla, sin dejar de mirarlo fijamente. Marco intentó seguir desayunando, pero la conversación le había revuelto ligeramente el estómago, por lo que dejó la tostada en el plato y se echó hacia atrás en la silla, sin mirar a Loreen. Por el contrario, clavó la vista en la fuente central del patio y permaneció así, sumido en sus pensamientos, durante un buen rato, hasta que Loreen suspiró profundamente y apartó la mirada, como si de repente estuviera muy cansada. Marco la miró de reojo. Ahora ella también miraba hacia el centro del patio, meditabunda. Una idea asaltó entonces al joven; y, cuantas más vueltas le daba, más convencido estaba de que podía salir bien.

 —Oye, Loreen…

La joven volvió la cabeza de inmediato hacia él. Marco tragó saliva. Odiaba tener que dar el primer paso con la gente complicada. Especialmente, si se trataba de miembros del sexo opuesto.

 —Escucha, sé que esto te hace tan poca gracia como a mí. De hecho, yo ahora mismo tendría que estar preparando un concierto y disfrutando de una vida terrenal normal y corriente junto a Cora —algo invisible se clavó dolorosamente en su estómago cuando la mencionó, pero procuró ignorarlo—, Ray, Sandra y Ruth; que, aunque no es de mi sangre, es como si lo fuera por el tipo de relación que tengo con su madre, que para mí es como una hermana. Pero si hemos tenido que abandonar ambos, tú y yo, la seguridad de nuestros hogares terrenales y a nuestras parejas para ocultarnos aquí, lo mejor que podemos hacer, creo yo, es sacarle partido —tomó aire, notando de repente que había soltado el discurso de corrido y le faltaba el resuello—. ¿No te parece? —preguntó al final, en un susurro.

Inicialmente, Marco pensó que Loreen lo abofetearía, le gritaría o lo echaría de su casa por andar dándole lecciones de vida, ya que aquella era la segunda vez en menos de diez minutos. Sin embargo, la bruja lo miraba fijamente, sin moverse, con el mentón apoyado en el dorso de la mano derecha, los ojos levemente entrecerrados y un brillo de curiosidad rielando en sus ojos marrones. Al final, la joven suspiró y sacudió la cabeza, esbozando media sonrisa enigmática.

 —¿Sabes? Me resulta curioso que ambos seamos de Agua y estemos unidos a alguien de Fuego —comentó saliéndose totalmente de la conversación, como si no hubiera escuchado lo que Marco le había dicho. Alzó la vista de nuevo hacia él—. Ya tenemos algo en común

Marco entrecerró los ojos, ligeramente irritado.

 —¿Qué tiene que ver eso con lo que yo te he dicho? —preguntó con cierta brusquedad.

Pero Loreen no pareció apreciar su enfado, sino que mostró media sonrisa que a su invitado le pareció algo nostálgica.

 —No soy una persona sociable, ¿sabes? —Parecía que más que hablando con él, la bruja pensaba en voz alta, pero el chico la dejó hacer—. Hace muchos años que me convertí por dentro en piedra, y muy poca gente ha sido capaz de atravesar ese muro, por no decir que han sido solo tres las personas que lo han conseguido. Tú y yo no nos conocemos apenas, tienes razón, y además nos vemos obligados ambos a convivir cuando no lo hemos pedido. Pero quiero que entiendas que a mí me cuesta mucho abrirme a los desconocidos, y el hecho de vivir bajo el mismo techo…, y aún más el hecho de que seas el Agua, el poder supremo de mi Casa, pues…, qué quieres que te diga…

Sacudió la cabeza con cierta confusión pintada en el rostro, y Marco aprovechó para intervenir, alzando las manos en actitud conciliadora.

 —Loreen, no quiero que me trates como alguien superior, eso no puedo pedírtelo ni se lo pediré nunca a nadie. Y si no quieres abrirte a mí, lo entiendo. No me conoces de nada. Pero, si Deborah, u Óscar, o quien sea, me ha asignado a ti, será porque creen que puedes enseñarme algo. Admítelo —añadió al ver el gesto perplejo de la joven—, los cuatro Elementos estamos poco menos que en mantillas en muchas cosas. Y si existen los Hijos de la Luna y se rigen por el Agua, dudo mucho que lo único que pueda hacer con mi poder sea mover olas de un lado para otro como si fuesen un rebaño de ovejas.

Para su sorpresa, la bruja soltó una risotada que apenas duró unos segundos antes de que se tapara la boca con cierto reparo y su semblante recuperase parte de su fiereza habitual. Después, se quedó mirándole de reojo, y él se encogió de hombros en su dirección.

 —¿Qué opinas? —preguntó, a la vez que mostraba su sonrisa más encantadora.

Ella entrecerró los ojos, sopesándolo, pero al final asintió y le tendió una mano que él estrechó.

 —Está bien —aceptó ella—, creo que tienes razón. Pero debes saber que no soy fácil.

Marco sonrió con tristeza.

 —He convivido con Cora. Me manejo bien con las mujeres difíciles.

Loreen lo miró súbitamente seria.

 —Marco —titubeó un segundo antes de continuar—. ¿Qué ha pasado entre Cora y tú?

El chico apretó los dientes con fuerza y desvió la vista, incómodo, mientras notaba cómo una lágrima indiscreta amenazaba con desbordarse mejilla abajo. Pensar en lo que había pasado con Cora le provocaba tal dolor que se veía incapaz de hablar de ello pero, Loreen, por primera vez en todo ese rato, parecía realmente preocupada por él, y en el poco tiempo que les había visto juntos días atrás, no le habría resultado muy difícil saber lo que sucedía entre ellos. No obstante, Marco decidió eludir la pregunta.

 —¿Por qué te interesa saberlo? —preguntó, sin poder evitar que su voz sonara algo enronquecida.

La bruja, por su parte, se encogió de hombros con aparente indiferencia.

 —Creo que puede ser bueno que hablemos de esto antes de que empiece a enseñarte nada —respondió.

Marco la miró con suspicacia.

 —¿Y eso por qué? —quiso saber.

Loreen suspiró y se quedó un segundo pensativa.

 —Porque es posible que el hecho de conocer tus emociones me ayude a planificar… algunos ejercicios —repuso en voz baja, midiendo muy bien sus palabras; sin embargo, al ver que Marco no iba a darse por vencido con aquella respuesta, resopló con fuerza, derrotada—. Está bien —aceptó—, primera clase. Ven.

Acto seguido se levantó con rapidez y le hizo una seña para que la siguiera. Maestra y alumno atravesaron el patio y entraron por una puerta de triple arco que comunicaba con una zona de habitaciones sombreadas y otro patio más pequeño. Este no tenía fuentes, sino que estaba plagado de dianas, peanas para arcos y carcajes, y muñecos de entrenamiento. Pero la visión se desvaneció en cuanto Loreen le hizo entrar en un despacho en penumbra y cerró la puerta tras ellos. Ella levantó las persianas y la luz entró procedente del patio, aunque atenuada por la sombra que proyectaba la galería de columnas que lo rodeaba, y después invitó a su acompañante a sentarse en el centro de la estancia, sobre un montón de cojines esparcidos por el suelo. Marco obedeció y después Loreen se sentó frente a él, con las piernas cruzadas y los antebrazos sobre las rodillas. Marco la imitó.

 —Vamos a empezar con la lección más básica para un Hijo de la Luna —comenzó Loreen—: las emociones. Para nosotros, el control tanto del cuerpo como de la mente es imprescindible: el primero, para el manejo del arco. El segundo, para la transformación y la comunicación con la Naturaleza, ¿hasta ahí, bien? —Marco asintió, y Loreen respiró hondo—. Vale. Nosotros vamos a centrarnos en el segundo, al menos, por ahora, puesto que creo que te puede resultar de mayor utilidad en tu vida “cotidiana” —remarcó el calificativo con cierta burla, pero Marco estaba aprendiendo rápido que era algo que hacía de manera rutinaria, y prefirió no darle importancia—. El arte de la comunicación y la transformación requiere que las emociones fluyan y guíen nuestros pasos, puesto que son las que te ayudarán a conectar con el entorno y a decidir, a una escala más avanzada, qué animal es el idóneo para cada momento —arqueó las cejas y miró a Marco elocuentemente—. Así que, ¿puedes contarme qué pasó con Cora? —al ver la mueca inmediata de sufrimiento del joven, se apresuró a añadir—. No, espera, cierra los ojos. Eso es. Ahora, deja la mente en blanco e intenta pensar en la emoción que te provoca mi pregunta.

Marco torció el gesto.

 —Es doloroso.

Loreen suspiró.

 —Sí, lo sé. Pero créeme, si sabes manejar el dolor, el resto de emociones serán más fáciles de manipular.

La bruja esbozó una rápida sonrisa que Marco intuyó alentadora, y un pensamiento cruzó raudo por su mente: quizá, en el fondo, Loreen no era tan terrible como parecía. Así que el joven suspiró y se centró en hacer lo que le habían dicho. El recuerdo de Cora se presentó como un latigazo, y la noche de su rechazo volvió con la fuerza de una maza. No obstante, siguiendo el consejo de Loreen, trató de no dejarse abrumar e intentó pensar con frialdad, lo que le costó casi diez largos minutos. Cuando pareció que el dolor empezaba a estabilizarse, Loreen, que debía de estar intuyendo su lucha interior, habló de nuevo:

 —Ahora tu rostro muestra más serenidad. Eso es que lo tienes más controlado —lo felicitó en voz baja—. Y, ahora, ábreme tu corazón

Y Marco comenzó a hablar.

Al principio le costaba mucho esfuerzo, pero poco a poco se dio cuenta que, al contarlo en voz alta, el dolor remitía hasta hacerse medianamente soportable. Animado, siguió dejando fluir las palabras; Loreen le hacía preguntas de vez en cuando, y él respondía sin pensar cada vez con más frecuencia, tan sólo dejando hablar al corazón. Sin embargo, todo el tiempo se mantuvo concentrado en sentir cómo aquel flujo de emociones discurría por su mente y su cuerpo, agudizando sus sentidos y atravesando cada fibra de su ser. Era una sensación perturbadora pero, a la vez, agradable.

Cuando al fin terminó su relato y Loreen le indicó que abriera los ojos, él obedeció, pero un segundo después el mundo empezó a dar vueltas a su alrededor y tuvo que sujetarse la cabeza con las manos y cerrar los párpados de nuevo, jadeando. Cuando consiguió reponerse por fin, bajó los brazos y abrió los ojos lentamente, pero sólo para llevarse un susto de muerte.

Loreen había desaparecido y, en su lugar, un gato atigrado de enormes ojos color ámbar lo observaba, impertérrito, tumbado entre los cojines. Marco le sostuvo la mirada sin miedo, y sintió de inmediato como si algo lo atrajese irremediablemente hacia el animal, no sabría describir el qué. ¿Una conexión, tal vez? ¿Era posible que hubiese conseguido algo semejante solo con aquel monólogo? Sonrió triunfante a la vez que se recostaba ligeramente hacia atrás, invadido por un súbito alivio, pero pegó un respingo cuando el gato empezó a hacerse más grande ante sus ojos a velocidad de vértigo. Estaba a punto de levantarse y salir corriendo, cuando la esbelta figura de Loreen se materializó en el mismo lugar donde segundos antes estaba el felino. Ahora era ella la que mostraba una sonrisa de suficiencia.

 —No cantes victoria tan pronto, novato —le indicó en tono burlón—. No has hecho más que empezar.

Marco se volvió a sentir ligeramente decepcionado.

 —O sea, ¿que esto no ha servido para nada? —gruñó.

Pero Loreen sacudió la cabeza.

 —Al contrario, haces progresos a la velocidad que se espera de ti. Eres el Agua, ¿no?

Marco se mosqueó por el comentario.

 —¿Qué quieres decir?

Loreen pareció adivinar sus sentimientos, porque soltó una carcajada irónica.

 —¡Vaya, qué suspicaz! —comentó con media sonrisa—. Quiero decir, que vas muy bien y que tu poder te permite progresar más rápido que cualquier Hijo del Agua corriente, sea Luna, Neptuno o Plutón. Y eso es importante.

Marco se relajó un tanto, y se atrevió a esbozar su propia mueca burlona.

 —¿Algún día me abrirás tú tu corazón?

Loreen enarcó una ceja, divertida.

 —Ya veremos, novato. Aquí el que importa eres tú. Yo —se encogió de hombros con indiferencia —ya sé hacerlo —miró acto seguido por la ventana, hacia el patio—. ¿Sabes? Creo que podemos dejarlo por hoy —lo miró con diversión—. Vamos, hay otras cosas que te puedo enseñar.

Marco intuyó a qué se refería, puesto que la salita daba al patio de entrenamiento; así que, animado por la perspectiva de algo de ejercicio físico, la siguió al exterior.

 —Tengo una pregunta, Loreen.

 —¿Sí? —preguntó ella sin detenerse.

 —Bueno…, quería saber… ¿Cuánto tiempo has sido gato?

Como respuesta, Loreen soltó una carcajada gutural, demostrando que la pregunta le hacía cierta gracia. Marco se ruborizó sin quererlo, pensando que había hecho una pregunta estúpida, pero la joven contestó en cuanto salieron al sol.

 —Si te refieres a si cuando te hacía las preguntas era un gato, la respuesta es sí. Has empezado a comunicarte con la naturaleza y a conectar con su esencia, además de entender su lenguaje, lo cual no está nada mal para ser la primera sesión de meditación que se te plantea.

Marco se quedó boquiabierto.

 —¿En serio? Entonces, ha ido bien, ¿no?

Loreen sonrió con diversión.

 —Ya te lo he dicho. Progresas rápido, novato.

 —¿Por qué siempre me llamas así? —quiso saber su alumno, enarcando una ceja inquisitiva. Ciertamente, no era ningún experto, pero aquel calificativo…

Loreen, por otro lado, frenó en seco ante su pregunta y se volvió hacia él. Su actitud lo disimulaba, pero sus ojos demostraban que con aquello se lo estaba pasando bomba; aunque probablemente no lo admitiría ni muerta.

 —Porque sí —replicó con desenvoltura, antes de darle la espalda y acercarse a una peana de madera oscura y tomar un arco entre sus manos.

Marco la observó todo el tiempo mientras lo alzaba y lo colocaba sobre las palmas extendidas de sus manos, con la misma delicadeza que si fuese un objeto de finísimo cristal. El joven sacudió la cabeza, sonriendo para sí, antes de acercarse para ayudarla. Loreen podía aparentar lo que le viniese en gana, pero estaba claro que, en el fondo, era mejor persona y bruja de lo que le gustaba demostrar.

No te quedes a medias. Léelo y apoya al autor. 

3,99€ – Comprar Ebook

Acceso al libro en papel