Lo que todo gato quiere

 

Prólogo

 

A un insalubre callejón de Londres, el señor y la señora Gellar llegaron.

Sus costosas ropas desentonaban con el arrabal, y la presión de la lluvia sobre sus cabezas los motivaba a terminar a prisa con lo que se traían entre manos.

El señor Gellar se adelantó, empujando fuera de su camino unas cuantas cajas mohosas y bolsas pestilentes. A un lado del contenedor de basura improvisó una casita de cartón con una manta de fina seda y unos cuantos periódicos.

—Rápido Sarah, dámelo —le dijo a su esposa extendiendo las manos.

La señora Gellar arrebujó con más fuerza el diminuto bultito envuelto en una manta que sostenía en los brazos.

No quería hacer aquella cosa.

—¿Estás seguro Greg? ¿Qué va a decir Gerald cuando descubra que no está?

Lo que opinara su hijo Gerald, al señor Gellar no le importaba en ese preciso momento. Solo estaba aprovechando la hora de dormir del niño de modo que él no se diera cuenta de que en casa faltaba algo, hasta unas horas después del amanecer, tiempo suficiente para inventarle una excusa que le sonara convincente a un niño de tres años.

Pan comido.

—Sarah —la apuró.

Su marido estaba impaciente y ansioso, lo notaba en el temblor de sus manos extendidas.

Entre aliviada y angustiada, Sarah miró al gatito recién nacido que cargaba en sus brazos.

Tenía el tamaño de un ratoncito de cocina, sus diminutas orejas temblaban pegadas a su cabeza de color negro y ya comenzaba a emitir agudos y débiles maullidos en busca de la leche de su madre.

A pesar de sentir su alma estrujada al abandonar a una criaturita así, no podían permitirse conservarlo por dos razones: su madre ya no podía cuidar de él y su hijo Gerald era alérgico al pelo de gato.

Así debía ser.

Era lo mejor.

¿Y por qué se sentía tan mal?

Sacó del bolsillo de su abrigo de piel una fina cadena de oro con un pequeño medallón ovalado y lo ató holgadamente al cuello del gatito. Si pudiera recuperarlo lo haría y así lo encontraría.

La señora Gellar miró angustiada el rostro de su marido y un relámpago iluminó sus duras facciones.

El bultito pasó de las pequeñas manos de Sarah a las enormes y fuertes de Greg quien lo acomodó sobre el refugio que había armado.

Empapados y en mortal silencio regresaron al Cadillac que los esperaba en la entrada del callejón y regresaron a su residencia dejando al gatito revolviéndose entre la manta, con el medallón de oro centelleando al contraste con la intensa luz de luna llena.

 

Capítulo 1

 

 

« ¡Y los Escorpiones de Dancey High son campeones por tercera vez consecutiva!».

AJÁ. ESO ES.

¡NUESTRO EQUIPO ES EL MEJOR!

 

El campo de rugby de la preparatoria pública Dancey High estalló en vítores y serpentinas rojas y amarillas, los colores oficiales de la escuela.

Los corpulentos jugadores chocaron sus cuerpos embarrándose el sudor de la victoria entre ellos, el entrenador les daba sonoras y varoniles palmadas en las espaldas de gorila; las porristas besaban a sus novios del equipo o saltaban canturreando la porra, agitando pechos y pompones.

Los espectadores saltaban en las gradas y se echaban la cerveza encima mientras que los perdedores de Abbott High salían discretamente para no ser abucheados, sin embargo a nadie le importaba, todos estaban ocupados festejando.

Todos menos la mascota del equipo.

Ese pobre disfraz mal hecho de escorpión que corría por el campo perseguida por la horda de jugadores que querían lanzársele para festejar… no se la estaba pasando bien y no le hacía ninguna gracia que los gorilas quisieran matarla.

«Oh, parece que Escorpi no quiere un abrazo. ¡Vamos, animemos a Escorpi!».

Exclamó el locutor por los potentes altavoces distribuidos en las esquinas del campo.

Enseguida la porrista capitana lideró la porra en contra de Escorpi.

Era una perra.

¡ES-COR-PI. ES-COR-PI. ES-COR-PI!

Todos en las gradas la corearon. Eso era un complot. Era alta traición.

Ese pobre disfraz de ahí.

La que corría por su vida a lo largo de todo el lodoso campo.

La que ahora se encontraba en el suelo.

Y a la que le estaban cayendo los jugadores, uno por uno.

Era la pobre Ginger.

Todos estallaron en bulla y aplausos. Cuando Ginger pensó que ya no podía respirar más, que ya se estaba ahogando con su propio sudor y que el calor de los diez cuerpos la neutralizaba, oyó el silbato del entrenador.

—Ya basta, aléjense de ella. Déjenla respirar, fue suficiente, bien hecho chicos.

Uno a uno se bajaron de ella y uno a uno se reacomodaron sus órganos.

Ginger quedó enterrada en el pasto y el lodo del campo, y el entrenador Callahan tuvo que tirar de ella mientras tosía el pasto que se había tragado.

Él le zafó la cabeza de escorpión de un tirón y encontró a una Ginger moribunda de calor, con el pelirrojo cabello apelmazado por el sudor, las pálidas mejillas sonrojadas y los parpados inferiores hundidos por la deshidratación.

—¿Estás bien? —le preguntó dándole una palmada en la mejilla que le dolió. Con mucho esfuerzo eso era lo más delicado que el entrenador podía ser.

Ginger no pudo contestar porque tosió más tierra pero asintió con la cabeza.

—Qué bueno —dijo y se fue a festejar rudamente con sus chicos.

Mientras notaba que la dejaban sola en el campo, se sacudió la tierra y el pasto de su disfraz de escorpión, que viéndola de lejos parecía más un camarón debilucho.

Quería estar cerca de los jugadores, en realidad quería ser porrista, pero sabía que ni aunque Keyra y sus secuaces estuvieran drogadas y ebrias la aceptarían. Es decir, bastaba con mirarla en el pasillo frente a su sobrio casillero mientras que los demás estaban personalizados, bastaba con ver la forma en que llenaba sus delgaditos brazos de libros mientras que los demás no cargaban ni con el aire, tan solo bastaba con ver su forma de vestir: al estilo bibliotecaria con esos lentes que se oscurecían a la luz del sol y esa mata de cabello rebelde que siempre llevaba pulcramente peinado en una trenza francesa.

Era la marginada tesorera de Dancey High; a la que si se le caía un libro, se lo pateaban; si se le caían los lentes, se los rompían; si entraba a un salón en su función de tesorera escolar y decía «atención por favor» hacían todo menos eso; si alguien no había hecho su tarea, se la robaban y después la encontraba arrugada y manchada de vete a saber qué.

Ah, y encima quería ser porrista, pero era la mascota.

No importaba. De esa manera podía estar cerca de los jugadores y las porristas. Estaba todo bien.

En serio…

Tal vez.

Puso la cabeza de Escorpi bajo el brazo y caminó cojeando hacia el exclusivo vestidor de las porristas que era uno de los privilegios (en realidad el único) que gozaba. Entrar en la cede de lo fashion, las mini bragas, y los cuerpos talla cero.

Cada vez que Ginger entraba en ese lugar las demás se callaban de golpe como si estuvieran hablando de ella, no obstante desechó la idea porque eso sería un honor, no hablaban de ella, se burlaban de ella. Le metían el pie cuando pasaba o le esbozaban muecas de nauseas como si fuera un cubo de basura al tope de moscas y la repelían.

Esta vez habían llegado lejos.

Al abrir su casillero, Ginger no encontró su ropa.

Con creciente alarma notó que ni siquiera estaba su mochila y si no estaba su mochila no estaba su cartera, y si no estaba su cartera no tenía dinero, y si no tenía dinero no podría tomar el metro.

Tenía que caminar de regreso a su casa. ¿Y si llovía? Era un hecho que llovería ¿Y si se hacía de noche? Bueno, ya era de noche ¿Y si la asaltaban? Qué diablos, no podían hacer eso porque no llevaba nada más que su virginidad por lo tanto podrían…

—O-oigan chicas—murmuró.

Nadie le hacía caso, todas estaban admirando la talla de brasier de Keyra Stevens.

—Disculpen… ¿han visto mi…?

Terminaron de vestirse y entre fuertes carcajadas salieron azotando la puerta y dejando a Ginger sola con su alma.

Todo lo que quería era quitarse el disfraz pero no podía irse en ropa interior… sí, así es, todo lo que traía puesto era ropa interior.

Sin más retraso salió del vestidor a los pasillos y empujó las puertas de cristal de la salida.

La masa de alumnos se congregaba en el aparcamiento y todos se iban en sus autos, listos para celebrar y hacer desfiguros a otro lado. Ginger se vio tentada a pedir aventón a alguien pero ¿a quién? No tenía amigos.

Mientras caminaba por Baker Street mantenía la cabeza gacha pero eso no evitaba que los transeúntes la miraran y los más pequeños la señalaran «Mira mami, un camarón». No había ojos que no se torcieran hacia ella, la ponían nerviosa y la hacían caminar más a prisa.

Zigzagueaba para evitar los charcos de la lluvia anterior. Había llovido durante el partido y aun así no impidió que siguieran adelante, lo cual no fue favorecedor para Ginger porque Escorpi terminó oliendo a perro mojado.

Una gota explotó en su respingona y pecosa nariz.

Miró al cielo y divisó esas grandes nubes grises a contraste con la oscuridad parcial que antecede a la noche.

La gente ya se disponía a cerrar los locales y Ginger cruzaba la zona de los callejones.

Comenzó a sudar solo de imaginarse la clase de maleantes que podrían estar aguardando por una víctima tras los mugrosos contenedores de basura. Pensó en todas las señoritas que fueron víctimas de Jack el destripador. Ginger estaba en una situación parecida a la que estuvieron todas ellas antes del crimen, salvo que distaba mucho de parecer prostituta.

Un estrepitoso ruido detuvo su corazón y luego lo hizo latir muy rápido. Era como varios baldes metálicos cayendo al suelo.

Una mancha negra pasó como una exhalación por los pies de Ginger, seguida de un hombre gordo que salía corriendo a tumbos por la puerta trasera de un callejón mientras agitaba una escoba en el aire, vestía un mandil blanco manchado de sangre y grasa.

—Maldito bicho, ¡vuelve a meterte con mis carnes y te convertirás en una hamburguesa! —masculló el hombre saliendo a la húmeda banqueta.

El carnicero se limpió el sudor de la frente con su peludo y gordo brazo, embarrándose de sangre y miró a Ginger de arriba hacia abajo tratando de descifrar de qué diablos iba disfrazada.

—Oye niña, si ves a esa mascota del demonio tráemelo, ¿entiendes?

Ginger asintió enérgicamente con la cabeza y siguió rápidamente su camino.

Antes de llegar a la esquina, en la entrada de otro callejón, vio un gato de pelaje negro y brillante que le daba la espalda.

Sabía que en cuanto se acercara lo asustaría y saldría corriendo al recoveco más cercano, así que trató de amortiguar el sonido de sus pasos.

A pesar de sus esfuerzos, las puntiagudas orejas del gato comenzaron a girar y retorcerse como una antena tratando de sintonizar la señal. Cuando hubo encontrado la frecuencia de los pasos miró sobre su hombro y la enfocó.

Ginger se detuvo en seco y se quedó congelada, sin mover un solo músculo, tratando de que no saliera huyendo.

El animal fijó su felina y afilada mirada en ella. Tenía unos impresionantes ojos azul turquesa que parecían realzarse en 3D sobre su pelaje negro.

Con la arrogante elegancia que suele caracterizar a los gatos, se levantó y giró hacia ella agitando la cola de un lado a otro.

Oh, no. Ginger no era tonta, veía demasiado Animal Planet como para saber que la mirada fija y la cola danzante era un gesto equivalente al de una serpiente sonando su cascabel.

El gato adelantó una pata. Ginger retrocedió un pie, y después con mucho cuidado rodeó al mínino para poder pasar como si de un precipicio se tratara, mientras el gato giraba la cabeza en su dirección, siguiéndola con la mirada.

Con un estremecedor escalofrío, Ginger cruzó la siguiente calle, ya se encontraba más cerca de su casa.

—Miauu.

Reprimió un grito y dio un respingo.

El carnicero tenía razón. Tal vez si era la mascota del demonio.

Ahí estaba esa bola de pelo negra mirándola directo a los ojos, ronroneando y moviendo lentamente la cola de derecha a izquierda.

Se acercó con parsimonia hacia ella. Ginger tenía miedo de pensar que si corría, él se le engancharía en la pierna.

—No, no, no. No te muevas —le suplicó mientras ella retrocedía los pasos que daba el gato— gatito, lindo gatito…ay Dios, me das miedo.

Tras su espalda escuchó el pitido de los autos, había llegado al borde de la banqueta y no podía seguir retrocediendo sin que la aplastaran como a un sapo.

El gato se acercó tanto a ella que se podían tocar. Levantó el lomo y se enroscó en la pierna de Ginger, restregándose.

Ella soltó el aire que había estado acumulando en su interior. Después de todo no iba a morir siendo asesinada por un gato.

Se puso en cuclillas y le extendió su mano con la palma abierta hacia arriba.

El animal la olisqueó un momento y luego restregó su sonrosada nariz y su mejilla contra ella. Ginger le rascó tras las orejas, le deslizó la mano sobre el lomo hasta la cola provocando que el gato se arqueara.

Gin se rio.

—Eres muy lindo.

Él maulló como diciendo «lo sé» y cerró sus preciosos ojos azules mientras le rascaba el cuello. Su pelaje estaba mojado pero era muy suave.

Ginger tocó algo extraño bajo el pelo de su cuello.

—Vaya, ¿qué tienes aquí amigo?

Se agachó un poco más y sus dedos jalaron una enredada cadena de pequeños eslabones dorada.

—¡No puede ser! ¿Cómo es que tú tienes cosas de oro y mis padres solo me dan de plástico?

El gato protestó porque había dejado de acariciarlo y Ginger le frotó la barbilla con una mano mientras que con la otra le daba vueltas a la cadena sintiendo la vibración de su ronroneo bajo los dedos.

Se encontró con un pequeño óvalo dorado, un escudo grabado en una cara y un nombre en la otra.

Se…Sebastian —leyó— ¿Te llamas Sebastian?

—Miau.

—No te ofendas ¿quieres? Pero normalmente a los animales se les pone nombres ridículos como Skipie, Pulgas, Manchas, Rex o algo así pero ¿Sebastian? ¿Quién es tu dueño? ¿Paris Hilton?

Un trueno golpeó el cielo, un relámpago lo iluminó y las nubes soltaron la lluvia.

—Ay no.

Ginger no lo pensó ni dos veces; tomó la cabeza de Escorpi con una mano, a Sebastian el gato con otra y echó a correr, salpicando con sus pisadas el agua de los charcos.

Al llegar a su calle sintió que las fuerzas le faltaban y la lluvia le borraba el camino a su de por sí miope vista.

Subió las tres escalinatas de la entrada y antes de aplastar la yema de su dedo contra el timbre, se acordó del gato que llevaba rebotando en el brazo.

El pobre se había empapado de nuevo y sacudió la cabeza haciendo tintinear su collar.

A Ginger no se le había ocurrido qué diablos era lo que iba a hacer con él.

Definitivamente sus padres no la dejarían tener otra mascota, y menos tratándose de un gato. Su madre les tenía alergia porque soltaban demasiada pelusa.

Un trueno volvió a viciar el sonido de la lluvia que repiqueteaba en la calle adoquinada y Ginger tomó su decisión: definitivamente no tenía corazón para dejarlo ahí afuera en la tempestad. Si lo escondía muy bien en algún rincón de su habitación tal vez su madre no se diera cuenta, además, ese día le tocaba hacer guardia en el hospital donde trabajaba y su padre tenía una cirugía programada para altas horas de la noche así que…

Metió la bola de pelos en la cabeza de Escorpi, consciente de que no estaría cómodo.

Y precisamente, siseó irritado.

—Shh, cállate solo será un momento.

Pulsó el timbre repetidas veces, con una bastaba pero esa era la costumbre que irritaba a toda su familia y que a ella le daba placer.

Del otro lado de la puerta se oyeron pasos apresurados acompañados por pezuñas y ladridos.

—¡Honey, perro malo, no arañes la puerta!… ¡Gin! Santo Dios. ¡Mira cómo vienes cariño! Entra qué esperas. ¿Que llegue navidad?

La señora Kaminsky, «Kamy» la empujó dentro del calor de la casa. Era la niñera de Ginger desde que ella tenía uso de razón y con los años se convirtió en parte de la familia.

Le fascinaba llegar a casa con el recibimiento del olor dulzón a galletas de mantequilla en el horno, el calor proveniente de la chimenea encendida en la sala y la estación de «la hora clásica» saliendo del viejo radio de su padre.

En ese momento la canción de Frank Sinatra Singin in the Rain era muy apropiada para la ocasión.

Mientras Kamy subía las escaleras en busca de una toalla caliente, Honey, el perro labrador de la familia que debía su nombre al color miel de su pelaje, olfateó a Ginger frenéticamente.

Debía percibir el olor de Sebastian y Sebastian a su vez debía percibir a Honey porque los pelos de su lomo se erizaron y el perro comenzó a gruñir por lo bajo.

Cuando Kamy bajó con la toalla, trató de despojar a Ginger de su «uniforme».

—¡No!… es decir, no te preocupes. Yo me encargo, subiré a cambiarme.

—Como quieras —dijo Kamy con mirada perspicaz—, pero no te vayas a resbalar, Ginger, por favor, tus padres ya tienen suficiente trabajo en el hospital como para atender otra pierna rota.

Ginger salió de cambiarse y al abrir la puerta de su habitación se encontró a Sebastian empapando el centro del hermoso edredón rosa de su cama mientras se acicalaba tras las orejas con una pata que ensalivaba previamente.

—Gato malo, bájate de ahí —lo ahuyentó con las manos y él fue directo al piso.

Sebastian la observaba mientras ella iba de un lado a otro buscando en los cajones trapos viejos o rotos. Todo lo que encontró fueron viejas bragas agujeradas.

—… y por favor, por ningún motivo quiero que salgas de esta habitación. ¿Entiendes?…— ¿Qué se suponía que iba a entender? Era un gato y no entendía la mayoría de las palabras humanas—… porque si mi madre te llega a ver, Dios, no sé ni lo que pueda pasar —se detuvo contemplativa—. No, sí sé. Estallará la tercera guerra mundial —exclamó haciendo un ademán de explosión con sus manos.

Encendió la calefacción empotrada muy cerca del suelo y trató de arrastrarse con dificultad bajo la cama. Quedaba claro que no servía para el ejército, pero tenía que cumplir con la peligrosa misión de hacer una cama con el montón de bragas. Puso un tazón con leche y otro con agua y por último trajo consigo una caja de zapatos misteriosa.

Se agachó frente a Sebastian y le inclinó la caja para que asomara la cabeza.

Estaba llena de arena medio mojada con una que otra hierba de jardín.

—Escucha: esto —señaló dentro de la caja con un dedo— es para que hagas tus necesidades, ya sabes, eres un gato y los gatos escarban —hizo ademán de escarbar sin tocar la tierra— y hacen pis o hacen pup —se levantó y volvió a escabullirse bajo la cama—. Te lo voy a dejar aquí y espero que recuerdes todo lo que te he dicho.

Sebastian no entendió una sola palabra pero caminó cauteloso a la braga-cama, olisqueó el detergente con el que estaban lavadas, escarbó un poco para ahuecarlas, dio un par de vueltas alrededor de sí y se hizo un ronroneante ovillo negro envolviéndose con su cola.

Ginger lo observó un momento hasta que sus párpados pesaron como el plomo y se metió en la cama.

 

 

Capítulo 2

 

 

Ginger se despertó con el agradable sonido de las gotas de lluvia queriendo traspasar el cristal de su ventanal en la mañana.

Eso y otro sonido.

Cuando la señora Kaminsky no tomaba sus pastillas para los ronquidos antes de dormir… pues roncaba; pero Santo cielo, esa vez superaba el límite de los decibeles. El sonido era tan intenso y rasposo que bien, roncaba con todas sus fuerzas pulmonares o…

Ginger abrazó la almohada contra el pecho y lentamente asomó la cabeza al borde de la cama.

Había una sábana tirada en el suelo en la que se podían distinguir dos bultos extraños.

Con mucha cautela, tomó la sábana de un extremo y la jaló hacia arriba descubriendo dos largas, velludas, desnudas y fuertes piernas saliendo bajo la cama.

—Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhh —gritó Ginger retrocediendo en la cama mientras se aferraba con las uñas a la almohada.

Sintió un golpe bajo en la cama que hizo levantar un poco el colchón del lado donde tenía su trasero. Se levantó tambaleante y trató de subirse a la cabecera de la cama. Parecía una damisela en una isla rodeada por un tiburón.

—¡Auch!

Los golpes en la puerta la sobresaltaron.

—Ginger, ¿qué pasa ahí dentro? ¿Por qué gritaste? ¿Estás bien? —dijo Kamy con la voz amortiguada tras la puerta de madera.

—Ah…sí. Fue solo una cucaracha.

Tremenda cucarachona más bien.

—Ay Ginger, pues mátala, corazón. Espero que no hayas despertado a tus padres, llegaron hace un par de horas.

—Está bien, yo me ocupo, Kamy.

Cuando los arrastrados pasos de Kamy se alejaron por el pasillo, Ginger volvió a asomarse por el borde de la cama pero ya no había nada.

Era como si todo lo que sus padres le habían dicho sobre el Coco se estuviera volviendo realidad.

Se asomó por las otras orillas pero tampoco había nada.

Quería bajarse de la cama y salir corriendo por la puerta pero tenía miedo de que si lo hacía le jalaran el pie y la arrastraran bajo la cama, quien quiera que estuviese ahí.

—Oh, no.

Sebastian.

¡Sebastian estaba ahí! Se lo habían comido.

—Oh, Dios.

Ginger se estremeció de solo pensarlo.

Logró saltar hasta una silla cercana y tomar una larga regla de madera entre sus manos a modo de arma blanca. Aunque no lograra verse peligrosa porque las manos le temblaban como maracas, le daba algo de fuerza mental.

Subió a su escritorio, la puerta ya le quedaba a un lado así que bajó un pie después de otro y despacio pegó la mejilla a la alfombra para ver bien qué diablos era la bestia que habitaba bajo su cama.

Todo lo que su miope vista lograba ver desde esa distancia era un ovillo de piel humana que apenas cabía ahí debajo, sobándose la cabeza.

Aprovechando que el humanoide no le prestaba atención, Ginger se acercó arrastrándose, regla en mano, hacia allá.

Cuando estuvo más o menos cerca para que su arma alcanzara a esa cosa, le picó las costillas con la punta.

—¡Ay! —el individuo dio un respingo volviéndose a golpear la cabeza con la base del colchón.

Volteó y sus ojos se encontraron con los de Ginger que enseguida se abrieron como dos platos tamaño familiar.

Él salió debajo de la cama arrastrándose hacia atrás con gran agilidad y cuando se levantó, Ginger solo podía verle de los pies hasta la mitad de las pantorrillas.

Se levantó ella también y simplemente no dio crédito a lo que vio.

Antes de que Ginger soltara la regla que cayó con un rebote sordo sobre la alfombra, y se cubriera los ojos con las manos, lo vio.

Había un hombre completamente desnudo del otro lado de su cama y ella por poco se orina de miedo.

—¡Dios mío! —exclamó ella. ¿Qué otra cosa podía hacer más que invocar a Dios?

—¡Lo siento! —el hombre retrocedió más y se topó con una cortina púrpura floral que usó como toga romana para cubrirse los atributos masculinos. Esos que ya sabemos cuáles son.

—¿Quién diablos eres tú? —preguntó Ginger mientras se tapaba los ojos con una mano y con la otra tanteaba el piso en busca de la regla.

—¿Yo? ¡Yo soy yo!

—Ah, no me digas —dijo en tono claramente sarcástico—. Pues será mejor que salgas de aquí antes de que te muela a palos —se acercó lo más amenazante que pudo, blandiendo la regla con ambas manos como si fuera un bate de béisbol.

El hombre, cuando vio que ella estaba más cerca, extendió una mano como escudo y suplicó por su vida.

—¡No, por favor!

—¿Por favor? ¿Cómo te atreves a decir «por favor»?

—Diablos. ¿Qué te pasa? ¿Tienes memoria de pez? ¡Soy yo! Recuerda, demonios. Me recogiste ayer. Sebastian.

«Sebastian. Sebastian. Sebastian».

A Ginger se le paralizó la sangre, se coaguló y luego se secó.

Estaba petrificada.

Confundida, acorralada, no estaba segura de poder creer semejante cosa; la parte racional de su cerebro se aferraba a negarlo y salir corriendo por ayuda, sin embargo, Ginger era predominantemente incrédula y fácil de influenciar.

Aun así no había forma racional por la cual creerle a aquel sujeto, sin embargo, algo en el cerebro de Ginger hizo clic; una neurona se conectó con otra y en una milésima de segundo recordó el día de ayer.

La bola de pelos huyendo del carnicero, la bola de pelos mirándola de forma penetrante, la misma bola de pelos que había acariciado, la que se le había restregado en la pierna ronroneando, la que había acogido en su casa de contrabando y le explicó todas aquellas cosas vergonzosas de la caja de arena ¿Cómo le dijo? Ah, sí. El pis y el pup.

Sus mejillas se encendieron y luego, jadeante, se fijó en la fina cadena de oro que colgaba de su cuello y el óvalo que descansaba en el hueco entre sus dos clavículas.

«Sebastian».

—Soy yo.

Su profunda voz distaba mucho del maullido agudo con el que lo había conocido y de inmediato levantó la vista y lo miró a la cara.

Casi le da una segunda era de hielo en la sangre al ver lo embriagadoramente atractivo que era.

Seguía luciendo sus rasgos felinos en la forma de sus ojos, en su intenso color azul en el que cualquiera podría ahogarse feliz, la intensidad de la mirada y sobre todo, el cabello: negro azabache increíblemente brillante a contra luz y de apariencia tan suave que Ginger se preguntó si sería igual de suave como un gato si enterraba la mano en él.

La era de hielo se derritió para dar paso al calentamiento global en sus mejillas.

Soltó la regla y se llevó una mano a la frente mientras arrastraba los pies hasta el borde de la cama, necesitaba desesperadamente sentarse para no desmayarse en el suelo.

—Eres tú —susurró con la vista perdida en algún remolino de la alfombra.

Sebastian observó en silencio el debate interno que estaba teniendo Ginger.

Luego de un momento de pensamientos implícitos en el aire, Ginger levantó sus ojos verdes hacia Sebastian y dijo algo que lo dejó desconcertado.

—Yo que tú, me quitaba de ahí.

Sebastian frunció el entrecejo, confundido.

—¿Por qué lo dices? —preguntó cauteloso de la respuesta.

—Porque todo Londres verá tu trasero.

Sebastian se apretó más la cortina al cuerpo y miró por encima de su hombro.

Tras de sí había una ventana. No… ¡era un monstruoso ventanal del infierno y su trasero estaba pegado al cristal como un cachete!

Alarmado, lo primero que hizo fue mirar hacia la banqueta y sus pulmones se desinflaron de alivio cuando comprobó que no había moros en la costa, ni autos ni personas ni nada…

Hasta que dirigió la mirada hacia las escalinatas de la casa y vio a la mujer del correo con la mandíbula desencajada, los ojos totalmente salidos de sus órbitas y la correspondencia suspendida en el aire a medio entrar en el buzón.

Sebastian se dio la vuelta rápidamente hasta quedar completamente enrollado en la cortina.

Aquello merecía el premio mayor a la vergüenza.

Ginger intentó con todas sus ganas contener la risa, pero no la pudo controlar y se convirtió en una carcajada que trató de amortiguar contra una almohada.

Sebastian gruñó soltando un par de palabrotas.

—Maldición, no puedo vivir así —murmuró para sí mismo— ¿No tienes ropa que me prestes? No sé, de algún hermano, padre, novio…

Ginger hizo una mueca con esa última palabra.

«Novio» era la palabra que más le gustaba y la que menos usaba porque no tenía.

Qué mundo tan cruel.

—Veré que puedo hacer, pero eres más alto que mi papá así que no prometo gran cosa.

—Sí, sí, lo que sea, pero que sea ahora… por favor.

Ginger sonrió enternecida.

Era grande, era delgado pero musculoso, tenía una espalda que parecía entrenada para patear traseros en el rugby y parecía de esos chicos malos que dicen «tú. Yo. A la salida. Te espero. Madrazos» y sin embargo, era tan indefenso como un gatito.

***

Después de dejar a Sebastian cambiándose en el cuarto y advertirle de nuevo que no se le ocurriera siquiera mirar fuera del pasillo, Ginger bajó a desayunar.

Al pie de la escalera la esperaba Honey meneando la cola con ahínco, pero adoptó una actitud más cautelosa al olfatear la pierna de Ginger, debía notar el olor a lluvia que desprendía la piel de Sebastian.

—Chst, no vayas a delatarme Honey —le dio unas palmadas en la cabeza y entró en el comedor.

Adentro, sus padres ya estaban sentados en la mesa, cosa que no le sorprendía porque así era su ajetreado ritmo de vida: trabajar mucho, dormir dos segundos, desayuno, trabajo y adiós.

Su padre estaba en la cabecera del comedor frente a la chimenea, oculto por el Times de Londres mientras alargaba una mano para alcanzar su taza de café.

Su madre enviaba un mensaje de texto desde su BlackBerry, seguramente avisando al hospital que llegaría en quince minutos a la cirugía programada.

No notaron a Ginger hasta que arrastró la silla para sentarse.

—Buenos días, cielo —dijo su madre sonriéndole dulcemente.

Su padre bajó el periódico un momento y la saludó con un gesto levantando su taza de café tamaño familiar.

—Vaya, ya era hora de que la bella holgazana se despertara —entró Kamy con una bandeja de plata ofreciéndole a Ginger un plato con melón y miel— ¿Pudiste eliminar a la cucaracha?

Ginger casi se atraganta con el pedazo de melón.

—Cuca… ¿cucaracha? Ah, sí. Debiste verla, era enorme.

—Kamy, ¿hay cucarachas en la casa? —preguntó la madre de Gin con cara horrorizada.

—No lo creo, nunca me he topado con ninguna.

—Loren, tranquilízate, no te van a comer viva, en todo caso llamaré a un exterminador—dijo su padre en tono distraído sin bajar el periódico.

—Derek, no es cualquier cosa ¿Qué tal si uno de esos bichos muerde a Ginger? Todavía no supera todas sus alergias.

Cielos, ¿las cucarachas mordían? Ginger no lo sabía pero la verdad era que ni siquiera le daban miedo los bichos, es más, hubo un tiempo en que los coleccionaba muertos bajo su cama, pero claro, si su madre se enteraba: bienvenida la tercera guerra mundial.

La tenían encerrada en una bola de cristal esterilizada y al vacío que, al principio, cuando era niña estaba bien, pero ahora ya casi cumplía los dieciocho y le acarreaba problemas.

Todavía no le daban su primer beso, todavía no tenía novio, todavía era virgen, y todavía no podía encajar en ningún lugar, ni sentarse en una mesa de la cafetería con alguien a quien considerara su amigo.

Entonces recordó al tipo que escondía en su habitación.

A Sebastian.

Tenía muchas preguntas que hacerle y francamente todavía no sabía por dónde empezar.

¿Cómo es que se evoluciona de gato a humano en una sola noche? ¿Los humanos venían del gato y no del mono?

Cielos, vivía engañada. Maldita escuela.

Mientras pensaba en todas las posibilidades del origen del mundo y la inmortalidad de las cucarachas, Ginger se sobresaltó cuando su madre le dio un beso de despedida en la frente y su padre le revolvió el cabello como si fuera un chico. Con algo de suerte no los vería hasta la mañana siguiente, tiempo suficiente para pensar en qué hacer con el chico de su habitación.

Momento…

¡Había un chico en su habitación! ¡Uno de verdad! ¿Por qué no se le había ocurrido?

Impulsivamente se miró el pecho, todavía llevaba puesta su enorme pijama rosa de los Ositos cariñositos, alargó el cuello hasta verse en el espejo sobre la chimenea y se horrorizó de lo que vio.

Su cabello parecía un nido de avestruz de un lado y del otro parecía que la había lamido un camello.

Se levantó inmediatamente dejando el melón a medias y corrió al baño más cercano.

Sabía que no conquistaría ni a su perro pero no podía permitirse que Sebastian, siendo tan guapo como era, la viera en esas fachas.

Trató de alisarse el cabello con un poco de agua del grifo, se sonó la nariz, lavó sus dientes hasta que las encías se le enrojecieron y, como no podía subir a su habitación todavía, corrió al cuarto de lavado sacando frenéticamente la ropa lavada del cesto hasta que dio con unos jeans ajustados, una blusa de tirantes azul y un suéter rosa con el cierre adelante.

Se escabulló hasta la cocina donde Kamy tarareaba London bridge is falling down y logró rescatar el melón que no se había comido del refrigerador.

—¿Qué haces?

Sebastian miró por encima de su hombro con un bigote de leche embarrado en la cara y luego se giró completamente dejando ver el tazón que Ginger le había dejado la noche anterior bajo la cama.

—Me moría de hambre.

Ginger cerró la puerta tras su espalda y sonrió con ternura, seguía pareciendo un gato hasta en la forma de encoger los hombros.

—Eso no es comida, mira —le extendió el plato con melón—, traje esto para ti.

Sebastian se acercó con ese caminar lento, como un felino, elegante, preciso. Tomó el plato, lo olisqueó un poco y lo aceptó.

—Vamos, no seas tan melindre.

—No lo soy, me cuido de no comer cosas envenenadas —al notar la ofensa en esas palabras añadió—. No digo que esto esté envenenado es solo que —se embutió un pedazo de fruta y habló con la boca llena— me ha tocado comer ratones envene…

Al ver la cara de horror de Ginger se detuvo a media frase.

Sebastian se sentó en una silla con asiento de peluche rosa que contrastaba ridículamente con su masculinidad mientras Ginger se tumbaba sobre el estómago en la cama y recargaba la barbilla en sus manos.

Lo observó atiborrarse con la comida tan fascinada como si estuviera contemplando los fuegos artificiales de Disneylandia.

Y es que, lo era todo.

Cada gesto que hacía, por más pequeño que fuera… Dios, era como una pantera.

La forma en la que se lamía el labio superior para limpiarse los restos de melón, su mirada de satisfacción y concentración al comer, notó que la ropa le quedaba un poco corta, pero la camisa de manga larga en particular…

Uh, la, la.

Se le ceñía a los músculos de los brazos, a los anchos hombros, al pecho, al sixpack del abdomen, a todo. Solo le faltaba ver qué tal tenía la espalda, je, je, probablemente muy bien…

¡Y no! Ya basta.

Ginger sacudió la cabeza. Se estaba distrayendo con cosas con las que jamás hubiera pensado que su mente era capaz de proyectar en la imaginación.

Terminó de comer con una felina sonrisa en sus sonrosados labios y dijo:

—Gracias, es lo más delicioso que he probado desde… pues desde siempre.

Se palpó el estómago como si estuviera a punto de reventar cuando en realidad lo notaba más plano que nada.

—Sebastian, he querido preguntar —comenzó en un tono demasiado formal muy típico de Ginger— ¿Cómo es que tú…? Bueno, ya sabes…

—Al grano Gina…

—Ginger.

A Ginger le ganó la vergüenza y Sebastian se daba perfecta cuenta de lo tímida que era.

Se levantó de su silla y caminó hacia el ventanal. Sí, así es. El ventanal. No le guardaba rencor después de todo.

—¿Quieres saber por qué me encontraste siendo un gato y amanecí siendo humano? —preguntó mirando al exterior (ahora transitado) ahorrándole el sufrimiento a Ginger.

—Sí —contestó en voz débil, temiendo que él no quisiera contestar en caso de que la historia fuera desagradable o el pasado lo hiciera llorar.

Sí, como no. Ni que fuera ella.

Él se recargó contra el helado cristal y cruzó los tobillos perezosamente. Desde ahí, Ginger tenía una vista panorámica de su trasero que estaba como para comérselo.

Santo Dios, en lo que piensa la juventud de hoy. Inevitable, pero cierto.

Se obligó a prestarle atención mientras contestaba.

—Solo sé que ha sido así desde siempre —empezó con un rastro casi imperceptible de nostalgia en la voz.

—¿No lo recuerdas?

Sebastian negó con la cabeza y volteó hacia ella, sus ojos destellaron con el reflejo de la luz.

—No lo entiendo —dijo Ginger un poco más suelta— ¿Por qué cambias? ¿Tiene que ver con la luna? ¿Alguna fecha en especial? ¿Es tu cumpleaños? ¿El calentamiento global? ¿Es la maldición de los doce horóscopos chinos? ¿Eres un transformista?

Sebastian ya no podía entender nada de tan rápido que hablaba, al final no pudo contener reírse y agitar la mano en un gesto de negación.

—Pero qué imaginación. No, no, nada de eso— dijo luego de que ella se logró callar—. Me tomó casi toda la vida descubrir qué me hacía cambiar, pensé en todo lo que has dicho, pero al final, solo es una cosa— miró al exterior, a donde las nubes lloraban y sus lágrimas caían en la banqueta: —el agua.

Ginger no daba crédito.

De todas las cosas vudú que se le habían ocurrido, el agua era la respuesta. Ay por favor eso era… ¡Increíblemente ridículo!

Hizo una mueca en un gesto escéptico.

—¿Cómo puede el agua hacerte eso? Si es tan…

—…inofensiva —concluyó él.

Ginger se sentó al filo de la cama, parpadeante.

Y no se esperaba lo que Sebastian estaba a punto de hacer.

Se acercó a la cama y se sentó tan cerca de ella que sus muslos se rozaron levemente.

Sentía que su espacio estaba siendo violado, jamás de los jamases, un chico se le había acercado tanto, no sabía que el simple roce de la tela de su ropa pudiera desatar en ella semejante cóctel de sensaciones.

Sebastian puso las manos hacia atrás enterrándolas en el colchón y miró las molduras del techo alrededor del pequeño candelabro de Ginger.

—Sucedía cada vez que llovía y yo no me refugiaba. ¡Puff! En un momento me estaba comiendo un hotdog —ahuecó su mano a la forma de un hotdog invisible— y al otro… —inclinó la mano dejando caer el hotdog— estaba en cuatro patas sobre un charco.

Ginger se fascinó de la escena que se formó en su mente.

Se imaginó a un Sebastian pequeño convirtiéndose en un gatito indefenso sin poder caminar, sin que sus ojos se hayan abierto aun, arrastrándose por algún callejón mugroso y húmedo.

Miró su ancha espalda y tuvo el desesperante impulso de frotar una mano en ella para consolarlo por todas esas veces que había llovido, porque, hasta donde sabía, Londres era la ciudad más lluviosa del mundo, lo que significaba un montón de transformaciones a lo largo de su vida.

—Si el agua te hace cambiar cómo regresas a… ser tú.

—¿Tú que crees?

Dios, no lo pudo soportar.

Giró los ojos hacia ella con la mirada sensualmente afilada y una sonrisa en los labios.

A Ginger se le nubló la conciencia un momento.

Se dio unos golpecitos en la barbilla con el dedo y torció la boca, algo que siempre hacía en los exámenes de matemáticas.

—Veamos, si el agua te moja; te conviertes. Y lo contrario…

—Ya estás cerca —dijo él como si pudiera oler lo que ella estaba pensando.

—Lo seco.

—¿Cómo dices?

—Vuelves a tu forma humana una vez que te secas —los ojos de Ginger brillaban de emoción, la misma emoción que le producía ser la primera en resolver los dichosos problemas de mate… para que después se los copiaran como buitres carroñando un bisonte muerto, claro—, es por eso que anoche cambiaste, porque… —miró la calefacción empotrada entre la pared y el piso—, porque yo encendí la calefacción y te secaste más rápido —culminó enarcando una ceja— ¿No es así?

Ambos bajaron la vista y se dieron cuenta de su posición.

Mientras Ginger hablaba, no se había dado cuenta de que inconscientemente se inclinaba cada vez más y más a Sebastian dejándolo al borde de estar tumbado sobre la cama.

Movido por la inercia, sus ojos aterrizaron justo en los labios entreabiertos de Ginger y cuando su cerebro logró entender lo que su cuerpo quería hacer se disparó la alarma contra incendios que se imaginaba en su interior y retrocedió.

—Vaya…eres… —carraspeó— muy lista.

«Muy bonita».

Ginger tardó más tiempo en reaccionar, no demasiado, pero inmediatamente se sonrojó hasta el cuero cabelludo.

Se levantó de un salto, buscó sus gafas para ocultar su rostro y comenzó a recoger torpemente el tiradero de su habitación como si así pudiera construir un escudo protector entre ellos.

Porque la afectaba.

La mirada tan profunda de aquel, la afectaba como él no tenía idea.

—Y dime —pronunció Ginger mientras se retiraba un mechón de la cara al agacharse para recoger una camiseta—; si sabes que el agua te hace ser gato, ¿por qué no te compras una sombrilla o tratas de evitarla?

En ese momento no veía la expresión de Sebastian, pero sabía que su rostro se torcía en una mueca.

—No es tan fácil, tarde o temprano también tengo que bañarme ¿no?, y eso no es algo que me guste hacer. Si las cosas fueran diferentes para mí, sería sencillo quedarme horas bajo una ducha por el simple placer de que el agua caliente relaja los músculos, así que, odio el agua tanto como los gatos de verdad.

 

Capítulo 3

 

 

Era poco más de mediodía y la señora Kaminsky había salido a hacer unas compras, por lo tanto, Ginger estaba sola. Con Sebastian. Que era un chico.

Un chico.

Le gustaba pensarlo y hacer gestos desdeñosos frente al espejo.

—Oh, ¿Qué dices Keyra? ¿Qué mi novio está más bueno que el tuyo? —Se abanicó con la mano— Ji, ji, ji. Pues sí. Está más bueno que un chocolate caliente.

—Ginger ¿Irás a tardar mucho? —la voz impaciente y amortiguada de Sebastian la sobresaltó al otro lado de la puerta del baño principal.

—No. ¿Por qué? ¿Quieres entrar?

Ay, Dios. Mejor hubiera dicho «¿quieres entrar después de mí?».

—No, pero es que… ¡Auch! Tu perro no deja de amenazarme de muerte.

***

La situación estaba así:

Tratar de sacar a Sebastian al otro lado de la puerta principal era como tratar de meter a un gato en la bañera.

Tenía las manos aferradas al umbral de la puerta con mucha fuerza.

—Sebastian, esto es ridículo, los vecinos están mirando hacia acá. Sal de una vez. ¿Acaso no estás aburrido de estar encerrado todo el día en mi habitación?

—¿Estás loca? ¿Qué tal si llueve? ¿Eh?

—Acaba de llover. No volverá a pasar hasta dentro de muchas horas.

—Solo mira esa nube —señaló una gigantesca masa irregular gris en el cielo.

Entonces Ginger se acordó de algo que no le había preguntado antes y se sintió desconsiderada en ese momento.

—¿Te duele al cambiar?

Él la miró por encima del hombro.

—No, creo que no… no lo sé, ni siquiera me doy cuenta hasta que noto que todo me queda a dos metros de distancia sobre la cabeza.

Eso era muy raro.

Detrás de Sebastian estaba Ginger y detrás de Ginger estaba Honey, quien aprovechó que Sebastian zafaba un brazo del umbral para lanzarse sobre Ginger con sus dos patas delanteras y esta a su vez chocara contra la espalda de Sebastian haciéndolo caer y rodar por las escalinatas… y arrastrándola a ella también.

Ginger quedó apretada entre un charco que le mojaba la espalda y el pecho de Sebastian.

—¿Qué pasa contigo? ¿Por qué siempre tienes que ser tan agresiva?

—¡Fue Honey! Además yo no soy… —Sebastian se movió un poco, solo un poco, pero lo justo para que Ginger sintiera toda la firmeza de su cuerpo.

Se mareó.

Honey comenzó a ladrar burlón.

Su corazón latió a tal velocidad que sabía que él lo notaría a través de la ropa.

Ella le puso las manos en los hombros y le dio empujones.

—Quítate, ¡quítate!

Él se apartó sobándose la parte baja de la espalda y le tendió la mano a Ginger para ayudarla a levantarse.

En algún pequeño lugar dentro de ella misma, estaba harta.

Harta. Harta. Harta.

Harta de que cada cosa que pasaba con Sebastian le hiciera perder la conciencia, el control de sí misma.

Le molestaba porque era terreno desconocido para ella.

La chica genio se sentía estúpida por primera vez en su vida.

Esta vez, el problema era que la mano de Sebastian era como un guante para la mano de Ginger. Encajaban como las dos últimas piezas de un rompecabezas.

Tenía el tamaño justo: la de Sebastian era grande y cubría por completo a la pequeña de Ginger.

Él carraspeó y se soltó para luego meter las manos en los bolsillos del pantalón y caminar hasta la banqueta.

—Bien, ya estoy afuera ¿y ahora qué?

Ginger regresó por la correa de Honey y tras cerrar la puerta con llave, caminaron por la banqueta.

No sobra decir que la dirección de Ginger era el número diez de Downing Street, es decir, el palacio de Buckingham estaba tan cerca que su familia y la Reina Isabel II eran vecinas. Aunque claro, nunca tocaban a su puerta para preguntarle si tenía una taza con azúcar que le regalaran, ni le dejaban encargado a Honey cuando toda la familia salía de viaje, ni invitaba a su madre a tomar el té de las cuatro mientras se pasaban los chismes de la loca Duquesa de York. Alrededor de ella se encontraba el parque de Saint James, el Big Ben, el legendario puente de Londres, la abadía de Westminster y un puñado de jardines, teatros y museos; pero de todos esos lugares, Ginger no sabía a dónde ir con un chico.

Doblaron en King Charles Street hasta entrar en el parque Saint James donde Ginger soltó a Honey para que olfateara libremente.

Mientras Sebastian lo veía alejarse con la nariz pegada a las hojas caídas, deseó en silencio que se perdiera y nunca volviera, los perros lo ponían nervioso y huraño. Honey no era la excepción.

***

Sentado en el lado más seco de una banca, Sebastian esperaba.

Había pasado una semana entera. Con sus siete días y seis medianoches.

Una semana entera como un gato. Y bueno ¿qué esperaba? No paraba de llover y llover y llover…y llover.

Bien, tampoco era para quejarse, estaba más que acostumbrado pero, ¿en qué estaba pensando? ¿Dejar que una desconocida con disfraz de camarón lo recogiera como si fuera un peluche abandonado?

¿Por qué simplemente no la atacó como pensaba hacerlo al principio? ¿Por qué no saltó y la arañó en la cara?

La respuesta era sencilla.

Porque quería que lo sacara de ahí.

Abrió los ojos que, hasta ese momento habían estado cerrados y la luz que se colaba intermitentemente entre las hojas del árbol lo cegó.

Vio la espalda de Ginger un poco más allá mientras hablaba con el dueño de un carrito de hotdogs. A pesar de ser alta, su complexión era muy menudita y parecía que su pelirrojo cabello la quemaba como fuego en su piel de fantasma.

A la manera de ver de Sebastian, era muy flacucha, daba tropezones constantemente con cualquier diminuto relieve en el cemento demostrando su grado de arritmia y casi no tenía pechos (sí, hasta en eso se fijó), pero hace un rato… y en la mañana…

—¿Un hotdog?

Sebastian parpadeó cuando se dio cuenta de que frente a su nariz se extendía el alargado alimento.

Ginger se hizo espacio en el lado seco del asiento empujando un poco la cadera de Sebastian con la suya y luego apuró una mordida a su hotdog.

—Mmm. El tuyo tiene mostaza. Espero que te guste la mostaza. El mío es de salchicha vegetariana y no tiene mostaza porque soy alérgica a ella, bueno la verdad es que soy alérgica a la mayoría de los alimentos y estoy constantemente de visita con el nutricionista, lo odio, no me deja comer nada y ni siquiera puedo hacer deportes porque me desmayo, es por eso que estoy exenta de esa clase en la escuela, lo que es genial pero desgraciadamente no puedo ver a los jugadores y…

Sebastian se presionó ambas sienes.

—¿Siempre haces eso?

Ginger lo miró desconcertada con el hotdog a medio camino de su boca.

—¿Hacer qué?

—Hablar y hablar cuando te emocionas.

—Yo… —tuvo que desviar la mirada a su regazo, los ojos de Sebastian estaban cegadoramente más azules a la luz natural— es que, es agradable hablar con alguien y saber que te escucha —su voz se fue apagando, sospechaba que estaba dejando entrever el suicidio social que había sido su vida.

—¿Te refieres a que no tienes amigas como esas que se cuelgan en el teléfono hablando horas y horas?

Ginger sacudió la cabeza.

—No solo no tengo de esas, no tengo de ningún tipo.

Sebastian no pudo evitar que esa declaración le causara pena. Deseó en ese momento haberla conocido antes para ser su amigo, pero contra el pasado nada se podía hacer.

Sentía que era el único que podía darle consuelo.

Apoyó su mano en la de ella y dijo.

—¿Y yo qué? ¿Acaso no cuento como amigo? —sonrió.

Ginger no podía procesar esas palabras.

—¿Tú? Pero… te acabo de conocer hace un día.

—Un día, dos segundos, veinte años, no importa. Para ser amigos no hay reglas, Ginger.

Los ojos de Ginger ardían con las lágrimas que no entendía por qué querían salir de repente. Hizo un enorme esfuerzo por mantenerlas a raya y sonrió gradualmente hasta que sus labios se ensancharon del todo.

Sebastian experimentó una sensación extraña que lo pasmó. Era como si la sonrisa de Ginger pudiera iluminar todo Londres en la noche.

De camino de vuelta a casa, Ginger encontró a Honey y le volvió a colocar la correa, eso irritó a Sebastian.

Ambos, perro y humano se fulminaron con la mirada como los eternos enemigos que eran.

—He querido saber, si no te molesta contestar…

Sebastian puso los ojos en blanco.

—Ya deja de ser tan formal, por favor, siento que me está hablando la Reina.

Ginger se lo tomó como un cumplido que la sonrojó pero prosiguió:

—Está bien…em, amigo —esta vez habló como chica mala de barrio y le dio un puñetazo a Sebastian en el brazo.

—Demasiado informal… y agresiva. Solo se tu misma.

Ginger tomó aire y lo volvió a intentar.

—¿Qué haces cuando no estás ocupado cazando ratones? Me refiero, a cuando eres humano. ¿Dónde vives? ¿Con tus padres?

Él se adelantó a patear una piedra que sabía que Ginger no vería, pero de todas formas se golpeó el dedo con otra. Sebastian no podía contra las fuerzas oscuras de todas las piedras del mundo.

—Nunca he sabido nada de mis padres —dijo cambiándole de lugar a Ginger por el suyo que estaba menos infestado de piedritas—. La señora Lovett me rescató cuando tenía cinco años.

—¿La señora Lovett? ¿La que tiene cincuenta gatos viviendo en su casa?

—La misma. En ese momento yo tenía el tamaño de un gato bebé, pero ya había abierto los ojos y podía caminar más o menos bien. Cuando me secó con una secadora para el cabello y volví a ser humano…

—Te botó de nuevo.

— No, ¡qué va! Me adoró como si fuera un Dios gato egipcio. Mi condición no le sorprendía, hasta creía que todos sus gatos eran iguales a mí y los bañaba todos los días esperando a que se convirtieran en humanos, pero esa es otra historia, créeme, no quieres saber, los terminó matando a todos de un resfriado.

Ginger se rio muy a pesar de los gatitos.

—Todo el mundo cree que está loca —siguió Sebastian—, pero no es cierto… bueno un poco tal vez pero, es una buena persona, se encargó de mi educación, aunque debo decir que no asistía mucho a la escuela porque siempre llovía y su sombrilla tenía hoyos.

—Si te cuidaba tan bien ¿por qué no estás con ella?

—Ya está muy vieja y aunque diga que no, no puede ni con ella misma. No quise ser una carga y me fui. Además, es más fácil ser un vago cuando eres gato, tienes menos necesidades.

A Ginger le dolió que de cierta manera reconociera que le gustaba ser un animal, tal vez quisiera irse pronto y regresar a su vida de antes dejándola a ella sin…

Sin un amigo.

Una gota cayó en la nariz de Sebastian quien rápidamente se alteró.

—Ay no. No otra vez —se pegó a una pared y miró al cielo.

—¿Qué pasa?

—¡Va a llover! —el terror y la angustia se reflejaban en sus ojos.

Ginger alzó la barbilla al cielo y sacó la lengua queriendo capturar alguna gota.

—Claro que no. Solo estás un poco…

Un trueno hizo vibrar los cristales de las casas e inmediatamente después y sin previo aviso se soltó la lluvia torrencialmente.

—Diablos —Ginger se apresuró a sacar las llaves de la casa y se agachó hacia Honey—. Honey, como te enseñé, ¡toma las llaves y corre lo más rápido que puedas a la casa! ¡Corre!

El perro, obediente salió disparado con las llaves tintineando en el hocico mientras que Ginger se apresuraba a quitarse el suéter y se lo ponía a Sebastian sobre la cabeza.

—Olvídalo, ya es tarde.

—Ni loca —le tomó la mano apretándosela con fuerza y lo jaló— agacha la cabeza y corre, yo te guío. Confía en mí.

Ginger corría desesperada. Le había dicho a Sebastian que confiara en ella, pero ella no confiaba en su vista a la que se le metió agua en los ojos impidiéndole la visión.

Tuvo que confiar en que se sabía el camino de memoria con los ojos cerrados.

Logró parpadear y deshacerse un poco del agua. No estaban tan lejos de casa, pero ella ya iba tan empapada que la blusa se le transparentaba y sus zapatos crujían y emitían un sonido de succión por el agua dentro de ellos.

Era Sebastian el que ahora le apretaba la mano a ella con mucha fuerza.

—Ya casi llegamos, solo aguanta…

Faltaban tres casas para llegar y Ginger pasó de sentir calor en su mano a sentir los dedos fríos de la lluvia. Se detuvo en seco. Las gotas caían más cargadas y más furiosas. Miró su mano vacía y luego miró por encima de su hombro.

Sebastian ya no estaba.

 

Capítulo 4

 

 

El suéter rosa estaba hecho una bola empapada en la banqueta.

El agua había oscurecido la tela convirtiéndolo de un rosa palo a un rosa intenso.

Se acercó a él y cayó de rodillas, ya no le importaba la lluvia.

Levantó el extremo de una manga y encontró un precioso gato negro hecho un ovillo sobre sus cuatro patas con el pelaje apelmazado por el agua. Debajo de él estaba su ropa.

—Se…Sebastian —susurró con la voz a medio quebrar.

Él la miró con esos enormes ojos azules y las pupilas tan dilatadas que se veía insoportablemente adorable e indefenso.

—Miiaaauuuu.

—Lo siento tanto.

Sebastian se levantó y apoyó sus patas delanteras en las rodillas de Ginger. Las almohadillas de sus patas estaban frías.

Ella lo levantó y lo cargó sobre su hombro cubriéndolo con el suéter sabiendo que ya más mojado no podía estar.

Al llegar a las escalinatas, la puerta ya estaba abierta y Honey los esperaba echado sobre su estómago, empapado y moviendo la cola.

En cuanto vio a Sebastian gruñó y este a su vez siseó.

—¡Tranquilos los dos! —reprendió Ginger.

Cerró la puerta con el talón y subió a su habitación dejando un rastro de pisadas de agua.

En cuanto bajó a Sebastian, este se sacudió desde la cabeza hasta la cola y luego se apuró a acicalarse.

Si antes dudaba de algo, Ginger ahora sabía que todo era cierto, y no podía creer que lo aceptaba.

Miró las patas de Sebastian soltando un suspiro de nostalgia. Esas patas no tenían ni diez minutos que habían sido manos y dedos que había sostenido.

No podía soportar que algo así fuera verdad.

Supo que era hora de cambiarse cuando estornudó.

Sacó ropa seca del ropero, encendió la calefacción, encerró a Sebastian en su habitación y se metió a bañar.

Cuando salió y estuvo de nuevo frente a la puerta de su habitación, el corazón le latía con rapidez y fuerza.

Imaginó el perfil de Sebastian recargado contra su ventana; pero al abrirla solo encontró una bola de pelos viendo hacia la ventana. Soltó un suspiro y se acercó sentándose junto a él mientras se abrazaba las rodillas.

Sebastian la ignoró hasta que ella le rascó tras las orejas y él comenzó a ronronear con fuerza.

Ginger puso un dedo bajo su cuello, le gustaba sentir la vibración que emitía cuando ronroneaba.

Sebastian estaba encantado ¿qué gato no lo estaría? Si había algo que amar más que la leche, era que lo acariciaran y si había algo más divertido que una caricia, eran las bolas de estambre.

Y en ese momento la blusa de Ginger tenía un hilo suelto.

Sebastian no se pudo resistir, sus pupilas se dilataron y su trasero se meneó para lanzarse y juguetear con el hilito entre sus patas.

Sin poder controlarse, clavó las garras justo en la tela del pecho derecho de Ginger, atorándose cuando intentó zafarse.

—¡Eres un pervertido!

Le aporreó la pata. Al final Ginger tuvo que intervenir jalando su blusa de un lado y la pata de Sebastian hacia otro.

Él se fue asustado debajo de la cama, asomando solo sus brillantes ojos a través de la sobra del edredón que colgaba.

Ginger salió hecha una furia azotando la puerta. Sebastian la escuchó revolver en el interior de algún cajón de la habitación contigua y luego sus pasos de regreso.

Vio su cabello descender hasta la alfombra y luego estaban cara a cara.

—Ven, Sebastian —le chasqueó los dedos—. Bichito, bichito.

Él, como siempre pasaba cuando era un gato, casi no entendía nada, pero el sonido que Ginger hacía al decir «bichito, bichito» le pareció tremendamente atractivo.

Se acercó cauteloso y con el temor de que tal vez le estaba tendiendo una trampa para hacerle la vasectomía con una navaja para depilar bellos de las piernas.

Cuando tuvo medio cuerpo fuera de las profundidades abismales de la cama, Ginger lo tomó del pescuezo y lo sentó en su regazo con firmeza.

Y luego Sebastian escuchó el sonido más horroroso del mundo.

Volteó y comprobó que el sonido más horroroso del mundo debía venir del arma más horrorosa y mortal del mundo: la secadora para el cabello. Trató de zafarse, maulló, se revolvió, crispó el lomo, sacó las uñas, pero Ginger lo tenía bien asido.

—Tranquilo, Sebastian —le susurró con una dulce voz casi inaudible por el alarido de la secadora—. Solo quiero que regreses.

—Maaauuu.

—Solo vuelve.

Alguna campanita en el cerebro de Sebastian tintineó.

Se quedó quieto al instante.

«Vuelve».

Esa palabra si la entendía tan bien como su nombre.

Se quedó sentadito sobre las arañadas piernas de Ginger y se las arregló para lamerle los dedos que agarraban su cuello.

Ginger se rio por lo bajo.

—Tienes la lengua rasposa, me haces cosquillas.

Ya solo faltaba una parte de su lomo por secar pero el resto ya estaba suave y tan esponjado que parecía un gato gordo.

Apuntó la boquilla de la secadora al área que faltaba y las cosas sucedieron en cuestión de milésimas de segundo.

Sebastian comenzaba a hacerse más y más pesado.

Donde había abundante pelo, ahora había una fina capa de vellos oscuros. Donde había dos pares de tiernas y cortas patas, ahora había dos largos y musculosos brazos y dos poderosas piernas; el flexible cuerpo del gato se convirtió en el duro y escultural torso de un hombre.

Ginger lo miró a los ojos sin rastro de aliento, creyó seguir viendo al gato Sebastian, pero cuando bajó la vista y vio su nariz en punta y luego la perfecta forma rellena de sus labios, supo que estaba mirando solo a Sebastian.

Sebastian y punto.

Sus ojos se volvieron a encontrar, apenas los separaban cinco dolorosos centímetros.

Las transformaciones siempre lo dejaban agitado y estaba jadeando, calentando con su aliento la carne de los labios de Ginger.

Se volvió loca.

La volvió loca.

Sebastian, que apenas se adaptaba de nuevo a la forma humana, estaba mareado y la cercanía de Ginger no lo ayudaba precisamente a poner los pies sobre la tierra.

Se daba perfecta cuenta de que estaba desnudo encima de ella, cosa que en parte lo excitaba sin poder evitarlo y en parte lo preocupaba porque Ginger era…bueno Ginger era inocente hasta decir basta. Tenía la frase «inocente y directo a ser monja» en la frente.

Tenía que decir algo, lo que fuera. Porque si no lo hacía no podría contener las ganas de besarla, no quería tocarla todavía, no le podía hacer eso.

Maldición.

—Ginger —dijo en un susurro ronco.

—¿Qué?

Él vaciló un momento.

—Bueno es que… —la miró a los labios—, no es algo que tenga que decir porque es evidente, claro, pero… —ay, ¿por qué era tan difícil decirlo?— pero como podrás notar, estoy desnudo encima de ti y no quiero sonar lascivo pero si no te apartas creo que yo…

Ginger parpadeó y miró hacia abajo.

Una parte de ella se escandalizó y otra se fascinó de la perfección que encontró en el cuerpo de Sebastian. Debatiéndose entre tocar o no tocar los músculos de sus hombros y brazos.

Tal vez fuera solo imaginación de ella pero, la piel de Sebastian quemaba como si tuviera una plancha caliente encima, le transmitió tanto calor que sintió que le sudaba todo el cuerpo, incluso en zonas donde sabía (o creía) que no podía sudar.

—No puedo —dijo ella repentinamente sin aliento.

A Sebastian le sorprendió que ella no se moviera ni un solo centímetro para apartarse. Cerró los ojos y los apretó tratando de saltar sobre el control y aferrarse a la cordura; él definitivamente no quería apartarse y le costaba toda su fuerza de voluntad permanecer cuerdo.

—Diablos, Ginger, ¿por qué no? —dijo con la mandíbula apretada y ella notó un músculo moverse en su mentón.

—Porque me aplastas.

Ah, sí, he ahí el dilema.

Sebastian abrió los ojos descubriendo que la distancia entre sus labios era todavía menor.

Bueno, perdió, pero al menos lo intentó…

Conforme iba inclinando más la cabeza, acabando con la cruel distancia que los separaba, notaba el pecho de Ginger subir y bajar sin control alguno, muy rápido y cada vez más agitadamente.

Ella estaba siendo cruelmente atacada por los nervios, y también estaba expectante.

Un beso.

¡Uno de verdad!

¡La iba a besar! ¡La iba a besar! ¡De verdad la iba a besar!

¿Qué debía hacer? ¿Dónde se ponían las manos? Maldición, le estorbaban tanto; todo sería más fácil si no tuviera manos…

Al diablo con su cerebro.

Justo en el momento en el que ella entreabrió los labios inconscientemente para recibir el beso, se escuchó el rechinido de bisagras de la puerta principal abriéndose y el chasquido del picaporte al cerrarse.

Sebastian levantó sagazmente la cabeza hacia la puerta de Ginger y ella la echó hacia atrás para mirar también.

Santo Dios.

Kaminsky.

—Uff, menos mal que me llevé la sombrilla… ah, hola, Honey, ¿por qué estás mojado? ¿Saliste a dar un paseo con Ginger? —se oyó flotar la agradable voz de Kamy desde la planta baja.

Un ladrido.

Los pasos de la señora Kaminsky resonaron pesados por el recibidor y luego por las escaleras.

—Ay Dios ¡me va a matar! Es mi fin. ¿¡Qué va a pensar si me ve así contigo!?

Ginger sacó fuerza del miedo que la tenía agarrada por el cuello y empujó a Sebastian, que ya se estaba medio levantando.

Se puso de pie de un salto y empezó a correr como loca alrededor de la habitación, presa del pánico.

—Dónde te escondo, dónde te escondo.

En ese momento deseaba tanto que fuera un gato para poder meterlo en un cajón o arrojarlo por la ventana sin más.

Y entonces volteó y vio la luz.

Su ropero.

Jaló a Sebastian (que se veía de lo más tranquilo) del brazo, abrió la puerta corrediza de un jalón y lo empujó dentro sin muchas contemplaciones.

—¡Auch!, oye ¿qué tienes aquí? Me acabo de enterrar algo en el…

—Ginger, ¿estás aquí? —preguntó la voz de la señora Kaminsky desde el otro lado de la puerta.

—Ah, sí —contestó reprimiendo los jadeos.

—¿Podrías bajar a ayudarme con la cena?

—Claro.

Cuando los pasos de Kamy se alejaron, Ginger todavía estaba jadeando.

Abrió la puerta del ropero y tapándose los ojos con el antebrazo, le aventó a Sebastian una afelpada bata rosa de mi pequeño Poni.

—Lo siento, tengo que bajar pero ponte esto mientras. Te traeré la cena.

Sebastin sonrió a pesar de que Ginger no podía verlo y alargó el brazo para tomar la bata desde el reducido rincón entre vestidos y jeans donde estaba sentado abrazándose las rodillas.

—Leche, por favor.

—De acuerdo.

Y salió corriendo.

Él se llevó las manos a la cara para restregársela y sonrió irónico.

No podía creer lo que estuvo a punto de hacer.

Y menos podía creer cuánto le molestaba no haberlo podido hacer.

 

Capítulo 5

 

 

Ginger se levantó modorra y cuando puso un pie en la alfombra del lado izquierdo de la cama sintió que pisaba una mano.

Todavía no se acostumbraba a la presencia de Sebastian en su habitación.

Llevaba durmiendo dos noches en el suelo sobre mantas y muñecos de peluche gigantes que lo rodeaban, como custodiando su sueño.

Él dio un respingo que le hizo sorber el hilo de saliva que se escurría sobre una jirafa azul y despertó cuando sintió el machucón en los dedos.

—Lo siento —murmuró Ginger con el acento arrastrado de los que están atrapados entre el mundo de los sueños y la realidad.

Sebastian se estiró arqueando la espalda como un gato, bostezó y miró alrededor.

—¿A dónde vas? —preguntó en medio de un largo y profundo bostezo.

—Escuela.

Se incorporó apoyándose en los codos y la observó murmurar cosas, tambalearse, golpearse el dedo meñique del pie con una silla y darse un cabezazo con la puerta antes de que pudiera abrirla y salir arrastrando los pies. Extremadamente amodorrada.

Santo Dios, esperaba que no se cayera de las escaleras al bajar.

Aprovechó que Ginger no estaba para arrojarse a su suave y enorme cama. Dio un par de vueltas en el colchón sobre sí mismo, una hacia la derecha y otra de regreso. Enterró la cara en la mullida almohada y aspiró profundamente su aroma.

El aroma de Ginger.

Era un olor entre floral y aceites para bebés tan embriagador que enterró la nariz profundamente hasta provocarse un estornudo.

Se puso en pie y buscó su ropa (la del padre de Ginger en realidad) en el suelo. Se embutió los jeans y le pareció que le apretaban un poco en los muslos y el trasero. Una de dos, o el padre de Ginger tenía la complexión de un enano de Blanca Nieves o tenía el trasero tan plano como una tabla.

Bueno, el suyo no lo podía esconder de las miradas golosas de las mujeres así que le terminaba dando igual.

Se metió la camiseta polo azul por encima de la cabeza y se calzó los zapatos italianos (de nuevo del padre de Ginger) que, por razones milagrosas le quedaron a la medida.

***

Cuando Ginger entró en la habitación atareada, pulcramente peinada con su trenza francesa a un lado, sus gafas, un sencillo vestido azul marino a mitad de la rodilla y la mochila al hombro, se quedó absorta al ver a Sebastian y le costaba imaginarse que hubiera algo visualmente más fabuloso que él.

Lo más destacable era la maravillosa forma en que le quedaba el pantalón de su padre y el negro cabello medio alborotado que le caía sobre la frente.

Cuando él le sonrió, se aceleró su corriente sanguínea y se palpó la nariz para cerciorarse de que no le escurriera sangre.

—¿Puedo ir contigo? —preguntó él.

«Sí, ¡sí! A donde quieras».

—Pero, no vas a mi escuela.

—¿Y a cuál vas tú?

—Dancey High.

—Perfecto —caminó hacia la puerta para abrirla—, ahí también voy… o iba más bien.

—¿¡Qué!? —Ginger abrió y cerró la boca como un pez aspirando plancton— Cómo… ¿Cómo es que nunca te vi? —alargó la mano y le volvió a cerrar la puerta.

—Ya te lo dije, llovía mucho. Ahora, si me disculpas —abrió la puerta—, tengo un semestre que recuperar. El año pasado me hubiera graduado de no ser por mi problemita.

Ginger cerró la puerta de nuevo.

—¡No!

—¿No?

—Mis padres están abajo.

Sebastian se encogió de hombros.

—Oh, no hay problema —caminó hasta el ventanal, descorrió las cortinas y levantó el cristal hacia arriba para encaramarse al filo del alféizar exterior.

—¡No! ¿Qué vas a hacer? Sebas…

Levantó una mano como para impedirlo, pero él saltó de improviso desde el segundo piso hasta el suelo donde cayó limpiamente sobre los pies y las rodillas flexionadas, apenas con un sonido sordo. Tal cual un gato.

—…tián.

Ginger se encaramó hacia la ventana tan bruscamente que el alféizar se le enterró en el estómago y miró hacia abajo cuando Sebastin miraba hacia arriba y extendía los brazos.

—Salta, yo te atrapo—dijo divertido con una sonrisa burlona.

—Estás loco, yo soy una persona decente que está en su propia casa, no en un reclusorio.

Cerró la ventana y salió por la puerta principal como la persona decente que era en su propia casa.

***

Pensar en la expresión que el operado y plástico rostro de Keyra Stevens pondría cuando viera a una inadaptada nerd empedernida y sin vida social alguna que respaldara a Ginger, con un tipo como Sebastin, la llenaba de un ego que jamás pensó que llegaría a tener ni aunque se lo inyectaran.

Cruzaron el estacionamiento de la escuela a pie y Ginger notaba las miradas curiosas y fascinadas absorbiéndolos.

Volteó a ver a sus admiradoras, pero claro, como era costumbre ni la notaban.

Las chicas miraban directo hacia Sebastian.

Solo a Sebastian.

Para ellas Ginger era como un mosquito que solo le rondaba por la cabeza, por lo tanto, ni se molestaban en verla.

Eso la embargó de familiar decepción, pero Sebastian pegó su brazo al de ella y se llenó de nueva esperanza.

Subieron las escalinatas principales envueltos en una brisa de murmullos «¿quién es ese?», «pero que retaguardia tan…bien formada», «¿por qué está con esa?».

Se internaron en el barullo del pasillo con la estampa típica de Dancey High: los más grandes masacran a los más pequeños. Era simple Ley de Selección Natural. Y Ginger pertenecía al grupo de los Pequeños Masacrados, hurra.

Brandon Winterbourne, un tipo muy fornido, con cuello de toro, cuerpo de gorila abusivo, delantero de campo del equipo escolar de rugby, y obvio novio de Keyra Stevens, se encontraba con su liga de súper villanos (que qué casualidad, eran los demás miembros del equipo) amedrentando a un chico de penoso aspecto debilucho con brackets de esos que se sostienen en la cabeza por fuera de la boca. Ginger se tensó y apretó sus libros contra el pecho cuando pasaron junto a ellos.

—Camina, no los mires a los ojos.

Cuando los dejaron atrás se escuchó el alarido del chico al que despidieron con un calzón chino.

—¡Miren! ¡Son de su abuela! —gritó Brandon levantando las trusas como si fuera la copa de la liga.

—Mi abuela murió —chilló el chico con mueca de sufrimiento.

—Dios mío… —murmuró Sebastian caminando de espaldas para ver el espectáculo.

Ginger lo tomó del brazo y lo hizo girarse para que caminara mirando hacia adelante.

—Es así todos los días, no te sorprendas. Pobre Edmund, no podrá sentarse en un mes.

Llegaron al casillero de Ginger. Sebastian, con el brazo recargado en el casillero de al lado observó la manera en la que los delgados y elegantes dedos de ella giraban el candado con la combinación y se abría con un débil chirrido del metal.

Le llamaba la atención que ni el exterior de su casillero ni el interior estaban personalizados como los demás. Ni una calcomanía, ni un altar a la foto de algún artista sin camisa de mirada seductora, ni cartas de amor en las rendijas, ni nada. Solo lo estrictamente necesario: el horario marcado con colores pegado al interior de la puerta y los libros acomodados por tamaños.

Ginger era diferente.

Ginger era especial.

Ginger era Ginger.

Y le gustaba.

Empujó el puente de sus lentes hacia arriba y sacó unos pesados libros de álgebra y francés.

—Oigan, chicos, ahí está Escorpi. Vamos a saludarla.

Brandon se acercó con esa maldita sonrisa bravucona y torcida en su rostro y justo cuando Ginger levantó la vista él, azotó sin miramientos la puerta del casillero contra la cara de ella, enchuecándole los lentes y tirándole los libros a los pies.

A Sebastin le hervía la cabeza.

Tuvo que cerrar los puños para no reaccionar violento cuando Brandon y sus amigos pasaron de largo riéndose, mofándose y chocando las palmas.

Bajó la vista y encontró a Ginger de rodillas mientras levantaba sus libros torpemente; cuando había recogido la mayoría, se le volvieron a escurrir de los brazos y soltó un gemido de frustración.

Sebastian se llenó de una ternura que no cabía en él.

Se puso de rodillas frente a ella y rejuntó todos sus libros eficazmente, luego acercó una mano y levantó la barbilla de Ginger con un dedo obligándola a mirarlo.

—Ginger, estás… ¡Te sangra la nariz! —la cara de Sebastian era de pura preocupación.

Ella se levantó bruscamente y sacó de su casillero un pequeño espejo de mano en forma de corazón.

El hilillo de sangre descendía lentamente sobre su labio superior.

—Ginger yo… ellos… —estaba tan enfurecido que no podía hilar sus pensamientos— No puedo creer que sean así y menos contigo —lanzó una mirada al pasillo por donde se habían alejado—. Bastardos.

—No te preocupes —se apresuró a sacar una cajita de pañuelos desechables y presionó su nariz inclinando la cabeza hacia arriba —. En serio, no ha sido nada.

—¿Qué no ha sido nada? —Exclamó fuera de sí— Júrame que no es así todos los días.

Ginger no contestó, cerró su casillero y comenzó a caminar cuando la campana sonó y posteriormente el pasillo se saturó del sonido metálico de los casilleros cerrándose.

—Ginger, mírame y júramelo.

Ella no lo miró. No quería hacerlo. Rehuía su mirada porque los ojos se le comenzaban a poner llorosos y le quemaban.

A Sebastian no le pasó desapercibido.

—Ginger… —dijo en un tono increíblemente más suave y tranquilizador.

—Es por el golpe, nada más —metió la punta de los dedos tras sus gafas y barrió sus lágrimas dejando un húmedo rastro tras de sí.

Sebastian no insistió en el tema, pero juró en silencio que la próxima vez no se quedaría de brazos cruzados.

La vio llegar a su salón y detenerse en la puerta para voltear y despedirse de él agitando la mano, componiendo una sonrisa que le pareció triste.

Sebastian entró en su antiguo salón de literatura con algo de retraso. La señorita Brooks ya no estaba al frente de la clase como él recordaba; en cambio estaba otra maestra mucho más vieja que lo miró inquisitivamente cuando se paró en la puerta.

La maestra enarcó una ceja por encima de sus gafas con cordones en las patillas y dejó de escribir en el pizarrón.

—¿Y usted es…?

Toda la clase (especialmente las señoritas) dejaron lo que estaban haciendo y levantaron las cabezas posando sus miradas en el flamante recién llegado.

El silencio era tan letal que podía cortar un papel en dos si lo lanzaban al aire.

La voz de Sebastian sonó como un trueno en medio del silencio.

—Sebastian… —vaciló un momento tratando de recordar el apellido adoptivo que le había dado la señora Lovett— Sebastian Blake —al final lo recordó, era el apellido del fallecido hijo de la señora Lovett.

La maestra enarcó la otra ceja y buscó en la lista de asistencia, mientras su dedo descendía sobre los nombres.

—No está en la lista, señor Blake.

Sebastian se encogió de hombros.

—Seguramente no, falté muchos días así que debo estar dado de baja pero la dirección debe tener mi registro.

La maestra hizo un mohín y caminó hacia la puerta.

—Iré a comprobar eso. Y ustedes —miró letalmente a los alumnos— terminen el ejercicio de la página 129.

Al cerrarse la puerta se hizo todo menos obedecer.

Sebastian fue presa de preguntas de todo tipo y arrimones de las chicas por la siguiente media hora.

Recordó por qué nunca se había acostumbrado a la escuela.

Al término del día, todo Dancey High salió como una estampida por las dobles puertas de la entrada, infestando la escalinata, la parte trasera del contenedor de basura (en el caso de los chicos emo para fumar y dar gracias por su soledad), el estacionamiento y la zona de autobuses escolares.

Sebastian estaba recargado sobre el rugoso tronco de un pino, mirando todas las caras que salían.

Cuando vio a Ginger, con su caminar inseguro, los libros abrazados al pecho y la mirada medio baja, sonrió. Sacó una mano del bolsillo del pantalón y la levantó esperando a que ella lo viera. Y lo hizo.

Cuando ella se acercó, le sonrió y él se ofreció a llevarle la mochila y parte de los libros.

—¿Nos vamos?

Ginger asintió, no podía ser cierto. Seguía siendo demasiado bueno para ser verdad.

Cuando vio a Sebastian ahí esperándola.

A ella.

Precisamente a ella.

El sol salió para Ginger.

Cuando comenzaron a andar, una chica se «topó» «accidentalmente» con el hombro de Sebastian.

—Ay, lo siento tanto.

Ambos voltearon y vieron a una chica deslumbrante: cabello negro azabache y ojos azul zafiro maquillados por un profesional; de cuerpo bastante escultural gracias a la gimnasia y pechos grandes gracias al silicón.

Sí, tenía que ser Keyra Stevens.

La Megan Fox clonada.

—No hay problema…

—Ay, no, no, no. Qué terrible, te debe doler —compuso una magnífica expresión preocupada y le sobó el brazo con bastante ahínco…no, que va, más bien se lo estaba explorando—. Soy Keyra; capitana de las porristas, así que es natural que ya hayas oído hablar de mí, mucho gusto —se presentó repentinamente y sonrió.

—Ah. Emm… soy Sebastian…

Ginger, totalmente ignorada, frunció el ceño y tosió con toda la intención.

Keyra reparó en su presencia con un mohín de repulsión.

—Cielos, Escorpi, aléjate. No me vayas a contagiar tus virus —se rio y le dio un golpecito coqueto al pecho de Sebastian—. Ay, discúlpala, es tan tonta.

A él no le hizo ninguna gracia esa chica, ni siquiera le dio buena espina en cuanto la vio.

—Se llama Ginger —dijo apartándose de los tentáculos de Keyra.

La Megan Fox clonada se ofendió en silencio por el hecho de que él se tomara la molestia de defender a la inepta pelirroja, sin embargo compuso la sonrisa del millón.

—Ginger, Escorpi, es lo mismo, ¿no lo sabías? —volvió a reírse tontamente, como quitándole importancia—. Seguro que no, verás, es nuestra fiel mascota en el equipo de rugby —dijo ella en un claro intento por desprestigiarla de las atenciones de Sebastian.

Ginger enrojeció y agachó la cabeza.

¿Cómo era posible que todos acabaran con ella de esa manera?

¿Cómo es que una persona tan dulce y buena como ella lo soportaba sin decir una sola palabra de queja?

Sebastian apoyó una mano en el hombro de Ginger instándola a caminar y le dieron la espalda a Keyra, quien no lo pudo soportar, claro.

Se autoproclamaba la prototípica eminencia escolar y darle la espalda a ella era como darle la espalda a la Reina Isabel. No había quién se resistiera a ella, no estaba acostumbrada a ver la espalda de nadie y por eso tenía que hacer algo para que ese chico tan bueno se fijara en ella y de paso quitar de en medio al bicho raro de Escorpi.

Se le ocurrió una idea, pero no le gustaba mucho. Situaciones extremas requerían acciones extremas.

Le dio alcance al dúo y se plantó frente a ellos.

—Oye Ginger —dijo, con la atención en Sebastian—, este viernes daré una fiesta en mi casa y —la miró de arriba a abajo despectivamente—… estás invitada —tuvo que hacer un esfuerzo extra para decir eso.

Ginger no lo podía creer ¿había escuchado bien? ¿Tenía un cacahuate en la oreja o era posible que pasaran tantas cosas buenas en un solo día?

Su rostro se iluminó de alegría.

—¡Gracias, ahí estaré!

—Genial —Keyra dirigió una mirada tentativa a Sebastian—. Ah y… trae a tu amigo— soltó y se fue meneando el trasero al caminar.

De camino a casa, Sebastian notó a Ginger muy risueña. Era muy bonita, pero en especial más cuando sonreía. Y odiaba ser aguafiestas, pero tenía que decirle:

—Oye, no estarás pensando en ir a esa fiesta, ¿verdad?

Ella lo miró como si hubiera dicho la palabrota más ofensiva del mundo.

—¿Estás loco? ¡Claro que voy a ir! No me la perdería ni aunque estuviera en medio de una operación de amígdalas.

—En serio, Gin, ¿por qué no nos quedamos en casa y vemos una película juntos o me enseñas algo de álgebra? —Se rascó la cabeza—. Siempre la llevo algo baja.

A Ginger le pareció de lo más tierno que quisiera pasar el día con ella en vez de ir a la fiesta. Dios, estaba muy tentada a aceptar…pero era la fiesta de Keyra, y la había invitado a ella. Una oportunidad así no se repetiría en otra vida.

—Pero, a ti también te invitaron así que…estarías conmigo.

Sebastian no era capaz de comprender por qué alguien tan inteligente como Ginger podía ser tan ingenua cuando de gente se trataba. Estaba clarísimo para cualquiera que hubiera sido testigo que, la invitación estaba hecha implícitamente solo para Sebastian. Ginger era como el pase desechable después de pasar por la puerta.

—Yo no pienso ir.

Eso fue un golpe bajo.

—¿Por qué eres tan amargado? —dijo tratando de no sonar tan a la defensiva.

—No es eso, es que Keyra… no me agrada.

—Ni la conoces.

—No, no la conozco y eso es lo que me da más miedo. No la conozco y ya sé que solo te invita para humillarte. No quiero que te sigan tratando así, Ginger, date tu lugar— sí, ya se sentía como su padre hablándole así.

Silencio.

Algunos pasos después, Sebastian miró a su lado y se dio cuenta de que Ginger ya no lo seguía.

Estaba parada más atrás, muy tensa y con el ceño fruncido.

—¿No crees que me invite solo por el simple hecho de que quiera que esté ahí?

Él se acercó.

—Ginger, no…

Ella se apartó.

—No, no, no. Respóndeme ¿Tan idiota crees que soy? ¿Crees que no me daría cuenta de algo así? Deja de subestimarme y no vuelvas a decirme con quien me tengo que juntar y con quien no, apenas me conoces como para que te tomes esa confianza conmigo.

Sebastian trató de controlarse, pero al final no pudo y el tono de voz le salió más alto del que quería expresar.

—No entiendo por qué la defiendes. Apuesto a que ni siquiera te habla. Apuesto que es esa clase de chica que te ha de tratar igual o peor que esos jugadores cretinos; no sabe ni siquiera tu nombre y te menosprecia… —tuvo que detenerse cuando sintió que había cruzado la línea. Bajó la intensidad de su voz hasta sonar cansado— y aun así lo permites sin el menor intento de demostrarles cuánto vales.

Capítulo 6

 

 

¿Alguna vez te has arrepentido de decir algo justo en el momento en que sale de tu boca?

Sebastian sí, y se quería arrancar la lengua.

Ginger sabía que él tenía razón.

Era perfectamente consciente de que vivía día a día todo lo que él acababa de adivinar. Todo era cierto; pero una cosa es saberlo, y otra muy diferente es pretender que nada pasa.

Vivía atrapada dentro de una bola para hámster, sin poder cruzar al otro lado por culpa de la basura que todos tiraban en su camino.

Decir «hey, aquí estoy» nunca funcionaba.

Despreciada antes de ser conocida.

Ginger no sabía exactamente qué había hecho para que la trataran de esa manera tan despectiva, probablemente nada, pero nadie lo veía de esa manera.

Todas esas experiencias las tenía bloqueadas, refundidas en el rincón más rezagado de su corazón… fue tan difícil enterrarlo todo, tardó años; y así tan fácil Sebastian llegó y…

Lo miró a los ojos.

Él parecía escrutarla con esa mirada tan tierna, pendiente de sus reacciones, pendiente del recorrido que una lágrima solitaria descendía por su mejilla.

Ginger no hizo nada por limpiársela.

Y no hizo nada por hablar.

Solo se dedicó a mirar cada veta azul de los ojos de Sebastian, buscando, tratando de entender por qué maldita razón él parecía comprender la situación mejor que ella, por qué tenía esa sensación de que él podría llegar a conocerla mejor cuando ella ni siquiera tenía claro quién era.

Todo el mundo parecía ver algo malo en su persona, pero Ginger no se daba por enterada.

No lo pensó más, levantó ligeramente la barbilla y tragándose su lágrima, caminó con paso digno airado.

«Date tu lugar».

«Demuestra cuánto vales».

Sebastian caminó detrás de ella, asegurándose de hacer ruido con las suelas de los zapatos para que Ginger supiera que la seguía. Era la primera vez que la veía caminar con los hombros rectos y firmes. Hasta le parecía más alta, más imponente.

—Ginger…

—Por favor, no me sigas —dijo tajante, sin asomo de emoción en la voz y sin voltear.

La siguió de todos modos.

Ella se dio cuenta.

Lo ignoró de todos modos.

Cuando llegaron a las escalinatas de la casa, Sebastian se sentía agotado y ni siquiera había corrido.

—Ginger, ¡Ginger! Por Dios, ¿qué dije?…Bueno, sé qué dije pero ¿por qué te pones así?

Ginger subió las escalinatas de dos en dos, abrió la puerta y cuando entró se la azotó a Sebastian en la cara.

Argg, mujeres.

Él aporreó la puerta con el puño.

—Ginger, ábreme.

«¿Ábreme?» Él ni siquiera vivía ahí como para exigir eso, pero siguió intentando.

—¿Podríamos hablar un momento?

Silencio.

Volvió a aporrear la puerta.

Silencio.

Soltó una palabrota entre dientes, adoptó la exasperada postura de los brazos en jarras y miró a la calle.

En la casa de enfrente alguien lo espiaba desde un resquicio entre las cortinas de la ventana pero las cerró abruptamente cuando Sebastian se dio cuenta.

De repente, el chirrido de la puerta abriéndose a su espalda lo sobresaltó y volvió la vista a Ginger que se acercaba a él con los brazos extendidos hacia adelante.

¿Lo iba a abrazar? ¿Se disculparía?

Todas las esperanzas se fueron por el drenaje, pues, lo único que Ginger hizo fue arrebatarle la mochila y los libros que se le habían olvidado.

Volvió a cerrar la puerta tras entrar. Sola.

Sebastian bajó las escalinatas y saltó sin ningún problema a los arbustos que rodeaban el jardín lateral. Alzó la cabeza y miró hacia el ventanal del segundo piso. Tenía que ser el de la habitación de Ginger, reconocía las cortinas y… Dios santo, no pudo evitar notar el revelador ángulo que la mujer de los correos tuvo de su trasero el otro día.

Se sacudió mentalmente del recuerdo más horrorosamente vergonzoso de su vida y se concentró en la tarea de buscar piedritas en el césped que sirvieran de proyectiles.

Sopesó varias piedras irregulares en su mano y antes de arrojar la primera contra la ventana, echó un furtivo vistazo alrededor; básicamente, lo que estaba haciendo era un acto de delincuencia y no quería acabar una noche en prisión…otra vez.

Retrocedió un paso para darse más perspectiva y arrojó la segunda piedra justo en el momento en que Ginger abría la ventana y le pegaba en la frente. Ella parpadeó perpleja tocándose la zona atacada.

Sebastian escondió sus municiones tras la espalda y dedicó a Ginger una mirada de profunda disculpa, lo cual solo sirvió para que ella lo fulminara mortalmente con la mirada y cerrara la ventana bruscamente.

—Ginger, es en serio, necesito hablar contigo.

Ginger entrecerró más los ojos.

Sebastian alzó los ojos al cielo y luego regresó a mirar a Ginger con los ojos cargados de sincera preocupación.

—¡Va a llover otra vez y me voy a mojar! —gritó levantando los brazos.

Ginger juntó las cortinas cerrándolas de un jalón. El mensaje en la acción era muy claro:

«Pues si llueve, te jodes».

Dos horas después, Ginger se encontraba con medio cuerpo inclinado dentro del refrigerador, buscando en sus profundidades abarrotadas alguna caja de leche.

Definitivamente iría a esa estúpida fiesta y cambiaría la opinión que tenían de ella. Le demostraría a Keyra que no era una lata que podía patear. Le demostraría a Brandon Winterbourne y a su legión de súper villanos que no era una nariz que podían romper. Le demostraría a Sebastian que no era una nerd empollona con complejo de friki incapacitada para defender su propia persona.

Pero sobre todo, se demostraría a sí misma hasta dónde podía colarse para darse su lugar; para destruir la inseguridad que le dificultaba respirar, la que la tenía amenazada con avergonzarla si aspiraba a ser algo más grande que una bacteria.

Y eso, era lo más importante… y lo más difícil de lograr. Sirvió la leche en un tazón de plástico y miró el exterior del jardín por el cristal de la puerta trasera. La lluvia era de un color tan plomizo que entristecía el cielo y colmaba el aire con olor fresco de la humedad.

Ginger abrió la puerta trasera y desplegó la sombrilla para protegerse de los despiadados golpecitos de la lluvia. Miró alrededor agitando un poco el tazón para que Sebastian pudiera captar el olor de la leche.

Buscó dentro de la casita de madera de Honey, se asomó al borde de la piscina (¿qué tal si se había arrojado para suicidarse?) y escrutó con la vista las ramas medio desnudas del único árbol que tenían.

Pero Sebastian no hacía acto de presencia.

Sabía que no seguía siendo SebastianEra Sebastian el gato. Sus ropas empapadas sobre el césped se lo confirmaban.

Ginger las levantó como pudo y dejó el tazón dentro de la casa de Honey.

Antes de entrar, se detuvo en el umbral de la puerta y soltó un suspiro, mirando por última vez el lugar donde habían estado las ropas, el lugar que los pies de Sebastian habían pisado por última vez.

 

Capítulo 7

 

 

Sebastian observaba la puerta principal de la casa de Ginger desde la barda del vecino.

El día anterior había llovido a todas horas, con mucha violencia.

En ese momento solo caía el rocío de una leve llovizna que dejaba gotitas diminutas en las hojas de las plantas.

Desde hacía varios minutos que esperaba que Ginger saliera. En su cerebro de gato la relacionaba con la comida y las caricias tras sus orejas. Su lado animal había formado la inquebrantable conexión mascota-dueño.

Ginger era su dueña.

Sebastian era de ella.

Cuando escuchó el chasquido del cerrojo de la puerta al abrirse, él se levantó de un salto en sus cuatro patitas y enderezó las orejas, pendientes a cualquier señal de Ginger; pero la única señal que vio fue a una anciana en pantuflas y bata con estampado de leopardo azul, mascullando algo entre dientes y posando una mano en la parte baja de la espalda mientras se agachaba para tomar el periódico.

—Ay, ay, ay, esta vejez, malditos reumas, me van a dejar como una lechuga… —hizo una pausa para soltar una horrible tos cargada de flema— Ay, maldita tos, me va a dejar como un perro enfermo… —entró de nuevo en la casa ahogando sus quejidos tras la puerta.

Posteriormente, llegó la mujer del correo quien, sin ninguna clase de disimulo, miró hacia la ventana donde Sebastian había tenido su «momento estelar».

Soltó un gruñido gutural al recordarlo. No conservaba todos los recuerdos de su mitad humana mientras era un gato… pero desgraciadamente ése no se borraría ni con un trasplante de cerebro.

Pasados quince minutos, la puerta volvió a abrirse y vio salir a Ginger pero… algo andaba mal, era diferente.

Esa versión de Ginger parecía mayor; su pelirrojo cabello estaba recortado en un moderno y elegante estilo que apenas le rozaba el mentón; además, caminaba de forma elegante y decidida, maniobrando los tacones de doce centímetros como una modelo; la ropa de corte profesional se ceñía a las curvas maduras y proporcionadas de su cuerpo…

Tenía que ser la madre de Ginger. Sebastian era gato, pero no tonto. Aun así, el parecido era extraordinario, no pudo evitar seguir mirándola como un adolescente enamorado de su profesora hasta que subió a un Mercedes Benz rojo y se perdió al doblar la esquina.

El padre de Ginger salió un poco más tarde, empujándose el nudo de la corbata hacia arriba; era un hombre delgado, de estatura media; tenía un bigote de esos que dan pinta de bonachón y unas gafas de montura cuadrada. Ahora se revelaba el misterio del origen de la miopía de Ginger. La había heredado de su padre. Y menos mal que fue lo único que heredó de él.

Repentinamente, la suave llovizna se intensificó y fue entonces cuando Ginger salió.

Sebastian se acercó, escondiéndose detrás de uno de los pilares que sostenían el techo del pórtico mientras la veía batallar con una sombrilla que no quería abrirse.

Cuando lo logró, el viento sopló fuertemente arrastrando a Ginger y abriendo más la sombrilla hasta doblarla por el sentido contrario.

Sebastian maulló y fue tras ella.

Ginger armaba todo un espectáculo acróbata aferrándose al mango de la sombrilla (que ya ni la cubría) y sosteniendo el gorro de su impermeable rosa sobre su cabeza.

«Idiota, deja la sombrilla y sálvate» pensó Sebastian con impotencia por no poder hacer nada.

Sin ser visto, acompañó a Ginger en su atropellado trayecto hasta la estación del metro donde, antes de irse, maldijo a la condenada sombrilla defectuosa y la arrojó a la basura.

***

Sí, claro.

De alguna manera era predecible que Keyra no le dirigiera la palabra a Ginger sin Sebastian pululando a su alrededor.

La normalidad volvió a reinar en toda la semana.

Ginger se sentía paranoica. Salía todas las noches al jardín esperando verlo arrojando piedritas a su ventana, se emocionaba cuando oía ruiditos en el cristal pero su sonrisa se desdibujaba al comprobar qué solo se trataba de la lluvia tamborileando.

Todos los días le dejaba un tazón hasta el tope de leche, y aunque amanecía vacío, no estaba muy segura de sí se trataba de Sebastian, bien podía tomársela otro gato.

Su corazón se encogía solo de pensar en Sebastian muriendo de frío, siendo atacado por una jauría de pitbulls rabiosos o estando atropellado en medio de la carretera sin que nadie levantara su cadáver…

Comenzaba a enterrarse la idea de que había sido la culpable. Sus malditos problemas existenciales alejaron a Sebastian y ni siquiera le había dado la oportunidad de hablar, de conocerse mejor, de ser amigos, de ser…

Cerró los ojos con fuerza.

«Bruta, tonta, torpe, estúpida, inmadura, idiota» se repetía ese mantra constantemente pues la única cosa que parecía buena en su vida se había desvanecido.

El peso de la culpa caía como cien ladrillos y lo único que deseaba era volverlo a ver para pedirle perdón, con la posibilidad de que no se lo concediera, de que no quisiera verla nunca más.

Abrió los ojos y miró su reflejo en el espejo.

—Ginger, estás preciosa —la señora Kaminsky miraba su reflejo con ojos brillantes.

Ginger apenas se reconocía. Había una extraña en su espejo, mirándola fijamente.

Se acercó más hasta que la punta de su nariz chocó con la de la chica que reaccionaba exactamente igual que ella.

No, imposible…no podía ser ella.

—Oh, Dios, siempre supe que algún día te convertirías en una hermosa señorita y yo… y yo… —se le quebró la voz—, disculpa —dijo llevándose una mano a la boca y jaló un pañuelo desechable de la caja.

Ginger, totalmente ajena al drama, le dio unas palmaditas en el hombro con aire distraído.

Kamy se sorbió la nariz con fuerza.

—Voy por la cámara, ¡no te muevas!

Cuando estuvo sola, Ginger se puso de pie y caminó vacilante al espejo de cuerpo completo que estaba anexo a una de las puertas del ropero.

Se quedó perpleja, pasmada, anonadada. Con la mandíbula desencajada.

Estaba… hermosa.

Sin duda Kamy había hecho un trabajo increíble con ella y le estaría agradecida de por vida.

Deslizó los dedos por su cabello recién alisado y tan brillante que, por primera vez, le encontró gracia a su color. El maquillaje alrededor de sus ojos los resaltaba intensificándole la sensualidad en la mirada y el gloss rosa natural hacía parecer sus labios más gruesos, más «besables». No pudo evitar sonrojarse.

Pero al descender la mirada por su cuerpo… ¡Santísima aparición! Se escandalizó de lo ceñidísimo y cortísimo que le quedaba el revelador vestido negro.

¿En qué diablos estaba pensando Kaminsky al hacerla vestir con el uniforme que usaría una prostituta?

La tela era muy fina y se le pegaba a cada parte de su cuerpo haciéndola parecer que…pues que tenía uno qué presumir; el largo le llegaba a medio muslo luciendo sus kilométricas piernas; los tirantes eran finos y centraban la mirada en un área en especial: los pechos. ¿De dónde habían salido? Ginger no lo sabía, pero ahí estaban.

Las formas recatadas con las que la habían criado estaban siendo violadas y se sentía traicionera… pero solo por una noche tenía que mandar al diablo todo.

Se sentía bonita por primera vez en su aburrida vida, se sentía capaz de adueñarse de la noche, de bailar (si es que se las arreglaba para saber cómo hacerlo), de coquetear con chicos (si es que no la terminaban intimidando) y de hacer que la víbora de Keyra se tragara sus venenosas palabras (si es que no la mordía primero y arrojaba el antídoto al inodoro).

***

La noche del viernes era fresca y despejada.

La lluvia por fin se dignó a ceder liberando a las estrellas de las tinieblas que las habían mantenido como rehenes durante toda una semana.

Sebastian ronroneaba mientras daba lengüetazos al tazón con leche. Era deliciosa, lo hacía sentir como en el paraíso gatuno.

Levantó la cabeza cuando escuchó el repiqueteo de unos tacones en las escalinatas y se dirigió hacia ahí con parsimonia, arrastrado por su naturaleza curiosa.

—Vuelve antes de que tus padres lo hagan. No olvides llamar en cuanto llegues. Ah, y mucho cuidadito con lo que tomas, Ginger Vanderbilt.

— Sí, sí, ya lo sé Kamy.

Sebastian se asomó entre los arbustos. Reconocía esa voz, tenía que tratarse de… Ginger.

¿Esa era Ginger?

¿¡Esa era Ginger!?

Sintió que algo le molestaba en el pecho, como un aleteo. Soltó un gruñido amortiguado al inclinar la cabeza y tratar de morderse la zona afectada, pero no tenía nada. No eran pulgas. Tampoco garrapatas.

Su gatuno y diminuto corazón estaba latiendo a la velocidad del aleteo de un colibrí. Como si acabara de esconderse del carnicero que siempre le quería dar caza.

—Miauu —exclamó.

Ginger se detuvo en seco justo cuando abría la puerta del taxi que aguardaba frente a su casa. Miró a ambos lados y luego se quedó quieta, mirando al vacío.

—¿Sebastian? —susurró tan bajo que solo ella se escuchó.

Pestañeó confundida, subió al taxi y Sebastian observó cómo se alejaban las luces rojas del vehículo.

—¿Miauuu?

Se sentó sobre sus cuartos traseros y comenzó a maullar, quería que Ginger lo escuchara y volviera.

¿A dónde había ido? ¿Por qué lo dejó solo? ¿Iba a regresar?

Muy en el fondo tenía la sensación de que sabía exactamente donde había ido. Pero ¿dónde? ¿Dónde era? Eso no lo podía recordar.

Pasó un buen rato plantado ahí, maullando y maullando lastimeramente hasta que la señora Kaminsky salió con aire exasperado, se agachó, se quitó una pantufla del pie y la arrojó a Sebastian con vaga puntería.

—Gato estúpido, ¡cállate de una buena vez! ¡Algunos tratamos de ver el noticiero!

Sebastian siseó mostrando todos los dientes y acto seguido desapareció después de orinar el poste del buzón. Todo un rebelde sin causa.

***

—Creo que ahí es —dijo Ginger por enésima vez mientras se encaramaba en el espacio entre los asientos delanteros y le señalaba al chofer la mansión al final de la elegante calle.

—Señorita, lleva diciendo lo mismo desde las últimas veinte casas… la verdad ya hasta perdí la cuenta. Si quiere la llevo de regreso a…

—No, no es necesario, ahí es.

El chofer puso los ojos en blanco y giró el volante para aparcar frente a la casa. Ginger le pagó la tarifa (endemoniadamente alta) y bajó del auto estirándose la falda del vestido hacia abajo con torpeza. Ya no estaba tan segura de sí misma. Se había dado ánimos mentales durante el recorrido, pero se olvidó de ellos cuando el motor del taxi dejó de ronronear en la lejanía.

Miró hacia el lugar de donde provenía el golpeteo amortiguado de la atronadora música. La casa de Keyra era una mansión distribuida en dos alas laterales que se conectaban a una central; el exterior estaba tapizado con piedra color arena que se iluminaba tenuemente con la luz que emergía de las múltiples ventanas en arco que le daban vista a cada una de las habitaciones.

Ginger caminó con las rodillas temblorosas a causa de su incompetencia para caminar con tacones de plataforma alta, se sentía una bestia, de por sí ya era demasiado alta como para agregar más centímetros a la cuestión.

A lo largo de la acera estaban aparcados un montón de autos, Ginger reconoció los de todos los jugadores de rugby e hizo una mueca. Realmente esperaba no encontrase con ninguno cara a cara.

En el centro de la glorieta descansaba una fuente que escupía agua, cuando Ginger llegó ahí escuchó risitas y murmullos tras los arbustos, no se quería imaginar qué estaban haciendo detrás de ellos.

En los barandales de las escalinatas estaban recargados un grupo de chicos riendo socarronamente y bebiendo cerveza de enormes vasos desechables.

Ginger tuvo que soportar comentarios, silbidos, insinuaciones, miradas lascivas y el aliento alcohólico de los chicos cuando pasó en medio de ellos para internarse en la casa.

El recibidor era un pasillo bastante glamoroso; de pisos de mármol en blanco y negro; en ambas paredes se exponían cuadros de la familia de Keyra, con efecto de haber sido pintados al óleo y caracterizados como si estuvieran en la época Victoriana.

La música iba subiendo de tono conforme Ginger se acercaba al final del pasillo que terminaba en unas enormes puertas dobles de vitral cuyas formas constituían un caleidoscopio multicolor.

Se podían distinguir siluetas difuminadas moverse de un lado a otro y podía sentir el «boom boom» de las bocinas retumbar dentro de su corazón.

Ginger asió ambos picaportes que juntos parecía que formaban un bigote francés; le quemaban en las palmas, no sabía si podía hacerlo, nunca en su vida había ido a una fiesta de esas. Miró por encima de su hombro el trecho que había recorrido, los chicos de la entrada la seguían mirando y se reían de algo, parecían hienas en celo.

Regresó la atención a sus nudillos, blancos por la fuerza que aplicaba a los picaportes. Cerró los ojos. Respiró profundo. Todavía más profundo. «Date tu lugar». «Demuestra cuánto vales»

Si Sebastian estuviera ahí, todo sería más fácil de afrontar, pensó con pesar.

Por ella… y por él, Ginger giró los picaportes hacia adentro y abrió la puerta justo en el momento en que el Dj paraba la música para pasar a la siguiente.

En ese pequeño lapso que duró dos segundos, se hizo el silencio y las cabezas se giraron en dirección a Ginger.

Una animada canción comenzó a sonar, sirviendo para ahogar las exclamaciones de los chicos que dejaron de arrimarse a sus novias para mirar a Ginger con curiosidad.

Primero se preguntaban de qué juguetería había salido esa muñeca, luego miraban a su alrededor por si algún idiota venía con ella, y como no traía a nadie, sus desatadas mentes formulaban un malvado plan para deshacerse de sus novias y llevarse a Ginger a algún cuarto del piso superior.

En ese momento se quemaron más neuronas que en un examen de matemáticas.

Ginger no soportaba estar en su propia piel de lo incómoda que se sentía. Llamaba demasiado la atención, malditos tacones.

Buscó una desesperada escapatoria y sus ojos encontraron un rincón despejado junto a un ventanal con vista a la colosal piscina donde la fiesta también se extendía. Caminó hasta ahí y se resguardó en las sombras como una vampiresilla que se quema al contacto con la luz… y la fiesta.

Maldijo el día en el que creyó que sería genial asistir a esa fiesta. No veía a ninguno de los integrantes del club de ajedrez, ni del club de lectura.

¿Pues cómo no? Si ella fue la única marginada social a la que habían invitado.

No tenía otra cosa más que lamentarse como emo y observar la forma en que todos parecían divertirse.

Se encontraban en un salón enorme, coronado por un candelabro de araña cuyos cristales brillaban cuando se movían. Las escaleras centrales eran una hermosa obra de arte que se dividían en dos en cada extremo y flanqueaban toda la habitación hasta unirse de nuevo en un pasillo superior. El Dj se encontraba tras su equipo de mezcla en lo alto de ese pasillo. Era un chico blanco, su cabello formaba rastas, tenía un colorido gorro hippie en la cabeza y de manera contrastante… vestía de traje y corbata.

—¡Muy bien, hijos de papi, es hora de rayar el piso de Keyra! —gritó el Dj con perezoso acento hippie.

Todos contestaron con un grito de excitación levantando el brazo con cerveza en mano.

Las luces se apagaron y fueron reemplazadas por otras de colores que se movían por toda la habitación al ritmo de la canción que subía de volumen.

Ginger estaba relativamente entretenida observando bailar a los atractivos cuerpos de la escuela reunidos en un solo lugar. Miró a una pareja que bailaba uno muy pegadito del otro en perfecta sincronía con una canción de Britney Spears.

Se imaginó bailando así con Sebastian, tan pegados uno del otro… se sonrojó.

De repente un chico se acercó a ella recargando el antebrazo en la pared, junto a su cabeza. Ginger salió de sus ensoñaciones bruscamente y volteó hacia el chico que estaba muy ¡muy!, cerca de ella, casi respirándole en la cara con su aliento alcohólico. No distinguía bien su rostro en la penumbra, pero sí veía el brillo peligroso en sus ojos.

—Hola, muñeca, ¿estás sola?

«No, con mi abuela. Claro que estoy sola» pensó Ginger ajena a las técnicas de ligue que estaban siendo implementadas con ella.

Reconocía esa voz rasposa, la escuchaba todos los días, era la segunda voz más horrible después de la de Brandon Winterbourne, o sea, la del mejor amigo de Brandon. Kevin Taylor.

Ginger se estremeció y comenzaba a apartarse cuando Kevin la tomó del antebrazo y la jaloneó.

—Oye, oye. ¿A dónde vas, linda? ¿No quieres estar conmigo?

Ginger forcejeó.

—No en realidad, lo siento —dijo, como siempre, demasiado formal para la ocasión, pero con algo de censura en la voz.

—¿Qué dices? Ven aquí —Kevin puso una mano en su espalda y la acercó a él hasta que la parte frontal de sus cuerpos se tocaron. Ginger trató de apartarse de él metiendo las manos entre ellos y empujando su pecho. Era obvio que él no sabía quién era ella, no la reconocía o estaba demasiado borracho para darse cuenta.

—No…

—¿Kevin? Maldito bastardo, ¿qué haces?

Ginger volteó agradecida con la interrupción y vio a Keyra de pie frente a ellos con los brazos cruzados sobre su pecho.

Estaba increíble, vestía una blusa ajustada blanca que mostraba su firme abdomen y la perforación brillante en su ombligo, su falda era tan pequeña que en vez de falda parecía un cinturón que apenas le cubría. Su maquillaje era fuerte, pero Keyra era Keyra, podía enredarse una bolsa para basura alrededor y seguir luciendo espléndida. Kevin hizo una mueca y dijo:

—¿Qué no estabas cogiendo con Brandon?

—¿Qué no estabas buscando tu cerebro?

—Perra.

—Golfo.

Se fulminaron con la mirada y Kevin se fue, prorrumpiendo en una sarta de groserías.

Ginger sintió la mirada inquisitiva de Keyra sobre ella. La miró con creciente curiosidad de arriba abajo, con una mano sobre su hombro y con la otra girando el contenido dorado de su copa.

Luego de una tensa evaluación, enarcó una perfecta ceja en un gesto desdeñoso y dijo:

—¿Escorpi?

Ginger solo logró asentir sin contacto visual.

—Madre mía —se acercó hasta situarse junto a Ginger y entrelazó su brazo con ella. Ginger no lo podía creer—. Bromeas, ¿verdad? Tú no puedes ser Escorpi— soltó una estúpida risa de bruja y dio un sorbo a su bebida—. Bueno, como sea ¿dónde está tu amigo? —preguntó mientras se paseaba con ella por el centro de la pista hasta el otro extremo donde estaba el barman sirviendo brillantes tragos multicolor.

Keyra le puso a Ginger una bebida en las manos sin preguntarle y esperó a que diera un sorbo.

Ella vaciló, se suponía que no debía tomar, aún no se sabía si era alérgica al alcohol, un sorbo en falso podría matarla… pero Keyra la estaba observando. Se encogió de hombros y acercó el vaso a sus labios. El líquido endulzó su lengua y corrió placenteramente por su garganta dejando un calorcillo a su paso. No estaba mal, nada mal.

—No pudo venir, él tuvo…cosas que hacer.

Ginger captó la decepción en los perfectos rasgos de Keyra quien ya no la miraba con tanto interés.

—Ah, es una pena —volvió a modo «mírame y no me hables»—. Bueno, ya será en otra ocasión, pero asegúrate de traerlo, ¿quieres, Gina?

—Ginger… —corrigió, pero Keyra ya se había ido.

La fiesta siguió. Canción tras canción. Trago tras trago.

Ginger terminó con su bebida y pidió otra, cuando acabó con la segunda sintió que se relajaba considerablemente. Se sentó en un taburete y pidió al barman el rellenado de su vaso. Él era guapo, le sonrió y le sirvió hasta el tope. Se lo tomó todo mientras marcaba el ritmo de la música con el tacón de una de sus zapatillas y tamborileaba en la barra con la mano.

—Oye Henry —llamó de nuevo al barman agitando su vaso en el aire—, lleno, por favor.

Se lo acabó y al cabo de un rato:

—Yujuuuu, Henry, mi amor…

Vaso tras vaso sintió que se acaloraba y algo en su interior se encendía, clamando por liberarse.

—Uff, ¿hace calor aquí o son mis nervios? —Se estiró un poco el escote del vestido y se abanicó los pechos con la mano.

Sí, así es. Estaba borracha hasta los pelos.

Se levantó de su asiento y caminó medio tambaleante entre los cuerpos de la pista. Una mano anónima emergió de la multitud dándole un pellizco en el trasero, ella solo dio un respingo soltando un gritito, se rio, agitó su cabello y siguió su camino hasta salir al jardín donde los bikinis de dos piezas y los torsos desnudos se adueñaban del jacuzzi y la piscina.

Los tacones de Ginger se enterraban en el césped así que optó por quitárselos y arrojarlos lejos. Con bebida en mano caminó hasta una mesa de jardín y con torpeza subió un pie en ella, luego el otro. Se tambaleó y casi se cae, pero no soltó el maldito vaso.

Cuando encontró el equilibrio y estuvo totalmente de pie sobre la mesa, levantó ambos brazos (vaso en mano) y gritó llena de ciego júbilo:

—¡Está es la mejor fiesta del mundooooo!

Los que se encontraban afuera llamaron a los de adentro para que salieran a ver la borracha que saltaba, giraba y bailaba en la mesa.

Alguien había corrido el rumor de que era Escorpi (Keyra por supuesto) y sacaron sus celulares para inmortalizar el momento por toda la eternidad.

Pronto el jardín parecía un concierto en vivo con las docenas de lucecitas de celulares grabando y tomando fotos.

El Dj paró la música, era más que evidente que le habían quitado el trabajo de animador.

Un micrófono inalámbrico fue pasado de mano en mano hasta que llegó a Ginger quien lo tomó encantada de la vida.

—¡Hey, Escorpi, di algo! —gritó un chico del público haciendo un megáfono con las manos alrededor de su boca.

Todos asintieron con exclamaciones y silbidos.

Ginger no se acordaba quién demonios eran todos esos y menos cómo había llegado hasta ahí, pero ¿qué más daba? Le habían dado la palabra por primera vez en toda su existencia y la iba a aprovechar.

—¡Son todos unos bastardooooooooossss! —gritó al micrófono con acento aguardentoso señalándolos en un gesto que abarcaba a todos los presentes. Cada uno de ellos se quedó atónito.

—Por eso… —soltó un hipido y se tambaleó— los odio a todos.

Silencio mortal.

Parecía que se había quedado dormida de pie porque cerró los ojos y ya no reaccionaba, pero luego sorprendió a todos abriendo y agitando los brazos bruscamente de derecha a izquierda en ademán animador.

—¡Vamos, canten conmigo! ¡‘Cause this is thriller, thriller night, and no one’s gonna save you from the beast about to strike. You know it’s thriller, thriller night!

—Los jugadores de rugby, las porristas, la gente popular, todos estaban siendo testigos del mejor suicidio social que la élite de Dancey High haya visto en toda su historia.

Si antes tenían razones para burlarse de ella (o al menos se las inventaban) ahora sí que las tenían de sobra para abastecerse y atormentarla por el resto de su patética vida.

Keyra ya se saboreaba la humillación de Ginger en los labios.

 

Capítulo 8

 

 

Lo recordó. ¡Lo recordó!

Sebastian corría en la oscuridad con toda la potencia que sus humanas piernas le permitían.

En cuanto cambió, lo primero que acudió a su mente fueron las palabras «viernes» «fiesta» «suicidio social» «Ginger».

Ya todo encajaba. Con una mano se cubrió los atributos masculinos, con la otra lo que pudiera de carne trasera y corrió sigilosamente, como un gato, hasta la parte trasera de la casa de Ginger donde la señora Kaminsky dejaba colgada la ropa recién lavada.

No había mucho que escoger, la mayoría de la ropa era de Ginger y su madre, se estremeció mentalmente solo de imaginarse usando vestido, y entonces vio la luz. Al final de la cuerda estaba una camisa de manga larga negra ondeando con el viento. La jaló sin más y mientras trataba de abotonársela a toda prisa, buscó con la mirada indicios de ropa interior. ¡Nada! Salvo unas bragas diminutas de Hello Kitty. No. Ni muerto.

Tomó el pantalón negro de pana de la cuerda y se lo embutió, como siempre, quejándose de la escualidez del padre de Ginger.

Esta vez no había zapatos, pero no podía irse así.

Con todo el dolor de su masculino corazón, se puso los únicos calcetines que veía: los de arcoíris de Ginger.

Sebastian miró la luna y supo que eran poco más de las tres de la mañana. Se detuvo un momento para jadear y recargar las manos en sus rodillas.

Si su súper olfato no le fallaba, se encontraba cerca de Ginger, podía oler perfectamente su perfume, incluso casi podía ver el camino serpenteante de las partículas en el aire.

Hinchó su pecho con una gran bocanada de aire nocturno y continuó corriendo con las fuerzas renovadas.

Las plantas de los calcetines ya estaban arruinadas, pero eran horribles de por sí, seguro le hacía un favor a Ginger.

El olor, mezclado con cerveza, sudor, comida y vómito se hizo más intenso cuando llegó a la entrada en arco de una calle plagada de mansiones flanqueando la calzada. Todo estaba dispuesto en penumbras a excepción de la última mansión. Todas sus ventanas estaban iluminadas por la luz interior. Sebastian se acercó y la música era cada vez más aturdidora, seguramente por eso habían huido los vecinos.

En el camino empedrado de la entrada había grupitos de chicos y chicas haciendo bulla, bailando muy pegados unos de otros y riendo.

Una chica pasó corriendo frente a Sebastian sufriendo arcadas en dirección a la fuente central, otra iba tras ella tratando de apartarle el cabello de la cara pero de nada sirvió porque la chica vomitó sobre sus zapatos justo antes de llegar a la fuente.

Sebastian se estremeció mientras escuchaba las risas burlonas de los que habían presenciado el accidente y la apuntaban con el dedo.

—Velo por el lado bueno, ahora tus zapatos ya tienen color.

Más risas.

En la escalinata había un montón de vasos tirados y cristales de cerveza desperdigados. Sebastian trató de no clavarse nada y se internó en la casa.

Los cuadros estaban chuecos, un brasier de encaje colgaba de una escultura y había globos largos hechos con… ¿eran condones? Sí, lo eran.

Entonces Sebastian escuchó bullicio y una voz hippie hablando por micrófono.

—¡Pero qué impresionante! Brandon, trae otra botella, amigo… —Sebastian entró en el centro de una gran sala vacía y miró alrededor. La bulla no provenía de ahí, pero al mirar hacia una de las ventanas…—, aquí está, ahora ¿qué decimos? —alcanzó a ver que todos estaban afuera con sus celulares en mano apuntando hacia un punto frente a ellos.

—¡Fondo Escorpi! ¡Fondo, fondo, fondo, fondo! ¿Escorpi?

Algo se accionó en el cerebro de Sebastian y corrió empujando las puertas traseras. Se quedó helado con la escena que se desarrollaba frente a sus ojos.

Ginger estaba de pie sobre una mesa en la peor de las condiciones: el vestido se le había subido de un lado de la pierna exhibiendo parte de tela de sus bragas negras; uno de sus tirantes se le escurría por el brazo amenazando con dejar escapar un pecho, su cabello estaba alborotado y su maquillaje corrido.

Echaba la cabeza hacia atrás todo lo que podía para beberse toda la botella de cerveza.

Sebastian no lo pudo soportar más. Era demasiado. Seguro mataría a todos los testigos… pero primero la mataría a ella.

—¡Wuuaaaaaajuuuuuu! —exclamó Ginger limpiándose el rastro de cerveza con el antebrazo mientras se tambaleaba y levantó los brazos triunfal.

Arrojó la botella vacía por encima de su cabeza cayendo en la piscina junto con las demás botellas.

Todos estallaron en vítores y silbidos.

—¡Otra, otra, otra!

—¡Sííííí! Otra —consintió Ginger agitando los brazos de un lado a otro y moviendo las caderas.

—¡Ginger! —gritó Sebastian mientras se abría paso entre el calor del gentío.

Ginger no lo escuchó, estaba demasiado ocupada moviendo el trasero, en realidad bailaba bastante sexy estando borracha, y ni ella misma lo sabía.

Sintió que una mano firme y cálida la asía por la muñeca clavándole los dedos en su pulso. Ginger miró abajo y cuando su vista dejó de reproducir tres veces todo, se concentró en el agarre de su muñeca y subió la mirada lentamente por un brazo fuerte hasta encontrarse con la mirada aniquilante de Sebastian. Sus rasgos eran de piedra, sus labios formaban una línea recta apretada, sus cejas casi se unían en el fruncido de la frente y su mirada era oscura, cargada de algo que ella descifró como furia, estaba hirviendo en ella, se le notaba en toda la postura.

—Vaya —consiguió decir Ginger tras un hipido doble—, miren quien se dignó a venir—alzó la cabeza para que todos la oyeran—. Oye Dj, pásame ese micro… —hipido—…fono —agitó su mano vacía en dirección al Dj.

Sebastian le enterró más los dedos en la muñeca.

Cuando Ginger tuvo el micrófono en su mano lo acercó a su boca y pronunció apuntando a Sebastian con un dedo acusador:

—Este tipo que me está agrediendo —hipido— tiene el trasero más delicioso que he visto en toda —hipido— mi maldita vida, y si no me creen mírenlo —hipido.

Sebastian saltó para alcanzar el micrófono y arrebatárselo, pero Ginger se agachó y forcejeó con él para quitárselo.

—Oye dámelo, es mioooo.

—¡No! ¡Tú vienes conmigo en este momento!

—Tu trasero va contigo, yo no iré a ningún lado grandísimo —hipido— amargado.

Todos escuchaban por micrófono la pelea entre ambos. Keyra incluso ya había sacado su cámara profesional con smile shot para tomar fotos de primera calidad.

—Eres demasiado malo conmigo, vamos dame un beso —se acercó a él frunciendo los labios y enganchando los brazos alrededor de su cuello.

A Sebastian le hubiera encantado, pero no en esas circunstancias. Así que apartó la cara.

—Ginger… ¡Ginger, contrólate!

Ella perdió el equilibrio, la mesa empezó a volcarse y Ginger cayó dejando a Sebastian sin más remedio que atraparla en sus brazos, lo que implicaba que debía descuidar sus labios haciéndolos presa fácil de Ginger quien, con un movimiento de cabeza y tomando la mejilla de Sebastian, le giró la cara y cerró los ojos automáticamente para estampar sus labios contra los de él.

Las chicas soltaron chillidos y los chicos protestaron.

De repente, se escuchó el sonido agudo de las sirenas de patrullas reverberando por la calle.

—¡La policía! —gritó alguien desde el interior de la casa desatando el pánico general.

Todo el mundo corrió para todos lados, buscando escondite, escalando la barda; los más tontos fueron hasta sus autos para escapar, pero esos eran los primeros a los que atraparían.

Sebastian cargó a la ebria Ginger con más firmeza y cruzó el jardín a grandes zancadas hasta la puertecilla trasera. La abrió de una patada y salió a la desierta calle trasera, a la humedad de la noche donde los grillos daban su concierto.

Ginger se revolvió en sus brazos y él la depositó en el suelo. No podía mantenerse erguida así que le paso un brazo por encima de sus hombros para que tuviera un punto de apoyo, le reacomodó los tirantes del vestido, posó una mano en la cintura de Ginger y la ayudó a caminar.

—No sé en qué estabas pensado —masculló para sí mismo en tono glacial, pero asegurándose de que ella también lo escuchara.

—Sebastian…

—Yo pensé que eras diferente, pero ya me di cuenta de que por ser capaz de seguir a otros tienes el cerebro tan pequeño como un microbio.

—Sebastian…

—¿En serio, qué creías Ginger? ¿Qué así te ibas a ganar su respeto?

—¡Sebastian!

—¿¡Qué!?

—No me… —le dio una arcada—, no me siento bien.

—Oh, Dios…

Sebastian puso los ojos en blanco y la condujo rápidamente tras un arbusto pequeño.

Ginger vomitó todo el contenido de su estómago de manera intermitentemente para tomar aire y llorar. Sebastian le retiraba el cabello de la cara y se lo sujetaba en una coleta mientras le acariciaba la suave piel de la nuca para tranquilizarla.

—Lo siento —dijo ella.

—No hables.

Y no lo hizo, porque volvió a arquearse para vomitar.

Para cuando terminó, Ginger estaba exhausta, jadeando, sollozando, no podía cargar ni con su alma. Se desplomó pero los agudos reflejos de Sebastian la atraparon. Tuvo que llevarla cargando con los brazos de Ginger alrededor de su cuello y su mejilla contra el hombro varias calles desiertas hasta que vio un taxi aproximándose.

Se las ingenió para liberar una mano y hacer una seña para detenerlo.

El chofer miró a Ginger una fracción de segundo sin inmutarse, todos los días a esa hora transportaba ebrios, ya estaba acostumbrado.

—A Downing Street, por favor.

Ginger iba cabeceando contra el hombro de Sebastian.

—Mis padres me matarán —murmuró entre sueños.

—Sí, lo harán. Sinceramente no haré nada para impedirlo —susurró.

—Me lo merezco.

—Al menos lo admites. Creo que ya estás regresando en ti.

—Me he arruinado totalmente, ¿sabes?… bueno, ya lo estaba, pero mi autoestima bajó de menos diez a menos cuarenta.

Sebastian torció los labios en una mueca. A pesar de todo, le dolía en el alma las consecuencias a las que tendría que enfrentarse en la escuela.

—Tal vez podría cambiarme de colegio, pero Keyra tiene sus contactos, a todos los pondría al tanto de mi… —su voz se fue apagando conforme hablaba y Sebastian sintió el peso de su cabeza desplomarse en su hombro.

—No seas tan dramática… ¿Ginger? —al no recibir respuesta, se dio cuenta de que se había quedado dormida, pero cuando le tocó la mejilla la sintió helada. Entonces se alarmó.

—Ginger, reacciona —la tomó de los hombros y su cabeza se inclinó hacia atrás con peso muerto.

—Ginger, ¿qué tienes? — la sacudió de los hombros.

El chofer lo observaba angustiarse por el retrovisor y le preguntó:

—Eh, muchacho, ¿está bien tu amiga?

Los ojos de Sebastian se encontraron con los del chofer por el retrovisor.

—Llévenos al hospital.

El chofer asintió, giró el volante bruscamente y pisó el acelerador casi a fondo.

Capítulo 9

 

 

Dios bendiga al chofer que no le cobró ni una sola libra a Sebastian y encima le abrió la puerta para que pudiera salir corriendo con Ginger en brazos.

Tenía miedo. Tenía muchísimo miedo. No entendía nada, no sabía lo que pasaba.

Ginger parecía muerta; su cabeza y brazos colgaban lánguidamente y todo su cuerpo temblaba como si estuviera teniendo una hipotermia aunque Sebastian sudaba litros.

Las puertas de cristal se abrieron automáticamente con un reconfortante susurro cuando él se acercó.

El olor era el prototípico de un hospital: desinfectante para pisos, alcohol y medicamentos.

El vestíbulo se encontraba totalmente vacío.

Sebastian miró frenéticamente alrededor y se dirigió al cubículo en semicírculo de la recepción. Sobre el escritorio había una pila de papeles, una taza de café humeante y la computadora encendida con YouTube abierto, pero ni rastro de la recepcionista.

El teléfono comenzó a sonar y eso lo desesperó más.

—Maldición, ¿es que no hay nadie aquí? —gritó mirando hacia la cámara de seguridad y luego a Ginger, que cada vez se ponía más blanca y fría.

—Ginger, aguanta, por favor —apretó la cabeza de Ginger contra su pecho. Notaba el temblor en su propia voz.

Corrió por un pasillo, gritando, suplicando ayuda de quien fuera, un conserje, la recepcionista, una enfermera, ¡quien fuera!

Se le empañaron los ojos, casi no veía por donde iba a causa de las lágrimas de frustración que se acumulaban sin derramarse.

De repente sintió que chocaba contra alguien y el golpe le ayudó para sacudirle los ojos.

—Oh, cuidado chico… —el hombre lo sujetó de los hombros y la sonrisa que lucía se desvaneció gradualmente al ver los desconsolados ojos de Sebastian.

—Por favor… —murmuró Sebastian mientras el hombre lo ayudaba a cargar a Ginger—, ayúdela.

Afortunadamente tenía pinta de ser médico; era joven y llevaba una impecable bata blanca con su apellido bordado del lado del corazón.

Ginger pasó del cálido círculo de los brazos de Sebastian a los del doctor quien la depositó en una camilla a un lado del pasillo.

Con aire profesional, el doctor la mantuvo sentada, con la cara apoyada contra su pecho mientras que, con un frío estetoscopio escuchaba los pulmones en la espalda de Ginger.

Sebastian tuvo que recargarse en la pared, ¿cómo es que los doctores conseguían tanta serenidad en un momento así cuando él estaba desmoronándose?

Le desesperaba ver la forma tan detenida de examinar sus signos sin llegar a ninguna conclusión, sin mediar con él una sola palabra acerca de lo que tenía.

Ginger no dejaba de temblar y por estar absorto en ella, Sebastian no escuchó la primera vez que el doctor le habló.

—Oye chico, te pregunté qué pasó.

Sebastian volvió en sí, aturdido y sacudió la cabeza.

—Estuvo bebiendo, pero…

—Por Dios, no hubieras dejado que se durmiera —le reprendió en tono impersonal mientras daba palmaditas en las mejillas de Ginger.

—¿Por qué? ¿Qué tiene?

El médico vaciló antes de dar su diagnóstico.

—Me temo que es muy probable que haya entrado en estado de coma etílico, mantenla en esta posición para que no se ahogue con su vómito mientras yo voy por las enfermeras.

El tormento que causaba la palabra «coma» se arremolinó alrededor de Sebastian envolviéndolo en un mar de preocupación. Era como si le hubieran dado un puñetazo directo al estómago. El dolor que le causaba el nudo que atenazaba su garganta no tenía nombre.

En términos generales, sabía qué era un coma, pero a ciencia cierta desconocía su significado. Todo lo que sabía es que las personas que lo habían sufrido podían despertar o podían no hacerlo y todo lo que restaba era desconectarlas y dejarlas ir.

¿Por qué? ¿Por qué de todas las personas disponibles en el mundo para matar tenía que ser precisamente Ginger?

Si de cosas horribles que pensar se tratara, esa era una. Horrible, pero cierta.

Mantuvo a Ginger fuertemente abrazada contra la calidez de su cuerpo hasta que escuchó pasos apresurados a su espalda y el repiqueteo de un par de tacones.

—Dios mío, ¡GINGER!

Una mujer lo apartó de un inconsciente empujón y rodeó a Ginger con los brazos.

—¿Qué te hicieron, preciosa?

La mujer levantó sus ojos verdes arrasados en lágrimas y cruzó la mirada con los de Sebastian qué también estaban enrojecidos e hinchados.

El parecido con Ginger era más de lo que él podía soportar.

Su madre era idéntica a ella.

Inmediatamente acudió en tropel un pequeño ejército de enfermeras. El tiempo pareció transcurrir en cámara lenta mientras Sebastian observaba cómo metían las manos para subir el respaldo de la camilla, colocarle a Ginger una máscara de oxígeno e introducirle una espantosa aguja en el interior del codo que conectaba a una pequeña bolsa de suero, el cual colgaba de un soporte anexo a la camilla.

Inerte se la llevaron a una sala con un letrero de «sala de emergencias».

La madre de Ginger cerró la puerta justo en el momento en que Sebastian iba a entrar. Todo era tan irreal.

Recargó la espalda contra la fría puerta de latón y dejó que su cuerpo se deslizara hasta quedar sentado en el suelo.

Por alguna extraña razón, comenzó a recordar los pocos momentos que había pasado con Ginger. Hace una semana ella le había cerrado la puerta del mismo modo en que se la cerró su madre. Hay mañas que se heredan.

En contra de su voluntad, la comisura de su labio se elevó en una triste sonrisa, acto seguido se llevó las manos a la cara apretándose los ojos para que no saliera ni una sola lágrima… pero ya se le había escapado una, descendiendo por su mejilla y rompiéndose contra el piso.

***

Sebastian estaba soñando. Y en su sueño, una luz al final del túnel bailaba de un lado a otro.

—Yujuuu…

Escuchó una voz masculina muy agradable retumbando con eco. ¿Quién le hablaba? ¿Dios?

—Tierra llamando a chico dormido en el piso. Repito, Tierra llamando a…

La luz se hizo más nítida cuando logró entreabrir los ojos y descubrir a un hombre hincado a su altura mientras le apuntaba a la cara una lamparita de médico, de esas para mirar en el interior de la nariz.

Sebastian se revolvió un poco haciendo una mueca de dolor al sentir los músculos protestar. ¿Dónde diablos estaba?

Miró alrededor.

Más allá del hombrecillo frente a él, se extendía un pasillo azul celeste iluminado por la fluorescencia de las lámparas en el techo. Levantó la mirada: «sala de emergencias».

Su corazón se aplastó bajo el parpadeante letrero electrónico. Ginger, ¡tenía que saber desesperadamente cómo estaba Ginger! Tenía que saber si la volvería a ver una vez más o…

Se puso en pie de un impulso, ignorando totalmente sus propios malestares físicos y abrió las frías puertas metálicas sin que le importase que llegara seguridad y lo arrastrara fuera del hospital como un costal de papas.

Se internó en la habitación. Hacía un frío del infierno que le caló los huesos.

Recorrió la sala con la vista. El lugar estaba abarrotado con instrumental médico, tubos, jeringas, cables y monitores de todo tipo para comprobar signos vitales, a un lado de éstos, yacía una cama con las cortinas verdes ocultando a la persona tras de ellas.

Sebastian tuvo que masajearse el pecho con una mano para calmar sus latidos. A medida que se acercaba extendiendo la mano, sus pasos avanzaban más lentos, posponiendo la crudeza de lo que aguardaba al otro lado de la barrera de tela. Tan cerca, y tan lejos.

Asió un extremo de cortina y lo apretó un momento para volverlo a soltar.

«Dios, Buda, Mahoma, Madre Teresa de Calcuta o quién sea, dame fuerza».

Tomó ambos extremos de la cortina y los corrió con determinación al tiempo que sus latidos ya no le permitieron esperar un momento más. Todo eso lo estaba matando. Y no pudo evitar quedarse desconcertado con lo que vio: nada.

No vio nada.

Las sábanas blancas de la camilla estaban pulcramente dobladas al pie del colchón el cual aún conservaba una leve depresión en el centro recordando la silueta de la última persona que la ocupó.

Sebastian tomó la baranda de la cama con ambas manos mientras clavaba la mirada en el colchón.

En el centro de la almohada destelló un fino y largo cabello rojizo que serpenteaba en la mullida superficie.

—Gin… —susurró con un nudo estrujando sus cuerdas vocales.

El peso de una mano firme se posó sobre su derrotado hombro.

—Tú eres el que la trajo anoche ¿verdad?

Sebastian lo miró sobre su hombro con los ojos cargados de angustiantes preguntas.

Y lo reconoció. Era el padre de Ginger.

—¿Dónde está? —preguntó haciendo acopio de todas sus fuerzas para no zarandearlo del cuello de la camisa en un acto psicópata por saber respuestas.

—En un lugar mejor.

¿¡Qué!?

—¿¡Qué!? —no pudo contenerse y lo agarró del cuello de la camisa como una pantera que atenaza a su presa.

Derek Vanderbilt se mostró sorprendido con la reacción del muchacho, pero acto seguido esbozó una sonrisa bonachona y posó sus manos en el agarre de Sebastian para que lo soltara. Las puntas de sus pies apenas tocaban el suelo.

—Vaya, ¡qué fuerza! Ahora me explico cómo es qué cargaste a la bestia de Ginger —se ensanchó su sonrisa.

Sebastian frunció el ceño tratando de encontrar una excusa para no partirle la cara al padre de Ginger. ¿Cómo podía hacer esos comentarios en una situación así?

Sebastian lo soltó de mala gana y entrecerró los ojos.

—¿A qué se refiere con eso de «está en un lugar mejor»?

El hombre estudió el rostro de Sebastian un momento tratando de descifrar quién era él en la vida de su hija y por qué le importaba tanto. No es que la menospreciara, pero era muy consciente de que su Ginger nunca había tenido una vida social de la que hablar en la mesa.

—La habitación de arriba es mejor así que fue trasladada a…

Dejó que la frase flotara en el aire cuando Sebastian salió corriendo de la habitación en busca de Ginger.

Derek sonrió, negó con la cabeza y esperó.

Tres.

Dos.

Uno.

Sebastian asomó la cabeza por la puerta y visiblemente avergonzado preguntó:

—Amm… ¿Dónde queda exactamente esa habitación?

***

Una congestión alcohólica era lo que le sucedía a las personas que les patinaba el coco y tomaban como si fuera el último día de su vida. Provocaba vómitos, desorientación, mareo, falta de control en los músculos y, en los casos más extremos: un coma.

A Sebastian casi le da un coma de felicidad cuando de la boca del padre de Ginger salieron las palabras más reconfortantes de todo el universo:

«Despertó hace dos horas y lo primero que dijo fue “¿dónde está mi gato?”».

Tuvo que luchar para evitar que se le notaran las emociones que le cosquilleaban en el estómago. La felicidad no cabía en su cuerpo y la sonrisa no cabía en sus labios.

Sebastian estaba a punto de abrir la puerta cuando el picaporte giró desde el otro lado y él se quedó quieto en el momento en que la puerta se abrió y tras ella se alzaron un par de ojos verdes.

Pero no eran los ojos verdes que quería ver.

La madre de Ginger lo miró con recelo impidiéndole la entrada.

—¿Podría pasar a…?

Ella levantó la barbilla en un gesto desafiante.

—Lo siento, está dormida.

—Déjalo entrar, Loren. Después de todo él fue quien la trajo.

Loren lanzó a su marido una mirada de reproche.

—Derek…

—Se la debes —y con eso último se hizo un momento de tenso silencio y Loren se apartó como quien no quiere la cosa dejando pasar a Sebastian.

No esperaba que lo dejaran a solas con Ginger, pero para su sorpresa así fue.

La habitación estaba en silencio salvo por las pulsaciones agudas que emitía el electrocardiograma y el ronroneo del aire acondicionado.

Sebastian caminó lentamente hasta estar frente a la cama donde yacía Ginger. Había recuperado algo de color en las mejillas pero se le seguían transparentando las venas, trazándole un intrincado mapa en la piel.

La máscara de oxígeno se empañaba cada vez que respiraba. Eso era todo lo que le reconfortaba a él, que respirara.

Sebastian sonrió y de repente, se quedó inmóvil cuando Ginger pestañeó y lo miró.

Se quedaron mucho tiempo así, solo parpadeando, mirándose el uno al otro, tratando de decidirse si eran reales el uno frente al otro o solo era producto de la imaginación, hasta que Ginger esbozó una débil sonrisa tras el respirador y extendió la mano con el dedal de pinza en el índice.

Sebastian rodeó la camilla hasta estar al lado de ella, se inclinó lentamente para depositar un beso en la frente de Ginger mientras ella cerraba los ojos y él le tomaba la mano.

Uno a uno entrelazó sus dedos con los de ella hasta que era difícil ver dónde empezaba una mano y dónde terminaba la otra.

Sebastian recargó la barbilla en el barandal de la camilla y Ginger se ahogó una vez más en su felina y azul mirada. Sus ojos brillaban y estaban un poco enrojecidos como si se hubiera pasando la noche llorando. Aunque era difícil imaginarlo, le partió el corazón porque, después de todo había sido su culpa. Había sido su estupidez.

Él estiró una mano para retirarle un mechón de la frente.

—Me asustaste Gin —susurró absorto en su tarea de desenredar los mechones de cabello rebelde—. Nunca me había asustado tanto, ¿eres tonta o algo?

—Algo.

Sebastian la miró sorprendido de su respuesta y soltó una carcajada eliminando con eso la última gota de tensión que quedaba en su cuerpo.

Ginger sonreía al observarlo, pero la sonrisa se fue desvaneciendo gradualmente.

No recordaba nada de la noche anterior, pero sí recordaba lo sucedido una semana atrás.

Aunque le dijera a Sebastian un «lo siento» cada media hora de los trescientos sesenta y cinco días del año por el resto de su vida, su autoestima no le permitiría perdonarse a sí misma por todos los disgustos que le había causado.

Soltó su mano y la cerró en puño sobre el colchón.

—Lo siento, lo siento muchísimo. De verdad lo siento…Perdóname por ser estúpida y no haberte escuchado antes —desvió la mirada a sus pies—. No necesitas que alguien como yo te complique más la vida cuando la mía ya es un desastre, por favor olvídame…

—Oye Gin…

Ella levantó una mano.

—No, no, no. Déjame terminar, por favor —dijo y antes de continuar tomó aire profundamente—. Soy fea.

Sebastian frunció el ceño sin comprender muy bien qué diantres tenía que ver una cosa con la otra.

—Estás chiflada, eres preciosa.

Ginger hizo caso omiso de sus palabras y continuó con la letanía.

—Mírame, soy plana y esquelética como un bambú masticado por los pandas y heredé los pechos de mi padre.

Sebastian luchó por reprimir una de sus escandalosas risas.

—Estás bien así.

—Vaya, qué consuelo, pero ni siquiera tengo amigos.

Él se ofendió, de nuevo lo dejaba pintado al no contarlo como amigo.

—¡Claro que los tienes!

Ginger lo miró sarcástica.

—Sí, que olvidadiza soy, mira qué bonito, hasta los cuento con los dedos —agitó sus largos y esbeltos dedos frente a su cara— ¿Y cuántos me sobran? Diez.

Sebastian puso los ojos en blanco.

—Bien, ya capté el mensaje.

—Además… nadie me ama, no le gusto a nadie.

—Eso no es cierto. Yo sé de alguien a quien le gustas mucho.

—¡Ja! Sí, como no ¿A quién?

Sebastian enderezó la espalda en su silla y miró el perfil de Ginger significativamente.

—A mí.

Ella volteó a verlo bruscamente.

Imposible, no podía ser cierto, pero sus ojos reflejaban la verdad, cuando miró dentro de esos dos pozos azules, supo que sus palabras eran sinceras. Su corazón gritaba a cada palpitar, eran terrenos totalmente desconocidos. Sabía lo que su mente admitía: «me encantas. Quiéreme. Bésame. Enamórate de mí. Acércate. Necesítame. Elígeme de entre un billón de personas…».

Pero sus labios estaban sellados, no sabía qué decir.

Las emociones se apelotonaban en su interior. Nunca había sido tan difícil sentir, pensar y decir al mismo tiempo.

—¡Hora de un divertido lavado de estómago! —entró canturreando una regordeta enfermera empujando una silla de ruedas delante de ella.

Ginger soltó un gemido, producto del alivio y la decepción.

La enfermera, ajena al momento que había interrumpido, procedió en su eficiente tarea de instalar el suero en la silla de ruedas, desconectar a Ginger de los aparatos y ayudarla a bajar de la camilla.

Sebastian se levantó de su asiento y se apresuró a ayudar.

—Oh, no te molestes lindo, yo puedo.

—No es molestia, créame —enredó los brazos de Ginger en su cuello y la levantó en brazos.

Una sensación distinta los embargó cuando se tocaron. La atmósfera cambió de golpe y Sebastian se quedó inmóvil con el extraño oleaje de sensaciones que implicaba la cercanía de Ginger. Ella también se tensó, pero ninguno dijo nada y se cuidaron de no verse directamente a los ojos.

Sebastian la depositó con cuidado en la silla de ruedas y fue inevitable sonreírle cuando él se enderezó y sus ojos azules se cruzaron con los verdes de ella.

La sonrisa perduró mucho después de que la enfermera saliera empujando la silla de Ginger y cerrara la puerta. Pero el calor corporal de ella impregnado en el cuerpo de él le hizo imposible pensar en otra cosa por el resto del día.

 

Capítulo 10

 

 

—¿Castigada? —preguntó Sebastian, batallando con una camisa que no le quería entrar por la cabeza mientras Ginger estaba tumbada en la cama y ocultaba su sonrojada cara en la almohada.

Se había devanado sus pelirrojos sesos buscando una alternativa para que Sebastian entrara a la casa sin que sus padres se dieran cuenta.

Luego de que su cerebro se iluminara, fue por la manguera del jardín, llamó a Sebastian y lo atacó con el chorro más potente que le ofrecía la boquilla. Una vez en su tierna forma animal era fácil entrar por la ventana.

—Hasta la graduación —dijo ella con la voz amortiguada contra la almohada.

—¿No te dejarán asistir a tu graduación?

Ginger levantó la cabeza y miró por encima de su hombro. Su sacrosanto pudor le decía que apartara la vista de los ciento ochenta y cinco centímetros de humanidad de Sebastian, pero era condenadamente imposible no mirar cada surco de su perfecto abdomen mientras se deslizaba la camisa hacia abajo.

Él la atrapó husmeando y una sonrisita coqueta bailó en sus labios. Ginger apartó la mirada a un sitio más seguro.

—Claro que me dejarán ir, no pueden prohibirme eso.

—¿Y de qué te quejas entonces?

Ginger hizo un mohín.

—Nunca me habían castigado.

—¿Nunca?

—¡Nunca! —Observó la cara de estupefacción de Sebastian y luego enarcó una ceja—¿Tan normal es para ti estar castigado que te sorprende que sea la primera vez para mí?

Sebastian se acercó al borde de la cama y se sentó con sus típicos movimientos lentos.

—No soy tan malandro como parezco —su voz era como un ronco ronroneo—… aunque una vez estuve en prisión, pero no tuve la culpa.

—Ajá, sí.

—Es en serio —clavó la mirada en ella sin dar muestras de vacilación.

—Oh…Dios —Ginger se pasó la almohada para adelante y la abrazó— ¿Debería tenerte miedo?

—¿A un tipo que corría desnudo en vía pública? Sí, ten mucho miedo.

Ginger le arrojó la almohada a la cabeza y el soltó una risa profunda.

—Le pudo haber dado un patatús a alguna anciana.

—¿Qué querías? Acababa de cambiar de forma y tenía que llegar a casa de la señora Lovett.

—Bueno, al menos no perdiste la memoria, yo ni siquiera puedo recordar lo que pasó en la fiesta.

Sebastian se puso tenso.

—¿Nada?

Ginger torció los labios.

—Recuerdo que Kevin me acosaba y luego… —movía los ojos de un lado a otro como si estuviera viendo las escenas de una película que solo ella podía ver— Keyra lo ahuyentó y me llevó a la barra y después… nada—. Se presionó las sienes con los índices y cerró los ojos apretándolos.

Cuando los abrió, su mirada tocó la de Sebastian.

—Tú debes saber más que yo ¿Qué estaba haciendo cuando llegaste?

Sebastian se atragantó con su propia saliva y empezó a toser frenéticamente, incluso más de la cuenta para ganar tiempo. Ginger se empeñó en la tarea de darle palmadas en la espalda.

—Eh, tranquilo.

Tocándose el cuello y respirando dificultosamente dijo:

—Estabas perdidamente ebria como una cuba, bailando y cantando sobre una mesa en el jardín —le confesó, ya no valía la pena mentir—. Todos te tomaban fotos con sus celulares y luego dijiste que yo tenía un…

—¡Fotos! —chilló Ginger y saltó a la alfombra hasta encaramarse en su escritorio y abrir su laptop con manos temblorosas—. Ya deben estar colgadas en Facebook— se dio golpecitos en la frente contra la mesa mientras esperaba a que cargara la página—, estoy arruinada. Es el fin.

Sebastian se asomó sobre el hombro de Ginger.

—¿Tienes Facebook?

—Pero por supuesto, solo que yo no lo uso para chismear y viborear las fotos de los demás.

Ginger introdujo en el buscador de amigos «Keyra Ivette Stevens» e inmediatamente apareció una ventanita con su foto en miniatura a la que le dio clic y cargó de nuevo mostrando el perfil de Keyra.

Ginger odiaba que todas las que se creían actrices porno tuvieran la misma foto de perfil que Keyra: en ropa interior o bikini, frente al espejo de algún baño, haciendo la señal de amor y paz, frunciendo los labios y tomándose la foto ellas mismas mientras salía el reflejo del flash en el espejo. No había peor gusto que eso y Keyra mostraba muy bien toda su Meganfoxidad. La señora Kamy solía decir que, en sus tiempos, los baños eran para cagar, no para tomarse fotos.

En fin, Sebastian observaba a Ginger dar clic aquí y allá hasta que llegó a las cargas móviles de Keyra.

—Ginger, ¿estás segura de que quieres ver eso?

—No quiero, debo.

—Pero son más de quinientas —dijo en un último intento por impedir que se viera a sí misma en estado de máxima ebriedad.

Las primeras imágenes eran de Keyra con sus amigas y el resto de los invitados haciendo muecas como si hubieran chupado un limón o besándose las mejillas como si de verdad se quisieran. En todas salía una porción de su brazo porque era la que las tomaba desde arriba.

Ginger las pasó rápidamente hasta que encontró la primera en la que aparecía: sentada en la barra mientras bebía un vaso de lo que sea que haya estado bebiendo esa noche y mirando la pista con cara aburrida. Salía algo borrosa pero aun así se distinguía.

La siguiente era más reveladora: Ginger arriba de una mesa blanca de jardín con un vaso de cerveza en una mano y con la otra enseñando el dedo medio. Tenía la boca abierta como si estuviera gritando en una subasta, con el ceño fruncido y el rímel desastrosamente corrido.

—Oh, Dios… —ocultó el rostro entre sus manos y apretó los dientes— No veas eso.

—No te preocupes por mí, yo lo vi en vivo y en 3D.

Ginger le dio un puñetazo en el brazo y haciendo acopio de fuerza, pasó a las siguientes fotografías.

Cada una era peor que la anterior. Había una que estaba tomada desde un ángulo en el que se le veían las bragas, en otra enseñaba el borde de su brasier; otra se tomó justo en el momento en el que casi se cae; la que seguía tenía un zoom de su cara en la que salía con un ojo en blanco como huevo estrellado y el otro medio cerrado, los labios abiertos como retrasada mental y el cabello apelmazado en las mejillas.

—Soy la cosa más horrible que he tenido el infortunio de ver.

Sebastian puso una mano en su hombro y se lo frotó consoladoramente.

—Bueno, ya pasó. Ahora lo que tienes que hacer es…

—Mira, aquí sales tú.

—¿¡Qué!? —se inclinó apoyando las manos en la mesa a ambos lados de Ginger.

Sintió todo su cuerpo entrar en tensión. Muy probablemente estuviera incluida la foto del beso (si es que a eso se le podía llamar beso).

La luz de la computadora se reflejó en los ojos de Sebastian que observaba la foto en la que salía con el ceño fruncido, los brazos extendidos y las manos asidas con fuerza alrededor del micrófono que trataba de arrebatarle a Ginger.

—Por Dios santo, dime que no peleamos como niños de cinco años por un peluche.

—No —dijo él con la mirada fija en la pantalla—, fue peor.

Las imágenes posteriores mostraban las diferentes fases de la pelea hasta que llegaron a una secuencia en la que se veía a Ginger resbalar bizarramente y a Sebastian sosteniéndola en sus brazos.

Ginger recorría la secuencia con clics cada vez más frenéticos hasta que sucedió…

La imagen del beso comenzó a descargarse en la pantalla.

Aunque todavía no se veía al cien por ciento, Sebastian supo que era esa por el ángulo en el que estaban acomodadas sus cabezas al principio de la fotografía.

Su corazón bombeaba sangre a mil por hora y sin pensar más, lanzó los brazos hacia adelante y cerró la laptop abruptamente.

Ginger casi se golpea la frente contra el filo de la mesa con el peso de Sebastian.

Miró por encima de su hombro y lo fulminó con la mirada.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué haces eso? —se volteó y trató de abrir la computadora pero Sebastian se lo impedía con ambas manos mientras la aplastaba contra la mesa.

—¡Sebastian! —chilló— Déjame abrirla.

—¡No! Hay cosas que tus ojos no tienen que ver.

—¿Pero qué rayos es?

—Esteee… ¡Pornografía!

—No es cierto. Trae acá…

Ginger se puso de pie y se la arrebató, pero de improviso, él se la volvió a quitar de las manos con todo y mouse colgando. La sostuvo en lo alto, donde Ginger no podía alcanzarla por más que intentaba dando brinquitos. Era alta, pero Sebastian era una bestia junto a ella.

Un chasquido robótico los dejó inmóviles a ambos.

—¿Qué es eso? —preguntó Sebastian buscando con la mirada el origen del sonido.

Ginger esbozó una sonrisa maliciosa.

—Acabas de mandar la foto a imprimir.

—¿Eh? —azotó la computadora en el escritorio y se acercó a la impresora de al lado, esperando desesperadamente a que saliera la foto.

Una vez que el sonido cesó, Sebastian arrancó el papel impreso de un lado y Ginger se apresuró a tomar el otro. Se miraron mutuamente, Ginger desde abajo y Sebastian desde arriba.

—Dámela —ella jaló el papel de su lado.

—No —él lo jaló del suyo.

—Dámela.

—Nop —mostró una lenta media sonrisa.

El jaloneo fue tal que la hoja terminó partiéndose en dos, emitiendo un feo sonido de rasgadura. Se quedaron pasmados un momento y ella miró su mitad de foto. Había perdido parte de su frente y toda la nariz junto con la boca, pero se alcanzaba a ver unos brazos fuertes que la rodeaban. Lo que Sebastian vio en los ojos de Ginger fue: «corre o muere» así que corrió, saltando encima de la cama con Ginger detrás de él.

No había mucha escapatoria en esa pequeña habitación y salir de ahí no era una opción.

Ginger se acercaba cada vez más y Sebastian retrocedía al borde del colchón.

—Estás loca —le dijo con una creciente sonrisa que ella le devolvió.

—Ya te tengo acorralado, gatito.

Ella se agachó en un movimiento rápido, jalando la colcha y haciendo que Sebastian perdiera el equilibrio y cayera de espalda sobre la alfombra.

En el piso de abajo, la señora Kaminsky escuchaba jadeos y golpes provenientes de la habitación de Ginger. Puso los ojos en blanco e interrumpió su labor de costura.

—¡Ginger, qué demonios estás haciendo! —graznó fulminando el techo con la mirada.

—¡Matando cucarachas! —se oyó la respuesta amortiguada.

—¡Pues deja de hacerlo! Harás un hoyo en el techo de la sala con tus pisadotas.

—Sí, sí, Kamy… —repuso Ginger que (de regreso en su habitación) se encontraba sentada a horcajadas sobre la espalda de Sebastian cuya mejilla besaba la áspera alfombra. Después de luchar y revolverse bajo ella, supo que tenía que rendirse y ondear la banderita blanca.

—¡Jesús, mujer! ¿Dónde aprendiste eso?

Con los brazos inmovilizados de Sebastian, Ginger le pudo arrebatar la otra mitad de la foto.

—Mi padre me enseñó.

Unió ambas partes, las observó, y sus ojos se fueron abriendo como platos gradualmente.

Ginger estaba suspendida en los brazos de Sebastian cuyos músculos se veían tensos e hinchados por sostener su peso. Los brazos de ella rodeaban el cuello de él y una de sus manos se enterraba en su cabello dándole un toque de pasión al abrazo. Los labios de ambos estaban unidos como si fueran una sola persona mientras tenían los ojos cerrados con las pestañas rozando sus mejillas. Alrededor había destellos blancos de cámaras y rostros que iban desde la sorpresa hasta la burla.

Ginger dejó que los pedazos cayeran de sus manos y se tocó los labios con los dedos.

—Te lo advertí —dijo Sebastian desde abajo, tratando de moverse.

Ella se apartó distraídamente, con la mirada perdida en el vacío.

—¿Nos besamos?

Me besaste —corrigió mientras se incorporaba en un codo.

La piel de ella adoptó el color de su cabello.

—Perdón —dijo con un hilito de voz.

—¿Por qué?

—Debió sentirse horrible besarme —escondió la mirada en algún punto del entramado de la alfombra.

Sebastian se deslizó como un susurro hasta estar frente a ella, muy cerca. Resbaló un dedo bajo su barbilla y la alzó obligándola a que lo mirara a los ojos.

—Ya deja de pensar que todo en ti es horrible, Gin.

Ella esbozó una débil sonrisa sarcástica.

—Vamos, no puedes decir que te haya gustado el beso de una borracha —su voz se fue apagando cada vez que descendía la mirada hasta los labios rellenos de Sebastian.

—¿No crees que eso lo decido yo? —su voz era un letal ronroneo derrite nervios. Sus ojos también encontraron los labios de Ginger. Nunca había sentido tanta necesidad de besar a alguien como en ese momento, y no hizo nada por controlar sus impulsos.

Su dedo se clavó más abajo de su barbilla para acercarla lentamente hacia él.

El corazón de Ginger dolía, dolía mucho y su respiración se descontroló. Sus nervios iban en crescendo, sus manos estaban a los costados sobre la alfombra y tuvo que cerrar los puños para contener la emoción.

Sebastian podía oír su propio pulso como si tuviera el corazón latiendo en los oídos.

Justo cuando estuvieron lo suficientemente cerca, sus alientos se mezclaron. Y justo cuando cerraron los ojos automáticamente y las puntas de sus labios se rozaron con el más leve de los roces, Ginger dejó de necesitar aire para respirar…

Primero, Sebastian deslizó sus labios cerrados desde la comisura izquierda de Ginger hasta la derecha en una tierna caricia. Ella era consciente de cada uno de sus movimientos y los seguía, tratando de imitarlos, dándole a Sebastian la señal que necesitaba para seguir. Tomó su rostro con ambas manos y la acercó todavía más, pero esta vez la besó con los labios abiertos instándola a que ella le respondiera. Le tomó un poco de tiempo, pero al final ella abrió los labios permitiéndole que la besara con más profundidad.

Afuera, la lluvia repiqueteaba en la banqueta y tamborileaba con su característico ritmo en la ventana.

Sebastian deslizaba las manos por el largo cuello de Ginger, perfilando la curvatura de sus hombros y enterrando las yemas de los dedos en su columna. Ella sentía que se derretía en las zonas donde la había tocado, le quemaba su contacto con un vertiginoso y agradable calor.

Estiró los brazos y los enredó alrededor del cuello de Sebastian que soltó un gemido de alivio y la atrajo hacia sí hasta que sus cuerpos se tocaron.

Ginger se mareó y de no ser porque Sebastian la abrazaba firmemente, se hubiera tumbado en la alfombra.

Él separó sus labios con esfuerzo de los de ella para poder tomar aire. Ginger esperaba con los ojos aún cerrados y cuando volvió a sentir la húmeda calidez de los labios de Sebastian, fue en la punta de la nariz, luego en la mejilla derecha, la izquierda, los párpados, la frente, el mentón… estaba dejando un reguero de besos por todo su rostro y, aunque no podía verlo, sentía sus labios curvados en una sonrisa. Le dio un último beso en los labios y ella también sonrió. Abrió los ojos lentamente para encontrar su cara entre las manos de Sebastian y descubrir que él la miraba fijamente, de la forma más posesivamente dulce.

—Ginger, ¿puedes bajar un momento? —llamó la señora Kaminsky desde la planta baja.

Ginger hizo una mueca y la sonrisa de Sebastian se ensanchó.

Deslizó el dorso de su mano por su suave mejilla y dijo:

—Ve a ver qué quiere.

***

El día en que Ginger dio la cara en la escuela, tuvo que aferrarse de la manga de Sebastian para darse fuerzas.

Sentía miradas clavadas en su espalda y murmullos resonando en sus oídos. Algunos le gritaban cosas o le lanzaban silbidos. Sebastian deslizaba los ojos de derecha a izquierda, asesinando a todos con su profunda mirada, conteniendo las ganas de patear traseros.

—¿Crees que sobrevivas tres horas? —le preguntó él recargando un hombro en el casillero contiguo.

—He sobrevivido diecisiete años, diez meses y una semana… —cerró el casillero de un metálico portazo, empujó el puente de los lentes hacia arriba y lo miró a los ojos. Sebastian se reflejaba en sus gafas—, tres horas no son nada en comparación.

El timbre chirrió con su estruendo revienta tímpanos y procedió el concierto de casilleros cerrándose.

Sebastian sonrió y deslizó un dedo por la mejilla de Ginger antes de darse media vuelta y perderse en el tumulto de estudiantes. La piel que había tocado le ardía incluso después de que ella llegara al salón de Química y se sentara en la primera mesa. Siempre era la misma rutina organizada: llegar, sentarse hasta adelante donde podía ver mejor, sacar su cuaderno y su bolígrafo negro de punta fina, cruzar las manos sobre la mesa y esperar a que los demás dejaran de perder el tiempo tontamente en los pasillos y se dignaran a entrar con su escándalo hasta que la profesora Flitcher hiciera acto de presencia.

Ginger vio las juveniles siluetas por la ventanilla de cristal de la puerta y luego el picaporte giró para dar entrada a Keyra, quien se reía escandalosamente de algún tonto comentario que le habían hecho.

Cuando pasó junto a Ginger la miró e hizo ademán de contener una carcajada mientras le revolvía el cabello con una mano perfectamente arreglada.

Las secuaces de Keyra pasaron empujando su hombro, pateando su mochila y haciendo ademán de estar borrachas, imitándola.

Ginger no dijo nada y se abrazó a sí misma en un gesto protector.

Por último, una chica enorme y de complexión bastante gruesa apareció en el umbral de la puerta. Su piel era muy oscura, su cabello se ensortijaba y se disparaba hacia todas las direcciones en su media coleta, sus labios eran gruesos y el ángulo de sus cejas la hacía lucir como una matona malhumorada. Vestía jeans negros y una camiseta roja con el logotipo del concierto de My Chemical Romance.

A pesar de su tamaño nadie notó cuando se sentó en el único lugar libre junto a Ginger porque todos estaban demasiado ocupados mermándole la existencia.

—Ah, miren quien se dignó a venir —le dijo Leslie Withman, la aspirante a ser la próxima «Keyra Fox»— ¿Hasta hoy se te quitó la resaca o sigues vomitando por el trasero?

El comentario fue acompañado de risas y Ginger se sintió aplastada como mosca, se sentía pequeña. Leslie podía ser muchísimo más hiriente y corriente que Keyra porque le faltaba clase. Si tuviera que darle el premio Nobel a la más zorra, Leslie le ganaría a Keyra por un punto.

Ginger fingió que los ignoraba. Pero a Keyra no le gustaba que la ignoraran.

Sentada en las piernas de su estúpido novio Brandon, miró los frágiles hombros permanentemente encogidos de Ginger y sonrió maliciosamente.

—Ya dejen en paz a la pobre Gina —dijo Keyra con toda la intención—, no es su culpa que apenas haya descubierto lo ebria que puede llegar a estar.

Más risas.

—Qué va —dijo Brandon—, a mí me parece que llevaba practicando bastante tiempo—dobló el codo y lo empinó haciendo cuernos rockeros con los dedos en ademán de estar tomando cerveza.

Ginger apretó los puños sobre sus piernas hasta que la sangre abandonó sus nudillos y se le pusieron blancos. Sentía lágrimas de indignación calentar la parte de atrás de sus ojos.

Giró el torso en su silla y trató de abarcar a todos con una mirada asesina.

—Ya déjenme en paz —sonó más como una súplica que como una advertencia—, no soy ninguna ebria.

Keyra intercambió una mirada con el resto y luego regresó a Ginger.

—Oh, vamos. No seas tontita Gina. Todos sabemos lo que eres —hizo una pausa para darle más picor a las palabras y luego continuó—: si tomas, eres una alcohólica. Si te la pasas leyendo, eres una nerd. Si no tienes novio, es porque eres una rara total. Si no usas maquillaje, eres fea. Y si eres fea, no le gustas a nadie y tu vida es un total y reverendo…

—¿Quieres callarte de una maldita vez, perra?

Todos contuvieron una exclamación y Keyra se quedó con la boca abierta, con las palabras atoradas entre los dientes.

La chica negra que había entrado; la que nadie había notado, se puso de pie arrastrando la silla con sus poderosas pantorrillas, se irguió en toda su amazónica altura y miró a Keyra como si la quisiera matar.

Ginger la miraba petrificada desde abajo.

Keyra parpadeó sin podérselo creer.

—¿Cómo me llamaste? —preguntó con evidente indignación.

La chica negra se llevó una mano a la boca en fingido arrepentimiento.

—Oh, lo siento, no debí —su expresión volvió a ser de desdén y meneó el índice de un lado a otro —. Llamarte perra es un insulto para mi perro.

Otra exclamación colectiva que se reprimió.

La mirada de Keyra se oscureció y se apartó de Brandon para ponerse de pie; fue una mala idea porque parecía una partícula junto a la gran chica.

Ginger apenas si lo podía creer. Nunca pensó que viviría para presenciar el día en el que le dijeran a Keyra algunas verdades.

Todos tenían la boca cerrada. Ni siquiera Brandon metió las manos al fuego por su novia. De por sí, Ginger nunca lo había visto hacerlo. Vaya cobarde.

—¿Quién diablos te crees para hablarme así? —la miró de abajo hacia arriba despectivamente— Mastodonta.

La chica tronó los dedos frente a la cara de Keyra y Ginger invocó a todos los Santos del Cielo para que todo aquello no fuera a acabar en pelea.

—Soy la que te va a enseñar a meterte las palabras por el culo si no dejas de hablar como perra, perra.

Ginger se llevó las manos a la boca y Keyra levantó una para abofetear a la chica…

—¡Keyra Ivette Stevens! ¿Pero qué crees que estás haciendo jovencita?

A todo mundo casi le da un paro cuando la profesora Flitcher apareció en el umbral de la puerta, empuñando un cuadro de la tabla periódica y los ojos chispeantes de furia tras sus pequeños lentes.

Keyra estaba jadeando de coraje; bajó lentamente la mano a su costado enterrándose las uñas de acrílico en las palmas. La chica grande ni siquiera se había inmutado, tenía un semblante de aburrimiento total. Ginger se le quedó viendo embobada mientras la chica tomaba asiento junto a ella muy dignamente.

La profesora Flitcher recorrió el tramo que le faltaba para llegar al escritorio, lo tomó de un extremo y lo arrastró al centro con el chirrido insoportable de las patas contra el suelo; azotó sus pesados libros contra la superficie de la mesa con tal estruendo que hizo dar un respingo a todos.

Siempre hacía lo mismo al llegar, era la profesora más intimidante de todo Dancey High (probablemente de todo el mundo también) y en sus clases hasta respirar era doloroso.

Se inclinó apoyando las manos en el escritorio y miró a Keyra de una forma que cortaba la respiración.

—A la dirección —dijo en tono contenido.

—¡Pero maestra…!

—A la dirección —esta vez se escuchaba más impaciente.

—Le juró que no vuelve a pasar —imploró Keyra acercándose al escritorio. Ginger creyó por un momento que se pondría de rodillas.

—¡A la dirección o le irá peor! —rugió como si se tratara de Godzilla. Ginger rio mentalmente de su chiste; Flitcher se debería apodar Flitcherzilla.

Keyra dio un taconazo contra el suelo y soltando un gemido de impotencia salió hecha una furia tras azotar la puerta con tal fuerza que hizo vibrar los cristales.

La tensión se respiraba en el aire y las aletas de la nariz de Flitcher estaban dilatadas como las de un toro, pero se reacomodó los lentes, suspiró y se dio la vuelta para escribir violentamente en el pizarrón: «enlaces covalentes».

—Su libro en la página 201.

Todos, con manos temblorosas, sacaron el libro; mejor no hacerla esperar.

El silencio reinaba salvo por el golpeteo constante del gis sobre el pizarrón, pobre gis.

Ginger miraba de soslayo a la chica que tenía al lado. Su nariz era ancha pero de perfil se le respingaba en una linda curva; sus pestañas eran increíblemente largas y espesas y sobre una de sus desafiantes cejas yacía una pequeña cicatriz rosa en forma de tajo.

Tenía pinta de callejera-patea-traseros pero por alguna razón, a Ginger le transmitía cierta paz.

La chica giró los ojos bruscamente y la miró por el rabillo del ojo. Ginger dio un respingo cuando ella volteó completamente la cabeza.

—¿Qué? —preguntó, esta vez sin desafío en la voz.

A Ginger se le calentaron las mejillas y desvió la mirada.

—Oh, yo… —balbuceó— nada, lo siento.

Esperó un momento para que las cosas se calmaran y volvió a aventurar una mirada a su derecha…

Pero dio otro respingo y se tuvo que llevar una mano a su agitado corazón. La chica seguía mirándola con expresión divertida.

—¿Soy o me parezco?

—¿Eh?

La chica rio por lo bajo ante la reacción alarmada de Ginger.

—Tranqui, tranqui —volvió a reír y Ginger vio que tenía unos dientes blanquísimos que contrastaban fuertemente con su piel.

Se obligó a forzar una sonrisa nerviosa y trató de calmarse. Tanta seguridad en la chica le abrumaba.

—Eres como un perro Chihuahua.

Ginger la miró confundida.

—Un… ¿un Chihuahua?

—Sí, son muy nerviosos, se asustan con facilidad y siempre están temblando en los regazos de sus dueños.

—¡No es cierto! Sí, soy nerviosa. Sí, me dan miedo muchas cosas, pero no me la paso temblando en el regazo de mi madre desde que superé el miedo al hada de los dientes y el monstruo del clóset, y eso fue como hace cien años. Bueno, no es que yo tenga cien años, faltan dos meses para que cumpla dieciocho y por lo tanto…

La chica se tapó las orejas con las manos.

—Ah, y también ladran mucho.

Ginger se calló al instante.

Sebastian tenía razón; se le aflojaba la lengua con facilidad cuando entraba en confianza.

—Por cierto, Gina, soy Magda —extendió una de sus enormes manos hacia Ginger por encima de la mesa.

Ginger le tendió la suya con timidez y fragilidad, pero Magda cerró sus dedos alrededor de ella y la agitó con tanto ahínco que le ondeó todo el brazo.

—Ah, mucho gusto. Por cierto, Magda, soy Ginger…no Gina —corrigió sobándose el hombro como si se lo quisiera recolocar.

Se sonrieron mutuamente augurando el inicio de una buena amistad.

***

Ginger se pellizcó el antebrazo y le dolió. Felicidades: no estaba soñando.

De verdad se dirigía a la cafetería acompañada de una nueva amiga.

¡Una amiga! La emoción por algo así la hizo sentirse como una rara, pero total, nadie lo sabía.

La fila en la cafetería ya le daba casi toda la vuelta al lugar y Ginger supo que ese día no almorzaría; la única cocinera que atendía jamás se daría abasto y a su ayudante voluntario le había dado gripa.

Estiró el cuello para buscar una mesa vacante y su mirada se detuvo en la que quedaba más alejada, rezagada, y junto los baños. Era el peor lugar para comer y el mejor si querías vomitar, pero algo es algo.

Llevó a Magda hasta allá y se sentaron una frente a la otra.

Magda empezó a contar animadamente la maravillosa experiencia que había vivido durante el último concierto de My Chemical Romance y si bien a Ginger no le llamaba mucho la atención el grupo, escuchó atentamente e hizo una que otra pregunta a las cuales Magda contestaba con lujo de detalles…

Entonces los ojos de Ginger se movieron por fuerza magnética hacia un punto casi al principio de la fila, donde Sebastian era el segundo en pasar.

Su corazón colisionó en una descarga eléctrica y escuchaba la voz de Magda como si estuviera muy lejos.

Sebastian estaba de espaldas a ella, pero con seguridad sabía que era él… reconocería ese trasero donde fuera.

Sus mejillas picaban y recordó el día en que se había besado con él; la señora Kaminsky la llamó para que la ayudara con la cena, pero Ginger apenas si se podía concentrar y tiró varios huevos al suelo enhuevando todo el mármol. Apenas si lo podía creer ¿qué acababa de pasar? No estaba muy segura ¿La había besado? Se estremeció de pies a cabeza. Fue como si la hubiera transportado a un lugar en el que ella nunca había estado.

Los siguientes días ya no podía decir que las cosas fueran como antes, no sabía qué iría a pasar después de eso. Cada vez que entraba en su habitación y veía a Sebastian tendido en su cama leyendo un libro o pasando el rato en la computadora no sabía si fingir que ciertos sentimientos no existían en absoluto o dejarse llevar por sus nuevos impulsos de echar los brazos alrededor de él.

Se sentía loca, la confusión la rodeaba cada vez que él se acercaba o la tocaba accidentalmente tratando de alcanzar algo junto a ella.

Ginger de por sí siempre había sido torpe, pero ahora se tropezaba más, a veces tartamudeaba y cuando lo llamaba y Sebastian alzaba la cabeza para mirarla, olvidaba completamente lo que iba a decir. Se ponía nerviosa.

De la forma más obvia posible, algo estaba pasando con los dos. Sebastian sabía que era real, pero Ginger de repente creía que era una fantasía, producto de su imaginación y su deficiencia afectiva. Toda una locura.

Quererlo era una locura.

—Ginger…

¿No era fascinante la forma en que Sebastian recargaba las manos en la barra? A que sí.

—¿Pero qué…?

Le gustaba la forma en la que sus mejillas subían y bajaban cuando hablaba con la cocinera.

—¡Por el vello axilar de mi abuela!… ¿Pero qué es eso?

Ginger reaccionó y vio a Magda totalmente torcida en su silla mirando hacia atrás.

—¿Qué es qué?

—¡Eso! —señaló con su regordete y largo dedo hacia un punto y Ginger trató de seguir la trayectoria.

—¿El conserje?

—No, no. ¡Antes! Oh.

—¿Sebastian? —dijo Ginger.

—¡Sebastian! —repitió Magda como si se quisiera aprender su nombre.

—Sí… Sebastian.

—¿Lo conoces?

—Amm…

«Sí, sí lo conozco, vive bajo mi techo, duerme en mi cuarto, nos hemos besado y ahora estoy como vaca loca por él».

—Lo conozco, sí —repuso en tono descuidado mientras revolvía su jugo vitamínico con el popote, pero por dentro estaba orgullosísima de conocerlo y poder decir que tenían una historia—. ¿Por qué preguntas? —preguntó tratando de ocultar a toda costa su curiosidad.

Magda meneó la cabeza sin dejar de mirarlo contorsionada.

—Está buenísimo.

—Sí, creo que sí.

—Oh Dios, me miró, ¡oh Dios! ¡Ginger, ahí viene! ¡Justamente viene hacia aquí! —Magda chillaba mientras daba palmadas ansiosas a la mesa. En un arrebato de emoción tomó a Ginger de la muñeca y la sacudió derramando un poco de jugo sobre el linóleo de la mesa.

—¡Magda!

—Hola, Gin —Ginger volteó y se sorprendió completamente al ver a Sebastian inclinarse hacia ella y plantarle un sonoro beso en la mejilla.

Se puso roja, a Magda se le descolgó la mandíbula y Sebastian ajeno al drama, sonrió, deslizó su bandeja de comida por la mesa y se hizo espacio en el asiento corrido empujando a Ginger con la cadera.

Cuando levantó la mirada vio dos pares de ojos mirándolo como si hubieran visto un fantasma.

—¿Qué? ¿Qué tengo? —se palpó la cara en busca de alguna verruga con pelos imaginaria.

Magda estaba impresionada. Verlo de lejos era una cosa, pero verlo de cerca era un deleite para la pupila… y lo que más le sorprendió fue la forma en la que había saludado a Ginger.

Ginger se aclaró la garganta y procedió con las presentaciones.

—Sebastian, ella es Magda. Magda, él es Sebastian.

Sebastian miró a Magda y la saludó con un gesto de cabeza y una radiante sonrisa que le iluminaba el azul de los ojos. Ella por su parte, solo alcanzó a emitir una risita nerviosa.

A Ginger le resultaba extraño que ella se comportara como mortal después de la lección que le había dado a Keyra.

—Te traje algo de comer, sabía que la fila nunca acabaría así que, ya sabes…

Ginger estaba agradecida de que hubiera pensado en ella y encima recordó que era vegetariana y le había llevado un sándwich de tofu.

Dio la primera mordida y luego se sobresaltó hablando con la boca llena:

—¿Qué crees que le hizo Magda a Keyra en frente de toda la clase?

Una chispa de interés brilló en los ojos de Sebastian y sonrió.

—¿Qué?

Ginger se inclinó confidencialmente hacia él.

—Le dijo que se metiera sus palabras por el culo.

Sebastian rompió en una carcajada y dio un manotazo en la mesa sin poder contenerse de la risa.

—¿En serio? – exclamó mirando a Magda con ojos sonrientes.

Ella solo alcanzó a asentir con la cabeza.

—Cuéntale, Magda.

Magda le contó a Sebastian lo que había pasado pero notaba que a él le costaba trabajo ponerle atención. Un rato la miraba y asentía por educación fingiendo que seguía la conversación, pero al siguiente miraba a Ginger por el rabillo del ojo mientras ella sí le prestaba toda la atención a Magda y se reía de sus comentarios acerca de cómo se imaginaba el trasero de Keyra lleno de granos.

La mano de ambos estaba apoyada sobre el asiento y Magda no alcanzaba a ver, pero se preguntó si tenían los dedos entrelazados por debajo de la mesa; era lo que parecía pero ninguno dijo nada al respecto.

Soltó un suspiro de resignación. Se sentía como la intrusa ahí porque era evidente que ambos estarían más a gusto solos.

Un chico gordo, sudado y de piel de un tono verdoso pálido salió azotando la puerta del baño tras de sí y dejó un tufo putrefacto flotando en el ambiente.

—Oh, santa madre de Dios —dijo Magda haciendo una mueca de asco— ¡Oye tú, qué te da de comer tu madre para que la mierda te huela a muerto!

Ginger y Sebastian rieron mientras huían de la zona bombardeada.

***

—¿Por qué mugre razón no me dijiste que Sebastian era tu novio? —le recriminó Magda al día siguiente durante la salida mientras jaloneaba a Ginger de la manga de su chamarra.

—¡Porque no es mi novio! —se detuvo y sopesó sus palabras. ¿No lo era?

Magda entornó los ojos.

—A otro perro con ese hueso, si ayer los vi.

—¿Nos… viste?

—Ayer. En el almuerzo —al ver que Ginger no captaba el mensaje puso los ojos en blanco y añadió—. Te estaba agarrando la mano.

Ginger se sopló un mechón que le caía sobre los ojos.

—Claro que no me la estaba agarrando.

—Ajá.

—Solo la tenía al lado de la mía…muy cerca.

—¡Ajá! Lo sabía.

—Estar a un lado no significa estar encima de.

Magda sacudió la mano para quitarle importancia al comentario de Ginger.

—Como sea, como sea. De todas formas está enfermo.

Ginger la miró alarmada.

—¿De qué está enfermo?

—De ti.

—¿De mí?

—¿Hablo en la lengua perdida de Atlantis? Sí, de ti.

—Ah —Ginger se sintió soñada, de nuevo su corazón sufría un choque eléctrico que le llegaba hasta el estómago y revoloteaba en su interior— ¿Tú crees?

Magda sonrió, ¿qué otra cosa podía hacer? Al menos tenía que alegrarse por Ginger. Fue la única que le dirigió la palabra el día anterior. Era como si toda la escuela estuviera en su contra, y sospechaba que Keyra tenía mucho que ver en el asunto.

—No lo creo, lo sé. Está totalmente idiotizado.

—¿Quién está idiotizado? —preguntó una voz profunda y queda en la espalda de Magda. No tuvo que voltear para saber quién era, pero de todas formas lo hizo.

—Oh, nadie que conozcas —era casi tan alta como él y sus ojos miraban directamente a los suyos, perfectamente a la misma altura. Sebastian se situó junto a Ginger, quien era más pequeña y mucho más menudita que ella. Se veía… bien junto a Sebastian, probablemente Magda se viera como el amigote malo de él.

Tenía que dejar a un lado su atracción por Sebastian. Él ya era de Ginger y no valía la pena perder su valiosa amistad.

Se obligó a sonreír.

—Adiós, Magda. Nos vemos mañana —dijo Ginger alejándose con Sebastian mientras agitaba una mano. Magda agitó la suya.

***

Ginger miró la luz púrpura del reloj en la mesita de noche, «2:05 am».

No conseguía dormir; se revolvía a cada rato bajo sus pesadas sábanas, no encontraba comodidad en ninguna posición.

El invierno estaba a unos días de distancia, pero esa noche caían los primeros copos de nieve, hacía muchísimo frío y la calefacción ronroneaba.

Ya no podía más con su conciencia. Culebreó hasta el borde de la cama y se asomó.

Sebastian dormía profundamente en la alfombra; había pateado la sábana a un lado; se había puesto una camisa blanca y vieja de su padre para dormir y unos calzoncillos bóxer a cuadros que dejaban al descubierto sus poderosas y largas piernas; su pecho subía y bajaba con la suave respiración, sus labios estaban entreabiertos y algunos mechones de cabello le caían sobre la frente. Ginger lo encontró irresistible mientras dormido, parecía un niño.

—Sebastian —susurró apenas audiblemente—. Sebastian.

Él solo soltó un pequeño gruñido y se volteó de costado.

Ginger extendió una mano y lo picó entre los omóplatos.

—Sebastian.

—Mmm…

—¿Estás dormido?

—Estaba, gracias —bostezó y se frotó los ojos con los nudillos.

—Ah, lo siento.

Él se incorporó en sus codos y miró a Ginger a través de la penumbra con ojos brillantes.

—¿No puedes dormir?

Ella negó con la cabeza.

—Es que…

—¿Es que…?

—Quería preguntarte algo pero… —se acobardó en el último momento y se echó para atrás— No es nada. Buenas noches —dijo y volvió a enterrarse bajo las cobijas hasta la cabeza como un avestruz.

—Buenas noches nada, ahora me dices.

Ginger bajó las cobijas de golpe, miró a un lado y se encontró cara a cara con Sebastian que estaba con la barbilla recargada en el borde de la cama.

Se mordió el labio inferior ¿Cómo diablos iba a preguntarle algo así sin quedar como estúpida?

Sebastian aguardó en silencio hasta que ella se dignó a suspirar resignadamente y dijo:

—Magda me preguntó que por qué no le había dicho que eras mi novio… —se detuvo para ver la reacción de Sebastian, pero este no pareció inmutarse.

—¿Y?

—Y yo le dije… —lo miró a los ojos— le dije… —ay, no podía decirle.

—¿Qué le dijiste Ginger? —la apremió.

—¿Somos novios? —soltó de repente y de forma rápida agradeciendo que estaban a oscuras para que así no la viera convertida en un tomate maduro.

Sebastian se quedó en silencio y Ginger pensó lo peor, pero luego, de alguna manera sintió que él sonreía y lo miró a la cara…

Sí, sonreía de oreja a oreja divertidamente.

—¿No lo somos?

—No me contestes con otra pregunta —dijo ella directa.

Sebastian ensanchó su sonrisa felina y extendió una mano para apartarle un mechón de la mejilla.

—Yo soy tuyo —susurró—, pero todavía no me dices si tú eres mía.

Esas palabras acabaron con Ginger. Era lo más precioso que le habían dicho en toda su patética vida. Su corazón saltó de gusto y el dedo de Sebastian dándole golpecitos palpitaba en su mejilla.

Ella cerró los dedos alrededor de su mano, lo miró a los ojos.

—Toda tuya.

Sebastian sonrió y su mirada cambió de intensidad al clavarse en los labios de Ginger mientras iba acortando la distancia que separaba sus bocas.

Ella cerró los ojos y sintió la ya conocida presión de los labios de Sebastian contra los suyos. Poseían una suavidad que la derretía de adentro hacia afuera, que la desarmaba célula a célula.

Ginger sacó los brazos de la calidez de las sábanas y tomó el rostro de Sebastian entre sus manos, inclinándolo más hacia ella.

Sus labios se despegaron un momento y Ginger los deslizó hasta su oreja sorprendiéndose a sí misma cuando le susurró:

—El piso está muy frío —inconscientemente hizo un espacio en la cama jalando a Sebastian de las manos.

Él apenas podía pensar, casi se deja arrastrar, pero logró reaccionar justo a tiempo.

—No hablas en serio, ¿verdad?

Ella sonrió casi con malicia después de entender lo que pensaba Sebastian.

—No seas pervertido, no te voy a violar en medio de la noche… —entornó los ojos— y espero que tú tampoco lo hagas.

—¿¡Cómo crees!?

No podía distinguir bien, pero sabía que él se había sonrojado.

Ginger se apartó más para dejar espacio y levantó las sábanas.

Sí, ¿para qué hablar con mentiras? Era un hombre y la idea de estar en la misma cama que Ginger le resultaba excitante, pero no podía permitirse dejarse llevar.

Reprimiendo sus sentidos, dejó que Ginger lo arrastrara dentro de la calidez de la cama, echó las sábanas sobre ambos y él la acercó a su pecho rodeándola con un brazo que Ginger sentía como una protección de acero.

Con los labios de Sebastian contra la frente de Ginger, y la mano de ella contra el pecho de él, dio un último suspiro en su camisa y pudo dormirse.

 

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