Los nombres de la tía Lita

AMELITA

            Cuando la conocí ya no tenía apellido. Ni siquiera tenía nombre.

            Había nacido cuando el mundo era muy pequeño, las casas muy grandes, los hombres muy hombres y las mujeres aún se desmayaban. Su vida le permitió observar cómo el mundo se hacía cada vez más grande, las casas más pequeñas, los hombres ya no eran tan hombres, y las mujeres llegaban a la conclusión de que desmayarse, además de una tontería, era una pérdida de tiempo.

            Su padre, hombre sereno de mirar transparente y azul, llevaba una pañería en el centro mismo de la capital. Paños el Nuevo Mundo. “Gran hombre de negocios”, dirían años más tarde algunos de sus hijos.

            Su madre, doña Petronila, que ya nunca se desmayaba, redonda, ojos negros cuadrados, recia, dispuesta, entre semana peinada con moño bajo, los domingos en misa rulito trasero bajo el velo negro.

            Nueve hijos, solo una chica, todos guapos, algunos altos y rubios, otros morenos, y siempre vestidos con buenos paños. Una familia orgullosa, católica y cumplidora, ejemplo de virtudes tradicionales, y cómodamente ubicada en la cerrada sociedad de la que formaba parte.

Solo un leve borrón ya muy escondido en el tiempo empañaba la claridad de aquella ejemplar familia. Don Camilo había tenido un desafortunado desliz en su despedida de soltero a consecuencia de un exceso de alcohol que sus amigos le habían obligado a beber. La falta de costumbre de su cuerpo con aquellos estimulantes había hecho el resto. Retozó con una buena moza a la que deslumbró con su porte y elegancia y a los nueves meses apareció la consecuencia. Un niño de ojos muy negros y brillantes y tez demasiado oscura para venir al mundo en tierra de celtas. Al poco tiempo del nacimiento, la madre de la criatura se presentó en casa de los González con enorme timidez y un niño envuelto en harapos.

—Don Camilo, por favor —dijo la joven madre cuando le abrieron la puerta.

—Pase. ¿De parte de quién? —le preguntó otra joven sin sonrisa.

—María, soy María. Quizás él ya no se acuerde de mí…

—Un momento. —Petronila, que por aquel entonces aún no se había ganado el doña, frunció el ceño y miró de reojo y no sin bastante envidia el hatillo con vida que aquella mujer traía en sus brazos. Después de 10 meses de matrimonio su vientre no acababa de despertar por mucho que rezaba y cumplía con todos sus deberes de esposa. Recorrió el largo pasillo hasta el cuarto de estar donde su marido pasaba las mañanas de los domingos hasta la hora de misa.

—Una chica pregunta por ti —le dijo.

            Don Camilo, ser varón de buena familia y lucir corbata eran los únicos requerimientos para ser honrado con un don, se levantó con agilidad a pesar de su tamaño y acudió al recibidor en el que se encontraba una sombra. La pasó a la sala y cerró la puerta. Al cabo de dos horas salió con el hatillo en brazos, despidió a la sombra y apretó su culpabilidad contra su pecho. Le habían puesto contra las cuerdas.

—Es suyo y no puedo criarlo, no tengo dinero. ¿Lo quiere o lo llevo a la inclusa? Acaba de comer.

            Aquel espléndido cuerpo se encogió y perdió su color. Miró el hatillo y vio algo muy, muy pequeño y muy indefenso. Tan indefenso que tardó segundos en tomar la decisión. Se lo quedaba.

—Vuelve cuando le toque comer otra vez —le dijo antes de cerrar la puerta de la calle.

            Tenía unos segundos, el largo del pasillo, para decidir cómo decírselo a su mujer y un par de horas hasta que aquella chica volviese y le comunicasen la solución definitiva.

            Fue a partir de ese momento cuando Petronila se ganó el título de doña. La sinceridad de su marido, las ganas que tenía ella de tener un hijo y la imagen de aquel ser inofensivo y diminuto envuelto en harapos hicieron el resto. Consiguió dominar el ataque de envidia corrosiva que automáticamente invadió su cabeza y decidió que aquel niño también sería hijo suyo. A partir de ese momento comenzó a mandar. La madre sería el ama de cría y viviría en el piso de arriba hasta que el niño se pudiera alimentar con sólidos. Después se largaría de su casa. Quedaba prohibido que su marido y esa niña, apenas dieciséis años, se encontrasen en ningún rincón de la casa. Ella le subiría al niño a las horas de comer y por las noches para que los dejara dormir. La madre sería pues, ama de cría y nido. Por sus servicios recibiría alojamiento, comida y un pequeño complemento económico. Aunque muy joven, don Camilo ya tenía un buen puesto en la pañería y vivían desahogadamente. Hicieron un pacto; los tres mantendrían, de cara a la sociedad, que la madre era del pueblo de don Camilo y había sido enviada por el cura para que esta conocida familia les ayudase. Ya que no tenían hijos, ellos habían decidido adoptar al pequeño, emplear a su madre para que lo criase y buscarle luego algún trabajo. La chica fue seriamente amenazada si desvelaba la verdad en algún momento y obligada a olvidarse del niño a partir del día en que sus cuidados ya no fueran necesarios. Por supuesto el niño venía sin bautizar. Le pusieron Isidro y se celebró un bautizo por todo lo alto para que nadie pudiera sospechar nada. Toda la sociedad del momento alabó la desprendida bondad de los González y su ejemplo de caridad cristiana. A los tres meses doña Petronila se quedó embarazada y no paró de dar a luz hijo tras hijo hasta muchos años después.

Un buen día doña Petronila notó que su redondez volvía a aumentar por novena vez y dio gracias a Dios por esta nueva bendición. También le pidió al Todopoderoso que aumentase el frío de aquel invierno atlántico para que su esposo pudiera vender más panas, franelas y lanas. Unos meses más tarde cuando, por fin, el cielo abrió entre las tercas nubes invernales nació Amelia con sol. En esta tierra no era fácil nacer con sol, por eso Amelia sonrió muy pronto y siempre se la oyó reír. Incluso tras las épocas más duras que la vida le tenía reservadas, su sonrisa reaparecería poco a poco, porque nada ni nadie sería capaz de apagarla para siempre.

            Era habitual en aquella época que las buenas familias tuvieran un amigo cursi y arreglado, siempre soltero, que tenía a bien aparecer por las tardes para compartir los bizcochos recién salidos de las cocinas. El amigo cursi, que llevaba una semana sin personarse en casa de sus amigos por respeto a los quehaceres que siempre acarrea un nacimiento, pensó que había llegado el momento de ir a dar la enhorabuena.

—¡Hay que ver, Petronila, lo radiante que se la ve a usted!

—Bueno, bueno, amigo, no exagere… ¡Que si usted supiera el trabajo que pueden dar diez criaturas!

—Pero nuestra Amelita parece ser muy apacible y soñadora. Mire, mire; hasta se diría que ya quiere sonreír.

Fue así como la tía Lita, recién bautizada Amelia, empezaría a ser llamada durante los primeros años de su vida. Este diminutivo ñoño encajaba cada vez menos con la niña espontánea, divertida y algo escandalosa en que se iría convirtiendo.

            Doña Petronila, que en un principio estaba encantada de tener una niña que hiciera compañía a su otra hija, Pura, además de estar harta de tanto varón dando pelotazos todo el santo día, pronto comenzó a tener una cierta preocupación con la menor de sus hijas. Algo notaba ella en aquella niña risueña que no era del todo correcto, pero no sabía muy bien qué. Su experiencia de haber sacado adelante a nueve hijos no parecía servirle de mucho porque los nueve, aunque todavía pequeños, estaban ya educados como Dios manda. Todo el mundo se lo decía. Eran un ejemplo de buenos modales. Pero ahora, y sin saber por qué, veía cómo, con el paso de los meses, aquel torbellino de niña se le escurría de las manos y parecía tener ya una vida propia totalmente ajena a la suya. Armada de valor decidió comentarlo con su esposo.

—Camilo, ¿no crees que nuestra Amelita es demasiado inquieta? A veces pienso que no siente respeto por las cosas sagradas. Fíjate, cuando la llevamos a misa, no puede estarse quieta. Estoy segura de que no se entera de nada de lo que dice don José.

—Pero mujer, ¡si aún es una niña! Además, he de confesarte que yo tampoco le entiendo mucho.

—Por Dios, Camilo, no irás a decirme que tú tampoco le prestas atención, pues don José es claro como el agua.

—Ya, pero el latín…

—El latín es la lengua del Señor, se repite y ya está.

—Amelita es una niña inquieta y algo traviesa, pero no me negarás que es la más cariñosa de todos nuestros hijos.

—Pues a mí me gustaría que fuese más formal, como su hermana o como Isidro. A ellos se les puede llevar a cualquier sitio, siempre educados y respetuosos.

—No te apures, Petronila, ya la irás educando tú con el tiempo. Hasta ahora ningún hijo ha podido contigo y experiencia no te falta —le contestó D. Camilo con esa ironía pacífica que tan buenos resultados le estaba dando en su matrimonio.

Pero aquí sí que se equivocaba don Camilo. Toda la fuerza y clarividencia con que Dios iluminaba a diario a doña Petronila no bastaron para que esta santa mujer, ejemplo de virtudes y sacrificios, pudiera clonarse en su hija. Un gen incómodo que andaba algo descontrolado por los vericuetos hereditarios de aquella perfecta familia había osado presentarse en algunos de sus hijos, con especial interés en Amelita. Camilo, el anterior en edad, e inseparable de su hermana pequeña porque también había nacido con sol, escribía versos a escondidas, y lo que es peor, no sabía jugar al fútbol… Y Paco, el tercero de los chicos y el más guapo, apretaba demasiado a demasiadas chicas en las verbenas del Casino.

Los González vivían en una de aquellas amplias casas que podían acoger a las familias numerosas de entonces porque todavía el espacio no era un privilegio. Un dúplex, lo llamaríamos hoy, siendo el piso superior una especie de buhardilla enorme con muchas habitaciones. Amelita era completamente feliz en esta casa pues todos sus recovecos, pasillos larguísimos, habitaciones oscuras y misteriosas eran todo lo que ella necesitaba para escenificar sus sueños. Dormía con su hermana en “la habitación de delante”, la única que, con la de sus padres, daba a la plaza. Se comunicaban ambas por una galería calentita y luminosa cuando asomaba el sol, fría y aterradora cuando el temporal del mar llegaba hasta sus cristales. Allí, donde a veces la castigaban, se convertía en pirata luchando con el viento y las olas, o recibía a sus súbditos, sentada en su trono bajo el sol. Pero a ella, aquella parte noble de la casa no le gustaba nada. Era demasiado seria y se ahogaba bajo el control de sus padres y su hermana. Se despertaba muy pronto y salía disparada sin lavarse por aquel pasillo oscuro y larguísimo, pero siempre había un obstáculo que superar. De una puerta estrecha y misteriosa a la derecha salía, justo en el momento de pasar, un pie enorme, huesudo, y limpísimo que se enredaba hábilmente entre los suyos y la hacía rodar sobre la alfombra.

—¡Cochina! —Y se oía una risita—. No olvides que eres de ciudad y no de aldea.

Amelita no podía entender qué tenía que ver lavarse por la mañana con ser de ciudad o de aldea, pues su amigo Juan, el hijo del lechero, que sí era de aldea, iba reluciente. Se lo tendría que preguntar, si podía, porque cada vez que intentaba hablar con él, cuando traían la leche, alguien se la llevaba a otra parte. Su amistad era secreta, callejera y escondida porque Juan era de otra clase social, vestía ropa muy usada y le salían mal las palabras. A veces los niños se cruzaban en la calle y se sonreían con la misma sonrisa amplia y cómplice. Otras, las mejores, se encontraban en la lechería cuando Amelita era enviada a algún recado y se colaba a visitar a su amigo. Allí, bajo el intenso olor a vaca podían reír a gusto, inventar juegos, fantásticas historias o imaginar las aventuras que vivirían si a Amelita la dejaran ir a la aldea de Juan. Más de una vez había pedido Juan padre llevarse a la niña un par de días al pueblo, pero la rotunda negativa de doña Petronila había hecho que no volviese a insistir en el tema.

Isidro, su hermano más serio, el lobo que sacaba la patita por debajo de la puerta todas las mañanas, y que estaba segura de que algún día se la comería cruda porque no paraba de comer y crecer, siempre tenía hambre y nunca engordaba, habitaba esa cueva lúgubre con ventanuco estrecho y llena de cosas raras donde nunca se atrevía a entrar. A Isidro le apasionaba disecar animales y aunque le habían organizado una especie de laboratorio en un rincón del lavadero, siempre conseguía meter en su cueva algún bicho amenazante que se asomaba al abrir la puerta. Taxidermia, ponía un letrero colgado en ella.

—Qué es taxidermia —le había preguntado Amelita mil veces a su hermano.

—Las enanas no preguntan —era la contestación habitual.

—Si no pregunto no aprendo —insistía ella.

—Peor para ti. —E Isidro la miraba fijamente con esos ojos enormes, negros y tan brillantes que la niña salía corriendo muerta de miedo. Esta vez me come, pensaba mientras corría.

            La afición de Isidro había sido uno de los muchos conflictos familiares que D. Camilo había tenido que resolver con paciencia y sabiduría. Porque al niño lo que verdaderamente le gustaba era disecar bichos repugnantes que dejaban la cocina maloliente y la basura llena de vísceras asquerosas. Aquel niño tan limpio era, sin embargo, una fábrica de restos putrefactos.

—Petronila, a un hijo con espíritu científico hay que darle oportunidades —argumentaba D. Camilo.

—¡Pero es que un día nos va a envenenar a todos! ¡No sabes cómo pone la cocina!

—Déjalo, no te preocupes, Julia la tiene impecable.

—¡Pero el olor, invade toda la casa!

—¿No decías que los bichos los tiene en la buhardilla?

—Ya, pero siempre esconde alguno en su habitación para asustar a los pequeños.

—Cosas de niños, no te metas.

            Doña Petronila, que desde que aquel hijo había entrado en casa había tomado claramente el mando de la tribu apoyada en una buena dosis de superioridad moral, era, sin embargo, muy cauta cuando de los conflictos con Isidro se trataba. Su intuición le decía que había que tratar con sabiduría a aquel niño, y que, si por su culpa se enfrentaba a su marido, había que hacerlo habilidad gallega. Por eso asumía una actitud más dócil de lo habitual y si no era absolutamente necesario dejaba que su marido saliera victorioso en los enfrentamientos o por lo menos lo pareciera. Por su parte Isidro, que parecía ser el más hábil de los hijos varones, intuía este conflicto con bastante claridad y se aprovechaba de la situación siempre que podía.

            Siguiendo por el pasillo y pasada la puerta de la calle estaba la sala. Aquí pasaban a las visitas como don Eleuterio y debía ser un sitio muy importante porque solo se podía entrar cuando llamaban desde dentro y siempre vestidos de calle. También se utilizaba esta habitación para regañar a los que habían sido malos, siempre los mismos. En estos casos se permitía el acceso en ropa de casa. Amelita, que era llamada con frecuencia a este lugar, pensaba que así debía ser el infierno de oscuro y de helado, pues ella, que había nacido con sol, estaba convencida de que en el infierno no solo no te quemabas, sino que tenía que hacer un frío espantoso.

¡La magia de la cocina!.. Aquí vivía y reinaba Julia, por cierto, otra de aldea y limpísima, que amasando y amasando harinas, huevos, leche, azúcares y quién sabe cuántas cosas más, conseguía que salieran del horno aquellos olores mareantes y poco después, seguidos por la mirada maravillada de diez pares de ojos: panes, bollos, empanadas y pasteles los domingos. En el colo[1] de Juliña pasaba Amelita largas horas. Juliña era blandita, olía muy bien, contaba maravillosos cuentos de lobos de su aldea y siempre la defendía cuando se metía en líos. Además, cuando era vigilia le daba a escondidas trocitos de pollo porque tenía que crecer. No creía en esos pecados tan tontos, decía. Era uno más de los secretos que tenían ambas y que siempre estaban envueltos en una mezcla de misterio y prohibición que fascinaban a la niña. Julia tenía la suerte de dormir en el piso de arriba, la buhardilla, con los niños. Amelita había intentado con la ayuda de la cocinera, que se ofrecía a cuidarla a costa de su sueño si hiciera falta, pasar al piso superior, pero la tradición era inquebrantable. El pequeño de turno dormía cerca de sus padres hasta cumplir los cinco años. En ese momento el niño y su ama de cría, si aún seguía en la familia, eran autorizados a subir la escalera de caracol con todas sus pertenencias. Era la prueba de que la primera infancia había sido superada. Aquellos que por fin subían definitivamente a la planta superior lo hacían rebosantes de orgullo e importancia.

Amelita desconocía el motivo por el cual Isidro y Pura vivían abajo, pero estaba claro que se les veía contentos en aquella penumbra y que jamás protestaron por ello. Al revés, se sentían privilegiados y muy maduros. Amelita se temía lo peor, como era una niña, era probable que se viera obligada a dormir con su hermana el resto de su existencia. ¡Crudo porvenir, especialmente cuando la posibilidad de divertirse por las noches estaba tan cerca! Todos los días antes de dormirse, miraba al techo de su habitación, se quedaba muy quieta conteniendo la respiración para poder escuchar las risas ahogadas de sus hermanos y las carreras descontroladas de pies de puntillas seguidas casi siempre por la voz autoritaria de doña Petronila llamando al orden. Después se dormía con la sensación de estar perdiéndose algo muy importante de la vida.

Pegada a la cocina había una puerta muy pequeña que tapaba la estrechísima escalera de caracol de madera desgastada y grisácea que subía al cielo. La buhardilla… La maravillosa buhardilla. El suelo de madera crujía al andar, el tejado cantaba cuando llovía, y los cristales de los tragaluces trasmitían el calorcito cuando salía el sol. En dos o tres rincones había unas latas para las goteras que contaban en alto las gotas que iban cayendo. Había muchas habitaciones todas llenas de cosas y niños. Al fondo del pasillo estaba el trastero cerrado con llave porque allí se guardaban todos los tesoros que los piratas habían traído de tierras lejanas. A su lado un cuartucho maloliente, largo y muy estrecho, donde se amontonaban los bichos de Isidro: era el único espacio en aquel piso del que Amelita huía. Al principio no le tenía miedo, pero un día que se había colado dentro para ver un pájaro nuevo, alguien le cerró la puerta y le apagó la luz desde fuera. Los gritos de Amelita no tardaron mucho en llegar al piso de abajo, pero cuando subieron a rescatarla, la niña estaba tan asustada que tardó horas en parar de llorar y semanas en volver a subir. El culpable nunca fue encontrado, ya que con el susto, los gritos y las carreras, todos se habían escondido en sus habitaciones, incluso algunos debajo de las camas. Por lo tanto se generalizó el castigo; todos a la cama sin cenar, una semana sin dulces ni postres, y dos domingos enteros sin pisar la calle excepto para ir a misa con obligación de confesarse. Don Camilo anduvo muy serio una semana completa y los niños no se atrevían a mirarle a los ojos. Solo Isidro, cuya mirada ya estaba a la altura de la de su padre, se atrevía a desafiarle. Don Camilo comenzaba a preocuparse por aquel hijo que tan distinto había salido al resto de sus hermanos. Por supuesto, jamás habló de estas inquietudes con su mujer, que hubiera aprovechado la oportunidad para darle una lección de moralidad y sacar a relucir aquel victimismo que tanto le gustaba utilizar con él. Pero cuando observaba a aquel chico taciturno y retraído que raras veces se integraba en los juegos con sus hermanos se preguntaba una y otra vez hasta qué punto la herencia que Isidro llevaba dentro iba a crearle problemas serios.

En el cielo se andaba descalzo para no molestar a los de abajo. A nadie de los que habitaban el cielo le dolía la cabeza como a los de abajo. Se podía reír y llorar cuando se tenían ganas, cantar y gritar (no demasiado alto) aunque fuese Semana Santa y sobre todo se podía jugar sin parar. A veces, y con un poco de suerte, hasta se podía uno pelear sin que se enterara nadie. Camilo, que dormía solo en un cuarto minúsculo, porque también él era minúsculo, incluso tenía una mesita con algunos libros que limpiaba todos los días uno a uno. Debajo de su colchón escondía los versos que solo podía escuchar Amelita. En esta habitación descubrió la niña los libros de cuentos. Quería aprender a leer como Camilo, al que había enseñado don Camilo cuando volvía de trabajar por las tardes. A ella no le gustaba nada eso de coser o bordar, pero se emocionaba al escuchar las palabras que iban saliendo de la boca de su hermano cuando abría un libro y leía cada vez con más soltura. Le parecía imposible que todas aquellas personas y aventuras pudieran estar dentro de unas páginas tan delgadas. Le pediría a su padre que también le enseñase a ella. Le diría que solo quería aprender a leer, y que todo lo demás no le interesaba nada. Una tarde a la caída del sol empezaron las clases en una mesita de la galería. Doña Petronila, que no sabía nada, apareció por allí con la labor del día.

—Camilo, ¿qué le enseñas a la niña? —dijo al pasar mirando de reojo.

—Me ha pedido que le enseñe a leer como a Camilo.

—¡Jesús, qué disparate, con lo pequeña que es! Además, debería aprender antes cosas mucho más útiles, como bordar o coser, o incluso algo de piano, pero… ¡leer!

—¡Papá! —Los grandes ojos oscuros de Amelita rogaban con pasión que por favor, por favor, le enseñaran a perderse entre las letras.

—Mira Petronila, esta niña parece que tiene una facilidad e interés que es bueno aprovechar. Más adelante ya le enseñarás tú esas otras cosas.

—Tú verás… pero yo creo que ya es bastante fantástica sin leer como para que, aun encima, le des tú más facilidades con los libros —replicó, airada, Doña Petronila.

            Pero Don Camilo ya había tomado la decisión de enseñar a su hija pequeña. La verdad es que no estaba del todo seguro de la conveniencia de que Amelita supiera leer tan pronto, pero el entusiasmo y rapidez de la niña en aprender le quitaron las dudas.

            Amelita fue descubriendo poco a poco la magia de la lectura. No leía, entraba en los libros con todo su ser y desaparecía del mundo que la rodeaba para desesperación de doña Petronila.

—¡Buena la has hecho, Camilo, con esta gracia tuya de que la niña lea! Se pasa el día en las nubes. A saber lo que encuentra en esos libros…

            Nunca llegaría a tener una gran biblioteca, como nunca tuvo grandes cosas, pero los libros que vivían con ella serían, como las plantas, su mayor tesoro, su refugio ante los incomprensibles ataques de la realidad, su consuelo ante la desesperación que causa la impotencia, su placer infinito. Dentro de ellos vivía, reía y lloraba, amaba y vibraba, con ellos huiría de la rigidez de ese mundo tan incomprensible y difícil que la acompañaría en largos periodos de su vida.

Todos los veranos se producía un enorme acontecimiento que trastocaba profundamente el orden y la rutina familiar y hacía que los niños no pudieran estar quietos desde semanas antes. ¡Se organizaba un viaje al sur de Galicia, cerca de Portugal!

            Gran parte de la familia de doña Petronila, sus padres y tres hermanos, vivían en un pazo dentro de un bosque cercano al Miño. Era esta una gran casa de piedra verde con una historia profunda y misteriosa. Cuenta la tradición que un número importante de católicos escoceses de la época de María Estuardo se asentó en la comarca tras huir de las persecuciones religiosas de su país. Alguno de aquellos hombres construiría lo que fue el pazo en su origen. Tras dos siglos de bastante oscuridad histórica, la mitad de aquella enorme casa pasó a la familia González, al ser adquirida por los abuelos de Amelita. Allí vivirían hasta el final de sus días, quedándose en ella posteriormente sus tres hijos solteros.

En la otra mitad habitaba el señor Chitón, un viejo avaro y cascarrabias que daba muchísimo miedo y que además no olía nada bien. Los niños nunca habían entrado en su casa, ni se atrevían a acercarse a la puerta, porque en la parroquia se contaban historias tremendas sobre su vida. Su mujer había sido violada y asesinada en el camino de arriba por un hombre respetable de una parroquia vecina. En el lugar del crimen se había levantado una cruz, también de piedra verde. Todos los días a las nueve de la noche, el señor Chitón peregrinaba a la cruz. Era el momento más emocionante del día. Algunos de los hermanos más valientes, entre los que no podía faltar nunca Amelita, seguían, a distancia y camuflados, al señor Chitón hasta el camino. Escondidos también entre tojos, observaban sin respiración cómo don Chitón se quitaba el sombrero que una vez había sido negro, y lo dejaba siempre en la misma piedra del muro, la primera a la derecha de la cruz. Después, muy lentamente, empezaba a agacharse mientras todos sus huesos crujían y protestaban. Los años, la humedad de la casa y la cutrez de espíritu habían oxidado los engranajes de aquel cuerpo rígido y seco. Ya cerca del suelo, sacaba de un bolsillo de la chaqueta un pañuelo que una vez había sido blanco y lo colocaba con enorme cuidado delante de la cruz. Sobre él se arrodillaba. Los niños desde su escondite empezaban a temblar. Ahora venía lo peor. El señor Chitón comenzaba a hablar bajito y suavemente, como rezando, pero al cabo de un rato interminable, se callaba y de repente, como poseído por el demonio, se ponía en pie de un salto, con repentina agilidad satánica, y comenzaba a gritar cosas espantosas señalando el pie de la cruz. Y daba patadas a la tierra, y puñetazos, y seguía gritando y gritando. Sudaba, lloraba y a veces reía llorando. Para entonces algunos de los hermanos ya se habían hecho pis… Después, muy poco a poco, iba recuperando su serenidad y rigidez. Recogía con enorme esfuerzo el pañuelo del suelo y el sombrero de la piedra y volvía a casa arrastrando los pies. Parece ser que debajo de la cruz estaba prisionero el espíritu siempre libidinoso del asesino. Por eso, si una mujer se atrevía a pasar por delante en la oscuridad de la noche, hora en la que el espíritu acechaba, se le levantaban las faldas. También había un pequeño agujero en la tierra, al pie de la cruz, que el mismo espíritu escarbaba por las noches con la esperanza de escapar. Una vez Camilo tuvo el valor de taparlo con barro muy duro y al día siguiente, cuando al amanecer todos corrieron a verlo, comprobaron con terror que el agujero volvía a estar en su sitio.

            Doña Petronila acostumbraba a pasar el mes de Julio en el pazo con sus hermanos. Se llevaba a toda su prole y a Julia. Don Camilo, que no descansaba nunca, se quedaba en la casa de La Coruña acompañado por el silencio.

            Aquellos meses quedarían guardados para siempre en la memoria de Amelita. El campo era interminable, infinito, abarrotado de sorpresas y misterios, siempre verde, muy verde. Los caminos del pazo se cubrían con hojas de parra y se adornaban con enormes racimos de uvas todavía a medio madurar. El maíz comenzaba a dorarse bajo el sol y en los campos de arriba ya se empezaban a cavar las patatas. Había una vaca, a veces dos, pero todos los veranos una de ellas se llamaba la Pinta, algunos cerditos todavía pequeños que había que engordar para hacer buenos chorizos y muchas gallinas, conejos, perros y gatos. Había tantas cosas que hacer y descubrir que los días pasaban sin darse cuenta. Lo único malo, tener que dormir. En verano había gente por todos lados, parientes, invitados, visitantes. Era muy fácil pasar inadvertido, solo había que presentarse puntualmente a las comidas.

            La casa de dos pisos tenía forma de L. La familia habitaba el ala que miraba hacia Portugal en el piso de arriba. La solana era uno de los lugares más hechizantes y relajantes del pazo. Era esta una terraza cubierta, amplia y larga, a la que daban todas las ventanas de los dormitorios. La barandilla de piedra había sido invadida por una enredadera siempre verde. Había macetas con plantas por todos lados y la pared se adornaba con antiguos aperos de labranza. Allí se sentaba Amelita a ver salir sol cuando la impaciencia por vivir la levantaba antes que a nadie. Desde allí contemplaba las grandes montañas al otro lado del río, que eran verdes y llenas de árboles como las de aquí, aunque le decían que aquello ya no era Galicia. También desde allí dominaba el mundo entero, pues más allá de aquellas cumbres estaba segura de que ya no había nada. La solana era el lugar perfecto para sobrecogerse con las espantosas tormentas de verano si uno tenía el valor suficiente para aguantarlas sin esconderse debajo de una cama. Camilo se sentaba con ella cuando se despertaban por las mañanas.

—¿Por qué te levantas tan temprano? —preguntaba el niño frotándose los ojos.

—Porque no me gusta dormir.

—Pues no duermas.

—Es que por las noches se me cierran los ojos. Además, si no duermes te mueres.

—Seguro que tú aguantabas sin morirte.

—¡Mira, mira, Camilo, se están deshaciendo las nubes! Si hace bueno, seguro que nos llevan en el carro hasta el campo de abajo.

—No sé si nos dejarán. Ayer mamá estaba muy enfadada.

—Podemos escondernos y nos subimos en el camino.

—Cada día estás peor. Como hoy no vayas a misa seguro que te castigan el resto del verano. ¡Te veo rezando todos los días en la capilla hasta la hora de comer!

—¡Qué gracioso! Además, si me castigan no pienso rezar, jugaré a ser cura, me meteré en el confesionario y pondré horribles penitencias a los malos. ¿A que no te atreves a esconderte y subir al carro conmigo?

—¡Uff, no sé!… Bueno, sí podría, pero ese juego me parece bastante aburrido.

—Mejor que rezar… Anda, ya nos inventaremos otro.

—Pero… pasarme una mañana entera en la capilla.

—Mira, primero te metes tú en el confesionario, me confiesas y yo te cuento mis pecados, y luego al revés.

—Eso es pecado.

—Pues así ya tenemos algo que contarnos.

—Pero es pecado de verdad. Es como una burla.

—Que no, tonto, que es solo un juego. Dios lo entenderá.

Pronto comenzaron a oírse ruidos en las cuadras de abajo. Los niños bajaron disparados porque empezaba otro de los grandes momentos del día, el desayuno animal. Había que dar de comer a la Pinta de turno, ordeñarla y prepararla para tirar del carro. Los cerdos comían las sobras de la cocina de Julia para engordar bien, y las gallinas picoteaban el maíz que les echaban los niños.

La misa de ocho en la capilla era otro de los controles diarios que había que pasar. Muy a menudo se convertía en un serio problema, pues solía coincidir con la salida del carro hacia los campos. Y aquel paseo mañanero en carro era tan apasionante que no se podía perder. Además, solo se podía ir porque siempre volvía cargado de algún producto del campo, patatas, madera, hierba y mil cosas más. Desde allí arriba, el mundo parecía distinto. Los mayores eran menos altos, la vaca más pequeña, el sol estaba más cerca y la brisa de la mañana acariciaba al pasar. Los perros sueltos te escoltaban ladrando allá abajo, y se podía jugar a ser importante.

La mayoría de los castigos de verano tenían su origen en esta coincidencia horaria. Amelita, que se pasaba las misas pensando por qué camino iría el carro en ese momento, no entendía por qué no retrasaban la misa o adelantaban la salida del carro. Ya lo había pedido varias veces, pero el mundo de los adultos era muy complicado.

Había dos o tres castigos recurrentes en la forma y en los que los sufrían, pero generalmente no muy duraderos; siempre aparecía un alma caritativa que intercedía por el perdón del acusado. El más frecuente era rezar en la capilla y servía para redimir cualquier tipo de pecado. Había otros más específicos como escribir cien veces en la libreta de los castigos: “Es propio de niños malos y crueles perseguir a las gallinas hasta cansarlas.” Este solía recaer en el formal de Isidro, que Dios sabe por qué, cuando divisaba una gallina, se le nublaba el entendimiento y salía corriendo detrás. Este odio visceral sería el único desmán que perturbaría la conciencia de Isidro casi hasta el final de sus días. Era ver una gallina y salir corriendo tras ella, incluso en etapas de su vida en las que ya no era tan niño. Una vez había pegado a una muy fuerte con un palo, lo había visto Camilo con sus propios ojos y lo guardaba en secreto por si algún día necesitaba utilizarlo. La cojera de la gallina sería la prueba de su acusación. También había sido el único animal que Isidro no había intentado disecar. El taxidermista utilizaba las estancias veraniegas en el pazo para aprovisionarse de bichos que después iría disecando con calma. Tenía un secadero en un rincón de la finca en el que colgaba sus bichos eviscerados y malolientes, y que sus hermanos respetaban debido al poder que su hermano mayor tenía en la familia y al miedo que todos tenían a sus chivatazos.

En estos meses de Julio, el cuerpo de Amelita aprovechaba para crecer de forma cada vez más descontrolada. Doña Petronila lo atribuía a la leche de la Pinta y a los huevos de casa, pero empezaba a inquietarse por la altura que iba adquiriendo la niña. Casarla con un hombre de buena familia, tan alto, y sobre todo, que estuviera dispuesto a comprometerse con una chiquilla tan poco seria como su hija, iba a ser un verdadero milagro. Seguro que en toda la ciudad no habría nadie disponible, pues estaba convencida de que ya todo el mundo sabía y comentaba en la ciudad cómo era la menor de los González. Durante el verano la mente de esta madre sacrificada estaba distraída con los acontecimientos de todo tipo que ocurrían en aquella casa de campo, pero era cuando volvía al asfalto cuando su inquietud respecto a sus hijos invadía su pensamiento y, cómo no, era Amelita la que siempre ocupaba un lugar preferente. Doña Petronila no entendía a su hija. Sería que se estaba haciendo mayor, que el cansancio acumulado después de tantos años de criar y criar se lo impedía o que el mundo estaba cambiando sin que ella se diera cuenta. El caso es que aquella niña la traía loca, y para colmo su padre siempre se ponía de su parte y le reía las gracias. Tanta experiencia para nada, pensaba, y va a ser precisamente la última la que se me escape de las manos.

Por desgracia estos treinta días de libertad, de luz y de verdor se acababan siempre por sorpresa. De repente, un buen día volvían a salir los baúles del desván y comenzaban los preparativos para la vuelta a la ciudad. Amelita tardaba días en despedirse. Decía adiós a la Pinta, a las gallinas, a los cerdos ya más redondos que cuando había llegado, al carro de la Pinta cuyo cantar monótono echaría de menos durante el invierno, a las montañas de enfrente, a los racimos de uvas que se comerían otros, al maíz, a la tierra, a las piedras.

Esta casa eterna, perdida entre el rumor de pinos despeluchados, testigo inmutable de las peculiares andanzas de longevas generaciones, tendría por costumbre atar para siempre el corazón de sus moradores. Todos los que durmieron entre sus piedras verdes, vivieron su vida de aldea, compartieron sus épocas de enorme pobreza o de espectacular lujo, todos, todos sintieron al partir una morriña también eterna.

Amelita, que además de Galicia, pasaría etapas de su vida en lugares como Madrid, Zaragoza o África, volvería una y otra vez a esta casa, casi siempre arrastrada por los vientos misteriosos de la intensa y apasionante historia que le tocó vivir.

[1] Regazo

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