Muy profundo II. Eterno

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ETERNO

MUY PROFUNDO II

 

 

 

 

 

A N A   C  O E L L O

 

 

 

 

 

Agradecimientos

 

 

Escribir para mí es una manera de existir, de vivir, no una vocación y tampoco pienso convertirlo en una obligación. Es una forma de ser, una manera de interpretar el mundo, mi realidad. Escritora, es simplemente lo que soy, y es inherente a mí. Si lo hago bien, o lo hago mal, siempre existe la posibilidad de aprender, de mejorar. Si gusta o no, bueno, eso ya es cuestión personal y yo solo pretendo compartir lo que en mis emociones hay, lograr que quien lo lea, sienta lo que yo al plasmarlo. Pero, sobre todo, ser feliz al hacer lo que soy, lo que está en cada parte de mí. Así que «Eterno» lo dedico a todas esas personas que han creído en mí, a quienes me han apoyado incondicionalmente. Mis hijos, mi esposo, mi familia, Coemas y Nova Casa Editorial, que sin ustedes este camino no sería lo mismo y que me han inyectado la fuerza para continuar y no rendirme. Gracias luces mágicas que dan color a cada uno de mis días.

 

 

 

 

 

En las profundidades gélidas de mi mundo, el solo toque de algo celestial pudo cambiar el rumbo de mi andar. Aquel cálido ser le produjo un viraje total al mío cuando se fundió, sin comprenderlo, con mi fría personalidad. La ventana de mi alma se abrió permitiéndole el paso sin desconfiar, porque en el momento que su esencia tropezó con la mía, todo se derritió y eso era lo único que creí, nunca llegaría a pasar. Mi ángel lo cubrió mi vida todo con su manto de paz y su dulce personalidad, logrando conformar lo que ahora es una hermosa realidad muy profunda… eterna.


 

 

 

 

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NOSOTROS

 

 

Las olas del mar nos arrullan como cada noche. Ella… mi ángel, como la nombro en mi mente, duerme plácida y sin problemas justo frente a mí, como lo ha hecho desde hace poco más de cuatro años. Acaricio su brazo desnudo pues solo trae un pequeño camisón delgado que la cubre. Es tan hermosa, tan inigualable. La escucho respirar, duerme profundamente, así ha sido este embarazo a diferencia de los otros dos.

Sí, dos.

Ian fue el primero en llegar, justo nueve meses después de que nos reencontráramos y vaya susto que me sacó. Kyana tuvo una labor de parto de muchas horas. Cierro los ojos y puedo revivir ese momento como otros miles a su lado, no obstante, ese fue el que mayor miedo ha generado de toda mi vida. El bebé era grande, como yo, y ella, menuda, de hueso pequeño. Sufrió demasiado. Al final lo logró, como todo, como siempre, pero verla llorar, sudar de aquella manera, gritar una y otra vez, no fue fácil. En ese momento hubiera dado lo que fuera por cambiar de lugar y ser yo quien sintiera ese espantoso dolor.

Odiaba y odio cualquier cosa que la pueda afectar.

Al dar a luz, debido al enorme esfuerzo, su presión bajó estrepitosamente perdiendo el sentido casi de inmediato, a eso es a lo que me refiero con «terror». Todo un equipo de enfermeras y médicos entraron, varios minutos después la hicieron volver. No puedo describir lo que sentí. Mi cuerpo se paralizó y solo pude pensar que mi esencia vital no abría los párpados, que mi motivo principal se encontraba sumergido en un sueño del que no podía regresar. Kyana se descompensó debido a lo mucho que le costó expulsar a Ian, por lo que sugirieron que permaneciera en observación un par de días, ahí, en el hospital. Estaba tan pálida, tan agotada y, aun así sonreía desesperada por tener de una vez a nuestro hijo entre sus brazos. Ese, paradójicamente, fue uno de los momentos más increíbles de mi existencia y sé que solo ella me lo pudo dar. Así es Kyana, mágica.

Justo un año después del nacimiento de Ian, nos enteramos de que Noa venía en camino. Sí, fue un poco rápido, pero igual sabíamos que podría suceder y lo cierto es que lo deseábamos. Éramos felices con aquel pequeñín que ya a su corta edad era todo un huracán, sin embargo, deseábamos tres y pronto. El nacimiento de él fue distinto, sin embargo, se tomaron las precauciones y pese a que terminó igualmente agotada, nada ocurrió salvo el llanto de nuestro hermoso bebé que ya deseaba hacerse notar a tan temprana edad.

Ahora, su barriga es de cinco meses, no es muy grande, y debo decir que, como en los dos embarazos anteriores, se ve preciosa. La diferencia ahora radica en que Mia ha mantenido más fatigada a su madre, y la presencia del par de diablillos, no ayuda. Si no fuera por Fanny, que ahora trabaja aquí, y por Irina, creo que Kyana ya nos habría mandado a volar y es que llegar al atardecer es la locura y salir por la mañana, también. Ese par no da tregua; el mayor tiene ya tres años y medio, y el menor un año y ocho meses. Paso el mayor tiempo posible con ella y los niños, intentamos hacerlo todo juntos, pero a veces me es difícil, la empresa requiere cierta presencia que no puedo eludir y es ahí cuando Fanny, Irina y Kya danzan por toda la casa tras ellos.

¿Qué puedo decir? Soy feliz, demasiado. Amo mi vida, lo que hemos construido juntos. Amo a ese par de pequeños que me inyectan alegría, que me hacen querer ser mejor pero, sobre todo, muero por esta bella mujer que mi corazón eligió desde el mismo momento que entró en ese salón, hace ya trece años.

Pasa de medianoche. No logro conciliar el sueño, eso es raro en mí. Sobre todo con la cantidad de cosas que hacemos a diario. ¿La razón? Hoy terminé de leer lo que ella escribió y no puedo dejar de evocar cada momento de lo que vivió.

Kya, alentada por mí, decidió plasmar en líneas todo lo que sucedió. Ella siempre fue buena con las letras, se hubiese dedicado a ello de no haber ocurrido aquello. Sin embargo, también ama su profesión y es buena, demasiado, en realidad. Solo que desde hace un tiempo lo mantiene en pausa pues entre los niños, nosotros y este proyecto, no tiene tiempo para nada más. Al principio dudó en mostrármelo, lo cierto es que yo temía lo que podría contener y tampoco hablé de ello.

Para los dos no ha sido fácil brincar esos nueve años y mucho menos, lo que los causó.

Jamás me ha hecho sentir responsable, al contrario, sé que le duele verme alejado de ellos, ahora más, pues a ella, a mi madre, le diagnosticaron cáncer terminal y yo… no la logro perdonar, a pesar de saber que pronto su vida se extinguirá. El daño que provocó me acompaña.

Solos, hace un par de noches, acurrucada a mi lado mientras yo acariciaba su barriga desprovista de ropa, —adoro sentirla bajo mis yemas, sin nada que se interponga—, me confesó que lo había concluido hacía unos días, mordiéndose el labio inferior, como aún es su costumbre cuando algo la altera un poco. La besé como siempre, pues esa boca carnosa y angosta me tiene hechizado desde que tengo memoria, nada ha cambiado a pesar de los años.

Ella dejó el impreso sobre el escritorio del estudio, ese que ambos compartimos y que en general se encuentra bajo llave, pues los niños están en un momento en el que todo lo quieren averiguar. Me dijo que era libre de leerlo, o no, que no haría nada con él, pero que ahora que sacó todo de su interior se sentía más ligera y simplemente deseaba que lo supiera, tenía libre acceso a esas líneas si así lo quería.

Por la mañana del día siguiente lo observé, un tanto descolocado, sobre aquella superficie de fuerte cristal. No sabía si sería buena idea. Lo cierto es que no hablábamos mucho de esa época, salvo la noche que decidimos contarnos todo lo que debíamos de saber… no lo hemos hecho nuevamente. Fincamos nuestra vida sobre alegrías, no sobre etapas de sombras, como es esa. No obstante, la curiosidad ganó. Ella es una mujer asombrosa, pero… no es alguien que narre a detalle un hecho y yo siempre he deseado saber cómo es que la enamoré, cómo es que le hizo caso a una causa perdida como yo, pero sobre todo… necesitaba llenar ese hueco de nueve años. Sí, suena algo obseso, hasta extraño tal vez, pero nada ha sido normal entre ambos.

Cuando vio que lo llevaba en la mano, junto con mi termo de café, me detuvo, evaluándome detrás de esas pestañas espesas e imposiblemente onduladas aún sin rímel. Eso siempre me aniquiló; no levanta mucho el rostro, nada más lo necesario y… me observa elevando solo el globo ocular. En serio me quita el aliento. Sentí su pequeña palma sobre mi antebrazo. Me detuve, por supuesto.

—Si lo lees, tendrás que darme algo a cambio… —susurró con seguridad. Sonreí torciendo la boca. Besé su frente y luego sus dulces labios, mientras Fanny nos miraba sonriendo. Los chicos se encontraban ingiriendo un ligero desayuno para no irse con el estómago vacío.

—Lo que quieras… sabes que no puedo negarte nada —sonrió de ese modo angelical que aún altera mi pulso. Si no hubiesen estado ahí ellos, junto con la otra chica que ayuda a las labores de la casa, la habría tomado en brazos y me hubiera encerrado con ella en la habitación hasta hacerla desfallecer una y otra vez. Sí, la deseo con locura cada momento. Y hago justo eso cuando su abuela o su nana se los llevan de excursión. Sin embargo, me detuve. Tenía que llevar a los pilluelos a sus respectivas escuelas y ella lucía fatigada. Necesitaba descansar.

—Cuando lo termines me dirás lo que piensas, lo que te hizo sentir… —arrugué la nariz mostrando mi desacuerdo. Pero como siempre consigue lo que se propone de mí, pasó sus delgados brazos alrededor de mi cuello, hizo que bajara por completo mi cabeza y me miró fijamente. Dios, en serio me enloquece y es que con esa hermosa barriga habitada es lo más bello que jamás he visto—. La curiosidad gana, ¿no es cierto?, pero juro que todo está ahí, aunque no todo te agradará… Eso explica mi condición —y con sus ojos miel señaló lo que ya había dejado sobre la mesa, para poder rodearla como tanto me gustaba—. Sé que no tocamos el tema a menudo y no es que desee hacerlo… Pero no quiero sentirme ansiosa por no saber lo que piensas sobre lo que escribí…

—De acuerdo… Te prometo que, en cuanto lo termine, te diré lo que pienso…

—Y lo que sientes… —completó ladeando un poco su cabeza. Acaricié su mejilla sonriendo.

—Y lo que siento, Bonita… aunque si lo prefieres, puedo dejarlo —admití. Me besó con cierto temor, lo pude percibir de inmediato.

—No, deseo que lo leas, sabes que lo redacté con el fin de sacarlo de mi cabeza para que deje de vivir en mi alma…

—De acuerdo —ninguno de los dos ocultábamos nunca nada.

—Y si tú quieres decirme algo al terminarlo, lo harás… —continuó. La tomé de la mano y la saqué de una vez de ahí. Subimos las escaleras y cerré la puerta de la habitación. Teníamos tiempo aún. La senté sobre mis piernas, como adoro hacer y acuné su barbilla.

—Kya. Mi vida ese tiempo sin ti sabes que fue… eterna y sí, complicada, pero si deseas que hablemos al respecto lo haremos ­—desvió la mirada nuevamente mordiéndose el labio. La besé otra vez, ahora de forma más exigente, sin público era fácil dejarme llevar. La escuché gemir al sentir mi actitud.

—Sé que ha pasado mucho tiempo, pero… sí, a veces me gustaría saber más a detalle lo que ocurrió… aunque siento que moriré de celos al saber que… estuviste con otras mujeres —admitió turbada. Pegué su frente a la mía suspirando.

—Lo leeré, y el fin de semana que Ralph e Irina se lleven a los chicos al zoológico, hablaremos de este tema pendiente, te diré todo lo que desees saber. ¿Qué dices? —Me miró dulcemente, sus ojos siempre han tenido la capacidad de derretirme. Y es que son una mezcla de inocencia y fuerza que sé, atrajo a más de uno, digo, eso sin contar la cantidad de atributos que mi ángel también posee, pero que gracias a Dios, ahora son solo míos.

—Sí, sí quiero que hablemos de ello —soltó con seguridad. Sonreí besándola nuevamente. Era evidente que el revivir aquel episodio traería la necesidad de terminar de limpiar las heridas que produjo la que solía ser mi familia. Ambos nos encontrábamos más fuertes que hace cuatro años, así que sí, era momento de sacarlo para enterrarlo como debe ser.

Hoy lo terminé, justo a tiempo pues mañana los chicos se van. Miles de cosas e imágenes rondan en mi mente y lo cierto es que no son agradables. Leí su versión sin siquiera lograr detenerme, casi de un tirón.

De pronto Kya emite un suave gemido. Sonrió sin poder evitarlo. Sus labios entreabiertos, su precioso cabello desordenado por la almohada. Sus párpados bien sellados custodiando a mi otra mitad. Está girada hacia mí, como suele hacer. Y parece que sus sueños son agradables, pues su gesto es tan relajado y sereno que no puede ser de otra manera.

Acaricio ahora su mejilla con tristeza, con un poco de rabia y sí, también con dolor e impotencia. No puedo creer que haya pasado por todo aquello así, de esa manera, y si creía que la mujer que elegí hace tanto tiempo era fuerte, ahora no sé qué palabra puedo usar para describirla. Lo cierto es que cada fibra de mi ser la ama, por eso nueve años no fueron capaces de extinguir la llama, por eso pasé todo ese tiempo encadenado a un recuerdo latente de algo que aún vivía en mi pecho. Kya fue mi primer amor, sí, claro que así fue, pero era más que eso. Ella entró en mi vida para trastornarlo todo, para voltearla de cabeza desde el primer segundo. No soy un hombre que cree en cosas extrañas, aun así, esa mujer que descansa a mi lado y que me ha regalado los mejores momentos de mi existencia, estoy convencido, está aquí, en este mundo, para vivir a mi lado. Fue creada, al igual que yo, con el mismo motivo: amarnos. No encuentro otra explicación.

Me giro suspirando para mirar el techo con mi brazo sobre la frente. El sueño no llegará por mucho que me esmere, no ahora, no después de saberlo todo, no reviviendo cada momento de aquel tiempo, de nueve años que he dejado con dificultad de lado.

Me levanto, no sin antes arroparla, no hace frío afuera ya que agosto está en pleno, pero el aire acondicionado permanece encendido y su piel se sentía fresca cuando la toqué. Le doy un beso sobre la frente sin preocuparme por despertarla, no lo hará, no con Mia en su interior, como dije, este embarazo la ha mantenido más agotada que el otro par.

Me pongo unas bermudas y salgo sin hacer mucho aspaviento. Camino hasta la habitación de los enanos. Abro la puerta para observarlos. Ambos duermen tranquilamente en sus respectivas camas. Me acerco y beso sus pequeñas cabecitas sintiéndome el hombre más afortunado del mundo. Ellos son aquellos errores que tanto deseé y tenerlos aquí, junto a mí, muestra de la fusión de nuestro amor, no tiene comparación.

Bajo observando cómo ha cambiado la casa desde que la construí. Hemos remodelado y asegurado ciertos tramos. Hay juguetes por ahí, una sillita para que Noa coma en la cocina y un par de cojines en otra más alta para que Ian alcance sin problemas sus alimentos. Por ahí hay una cesta con varios de sus juguetes que recojo cada noche antes de meternos a la cama ella y yo. La alberca está continuamente llena de objetos en su interior que hay que sacar, cada fin de semana pasamos un rato ellos y yo ahí. Kya solía unirse, aunque ahora duerme mientras los agoto sin tregua, o nos observa recostada en una de las tumbonas riendo al vernos jugar. Amo cada momento al lado de mis hijos, de mi familia.

Me sirvo agua y la bebo de un solo trago, perdiéndome en la oscuridad de mi hogar. Tantas veces estuve de pie en el mismo sitio sintiéndome solo, creyendo que mi vida sería así. No cabe duda que el destino está escrito, es solo que la ignorancia de su trazo nos hace dar por sentado nuestro futuro. Dejo el vaso sobre la barra de granito, justo al lado del móvil de Kya; suele dejarlo por doquier sin importarle mucho, cuando yo me encuentro en casa, de otra manera jamás pierde de vista ese aparato. Sí, saben que es aprensiva y también amo eso de ella como cada uno de sus defectos, como cada una de sus cualidades.

Muevo mis pies hasta el ventanal del comedor que tiene calcomanías a la altura de los chicos. Tuvimos que ponerlas después de que Ian intentara atravesarlo, sin pensar que el vidrio lo detendría. Su cabecita quedó adornada por un enorme cardenal, mientras lloraba entre mis brazos desconsolado. Logré tranquilizarlo al tiempo que Kya le ponía ungüento y le sonreía como suele hacerlo, dulcemente. El susto no pasó de eso, pero aprendimos la lección y funcionó, pues Noa jamás ha tenido un accidente ahí específicamente; sin embargo, ya saben, son niños, cada segundo vale.

Desconecto la alarma y salgo un tanto ansioso de oler la salinidad del ambiente. Amo Myrtle Beach, pero sobre todo amo el mar. Cierro los ojos llenando mis pulmones de ese aroma tan peculiar. Con los brazos detrás del cuello avanzo hasta las escaleras y desciendo. El rugir del océano es tan vivificante, tan tranquilizador.

Me siento con las piernas flexionadas frente a él, escuchando y observando cómo las olas truenan al contacto con la arena. La luna no está llena, sino en cuarto creciente, por lo que no ilumina demasiado, aun así, logro ver sin dificultad. Recargo mis brazos sobre mis rodillas aún con la cabeza hecha un caos.

En ese escrito descubrí cosas que no imaginé. Por ejemplo, Roger… la besó y nunca lo supe. Aprieto los puños sintiendo cierta impotencia. Sé de él. Aquí todos sabemos de todos. Vive en Florida, tiene un negocio de yates, al parecer su padre le ayudó a montarlo y no le va mal. No obstante, después de la última vez que lo vi y le partí la cara lleno de rabia… Jamás volvimos a cruzar palabra. Y ahora creo que debí romperle algo más que la nariz; un brazo y el cuello hubiese sido perfecto.

Me llevo las manos al cabello sujetándolo con un poco de fuerza. Aquel día en que terminó Kya conmigo… llega a mí como si no hubiese transcurrido el tiempo, como si fuera ayer y puedo sentir, sin dificultad, el asombro e impotencia que trastornó mi cuerpo en segundos.

Salí de su casa tropezándome con los pies. No tengo idea de cómo llegué a la camioneta. Manejé como un loco justo hasta aquí. Bajé desesperado, me quité la playera, me metí en el mar importándome una mierda lo frío que estaba y nadé hasta que mis músculos y pulmones dolieron. No lo podía creer, simplemente no podía ser… Ella no podía estarme haciendo eso. No después de la otra noche. No después de lo que habíamos vivido. Regresé a la orilla, exhausto. Me senté sobre la arena y me dejé llevar por el miedo y dolor que consumía mi ser. Las lágrimas salían sin poder contenerlas. No comprendía a qué venía ese cambio de actitud. No lo podía entender. La amaba, como aún la amo. Sentía que me estaba arrancando la piel, pedazo a pedazo, sin anestesia. Agarré mi cabeza con ambas manos. La rabia corría por mi torrente sanguíneo sin poder contenerla. No la dejaría ir, sabía que sentía lo mismo por mí, lo veía en sus ojos, en su mirada, algo sucedía, algo la tenía así. Desde el jueves anterior había notado el cambio, sus pretextos ahora no tenían sentido. Pero ¿qué?

En la madrugada llegué a la soledad de aquella casa donde pasé gran parte de mi vida. Anduve hasta mi habitación, sin que nadie se percatara de la hora en que entraba, ni mucho menos iba a permitir que me cuestionaran. Me di una ducha con una resolución en mente. Haría que regresara, averiguaría lo que ocurría y haría que estuviera nuevamente conmigo. No podía respirar sin ella, no lograba verme ni un minuto sin su presencia, sin sus risas, sin su tacto, sin esa forma tan peculiar de mirarme, de acurrucarse sobre mí. Me hacía sentir especial, único, lo más importante en su vida. Adoraba cada detalle de su forma de ser, la manera en la que se manejaba ante los problemas, las palabras que me decía y su forma de creer en mí siempre, sin dudar.

Hacía no mucho había enterado a mis padres acerca de mis planes; ellos, como siempre, no los entendieron, pues no era lo que tenían en mente.

¿Cómo pude ser tan estúpido? ¿Cómo no imaginé que todo lo que pasó después de esa maldita conversación o, mejor dicho, discusión, terminaría de esa manera?…

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