Muy Profundo

portada

DEDICATORIA Y AGRADECIMIENTOS

Cuando los sueños se palpan apenas con las puntas de los dedos, cuando los momentos atrapan, envuelven, es entonces cuando se comprende que todo cambiará. He vivido cada momento de esta historia sin poder darle el significado real que en mi interior tiene. Desde que la aventura de este escrito comenzó ya nada fue lo mismo en mi vida. Inicié tecleando ideas, situaciones, sentimientos. Sin embargo, no contaba con que se aproximaría mi cambio de piel. La transformación más trascendental que he podido experimentar surgió justo cuando estaba por terminar. Un hermoso motivo esperado, anunciado, ansiado, se hizo real y en medio de malestares que me dificultaron disfrutar esto como suelo, logré terminar Muy profundo.

Después, a poco menos de dos años, la retomé. Debía editarla, cerrar los puntos que me parecía no habían acabado correctamente. Y fue entonces cuando mi destino nuevamente volvió a demostrarme que, pese a todo, la magia existe y mi segundo motivo anunció su entrada en mi existencia. Acabar supuso nuevamente un suplicio, algo muy costoso, aun así, lo logré y concluí. No quise entender por mucho tiempo lo que esta historia me marcó, lo que de verdad implica en mi interior. Emprendí el viaje de Kyana, la protagonista, siendo una persona, y lo terminé siendo otra completamente diferente. Así que por todo esto Muy profundo lo dedico y agradezco a mis hijos, mis soles, mis tesoros, mis razones, los responsables de que esta historia tenga, hasta donde yo creo, su magia.

Imposible dejar a un lado a ese hombre que me acompaña en el camino, que confía y cree en mí muchas veces más de lo que yo lo hago. A mi madre; cómplice eterna. A mi hermana; oreja de mis ideas y responsable de la parte gráfica de mis historias. Mi hermano, mi padre y mi familia, que junto con mis motivos y pareja, lo son todo.

Tampoco dejaré a un lado a esas personas que están conmigo sin vernos, que me guían, ayudan, impulsan y creen en mí desde la lejanía. También debo agradecerles porque no tienen la menor idea de lo que su presencia en mi vida ha implicado, ha sido tanto que ya nunca seré la misma sin ustedes. María Mercedes, amante fiel de este libro desde que vio la luz ya hace un tiempo, alguien especial que pese a no conocerme, creyó en lo que mis líneas decían. A Nany y Gaudin, adoradas compañeras de este viaje, cómplices y colaboradoras extraordinarias, amigas por supuesto. A cada una/o de mis Coemas, lectoras/es y seguidores que han ido junto conmigo pues creen y disfrutan de lo que hago. A cada uno/a de ello/as también les agradezco porque de no ser por ustedes no tendría la confianza suficiente para atreverme a dar los pasos que doy, me inyectan ánimos y ganas de seguir sin rendirme jamás. Como muchas veces me han dicho: el cielo es el límite, y con su ayuda yo ya lo he rozado. Gracias a Nova Casa editorial que abrió las puertas a Muy profundo y dio vida a mi sueño dorado.

Gracias por darme el coraje, valentía y amar lo que yo amo.

— Parte uno —

«TÚ Y YO»

«La felicidad no es algo dado, sino un sentimiento por el que se debe luchar, por el que pelear, y sé que cuando se ha sufrido lo valoras aún más. Obtenerla es inalcanzable, casi imposible, un sueño lejano y demasiado fantástico. Pero si llega, es un regalo que se debe cuidar, que se debe sujetar fuertemente sin dudar».

 1
el comienzo

—¡No me puedes hacer eso, mamá! —lloré con más ganas en la sala de aquella casa en la que viví casi toda mi vida.

—Mi amor, no te pongas así… Es una gran oportunidad, sabes lo que he luchado para llegar ahí… no te obligaré a nada. Solo piénsalo. Regresarás en un año si lo deseas, pero dame este tiempo —la miré entre sollozos. No quería, no, no y no. ¡¿Qué haría yo en ese horrible lugar?! ¡¿Qué?! Estaba a nada de terminar high school, unos meses. ¿Cómo iría hasta allá? No conocía a nadie. A hacer nuevos amigos, adaptarme a las normas de la nueva escuela, las tutorías… ¡no!

Mamá subió a su habitación un tanto decaída. Nunca discutimos, en general hemos tenido una relación fácil, a pesar de mi edad. Sin embargo, esta vez era muy difícil mantenerme indiferente. Unas horas antes, cuando cenábamos, me dio la «gran noticia»: la ascendieron nuevamente. El cargo era de mucha mayor relevancia y el sueldo ni se diga. ¿El problema? El problema radicaba en que era del otro lado del país: Myrtle Beach, Carolina del sur. Absurdamente lejos de mi vida actual. Sin poder evitarlo y sin ser una chica propensa al drama, lagrimeé muchas horas sin moverme, ahí, en ese sitio que tanto amaba.

 Al día siguiente, por la noche, y después de horas tristísimas en las que me la pasé sollozando con mis amigos, ella entró a mi habitación. Casi no ingerí nada en la cena y sabía que no había dormido bien.

—¿Podemos hablar? —Asentí limpiándome la nariz con el pañuelo desechable; jamás me había sentido más impotente, confundida y perdida. No obstante, es mi madre, nada le podría negar y aunque me dolía como los mil demonios sabía que no tenía opción, no desde que me lo dijo. —Si no puedes con esto… —cerró los ojos colocando una mano sobre mi pierna— Lo entenderé. No me iré sin ti, no cuando nos queda tan poco tiempo juntas —negué con tristeza conteniendo el llanto por milésima vez en el día. Dios, qué molesto era tener todo el tiempo ese maldito nudo en la garganta.

—Iré —casi fue en un susurro y con nada de convicción. Mi madre me miró asombrada, perpleja.

—¿Lo dices en serio? —no daba crédito a mis palabras.

—Sí, es un año. Pasará rápido. ¿Cierto? Yo… tampoco quiero separarme de ti y esto… siempre fue tu sueño —sus brazos se enroscaron alrededor de mi cuerpo agradecida, mientras yo sentía que me aventaba al precipicio sin ver.

—No te arrepentirás, mi cielo. Te lo juro. Es un lugar muy bello, con mucho turismo, hay mar también. ¡Dios, gracias, muchas gracias! No tienes idea de lo que significa esto —no sabía para ella, aunque lo imaginaba, pero para mí: un cambio total de vida; comprendí mordiéndome el labio mirando mi habitación aún envuelta en su cuerpo. Suspiré deprimida. Lo hacía por ella, porque la amaba más que a nada. Sin embargo, la decisión hizo sangrar mi corazón de una forma desconocida, a pesar de que mis amigos, tristes también, me aconsejaron hacerlo. Gracias a la tecnología, no sería difícil seguir en contacto, además irían y yo a mi vez, también. Diez meses no eran el fin del mundo y sí un viraje total en la vida profesional y personal del ser más importante para mí.

Nací en México, para ser más exacta en Monterrey, Nuevo León. Mis padres se separaron cuando era aún muy pequeña, ni siquiera tengo recuerdos de haber compartido el mismo techo algún día. Así que para mí eso no ha sido tan complicado o mejor dicho, nada.

Cuando cumplí seis años, a mi madre Irina, que estudió turismo, se le presentó una oferta de trabajo que no pudo resistir. Luchó incansablemente para que algo así sucediera. Sin embargo, el problema radicó en que era en Los Ángeles, California, en una agencia de viajes llamada Travel and Escape, muy conocida en el sur del país. Mi padre Leonardo, la apoyó, permitiéndole que me llevara, haciéndose responsable de mis gastos y bienestar, como siempre. Ahí hemos vivido los últimos doce años. Ella ha ascendido en puestos, en ese momento era la responsable de desarrollar los nuevos proyectos, y amaba con locura a lo que se dedicaba, tanto que no dudó en cambiar su residencia por lo mismo… y yo, yo no la detendría. Lo cierto es que no he tenido una vida difícil, complicada, llena de problemas. Al contrario, he sido feliz y estoy muy agradecida por ello.

La escuela a la que me inscribió estaba a unos diez minutos de la nueva casa, ubicada en un lindo barrio del condado de Horry. Algo a favor dentro de tanto cambio.

 No dejaba de pensar mientras caminaba rumbo a mi nueva vida, en lo increíble que era encontrarme ahí, en lo triste que había sido dejar lo que hasta ese momento era mi entorno, mi mundo y en lo desesperadamente sola que me sentía sin mis mejores amigos, sin el asombroso ruido de la ciudad, sin… todo lo que me acompañó siempre.

Tuve varias fiestas de despedida. Millones de cartas rogándome regresar cuando pudiera. Una lista interminable de correos electrónicos a los que prometí escribir cuanto antes. Dios, todo era tan gris, o por lo menos así lo sentía. Aunque debo admitir que, una vez tomada la decisión, no me dediqué a quejarme, lo asumí e intenté poner buena cara… Sin embargo, cuando mi madre no me veía, lloraba en compañía de los chicos hasta que casi quedaba deshidratada. Me dolía mucho dejarlos, me dolía mucho todo.

Esa mañana desperté muy temprano, en realidad los nervios no me dejaron dormir en absoluto, así soy yo, de sueño ligero. Desayuné cereal, mientras mi madre caminaba nerviosa de un lado a otro. Ella y yo somos muy similares, así que difícilmente teníamos problemas, excepto cuando insistía que le contara todo lo que me pasaba con lujo de detalle, y yo, que suelo ser algo reservada, poco detallista, no la podía complacer. Eso le pone los nervios de punta, aun ahora.

Como buena madre quisiera saber todo sobre mí, y yo pienso que sabe lo más importante, solo que dar detalles es algo que me fastidia. Ambas leemos mucho, disfrutamos viendo películas románticas con un gran tazón de palomitas y helado a un lado y vivimos nuestras vidas entre semana sin coincidir hasta la cena. Siempre la esperaba con la comida ya preparada y ella se encargaba de recogerlo todo después. Nuestra organización siempre fue perfecta.

Arribamos a ese sitio hacía apenas tres días, por lo que todo era un gran caos. Lunes: mi madre comenzaba en su nuevo trabajo y yo tendría que asistir a finales de septiembre a mi nueva escuela. ¡Oh, qué emoción!… no, para nada.

La casa era agradable. Tres recámaras amplias en la planta alta. Cada habitación tenía su propio baño y ventanas enormes que permitían entrar chorros de luz por doquier, eso me encantaba. La planta baja tenía una estancia donde estaba el comedor y la sala compartiendo un inmenso rectángulo, pero que a la vez brindaba cierta privacidad en cada parte. La cocina no era grande, aun así, un sitio ideal para que las ideas culinarias fluyeran. Todo era madera, cada detalle, así que resultaba muy acogedora.

La recámara que elegí era espaciosa, con un gran armario. No es que tuviera mucha ropa, sin embargo, sí tenía demasiados recuerdos: libros, películas, en fin… cosas que se van acumulando en dieciocho años sin que te des cuenta. El cuarto tenía una gran ventana que daba hacia la parte trasera de la casa. Adoro perder la mirada en el exterior, por lo mismo eso era ideal y una de las razones por las que lo elegí.

Para esas fechas ya refrescaba, a pesar de estar tan cerca de la playa. En realidad el clima no era muy diferente de donde vivía, así que para mí eso era lo común. Esa mañana, decidí vestirme con lo que solía: jean, playera negra con manga corta cuello «V» y Converse del mismo color. Mi cabello largo, castaño muy claro y un poco ondulado, lo sujeté con una coleta baja ya que no solía complicarme por esas cosas del arreglo si he de ser sincera. Soy un tanto perezosa a la hora de invertir tiempo en trivialidades absurdas. Me puse un poco de máscara, sabía que enfatizaba el color miel de mis ojos y favorecía a mis largas pestañas no tan oscuras como me gustaría. Miré satisfecha el espejo que proyectaba mi reflejo. Sí, me sentía lista para el primer día. Resoplé. Ahí iba yo, derechita a un mundo que cambiaría mi vida.

Al estar a unos metros de la escuela me detuve observándola. Era grande, no tanto como la anterior, aun así… imponente. Las palmas de las manos me sudaron y mi corazón brincó un poco nervioso.

Chicos caminaban hacia aquellas puertas apresurados. Otros llegaban en sus autos y los iban estacionando en donde podían. Existía algo que me hacía sentir muy ansiosa. Ser la nueva ¿qué más?

Avancé respirando hondo, queriendo mostrar mucha más seguridad de la que en realidad sentía. Si no hubiera sido porque me consideraba inteligente y poco temerosa, seguramente hubiera dado la media vuelta y huido rumbo a casa. Revisé otra vez todo en mi cabeza y decidí que no me dejaría intimidar, enfrentaría como siempre lo que sucediera. Llené de aire mis pulmones por milésima vez sujetando bien mi mochila y moví los pies con decisión.

Al entrar a la escuela no fue difícil dar con la oficina principal. Empujé una pesada puerta y justo frente a mí, una señora regordeta con cara amable me sonrió, estaba de pie tras un mostrador, tenía papeles y folletos a su alrededor.

—Hola, ¿necesitas ayuda? —preguntó al verme desorientada. Sentí un rubor subir hasta mi rostro. Solté un suspiro y me acerqué.

—Hola, soy Kyana Prados, es mi primer día aquí. Vengo de California —sonrió asintiendo y de inmediato me explicó con paciencia todo lo concerniente al instituto y mis clases.

Salí de ahí expectante. Los pasillos ya estaban abarrotados, se escuchaba el bullicio por doquier. Mi escuela anterior tenía el cuádruple de estudiantes; sin embargo, me sentía familiarizada y nunca me resultó tan amenazante. Ingresé, intentando no poner atención a las miradas curiosas sobre mi persona.

 La primera clase era matemáticas. Gracias al cielo el salón no se encontraba retirado, así que di sin problema con el aula. Al sonar el timbre entré junto con el río de personas y me acerqué tímida al maestro mientras todos se acomodaban y murmuraban, con un poco de delirio de persecución imaginé sobre mí. Eso de ser «la nueva» apestaba.

—Buenos días… Soy Kyana, la señorita Stevens dijo que esta es mi primera clase —el profesor me observó serio, tomó el papel que le tendí e indicó un lugar sin decir más.

Sentí un nudo en el estómago y caminé por el salón, nerviosa. Sentía las miradas sobre mí, por lo mismo no quise ver a nadie a los ojos, sabía que debía encontrarme ya colorada por la vergüenza. Justo en el extremo derecho del salón, a un lado de la ventana, estaba el sitio que señaló el maestro; me senté sin perder tiempo.

—Muy bien, clase, hoy se integra a esta escuela la señorita Kyana Prados —todos giraron con descaro a verme. Diablos. Me sentía como una rata de laboratorio o un mono de circo. Perfecto—. Ella cursa el último año, viene de California, así que espero que cuente con su apoyo —los cuchicheos no se hicieron esperar. Saqué mi cuaderno e intenté ignorarlos fingiendo una amigable media sonrisa.

—Bienvenida señorita Prados. Soy el señor Edwards, su nuevo maestro de matemáticas. —Asentí con gentileza. Un segundo después comenzó la cátedra. Bien.

—Pz, pz —escuché tras de mí. Volteé con discreción para evitar que mi nuevo profesor me viera.

—Hola, soy Lana, bienvenida —parecía simpática. Tenía el cabello corto y unos grandes ojos que me estudiaban amistosos.

—Gracias, soy…

—Kyana, lo acaba de decir… lindo nombre —sonrió guiñando un ojo como percibiendo que me hallaba nerviosa. Regresé el gesto mordiéndome el labio como solía hacer cuando me sentía así y puse de nuevo atención a lo que se explicaba.

La clase pasó rápido, las matemáticas no eran mi fuerte, pero me defendía y las encontraba entretenidas.

Una hora y media después sonó de nuevo el timbre, justo en ese momento el señor Edwards gritó atareado la tarea para la siguiente clase. La anoté con velocidad y metí todo en mi mochila.

—¿Así que vienes de California? —deseó saber un chico como de mi estatura de cabellos castaños y rostro atractivo que se encontraba al lado de Lana.

—Sí —tendió su mano para presentarse.

—Soy Max… —le di la mía sonriendo un poco más relajada. Solía ser recelosa. Por otro lado, no conocer a nadie era algo que nunca había experimentado, así que supongo que mi actitud era normal.

—Hola… tú ya sabes quién soy… —señalé mirando a Lana un tanto divertida y dejando de lado mi nerviosismo.

—Sí, Kyana, es poco usual, ¿no? —se refería a mi nombre. Nos dirigimos los tres hacia afuera del salón.

—Mi madre… es de ideas claras y siempre le gustó, o eso dice…

—Kyana, suena bien y… no lo había escuchado, ¿no, Max? —este asintió observándome fijamente, parecía que se repetía una y otra vez mi nombre en su cabeza. Sonreí tímida.

—Acompáñanos, vamos a la cafetería, ¿te sientas con nosotros? —preguntó aún pensativo sin quitarme el ojo de encima.

—Sí, ¡muy buena idea!, acompáñanos. Ha de ser muy difícil cambiarse de escuela a estas alturas. Imagino todo lo que tuviste que dejar. —Lana parecía muy parlanchina y en ese momento era justo lo que necesitaba; aunque el recuerdo de mi vida anterior me entristeció de inmediato. Lo notó, porque se colgó de mi brazo riendo—. No te preocupes, nosotros te vamos a ayudar, ¿verdad, Max? —El chico asintió comprensivo.

El comedor era muy agradable y muy… veraniego. La mitad se encontraba al aire libre y la parte techada contaba con grandes ventanas. Al fondo se encontraba la barra de comida, había mesas rectangulares y circulares por todos lados. Una vez que compré el almuerzo, los esperé y me guiaron hasta una mesa en la terraza donde se hallaban otros chicos. Por un instante no pude evitar percatarme que las divisiones eran las mismas que en mi otra escuela. Los grupos se diferenciaban, no se mezclaban y cada quien parecía tener su propio territorio ¡qué novedad!

—¡Eh! Ella es Kyana, viene de California, está por terminar igual que nosotros —levantó la voz Lana efusiva. Todos saludaron sonriendo mientras me hacían un hueco en la gran mesa. Comencé a masticar mis papas fritas sonriendo.

—Hola, soy Billy —era un muchacho alto, demasiado rubio para mi gusto, lleno de pecas por todo el rostro, pero se veía agradable y sonriente. En segundos el resto comenzó a presentarse. La más alta se llamaba Sara, otra chica de rasgos asiáticos era Annie, Robert lo identifiqué como el rellenito y apuesto, Emma la de grandes pestañas, Ray el de lindos ojos y Susan la más extrovertida a mi parecer.

—Y… ¿Cómo es que llegaste aquí, Kyana? En general la gente se muda a Los Ángeles, no al revés —indagó la última en presentarse. De inmediato pusieron atención a lo que contestara. Dejé de comer.

—Bueno… a mi madre la ascendieron, tenía que venirse a vivir aquí —contesté y enseguida volví a morder mi almuerzo.

—¿En qué trabaja tu mamá? —quiso saber Ray.

—Desarrolla proyectos en una agencia de viajes que se llama Travel and Escape.

—Sí, ya sé cuál es —intervino Annie—. Y… ¿eres de California?

¡Oh no! Pensé. ¿Por qué tenían que preguntar eso?, mis amigos de Los Ángeles me advirtieron que ese condado era un tanto… conservador. No todos veían con buenos ojos a los latinos. Sin embargo, me arriesgué, nunca he negado mis orígenes y no iba a comenzar a hacerlo, si se levantaban y desaparecían… vería qué hacer.

—No, soy de Monterrey… México —se quedaron por un momento todos en silencio. Deseé salir corriendo.

—Guau… mis padres han ido ahí y yo a algunas playas, es hermoso… —soltó Sara relajando el ambiente. Todos comenzaron a hablar acerca de sus experiencias en el país vecino y el hecho de que fuera de allá pasó de lado. Volví a respirar con tranquilidad.

—¿Hace cuánto que vives aquí? —Lana sonreía curiosa, parecía que a ella la conversación nunca se le acababa.

—Desde los seis…

Las preguntas siguieron, me gustó que las formularan, no tenía nada que esconder y debíamos conocernos ¿no? Para cuando sonó el timbre ya sabían parte mi vida y yo casi nada de ellos. No me importó, habría tiempo. Por otro lado, siempre intentaba no ser tan complicada. Mi autoestima estaba en perfectas condiciones en aquellas épocas, así como la seguridad en mí misma, por lo que me dejé llevar como solía. Era tan fácil ser abierta y quien quería…

Todos caminamos hacia nuestras aulas. Sara, Ray, Max y Annie iban conmigo a literatura. Max hizo las presentaciones con el maestro Jhonson, este me saludó afectuoso y nos sentamos los cinco juntos del lado derecho del salón. Varios seguían viéndome tratando de investigar quién era. Pero como estaba mucho más tranquila para ese momento, y era mi materia preferida, no presté atención. El profesor, al percatarse de que ya conocía a algunos, no me presentó y entró de lleno a la explicación del tema del día. Estaban viendo literatura renacentista, de hecho el maestro comenzó recitando un pasaje de la Divina comedia, adoraba esa obra, la forma en que Dante viaja por el infierno y purgatorio para luego conocer el paraíso de la mano de Beatriz.

 Absorta en su manera de narrar no hacía caso a nada más. Era asombrosa mi suerte, el señor Jhonson lo explicaba divinamente. De pronto, unas risotadas del lado opuesto donde me encontraba comenzaron a interrumpir la cátedra. Varios del grupo intentamos ignorarlos; sin embargo, cada vez eran más fuertes.

—Señor Russell, Drawson y Michaels. Los quiero ver acabando la clase y más vale que terminen de reírse porque a su entrenador no le va a gustar nada que se queden en detención y no puedan asistir a su entrenamiento esta tarde —las risas se extinguieron de inmediato. Me permití, ya sin poder evitarlo, voltear a ver a quién se dirigía mi maestro.

Eran tres muchachos enormes y bastante atractivos si he de ser sincera. Uno de ellos llamó mi atención. Cabello rubio, algo oscuro, tapaba parte de su frente dejando al descubierto unos ojos alargados e impresionantes, casi grises; rasgos masculinos y labios duros, grandes, bien proporcionados. Miraba al maestro irritado, aun así, no se atrevió a decir nada. Los otros dos lo observaban expectantes; al ver que se rendía ante la batalla, cedieron. Guapos brabucones, pensé riendo en mi interior con sorna.

El señor Jhonson continuó su narración, enseguida volteé dispuesta a deleitarme. Lo cierto fue que ya no pude poner mucha atención, arruinaron el momento. No soportaba a ese tipo de chicos por muy galancitos que fueran.

En mi escuela anterior también los había, bueno ¿en qué lugar no?, siempre prepotentes, seguramente estrellas del equipo de fútbol del instituto o algo por el estilo. Sentían que todo el mundo les tenía que rendir pleitesía. Creían que por dinero, o por su rostro, todos los mortales les temían y tenían que hacer lo que desearan. Definitivamente no los aguantaba… y al verlos menos. Sobre todo el que parecía llevar el título de «líder» se adivinaba asombrosamente insufrible. La mirada que le mandó al profesor era algo que ni en mil años yo hubiera hecho. Fue como si intentase probar quién tenía el poder. En este caso fue evidente que quien llevaba el sartén por el mango era el maestro, cosa que me agradó y me arrancó una pequeña sonrisa de satisfacción.

Terminó la clase y todos salimos, excepto los castigados ¡ja!

—Son increíbles, ¿viste la mirada de Liam? —Sara preguntó a Max excitada y ruborizada.

—Sí, pero ya saben que no les sucederá nada… siempre es así —contestó un poco molesto.

—Yo creo que esta vez no les va a ir del todo bien… a Liam y Kellan les va fatal en literatura —les hizo ver Annie seria.

—¿Qué les pueden hacer?… nada… a ellos jamás le hacen nada, son las estrellas de la escuela, la temporada está por empezar, no se arriesgarán —replicó Ray sarcástico.

Los escuchaba e iba atando cabos poco a poco. Estaban en tensión, parecía que los admiraban y odiaban a la vez.

—Oigan… —y de pronto los cuatro me observaron como recordando que ahí estaba— la clase que sigue es ciencias… ¿saben dónde queda? —Ray sonrió aliviado por haber cambiado el tema.

—Sí, sígueme, yo también la tengo junto con Billy, Robert y Emma. —Rodeó mis hombros caminando de prisa. Solo alcancé a escuchar las risas de los demás mientras intentaba seguirle el paso.

En ciencias fue igual que en literatura, solo que esta vez fue mi acompañante veloz el que me presentó, por lo que el maestro le dio la tarea de conseguir un equipo para mí, así que me integró junto con él, Robert, Emma, Billy y otro chico que no había visto en el desayunador.

—Él es Edwin, es un genio en ciencias, da tutorías. —Rápidamente le di la mano sonriendo. No podía creer mi suerte. Tutorías…

—Yo soy Kyana, también daba tutorías en mi escuela anterior —me presenté feliz por conocer a alguien que hiciese algo así. Él se acercó de inmediato colocándose a mi lado mostrándose interesado.

—¿De verdad?, y ¿cuál es tu fuerte?

—Literatura, aunque también daba matemáticas, inglés y ciencias —me puso nerviosa de pronto su mirada tan penetrante, acomodé un pequeño mechón detrás de la oreja que se soltó de mi floja coleta sonriendo.

—Y… ¿te gustaría seguir haciéndolo? —preguntó curioso.

—Sí… la verdad sí…

—Perfecto, hoy mismo hablaré con el señor Laurence, sé que le va a encantar. Justo ahora andamos cortos de tutores —¡Guau! Excelente noticia. Me sentía feliz, todo parecía ir de maravilla y ¡era el primer día!

—¿En serio?… ¿puedes hacer eso por mí?

—Por supuesto. Ellos investigarán en tu antigua escuela y si les gustas… listo —dijo chasqueando los dedos sonriendo.

Me encantaba la idea, era una manera de estudiar, de garantizar una posible beca y ocupar el tiempo como solía. Así lo hice los últimos tres años y todo iba muy bien. Permanecía un rato después de clases y llegaba justo para hacer la cena en la casa. Mis días era ajetreados y llenos de cosas que hacer, así que la idea de que volviera a ser igual, me llenaba de tranquilidad. Por lo menos iba a tener cosas similares a mi antigua vida. Genial.

En el receso todos se conglomeraron en el jardín y continuamos conociéndonos. Eran muy agradables y fáciles. Su distintivo, y lo que tenían en común, era que pertenecían a diferentes clubes de alto rendimiento académico.

Atletismo fue mi última clase. La señorita Stevens me proporcionó unos pants del instituto, color verde chillón, de nylon, con una playera amarilla de manga corta. Junto conmigo estaban de nuevo Lana y Susan, así que en cuanto terminé de cambiarme, nos fuimos juntas hasta la gran pista de tartán que rodeaba la cancha de fútbol americano. Ahí la profesora Hilling se acercó, se presentó amablemente y separándome del resto del grupo mientras los ponía a trabajar en el calentamiento, intentó convencerme de que la pasaría bien allí, en su clase. Lo dudaba, sin embargo, no me desagradaba tanto como las demás.

Realizaba unas flexiones y ya estaba al punto del desmayo —no recordaba la última vez que había ejercitado mi cuerpo a tal punto—, sentí un balón rozar prácticamente mi mejilla. Elevé la vista buscando de qué dirección este provenía. El equipo de fútbol americano estaba en medio de la gran cancha, ni siquiera me percaté del momento en que comenzaron sus prácticas. Un muchacho corría a donde me encontraba. Lo miré fijamente esperando una disculpa porque casi me da de lleno en el rostro.

Pasó al lado de mí, tomó el balón que quedó a unos metros y regresó trotando aventándoselo a alguien que se encontraba en medio.

—No hay problema… —musité molesta, sin pretender que escuchara, sin embargo, lo hizo. Paró en seco, giró y me miró fulminándome. Sentí ganas de que la tierra se abriera; no era la mejor manera de comenzar en una escuela, aunque odiara a esos presumidos brabucones, sabía que no debía meterme con ellos. Aun así no era ninguna chica asustadiza, por lo que decidí sostenerle la mirada firmemente.

—Roger, ¡vamos! —le gritaron desde la cancha. Él ignoró al que lo llamaba y continuó perforándome. Entendí a la perfección el mensaje: me estaba amenazando. Tragué saliva con dificultad y lo volvieron a nombrar. Sonrió al ver que bajaba la vista al fin y se fue corriendo triunfante. ¡Idiota! Grité en mi mente.

—¿Qué pasó?… —Se acercó Lana desconcertada. Sentía la boca seca y ganas de aventarle un poco de grava roja a la cara a ese gorila.

—No sé… creo que se molestó… —Mi reciente amiga miró a la cancha.

—Pero… ¿por qué? —preguntó frunciendo el ceño.

—Porque ¡¿casi me da de lleno en la cara?! —bramé.

—¡Dios, Kyana!… Roger es muy vengativo y no le gusta que nadie le diga nada…

—Pero no dije nada malo —argumenté enojada, sacudiéndome el uniforme deportivo, estando ya de pie. Odiaba tener que cuidar lo que decía o pensaba simplemente por miedo.

—Lo sé, pero ellos son… muy especiales, ¿comprendes? —negué sin querer reconocer lo que ya sabía.

—Todos esos tipos siempre se creen «especiales» Lana. En todos lados es así, eso no es nuevo —continué caminando en dirección a mis compañeros, esperando que la maestra diera la siguiente instrucción.

—Max enfurecerá —enarqué una ceja intrigada.

No llevaba ni siete horas de conocer a Lana y veía que Max no le era indiferente, se expresaba de él como si fuera un sueño. Ciertamente era guapo, pero no era mi tipo. No es que tuviera uno bien definido, nunca me gustó alguien lo suficiente como para aceptar algo más que una amistad. Además prefería estar sola y hacer de mi tiempo un papalote. Tener novio me daba una tremenda flojera, por otro lado, en serio estaba convencida de que era una absoluta pérdida de tiempo. No, eso algún día vendría, quizá a los treinta, bueno, igual antes, por ahora estar así era genial.

La clase terminó en tranquilidad, aunque de vez en cuando sentía la mirada del tal «Roger» clavada en mi espalda. Lo ignoré todo el tiempo. Cuando la maestra silbó, todos corrimos a los vestidores.

Al salir encontré a mis nuevos amigos. Lana ya les contaba lo sucedido. Max me miró un poco consternado y preocupado. Sonreí relajada. No era para tanto ¿O sí?

—Espero que esto no te traiga problemas, Kyana…

—Si es así, no estás sola… Que ese imbécil no se atreva a hacerte algo, estoy cansado de sus estupideces —Ray me guiñó un ojo muy sonriente. Max suavizó su expresión.

—No le harán nada —todos asintieron tratando de darme un apoyo moral que no comprendía totalmente. No pude salvo agradecerles confundida. ¿Tan terribles eran? Dios, esperaba no haberme metido en un gran lío.

—¿Vives por aquí? —indagó Susan cambiando el tema.

—Sí, en Mayfair St…

—Mi casa queda muy cerca y la de Robert también, si quieres nos vamos juntos… traigo auto.

—Gracias, Annie… —me sentía tan cansada que acepté de inmediato.

Preparé la cena mientras mi madre llegaba. Más tarde me duché, me puse unos pantaloncillos deportivos y comencé a realizar las tareas. Para cuando ella regresó, prácticamente ya había terminado.

El día siguiente no fue muy diferente del anterior; no tuve atletismo y sí historia. Esa clase solo la cursaba con Emma. El tema que se veía, lo comprendí con rapidez.

Cada vez sabía más sobre mis nuevos amigos, en general me caían bien e intentaban no dejarme sola ni un segundo. Debía admitir que eso era agradable, ya que aún sentía un poco de nervios por no conocer del todo el lugar. Además, me inquietaba el evento del día anterior con aquel jugador de fútbol americano, del que todos me advirtieron.

El miércoles ya fui prácticamente sin preocupaciones. En vez de ciencias tocó inglés, esa sí que era aburrida y más aún sin estar ninguno de mis nuevos amigos. Como si eso no fuera suficiente, las que parecían ser las «divas» de la escuela, me miraban como un bicho a punto de aplastar. De verdad no comprendía qué tenían en la cabeza como para sentirse hechas a mano. Seguro pertenecían al mismo clan que los brabucones de literatura, estos últimos no volvieron a dar problemas, sin embargo, era inevitable no notarlos en el salón. Grandes, bien formados, y parecía que llevaran tatuada la palabra «prepotencia» en la frente. Típico ¿no?

El día anterior me topé con Edwin, dijo que pronto tendría noticias acerca de las tutorías. No me quise ilusionar, así que solo le volví a agradecer.

Al dirigirme a atletismo me sentí de nuevo un poco ansiosa. No sucedió nada. Los del equipo no estaban. Lana comentó que entrenaban en el gimnasio todos los miércoles, sonreí más tranquila. Esos días y los viernes eran pesados, contaba con cinco clases. Agotada fui a historia, la última materia. Un día largo ¿no es cierto?, pero gracias a Dios, Annie también tenía el mismo horario, por lo mismo me pudo dejar en casa cuando acabamos.

Para el jueves ya me sentía, casi, completamente familiarizada. Lo cierto es que fue muy sencillo, hasta ese momento…

Aún puedo recordar aquellas semanas con claridad asombrosa y cómo no, fue el parte aguas en mi vida, momentos decisivos estaban por venir y yo ni lo podía adivinar.

Estaba acomodando mis libros en el casillero cuando golpearon con algo mi costado. Sin poder evitarlo, resbalé, dándome un gran sentón. Cuando busqué al responsable, Roger me miraba enarcando una ceja, divertido. Sentí de nuevo la boca seca, sin más, se alejó soltando una enorme carcajada junto con otros tres gigantones que lo esperaban más adelante. Edwin llegó casi enseguida y tendió su mano para levantarme. La acepté indignada. Me sentía furiosa e impotente, ¡nadie hizo o dijo nada!, todos los que presenciaron lo ocurrido, en cuanto él desapareció, volvieron a ocuparse de sus asuntos. ¡Increíble!

—¿Estás bien, Kyana?

—Sí… —tenía la cara roja de rabia. Comencé respirar hondo intentando calmarme. Tenía ganas de salir tras él y gritarle unas cuantas cositas. No obstante, sabía que eso me perjudicaría más… así que me dediqué a intentar oxigenar de nuevo el cerebro.

—Eso era justo a lo que nos referíamos —masculló Edwin a mi lado.

—No te preocupes, ya se le pasará… —rogaba que así fuera, porque no me dejaría pisotear, pero tampoco podría permanecer mucho tiempo en ese lugar si yo me rebelaba. Tomé mi cuaderno de matemáticas y le sonreí, más tranquila. Respondió a mi gesto.

—En fin… eso espero yo también… Bueno, lo que venía a decirte es que… —parecía muy contento— ¡ya tienes el puesto! El señor Laurence quiere verte a las cuatro en Tutorías, creo que incluso ya tienes la primera.

—¡Estás de broma! ¿De verdad? —No lo podía creer, esa era una excelente noticia, ya no recordaba ni siquiera lo que acababa de suceder.

—¡Sí! Claro que es cierto, Kyana. Dice que tienes un gran historial —señaló con un gesto indescifrable, mirándome de pronto incisivamente.

—Eso es genial, Edwin. Muchas gracias… ahí estaré a esa hora —cerré mi casillero viéndolo entusiasmada. Observaba atento mis labios poniéndose serio de repente.

 —Bueno… si quieres te veo aquí a las cuatro, para decirte dónde es…

—Muchas gracias, está bien… de todas formas nos vemos en el almuerzo —parecía desconcertado. Pestañeé encogiéndome de hombros. Me sentía feliz y lo demás no me interesaba.

—Sí, claro… hasta más tarde. —Lo dejé ahí confuso y me dirigí al salón casi dando brinquitos de la emoción.

Cuando llegué al comedor, ya todos comentaban lo sucedido frente a mi casillero. Era increíble cómo los chismes volaban a esa velocidad. Fingí demencia. Max me miraba irritado, y Ray, preocupado.

—Oigan, acabo de ver algo sobre una fiesta… —deseaba despistarlos. Funcionó. Todos se engancharon rápidamente y prefirieron cambiar de tema.

Faltaba un mes para la noche de brujas, ese mismo día pegaron la propaganda por todos lados, ya que también era el inicio de temporada de los «Piratas de Myrtle Beach», el equipo de fútbol americano. Todos comenzaron a discutir sobre lo que llevarían puesto y especulando el marcador de aquel partido. Al parecer el equipo era bueno. Los escuché sin participar. No negaré que me gustaban las fiestas ¿a quién no?, era una adolescente, se supone que eso me tendría que entusiasmar. Sin embargo, deambulaban algunas situaciones en mi cabeza que no me permitían total concentración: las tutorías, el evento con ese granuja y el comportamiento tan extraño de Edwin en la mañana… En fin, mi mente se hallaba un poco ocupada en ese momento.

 Sonó el timbre, nos dirigimos a mi clase favorita: literatura.

Así pasó la mañana, logré salir despierta de inglés y terminé historia sin novedad. Poco antes de las cuatro ya estaba de pie frente al casillero esperando.

—Vamos… sígueme, Kyana —sonrió Edwin al llegar pasando un brazo por mi hombro posesivamente. Fruncí el ceño sin que lo notase. Lo seguí incómoda. No era muy afecta a ese tipo de demostraciones de cariño, prefería la distancia con las personas que percibía sentían algo por mí que no era amistad y eso era precisamente lo que temía en ese momento. Fingí que caía mi cuaderno, él lo levantó sonriendo. De inmediato puse distancia y comencé a preguntarle sobre el manejo de las tutorías. Las contestó todas muy amablemente sin darse cuenta de mi recurso. Sonreí más tranquila—. Es aquí —señaló un edificio que estaba a un lado de la escuela. Era pequeño, pero contaba con dos pisos. Se veía movimiento. Gente entraba y salía, parecía muy formal.

Abrió la puerta, me dejó pasar y caminamos por un angosto pasillo. Era muy agradable el lugar.

Tocó en el último cubículo.

—Adelante —entramos y enseguida un hombre bien parecido de unos cuarenta años se levantó de su silla—. Hola, muchachos —Me tendió la mano y yo hice lo mismo con una sonrisa—. Tú debes ser Kyana ¿cierto?

—Sí… y usted el señor Laurence.

—Así es… siéntate —Me indicó una silla mirando a mi compañero—. Gracias, Edwin.

—Nos vemos luego, Kyana —Me guiñó un ojo antes de salir. Ese chico tenía una personalidad intelectual bastante interesante, pero… siempre tenía «peros». Seguro algo extraño sucedía conmigo, nadie era lo suficiente como para que yo quisiera dedicarle un tiempo exclusivo. Mamá siempre decía que se debía a que era demasiado independiente y poco afecta a las demostraciones de cariño.

—Bueno, Kyana. Edwin me habló de ti e investigué en California y se expresaron muy bien. Así que quería invitarte formalmente al equipo de asesorías. ¿Qué dices? —Me evaluaba sonriente al tiempo que hablaba.

—Que gracias… a mí me encanta hacer esto —contesté un poco nerviosa.

—Perfecto, requeríamos gente y qué mejor que alguien con tu experiencia.

—Gracias, Señor Laurence.

—Clay, ¿está bien? —Asentí y repetí su nombre de pila para indicarle que así me dirigía a él—. Ven, sígueme —dimos un pequeño tour por el sitio. Me mostró donde dejaría los recados cuando tuviera tutorías próximas o algún pendiente. Intentaba que fuera una asesoría a la vez para dar mejor calidad y me pidió mi horario para poder sincronizarse—. Kyana, ahora que veo tus clases, me doy cuenta de que solo tienes miércoles y viernes completos ¿Te interesaría tomar un caso que va muy mal en literatura a partir de hoy? —¿Qué? Lo miré un tanto consternada. Edwin mencionó algo sobre ello, pero de repente me pareció que necesitaba tiempo para analizarlo—. Sé que es muy pronto, sé también que dominas esa materia. No creo que te represente ningún problema, además, es un caso… algo especial, no se lo puedo dar a cualquiera y es urgente —Me veía atento esperando mi respuesta. Pensé con rapidez. Adoraba los retos y no podía negarme, menos después de darme esa oportunidad. Asentí.

Puso una mano en mi hombro aliviado.

—¡Muy bien!, muchas gracias por aceptar así… Sin previo aviso. Prometo que esto no volverá a suceder, siempre informamos con antelación, pero como te digo… es algo especial. Está esperando en el cubículo quince, sube las escaleras y la tercera puerta de lado derecho. Cualquier complicación me avisas de inmediato, ahora tengo una junta por lo que no puedo acompañarte, aun así, no dudes en interrumpirme si no van las cosas bien ¿de acuerdo?… ¡Mucha suerte! —Al subir la escalera me observó sonriente y con sus manos en las bolsas del pantalón, parecía más relajado que cuando lo vi unos minutos antes. Al llegar al segundo piso, conté tres puertas y abrí expectante. ¿A qué se refería con «especial»?

El cubículo se veía aún más diminuto con él adentro, estaba de espalda tocando la pantalla del móvil distraído. Tragué saliva mordiéndome el labio. ¡Diablos! Era uno de los muchachos de mi clase de literatura. Respiré profundo y caminé hasta él.

Alzó la vista un segundo y de inmediato volvió a su celular. Era realmente guapo, no pude evitar fijarme que iba vestido con una playera gastada, jeans kilométricamente largos, para poder cubrir aquellas interminables piernas, y tenis negros. Lástima de persona. Últimamente cuando parecía que tenía buena suerte, la vida me daba un revés.

Dejé de observarlo. Me senté frente a él y comencé a sacar mis apuntes de la materia.

—Me dijo el señor Laurence que necesitas ayuda en literatura —soné más dura de lo que pretendía. No se inmutó y asintió muy concentrado con su aparatito riendo por algo que ahí veía—. Soy Kyana y…

—Un segundo —Me silenció con un ademán. Sentí humillación y una furia desconocida aflorar dentro de mí. ¡En serio todos esos chicos eran iguales! Aguardé perforándolo con la mirada intencionalmente. Se tomó su tiempo el muy descarado. Cuando dejó de escribir, se dignó a verme con esos ojos asombrosamente grises. Lo cierto era que moría por aventarle justo en medio de la frente ese aparatito que acababa de dejar sobre la mesa. ¡Idiota!

—Ahora sí… ¿Me decías?

—Yo no te decía nada, tú eres el que está aquí por algo —Le recordé alzando las cejas, retadora. Su quijada se tensó. No lo conocía aún, pero parecía algo… descolocado. Quise reír.

 —Sí, porque el maestro de literatura me amenazó…

—Espera… —Lo silencié con el mismo gesto que usó hacía un segundo—. Yo solo vine a explicarte literatura, las razones por las que estás aquí, créelo… me dan lo mismo ¿de acuerdo? —Gocé con la manera en que se le distorsionó la expresión engreída, me miró confuso y sin comprender. De pronto se puso serio, recargó ambos brazos sobre la mesa y se acercó a mí sin miramientos. No me moví ni un centímetro aguantándole la vista.

 —No pensaba decirte los motivos por los que estoy aquí…

—¿Ah, no? Muy bien… entonces comencemos —continué retándolo. No se movió, parecía divertido e intrigado.

 —Solo una cosa, no pienses que por esto podemos llegar a ser amigos, tú y yo no nos conocemos afuera de estas cuatro paredes, ¿de acuerdo? No quiero que hables de mí con nadie, ni que digas que me das estas clasecitas ridículas —sentí su aliento muy cerca de mi rostro. Evaluaba mi reacción.

—Me parece perfecto… tú y tu amistad no me interesan y será un placer cumplir tu petición, se hará justo como dices —Ese juego de palabras comenzaba a alterarme, sentía mi lengua cada vez más filosa y lista para contestar lo siguiente. Yo no solía ser así, ese chico en menos de diez minutos logró exasperarme con su pedantería.

No supo reaccionar, me evaluó un momento más, como buscando alguna señal de arrepentimiento. Al no verla, se sentó de nuevo en su lugar. De pronto su celular sonó. Fui más rápida que él, puse una mano sobre el aparato, logrando así que me observara atónito.

 —Yo también tengo condiciones… mientras estemos aquí, no quiero que nos interrumpan, ¿de acuerdo? —Me mordí enseguida el labio sintiendo que había ido demasiado lejos.

Lo tomó evadiendo mi mano y contestó mirándome con asombrosa prepotencia.

 —Ahora no puedo hablar, te marco en una hora —Y colgó. Ya no lo veía, buscaba en mis apuntes el punto de partida.

 —¡Ah! Y por favor sé puntual —agregué sin prestarle atención. No contestó, aunque sentí sus ojos clavados sobre mi cabeza, eso no logró que le hiciera caso. Engreído.

Comencé preguntándole temas al azar para saber por dónde podía empezar. Pensé que no podría contestar nada, no obstante, para mi sorpresa, respondió bastante. Continué sin mirarlo a los ojos casi el resto de la tutoría.

—Muy bien, entonces partimos de la literatura medieval… —jugaba ya con un lápiz asintiendo indiferente. El tiempo se fue volando, el tema me apasionaba. Yo le indicaba qué anotar y él lo escribía extrañado. Parecía que no estaba muy acostumbrado a las órdenes. De pronto cerró su libreta levantándose rápidamente.

Observé el reloj, las cinco en punto. Me miró desde la puerta sonriendo.

 —Recuerda: puntualidad, Kyana, y por cierto… me llamo Liam —salió sin que pudiera decir nada más.

Tomé mis cosas sin poder definir bien lo que sentía. Por un lado quería reírme, de verdad su cinismo resultaba refrescante y algo nuevo para mí. Pero por el otro, quería ir y darle un buen puntapié para verlo perder esa envergadura de prepotencia.

 2
CONFUNDIDA

Caminé a casa pues ya no estaba Annie por ahí. Llegué rendida e hice lo de todos los días. Cuando mi madre entró, se puso feliz al saber que había sido seleccionada de nuevo para impartir tutorías.

 —Ves, mi niña, todo va saliendo muy bien, Myrtle Beach no es tan mala después de todo. —Asentí aún nostálgica. No, no era malo, aun así, no era «mi» hogar. Me abrazó de pronto por lo que respondí al gesto con sinceridad. Estaría poco tiempo y las cosas iban mejor de lo que imaginé, así que no más quejas.

—Sí… lo sé, hasta ahora así parece. —Tomó mi rostro entre sus manos.

—Kyana, estoy muy orgullosa de ti. Sé el esfuerzo que el cambio está implicando para ti y te juro que te lo agradezco muchísimo —sonreí con los ojos rasados al igual que ella, últimamente las lágrimas salían con facilidad.

 —Sé lo importante que es esto para ti, mamá, no hubiera podido vivir tranquila sabiendo que si no accedía a venir contigo, no habrías aceptado este trabajo.

—Hija, es el último año que probablemente estaríamos juntas, no iba a desaprovecharlo ni siquiera por esta oportunidad.

—Lo sé… —susurré volviendo a acurrucarme contra su pecho.

 Terminé casi a medianoche mis deberes. Era demasiado perfeccionista, cualidad o defecto heredado por ambos padres, así que me demoraba mucho con cualquier cosa. Por supuesto, como consecuencia, al día siguiente tenía unas pequeñas ojeras. Me vestí cómodamente y dejé mi cabello suelto debido a la pereza. Bostezaba cada dos segundos. Cuando me vi al espejo decidí que un poco de máscara ayudaría, en serio se notaba mi cansancio. Tomé mi mochila, la ropa de atletismo, desayuné apenas si un jugo y pan. Un segundo después, mientras me lavaba los dientes, sonó la bocina del auto de Annie pues quedó en pasar por mí y salí a toda prisa, subiéndome de inmediato al Peugeot.

Al llegar, los chicos hicieron comentarios absurdos sobre mi cabello. ¿Qué tenía de raro? No pude evitar avergonzarme por sus miradas. No me consideraba fea, tampoco una beldad. Era delgada, por lo que estaba muy consciente de que no contaba con un cuerpo escultural, ni llamativo; sin embargo, me sentía contenta con mi figura, creía que era proporcionada sin tener demasiadas curvas, no muy alta, cabello largo ondulado en las puntas, piel apiñonada, nariz más bien pequeña, y boca, para mi gusto, un poco más carnosa de lo normal, aun así, no muy ancha. En general me sentía simplemente cómoda conmigo… siempre fue así. Lo cierto es que no me creía alguien a quien obligatoriamente se debía voltear a ver, como parecía sucedía en ese momento.

Matemáticas pasó rápidamente. En cuanto terminó nos dirigimos a la cafetería, ahí ya estaban los demás.

—¿Qué vas a hacer el fin de semana, Kyana? —De inmediato me observaron esperando mi respuesta. Ya comenzaba a sentirme parte de ellos, era una sensación agradable.

—No lo sé… acabar de acomodar la casa, supongo…

—Y… ¿No te gustaría ir a la playa? Pronto llegará el frío y no será posible.

—¿Cuándo?

—Mañana, desde mediodía. Por la noche encienden fogatas. Se pone muy bien.

—Suena divertido… Sí, sí voy —sonreí entusiasmada. Sin perder el tiempo comenzaron a intercambiar anécdotas acerca de sus excursiones al mar en los años anteriores. De verdad eran divertidos y lo mejor: me caían muy bien.

Ya en literatura me hallaba revoloteando entre la poesía y el cómo la narraba el profesor Jhonson, cuando sentí una mirada clavada en mí, intenté ignorarla, pero al seguir percibiéndola giré buscando él o la responsable.

 ¡Era Liam! Me observaba triunfante. Que lo viera era justo lo que estaba buscando. Enarqué una ceja en señal de indiferencia volcando los ojos con fastidio y volví a perderme en las líneas del profesor. Si creía que me iba a desbaratar o le iba a abanicar las pestañas, estaba completamente perdido. Varias veces durante la clase sentí que insistía, como ya sabía que era él, me forcé a no voltear de nuevo. Engreído.

Cuando terminó la hora, salí junto con mis amigos, ignorándolo por completo. Si soy sincera era complicado no verlo; su presencia era imponente o es que yo así lo percibía. Escuché una carcajada procedente del salón que se parecía mucho a su voz. En serio no lo soportaba ¿Qué quería probar? ¿si era cierto lo que dije la tarde anterior? Se llevaría una sorpresa, estaba decidida a que se topara con la pared, no me iba a humillar ante nadie y mucho menos ante alguien como él, por otro lado, en serio amigos como esos, no me interesaban en lo absoluto.

Ciencias fue la tercera clase, después atletismo. Calentamos media hora y luego la maestra Hilling nos puso a dar vueltas, trotando en la pista. Tras unos minutos todo el equipo de americano salió. Sentí un poco de nervios, esperaba de verdad que ese tal «Roger» se hubiera olvidado de mi existencia. Pero un par de balones salieron disparados en dirección a mí. Al parecer, el entrenador se molestó, le gritó frente a todos y no volvió a suceder. Gorila vengativo.

Me puse como propósito no voltear ni una vez a la cancha, había demasiados indeseables ahí. Sí, ya sé, es increíble que apenas llevara una semana y ya tuviera… «conflictos» con dos tipos de esa calaña. Lo positivo era saber que contaba con esos chicos amables y bastante agradables.

Al terminar el día quedamos en que Annie pasaría por mí y nos veríamos con los demás en la playa a las doce. Mi madre habló avisándome que no hiciera de cenar, quería comer fuera de casa y ya había reservado. Comida italiana, mi favorita.

Eran las doce del día y la playa se encontraba abarrotada, prácticamente la escuela trasladaba ahí. Pronto encontramos a los chicos, se hallaban sentados bajo un par de grandes sombrillas muy coloridas y con varias toallas tendidas sobre la arena.

Sara y Susan tomaban el sol relajadas. Dejé todas mis cosas y buscando un poco de sombra me acomodé cerca de ellas. El clima era realmente agradable. Me quité la blusa y me dejé el short exponiendo así el bañador naranja con azul de dos piezas que llevaba puesto. Unos comenzaron a jugar voleibol de playa, otros se metieron directo al mar.

Billy, al ver que solo observaba sonriendo, me invitó a jugar cartas. Unos minutos después se hallaba frustrado porque no lograba ganar. Cuando los que estuvieron en el mar salieron, empezaron a provocar a los demás para que nos metiéramos. Así que sin mucha insistencia fuimos para allá gritando y corriendo. Eran muy divertidos, chapoteamos, reímos y jugamos como unos niños. Siempre me gustó el agua y aunque estaba fría, la gocé. Más tarde, Max y Lana sacaron unos pequeños refrigerios y todos nos sentamos relajadamente.

—¡Ey! Veo que hay un nuevo integrante en tu «clan» —estábamos tan inmersos en nuestros asuntos que nadie notó cuando alguien se acercaba. Era Roger junto con otros tres chicos. ¡Diablos! Max lo miró con indiferencia entendiendo que el comentario iba para él.

—Hola, Roger…

—Esta… —dijo, señalándome despectivamente— «amiguita» tuya, no tiene muy claro que aquí hay… ¿cómo decirlo?… Que no somos iguales. Así que… «mexicanita», espero entiendas que no hay mucho espacio para gente como tú… —sentí que la furia e impotencia viajaban vertiginosas por todo mi cuerpo. ¡¿Qué le ocurría?!

Lana, que estaba a mi lado, me tomó del brazo en clara advertencia de que no hiciera nada.

—Esa es tu opinión y si no tienes más que decir… —contestó Max muy tranquilo mostrándole con un ademán que se marchara. Roger soltó una gran carcajada de burla.

 —Solo advertirte —giró, al mismo tiempo que con su pie aventaba arena sobre mi rostro y comida. ¡Estúpido! ¿quién se creía? Max, Ray y Robert se levantaron furiosos. ¡Dios! Parecía que no iba a terminar bien. Me incorporé rápidamente para tratar de calmarlos soltándome de Lana.

—¡Ey! ¡Ey! Tranquilos… —escuché otra voz que comenzaba a conocer.

—¡Dile a tu amigo que nos deje en paz! —Vociferó Max rojo de rabia. Liam me vio apenas si un segundo y se puso en medio de los dos grupos.

—Roger, vámonos. Te estamos esperando para comenzar el juego… —posó una mano sobre su pecho para tratar de tranquilizarlo y alcancé a notar una mirada de amenaza. El gorila patán, como lo apodaba en mi cabeza, respiró hondo y levantó las manos como rindiéndose. Sin embargo, me miraba con clara advertencia. Liam entendió el mensaje girando para verme de nuevo un instante. No logré comprender lo que intentaba decirme con los ojos, pero quedé más angustiada, no parecía relajado, al contrario.

—Tienes razón… allá seguro está más divertido —escupió Roger de repente. Robert y Ray tenían cada uno, una mano en los hombros de Max. Desaparecieron igual de rápido como llegaron.

Muda y con los ojos bien abiertos, permanecí ahí, de pie. ¿Era en serio todo eso?

—¿Estás bien? —Me preguntó Billy preocupado.

—¡Imbéciles! —Bramó Max soltándose de sus amigos—. Kyana, no vamos a permitir que pase nada ¿de acuerdo? —Todos se encontraban ya muy cerca de mí, una lágrima de furia resbaló por mi mejilla. Nunca me sentí tan impotente y asustada. En Los Ángeles tenía muchos amigos, conocía a mucha gente y aunque nunca intenté ser la más popular ni nada parecido, sí mantenía una buena relación con casi todos, jamás viví algo semejante.

—No se preocupen, esto tiene que pasar ¿no es así? —se miraron sin poder contestar.

—No estás sola… —susurró al fin Sara intentando relajar el ambiente, situación que no logró. Respiré hondo, no iba arruinarles el día, así que intenté sonreír quitando con la mano la arena de mi boca. Sacudí el sándwich y le volví a dar una gran mordida. Todos sonrieron aliviados.

La tarde ya no transcurrió igual a pesar de que nadie volvió a tocar el tema. No me dejaron sola ni un segundo, aunque no se veía ese aquelarre de monstruos por ningún lado.

Más tarde comenzaron las fogatas y música. Los observé sentada sobre la arena abrazando mis rodillas. Todos se portaban conmigo genial, apenas llevaba seis días de conocerlos y me sentía bastante cómoda a su lado. Sin embargo, al verlos, extrañaba demasiado mi hogar anterior.

El sábado por la noche, seguramente habría en la casa de alguien una pequeña reunión o una gran fiesta de las que solía celebrarse cada fin de semana. Mis mejores amigos: Jane y Raúl, estarían junto a mí y discutiendo algún tema inútil, al mismo tiempo que veíamos bailar a los demás. Eran muy especiales para mí, por lo mismo la despedida fue muy dura. Los conocía casi desde los siete años, crecimos juntos y teníamos miles de sueños que ya no presenciaría o permanecerían congelados hasta mi regreso. Era triste comprender el porqué yo me encontraba en Myrtle Beach y ellos allá, justo donde moría de ganas por estar.

Billy se acercó y me jaló para que bailara con los demás. Dudé un segundo… al final accedí. Después de todo, esa ya era mi vida, haría que también valiera la pena.

El domingo nos dedicamos a terminar de acomodar la casa. Para la hora de la cena ya no había más qué hacer. Acabé todas mis tareas y preparé la tutoría que tendría que darle a ese insufrible. Debí decir que no cuando tuve oportunidad, reflexioné evocándolo. Sentada en mi escritorio, con el lápiz en la boca, recordé su mirada del día anterior. ¿De dónde salió? ¿por qué me vio así?… Sacudí la cabeza para despejarla. Qué importaba lo que él pensara o cómo llegó ahí. Era la misma clase de persona que sus amigotes ¿no? Fue así como mi mente de nuevo voló a Roger, no comprendía por qué me odiaba tanto, en realidad no le había hecho nada… y ahora tendría que tener cuidado de no cruzarme por su camino, cosa poco complicada por el tamaño del instituto.

Bufé frustrada. Cerré mis libros abatida, guardé todo y me acosté muy inquieta. Lo que ese tipo practicaba se llamaba acoso psicológico.

Por la mañana no tenía muchos ánimos. Annie fue por mí, ya era una rutina. Comenzaba la segunda semana en ese colegio y habían pasado tantas cosas, que no lo podía creer. Llegué justo a tiempo a matemáticas. En el receso volvieron a planear el siguiente fin de semana, no pude negarme.

Cuando sonó el timbre, me dirigí al salón con los compañeros que compartía literatura. Justo en la puerta y obstruyendo el paso se encontraba Liam, junto con otro de los chicos con los que siempre se sentaba. ¡Fabuloso, jamás se cansaban!

—Hazte a un lado —exigió Max irritado, comenzaba a pensar que lo odiaba. Liam lo miró por debajo del hombro burlándose. En serio era pedante. Se quitó con un ademán de reverencia, como si fuera a pasar la realeza. Mi amigo pasó sin importarle y cuando fue mi turno, me observó ya serio, lo ignoré de inmediato siguiendo a los demás. Era a propósito, verificaba si cumplía mi parte del trato y claro que lo cumplía. No solo por él, sino también por mí, no deseaba que me relacionaran con alguien así, ni siquiera en algo tan simple como las tutorías.

En ciencias Edwin no me dejaba sola ni un momento y yo ya no sabía cómo actuar. Era un buen chico, consiguió que volviera a dar las tutorías, era inteligente y existían temas de conversación con él, pero no deseaba nada con nadie. ¿Eso era tan difícil? Tenía ya muchas cosas en la cabeza como para que se agregara un pretendiente que no llamaba mi atención en lo absoluto. Robert lo notó y como no queriendo la cosa, me libró los últimos treinta minutos de él. Le agradecí con la mirada, gesto que respondió con una linda sonrisa.

En el receso no los pude ver porque fui a buscar unos libros a la biblioteca de la escuela, apenas si tuve tiempo de cambiarme para atletismo. Caminando a la cancha sudaban mis manos, estaba nerviosa. Lana me encontró casi al entrar, la calma llegó al verla, enseguida se nos unió Susan con gran aspaviento, como siempre. Ya habíamos terminado de calentar, la profesora Hilling tomaba el tiempo a cada uno al correr, mientras los demás repetíamos abdominales, lagartijas y puros ejercicios extenuantes… Definitivamente el atletismo no me encantaba, pero ahí seguiría, era lo que menos me desagradaba, digamos que ya le tenía un poco, solo un poco de cariño.

En mi turno comencé a correr alrededor de la pista lo más rápido que podía, cuando sin más, sentí un golpe seco en mi costado que provocó saliera disparada en dirección opuesta logrando que me diera un fuerte raspón del lado derecho y cayera sobre uno de mis dedos que tronó enseguida. Levanté el rostro adolorida y lo vi de nuevo. ¡Maldición!

Roger jamás se rendiría, alguien debía ponerlo en su lugar.

 —¡¿Qué te pasa?! —grité aún sobre el piso con grava hasta dentro de la boca. Liam llegó en un segundo, incluso antes que nadie. Se puso en medio de los dos mirándolo furioso.

 —¡¿Qué sucede contigo, Roger?! —Él reía cínicamente sin contestarle, solo observándome.

 —Te dije que no era lugar para ti… —abrí los ojos atónita, ese tipo estaba loco.

—No digas estupideces… —lo regañó Liam.

—Ahora resulta que defiendes «mexicanitas», no me vengas tú con eso, Liam —vi cómo apretaba la quijada al escucharlo, mientras yo no lograba ni siquiera moverme.

—Si te suspenden un partido nos vas a joder la temporada ¿comprendes?

Mi expresión se congeló, por un momento creí que le reclamaría por lo que me hizo. Me sentí una estúpida, claro que le preocupaban sus propios intereses, era el capitán del equipo, algo así no podía permitirlo.

De repente, sin que me diera cuenta, ya todos estaban ahí. Mi maestra y el que reconocí enseguida como el entrenador de su equipo, se encontraban uno de cada lado mío.

—¿Estás bien, muchacha? —Asentí adolorida. La profesora Hilling me ayudó a incorporarme.

—¡Es increíble que sucedan estas cosa, Josh! ¡Date cuenta del tamaño de Roger y el de Kyana! —gritó furiosa. El entrenador parecía afligido.

—Lo sé… jamás había sucedido… —Yo estaba en medio de los dos escuchándolos discutir—. ¡Roger!… —lo llamó su maestro muy molesto. Este apareció enseguida sin remordimiento en los ojos—. Llévala a la enfermería en este instante y asegúrate de que esté bien… después hablaremos —Al escucharlo sentí que mis piernas fallaban.

 —¡Por supuesto que no! —Vociferó gracias a Dios mi maestra—. No quiero que ninguno de tus hombrecitos se le acerquen, son demasiado… toscos —sentí que volvía a entrar aire en mis pulmones—. Lana y Susan, acompáñenla ustedes y después vengan a decirme qué pasó —Ambas se acercaron a mí enseguida—. ¡Y tú! —dijo señalando a Roger—, no quiero volver a ver algo así o te juro que te borraré esa sonrisita cínica del rostro —De verdad estaba furiosa, supongo se daba cuenta de que había sido deliberado.

—¿Cómo te sientes? —me preguntó Lana preocupada. Sonreí para tranquilizarlas, nunca he sido partidaria del melodrama, por otro lado, no solía tener accidentes de ningún tipo.

—Creo que me di un buen raspón, lo que duele mucho es el dedo —Ambas agarraron mi mano y vieron que mi dedo meñique estaba completamente fuera de su lugar.

 —Dios… te lo rompiste… —murmuró Susan llevándose una mano a la boca. Protegí el dedo con la palma, un tanto asustada. Jamás me había roto un hueso, dolía horrible por muy pequeño que este fuera. Suspiré aguantando la sensación.

 —No es nada, seguro me entablillan y ya… —Sus rostros estaban completamente desencajados, así que opté por hacerme la fuerte, era lo mejor, ¿no?

—Cuando sepan los chicos se van a poner furiosos, sobre todo Max, desde que terminaron su amistad no lo soporta.

—De qué hablas… ¿cuál amistad? —Ya iba a poner mis ojos en blanco, cuando escuché esas palabras. No entendía nada, entre ellas se miraron mortificadas.

—Es una larga historia, Kyana. En resumen: Max y Liam fueron mucho tiempo muy amigos hasta que un día, todo cambió.

—Liam cambió… —corrigió Susan a Lana—. Incluso Kellan, Roger y el resto no eran así… —De pronto se detuvieron frente a una puerta, entré y vi a dos enfermeras escribiendo algo en los ordenadores. Ingresé confiada.

—Hola… sucedió un accidente en la cancha y la maestra nos mandó —anunció Susan. Una de ellas se levantó rápidamente.

 —¿Qué pasó? —Le expliqué grosso modo—. ¿Algo más que te duela? —En un acto reflejo froté mi costado derecho a la altura de la cadera y las costillas. Ardía. La mujer se percató con suficiencia—. Ahora te atiendo… Una de ustedes vaya con la señorita Hilling y dígale que ya nos estamos encargando, ¿de acuerdo? —Susan salió enseguida.

En efecto, me rompí el dedo, la enfermera dijo que era una fractura limpia ¿Qué era eso? No tengo idea, parecía ser buena noticia y ella una experta pues no tomó radiografía alguna. Lo inmovilizó pidiéndome que así lo dejara quince días. Limpió y desinfectó los horribles raspones, luego me dio unos ungüentos para evitar grandes moretones, pero debía ponérmelos después de un necesario baño. Veinte minutos después ya estaba fuera.

—¿Todo bien? —preguntó Lana que se quedó esperándome.

—Sí… me siento mejor —faltaba media hora para las cuatro—. Debo irme, tengo tutoría… —recordé de pronto. Torció la boca.

—¿Segura? —Asentí serena. Mi amiga se encogió de hombros, besó mi mejilla y se marchó en dirección opuesta.

Me duché y coloqué el ungüento en los raspones. Tenía grava por todos lados, el chorro del agua sobre la piel dolió bastante. Aun así, lo logré sin problemas. Llegué puntual, él ya estaba ahí. Jugaba con un lápiz entre sus dedos, estaba serio. En cuanto entré, giró estudiando mi mano, intenté esconderla tras la cadera.

—Tu dedo, ¿está fracturado?

—Sí… —me senté sin darle mucha importancia sacando las cosas que necesitaba de la mochila sin mirarlo, no obstante, sentía sus ojos fijos sobre mí—. ¿Comenzamos? —alcé la vista. ¡Dios! Era demasiado guapo. Me veía confuso. Extendí un libro frente a él, empecé a explicarle y a subrayar algunas cosas. No ponía atención, seguía estudiándome, alcé los ojos ya molesta, un pequeño escalofrió recorrió mi cuerpo.

—Kyana… siento lo que pasó —apretó la boca dejándola tan solo en una línea. Me encogí de hombros indiferente, no tenía ganas de hablar, menos con él, si era sincera—. Eres muy extraña, ¿sabes? —volqué los ojos hastiada ¿Ahora se había comido un perico? O ¿por qué no se callaba? No tenía ánimos de escucharlo—. No vas a preguntar ¿por qué?… —negué pestañeando. ¿Qué le pasaba?

—¿Continuamos? —lo alenté de nuevo al mismo tiempo que pretendía seguir explicándole. No se movió ni un centímetro, estaba comenzando a colmar mi paciencia. Cerré fuertemente el libro, logrando que pestañeara—. Okey, veo que hoy no tienes ganas de esto… —comencé a meter todo en mi mochila—. Créeme, estoy muy cansada y hago un gran esfuerzo… —Ya iba a levantarme cuando me detuvo sujetando mi antebrazo. Miré su mano y luego su rostro abriendo los ojos de par en par sin poder evitarlo. Su contacto provocó una pequeña descarga que al parecer a él también, porque me soltó enseguida. Mi pulso enloqueció, incluso puedo jurar que no escuché nada por un microsegundo.

 —Espera… eso es a lo que me refiero… cualquiera hubiera montado un drama y… no estaría aquí… —resoplé un poco exasperada.

 —Es un compromiso que acepté y créeme que no lo estás poniendo fácil —sonrió. Mi boca se secó con tan solo ese gesto. Y es que… se reía con los ojos. ¡Por Dios! Era demasiado… perfecto. ¿Qué me estaba pasando?, seguro el golpe ya estaba provocando alucinaciones. No existía otra explicación.

Tomó mi mochila como si fuese suya, sacó lo que recién usábamos, lo tendió frente a nosotros y me miró enarcando una ceja, esperando. Sonreí al comprender que iba a dejar que le diera la clase al fin.

La hora pasó rápidamente. Cumplía con lo que le pedía y hablábamos fluidamente sobre esos temas que detestaba. Todavía le faltaban varias cosas por entender, pero era evidente que había leído lo que le había pedido. Por otro lado, captaba todo con una velocidad asombrosa, en definitiva, dentro de sus cualidades se encontraban la retención e inteligencia. Debido a eso comprendí que tenía algún problema con el maestro o… mejor dicho con su carácter, lo segundo era más factible.

Faltaban tres minutos para las cinco, cerró todo sin que yo pudiera reaccionar.

—Te ves muy agotada y creo que ya fue suficiente… —abrí la boca para objetar. ¿Desde cuándo tanta consideración?, aunque la verdad era que sí me sentía adolorida, el golpe ya se había enfriado y comenzaba a sentirse peor. Asentí resignada. Tomó mi mochila y metió todo en su interior. Lo observé incrédula, así que en un arrebato de molestia se la quité frunciendo el ceño.

 —Gracias, pero me rompí un dedo, no el brazo, puedo sola —lo dejé de nuevo confuso, levantó las manos simbolizando rendición.

 —Solo quería ayudar, me queda claro que puedes, deseaba ser cortés —terminé de guardar lo que faltaba ignorándolo y me dirigí a la puerta—. ¿Tienes auto? —Me preguntó con interés. Negué y abrí—. Espera… —De verdad que era obstinado y yo ya no tenía ni paciencia, ni nada. Volteé irritada.

—¡¿Ahora qué!?…

—Yo te voy a llevar… —Y antes de que pudiera decir nada, me quitó la mochila y se la colgó en su ancho hombro. ¡¿Qué diablos se creía?!

—¡No te entiendo! —grité frustrada, sintiéndome en el límite—. El jueves me pediste no decir nada acerca de que estás aquí, ni siquiera quieres que mencione a alguien que te conozco —Me estaba mordiendo el labio desesperada, furiosa y confusa, lo hice tan fuerte que sangró, paré.

—Lo sé… y así va seguir siendo, pero…

—Pero nada… —intenté quitarle la mochila, era inútil, él reía divertido—. Yo también quiero que así siga siendo… —Le escupí. De pronto se puso serio, acercó una mano a mi costado derecho y levantó la blusa levemente sin pedir autorización.

—¿Eso también? —miraba impresionado el enorme raspón. Bajé la tela de un tirón—. No lo voy a discutir, te llevo a casa —Y caminó sin esperarme. De verdad me sacaba de quicio, era un pesado, además ¿quién se creía para ordenarme? Bajó las escaleras a toda prisa, intenté seguirle el paso, pero me dolían los músculos del lado donde caí. ¡Maldición!

Cuando por fin llegué a la planta baja, no estaba. Lo que me faltaba. Resoplé sintiéndome fuera de mí. Anduve lentamente hasta el estacionamiento y lo busqué con la mirada unos minutos. ¡Agh, lo odiaba! Un enorme Jeep oscuro se estacionó frente a mí y bajó él. Torcí el gesto. Un vehículo así tendría que tener. Abrió la puerta del copiloto para que subiera, crucé los brazos sin tener la menor intención de moverme. Ni en sueños me treparía.

Se carcajeó ante mi actitud.

—Si no subes sola, yo te traeré cargando —Jamás se atrevería. Sin embargo, al ver que se acercaba de nuevo decidido, no quise ponerlo a prueba y caminé hasta él refunfuñando. Cuando llegué a la puerta tomó mi brazo y me ayudó a subir. Era la segunda vez que me tocaba, la sensación fue la misma que la primera, así que me aparté de inmediato. Abroché el cinturón de seguridad perdiendo la mirada en el exterior.

No entendía qué pasaba conmigo, en un segundo decía una cosa y al siguiente, me contradecía. Sabía que parecía una chiquilla, aunque él no se veía más maduro que yo de todas formas. Además, lo último que deseaba era quedar bien, así que no me importó. Ya sé, lo único que faltaba era sacarle la lengua y ganas no me faltaban, pero mis nervios estaban demasiado alterados en esos momentos, por su culpa obviamente y la del gorila patán por supuesto, así que no me moví.

—¿Por dónde me voy? —parecía muy divertido con mi actitud. Le di las señas rápidamente y en cinco minutos ya estaba frente a casa. Tomé mi mochila sin mirarlo.

 —Gracias…

—De nada, Kyana —alcancé a escuchar cuando noté que salía del auto. Lo observé estupefacta, caminaba frente al cofre rumbo a mi puerta. Puse los ojos en blanco. ¡No podía ser, el chico se sentía un caballero! ¿Qué más iba a suceder ese día?, ¿llovería chocolate? Bueno, eso no sería trágico, al contrario… ¡Ah! Definitivamente estaba desvariando. Abrió sonriendo, parecía muy relajado. Bajé sin tomar la ayuda que ofrecía—. Espero que sigas mejor…

—Sí, yo también… hasta luego y… gracias otra vez —anduve hasta mi casa sin voltear, ni esperar respuesta. Sabía que lo sucedido no fue su culpa; sin embargo, el hecho de que ese «Roger» fuera su amigo me obligaba a guardar cierta distancia. Por otro lado, él tampoco me inspiraba confianza, eso sin contar que alteraba mi sistema nervioso de una forma inusual.

Cuando abrí la puerta escuché su motor alejarse. Suspiré más tranquila sintiéndome de nuevo yo, aunque un poco adolorida, bueno, bastante adolorida. Subí arrastrando los pies. Encontré algo cómodo que ponerme y le hablé a mamá para infórmale sobre mi pequeño accidente y que deseaba dormir. Una vez segura de que me encontraba bien, salvo los raspones y la fractura diminuta de mi dedo, colgó: ella llevaría la cena.

No supe ni en qué momento con mi libreta en las manos y unos libros a un lado, quedé perdida en el país de los sueños. Mi madre intentó despertarme para que ingiriera algo, no tenía ganas, así que quitó todas las cosas que dejé sobre la cama y me cubrió con una cobija.

Por la mañana ella fue la que logró que abriera los ojos. Nunca me pasaba, normalmente yo ponía el despertador, pero por lo ocurrido el día anterior, ni siquiera me acordé. Me dolía todo, la playera del pijama se adhirió a los raspones y no tenía idea de cómo la quitaría, la buena noticia fue que el dedo inmovilizado no causó problemas. Tomé una ducha con sumo cuidado, me puse pantalones deportivos y una sudadera a juego, no aguantaba el roce del jean.

Apenas si alcancé a meterme algo en la boca cuando Annie tocó la bocina, debía irme.

—Te ves fatal —la observé torciendo la boca. Robert apretaba la quijada.

—Sí, Kyana, ¿no prefieres quedarte? —Mi amiga me observaba de reojo. Negué con firmeza. Ciertamente no me sentía muy bien; sin embargo, no me agradaba faltar a la escuela. Además ¿a qué me quedaba?, mi aprensión no me dejaría ni siquiera descansar.

—Ayer te esperé… me preocupaste —Le sonreí agradecida. Ambos me miraban mientras esperábamos que se pusiera la luz verde.

—Me trajeron… —solté bajito.

—¿Quién? —quiso saber Robert de inmediato. Giré hacia la parte trasera del auto donde él siempre se sentaba.

—A quien le doy tutorías —frunció el ceño extrañado.

—¿Y quién es?

—Me pidió que no lo dijera… lo siento, fue un trato —Me encogí de hombros indiferente. Todavía recordaba en lo que quedamos y presentía que ellos no comprenderían cómo podía seguir ayudando a alguien como él después de lo sucedido el día anterior. Para mi sorpresa Robert colocó una mano sobre mi hombro sonriendo.

 —Menos mal que no te viniste caminando. Dijo Lana que te veías fatal —sonreí más serena.

Al llegar todos se me acercaron preocupados. Los tranquilicé intentando no darle tanta importancia. Pero Max, Ray y Edwin lucían molestos.

—Por favor… no pasó nada… estoy sana y salva —Les hice ver para que pararan. Apenas los conocía y no quería que se enfrentaran a ellos por mi causa. Sería absurdo. Los tres asintieron, supe que no logré convencerlos.

Matemáticas pasó sin nada de relevancia. En el receso no permitieron que pagara mi almuerzo. Me sentía inservible, pero a la vez no era tan malo saber que podía contar con ellos en tan poco tiempo. ¿Quién lo diría? Ya estaba de verdad muy encariñada con esos chicos.

—Ese imbécil —bramó Max por lo bajo a mi lado viendo a la puerta de la cafetería. Seguí su mirada intrigada. Era Liam y observaba nuestra mesa, bueno, en realidad a mí, me examinaba con ojos penetrantes. ¡Dios! Volteé al lado contrario de inmediato completamente ruborizada. ¿Qué le sucedía?

—¿Por qué mira para acá? —preguntó Annie un minuto después.

—Que ni se acerque, porque ahora sí ya no respondo —amenazó Ray. Gracias al cielo no lo hizo, porque mis nervios no estaban para eso.

—Te veía a ti —soltó Susan repentinamente. Enarqué las cejas fingiendo no entender.

—A lo mejor le remordió la conciencia… —Todos miraron a Lana atónitos y casi riendo.

—¡Claro que no! Para eso necesitas tenerla y él no la tiene… todos lo sabemos —Al parecer las cosas no eran tan sencillas en esta escuela. Demasiado resentimiento, demasiado odio, demasiado rencor acumulado y una larga historia. Me sentí insegura, comenzaba a sospechar que no tenía ni idea del suelo que pisaba. Billy me guiñó un ojo, probablemente mi rostro reflejaba mi preocupación.

—Tranquila, Kyana, olvídalo, «esos» ya eran así antes de que tú llegaras, es solo que… ahora no vamos a permitir que suceda más… —Ray parecía muy seguro. El timbre sonó y nos dirigimos a literatura. Lo que dijo ¿debía relajarme? Porque estaba siendo todo lo contrario.

Cuando entré, varios compañeros dejaron de hablar para verme sin disimular su pena por mí. Intenté ignorarlos. Max pasó un brazo por mi hombro, no lo quitó hasta que me senté. Parecía que quería mostrarles que no estaba sola. Creo que funcionó, ya que la clase transcurrió tranquila, bueno, eso sin contar que Liam mantenía fija su mirada en mi espalda. Lo ignoré todo el tiempo. Estaba decidida a demostrarle que era una persona de palabra y que además, no me interesaba en lo absoluto. No entendía su juego…

La mañana pasó así, sin nada de sobresaltos. Terminamos historia y fue ahí cuando comenzó la ansiedad: otra vez lo vería y… eso me alteraba demasiado.

Llegué antes que él. A las cuatro en punto se abrió la puerta y apareció. Era tan alto que se veía pequeño el lugar. Cuando lo miré, me dedicó una gran sonrisa.

 —Hola —le regresé un escueto saludo. Esperé a que se acomodara, fingiendo que hojeaba algo en mis apuntes—. ¿Cómo sigues?…

—Mejor… ¿comenzamos? —Le acerqué el libro señalándole con un lápiz lo que debía leer.

—Veo que ya tienes varios amigos. —Asentí desconcertada. ¿Por qué hablaba tanto? Me pregunté fastidia. Ah sí, el perico, eso debía ser, porque en serio no entendía a ese chico que tenía frente a mí y que sonreía como los mismísimos ángeles. Su celular sonó, por supuesto lo observé molesta. Lo sacó de su bolsillo sin perder la conexión de nuestros ojos y lo apagó—. Listo… —hice un gesto que pretendía ser una sonrisa, creo que no lo logré—. ¿Siempre eres así de… cuadrada? —lo fulminé molesta. ¡¿Cómo se atrevía?! No era enojona en lo absoluto, pero tal parecía que él sacaba lo peor de mí. Era pura contradicción.

—Si soy cuadrada, circular o la figura geométrica que prefieras, es algo que tú jamás sabrás, ¿de acuerdo? Ahora, ¿podemos empezar o vas a seguir parloteando?

—De verdad que eres difícil… —sonrió despreocupado y divertido. Iba a contestarle algo mordaz cuando elevó las manos en rendición—. Está bien, está bien, ya entendí, nada de parlotear —Y comenzó a leer con suma atención lo que indiqué.

Lo observé perdida en mis pensamientos. Así… concentrado, no parecía tan malo. Su cabello rubio y oscuro caía tapándole los ojos, tenía unas manos grandes y bien formadas, su espalda era muy ancha y parecía que el sol lo favorecía aún más ya que su tez era bronceada, envidiable a decir verdad.

—Listo —alzó la mirada sin que tuviera tiempo de girarme a otra dirección. ¡Dios, qué vergüenza! Sonrió tiernamente. No supe qué hacer, pestañeé varias veces confusa. Rápidamente logré recuperarme y comencé a preguntarle como si no me hubiera encontrado admirándolo deleitada. ¡Maldición!

 Todo lo contestó sin error. Comentó algunas dudas y había cosas que anotaba concienzudamente.

Los dos miramos el reloj justo un minuto antes de las cinco. Tomé el libro para guardarlo, él lo detuvo sin tocarme.

—¿Te llevo?

—No… una amiga me está esperando, gracias… —alcancé a percibir decepción en sus ojos. Estaba enloqueciendo gracias a él. Ese chico me desconcertaba con mucha facilidad. Le sonreí sintiendo el labio temblar y guardé todas mis cosas. Al levantarme, sujetó mi hombro con cautela.

—¿Tienes algo con Max? —Me ruboricé enseguida. ¿Qué clase de pregunta era esa? Me solté observándolo confusa. Me sentía perdida, extraña, fuera de mí. Me gustaba y a la vez no, pues no comprendía la razón.

 —No —sonrió y se puso de pie. Mi cabeza llegaba justo a su pecho, con mi metro sesenta y tres no daba para más. Giré de inmediato y salí de prisa como un animalillo asustado huyendo del cazador.

Annie me esperaba en la entrada principal junto con Robert.

—¿Sabes? Me parece tan gracioso lo de tu «alumno secreto»… me intriga… —encogí los hombros con indiferencia, ya no quería evocarlo.

—Sí, es algo extraño —acepté recordando la última hora, sin poder evitarlo. Aún me sentía alterada, con cierto hormigueo incómodo y desconocido en mi estómago.

Por la tarde hablé con Jane, mi amiga de L.A., más de dos horas, cosa común entre nosotras.

—Y ¿qué?… Hay chicos guapos, o son todos como los de aquí… —Me mordí el labio aliviada de que no pudiera verme. Me conocía muy bien y con tan solo ese gesto, se hubiera dado cuenta de que algo sucedía. Liam eclipsó mi mente de repente. Suspiré molesta por esa intromisión a mi cabeza. ¿Qué estaba pasando? Me caía mal, no debía estarlo evocando cada dos por tres, ¿o sí?

—Pues… algunos… los típicos…

—Mmm… pensé que ya pescarías novio —Siempre le intrigó el porqué a todos les decía que no. Por supuesto que yo le intenté explicar una y otra vez mis razones; sin embargo, parecía que para ella no eran lo suficientemente válidas. Me creía más un ratón de biblioteca, que una adolescente común, decía que debía salir de los libros un poco y experimentar.

—Pues no… ya sabes que me gusta disfrutar de mi tiempo, Jane, eso no ha cambiado aunque esté a miles de kilómetros de allá.

—Ya esperaba esa respuesta —rió decepcionada. Ella sí había tenido algunas parejas al igual que Raúl y a ambos los vi sufrir en más de una ocasión, así que prefería permanecer sin problemas de ese tipo.

Al terminar la llamada, lágrimas de tristeza y nostalgia escaparon de mis ojos. En general no podía quejarme, pero los extrañaba demasiado, sentía un pequeño agujero en el pecho cada vez que pensaba en el día de la graduación y que yo no estaría…

La mañana siguiente llegó barriendo un poco, como suele pasar en esos casos, la tristeza. Me sentía mejor físicamente aunque no del todo en el área sentimental. Escogí unos jeans más holgados, sujeté de nuevo el cabello y no hice más, mi ánimo se encontraba un tanto oscuro.

El día fue tranquilo, comenzaba a sentirme parte de ese nuevo mundo. En la clase de literatura volví a ser consciente de esa, ya familiar mirada clavada en mí varias veces. Continué ignorándolo, a pesar de que conseguía poner mis sentidos en alerta. Saberlo en el mismo salón generaba en mi interior una sensación… desconocida, era como tener erizados los vellos de todo el cuerpo sin descanso.

La maestra de atletismo me dio la hora libre debido a mi condición. Fui a la biblioteca y adelanté mis deberes.

Por la tarde mamá llegó radiante. Al parecer todo le estaba saliendo de maravilla. De vez en cuando me observaba de una forma peculiar. Yo le sonreía intentando despistarla. Piqué un poco de la cena y en cuanto terminamos me encerré en mi habitación. No dijo nada, me conocía mejor que nadie, sabía que ese día estaba muy triste. La sensación de nostalgia no conseguí apartarla de mí. Supongo era normal con todo ese cambio. No tenía tareas pendientes, todo lo hice en la escuela. Sobre la cama, abrazando una almohada, dejé brotar unas cuantas lágrimas de melancolía, extrañaba mucho a mis amigos, mi antigua escuela, mi antiguo hogar.

Por la mañana la tristeza no era tan fuerte. Miré por la ventana, más serena, el cielo estaba despejado y las copas de los árboles se mecían decadentemente, como presas de un lindo vals, sonreí.

Jueves ya, no cabía duda que el tiempo no se detenía nunca, este avanzaba sin piedad, estuvieran las cosas bien o estuvieran mal.

A la hora del almuerzo todos planeamos el día en la playa, parecía que iba a ser el último en algunos meses; el meteorológico pronosticaba que el frío comenzaría la siguiente semana.

Inglés fue, como solía, muy aburrido. Después historia. Emma ya me esperaba apartando un sitio para mí. Al acabar, ella y yo nos pusimos de acuerdo para realizar un trabajo en común que nos dejó el profesor y salí disparada al edificio de tutorías.

«Mi alumno secreto» ya estaba ahí… Sobre la mesa redonda donde solía explicarle, se encontraban todas sus cosas, él se hallaba de pie a un lado de la ventana. Tragué saliva sintiendo que costaba pasarla.

—Lo siento… —conseguí decir agitada. Liam me sonrió triunfante, no comprendí ese gesto, lo miré desconcertada.

 —Parece que no eres tan cuadrada después de todo —observó enseguida el reloj para luego verme. Me mordí el labio, nerviosa. ¿A qué venía eso? Me senté y en tiempo récord saqué todo lo necesario de mi mochila—. Tranquila… —dijo al acomodarse frente a mí relajadamente.

—Lo siento, tenía que ver lo de un trabajo en equipo. No vuelve a suceder —recargó sus brazos sobre la mesa acercándose a mí mirándome de una forma que no entendí, pero que me alteró muchísimo.

 —No te preocupes… esas cosas pasan, ¿no es así? —Mi boca se secó sin saber qué decirle—. Aunque sí, ya rompiste tú una de tus reglas, ¿no es cierto? —enarcó una ceja con burla.

—Yo… bueno… sí… ya te dije que no vuelve a suceder… —Me costaba respirar teniéndolo tan cerca, lo peor era que parecía disfrutarlo.

—Entonces… yo puedo romper una de las mías, ¿no? —quiso saber examinando mi reacción. Pestañeé sin comprender.

—¿A qué te refieres? —volvió a alejarse cruzando sus enormes brazos detrás de la cabeza.

—Pues, a que jamás seríamos amigos —Cada vez entendía menos y al parecer eso lo divertía porque soltó una enorme carcajada. Volvió a acercarse a mí un poco más serio. No pude evitar emitir un gemido de sorpresa—. Me gustaría conocerte más… —Me quedé muda, perdida en su mirada, sentía un millón de hormigas caminando frenéticas dentro de mí. Sacudí la cabeza intentando comprender.

—Yo creo que no es buena idea… —solté de pronto pegándome al respaldo de la silla para poner distancia entre los dos. ¡Dios! ¿qué le ocurría?

—Y eso… ¿por qué? —preguntó extrañado e inquisitivo. Tomé un mechón de mi cabello intentando pensar. ¡Agh!, mis neuronas parecían haber renunciado.

—Pues… porque… no. No te comprendo —acepté por fin.

—Kyana, me gustaría ser tu amigo, ¿soy más claro?

—¿Mi amigo?, ¿para qué? —Ahora él parecía confuso, frunció el ceño.

—¿No puedes tener más amigos?

—Sí… —estaba enrulándome uno de mis mechones, nerviosa.

—¿Entonces? —sus ojos tenían una mezcla de verde botella con gris increíblemente única y por si fuera poco, su mirada me estaba provocando mareos, me sentía como flotando. ¡Diablos, eso no era normal!

—Liam… ¿podemos comenzar? —rogué tratando de encontrar algo seguro a lo cual sujetarme, jamás había sentido cosas así.

—¿Lo pensarás? —Y se acercó aún más a mí. Temblé sin poder evitarlo, olía… delicioso. Asentí sin poder articular palabra. De inmediato relajó su postura—. ¡Perfecto! Comencemos —sudaban mis manos, aun así, conseguí terminar la tutoría dignamente—. ¿Te esperan de nuevo? —quiso saber cuándo guardábamos nuestros materiales.

—Sí.

—Bien, te veo mañana entonces… —Asentí y enseguida salió de ahí. Cuando se fue solté por fin el aire. Lo mantuve ahí desde que comenzó con su conversación tan extraña. Intenté relajarme y unos minutos después crucé el marco de la puerta.

Toda la tarde estuve confusa, distraída.

Emma fue a casa, se la presenté por supuesto a mamá, de inmediato congeniaron, las observé conversar animadas sin participar. No podía dejar de pensar en lo sucedido unas horas atrás. ¿Para qué quería ser mi amigo?, ¿sería un plan para molestarme? ¿o para fastidiar a Max? Era evidente que habían muchas cosas extrañas entre los dos.

—¿En qué piensas, cielo? —preguntó mamá sacándome de golpe de mis pensamientos.

—En el trabajo, ¿comenzamos, Emma? —asintió sonriendo.

Dos semanas de haber arribado a Myrtle Beach, el tiempo estaba pasando rápido. No volví a ver a Roger, así que… me sentía más tranquila. La mala noticia es que era viernes y ese día tenía atletismo, allí seguro me lo toparía.

La primera hora transcurrió en calma, al igual que el almuerzo. En literatura llegué a temer por un momento que Liam se acercara. No lo hizo. Solo me observó al entrar dejando de hablar con uno de sus compañeros. Lo miré un segundo y enseguida me giré intentado ignorarlo.

La situación parecía complicada. ¿Cómo fue que llegué a eso en quince días? Mis recientes amigos lo odiaban, su compañero de equipo estaba decidido a hacerme la vida de cuadritos por algo que no alcanzaba a comprender, le daba asesorías clandestinas y ahora… quería ser mi amigo por alguna extraña razón. Me sentía confusa y desorientada. No quería traicionar la insipiente amistad de los chicos, además ¿qué sentido tenía que nos conociéramos más?, éramos sumamente diferentes. Yo odiaba a los de su clase y él se dedicaba a fastidiar y cansarle la vida a la gente que no pertenecía a su círculo, como yo.

En atletismo, hice lo mismo que el resto. Los del equipo de americano llegaron unos minutos después de haber comenzado el calentamiento. Pasaron justo frente a nosotros sin los cascos puestos.

Ahí lo volví a ver.

Me dedicó una sonrisa que no pude contestar. Giré a mi alrededor nerviosa para ver si alguien lo notó, todos seguían practicando sus ejercicios. Me concentré de inmediato intentando regularizar la respiración. Su sola presencia me alteraba demasiado, gracias a eso no vi cuando salió Roger.

Por fin terminó la mañana. Annie me avisó que no iba para su casa pues se tendría que quedar para realizar unos trabajos junto con Robert en la escuela. Quería pensar, así que me quedó estupendo el hecho de poder caminar y dejar volar mi cabeza.

Especulaba sobre lo que haría de cenar evaluando mentalmente mi despensa y frigorífico. Cocinar me encantaba y perder el tiempo pensando en alguna nueva receta era una de mis aficiones.

—¿Te llevo? —No había escuchado ningún auto acercarse, sin embargo, su voz era inconfundible. Lo miré sonriendo, sintiendo cómo de nuevo todo mi cuerpo despertaba, cosquilleaba completa y un calorcito desconocido me inundaba.

—No gracias, prefiero caminar. —Y eso hice. Las palmas de mis manos sudaban. No se rindió, me siguió despacio en su todoterreno.

—Kyana, no me cuesta nada. ¡Dios, eres tan difícil! —Se reía.

—Gracias, pero no… ¿qué sucede contigo? —Le pegunté sin dejar de caminar.

—Nada —dijo inocente—. Solo quiero ayudar a una amiga, ¿eso es un crimen?

—Tú y yo no somos amigos…

—¡Auch!… eso dolió, Kyana —detuve mi paso y lo evalué desconcertada.

—¿Qué quieres de mí, Liam? —Él también detuvo el auto asomando parte de su cuerpo por la ventana, ya serio.

—Ser tu amigo, creí habértelo dicho.

—Sí… pero… ¿por qué? —Se demoró en contestar con sus ojos fijos en mí.

—Porque… me intrigas…

—¿Te intrigo? —enarqué una ceja un tanto divertida. Otra cosa que jamás me habían dicho. Era una mujer de pocos misterios. Ese chico estaba loco, pero sin poder evitarlo mi boca se secó, otra vez… ¿Qué me estaba sucediendo?

—Por favor, sube… —miré a ambos sentidos de la calle, torcí la boca indecisa—. Por favor… —caminé hasta su camioneta dándome por vencida. Me abrió la puerta enseguida. Tomó mi brazo para ayudarme a subir y por sus ojos, supe que sentimos la, ya tan común, descarga recorrer nuestros cuerpos. Manejó tranquilo—. ¿Ves qué no hago nada? —Tenía su mirada atenta al exterior. Perdí la vista por mi ventana un poco nerviosa. Con él no sabía qué sucedería, era como estar en suspenso todo el tiempo—. Entonces… ¿en qué estábamos? —preguntó relajado y sonriendo.

—En que… te intrigo —admití ruborizada. Su rostro cambió y frunció el ceño asintiendo—. Liam… ¿no podemos seguir así?, como hasta ahora —Me aventuré a preguntar ya bastante perdida con aquel juego.

—¿Por qué? —Ya se aparcaba frente a mi hogar. Giró y me estudió en el momento que apagaba el motor.

—Porque… no sé… no quiero problemas, acabo de llegar. —Se acomodó en su asiento viéndome pensativo.

—¿Qué clase de problemas? —quería sacudirlo, me desesperaba que fingiera no saber de qué hablaba. Por Dios, si él era parte del conflicto con esa forma que tenía de ser—. Kyana, no te estoy pidiendo nada grave o… insultante —bajé la vista hasta mis manos que tenía aferradas a la mochila.

—Lo sé…

—¿Sabes? Eres la primera persona que se comporta así conmigo… —parecía que lo decía más para sí mismo que para mí. Lo volví a ver fijamente ahora un tanto decepcionada.

 —¿De eso se trata?, ¿por eso te intrigo? —noté cómo lo sacaba de sus pensamientos. Abrió los ojos, atónito.

 —No… Kyana, es solo que siento como si te estuviera pidiendo algo malo —desvié la vista a la calle mordiéndome de nuevo el labio.

 —Es que… compréndeme, no sé qué sucedió entre tú y los chicos… Veo que no se soportan, Liam. Además está Roger —levanté mi dedo entablillado para que recordara a qué me refería. Sujetó el volante, noté enseguida como sus nudillos se ponían blancos de lo fuerte que lo apretaba, miró al frente con fijeza.

—Lo sé…

—La verdad es que creo que lo haces por… fastidiarlos —solté sin más. Sus ojos se volvieron a posar en mí más serio aún.

—¿Por qué haría algo así? —Me encogí de hombros en señal de no saber—. Lo de Max y el resto… es algo que no tiene nada que ver contigo —intentó explicarme—. Max y yo solíamos ser amigos…

—Eso he escuchado.

—No sé, la vida de pronto cambia —Ya veía él de nuevo a la calle. Sonreí comprendiendo muy bien a qué se refería—. Hagamos una cosa… —me observó nuevamente acercándose más. Yo abrí los ojos sin querer moverme, mi corazón martilleó tan fuerte que creía que se saldría por la garganta—, seamos amigos secretos, ¿qué te parece? —Eso sí que era descabellado, pensé. Enseguida solté una carcajada—. ¿Qué? ¿no te parece buena idea?… lo haríamos por ti, a mí no me importa lo que digan los demás o piensen… —A mí nunca me interesó tampoco, no entendía por qué ahora sí, en especial todo lo referente a él—. ¿De qué te ríes? —quiso saber. Con un ademán que comenzaba conocer, se echó el cabello hacia atrás sin tocarlo.

—Pues… es extraño… ¿no te parece? —intenté advertirle aún risueña.

—Entonces, ¿qué propones? —parecía entusiasmado con su loca idea.

—Lo pensaré —sentencié convencida de que era lo mejor. Me giré para abrir la puerta, pero quitó mi mano de la manija y quedó a unos centímetros de mi rostro observándome de la misma forma en la que se ve un delicioso pastelillo que está listo para comerse.

—No te vas a ir de nuevo sin darme una respuesta —tragué saliva con dificultad—. Vaya que me estás costando trabajo, Kyana… —Su aliento acariciaba mi rostro, olía tan bien. Me mordí el labio de nuevo sin poder evitarlo. Observó el gesto muy atento—. ¡Dios! ¿es qué siempre haces eso? —preguntó con la voz ronca deleitándose con mi gesto. Sentí que se acercaba más y más a mí lentamente, me iba a besar, ya no podía respirar. Se humedeció la boca con su rosada lengua, sentía su aliento sobre mí y no sabía qué más hacer, me quedé ahí, congelada, petrificada.

Un auto pasó de pronto, volteé enseguida la cabeza evitando así que lo hiciera. Él se alejó desconcertado, parecía muy confuso. Aproveché su actitud y bajé de inmediato del auto.

Caminé de prisa hasta mi casa, sin virar, abrí rápidamente y entré. Me recargué en la puerta respirando agitadamente. No quería moverme o más bien, no podía, después de unos minutos escuché cuando prendió el motor y se alejó. Resoplé sintiendo las mejillas encendidas. ¡Dios, me sentía mareada!

 3
INESPERADAMENTE DESEADO

Aventé mis cosas en el sillón, me dirigí a la cocina, serví un poco de agua en un vaso y me la pasé con dificultad. ¡¿Qué diablos fue todo eso?! Aún podía olerlo, sentirlo sobre mí. Su presencia me inquietaba, su cercanía me ponía a mil. ¿Era normal?, acaso Liam… ¿me gustaba? No, eso no podía ser, aunque nunca había sentido algo siquiera similar por alguien, siempre tuve chicos cerca y solo con él sentía que el corazón se me saldría por la boca, que miles de hormigas caminaban como desquiciadas por todo mi cuerpo, que mis terminaciones nerviosas, mis neuronas, cada célula, despertaban cuando estaba cerca. ¡Maldición!

No sé cuánto tiempo permanecí ahí, cavilando, sintiendo que no podía dar un solo paso ya que mis piernas eran gelatina. Escuché cómo se estacionaba el auto de mamá, ojeé el reloj distraída. ¡Ahg!, lo que me faltaba, no había hecho nada de cenar, estuve con Liam y en la cocina más de lo que pensaba, ni siquiera me di cuenta. Bufé.

Corrí al baño y me observé en el espejo. Tenía las mejillas completamente encendidas, me eché agua de prisa, sentía mi rostro hirviendo.

—Hola, mi amor —notó que la estufa estaba vacía. Sonrió divertida—. ¿Quieres que vayamos a cenar? —asentí entusiasmada—. Bien, me doy un baño y nos vamos.

Subió las escaleras evaluándome. Cuando ya no pudo seguir, me acerqué al sillón y me aventé en él. ¿Qué me estaba pasando? Tomé bocanadas de aire varias veces, deseaba dejar de sentir esa compresión en los pulmones, después de varios minutos, funcionó.

Cenamos en otro restaurante que le recomendaron.

—¿Sabes? Llevo días notándote algo diferente… —soltó. Un segundo después bebió de su vino.

—Seguro son los cambios —enseguida su mirada se tornó triste. Puse una mano sobre la suya, sonriendo—. Mamá, no te preocupes, estoy bien, de verdad. Tengo nuevos amigos, la escuela me gusta, todo va mejor de lo que esperé… —No le mentía, en serio lo pensaba.

—¿De verdad, Kyana?

—Sí, no te preocupes tanto, disculpa mis cambios de humor, es solo que a veces… extraño… eso es todo…

—Lo sé, mi amor. No puedo evitar pensar que no debí aceptar el trabajo.

—¡Ey!… Ya no digas eso… ¿Estamos juntas, no es así? Eso es lo importante.

—Eres a veces tan madura… —susurró con los ojos rasados. Agité su mano para que me viera de nuevo, odiaba que se sintiera mal. La adoro por encima de cualquier cosa.

 —No es eso, es solo que te quiero… —No aguantó más, con lágrimas en los ojos se levantó y me abrazó fuerte. No tenía una sola queja respecto a ella; era comprensiva, prudente, inteligente y muy condescendiente conmigo. La admiraba por lo lejos que había logrado llegar y por jamás darse por vencida.

—Bueno… bueno… andamos muy melancólicas… —dijo sonriendo volviéndose a sentar en su lugar—. ¿Qué planes tienes para mañana, mi amor? —Me preguntó llevándose los fettuccine a la boca. Le comenté que iríamos a la playa, de nuevo—. Suena divertido. ¿Sabes?… Ralph, uno de mis compañeros de proyectos, me invitó a comer, no acepté hasta consultarlo contigo —estaba ruborizada, ya la había escuchado hablar de él, pero jamás pensé que le interesara.

—¡Oye, eso es fabuloso!

—¿De verdad lo crees? —continuó sin que pudiera contestarle, como era su costumbre—. Es divorciado y su exmujer vive en Utah, creo que podríamos ser buenos amigos… —lo decía para ella, así que no respondí, me gustaba verla así. Un par de pretendientes le había conocido, así que me entusiasmó que pudiera encontrar a alguien con quien compartir su vida, salir, pasear, divertirse.

Ray pasó por mí, alrededor de las doce. Encontramos a los chicos en el mismo sitio que el fin de semana anterior. Jugaron voleibol mientras yo los observaba pues con el dedo fracturado no me arriesgaría. Cuando terminaron, los hombres elevaron a las chicas para arrojarlas al mar y aunque lo intentaron conmigo, se detuvieron al recordar el porqué no había siquiera jugado.

Me senté bajo la sombrilla observándolos chapotear. El viento soplaba agradable y me llegaba la brisa del mar que tanto adoraba. Alcé el rostro aspirando la salinidad con deliberada lentitud.

—Al fin te dejaron sola… —Mi pulso se detuvo, podría jurar, unos segundos. Giré de inmediato sabiendo de antemano quién era. Enseguida me sentí desorientada como el día anterior. ¿Qué tenía ese chico que me ponía así? ¿Por qué me sentía atraída como un metal al imán? ¿Por qué de pronto no recordaba ni cómo me llamaba?

—No puedo entrar por… el dedo —estaba a mi derecha, no lo pude ver bien ya que el sol me encandilaba. Volví a fijar la atención en mis amigos. Se veían cada vez más lejos y más divertidos, sus gritos se escuchaban hasta ahí. Mis palmas sudaban, mi corazón martilleaba. ¡Dios, qué calor!

—Mmm y… ¿crees que se molesten si me siento aquí? —sabía que estaba a solo un metro de mí, no lo miré.

—Preferiría que no lo hicieras —admití decidida. Ellos no me daban tanto miedo como lo que sentía cada vez que lo tenía cerca. Le importó un rábano y lo hizo justo donde estuvo de pie. Giré molesta, ya no traía los lentes de sol y me veía fijamente. Me quedé sin aliento.

—Siento lo que ocurrió ayer —desvié de nuevo la mirada, al mismo tiempo que, sin poder evitarlo, me mordía el labio. Lo odiaba, pero jamás lo pude evitar, si era presa de alguna emoción descontrolada, me salía ese tic—. Ese es tu signo de que estás nerviosa ¿no es cierto? —Conjeturó. Sentí que un rubor se plantaba en mis mejillas—. ¿Sabes?, no deberías hacerlo… —tenía de nuevo la voz ronca. Seguí ignorándolo, no sirvió de nada, él continuó—. Kyana, no te caigo nada bien, ¿verdad? —Bajé la vista hasta la arena y comencé a jugar con ella—. No comprendo por qué… sé que el primer día que nos conocimos fui algo…

—Pedante… —completé por él la frase.

—Sí y lo siento, es solo que estaba muy molesto por estar ahí… el Sr. Jhonson no me soporta y bueno… no le presto mucha atención… —dijo con sinceridad.

—Creo que no te das cuenta de cómo son ustedes, Liam —cometí el error de mirarlo nuevamente. Mi boca se secó enseguida y esa sensación de falta de aire regresó de inmediato, ya no podía retractarme, me tenía atrapada en sus ojos de color tan singular.

—Puede que tengas razón… a veces puedo ser…

—Insufrible… —volví a completar sin poder evitarlo. Él asintió sonriendo tranquilamente.

—Kyana… —Me iba a decir algo, no pudo, porque como si fuera víctima de un plan maquiavélico, apareció Roger.

—Te estábamos buscando, Liam —Al verme cambió su expresión examinándome con desprecio—. Pero ¿qué haces con «esta»?

—¡Cállate, Roger! —lo silenció mi intruso, bastante molesto, poniéndose de pie.

 —¿Qué diablos tienes que hablar con «la mexicanita»? —Me tenía harta así que también me incorporé acercándome a él, sintiéndome fuera de mí.

 —No sé por qué no me soportas, la realidad es que no te hice nada y necesitas desquitar tu frustración con alguien, pero para que lo sepas, no te tengo miedo —lo tenía terriblemente cerca, su altura no me intimidó y mantuve mis ojos fijos en él. Lo odiaba, de verdad, y estaba cansada de sus estupideces. Su mirada se intensificó y las aletas de su nariz se abrieron peligrosamente, todo eso lo pude notar porque agachó la cabeza incrédulo hasta mí quedando a unos cuantos centímetros.

—¡Tú a mí no me hablas así…! —vociferó furioso.

—¡Basta! Roger. Déjala en paz. Es cierto lo que dice, no te ha hecho nada —Liam colocó una mano sobre su pecho deteniéndolo, parecía muy nervioso, nos veía desconcertado.

—Deberías tenérmelo, porque podría romperte la mano y no solo un dedo… —Me reí con sarcasmo. En realidad sí le temía, pero ya me tenía agotada y jamás fui una chica que se dejaba ningunear, no iba a comenzar ahora.

—Ya, Roger. ¡Dije basta!… Kyana, por favor… —me rogó ansioso el intermediario.

—¿No me digas que es tu «amiga», Liam? —lo desafió observándolo fijamente. Lo reté yo también con la mirada. Quería que se diera cuenta de que no podíamos ser ni siquiera eso. Pero él me vio decidido aceptando el reto.

—Sí, es mi amiga… y no quiero que te vuelvas a meter con ella. ¿Está claro? —En la última parte observó a ese desquiciado con los ojos cargados de amenaza. Roger se quedó atónito al igual que yo.

—No hablas en serio, Liam… Tú jamás tendrías una amiga como esta… —Me señaló con desprecio.

Y dale con lo mismo. Moría por dejar marcada mi mano sobre su odioso rostro, sin embargo, sabía qué sucedería si me atrevía, por otro lado, la violencia nunca me ha gustado, no se gana nada con ella.

—¡Ahora sí! Y si quieres que todo esté tranquilo entre nosotros, aléjate de Kyana ¿comprendes? —No daba crédito, no podía creer lo que estaba escuchando. Ni siquiera me di cuenta cuando los chicos se pusieron a mi lado protegiéndome. Más amigos de ellos llegaron y pronto se hicieron dos grandes bandos. Liam me dedicó una mirada llena de disculpa, la situación se estaba saliendo de control. Tomó a Roger del hombro girándolo y se alejaron claramente molestos.

—¿Qué fue todo eso, Kyana? —preguntó Max igual de desconcertado que yo.

—Sí, Kyana. ¿Son amigos tú y Liam? ¿Desde cuándo?, ¿cómo? —Me bombardeó Sara incrédula. Los volteé a ver completamente confusa, temblando por el susto. Ese tipo estaba claramente demente.

Ray rodeó mis hombros sacudiéndome tiernamente.

—Déjenla en paz, no ven que está todavía aturdida… —me sentó sobre una toalla y esperaron a que se pasara la impresión. Roger ya me daba miedo, mucho miedo.

—¿Te sientes mejor? —preguntó Lana.

—Sí… —logré decir.

—Fue increíble cómo te comportaste con ese brabucón —me felicitó Billy. Sonreí insegura. Max puso una mano sobre mi rodilla.

 —¡Ey! Tranquila… estuvo bien lo que hiciste…

—Y lo que hizo Liam… —reconoció Annie mirando a todos.

—Sí… no esperaba que hiciera algo así… —ratificó Robert. Miraba a cada uno todavía un tanto descolocada.

—Kyana… ¿en serio son amigos? —Edwin insistió, se veía triste.

—No lo sé… —admití sinceramente.

—Él no hace esto por nadie. Al contrario, es de los que disfrutan estos eventos y si pueden, ayudan… —No sabía nada de él, pero conmigo se portaba «bien». A excepción del primer día de asesorías, no podía juzgarlo como mal tipo.

—A lo mejor está cambiando —aceptó Billy desconcertado.

—De verdad no lo creo… —reflexionó Sara.

—Bueno… eso no interesa, lo que sí, es que le salvó el pellejo a Kyana, Roger enojado se vuelve loco —dijo otro.

—Eso es cierto —aceptó Robert.

El resto de la tarde no lo volví a ver. Cuando anocheció, comenzó la música a sonar y las fogatas a iluminarlo todo. Yo ya me quería ir. No me sentía cómoda. Varios comenzaron a tomar alcohol y cervezas, se veían muy divertidos, no podía evitar sentirme ajena a todo aquello.

Permanecí sentada, un poco callada y observándolos. Parecía que estaban en una gran celebración en la cual yo no sentía ganas de participar. Cuando todos bailaban, le avisé a Annie que iría a dar un paseo por la playa.

Varios metros después, ya no escuchaba todo el barullo de la fiesta. Me senté frente al mar y dejé que mis pensamientos volaran. No parecía que llevaba dos semanas ahí. En mi vida anterior todo era tan similar cada día… Ahora no sabía cómo actuar. Existían ocasiones en que no me reconocía. Quería a Jane o Raúl junto a mí… como siempre fue, deseaba que me abrazaran y me dijeran que todo estaría bien, que esas sensaciones tan extrañas pasarían pronto… No estaban y yo, me sentía muy sola…

Liam me desconcertaba, ante él temblaba cada fibra de mi ser, me jalaba de una forma anormal, no comprendía mi cuerpo y mucho menos mi mente cuando se trataba de él. Roger me odiaba de forma gratuita y ahora presentía que debía cuidarme de su locura todo el tiempo. Mis nuevos amigos despreciaban a ese chico por el que mi esencia reaccionaba sin el menor incentivo. Estaba en un lugar nuevo, con gente nueva, con sensaciones nuevas y ya nada parecía que volvería a ser como solía, yo misma ya no me sentía igual.

 Lágrimas comenzaron a escapar de mis ojos sin poder evitarlo. Hundí el rostro entre las rodillas que rodeaba con mis brazos y me dejé llevar por la nostalgia. Aborrecía no tener el control de las cosas, era desquiciante ser tan novata en todas esas extrañas emociones.

—¿Estás bien? —salí de mi escondite ya sin asombrarme por su presencia ahí y negué honestamente.

Claro que no estaba bien y él era parte de los motivos, uno bien grande. Liam se sentó a mi lado sin esperar invitación como me empezaba a dar cuenta, era su costumbre. Sin más, rodeó mi trémulo cuerpo con sus brazos y apoyó su barbilla en mi cabeza. El gesto me tomó por sorpresa, aun así, no me moví. Estaba muy cansada como para resistirme. Por si fuera poco, su olor llegó hasta un rincón desconocido de mis pulmones, de mi mente, era embriagador, delicioso. La calidez de su pecho me envolvió y experimenté una oleada de plenitud. Mis manos cosquilleaban, mi ser quería adentrarse en el suyo. ¿Qué era todo eso? Sin embargo, seguí llorando.

No dijo nada, dejó que me desahogara acariciando mi espalda cariñosamente al mismo tiempo que yo sollozaba sin poder parar. Sabía que debía alejarme, con él sonaban campanas de alerta en mi cabeza todo el tiempo, lo extraño era que mi cuerpo no me respondía, me sentía demasiado segura, peligrosamente feliz a su lado. Después de unos minutos el llanto cesó y me separé con las mejillas húmedas.

—Kyana, siento lo que sucedió en la tarde…

—No es tu culpa… —admití con voz quebrada. Sin poder verlo venir, él acercó una mano hasta mi rostro y me limpió las lágrimas tiernamente con las yemas de sus enormes dedos. Me sentía presa de un embrujo. Dios, cada poro de mi ser lo sentí tensarse. La música de olas al chocar con la arena, se escuchaba a un par de metros, no había más luz que la de la luna y algunos faroles a lo lejos. Helaba, sin embargo, no lo sentí, ni eso, ni nada, solo su presencia, su cercanía, sus ojos fijos en mí, sus labios entre abiertos dejando salir de su interior un aliento cálido, fresco.

—Kyana… no sé qué me pasa contigo… —confesó perdido en mi mirada, demasiado cerca de mi rostro.

Y como envuelto en un trance, se acercó lentamente, con miedo. No podía moverme, aun sabiendo muy bien lo que haría. Dejó de limpiarme la mejilla, colocó su mano en mi cuello, con la otra empujó mi espalda hasta él, poco a poco, con suavidad. Contemplaba mi boca y mis ojos cada segundo. De pronto, sentí sus labios fuertes rozando los míos, cerré los ojos dejando de respirar. Su aliento era caliente y agradable, su boca tierna y me besaba con suma delicadeza, como si temiera hacerme daño, con ese inocente gesto.

Primero uno de mis labios, luego el otro. No tenía idea de cómo responder. Obvio no era mi primer beso, ya tenía un repertorio no tan largo, pero decente. Aun así, debo confesar que la mezcla de alientos y fluidos terminaba provocándome ganas de no repetirlo. Sí, ya sé que suena ridículo, pero es verdad. Por otro lado, era bien consciente de que ninguno fue deseado, se dieron porque después de una cita era la forma de cerrar la noche. En cuanto entraba a casa me limpiaba la boca y decidía olvidarme del chico y el evento.

Con él… con él era tan distinto. Con él era necesario, urgente, placentero, excitante y emocionante. Hundió su mano en mi cabello revuelto por el viento y continuó dándome pequeños roces sutiles, con sabor a seda, respirando mi aroma con cada probada, dejando salir su aliento con cada asombroso beso. Se sentía bien… muy bien en realidad.

Las hormigas corrían como locas dentro de mí. Comenzaba a sentirme mareada por la falta de aire en mis pulmones. Intenté igualar la manera en la que él acariciaba mis labios, necesitaba corresponderle. Sonrió sobre mi boca posando su frente sobre la mía. Abrí los ojos, me miraba como nunca nadie me había observado, parecía venerarme. Estaba abatido, confundido y a la vez ¿contento?

—Moría de ganas de hacer esto —susurró con voz ronca y enseguida volvió a acercarse para rozar de nuevo mi boca, parecía extasiado. No hablé. Era tan nuevo todo aquello, tan irreal… me volví a morder el labio presa del nerviosismo al que me sometía su presencia, su cercanía y… lo que acababa de suceder. Liam sonrió ante mi gesto separándose unos centímetros de mí—. ¿Tienes una idea de cómo te ves cuando haces eso? —indagó sacudiendo la cabeza. Rápidamente me detuve negando sinceramente. Las palabras por mucho que intentaba, no llegaban, sentía la boca seca, la garganta rasposa, la mente en blanco—. Pues… te recomiendo que no lo hagas con todo el mundo, porque te juro que les va a ser muy difícil resistirse…

Necesitaba respirar de una vez, no quería caer inconsciente frente a él, sería bochornoso. Me separé un poco más de su cuerpo, llenando mis pulmones del, tan anhelado, oxígeno. Recargué mi barbilla sobre mis rodillas perdiendo la vista en el mar, necesitaba despejar un poco mi cabeza, sentía que me había revolcado una ola y no lograba sobreponerme.

—¿Te molestó lo que hice? —preguntó de repente, preocupado aunque sin arrepentimiento en la voz. Sentía su mirada clavada en mí. Él tenía las rodillas elevadas, un poco separadas y recargaba sus brazos sobre ellas con sus manos colgando.

—Kyana —recosté mi rostro de lado para poder verlo. Tomó un mechón de mi cabello y lo colocó tras de mi oreja con suma concentración—. Quiero conocerte… por favor permítemelo… —era una súplica.

—Liam… no sé… —volvió a poner su brazo sobre sus rodillas mirándome interrogante.

—Pensé que… tú también querías… —parecía decepcionado. Jamás sentí algo siquiera cercano… apenas lo conocía y ya sabía que no quería despegarme nunca más de él. Por otro lado, no quería sufrir y algo me decía que así sería si daba ese paso. No, lo mejor era dejar ir eso que surgía, aunque sabía ya me sería muy difícil pues si pudiera describir esos estanques plateados posados sobre mí, lo único que podría decir sería que era celestial sentirse presa de tan enorme potencia y fuerza que emanaba, que sentía me envolvía y arropaba sin siquiera tocarme, y lo que expresaba su iris, me integraba como parte de algo… de alguien, de él.

Sin más, mi cuerpo cobró vida propia, me erguí y acerqué una mano a su rostro, insegura, tanto que temblaba. Él la tomó posándola sobre su mejilla sin soltarla. Cerró sus párpados y absorbió mi olor como si oliese una exquisita flor que estaba dejando salir en primavera su rocío, su esencia. No traía puesta la camisa, solo el bañador que le llegaba hasta las rodillas. Su cabello rubio ahora se veía más oscuro gracias a la carencia de luz, aun así, se podían observar ciertos destellos gracias a la luz de la luna reflejada en su cabeza. Sus músculos se adivinaban tensos, torneados y sus rasgos eran tan masculinos y únicos que dejaban a quien fuera sin aliento. Sí, a mí también. Sentí de nuevo la boca seca.

—Hueles muy bien… —sonreí con timidez. Abrió los ojos y me miró dulcemente.

—Liam… no sé qué hacer… no sé qué decir… —confesé. Besó mi mano manteniéndola ahí cuidando de mi dedo, era tan suave su forma de tocarme que lograba dejarme peor, más perdida, más… atontada.

—Nada… solo déjate llevar, por favor —sentí la necesidad de morderme de nuevo el labio, logré evitarlo.

—Es que…

—¿Qué, Kya? —Levantó mi barbilla acercándome a su maravilloso rostro—. Sé que tú también sientes lo mismo que yo cada vez que te toco, lo he visto en tu rostro, esto es… inevitable —El hecho de que me llamara igual que mi madre me confundió aún más. Quité delicadamente mi mano de su mejilla y giré para poder tomar aire de nuevo. Cuando sentí que mis pulmones respiraban otra vez con normalidad, lo volví a ver.

—Esto no está bien —murmuré.

—Por favor, no me alejes… no me ignores otra vez —lo decía con miedo.

—¿Ignorarte? —¿de qué hablaba?

—Sí… así has actuado desde el primer día y eso solo ha logrado que no consiga sacarte de mi cabeza desde ese momento —No entendía nada, solo hice lo que pidió y bueno, tal vez exageré un poquito, pero… —. Sé que yo te lo pedí…, fue un gran error… El primer día te evalué para verificar si realmente lo cumplías, por más que te miraba en clase, jamás volteabas, así continuaste… Cuando Roger te lastimó, le reclamaste obviamente molesta, pero no dejó de asombrarme… Al verte aparecer en las tutorías, no lo pude creer, pensé que el profesor Laurence entraría en cualquier momento diciéndome que solicitaste tu cambio… No fue así, te plantaste frente a mí decidida y no mencionaste el evento. Tus actitudes me desconciertan todo el tiempo —Jamás hubiera pensado algo así. Volvió a acomodar un cabello rebelde tras mi oreja y suspiró evaluándome—. El primer día que me porté como un… pedante y te exigí hicieras como si no nos conociéramos, me pusiste en mi lugar… Sé que se escucha pretensioso, odioso, lo cierto es que no estoy acostumbrado a esas respuestas.

—Yo no quería sonar… —silenció mi boca colocando un dedo sobre mis labios.

 —Lo sé, reaccionaste. Aquí nadie es así… Te veía reír con tus amigos muy divertida en el almuerzo y me intrigaba… Yo… conmigo… no ríes… —De verdad lo frustraba. Arrugó la frente como recordando mientras decía todo aquello de lo cual yo no tenía ni la menor idea.

—Liam, es solo que… —Se acercó a mí y sin darme tiempo de terminar, volvió a rozar mis labios. El puro contacto me dejó casi hiperventilando. ¡Guau!

—Lo siento, no puedo evitarlo —aceptó apenado—. Me atraes como si fueras un imán, no logro controlarlo —permanecimos en silencio mirándonos. Su cabello se despeinaba con el aire, se veía tremendamente sensual, impresionante.

Minutos más tarde, tal vez horas, no tengo idea… una brisa fría acarició mi piel que nada más estaba cubierta por un bañador que tapaba mis moretones y una pequeña falda de mezclilla. Ya no se escuchaba la música. Eso rompió el hechizo bajo el que me tenía presa. Se dio cuenta de que comenzaba a preocuparme. Ya regresaba de nuevo mi «yo» aprensivo que al parecer él mandó de paseo con su sola presencia sin la menor dificultad. Se levantó tendiéndome la mano. Acepté abrazándome por el frío que de pronto sentí. Sacó su móvil del short y miró la pantalla.

—Te llevo a casa.

—¿Qué hora es? —Ya titiritaban mis dientes. Rodeó mi costado frotándome para que entrara en calor, lo observé de reojo atolondrada. La sensación fue muy extraña y demasiado familiar al mismo tiempo. Siendo sincera me encantaba, era tan grande que además sí cubría mi cuerpo del aire que soplaba.

—Más de medianoche —me sentía muy bien a su lado. Era una emoción única, demasiado desconocida. Maravillosa en realidad.

—¡Maldición! Quedé en llegar a las doce —Mi madre no solía regañarme si se me retardaba, sin embargo, sí se preocupaba. Caminamos juntos hasta donde fue la fiesta—. Debo ir por mis cosas… —susurré de pronto alarmada. Besó mi cabello, claramente divertido por mis reacciones. Para Liam parecía de lo más natural.

 —No te preocupes, vamos al auto y yo voy por ellas, ¿de acuerdo? —estaba muriéndome de frío, no me había dado cuenta en qué momento bajó de esa forma tan abrupta la temperatura y por otro lado, no quería que nos vieran juntos. Comenzarían los chismes, las preguntas.

Su camioneta no se hallaba lejos. Prácticamente ya no había coches en el estacionamiento. Me ayudó a subir y me ofreció una sudadera que sacó de la parte trasera.

—Póntela, te ayudará a entrar en calor… Ahora vengo —rozó mis labios de nuevo con asombrosa confianza, como si lo hiciera a diario y desapareció. Cerré la puerta aún ruborizada y me la puse enseguida. Sentía las piernas heladas y mucho sueño. De pronto recordé que él no sabía cómo era mi bolso, ni nada de lo que llevaba. Lo esperé inquieta dentro del auto preguntándome una y otra vez ¿En qué clase de locura me estaba metiendo?

A los diez minutos apareció y me dio mis cosas.

—¿Cómo supiste? —indagué con la boca abierta. Se encogió de hombros indiferente.

—Digamos que… soy observador —Ya traía una playera encima y se había puesto unas sandalias. Prendió el motor y manejó de prisa. Saqué de mi bolso el celular, no tenía ni una llamada perdida. Solo un mensaje de Max.

 «Siento lo que sucedió en la tarde, no te preocupes, comprendemos que te hayas ido, descansa». Sonreí más tranquila.

—¿Alguna novedad? —preguntó girando a la izquierda.

—No, solo un mensaje, de mi mamá nada…

—Un mensaje…

—De Max, pensó que había regresado sola a casa por lo que pasó en la tarde —De pronto se puso serio.

—Con razón…

—¿Estaban ahí?, ¿vieron que las tomaste? —soné más preocupada de lo que en realidad me sentía. Él negó.

—Nadie me vio, no te asustes, no saben que estamos juntos.

—No quise decir eso… —Me disculpé mirándome las manos.

—Lo sé, Kya… Eso es una de las cosas que me gustan de ti —fruncí el ceño sin comprenderlo.

—¿Te gusta que me preocupe?

—No, me gusta que no quieres decepcionar a nadie, tienes un sentido de la lealtad bien arraigado… Eso es raro ¿sabes? —Ya estábamos frente a mi casa, el auto de mamá no estaba. Suspiré aliviada. Apagó el motor y se incorporó al mismo tiempo que desabrochaba su cinto de seguridad para después aflojar el mío.

—Llegaste sin contratiempos —guiñó un ojo, orgulloso.

—Sí, gracias —volteé para abrir, me detuvo tomando mi rostro por la barbilla con una de sus manos.

—Espera… —lo miré nerviosa mordiéndome el labio nuevamente. Se acercó de inmediato y me besó sin que lo viera venir. Comenzaba a acostumbrarme a su roce; era ardiente y tierno, me besaba con tranquilidad y paciencia, como si intentara alargar el momento lo más que pudiera—. Tenemos una conversación pendiente… —murmuró sobre mi boca. Me alejé al instante angustiada, sabía que mi madre podría llegar en cualquier momento y no quería contestarle todo un interrogatorio que estaba segura haría si lo veía. Liam sonrió comprendiendo—. Tranquila, sé que ya es tarde. Mañana te marco, ¿de acuerdo?

Arrugué la frente desconcertada. ¿Bromeaba?

 —Pero… no tienes mi número.

Elevó los hombros despreocupado.

—Me marqué de tu celular hace una rato y… ya lo tengo —sonreí impresionada, no tenía código de seguridad para bloquearlo, así que no era difícil.

—Eres increíble

—¿Creías que te me ibas a escapar tan fácilmente de nuevo? Eres muy escurridiza, Kya. Créeme que no me vuelve a suceder, contigo debo ir un paso adelante y eso… me gusta —rodé los ojos.

Él salió rápidamente y antes de que pudiera abrir, ya estaba ahí sujetándome del brazo para ayudarme a bajar de su alto todoterreno. No estaba acostumbrada a todo aquello; sin embargo, no me desagradó, como siempre pensé que sucedería. Al contrario, me gustaba saber que se preocupaba, que le importaba. Tomó mis cosas y me acompañó hasta la puerta. Todo eso era tan raro, me sentía torpe y muy nerviosa.

 Abrí la puerta concentrándome muy bien en meter correctamente la llave a la primera. Prendí las luces y regresé. Me observaba de una forma que me dejaba sin aliento, traspasaba mis barreras sin siquiera notarlas, arrastrándolas a un lado como si fuesen hojas endebles, que no le impedirían jamás llegar a lo que realmente era. Iba a quitarme su sudadera cuando lo evitó. Tomó mi cintura con ambos brazos y bajó su rostro hasta el mío.

—No… quédatela…, ahora es tuya…, es mi primer regalo.

—Yo creo que no… —intenté decir. Su cuerpo tibio se fundía con el mío, su aliento suave acariciaba mi nariz agradablemente.

 —Sh… —Me acercó más a él, por lo que enmudecí de inmediato. Tragué saliva perdiéndome en sus estanques color tormenta, fijamente. No sabía dónde colocar mis manos, me sentía de lo más tonta, así que las dejé descansar sobre su ancho pecho. Sonrió ante mi gesto complacido y rozó mis labios de manera más intensa que las otras ocasiones, invadiendo mi interior sin dudarlo, con firmeza, con seguridad, con urgencia.

Increíble. Sentir su boca sobre la mía de aquella forma era placentero, inigualable, mágico. Cuando finalizó me sentía mareada, tanto, que me sujeté de su playera en lo que recuperaba la oxigenación. Era como si un huracán me mantuviera justo en el ojo y no me dejara tocar piso. Respiraba con dificultad e incluso enfocar la vista me costaba trabajo.

Sus labios eran diferentes, únicos en realidad. En ese instante, sin saber por qué, comprendí que jamás los podría olvidar, era como si nuestras bocas se adecuaran sin problemas, como si encajaran perfectamente. Con sus brazos me rodeó, dulcemente besando mi cabello.

—No sé qué me hiciste, Kyana… —pasé mis manos por su estrecha cintura sintiendo cómo el corazón se iba tranquilizando. Nos separamos sin muchas ganas—. Mañana te hablo… —dio un pequeño roce a mi boca y caminó hasta su camioneta sin agregar más. Parecía igual de desconcertado que yo. Cerré la puerta quedándome ahí, petrificada, sin siquiera poder pestañear. ¿Todo eso me estaba ocurriendo a mí?

Mi móvil sonó de repente. Lo saqué del bolso, era un mensaje: «No voy a permitir que te escapes… Descansa, Kya». Dejé de respirar un segundo, mis mejillas hirvieron con timidez. Sonreí bobaliconamente ante lo que leía una y otra vez.

Subí hasta mi habitación envuelta en una nube. Flotaba literalmente y es que no había otra forma de describir lo que ese chico generaba en mí. Me puse el pijama perdida en esa bruma deliciosa que me venía acompañando desde hacía horas. Cuando doblé su sudadera decidida a dejarla en algún sitio de mi armario, llegó su olor a mi nariz, la acerqué absorbiendo el delicioso aroma una y otra vez. Me acurruqué en la cama con ella aún entre mis manos. Me sentía… tan extraña… era como si el mundo hubiera cambiado de repente de dirección, como si miles de estrellas hubiesen explotado de repente en mi cabeza llenándola de una luz resplandeciente, cegadora, pero hermosa, demasiado en realidad. Cerré mis ojos perdiéndome en su fragancia masculina y fresca. ¿Eso sería estar enamorada? Me pregunté con una sonrisa imposible pegada en el rostro.

No supe cuando mi madre llegó, dormí profunda.

—¿Cómo te fue ayer, Kya? —Enseguida recordé la manera tan diferente en la que él lo decía y un rubor se instaló en mis mejillas. Dios, necesitaba hielo, o algo…

Por la mañana ambas despertamos más tarde de lo habitual. Nos encontramos al salir de nuestras habitaciones y sonreímos sin decir nada. Mi madre hizo panquecas y café, uno de nuestros almuerzos preferidos, aunque el café no solía consumirlo, me alteraba, cosa que no me agradaba mucho.

—Bien… estuvo divertido… y ¿a ti? —enarqué una ceja sonriendo. No era justo que la cuestionada siempre fuera yo. Tomó café nerviosa.

—Bien… muy bien.

—Llegaste tarde…

—Sí… tú estabas dormida cuando me asomé para cerciorarme de que ya estabas aquí.

—Y… Ralph, ¿qué tal? —mastiqué un pedazo de mi desayuno lleno de maple observando divertida cómo cambiaba de color su rostro tan fácilmente. Al parecer a las dos nos habían tomado por sorpresa el mismo día.

—Bien, fuimos a cenar y después a un bar… es un gran conversador —sonreí complacida. Mamá parecía tener la cabeza bastante lejos de ahí y bueno, yo igual, así que el resto del tiempo ambas permanecimos en silencio perdidas en nuestros asuntos. Era gracioso.

Más tarde ella se puso a trabajar y yo a realizar mis deberes. ¡Cómo costaba concentrarme! Su imagen no se iba por mucho que intentaba que lo hiciera, por lo mismo leía lo mismo una y otra vez. Estaba muy ansiosa. Mi cuerpo, sin comprender por qué, despertó de pronto. Tenía la certeza aplastante de que jamás podría ser la misma. Moría de ganas de que marcara, pero a la vez no quería que lo hiciera, no sabía qué decirle, cómo comportarme. Además, tenía mucho miedo de perder a mis amigos por eso… Ellos se portaron muy bien conmigo desde el primer día, no quería decepcionarlos. Por otro lado, si era realmente honesta conmigo, Liam y yo no teníamos nada en común, al contrario, nuestros mundos, nuestros intereses, nuestros gustos, eran completamente diferentes, equidistantes. ¿Qué era lo mejor? Vencida dejé mi frente sobre el libro. Mi interior era una marea de sensaciones y sentimientos que no tenía idea cómo acomodar, de cómo proceder con ellos.

Mi móvil comenzó a sonar justo en ese momento. Alcé la cabeza con los ojos bien abiertos. Las manos sudaron de inmediato como si se tratase de una alarma sísmica. Lo tomé temblorosa viendo el número desconocido en la pantalla. No pude contestar enseguida. Lo dejé sonar varias veces, sabía que era él. Conté hasta tres y me atreví.

—Hola…

—Hola, Kya… pensé que no responderías…

—Yo… bueno, eso sería lo mejor —admití con sinceridad sintiendo la sangre correr por todo mi cuerpo como si la bomba de un motor muy potente se hubiese encendido en cuanto escuché su gruesa voz. No habló por un minuto.

—¿De verdad? —preferí no contestar aquello, me sentía en serio una niña de cinco años.

—¿Qué tal tu día? —No respondió enseguida, seguramente se dio cuenta de mi cambio de tema.

—Aburrido y ¿el tuyo?…

—Haciendo los deberes.

—Más aburrido aún y dime, ¿vas a terminar pronto? —Sonaba ansioso.

—¿Por? —¡Ahg! Ya mordía de nuevo mi labio y el, ya tan común rubor, subió hasta mí al recordar lo que me dijo la noche anterior sobre esa manía que tenía.

—Quiero verte… —De pronto lo imaginé tocando a mi puerta y mi madre recibiéndolo. ¡No!, moriría de la vergüenza. ¿Qué le diría?—. Kya, ¿sigues ahí?

—Sí…

—Entonces, ¿puedo verte? —Se oía serio, su tono de voz lo delataba. Y yo… podía pensar más fríamente cuando no lo tenía cerca, así que decidí lo más sensato.

—Creo que… no es buena idea —zanjé muy segura. Lo escuché resoplar. Evidentemente no le gustó mi respuesta. Lo cierto era que no quería fallarle a la gente que se portó tan bien conmigo, pero sobre todo, no quería fallarme a mí. Siempre critiqué a los chicos que eran como él, además, estaba Roger y lo más importante: no me reconocía cuando estaba a su lado. Definitivamente era por el bien de los dos. ¿Para qué cambiar el orden de las cosas?

—Kyana, sé todo lo que estás pensando, solo dame una oportunidad, por favor… —sentí, sin saber por qué, un nudo en la garganta. ¡Dios! ¿A caso todo eso era normal? Odiaba causarle sufrimiento, lo último que quería era que pensara que jugaba con él o que lo mortificaba a propósito. Sin embargo, apenas me estaba adaptando a mi nueva vida, todo parecía ir bien, no deseaba complicarme, no era ese tipo de chicas. Digo, no era que me gustara lo fácil, pero tampoco me ponía en medio de las situaciones difíciles por mi propio pie. Y bueno, es verdad que todo el día anduve en una nube gracias a lo que sucedió la noche anterior, lo que mi cuerpo había sentido por primera vez. Sin embargo, en ese momento, creí que debía dejar de soñar.

—Liam… no quiero que pienses que estoy gozando con esto, te juro que no es así…

—No comprendo, ayer fue… especial… Sé que sentimos lo mismo… —Su voz era de completa desilusión. ¿Era en serio? Mis palmas sudaban e incluso me sentía mareada. ¿Cómo era que me había metido en aquella situación absurda?

—Apenas nos conocemos… no funcionaría.

—Kya, deseé llamarte desde que desperté, si no lo hice fue por miedo precisamente a algo así —Al parecer él también era sincero, demasiado.

—Liam, esto me… asusta, compréndeme —Ya estaba, se lo había dicho y eso era una total y absoluta verdad.

—A mí también, nunca había sentido algo siquiera cercano. Me siento como un idiota, ya no sé qué más hacer, contigo no sé cómo actuar…

—¿Por qué no hablamos mañana? —Me parecía que era buena idea, creía que los dos estaríamos más serenos y habríamos pensado mejor lo que ocurría. Muy probablemente yo era un capricho y aunque me costaría un poco de trabajo, al final cada quien seguiría sus vidas, fin de la historia.

—No, Kya. Mañana vas a encontrar otro pretexto.

—No, es en serio. Escucha…

—Acabo de estacionarme frente a tu casa. Toco el timbre o sales y damos un paseo. Elige.

—¡¿Qué?! —sentí un sudor helado, mariposas volaban despavoridas dentro de mi estómago y mi mente se quedó en blanco ¡¿Estaba loco?!

—Sí, Kya. Estoy decidido y entre más te resistas más insistiré. ¿Qué no entiendes que esto es más fuerte que los dos? Tienes cinco minutos para bajar o timbro… —Me quedé fría. El muy engreído me estaba amenazando. ¡Perdió por completo el juicio! Comenzaba a preguntarme cómo era que me convertí en un imán para maniáticos—. Cuatro… —comenzó a contar con total serenidad. ¡Tarado! ¿Por qué me hacía eso? Mis alternativas eran las mejores.

—¿Qué sucede contigo?, ¡¿enloqueciste?! Liam, por favor… —hice mi último intento.

—Tres y medio —parecía muy divertido con mis reacciones. Bufé fuertemente para que escuchara. Él no me podía estar obligando, necesitaba pensar… Estaba convencida de que pronto le borraría esa sonrisita del rostro.

—Dame quince minutos, no me he bañado.

—Quince minutos… —aceptó riendo con desparpajo. ¡Idiota!

—¡Sí, quince! —grité indignada y colgué hecha una furia. Me las pagaría, en cuanto lo viera lo haría. Petulante, odioso, creído. ¡Agh!

Me duché en tiempo record, me puse un jean y una playera de manga larga blanca, mis tenis de diario, dejé mi cabello tal como estaba después del baño, solo sujetándolo con una banda negra para que no se alborotara y bueno, un poco de máscara no estaría de más. Bajé rápidamente sintiendo que en cualquier momento tocaría.

—Mamá, regreso en un rato, vinieron por mí… —grité desde abajo rezando porque no se asomara, creyendo que así ya no podría preguntarme más.

—No tardes, lleva tu celular —alcancé a escuchar.

Al cerrar lo vi. Se hallaba recargado en su enorme auto negro sonriéndome descaradamente. Mi corazón de inmediato se desbocó con cinismo, mis pulmones se alentaron y mi piel se sensibilizó imposiblemente. Conforme avancé mi voluntad fue doblegándose y mi enojo se fue esfumando, aunque no desapareció del todo. Me detuve a un metro de él dedicándole una mirada asesina, cargada de reproche, quería que se sintiera mal aunque fuera un poco. Lo cierto era que ya no estaba molesta, me sentía como un cubito de hielo, literalmente derretido gracias a los inclementes rayos del sol. Patética.

—Te ves preciosa… —Sus ojos chispeaban de una forma irreal. Sonreí en mi interior complacida. Fingí no escucharlo, pues era obvio que no le importaba en lo absoluto mi poco convincente enojo. Di la vuelta al auto para subir sin siquiera mirarlo. Me siguió, intentando ayudar, no se lo permití.

Un minuto después ya prendía el motor y arrancaba lejos de casa. Permanecí con los ojos al frente y los brazos cruzados. No dijo nada en todo el camino. Sin embargo, volteaba a verme de vez en vez. Aprendería que las cosas no funcionaban así conmigo.

Después de unos minutos y un poco de carretera, se estacionó frente a una playa donde apenas si había unas cuantas personas. La temperatura ya bajaba, aun así, era agradable el clima todavía. El mar rugía furioso sobre la arena, el cielo estaba completamente despejado. Solo el sonido de las gaviotas y las olas azotando era lo que se escuchaba.

Bajó del auto con habilidad, hice lo mismo sin esperarlo. Me quité los Converse para después caminar en dirección al océano. Necesitaba distancia, su olor ya lo sentía como parte de mi oxigeno vital y eso… no me agradaba en lo absoluto. Permanecí muy cerca de las olas observando el horizonte. Necesitaba calmarme, ordenar mis ideas, mi cabeza era un gran huracán de emociones que no lograba ponerles nombre. Respiré la salinidad propia de ese lugar una y otra vez hasta que logré erradicar su fragancia, hasta que el olor a mar se impregnó en mí nuevamente.

Minutos más tarde, giré para ver dónde se encontraba. A unos cuantos metros, tranquilo sobre una gran frazada, en un lugar con sombra, se hallaba sentado mirándome con paciencia. Resoplé con la resolución otra vez en el piso y es que era imposible. Verlo era un espectáculo, lo que sus ojos proyectaban me dejaba perpleja, con serias dificultades, incluso para pasar saliva. Me dirigí a él vencida y me acomodé a su lado.

 —Odio lo que me hiciste. No siempre te puedes salir con la tuya de esa forma —Le intenté reclamar después de un momento de silencio total.

—Lo sé… —admitió con su vista perdida en el agua que iba y venía.

—Entonces, ¿por qué?… —cuestioné bajito. No se movió.

—Porque… no pienso permitir que huyas ni de mí, ni de ti —refutó con seguridad. Abrí la boca impactada ¿Quién se creía?—. Sé que estás enojada… —reconoció jugando con la arena. Parecía ansioso, su actitud comenzaba de nuevo a doblegarme. Por otro lado, se veía demasiado atractivo con esa sudadera completamente cerrada color gris oscuro, su jean gastado y descalzo. Volví a sentir la boca seca. Percibió mi mirada y giró lentamente hasta quedar su rostro muy cerca del mío—. Kya… —acercó su enorme mano a mi mejilla con extremo cuidado. Cerré los ojos y recargué el rostro sobre su palma abierta. Okey, el enojo se desvaneció con ese simple gesto, pero ¿quién puede culparme? Ese chico despierta hasta mi última célula con tan solo estar cerca—. Sé que tienes miedo… juro que no pasará nada… haremos las cosas como tú quieras. —Murmuró quedamente. Sin más sentí sus labios sobre los míos acariciándolos decadentemente, rozándolos de forma suave, delicada. Apresó uno con cuidado, luego el otro, mientras su respiración se unía a la mía.

Todas mis defensas y argumentos se desmoronaron al sentir su sabor embriagarme, consumirme. Enredé una mano torpe en su cabello, enseguida sujetó mi cadera acercándome aún más a él. Celestial. Todas esas cursilerías que siempre critiqué hasta hartarme, comprendí de pronto por qué existían: tocaba el cielo sin dificultad. Liam me echaba a volar alto, muy alto.

—Está bien… —Me escuché decir al fin contra sus labios. A su lado sentía que nada era más importante que el hecho de tenerlo así, junto a mí. Corría la sangre por mi cuerpo a toda velocidad, mi corazón bombeaba más sano que nunca, me sentía… ¿viva?, sí, más viva que nunca. Su cabello rozaba mi rostro gracias al aire fresco que soplaba. En cuanto me escuchó se separó con sus ojos grises bien abiertos. Sus pupilas estaban dilatadas y brillaban de una forma asombrosa. ¿Todo eso podía provocar en un chico?, era irreal.

—¿De verdad?…

—Sí… de verdad. No sé si es lo mejor, pero… que pase lo que tenga que pasar, tú ganas… ya no me importa —sonreí sintiéndome feliz con mi decisión.

Supe, en ese mismo momento, que jamás olvidaría su expresión; parecía un niño al que le dieron el mejor regalo del mundo, que presenció un espectáculo sin igual o que escuchaba la más bella canción. Me abrazó gritando emocionado, su actitud arrebatada logró que los dos quedáramos tumbados sobre la cobija. No me soltó una vez recostados, por lo que recargué mi mejilla en su pecho sintiéndome como nunca antes. No me había dado cuenta de lo mucho que lo necesitaba hasta que lo tuve, así, junto a mí.

—¿Quieres que se enteren poco a poco en la escuela? —quiso saber aún con un timbre de excitación. Asentí, girándome para dejar mi barbilla sobre mis dedos entrelazados. Liam tenía ya, un brazo bajo su cabeza y con el otro jugaba con mi cabello.

—¿Te molestaría? —pregunté extasiada por sentirlo tan cerca.

—En realidad no, yo solo quiero que estés conmigo…

—Todo esto es muy extraño, Liam. Una semana atrás jamás lo hubiera pensado.

—En mi cabeza ya comenzaba a formarse la idea… —confesó sonriendo.

—No es verdad —lo regañé dándole un pequeño golpe en el pecho. Me sentía tan bien, ahí, con él. No tenía que fingir, actuar, nada, parecía que así era justamente como yo le gustaba. Increíble.

—Claro que sí, creo que fue en el mismo instante en que me pusiste en mi lugar. O antes… no lo sé —Ahora fui yo la que sonreí. De pronto recordé a mis amigos.

—¿Cómo hacemos?…, quiero decir…, ¿en la escuela? —No tenía ni idea de cuál sería la mejor manera de llevar ese asunto que tanto me preocupaba. Volvió a dedicar su atención al mechón que tenía entre sus manos, pensaba la respuesta.

—Creo que comenzaré a saludarte y tú deberías decirles que me ayudas en literatura, así comprenderán mejor el hecho de que ya nos conocíamos —Si sabían quién era mi alumno secreto, entenderían lo ocurrido el día anterior. Sí, eso era una buena idea, así poco a poco verían nuestro acercamiento y con el tiempo… bueno, comprenderían ¿no?

—Liam, tú y mis amigos no se soportan y… es obvio que yo a los tuyos no les caigo nada bien por ser… de donde soy… —colocó con ternura una mano sobre mi mejilla para que lo mirara, pues bajé la vista hasta mis dedos que jugaban con un pequeño escudo que tenía su sudadera.

—Kya, voy a comportarme como sea necesario para que se suavicen las cosas entre ellos y yo. Necesitas saber que es muy difícil que seamos amigos, pero un trato cordial de mi parte te lo garantizo. En cuanto a mis amigos, no tienen otra opción salvo respetarte, porque ahora ya no me importa nadie lo suficiente como para arriesgarme a perderte… Por último, tienes que saber que me da igual dónde naciste… me importa quién eres, lo que siento desde el día en que te conocí, eso es todo —soltó con una seguridad abrumadora, demasiado madura, firme.

Me acerqué a él presa de una necesidad primitiva y lo besé por primera vez. Respondió pegándome más, enredando una mano en mi cabello. Me dejó marcar el paso y sin saber cómo, poco a poco, me fui soltando probándolo de forma más exigente. Su lengua invadió mi interior, de repente gemí ante la sorpresa. Una deliciosa sacudida viajó por todo mi cuerpo. Sujeté su melena entre mis dedos y los hundí ansiosa. Cada vez estábamos más juntos, mis labios cada vez se abrían más al igual que los suyos. Nuestras respiraciones comenzaron a agitarse a un ritmo vertiginoso y yo ya no recordaba ni dónde me encontraba, solo era consciente de su enorme palma pegándome a su ancho tórax, de su sabor inigualable, de lo increíblemente bien que me sentía.

Sus manos tomaron mi rostro dulcemente y comenzó a bajar el ritmo hasta que nos separó. Cuando todo terminó, sentí las mejillas muy calientes, los labios hinchados. Quería más de él, mucho más. Liam me estudió serio, bajé la vista avergonzada. Eso era justamente lo que me asustaba cuando estaba a su lado. No tenía control sobre mi ser, me sentía instintiva.

—Kyana… —Su voz sonaba muy ronca esta vez. Me mordí el labio nerviosa alzando mis ojos con timidez. Acarició mi cabello acomodándolo—. No tienes una idea de lo mucho que me cuesta controlarme; jamás había sentido algo como esto… cada vez que veo tu boca ¡Dios!, no puedo evitar tener unas ganas tremendas de besarla… —Y rozó con un dedo mi labio inferior—. Quiero aprender a ir poco a poco, quiero que todo suceda a su tiempo… a tu tiempo…

—Yo también…

—Lo sé, me doy cuenta de ello y por eso lo digo. No has estado con… nadie ¿no es así?… —El hecho de que me lo preguntara tan directo me avergonzó terriblemente. Me senté de inmediato negando, viendo hacia otro lugar. Él también se acomodó a mi lado—. No quería apenarte, lo siento… Es solo que… no lo entiendo…

—¿El qué?… —quise saber aún turbada. Miraba pensativo el mar. Seguro yo ya tenía las mejillas color escarlata.

 —Eso… a mí me resultaste irresistible desde el primer momento y sé que no soy el único, ya tienes fila esperando a que cedas aunque sea un poco —No sabía si fila, por lo pronto Edwin sí quería algo conmigo; sin embargo, exageraba. Lo observé arrugando la frente con incredulidad—. Sí… es cierto, aunque es muy claro que tú ni lo registras. Estos días me percaté de que esas cosas las ignoras deliberadamente, simplemente decides no darles importancia. En serio es desconcertante… No soy celoso… —confesó mientras con su dedo delineaba círculos en la arena—. Pero… contigo… no sé… intentaré controlarlo… No me reconozco, todo esto está totalmente fuera de mi entendimiento, siento mi mundo al revés —admitió vencido.

—Liam, es cierto que no he tenido… «novio», eso no me vuelve una mojigata. Me doy muy bien cuenta si alguien quiere algo más que amistad conmigo. Lo que pasa es que estoy sola simplemente porque es algo que decidí desde hace algún tiempo… —giró interesado en lo que le decía.

 —¿Decidiste? —repitió desconcertado.

—Sí, siempre me pareció una pérdida de tiempo. Las personas van dejando de ser ellas con el afán de agradar al otro y poco a poco se van perdiendo. Por otro lado, disfruto mucho mi independencia, manejarme sin complicaciones… Todos mis amigos han sufrido por la persona con la que están, al menos una vez. Yo… no quiero que me pase eso… —No entendía la expresión de su rostro, continué—. No te puedo negar que algunos buscaron ser algo más. La verdad es que nunca quise decirles que sí, simplemente no me nacía, me daba… flojera… Pero… contigo, contigo es diferente… no sé… tú despertaste algo en mí… algo que nunca había sentido por nadie…

—¿En serio? —Parecía incrédulo y a la vez satisfecho con lo que acababa de escuchar.

—Sí… no tengo por qué mentir —Le hice ver con calma.

—No creo que lo hagas, Kya. Es solo que nunca había oído que alguien pensara así, hablas de una forma muy distinta a lo que estoy acostumbrado… Sinceramente espero poder alcanzarte…

—Exageras, es solo algo en lo que creía, ahora presiento que era solo porque no había llegado alguien que me hiciera desechar la idea —Me encogí de hombros indiferente. Sujetó con suavidad mi rostro y volvió a rozar mis labios tomándome de improvisto. Eso no tenía comparación con nada en el mundo, me encantaba, podía volverme adicta a ese roce, a su piel sedosa sobre mi boca, a su aliento mezclándose con el mío.

—Tendré mucho cuidado contigo, creo que eres demasiado peligrosa para mí —fruncí el ceño, se carcajeó—. No te extrañes, es la verdad, creo que nunca te querré dejar ir.

—Eso ya lo veremos, a lo mejor con el tiempo ya no… —¡Dios! No podía terminar la frase, no me gustaba pensar que no pudiera estar ya en mi futuro.

—Sé que no va a ser así, Kyana… Presiento que será al revés.

—¿Al revés? —¿Estaba loco?, ¿en qué mundo yo podría dejarlo? Me tenía comiendo de su mano en menos de una semana. Lo extraño era que se notaba genuinamente inseguro y eso sí que me parecía aún más difícil pues si algo yo sabía, era que los chicos como él, nunca sentían miedo al rechazo, eran demasiado soberbios, poseían demasiado ego.

—Sí… al revés —torció la boca pensativo. Esa expresión en sus ojos me erizó. Miré de nuevo el horizonte, deteniendo mi atención en el agua que se mezclaba con el cielo azul, él hacía lo mismo.

—Si tú lo dices —No quería insistir, debía tener sus razones, aunque la verdad era que no lo entendía. Decidí cambiar de tema, no lo conocía aún y no me apetecía presionar, no tenía ni idea de cómo funcionaba su cabeza—. ¿Sabes?, me encanta el mar, en… Los Ángeles solía salir a caminar y dejarme llevar… La arena en mis pies es… relajante; siempre quiero vivir donde esté cerca el océano, me calma, me da seguridad —sonreí sin verlo mientras hundía los dedos en la ya fría arena.

—Tienes un cabello muy brillante y… suave… Me gusta, me gusta mucho—anunció sin más mientras lo acariciaba deleitándose. Sonreí con timidez, me observaba con deseo, podía sentirlo—. Kya… ¿Por qué se vinieron a vivir hasta acá? Es muy lejos, ¿no crees?

—Mi madre… la ascendieron y el puesto era aquí.

—Y… ¿no pensaste en quedarte?

—Bueno, sí cuando me lo dijo… Lo cierto es que jamás le haría algo así, si yo no hubiera cedido, ella no habría aceptado.

—No imagino lo que debiste sentir. No podría irme, terminar en otro lugar mi último año… mis amigos, el equipo, todo y ahora… definitivamente menos contigo aquí —admitió con seriedad. Sonreí al escuchar lo último. Era demasiado tierno y me daba importancia.

—Sí… no ha sido fácil…

—¿Kya, ayer… que te encontré en la playa, llorabas por eso?

—Más o menos —admití. No iba a mentir, necesitaba que me conociera y esa era yo. Tomó mi rostro e hizo que lo mirara.

—¿Más o menos?…

—Sí, la verdad es que me asusté mucho por lo sucedido con Roger —Su rostro cambió enseguida tornándose muy serio, una vena en la base de la frente se le marcó por el esfuerzo con el que apretaba la quijada—. Además, ellos, mis amigos… han sido muy buenos, me tratan como si me conocieran de siempre, no quiero que eso cambie. Estas dos semanas fueron una locura, Liam. Me han pasado más cosas que en los últimos tres años. ¿Qué será cuando lleve el mes?

—Nada… estaremos juntos como ahora. Kya, escucha —colocó mis manos entre las suyas—; jamás he tenido que luchar por alguien… jamás me he dedicado a pensar en estrategias para atraer a una chica a mí y… tú… has puesto mi mundo de cabeza en unos días. Sé lo que sientes, sé que todo ha sido un torbellino, no eres la única y es que debes saber que has cambiado mucho más de lo que piensas la vida de los demás… —Se acercó poco a poco a mi rostro, volvió a besarme. Eran pequeños roces que me producían temblores de placer—. Tienes una boca tan suave, sabes… dulce… como un caramelo —De nuevo sus pupilas estaba dilatadas por el efecto que yo también tenía en él.

—Tú… sabes fresco —rió al tiempo que me rodeaba con un brazo—. Liam, ¿crees que es buena idea seguir con las tutorías? —Ahí estaba de nuevo mi «yo» aprensivo. Siempre fue así. Sentí que estaba empezando a perder el control de las cosas. Me erguí para poder saber qué pensaba.

—Sí.

—Pero… va a ser muy difícil… —En serio lo creía. ¿Cómo me concentraría con él a mi lado? Imposible. Me mordí de nuevo la boca nerviosa al ver su hermetismo y decisión. Enseguida notó mi gesto y eso lo ablandó, jugó con uno de mis mechones reflexionando. Parecía poner en juego toda su paciencia, no lo criticaba, yo podía ser muy exasperante en ese tipo de temas, sería un vicio difícil de quitar.

—Kya, no me pidas tanto, no ahora. No podré estar junto a ti en la escuela, me tendré que conformar con verte de lejos… —acarició mi labio inferior con su pulgar muy atento—, no podré besarte… Sé que te va a costar trabajo contarle esto a tu madre —abrí la boca para defenderme, no pude, definitivamente tenía razón. No sabía cómo se lo diría, seguro saltaría de la emoción y querría conocerlo de inmediato, pero… no tenía idea de si comprendería que todo hubiera sido tan rápido, ni siquiera yo lo entendía—. Te entiendo, iremos poco a poco, no haremos nada que pueda afectar a nadie, ¿de acuerdo?… Contigo es en serio y estoy dispuesto a ir lentamente, a hacer las cosas bien. Solo no me alejes también de ti en ese espacio, te lo suplico… —desvié un momento la mirada y regresé sonriente. Debía dejar mi aprensión de lado por esta vez.

 —Te lo tomarás en serio. Para mí es importante y creo que para ti también pasar esa materia ¿no es cierto? —asintió triunfante—. Estaremos juntos, pero si no avanzamos tendremos que dejarlo… es lo honesto —sonrió con la mirada, tenía un color de iris poco común, atípico en realidad; el gris y el verde eran igual de intensos, tanto que no sabía qué color predominaba y en ese momento además, me veía de esa manera especial que juro hiperventilaría en cualquier instante. Definitivamente ya estaba pérdida por él—. ¿Liam?

—Está bien, tienes razón. Necesito pasar esta materia, prometo poner todo de mi parte, Kya… Aunque a veces no pueda aguantar y te bese —E hizo justamente eso. Me carcajeé contra su boca.

—Eres un pesado…

—Lo sé… —estaba divertido. En medio de aquello sonó mi móvil, lo saqué del bolsillo del pantalón. Max. Evalué a Liam desconcertada y contesté. Noté que él no sabía cómo actuar.

—Max, ¡hola! —saludé nerviosa. Liam apretó la quijada, enseguida volteó al horizonte para que no pudiera ver su expresión.

—Hola, Kyana. Ayer te fuiste y nos dejaste un poco preocupados, buscamos tus cosas por todo el lugar y nada ¿todo bien? —decidí que no estaba haciendo nada malo. Comencé a jugar con los hilos que salían a un lado de la frazada, ignorando el chico que tenía frente a mí.

—Lo siento, Max, no quería preocuparlos. Es solo que con lo que pasó ya no me sentía muy… cómoda —Eso era totalmente cierto. Mi… no sabía qué éramos, reflexioné en ese momento. Bueno… Liam, continuaba perdido en el mar. Era tan hermoso: su perfil perfecto, como esculpido en piedra, su quijada fuerte, su nariz recta, su boca… su boca me encantaba, me derretía; era grande, bien delineada y muy suave. De pronto recordé que hablaba por teléfono. ¡Diablos!

—Sí, de verdad te comprendo, ya veremos cómo lo solucionamos, tú no te preocupes por nada. Kyana, me alegra escucharte bien, nos vemos mañana y hablamos. ¿Okey?

—Claro… hasta mañana, Max. Cuídate —colgué. Abrí la boca para preguntarle qué le sucedía, no lo hice, seguí jugando con el cobertor como si estuviera muy entretenida. Unos segundos pasaron cuando posó su mano sobre la mía suavemente, elevé la vista desconcertada.

 —Kyana… no sé muy bien cómo manejar esto, pero verás que lo lograré ¿De acuerdo? Sé que tendré que poder, es solo que me da miedo hostigarte, presionarte, lo que dijiste sobre las parejas, me puso en alerta… No quiero que cambies por mí para agradarme, que dejes de disfrutar lo que te gusta, deseo que estés conmigo porque quieres, porque te nace, no deseo que hagas nada que no sea así…

—Pensé que… te había molestado que fuera… Max el que habló —Me sonrió aceptando que tenía razón en mi suposición.

—Un poco, pero ese es mi problema, definitivamente no tuyo, tendré que enfrentar el hecho de que él y otros cuantos, puedan estar contigo el tiempo que yo… no puedo —bufó—. Espero esto sea rápido, quiero que todos sepan que eres mi novia para que dejen de danzar a tu alrededor —admitió mirándome fijamente. Ahí estaba mi respuesta pensé satisfecha.

—Esto a mí también me perjudica y no creo que sea fácil, Liam… Date cuenta, eres el capitán del equipo, asediado y perteneces a los más… populares. —odiaba esa palabrita, sin embargo, era cierto—. Seguro muchas han de estar detrás de ti, buscando la manera de que estés con ellas y… yo…

—Sh… No entiendo aún cómo, pero debes saber que no tengo ojos para nadie más, Kyana. Sé que me vas a mantener más ocupado de lo que jamás he estado, contigo todo es… impredecible. Te juro que no tendrás ninguna queja de mi comportamiento, te demostraré qué tan en serio va todo esto —lo decía de verdad, lo veía en sus ojos, no dudaba y lograba que yo tampoco lo hiciera. Liam tenía una personalidad arrolladora, atractiva, pero a la vez transparente.

Junto a él me sentía segura, fuerte, capaz de enfrentar lo que fuera. No iba a ser fácil para los dos esconder lo que sentíamos un tiempo, aun así, sabíamos que era lo mejor. Sus amigos tendrían que irme «soportando» poco a poco; todavía no sabía cómo podría suceder ese milagro. Y los míos tendríamos que suavizarlos. Llevaba poco tiempo ahí y no quería estropear nuestra reciente amistad. Acunó mi barbilla y me besó logrando sellar mi confianza por lo que acababa de decir.

El sol ya estaba prácticamente desapareciendo, la poca gente que se hallaba en la playa, se fue. Sentía que llevaba unos minutos ahí, eso me pasaba a su lado. Pero ya iba a anochecer. Tomé mi móvil y vi la hora. Casi era tiempo de cenar, mi madre no tardaría en hablarme.

—Nos tenemos que ir, Liam —acarició mi labio inferior con su pulgar, mientras sujetaba mi barbilla con el resto de la mano.

—Lo sé, Kya… —lo decía triste, añorando.

Sin previo aviso el deseo y necesidad por él me consumió. Enrosqué mis brazos alrededor de su cuello mientras me hincaba frente a su glorioso cuerpo. Me imitó de inmediato. Olvidé mi timidez por completo, lo acerqué más a mí, quería saborearlo, sentirlo… Respondió rodeándome por la cintura y la cabeza firmemente. Nuestros labios se movían como si supieran exactamente qué hacer. Sentí de nuevo su lengua entrar en mí, la movía explorándome ansiosamente. Esta vez la mía salió a su encuentro, lo que provocó un gemido de su parte al darse cuenta. Yo lo despeinaba un poco con una mano y me aferraba a su sudadera con la otra, lo pegaba más a mí sin poder ya evitarlo. Rodeada por él, sintiendo su gran mano enroscada en mi cintura posesivamente, escuchando su respiración agitada y sintiendo cómo intercambiamos nuestros fluidos, pensé que nada importaba, solamente él y yo. Lo que los demás pensaran era su problema, yo ya no podría volver a vivir sin sus besos, lo supe en ese instante.

Sujetó mi mano y la fue soltando poco a poco de su cabeza sin dejar de besarme. Iba bajando la velocidad sin que yo me diera cuenta. La posó en su hombro suavemente.

—Kya… —lo escuché de pronto a lo lejos, me separé a regañadientes, si no me aferraba a él, caería de lo mareada que de nuevo me sentía. Liam respiraba agitadamente, tenía los párpados aún cerrados como intentando volver a controlarse. Me tenía sujeta por la cintura. Fui sintiendo cómo su tacto se volvía más suave. Escondí mi rostro en su pecho e intenté llenar de nuevo mis pulmones. Costaba mucho trabajo. Su ancho tórax se tornaba grande y pequeño, sin lograr un ritmo regular. Mi cuerpo hervía, mis labios los sentía hinchados, las mejillas encendidas. De pronto soltó un ronco suspiro y me rodeó con ambos brazos, hice lo mismo. Recargó su pómulo en mi cabello, ambos respirábamos mejor después de varios minutos.

—¿Nos vamos? —susurró. Asentí sin tener la menor intención de moverme. Unos segundos después, me separó y nos levantamos juntos.

Sentía un descomunal rubor por todo el rostro. Tenía mucha vergüenza de encararlo, por unos minutos no supe quién era y es que cada vez que lo tenía así de cerca no pensaba, me dejaba llevar peligrosamente. Era la segunda vez que me detenía. Veía que a él también le costaba trabajo contenerse, sin embargo, lo lograba… cosa que yo no podía presumir.

Metí mis manos en las bolsas traseras del jean y viré a otro lugar. Liam dobló la frazada. Me sentía enterrada en la arena. Lo notó enseguida, con la cobija colgando del brazo, se acercó agachándose para encontrar mi mirada. Sonreía amorosa y comprensivamente.

 —Te ves tan bonita así… definitivamente eres muy peligrosa para mí, aunque lo cierto es que ya no me importa en lo absoluto. Besas delicioso… —Me guiñó un ojo intentando que me relajara. Torcí la boca en lo que intentó ser una sonrisa, eso lo divirtió y me rodeó con el brazo guiándome hasta el auto—. De verdad eres increíble —¡Increíblemente estúpida! Pensé regañándome. Poseía información sobre sexualidad, era un tema que jamás me dio miedo, pero una cosa era leer, haber tomado unos cuantos talleres. Y otra era la práctica, esa sí que era muy, muy diferente. Por fin comenzaba a entender por qué las adolescentes a las que tanto criticaba eran tan impulsivas. Si sentían un cuarto de lo que yo, cuando lo tenía cerca, ahora no solo las comprendía, también las justificaba.

Estábamos por llegar cuando se detuvo.

—¿Qué sucede? —pregunté intrigada.

—Kyana, creo que sería buena idea que les digas en la primera hora lo de las tutorías, quiero saludarte en literatura. Entre más rápido demos señales, será lo mejor —parecía que ideaba algo y eso me alertó. Aun así, asentí fingiendo tranquilidad. Pensé que ya arrancaría, se arrepintió y me besó de nuevo intensa y rápidamente. Unos segundos después dio marcha al motor de nuevo. En cuanto se estacionó, bajé sonriendo. Fui consciente de su mirada sobre mí hasta que entré a casa.

¡Dios, estaba completa y perdidamente enamorada de ese chico! ¿En qué momento ocurrió todo eso? Ni idea, lo cierto era que flotaba, volaba en realidad.

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