Provócame

 

Prólogo

Emma

 

Dicen que los hombres perfectos solo existen en los libros. Ese ha sido mi mantra desde el momento en que mi vida se vino abajo; lo único que me tenía cuerda eran esos libros que me alejaban de mi maldita realidad. Cometí muchos errores, unos que me costaron cargar con la culpa toda mi vida. Era demasiado fuerte para una chica de diecisiete años.

Cerré los ojos sintiendo cómo los gritos de mi madre llenaban mi cabeza, una y otra vez. Esto era más que una pesadilla, todo este mes había sido así. Quería salir corriendo e irme lejos, pero el dinero que tenía ahorrado no era suficiente, además, seamos sinceros, una chica a mi edad no puede vivir sola. Suspiré levantando la vista para observar a mi madre rogarle a su Dios que me perdonara y decirle a Satanás que no me llevara con él, que tenía que existir una razón divina para todo esto. La verdad era que nada podía cambiar lo que ya había pasado.

Ese trágico accidente el veintiuno de diciembre cambió mi vida, nada de lo que hiciera enmendaría las cosas. Esta era mi nueva realidad, cargar con la culpa y la responsabilidad de lo ocurrido.

—¡Deja de gritar! —le dije a mi madre. Cada vez perdía un poco más la paciencia con ella. Este era mi límite de hoy.

—No, Emma, no voy a dejar de gritar ¡esto es grave! Lo que has hecho no tiene perdón divino. Te irás al infierno junto a John, de eso no hay duda, señorita.

—Bueno, pues, espero que el infierno sea divertido porque no puedo cambiar mi realidad, el accidente ya pasó mamá ¿Qué quieres que haga? ¿Regresar el tiempo? Porque si pudiera lo hubiera hecho ¿no crees?

—No puedo creer que no te importe esto, Emma, te desconozco. No puedo tenerte en casa, no ahora. Necesito que te vayas.

—¿Qué? —dije asustada.

Tenía que ser una broma, no podía hablar en serio. Sabía que todo había sido mi culpa, mía y de nadie más. Si mamá me sacaba a la calle, me quedaría sola, sin nada ni nadie. Ahora no necesitaba esto, necesitaba ayuda para superar la pérdida que sentía en el pecho, necesitaba a mi madre, comprensiva dándome su apoyo incondicional. No puede dejarme sola… ¿o sí? Los ojos se me llenaron de lágrimas, ni siquiera tengo la edad suficiente para trabajar ¿Qué diablos cree que voy a hacer?

—¿A dónde voy a ir? —dije sintiendo las lágrimas caer en mi cara.

—No sé, habla con tus amigos o con tu primo Mark. No puedo con esto ahora, Emma.

—¡MAMÁ! —grité dejando que las lágrimas terminaran de salir de mis ojos. Sin esperar a que siguiera con su sermón de mil años, salí corriendo de mi habitación. No podía más con esto.

Tomé el teléfono marcando el número de Camilla Roth, mi mejor amiga. La conocía desde los once años, siempre había estado a mi lado y me apoyaba inmensamente. Era como si nos hubieran puesto pegamento. Un año después de eso conocimos a Anna, ahora las tres éramos un equipo.

—¿Cam? —dije, sin dejar de llorar.

—Ay, mierda. Dime que no te pegó o que enloqueció otra vez, tu mamá está fuera de control, nena.

—No pero preferiría que me pegara, sus palabras duelen mucho más que los golpes —dije, recordando el metal del cinturón de papá. Mamá realmente perdía el control.

Cam empezó una plática muy larga acerca de por qué esto no era mi culpa y cómo tenía que luchar para que las palabras de mi madre no me llegaran al corazón de manera permanente. Dije que sí a todo lo que decía, pero era demasiado tarde, mi alma estaba partida en mil pedazos y no podía hacer nada.

—¿Puedes venir por mí? —pregunté, sabiendo la respuesta.

—Llego en veinte minutos. Trae todas tus cosas, sabes que mamá te aceptará con los brazos abiertos. Deja a la vieja esa que dice que te irás al infierno, necesitas salir de esa depresión.

Ese fue el día en que tomé la primera decisión más importante de mi vida, alejarme de mi madre, de mi padre y del mundo que me rodeaba. Cam y Anna eran mi nueva familia. Terminé mis estudios, trabajando en las noches en el bar de mi primo, él corría un gran riesgo ya que era menor de edad, pero sabíamos cómo mezclarnos a pesar de las circunstancias. Ganaba bastante bien para mantenerme el primer año de universidad en Miami, ahorraba todo lo que podía y tenía una buena beca para estudiar literatura. Miami fue nuestro sueño desde los quince años, las playas eran lo que más me entusiasmaba y no podía esperar para que estos dos años pasaran volando.

No soportaba las noticias y las miradas de las personas. Como si fuera un bicho sobrenatural. Necesitaba alejarme de todo y empezar de nuevo, en un lugar donde no me conocieran.

Dos años después estaba parada frente al mar, sintiendo la arena en mis pies. El aire cálido me pegaba en la piel, como si fuera un buen día de verano. No había nada conocido, excepto por Cam y Anna.

Escuché el grito de Cam de excitación cuando metió los pies en el agua, me llamaba con sus manos muy emocionada. Anna me tomó del brazo para llevarme a la orilla. Metiendo los pies disfruté la gloria de sentirme viva otra vez, de sentirme libre.

 

 

Emma

Las personas más inteligentes no se enamoran. El amor es una debilidad, lo he visto con mis propios ojos. No es que me emocione mucho decirlo en voz alta, pero… evitaría sentirme débil a toda costa. He salido con muchos chicos a lo largo de mi corta vida y ninguno llena, ni un poco, mis grandes expectativas. Eso es culpa de los libros que leo, le crean a uno la imagen del hombre perfecto, ese hombre, como ya saben, no existe.

Me acomodé el cabello en una coleta alta, terminé de amarrar mis zapatillas de deporte, tomé la botella de agua de la nevera; hace mucho que disfrutaba correr, me hacía sentir libre el aire pegando en mi piel. Teníamos solamente un mes de estar viviendo en Florida con Cam y Anna. Florida era totalmente diferente a lo que estaba acostumbrada, el calor, las playas, las fiestas universitarias, los estudios. ¡Dios mío! Esto iba a ser una de las mejores experiencias de mi vida. Estaba feliz de dejar mi pasado atrás, tenía que superar muchas cosas y dejarlas ir.

Sabía que perder contacto con mis padres sería el primer cambio, pero también ellos fueron los que decidieron sacarme de su vida. Los errores que uno comete en la etapa de la pubertad deberían ser algo que tus padres comprendan y perdonen, pero los míos no. Ellos me mandaron directo al infierno después de que todo se viniera abajo.

Comencé a correr por la orilla de la playa con el iPod a todo volumen. La música electrónica no era de mis favoritas, pero a la hora de hacer ejercicio era la mejor que tenía. Concentrándome en la brisa marina que abrazaba mi piel, la euforia de sentirme libre y poder apreciar la playa en mi campo de visión era divino. Desde el primer día amé este lugar.

Durante media hora recorrí la blanca playa, me crucé con personas totalmente bronceadas, hombres sin camisa, mujeres en unos minibikinis y finalmente cuando mis pulmones no podían más me senté a observar las olas reventar ante mis pies.

Entré otra vez al edificio Trent, nuestro nuevo hogar. Los padres de Camila fueron muy considerados al comprarle un súper apartamento de lujo frente a la playa. De ese modo nos ahorrábamos la renta excesiva para unas universitarias como nosotras que se negaban a vivir en la residencia estudiantil. Camila siempre fue de la idea de un lindo apartamento frente a la playa y sus padres no eran de los que le negaran nada a su única y adorada hija. Los gastos de la comida normalmente corrían por los padres de Anna y una vez al mes me permitían gastar una parte de mis ahorros para hacer las compras.

Mi vida sería tan distinta sin el apoyo de ellas, quizá no tendría estudios y estaría abandonada en un refugio o algo por el estilo. Cuando mis padres me echaron y Camila vino al rescate, me sentí, una vez más, segura de estar en una casa donde no era un demonio o algo por el estilo.

Pasé saludando a Kyle, el portero del edificio. Era un viejito canso muy agradable. En tan poco tiempo y unas pláticas muy cortas, ya sentía que era parte de la familia del edificio. No conocíamos a nadie más que a la niña que vivía en el apartamento a la par del nuestro.

Absorta en mis pensamientos no me di cuenta de que una pared humana estaba justo en la línea de mi camino. Me topé con su espalda. No sentí el dolor hasta después que se alejó de mí, dándome una disculpa. Eso había sido… ¡Dios mío! El chico con el que me tropecé era la pura imagen de un Dios del sexo. ¿Por qué no lo vi antes de hacer el ridículo?

—¿Te encuentras bien? —preguntó tomándome del brazo. Una corriente eléctrica me atravesó justo donde sus dedos hacían contacto con mi piel sudorosa. Mi mirada seguía clavada en sus increíbles ojos color azul. Era consciente de la cara de estúpida que tenía puesta hasta ese momento. Era hermoso.

Intenté articular un por respuesta fallando en el intento. En lugar de darle una respuesta firme e indiferente, solté un «wow»; ahora sí era oficial. ¡Había hecho el ridículo! El chico soltó una carcajada al notar que mi mirada estaba clavada en sus abdominales. No tenía camiseta puesta. Llevaba un bañador color azul y su toalla sujetada alrededor del cuello. Las mejillas se me calentaron a tal nivel que pensé que en cualquier momento me iban a estallar.

Su cuerpo estaba bien esculpido, como esos modelos de portada que estaban tan de moda. Su brazo izquierdo completamente tatuado con flores, mariposas, un rosario y lo que parecía ser un ángel. Lo observé sin ningún descaro viendo cómo sus músculos se tensaban ante la risa que le nacía al verme tan entretenida con su cuerpo. Su cabello castaño corto lacio estaba mojado y desordenado.

—No te preocupes cariño, puedes seguir viendo lo que quieras. Para eso lo ejercito bastante, para que las chicas como tú puedan admirar lo que es bueno.

¿Esto podría ser más embarazoso aún? le di una sonrisa desviando la mirada de él. ¿Qué diablos podía responder a eso? Sin girar a verlo respondí, como la antigua Emma hubiera hecho.

—He visto mejores —dije entre dientes.

—Sí, claro, ¿subes? —preguntó cuando las puertas del elevador se abrieron. Claro que iba a subir pero no estaba segura de poder hablar sin volver a quedar como una idiota. Asentí con la cabeza entrando al pequeño espacio rodeado de espejos. Con toda tranquilidad, pulsé el botón catorce, desviando la mirada, instintivamente, a mi reflejo. Estaba con el pelo enmarañado y las mejillas rojas, por toda la actividad física; el pequeño top se ajustaba a mi cuerpo marcando los lugares donde el sudor se había acumulado. Esto era tan vergonzoso.

—¿Vives aquí? —preguntó, acariciando su labio inferior con el dedo índice. Por una milésima de segundo pensé en morder ese labio, envolver mis brazos alrededor de su cuello y relajarme ante sus caricias. ¡Diablos! Necesito encerrarme en mi habitación durante todo el fin de semana por ese tipo de pensamientos tan propios de Cam. ¿Pero qué me pasa?

—Sí, acabo de mudarme —logré articular las palabras por obra de todos los Dioses del universo. ¿Cómo podía estar tan pasmada por este hombre?

—Así que eres nueva en el edificio —dijo bastante pensativo. Le di una sonrisa afirmativa antes de bajar la mirada. Su abdomen, definitivamente, era una gran distracción.

Las puertas del ascensor se abrieron anunciando el piso catorce. Sin mirar atrás me dispuse a salir lo antes posible. Me sentía como una idiota frente a este chico, llevaba demasiado tiempo sin sentirme atraída por nadie y viene este desconocido sin camisa y me deja totalmente estúpida. Tomando una respiración tranquila salí por el umbral. Las puertas estaban a un paso de cerrarse cuando el modelo de ropa interior se interpuso en ellas tomándome del brazo.

—¡Espera! —gritó. Todos los músculos de mi cuerpo volvieron a reaccionar por el contacto de su piel—. Habrá una fiesta hoy en la noche, en el ático ¿Quieres venir?

¿Fiesta en el ático? Me tomó una fracción de segundo digerir las palabras de este chico. ¡Quería que fuera a una fiesta en el gran ático! Esa invitación me tomó de imprevisto. La antigua Emma quería decir «¡Increíble! ¿A qué hora?» pero la Emma racional y nueva pensaba diferente.

—¿Tú vives ahí? —pregunté con la boca abierta. Según había escuchado por Kyle, ese lugar era enorme.

—Algo por el estilo, vivo con mi viejo. Entonces… ¿Vienes?

Con una débil sonrisa pude ver en sus ojos la línea de súplica. ¿Me estaba suplicando que fuera? ¿Por qué? definitivamente estaba imaginando todo esto de la súplica, pero me gustaba pensar que así era.

—Vivo con mis amigas, dudo que me dejen ir sin ellas —dije, intentando rechazarlo de la mejor manera.

—Sin problema, cuantas más mujeres mejor. Las espero alrededor de las ocho. Solo tienes que presionar el cero, sube directo.

Estupefacta vi cómo se alejaba dejándome completamente idiotizada por su poder. ¡Madre mía! Ni loca iba a faltar, teníamos que ir. Me apresuré a entrar en el apartamento, dejando el iPod en la encimera. Restregué mi cara varias veces con la pequeña toallita para secar el sudor. ¡Mierda! Esto me estaba volviendo loca.

Tanto tiempo que pasé encerrada en mi mundo, no saliendo de mi realidad. Vivía encerrada en mi mundo de fantasía. Ahora resulta que viene este hombre como si lo hubieran sacado de uno de mis libros favoritos, me lo ponen enfrente y pierdo la cordura. ¿Pero qué me pasa?

—¡Vaya! alguien apesta en este lugar —dijo Anna, acercándose a la cocina—. No vayas a dejar de bañarte, puede que esta noche salgamos a Sangría.

Oh, no. Sangría era un bar en la orilla de la playa muy famoso. Con sillones rojos, luces led oscuras, vista a la playa y unas margaritas tan grandes que eran su atractivo principal. Por más que disfrutara de ese bar, sobre todo de las alitas de pollo agridulce que servían, me negaría a ir esta vez. Ir a la fiesta del ático sonaba mucho más atractiva.

—No puedo —le dije dándole un sorbo a la botella de agua. Moría de sed.

—Sigue encerrada en tu mundo, princesa, y acabarás siendo la bruja de la película.

—¿Bruja? —pregunté al borde de la risa.

—Sí, por lo amargada que te vas a poner por estar todo el día en casa.

Puse los ojos en blanco en señal de rendición. No iba a discutir nada acerca de mis preferencias. Muy en el fondo sabía que Anna prefería quedarse en casa viendo una película con una botella de vino tinto, algo que no admitiría por seguirle la corriente a Camila. En un pasado Cam y yo éramos las que hacíamos los planes. Siempre saliendo de fiesta en fiesta, armando reuniones ilegales y haciendo todo lo que no debíamos hacer.

Cuando me di cuenta lo débil que me volvía escudando mis sentimientos en el alcohol, decidí pararlo. No era alcohólica, pero encontraba un buen escape de la realidad tras las fiestas, ahora lo encontraba en los libros.

—¿Qué? —preguntó Camila entrando a la cocina—. ¿Ya está otra vez con la estupidez de no querer salir?

—Correcto —respondió Anna sentándose en la silla alta del desayunador.

—No he dicho nada, lo que ocurre es que ya tengo planes —dije con indiferencia. Las conocía a la perfección. Camila no tardaría en empezar a soltar un sermón y Anna iba a apoyarla sin pestañear. Siempre era la misma historia. Caminé hacia las habitaciones que estaban del otro lado de la cocina. No había llegado a la mitad del pasillo cuando Camila empezó a hablar.

—No me vengas con el puto cuento de que tienes una cita con Christian Grey o cualquiera de tus amores literarios —me agarró furiosa del brazo—. Déjame repetírtelo ¡Ellos-No-Existen! ¿Entendido?

Sonreí ante su comentario. Yo sabía que mis amores literarios no existen, una lástima que fuera así. Los hombres perfectamente imperfectos solo existen en libros. Solté una carcajada cuando Anna se acercó a la plática preguntando si Christian Grey era guapo. Mi querida amiga siempre vivía en la sexta luna del universo.

—Anna, querida, Christian Grey no solo es guapo —me acerqué para gritar a su oído— ¡Es un Dios del sexo!

Mi amiga soltó un chillido de excitación pidiendo los detalles de cómo lo había conocido, que por qué no les había contado mi historia. Esta chica lograba formular más preguntas que nadie, era tan curiosa. Cam puso los ojos en blanco antes de aclarar.

—¡Christian Grey no existe! —le gritó agitando la mano en dirección de mi librera—. Es otro amor literario.

—Ah, ya —se ruborizó— ¿El que le pega a la mujer?

Hice un gesto frustrada. Ellas sabían de mi debilidad por la literatura, tanto clásica como moderna. Negando con la cabeza llegué a un límite que muchas veces llego con ellas, hoy estaba en esa línea.

—Okey, ya está —tomé mi bata de baño—. Cuando dije que tengo planes no me refería a quedarme en casa a leer. Conocí a un chico y me ha invitado a una fiesta. Les iba a decir que me acompañasen.

Camila —como era de esperarse— soltó un grito, quedándose parada cerca de la puerta del baño. Por su parte, Anna estaba estupefacta, con la boca ligeramente abierta. ¡Sorpresa! No era común que viniera con la estupidez de salir con algún chico, hace mucho que evadía tener citas y hoy no era nada diferente, pero ellas no lo sabían. El chico no me invitó a salir como una cita, me invitó a una fiesta en el maldito ático, el cual moría por conocer.

—Me voy a las ocho treinta, casi a las nueve. No quiero ser tan puntual. ¿Vienen o no?

Cuando no obtuve respuesta de ninguna de ellas cerré la puerta. ¡Que se jodan! Ya sabía que cuando saliera del baño, Anna estaría arreglándose, al igual que Cam. Era algo que ninguna de las dos dejaría pasar.

Hace una semana que nos inscribimos en la Universidad de Florida, ellas tenían que comprar unos materiales para su primera clase, pero solo eso. En cambio, a mí me dejaron como cinco libros que leer en esta semana antes de empezar, por lo que en todo ese tiempo no insistieron en obligarme a salir.

Sin la ayuda de mis amigas, opté por un vestido muy Florida que compré la semana pasada. Cam aseguraba que resaltaba mi figura. Era blanco con escote profundo y una falda pequeña que llegaba a la mitad del muslo, abierta en estilo A. Coloqué los zapatos altos blancos de plataforma, perfume y unos accesorios poco llamativos. El chico era guapo, quería impresionarlo. Algo de la vieja Emma había salido a dar un paseo. Me sentía confiada, segura de mí misma. Una vez más, me sentía yo.

—¡Cam! —grité desde mi habitación—. Necesito tu…

No terminé siquiera de llamarla cuando esta entró corriendo con el delineador en la mano y el ojo a medias. Le sonreí apenada, sabiendo que la había preocupado a pesar de que tenía casi cinco meses de no tener ningún ataque. Le di una sonrisa pícara antes de señalar mi cabello.

—Ah, no, señorita. Antes de que decida si te ayudo necesito unas cuantas explicaciones. Ven, vamos a mi habitación, es más cómoda y más ¡Dios mío! —gritó cuando me puse de pie—. ¡Te has puesto un vestido!

Le lancé una mirada antes de pavonear mi cuerpo frente a ella. Me encanta sorprenderlas, de vez en cuando. Había detestado tener que cambiar de actitud, volverme alguien totalmente diferente a la que alguna vez fui, pero… bueno, no tenía opción. El dolor que ocasiona ser la vieja yo, descuidada e inmadura era demasiado para mi sistema.

Me senté en su enorme cama viendo como Anna y Cam terminaban su maquillaje. Camila había dejado claro que debía darles explicaciones, no podía quedarme callada todo el tiempo y no decirles nada. Quería que me acompañaran.

Empecé contándoles de mi salida a correr por la playa, lo cual no era sorpresa. Les conté de mi entrada al edificio y mi encuentro con el señor sin camisa, totalmente marcado, mostrando los tatuajes tribales en su hombro derecho. Omití la parte de que era en el ático y que el chico parecía un Dios del sexo, ellas no tenían por qué saber eso.

—¿Queda muy lejos el lugar de la fiesta? —preguntó Anna sin dejar de verse al espejo.

—En realidad… no, para nada, está a unos pocos metros —estaba evitando mencionar el detalle que era a seis pisos del nuestro.

Después de lo que parecía una eternidad, las chicas terminaron. Tomé el delineador de la mesita de Camila y empecé a transformar mi cara. Mis amigas se habían dispuesto a hacer maravillas con mi cabello, siempre era así. Odiaba tener el cabello más rebelde de las tres.

Anna había arreglado el de ella con una trenza, en la cual, su cabello cobre parecía tener pequeñas mechas. Por su parte, Cam tenía un pelo larguísimo color negro. A veces creía que mi cabello castaño dejaba mucho que desear.

Después de una hora, mis dos amigas indecisas, se habían probado medio guardarropas. Por mi parte estaba satisfecha y había decidido tomarme un descanso con mi nuevo amor literario y sumergirme en una historia antes de ir al ático.

 

 

Dylan

¡Pero qué diablos! ¿Acaso acababa de invitar a esa mujer a mi fiesta sin saber quién diablos era? ¡Carajo! No lo pensé hasta ahora ¿Qué pasa si es una de esas locas que hacen problema? esperaba que no lo fuera, estaba demasiado buena para ser de ese modo. No dejaba de pensar en ella desde hace cinco minutos que la dejé en su piso. Era demasiado atractiva.

Si todo salía como lo estaba planeando, sería mi chica de esta noche. Quería enterrarme en ella, dejarla jadeando y sudorosa, como estaba en el ascensor. ¡Maldición! Era demasiado excitante solo pensarlo. Me hizo perder cierta coherencia al verla agitada, llevaba una semana de no tener nada en absoluto y lo necesitaba.

—¿Qué cara Dylan? —dijo Mike, mi primo y mejor amigo.

Mi tía era muy apegada a la familia, desde muy pequeños, Mike y yo fuimos inseparables. Hacíamos todo juntos, desde ir a la escuela privada súper cara que papá pagaba, hasta las clases de kárate y fútbol americano que definirían nuestro futuro. Éramos rebeldes de profesión, según decía mi madre.

Toda mi vida soñé con ser jugador profesional, ser aclamado por muchas personas. Incluso soñaba con salir en esas malditas estampitas coleccionables; yo coleccionaba esos álbumes, con plástico, y los cuidaba como tesoros. Me había preparado toda mi vida para ese día, jugar en los Dolphins o en los Giants, mis equipos favoritos. Aunque una parte de mí deseaba quedarse cerca de casa, por papá, mi deseo más grande era largarme lo más lejos posible.

Me estiré entrando en la cocina por una cerveza, siempre después de nadar me daba una sed del demonio, más después de haber visto a esa mujer tan buena. Era bajita, delgada, con unas curvas increíbles en sus caderas, unas nalgas bien paradas y esas tetas que le quedaban a la perfección a mis manos. Quizá, no tan a la perfección, definitivamente mis manos quedarían cortas en esos pechos. Pensé en chuparlos y entretenerme en ellos. ¡Mierda! Tengo que dejar de pensar en esa cara roja llena de pequitas y esos ojos color caramelo que me tenían estúpido. Estaba demasiado excitado por ella.

—Invité a una chica nueva, se acaba de mudar al edificio, me tiene… algo distraído —dije señalando mi cabeza.

—Ya veo, ¿quieres acostarte con ella?

—Es delgada con un culo y tetas de una estrella porno profesional, pelo castaño claro y esos malditos ojos que harían a cualquier hombre ponerse de rodillas ¿Tú qué crees?

Mike soltó una carcajada, era obvio que quería acostarme con ella, quería hacerla mía durante toda la noche, transformarla en cristal si era posible y cuidarla hasta el siguiente día que la desechara. O quizá podía hacerla una de las constantes. Vivía cerca, por lo que no sería un problema ofrecerme a llevarla a casa después de tomarla en todo el apartamento, y seguramente no se quejaría. Sí, eso va a hacer ella, una constante en mi vida de mierda. Hace mucho que no tengo una de esas.

—Va a venir Tanisha —dijo Mike, viendo al suelo. Era su última conquista y las cosas habían salido muy mal. Mike era de los hombres que entregaban su corazón muy rápido, más de lo que deberían. Era un idiota por eso, siempre se lo dije.

Había aprendido con el tiempo a ser duro y hace ya seis meses que vivía su vida de soltero, lo cual me llenaba de orgullo, era demasiado hombre para cualquier mujer fácil como Tanisha. Quizá lo que necesitaba era una mujer fuerte que lo pusiera en orden, no una débil que lo engañara con otro más del equipo de fútbol.

—Ignórala y consigue un nuevo juego, uno que te haga perder el control y la deje a ella muerta de celos —dije, con una sonrisa en el rostro. Era buen consejero en estas cosas.

Observé a los empleados de papá armar la barra que estaría en el centro de la sala, donde mujeres y hombres profesionales estarían haciendo su magia como bartenders. Mike era uno de ellos, sacó el curso hace unos años y era todo un pro en tirar esas botellas al aire como si no pesaran nada.

Fruncí el ceño cuando uno de ellos dejó caer una de las tablas con más fuerza de la que a papá le gustaría, el piso de madera era carísimo para que lo maltrataran de ese modo. Se les paga para que sean más cuidadosos y no raspen nada.

—Yo que tú tendría más cuidado —dije advirtiéndole al hombre—, o tendré que pagar con tu cheque el rayón que has hecho allí —señalé.

—Lo lamento, señor —dijo el chico, encogiéndose de hombros. Me sentía mal por ser fuerte con ellos, pero era todo lo que había aprendido en esta vida. Mi padre era un hombre fuerte y de él aprendí todo lo que sé.

Tomé un baño, demasiado largo, concentrándome en la erección que se formaba al pensar en esa mujer, tenía que quitarme las ganas hasta que la tuviera hoy en la noche. Me gustaría saber su nombre para gritarlo al momento de dejarme ir por mis insistentes manos, este problema de querer tenerla tenía que solucionarse hoy. Definitivamente ella se convirtió en mi nuevo reto, uno que no podía controlar.

Me vestí, al tiempo que escuchaba gente en la parte de abajo, mis invitados estaban llegando y no me complacía darles la bienvenida. Ese era trabajo de Dan, lo conocimos cuando teníamos ocho o siete años, no estoy seguro de qué edad teníamos, sé que se la pasaba jugando en el parque solo con su perro hasta que un día Mike comenzó a hablarle.

Si me preguntan qué sería de mi vida sin ellos, la respuesta sería: una mierda. Porque después que pasara todo lo de mamá, ellos fueron mi roca, me ayudaron a salir adelante, si no fuera por ellos, Dylan McGuire no existiría.

Cuando la puerta se abrió de un ramplón, supe que alguien estaba rompiendo mis reglas. Mi habitación y la parte de arriba del ático estaba prohibida para cualquiera. Nadie de mis invitados —y cuando digo nadie es NADIE—, puede subir, a menos que sea parte de la familia. Recé con todas mis fuerzas que fuera alguien de ellos, no quería tener que echar a nadie de mi habitación a la fuerza.

—Dy —la voz de Chris me llegó repentinamente. ¡Maldición! No ella, no hoy.

—Reglas son reglas y las conoces muy bien. Es hora de bajar —señalé mi puerta.

—Pero pensé que quizá, tú y yo… ya sabes, antes de empezar a festejar, hiciéramos nuestra fiesta privada.

¡Carajo! Esa falda y ese top no eran ropa propia de una mujer, corrección, eran propias de ella. Era mi constante, siempre lista para mi llamada, siempre lista para mí. Le gustaba que le hiciera de todo, que la tratara como quisiera, incluso que la compartiera con mis demás compañeros, por esa razón ella nunca sería nada, absolutamente nada en mi vida. El día que eligiera una mujer tendría que ser una más pura que Chris, una que mis compañeros de fútbol no hubieran tocado, algo más preciado y que se diera a respetar.

Ya sé, es mucho pedir una virgen, pero una que fuera virgen del equipo de fútbol sería bueno. Una que no se la hubiera pasado restregándole su culo a todos. Hasta el momento, ninguna de las buenas tenía eso, todas estaban marcadas y pasadas. Había un par más en toda la universidad, aquellas del club de teatro o las que estudiaban leyes, había una cantidad de mujeres las cuales aún no habían sido mías y quería reclamar, pero ninguna que me dejara loco.

—Tengo invitados y no quiero perder el tiempo contigo aquí, no ahora —menos cuando tenía una amiga especial a punto de venir. Esperaba a que lo hiciera.

—Vamos, Dy, sé que quieres —dijo meneando el culo como siempre.

Recordándole las reglas a Chris, la empujé con delicadeza a las escaleras. No estaba del mejor humor con ella en estos momentos. Odiaba que subieran a mi habitación cuando este lugar era restringido, al igual que toda la maldita parte de arriba. Estaba a punto de decirle a Chris que más tarde haríamos cosas si no aparecía mi nueva conquista… cuando la vi entrar con un maldito vestido blanco, corto, enseñando esas piernas que volverían loco a cualquiera.

Había perdido el look de deportista sudada, ahora era una dama elegante paseando su hermoso trasero en mi apartamento, con un escote que se merecía un premio. Sí, definitivamente quería pasar la noche con ella.

 

 

Emma

Subimos al elevador, Camila no dejaba de preguntar en qué calle estaba el edificio al que íbamos. Con una sonrisita pícara apaché el cero, como me había indicado el señor atractivo. El elevador comenzó a subir. Los ojos de mis amigas se quedaron como platos, esperando ver a dónde las llevaba. Las puertas se abrieron, revelando un gran salón de recepción. La música retumbaba del otro lado de la puerta y las pláticas de un mar de personas, acompañadas de gritos y risas estúpidas nos llegaron a los oídos. En ese mismo momento me arrepentí de haber subido. ¿Qué diablos estoy haciendo aquí? Ni siquiera me sé su nombre, puede ser un violador o un… recordé ese cuerpo y mis reacciones nerviosas me llevaron al borde de la locura. Me giré, llamando de nuevo al elevador que no tardó ni cinco segundos en abrirse. Esto era patético.

—De eso nada —dijo Camila, con una sonrisa de oreja a oreja. Estaba emocionada—. No venimos hasta este lugar para que decidas dar la vuelta e irte de regreso a casa.

—¿Hasta este lugar? ¡Demonios, Cam! Solo subimos seis pisos en elevador. Creo que no es una buena idea. Anda vamos a Sangría.

—¡Ni loca! —respondió Anna, tocando el timbre del ático. Me quedé como piedra esperando a que el señor musculoso viniera. Pero no fue así.

Un hombre de saco negro y camisa blanca vino a abrir la puerta. Tenía la pinta de ser un camarero de alta. Pensé un minuto en cómo iba a presentarme, ni siquiera sabía su nombre. Estaba a segundos de hablar cuando el camarero nos indicó que pasáramos adelante.

El lugar no era, ni un poco, lo que había imaginado. Por alguna razón imaginé algo formal, con muebles de madera, sillones ingleses, ángeles decorando las mesas, pero no. Este lugar era tan moderno como nuestro apartamento. En lugar de paredes, la habitación estaba rodeada de ventanales, tres veces más ventanas que nuestro apartamento. Los sillones eran de un café claro y la mayor parte de la habitación estaba decorada con el mismo color mezclada con blanco y detalles negros.

La gente se aglomeraba como si estuviera dentro de un corral. Logré divisar las escaleras que llegaban a la segunda planta y sentí curiosidad. Dejé de pensar, mis movimientos estaban sincronizados con los de Camila y Anna. Me llevaron hasta un lugar que parecía ser una barra. Detrás estaban los chicos sirviendo bebidas haciendo un show total, entre ellos tres mujeres en paños menores y los dos chicos con el pecho totalmente descubierto y músculos marcados.

—¡Hoy sí te superaste Em! —dijo Cam viendo al hombre preparar un cubalibre.

—No sabía que era este tipo de fiesta —fruncí el ceño maldiciendo en voz baja, la antigua yo hubiera estado pidiendo unos chupitos para empezar la fiesta. Este lugar me recordaba a mis antiguas organizaciones.

—¡Me encanta! —gritó Anna—. Tenemos que pedir una margarita, o un mojito o quizá mejor…

Siguió mencionando todos los tragos que se le venían a la mente, ella no era como Cam y yo que preferíamos los tragos fuertes. Ella era un poco más del tipo de chica de coctel. Las chicas se acercaron a la barra, supuse que ya sabían qué pedirle al chico de los músculos marcados. Él les dio una sonrisa asintiendo lentamente, era de suponerlo, ¡estaban coqueteando con él!

Di media vuelta para buscar al chico que me había invitado a esta locura. No me di cuenta de cuán lleno estaba hasta que di media vuelta y me topé con un gran pectoral. Lo primero que capté fue el aroma a colonia, una colonia deliciosa, de menta mezclada con limón. Me fijé en la camisa de botones negra. Retrocedí algo apenada para encontrarme con un par de ojos azules. Las comisuras de sus labios se elevaron al verme. ¡Dios mío! Me estaba derritiendo.

—Me alegro de que pudieras venir —dijo encogiéndose de hombros—. Lamento que siempre tengas que chocarte conmigo de esa forma.

Me quedé perpleja aún observándolo, verlo vestido de ese modo hizo que me dieran ganas de arrancarle la ropa de un tirón. Deseaba verle otra vez esa figura marcada y bronceada. Suspiré de forma instintiva. No capté que tenía cara de idiota hasta que él comenzó a reír, tomándome del brazo para llevarme a la barra. En algún momento sentí su mano bajar hasta mi cintura.

—¡Mike! —dijo con tono amigable—. Sírvele uno especial a esta bella dama. Creo que lo necesita.

Cam y Anna giraron para encontrarse con el hombre que estaba dando órdenes al barman al que coqueteaban. Las dos se quedaron como zombis al verme con el Dios del olimpo. Creo que Zeus sería una pasa a la par de este hombre.

—Creo que no tenemos el gusto aún de conocernos —dijo Cam.

—Definitivamente no, recordaría esas piernas —dijo el Dios del olimpo. No pude evitar tensarme, por su tono de voz. Presentía que lo decía como una broma pero… bueno, no lo conocía para decir si era o no una broma.

—Si vas a tomar a mi amiga de la cintura —Cam señaló su mano que reposaba en mi vestido blanco hasta el momento relajada como una pluma—, debes empezar por presentarte.

Sentí su mano apretarse contra mi cuerpo, su tranquilidad había sido abandonada. Me soltó de un tirón. Pensé unos segundos que iba a echarnos de su casa por la boca de Camila. Anna no apartaba los ojos del hombre como si estuviera estudiando sus reacciones. Le tendió la mano con una sonrisa en el rostro.

—Dylan McGuire —Cam le devolvió el apretón de manos, como siempre, segura de sí misma.

—Camila Roth y Anna Miller, es un placer.

Dylan, me gustaba ese nombre. Le daba personalidad a su aspecto. Me encogí de hombros sabiendo que no sabía mi nombre. Ya conocía a mis amigas y yo seguía siendo una completa desconocida.

Dylan se disculpó con mis amigas, dando una pequeña excusa que me dejó algo desorientada, tiró de mí hasta las escaleras en las cuales sin pensar empezó a subirlas. No estaba segura si debía pararlo en ese momento y exigir una explicación. Sentía curiosidad así que lo dejé que me guiase a donde fuera que tenía pensado. Justo cuando creía que la primera planta era exageradamente linda, no me había dado cuenta de lo perfecta que podría ser la segunda. Tres puertas cerradas permanecían a lo lejos de mi vista, las habitaciones debían ser enormes por el espacio tan reducido de la sala familiar. Caminamos hacia el balcón. Dylan aún me tenía sostenida de la mano. Su tacto era una sensación tan fascinante, como una droga a la que podría volverme adicta.

Salimos sin decir una palabra a la pérgola. Era enorme. Un jacuzzi estaba tapado con una lona azul, tenía dos mesas de madera clara con sombrillas blancas cerradas, tres sillones blancos para tomar el sol y tres bin bags color crema. Este lugar de día ha de ser una maravilla. Casi podía imaginarme sentada en uno de esos sillones para tomar el sol con un libro en las manos y una cerveza bien fría. La excitación inundó mis pensamientos cuando lo imagine a él en traje de baño.

—De día esto es un espectáculo —dijo, viendo la noche completamente estrellada.

Un hombre entró detrás de nosotros dejando dos tragos en unas copas altas de margaritas. No estaba segura de qué podría ser. Antes de preguntar qué era eso, el camarero desapareció dejándonos otra vez completamente solos. Dylan se acercó a la mesa recogiendo las dos copas. Me tendió una dándole un sorbo a la suya.

—Me pareció una falta de respeto preguntar tu nombre frente a tus amigas.

Le lancé una sonrisa agradecida. La verdad es que a mí tampoco me hubiera gustado que lo preguntara frente a ellas. Camila me hubiera molestado durante el resto de mi vida.

—Emma O’Brien —no me di ni cuenta en que momento empecé a seducirlo, pero mi boca estaba pegada a mi bebida con los ojos puestos completamente en los suyos. Me debo ver como una estúpida. Estaba usando mis antiguas tácticas, esto era un desastre.

—Emma —repitió como si saboreara mi nombre en su boca. Resistí la tentación de tomarlo por el cabello y jalarlo hasta mis labios. Estos pensamientos eran tan impropios.

El Dios del olimpo me invitó a un pequeño choque de copas antes de llevar la suya a sus labios. ¿En qué momento me fui a topar con este hombre? Bebí otro sorbo de este delicioso manjar de alcohol. Podía sentir el Campari mezclado con el gin. Era una bomba nuclear. Agradecí que no tuviese vodka, ese sí hubiera sido un problema muy grave para mi sistema. Odiaba el vodka.

Gin, Campari, un poco de Coca-Cola Cherry y no estoy segura… —dije dándole otro pequeño trago a la copa— ¿Martini Rosso? Estoy completamente segura de que el Negroni no lleva cola de cherry —dije esbozando una sonrisa.

Lo vi abrir los ojos, como platos, mientras me observaba. Claro que sí, señor seductor, yo sabía mucho más de lo que él podía imaginar acerca de cocteles preparados. Por la reacción de su cara, sabía que no me había equivocado.

—Creo que acabo de enamorarme de usted, señorita O’Brien —dijo, dejando la copa en la mesita de nuevo—. Me gusta la cola de cherry —aclaró, acercándose aún más de lo debido. Quise gritarle que respetara mi espacio personal, pero me tenía como piedra. ¿Qué tenía él que me hacía reaccionar de modo distinto?

Su respiración se aceleró de forma fugaz, mi mirada estaba puesta sobre sus labios como si rogara tenerlos sobre los míos. Tenía demasiado tiempo de no sentirme tan tentada de romper con toda regla desde hace un año, estaba tentada a quitar la manta de niña buena que estaba intentando guardar en este lugar. Mi respiración se aceleró, nuestros pechos subían y bajaban simultáneamente agitados. La música, que antes se escuchaba lejos de nosotros, había sido remplazada por los latidos de mi corazón. Dylan se acercó de tal modo que podía sentir su respiración a centímetros de mi cara. Con dulzura tomó mi rostro acercándolo a él. ¡Va a besarme! Lo sabía, había vivido esta escena muchas veces antes, pero nunca con este deseo, esta ansiedad. Quería que me besara.

—¿Dylan? —se escuchó una voz proveniente de la puerta de vidrio—. Por fin te encuentro.

El chico salió disparado hacia atrás alejándose a una distancia considerable. Quise tomarlo de los hombros y terminar con lo que habíamos empezado. Con las mejillas totalmente coloradas, me obligué a buscar la voz que lo llamaba.

—Chris —respondió Dylan con un hilo de enfado en su voz—. ¿Qué quieres?

La mujer despampanante que tenía frente a mí me dejó con la boca abierta. Su cabello caía en perfectas ondas por sus pechos que estaban cubiertos por un bikini que no dejaba nada a la imaginación, su falda era corta de color turquesa y sus tacones tan altos que pensé que se rompería un pie.

—Cariño —dijo, sobándole la espalda mientras le lanzaba un mohín—, te extrañaba ahí abajo. Regresa conmigo. Además ¿quién es ella?

Mi respiración se logró regularizar. Puse los ojos en blanco tomando un trago de mi copa. Odio a las chicas como ella, las superficiales que creen tener el poder en todo lo que hacen. Creen que con bajarse las bragas logran tener a todos a sus pies. Por la mirada que le dio Dylan supe que así era, lo tenía dentro de sus bragas.

—Es nueva en el edificio, quería mostrarle el deck. Danos un minuto, ahora bajamos.

La chica no se marchó, en lugar de eso le plantó un beso en los labios como si ella tuviera el poder sobre él. Dylan se alejó de golpe sin poder reaccionar a tiempo. Pero yo sí estaba en camino, necesitaba alejarme de él. ¿En qué diablos estaba pensando? Conocía a los hombres como Dylan, aquellos que te usaban para una noche y luego te desechaban, aquellos perfectos para la relación que yo quería en estos momentos pero… verlo tan real molestaba sobremanera. No quería nada con nadie, no después de John, no después del accidente, no después de… no podía quedarme aquí.

Bajé corriendo las escaleras, desesperada por encontrar a Cam o a Anna. Entre la multitud divisé a Anna. La tomé del brazo anunciándole que me habían dado unas náuseas horribles, que tenía que vomitar. Como era de esperarse se mostró preocupada y quería acompañarme de regreso al apartamento. Me negué por una simple razón, el chico junto a ella estaba tan bueno que no podía hacerle esto. Después de acceder, corrí a mi habitación para calmar mis pensamientos del pasado.

 

 

Dylan

Bajé corriendo las escaleras, agitado por haberla perdido de vista ¿Pero qué le pasa a Chris? Seguramente quería morir esta noche. ¿Cómo me pudo hacer esto? El trato estaba casi cerrado. Tenía ganas de sacarla del apartamento y no dejarla entrar nunca más. Lo hubiera hecho si no fuera porque no quería escándalos y peleas, sin mencionar los gritos frustrados de la mujer.

Quería pasar más tiempo con Emma, conocerla, besarla y tomarla justo allí, en el balcón. ¡Dios! Esa mujer me tenía tan excitado. Tenía que buscar una solución para volver a verla.

Cuando localicé a Mike, estaba con las amigas de Emma. No recordaba sus nombres, pero necesitaba convencerlas que me dieran su número o que me dijera donde estaba. Necesitaba más de ella.

—¿Dónde está Emma? —pregunté acelerado, más por la carrera de querer encontrarla que por lo que provocaron las escaleras.

—No se sentía bien —respondió ella, la bajita de cabello castaño.

—¡Ni por una mierda! Ella estaba muy bien hace unos segundos —señalé la parte de arriba de las escaleras.

—¿La subiste al balcón? —preguntó Mike, sorprendido.

Bastardo, claro que la había subido. Lo único que quería era conquistarla y ponerla en mi cama esta… ¿Mi cama? ¿Pero en qué diablos estoy pensando? No he llevado a nadie a mi cama. El apartamento de papá estaba fuera de los límites del sexo, al menos en el segundo piso, el primero parecía un burdel en cada fiesta.

—Esa no es la pregunta —me giré para ver a sus amigas.

—Lo lamento —respondió la chica que colgaba del brazo de Mike —ella es así, no sabe disfrutar de la vida. Antes lo hacía a menudo, pero ahora solo… no lo hace. Déjala, de seguro la volverás a ver.

La observé unos segundos, no me diría absolutamente nada más. La estaba protegiendo ¡Maldición! Eso si no me lo esperaba, no quiero que nadie la proteja de mí. Luego me acerqué a la otra amiga, la más débil de las dos, la de cabello castaño. Le señalé la barra invitándola a un trago. Tenía otra táctica.

Después de presentarle a Dan, darle un par de buenos tragos, ya estaba hablando como perica. Eso sí había sido fácil. En menos de treinta minutos ya tenía su teléfono, su Facebook, Twitter y por supuesto la única red social que usaba, Instagram.

Le pedí su contraseña a Mike, ya me estaba viendo con cara de «¿Qué diablos Dy?», pero en estos momentos no me importaba. Nada importa cuando estás a segundos de saber quién diablos es ella a la perfección. Las redes sociales deberían ser el infierno, por eso no las tengo, no me interesa nada de nadie.

«Hasta ahora».

Me dijo mi maldito subconsciente, estaba tan desesperado por ignorar a esa voz que estaba a segundos de hacerme quedar como un loco. Pero sí, era verdad. Nunca en mi vida sentí esta urgencia de saber de alguien, de querer conocerla. Nunca pensé que fuera a necesitar que alguien me llamara estúpido por hacer estas cosas, menos con alguien tan rápido. ¡Ni siquiera la conocía!

En un pasado me hubiera quedado en la fiesta supervisando que nada se saliera de control, cuando quedaran pocos, me emborracharía hasta perder la conciencia. Era buena táctica. Esta vez no funcionó de esa manera, dejándole a Mike la responsabilidad de todo, subí a mi habitación con el Facebook de Mike abierto. Nunca pensé estar en esta situación, pero quería saber todo.

Vi sus fotos, sus estados y ¡Madre mía! Qué cantidad de comentarios acerca de libros, eso no era normal para alguien como ella, tan atractiva y sensual. Era absurdo que un ser humano leyera esa cantidad tan grande solo por placer. Leer es aburrido, ¿cómo puede?

No voy a mentir, pase más de cuarenta minutos viendo su perfil, incluso le mandé invitación desde el teléfono de Mike, necesitaba ver más de ella y la única manera era esta. Sus estados de «Nueva vida, aquí vamos» y «Miami es genial» me advirtieron que esta chica no era local y sus entradas a un bar en Virginia me decían que o le gustaba viajar hasta allí o era de ese estado.

Cuando no pude más con mi cordura, empecé a mandar mensajes como idiota. No fue hasta que tiré esa mierda al clóset que me concentré en una película marica que a mi hermana le gustaba. Intenté ignorar todo esto, era demasiado para mi sistema, estaba como loco. Necesitaba controlarme. No entendía desde cuándo me quedaba en mi habitación durante una fiesta en mi sala con universitarias medio vestidas y borrachas. Solo no podía salir, no quería, me sentía… miserable.

 

 

Emma

Me desperté con un dolor horrible de cabeza. Sabía que no tenía resaca por un solo trago, pero la mente me dio tantas vueltas anoche que me ocasionó este pequeño e insoportable dolor. Me levanté directo a la cocina, preparé café instantáneo, tomé mi libro de la semana y me senté en el balcón para disfrutar de la vista al mar. No estoy segura cuánto tiempo pasé absorta en mi lectura. Cuando acabé el quinto capítulo, me puse de pie para ver si Cam o Anna estaban despiertas. Para mi sorpresa, Anna sí estaba en el desayunador con la cabeza recostada en una bolsa de hielo. Solté una carcajada al verla con los ojos llorosos y caídos. Mi querida amiga estaba sufriendo de su resaca matutina.

—¡Sopita, por favor! —me rogó sin levantar la vista. Si algo había aprendido en mis días de fiesta era que una sopa instantánea cura cualquier mala resaca.

—Dale, yo la preparo. ¿Crees que Cam vaya a necesitarla?

Pregunté al tiempo que hervía el agua, camine a la alacena donde teníamos las sopas en cantidades excesivas, eran fáciles de preparar. Por alguna extraña razón, Anna me pidió que preparara tres sopas. Salió corriendo de la habitación y la escuché cerrar de un portazo la puerta del baño de visitas. No pude evitar soltar una carcajada. Esto no era nuevo, Anna siempre había tenido un estómago muy débil.

—¡Buenos días, buenos días! —apareció Cam gritando con su pequeño short de dormir. Su cabello estaba en una coleta alta, completamente enmarañado. Si no la conociera mejor diría que solo estaba teniendo un buen día. Pero su felicidad tenía aún los efectos del alcohol en sus venas. De otra manera no estaría riendo como lo estaba haciendo.

—¿Alguien amaneció de buen humor? —dije señalando el taburete de enfrente donde estaban servidas las sopas listas.

Cam se dirigió al baño de visitas pegando la oreja para escuchar que estaba pasando al otro lado. Soltó una carcajada a los segundos de haberlo hecho y entendí qué era lo que estaba pasando.

—Cuando termines de sacar el estómago debes apurarte y venir a la cocina. Mamá Em ha preparado sopa, y son malditamente tres ¿Dónde dejé a Mike ayer?

¿Mike? Negué con la cabeza cuando mi amiga comenzó a rascarse la cabeza como si intentara recuperar un poco de información. Cuando se dio por vencida se sentó y atacó su sopa, sin más que decir. Conocía a la perfección a Camila, había pasado un buen rato con… ¡oh por Dios!

Del cuarto de visitas salía un hombre sin camisa con el cuerpo de un maldito jugador de fútbol americano, una frase estaba tatuada en su costado izquierdo, su pantalón permanecía abierto mostrando su bóxer Calvin Klein. Negué con la cabeza cuando lo vi completamente perdido.

—Ahí estás —dijo, dándole un beso en la mejilla a Camila que seguía concentrada en su sopa.

—Ahora no molestes, Mike, es hora de la sopa. Em te preparó una, tómatela.

Mi amiga señaló una de las sopas, al tiempo que Anna finalmente abandonaba el baño. Sin decir una palabra como había indicado Cam, los tres se concentraron en la sopa que tenían enfrente. Tomé mi celular observando cómo se relajaba la partida de borrachos. ¡Oh, Dios! Algo me decía que pasaríamos el día en la piscina o en el bar de la playa.

Tenía cinco llamadas perdidas de un número desconocido, tres de Camila y ocho de Anna. Negué con la cabeza, enseñándole a Anna mi celular. Debía aprender a no ser tan sobreprotectora. Levanté la ceja en señal de «por qué tantas llamadas».

—No me mires de ese modo. Te fuiste muy enojada y el chico guapo no dejaba de buscarte por todo el apartamento. Quería que volvieras y me emocioné al ver su insistencia.

Se encogió de hombros y me volvió a ignorar. Definitivamente la sopa estaba mejor que explicarme lo que había dicho Dylan. Recordé a la rubia posando sus asquerosos labios en los de él, ella estaba haciendo lo que yo tanto había deseado. Regresé la vista a mi celular con el plan de olvidar el tema. Pero qué va, ¿cómo iba a olvidarlo? Tenía siete mensajes en WhatsApp del número desconocido.

Hey Emma, soy Dylan.

Decía el primero, seguí leyendo los seis que le seguían, algo emocionada.

Tuve que emborrachar a tus amigas para conseguir tu teléfono. Ni me preguntes el nombre de quién de las dos lo soltó primero…

No es justa la manera como te has ido. Estábamos teniendo un momento muy bueno.

¿Vas a coger el puto teléfono? Te estoy llamando.

¿Estás enojada por el beso de Chris?

¡Contesta el puto teléfono!

Como quieras, creía que eras una persona bastante agradable. Me estoy cuestionando si mis habilidades de detectar mujeres increíbles falló completamente el día de ayer.

Terminé de leer el testamento que había dejado en mi bandeja de mensajes. No pude evitar soltar una carcajada ante tal insistencia. Pobre hombre. Bloqueé el teléfono antes de dejarlo en la encimera, frente a los chicos que seguían concentrados en su sopa.

—Camila Roth —dije con mi tono de «tenemos que hablar». No podía creer que le haya dado mi número al idiota.

—No me vengas con esa vocecita cuando no sé qué es lo que hice. Así que cálmate.

—¡Le diste mi número a Dylan! —le grité.

Los tres soltaron una carcajada que me dejó estupefacta. Claro que sabían que estaba leyendo sus mensajes. Cam empezó a decir incoherencias de «se los dije» mientras Anna se ahogaba con su sopa. Por su parte, Mike repetía una y otra vez «ese es mi amigo». Negué con la cabeza.

¡Pero qué cabrones!

—No me mires así —soltó Cam—. Si me preguntaba una vez más por ti, iba a tener que jalarme el pelo, además se lo dio Anna con tal de que le presentara a su amigo.

—Estaba bastante impresionado con tu conocimiento de bebidas. Dice que descifraste lo que tenía mi trago especial.

Solté una risita, acercándome a la encimera para fulminarlo con la mirada.

—¿Trago especial? Era un Negroni simple con mezcla de Coca-Cola Cherry, eso no es nada especial.

Cam no pudo evitar soltar su carcajada escandalosa. No era ningún secreto que mi primo era barman en el bar de Virginia. Me había pasado horas con él. Me enseñaba cómo hacer varios flairs. Me enseñó que la importancia no radica en ver qué es lo que lleva un coctel, lo mejor es saber qué efecto y sabor van a tener las distintas mezclas. Me hubiera encantado que en ese tiempo, mi edad sobrepasara los veintiuno. Las historias serían muchísimo más divertidas.

—Algún día tendremos que hacer competencia para ver qué trago es el más rico —no cabía duda que mis amigas ya le habían informado de mi aprendizaje previo—. ¿Vas a llamar a Dy?

¿Qué? No, ni loca lo llamaría. Él era el típico chico del cual quería correr. Estaba en etapa de recuperación, después de una depresión muy fuerte. No podía, simplemente, olvidar todo. Él me gustaba y me gustaba mucho. Pero no podía, era regresar a algo que no quería.

—No voy a llamarlo —dije, tomando mi segunda taza de café.

—Chica, el pobre hombre estaba desesperado por encontrarte —se encogió de hombros—. Qué buena sopa —concluyó con indiferencia.

Mientras los tres se quedaban sufriendo su resaca matutina, me dirigí al baño a tomar una ducha. No estaba muy segura de cuáles serían los planes, pero yo necesitaba sol y agua. Me estaba malacostumbrando a vivir frente al mar, era toda una delicia.

Una hora después discutíamos lo que haríamos en nuestro último domingo de libertad, antes de que las clases iniciaran. Estaba muy contenta por estudiar letras en un nivel más profesional que mi adicción a la lectura.

Me coloqué un pantalón corto, el top de mi bikini rojo y acompañé a Anna al ascensor. Habían votado por la piscina del edificio. Yo estaba votando por la playa, pero perdí notablemente.

—Vas a mojar el libro —dijo Anna, señalando mi brazo donde colgaba la toalla con el libro.

Levanté los lentes de sol para fulminarla con la mirada. ¿Cómo podía pensar que iba a dejar que semejante cosa pasara? Los libros eran muchísimo más importantes que mi celular. Se encogió de hombros captando mi mirada. Lo siento Anna, pero eso jamás pasará. No iba a permitirlo.

Una parte de mí deseaba, con todas las fuerzas del mundo, que Dylan se quedara todo el día en cama con la rubia. Suponía que con ella había pasado la mayor parte de su tiempo después que yo desapareciera. No es que me gustara la idea, pero tampoco me molestaba. Era ridículo pensar en él cuando ni siquiera lo conocía. Por más que lo quisiera en la cama con la rubia, una parte de mí suplicaba que bajara, por casualidad.

El sol estaba en su máximo esplendor, la piscina se veía totalmente refrescante. Los sillones estaban vacíos igual que los privados. Me acerqué a donde estaban Mike y Cam dándose un par de besitos cariñosos. Puse los ojos en blanco. ¿Por qué siempre consigue lo que quiere? Por ahí dicen las malas lenguas, donde Camila pone el ojo está la lotería.

Aparté la manta, que servía para tapar el área, en caso de necesitar más privacidad. No creo que alguien haya sido capaz de tener intimidad a la luz del día en una de estas cosas, aunque eran demasiado cómodas y provocadoras.

—Em, pásame una cerveza —señaló una hielera, que desconocía hasta este momento. ¿De dónde la había sacado?

Sin preguntar de dónde salió la hielera, se la pasé de un tirón, destapándola con mucha habilidad. Hacer una maniobra con una lata no era lo mismo que con las botellas de vidrio. Tomé una para mí saliendo de las sombras que proporcionaba el privado. La verdad es que no tenía muchas ganas de quedarme a platicar con ellos. Tenía una sesión muy importante con mi nuevo amor literario Cage York.

Cuando sentí mi piel empezar a arder, supe que era hora de regresar al reservado. Hace menos de media hora que Cam y Mike estaban en la piscina haciendo solo Dios-Sabe-Qué. Dejando la lata en la basura, me uní a mi querida Anna. Estaba completamente dormida. Pude haber seguido con mi lectura, estaba demasiado interesante para dejarla, pero mis ojos estaban pesados. Pronto me quedaría dormida. Dejé el libro en mi pecho, como si intentara protegerlo de cualquier amenaza. Dejé que mi sueño se apoderara de mi ser, llevándome a hombres de ojos grises con un cuerpazo de modelaje.

—Está dormida —la voz que venía a lo lejos, sacándome de mi sueño. Algo me advirtió de no abrir los ojos. Me quedé tumbada en la misma posición con los músculos bien relajados para que no se notara.

—¿Dormida? Alguien debe despertarla. Lleva así casi media hora —se quejó la inigualable voz de Dylan. ¡Santo poder! Ahora definitivamente no iba a abrir los malditos ojos.

—Estás demente, hermano, llevas rogándole desde anoche ¿Qué te ha pasado? No es común en ti.

Lo escuché suspirar. Intentando mantener mi respiración lenta, dejé que mi cuerpo reaccionara un poco. La piel se me erizó, a tal punto que si estaba cerca se daría cuenta. ¡Maldición! Esto era tan vergonzoso. Además, no me ha estado rogando, qué va. Se ha estado besando con una rubia despampanante.

—Creo que tiene frío —escuché su voz aún más cerca y supe que había visto mi piel de gallina.

—Que va a tener frío, estamos casi a treinta grados —la voz de Cam me ayudó a relajarme.

Se escucharon varias risas de niños cada vez más cerca. La palabra guerra de agua me llegó demasiado tarde. Sentí el agua de sus pistolitas justo al tiempo que Camila y Anna gritaban de la sorpresa. Ellas también habían quedado empapadas. Me obligué a abrir los ojos tomando mi libro con fuerza. ¡Mierda! Escuché a la madre de los niños lanzar un par de regaños cuando me topaba con un pecho increíblemente marcado.

—¡Dylan, apártate! —grité agitando la mano— ¡Mi libro!

Los niños se alejaron corriendo y lanzando agua a todas las personas que se les cruzaban. Maldije en voz alta un par de veces más, antes de darme por vencida. Yo estaba mojada, mi libro también lo estaba. Negué con la cabeza, observando cómo destilaban las gotas de agua. ¿Cómo es esto posible? Solo tienen unas malditas pistolas.

—Oh, no. Em, tienes que calmarte —me advirtió Ann.

—¿Calmarme? ¡Malditos niños! ¿Qué, acaso no existe el respeto a los mayores? —grité para que la madre escuchara.

Intenté respirar profundo sintiendo la ansiedad de mi pecho subir y bajar. Odiaba que algo le pasara a mis bebés. El agua era lo más letal para el papel. Estaba segura de que en poco tiempo mi bebé se pondría duro y esponjado con las páginas arrugadas. ¡Demonios! Volví a maldecir en voz alta.

Me estaba costando la mitad de mi vida tener toda la colección de libros de Abbi Glines para que unos críos del demonio vinieran a mojarme la única copia que tenía de ella. Me crucé de brazos, molesta por este mal incidente.

—¿Cuál es el problema? Es solo un libro —dijo Dylan, mientras soltaba una carcajada.

Abrí los ojos como si fuera un búho. ¿Solo un libro? ¡¿Solo un libro?! Negué con la cabeza a punto de estallar. Me recordé que esa no era la mejor actitud para asumir frente a estos chicos que no conocía. Además, Cam me soltaría un sermón de lo ridícula que me estaba viendo. Con un gesto de mano me alejé a contemplar los daños. Esto era un caos. Las hojas estaban empapadas por la parte baja. La tinta no había sufrido ningún percance, para mi suerte. Estaba a segundos de levantarme para regresar al apartamento cuando escuché la plática detrás de mí.

—¿Es siempre tan difícil? —preguntó Dylan. Escuchaba la frustración en su voz.

—No, antes era muy diferente, pero —rogué que no le contara nada del accidente— … pasó algo, de lo que no puedo hablar que afectó mucho su personalidad. Los libros son su escape.

La voz de Anna al contar una parte del accidente sonó casi apagada, como si supiera que me estaba traicionando al decírselo a él. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Realmente no quería recordar nada de lo sucedido.

—¿Su escape? —dijo Cam con un hilo de frustración—. Esas mierdas la mantienen cuerda, de no ser así quizá ya la hubiéramos perdido.

Esa fue la gota que derramó el vaso. Las lágrimas corrían por mis mejillas. Definitivamente, no lloraba por el libro, lloraba por el hecho de que mis amigas entendieran esta posición. No me estaban traicionando al contar mi secreto, estaban intentando que estos dos hombres no malinterpretaran mi locura. Contuve las lágrimas. No podía darme el lujo de llorar, era tan infantil demostrar mis sentimientos.

—¿Estás bien? —la voz de Dylan me sacó de todo pensamiento coherente. Limpié mi cara sintiéndome tan estúpida. Va a creer que estoy llorando por el puto libro.

—Sí, estoy bien. Es solo que detesto perder el control y en estos momentos fue exactamente lo que pasó.

Me dio una sonrisa, tendiéndome la mano. La tomé sin preguntar nada, pensé que iba a obligarme a regresar con todos al privado, en lugar de eso, me tomó de la cintura dándome un abrazo. Sus brazos me rodearon acariciando mi espalda desnuda. El escalofrío que no debería estar sintiendo se expandió por todo mi cuerpo. ¡Santa mierda! Esta sensación debería estar prohibida.

—Respira, nena —susurró cerca de mi oreja—. Todo está bien.

Lo decía como si supiera por lo que estaba pasando. No estaba segura si en algún momento mis amigas habían abierto la boca de más. Me odié por haberle dado una impresión tan débil a este hombre.

—Ven, vamos al ático. Creo que ahí estarás más cómoda que cerca de esos niños corriendo por todos lados.

Se acercó a los demás, tomó mi bolsa, mi toalla y mi celular de la mesita. Lo secó antes de guardarlo en su pantaloneta. Nos despedimos con un gesto rápido avisando de que más tarde nos juntaríamos en el ático.

 

Emma

Nos acercamos a los ascensores sin decir una palabra, su mano aún entrelazada con la mía. Su mirada se posó en mis labios. Hasta este momento, tenía la sonrisa de estúpida satisfecha. Lo más sorprendente fue verlo a él lanzando una sonrisa de medio lado.

—Me gusta cuando sonríes —dijo guiándome al interior.

—Dices muchos cumplidos para no saber nada de mí —fruncí el ceño antes de agregar—. Solo que soy una loca.

Soltó una carcajada comprendiendo exactamente lo que estaba diciendo. Como mucho, habíamos cruzado diez palabras, y en esas diez casi nos besamos ¿Qué se supone que debía hacer yo? deseaba ese beso, quería quitarme las malditas ganas de él antes que mi cordura se perdiera aún más.

No volvimos a hablar durante ese tiempo. Cruzamos el umbral de la puerta. Había un grupo de personas limpiando todo, la casa estaba hecha un desastre. Incluso se podían ver sujetadores decorando las lámparas de la sala. Era asqueroso. Parecía un burdel de alta transformado en un lugar de adolescentes en la etapa de pubertad. Fruncí el ceño viendo tan lindo lugar destrozado.

—En una hora todo estará como nuevo. Vamos al deck.

Señaló las escaleras permitiéndome que fuera delante de él. Dylan susurró algo al hombre que tenía al lado, asintió lentamente y se retiró a la cocina. Supongo que ha de tener sed, o tal vez quiso que escondieran algo. Me negué a pensar cosas que no debía. Salí por las puertas corredizas para sentir una vez más el calor sofocante. Tenía toda la razón, este lugar era fantástico de día. Las playas habían desaparecido por completo, la única vista que tenía delante era la del azul intenso del agua, un barco que pasaba al fondo, a velocidad muy lenta, los pájaros que se sumergían en el agua pescando sus presas. Esto era un sueño.

—Me encanta —dije sin apartar la vista del paisaje—. Este lugar sería perfecto para escribir o leer.

—Es bueno también compartirlo con alguien que está loca. Nunca sabes cuándo se puede tirar del piso veinte.

Esperé un minuto a que riera o quizá añadiera que era broma. No lo hizo, se quedó pasmado viendo los veleros que navegaban sin rumbo cerca de la playa. Bajé la vista un poco decepcionada por su comentario. ¡Excelente! Ahora me creía tan loca capaz de tirarme de un edificio de veinte pisos. Solté un suspiro totalmente avergonzada y dispuesta a marcharme una vez más.

—Deberías verte la cara en estos momentos —soltó una carcajada—. Te estoy tomando el pelo. ¿Cómo crees que dejaría que hicieras semejante estupidez?

—No estoy loca —dije demasiado seria—. No es tan malo como Cam lo hace sonar solo fue un…

Me quedé pasmada cuando me di cuenta de que estaba a unos segundos de revelarle mi grave error de años atrás. Negué con la cabeza desviando la cara de él. Para mi buena suerte, un hombre de camisa blanca de botones entró interrumpiendo nuestra plática. Dejo en la mesa una botella de vino espumoso Rosa Regale. No pude evitar que mi boca se hiciera agua. Amaba los vinos dulces y, según sabía, ese era delicioso.

El hombre destapó la botella con un pequeño pum. Sirvió las dos copas hasta la mitad. El líquido burbujeante llamó mi atención aguardando mi boca. Se retiró unos minutos para aparecer con una bandeja de fresas con chocolate negro y blanco. ¿Cómo diablos sabía mis gustos en comida y bebida? Lo miré con los ojos muy abiertos. Dylan caminó en dirección a los sillones que estaban cerca de la comida. Me dio unos golpecitos para que lo acompañara. No lo pensé ni dos veces.

De haber sido Camila o Anna, de seguro ya hubieran sacado el iPhone para tomarle una fotografía al plato de las fresas con el vino. Hubieran colocado el teléfono en tal punto para capturar todo eso más la vista del lugar. «Será perfecta para Instagram», escuché sus voces en mi cabeza. Reí para mis adentros, haciéndome a la idea de lo loco que sería.

—No tengo ni la menor idea si te gusta el vino dulce, es mi favorito —se encogió de hombros—. Si quieres algo más solo tienes que pedirlo.

—¿Estás de broma? —dije sorprendida—. Me encanta el Brachetto, es totalmente mi gusto.

Gesticuló una mueca de sorpresa, antes de alzar su copa para hacer un brindis. Chocamos el cristal, sonriendo como estúpidos. Durante casi un minuto me contempló con la mirada, era incómodo. Me sonrojé cuando el señor seductor me lanzó una de sus sonrisas matadoras.

—¿Estudias? —preguntó metiéndose una fresa con chocolate a la boca. Me sentí tentada en tomar una y hacer exactamente lo mismo. No podía, me daba una pena horrible quedar con el chocolate atascado en un diente.

—Empiezo clases mañana en la Universidad de Florida, ¿tú? —pregunté dándole otro sorbo a la copa.

—Al parecer voy a tener el gusto de verte en algún momento. También estudio ahí, voy en segundo.

De todas las malditas universidades que hay en este estado teníamos que ir a la misma. Maldije para mis adentros, mientras le lanzaba una sonrisa estúpida. Bajé la vista a las fresas, una vez más, tentada. Dylan tomó una acercándola a mi boca, sobó mis labios con la fresa dejando que el chocolate se derritiera en mis labios. ¡Joder! Esto era demasiado erótico. Cerré los ojos unos minutos antes de sacar la lengua para saborear el chocolate.

Por unos segundos pensé que seguía siendo la fresa hasta que sentí una lengua lamer el chocolate de mis labios. Lentamente mordió el labio inferior mandando una oleada de placer a todo mi cuerpo. Dejé de pensar cuando mi mano libre encontró su cabello para atraerlo más cerca de mí. Nuestras respiraciones se volvieron agitadas y descoordinadas. Una de sus manos subió hasta mi cabeza, sobando con el dedo pulgar mi mejilla. Solté un gruñido ante un pequeño mordisco que le dio a mi labio inferior. Suspiré contra su boca ignorando el deseo que sentía. Mi cuerpo estaba reaccionando como nunca antes lo había hecho. Me sentía absorta en este hombre. Me tenía loca.

—Te deseo —susurró contra mis labios. Mi mano dejó de responder al agarre soltando la copa que tenía en las manos. El sonido de los vidrios quebrándose no impidió que paráramos lo que hacíamos.

Dylan me tomó con fuerza de la cintura para colocarme sobre su regazo. Lo sentí acomodarse hasta estar acostado en la silla de playa. Estaba idiotizada por este hombre. Perdí el hilo de mis pensamientos cuando sus manos jugaron con mi espalda desnuda. Quería más de él, lo necesitaba en su máxima expresión.

Me permití un momento de lucidez. Me separé un poco de su cara, que me revelaba unos ojos extasiados. El gris claro estaba llegando al negro, las pupilas dilatadas, la respiración entrecortada y la boca semiabierta. Estábamos igual de sorprendidos. Esto era demasiado para mi sistema.

—Necesitamos calmarnos —dije, intentando ponerme de pie. Él me sostuvo por la cintura sin dejarme que me moviera. Lo vi sonreír al tiempo que yo le hacía una mueca de «déjalo ir». No pude, ni él ni yo pudimos separarnos. Esto era demasiado intenso. Me recosté en su pecho desnudo plantándole un beso en su pectoral. Me pregunto si este hombre se rasura, se hace la cera o es lampiño. Quizá simplemente aún estaba en la pubertad. Levanté la vista para fulminarlo con la mirada. Su cara estaba relajada, los ojos cerrados y su respiración se había vuelto a regular. Definitivamente, él no era ningún adolescente. Sabía lo que hacía. Me volví a recostar en su pecho y sin decir más, me dejé llevar por el quinto cielo de Dylan McGuire.

—Te lo dije —escuché una voz masculina a lo lejos—. Dy se podía encargar a la perfección de ella.

La sacudida del cuerpo de abajo me sacó de mi sueño profundo ¿En qué momento me quedé dormida? Las carcajadas que conocía tan bien me llegaron despabilándome por completo. Levanté la mirada para encontrarme con los ojos profundos de Dylan. Con las manos en sus pectorales completamente marcados, salté de la silla de playa, poniéndome de pie, en un movimiento. Un dolor agudo se extendió por uno de mis pies. No sabía en qué momento había perdido el zapato. Di un pequeño brinco sosteniendo el pie en alto alejándome de los vidrios mezclados con vino que decoraban el suelo.

—¡Mierda! —maldije un par de veces más.

Escuché las carcajadas de las cuatro personas a mi lado. Cam y Mike entrelazaban sus manos en un gesto bastante romántico. Anna se sostenía el estómago con una mano y tocaba el hombro de otro chico bastante apuesto a su lado. Me tardé unos segundos en captar que era el mismo chico con el que ella bailaba ayer por la noche. Dylan llegó corriendo a mi lado. Me levantó el pie para inspeccionar qué tanto era el daño. Abrió mucho los ojos al verme la planta del pie.

—Voy a sacar el maldito vidrio. Aprieta mi espalda, cariño, si sientes mucho dolor. Esa mierda es grande.

Concentrándose en su objetivo sacó la cosa que atravesaba mi piel. Solté un grito agudo cuando mi piel reaccionó ante la cosa punzante. Dylan pidió a Mike un papel para limpiar el área ensangrentada y al otro chico —Dan— el botiquín del baño principal. Tomándome en brazos me llevó hasta otra silla de playa, lejos de nuestro desastre. Cam platicaba alegremente de cómo había terminado la guerra de agua. Al parecer Mike en un ataque de histeria, rompió una de las armas de los niños. Sonreí satisfecha. Estaba segura de que esos demonios no se atreverían a volver a mojarnos en un buen tiempo. Anna estaba ya en lo suyo, terminando con las fresas, el chocolate era su cosa favorita en el mundo.

Dylan limpió la herida con un algodón lleno de alcohol. Me negué a que siguiera con eso, le expliqué que podía hacerlo yo. El muy testarudo me ignoró y siguió limpiando. Colocó una bandita en el lugar herido plantando un beso suave, dejándonos a todos con la boca totalmente abierta. Levantó la cabeza con una sonrisa en el rostro, que se desvaneció al instante aún viendo mi pie. Su ceño se frunció inmediatamente.

—Ni una palabra —le dijo a los chicos con tono de advertencia—. No tengo ni idea de lo que acabo de hacer.

—Yo tengo una idea muy clara de lo que acaba de pasar, Dushy —Dan y Mike cruzaron la mirada un segundo antes de señalarlo—. ¡Eres un…!

—Cuidado con la boca —les volvió a advertir Dylan colocándose de pie—. Estás en mi casa. Maricas.

—Solo estábamos diciendo que es primera…

—¡Vete a la mierda!

Los tres se echaron a reír. Por un minuto creí que era una pelea seria. Cam plantó un beso en la mejilla a Mike, quien la tomó por la cintura ayudándola a esquivar los vidrios rotos. Dylan desapareció un momento por la puerta corrediza. Cuando regresó, una señora de edad media llevaba una escoba y un recogedor. Detrás de ella apareció el mismo señor que dejó la botella de vino. Esta vez trajo botellas de cerveza y otra copa llena de Rosa Regale. Los tres chicos asistían a FU, lo cual no me pareció una sorpresa hasta ese momento. Según daba a entender Dan, eran inseparables.

Cuando las señales del atardecer abandonaban toda señal naranja, y el aire fresco hacia su gran entrada, decidimos abandonar el deck. Con las quejas de Mike, Dylan y Cam, salimos del ático. Me encontraba exhausta, a pesar de la pequeña siesta en el pecho de Dy. Cam y Anna me contaban muy entusiastas acerca de sus chicos. Incluso comentaron que era la primera vez que Dylan se portaba tan atento con una chica «Mike dice que normalmente le ruegan» comentó Ann. No sé por qué se tomaban la molestia de contármelo, la verdad es que no me interesaba. O quizá me estaba engañando a mí misma. Eso era lo más probable.

 

 

Dylan

¿Pero qué me está pasando? Normalmente, me hubiera importado poco que quisiera ir despacio, la calentaría más y la tomaría justo ahí, pero sentirla de ese modo tan… vulnerable, como se acomodó en mis brazos y me hizo suspirar como un maldito necesitado. Esto era una bandera roja, tenía que ponerme atento y no dejarme engañar. ¡Dios! tenía que ser fuerte para no caer en cosas del amor. Eso no va conmigo.

Me acomodé en la butaca de Sangría, normalmente no vendría aquí un domingo por la noche. Estos lugares estaban abarrotados de gente tomándose una copa y cenando las famosas alitas de pollo, no era como un viernes o sábado, que el lugar estaría para estallar. Gente bailando como loca, el aroma a cerveza, cigarro y sobre todo sudor por todo el lugar. No, hoy era una noche de domingo común y corriente.

—Tienes que quitar esa cara, McGuire —dijo Dan, tomando su cerveza—. Solo le besaste el pie.

Me di media vuelta para verlo fijamente a los ojos. Si Mike no lo mataba por su boca de mierda lo haría yo. Dan se ha pasado toda la noche molestando a Mike de estar dominado por una chica que realmente tenía carácter, la tal Cam, o Camila, como prefería llamarla yo, tenía la atención de mi primo como nunca antes alguien lo había logrado y eso en un solo día. Sí, todo esto era demasiado rápido para todos, pero ¡Dios! Tenían ese algo especial.

Las bromas acabaron cuando le besé el maldito pie a Emma. ¡Maldición! Llevé las burlas directo a mí, no dejé que durara ni un día la sacadera de mierda a Mike ¡NI UN DÍA! ¿Cómo diablos hice eso? Esto era imposible.

Mike soltó una carcajada.

—El pie con sangre —recalcó Mike —, es como besar a una virgen después de…

—¡Ya basta! —grité antes de que completara la frase. No podía escucharla—. Ni se te ocurra decir eso.

—Tranquilo, campeón —dijo Mike dándole un sorbo a su botella—. Si en verdad te gusta Emma O´Brien, te va a costar un poco llegar a ella. Según dicen por ahí, está mal de la cabeza.

—¿Por qué lo dices?

La curiosidad creció en mí. De pensar en Emma con la reacción del libro, la manera en que se había molestado y la necesidad de decir que no estaba loca, sin mencionar la cara de miedo que hizo cuando mencioné que había que cuidar que no se tirara ¿De verdad estaba loca? No lo parecía en absoluto.

—No lo sé, hermano, solo eso es lo que contó Cam.

—Quiero las palabras exactas —dije molesto. Necesitaba saber en qué diablos me estaba metiendo.

—Relájate, McGuire, tienes que respirar. Lo que ella dijo fue que Emma tenía un pasado bastante difícil, que no era tan abierta como las chicas a las que estás acostumbrado, eso es todo.

—Pues, para mí, no se ve nada inocente —dijo Dan, con la boca llena por una alita de barbacoa que se había metido antes de hablar. Mala costumbre esa de enseñar la boca llena de comida.

La verdad era que para mí tampoco se veía tan inocente, ni cerrada. Se abrió completamente a mí con esa descripción de su trago. Aún no puedo creer que adivinara cada uno de los ingredientes, incluso supo que el ingrediente secreto era la Cherry Coke. ¿Cómo diablos? Al parecer las entradas a ese bar en Virginia eran más de lo que realmente decían.

Recordé sus labios sobre los míos, eran dominantes, como si quisiera absorber cada centímetro de mí. Recordé cómo sus caderas me provocaban y cómo mi maldito mundo se iba a la mierda. Un beso bastó para dejarme idiotizado por ella.

Su piel era suave, pero no perfecta y eso me gustaba aún más, sus pecas pequeñas en la cara y esos ojos café claro eran increíbles. Había algo en ella que me gustaba mucho, no entendía muy bien qué era. Estaba acostumbrado a las rubias, altas y bien tonificadas. Mejor llamadas porristas y del equipo de atletismo.

Me sobé con desesperación el cabello, la cabeza me estaba doliendo como el infierno y la cerveza no tranquilizaba mi ser. Esto era un caos horrible, uno muy grande, para ser verdad. No me podía estar pasando esto, sentirse atraído por una mujer era… no, no puedo caer. Mi libertad va primero.

—Hec —grité al bartender en Sangría—. Tráeme seis shots.

Mike y Dan comenzaron a reír, esta actitud de shots solo venía después de algún maldito problema familiar o tras un estrés muy grande, nunca por una mujer; pero los dos me conocían a la perfección. Necesitaba emborracharme y perder el maldito conocimiento para no sentir nada.

 

 

Emma

Después de haber pasado a Starbucks y pedir un iced coffee, nos encaminamos a la universidad. El apartamento no estaba tan lejos por lo que logré persuadir a Cam y Anna que tomáramos el camino a pie. El Starbucks estaba cruzando la calle ¿Qué mejor que tener uno frente a tu casa? Entré a mis primeras clases sintiendo una oleada de excitación, entablé conversación con casi todas las personas que estaban en la clase de literatura. Todos éramos amantes de la lectura, cada uno con su género, tan diferentes.

—Nunca he sido muy de temas clásicos —le confesé al chico que tenía al lado, Cristian. Su cabello rizado y su piel blanca no fue lo primero que me llamó la atención. Era su forma tan relajada al sentarse en su escritorio.

—Ya somos dos —concordó la chica de cabello negro al lado de Cristian—. Soy Elizabeth pero llámame Liz o Lizzie —extendió una mano para presentarse.

—Emma —le devolví la sonrisa.

—El problema no son los clásicos —señaló Cristian—. El problema va a ser el señor Roberts. Por algo reprobé su maldita clase. Lo odio.

Cristian iba en segundo año, la única clase que dejó parada el año anterior había sido literatura clásica. Liz era la prima de su novia, por lo que ya se conocían desde antes. Saqué mi laptop, colocándola enfrente de mi escritorio. El señor Roberts empezó a dar su clase, definitivamente la literatura clásica sonaba hermosa, pero el viejo Roberts la daba demasiado aburrida.

Después de dos horas de aburrimiento total, Cristian y Liz me invitaron a ir con ellos a los jardines principales. Pensé que estaríamos hablando durante una hora antes que nuestra segunda clase iniciara. En lugar de hablar como locos, nos acostamos con nuestras tabletas para sumergirnos en los primeros capítulos de Emma de Jane Austen. Agradecí inmensamente cuando asignaron el primer libro, era uno que tenía ganas de leer desde hace meses y siempre lo había aplazado. Coloqué mis gafas de sol mientras me recostaba en las piernas de Cristian, al lado de Lizzie, lo usábamos de colchón y no se quejaba, ni un poco.

—Ahí está, la rata de biblioteca —escuché a unos chicos reírse— ¿Qué pasa Crissi? Veo que ya tienes nuevas amiguitas ¿también son ratas como tú?

Soltaron una carcajada. Sentí las piernas de Cristian tensarse debajo de mi espalda y supe que estaban hablando de él. Estaba a punto de incorporarme cuando la mano de Cristian me detuvo susurrando «ignóralos» sin apartar mi vista de la tableta, puse atención a los insultos que venían de los otros chicos.

—Todos ustedes son unos raros, siempre leyendo.

—Toda la razón —dijo Cristian, apartándose las gafas de sol—. Somos más cultos y mejores personas que una partida de jugadores de fútbol americano, que lo único que pueden hacer es tocar el cuerpo de otro hombre. ¡Patético!

Elizabeth y yo nos ahogamos de la risa. Me retorcí en el suelo antes de incorporarme. El chico delante de mí era bastante grande y corpulento. Tenía el ceño fruncido, aún asimilaba las palabras de Cristian.

—Creo que sigue sin entenderte ¿Qué pasa grandulón, tanto golpe te afectó la cabeza?

La antigua Emma salió a relucir en ese momento, era buena para los golpes verbales. Los chicos que acompañaban al grandulón se partieron de la risa por el comentario. El grandulón me tomó de los brazos poniéndome de pie de un tirón. No pasaron ni cinco segundos cuando Cristian ya estaba detrás de mí listo para defenderme o al menos eso creía yo, viéndole el tamaño a esta bestia, íbamos a parar en un bote de basura o algo peor.

Por unos segundos me sentía en high school, pensaba que en la universidad el problema con los jugadores disminuía y el mayor problema eran las violaciones y las drogas. Al parecer estaba confundida, el animal que tenía enfrente era como un joven que nunca maduró.

—¡Qué has dicho, perra! —gritó, captando la atención de muchas personas a nuestro alrededor.

Mi cuerpo empezó a temblar, su rostro estaba lleno de ira, sus ojos se dilataron, a tal punto que el castaño desapareció por completo. Tenía que aprender a controlar mi boca si no quería meterme en problemas. Estaba muerta del miedo. ¿En qué estaba pensando?

—¿Qué pasa aquí? —una voz sonó detrás de mí. Rogué que fuera algún profesor o alguna autoridad estudiantil. No quería que el grandulón me matara en mi primer día.

—Esta perra aquí quiere que le den una lección —dijo grandulón aún sosteniéndome de los brazos. Las carcajadas de los demás resonaban en son de burla—. Nadie me insulta, ni me dice nada.

—Vas a meterte otra vez en problemas, Jenkins —la voz cada vez me resultaba más familiar—. No quiero tener que abogar por ti otra vez antes del partido. Los problemas que tengan tú y Cristian desde la secundaria son problemas que necesitas superar, ya estás en la universidad, idiota.

Los brazos del hombre se relajaron dejándome libre. Escuché un suspiro prolongado de alivio que soltó Cristian, no era que quisiera sentirme valiente o quitar un poco de la humillación que el grandote había provocado, pero no lo pensé hasta que mi palma estaba en la cara de Jenkins. Ahora sí que estaba en problemas y todo eso me pasa por reaccionar y no pensar las cosas antes de actuar. Soltando un gruñido de histeria, Jenkins se abalanzó sobre mí.

—¡Emma, no! —gritó Cristian a mi espalda. Tomándome del brazo para alejarme de él.

Sus compañeros lograron retenerlo con mucha habilidad manteniéndolo lejos de mí ¿sería capaz de pegarme? Me encogí con indiferencia tomando mi iPad del suelo y mi bolsa. Le saqué el dedo del medio, enseñándole qué tan bien podía reaccionar. Era un idiota. Me di la vuelta para escapar de la escena. Tenía miedo de quedarme y sentir la furia de la bestia delante de mí.

—Vamos —dije, clavándole la vista a Cristian. Él tomó mi brazo y lo examinó un minuto.

—Te dejó marcas —dijo molesto. Levanté las gafas para observar mi brazo. En efecto, sus malditos dedos dejaron roja mi piel. Estaba segura de que en unos momentos la tendría morada.

Podía demandarlo por abuso o alguna otra cosa de esas que estaban de moda, de seguro ganaría y lograría tener una buena suma de dinero en mi cuenta de banco para comprar libros, pero en lugar de eso decidí ignorarlo.

—¿Emma? —preguntó alguien junto a nosotros. Lo reconocí como el que había calmado a gigantón.

Levanté la vista para encontrarme con los ojos azules de Dylan, estaba con la boca ligeramente abierta. Su camisa blanca marcaba sus músculos y sus pantalones cortos color crema le daban un efecto muy sensual. La respiración me falló en ese instante, el efecto que tenía Dylan en mí estaba haciendo de las suyas. Las imágenes de nosotros encima de la silla de playa, besándonos, tocándonos… vinieron a darse un paseo por mi mente. Dejé salir un suspiro de frustración. ¿Por qué tenía que ser él?

—¡Maldita perra! Juro que si pudiera ahora mismo te daría una…

Antes de que pudiera ver la cara del grandulón, Dylan ya estaba señalándolo con un dedo tembloroso, lleno de furia. Su mirada era toda una poesía. Tenía el ceño fruncido. Reflejaba enojo, mucho enojo. Todo pasó en cámara lenta.

—Llámala una vez más maldita o perra. Una vez más Jenks y te juro por mi vida que será lo último que dirás en toda tu puta vida.

Nadie dijo nada durante unos segundos. Todo se quedó estático. Los cuerpos de los chicos estaban agitados, la mirada de grandote perdida en Dylan. Suspiré metiendo mis cosas en mi mochila. Tenía que salir de ahí.

—Lo siento Dy, no lo sabía —se disculpó la bestia. Quise darme la vuelta para mirarlo una vez más, pero no tenía el valor. No podía verlo, no después de la humillación que había pasado.

—¡Emma! —me detuvo antes que pudiera siquiera comenzar a caminar— ¿Estás bien? ¡Tu brazo! —me examinó con más determinación las marcas rojas que, poco a poco, cambiaban su color a un lila suave. Definitivamente iba a tener unos moretones en poco tiempo.

—Estoy bien, Dylan —le aparté las manos—. Debo irme —dije con una sonrisa. Esto era tan humillante—. Vamos Cristian, Lizzie.

Estábamos alejándonos del lugar de los hechos cuando los gritos de Dylan me llegaron a los oídos. Giré para verlo. Mike y Dan estaban junto a él calmándolo. Sonreí un poco al ver que descargaba su ira contra el grandote.

Aún faltaban quince minutos para mi siguiente clase, pero Cristian decidió que era hora de empezar a caminar en esa dirección, nos dejó en nuestra puerta, desapareciendo por completo entre la gente para encontrar la suya. No dijimos nada del incidente pero estaba segura de que morían de la curiosidad.

Dylan

—¿Pero en qué putas estabas pensando? —le grité histérico.

Cuando vi a Jenkins teniendo sus ataques de enojo, corrí para calmarlo. Me imaginaba que estaría contra alguno de los geeks, o quizá estaría asustando a un inocente chico de primer ingreso. Él aún no entendía que habíamos dejado la secundaria atrás, que esto era la universidad.

Jenkins era experto en hacer que las personas se orinaran en los calzoncillos, algún día alguien le daría su merecido y sería una sorpresa enorme. Esperaba estar allí para verlo. Por más que ese bastardo fuera mi amigo, sabía que alguien tenía que darle una lección.

Yo estaba a punto de hacerlo, quería pegarle hasta dejarlo inconsciente. Vi los malditos brazos, por Dios, vi ese maldito agarre en ella. Vi como la vergüenza se apoderó de Emma y estuvo a segundos de llorar. Sé que ganó la Emma fuerte, con la cabeza en alto e ignorándome, me dejó como un estúpido, rogando para que me viera unos segundos.

—Mira Dy, no tenía ni idea que la conocías, de todos modos, hermano, ella no es nadie. Es una…

—Ni se te ocurra llamarla así de nuevo —le advertí en un tono más fuerte.

Seguramente si provocaba una pelea entre Jenkins y yo, pararíamos los dos sangrando y con más de algo roto. Teníamos juego en cuatro días, no podía dejar a Jenks fuera de línea, era el quarterback principal. Yo estaba en entrenamiento y ya había logrado empezar a hacer un par de jugadas, unas que valían mi carrera completa.

—Además, imbécil —dijo Mike aún cerca por cualquier mala reacción—. Siempre te metes en problemas, el entrenador no va a tolerar dar la cara por ti una vez más y lo sabes muy bien.

—No le estoy pidiendo al coach que dé la cara por mí. Él sabe que no es mi culpa que la gente me provoque —ya habíamos pasado por este problema una y otra y otra vez. No podíamos hacer esto una vez más. No ahora.

—Solo… mantente alejado de ella, es… ¡Mierda, Jenks! Solo déjala a ella en paz ¿Está claro?

—Parece como si te importara. Eres Dylan McGuire, eres igual a mí. Nada te importa, menos una rata.

Mi sangre empezó a hervir como si estuviera expuesta al fuego, eso no, eso sí que no. Emma no me importaba en ese sentido ¿Qué acaso no se da cuenta de que solo quiero acostarme con ella? Ella no es nada más que una más. Una más, nada más…

—¡Vete a la mierda! —grité señalando—. Solo me estás cagando una futura constante antes de que logre tenerla en mi cama.

—¿Mi cama? —la voz de Mike sonó como un susurro, pero lo había escuchado. Seguía cagándola como todo un campeón.

Sin esperar respuesta, me di media vuelta, largándome de la vista de todos estos imbéciles. Pero cómo… cómo diablos se le ocurre decir tantas cosas tan estúpidas. No me interesaba, ni lo haría de ese modo, solo quería perderme dentro de ella nada más.

«Sí, como tú digas».

Me dijo mi subconsciente con sarcasmo. Negué con la cabeza llegando al estacionamiento, saqué mis llaves, abrí el deportivo y me subí, sin pensar que aún me faltaban tres clases, sin mencionar el entrenamiento.

Tomé el teléfono, marqué el número del coach y esperé un buen trozo de tiempo. Cuando finalmente contestó, le expliqué que no me sentía bien. Era una gran mentira, pero nunca faltaba, por lo que esto no sería ningún problema.

Al llegar al apartamento, me cambié, colocando mi traje de baño, necesitaba esto. El agua ayudaba a tranquilizar la mente, siempre fue de ese modo. Pensando en todas las cosas que estaba pensando de Emma, dejé que mi mente fantaseara un poco. Esta necesidad de ella estaba volviéndose más que algo de una noche.

 

Emma

—¡Santa mierda! —gritó Cam entrando al apartamento—. Emma O’Brien. Quiero que me des detalles de tu encuentro con Dylan.

Me sonrojé al pensar en ese encuentro. Había sido embarazoso. Negué con la cabeza, regresando a mi lectura asignada. A este paso acabaría para mañana el libro, no había parado desde que entré al apartamento. Necesitaba distraerme y Frank Churchill era todo un personaje para hacerlo. Cam se quedó parada de brazos cruzados un momento. Anna entró cantando alguna canción desconocida antes de ver la situación delante de ella.

—No me digan que están peleando otra vez. Por favor, hoy no.

—¡Nah! —exclamó—. De eso nada. Em, ocasionó una pelea hoy y Dylan está involucrado. ¿Puedes creer eso? ¡Maldito primer día y ya estás en problemas!

Apagué el iPad, poniéndome de pie de un tirón. No podía creer cómo corrían los chismes en ese lugar. Ni siquiera voy a preguntar quién diablos se lo dijo, era obvio.

—¡Voy a matar a Mike! —tomé mi celular para enviarle un mensaje al idiota.

—¿Mike? ¿Qué Mike? —negó con la cabeza— ¿Qué, no lees tu Twitter? está por todos lados.

¿Twitter? Esto tiene que ser una broma. Tomé mi iPad, metiendo la clave a toda velocidad antes de concentrarme en mi timeline. Nada, ni una noticia del suceso. Le di la vuelta a la pantalla para enseñarle a Cam. Ella negó con la cabeza arrebatándola de mis manos.

—Primero, no sigues a nadie de la universidad para saberlo. Segundo —introdujo un hashtag que no entendía. Le dio media vuelta a la pantalla y ¡BAM! ahí estaba. Varias noticias y discusiones de lo que había ocurrido se pintaban delante de mis ojos. ¡Mierda! Incluso había fotografías y memes. Los chistes se habían reproducido como cucarachas. Entrecerré los ojos ante uno que decía «Futbol vs. Ratas de biblioteca» suspiré ante el estúpido apodo.

—Eh, mira este —leyó Camila— «La nueva RDB nos deja con la boca abierta al enfrentarse a Jenkins. Increíble que Dylan no se burlara de ella» —soltó una carcajada—. Diablos, cada vez dudo más si deberíamos ser amigas de Dy. Además ¿Qué diablos es RDB?

Puse los ojos en blanco. No iba a decirle qué diablos era RDB, era lógico si seguía leyendo.

—¿Qué me dicen de este? —dijo Anna uniéndose a la conversación —«Dylan quiere acostarse con la nueva RDB, si no ¿por qué otra razón la defendería?» o esperen este está mejor «Emma prepárate para el mejor sexo de tu vida» —las dos soltaron una carcajada—. Dios, quiere acostarse contigo.

—¿Dios? —pregunté, levantando la ceja.

—Cállate, idiota, no me refería a Dios Todopoderoso, me refería a la expresión.

Anna solía ser dedicada a la iglesia, en cierta parte me gustaba eso de ella. Cam no era tan devota. Por mi parte era totalmente ajena a las creencias. Me crie en un ambiente donde el sacerdote estuvo ausente toda mi vida, a pesar de los intentos de mi madre por volverme una monja. Les arrebaté el iPad de las manos y revisé el Twitter, pasaban las cincuenta menciones. Ni loca iba a responderlas. Después de revisar que el número de seguidores había incrementado de 5.750 —que tenía— a 6.000.

Las redes sociales eran mi forma de comunicar si había una fiesta próxima, o al menos así utilizaba yo las redes. A veces me ponía a dar recetas de cocteles, y muchas otras me burlaba de cualquier persona. Trabajar en el bar de Virginia con mi primo, me permitió estar al tanto de cuantos chismes se comentaban, los cuales divulgaba de forma indirecta en Twitter. Después del accidente, mis mensajes eran acerca de libros, reseñas, comentarios, especulaciones y sobre todo, frases de libros.

Mis seguidores se incrementaron. No por mis publicaciones viejas, ahora me rodeaban varios lectores. Incluso había conocido personas de Costa Rica, República Dominicana, Colombia y España. Ya quería a esas chicas y ni las conocía.

Presioné la pantalla en redactar tweet y escribí. «Autógrafos después de clases, gracias a todos por estar pendientes de mi vida. Los amo». Me reí en voz alta al tiempo que le daba enviar, sin esperar respuestas le di escribir otro «Eh, chicos, sean más originales ¿RDB? ¿Rata de biblioteca? Ahora comprendo por qué son jugadores de fútbol».

Escuché la voz de mis amigas riendo ante mis comentarios. El primer RT, fue de Cam seguido por los de Anna. Como era de esperarse, mis amigas respondieron muy entusiastas a las contestaciones de mis viejos amigos de fiesta, mis amigos lectores, e incluso los nuevos seguidores respondieron a los tweets.

—Ahora todo tiene sentido «RDB» ¿Cómo diablos no se me ocurrió antes? —se quejó Cam.

Después de una hora de estar obsesionada con la bendita red social, apagué el teléfono. Estaba desesperada por ver las respuestas de todos. No voy a mentir, me reí como una degenerada cuando un viejo amigo de fiesta puso «Señora sarcasmo, ¿estás de vuelta? Necesito que me consientas, ¿tragos a las seis?» Creo que nunca me quitaré varios de los apodos que me han puesto a lo largo de mi corta vida. Por su parte, Anita, mi querida amiga lectora, había mandado un mensaje con caritas llorando de la risa. Esa chica sí que me hace el día.

—¿Salimos a comer? —preguntó Cam, sin dejar de ver su Facebook.

—¡Muero del hambre! —exclamó Ann, sobándose la panza.

—Me apunto. No tengo ánimos de cocinar.

Entramos a Joe’s, una pizzería cruzando la calle. Amaba que el apartamento estuviera cerca de todo, incluso de lo que más feliz me hacía, un Starbucks. Nos sentamos en una mesa pegada a la ventana. Me quité el sudadero rojo del bar de Virginia. Una parte de mí había muerto después del accidente, pero otra simplemente se guardaba para recordarme de las cosas que no podía volver a hacer.

Cam ordenó por nosotras, una pizza grande de pepperoni. Nos sentamos muy entusiastas contando detalles de nuestro día, no volvimos a mencionar el accidente con Dylan y su amigo bravucón, lo cual me alegró.

—Hola, preciosa —levanté la vista para toparme con Mike. Me tensé de inmediato buscando a su alrededor. No había rastro de Dylan. Me relajé. No quería verlo.

—Eh, grandote. Trae tu culo —dijo golpeando el asiento de al lado—. Vienes casi una hora tarde.

Mike se acomodó al lado de Cam saludando a Anna y a mí con un gesto de disculpa. Me concentré en mi pizza, olvidando que uno de los mejores amigos de Dylan estaba frente a mí. Seguimos una plática bastante tranquila y relajada. Mike contaba cómo había estado su entrenamiento de fútbol, intenté hacer caso omiso cuando comentaba algo del señor seductor. La verdad es que no quería saber nada de él, moría de la vergüenza solo de pensarlo.

—Em… —empezó a decir Mike, por la seriedad que estaba tomando su voz sabía que iba a hablar del tema prohibido— siento tanto lo que pasó hoy.

—No fue tu culpa —interrumpí sin esperar a que terminara.

—Tienes tres dedos marcados en el puto brazo, si Dylan lo viera…

—Pero no lo verá, no tiene por qué, además —negué con la cabeza— ¿Qué le importa a él?

—Al parecer le importa más de lo que te imaginas. Como sea, lo siento.

Ignorando su disculpa, pasamos un largo momento en silencio, todos me veían con los ojos abiertos. Los ignoré, volviendo a mi pizza, dándole un mordisco. Había perdido el apetito, pero necesitaba distraerlos con algo de comida. Cam cambió de tema al notar lo incómoda que estaba. Tenía esa facilidad de cambiar el tema cuando estaba por entrar a una crisis.

Entramos al apartamento una hora después. Había sido agradable, a pesar del incómodo momento que habíamos tenido. Me tiré en el sofá junto a Anna, seguramente Cam se iría a su habitación con Mike.

No fue así, Mike le plantó un beso profundo en los labios antes de despedirse con un gesto de «estaré arriba si me necesitas». Solo la idea de que Dylan estaba a seis pisos de distancia me hizo suspirar. No podía estar cerca de él.

 

*****

Entré corriendo a mi primera clase, me había levantado tarde. Llevaba el cabello en una cola alta, unos vaqueros desgastados con agujeros por todos lados, una camisera abierta y los lentes de leer estilo hípster. Liz me levantó la mano para que pudiera ubicarla, no hubiera sido difícil, estaba en la primera fila. Me acomodé, dejando mi mochila al lado, todos me veían de arriba abajo como si fuera un ser extraño. Puse los ojos en blanco, debe ser por los sucesos de ayer, que aún rondaban la cabeza de las personas ¡Consigan una vida! Que desgastante. Saqué mi teléfono para revisarlo e intentar ignorar a todos a mi alrededor y sus malditas miradas.

Tenía un mensaje de texto.

Dylan: ¿Almorzamos hoy?

Lo pensé unos segundos antes de apretar responder.

Yo: comeré en la cafetería, lo siento. A la próxima.

Dylan: Bueno que yo también comeré ahí. Nos vemos más tarde.

Guardé inmediatamente el teléfono al ver que la señorita Carter entraba al salón de clases con su café en mano. Finalmente, la clase que había estado esperando desde que fui aceptada en FU. Escritura creativa, moría por aprender los secretos de la escritura y la Johanna Carter era una escritora increíble, me leí uno de sus libros en verano para prepararme y tener un tema que comentar con ella. De tu lado al otro fue un libro que marcó mi vida. Sonreí mientras maldecía en voz baja por haber derramado un poco de café en el escritorio.

—Buenos días, jóvenes escritores, hoy no vamos a ver tanta porquería como el resto del año, es el primer día. No se preocupen. Lo único que les voy a pedir es que empiecen a pensar en una historia, una que valga la pena contar. No me importa si es ficción, fantasía, amor o erótica. Me importa poco que tema escojan. Solo necesito que sea una buena historia, una, como repito, que valga la pena contar. No estoy dispuesta a leer porquerías.

Sonreí satisfecha. Ella era exactamente lo que había pensado que sería. Estaba tan relajada, tan tranquila. Tomé mi cuaderno, uno antiguo que había comprado en Barnes & Noble. Lo antiguo era muy mi estilo, incluso tenía varias plumas fuente y cuadernos de papel reciclado para escribir ideas. Hasta el momento no había podido escribir una historia larga. Lo único que tenía eran fanfics de historias que me habían traumado, y unas cuantas cortas de seres fantásticos que subía a mi blog. Las más populares de mis publicaciones eran las fanfics de Beautiful Disaster de Jamie McGuire y Fallen too Far de Abbi Glines, mis heroínas literarias.

Una de las recomendaciones que nos dio la señorita Carter era llevar un diario y escribir varias cosas que nos pasaran en el día. En otro diario que escribiéramos ideas. Abracé las ansias de empezar a redactar cosas, tenía mucho que escribir e historias que contar. Definitivamente, al salir de clases iría de shopping. Necesitaba un nuevo cuaderno para ideas.

Entramos a la cafetería con Lizzie. No habíamos visto a Cristian, pero según Liz, estaba con su prima. Aún no tenía el gusto de conocerla, por lo que había escuchado, era una dulzura. Localicé a Cam y Anna sentadas junto a Mike, Dan y otros chicos. Suspiré al comprobar que ni Dylan, ni grandulón estaban en mi campo de visión. Liz no parecía muy convencida de sentarse en esa mesa, pero la persuadí para quedarse junto a nosotras. Puse mi bandeja con espaguetis a la par de Cam, que contaba una historia muy entusiasta. Mike la veía con ojos de adoración, estaba segura de que entre esos dos había más que diversión.

Vi entrar a Cristian junto a una chica despampanante, de cabello rubio y ojos azules. Era hermosa. Le hicimos señas, pero frunció el ceño al ver donde estábamos sentadas. Se acercó y nos susurró que no estaba seguro de querer sentarse con los del equipo de fútbol. Liz estaba por ponerse de pie para irse con ellos cuando alguien habló detrás de nosotros.

—Ni de loca me siento con ellos —me di la vuelta viendo a Jenkins junto a otros tres chicos.

—Esta es la mesa del equipo de fútbol. Desaparezcan —dijo el moreno junto a Jenkins, era otra de las bestias enormes.

Elizabeth no lo pensó ni dos veces. Tomó su bandeja poniéndose de pie. La verdad es que ya no estaba tan cómoda como hace unos minutos, empecé a ponerme de pie cuando escuché a Mike soltar una advertencia en dirección de Jenkins. No capté bien lo que decía. Cam tomó mi mano obligándome a sentarme de regreso en la mesa, pero permanecí de pie viendo cómo mis nuevos amigos se alejaban sin decir nada. Negué con la cabeza en dirección a Anna, ella podía hacer entrar en razón a Cam. No podía sentarme en esa mesa junto a estos idiotas.

Dylan entró como un donjuán, atrayendo la mirada de todas las mujeres. Instintivamente contuve la respiración. Era divino en todos los sentidos. Me dispuse a marcharme, una vez más, cuando Jenkins volvió a hablar.

—¿Me has escuchado? Te dije que te largaras.

—Tranquilo grandote, no soy como tú —dije colocando mi bandeja en la mesa, una vez más, tomando mi mochila—. La gente normal no se vive dando golpes en la cabeza, así que tengo buena audición.

Me di la vuelta cuando Dylan se paró detrás de mí. Mis ojos se perdieron en los suyos un momento, el gris era hipnótico. Cerré con fuerza los puños en mi costado conteniendo la humillación, una vez más. Dylan desvió la mirada, inspeccionado la situación. Me hizo un gesto con la mano, indicándome que tomara asiento. Negué con la cabeza esquivando su cuerpo.

—No, Dy, lo siento —dijo Jenkins—. Sabes las reglas y ella es una incomodidad en mi vista. No la quiero cerca.

No sabía cuáles eran las putas reglas, ni me interesaban. Me di la vuelta para encontrarme con la mirada de Jenkins, su ceño estaba fruncido y estaba de brazos cruzados. Levanté mi dedo favorito enseñándole que me importaba poco lo que él pensara.

—¿Quieres que comamos en otro lado? —Preguntó Dylan, sacándome de mis pensamientos de sangre encima de ese idiota—. Si quieres te acompaño a esa mesa —señaló donde estaba Cristian —, con los de tu tipo.

¿MI TIPO? ¡Joder! Este hombre acababa de decir la peor cosa del mundo. Pues resulta que es mucho mejor sentarme con gente de «mi tipo» que con los de «su tipo», grandotes e idiotas.

—Vete a la mierda, Dylan. No quiero que te sientes con los de mi tipo, no, ni en un millón de años. Al menos no contigo.

—Vamos, cariño —dijo Anna, caminado a mi lado—. No vamos a sentarnos con estos idiotas. Cam y yo también somos de tu tipo.

Cam se puso de pie, plantándole un beso a Mike —el cual protestó, soltándole una vulgaridad a Jenkins y Dylan. Me encogí de hombros, alejándome de ellos por completo. Pensé en caminar a otra mesa e ir a pedir otro almuerzo, no lo hice. Demasiada humillación para un día.

Dylan

Me quedé viendo unos segundos cómo Mike negaba con la cabeza. Estaba molesto por la reacción de Emma y de sus amigas. Lo entendía, yo tampoco me imaginaba que estallaría de ese modo, era un poco injusto. Yo no hice nada.

Todos actuaban como si hubiera violado a Emma frente a todos, como si la hubiera puesto de culo y golpeado hasta que suplicara perdón. Lo único que ofrecí fue sentarme con ella lejos de Jenkins. Sabía las reglas y si a alguien del equipo le molestaba la presencia de alguien más, se le pediría que se retirara. Jenks tenía problemas con Emma, no la soportaba, aunque no entendía cómo era eso posible, ella era tan dulce.

—No puedo creértelo, Dy —dijo Mike, tenía los brazos cruzados.

—¿Qué? —pregunté indiferente—. Le ofrecí sentarme con ella.

—¡Maldición! Con los de su tipo —dijo Mike un poco más alto de lo que me gustaría—. Eso es despectivo Dy, demasiado para que esperaras que te tomara la mano y te guiara hasta su mesa.

Seguía sin entenderlo. No lo hice a propósito ni lo dije con mala intención, solo no podía creer que reaccionara de esa forma. Repasé mis palabras una y otra vez, nada tenía lógica, ni siquiera las palabras de Mike.

Me encogí de hombros algo molesto por no entender nada, me senté en mi lugar habitual. Mike molesto salió de la cafetería, seguramente iría a buscar a Cam. A los pocos minutos Chris y Dayan se acercaron a nosotros. Chris tomó asiento a mi lado, enseñando sus tetas más de lo necesario. Eran bastante grandes y operadas, de eso no había duda.

Mordí mi hamburguesa, la cual no estaba tan mal para ser comida de cafetería, observé cómo Jenkins alardeaba de su última conquista. Era bueno en eso. Pero la mayoría de las mujeres eran mayores que él, las conocía en bares de mala muerte; por alguna razón las chicas de por aquí no lo tenían como buen objetivo.

—Ya era hora —dijo Chris, sobando mi pierna. Quizás iba siendo hora que la llevara al hotel para que me distrajera de todo lo que Emma estaba haciendo con mi mente.

—¿Hora de qué, pequeña? —pregunté seduciéndola.

Le tomé un mechón de pelo, jugando un poco, le encantaba que hiciera eso. Por alguna razón no protestó porque tuviera grasa de la hamburguesa en los dedos, sabía que, poco a poco, perdía el interés en ella, debía recuperarme.

—De que pusieras en su lugar a esa —dijo, señalando a la puerta.

—¿A quién? —dije alejándome un poco. ¿De qué diablos está hablando?

—De Emma, esa pequeña rata que cree poder tener lo que es mío —soltó una carcajada—. Debiste ver su cara cuando le dijiste que podías sentarte con los de su tipo. Ella tiene que entender que no es como nosotros.

No fue hasta en ese momento que me di cuenta de mi error. Esto no estaba bien, nunca quise hacerla sentir como si su tipo no fuera bueno. Como si ella no fuera buena, ¡mierda!

—Eso es cierto, Dy —dijo Jenkins, tragando los restos de su hamburguesa—. Tu mundo y el de ella no pueden mezclarse ¿Qué vas a hacer tú con una geek? Son aburridas y no hacen más que leer. Tú necesitas acción y mujeres.

Me puse de pie, estaba a segundos de tirarle mi hamburguesa a ese imbécil por abrir de más la boca cuando nadie le estaba preguntando. Estaba muy enojado, más de lo que debería. En lugar de reaccionar mal, asentí con la cabeza y salí de esa mierda. No podía estar más tiempo con ellos.

Debería importarme poco, no debería sentir absolutamente nada. Pero, por alguna razón, dolía.

Emma

Salí a correr por toda la playa. Estaba llegando a mis límites, estaba desesperada por toda esa porquería. Estaba acostumbrada a estar del lado de Jenkins, estaba acostumbrada a ser una mala persona. «Karma» pensé, el Karma siempre se regresa. Era justo y necesario que me cayera tan rápido.

Hace más de un año que esperaba con ansias mi castigo por ser una persona desagradable. Sabía que tenía muchísimo que pagar aún, lo de Jenkins era solo el principio. Entré corriendo al edificio Trent, subí al piso catorce, me tomé la botella de agua fría de un golpe. Me acomodé en mi cama y me tiré a llorar. Estaba reteniendo todo y necesitaba sacarlo. No podía más.

Escuché que alguien entraba corriendo a mi habitación, sabía que iban a estar pendientes después de lo que había pasado. Anna estaba acariciándome la espalda con desesperación, intentó calmarme durante una eternidad. La escuché coger su teléfono y marcar un número de teléfono.

—¡Alerta Em! —le gritó a Cam, era la única que sabía el código. Colgó, al tiempo que me apretaba contra su pecho.

Las imágenes del carro iban y venían una y otra vez. Apreté los ojos recordando las últimas palabras. «Siempre y para siempre» solté un grito ahogado. No podía con mi sistema en estos momentos.

Escuché voces en el pasillo fuera de mi habitación. Cam estaba de regreso y dando órdenes como loca. Las palabras chocolate caliente, palomitas de maíz y ¿Qué demonios pasó? Llegaron a mi sistema auditivo. Estaba siendo débil, no podía permitirme este tipo de locura. Entre sollozos me dejé llevar. Tenía que tranquilizarme, no iba a conseguir nada entre lágrimas.

—Acepto el chocolate y las palomitas —dije, entrando a la cocina; encontrándome con Cam, Anna y para mi mala suerte a Mike, que estaba pálido como el papel.

—Cariño —Anna me abrazó con fuerza— ¿Te encuentras mejor?

—Momento de debilidad nada más —dije, encogiéndome de hombros.

Anna sacó las tazas, llenándolas con chocolate caliente, Cam se encargó de las palomitas y Mike se fue a sentar conmigo a la sala principal. El silencio se hizo eterno entre el grandote y yo. No sabía qué iba a pensar de mí en estos momentos. De algo estaba segura, iba a tener que hablarle de la situación, no veía ninguna intención de irse sin explicación.

—Habla —dijo Cam, sentándose en el regazo de Mike.

—Mike —tomé un sorbo de mi chocolate calmando mi sistema—, tienes que saber que no quiero que mi vida privada esté saliendo a flor de piel. No me gusta hablar de mis sentimientos, mucho menos de mis malditos problemas. Me agradas, por lo que voy a hacer una excepción. Te ruego no digas nada.

Lentamente asintió con la cabeza y comencé a contarle acerca de mi pasado. La chica súper fashion que trabajaba en un bar a los dieciséis años con identificación falsa. Mi tío me dejaba estar ahí con la condición de no beber absolutamente nada. Aprendí todo lo que sé de cocteles ahí.

Al momento de llegar al accidente mi voz se quebró. No podía admitir que todo había sido mi culpa, yo era la culpable, aunque mis amigas se negaran a toda costa. Cam terminó la historia por mí. No podía hablar más.

—¿Qué te hizo ponerte tan mal? —preguntó Anna rodeándome con su brazo. Normalmente, alejaría su abrazo, odiaba tanto el contacto físico.

—Jenkins y Dylan —dije en un susurro—. El karma está empezando a afectarme, lo puedo sentir. Tengo que evitar que me lastimen, va a ser tan…

Me quebré y las lágrimas traicioneras volvieron a recorrer mi cara. ¡Demonios! Desearía no creer en toda esta porquería. Estaría con el alma destrozada pero no preocupada por la regla de tres. El karma se regresa al triple. Odio esta sensación.

—Emma, no es tu culpa —Cam se restregó en las piernas de Mike—. No vas a pagar ningún maldito karma, es solo tu imaginación.

—Ya pareces Dan —Mike se apretó al cuerpo de mi amiga. Anna sonrió ante la mención de Dan—. Ese bastardo sí cree en esa porquería. Yo opino lo mismo, no vas a pagar ninguna mierda. Imagina si esa mierda existiera lo que le tocaría a Dylan, ese si es un idiota.

Solté una carcajada tras imaginar a Dylan sufriendo por algo. Podía notar la seguridad de ese hombre a kilómetros de distancia. ¿Qué iba a pagar? Era obvio que no era un santo y que las mujeres morían por él, pero… ¿Qué iba a pagar? Dudaba que hubiera algo que lo lastimara.

 

 

A la mañana siguiente, me desperté de mejor humor. Me coloqué los pantalones flojos color negro y la camiseta pegada. Me quedé viendo mi antigua ropa, añorando poder ponérmela. Extrañaba los gorros de lana, los pantalones cortos, las faldas y vestidos. Extrañaba peinarme en ondas el cabello y maquillarme como una Diosa. Anna era la que más odiaba mi nuevo estilo. Intenté explicarle que no podía verme atractiva como antes, que no podía ser esa exhibicionista que sacaba a las bebés de paseo en cada salida.

—¡Dios mío! —dijo al verme salir de mi habitación—. No vayas a sorprenderte si no te hablo durante clases ¿en serio, después de una crisis tienes que vestirte peor de lo que ya lo haces?

—No está mal —dije viendo el sudadero negro. Parecía que estaba a punto de entrar a un funeral y no a la universidad. Me encogí de hombros tomando mi mochila.

La semana se pasó bastante rápido. Me había topado esporádicamente con Dylan, pero tanto él como yo, nos ignoramos por completo. Lo vi en la cafetería de la universidad más de una vez, en su mesa habitual, junto a Jenkins. Las porristas se aglomeraban a su alrededor luciendo sus estúpidas faldas. Aún no entiendo por qué las usan si no están brincando en el campo de fútbol. Casi siempre había una chica suplicando la atención de Dylan, él parecía ajeno a ellas y sus caricias.

Siempre concentrándose en su portátil. Cuanto más tiempo pasaba más comprendía a lo que se refería Mike. «Él si es un idiota», al referirse a idiota, Mike quería decir mujeriego. Siempre lo veía con una distinta. No iba a admitirlo nunca pero las imágenes de él besándome como un adicto a mi cuerpo saltaban de vez en cuando. El vacío que sentía al verlo con otras era de lo peor y cada día que pasaba la soledad se intensificaba. Por primera vez quise ser la Emma irresistible, solo para variar. Deseaba que él me viera, que me prestara atención. Quería ser digna de él.

—¿Quién deja tareas para el fin de semana? —se quejaba Cam enseñando sus apuntes—. Es estúpido.

—Bienvenida a la universidad —dijo Cristian, dando un bocado a su emparedado.

—¡Sangría hoy en la noche! —Saltó Anna, leyendo un mensaje de texto— ¡Tenemos que ir!

—Tenemos, suena a multitud —dije bebiendo, a sorbos, mi agua pura. Ni loca iba a ir a ese lugar.

La novia de Cristian, abrió los ojos como platos, girando para ver a su novio negar con la cabeza. Era obvio que ella quería ir. Me pregunto si él es como yo. Nunca hablamos de salidas a bares o a fiestas universitarias. Nunca hablamos de nada de eso. Solo libros.

Lizzie golpeó mis costillas cuando Dylan se quitó su hoodie revelando su camisa azul de cuello V pegada al cuerpo. Caminaba en la cafetería como si fuera el dueño del lugar. Liz creía que me gustaba. Estaba como un Dios, no iba a negarlo, pero no podía permitirme siquiera pesar en eso.

—Señor, macho alfa —se escuchó un grito tres mesas atrás—. Tienes a dos rubias esperándote.

Las chicas se echaron a reír. Definitivamente Dylan no pagaría absolutamente nada. Las mujeres se quitaban las bragas sin ningún motivo. Aguanté la respiración cuando nuestras miradas se cruzaron, hizo una mueca de asco y se alejó sin saludar. Ahora resulta que le doy asco.

La mandíbula me tembló un poco cuando Mike se unió a Camila. El chico había dejado de sentarse en la mesa de súper estrellas para sentarse con nosotras. Eso había sido un gesto demasiado lindo. Nunca comentaba nada acerca de sus compañeros, solo le entregaba notitas de amor a Anna de parte de Dan, el cual se unía a nosotros de vez en cuando. La última vez que le pregunté a Anna acerca de su nuevo «amiguito» aseguró que no había nada entre ellos. Mi amiga era bastante reservada y empezaba a notar que Dan respetaba eso, e intentaba conquistarla con gestos dulces.

—Creo que voy a vomitar —dije sin pensar—. ¿Acaso las mujeres no tienen el mínimo respeto por su cuerpo?

Mike fue el primero en captar mis palabras, soltando una risa que provocó que se atragantara con su hamburguesa. El resto en la mesa captó el chiste unos segundos después estallando en risitas. Por mi parte seguía sin entender mi propio chiste, no lo había dicho de ese modo. Hablaba en serio.

—Sí, claro. ¿Acaso no trabajaste en un puto bar? Debiste darte cuenta entonces que hay mujeres como esas que no respetan ni su dignidad —dijo Mike entre risas. Tenía razón, conocía muy bien a las zorras. Nunca fui una de ellas. Yo era de las que dejaba que los hombres se arrastraran a mis pies.

Cam se echó a reír sin apartar la vista de su celular. Comenzó a contar que un viejo amigo había subido una fotografía bastante atrevida al Facebook, odiaba esa cosa. Si querías enterarte de algún chisme solo tenías que pulsar el ícono azul con la puta F. Yo era persona de Instagram y Twitter. Aunque era casi lo mismo.

—¡No te lo creo! —Mike alzó el teléfono para mostrárselo a Dan y a Anna—. Em, tienes que enseñarnos tu antiguo yo en algún momento. ¡Que tet…!

Se detuvo viendo la reacción de mi amiga. Estaba a un paso de pasarse de la línea. Él lo sabía. Cam puso los ojos en blanco dándole un golpecito en el brazo. Le quité el teléfono de la mano observando la foto en el bar.

Tenía puesto el traje de cuero que utilizaba para llamar clientes. Mi tío odiaba que lo usara, pero funcionaba bastante bien para su negocio. Yo sostenía la botella en el aire, sentada a horcajadas en las piernas de Cam. Ella estaba acostada en la barra abriendo la boca para aceptar el licor. Anna estaba atrás alentando a Camila que siguiera bebiendo. Era una imagen bastante… buena. Ni idea de quién la había tomado, pero me traía tantos recuerdos.

Di media vuelta para ver a Dylan. Me topé con sus ojos, me estaba mirando sin ningún descaro, a pesar de que tenía a la porrista en su regazo. Mi corazón se aceleró de una manera estúpida, no podía quedarme aquí, no con él sosteniendo a la rubia de ese modo.

Me levanté a toda prisa alejándome de la cafetería, o al menos ese era mi plan. Di media vuelta topándome con algo, el sonido de una bandeja golpeando el suelo, agua cayendo al piso y risas inconfundibles de todo el lugar me llegaron en segundos, antes de darme cuenta de lo que pasaba. Levanté la vista para encontrarme a Jenkins con toda la bandeja de comida derramada sobre su pecho.

¡Oh, Dios mío! Iba a matarme el grandulón. Mike se puso de pie en un nanosegundo, a la par del grandote. Mi respiración se agitó aún más.

—Lo siento —dije asustada.

—Presta atención —dijo, señalándome con el dedo—, si Dylan no tuviera razón de que no vale la pena pelearme con alguien como tú, estarías dentro de la piscina con toda tu ridícula ropa. Me estoy cansando de ti.

Digerí sus palabras dejando que solo las primeras me llegaran a la cabeza ¿No valía la pena? ¿Alguien como yo? intenté cerrar la boca, pero mi curiosidad fue más fuerte que yo.

—¿Dylan dijo… amm… Dylan dijo eso?

Jenkins soltó una carcajada que llamó la atención de todos los presentes. Ya nos observaban por la pequeña explosión de comida. No quería saber lo que Dylan había dicho. Ya estaba arrepentida, no debería saberlo. En qué estaba pensando. Me dispuse a marcharme cuando la voz del grandote me detuvo.

—¿Quieres saber qué dijo? —volvió a reír— ¡Creo que tienes una admiradora, Dy! —gritó—. Niña, él sale con modelos, porristas, chicas guapas clase AAA. Tú estás en la categoría de RDB, no encajarías nunca en una sección posible para hacerte caso. No eres nadie, mucho menos para él.

Mi corazón se derrumbó. El muy idiota lo había gritado a los diez vientos. No quería quitar los ojos de encima del hombre que se estaba partiendo de la risa. No quería ver quiénes eran el resto de personas que lo acompañaban, no quería saber qué cara tendría Dylan. Estaba al borde de la locura. Necesitaba defenderme, hacer algo. Me tomó unos segundos reaccionar, no valía la pena. Esto era parte de mi vida, pero estaba harta de no defenderme por miedo a empeorarlo. Estaba cansada de todo esto.

Me di la vuelta viendo a Dylan acercarse a Jenkins. Levantó el puño estrellándolo en la boca del grandote. Este soltó un alarido cubriéndose la cara. Cuando intentó hablar estaba lleno de sangre.

—¿Qué te pasa, Dy? Eso no era necesario, hermano.

—Te lo advertí, idiota, no te metas con ella.

Me gustaría haberme sentido halagada ante ese gesto, pero no fue así. Negué con la cabeza recogiendo mi bolso antes de marcharme, tras escena desagradable. Varios chicos del equipo de fútbol estaban ayudando a Jenkins a limpiarse la sangre y la comida. Dylan regresaba con toda tranquilidad a su mesa donde lo esperaba la rubia. ¿Me pregunto qué pensará después de esa escena? Como imaginaba, la chica lo recibió con una sonrisa de oreja a oreja.

 

 

Dylan

Intenté calmar mi corazón, que estaba acelerado, demasiado para ser algo normal. Ver a Jenkins gritarle a Emma, una vez más, había sido la gota que rebasó el vaso. No podía creerlo. Era estúpida toda esta situación, odiaba que ese idiota le faltara el respeto a las mujeres. No importaba si era Emma o cualquier otra, habría hecho lo mismo.

No era la primera vez que se lo advertía, el año pasado me paré frente a Hillary, una de las porristas principiantes. Jenkins gritó, la chica estaba tan asustada que pensé que se cagaría en sus bragas. Mientras todos en el equipo se reían de ella, yo me paré a defenderla. El problema fue cuando lo malinterpretó y pensó que estaba enamorado de ella, al final yo quedé peor que Jenkins.

Esta vez fue diferente, había algo en Emma que me gustaba, que me llamaba la atención. No sabía explicar qué era exactamente, pero la necesitaba en algún sentido raro. Pensar en ella como la atracción principal de mi mente era algo que no esperaba. Definitivamente esto era pura tensión sexual, era pura atracción. Se me quitaría el día que la hiciera mía, que la tuviera debajo de mí, pronunciando mi nombre. Ese día la sacaría de mi mente.

Ella era una bonita, pero no intentaba ser perfecta. Usaba ropa floja, sudaderos o suéteres de manga larga. Su cabello castaño claro recogido y esos ojos sin maquillaje que resaltaban en su pálida cara. Ojos café claro, definitivamente ese era mi color de ojos favorito, al menos ahora. Cuando Mike se sentó frente a mí, una vez más, me di cuenta de que estaba ido en mis pensamientos.

—Sacaste tus impulsos de luchador —dijo Mike, riéndose como loco.

—Cierra la boca, imbécil —dije soltando un suspiro—. No fue mi intención, bueno, sí lo fue, pero no… no quería.

—Se lo merecía —dijo Dan mordiendo lo que sea que estaba en su tenedor.

—¡Claro que se lo merece! —dije un poco más alto de lo que pretendía.

Nadie se merece ser tratado de esa manera, ni siquiera la peor mierda del mundo. El levantarle la voz a una mujer es inaceptable. Yo era un idiota, eso tampoco era un secreto de estado, pero jamás fui un irrespetuoso. Mi madre me inculcó buenos valores, un punto extra para mamá de lo que el «gran» papá que tengo no había hecho.

Recordé a mamá, aquella mujer de cabello rubio hasta el hombro, su piel blanca. Era una mujer hermosa hasta que la muerte decidió llevársela. Pensé en cómo sería mi vida si ella aún estuviera aquí, la extrañaba. Me llevé la mano al tatuaje que tenía su nombre, si pudiera cambiar algo en mi vida, sería tenerla unos momentos más para decirle cuánto la quería.

Si algo he aprendido a lo largo de esta miserable vida, es eso, exactamente eso. El tiempo nunca es suficiente, por más que queramos, nunca lo es.

Cuando mis clases terminaron, Mike me mencionó ir a Sangría. Iría con Cam y los chicos. Sabía que Jenks estaría allí. No estaba seguro si quería verle la cara, pero en cierto sentido quería ir para olvidarme de todo. Necesitaba esto.

—Definitivamente iré —dije asintiendo con la cabeza—. Necesito… —no podía continuar, sería confesarle que Emma me tenía como estúpido.

—Soy tu mejor amigo —dijo Mike a punto de soltar una carcajada—, sé que necesitas sacarte a Emma de la cabeza.

—Nunca dije eso, es solo que Chris necesita un poco de mis atenciones especiales y pienso dárselas esta noche. Quiere que la atiendan —dije con una sonrisa pícara.

—Un día de estos terminarás con una enfermedad de transmisión sexual —dijo, frunciendo el ceño.

¡Mike siempre la caga! No quería pensar en cuántos habían tomado a Chris, era asqueroso. Sabía que con ella había que tener cuidado de lo que se hacía. Ella no era de las más confiables y si no paraba con una barriga de campeonato, lo haría con una enfermedad que la llevara directo a la tumba. Por eso es que yo no hacía fiesta sin gorrito. Mi querido pene siempre estaba cuidado al máximo. Me hacía chequeos diarios, me cuidaba muchísimo. Incluso una vez, hace mucho tiempo, una chica me dijo que nunca en su vida podría hacerme un oral, que era antihigiénico. Quise decirle que allí estaba mucho más limpio que el resto del cuerpo, pero al final decidí sacarla de casa, no estaba para sus críticas. Una semana después estaba rogando por mí, pero ya era demasiado tarde.

Llegué a casa bastante cansado de un día de entrenamiento y clases. Lo peor eran las clases, malditas clases, las odiaba. Definitivamente no era como esos nerds y geeks, que se sabían incluso el diccionario de memoria. No es que fuera tonto, gracias a mi inteligencia y mi capacidad de redundar en las respuestas, para aparentar un análisis completo, lograba pasarlas, porque eso de estudiar en casa no era lo mío.

Era poco común que papá estuviera aquí, trabajaba todo el día y pocas veces lo veía. Lo vi sumergido en su portátil, escribiendo como loco. Ese hombre es admirable por la cantidad de millones que ha hecho, es un magnate que nunca se permitió volver a amar.

—Hola, papá —saludo, sabiendo que no contestaría, tenía unos cuatro días de no dirigirle la palabra.

—¿Fuiste al entrenamiento? —preguntó sin apartar la vista de la pantalla.

—Sería bueno que me vieras a la cara cuando me hablas.

Por esa misma razón odiaba la tecnología. Uno vivía pegado al celular, observando quién le da like a la fotografía, quién se conectó, quién está en línea y no quien te habla. Todo gira alrededor de esa mierda y la comunicación de cara a cara se pierde ¿Qué, acaso el mundo no sabe que el contacto físico es lo mejor?

Era de las grandes críticas que le daba a la mitad del equipo, pasaban más tiempo viendo la pantalla de su teléfono que al partido, o a las porristas.

—Tengo que terminar estas estadísticas para medianoche —dijo sin siquiera levantar la mirada.

—Tengo un ojo morado —respondí intentando captar su atención.

—Ponte hielo, eso siempre ayuda —solté un suspiro cuando señaló la cocina, sin levantarse a verme el falso ojo morado que tenía.

—Eres una mierda de papá. ¿Lo sabías?

No quería decirlo de ese modo, pero muchas veces me hubiera gustado que papá no se hubiera perdido en su trabajo y fuera ese papá que yo necesitaba. Cuando vi que no iba a responderme, decidí subir. Quería descansar antes de ir a Sangría, lo necesitaba.

Emma

—¿Vas a venir a Sangría? —preguntó Ann en el umbral de mi habitación.

—Iré —confirmé— ¿Vienes al salón de belleza conmigo?

Tenía un plan, uno que me estaba carcomiendo el cerebro desde que dejé las clases después del almuerzo. Me fui a comprar unos cuantos vestidos, muy propios de mi antiguo estilo. No era una cualquiera, mi ropa era elegante y en su mayoría hípster. Cam entró a la habitación, detrás de Anna, viendo las bolsas de ropa. No tenía que decirles lo que estaba pasando. Ellas ya lo sabían perfectamente.

Fuimos al salón de belleza donde habíamos concertado una cita. Teníamos tres horas para hacernos todo lo que necesitábamos. Sin pensarlo dos veces, pedí a la chica que me hiciera unos reflejos en las puntas, delgados pero en exceso, para que se vieran atractivos. Me cortaron las puntas del cabello, dándome otra vez forma, capas largas y fleco de medio lado. Me hicieron las ondas de cabello que tanto me gustaban. En menos de tres horas tenía tinte, corte y ropa nueva. Me coloqué un vestido negro, corto y con escote.

Quité la bandita que cubría mi tatuaje del antebrazo que decía Fallen too far in a Beautiful Disaster. Ya, no solo eran mis libros favoritos, me identificaba totalmente con la frase. Me maquillé como siempre lo había hecho antes de salir al trabajo en Q’Bar. Coloqué creyón de labios rojos para intentar simular más labios de los que en realidad tenía. Me monté en los zapatos súper altos, tomé mi bolso y esperé a Cam y a Anna. Estaba lista y esperaba que el idiota de Jenkins estuviera ahí.

—¡Demonios! —se quejó Camila—, el lugar está repleto de gente.

—Prepárense, chicos, aquí vienen las Killers.

Sonreí al escuchar nuestro antiguo apodo. En la secundaria —como ahora— éramos inseparables, nos decían las Killers, en un principio odié ese apodo, pero poco a poco le fui tomando su cariñito.

—¡Aparten sus culos, chicas! —gritó Cam—. Estamos aquí. Creo que es la primera vez en una larga temporada que me siento como si por fin estamos juntas.

La entendía perfectamente, después del accidente perdí cualquier cordura. Ahora me estaba sintiendo yo, otra vez. No podía creer que un idiota y los celos por alguien que no conocía me hicieran recapacitar. Me regresaran a mi yo.

La música me llegó como recuerdo, el aroma a cigarrillos y cerveza eran para mí como dulce para un niño. Me sentía como en casa. Entré con la cabeza en alto ignorando las miradas de todos los idiotas. Debería estar acostumbrada a esa reacción, pero no, estaba fuera de línea. Me topé con varias miradas, lanzándoles una sonrisa forzada, mientras me encaminaba a la barra.

Me senté en el taburete viendo a la chica animada servir los tragos como si fuera lo más normal del mundo. Quise meterme a servir con ella, fue más un impulso que retuve dentro de mí. Cam pidió una botella de whisky, Buchanan’s. Encontramos unos sillones cerca que aún no estaban ocupados. Tomamos asiento, dejando que el camarero sirviera la primera ronda.

Tomamos el primer trago sin chistar palabra. Las chicas sabían cómo comportarse de manera deseable. Serias, como si nada llamara su atención. Eran unas malditas seductoras, al igual que yo.

—Tenías razón —dije a Camila un poco gritado, por la música—, allí está Jenkins.

—Mátalo querida —dijo Anna—. Has que pruebe su propia sangre.

La mención de sangre trajo recuerdos desagradables a mi mente. Intenté mantener la compostura, llevándome el trago a los labios, bebiendo hasta la última gota que había en el vaso. El hielo tintineó un poco al quedar sin ningún color ambarino.

—¡Mike! —gritó Cam, lanzándose a sus brazos. Adiós compostura seductora. Puse los ojos en blanco antes de tomar la botella, dándole un giro en el aire, para servir los tragos, incluyendo el nuevo de Mike.

—¡Santo poder, Emma! ¿Qué te pasó?

Las tres soltamos una carcajada cuando Dan me reconoció. Mike giró rápido para captar que la que estaba sentada de pierna cruzada medio desnuda era yo. Me encogí de hombros recibiendo el vaso que me pasaba Anna para Dan. Eso que aún no me había visto parada. Dios, esto iba a ser tan divertido.

Media hora después y una botella nueva, necesitaba usar el baño. Me levanté con toda elegancia pasando frente a la mesa de Jenkins y el resto del equipo. Las chicas seguían rondando su mesa como cuervos listos para el ataque. Puse los ojos en blanco mientras movía las caderas; como si sincronizara mis pasos al ritmo de la música. Escuché un par de exclamaciones al pasar frente a los chicos. Los ignoré, como era debido.

Entré al baño revisando y retocando mi maquillaje. Me acomodé el sostén, peiné mi cabello con los dedos y salí. Para mi maldita suerte lo primero que vi era a Dylan saludando a los chicos con un apretón de manos. Me quedé pasmada viéndolo moverse con una rubia como su sombra. La reconocí de inmediato, era la idiota que había interrumpido nuestro primer beso para atragantárselo ella. Negué con la cabeza viendo cómo se movía por el lugar, era un increíble dominante. La mitad de las miradas del lugar estaban puestas en él, tanto mujeres como hombres.

Lo vi acercarse a la mesa donde estábamos sentadas. Saludó de beso a mis dos amigas, presentando a la perra que estaba a su lado. Los celos me lastimaron en lo más profundo, aún no entiendo por qué estoy celosa. Me encaminé con toda tranquilidad a la mesa cuando un chico de ojos azules se interpuso en mi camino. Le sonreí con agrado, se veía un buen chico.

—¿Bailas? —preguntó señalando la pista de baile.

—Si es contigo, sí, claro que bailo.

Lo jalé a la pista de baile dejando que la inigualable música electrónica me llenara completa. Con los mejores movimientos que tenía bajo la manga, empecé a hacer mi magia. Subía y bajaba estimulando al chico, de manera que pocas lograrían con tan solo un baile. El pobre hombre no sabía qué hacer con sus manos, me tomaba de las caderas, agarraba mis manos, se restregaba la cabeza con desesperación. Sabía de lo que tenía ganas, podía sentirlo cada vez que me apretaba a su cuerpo. Estaba duro como una piedra.

Cuando la canción terminó de sonar le di una sonrisa dejándolo parado en la pista. Lo necesitaba para mi plan. Me encaminé de regreso a la mesa viendo que Dylan y la rubia se nos habían unido. Al llegar capté la mirada de Mike y de Dan, pero Dylan seguía absorto en lo que sea que Anna estaba contando.

—¡Mierda! Tú sí que sabes moverte —escuché la voz de Jenkins justo detrás de mí. Había funcionado. Llevé al pobre chico justo frente a Jenkins para que me diera un vistazo. No me había reconocido, lo cual era bastante bueno. Me di media vuelta para fulminarlo con la mirada.

—¡Lárgate! —le grité por encima de la música.

—Tranquila bombón, solo quiero invitarte a una…

—Jenks —dijo el chico con el que había estado bailando —, yo la vi primero. Aléjate de ella.

—¡Vete a la mierda Mark! Esta preciosidad tiene que darme un baile caliente como el que te ha dado.

Me giré a la mesa enfrentando las miradas de mis amigos. No quería saber si estaban poniendo atención ellos, solo había una persona en la mesa que requería de mi atención. En efecto, las miradas estaban puestas en mi pequeño show. Jenkins había picado el anzuelo y ahora Dan y Mike no se lo podían creer.

Dylan pegó un brinco al verme. Me examinó de arriba para abajo, lo vi contener la respiración. Ya me había visto en bikini y en vestido blanco de playa pero nunca en uno de estos bebés de cuero. El traje era bastante pequeño, strapless. Coloqué unos aretes bastante grandes y un colgante de la runa angelical. Era delicado y adecuado.

—¿Emma? —Dylan estaba con la boca abierta, como si no pudiera creérselo.

—¿Sí? —pregunté con indiferencia—. Me permites un minuto, el idiota que tengo detrás no sabe ni quien soy. Déjame aclarárselo y regreso a ti, ¿sí, cariño?

Le di un guiño antes de encarar la situación que tenía a mis espaldas. Dylan seguía con la boca totalmente descolocada de su lugar. Mike y Dan soltaban una carcajada al ver tal escándalo. Mis amigas, por su parte, ya lo sabían así que no había nada de sorpresa con ellas.

—Lo siento, Jenkins —dije mordiéndome el labio—. Las ratas de biblioteca no se meten con jugadores de fútbol. ¿Ya se te olvidó nuestro encuentro de la tarde?

—¿Tú? No es imposible. ¿Qué te hiciste? Hace unas horas eras como un hombre vestido de mujer.

Sonreí para mis adentros. Era un idiota. Despidiéndolo con la mano lo vi quedarse pasmado antes de retirarse a su mesa. Me di la vuelta para encontrarme con Dylan, exactamente como lo había dejado. Estaba a un segundo de hablar cuando alguien me dio un toque en la espalda. Me giré para encontrar al chico de los ojos azules. Lo había olvidado completamente.

—Entonces… —dijo apenado.

—Te voy a ser honesta porque me pareces un buen chico —le acaricié el brazo—. No tienes por qué estar con una idiota como yo, hay miles de chicas buenas, evita las malas. Te juro que te evitará muchos dolores de cabeza.

Le di un beso en la mejilla antes de dejarlo como un juguete tirado. Ignorando a Dylan, tomé la botella de la mesa, empinándola en mi vaso, o al menos creo que era mi vaso. A este punto de la noche ya se mezclaron todos. Los demás en la mesa apartaron por fin la vista. La rubia le dio un jalón a Dylan esperando a que él reaccionara y regresara a su lado. No pude evitarlo, fue como una palabra vomitiva.

—Tu rubia exige tu atención —dije con una sonrisa en el rostro— ¿Qué paso con las porristas?

—Ella es porrista y no es mi rubia.

Le di un sorbito a mi trago observándolo con ojos seductores. Él tomó el suyo. Sin quitarnos la vista de encima acabé de un trago el vaso completo. Él hizo lo mismo. Dejó los dos vasos en la mesa antes de jalarme a la pista de baile. Escuché a la rubia gritarle por encima de la música, Lady Gaga en un estilo electrónico de su canción Bad Romance resonaba por todo el lugar.

Dylan tomó mis caderas moviéndose como un profesional, me sorprendió muchísimo como encajaban nuestros cuerpos en los lugares exactos. Envolví mis brazos en su cuello atrayéndolo más cerca, Dylan enterró su cara en mi cuello, lo sentí inhalar el aroma de mi perfume, o sudor. A esta altura ya no podía asimilar la situación.

Embriagada por sus movimientos dejé que este hombre me sedujera, en lugar de ser al contrario. Lo deseaba como niño desea un dulce. Sabía que era malo para mi sistema y aun así me dejé llevar. Estaba atrapada en sus encantos, me tenía, completamente.

—Por qué te alejas de mí, Dushy —susurró a mi oído.

—¿Dushy?

—Sí, nena, Dushy.

Qué diablos era Dushy. Recordé que Mike le dijo a Dylan Dushy después que me cortara el pie, pero ni una idea de que podía significar. Dándome la vuelta para quedar de espaldas a su pecho, Dy comenzó a mover sus caderas con más intensidad. Lo hacía como si me deseara, como si fuera suya. Quizá era de ese modo. Era suya, completamente suya.

—Responde, ¿por qué te alejas de mí?

Ya no me lo estaba preguntando de una manera dulce. Su voz se había transformado en una exigencia. No era ni el momento ni el lugar para verdades. Me quedé helada al pensar que Dylan y yo teníamos mucho en común. Más de lo que me gustaría admitir, no es como si fuera a decirle lo que opinaba.

—No salgo con players —dije, girándome para encararlo.

Abrió mucho los ojos quedándose estático. Su respiración era agitada y su mirada llena de dolor. Definitivamente mis palabras lo habían lastimado, o eso parecía al menos.

—¿Qué? —preguntó, negando con la cabeza.

—Tengo mucho que pagar en esta vida como para ser tan idiota y buscar algo que definitivamente pueda dañarme. Lo siento —lo dije pegada a su oído para no tenerlo que gritar.

—Dushy, no pienso hacerte daño.

Su voz sonaba como quebrada y sorprendida, como si le dieran la peor noticia del mundo. Podía escuchar un hilo de súplica. Sonaba sincero, sonaba como si… me quité esa idea de la cabeza. No iba a caer en este juego. Tenía mis propias cartas que jugar.

—Tranquilo, Dushy —respondí con un movimiento de cadera—. Seremos amigos ¿Te parece?

—¿Tengo alguna otra opción?

Le sonreí dispuesta a no perderlo por completo. Podíamos vivir con el hecho de estar cerca pero lejos. Me caía demasiado bien para mandarlo a la mierda por completo. Una amistad sonaba mejor que no tenerlo. Mientras pensaba en esas palabras, ni yo me las creía. Era imposible estar lejos de él.

—No la tienes, Jenkins lo dijo. Los futbolistas y las lectoras no se mezclan.

Lo escuche reírse a mis espaldas. Estaba segura de que estaría maldiciendo a Jenkins en su cabeza. Una parte de mí sabía que era verdad. Dylan no estaba contento con mi respuesta, pero la respetaba.

—Tienes razón, Dushy, nuestros mundos no pueden mezclarse. Pero me importa un carajo las reglas del mundo, vas a ser mi amiga y voy a demostrarte que no soy capaz de lastimarte. Te lo prometo.

En mi cabeza pasaron distintas promesas que hacían mis héroes y heroínas literarias. Todas prometían cosas a personas que querían. Estas personas paraban muertas o lastimadas. No quería ser una de ellas. No podía sentir nada de lo que estaba sintiendo, tenía que ser fuerte.

 

 

Dylan

No estoy completamente seguro de lo que acaba de pasar, pero bailar con Emma era la mejor maldita cosa del mundo. Estaba sudada, con tragos de más, su cuerpo se movía de manera que todo en mí estaba idiotizado. Podía sentir mi corazón como un maldito drogado dando de brincos.

Para ponerle una aceituna al Martini ¡había llamado a Emma Dushy! Eso sí no me lo puedo creer, ni por todo el alcohol del mundo, nunca. Dushy era una palabra sagrada, una que habíamos hecho con mi madre, mía y de ella… aunque ella juraba que algún día encontraría a una mujer con la que quisiera pasar el resto de mi vida.

¡La llamé Dushy! Pero es que aún no me lo creo. Quizá si lo ignoraba y no se lo decía a nadie, sería como si nada hubiera pasado. No sé qué tanto sea de ignorar, seguramente ella mañana no se acordará de esa palabra. Esperaba que no lo hiciera.

Me acosté en la cama, solo. No pensaba pasar la noche en casa, menos en mi cama, menos solo. No puedo creer cómo mi maldita vida se estaba volviendo tan… tan… no sé ni cómo se está volviendo, solo sé que estoy confundido y que mi vida se estaba descontrolando por una sola mujer ¡Una mujer!

No puedo permitirme eso, no puedo, tengo que encontrar mi control una vez más, voy a volverme loco. Me sobé la cabeza con desesperación. Esta noche no encontraría un sueño tranquilo, no podría pensar en nada más que esa cagada. Estaba en serios problemas, en uno muy grande. Tomé mi celular, mandándole un mensaje a Mike, necesitaba ayuda inmediata de parte de él. Intervención, eso era, una buena intervención.

Yo: Estoy en la mierda, necesito ayuda urgente.

Mike: Son las cuatro de la madrugada y estoy ocupado. Te hablo mañana.

¿Cómo es que siempre lograba lo que se proponía? Esa mujer no era fácil de subyugar, allí estaba Mike, sometido en todo su esplendor.

Yo: Dominado.

Mike: Imbécil.

Dejé el celular una vez más en la mesita de noche concentrándome en el alcohol que aún corría por mis venas. Tenía que hacer todo lo que estaba en mis manos para ignorar el torbellino que se formaba en mi mente. Paz, necesitaba paz mental.

Esa noche para mi mala suerte, o buena… soñé con Emma. Finalmente la había hecho mía, en todas las posiciones posibles, mía solo mía y lo peor de todo, me gustaba lo que sentía.

Cuando desperté vi a mi hermana sentada en el taburete de la cocina, comiendo cereal con fruta. Papá mantenía una plática animada con su futuro marido; por un momento olvidé que mis hermanos estaban en casa. Odiaba que todo fuera para conocer al hombre que le quitaría el apellido a mi hermana mayor.

Nunca me llevé bien con ella, por lo que todo estaba bien, ella era muy superficial, con una manera pesada de ser. Esa hermana tan mierda que tengo va a casarse en unos meses, suponía, por lo que teníamos que conocer al idiota que pudo soportar a Dany.

—¡Qué aspecto! —dijo Dany señalándome— ¿Es que acaso nunca vas a madurar?

No estaba con resaca o alguna porquería de esas, era increíble, desvelado por pensar en Emma, pero me sentía bien.

—Vete a la mierda, Dany —dije, ignorando su queja de «¡qué boca!», no estaba para su humor— ¿Dónde está Key? —pregunté, viendo su equipaje en la entrada.

Por primera vez en un largo tiempo, papá levantó la mirada. Sus ojos azul oscuro se encontraron con los míos, tan parecidos. Rogaba por que nunca fueran tan fríos como los de él. Necesitaba mantener mi vida. Admiraba a ese hombre, pero esperaba, si algún día tenía familia, ser un ejemplo positivo para ellos.

—Bajó a la piscina, o a leer algo —frunció el ceño—. No dijo a dónde iba, solo que volvería pronto.

Quería ver a mi hermano, él era de lo mejor que tenía. No solo era mi compañero de batallas, era mi otro mejor amigo —aparte de Mike. De pequeños éramos inseparables.

Para hacer tiempo, esperando que Key decidiera subir, me puse a ver televisión. Necesitaba relajarme un poco antes de contarle lo que estaba pasando con Emma; él podría aconsejarme, era bueno en relaciones y conquistando mujeres difíciles. Nunca me había tocado una así, una que no viniera voluntariamente a mis brazos. Emma era diferente y eso me gustaba.

 

 

Emma

Me levanté con la bendita alarma que acostumbraba poner para ir a la universidad, era sábado, por lo que maldije en voz alta, al tiempo que la apagaba. ¿Cómo me pudo pasar esto? Me recosté una vez más en la cama viendo el techo blanco. No tenía ningún tipo de resaca, a pesar de la cantidad de alcohol que le había metido a mi cuerpo. Me alegraba saber que no había perdido la habilidad, aún tenía el don de beber y meterle cuanta mierda a mi cuerpo sin preocuparme al siguiente día.

Decidí aprovechar la mañana, teniendo en cuenta que ya no iba a volver a dormirme. Hace mucho que había dejado mis clases online de música. Sería bueno desempolvar las cuerdas vocales. Extrañaba las clases que recibía todos los días en Virginia. Una de las únicas cosas que mamá había decidido pagarme con la intensión de encarrilar mi vida. No lo logró por ese método, aun así, logró que encontrara algo que amaba. Saqué la laptop, escuchando la música, antes de comenzar a afinar. Sabía que con los alaridos despertaría a Cam y a Anna. No quería ser cruel, por lo que me limité a escuchar las lecciones antes de empezar.

Salí a la cocina, encendiendo la cafetera. Un buen café no me caería mal. En el balcón, tomé los audífonos de estudio color blanco. Logré comprarlos con una noche de propinas en el bar. Estaba consciente que en poco tiempo tendría que buscar trabajo, no podría mantenerme todo este tiempo en Florida con los ahorros de tres años. Era imposible a pesar de que eran bastantes, considerando que el bar y los conciertos daban mucho.

Una hora después, ya estaba desesperada por poder cantar. Desesperada tomé mis cosas y salí del apartamento. Baje al lobby del Trent. Saludé a Kyle, preguntando si el salón de lectura estaba ocupado. Sabía que era a prueba de sonido. Coloqué los audífonos, prendí el sistema y empecé con mis calentamientos vocales. Ya nada me importaba más que llegar a las notas que necesitaba para mi ranking. La pantalla marcaba los acordes que fallaba y los que lograba. Dejándome llevar por las canciones que pulsaba para llegar a tener rankings buenos.

Siete canciones después y cinco notas completas, estaba tranquila, satisfecha por mi logro. Mandé mis resultados a la academia esperando que ellos pudieran darme los puntos de vista tras haber escuchado mis grabaciones. No sé si era la emoción de todo lo pasado anoche, pero solo escogí canciones como Raise me up, Amazing Grace y Over the rainbow.

Al momento de quitarme los audífonos, unos aplausos llamaron mi atención. No quise ni girar la cabeza para ver quién era. Estaba colorada como un tomate. Tomando valor, me di media vuelta para encontrarme con unos ojos azules, profundos y preciosos. Le lancé una sonrisa instintiva.

—Impresionante —dijo, acercándose a los sillones—. Un placer, Derek —extendió su mano para que pudiera aceptar su saludo.

—Emma —dije, apretando ligeramente su mano.

Su cabello era color castaño claro, cortado en perfecta simetría peinado de lado. Llevaba una sudadera y unos pantalones cortos. Era guapo, bastante guapo. Me enfoqué en sus ojos una vez más, pensando en lo parecidos que eran a los de Dylan. Me mordí el labio al pensar en él. Tenía que dejar de verlo con ojos de cariño, era imposible. No podía enamorarme de él. Era peligroso.

—Estaba buscando un lugar tranquilo donde leer —dijo mostrando su libro—. Al escucharte me quedé atónito y olvidé que estabas en un lugar donde se supone que tenía que haber silencio absoluto.

—Lo siento —me sonroje aún más—. Mis amigas aún no se levantaban, de seguro han de tener una resaca de campeonato y no quise interrumpir —señalé su libro con cara de sorpresa— ¿Ken Follet?

—Sí, no me mires de esa manera. Los libros son lo mío.

La boca se me desprendió instintivamente. No imaginé a alguien tan guapo con habilidades ocultas como la lectura. Amaba los libros igual que yo. ¡Dios mío! No pude evitar sonreír de oreja a oreja. En estos tiempos era tan difícil encontrar a alguien como Derek que amara los libros.

—También es lo mío —dije entusiasmada—. Tienes que darme tu usuario en Goodreads. Quizá puedas recomendarme algo que leer, de vez en cuando.

Pasamos como locos hablando de libros, definitivamente no leíamos lo mismo. Sus gustos eran más extremistas que los míos, yo me guiaba por todo lo Young-adult y New-adult. Él, por su parte, adoraba el misterio, la ficción; en lo único que coincidíamos era en lo clásico. Por un minuto pensé que iba a decirme que estudiaba o había estudiado literatura. Me llevé una gran sorpresa cuando dijo que estaba por terminar derecho. Era de admirar, no era una carrera fácil.

—Vives aquí —pregunté, cruzando los dedos.

—Qué va, vivo en Cambridge, Massachusetts. Vine de visita, mi familia es de por aquí.

Una punzada de decepción se quedó suspendida. Desvié la mirada a mi reloj, había pasado ya una hora. No tenía intenciones de volver al apartamento, estaba muy a gusto con Derek. Quería seguir platicando y conociendo a este chico que estaba distrayendo todas mis locuras.

—Es una lástima —suspiré. Me tomó un segundo digerir sus palabras—. Espera ¿Cambridge? ¡Estás en Harvard! —exclamé demasiado impresionada.

—Hasta donde sé, así es como se llama mi universidad.

Negué con la cabeza con una sonrisa de estúpida. ¡Qué arrogante! Entrar a Harvard no era nada fácil. Mucho menos en derecho. No tardé en interrogarlo de cómo eran las pruebas de admisión y si ahí también tiraban la casa por la ventana en las fiestas. Según contaba parecía ser una universidad común y corriente. ¿Quién iba a decirlo? Pensé que eran cerebritos robóticos estudiando todo el tiempo.

—No sé si te apetece salir más tarde por un café —dijo después de revisar su teléfono—. Debo irme en poco, mis hermanos están insoportables. Saldremos a comer con papá. Si no llego rápido, mi hermano menor se irá a meter al gimnasio y quién diablos lo va a sacar de allí.

Se encogió de hombros demostrando poca empatía con el hecho de tener que ir. Sentí un poco de celos, a mí me hubiera encantado tener hermanos en algún momento de mi vida, y las tenía. Solo que no eran de sangre, en estos momentos deben estar en el piso de arriba alegando por qué me he ido sin un aviso.

Intercambiamos números, mientras él afirmaba que me llamaría por la tarde para salir a dar una vuelta. No pude evitar emocionarme ante la idea. Aunque sabía que esta emoción no iba a durar mucho tiempo, recordé que estaría aquí durante unas semanas.

Subí corriendo después de arreglar mis cosas en el salón de lectura. Llegué al apartamento viendo a Anna tirada en el sillón, con Cam del otro lado. Las dos con las tabletas especiales para diseño. Era gracioso cuando yo comparaba mi iPad con sus cosas esas. La mía solo tenía libros, las de ellas como cincuenta aplicaciones para diseñar y arreglar fotografías.

—¿Dónde estabas? —preguntaron las dos al mismo tiempo, sin apartar la vista de sus dispositivos. Anna estaba dibujando y Cam revisando su Twitter. Puse los ojos en blanco. Mis amigas jamás iban a cambiar.

—Salón de lectura, revisando mis clases de canto. Tuve un cinco de siete —dije con una gran sonrisa en el rostro.

Cam se puso de pie dando pequeños saltitos de excitación.

—¡Hagamos noche de Karaoke! —soltamos una carcajada ante las muecas de mi amiga. Las dos asentimos con la cabeza pensando en la comida que íbamos a preparar. Una noche de chicas, justo lo que necesitábamos.

—Empezamos a las siete —anuncié, al tiempo que tomaba mi bata de baño—. Puede que salga a tomar un café más tarde.

No di detalles, ni incluso cuando Cam preguntó si era con Dy. No dije nada por no contarles del chico con el que iría. No podía creer la suerte de encontrarme a dos Dioses en menos de un mes en el mismo edificio. Lo mejor de todo, los dos me habían invitado a salir. Solo que uno de ellos a una fiesta universitaria y el otro a tomar un café, quizá todo este cambio de vida no iba a ser tan malo, después de todo.

 

 

Derek había llamado a las tres de la tarde, indicándome que nos juntaríamos en el Starbucks frente a la playa. Amaba ese café, tenía una vista impresionante de la playa blanca de Florida. Para cambiar un poco la rutina pedí un White Chocolate Frost. Mi chico de los ojos gris oscuro pidió un Té chai.

Nos sentamos al aire libre frente a la playa a discutir una vez más de libros. Él me recomendó una serie de libros que nunca pensé en leer, entre ellos Dan Brown y John Grisham. Por mi parte quise sacar mi parte juguetona y le recomendé a E.L James y a Sylvia Day. Puso los ojos en blanco, no tuve ni que decirle de qué iban los libros, él lo sabía muy bien. Me reí para mis adentros. Estaba segura de que los hombres tomaban los libros eróticos y aparentaban que no lo hacían. «Es cosa de mujeres» decían varios bloggers. Una parte de mí sabe que mienten, estaba segura de que ellos se deleitaban con la lectura pervertida, solo que no lo aceptaban. La naturaleza del ser humano se guía por el morbo, eso todos lo sabemos.

Me acomodé el cabello detrás de la oreja antes de tomar un trago de la pajita de mi bebida. Sentí los ojos de Derek taladrarme el cerebro, subí mi vista para encontrarlo sonriendo de una manera muy seductora. Me ruboricé al instante.

—Es de mala educación ver a las personas de ese modo —quise ocultar el rubor de mi rostro, pero estaba consciente que era imposible.

—Me gusta el rubor de tus mejillas —dijo con una sonrisa demasiado fascinante. ¡Santo poder! En cualquier momento podía derretirme.

—Sí, claro. Eso lo dices porque tú lo has provocado ¿no te da vergüenza andar ruborizando a la gente?

Soltó una carcajada, a la cual fue imposible no unirme. Me tomó por sorpresa tal reacción. Dejando su té sobre la mesa, calmó su agitado cuerpo. Muchas de las palabras que salían de mi boca eran por impulso, no las pensaba como era debido.

—No creo que me guste si es un chico, pero si es contigo… puedo aceptarlo.

Me volví a ruborizar ¡mierda! Esto no era nada bueno. Me atreví a preguntarle acerca de su carrera universitaria. Era uno de los mejores en su clase. No sé cómo lograba leer tantos libros al mes y aun así sacar notas impresionantes. «Mi carrera se basa en lectura y memorización de leyes. Resolución de casos y un poder de persuasión impresionante», dijo, dejándome claro que era bueno para todas esas cosas. No discutí más con él, de seguro saldría perdiendo.

—¿Qué hay de tu familia? —pregunté al cabo de una eternidad.

—Somos una familia pequeña, mis dos hermanos, papá y yo. Mi hermana y yo vivimos en estados diferentes, excepto mi hermano menor. Él quiso quedarse con papá.

—¿Dónde está tu madre? —pregunté, sintiéndome un tanto culpable. No debería hacer preguntas tan directas a alguien que acabo de conocer, pero qué diablos, siento mucha curiosidad.

—Murió hace dos años. Cáncer.

No dijo nada más, estaba suficientemente arrepentida para preguntar cualquier cosa. ¿En qué estaba pensando cuando pregunté? Fruncí los labios para que supiera que no tenía que decir nada más. Tampoco le dije el típico «lo lamento» que todo mundo decía. No es por ser descortés o por alguna otra cosa. Es que simplemente lo detestaba. Después del accidente la gente se acercaba a mí a decirme «lo siento tanto» una y otra vez que le perdí el gusto a la palabra.

Suspiré un tanto melancólica ante el recuerdo.

—Tu turno, señorita. Cuéntame acerca de tu familia.

—No hay mucho que contar —me retorcí las manos en el regazo ocultándolas de su vista. Odio estos temas—. No les hablo desde hace mucho. Tomé decisiones en mi vida de las que no me siento orgullosa, al menos sé que ayudaron a ser la persona que soy ahora.

—Y eres una persona fantástica. Por lo que estoy agradecido que sufrieras un poco.

¿Un poco? Este hombre no tenía ni idea de lo que estaba hablando. No había sido un poco, había sido muchísimo. El saber que perdiste a alguien que querías te cerraba el corazón de varias maneras. Esta era mi manera de cerrarme, dejando a mi antigua yo.

 

*****

Cerca de las seis de la tarde regresamos al Trent. Me despedí de él en el piso catorce dejando que fuera al piso que fuera. ¿Por qué no me había fijado en el botón que había pulsado? Debe haber sido porque estaba atónita en la plática. Hablar de libros me dejaba estúpida.

Al entrar al apartamento me di cuenta de que Mike, Dan y Dylan ya estaban sentados en los sillones frente al televisor. Me quedé helada viendo el cuerpo de ese Dios en todo su esplendor. Llevaba una camisa polo pegada a sus increíbles músculos, y un pantalón caqui que se ajustaban perfectamente a su trasero. Lo sabía sin verlo, los había usado antes en la universidad.

Dejé la bolsa en la encimera de la cocina, al tiempo que todos se giraban para verme. Agradecí estar bien arreglada. No sabía que estos hombres estarían en mi sala al momento de entrar. Se supone que sería noche de chicas. Eché un vistazo a la cocina, percatándome que Cam había cocinado todo tipo de boquitas que me abrían el apetito.

—¿Dónde estabas? —preguntó Dylan, colocándose de pie. No me equivoqué, esos pantalones se veían deliciosos.

—Ya te dije que tenía una cita, Dy —Cam se acercó con una gran sonrisa— ¿Cómo te fue?

Me lo pensé unos segundos antes de responder a su pregunta. No estaba segura si quería contarle mi increíble ida a tomar café con este chico que me parecía un sueño. No pude evitar lanzar una sonrisa, de esas que suelo poner cuando algo me hace muy feliz. Derek podía ser una buena distracción para quitarme a Dylan de la cabeza.

—Muy bien, bastante bien, para ser sincera.

—Detalles, Em, detalles —Anna me hizo un ademán para que tomara asiento junto a ella. Vi la mirada de Dylan de interrogación. Pensé en todas las mujeres que él me había restregado en la cara y por un momento quise ver su reacción por lo que no me importó soltarlo todo. Bueno. Casi todo.

—Es lector, no leemos los mismos temas, pero… bueno es un gran avance. No sale mucho, estudia bastante y está cerca de graduarse —quería agregar que estudiaba en Harvard, pero me lo ahorré un poco para que Dylan no pensara que no podríamos avanzar en una relación lejana—. Puede que más tarde venga un rato —mentí—. Ahora tiene una cena con su padre y hermanos.

—Da igual —dijo Dylan, poniendo los ojos en blanco— ¿podemos empezar a beber ahora?

Su voz sonaba tranquila, pero su cara lo delataba, estaba molesto. Me reí para mis adentros dando brinquitos como loca, esto era una delicia. Tomé una cerveza encima de la hielera que tenía a la par del sillón, Cam era una prevenida. No iba a estar parándose a cada rato. Con un solo movimiento la destapé con la esquina de la mesa. La cual se dañó un poco pero no me importó. Le entregué la cerveza sin ninguna expresión. Si quería tomar, ahí lo tenía.

—¡Vas a arruinar la mesa, Em! —me regañó Anna. Ya sabía que esto iba a pasar Anna era la cuidadosa.

Cam ignoró las quejas de Anna y la mesa de madera nueva. Prendió mi laptop, colocando mi micrófono. Ella ya sabía cómo hacer todo eso, por lo que no me metería en la preparación del equipo, no quería dar a entender que esa vieja computadora era la mía.

No acostumbraba a ser la primera en cantar, siempre aparentaba ser la tímida que no sabía afinar ni la canción más fácil, para que, cuando lo hiciera, todos se tragaran sus quejas. Cam y Anna lo sabían, por lo que no insistieron en la primera ronda; en la cual me reí de Mike cantando Like a virgin con su súper coro Dylan y Dan. Las cervezas se habían ido acumulando y cuando era la segunda ronda decidí probar suerte.

No era ninguna suerte, escogí una canción suave, romántica, una que me gustaría cantarle a Dylan si nuestra relación fuera más fácil, ni siquiera teníamos una amistad ¿Qué diablos estaba pensando? Try de Nelly Furtado era la indicada, no para él, pero era la mejor que me salía hasta ahora. Los primeros acordes sonaron, tomé el micrófono cerrando los ojos como siempre lo hacía. Comencé a cantar la canción sin la necesidad de ver la letra.

Me negaba a dar la vuelta en las primeras estrofas, no quería ver la reacción de mis contrincantes de Karaoke. En un subidón de adrenalina abandoné mi timidez y me concentré en las personas, dándoles un show del que no podían quejarse. Alejé el micrófono, lo acerqué, le di cierto estilo a la canción, conociéndola de memoria. Para cantarla era de mis favoritas, para escribir, para llorar, para reír… simplemente era perfecta. Era mía y la dominaba, a mi gusto. Cuando di el gran final escuché los aplausos de mis amigos, aunque quería hacer una leve reverencia por los aplausos y ocultar mi sonrisa, lo único que conseguí fue mirar a Dylan que estaba con la boca abierta. Era el único que no aplaudía, o hacía algún gesto. Estaba atónito.

Sin pensarlo, coloqué una canción que nos identificaba, a mis amigas, tenía que crear una distracción antes de tirarme a sus brazos y besarlo hasta el amanecer. Las dos se pusieron de pie con un grito de excitación dejándose guiar por las notas que resonaban a todo volumen. Les dimos un show igual de divertido que el de ellos.

No dejábamos de reír, cantar y bailar. Dylan se pegó a mi espalda atrayéndome a él. Su respiración agitó a mi débil corazón, me tenía dominada. Dejé escapar un grito ahogado cuando sus labios se posaron en mi cuello. Estaba a un segundo de perder la cordura cuando mi teléfono vibró en la bolsa de mis vaqueros. Lo tomé de golpe, sin pensar en quién podía ser. Era un mensaje de WhatsApp, iba a ignorarlo —como siempre— pero el nombre de Derek llamó mi atención.

Derek: Qué tal la noche de karaoke ¿los dejaste sin habla?

Sonreí al pensar que él sabía perfectamente como sonaba mi voz.

Yo: ¿Tú qué crees?

Derek: envidio los oídos que escucharon esa melodiosa voz.

Solté una carcajada, sin apartar la vista del teléfono. Me tomó unos segundos darme cuenta de que el resto del grupo se quedó observándome escribir una respuesta. Levanté la vista, encogiéndome de hombros y señalé la pantalla.

—Me ha escrito —le digo a Camila. La verdad lo dije por Dylan, quería que lo supiera—. Solo me tomará un minuto.

Di responder.

Yo: ¿Qué tal tu cena?

Derek: El idiota de mi hermano no se quedó. Papá no está muy contento, pero así es él. Prefiere irse de fiesta que pasar tiempo con la familia.

Me quedé viendo el mensaje, sintiéndome muy identificada con él. Había cambiado tanto tiempo familiar por fiestas, no recordaba en qué momento papá y mamá dejaron de hablarme. Me sentía culpable. Nada de lo que hiciera regresaría el tiempo para poder cambiarlo. Quise responder de inmediato, pero unas manos arrebataron el teléfono apagándolo y dejándolo en la mesita de madera.

—Le hablarás cuando yo no esté enfrente ¡Maldita sea, Em! Odio verte sonriendo por otra persona.

Sabía que eran las cervezas que estaban hablando. Podía verlo en sus ojos llegando al cristal. Puse los ojos en blanco, concentrándome en mi hombre imposible. Momento, ¿acabo de decir mi hombre? Corrección, este hombre imposible. Después de un momento, Cam sacó el bendito tequila. Me tomé casi media botella con Dylan olvidando lo que pasaba a mi alrededor.

En menos tiempo del que pensé, estaba montada a horcajadas en las piernas de Dy en medio de la sala. Él me sostenía de la espalda para mantenerme más cerca suyo, susurrándome constantemente que lo estaba volviendo loco. No sé, ni me pregunten cómo es que logré perder la conciencia. No sabía si era culpa del alcohol o de los embriagadores besos. Pero cuando desperté, a la mañana siguiente, estaba acostada en el pecho desnudo de Dylan.

 

 

Dylan

Ver a Emma sonreírle a ese puto teléfono fue la gota que rebasó la poca cordura que me quedaba, no era estúpido para ver que ese chico con el que salió hoy le atraía, no era como si no se le pintara en toda la cara. Estaba enojado y en el momento en que le arrebaté el teléfono a Emma ya no estaba pensando.

—Le hablarás cuando yo no esté enfrente. ¡Maldita sea, Em! Odio verte sonriendo por otra persona.

—Eres un exagerado, McGuire —dijo ella, regalándome una de esas sonrisas que tanto me gustaban.

—No es exagerado, solo… no lo hagas, Emma. No lo soporto.

Ella me jaló a sus brazos, seduciéndome con una sonrisa amplia, la tomé de las caderas y empecé a moverme al ritmo de la música. Dejé que mis sentidos se tornaran en agua. Todo se me resbalaba de las manos, no tenía control de nada.

Inhalé su aroma, dulce, como algodón de azúcar. Quería besar su cuello y sentirla, hacerla mía en esa maldita habitación que decía ser de ella. Si no me quería en su cama me importaba poco, la quería en el sillón, en el suelo… incluso en el balcón con las sillas de playa que acababan de comprar. Se veían nuevas y sin estrenar.

Tenía la mente en ella, en como la quería, en qué posición. La manera en que se movía, seduciéndome, invitándome a que la tocara.

Emma dio media vuelta, quería evitarlo, pero no pude. Tenía esa sonrisa que me estaba volviendo loco, no era la sensación normal que tenía con cualquier chica. Algo en ella me gustaba, demasiado. Tomé su barbilla viendo esos ojos marrones, tan profundos.

Me perdí en ellos. Eran… perfectos.

Cuando mis labios tocaron los de ella, fue una sensación única. Sus manos tomaron mi rostro, acercándome más, como si la maldita poca distancia que teníamos necesitara ser eliminada, nada era suficiente. Queríamos más. Mucho más.

La tomé de la cintura, levantándola para que envolviera sus piernas en mis caderas. La apreté contra mi pecho, su respiración era acelerada. Sus labios exigentes, dulces, con sabor a whisky. Estaba hipnotizado por sus besos, loco por unos segundos.

Me dejé caer al sillón con ella encima mío, tocando su espalda, acercándola más. Quizá ya no existía ningún espacio entre nosotros, pero la quería más cerca, quería estar dentro, hacerla mía.

A nuestro alrededor escuché a Mike silbarnos y a Cam gritarle algo a Emma, no era primera vez que nos besábamos, pero si la primera en que nos veían. Era extraño de mí demostrar tanta pasión al besar a una mujer, Mike no estaba acostumbrado a verme de esta manera y las chicas me daban igual.

No quería que vieran lo que podíamos seguir haciendo, por lo que la tomé de la mano.

—¿Cuál es tu habitación? —pregunté con la respiración acelerada.

—¿Qué habitación? —preguntó también acelerada—. No, aún no, vamos a tomar un par de shots.

Emma era tan difícil, no iba a ponérmela fácil. Negando con la cabeza la acompañé a la mesa donde teníamos las bebidas, sin pensarlo, ella tomó la botella empinándosela ¡Madre mía! Tenía toda mi vida de no ver a una mujer beber de ese modo. Era como si no tuviera garganta y era alcohol puro, sin ninguna mezcla de gaseosa.

—Me gusta el whisky —dijo apenada, cuando vio mi expresión.

—Me puedo dar cuenta de eso —respondí—, es como si no tuvieras garganta.

—¡Madre mía, lo siento! —se tapó la boca, poniéndose roja como un tomate.

Me reía ante ese gesto tan tierno. Así de contradictorio como suena, de pasar a ser una súper mujer tomando, pasó a ser la tierna chica tímida tapándose la boca. Definitivamente, Emma O’Brien tenía secretos en su pasado que no entendía. Lo había visto varías veces ya, en el momento en que estaba bailando con Mark, cuando le pegó a Jenkins y en cómo estaba tomando ahora.

Pensé en la salida de mañana con los chicos, definitivamente tenía que llevarla, se la pasaría increíble. Necesitaba ayudarla a relajarse, es como si la mayor parte ocultara a la verdadera Emma. Quería encontrarla debajo de todo, quería saber todo, a detalle, de lo que la hizo cambiar.

—Nena —dije, quitándole la botella de las manos—, a tu salud.

Le di un trago bastante largo, parecido al que ella había dado unos segundos atrás. Ella abrió muchos los ojos, como si eso le impresionara. ¿Qué, acaso tengo cara de que no sé tomar? Le di la botella sonriendo, no tenía que decirle que quería que tomara más. Quizá si le daba un poco más accedería a hablarme y contarme más de ella.

Primero nos terminamos la botella antes que ella abriera la boca, Emma era una tumba de mierda. Mi cabeza daba vueltas y no sabía que estaba pasando, con exactitud. En algún momento perdí la camisa, estaba completamente desnudo del torso. Riendo por alguna estupidez con Mike, que también estaba sin camisa.

Anna y Dan estaban ausentes y Cam intentaba empujar a Mike a su habitación. Cansado de todo este juego, levanté a Emma del sillón, la coloqué como costal en mi hombro. Llevándola directo a su habitación, o al menos al cual Cam me mandó. Su risa era tan contagiosa que la apreté con más fuerza, pensando en lo bien que se sentía hacerla reír.

La acosté en la cama, quería poner atención a detalles en este lugar, algo que me dijera más de ella, pero estaba demasiado borracho para prestar atención. Mi cabeza era todo un caos. No podía pensar en nada más que penetrar a Emma y dejarla sin aliento, gritando mi nombre.

Mi pequeña rebelde se quitó el pantalón, tambaleándose como buena chica borracha, nada seductora. La risita que soltó antes de sostenerse de la cama me avisó que no podía continuar quitándose las cosas ella.

—¿Vas a besarme? —preguntó con una voz cortada.

Lo pensé, lo pensé y lo volví a pensar. ¡Quería más que besarla! Pero… si la besaba no podría parar, por alguna razón no podía, simplemente no podía continuar con esto, no cuando la necesitaba desesperadamente.

—Ven, vamos a la cama —quité las sábanas para taparnos con ellas, pero el calor era insoportable ¿Cómo lograba vivir sin aire acondicionado? O acaso no estaba puesto, ni idea, pero moría del calor.

La puse en mi pecho, abrazándola con fuerza, quería sentirla. Solo eso. Nuestra primera vez no sería borrachos, sería cuando los dos estuviéramos conscientes.

¡Demonios! Esto no está bien, para nada bien.

Emma

—¿Estás segura de que no pasó? —preguntó Anna.

No recordaba con exactitud qué había hecho, pero sí estaba segura de que no habíamos llegado a la última fase del juego. Negué con la cabeza, incapaz de hablar nada más. Los chicos seguían durmiendo, Cam estaba con un paño húmedo en la cabeza tirada en la sala —que hasta este momento parecía casa de putas—; había vasos quebrados, latas de cerveza, botellas de alcohol, colillas de cigarrillos, cenizas por todo el piso. Esto era un asco.

—No pasó nada —repetí—. Sentiría algo extraño ¿no crees? Después de tanto tiempo.

—¡Mucha información! —gritó Cam desde el sillón—. Asegúrense de llamar a la señora Mathew para que venga a limpiar esta porquería. Me niego a hacerlo yo.

Anna y yo pusimos los ojos en blanco. Cam nunca limpiaba la casa, era deber de Anna y mío mantener el orden. La señora Mathew venía una vez por semana a encargarse de la ropa y la limpieza general. Hoy no era día, por lo que tendríamos que hacerlo nosotras.

Preparé seis sopas, pensando que todos la necesitaríamos. Yo la necesitaba, Cam también y ni hablar de la pobre Anna. Estaba segura de que los chicos estarían en las mismas. Anna no había querido dar detalles, pero, por su expresión, sabía lo que había hecho.

—¡Sopa vuelve a la vida! —gritó Mike, entrando a la cocina—. Creo que te amo mujer —me dijo, dándome un guiño de ojo.

—Contrólate bastardo, ella es mía —me tensé al escuchar su voz. Seguía sin camisa luciendo deliciosamente sus músculos, los tatuajes que se dibujaban en un perfecto negro en el hombro bajando hasta su muñeca; me llamaban como chocolate, era perfecto. Me fijé un poco más en su costado izquierdo, unas letras en caligrafía perfecta marcaban su piel. Quise preguntar qué decía, pero me contuve un poco.

Ni Cam, ni Ann suspiraron al verlo como yo. Sus hombres tenían lo suyo, no necesitaban ver a este Dios como yo lo hacía. Contuve la necesidad de meterme en sus brazos o jalarlo de regreso a la habitación para hacer lo que no hicimos la noche anterior.

Dejé que me besara la mejilla deteniéndose más tiempo del debido. Me ruboricé, lanzando una sonrisa de medio lado. Por unos segundos pensé en una vida así, junto a Dy, dándome besos de buenos días. Tratándome como si fuera suya, como si nada se pudiera interponer en nuestro camino.

Me di la vuelta para ver sus penetrantes ojos grises. No sé por qué había tenido que conocer a dos hombres tan atractivos al mismo tiempo. Le devolví el beso en la mejilla sin pensarlo. ¡Diablos! Últimamente estaba haciendo muchas cosas sin pensar.

—Eso fue… —me envolvió en sus brazos—increíble.

—Lo siento —murmuré, poniéndome del color del suéter de Dan.

—¿Cenamos hoy? —susurró para que solo yo pudiera escucharlo.

No quería hacerme la difícil, mucho menos después de haber dormido con él. Asentí ligeramente antes de señalar su sopa. Agradeció cada gesto de atención que le dediqué en ese momento. Me sentía en el décimo cielo de Dylan. Una parte de mí gritaba que me alejara, que no siguiera a donde sea que me estaba dirigiendo. Pero otra muy grande me pedía que le diera una oportunidad. Así que decidí dársela. No tenía nada que perder.

 

*****

La tarde transcurrió sin ningún percance. Me dediqué a terminar la reseña del libro asignado de la semana. Estudiar un poco las técnicas de escritura creativa y apuntar las ideas de mi narrativa. Amaba esas clases.

A eso de las seis pensé en irme a arreglar, aunque Cam y Anna estaban pegadas al televisor viendo los juegos del hambre. Me encanta esa película, por lo que le quité las palomitas de la mano a Cam y me senté a verla un rato. Solo debía ponerme un vestido lindo de noche y arreglar mi cabello. Nada del otro mundo.

Cuando sonó mi teléfono celular, ya estaba echándome el último vistazo a mi atuendo. Lucía bastante bien, me gustaba. Puse un vestido rojo tallado, con un cinturón negro. No era tan formal, pero al menos le daría una idea a Dylan de mis curvas. Apliqué perfume antes de salir de mi habitación. Cam había invitado a Dylan a entrar en el apartamento y discutían la película, lo cual era molesto. Ni siquiera habían leído el libro para juzgar su contenido. Puse los ojos en blanco aclarándome la garganta.

Dylan giró para fulminarme con su mirada de Dios. Llevaba una cazadora negra, vaqueros y camisa de botones blanca. No tan formal como hubiera esperado. Le sonreí tímidamente cuando su sonrisa me recorría el cuerpo, de arriba para abajo.

—¡Vaya! Eso es muy sexy —me tendió la mano, alejándome de mis amigas, que se despidieron con gestos de «usen protección» y «no beban de más». Quise gritarles que era una cena de amigos. Pero ni yo me creía esa.

El teléfono de Dy sonó antes al salir del estacionamiento. Su carro me tenía bastante impresionada. ¡Un deportivo negro! ¡Mierda! Lo hacía ver mucho más atractivo en este cacharro. Intenté no ponerle atención a su plática, pero fue un poco imposible. Dy le estaba gritando a quien sea que estuviera en la otra línea.

—No iré —dijo sin más—. Dile que no es mi problema, yo siempre estoy con él.

Sea quien sea que estaba en la otra línea hablaba sin parar. Dylan me hizo una mueca de bla, bla, bla mientras manejaba. No pude evitar soltar una risita estúpida. Era muy gracioso.

—Sí, estoy con una chica. Sí, es de la que te hablé, por lo que puedes darte cuenta de que es muy importante para mí. Tengo que colgar. Key, cállate. No estoy bromeando. No. Que no.

Sin más que decir pulso el botón de finalizar. No dijo nada, por lo que tampoco pregunté. Seguimos la carretera unos cinco minutos hasta llegar a una sala de billar. Giré en todas las direcciones, esperando ver un restaurante cerca. No, ninguno.

Comencé a tensarme por el lugar en el que estábamos, por la situación y porque el idiota que tengo al lado estaba muy relajado. Esto tiene que ser una broma. No puede ser que su salida a cenar sea en un puto bar. Ni de broma.

Entramos al lugar donde borrachos, motociclistas, matones, putas y adolescentes se mezclaban. Solté un suspiro cuando las miradas cayeron sobre mis piernas. Por qué, rayos, no me habían dejado el pantalón y la playera. Hubiera combinado mucho mejor. Me sentía expuesta con el mini vestido rojo.

—¿Es esto una broma? —pregunté, cuándo nos acercábamos a una mesa donde varios de los jugadores de la universidad estaban sentados, empinándose las malditas cervezas.

—No ¿por qué, no te gusta?

¿Qué si no me gustaba? ¡Carajo! Lo detestaba. Quería salir corriendo, tirarme bajo la mesa y rogar por que alguien me viniera a buscar. Mi antigua yo quizá estaría más cómoda que la nueva yo, aun así, estaría asustada.

—¡Dy! —gritó una chica de cabello negro y pantalones de cuero—. Cariño, te hemos estado esperando. Veo que trajiste una mascotita —dijo viéndome de arriba para abajo.

No había que decir para qué lo esperaban. La mirada de loba estaba marcada en toda su cara. ¡Joder! Esto parecía un prostíbulo. Dy saludó a todos en la mesa antes de señalarme un taburete. Escuché los murmullos de «es la que le pegó a Jenks» «RDB, es ella solo que más buena» puse los ojos en blanco. Era tedioso que todos pensaran en mí como alguien totalmente distinta. Siempre fui yo.

Intenté recordar que Dylan era solo mi amigo, nada más que mi amigo. No tenía por qué llevarme a un restaurante elegante, ni tenía por qué ser los dos solos. Esto era lo que hacían los amigos. Esto, nada más.

Soporté una hora sonriendo ante los chistes que no entendía, bebí dos cervezas para intentar encajar en este circo, e intenté verme lo más relajada posible, de seguro había fallado en todos los aspectos. Las miradas a mis piernas y pechos eran el pan de cada día de los idiotas de la mesa. Había perdido esa costumbre hace un tiempo. Que me vieran de pies a cabeza no era mi pasión.

Dylan se había ido con la morena, más o menos quince minutos atrás y aún no había vuelto. Sentí pánico, ira. Todo estaba mezclado. Una parte de mí sentía celos por haberse ido a la mierda con otra chica, la otra parte de mí estaba molesta y dolida. Tomé mi teléfono para mandar un mensaje de ayuda. Necesitaba salir de aquí.

Cam no contestaba, Anna, tampoco. Suspiré e hice lo que nunca pensé en hacer.

Yo: ¡Help!

Derek: llego en diez minutos, no te preocupes, sé dónde queda.

Respondió después que le contara mi ubicación. No había tenido que darle muchas explicaciones, mi sencillo mensaje fue tan claro como esperaba. Tomé mi cerveza para darle un último trago. Un hombre con barba se me acercó demasiado, intentando aprovecharse de mí. Salí casi despepitada al baño, encerrándome con llave.

Por nada del mundo iba a salir hasta que Derek estuviera acá. ¿Qué diablos con Dylan? Estaba tan cabreada que si me lo ponían justo enfrente de mis narices le partiría la cara de un golpe. ¡Maldito bastardo! Me había dejado tirada en un bar de mala muerte con hombres intentando aprovecharse de mí. Mi teléfono sonó al cabo de diez minutos.

Me encaminé a la puerta de salida dándole un último vistazo a la mesa donde debería estar Dy. Aún no estaba, pero la morena estaba sentada con su sonrisa de recién follada. Solté el aire que estaba guardando, me sentía tan patética.

Antes de llegar a la puerta logré ver a Derek saludando a un par de personas, con toda su formalidad. Al momento que nuestras miradas se cruzaron se acercó dejando todo atrás. Se quitó la chaqueta colocándola en mis hombros para que pudiera taparme. Me encantaba que vistiera de Polo todo el tiempo. Me hizo pensar en cómo se vestía Dylan, a Derek se le veía tres veces mejor. O al menos eso pensaba hasta este momento.

—¿Te encuentras bien?

—Estoy bien solo… sácame de aquí. Te lo ruego.

Tomándome del brazo me sacó de ese lugar. Nos acercamos a una camioneta de lujo color negro. Era una Mercedes-Benz GLA. Me quedé con la boca abierta, era demasiado hermosa. Digna de un abogado. También imagino que no ha de ser nada barata. Como todo un caballero me abrió la puerta del coche tendiéndome la mano para ayudarme a subir. Al prender el trasto una música inundó el ambiente, era tranquila y relajante. Me dio una sonrisa de medio lado que hizo que mi piel reaccionara. Dios, este hombre era un amor.

—Definitivamente ese vestido no era para usar en Billi’s —soltó una carcajada—. No me digas que el idiota con el que has salido no te ha dicho a dónde iban.

Un vacío se formó en mi estómago. Claro que no me había dicho absolutamente nada. Era tan patético que admitirlo en voz alta era vergonzoso. Me encogí de hombros ignorando lo que estaba preguntando o más bien afirmando. Por suerte mi teléfono celular comenzó a sonar.

—¿Dónde diablos estás? —la voz llegó antes de poder decir siquiera algo.

—Camino a casa ¿Qué creías? Que iba a quedarme sentada en ese bar de mala muerte esperando a que un matón me violara. Lo siento, no soy de esas chicas.

—¿Dónde estás? —su voz estaba agitada—. ¡Carajo! Me está dando un ataque al maldito corazón ¿Dónde estás?

—¿Y ahora te preocupas por eso? ¡Vente a la mierda! Tú y yo no tenemos nada que hablar.

Colgué el teléfono sintiendo las lágrimas amenazar con salir de mis ojos. ¡Me estaba volviendo una débil! Pero a quién le importa. Mi corazón se estaba rompiendo. Tapé mi rostro, encogiéndome como una almeja, dejando que mi debilidad saliera a relucir. Tenía a un chico demasiado lindo a la par mía y estaba sufriendo por un grandísimo idiota.

—¡Eh! Emma, tranquila. No tienes que ponerte así por un hombre. Mucho menos por uno que te lleva a un bar de mierda.

Sentí sus manos en mi espalda subiendo y bajando para calmar mis malditos temblores. Tenía toda la razón, no valía la pena estar así por él. Mucho menos teniéndolo aquí para calmar mi noche. Cuando llegamos al Trent, Derek me ofreció ir a la piscina a platicar a los privados. La sola idea de estar sola en mi habitación era desgarradora por lo que acepté, dejándolo que me guiara a uno de los sillones reclinables. Para mi buena suerte, lejos del que usamos Dylan y yo tiempo atrás.

—¿Te gusta? —preguntó acomodándose.

—El lugar o el idiota —respondí sabiendo a lo que se refería.

—Bueno, ya vives aquí por lo que voy a deducir que es un sí. Me refiero al idiota. Aunque idiota es una palabra muy suave para describirlo.

Me lo pensé un buen momento. Para mi pésima suerte estaba haciendo todo lo que había juzgado, todo de lo que había corrido toda mi vida. Siempre lo dije y lo seguía repitiendo. La gente enamorada hace locuras al punto de la estupidez. He aquí el resultado. Estaba cayendo y no había nadie que pudiera detener la caída. El corazón roto no tiene solución, una vez herido no hay vuelta atrás.

—Ni siquiera lo conozco lo suficiente para decir que me duele todo esto. Es estúpido pero hay algo que vibra en mí rogando que él sea para mí. Sabes —dije sintiéndome una tonta por estar aquí contándole a él—, de algún modo sabía que esto pasaría. ¡Karma!

—¿No me digas que crees en el karma?

—Desde el alma hasta el cuerpo —le dije con una risita estúpida. Claro que creo en el karma. La gente es algo ilusa por no creer.

En un pasado no creía en nada, ni en la religión, ni en el karma, ni en el poder divino. Creía en mí, en nada más. Nada importaba. Mi madre era una devota a la religión, una de las razones por lo que me había dado la patada cuando mi mundo empezó a perder el control. Mi mejor amigo de la infancia, John, era la persona que, a pesar de toda la porquería que tiraba, me aceptaba como era. Cam y Anna también estuvieron ahí para mí. Ellas eran del tipo de amigas que te aconsejaban, pero no se metían en tu vida. John era lo contrario, él creía que podía controlarme, que podía componer mi vida. En cierto punto lo logró. John había cambiado mi vida.

El teléfono celular de Derek sonó. Él soltó un soplido fuerte antes de atenderlo.

—Dany ¿Qué pasa? ¿Qué quieres decir que perdió el control? ¡Mierda! ¿Dónde está papá? —Derek se quedó un momento perdido en la conversación—. Pásame a ese bastardo. ¿En qué rayos estabas pensando? Lo sé, suele pasar. No te preocupes, no vas a perderla. Es estúpido, pero tú eres aún más estúpido. Déjalo así, llegó el momento. Que limpien tu desastre antes de que papá llegue.

Colgó el teléfono viendo la pantalla sin decir una palabra.

—Lo siento, Emma, mi hermano pequeño tiene una pequeña crisis. Nunca pensé ver el día en que se enamorara. Es una locura —soltó una carcajada que hizo que me diera el ataque a mí también—. Esta chica le gusta mucho y al parecer no ha hecho nada bien desde que la conoce. No sé por qué te cuento todo esto, es algo estúpido, pero en cierto punto me siento hermano orgulloso. Quizá sea ella quien lo calme. Es un chiquillo tierno, solo no sabe sacar su yo interior.

Sonreí ante la noticia. Por como hablaba de su hermano pequeño me dio a entender que eran una familia unida. Nunca había tenido la dicha de tener ese tipo de cariño fraternal. Ni siquiera tenía una hermana con la que platicar, ni sentirme orgullosa. Al menos de sangre. Pero si tenía dos locas en el piso de arriba. Sonreí ante la idea. La verdad es que amaba a mis amigas como mi pura sangre.

—No pierdas tu tiempo —dije, dándole una palmada en la espalda—. Corre con tu hermanito y dale un par de consejos de cómo ser un buen caballero. Estoy segura de que si le enseñas bien, las cosas estarán bien.

—¿No quieres que le dé un par de consejos a tu Romeo? —bromeó, al tiempo que se ponía de pie—. O una paliza, soy muy bueno en la pelea aunque no lo parezca.

Pensé en Derek y Dylan dándose de puñetazos. No era por ser cruel con Derek, pero era evidente que Dylan lo aplastaría como una cucaracha. De todos modos era un jugador de fútbol. Debía estar acostumbrado a que le den.

Después de convencerlo de que ya estaba en casa, a salvo. Se alejó con su galante figura hasta desaparecer por la puerta corrediza. Esto era toda una tortura. Dylan me había humillado. Lo odiaba por eso. Lo odiaba con mis fuerzas. Tomando una bocanada de aire subí al apartamento. Era hora de regresar a mi realidad.

 

 

Emma

Dylan: ¡Vamos, Emma! No puedes estar enojada toda tu vida.

Yo: No voy a enojarme por algo que no me importa. Solo somos amigos, por lo que no hay nada de qué preocuparse.

Respondí después del sexto mensaje. Me pasé todo el domingo escribiendo y leyendo. Había sido un día perfecto. No quería que Dylan me atosigara de mensajes ni llamadas por lo que apagué el celular. Derek, por su parte, me había llevado a un restaurante italiano que quedaba a una hora de camino. La habíamos pasado de lo mejor. Hablamos de música, libros, películas, futuros estrenos. Hablamos de todas las cosas, por más estúpidas que fueran.

En un momento de debilidad le conté lo que había sucedido en el accidente, como me habían abandonado mis padres, mi mejor amigo, mi familia. Estaba sola en este mundo. Trabaje día y noche para tener un fondo de ahorro para poder ir a la universidad.

Ahora necesitaba un trabajo nuevo para poder seguir manteniéndome tranquila durante estos cuatro años que tenía por delante. Lo primero que pensé fue en un bar. Derek rechazó esa propuesta indicándome que tal vez sería mejor en Starbucks, de esa manera tendríamos bebidas gratis. Me reí ante la idea en ese instante, pero entre más me lo pensaba, más creía que era una excelente opción.

Cuando entré a mi clase de literatura clásica, encontré un Ice coffee con una nota que decía «disfrútalo, nena. Lo siento mucho» no tenía que preguntar de quién era, la respuesta era obvia. No iba a tirarlo a la basura solo porque Dylan me lo había enviado. Revisé mis apuntes, esperando a que Lizzie dijera algo acerca de ese gesto. Dylan se pasaba de dulce conmigo, no era un secreto, pero como se pasaba de dulce también de imbécil, lo cual era normal para cualquiera.

—No puedo creer que te trajera café frío. Es tan adorable.

—No lo es —afirmé—. Solo se está sintiendo como la mierda.

—Ah, sí. Claro, casi olvido el incidente del bar.

Me quedé como piedra ¿Cómo rayos lo sabía? Me le quedé viendo con los ojos muy abiertos, esperando una explicación. Liz se dio media vuelta para quedar justo frente a mi cara de idiotizada. El sonido de su risa me llegó después de su expresión de sorpresa.

—No me digas que no has visto Twitter. Pon hashtag FUNews, desde que enfrentaste a Jenkins sales todos los días en ellas. Leí un tweet que decía que estabas en Billi’s con Dylan, otro que decía, le dio plantón y ella se desapareció con otro. Había muchos de ellos que opinan que tu relación con Dy es puro sexo.

Apreté los ojos con fuerzas, esto era caótico, no tenía ni la menor idea de cómo había pasado semejante pavada. Tomé mi iPad revisando con mucho cuidado el Twitter. Una vez más. Mis seguidores se habían incrementado, tenía más de ciento cuarenta notificaciones. Esto era un asco. Leí unas veinte notificaciones cuando entró el señor Roberts. Eran tan estúpidas las cosas que leía.

Los rumores de una relación de amigos con derecho se habían corrido por todas partes, incluso comentaban como me había enamorado de Dylan y él solo me usaba como su arma sexual.

¡Fantástico!

Al momento de entrar a la cafetería me arrepentí. Todas las miradas viajaron en mi dirección. Cam susurró cosas entre dientes mientras Anna se ponía colorada, ellas amaban la atención, pero no de este tipo. Antes de llegar a la mesa cerca de Cristian y Liz, Dylan llegó corriendo como rayo. Tenía una bandeja que parecía demasiado elegante para ser de la cafetería. Al acercarse más me di cuenta de que la comida iba tapada y que tenía una rosa blanca reposada en la tapadera.

—Te traje almuerzo —dijo, acercándose al lado de Cristian—. ¡Eh! —saludó— ¿Cómo están?

Asentó la comida en la mesa, Cam estaba sentada junto a Mike entrelazando sus manos, Anna recibía un café de las manos de Dan, no sé en qué momento sus vidas se volvieron mucho más fáciles que la mía. Mi concentración se volvió a Dy que sostenía la rosa en sus manos. Sabía perfectamente que las miradas de todos estaban posadas en ese gesto. Negué con la cabeza decidiendo si salir corriendo o quedarme y encarar la situación. Opté por la opción intermedia, le di una sonrisa antes de dejarlo con la rosa en las manos y sentarme junto a Cam.

—¿No vas a hablarme? —preguntó, acercándome la bandeja que había traído. Olía como a gloria, sea lo que sea que estaba debajo del plato estaría como manjar en el paladar.

—No has dicho nada que tenga que responder hasta ahora. ¿Qué es? —pregunté señalando la comida. Al menos no iba a rechazarla, estaba muerta de hambre.

—Pasta a la carbonara —se encogía de hombros dejándome con la cara pasmada ¿Cómo es que sabe cuál era mi comida favorita? No tuve que pensarlo dos veces. Me giré para ver a Cam con cara de pocos amigos. Ella señaló en dirección de Anna que se había quedado con el café a unos centímetros cerca de los labios.

—Ah, vale. Fui yo. Lo siento, pero puede ser muy persuasivo cuando quiere.

Negando con la cabeza le lancé una mirada antes de atacar mi plato. Estaba delicioso. Dylan estaba comiendo exactamente lo mismo que yo y comentaba como era que nunca había probado esta pasta. Era una receta sencilla de pasta con huevo tocino y queso parmesano. Intenté ignorar el hecho que ninguno había dicho nada acerca de la noche en Billi’s. No era ni el lugar, ni el momento. Me quité la imagen de la morena intentando seducir a Dy. No quería pensarlo, porque según lo había logrado. Una parte de mí se sentía celosa, pero tampoco me podía dar el gusto de sentirme de ese modo. Solo éramos amigos ¿cierto?

—Lo lamento —susurró en mi oído cuando estábamos saliendo de la cafetería—. Casi muero cuando no te vi en ninguna parte del bar. Pensé que quizá te habían raptado.

—Eso debiste de haberlo pensado antes de dejarme tirada. Estaba muerta del miedo —confesé, para hacerlo sentir peor de lo que ya se le veía.

—De verdad. Lo lamento tanto Dushy.

Sonreí al escuchar la palabra «Dushy», no tenía ni idea qué significaba, pero amaba que me lo dijera. Le lancé una sonrisa para nada significativa, intentando mantener a la idiota que quería salir corriendo de la emoción. Plantándome un beso en la mejilla frente a mi clase de historia desapareció en el pasillo. Su camisa de entrenamiento fue lo último que vi sintiendo ese nudo en la garganta. Definitivamente estaba colgando en un hilo de todo esto.

 

*****

—¡Mike! —lo llamé al entrar al apartamento. Por alguna extraña razón sabía que estaba por aquí, parecía como si de pronto teníamos un nuevo compañero de apartamento. Sonreí ante la idea, mi amiga había pasado por tantas cosas antes de encontrar a Mike y, a decir verdad, era agradable tenerlo por aquí.

—¿Qué haces llamando a mi hombre? —preguntó Cam, acercándose junto a Mike.

—¿Qué pasa, niña? ¿Todo bien? —tomó a mi amiga para sentarla en su regazo.

—No. No lo sé. Solo quiero saber qué es Dushy.

—¿Dushy? —soltó una carcajada—. Ese idiota no ha caído en la cuenta que te llama de esa manera. Es muy privado, una palabra muy especial para él. No puedo quemar a mi primo, querida, lo siento. Aún no puedo creer que te diga de esa manera.

—¿Primo?

Me quedé observándolo un momento. Mike y Dylan no se parecían mucho, puede que solo en la piel color bronce. Mike asintió lentamente con la cabeza. Explicó que su madre era hermana del padre de Dylan, nunca me lo hubiera imaginado. Tenía un poco de lógica que los dos fueran bastante cercanos, por la simple curiosidad que demanda la vida, pregunté por Dan. Solo me faltaba que fuera un primo perdido o algo por el estilo. No, ni de cerca, lo habían conocido en la secundaria y desde ese momento habían sido muy buenos amigos.

La pregunta del significado de Dushy me tenía paralizada, algo especial para él. Una emoción que iba de Marte a la tierra salió de mi cuerpo. ¡Dios era especial para él! como sea, la palabra era linda, me gustaba bastante.

Tomando mi libro nuevo de literatura clásica, me senté a leer. Nunca en mi vida había leído teatro, pero parecía ser algo interesante. Me sumergí en los diálogos, en las escenas y representé la obra en mi cabeza. Me gustó, pero no me fascinó. Me quedo con la novela normal. Este rollo de Shakespeare no era, para nada, lo mío.

La semana se pasó sin ningún percance. Decidida a mantener mi distancia con el señor seductor; fue mucho más difícil de lo que pensé. Toda la semana se pasó mandándome cafés fríos, flores, chocolates. El almuerzo de primera se estaba volviendo una muy mala costumbre. No quería admitir que hace más de tres días lo había perdonado. Sería estúpido, volvería a pasar por lo mismo.

Septiembre estaba llegando a su fin y octubre hacía su gran aparición. Halloween; desde ya empezaba a disfrutar de esta temporada naranja, con excepción de que todo se volvía de calabaza, hasta el café.

—¿Dushy? —preguntó Dylan, acercándose al lugar donde habíamos decidido acampar con Liz y Cristian. Se estaba convirtiendo en el lugar habitual.

—Estoy ocupada Dy. ¿Necesitas algo? —dije, sin apartar la vista del libro que había alquilado en la biblioteca.

—Déjate de tanta cosa, Em. No puedes estar evitándome todo este tiempo, se supone que somos amigos y los amigos aceptan las cagadas de los otros. Así que déjate de inmadureces.

Me quedé como piedra. ¡Mierda! Es cierto, somos solo amigos, solo somos malditamente amigos. No puedo ponerme en plan de loca compulsiva. Estaba reaccionando como todas esas chicas que se nublaban la vista para ser de esas celosas, locas que corrían detrás de sus novios y les gritaban cosas como «estás con esa puta» o «¡me engañaste con esa!», y la mayor parte de las veces eran puros inventos. Estaba segura de que algo así era.

—Sabes que, Dy, tienes razón —dije bajando el libro alquilado. Me encantaría tener mis propios libros, pero la billetera no me daba para gastar el dinero de esa manera. Tenía que buscar trabajo, tarde o temprano. Me puse de pie para que esta vez pudiéramos estar a la misma altura—. Somos solo amigos, ¿sabes por qué?

Dylan levantó una ceja pensando en mis palabras. Después de unos segundos, esperando mi respuesta, decidí levantarme los lentes de sol para tener un mejor acceso. Me gustaba mucho Dylan y eso era lo peor de todo esto.

—Tú y yo somos iguales, estamos catalogados como algo del momento, ¿no leíste las redes sociales? Soy tu puta amiga con derecho. Algo en lo que nunca valdría la pena formalizar ni una maldita amistad.

Me di la vuelta sin esperar respuesta. Liz se quedó paralizada por unos momentos antes de seguirme de vuelta al campus universitario. En alguna parte de mi mente, Derek hizo su gran aparición. Él sería ideal para mí, un partido que valía la pena. Valía para cualquiera menos a mí. Yo era el peor partido que todos podían tener, no tenía corazón, ni sentimientos. No tengo nada en esta vida que valga la pena.

 

 

Dylan

Me quedé viendo la espalda de la mujer que me estaba volviendo loco. Su amiga de cabello negro me veía con ojos de gato, le tardó tres segundos en seguirla. Me quedé parado con cara de idiota. Era consciente que muchas personas me estaban viendo, esperaba que nadie la hubiera escuchado. Por favor, que no la escuchara nadie. Detestaba que divulgaran mi maldita vida en redes sociales, por algo evitaba tener esa mierda de redes sociales.

Enojado por su arrebato, me fui al único lugar donde era consciente que no necesitaba de una mujer para ser feliz. Podía tener a todas esas porristas de minifalda moviendo el culo como locas. Me fui directo a los vestidores para ponerme mi traje de entrenamiento. Me topé a Mike al teléfono. Ese idiota si estaba colgando de los huevos por esa mujer, no me caía para nada mal. Al contrario, es una descarada de primera, es estupenda para él, le pone orden.

—Dy, tienes cara de mierda. Supongo que Emma sigue siendo difícil.

—Difícil se queda corto. Me saca la poca cordura que tengo, en todos los malditos sentidos. Se sinceró con tu primo ¿Tan mal partido soy?

Mike soltó una carcajada ante mi pregunta. Le fruncí el ceño, no estaba bromeando con él. La mujer me tocó mi lado sensible. Uno que nunca pensé tener. ¡Jesús! Me estaba volviendo un gran marica. ¿Quién diablos se preocupa por lo que una mujer diga? No es por ser machista, pero no las escuchaba ni a ellas ni a ellos, no escuchaba a nadie que no me importara. Todos en este mundo me valían. Las críticas, los chismes eran algo que no encajaban conmigo.

—Mira, Dy, no eres mal partido. Estás forrado, tu familia genera dinero hasta cuando van al baño, eres «guapo» y tienes un cuerpo de campeonato que te ha costado un testículo. Así que eres un maldito buen partido.

Me puse a pensar en las palabras de mi primo. Normalmente, el idiota decía las verdades en sarcasmo, no escuché nada en esa oración. Decidí creerle por esta vez, lo necesitaba. Tenía la autoestima por el suelo. ¿Cómo podía ser posible? La única mujer que me había interesado me rechazaba de manera tan evidente.

Sabía que me deseaba, podía verlo en su mirada. No era la típica mirada que me daban todas las chicas, era una mirada sincera, llena de deseo y lujuria. Estaba seguro de que la ponía caliente, al igual que a todas. La diferencia era que ella no dejaba caer sus bragas con facilidad. Tampoco quería tener sexo con ella. Si lo teníamos de seguro se me pasaba la gana de estar juntos, volviéndola una más en la lista.

Entré al campo de fútbol sabiendo que ella no estaría presente, nunca venía. Empezamos a correr con Mike y Dan, tres vueltas al campo serían suficientes. Jenkins estaba listo para empezar el entrenamiento, ese bastardo nos hace quedar mal a todos, siempre está antes en el entrenamiento. Al momento de terminar de correr, estaba sudando como un cerdo.

Observé a las porristas hacer sus estiramientos, no tenía ni idea de cómo era posible tanta flexibilidad, pero en la cama era de mucha ayuda, daba la opción de ser bastante creativo. Los ojos de Chris se encontraron con los míos, no era que me quitara el aliento. Ninguna lo lograba, aun así, era guapa. Se acercó moviendo sus caderas de forma seductora, sabía que me encantaba ese movimiento.

—Cariño —dijo con su voz de perra— ¿has venido a verme?

Entrecerré los ojos, ante su comentario tan poco acertado. Nunca las buscaba a ellas, ellas solitas llegaban como buitres. Todas eran de ese modo, tan fáciles de conquistar. Chris nunca fue la excepción. Sabía lo mucho que deseaba ser mía, pero yo no podía estar con alguien como ella.

—Sabes que nunca te buscaría a menos que estuviera demasiado necesitado, Chris —le lancé una sonrisa, de ese tipo que hacía que se mojara las bragas. A pesar de la dureza en mi voz, esa sonrisa la calmaba.

—Eres un chiquillo —soltó una risita insoportable. Odio esas risitas de niña idiota. Deberían de estar prohibidas.

—Sí, claro —respondí con ironía. Estaba a unos segundos de marcharme cuando Chris sacó el tema que no debía ser nombrado.

—Le estás rogando a la rata ¿no es así?

¿Rata? Odiaba que la llamaran de ese modo, ella era mucho más que una lectora compulsiva. Incluso había dejado de molestar a los geeks lectores raros de biblioteca. Cada vez que veía a uno lo saludaba con respeto. Ellos eran la gente de mi chica, quería que me aceptaran de algún modo. Ridículo, lo sé, pero quería entender su mundo, no pertenecer a él pero sí aceptarlo. Ella ni siquiera me quería de ese modo ¿Por qué quería impresionarla?

—Ni se te ocurra llamarla así de nuevo. No le estoy rogando, es solo mi amiga.

—Por favor —dijo con un bufido— ¡Tú no tienes amigas!

Estaba empezando a considerar que de verdad no valía nada para ninguna persona, era algo triste. ¡Qué más da! Nunca me han importado las personas y su opinión. En realidad me resbala mucho lo que dicen todos. Muchas veces a la única persona que escuchaba era a mamá. Esa mujer sí era de admirar, daba los mejores consejos, en el mejor momento. En cambio, mi padre era todo lo contrario, lo único que sabía hacer era gritar como loco.

Recuerdo que de pequeño tenía que taparle los oídos a Dany —mi hermana mayor— para que no enloqueciera, era la más débil, a pesar de ser la mayor. Después que mi hermano se fuera a estudiar lejos. Ella lo siguió a otro estado completamente distinto. Nunca fui una miel para tratar a las mujeres como Chris, por lo que le lancé una sonrisa agradable.

—Corrección, cariño. No tengo amigas como tú, no valen la pena más que para follar.

Me di la vuelta dejándola con la mandíbula desprendida. Siempre le sorprendía cuando la trataba como se lo merecía ¿Por qué se sorprende? Casi nadie la trata bien, es una zorra que está disponible las veinticuatro horas para mí.

 

 

Pasé saludando a Kyle —el portero del Trent— era un viejo bastante agradable. Pulse el botón para llamar al ascensor cuando recordé a esa loca, sudada, chocando contra mi cuerpo. El sudor no me daba asco. Estaba acostumbrado. Toparme a la chica de pelo castaño y ojos cafés me dejaba sin aliento, más cuando venía jadeando como desquiciada. La imaginé en mi cama retorciéndose y jadeando mi nombre al instante. Era hermosa.

—¡Detén el ascensor! —gritó alguien detrás de mí. Era Camila. La dejé entrar, al tiempo que pulsaba el botón catorce, sabiendo que era su piso.

—¿Qué tal, Cam? —pregunté recostándome en la pared de espejo.

—Mejor que tú, por lo visto. Las cosas con Emma siguen como la mierda, ¿verdad?

Solté un bufido. Mejor no lo pudo haber dicho, la verdad es que la mujer me tenía babeando como un bebé. La deseaba como loco. Esos besos llenos de pasión y dulzura eran el toque de mi vida. Los recordaba con deseo de repetirlos, la necesitaba en lo más profundo. No iba a admitirlo, ni siquiera borracho.

—¿Algún consejo? —pregunté al darme cuenta de que estábamos cerca de su planta.

Las puertas se abrieron, las sostuve para que Cam pudiera decir algo que me sirviera de luz verde para actuar. Ella se encogió de hombros dándome una mirada con esos ojos negros.

—La llevaste a un bar, la dejaste mientras te pasabas a otra en el baño, un día antes estaban en el sillón tirándose el lote. Está confundida, hace mucho que no siente nada por un hombre y el hombre que le interesa es un auténtico idiota —sabía que hablaba de mí—. Mira Dy, no quiero entrometerme, pero vas a tener que cambiar un poco si quieres estar con ella. Hay otro chico con el que habla todos los días, no tengo ni idea de quién diablos es, pero está ahí, cerca, esperando a que termines de cagarla.

Cerré los ojos recordando esa sonrisa que era exclusiva para un idiota que intentaba conquistarla. Necesitaba recuperarla antes que su estúpido lector la cautivara. Ella tenía que ser mía, no soportaba la idea de verla con alguien más que no fuera yo. No podía ni pensarlo.

¡Mierda! Esos pensamientos definitivamente eran demasiados maricas. «Los libros la mantienen cuerda», recordé las palabras de Camila en la piscina. Sonreí satisfecho, sabía perfectamente cómo ganarme su amor otra vez.

—¿Cuál es el libro favorito de Emma? —pregunté antes que terminara de salir.

—Dependiendo el género y no me preguntes con exactitud. La idiota cambia de amor literario todas las semanas. Del único que me recuerdo ahora es de Christian Grey y Travis Maddox. No preguntes más de eso. No tengo ni una puta idea.

—¿Cuál de ellos es un idiota? —pregunté acelerado.

—Uno que se llama Dylan McGuire —dijo alejándose de la puerta. Quise gritarle, pero en lugar de eso le saqué el dedo de en medio. Sí, definitivamente esta mujer era ideal para Mike.

Las puertas se cerraron dejándome solamente con un nombre en la cabeza Christian Maddox. O al menos algo así había dicho Camila. Debí haber prestado más atención. Entré corriendo al ático quitándole el iPad a mi hermano de las manos. Era un alivio que no tuviera que subir a buscar el mío, de seguro perdería el nombre en ese momento.

—Pon en el buscador, Christian Maddox o algo así.

Mi hermano soltó una carcajada ante mi insistencia.

—¿Te has vuelto gay? Pensé que esta chica te tenía colgando de cabeza.

—¡Cállate idiota y busca el nombre! —le grité. Detestaba ser el menor de dos idiotas—. Es el personaje de un libro —insistí.

Después de una eterna búsqueda del famoso Christian Maddox, me di por vencido. No había nadie con ese nombre. Me dejé caer en el sillón exhausto. No podía creerlo. Tanto plan para nada.

—Cuál es la insistencia, Dy —preguntó mi hermano, dándome unas palmaditas en la espalda.

—Para ti todo es fácil, Derek, estoy loco por ella y… no sé qué hacer.

—Sigo sin entender qué le hiciste para que se pusiera tan de mal humor —negó con la cabeza sin apartar sus ojos grises de mí.

—Ella cree que me he liado con otra chica mientras estábamos juntos en una supuesta cita. La verdad es que nada ha pasado. Tamara, me ha inducido que saliera del… —no podía contarle a don perfecto que había llevado a mi chica a Billi’s, le daría un ataque—restaurante para platicar de algo de suma importancia. No me di cuenta de que le estaban jugando una mala broma a mi chica hasta que pasaron quince minutos. Querían arruinarme la cita y yo lo permití.

Admití la mitad de lo que en realidad había pasado, pero no podía admitirle que la llevé al puto bar de mala muerte. Mi hermano, antes de irse a estudiar a Harvard, era bastante alegre, salía de fiesta seguido conmigo. Hasta que empezó a pensar en su futuro. Algo que esperaba que me pasara algún día.

—Es una gran exagerada. Aun así no te quita lo idiota. ¿Qué piensas hacer?

—Quería decirle que sus amores literarios también son unos idiotas y que al final sus chicas los perdonan. Algo así, pero bien redactado. Para eso tengo a mi abogado personal, para que escriba la mierda que no sé poner en orden.

Mi hermano puso los ojos en blanco haciendo una búsqueda más profunda. Descubrimos, por algún milagro de los ángeles, que había un idiota de literatura juvenil llamado Travis Maddox, no recordaba que Camila haya dicho algo de un tal Travis, pero podía funcionar. Mandé a comprar el libro que era narrado con su punto de vista. Me causó mucha gracia que incluso el tipo de la portada tuviera los tatuajes, eran increíbles.

Mi hermano redactó una carta perfecta con lo que quería decir de una manera más ordenada sin quitarle mi esencia. Mi hermana la había escrito en papel pergamino empacando todo en una bonita caja. Por primera vez en mucho, agradecí que estuvieran en casa.

—¿Qué vas a hacer tú hoy? —le pregunté a mi hermano, que estaba colocándose una chaqueta de cuero bastante elegante.

—Conocí a una chica fantástica hace unos días. Quiero conocerla más por lo que voy a llevarla a un restaurante italiano.

—¿Qué pasa con Kathy? —dije conteniendo la risa.

—Las cosas no van tan bien.

Le sonreí a mi querido idiota. La verdad es que era un ejemplo a seguir. Me daba buenos consejos para aplicar con Emma, fue idea suya el llevarle café frío y almuerzo rico todos los días. Le iría bien con su cita de hoy. Sin embargo, me sentía obligado a dar algunas palabras antes que se marchara.

—No dejes que te alejen de ella durante la cena —le lancé una sonrisa de medio lado.

—Sí, claro —respondió—. No soy tan idiota para dejarla sola y que alguien me la quite de las manos. Ya me estoy peleando al supuesto idiota de su novio o algo por el estilo.

Solté una carcajada al pensar que tanto mi hermano como yo estábamos jodidos por mujeres que eran demasiado buenas para nosotros. Bueno, Emma era demasiado para mí. Derek era demasiado bueno para cualquier persona. Eso era obvio. Aun así no pude evitar pensar en Kathy. No la conocía y no sabía exactamente la relación que tenía con Derek, pero… se supone que están juntos.

 

 

Emma

Me senté en el sillón de playa que habíamos comprado hace unos días con Anna, el balcón era precioso para no decorarlo. Cam estaba enchufada en el teléfono, imagino que hablando con Mike. Cada día que pasa ignoro la conversación de «es solo diversión» que recita una y otra vez. Esto no era para nada diversión, estaban más metidos en una relación que Anna y Dan, que sí iban más formal.

La semana pasada Dan le había pedido a Anna que entablaran una relación más seria. Casi me caigo de la silla de la emoción. Anna era la persona más fiel y dedicada que había conocido en mi vida. Era una romántica apasionada.

Por su parte, Cam, era un desastre, se había enamorado como veinte veces, cortado con todos ellos y vuelto a salir con otro montón más. Ella era un caso, la más parecida a mí si lo vemos de ese modo. La única diferencia era que yo no me enamoraba, dejaba que ellos cayeran a mis pies para luego portarme como si no fueran nada en el mundo. Realmente era una muy mala persona.

—Entonces —dijo Anna colocándose el bronceador en su increíble y diminuta figura—. ¿Vas a salir con Derek o con Dylan?

Puse los ojos en blanco. Anna no aceptaba que estuviera saliendo con dos personas al mismo tiempo, por más que intenté explicarle que Derek era solo amigo. No podíamos estar juntos de ningún modo, pronto se iría a Harvard.

A Anna le parecía que había algo más detrás de esta amistad. No voy a culparla, pasaba la mitad del tiempo hablando por teléfono con él. Si no estábamos hablando por WhatsApp, estábamos metidos en la sala de lectura del edificio leyendo; o él escuchándome practicar mis clases de canto. Intenté enseñarle ciertos ejercicios, siendo un fracaso total. Derek cantaba como la mierda.

—Sabes que nada pasa entre Derek. Y con el señor seductor tengo tantos problemas como puedes imaginarte.

Dylan se había pasado toda la semana pasada intentando quedar bien conmigo, lo logró el viernes pasado cuando me regaló un ejemplar de Walking Disaster. El regalo venía en una caja con una carta muy convincente.

 

Querida Emma:

Puede que últimamente sea un desastre completo. Nunca en mi vida me había sentido tan fuera de línea como ahora que estás a mi lado. No soy muy bueno en esto de los libros, ni mucho menos de los héroes literarios que tanto amas pero… encontré a este idiota que se parece a mí (en cierto sentido), su chica lo perdona una y otra vez y al final logran estar juntos.

¿Crees que pueda ser tu idiota literario? Déjame demostrarte que puedo hacerte feliz.

Siempre tuyo,

Dy.

 

Lo perdoné ese mismo día. Dylan había venido a casa casi todas las noches, se pasaban él, Mike y Dan. Muchas veces veían el fútbol o traían esa cosa para jugar videojuegos. Era un poco aburrido, a pesar de que me encantaba verlo perder la cabeza de emoción, ni mencionar los partidos a los que había tenido que ir a verlo. No habría ido si no hubiera insistido tanto en que lo acompañara.

Un día salió corriendo a los escalones donde estaba perdida en mis pensamientos. Se plantó delante de mí dándome un beso en los labios, dejándoles claro a todos que yo le pertenecía. Lo único que me gustó de ese gesto fue el hecho que le demostraba a todos los buitres que rondaban a mi hombre que me pertenecía, era mío y de nadie más.

—Ves cómo somos perfectos el uno con el otro, Dushy —había dicho Dy.

—No lo sé, pero lo que sí sé es que tu entrenador no tiene buena cara —señalé al hombre que estaba gritándole a Dylan que regresara al campo.

—Primero va mi chica —me plantó un beso en los labios antes de salir corriendo de regreso al campo.

Estaba cayendo en todos los sentidos, estaba perdida en un hombre que no me convenía. Me estaba volviendo en su esclava y eso no era para nada bueno. Nunca había pasado más de los besos súper sensuales, habíamos dormido abrazados, pero seguíamos sin dar el siguiente paso. En un principio pensé que era yo la que lo aplazaba, la que no se animaba a formar un vínculo más profundo. De un momento a otro me di cuenta de que era Dy el que mantenía la distancia.

Su pasado lo asechaba a toda costa, se había acostado con más de la mitad de las mujeres de Florida. Nunca una relación formal, nunca una chica con la que tuviera un poco de sentimiento; hasta ahora, según dicen.

—Está enamorado ¿puedes culparlo? —dijo, Cam acercándose a nosotras.

—¿Dylan, Derek o Mike? —preguntó Anna, levantándose las gafas.

—No tenemos ni idea de quién es Derek, así que me refiero a los otros dos. Sin mencionar a Dan, pero eso ya lo sabíamos. Ha mandado flores, por cierto.

Cam señala la cocina con un ademán de manos, restándole importancia. Ann soltó un grito de sorpresa, corriendo en dirección a la encimera donde descansaban unas rosas rojas. Tanto Cam como yo pusimos los ojos en blanco. Dios, ellos eran una miel.

—¿Has hablado con Dy? —preguntó, concentrándose en su teléfono celular.

—No, solo ha mandado un mensaje de texto, dice que estará ocupado todo el día.

No me molestó que me dejara sola todo el día, aún no éramos una pareja formal. Además, necesitaba tiempo para leer. Hace mucho que tuve que haber empezado el libro de la semana de literatura clásica.

—Está teniendo problemas con su padre —Cam puso el teléfono en la silla reclinable—. Mike dice que han sido dos semanas de locura con toda la familia cerca.

Me quedé pensando un momento en las palabras de Cam. No tenía ni idea de nada de su familia, nunca habíamos hablado de eso. Ni yo de la suya, ni él de la mía. Tampoco sabía acerca del accidente y de cómo me sentía al respecto. No quería que lo supiera, podía alejarlo de ser así y eso me sacaba la mierda.

—No tenía ni idea.

—Mira, Em —dijo poniéndose muy seria—. Dylan está enganchado, te desea, te quiere. Lo más molesto es que tú no te esmeras en atraparlo, en reclamarlo como tuyo. ¡Abre los ojos, Em! No hay ningún puto karma que pagar.

—¡Claro que hay un puto karma! —le grité de vuelta.

—No, no hay. Es una excusa que inventamos por toda la mierda que estábamos pasando en ese tiempo. ¡Es solo una excusa! Ahora, vas a escuchar a tu mejor amiga. Abre los ojos, Em, mereces ser feliz.

Quizá mi amiga tenga razón, pero en estos momentos no puedo manejar tantas emociones. Estoy jodida de muchas formas, unas que no puedo ni expresar. Los siguientes minutos pasaron tan lento que creí que me volvería loca de la desesperación. Ann aparecía por las puertas corredizas con el papel que las flores tenían hace un momento. Anunció que eran de Dan, como si no lo supiéramos. Se sentó a mi lado envolviéndome con sus largos brazos de espagueti. A esta mujer le encantaba dar abrazos, algo que yo detestaba.

—Sabes que tenemos razón, Em. Queremos que seas feliz.

No sé si en algún momento de mi vida pueda volver a ser feliz, como antes que todo se fuera a la mierda. Quería disfrutar mi vida, sin preocuparme, sin ningún momento incómodo. Estaba tan jodida por dentro que no me había dado cuenta de lo mal que me veía por fuera, estaba hecha polvo.

 

 

Dylan llegó esa noche, como ya era costumbre. Su cabello le caía en su desorden habitual, la sonrisa que se pintaba en su rostro me informaba que algo raro estaba tramando. Nuestra «relación» no era tan común. No era formal, pero todos sabían que algo estaba pasando. Estábamos ligados desde la médula. Cada día que pasaba cerca suyo me sentía más atraída por sus poderes seductores. Seguía frenándolo, no quería salir más lastimada de lo que ya había sufrido. Pero era imposible. Ya había caído, mi corazón le pertenecía.

—Bebé —dijo con una gran sonrisa—. Alístate, vamos a salir con mis amigos y tus amigas.

Enmarqué una ceja sintiendo el vacío. Ay, mierda, no Billi’s. No quería regresar a ese lugar ni por que mi vida dependiera de eso. Después de ese día, Dylan había cambiado mucho, salió un par de veces a ese lugar horrendo con sus amigos, nunca me volvió a invitar. De lo que estaba muy agradecida.

—No a Billi’s, nena, iremos a Sangría. Al parecer tus amigas ganaron esta vez, es difícil que Mike le diga que no, está loco por ella.

—Ellas siempre ganan —me acomodé en el sillón, dejando que Dylan me envolviera en sus brazos. Su aroma a agua fresca me llegó como primavera. Era deliciosa.

—No, nena. Esta vez gano yo. Te tendré en mis brazos una buena parte de la noche, bailaré contigo y te pondré a prueba con un par de tragos. Estoy seguro de que esta vez gano yo.

Siempre que bebíamos un trago decía lo mismo. Me ponía «a prueba» para ver si esta vez no acertaba en mi descripción total de lo que estaba tomando, era gracioso verlo siempre perder, la semana pasada había tenido que comprarme café latte toda la semana. Estoy segura de que, aunque no lo hubiéramos apostado, el me lo habría comprado.

—Me pondré el vestido rojo de cuero. —Pensé en cómo me vería con ese increíble mini vestido que no me había puesto en mucho tiempo. Dylan me hizo una mueca para que se lo modelara.

Salí corriendo a la habitación. Sabía que no tenía mucho tiempo, Dylan detestaba tener que esperarme fuera de la habitación. Con un baño exprés, me metí en mi lencería de encaje. Me coloqué el vestido que se ajustaba a la perfección. El maquillaje tendría que ser después, cuando él ya hubiera entrado a la habitación, si me tardaba más de la cuenta se pondría todo gruñón.

Entré a la sala de estar sonriendo, al ver que Mike estaba con él. De ese modo no se pondría tan cascarrabias. Los ojos de Mike se abrieron, repentinamente, observándome de pies a cabeza. Estaba a un segundo de cuestionarle su falta de respeto. Estaba saliendo con Cam.

Dylan se dio media vuelta para ver qué era lo que su amigo estaba observando. Se le fue la vida cuando me vio parada detrás de él. Le sonreí antes de dar media vuelta, para que pudiera verme en todo mi esplendor. Vi que, con un movimiento de manos, le tapó los ojos a Mike, maldiciendo una y otra vez.

—¡Joder! —exclamó poniéndose de pie. Me jaló del brazo para la habitación—. Tienes que cambiarte —anunció sin más.

—¿Qué? ¿Por qué? —no estaba dispuesta a cambiarme. Me gustaba ese vestido, quería ponérmelo.

—Se te ve todo el culo.

Puse los ojos en blanco. Mi hombre imposible quería que me cambiara porque estaba celoso, no podía ocultarlo detrás de esos grandes ojos color tormenta. Le sobé el brazo para calmarlo un poco, no había modo que alguien me volteara a ver. El gran idiota, seductor, era de lo más respetado en toda la universidad. A pesar de que aún no era de los seleccionados en los partidos de fútbol, pronto lo sería. Era el quarterback suplente y el principal cerraba este año. Me senté en la silla frente al espejo dispuesta a empezar con mi maquillaje. Dylan frunció el ceño sin apartar la vista de mí.

Le dio media vuelta a mi clóset y buscó algo. No estaba segura si era un suéter para la salida. Finalmente, levantó una blusa de cuello alto y unos pantalones negros.

—Mucho mejor —dijo, lanzándolos a la cama—. Los tacones están bien.

Sin más qué decir se fue de mi habitación. Me tomó unos segundos darme cuenta de que mi Dios del sexo quería que me pusiera esa porquería para salir a Sangría. ¡Ni por una mierda! Me moriría del calor con esa blusa de lana.

Cuando terminé con mi maquillaje, tomé mi bolso, caminando al encuentro de mis demás compañeros. Cam tenía puesto un mini vestido color turquesa que resaltaba su cabello negro. Anna iba más clásica, con una falta larga de cintura alta y una blusa blanca sin mangas. Por mi parte me sentía sexy, adoraba este vestido rojo que me sacó de muchos apuros en mi época de bar.

—¡Mierda, Em! —dijo Dylan negando con la cabeza—. Ya te dije que no vas a salir así.

—¿Por qué no? Tenía peores vestidos que ese —señaló Camila.

—Todos la van a ver y no quiero, será una tortura.

Mike soltó una carcajada que dejó a todos en silencio por unos minutos antes que nos uniéramos a él. Estaba siendo un celoso compulsivo. Nadie iba a pensar siquiera en verme. Además de ser la chica del quarterback suplente, era una rata de biblioteca, un rango que estaba fuera de los límites de cualquier chico popular. Nos evitaban a toda costa, preocupándose por la imagen que podía causar estar con nosotros. A Dylan eso no le molestó en lo absoluto.

—¡Vamos, Dushy! —suplicó—. Ponte un pantalón, vas a matar a tu hombre.

Me reí ante su comentario. Aún no era mi novio. No oficialmente. La gente sabía que estábamos juntos, lo dejó claro en el campo frente a todo mundo. Aun así, no teníamos ningún título.

—Dame cinco minutos —no podía decirle que no cuando me veía con esos ojos. Me estaba rogando y yo no podía negarle algo cuando ponía esa cara.

Me coloqué unos pantalones bastante ajustados y una blusa corta. Sé que no iba a estar tan contento con la blusa pero ya suficiente con haberme cambiado el vestido, ni loca me colocaría la blusa de cuello alto.

Como era de imaginarse, Dylan no estaba para nada contento con mi vestuario, pero advertí que era este o el vestido rojo. Ganó el pantalón pegado. Llegamos a Sangría a la hora pico, había una cola horrible para entrar. Dy le hizo señas al portero que no tardó en apartarse para dejarnos pasar. Era fantástico que fuera conocido por todo mundo, no por todas las mujeres que le caían como buitres, esas locas las quería fuera de su alcance.

El lugar era una locura. La música resonaba a todo volumen, las personas se mecían al ritmo de la música, los cuerpos sudorosos chocándose entre sí, el aroma a alcohol y cigarrillo. Era mi propio déjà vu, una parte de mí extrañaba esto. Extrañaba la locura de bar, el servir bebidas y enloquecer al ritmo de la música. Esa etapa había quedado atrás, no podía regresar a eso.

—¿Pedimos vino? —preguntó Anna con su cara de indiferencia.

—¡Ni loca! —respondió Camila—. Ese trago es de casa y películas. Traigan algo fuerte de noche de fiesta, ¡Em! —gritó—. Pídeme algo fuerte, tú sabrás.

Puse los ojos en blanco. Claro que sabía lo que mi amiga quería y rogaba por que alguien dijera lo contrario. Nadie lo hizo. Estaba condenada a la bebida que me provocaba dolor de cabeza. Dejando a todos atrás me acerqué a la barra comunicándome con una de las camareras. Le hice nuestro pedido pagándola de inmediato.

Estaba segura de que Dylan estallaría en una riña por el hecho que detestaba que pagara las cuentas. Regresé a la mesa al mismo tiempo que la chica con la botella, ayudándola con los vasos. Los ojos de la chica se pusieron en mi hombre, haciéndole pequeños ojitos de rata muerta.

—Dy —saludó—, ¿quieren que les sirva la primera ronda?

—No —respondí captando su atención—. Me gusta servirlas a mí.

Le lancé una mirada poco agradable, indicándole que se largara de la mesa. Ella giró para buscar la mirada de Dylan esperando su aprobación. Él ni siquiera la veía a ella, me estaba observando con ojos de cariño y una gran sonrisa. Le arrebaté la botella de la mano como una celosa compulsiva y serví la primera ronda en menos de un minuto. Odiaba el vodka, pero no iba a impedir que la pasaran bien.

Los cuatro manteníamos una conversación enérgica para cuando la botella iba por menos de la mitad. Tres chicos del equipo de fútbol se nos unieron. No me negué a la compañía de ellos, no eran Jenkins. Hasta este momento, el grandulón se había mantenido al margen de nuestra relación. Ni siquiera se había cruzado en mi camino, lo cual era bueno. La gente, poco a poco, iba respetando más a los RDB, era fantástico. Incluso Cristian se mantenía más relajado.

—¡Tequila para Dylan! —anunció la camarera que había sacado, de una patada, tiempo atrás.

—No es mi cumpleaños —dijo Dylan con una gran sonrisa—¿Quién lo manda esta vez?

¿Esta vez? por todos los santos, tenía que ser una broma de muy mal gusto. Esperaba a que lo fuera. Dylan tomó el chupito sin esperar respuesta y se lo empinó dejándome con la boca abierta. ¿Quién diablos le mandaba un trago y él lo aceptaba?

—Tienes cinco más a tu favor. Las chicas te extrañan, Dy.

Tirándole un beso desapareció de la vista de todos los que observaban la escena. Cam y Anna me veían con ojos de «No vayas a armar ningún problema». No iba a hacerlo. Iba a portarme como la antigua yo. Despreocupada.

Cuanto más tiempo pasaba, preparaba los tragos más fuertes. Mike había ido a comprar la segunda botella de vodka cuando mi sistema pedía un descanso. No se lo di. Estaba un poco molesta. Los malditos chupitos de Dylan siguieron llegando y él los tomaba sin rechistar palabra. Dos chicas se nos unieron a la fiesta tiempo después. Estaban sentadas como si hubieran sido parte del grupo. Cam y Anna eran las más tensas de la mesa. Por mi parte decidí entablar conversación con ellas y volverlas amigas íntimas. De seguro es el alcohol hablando.

—Emma —me llamó Mike— ¿Mañana hacemos una sesión de tragos? Estoy dispuesto a enseñarte un par de movimientos que estoy seguro que no sabes.

Me reí ante ese reto. Estaba claro que Mike era muy buen barman, pero yo también lo era. Estiré mi mano para cerrar el trato de mañana. Esto sería divertido.

—¡Santo poder! Yo los quiero probar todos —dio un salto Camila de su silla plantándole un beso en los labios a Mike.

—¡Busquen un cuarto! —gritó Dylan.

Las dos chicas nuevas, las cuales no recordaba sus nombres, se echaron a reír. No sé qué fue tan gracioso, pero estallé en carcajadas hasta que una de las rubias dijo algo que definitivamente no quería escuchar.

—Lo dice el hombre que no tenía pudor de tomar a una chica en medio de un bar, por dios, Dy, estás cambiando.

Dejé de reír en ese momento. ¿Cómo diablos se atreve a decir tanta idiotez? La odié en ese momento. Si había querido ser su amiga en algún minuto, aquí se había perdido toda posible relación. Me puse de pie con la intensión de tomar un poco de distancia. Sabía que a veces podía ser un poco explosiva. Dy se puso de pie de inmediato. Negué con la cabeza avisando de que tenía que ir al baño.

Después de haber pasado por los servicios, que parecían más un motel sucio y asqueroso lleno de parejas sin respeto al derecho ajeno. Me dirigí a la barra por un buen trago que calmara mis nervios. Tome tres chupitos de un solo. Uno que había pagado yo, otro que un chico compró para mí y otro que no tengo ni la menos idea de donde salió.

Cuando estaba a unos pasos de regresar a la mesa, un chico que no reconocía bien me paró en seco. Me encaminó a la pista de baile y empezó a bailar conmigo. Mi cuerpo estaba tan pesado que no calculaba mis movimientos, quería alejarme del hombre y poner distancia. No podía, estaba tan borracha.

En un momento de lucidez sentí sus manos en mis caderas. Me retiré un poco para alejarme, pero el hombre cada vez me tomaba con más fuerza. Sus labios hicieron contacto con mi cuello unos segundos, el placer de tan cálida bienvenida me llegó hasta la cabeza.

Tenía que alejarme. Di un tirón para zafarme de sus brazos cayendo directo al suelo. No podía pararme y sentía la mirada de todas las personas a mi alrededor observando. Me puse de pie aún tambaleándome sintiendo que el tobillo me dolía más de lo necesario. Estaba borracha, no debería sentirlo.

—Aléjate de mí, mierda —señalé al hombre que creía me había abordado. Veía doble y no definía nada de lo que pasaba a mi alrededor.

—¡Dios mío, Emma! —Mike me vio a la cara—. Agradece que Dylan no vio esto, si no aquí estaría corriendo sangre.

Imágenes del accidente al mencionar sangre vinieron a mi cabeza. Empecé a negar con la cabeza. Mike, que hasta ahora sabía de mis ataques de nervios, me tomó en brazos. Le dijo algo a un chico junto a mí y salió corriendo, mientras las lágrimas corrían por mis mejillas. Me subió a su carro susurrando que me calmara. Tomó su teléfono.

—¡Alerta Emma! Avísale a Cam, solo dile a Cam —grito envolviéndome en sus enormes brazos de acero. Me limpié las lágrimas—. Lo siento, Em. Hay hombres que creen que pueden aprovecharse de cualquier mujer borracha, debí cuidarte mejor, Lo siento.

Las lágrimas no dejaban de salir por momentos, sabía que la había regado toda. No sabía a quién había llamado Mike, pero no me importaba, mi cabeza estaba tan en otro lugar que nada importaba. Cerré los ojos por un momento viviendo el accidente una y otra vez. El alcohol lo empeoraba todo.

—Sangre —dije, negando con la cabeza—. Mucha sangre. Gritos, lamentos. Mike ¡quítalas de mi cabeza!

—Piensa en cosas bonitas, en tus libros o quizá en la música. Canta conmigo, Emma, canta.

Como si fuera un susurro, Mike comenzó a cantar una canción de Jason Derulo. Me reí ante la incorrecta canción que debía cantar. Cam y Anna siempre usaban esa táctica después de que despertaba pegando gritos al imaginar el carro partido a la mitad. Instintivamente me llevé la mano al muslo, donde la única cicatriz visible se pintaba en mi piel. La ropa siempre la tapaba, nunca la dejaba al descubierto. Me llevé la otra mano a la cabeza, tocando esa cicatriz casi invisible, el pelo la tapaba. Lo único que no podía ocultar era el trauma que me provocaba la mención de sangre o el subirme a un auto que viajaba a toda velocidad. No podía con todas mis reacciones. Una parte de mí sabía que tenía que regresar al psicólogo, otra parte se negaba a hacerlo.

—¡Mierda, Em! —distinguí la voz agitada de Dylan—. Quita tus manos de encima, Mike —se quejó.

—Déjalo —dijo Cam acercándose a la escena—. Él sabe lo que hace. Nadie más lo podría hacer mejor.

Se acomodó a mi lado acompañando a Mike cantar esa canción que se refería a movimientos de trasero. Cam sabía que era súper ilógico que cantara esa estupidez, pero estaba funcionando. Dylan se quedó estupefacto viendo como los dos cantaban en voz desalineada. No le tomó mucho tiempo arrancarme de los brazos de Mike, acunándome en los de él cantando la canción en su voz desalineada.

A los minutos perdí la conciencia. Estaba en el décimo cielo de Dylan. Su voz me acunaba alejándome de las historias de carros desgarrados y sangre.

Dylan

¿Pero qué diablos fue eso? Nunca en mi vida había visto a alguien tan perdida en sus gritos, en sus sentimientos. Emma estaba horrorizada, balanceándose en los brazos de Mike, negando con la cabeza. Estaba blanca como la nieve.

—¿Cómo es que él sabe qué hacer y yo no? —dije molesto.

Cam solo negó con la cabeza, pero podía ver que mi pregunta le molestaba. Bueno, pues a mí su puta respuesta me molestaba de una manera muy grande. Emma era mía, o al menos quería que fuera mía completamente, estaba loco por ella y me había encargado de demostrárselo al mundo. Ya no me importaba qué dijeran los demás, ella se estaba volviendo en mi todo.

Levantando a Emma de los brazos de Mike, la cargué como una princesa. No pesaba tanto como pensé, es más, eso era preocupante, debería comer un poco más. Recordé cómo Mike le cantaba, e intenté hacer lo mismo.

Mike me abrió la puerta de atrás del carro, me subí, ignorando que mi carro se quedaría en la parte de afuera de Sangría. Estábamos a unas cuadras, le daría las llaves a Dan y él regresaría por él.

En el trayecto al Trent, Emma dejó de sollozar y su respiración estaba lenta. No sabía con seguridad si se había quedado dormida o estaba relajada. La acuné unos minutos más antes de darme cuenta de que estaba profundamente dormida.

—Tienes que entenderla, Dy. Tiene un pasado difícil —dijo Cam, viendo a su amiga desde el asiento delantero.

—¿Qué le pasó? —pregunté con miedo.

No era un estúpido, sabía que algo malo, muy malo le había pasado. Los gritos y los sollozos de «mucha sangre» hablaban por si solos. Quería saber a qué me enfrentaba, si era más de lo que podía controlar. Yo tenía mis propios demonios, no estaba seguro de poder con los de alguien más.

—No es mi historia que contar, lo siento —¡Maldita Camila! No le costaba absolutamente nada decirme algo.

—¿Qué pasa si es algo que no puedo manejar?

—Entonces solo no la mereces, así de fácil.

Mike no dijo absolutamente nada, nada que me diera una idea. Sabía que él estaba al tanto, si no cómo es que sabía lo de la música, cómo es que sabía cómo reaccionar. Abracé a Emma con más fuerza. Esto no podía ser cierto, éramos dos malditas almas rotas. Por qué de todas las mujeres, tuve que ir a caer por alguien que, al parecer, estaba peor que yo.

Acostándola en la cama, le quité el pantalón y la blusa. Quería ponerle una camiseta o su ropa de dormir, pero su cuerpo estaba pesado y era difícil de dominar. La cargué, destapando las sábanas. Cuando logré meterla y acomodarla, me fijé en una cicatriz enorme en la parte de atrás de su pierna.

—No la veas, apaga la luz —susurró, tapando su culo—. No la veas, por favor.

—Tranquila, Dushy, no pasa nada. Vamos a dormir.

La tomé con una necesidad de protegerla, de demostrarle que nada le pasaría. La besé como si de eso dependiera mi vida, sus labios estaban flojos y un poco perdidos de lo que era un beso. Definitivamente no podríamos hacer nada, una vez más. Tampoco quería que fuera de este modo, por muy extraño que parezca.

Me quedé observándola detenidamente, tenía varios cortes en la espalda y marcas, como si algo muy fuerte le hubiera pasado, quisiera hacer lo que ella me pedía, pero no podía. Cerré los ojos, conteniendo la necesidad de abrazarla y llorar, por lo que sea que la hubiera marcado.

Quería protegerla e iba a hacerlo. Definitivamente, esto no sería tarea fácil.

Ni ella, ni yo, estábamos bien.

 

 

Emma

Desperté bastante cómoda, estaba recostada en el perfecto pectoral de Dylan. Me retorcí un poco en sus brazos para poder liberarme de ellos. Necesitaba usar urgentemente el baño. Sin tener pudor de despertarlo, salí corriendo al baño. Me relajé un poco dejando que mi vientre se deshinchara. Cuando me subí las bragas de encaje me quedé paralizada.

Estaba solo en ropa interior. Busqué la bata de baño por todos lados, esperando no tener que salir a buscarla a mi habitación. Estaba segura de que Dylan había despertado. El dolor de cabeza se concentró detrás de mis ojos. ¡Dios mío! Tenía una resaca de campeonato. Con la mano, intenté tapar la cicatriz, deseando, con todas mis fuerzas, que no me viera Dylan. Corrí a la silla frente a la computadora tomando mi bata, tapándome como si nada hubiera pasado. Aún no estaba lista para contarle nada acerca del accidente.

—Tranquila, cariño. Ayer por la noche te quité esos pantalones demasiado apretados y la diminuta blusa. No hay nada que no haya visto —dijo sin vergüenza.

Me ruboricé en ese preciso momento. ¡Qué vergüenza! Me encogí de hombros, esperando a que él ignorara la cicatriz. No dijo nada cuando me acomodé en sus brazos otra vez. Me estaba muriéndome de la sed y mi aliento matutino era un asco. Aun así pareció no importarle.

Después de darme un baño de agua fría para apaciguar los calores de la resaca y tomarme una sopita —que Dylan había preparado—. Me tiré al sillón a leer un libro. Dylan sacó su mochila, que había subido a buscar unas horas antes. Sacó un libro, con todo disimulo, acostándose a mi lado. Después de un momento me di cuenta de que estaba leyendo. Bajé la vista para ver el título, estaba segura de que sería un cómic o quizá una historia de fútbol. Para mi sorpresa conocía ese libro a la perfección. Me quedé observando el libro negro con gris. Dejé escapar una carcajada.

—¿Estás leyendo Cincuenta sombras de Grey? —pregunté, sin dejar de reír.

—Me lo han recomendado —dijo, encogiéndose de hombros.

—La película está a unos meses de distancia ¿Vas a llevarme al cine?

Me dio un beso en los labios para prometerme que lo haría. Sonreí ante ese gesto, era una increíble persona. No quise aclararle lo que estaba leyendo. Dejaría que él se enterara por sus propios medios.

—¿Tú lo has leído? —preguntó pensativo.

—Síp —respondí, conteniendo la risa.

—Bueno, al menos tendremos algo que comentar más tarde. No tengo ni idea de lo que va, solo me han dado el nombre.

Quise contarle todo acerca de ese libro, pero me contuve. Esto iba a ser muy gracioso de ver.

Los pequeños fragmentos de la noche anterior me llegaban como la brisa del mar. No recordaba la mitad de la noche, ni mucho menos cómo había llegado a casa. Anna estaba muy molesta conmigo, por alguna extraña razón.

Intenté bajar libros para saber si me había peleado con ella, no lo recordaba, para ser sincera. Cam aún estaba encerrada en su habitación. Unos gritos se elevaron por todo el apartamento, pensé que era el típico sexo matutino muy violento. Cuando la puerta de Cam se abrió de un golpe, supe que estaba equivocada.

—¡Vete, Mike! —señaló la puerta principal—. ¡Ahora!

—Estás loca, Camila Roth —hizo una señal con la mano saliendo del apartamento. Dylan me dio una mirada preocupada. Asentí, al tiempo que él se ponía de pie para salir detrás de Mike.

Nos quedamos unos minutos en silencio, sin decir una palabra. Estábamos las tres solas una vez más durante un largo tiempo. Anna dejó escapar un suspiro, acercándose. Esperamos a que Cam hablara. Normalmente no necesitábamos preguntar, ella lo haría sola.

No lo hizo, se recostó en el sillón como una bolita y empezó a llorar como loca. Anna y yo nos quedamos viendo desconcertadas, esto no era común en ella, esto no era normal. Cam nunca lloraba. Corrimos a abrazarla. Esto no era nada común.

Dejé que la princesa de hielo se derritiera en lágrimas, esperando a tener alguna otra reacción, aparte de la que estábamos viendo. La acuné en mis brazos, mientras Anna le decía palabras de aliento. De ese tipo que solo ella sabía. Nos quedamos casi una hora así, sin movernos. Finalmente, tomé el valor de preguntar.

—¿Qué paso?

—Emma, tú no sabes nada de estar enamorada y si lo estás no lo admites nunca. Esta soy yo admitiendo que estoy de los ovarios por ese hombre al que acabo de echar de mi casa.

Me quedé estupefacta ante su respuesta. No sabía si tomármelo como algo completamente ofensivo o si tomármelo como un paso de sinceridad. La verdad es que una vez estuve enamorada de alguien. Por no dejar mi locura y admitir que quizá éramos compatibles juntos. Lo llevé directo a la tumba. Me retorcí en mi lugar un minuto. Esto no era acerca de mí, esto era mucho más grande que mis cosas. Cam estaba admitiendo estar enamorada y eso ya era gran cosa.

—Felicidades —le dijo Anna—. El amor es la cosa más linda del universo.

—Deja de ser lindo cuando lo llamas cosa. Se supone que esa mierda es un sentimiento, no una cosa —arguyó Camila entre sollozos.

—Pero qué cabronada. Si el amor te pone como una perra, no quiero enamorarme —señalé de mal gusto. Anna solo estaba intentando ser amable y Cam se estaba portando súper pesada.

Cam soltó un suspiro, secó sus lágrimas y nos enfrentó con todo su valor. Esto no era fácil para ella. Nosotras lo sabíamos. Ella era aventurera, alegre y simpática. Ni de loca admitiría estar clavada de un hombre.

—Cuando él te empezó a cantar… lo supe. Él estaba hecho a mi medida, sabía como calmarte sin que se lo dijera. Logra entablar una conversación con Anna sin llegar al borde de la locura. Me escucha y aún no ha salido corriendo cuando admití que no soy una persona estable. Incluso se portó bastante bien cuando le contamos lo del accidente. Simplemente… ¡Estoy asustada como la mierda! ¿Está bien? Tengo miedo.

No tenía que decir más. La abracé tres veces más fuerte. Mi amiga estaba más que enamorada. Había encontrado al hombre ideal. No solo pensaba en su bienestar. Pensaba en cómo sería la relación con nosotros, con su familia. Él encajaba perfectamente en todos los sentidos.

Esa noche pedimos comida. Ninguna tenía ganas de cocinar y la leche con cereal no era alta en calorías. Necesitábamos más grasa. Anna se encargó de que pidiéramos alitas de pollo, sushi, carpacho, palomitas de maíz y la inigualable Dr. Pepper, mi favorita. Nos tiramos en la sala a ver películas.

Mi celular vibró en el bolso de mi sudadera. Era Derek, extrañaba hablar con él.

Derek: Mi querida lectora, creo que extraño escuchar tu voz, mis ojos están secos de no verte y mi cuerpo añora el día de sentir tu tacto. ¿Sabes qué? Creo que podría volverme poeta.

Yo: ¡Vaya, Romeo! Espero estés dispuesto a plantarte en mi balcón y darme ese tipo de recitales, en lugar de WhatsApp.

Derek: ¿Qué, no te han dicho que estamos en otro siglo? Para empezar, no es un piso de altura. Son catorce, y segundo, para algo hay tecnología. Si me mandas a la mierda al menos no tendré que irme bastante humillado de tu casa ¿Qué haces?

Hablamos durante un buen tiempo. Le conté acerca de mi tarde y de cómo mi amiga había cedido con este asunto del amor. Derek opinaba que el corazón era bastante flexible, hecho para destrozarlo y volverlo a armar. Yo creía todo lo opuesto. Una vez desarmado, ese músculo no volvía a ser igual. Derek propuso que cenáramos mañana, no le negué la salida. Estaba muy entusiasmada de verlo antes que se fuera. Habíamos entablado una bonita amistad, bastante bonita para ser verdad.

A la mañana siguiente, Dylan estaba esperándome en el lobby del edificio. Hace un par de meses se dividía entre la casa de sus padres y el apartamento de Mike. Al parecer su papá trabajaba mucho y su madre se mantenía ausente de casa, nunca hablaba mucho de ellos. Últimamente se estaba quedando a tiempo completo en el ático. Según entiendo, Mike se la pasaba aquí. Bueno, hasta ayer por la noche. Sentí una punzada de nostalgia, no quería que Cam perdiera a Mike por miedo.

—Nena —dijo, dándome un profundo beso en los labios.

—¿Cómo está Mike? —pregunté, dejándolo que me subiera a su súper deportivo. Las primeras veces tuve que pedirle que bajara la velocidad. Me aterraba volver a dar vuelta en esta mierda.

—Desconcertado. Nunca lo había visto de ese modo, quiere mucho a Cam.

Y ella lo quería a él. No entendía por qué debían estar separados. Si uno ama a una persona lucha por ella, no se aleja, ¿verdad? O al menos eso me habían enseñado mis padres, en alguna conversación.

—Nena, hoy me quedaré con él. Me necesita. Iremos a Billi’s.

No me lo estaba preguntando. Me lo estaba informando. No era su novia o su pareja oficial para impedírselo, odiaba ese lugar en todas las formas posibles. Pensé en todos los buitres que estarían rondando a su alrededor, las odiaba. No le dije nada, no debía decirle nada, no tenía ese derecho.

 

*****

Entré a mi clase de literatura clásica, sentándome junto a Cristian, que tenía la vista perdida en un libro que no iba para nada con la clase. Me dio un pequeño ataque de risa al ver que no prestaba ni la más mínima atención. Lo mismo me pasaba a mí cuando estaba colgada leyendo.

—Veo que lo moderno nos tiene cautivados —dijo el señor Rodríguez, viendo el libro de Cristian encima de la mesa—. No es que tenga nada en contra de ese tipo de literatura, pero siempre son la misma cosa. Vampiro enamorado de una humana que es frágil, el típico ángel caído y las historias de sexo sádico. No hay mucha diferencia en todo eso.

Quise contener una risita estúpida en cada similitud que había dicho, pensé al menos en dos o tres libros. Estaba a punto de argumentar con él cuando una chica de cabello negro entró corriendo tarde a clases. Contuve una risita estúpida que se formó una vez más. Era raro que entrara tarde a clases.

—¿Estás bien? —pregunté a Lizzie.

—¡Esto es una locura! —dijo jadeando—. Perdí el autobús y me vine a pie.

Cristian la vio de reojo conteniendo una risa escandalosa, la residencia no estaba muy lejos del campus, pero Lizzie se negaba a caminar. Odiaba eso de tener que ejercitarse de más al día. Sacando su laptop blanca se acomodó a mi lado, como se había vuelto costumbre. Me gustaba mucho pasar tiempo con ella, era mucho más relajante que estar con Cam y con Anna y sus historias disparatadas.

—Así que… ¿Tú y Dylan están juntos? —preguntó, cuando su corazón se había tranquilizado. La clase estaba iniciándose, pero eso no evitó que dejáramos de hablar.

—No, qué va. No es nada formal y tampoco es sexo, como todo el mundo dice. Ni siquiera nos hemos acostado aún.

—Mmm… —respondió algo pensativa— ¿Vemos películas hoy en la tarde?

Era la primera vez que Liz me preguntaba por una salida, me sentí importante, en cierto sentido. Quería hacer nuestra amistad un poco más fuerte que solo en torno a los libros. Acepté con una gran sonrisa para que captara mi emoción. Tenía tiempo antes de salir a cenar con Derek, le mandaría un mensaje a Dylan de mis planes para que no sintiera que lo estaba engañando. No sé por qué me preocupaba, aún no éramos nada.

Emma

La tarde comenzó sin ningún percance. Le había mandado el mensaje a Dylan informándole de mi tarde de películas. Aún no había tenido el valor de decirle acerca de Derek, aunque lo iba a hacer antes de salir con él. Lizzie estaba tirada en el sillón, con Cam y Anna cerca, comiendo palomitas de maíz. Yo ya estaba arreglando mi cabello, de manera que quedaba en perfecta simetría. Liso y sedoso. Me hice un maquillaje sencillo, me coloqué unos vaqueros con un suéter ajustado, el gorro de lana gris que tanto me gustaba y ya, estaba lista para mi salida de amigos con Derek.

—¿Cómo me veo? —pregunté modelando mi atuendo.

—Como si fueras a una cita —dijo Anna a regañadientes—. Tengo un mal presentimiento para esta noche. No vayas, por favor.

Puse los ojos en blanco al tiempo que tocaban el timbre. Lizzie había decidido quedarse a ver una película más, con Anna y con Cam. Abrí la puerta para encontrarme con Derek. Cargaba unos vaqueros ajustados, su camisa de botones blanca y una chaqueta bastante elegante. Su cabello estaba peinado a la perfección como siempre.

—Hola, hermosa —me saludó con un beso en la mejilla—. Te ves increíble.

Escuché a Anna soltar un soplido y Cam reía descaradamente. Claro que sí, mis amigas no se creían ni una mierda que él era solo mi amigo. Me despedí moviendo la mano, saliendo de la habitación. Estaba en el ascensor cuando recordé mandarle un mensaje a Dylan. No sabía cuál sería su reacción por lo que intenté ser bastante dulce.

Yo: Amor, voy a salir con un amigo a comer. Pásala bien con Mike hoy, pórtate bien.

Dylan: ¿El idiota de los mensajes?

Puse los ojos en blanco.

Yo: sí, él. Pero es solo mi amigo y tú lo sabes.

No obtuve respuesta. Sabía que estaba molesto, pero… bueno yo no estaba dando pataletas por su salida a Billi´s que sabía estaba lleno de zorras. Guardé el teléfono celular cuando me di por vencida. No iba a contestar.

Me subí al carro de Derek esperando a que él me llevara a donde sea que íbamos. La música de Imagine Dragons me llegó de repente, amaba ese grupo. Le lancé una sonrisa al ver que él tarareaba la canción. El camino avanzaba, cada vez más lejos del Trent. Ni idea a dónde nos dirigíamos. Cuando la siguiente canción del disco sonó, empecé a cantarla como loca, acompañada del desafinado de Derek.

—Le robé el disco a mi hermano —admitió Derek—. Él es el fanático. Fue un intercambio justo. Yo le recomendé libros para impresionar a una chica y el me da música para impresionarte a ti ¿funcionó? —preguntó, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Dependiendo del libro —hice una mueca pensativa.

—Digamos que estoy esperando a que logre avanzar para que venga a sacarme la madre —soltó una carcajada contagiosa. No tenía ni idea de qué libro hablaba, aun así me reí como si una parte de mí lo supiera.

Aparcamos en un restaurante griego, cerca de la playa llamado Opa, era bastante tradicionalista. Las mesas azules de madera, las paredes blancas, los cuadros de islas… me recordaron cuánto quería viajar a ese lugar. Como todo un caballero, Derek me abrió la puerta del carro, ayudándome a bajar, como si tuviera ropa complicada. Nos sentamos en una mesa cerca de un cuadro de un atardecer. Él sol se reflejaba en el mar, iluminando de naranja el lugar de casitas blancas. Era espectacular.

Gia sas pedia —dijo la camarera en un perfecto griego—. ¿Qué desean ordenar?

No pude ni siquiera ver el menú. Derek ya estaba ordenando unas cosas para picar. Según explicó, los griegos comparten toda la comida. No iba a quejarme, cuantas más cosas probara mejor. Seguimos hablando de un montón de cosas —como era costumbre— dejé que me llevara a lugares que jamás había pensado posibles con las historias de su infancia. No había sido una infancia mala, sonaba bastante sencilla.

—Mis hermanos son mi vida —dijo, negando con la cabeza—. Mi papá ha sido una mierda en los últimos años, después que mamá enfermó él… perdió el control de su vida. Gritaba mucho y casi todo lo pagaba mi hermano menor. Los dos tienen un carácter de mierda, por lo que chocan mucho.

Solté un suspiro, sintiendo lástima por el cambio tan repentino. Habían tenido una vida perfecta y de pronto ¡BAM! Todo cambió. Eso era… tan parecido a mi vida. No iba a negar que me sentía identificada en ciertas cosas.

—Creo que muchas cosas que mi papá le decía a mi hermano quedaron grabadas en su corazón. Por eso es que suele ser tan mierda, necesita que le digan constantemente que vale algo en la vida. Necesita sentirse querido para sobrevivir.

Tomé un trago de mi copa de vino tinto. No tenía palabras. Derek no entendería a cabalidad que me sentía tan identificada con su hermano. Incluso la necesidad de conocerlo surgió en mi interior. Quería conocerlo.

—Me gustaría conocer a tu hermano algún día. Una parte de mí se identifica con él —dije sin pensar.

—Oh, no, Emma, no sé si sea bueno. De seguro intenta meterse en tus bragas de ser así —los dos soltamos una carcajada antes de ponernos serios, una vez más.

—Después del accidente me sentía tan culpable que… —cerré los ojos conteniendo las lágrimas —Perdí toda confianza en mí, en mi vida, en mi forma de ser. No me malinterpretes. Amo a la lectora que hay en mí, es fantástica, pero también extraño a la Emma que solía disfrutar la vida.

—¿Por qué no la sacas de vez en cuando? —preguntó pensativo.

—Porque ella murió en ese accidente junto a todas esas personas.

No había nada más que decir. Ese era el fin de mi historia. Me encogí de hombros tomando lo que quedaba de mi copa. Con un cambio radical de tema, Derek comenzó a contarme acerca de sus primeros años en la universidad. Sabía que había algo en el tema de Cambridge que no me contaba, algo le estaba carcomiendo las ideas. No presioné. Lo dejaría, todo a su tiempo.

 

 

Estábamos regresando a casa cuando mi celular empezó a vibrar. Lo tomé del bolso al tiempo que la llamada se cortaba. Tenía seis llamadas perdidas y como veinte WhatsApp. Pensé que serían de Dylan reclamando mi salida, pero no, no era Dylan, era Camila. Le devolví la llamada inmediatamente, preocupada.

—¡Dónde estás! —gritó antes que pudiera sonar la primera vez.

—Camino al Trent ¿Todo bien? —algo no estaba bien. Cam no sonaba para nada bien.

—No, Mike está metido en el lugar de mala muerte y está con muchas mujeres. Tengo que sacarlo de ahí —sus palabras me parecieron inofensivas en ese preciso momento. Reí en lo bajo, mi amiga estaba teniendo un ataque de celos increíble.

—Cálmate estás…

—Tu Dylan está ahí con él. Estoy llegando al lugar, me gustaría tenerte al lado para enfrentar la situación.

El corazón se me paró. ¡Demonios! Cam estaba a punto de entrar a ese bar lleno de matones y putas. Le grité a Derek que me llevara hasta Billi´s pensando en mi amiga, a punto de perder el control delante de todo el mundo.

No era la primera vez que pasaba, Cam era de ese modo. Tenía que evitarlo. No me importó la velocidad que había tomado Derek, en ese momento no importaba. Necesitaba estar con mi amiga. Llamé a Anna, ella estaba preocupada por la situación. Explicó que estaba con Dan, demasiado lejos para llegar. Le dije que no se preocupara que nos veríamos en casa.

Me concentré en el camino, conteniendo la respiración, algo no estaba para nada bien, sentía un presentimiento intenso en mi estómago. Derek intentó calmarme diciendo que todo iba a estar bien, que no me preocupara.

Le conté, a grandes rasgos, que era lo que estaba pasando, incluso no me pasó por la mente cuando le conté que «mi chico está con él», en ese momento ya no estaba pensando con claridad. Nada tenía sentido.

Aparcamos en Billi’s, al tiempo que veía a Cam caminando de un lado para otro. Me estaba esperando, la conocía a la perfección. Bajé corriendo del carro sin explicar nada a Derek. Me encaminé al lado de mi amiga, tomándola en mis brazos para abrazarla con fuerzas. Dejé que soltara las lágrimas que había estado conteniendo. Necesitaba relajarse un poco.

—Tranquila, mi niña, ya estoy aquí.

Le dije, acunándola como ella solía cuando mi locura salía disparada por todos lados. Limpié su cara con las manos, le pasé el delineador en los ojos para darle mejor aspecto, le coloque lápiz labial color cereza y nos adentramos al bar, con Derek cuidándonos la espalda.

Como era de esperar, los matones, motociclistas, universitarios y putas llenaban el lugar. Cam no se detuvo a buscar a Mike al entrar, salió corriendo a la barra a pedir tres shots. Pensé que era uno para cada uno. Me equivoqué. Se tomó todos de una sola vez. Con una sonrisa en los labios pedí otros dos, dándole uno a Derek y tomándome el otro yo. Ella era la neurótica, no yo.

Cam soltó un grito agudo cuando vio a Mike sentado con la vista perdida en el suelo. Se le veía devastado. Una chica intentaba captar la atención del grandote fallando en el intento. Mike tomó la botella que sostenía en las manos dándole un trago interminable. Fue cuando vi a Chris vestida en cuero negro, enseñando más tetas de las que me gustaría. La mujer sostenía una botella de Vodka en la mano, agitándola al hombre que tenía delante. Contuve la respiración unos segundos antes de perder la cordura.

Chris se sentó a horcajadas encima de Dylan, para tener mejor acceso. Vertía el líquido en la boca de mi hombre, o al menos eso creía yo. Él era mío, solo mío. La respiración me falló en ese preciso momento. El estómago estaba vacío, no sentía nada y en menos tiempo del que pensé estaba avanzando a través de la multitud.

Arranqué la botella de la mano de Chris empujándola del regazo de Dylan, esta cayó al suelo con un golpe bastante fuerte. Dylan se quedó desconcertado un momento pensando que él la había dejado caer. Le tiré la botella en la cara, dejando que esta le golpeara bastante duro en el pómulo. La botella no se quebró al caer al suelo, el impacto fue directo a su rostro y estaba satisfecha. Eso le pasa por meterse con quien no debe.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó, poniéndose de pie, alejándome de la mujer que lloraba a mares por su cara.

—¿Qué crees tú que estás haciendo? —le pregunté furiosa.

—¿Yo? —soltó una carcajada—. Fuiste tú la que corriste a los brazos de otro, fuiste tú la que me engañó, yo estaba tranquilo antes de tu maldito mensaje.

Se giró con brusquedad por el trago que tenía sobre la mesa. Era Whisky, eso lo sabía muy bien por el color de la bebida. Observé a Cam hablar con Mike que estaba sosteniéndola en sus brazos, como si fuera su sueño hecho realidad. Él no estaba haciendo nada malo, solo se estaba ahogando en alcohol por la pena de no tener a Cam cerca. En cambio, Dylan estaba de mujeriego con Chris, la odiaba con toda mi alma. La detestaba.

—¡He! —gritó Dylan, saludando a alguien detrás—. Miren quien decidió pasarse a dar una vuelta por Billi’s. Tienes que tomarte un trago con tu hermano.

Por unos minutos pensé que hablaba con uno de sus hermanos de fútbol. Esperaba a que no fuera Jenkins, eso sí terminaría de arruinar mi noche. Sentí una mano tensarse en mi hombro. Me di media vuelta para comprobar que era Derek quien estaba detrás. Fruncí el ceño sin entender nada de lo que estaba pasando.

—Tienes que conocer a Emma —prosiguió un muy borracho Dylan—. Ella es la mujer de la que te he hablado, la que me quita el puto aliento. La que hace que mi corazón vuelva a palpitar.

Se llevó la mano al corazón en un gesto muy dramático. Soltó una carcajada empinándose la botella, una vez más. Esto no iba a terminar para nada bien.

—Dy, creo que es mejor que pares…

—¿Parar? No, hoy no voy a parar. Esta mujer me está engañando con otro hombre, no puedo creer que salieras a comer con alguien más que no fuera yo, es el que te hace reír como idiota cuando lees sus mensajes, ¿verdad?

Mike estaba de pie, evaluando la situación, mientras Cam le explicaba que Derek era mi amigo misterioso. Mi cabeza estaba algo perdida en ese momento ¡Derek y Dylan se conocían! No podía creerlo. Tan pequeño que era el mundo.

—¡Mike! No te contamos la última de Derek. Está saliendo con una chica nueva, al tiempo que tiene a su novia esperándolo en Cambridge —soltó una carcajada—. Pensé que habías cambiado. Por cierto ¿Qué estás haciendo aquí? No se supone que ibas a salir con la nueva.

Mi respiración se detuvo. Me giré para enfrentar a Derek con la boca muy abierta. ¡Tenía novia! ¿Por qué no sabía nada de ella? Derek era solo mi amigo, eso lo sabía. Entonces por qué estaba tan sorprendida. Debió decir algo, nuestra relación hubiera sido mucho más sencilla de esa manera.

—Em, lo siento. Debí decírtelo pero… —cerró los ojos un segundo antes de ver a Dylan.

—¿La conoces? —preguntó con una ceja levantada.

—Creo que es hora de irnos —gritó Mike, por encima de la música.

—¡No! Espera un momento. ¿De dónde la conoces? —preguntó Dylan, una vez más. El silencio se apoderó de todos los que me rodeaban, estaba a punto de decirle que él era mi amigo cuando Dylan estalló— ¡ESTABAS SALIENDO CON MI HERMANO!

¿Su hermano? Ay no, no puede ser. No, me niego incluso a pensarlo. Dylan no puede ser el hermanito de Derek. Él lo hacía sonar como de quince años, como un inexperto en la situación con las mujeres. Esto no me puede estar pasando.

Todo empezó a darme vueltas. No encontraba el suelo. Tenía que salir de ahí. Le lancé una mirada a Cam, al tiempo que ella asentía con toda normalidad. Diciéndole algo al oído a Mike se adentró al triángulo que habíamos formado los tres. Dylan tenía la vista perdida en su hermano. ¡Mierda, su hermano! No puedo creerlo.

—Nada pasó entre nosotros, Dy. Ella es solo mi amiga.

—¡Pero me dijiste que te gustaba! —Dylan negaba como si no pudiera creérselo.

—Porque me gusta como persona. Además, estás borracho, no voy a darte ninguna puta explicación de mi relación con Emma. Has sido un completo idiota con ella. No puedo creer que fueras tú el culpable de escucharla y verla llorar tantas veces.

—¡Vete al diablo, Key! —gritó Dylan.

Las lágrimas ya estaban corriendo en mis malditas mejillas. Estaba arruinando mi vida y la de una familia. No podía creer que, una vez más, iba a parar jodiendo la vida de alguien más. No me di cuenta en qué momento comencé a correr.

Necesitaba alejarme. Escuché los gritos de Derek intentando detenerme. Los gritos de una multitud se abalanzaron encima de mí y no tuve ni que dar media vuelta para corroborar que Dylan le había pegado a Derek. Lo sabía perfectamente. Cam me tomó de la mano, avisándome que no diera media vuelta.

—Ni pienses en voltear a ver, es una escena desagradable.

Se me hizo un nudo en el estómago. No podía creer lo tonta que había sido. ¿Cómo diablos no lo deduje? Sus ojos eran muy parecidos, tanto que cuando veía los ojos de Derek pensaba en Dylan. Su hermanito pequeño, él niño que sufrió los maltratos verbales de su padre. Él necesitaba atención y lo único que había hecho bien era tratarlo mal cuando él tanto me necesitaba. Me sentí culpable.

Emma

Pasaron tres días en los que me negué a salir de mi habitación. Había perdido mi día favorito del año por estar encerrada, sumida en mi maldita depresión. Anna y Cam entendieron —como siempre— odiaba que mis amigas perdieran muchas cosas que ellas disfrutaban por ayudarme, pero hasta cierto punto sabía que ellas también preferían estar en casa en estos momentos. Esa noche nos perdimos viendo películas de terror, Anna no durmió en toda la noche y Cam se fue a tener sexo con Mike, nada del otro mundo.

Mike había venido todas las noches, antes de subir al ático, a corroborar cómo estaba Cam, cómo estaba Anna y sobre todo cómo estaba yo. No hablaban delante de mí acerca de la situación de los McGuire. Nadie quería decirme nada. De pura cólera tiré mi celular contra la pared, por lo que tampoco había podido consultar las redes, ni posibles mensajes de WhatsApp.

Estaba destrozada por toda esa porquería. No era justo lo que les pasaba a ellos. Había dejado de creer en el karma y estaba considerando tener una estúpida maldición. Cabía esa terrible posibilidad. Definitivamente estaba maldita.

Anna me obligó a verme con una psicóloga, que vino a tratarme en casa. Realmente no la necesitaba, estaba completamente cuerda. Las pesadillas nocturnas habían regresado, Cam y Anna estaban al borde de la locura. Las cosas estaban pasando en cámara lenta, había intentado escapar de esto toda mi vida, sin lograr tener ningún éxito.

Jane, la psicóloga, estaba sentada al borde de la cama viéndome llorar, como empezaba a ser costumbre. No tenía ánimos de hablar, ni mucho menos de saber qué era lo que estaba pasando conmigo. Extrañaba a Dylan, sus besos, su forma de abrazarme. Extrañaba su estupidez y sus detalles.

Todo tenía sentido ahora. «Le recomendé a mi hermano menor que leyera Cincuenta sombras de Grey, será un poco gracioso ver su reacción» recordé una de las conversaciones con Derek. «Él es el que pagaba todo con papa» «Es primera vez que lo veo enamorado» «Me siento hermano orgulloso» las lágrimas volvieron a amenazar con salir de mis ojos. Contuve la respiración para calmar mi ansiedad.

—Emma, ¿Quieres hablar de lo que te ha pasado?

—No quiero hablar, pero sé que me va a obligar a hacerlo ¿Entonces por qué pregunta? —pregunté, sin despegar la cabeza de la almohada.

—Sé que es difícil. Pero tienes que hablarme de lo que quieras. Cualquier cosa.

La verdad es que no quería hablar de nada, pero la mujer no iba a dejar de molestarme si no le decía nada. Tomé una respiración, apartando la cara de la almohada, me giré para alcanzar mi libro de Walking Disaster. Sin pensar en nada más, empecé a narrar la historia de Abby y Travis. La psicóloga me observaba con cara de pocos amigos. No le estaba haciendo ninguna gracia, pero igual no quería hablarle de mis problemas.

—Emma, no quiero saber de tu libro —me interrumpió—. Quiero saber de tu historia.

—No hay nada qué decir. Solo tengo una maldición por matar a ocho personas —dije con indiferencia. No quería hablarle.

—¿Quieres contar qué fue lo que pasó?

Me di por vencida, necesitaba que se largara de mi habitación para poder dormir. Nunca fui amante a tener que dormir. Me parecía una pérdida de tiempo. La psicóloga intentó decirme que no era mi culpa lo que estaba pasando, que tenía que trabajar en mis sentimientos. No había nada que discutir, muy en el fondo, sabía que tenía que hacerlo. No estaba bien del todo, mucho menos ahora que todo se estaba desbordando. No quería admitirlo. Me negaba a hacerlo.

Cuando la mujer, finalmente, se marchó, caí rendida. El sueño profundo que tanto había deseado llegó gracias a las drogas que me habían dejado. No tenía ningún otro método para conciliar el sueño.

Debí dormir toda la tarde. Para el momento en que abrí los ojos, Cam estaba haciendo palomitas y chocolate frío. No tenía hambre, pero me obligué a levantarme para no preocuparlas. Mike había vuelto a ser parte del inventario del apartamento. Cam se sentía culpable de haberme arrastrado hasta Billi’s, no la culpaba a ella. Dylan se convirtió en un idiota sin la ayuda de nadie. No sabía en qué había terminado la pelea, pero lo único que sabía era que Derek y Dylan no se dirigían la palabra.

—Esos dos tienen que sentarse a hablar —había dicho Cam—. Emma no estaba siéndole «infiel» por así decirlo, con su hermano. Ellos solo son amigos.

—Sí, claro —respondió Mike—. Pero según Dylan, Derek quería conquistar a Emma. Aunque no fuera así, esa es la mentalidad de ese bastardo.

—Dylan es un idiota —puntualizó Cam.

—Es un idiota —estuvo de acuerdo Mike—. Pero también está enamorado. No puedes culparlo.

Yo no lo culpaba, estaba igual que él. Estaba loca por esos ojos grises, lo quería desde su idiotez hasta lo más dulce que tenía, sus detalles, su sonrisa, su forma de verme al estar sorprendido, cuando solo se sentaba a verme leer o escribir. Cuando comía como loco mi pasta favorita. Lo extrañaba con todas mis fuerzas. Quería regresar el tiempo y hacer las cosas mejor.

También extrañaba a Derek, pero él era solo mi amigo. Los dos lo sabíamos a la perfección. Incluso tenía novia —según había escuchado decir a Dylan— que esperaba por él en Cambridge, nunca lo dijo y no importaba. Sus intenciones nunca fueron tenerme como algo más. Sabía que iba a poder arreglar las cosas con él, el único problema entre nosotros era su hermano. Por nuestra amistad había perdido a su hermano, por más que intento explicarle que no había nada.

No se hablaban y eso era aún peor. No quería ser responsable de destruir otra familia. Dos familias destruidas por mi culpa era más que suficiente. Recordé la manera en que había alentado a John a tomar. Recordé cómo vertía el líquido color ámbar en su boca, diciéndole que era bastante débil, que el amor era una debilidad.

A John le quité la única cosa que mantenía cuerdas a las personas, lo que nos hace querer seguir adelante. Le quité la esperanza. Cuanto más tiempo pasaba, más me daba cuenta de que yo también la había perdido. Me pregunto si algún día John va a poder perdonarme. Sé que jamás me lo podrá decir, hace mucho que no puedo hablarle. Hace mucho que dejó de existir en este mundo.

Cerré los ojos, reteniendo las lágrimas que se estaban formando por el recuerdo. Definitivamente, había sido una persona horrible. Esperaba algún día remediar eso. Necesitaba ser mejor persona, necesitaba recuperar mi alma para poder vivir.

 

*****

No tenía ganas de ir a la universidad, pero Anna me obligó, literalmente. Me levanté de malas. Me puse unos vaqueros desgastados, una camisa sin mangas, mi gorrito gris, los lentes hípster, una bolsa de medio lado con mi iPad y mis Converse negros. Estaba incluso más arreglada de lo que me sentía. Me senté cabizbaja junto a Lizzie, ella sabía —por Cam— parte de lo que estaba pasando.

No dijo nada del tema, por lo que estaba muy agradecida. Me pasó un iced coffee con una notita que decía «No pierdas la esperanza». No pude contener la lágrimas. ¡Mierda! Que depresión más estúpida. Le sonreí antes de salir corriendo al baño. Esto era estúpido.

Secándome las lágrimas con los ojos medio cerrados topé con una maldita pared, o al menos eso creía yo. Abrí los ojos, sobando mi cabeza con desesperación. Eso había dolido bastante. Me separé para observar mi gran estupidez. Dylan estaba dándose la vuelta viendo que lo había lastimado. Me sequé las lágrimas, antes de contenerle la mirada. Lo primero que noté fue su cara pálida y las ojeras súper marcadas.

Parecía como si hubiera pasado días despierto. Después de observarlo mejor, logré divisar un moretón en su mandíbula y otro un poco más grande cerca de su ojo izquierdo. Su respiración se aceleró —como era costumbre—, la mía lo igualó. Quería gritarle que lo sentía, quería tomarlo del rostro y besarlo como loca, como una muerta de hambre frente a un plato de comida.

Dylan cerró los ojos unos segundos como si retuviera la necesidad de decir algo. Sin apartar la vista de él, mis ojos volvieron a traicionarme. Dejé que tres lágrimas resbalaran por mis mejillas, desvié la mirada al tiempo que decidía marcharme.

Le di la espalda al hombre que amaba, sin poder creer que no había tenido el valor de hablar, de decir cualquier cosa. Alguien soltó una carcajada sin sentido, no pude evitar girar para ver a Jenkins golpeando la espalda de Dylan. Tampoco podía darme el lujo de estar llorando como una magdalena por todos lados. ¿Qué diablos me está pasando? Dylan se veía mal, las ojeras y la cara de cansado lo delataban. No estaba segura por qué era, quizá tenía resaca. Definitivamente, debe de ser eso.

En dos días tendrían partido de fútbol, Dylan estaba seleccionado para jugar de quarterback. Cam y Anna irían a ver a sus hombres, rogaron porque las acompañara, mi mente seguía debatiendo si debía hacerlo o no. La verdad es que solo quería quedarme en casa y llorar por la miserable vida que tenía. Después de ver al idiota de Jenkins y Dylan riéndose de mi miseria, no podía dejar las cosas así. Tenía que ir.

Emma

Me coloqué unos vaqueros ajustados, una camiseta sin mangas, un gorro de lana y unos aretes grandes color dorado. Cam me había arreglado el pelo, de manera que ahora me caía en pequeños rizos en la espalda. Habían pasado dos malditos días en los que tuve que aguantar las burlas de Jenkins. Ahora que Dylan ya no me defendía a capa y espada, estaba más vulnerable que antes.

Cristian y Liz intentaban mantener el entusiasmo, de una manera que solo ellos sabían hacer. No sé en qué momento me llegué a encariñar tanto con ellos. Me entendían. No lo preguntaron, pero me sentí con la necesidad de contarles todo lo que me estaba pasando.

Cristian parecía un psicólogo mejorado, hablar con él era mucho más fácil que con cualquiera de las locas que me habían llevado a casa. En cambio, Liz, ella era diferente. A ella le conté todo, de principio a fin, haciendo énfasis en los hombres que conectaba. Ella estaba más interesada en el cuerpo, el aspecto físico, en si habíamos pasado a la siguiente base o si nos habíamos quedado en los besos. Agradecí que no enfatizara en el accidente o en John, no quería hablar de ellos.

—Mike nos ha conseguido asientos de primera. Vamos a sentir toda esta mierda. Estoy tan emocionada por ellos —Cam no paraba de hablar en todo el trayecto.

—Imagínate a las porristas meneando su culo —Anna frunció el ceño—. Las odio.

—¡Qué va! —grité, un tanto sorprendida de encontrar mi voz—. Dan no puede ver a otra mujer. Solo tiene ojos para ti. Lo siento Cam, Mike es un poco más bad boy en ese sentido.

—Ya lo superé. Solo le gusta verlas bailar, dice que es un arte.

Las tres soltamos una carcajada. Claro que no era un arte menear el culo por toda la cancha, mientras los futbolistas se daban de golpes como expertos en lucha. Saqué mi nuevo teléfono celular —que Cam había comprado— revisé mi WhatsApp, encontrando un nuevo mensaje. Me quedé pálida al ver que era de Derek.

Derek: Hola, Emma ¿Cómo estás?

No decía nada más. Mi respiración estaba agitada, pensando en el mayor de los hermanos. Pensé que ninguno de ellos volvería a hablarme. Pero no, aquí estaba Derek escribiendo. Contuve una risita nerviosa, pulsando el botón de responder.

Yo: Bien ¿Tú?

No tardó ni tres minutos en responder de regreso. Observaba mi nuevo Samsung, de arriba abajo pensando, en si debía desbloquear la pantalla y leer su mensaje. Tenía que hacerlo.

Derek: Sé que no te entusiasma mucho hablarme, pero… creo que tenemos muchas cosas que aclarar ¿Nos vemos hoy en el salón de lectura?

¡Dios mío! Quería quedar conmigo hoy. Me quedé perpleja, observando el teléfono celular por un momento. La verdad es que no sabía cómo diablos actuar, o qué responder. Contemplé el teléfono unos minutos, sin decidir qué respuesta dar. En mis manos se iluminó la pantalla y el nombre de Derek se dibujó con su fotografía, no recordaba haber actualizado mis contactos en este teléfono, al parecer el correo electrónico guardaba más de lo que creía. Le di responder.

—¿No piensas responderme? —dijo Derek después de un cordial saludo.

—Solo no sé qué responder. —Cam me lanzó una mirada desde el retrovisor. Le saqué él dedo, desviando la vista de ella para concentrarme en el camino.

—Yo respondo por ti. ¿Te veo en una hora?

—No puedo. Voy al estadio a ver el partido.

El silencio se hizo un momento antes de que Derek resoplara. Estaba a un paso de decirle que viniera por mí. No quería ir, me estaba arrepintiendo. Pero contuve la necesidad, tenía un plan. Quería ver a Dylan, quería impresionarlo.

—Dale nos vemos después del partido. ¿En tu apartamento? —preguntó.

—Vale, te mando un mensaje para que bajes —contesté sin más. Quería verlo.

Colgando el teléfono me enfrenté a las preguntas de Cam y de Anna. Les expliqué que me juntaría con Derek al salir del juego. A ninguna de las dos le gustó mi decisión. Pero alguien tenía que aclararme como me había metido en esta mierda. Sin mencionar que Derek tiene novia y no sabía nada.

El asiento estaba frío, a pesar del calor infernal que estaba haciendo. Era de noche, pero las luces del estadio iluminaban todo. Mi cuerpo estaba tenso de solo pensar que en poco tendría que ver a Dylan dándose de golpes en el campo.

Lo extrañaba como al chocolate en época de dieta. Era parte de mí. ¿En qué momento se volvió mi razón de ser? Una parte de mí deseaba ser la chica que hace una semana era. La que tenía un chico que la quería. ¡Por qué diablos no lo valoré en ese tiempo! Me pasé preocupada por un karma de mierda. Igual lo iba a tener que cobrar algún día. Por qué no aprovechar lo que tenía mientras la maldición hacía efecto.

Cerré los ojos cuando anunciaron a los Gators. Las porristas fueron las primeras en salir corriendo haciendo su escándalo habitual. Dylan salió corriendo encabezando la línea del equipo. El cocodrilo que representaba la universidad me parecía ridículo. Aun así, Dylan se veía demasiado bien con las mallas blancas, camisa azul y casco naranja. Admiré su trasero tallado en esas diminutas mallas. No podía verle la cara, era imposible en tan gran estadio. Eso era lo único bueno de que esta porquería fuera tan grande. Él no se daría ni cuenta de que estaba aquí.

La entrada a los vestidores de los Gators estaba demasiado cerca de nuestros asientos. Me hinqué y le pedí al Dios de Anna que nos volviera invisibles. Podía funcionar si lo pedía de corazón, al menos eso decía Anna. Las porras de ambos equipos resonaban para todos los espectadores, los universitarios soltaban vítores y yo me quedaba perpleja viendo cómo le caían todos encima a Dylan para pararlo. Unas chicas detrás hablaban muy entusiastas de mi hombre, no pude evitar escucharlas.

—Está muy distraído, así no vamos a lograr llegar a ningún lugar —se quejó el chico que estaba con ellas.

—¿Qué importa? Ese hombre está tan bueno que podría comérmelo —contuve las ganas de girar y gritarle que ni lo pensara. Ese hombre es mío. Bueno, pudo haber sido mío. Ahora me odiaba.

—Y está soltero —prosiguió una voz más aguda—. Ya dejó a su novia, o lo que haya sido aquella chica.

El corazón se me hizo una mierda. ¡Genial! Iba a tener que aguantarme toda esta pavada por mi insistencia de venir. Intenté ignorarlas viendo como Dylan corría anotando otro punto más para los Gators. Íbamos muy parejos con el equipo de Alabama. No es que me emocionara si ganábamos o perdíamos, pero éramos locales, por lo que perder no estaba en los planes de ninguno en este lugar. Me detuve a observar un momento más cómo aplastaban al número diez. Cam soltó un grito y un montón de vulgaridades, lo supe de inmediato, era Mike.

—¡Malditos! Si le quedan moretones en el cuerpo se las tendrán que ver conmigo —suspiró—. Creo que odio este deporte.

—Dan sigue en la banca —Anna frunció el ceño—. No será hasta después que sufra como tú.

Una tacleada excelente, volvieron a caer al suelo por culpa de un gorila del tamaño de mi habitación completa. Eso le debió haber dolido de maravilla. Hice una mueca cuando Dylan se quitó el casco intentando recuperar la respiración, parecía lastimado. No iba a escucharme y no iba a verme.

Me paré preocupada viendo cómo el entrenador se acercaba a ver cómo estaba su quarterback. Por la pantalla podía ver que Dylan no dejaba de toser, alguien le dio un aparato raro para que lo inhalara. Parecía un aparato de asma o algo por el estilo. No sabía que fuera asmático. Muy al estilo de mi chico, levantó la mano mandando a todos a la mierda. Se colocó el casco, una vez más, y salió al campo. Mi cuerpo se relajó de manera considerable.

—Ya, tranquila —me susurró Cam—. Ya está bien.

—Sí, respira hondo. No quiero tener que ir a pedirle su inhalador para que lo uses —agregó Anna.

Puse los ojos en blanco. Ahora se hacían las graciosas, mientras su querida amiga se rebanaba los nervios. Tomando una mordida del hot dog de Anna terminé de ver el partido. Lo que más me había gustado de venir a los partidos de los chicos era la comida de estadio. Así de rara. Ver cómo se daban de golpe en el campo no era mi actividad favorita.

El final llegó, la victoria era de los Gators. Vi a Mike caminando junto a Dylan, los dos estaban jadeando como locos. Mike lanzó una mirada a Cam, era obvio que sabía dónde nos sentábamos. Él nos dio las entradas. Le dio un codazo a Dylan que captó la mirada de Mike, saludando a Cam que gritaba como degenerada a su chico.

Dylan se echó a reír, risa que duró solo unos segundos, cuando sus ojos se toparon con los míos. Lo vi contener la respiración. No apartó los ojos de mí en lo que pareció ser una eternidad. Intenté ser amable, recuperar un poco de lo que había perdido. Le lancé una sonrisa, saludando con la mano. Por un momento creí que no iba a responder. Me equivoqué. Dylan levantó la mano, sin sonreír, saludando de regreso. ¡Vaya! eso había sido muchísimo más de lo que esperaba.

Un grito de emoción se escuchó desde la gramilla. Chris corría en dirección a Dylan, que la veía con una ceja levantada. Esta se abalanzó para abrazarlo, rodeándole las piernas en las caderas. De la manera en que me gustaba hacer para besarlo. Cerré los ojos conteniendo las lágrimas. ¡Vaya si no! Cuando dije que enamorarse debilitaba al ser humano no me equivocaba. Menos tener el corazón roto o amar a alguien que no te corresponde. Yo sentía todo eso de un tirón. Odiaba estar enamorada.

Dylan la apartó, algo molesto, diciéndole algo con muchos movimientos de manos. Estaba reclamándole, o al menos eso creía yo. Esperaba que le molestara esa reacción. Desviando la vista una vez en mi dirección, vio que mi sonrisa había desaparecido, viendo con cara de asco a Chris. Lucía preocupado, como si quisiera hacer algo o decir algo.

No lo hizo.

Bajó la vista y entró al túnel, para ir a los vestidores. Dejándome con la cara descompuesta al igual que Chris.

 

 

Dylan

Entré jadeando al vestidor, mi corazón aún no se había tranquilizado del partido, mucho menos de haber visto a Emma. ¡Me cago en la vida! Esta sensación tan incomprensible se estaba apoderando de mi vida. No pensé que viniera a verme jugar, odiaba este tipo de actividades. Aun así estaba ahí afuera. Le lancé una mirada a Mike que me observaba de arriba abajo. Por primera vez en casi una semana, le pregunté por ella.

—No está bien, no voy a mentirte. La ha pasado como la mierda —respondió Mike.

El corazón se me encogió, pensando en la pequeña de ojos marrones. Me encantaba verla sonreír y detestaba verla llorar. Una vez en mi maldita vida la había visto descompuesta por algo del pasado. Vi la cicatriz en su pierna izquierda, y las pequeñas que intentaba ocultar en la espalda y brazos. Sabía que algo le había pasado, no estaba seguro de qué, pero sí de que algo la había lastimado a tal punto de dejarla jodida. La vida realmente era una mierda.

—Mike, tienes que contarme qué está mal con ella ¿Por qué me engañó?

Mike soltó un soplido bastante ruidoso, como si no creyera mis palabras. Secándome el sudor con la toalla pequeña, me quité la camisa, viendo a mi primo hacer lo mismo. Los dos apestábamos a sudor.

—No te engañó. Si escucharas a Key y a Emma sabrías que los dos solo mantenían una puta relación de amistad. Nunca jugó contigo, Dy, ella te quiere.

Por más que intentaba meterme sus palabras en mi cabeza, no podía ¿Quién podía quererme aparte de mamá? Papá siempre decía que había sido el error de la familia. Que no valía más que para jugar al fútbol. Aun así, jamás fue a uno de mis partidos. Rechacé la beca que estaba a punto de llevarme lejos de este lugar tan mierda cuando recapacité, sabiendo que él se quedaría solo. No podía dejarlo, a pesar de que había sido demasiado duro conmigo.

A Key no le importó largarse, ni mucho menos a Dany, mi hermana mayor. El objetivo de esta reunión era para conocer a Mark, su futuro esposo. El tipo no era tan malo como pensaba, al contrario, me compadecía del pobre. Aguantar a mi hermana no era tarea fácil.

—Como sea. No me importa —respondí. Al tiempo que Jenkins se acercaba a nosotros, con una mano de goma. Era color naranja con el número 7, mi número. La palabra Gators se pintaba en el reverso.

—¿Dónde está mi campeón? —dijo, tendiéndome la otra mano para felicitarme. Le regresé el apretón.

—Tu campeón está pateando un par de culos, como mi maestro me enseñó —le dije con la sonrisa más fingida que tenía. Jenkins era genial. Me había enseñado casi todo lo que sabía de fútbol, me había enseñado a tratar con mujeres y hacerlas que rogaran por mi atención. A mí se me dio mejor lo de las mujeres, el idiota era tan idiota que ni las más zorras caían a sus pies. Eso era demasiado triste.

Nunca me había enfrentado a él, lo respetaba demasiado. No fue hasta que lo vi perder el control con Emma que mi cordura estalló y le estrellé el puño en la cara. Nunca lo hubiera hecho por ninguna otra mujer. Lo había visto perder la calma con muchos, y muchas otras me tocó abogar por él en rectoría.

—¿Cómo siguió tu pie? —pregunté, observando que ya no tenía la venda puesta.

—Como nuevo. Aun así me tienen suspendido por tres partidos más.

Me eché a reír. Por mí, fabuloso, me convenía que estuviera lesionado. Me daba más oportunidad para jugar en la liga universitaria. Ya faltaba poco para que el idiota se largara y me dejara su posición de quarterback oficial. Me giré para ver a Mike hablando por teléfono, de seguro con Camila, últimamente eran pura miel. A esa chica sí le había costado admitir que estaba enamorada. A Mike, todo lo contrario, se fue de boca. Envidiaba esa relación.

Dan tiró su casco molesto. Solo había podido hacer un par de jugadas antes que todo terminara, había sido cruel, él era mejor que un montón de estúpidos que creían serlo. Sonrió al ver su teléfono celular. No quiero ni pensar qué es lo que está viendo. ¿Cómo es posible que todos sean tan felices? La vida es una mierda, para nada justa.

Yo tenía a la chica que había esperado toda mi vida, lo supe en el justo momento en que la vi estrellarse conmigo en el ascensor. No fue hasta que la besé que me di cuenta de que estaba colgado en un mar de sensaciones. La deseaba, la quería. Nunca en mi vida había sentido eso, tampoco nunca me había calentado tan rápido como en ese momento.

—¿Vamos a tomar algo a Billi’s? —preguntó Jenkins a todo el camerino.

Ni que estuviera loco, no iba a ir a ese lugar después de lo que había pasado. No quería acariciar el recuerdo de haberle pegado a mi hermano por Emma, ni mucho menos recordarla a ella. Tenía que olvidarla. Cerré los ojos para intentar olvidar la imagen de las lágrimas correr en la cara de Emma. ¡Mierda! Odiaba haberme puesto tan borracho, lo odiaba eternamente. Me coloqué la sudadera naranja, tomé mi maletín haciendo un gesto de «no me molesten» salí a la fría noche, al menos yo la sentía fría, a pesar del puto calor que hacía.

Entré al ático, encontrándome con Derek. Agradecí que solo quedaba una semana antes de que se fuera a Harvard a sacar su carrera perfecta. Esperaba no tener que volver a verlo hasta Thanksgiving o Navidad. Quizá aún mejor, hasta la boda de Daniell. Tenía puesto un saco Tommy, uno azul marino. Su pantalón caqui, la camisa polo fuera de los pantalones me indicaron que iba a salir. Lo miré fijamente, intrigado.

—¿A dónde vas? —no quería saberlo. Ya lo imaginaba ¿Por qué le pregunté?

—Voy a ver a Emma.

Cerré los ojos, conteniendo mi furia. ¿Cómo diablos iba a verla sabiendo lo que yo sentía? ¡Me habían engañado los muy idiotas! Lo peor era que seguían bien liados. Resoplé, poniendo los ojos en blanco. Mi hermano no era una mala persona, nunca lo fue. Solo era mucho más débil que yo, él no soportó la enfermedad de mamá, recuerdo haberlo visto llorar cada noche. Dany también era muy débil, papá fue el que causó que se fuera lejos. Lo más molesto fue quedarme solo con la responsabilidad de toda esta mierda.

—¿Aún la sigues viendo? —gruñí—. ¡No puedo creerlo, Key!

—¡ENTRE EMMA Y YO HAY SOLO AMISTAD! Hazte a la idea, idiota, nunca la he visto como algo más. Si me preguntas si me gusta, la respuesta es sí, porque es hermosa y tú lo sabes muy bien. Si me preguntas si alguna vez quise besarla, la respuesta también es sí. La deseaba, pero no soy infiel, Tengo a Kathy en Cambridge y no pienso dejarla. Amo a esa mujer. ¡Hazte a la puta idea, hermano!

Negué con la cabeza, dejándome caer en el sillón frente al ventanal. Me sentía derrotado en todos los sentidos. Key tenía razón, él amaba a Kathy, llevaban tres años juntos y cada vez su relación se volvía mucho más fuerte. Aun así no podía evitar sentirme celoso de algún modo con él. Sabía que Emma le había contado muchas cosas que a mí no.

Lo peor de todo era que quería ser yo el que la abrazara cuando llorara o estuviera lastimada. Todo lo contrario a eso, fui yo el hombre que provocó tanto sufrimiento. ¿Por qué no la valoré más cuando la tuve? No podía regresar el tiempo. La había perdido. Ella y yo no podíamos estar juntos, estábamos muy jodidos.

—La perdí —declaré derrotado—. ¡Mierda, Key! No tienes ni idea de cómo me tiene esa mujer. Literalmente loco.

—Lo noto —se sentó a mi lado—. Juro que jamás pasó nada entre nosotros. Creo que es una persona demasiado linda, me gustaría que fuera mi cuñada algún día, pero para eso… ustedes tienen mucho que hablar.

Levanté la cara pensativo, claro que teníamos mucho que hablar. Eso no pasaría, no quería verla, no después de lo mierda que había sido con ella. Además, Jenkins tenía razón. Su mundo y el mío no pueden mezclarse. No puedo amar a una persona como ella. Además, ella ha de merecer mucho más que un idiota como yo. No podía ser su idiota literario, eso era seguro.

—¿Qué fue lo que le pasó? ¿Por qué está tan jodida ella? —pregunté, sabiendo que mi hermano sabía la respuesta.

—Un accidente en coche —declaró sin apartar la vista de mi cara.

—Me imaginé que había tenido un accidente, la cicatriz de su culo a su pierna es enorme. También tiene unas pequeñas en la espalda y unas que intenta ocultar en sus brazos. Tuvo que ser fuerte —declaré, sin darme cuenta de que estaba admitiendo, en voz alta, que le había prestado atención. Estaba más jodido de lo que creía.

Derek sonrió dando unos golpes a mi espalda. Era bueno hablar con él, nunca fue una mala persona y yo le grité como gato pariendo gatitos, haciéndolo quedar como una mierda.

—Lo siento, Key —le dije, dándole un apretón en la rodilla. Mi hermano me abrazó, momentáneamente alejándose, para decirme con más determinación.

—Ve por ella. No dejes que se ahogue en sus penas. Si de verdad la quieres, lucha un poco más. Vale la pena hacer locuras por amor.

En cierto punto tenía toda la puta razón. Valía la pena hacer locuras. Pero mentalmente aún tenía mucho que aclarar. Aún seguía sintiendo como si una parte de mí hubiera sido traicionada, por más que me dijeran que entre ella y mi hermano no había pasado nada. Ya estaba clara la parte de los besos y el sexo pero… mierda, él sí sabía los detalles de su pasado y yo no sabía ni una mierda.

Ese día que la desnudé, hallándome en estado nivel tres, la observé cómo se tapaba la pierna susurrando «apaga la luz, Dy. No quiero que veas cosas feas», sabía que se refería a la cicatriz. En ese momento la besé con mucha pasión, a pesar de que estaba drogada, por culpa de Chris. Le demostré que la amaba, la deseaba.

Quería penetrarla en lo más profundo y demostrarle que era mía en todos los sentidos. No lo hice, sabía que estaba borracha y al siguiente día no recordaría mi muestra de afecto. Para mí el sexo era solo placer, nunca le había demostrado a alguien cariño en la cama. Quería hacérselo a Emma con todo el amor y cariño que se merecía. También quería que al día siguiente lo recordara, por lo que no lo hice.

Pensé en mi boca absorbiendo esos labios, su delicada piel marcada por algún suceso horripilante. Pensé en el pequeño tatuaje que tenía en el pie izquierdo con la fecha «21 de diciembre», no sabía por qué tenía tatuada esa fecha. Me busqué el tatuaje de mi pierna derecha recorriendo la tinta que marcaba mi piel.

—Te hiciste ese tatuaje después de la muerte de mamá ¿no es así? —preguntó Key, pensativo.

—Síp —contesté, enseñándolo—. Ella era mi ángel.

Mi tatuaje eran dos alas de ángel con la fecha veintiuno de diciembre marcada en el plumaje —el día que la perdí— la extrañaba demasiado.

—Emma me está esperando —dijo Key, poniéndose de pie— ¿Vienes conmigo?

Negué con la cabeza. Aún no estaba listo para verla. No ahora, no durante un largo tiempo. Ciertas cosas tenían que sanar en mi interior para poder perdonar. No quería verla, pero tampoco quería que mi hermano la dejara de ver. Le rogué que no dijera nada acerca de mis sentimientos, era algo que yo tenía que hacer a su debido tiempo. Quizá solo era una pequeña obsesión, puede que en unos días se me pase.

 

 

Emma

Derek había mandado a traer sushi —mi comida favorita—, encargado a uno de los mejores restaurantes del área. La verdad es que estaba desesperada por preguntarle todo acerca de su hermano. ¿Cómo diablos no nos habíamos dado cuenta? Me encogí de hombros, tomando un rollo de salmón y metiéndolo a mi boca. Había dejado de comer hace casi cuatro días, la comida me caía demasiado pesada. Anna pensaba, incluso, que me estaba volviendo anoréxica. Cam, por su parte, creía que era bueno que dejara de comer para bajar las caderas.

—Bajaste de peso, Em —dijo Derek, con el ceño fruncido.

Puse los ojos en blanco, enseñándole otro rollo, antes de meterlo en mi boca. Ya está, estoy comiendo y ellos están jodiendo otra vez con el tema de que me veo en la mierda. Derek no había mencionado nada acerca de Dylan. Anna no se había separado de mí, Cam y Mike se mantenían a distancia —hasta que la comida llegó, claro— después de eso, estaban comiendo como cerdos.

Mike le contó a Derek, un poco, cómo había ido el juego de esta noche. Las menciones de Dylan fueron mínimas, pero sabía perfectamente que ocultaban sus halagos por respeto. El carbón se había lucido bastante esta noche. A ese paso sería el mejor quarterback en la historia de la universidad de Florida.

—No olvides mañana tu cita con Jane —recalcó Anna, en mal momento. No necesitaba recordármelo frente a todo el mundo. Solté un soplido.

—Odio a esa loca —dije, frunciendo el ceño, para evitar las largas pláticas de «ella es buena para ti». Las odiaba.

—Tú odias a todas las psicólogas, Em —dijo Cam, poniendo los ojos en blanco. Mike soltó una risita bastante estúpida. Derek, por su parte, frunció el ceño.

—¿Desde cuándo tienes psicóloga? —preguntó.

No quería responderle y admitir que todo este maldito problema entre él y su hermano, había provocado un bajón en mi moral. Me sentía tan mal que no podía admitir mi culpa en voz alta. Me encogí de hombros intentando no mentir, cada vez que lo hacía, lastimaba a alguien nuevo.

—Desde el accidente —pequeña mentira. Mis padres y los doctores empezaron a darme citas con la psicóloga todos los días durante tres meses. Claro que no aguanté ni un mes, de verdad que no compaginaba con la manía de hablar con alguien y expresarle lo que sentía, era tan estúpido.

—¡Qué va! —respondió Cam—. La del accidente te duró como mes y medio. Tiene una nueva psicóloga desde que Dylan la mandó a la mierda —le aclaró a Derek—. Esta inestable, otra vez —enfatizó en el «otra vez».

Puse los ojos en blanco dándole un sorbo a mi té, esto era tan incómodo. ¿Por qué tenían que quedarse todos a nuestra pequeña reunión? Sé que Anna no se fía de él. Cam, por el contrario, parece estar bastante relajada, como si supiera más cosas que yo aún ignoraba. Y podía ser verdad, Mike hablaba mucho con ella. Derek suspiró.

—Tenemos que hablar de eso —dijo, negando con la cabeza—. No sé cómo jodidos nos fuimos a juntar de este modo pero… Emma, tengo novia y mis intenciones nunca fueron más allá de una amistad. No sé si en algún momento lo malinterpretaste… —no lo dejé terminar, era estúpido.

—¡Qué va! Para nada. Yo estaba segura de que era solo una amistad. Mi corazón le pertenece a… —no podía decirlo, no en voz alta. Quería gritarle ¡estoy malditamente enamorada de tu hermano desde el día que lo conocí! Pero no podía. No quería hacerlo. Me quedé viendo sus ojos color gris, él sabía que no iba a continuar.

—Ya que aclaramos eso, Emma, necesitas hablar con Dylan. Te juro que ese idiota es un verdadero imbécil cuando se lo propone, pero tiene un buen corazón. Mejor que el de cualquiera en esta sala, de eso estoy seguro.

Incluso yo estaba segura de eso. Anna era muy buena, aun así nunca había sufrido tanto, no la pérdida de una madre y de un padre que le gritaba todo el tiempo. Cam era una auténtica jugadora, había hecho más daño que una mala inversión en la bolsa de valores. Ni hablar de Mike, su planta de bad boy decía más de lo necesario.

Derek no era un pan de cristal, era un auténtico idiota. Y ni hablar de su servidora, era la peor de todas. Había hecho más daño que el once de septiembre o el hundimiento del Titanic. Qué estupidez, todos éramos malos por naturaleza, incluso Dylan tenía su parte de idiota, no lo iba a santificar ahora porque lo extrañaba.

Si me pongo a pensar, realmente es como un idiota literario, de esos que se narran en las novelas románticas, que son completos imbéciles y aun así la chica buena se enamora de ellos ¡Pero qué porquería! Ya estaba viviendo mi propia literatura.

—Tú lo has dicho. Tiene mejor corazón que yo, de eso sí no hay duda. Mira, Derek, no puedo hablar con él —negué con la cabeza, sintiendo las lágrimas formarse en mis ojos. Definitivamente eso de llorar es un signo de estar enamorada—. Él me odia —ya está dicho. Lo que tanto me costaba decir. Derek negó con la cabeza metiéndose otro rollo en la boca.

—No te odia, le encantaría hacerlo. Creo que sería mucho más fácil para él odiarte, pero no lo hace. Te quiere.

A la mierda con contener las lágrimas. Estaba deprimida y enamorada. Era válido que las soltara por toda mi cara. Cam salió corriendo para abrazarme, mientras mi cuerpo convulsionaba de la desesperación. Lo quería tanto. El vacío que se formaba cada vez que lo sentía lejos era insoportable. Yo, Emma O’Brien. Una chica que no creía en el amor se había enamorado en menos de un puto mes. ¡No puedo creerlo!

—Los dos están mal —dijo Derek a Mike, en voz baja.

—¿Cómo está él? —le respondió Anna en un susurro. Supongo que para que no escuchara.

—Ha rechazado a todas las chicas que se le han acercado. No ha salido de fiesta, e intenta estar al margen de todo, aparentando que está bien —dijo Mike, un poco más alto que los demás. No podía aguantar más.

Me quité de los brazos de Cam, empujándola al otro lado. Salí corriendo del apartamento, escuchando los gritos de Mike y Derek. Querían que me detuviera, pero no podía. Me paré frente al ascensor y pulsé el botón de arriba. Rogué por que nadie me siguiera, no los quería ahí. El ascensor se cerró, al tiempo que los demás salían a rogarme que me calmara. Era demasiado tarde, lo único que ellos podrían ver era el indicador de la parte de arriba mostrándoles que estaba subiendo. Directo al ático.

 

 

Dylan

Me desperté con un dolor de cabeza insoportable. No había nadie en casa, papá había salido a un viaje de negocios y no regresaría hasta el domingo. Dany se había largado a las dos semanas de anunciar su compromiso y Derek… Derek estaba en alguna parte. Pero ayer cuando Jenkins me contó los planes que tenían con las porristas, no me pude resistir de traer la tentación a casa. No porque quisiera estar con alguna de ellas, la verdad es que solo quería a Emma, pero tenía que olvidarme de ella. No recuerdo cómo llegué a mi cama, por suerte no tenía a nadie a mi lado, lo que me indica que seguí mis reglas de no meter a nadie a mi habitación.

Tenía la boca seca con sabor a resaca. Me paré a buscar algo de beber. Normalmente, tengo botellas de agua en mi habitación, pero no, esta vez no había nada. Me vi en la necesidad de bajar a la cocina con toda la pesadez del mundo. Bajando las escaleras me di cuenta de que estaba demasiado inestable. Definitivamente, ayer me había excedido en todas las medidas posibles. La planta baja estaba totalmente destruida, como siempre.

No había nada nuevo en eso. Pronto vendría el equipo a reparar todo y dejar como nuevo el ático. Me paré en seco al ver el piso lleno de sangre, vasos destruidos y ropa interior por todos lados. La ropa interior me lo imaginaba, sabía cuáles eran las intenciones del resto del equipo. No pretendía acostarme con nadie, al menos no ayer.

Tomé el teléfono llamando a Jenkins, él tenía que saber qué había pasado. El teléfono sonó más de cinco veces antes de mandarme a buzón de mensajes. De seguro alguno de los chicos se peleó con otro, siempre pasa eso. Revisando mi teléfono celular, encontré una llamada de Emma. La había contestado y duró cinco minutos. ¡Santa mierda! Rogué no haberle dicho nada indecente. Vi el WhatsApp, tenía varios mensajes.

Jenks: ¡Eres una bestia, hermano!

Jenks: Me has superado, definitivamente, me has superado.

Mike: Esta vez, si la regaste. Dice Key que más te vale tener la casa limpia para cuando regrese. Que no está dispuesto a soportar más mierda.

Mike: Estamos saliendo del hospital. Las cosas de verdad se fueron de las manos. Incluso Cam tiene una puta uña rota, eso no es bueno.

Resoplé, ¿hospital?, ¿uñas rotas? ¿En serio Mike había llevado a Cam a un hospital solo por una uña? Era demasiado ridículo. Me eché a reír respondiéndole.

Yo: Eres un exagerado Micky, llevar a tu novia al hospital por una uña rota es demasiado.

Le di enviar, riéndome aún del mensaje. Vi unos cuantos mensajes más. Muchos eran de mis compañeros agradeciendo el show de gatas de anoche. Pensé que hablaban de las porristas quitándose la ropa por toda la casa. En realidad eran bien fáciles. Pocas mujeres se daban a respetar, era tan desagradable. Nadie se las tomaba en serio.

Me pregunto si algún día irán a hacer familia, ya las imagino contándole a sus hijos «cuando yo tenía tu edad, estaba leyendo un libro». Cuando, en realidad, a su futura edad, su madre estaba sin bragas en las piernas de todos. Qué triste. Me daban pena. Seguí viendo mis mensajes leyendo el de Chris. La muy graciosa había vuelto a poner sus X y O en su nombre, me parecían demasiado ridículos.

Chris Xoxo: Si la veo, la mato. Me ha dejado moretones en el rostro. Bebé, necesito de tu consuelo.

Chris Xoxo: Voy a hacer caso omiso al hecho de que la besaras. ¡Qué descaro el tuyo, amor!

¿Besara? Carajo, besé a alguien más que no había sido Chris. La verdad no es que me importara. Chris no era nadie y las porristas eran cosa fácil. No me pareció raro cambiar la antigua costumbre de Chris. Me quedé viendo la mancha de sangre en el suelo. Esperaba, con todas mis fuerzas, que ninguna hubiera sido virgen o estado en su periodo, eso sí que era desagradable. Hice una mueca de asco, alejándome de la imagen.

Tomé el teléfono y llamé al servicio. Lo más seguro es que Derek ayer entrara y encontrara todo este caos. En un pasado, le hubiera gustado toda esta mierda, hasta que encontró a su mujer ideal. El timbre sonó, tenía intenciones de ir a abrir la puerta, pero estaba concentrado en mi taza de café que había preparado. Ya iría Marta a abrir la puerta. A los minutos entró Mike con cara de sorprendido.

—¿Cómo diablos crees que voy a llevar a Cam al hospital por una uña? Tiene que ser una broma, hermano.

Me eche a reír. No puedo creer que haya subido solo a aclararme mi confusión de uñas y hospitales. Mike me puso los ojos en blanco antes de señalar la sangre. No quería pensar en esa mancha. De verdad me parecía desagradable.

—Podrías contarme qué pasó allí —levantó una ceja.

—Ni idea, solo espero que no sea sangre de virginidad o de periodo. Eso es asqueroso. Bueno, no es que me dé asco las mujeres pero…

Dejé de hablar al ver la expresión de Mike, tenía los ojos abiertos como platos. El chico sacó su celular, por un momento pensé que iba a dejarme con la duda. Tomó el teléfono en su oreja y contestó una llamada. No me di cuenta de que su celular estaba sonando. Que idiota.

—El idiota no se acuerda de nada —le dijo a alguien al otro lado—. Pídele a Cam que me mande el link del video en YouTube. ¿Cómo siguió Emma? ¿Ya le han puesto el yeso? Eso es bueno, ya están en casa. Que descanse.

No seguí escuchando la conversación. ¡Mierda! Emma se había lastimado. Tomé el teléfono, sea quien sea al otro lado sabía qué le estaba pasando a Emma y yo tenía que saberlo. No la merecía, tenía que olvidarla de algún modo. Aun así me importaba demasiado para no preguntar.

—¿Qué le ha pasado a Emma? —le pregunté a un desconocido.

—Eres un gran idiota —reconocí la voz de Derek. Puse los ojos en blanco. Tenía que ser él—. Se esguinzó la muñeca.

—Se supone que estabas cuidando de ella, ¿Cómo diablos has dejado que se lastime la puta muñeca? —le reclamé, un tanto exaltado.

Mike se echó a reír. Me molestó aún más que el idiota se riera en un momento serio. Contuve una arcada que me dio de repente. ¡Jesús! Que resaca más asquerosa me estoy tragando. Mike negó con la cabeza, observándome con ojos demasiado abiertos, esperando respuesta de Derek, yo también la estaba esperando.

—Eres un idiota, Dy. Llego en dos minutos, solo dejo a Emma en cama. No está muy bien que digamos…

No necesitaba oír más. Tiré el teléfono corriendo a la puerta de entrada. Pulsé el botón, escuchando a Mike detrás de mí. Se pasó los seis pisos rogándome que entrara en conciencia. ¿Conciencia de qué? No había hecho nada malo, además necesitaba verla. Estaba preocupado, nervioso y por alguna razón mi inconsciente se sentía culpable. Sin llamar a la puerta, la abrí caminando directo al cuarto de Emma donde estaba Cam, Anna y Key.

Los tres se quedaron viendo con cara de pocos amigos. ¿Ahora qué hice para ganarme esas miradas tan intensas? Ni siquiera había hablado con ninguno de ellos para que me vieran tan mal. Puse los ojos en blanco, ignorando las miradas. Me acerqué a Emma que descansaba en su cama con una cara muy cansada, ojos hinchados y lágrimas en los ojos.

Me recosté en la cama, sobando su espalda.

—¿Dushy? —dije preocupado, viendo el inmovilizador en su mano derecha.

 

 

Emma

Las puertas del ascensor se abrieron. Respiré profundo al ver la mesa de madera oscura. Tenía mucho tiempo de no estar aquí, desde que lo había besado por primera vez. Cerré los ojos al recordar cómo sus labios se apoderaban de los míos. ¡Dios! Lo amaba como una idiota. Armándome de valor decidí pulsar el botón de llamada. No estaba dispuesta a tocar la puerta.

Contestó al segundo tono.

—¿Emma? —preguntó, al tiempo que soltaba un suspiro.

—Hola —susurré con una voz de mierda—. Necesito verte.

Escuche música, conversaciones y risitas idiotas. Las conversaciones cada vez se definían menos, como si estuviera alejándose de los hechos. La voz de Jenkins me vino de repente. ¡Mierda! No, estaba en casa. Esperé unos segundos a que respondiera.

—Ahora no puedo, además, no creo que sea buena idea.

Un golpe duro en el corazón. No podía creer que por fin me había decidido a confesarle que lo necesitaba para mi vida y él se mostrara tan frío. Quizá él de verdad no sienta absolutamente nada y solo se esté divirtiendo conmigo. ¡Qué mierda! No podía creer que le había creído a Derek y a Mike. Me giré para presionar el botón de nuevo. Necesitaba volver.

—Vale. No hay…

No pude terminar de decir nada. La voz de Chris me llegó como leche cortada.

—¡Campeón! Ven aquí. Tu bebé necesita un poco de placer.

—Dy, apresúrate —la voz de Jenkins fue la siguiente—. Las chicas tienen que cuidar de ti.

No había nada más que decir. Mis ojos se nublaron por las lágrimas. Mis rodillas cedieron estrellándose en el piso de mármol blanco. Me hice una bolita mientras las lágrimas rodeaban mi cara. ¡Pero qué idiota! Bien merecido me lo tenía. Había hecho todo esto un gran espectáculo. Merecía que me pegaran por tan gran estupidez.

—Dale, esto no puede ser, Em. Lo siento. No puedo verte, estoy ocupado.

Sin más que decir, colgué el teléfono, secando mis lágrimas. Fue cuando escuché la música y las risas. Estaban en el ático o yo estaba comenzando a alucinar. Una parte de mí deseaba verlo con Chris. Tenía que verlo. Quería que me doliera el hecho de que él no me quería. Quizá de ese modo lo dejaba ir.

Las puertas del ascensor se abrieron, al tiempo que me paraba para ver a todo el minigrupo —excepto a Anna. Tenía una cita con Dan. Señalé la puerta con una mueca en la cara.

—Abre la puerta, Derek.

—¡No! No voy a hacerlo —dijo, viendo mi expresión— ¿Por qué quieres hacerlo? ¿Acaso vale la pena?

—¡Demonios, sí! —grité—. Necesito sacarlo de mi sistema ¡abre la maldita puerta!

Cam intentó tomarme la mano, pero yo ya estaba empujando la puerta a la mierda. Pero qué idiota, no tenía llave. Caminé por el pasillo principal hasta la sala, donde escuchaba las risas y las conversaciones. No tenía ni idea si Chris y Dylan estarían a la vista, aun así, no me importó. Seguí caminando. Tenía que verlo feliz con otra para que me doliera. Era una gran masoquista.

Derek intentó frenarme, incluso Cam y Mike hicieron todo para esquivar lo inevitable. Llegué a la sala observando que esto era un caos. Los jugadores —la mayoría de ellos—estaban sentados en círculo viendo a un par de porristas en bragas bailarles de forma demasiado sexy. Otras ya estaban encima de alguno, dándole duro, sin pudor a que el resto los viera. Era asqueroso.

Esto parecía una escena de una película pornográfica. Añadí a mis pensamientos que era una muy barata, por el tipo de actores. La rubia fue lo que interrumpió mis pensamientos. Estaba dándole un baile demasiado erótico a mi chico. No tenía nada más que unas bragas rojas que resaltaban en su piel blanca. ¡En qué momento decidí enamorarme de un idiota! Estaba absorta en mis pensamientos cuando una voz llegó del grupo de chicos.

—¿Vienes a compartir a tu chica, Mike?

—¡Uh! Yo pido a la ex de Dylan, solo de recordarla bailando con Mark me pone duro.

Mike ya estaba caminando hacia los dos idiotas que hablaban desde el círculo. Derek me sostuvo de los hombros susurrando que saliéramos de ahí. Negué con la cabeza, girando, para ver a Dylan; que se estaba poniendo de pie con sus vaqueros desgastados y su camisa ausente. Sus tatuajes se deslizaban por todo su brazo, las mariposas me recordaron cuánto quería pasar mi lengua en su piel llena de tinta. Era demasiado sexy.

Recordé sus besos, la manera en que me tomaba por la cintura, gimiendo por ese beso lleno de amor y deseo. La manera en que me hacía sentir especial, única. Ahora me sentía la peor lata del planeta. Enamorarme de alguien que no me corresponde, que no me quiere. Lo más importante, que me lastima. ¡Un aplauso a la más idiota!

—¡¿Qué diablos estás haciendo?! —me preguntó, al llegar justo frente a mí. No iba a mentirle. No podía hacerlo.

—Recordándome por qué me enamoré de ti —me encogí de hombros antes de dar media vuelta.

Estaba a segundos de irme de esa desagradable escena, cuando una mano me frenó en seco. Me di media vuelta para observar lo que estaba pasando. Dylan sostenía mi brazo con una mueca de dolor mezclada con asco. ¡Genial! Ahora le doy asco.

—¿Quieres unirte? —me señaló al grupo de personas semidesnudas—. Tyson tiene ganas de hacerte suya.

Me quedé con los ojos abiertos como platos. Tenía que ser una muy mala broma. ¡Este idiota estaba insinuando que era una cualquiera! Contuve la respiración antes de descargar mi palma en su rostro. Dylan se alejó, al tiempo que mi mano intentaba darle un golpe seco. El bastardo tenía buenos reflejos. Contuve las lágrimas unos minutos, mientras sus ojos me fulminaban con la mirada.

—No me veas de ese modo, Key, fue ella la que me engañó. Si ya pasó por mi hermano ¿Qué más da compartirla con mis compañeros?

Ah, carajo. De eso iba todo. El muy idiota me estaba tratando como una zorra cualquiera. No puedo creerlo. La mayoría estaba en silencio total. Nadie hablaba, ni reía, ni hacía ningún comentario. Solo Chris tenía una sonrisa de mierda en su cara de bruja barata. Solté el aire que estaba reteniendo. Me di media vuelta —ahora sí— dispuesta a marcharme, cuando su mano otra vez se posó en mi brazo, regresándome de un tirón.

Sin lograr pensar en nada más, Dylan me estaba besando. No era ningún beso tierno, ni cariñoso. Era salvaje y duro. Intenté abrir la boca para argüir algo cuando le di acceso a mi labio inferior. Dylan lo mordió con tanta fuerza que solté un chillido bastante audible. El sabor a licor de su saliva y lo metálico de mi sangre me sacaron de juego.

Alguien separó a Dylan al tiempo que me llevaba la mano a la boca para comprobar la maldita sangre. Las lágrimas me saltaron exageradamente. Quería pegarle, gritarle y decirle algo muy malo a Chris. Pero no pude, no logré articular nada a tiempo. Ya la tenía enfrente, descargando su puño en mi mandíbula.

Chris golpeaba como una fiera. Mis piernas se toparon con un pequeño sillón que tenía atrás. Caí de medio lado, aprisionando mi mano con mi cuerpo y el de Chris que seguía dándome de golpes. El dolor se extendió por todo mi cuerpo. Escuché a Cam soltar de gritos, arrematando con la mujer de pechos al aire. Los hombres se volvieron una furia gritando «pelea de gatas».

Dylan reaccionó en ese momento. Tenía la vista perdida. Estaba borracho hasta ya no poder. Más que el día en que todo esto se acabó. Lo vi evaluar la situación aún perdido. Lo alejé de un golpe dándome cuenta de que varios de los amigos de Dylan estaban grabando todo. Lo empujé dejándolo tirado en el suelo. Tragué la saliva con sangre que se había formado en mi boca y dejé que las lágrimas salieran. Alguien a mis espaldas gritó.

—¡Mike separa a tu mujer! Va a matar a Chris —varios rieron.

—¡Nah! La dejo un rato más. De ese modo Chris aprende a no ser tan perra. Le va a caer bien.

Si Chris estuviera ganando, de seguro Mike ya la hubiera mandado a freír papas. La mano me dolía como el demonio y las lágrimas volvieron a salir, sin control alguno. Me dolía demasiado. Derek se acercó para evaluar que estuviera bien. No lo estaba, las punzadas de dolor se estaban extendiendo por todo el brazo.

—¡Ayúdala, por favor! —la voz de Dylan me desconcertó. Por un minuto pensé que hablaba de Chris, hasta que vi que me observaba a mí.

—Por una vez en tu puta vida, Dy, arregla tus cagadas. Sé que tienes problemas con tu maldita autoestima pero sí que estás jodido, hermano, necesitas ayuda.

Me ayudó a incorpórame, evaluando mi mano, que estaba completamente hinchada. No podía moverla ni un poco sin sentir el tirón por todo el brazo. Grité lo más que pude, eso dolía mucho. El dolor era más que insoportable.

Mike tomó a Cam por la cintura, colgándola en sus brazos, para alejarla de Chris, que estaba ensangrentada y arañada. Dejando a Dylan con la respiración acelerada, aún confundido, empecé a alejarme. No había nada qué hacer o qué decir. A menos eso creía.

—Me vuelves loco, Em. Nunca en mi vida me había sentido así por una mujer. Estoy malditamente enamorado de ti ¿Está bien? Esa es la realidad —el hipo se hizo presente. Varios de sus amigos rieron al verlo completamente ebrio, declarando su amor por una mujer que estaba odiándolo en este mismo instante.

Sin responder, le saqué mi dedo más agradable, de la mano que no había sufrido ningún golpe. Decidí largarme del lugar. No quería volver a verlo en mi vida. Estaba furiosa, molesta, enojada. ¿Cómo había sido capaz de morderme el labio de ese modo, dejado a Chris pegarme, y encima, declararme su amor?

Esto, definitivamente, no estaba saliendo como me hubiera gustado. Estaba lastimada, por fuera y por dentro. Desgarrada. Abrazándome al pecho de Derek, dejé que me llevara a donde sea que me llevaba. No paramos en el piso catorce, seguimos hasta la primera planta. No reaccioné a dónde íbamos hasta que un letrero se pintó frente a mí. «Emergencias», estábamos en el hospital.

 

 

Dylan

Los ojos de Emma lucharon unos minutos antes de abrirlos por completo. Sonreí ante su color marrón intenso. Amaba esos ojos tan perfectos. Observé una magulladura en su mandíbula, su labio hinchado ¿Qué diablos le había pasado? Recordé las palabras de Mike. Me giré para ver a Cam con un par de aruñones en la cara. Se veía molesta de verme, más que molesta. Los tres —incluyendo a Key— estaban echando humo por la boca.

—Cam —le dije, con poca dulzura—. ¿Por qué te has peleado con Emma? ¿Qué pasó?

—¿Qué? —respondió sorprendida—. No me jodas, McGuire.

¿Qué no la joda? Vaya, estas mujeres tienen un humor de mierda. Por algo no me había enamorado antes, eso de andar aguantando gruñidos todo el tiempo era insoportable.

Recuerdo una vez, hace muchísimo tiempo, cuando decidí ver si lograba algo serio con Dayan, una chica buena en la secundaria. Mamá aún vivía y yo quería algo como lo de ella y papá. No me duró ni veinticuatro horas. En cuanto me reclamó no haberla llamado para decir buenos días, la relación había terminado. Que insoportable. La mitad de las mujeres se enojan porque el novio no las llama, porque las llaman demasiado, porque no les leyeron el pensamiento, porque les leyeron el pensamiento… a este paso de seguro no me caso nunca.

—¿Dy? —preguntó una Emma bastante drogada y soñolienta. Supongo que le debieron dar algo para el dolor. Sobándole el cabello con ternura, le di un beso en la frente.

—Hola, nena ¿Cómo te sientes?

—¿Qué diablos haces aquí? —preguntó con cariño. ¡Demonios, aún me quiere!

—Me enteré que te has peleado con Cam, nena, no vuelvas a darte de golpes con nadie. Menos con tu amiga, es tu hermana, no puedes pelear con ella —decidí ganarme a Cam de algún modo. Me caía bien la chica para que se enojara también ella.

—¿De qué diablos estás hablando? —preguntó, sentándose un poco.

Entrecerré los ojos. Cam no había peleado con Emma, por la expresión del rostro de todos, era obvio. Había confundido las cosas. Derek puso los ojos en blanco, aclarándole a Emma que no me acordaba de nada. Un nervio me recorrió toda la columna vertebral haciendo memoria de ayer. Nop, nada. Mi mente estaba vacía. Cam me pasó un teléfono celular con un video en YouTube. Le di play viendo cómo todo cobraba vida.

Podía verme sin camisa, mostrando toda la fisionomía. No sé quién había grabado esto, pero estaba demasiado cerca de mí en el ático.

—¿Quieres unirte? Tyson tiene ganas de hacerte suya. No me veas de ese modo, Key, fue ella la que me engañó. Ya se ve que le gusta estar de hombre en hombre ¿Qué más da compartirla con mis compañeros? ¿No me toca compartirla contigo?

¡No, mierda! Eso no estaba para nada bien. Emma tenía una expresión de sorpresa y dolor. Dolor puro. El corazón se me encogió instintivamente. Cerré los ojos unos segundos antes de recuperar algo de memoria. El video siguió.

Mis manos fueron directo al rostro de Emma plantándole un beso en los labios. Podía ver que no era un beso tierno. Estaba lleno de lujuria guardada. No me extrañaba. Me gustaban las cosas duras y agresivas. Aunque ese beso me dejó desconcertado.

¡Besé a Emma y no me recordaba! Que porquería. La solté a tiempo para que ella se limpiara la boca. Le había dado asco. La mano quedó roja como si… ¡No puede ser! Me di media vuelta para observarla fijamente. Su labio. Por eso estaba hinchado. Seguí con el video, al tiempo que Chris —sin nada más que bragas rojas— le daba un puñetazo en la mandíbula. Arrugué la frente entendiendo poco de todo el problema.

Chris estaba celosa, por favor, ella era una cualquiera ¿Cómo puede estar celosa? Ahí es donde sale Cam. Se tira encima de la chica casi desnuda. Le empieza a dar una paliza de campeonato. La cámara se enfoca en ellas dos peleando. Cam tenía el control total de la pelea. Incluso se escuchaba a un Micky muy orgulloso diciendo cosas como «¡Nah! La dejo un rato más. De ese modo Chris aprende por perra».

—¡Ayúdala, por favor! —distinguí mi voz cerca de la cámara. No me veía, pero sabía que era yo.

—Por una vez en tu puta vida, Dy, arregla tus cagadas. Sé que tienes problemas con tu maldita autoestima pero sí que estás jodido, hermano, necesitas ayuda —¡Santa mierda! Key sonaba demasiado molesto.

Mike separa con toda tranquilidad a Cam de Chris que estaba retorciéndose en el suelo llena de lágrimas y entiendo la sangre de la alfombra blanca. Al menos agradezco que no haya sido virginidad. Las demás porristas —también semidesnudas— se aglomeran a ayudar a su abeja mayor. La cámara gira a toda velocidad para enfocarme con cara de preocupación total, pegando de gritos desesperado.

—Me vuelves loco, Em. Nunca en mi vida me había sentido así por una mujer. Estoy malditamente enamorado de ti ¿Está bien? Esa es la realidad.

El hipo se me salió en todo su esplendor. Esto estaba siendo excesivamente vergonzoso. Solté carcajadas por lo patético que me veía. Estaba realmente trastornado. Finalmente, había admitido estar enamorado y no recordaba nada acerca del incidente. ¡Qué estupidez!

Emma me sacó el dedo de en medio antes de irse con una mueca demasiado marcada de dolor. La cámara giró en todas direcciones, grabándome de rodillas casi llorando y destrozado. Chris lloraba, mientras sus amigas la vestían con cuidado. De la nada el video se para. Cerré los ojos un minuto.

—Es una mierda —declaré viendo el celular—. No recuerdo nada.

—Ahora ya lo sabes así que… ¿ya puedes irte? —Anna, la mamá de los pollitos me echó de la casa, sin más.

—No —me di media vuelta para ver a Emma—. Estamos demasiado jodidos, nunca vamos a poder estar juntos, ¿verdad?

Podía sentir que las lágrimas estaban en algún lado cerca. No iba a llorar, no era mujer para ser tan débil. Me di media vuelta para pedir un poco de privacidad. La necesitábamos. Tanto ella, como yo. Los tres me mandaron a la mierda —como era de esperarse— aun así logré persuadir a Emma, ella los echó de la manera más educada y dulce.

Cuando por fin solo éramos ella y yo. Me dejé caer. La abracé como si mi mundo dependiera de ella. Su cálido abrazo me tenía hipnotizado y encantado. Era una mujer maravillosa. Empecé a regarla de besos por todas partes. Le di unos en su yeso duro y frío, otros en su mandíbula, en sus labios —que yo había dañado— en sus ojos, que estaban hinchados, supongo de llorar. Susurré un lo siento en cada uno de los besos. Era verdad. Lo sentía.

—No podemos hacer esto —dijo Emma, empezando a llorar otra vez. Quizá esto era normal en la gente enamorada. Emma era fuerte y ahora se la pasaba llorando.

—Lo sé, no podemos, Dushy, lo siento.

No podía mentirle. Esta relación estaba destinada a la destrucción total. Cerré los ojos empujando las lágrimas. ¡Carajo, voy a llorar! En qué marica me estoy convirtiendo, eso es horrible. Recordaba a Derek, la primera semana de universidad, cuando él aún llamaba a casa para ver cómo estaba mamá. Me estremecí al recordar cuando me confesó sus sentimientos por Kathy. La chica era buena.

Cuando conoció a Emma, pensé que estaba ligando con una nueva chica. Hablaban casi todo el tiempo y pensé que había olvidado a Kathy. Fue duro enterarme que ella le había pedido tiempo para aclarar sus sentimientos. Mi hermano la amaba y ella se estaba haciendo la difícil. Hablaba con Emma para distraerse de la locura. No lo entendí bien, hasta que me di cuenta de que yo había llamado a los chicos y a las porristas con el plan de distraer mis pensamientos. De olvidarme de ella. Sinceramente estaba empezando a considerar que todo esto del amor era una mierda.

—Te lastimé —dije, rozando sus labios con mi pulgar—. Soy la porquería más grande que existe, Em, lo siento tanto.

—Fue excitante, no voy a mentir, pero… dolió un poco.

Solté una carcajada recordando algo muy interno en mi cabeza. Algo que me había dado vueltas desde hace un par de días. Otra de las razones por las que había discutido con Derek. Le sobé los labios a mi linda dama susurrando a su oído.

—Por cierto, Dushy, eres una pervertida. Lees pornografía.

Sus ojos se abrieron sorprendidos, se incorporó encima de mí, viéndome fijamente. Me acomodé en la cama, ayudándola a subir a mi regazo. Esto era demasiado excitante. No sé si era por la necesidad. Desde que la conocí no me había acostado con nadie.

—¡Terminaste de leer cincuenta sombras! —gritó sorprendida. Me reí, ni de loco iba a leer esa cosa. Iba a ver la película. Eso de leer no se me daba muy bien. Le sonreí de regreso sabiendo solo una cosa del libro, la importante.

—Señorita O´Brien, el señor Grey y yo tenemos algo en común —le sonreí—. Nos gusta fuerte.

Soltó un chillido de excitación abalanzándose sobre mí. Besándome como si de eso dependiera la vida. No iba a admitir que no había leído esa porquería. No podía pensar en nada más que estar dentro de ella. Me incorporé y empecé a besarla, lo más que pude. Me apoderé de su boca, de su lengua.

Mis manos viajaron a su rostro, atrayéndola con más intensidad. ¡Diablos, la necesitaba! La quería sentir en su totalidad. Estaba perdiendo el control que tanto me había costado tener. Intenté tener cuidado con su labio, no quería lastimarla más de lo que ya lo había hecho. Ella se levantó la blusa, dejando al descubierto sus pechos. No tenía puesto sujetador. Eso era… otro nivel. Con muy poca habilidad —culpa del inmovilizador— me quitó la camisa.

Sus manos recorrieron mi abdomen, como si intentara guardar el recuerdo en alguna parte de su cabeza. Desesperada desabrochó mis pantalones, una vez más, con mucha dificultad. Decidí ayudarla bajándome el pantalón, hasta quedarme solamente con los bóxeres pegados negros. Emma suspiró admirando su trabajo. Sin pensarlo me abalancé sobre ella, colocándola abajo. Comencé a besar sus pechos. Uno primero y el otro después. Una de mis manos se deslizó hasta sus pantalones de chándal, bajándoselos por completo, revelando unas braguitas de algodón. Me parecieron demasiado lindas.

Emma se removió, pidiendo que me detuviera. La vi intentar taparse la cicatriz que tanto la tortura. Aprisionando sus manos con intensidad contra el colchón, comencé a bajar. Emma seguía suplicando que no la viera. No me importó, baje más hasta llegar a su pierna. La cicatriz venía desde su culo recorriendo el muslo. Era bastante profunda. Sin pensarlo, la besé, justo donde empezaba. Rodeándola de besos la vi quedarse petrificada, tensa. No tenía ni una mínima idea de qué le había sucedido. De cómo había pasado. Lo único que quería era aliviar el dolor.

Ella se removió una vez más, liberándose de mi agarre. Sus manos encontraron el camino a mi cabello y me sostuvo con fuerza. Estaba extasiada. Bajé sus braguitas, rodeándola de besos intensos. La escuché gemir ante mi tacto. Los dos estábamos listos, tanto ella como yo. Emma se dio media vuelta para sacar algo de su mesita. Un paquete de condones. Sonreí al verla tan preparada. Mujer precavida vale por mil.

Desgarró el paquetito con los dientes, tomando la goma entre sus manos. Me alejé de ella para darle acceso a colocarlo en mi erección. Era obvio que sabía cómo hacerlo. De pronto me dio un respingo de dolor. No quería imaginarla con nadie más. Con nadie, era mía con todos sus problemas y cicatrices. Toda mía.

Alguien tocó la puerta, haciendo que los dos pegáramos un salto de la cama. Sin pensarlo, los dos gritamos al mismo tiempo, como si hubiéramos leído nuestros pensamientos.

—¡Ahora no! —los dos nos echamos a reír, mientras gruñía de excitación. Sus hábiles dedos colocaron el preservativo. Con un movimiento calculado, me perdí en ella. Penetrándola como quise hacerlo desde que la conocí.

Era mía, toda mía. No iba a quedarme junto a ella y ella no iba a seguir a mi lado. Al menos no ahora, no hasta que solucionáramos nuestra mierda. Besándola fantaseé con la idea de no perderla nunca. Sabía que cuando esto acabara sería el fin. La disfruté en todos los sentidos, sintiendo sus caricias llenas de yeso frío. La besé como si mi vida dependiera de eso. Quizá era así, dependía de ella.

 

 

Emma

Pasaron dos meses desde que había estado con Dylan. Dos meses en los que solo habíamos cruzado un par de miradas y saludos esporádicos. Dos meses de tortura, lo extrañaba. Me acomodé el cabello antes de entrar a mi clase de literatura, recordando que hoy, hace dos meses, lo tenía encima de mí. Disfrutando del placer que me daban sus besos.

Decidimos darnos un tiempo después de esa noche. Recuerdo que no quería dejarlo ir, se sentía tan bien tenerlo encima mío. Ya nos habíamos lastimado bastante y teníamos muchas cosas internas que tratar antes de dar algún otro paso en esta extraña relación. Muchas veces creía que todo estaba perdido, Dylan ni siquiera me prestaba atención la mayoría del tiempo.

—No voy a dejarte ir, nena, lo prometo —dijo, antes de irse de casa esa madrugada—. Cambiaste mi vida, pero… tienes que tratar tus traumas y yo los míos. Si queremos que esto funcione no podemos seguir así. Nos lastimamos mutuamente y eso es una mierda.

Estuve de acuerdo sin rechistar. Dylan era el típico personaje que me hacía cantar un aleluya a la vida. Después del accidente pensé que mi antiguo yo había muerto, al menos eso quería. Dylan me demostró que esa perra seguía ahí metida, en algún lado de mi subconsciente, lista para atacar cuando era necesario. Era débil, era fuerte, era yo.

Una semana de llorar por esa relación que tanto me atormentaba, decidí tomarme en serio las sesiones con Jane. No me encantaba eso de hablar con psicólogos, pero si quería que las cosas funcionaran en un futuro, tenía que colaborar. Parte de la terapia sugerida era la práctica de canto, la música me mantenía cuerda por lo que seguí con mis clases. Me ayudaba a conectarme con una recóndita persona que había sido y podía ser, me gustaba lo que escuchaba.

Jane consiguió una buena academia de música llamada The Celtic. La mitad de las clases eran grupales, tres veces por semana. Según Jane, para eso servía la terapia, para aprender a tratar con diferentes personas, como en diferentes tonalidades. Al principio no me hizo clic en mi cabeza pero ¿Qué diablos sabía yo de terapia? Lo que si era seguro, había mejorado una barbaridad. No sabía cómo iba Dylan en su terapia ni en qué consistía. Mike contactó a Jane y ahora compartíamos psicóloga, era una locura.

Navidad pasó y la celebramos como a Camila y a Anna les gustaba. Para mi pésima suerte, regresamos a Virginia a pasarlo con ellos. No me acerqué a mi vieja casa, mucho menos contacté a mis padres, solo éramos los Roth, los Miller y yo.

En tres días tendríamos un recital, el más importante de la academia. Practicaban todo el año para esa única presentación. Me apunté para probar suerte, creí que sería bueno probar aunque me dieran un no por respuesta. Para mi sorpresa, me dieron un puesto en casi todas las canciones como corista, menos en tres, en las que estaría al frente; y en una sería la voz principal. Invité a todos mis amigos, contando a Derek. Quise invitar a Dylan pero no me pareció correcto, no cuando aún no estábamos bien ni como amigos.

—Señorita O’Brien —me llamó la señorita Carter. Suspiré al ver que tenía mi trabajo en sus manos. Un manuscrito de ciento veinte páginas—. Esto es muy bueno. Tienes talento y mucha imaginación. Creo que hace falta un poco en la redacción, te pasas de presente a pasado y te falta un poco de descripción en los hechos, pero aparte de eso, querida, estoy viendo a una futura escritora.

Le lancé una sonrisa de oreja a oreja. Esto era fantástico, mis sueños, poco a poco, estaban tomando su rumbo. Que ella opinara que había mejorado mucho desde mis primeros escritos era un gran avance, mejores que en mi clase de poesía. El señor Torbal dijo que, definitivamente, la poesía no era lo mío. Tomé mi manuscrito para ver las correcciones que había hecho la maestra, la verdad es que no eran tan importantes como imaginaba. Tendría que corregir todo esto como parte de los planes que tenía para esta historia.

Estaba esperando a que llegara el ascensor, después de haber regresado de mi clase de música. Venía extasiada aún escuchando la canción que grabamos hoy en práctica. La escuchaba en modo repetición, para no dejar que se me escapara nada. Debía memorizármela al pie de la letra, no quería cagarla el día del recital. Mañana sería el ensayo general, con trajes y toda la cosa. Una parte de mí estaba más que emocionada, la otra estaba muerta del miedo. Tenía que ser más de lo que ellos esperaban.

Con los auriculares puestos y la música a tope me perdí en la música. Dejé que me transportara a Inglaterra, a los valles de Irlanda, a lugares con cascadas y montañas de flores amarillas. No me di cuenta en qué momento comencé a cantar esperando a que el ascensor bajara desde el piso dieciséis. Observando los números pasar, perdida en mi música no me di cuenta cuando Dylan se paró junto a mí. Con la sonrisa en su rostro decía que me estaba escuchando cantar como loca. Con las mejillas rojas me quité los auriculares, sin ponerle pausa a la canción. Me tenía hipnotizada —como era costumbre— no podía siquiera hablar. Su camisa de entrenamiento estaba pegada al cuerpo, sus mejillas aún ruborizadas por el cansancio físico. Definitivamente venía del entrenamiento. ¡Dios! Quería besar esos labios.

—Es como escuchar a los ángeles —señaló el techo como si fuera el cielo. No pude evitarlo, me puse más roja que de costumbre.

—Eso es porque no has escuchado a los coches chillar cuando están en el matadero —dije con esa sonrisa que solía darle. La que decía que lo deseaba.

—Sí, es exactamente lo que estaba pensando. Hasta ellos entonan mejor que tú. No hay duda.

Las puertas del ascensor se abrieron en ese momento, distrayendo nuestra conversación de coches gritando. Toda una novedad. Con un movimiento de mano, me indicó que pasara primero. No dije lo contrario aunque hubiera deseado que se tardara mucho más tiempo antes de abrirse. No quería dejar nuestra conversación. Cuando las puertas se cerraron lo escuché suspirar. Los dos teníamos la vista al frente como si vernos fuera un pecado capital. No aguantaba ese silencio tan incómodo. Me di la vuelta para fulminarlo con la mirada.

—¿Cómo vas en las clases? —pregunté de forma casual.

—Bien, soy un maldito genio —el sarcasmo en su voz era todo un espectáculo. Solté una carcajada, sabiendo que iba arrastrando todas las clases, a eso le llamaba bien.

—¿Qué tal tu familia?

—Están bien. Mi hermana se casa en dos meses o menos, ni siquiera tengo la menor idea qué planes tiene. Derek me contó que vendrá a tu recital mañana —se encogió de hombros—. Viene con Kathy. Esa es otra gran novedad.

Le sonreí algo apenada. No lo había invitado, tampoco me estaba reclamando, eso era un punto a su favor. Sabía que Derek vendría con Kathy, él y ella iban mejor en su relación. Cada vez intentaban con más fuerzas que funcionara. Derek se escuchaba más tranquilo a la hora de hablar de ella. Eso me indicaba que estaban mejor. Pasos de gigantes para ellos.

—Lo sé —respondí, viendo como nos acercábamos a mi piso—. Si quieres ir, será pasado mañana en el teatro…

—Emma, no te sientas comprometida a invitarme. Ya compré mi entrada de todos modos. No me perdería por nada del mundo verte cantar —tomó un mechón de cabello, colocándolo detrás de mi oreja—. El recital es a beneficencia de niños de escasos recursos, es una buena causa y papá apoya con cantidades generosas. No creas que todo es por ti —dijo sonriendo.

Le di una mirada entrecerrada. Mentía fatal. Las puertas se abrieron, al tiempo que Dylan y yo maldecíamos en voz alta. Qué descaro, no teníamos vergüenza de demostrar lo que sentíamos, para más joder la situación, siempre decíamos las mismas cosas al mismo tiempo.

—¿Puedo pasar? —preguntó, sosteniendo la puerta—. Para platicar un poco.

No iba a decirle que no. Le indiqué con la mano que saliera del ascensor, al tiempo que nos encaminábamos al apartamento. Metí la llave en la cerradura central, abriendo la puerta. El apartamento estaba exacto como lo dejé en la mañana con excepción de una nota en la mesa principal. Era de Anna.

Emma y Cam:

Saldré con Dan a comer. No me esperen despiertas, igual nunca lo hacen.

El nombre de Cam estaba tachado y al lado estaba el porqué. Cam era única en lo que hacía.

Tampoco nos esperen a nosotros, iremos al cine. Cuídate Em, Mike te manda saludos.

Definitivamente, Mike era parte del inventario de la casa. Llevan saliendo tres meses, cada vez van mucho más formal. Le mostré la nota a Dylan, quien la examinó, soltando una carcajada. Claro que sabía lo que estaba pensando. Como era costumbre, sin preguntar, Dy sacó unas copas del mueble de la cocina, y la botella de vino blanco de la refrigeradora.

Sirvió las dos copas a la medida. Me quedé sorprendida que lo hiciera con tanta normalidad, como si nada hubiera cambiado. Quizá nada había cambiado, seguíamos siendo nosotros. Le sonreí aceptando la copa, caminando al balcón, nuestro lugar favorito, aparte de mi cama.

—Dy —dije apenada—, no es que no quisiera invitarte, juro que…

—Em, tranquila —le dio un sorbo a su vino, analizando su sabor—. No esperaba a que me invitaras. No soy nadie para que me invites.

—Te equivocas, eres todo —admití sin pensar. Las comisuras de sus labios se elevaron mostrándome esa linda sonrisa que tanto me gustaba.

—No, Em, tú eres todo. Yo solo soy el idiota que nos separó.

No pude evitar soltar una carcajada. Nos había separado el destino. Era toda la porquería que cargábamos en nuestros hombros. Él no negó que la cosa lo había jodido, eso ya lo sabía a la perfección. Su madre había muerto de cáncer, una muerte lenta y dura. A su corta edad, había tenido que cuidarla durante casi tres años hasta que finalmente su cuerpo dejó de funcionar. Su padre, que casi enloquece con la enfermedad de su madre, les gritaba a todos y era demasiado ofensivo. A tal punto que jodió a su hijo menor de todas las maneras posibles. Su autoestima era una mierda, la cual ocultaba a la perfección siendo el mujeriego, idiota, que tan bien conocía.

Quería contarle todo acerca del accidente, de John y de mi jodido problema. Lo quería con tantas ganas, pero me asustaba muchísimo qué fuera a pensar de mí. No podía solo soltarle la bomba. Decidí dejarlo para otro momento. Apenas habíamos logrado volver a hablar después de tanto tiempo.

—Así que… irás mañana —dije, sonriendo por esa noticia.

—No me lo perdería por nada del mundo, Dushy. Te he extrañado bastante —afirmó, viéndome directo a los ojos. Me derretí en ese maldito preciso minuto. Lo necesitaba.

—Por eso te has pasado ignorándome mientras hablabas con Liz —dije, negando con la cabeza. Intenté portarme seria mientras lo decía, pero fallé completamente en el intento.

—Era la excusa perfecta para que me prestaras atención, podía sentir tu mirada mientras le preguntaba cosas, con el fin de conocer a las personas que te rodean. Podía sentirte y eso me dejaba completo.

No pude evitarlo. Me ruboricé como una loca, ni siquiera las sillas de Sangría eran tan rojas como mis mejillas. Me derretía por este hombre. Le di otro sorbo a mi bebida intentando jugar mi juego de siempre, él que usé el primer día que lo vi. Mordí mi labio, sintiendo cómo contenía su respiración.

—¿Crees que pueda invitarte a cenar mañana? —dijo, encogiéndose de hombros.

—Se suponía que iríamos a comer con Derek y Kathy, pero… emmm… ¿quieres venir conmigo?

—¿Una cita doble? —preguntó, con una gran sonrisa en el rostro.

Empecé a reír como loca. No me refería a una cita doble, pero funciona para mí. No quería estropear el momento, por lo que asentí con una gran sonrisa. No tenía ni idea de lo que puede pensar Derek de este encuentro. La última vez que nos vio, estábamos separados.

Continuamos platicando de cosas sin sentido. De cómo estaban sus puntajes, esperaba que pronto lo llamaran de algún equipo mayor; estilo los Dolphins, Giants, Patriots o algún otro de los que él tenía como preferencia. Sabía que prefería a los Dolphins, pensando en su padre, como siempre, de ese modo estaría cerca de él. Por otra parte, soñaba con ser parte de los Giants. Sin importar cuál escogiera, sabía que era parte de su destino ser grande. Si lográbamos que esto funcionara, esperaba, de todo corazón, que el destino no se encargara de separarnos otra vez.

Cuando él terminó de meterme en su mundo, que apenas entendía, fue mi turno de hablar de cosas que él no entendía. Lo metí a mi mundo de fantasías, contándole de la novela corta que acababa de terminar. Aunque hace unos meses creía que una novela de ciento veinte páginas ya era todo un libro. Agregué a la conversación cosas que debieron quedar secretas, como el hecho de que muchas partes de la historia estaban inspiradas en él. Cosa que sacó a su arrogante a dar un paseo.

—Así que… Soy como tu musa —dijo, después de rascarse la barbilla.

—No lo llamaría musa, pero sí me provocaste un par de situaciones que me inspiraron y quise escribirlas.

—No me vengas con la cosa que la historia es triste —argumentó con los ojos llenos de súplica. La historia que había narrado no terminaba tan mal, pero tampoco se quedaban juntos. No podía escribir cosas de color de rosa cuando yo estaba al borde de la locura.

—Algún día pretendo que veas la película —dije con sarcasmo.

Dylan entrecerró la mirada, como si analizara mis palabras. Sabía que me refería a que nunca leería mi libro y que él seguiría esperando por el resto de la eternidad a que alguien la considerara una historia de cine.

—Tengo el dinero para pagar una muy buena producción. Aunque siempre está la opción de leer el libro.

—Tú no lees —aclaré con una risita tonta. Lo vi elevar las comisuras de sus labios, antes de agregar:

—Tampoco me enamoraba, señorita O´Brien. Al parecer la vida está llena de cambios.

—Así parece —dije, dándole una sonrisa tierna. En eso estábamos de acuerdo.

Mi vida había cambiado tanto en estos últimos días, que no había manera de explicar mis sentimientos respecto a ello. Mi vida había cambiado en el momento que desperté después del accidente en la sala de emergencias y había caído en la cuenta que había sido mi culpa. El siguiente cambio se dio cuando mamá me sacó de la casa y papá estuvo de acuerdo. El tercero fue haber venido a florida; el cuarto haberme enamorado de Dylan; el quinto haberlo dejado y el sexto estaba a punto de empezar. Quería recuperarlo.

Dylan se puso de pie, anunciando que tenía que regresar al ático. Me hubiera gustado que las cosas estuvieran bien entre nosotros y conservarlo toda la noche. Pero no estábamos bien. No ahora.

—¿Nos vemos mañana? —preguntó en el umbral de la puerta.

—Sí —contesté, acercándome aún más. Podía sentir su aliento, su aroma a jabón con limón. Sin pensarlo lo tomé por el cuello, plantándole un beso profundo en los labios. Por unos segundos no reaccionó, no se movió. Estaba sorprendido, como yo.

Me alejé para disculparme, eso había sido tan inapropiado. Dylan soltó el aire que había estado guardando en sus pulmones. Con un movimiento de manos me tomó por la cintura, besando mis labios una vez más. Le respondí al beso porque era lo que necesitaba.

Alguien se aclaró la garganta a las espaldas de Dylan. Nos dimos media vuelta para ver de quién provenía tan feo gruñido. Era Mike junto a Camila. Me ruboricé al verlos lanzando una sonrisa apenada. Dylan se alejó con la respiración entrecortada, despidiéndose de todos, desapareció en el ascensor.

 

 

Dylan

Pero qué mierda. Si seguía con esta sensación de vacío cada vez que la perdía de vista iba a parar engordando, en cada momento que sentía esa porquería en el estómago me metía chocolate. Ya parecía de esas mujeres desahogando su falta sexual con chocolate. Definitivamente toda una porquería. Le di un mordisco a la barra de Milky Way, viendo el techo de mi habitación. Me sentía como la mierda.

Llamaron a la puerta sacándome de mis pensamientos eróticos de Emma desnuda. Estaba empezando a creer que me estaba volviendo un maldito ermitaño caliente. Como esos geeks que solo se la pasan masturbándose pensando en la chica que les gusta. Dos malditos meses, dos sin tocar ni besar a una mujer; bueno, hasta hace unas horas que besé a Emma. Me levanté para abrir la puerta. Derek estaba con una mochila en la espalda y una gorra vieja que usaba siempre que viajaba.

—¿Me extrañaste? —preguntó, extendiendo los brazos, pretendiendo que me tirara a ellos y lo abrazara. No lo hice.

—¿Tenía que extrañarte? No, lo siento, Key. Lo intenté, pero fue un caso fallido —me encogí de hombros. Los dos soltamos una carcajada, estrellando nuestros cuerpos en un cálido abrazo de hermanos.

—Ven, quiero presentarte a Kathy —dijo, dando media vuelta.

Bajamos las escaleras, donde estaba papá viendo a la mujer despampanante que teníamos frente a nosotros. Key llevaba tres años con ella, si mis cálculos no me fallaban, qué sé yo de su vida. El punto es que no conocimos a la famosa Kathy, Key evitaba involucrarla. Verla ahora, aquí, me hacía entender por qué.

Su cabello rubio, largo hasta la cintura, su piel blanca como la nieve y esos ojos azules, me recordaban a mamá. Levanté la vista para ver a mi hermano sostenerle la mano mientras se acercaban a mí. Tenía un cuerpo de modelaje, para nada mi gusto, prefería las curvas que las planas. ¿De dónde diablos se agarra Key al momento de la intimidad?

—Este es mi hermano menor, Dylan. Dy, ella es Kathy —le tendí la mano para saludarla, de la manera más formal que conocía. La chica se abalanzó para besar mi mejilla. Me quedé helado con la forma tan dulce de saludar. No me agradaba este contacto físico tan inapropiado.

—¡Hermanito! —exclamó, separándose de mi cuerpo—. Deky me ha hablado maravillas de ti. Dice que eres un chico bastante… especial —mencionó la palabra especial como si fuera algo estúpido o algo por el estilo. Me di media vuelta para fulminar a mi hermano con la mirada.

—¿Deky? —solté en carcajadas, siendo nada discreto. ¡Qué mierda de apodo! Si algún día llegaba a tener novia, más le valía no ponerme nada más que Dushy o algo aceptable. Eso de andar con mariconadas de Dily, cosito, amorcito, panecito o alguna de esas cursilerías, correría sangre y se tendría que ir directo a la mierda.

—Cállate, idiota —susurró Derek. Definitivamente a él tampoco le gustaba.

Papá había pedido comida en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Aunque no estaba muy contento con la idea de conocer a la mujer de mi hermano de la noche a la mañana. Milagrosamente, había hecho un espacio en su apretada agenda. No era tan malo como aparentaba, solo era… diferente, exigente y una mierda total cuando quería; le gustaba el control y trabajaba muy duro para darnos lo que teníamos hasta el momento.

Las empresas de la familia eran todo un éxito y algún día mucho de su legado quedaría en las manos de sus hijos. Tenía que estar preparado para hacer un trabajo espectacular con la empresa. Muchas veces me iba con él para ir aprendiendo todo lo que se hacía.

—Entonces, Kathy —dijo papá, distrayéndome de mis pensamientos—, tus padres también son abogados.

—Así es —dijo con su voz chillona—. Sigo los pasos de papi, es un gran señor.

¡En qué mierdas estaba pensando Key! Ahora entendía por qué la pasaba tan bien con Emma. Esta mujer era un tanto insoportable. Papá intentaba mantener la cordura la mayor parte de la cena, pero imaginaba que querría pegarle, al igual que yo.

—Dylan —dijo, de repente, Barbie—, descríbeme qué tal te va en tu vida amorosa.

¡Jesús! ¿Describir? Esta mujer debería tener una máquina que le dijera qué hablar y qué no. Puse los ojos en blanco, esperando a que Key pudiera ver que estaba a punto de perder el control.

—¿Mi qué?

—Tu vida amorosa —volvió a decir, con esa sonrisita en el rostro.

—Esas palabras no están en mi vocabulario —aclaré, regresándole la sonrisa de idiota.

—¡Qué va! —dijo papá—. Mi hijo será un solitario lleno de mujeres. Dudo que algún día se enamore.

Levanté la vista, observando, por primera vez en mucho tiempo, a papá bromear con alguien. Entrecerré los ojos para asegurarme de que realmente yo no estaba imaginándome nada. No, papá estaba riendo, haciendo chistes de mí. El bastardo se reía de mí. Esta sí que va a ser una larga noche. Derek sonrió, viéndome de arriba abajo, inspeccionando mi reacción. Él sabía que me había enamorado de una mujer que estaba más jodida que yo.

—Lo siento tanto, Dylan —dijo la señorita voz chillona—. Por un momento casi olvido la historia con Emma O’Brien.

La sola mención de su nombre me puso todos los pelos de punta, como si me hubiera tirado un cubo de agua congelada —como la escena que grababan los artistas, para donar dinero. Todo el resto de personas lo hacía por estar a la moda ¡era patético!—. Negué con la cabeza, concentrándome, otra vez, en la conversación de la mesa que tocaba mi tema infranqueable, estaba hablando de Emma, mi Emma.

—¿La chica a la que has venido a ver? —preguntó papá a Derek.

—Es mi amiga y sí, es ella —mi hermano lanzó una mirada con ojos de súplica. Estaba pidiendo perdón, antes de que yo estallara y pidiera una puta explicación.

—¿Nunca te han dicho que te pareces a Barbie? —pregunté con la intención de desviar la conversación.

—¡Wow! Vaya, Dylan, ese es un halago.

—En realidad no soporto a Barbie, es un juguete estúpido que hace que las niñas hablen solas sin que las crean locas —me metí un pedazo de carne a la boca sonriéndole, al tiempo que observaba cómo su cabecita aún no captaba mis palabras. ¡Genial! También tenía el cerebro de Barbie.

Derek abrió mucho los ojos, molesto por mi desplante. Era obvio que le molestaba que estuviera burlándome de la señorita rubia. Me encogí de hombros para que entendiera que no era mi problema. Si él se buscaba mujeres como ella, ese no era mi problema. Papá comenzó a platicar de temas legales con ella y me di cuenta de que cuando no estaba intentando ser dulce, realmente se veía inteligente y capaz de ser una buena… abogada, supongo.

—Derek y Dany tienen asegurado un futuro fuera —dijo papá, tomando un sorbo de su vino—. En cambio, Dylan no está dispuesto a crecer. En ciertos momentos me avergüenzo de él.

Cerré los ojos un minuto, advirtiendo el rumbo que había tomado la conversación. Abrí los ojos para encontrarme con la mirada de Derek, él sabía lo mucho que me molestaba todo lo que papá decía. Esperaba algún día poder demostrarle lo contrario. Yo era el único que se mantenía a su lado, cuidando de él, viendo el funcionamiento de ese maldito imperio que había logrado. No estaba para su mierda de avergonzarlo.

—A mí me parece que es un chico estupendo, señor McGuire —dijo Kathy, defendiéndome. Abrí los ojos como loco al ver lo que estaba pasando. Le lancé una sonrisa que no dudó en regresarme—. No debería de juzgar tan duro a un joven, menos a su hijo.

Bueno, esta mujer había remediado toda su mierda en una oración. Ya me caía mejor. Papá se encogió de hombros, terminando su pastel de chocolate. Agradecí que mi humor con Barbie hubiera cambiado, estaba a minutos de cancelarle a Emma. Pero no estaba de ánimos para hacerlo, no cuando quería pasar más tiempo con ella.

Llegué tarde —como era costumbre— a Historia política. La odiaba, como el resto de las clases. Me acomodé en el escritorio, abrí el cuaderno en una hoja en blanco y comencé a rayar pequeños círculos, fantaseando con la noche de hoy. Agradecí que tanto Key como Kathy estuvieran durmiendo al momento de marcharme.

No hubiera soportado empezar mi día con la voz chillona de la mujer de mi hermano. Una parte de mí entiende que Derek la quiera, cuando uno está enamorado los defectos más espantosos tienen aspecto hermoso. Aun así, no entendía cómo la soportaba. Ayer por la noche me la pasé observando algún indicio de por qué la quería, una sola señal de que fuera buena persona. Pero no, era una superficial. Al menos así me parecía.

—Dy —Mike se sentó en la silla de al lado, también llegaba tarde a la clase—, el beso de ayer ¿significa que superaste toda tu mierda con ella?

Susurró tan bajo que incluso para mí fue difícil escucharlo. No estábamos listos para esto, no para tener una relación formal. Aún tenía esta necesidad de hacerme daño haciéndole daño a las personas que quería. No podía volver a ver llorar a Emma, no me sentía capacitado para consolarla cuando yo era el maldito problema. Sin mencionar el daño que le hice, incluso dejé que la lastimaran. Eso no podía volver a pasar.

—No y ella fue la que me besó —aclaré, para sentirme más fuerte de lo que era. Ese beso me tomó por sorpresa.

—Dice que irás mañana.

—Síp —contesté, sin dejar de trazar circulitos en el cuaderno—, no me lo perdería, Mike.

En ningún momento lo vi a los ojos. Él sabría que estaba otra vez con mierdas en la cabeza. No quería que nadie se enterara que estaba tomando la decisión de acercarme a ella, poco a poco. La bendita Jane, había aconsejado que si tanta era mi desesperación por tenerla, tenía que ir marcando mi espacio. Acercándome cuando fuera necesario, alejándome cuando sintiera la necesidad de dañarla.

Nunca quiso profundizar en los problemas de Emma, por más que insistí en que me contara, se negaba. Una estupidez del código del psicólogo, una cosa así. Intenté incluso seducirla para que dijera algo, pero no. La mujer era demasiado profesional. En un principio, la señora esa, no quiso tomarme como paciente. Decía que era mejor tratarnos por separado. Ella era la pequeña conexión que tenía con Emma. Tenía que ser ella, para que cuando le hablara de mi mujer supiera a quién rayos me refería.

Cuando la clase finalizó, salí corriendo al patio, donde normalmente estaba Camila. Mike llegaría en cualquier momento y tenía que hablarle en privado. Bajé las escaleras hasta encontrar la puerta de salida. Salté al calor insoportable de la mañana, amaba el aire acondicionado. No entendía cómo no podía haber uno para los espacios abiertos. Al menos uno personal o algo que evitara este maldito calor.

Logré ver a Cam tirada en una de las bancas. La muy descarada estaba acostada en la mesa, con sus lentes oscuros y tomando su batido raro para bajar de peso. Anna estaba a la par de ella, usando la mesa como es debido. Puse los ojos en blanco al ver que me veía con cara de pocos amigos. Ya me estaba empezando a cansar de esa actitud que había tomado hace más o menos dos meses. ¡Que lo supere! Tengo planes de acercarme a Emma y la insoportable Anna va a tener que verme más seguido.

—Anna —dije sonriendo—, veo que te alegras tremendamente de verme.

Ignorando su ceño fruncido, la abracé con fuerza. La escuché soltar un chillido apartando mis brazos con brusquedad. ¡Oh, sí! A la señorita le molesta mi presencia. Esto iba a ser tan divertido. Me encantaba verla toda cabreada y esas cosas. Mejoraban mi humor.

—Les voy a preguntar algo y espero que me contesten con la verdad, sin estarse burlando como es normal ¿está claro, Camila? —le hice énfasis a la mujer de Mike porque sabía perfectamente que ella era la chica problema de las dos.

—Como quieras, nunca me burlo de ti. Solo te digo lo que pienso —respondió sin moverse del sol.

—Quiero recuperar a Emma —esa era noticia vieja. Igual tenían que saberlo—, para eso necesito llenarla de mimos y demostrarle que estoy para ella en todas las malditas formas posibles. ¿Alguna idea de cómo logro que me cuente lo que le pasó?

—No te lo va a contar —dijo la descarada, sin siquiera sentarse o quitarse las gafas oscuras—. Al menos no ahora.

—Se lo contó a mi hermano, a Mike, a ustedes, incluso a sus amiguitos esos. Los que leen con ella.

Las dos comenzaron a reír como si algo hubiera sido tan gracioso. Yo no le encontraba nada gracioso a nada de lo que decía. La verdad es que no entendía a las mujeres. Eran tan confusas en todos los sentidos posibles. Mike se acercó, viéndome fijamente a los ojos. No estaba para sus celos de mierda, necesitaba descubrir un par de cosas antes.

—Dylan, Cam y yo estuvimos en esa época de la vida de Emma, no es que nos lo haya contado, lo vivimos. Mike se ganó la confianza de Emma, al igual que tu hermano. Ahora a los otros dos, no sé la verdad. Pero Emma los considera de la familia, así que lo siento si no ha querido decírtelo.

Puse los ojos en blanco pidiendo ayuda, algo que pocas veces hacía. Lo único que las chicas pudieron decirme es «sé detallista, Dy, a Emma le va a gustar ese gesto». Odiaba dar detalles, odiaba andar de alfombra de las mujeres, complaciéndolas en sus gustos, no era mi tipo. Esto era desgastante.

Salí del entrenamiento con mejor humor. La verdad es que estar corriendo por varias yardas me ayudaba a pensar. Tenía diseñado todo un plan a mi estilo. No iba a estar regalándole flores o chocolates. Iba a darle algo que ella quisiera. Algo que superara los «detallitos». Necesitaba fuerza, estabilidad, para demostrarle mis sentimientos y que estaba dispuesto a que esto funcionara.

Para eso necesitaba ayuda. Tomé el teléfono celular haciendo una llamada rápida. Bill era la persona que veía mis cuentas y la parte de mi herencia. Por así decirlo, él que mantenía mi mierda en orden.

—Bill, necesito que hables con un diseñador de interiores para que se junte conmigo hoy en la tarde.

No tenía tiempo de dar detalles. Le mandé unas fotografías de lo que necesitaba y le pedí los detalles para lo antes posible. Necesitaba hacer todo lo necesario para quedar bien con ella. Su habitación era grande, no tan grande como me hubiera gustado, pero iba a funcionar. Le mandé un correo a papá dándole los detalles de los gastos que iba a realizar. La verdad es que no le importaba, aun así se los mandé.

Después de establecer los detalles con la diseñadora, le indiqué el tiempo máximo de que disponía. Como buena mujer que era, argumentó que no era suficiente. Me encogí de hombros, demostrándole que ese era el tiempo con el que contaba. Cuando logré terminar con ella, tomé el teléfono celular, e hice la llamada que tanto había esperado.

—Emma ¿puedo pasar por ti a eso de las seis de la tarde? Tengo que ir a comprar unos libros y pensé que tú eras la ideal para acompañarme.

La escuché reírse a través del teléfono. Se estaba burlando de mí. Era lógico que no creyera que yo iba a leer un libro y en cierto punto, tal vez, tenía razón. Eso de comprar libros no era lo mío.

—¿Tienes idea para qué sirve un libro, Dy? —preguntó la muy graciosa. ¿Se estaba burlando de mí? Claro, eso hacía. Puse los ojos en blanco.

—Sí, los uso como papel de baño, Em. ¿Para qué más sirven?

La escuché soltar una carcajada, antes de confirmarme que estaría lista a las seis de la tarde. Salí corriendo a Barnes & Nobel a platicar con el encargado. Esto iba a ser fantástico, algo que no se esperaba.

 

 

Emma

Entramos a la gran librería, la cual amaba con todo mi ser. Observé los libros, resistiendo la necesidad de ir corriendo a mis áreas favoritas y gastarme parte del dinero que tenía que ahorrar. Ya había aplicado a una plaza en Starbucks, pero no empezaría hasta dentro de dos semanas. Esto iba a ser mucho más cansado de lo que ya era. Universidad, trabajo, terapia… ¿en qué momento voy a poder leer?

—Quiero ver el área de deportes —pidió Dylan. Puse los ojos en blanco ¿Quién diablos venía a la librería a comprar libros de deportes?

La señorita no-le-quito-los-ojos-de-encima a Dylan, nos encaminó a la parte alta de la librería, donde encontramos varios libros de corredores, fútbol, soccer, atletismo, entre otros temas. Me senté en uno de los sillones mientras el señor deportes se perdía en una revista de hombres totalmente marcados. Por un momento pensé que se estaba convirtiendo en gay, me lo temí tanto que le arrebaté la revista de sus manos.

—¿Qué haces? —preguntó levantando la ceja—. Estaba viendo eso.

—Dylan, escucha, Cam compra estas revistas para ver hombres. No quiero que te conviertas en gay —dije, levantando la revista que tenía de portada a Jase Dean. Intenté no ver mucho tiempo la portada. Ese hombre era la dulcería para las mujeres. Cam, Anna y yo teníamos cierta obsesión con él. Me quedé observando a Dylan, antes de mirar la revista un momento más. Tenían un parecido estos dos súper hombres. Apreté las piernas para contener mi excitación. ¡Dios! Dylan estaba tan bueno como Jase.

—No voy a volverme gay, Em. Esa revista tiene artículos muy buenos de alimentación y buen cuidado. Quiero marcar más —dijo, enseñando sus brazos totalmente marcados ¿Qué más quería marcar? Ya lo tenía todo. Observé los tatuajes dibujados en su brazo, definitivamente lo tenía todo.

—Te pareces a Jase Dean —dije sonriendo. Necesitaba comprar esa revista.

—¿James Dean? —preguntó Dylan, levantando una ceja. Negué con la cabeza, devolviéndole la revista de mala gana. Tenía la esperanza de que la comprara y la dejara olvidada en mi apartamento.

Cinco minutos después ya estaba en mi área de predilección, viendo las novedades y soñando con comprar libros por montón. Agarré como cinco libros inspeccionado sus precios. Definitivamente estaban lejos de mi alcance. Últimamente había tenido demasiados gastos y el dinero ahorrado estaba llegando a su límite. Necesitaba recuperarme en mis finanzas.

Una chica de cabello rubio se acercó para preguntarme si necesitaba ayuda. Fue bastante agradable platicar con ella de varios libros Young-Adult y New-Adult. Era una conocedora de mi género literario y eso le sumaba puntos a esta tienda. Preguntándome por distintos títulos, sobre mis gustos y sobre otros géneros literarios perdí la noción del tiempo. Cuando regresé a mi realidad, vi a Dylan sentado en una de las sillas, viéndome con una sonrisa en la cara.

—¿Quieres ese libro? —preguntó, viendo como sostenía el nuevo libro de Jennifer Armentrout. Había esperado tanto a que lo sacaran a la venta que tenerlo en mis manos era la mejor sensación. Quería comprarlo exageradamente y meterme en el mundo de Avery y Cam. ¡Dios quería este libro!

—Me voy a tener que conformar con la versión Kindle. Mis gastos están demasiado limitados por el momento.

Me encogí de hombros un poco avergonzada. No me gustaba admitir que tenía problemas financieros. Mucho menos con Dy ¿Qué sabía él de no tener dinero? Según sabía yo, su padre estaba forrado hasta lo más profundo. Tenía tantas empresas que ya había perdido la cuenta, Mike nos contó de la obsesión del querido señor McGuire con el dinero.

—Dylan y Derek no son tan superficiales como Dany. Ella si es una materialista de primera —dijo Mike, sentado en el sillón. Recordé sus palabras sintiendo ese nudo al pensar en Dylan cuidando a su madre.

—Te lo voy a regalar —dijo, quitándome el libro de las manos.

—¿Estás loco? No voy a dejar que me compres un libro —dije, arrebatándoselo de regreso.

—¿Por qué no? Si fuera otro libro de esos eróticos que tanto te gustan, te los compraría todos con mucho gusto. Pueden darte ideas para más tarde y yo no tengo ningún problema en complacer tus gustos, tanto sexuales como intelectuales. Puedo jugar a ser tu hombre literario.

Me quitó el libro, dejándome con la boca abierta. Le susurró algo a Amber —la rubia agradable— que salió corriendo con el libro en las manos como si fuera a enloquecer. Le lancé una sonrisa, agradeciendo el gesto. ¡Dylan me estaba comprando un libro!

Mi excitación creció una barbaridad pensando en que finalmente mi librera tendría un bebé más. No tenía muchos libros físicos, por lo mismo del dinero. Me encantaría poseer millones de libros, para leerlos una y otra vez. Como lectora era caótico tener que estar recurriendo al bendito PDF.

Me acerqué a Dylan, al tiempo que él se giraba para verme, con esos ojos grises que tanto me gustaban. Le planté un beso en la mejilla, tardándome más de lo debido. Me encantaba esa actitud tan linda de él.

—Gracias —susurré a su oído.

—Es un placer, Emma. Si leer te ayuda con tu locura, pretendo comprarte una librería. Haría cualquier cosa por ayudarte y que así regreses a mí. Mi alma te necesita, yo te necesito.

Con los ojos al borde de las lágrimas me abalancé a sus brazos, abrazándolo con locura. Sus manos apretaron mi espalda, al tiempo que inhalaba el aroma de mi cabello. Él me necesitaba tal y como yo necesitaba de él. Tomé su rostro en mis manos estrellando mis labios con los suyos. Estaba perdida por él. Cayendo en todos los sentidos posibles. Él me quería. Realmente me quería.

—Si vas a besarme de esa manera cada vez que te compre un libro, prepárate para recibir uno diario, Dushy.

—Los voy a estar esperando —junté mis labios una vez más, sintiendo su calor, su aroma, su pureza. Era todo lo que deseaba. Mi sistema reclamaba más de él.

—Si no estuviéramos en medio de una librería con mucha gente a nuestro alrededor, ya no tendrías ropa, señorita. Ahora, deja de morderme el labio para que pueda llevarte a cenar con mi hermano y su insoportable novia. Créeme que cuando la conozcas te vas a dar cuenta de que hubieras preferido quedarte en mi cama que en la cena.

Le sonreí de manera instintiva. Aunque la novia de Derek fuera la reina de Inglaterra, preferiría estar en la cama de Dylan un millón de veces. Le tomé la mano, dejando que me guiara al área de pago. La rubia estaba apuntando un listado bastante grande de libros en una hoja en blanco. La verdad es que viéndola rodeada de libros, me dieron ganas de trabajar así, algún día.

Nos subimos al deportivo. Saqué mi libro nuevo y la blusa, con la bolsa de tela negra y letras blancas que tenía la frase «Los hombres perfectos solo existen en los libros». A Dylan no le había gustado de la misma manera que a mí. La bolsa era perfecta, y la blusa tallaba mi cuerpo. Lo único que le gustó a Dylan de la blusa fue el escote que marcaba mis pechos. Yo estaba embobada viendo la frase, tan cierta. No hay hombres perfectos, todos están adentro de los libros.

—¿Estás hablando en serio? ¿Qué pasa conmigo, acaso no soy perfecto?

Negué con la cabeza, agarrando la bolsa con fuerza. Deseaba comprarla, la quería para llevarla a todos lados en conjunto con la blusa. En un momento de debilidad pensé en comprarla. Al diablo, ya le pediría prestado a Cam si lo necesitaba. Dylan no me había dejado pagar por más que insistí.

—No tienes que comprarme cosas para mantenerme junto a ti, Dy —le dije, viendo mis nuevos regalos.

—No lo hice por ti, lo hice por mí. Si tú estás feliz, yo estoy feliz. Así de simple —dijo, al tiempo que buscaba parqueo fuera del restaurante Bella Mi. Muy sofisticado para mi gusto.

—¿Dylan? —pregunté— ¿Por qué estás tan detallista conmigo?

Estas últimas horas me había llenado de halagos y oraciones lindas. Me encogí de hombros viéndolo sonreír, de la forma que me derretía. Se acercó tomando mi rostro en sus manos. Me dio un beso lento y suave, jugando solo con mi labio inferior.

—Esta es mi manera de demostrarte lo que siento, soy nuevo en toda esta porquería, pero te quiero, Em. Te quiero de verdad.

Y con esas palabras caí como loca a sus pies. Dejando que nuestro beso se profundizara, me perdí en su cuerpo, en su alma. Él era mío y yo suya, de eso no había duda.

—Entonces, quédate conmigo —susurré en sus labios.

—Siempre, Dushy, siempre.

 

 

Emma

Entramos al restaurante, que estaba repleto de elegancia, como era de esperarse. Era como entrar a un salón en el siglo XVIII, o algo parecido. Los techos eran altos, con arañas con una luz tenue. Las mesas cuadradas estaban adornadas con mantelería blanca y dorada con flores secas en grandes jarrones. Las sillas acolchonadas de color blanco le daban la oscuridad necesaria al ambiente. Este lugar era hermoso. Aun así me sentía como pez fuera del agua. Estos lugares estaban totalmente fuera de mi alcance.

La guapa chica nos guio hasta la mesa que tenía nuestra reserva. Le indicamos que íbamos a necesitar un lugar más. Derek había hecho la reserva y olvidé mencionar que su hermano nos acompañaría. Dylan retiró mi silla para ayudarme a sentarme. La verdad es que el día de hoy se estaba pasando de tierno. Normalmente, eso me hubiera molestado, pero en Dylan no, sinceramente, me parecía demasiado tierno. Los dos observamos el lugar, detalle a detalle. Sin decir nada los dos fruncimos el ceño ante nuestro disgusto. No era para nada nuestro lugar de elección, tampoco el de Derek, eso era muy raro.

—No sabía que te gustaba toda esta mierda —señaló el lugar.

—Tampoco me gustan los bares de mala muerte —le dije con una sonrisa simpática—. Aun así voy cuando me invitan.

—¿Eso quiere decir que vas a salir corriendo? —preguntó. Sabía que se refería a mi escapada el día en Billi´s. No iba a huir, no aquí. Este lugar no me daba miedo.

—Si escapo —dije sin verlo a los ojos— ¿Vendrías conmigo?

—No pienso dejarte escapar, Dushy, eres mía.

Fruncí el ceño ante esa palabra que tanto carcomía mi cerebro. ¿Qué diablos era Dushy? ¿Es que nunca me lo va a decir? Es ahí cuando caigo en la cuenta. Nunca se lo he preguntado y si lo hice no lo recordaba. Dándole una sonrisa solté la pregunta.

—¿Qué significa Dushy? —Dylan abrió mucho los ojos, desviando la mirada a la puerta. Se puso de pie de un golpe, dando por finalizada nuestra conversación. No iba a contármelo.

—¡Key! —saludó muy entusiasmado.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Derek, arrastrando a la rubia detrás suyo. Supongo que debe ser Kathy.

Kathy soltó un grito de emoción abrazando a mi hombre con demasiado entusiasmo. Contuve las ganas de alejarla de un tirón y reclamar lo que era mío. Ella estaba con Derek, debía comportarme. Involuntariamente, Dylan hizo su habitual cara de asco, como si no soportara la presencia de esta mujer.

Solté una risita involuntaria captando la atención de Derek. Nuestras miradas se cruzaron unos segundos, sus ojos llamaron a la parte de mi cerebro que recordaba una época diferente a esta, cuando pensé que él podía ser mejor partido que Dylan. Recordé nuestra «primera cita» deseando que todo pasara rápido.

Dylan se aclaró la garganta regresándome a la realidad. Estaba demasiado metida en mis pensamientos que no me di cuenta de lo que estaba pasando. Los brazos de la chica espagueti me rodearon antes de poder reaccionar.

—¡No puedo creer que estén juntos! —gritó la señorita llama la atención. ¡Jesús! Que voz más chillona.

—No estamos juntos como pareja —aclaré, por la simple necesidad de que Derek lo supiera—. Somos amigos y estamos intentando recuperar esa amistad.

—Deky estaba muy preocupado por esa relación —puntualizó la rubia—. Decía que no iban a lograrlo.

La mirada de Derek decayó como dieciocho tonos quedando en papel blanco. Sabíamos que su novia estaba hablando de más, como si no tuviera un filtro en la boca. Dylan lanzó su peor mirada a su hermano, no estaba contento, para nada. Estaba demasiado incómodo, podía verlo.

—Así que… Kathy, ya veo que eres bastante comunicativa ¿no quieres contarnos acerca de ti? —pregunté, esperando que eso fuera suficiente para desviar la tensión que se había formado. La chica se perdió en su conversación por horas, contándonos todo acerca de su vida en Cambridge. No era tan escandalosa como aparentaba cuando se perdía en la conversación. Es como si intentara encajar desesperadamente en nuestro círculo y lo hiciera llamando la atención. Sentí lástima por ella.

El camarero tomó nuestra orden, Dylan y yo pedimos lo mismo. Pasta a la carbonara. Había vuelto mi plato favorito el de Dylan, qué cosa más extraña. Después de dos copas de vino y un pan con queso feta. La novia de Derek estaba excusándose para ir al baño. Finalmente, un poco de paz.

—¿Vienes conmigo, Emma?

Me le quedé viendo por varios segundos, esperando a que captara que no iba a ir, no quería. Las miradas grises de los hermanos cayeron sobre mí con todo el peso humano posible. Me encogí de hombros, negando con la cabeza.

—No necesito ir al baño, gracias.

—Pero pensé que podríamos ir… —no siguió. No sé si fue la mirada de desprecio que le lancé ante la idea de tener que ir a escuchar cómo evacuaba su vejiga. No era partícipe de ser la chica que iba acompañada al baño. Nunca me gustó la idea.

Sin decir una palabra más, la chica se dio media vuelta desapareciendo en las mesas, camino al baño. Derek me lanzó una mirada de desprecio que decía claramente que no estaba muy feliz con mi actitud.

—¡Hey Deky! —dije entusiasmada, para desviar la conversación y agregar algo de diversión—. Tu novia se parece a Barbie.

—Ya, los dos. Dejen de burlarse de ese estúpido apodo y de si se parece o no a Barbie. Al menos Emma ha tenido la delicadeza de no decírselo a la cara.

Me giré violentamente hacia Dylan viendo cómo se partía de la risa. Me explicaron que Dy, había hecho la misma broma con Barbie. No podía creer qué tan parecidos éramos a veces y tan diferentes en otras cosas. Con un gesto muy vulgar Derek nos mandó a la mierda —literalmente— con su mano y su boca.

—¿Qué te gusta de ella, Key? Pareciera que apenas si la soportas —puntualizó Dylan.

—Ella es sincera, no anda con tanta mierda y eso me gusta de ella. Es inteligente, aunque no lo aparenta, y lo más importante… me quiere, como yo la quiero. La he aprendido a aceptar de la manera que es.

Después de explicarnos que cuando estaba nerviosa se sobresaltaba más de la cuenta, Dylan y yo nos burlamos un poco más de su situación, antes de dejarle claro que lo entendíamos. La entendíamos en cierto punto. Barbie regresó tiempo después con más maquillaje del que tenía.

El camarero llegó con los platos, dejándonos con la boca llena de saliva. Al tiempo que me di cuenta de cómo se comportaba Kathy con Derek, era totalmente distinto, mucho más relajada, como si conectaran a la perfección. Con un gesto dulce, Kathy le dio un pedazo de su pescado a Derek en la boca como si fuera un niño. Él le sonrió aceptando el gesto tan dulce de su novia dándole un beso en los labios que nos dejó con la boca abierta. Dylan, que los observaba como yo lo había hecho, bajó la mirada. Como si lo hubieran derrotado en fútbol.

Sabía lo mismo que él. Deseábamos ser así algún día, puede que sin tanta miel, pero al final del caso así, felices. Dylan tomó mi mano llevándosela a los labios como si quisiera darme a entender que algún día sería así. Con una sonrisa en los labios asentí a su pregunta no formulada. Íbamos a intentarlo, podía sentirlo.

Dylan me dejó en la puerta del apartamento después de una cena increíble. Nos despedimos con un beso dulce y suave. Una parte de mí extrañaba al Dylan posesivo-dominante. Él que tomaba mis labios sin piedad, reclamándolos suyos. Sí, lo extrañaba.

Entré a mi habitación dando brinquitos, emocionada por todos los sucesos ocurridos esta noche. La verdad es que no me iba a quejar de nada. El día había sido perfecto. Abrí la bolsa negra de «Los hombres perfectos solo existen en los libros», le tomé una fotografía junto a la camisa y el libro, y no tardé en subirla a Instagram. Luego una más de Walking Disaster y la carta que me había hecho Dy. No se definía a la perfección lo que decía la carta. Aun así escribí como comentario.

«Encajas perfecto en el papel de idiota literario. Gracias por todo» etiqueté a Dylan, poniéndole los respectivos hashtags y esperé a que por algún milagro de Dios, revisara su Instagram. Era lo único que tenía. Se negaba a tener Twitter y Facebook. Tirándome a la cama una vez más, tomé el libro y me perdí en la lectura de un libro fantástico lleno de idiotas literarios.

 

*****

Llegué tarde a la universidad. Nunca me retrasaba, pero no había dormido nada por culpa de mi nueva lectura. Había llegado a la mitad del libro y siempre que veía la hora me repetía a mí misma «un capítulo más» esa era la peor mentira de un lector. Nunca había un capítulo más. Siempre estábamos pidiendo más y era imposible. Puse los ojos en blanco ante mi pensamiento. Estaba discutiendo con mi inconsciente, era estúpido. Entré a la clase recibiendo una mala mirada del profesor. Me senté junto a Liz viendo los dos Ice Coffee. Le agradecí en silencio mientras tomaba el mío. Tenía mi nombre, así que no había duda, Liz era lo máximo.

—No me agradezcas a mí —susurró, dándome una carta blanca. Quitándole el sobre reconocí la letra tan mala. Era Dylan, demostrando una vez más que podía ser un idiota con clase.

Emma:

No soy poeta ni escritor. Pero en algo tienes razón. Califico perfectamente en el asunto de idiota literario. Ni idea de cómo son en tus libros pero… sé que soy un idiota y te regalo libros. Así que, sí. Soy tu idiota literario.

Te quiero, pequeña Dushy. Éxitos en tu recital. Te veo más tarde.

Tu Dushy.

Me reí como una loca degenerada al ver su firma. ¡Había firmado como tu Dushy! eso era, en exceso, gracioso. Guardando la carta en mi mochila suspiré de felicidad. Tomé el teléfono celular para mandarle un mensaje de texto. Esperé unos minutos a que el profesor no estuviera prestando atención y me dispuse a escribir.

Yo: Estoy amando el libro. También trata de un idiota literario. Gracias por el café frío. Me ayuda a levantarme.

Dylan: Lo pedí con doble de cafeína. Supongo que no dormiste por estar leyendo. Al finalizar las clases ve a dormir un poco, no querrás verte con cara demacrada en el recital.

Puse los ojos en blanco ante su mensaje infinito. Sin responder guardé el teléfono, dándole un sorbo a mi café frío, llena de alivio. Estaba delicioso y lleno de cafeína. Definitivamente, con esto me iba a despertar.

Viendo mi Instagram me di cuenta de que las dos fotografías superaban los cien likes, cosa que me dejó con la boca abierta. No fue hasta este momento que me di cuenta lo mucho que extrañaba el contacto con mis amigas de redes sociales. Escribiéndoles un mensaje personalizado desde Twitter, dejé que la clase pasara sin poner atención.

Llegué a la cafetería junto a Liz. Nos sentamos en la misma mesa de siempre. Miré por todos lados buscando a Dylan, buscando a Dylan, pero no había señales de él. Nos servimos una hamburguesa extraña y ensalada. No se veía tan apetitosa que digamos, pero estaba muerta del hambre. Necesitaba comer. Cam y Anna platicaban muy entusiastas de algún tema en específico que no entendía. Algo acerca de un nuevo programa de colores o una cosa por el estilo. Concentrada en mi comida sentí como algo húmedo bajaba por mi espalda. Me di media vuelta de un brinco.

Chris estaba parada justo enfrente de mí con un vaso vacío. Me llevé las manos a la cabeza comprobando que tenía una plasta de algo pegajoso en mi cabello. Abrí mucho los ojos sorprendida por lo que estaba pasando. La maldita rubia solo sonrió antes de tirarme el vasito en la cara. Conteniendo mi ira dejé que diera un paso atrás antes de actuar.

—Ups, un accidente. Lo siento.

¿Que lo siente? Ni por una mierda, eso no era un puto accidente. Sin darme cuenta ya estaba abalanzándome sobre ella. Cam intentó frenarme pero era muy tarde, le agarré el pelo trayéndola conmigo a la mesa. Quería hacer más, pero varias personas se metieron a separarnos. Me puse de pie sintiendo la rabia correr por mis venas, tenía que marcharme.

Una vez más estaba humillada, para ser sincera, no es que me afectara como pensé. Chris estaba de pie viéndome furiosa por mi arrebato. Encogiéndome de hombros susurré un «Ups» como ella lo había hecho. Al darme la vuelta pude ver a Dylan en su mesa, este estaba de pie viéndome fijamente. Toqué mi cabello para comprobar que toda esta mierda era real. Sí, lo era. Podía sentir la cosa rara en mi cabello. Maldije en voz baja viendo a Camila y Anna listas para atacar. Negué con la cabeza caminando a la salida. No iba a quedarme. No mientras Dylan siguiera en estado de shock sin hacer nada.

 

 

Terminé de darme una ducha, retirando la cosa pegajosa que Chris había puesto «por accidente» en mi cabello. Estaba molesta de una manera indiscutible. Me puse unos pantalones flojos, una blusa corta y salí al salón de belleza. Necesitaba que me consintieran un poco antes de esta noche. Al llegar le pedí a Sebas que me hiciera un peinado bastante atractivo con hondas marcadas. Hizo una bombita en la parte alta dejando el cabello cayera en cascada en mi espalda.

El vestido que usaría esta noche era bastante sofisticado, color beige claro, de dos piezas. Enseñaba el abdomen con elegancia mientras la falda se deslizaba en mis piernas marcando mi figura, a pesar de que la tela era floja. Antes de peinarme, Sebas me dio otro buen lavado de cabello. Aún tenía esa cosa pegada en el cuero cabelludo. Odiaba a Chris con más fuerzas que antes.

—Estás lista, cariño. Todo va a estar bien —dijo, dándome dos besos en la mejilla con su acento francés falso. No entiendo por qué todos los estilistas quieren aparentar ser algo que no son. Es raro.

Con la intención de irme caminando más tranquila que de costumbre, para no despeinarme, cerré los ojos disfrutando del ambiente cálido de Florida. Al momento de abrir los ojos me encontré con el deportivo negro. Por instinto sonreí ante la imagen de Dylan, relajado en el volante. De pronto recordé su poca reacción ante su exnovia o exacompañante sexual tirándome pintura roja por sus malditos celos. Desviando la mirada empecé a caminar lejos de él. No quería verlo.

—¡Emma! —lo escuché gritar—. ¡Vamos, no empieces!

Me di la vuelta para fulminarlo con la mirada algo molesta ¿Que no empezara? Él había empezado, no yo. Yo estaba dispuesta a intentarlo, a estar juntos y él me abandonó cuando lo necesitaba.

—No estoy empezando nada. Solo tengo prisa.

—¡Agh! —gruñó—. Estás molesta y lo entiendo perfectamente. Pero estaba tan enojado con Chris que, probablemente, si reaccionaba iba a pegarle como si fuera un jugador de fútbol americano y no hubiera sido nada agradable. Probablemente la mujer estaría en un puto hospital, yo encerrado en la cárcel y tú tirada en tu cama sintiéndote culpable por tu maldito karma.

Dylan había perdido la calma. Estaba gritándome a media calle, desesperado por que lo escuchara. La sola idea de imaginarlo encerrado en la cárcel por pegarle a una mujer me ponía mal. Suspiré entendiendo su enojo, aun así, no entendía por qué no llegó después de clases o por qué no me llamó. Dando media vuelta me dispuse a caminar a casa. Tenía que alistarme.

—¡Responde, Emma! ¿Eso era lo que querías? —dijo agitado— ¿querías una reacción? ¡Pues aquí la tienes!

Tomándome de los brazos me dio media vuelta para quedar frente a él. Sus ojos encontraron los míos, mezclando los colores de un gris profundo con un marrón claro. Estaba perdida en su mirada, deseándolo con todas mis fuerzas. Quería que me mimara, me abrazara. Quería abalanzarme sobre él y desnudarlo como una loca en medio de la calle, lo quería dentro y eso era un gran problema. Dylan aún no había intentado nada conmigo otra vez y yo lo estaba deseando. Puede que perdiera las ganas de perderse en mí, tal vez ya no me deseaba como antes.

Nuestras respiraciones se aceleraron, al tiempo que tomaba mi cara con sus dos manos, atrayéndome a sus labios. Su calidez me dejó embriagada. Sus labios jugaban con los míos de una manera totalmente nueva. Delicada y con ternura. En esos momentos no quería ternura, no quería que fuera ni suave ni delicado. Quería a mi Dylan dominante. Tomándolo del rostro profundicé nuestro beso invadiendo su boca con mi lengua a tal punto que lo escuché gruñir contra mis labios. Alguien pasó gritando «busquen una habitación», al tiempo que Dylan me separaba de su cuerpo.

—No, Emma, no puedo. Te deseo de una manera que no puedo expresarte. Quisiera tumbarte en esa banca de ahí y volverte mía otra vez. Pero aún no estamos listos, no aún. Al menos yo.

Negué con la cabeza pensando solo en una cosa que no pude retener en mi boca.

—¿Te acuestas con otra? —pregunté sin más.

Dylan negó con la cabeza, viéndome fijamente. Suspiré hasta cierto punto aliviada. No se acostaba con nadie, a pesar de que no quería creerle, le creía. Sabía que era verdad. Él era mío y yo suya, así tenían que ser las cosas.

—La ducha se ha vuelto mi maldito desahogo, no te lo voy a negar. Eso de autodarme placer pensando en ti no es mi mejor manera de empezar el día.

Me quedé con la boca abierta. ¡Santa mierda! Dylan se estaba abriendo, contándome cosas demasiado privadas. Esto era toda una novedad. Sonreí dándole un beso en la mejilla. No puedo creerlo, realmente se toca pensando en mí. Eso ya era mucho que asimilar para estar parados en medio de la calle. Las olas del mar me llegaron de repente, esto era lo que quería para mi vida. Verlo deseándome cerca de la playa. Un pensamiento muy propio de Cam llegó a mi mente. Dylan, yo y la playa. Lo necesito tanto.

—¿Piensas ducharte ahora? —pregunté mordiéndome el labio. Dylan contuvo la respiración por un momento antes de agregar.

—Sí y pienso que será una ducha muy fría para que se me baje. Ahora, deja de verme de esa manera mientras de muerdes el puto labio. Sabes que esa mirada me pone demasiado.

Con un apretón de manos me llevó al automóvil, que había dejado aparcado en un área de no aparcar. Ya tenía puesta la respectiva multa y el policía le indicaba, de mala manera, que debía moverse. Con toda la tranquilidad del mundo, Dylan me abrió la puerta del conductor. Tomó la multa sin verla, la guardó y entró al automóvil conmigo. Despidiéndose del policía de manera irónica. Hay cosas en él que nunca cambian, esa actitud de no me importa el mundo era una.

Llegamos a la puerta de mi apartamento aún de la mano. Con la excusa que debía ir a cambiarse para hoy en la noche. Me dejó parada con un paquete en las manos. Le di una sonrisa antes de que él me indicara que lo abriera dentro de mi habitación.

—Espero mi beso más tarde, señorita.

Me regaló un beso rápido en los labios. Despidiéndose, antes de entrar en el ascensor, dejándome completamente idiotizada, viendo los números de los pisos hasta iluminar el del ático. Entré con esa gran sonrisa que me identificaba desde que conocí a Dylan. Encontré a Mike y a Cam acostados en un momento demasiado pasional. Cam estaba encima de Mike, sin blusa, besando sus labios con demasiada… lujuria. ¡Jesús! Tapándome los ojos solté un grito de sorpresa distrayéndolos de su momento. Cam empezó a reír ante la reacción de Mike, que tapaba su bulto bajo el pantalón.

—No te rías ¡Maldición! Dijiste que Dylan la había ido a buscar.

—Así fue —rio Cam entre dientes—. Vamos, Miky, nada de qué avergonzarse. Un día encontré a Emma en peores circunstancias, gritando como animal.

Puse los ojos en blanco recordando ese momento tan íntimo. John había estado peor que Mike en estos momentos. Era su primera vez y yo quería enseñarle lo que era estar con una mujer. Por todas esas estupideces de «no se va a enamorar de mí» paré perdiendo el control de mi vida.

—Asegúrate de nunca decir esa mierda frente a Dy, le daría un ataque —dije, antes de entrar en mi habitación, dejándolos que retomaran su intimidad en la paz de la habitación de Cam. Eso había sido tan vergonzoso.

Abrí el paquete revelando una cajita pequeña azul pálido. Dios mío, Dios mío. Era Tiffany, ¡Maldición! Era Tiffany. Excitada por el momento ignoré el resto del contenido de la caja. Abrí la cajita nerviosa de lo que podía encontrar. Unos diamantes brillaron cuando dejé que la luz los iluminara. Eran dos pequeños aretes, sencillos. Totalmente lo que me hubiera gustado usar esta noche.

Caminando hasta el espejo, me coloqué los aretes remplazando las perlas que llevaba puestas. Eran demasiado hermosos. Con un grito de niña tonta, me abracé a mí misma. Estaba encantada con este detalle. Nunca había tenido algo de Tiffany, mucho menos algo tan lindo. Era algo que no podía pagar. Volví a buscar en el contenido de la caja sacando un paquete envuelto en papel crepé. Dentro había un libro. ¡Mierda! Otro libro. Lo examiné viendo que era otro de los libros que moría por tener. ¿Cómo diablos lo sabía? Tomando mi teléfono celular le envié un mensaje rápido. Tenía que alistarme antes de que fuera tarde.

Yo: ¿Cómo es que lo haces? Debería ser ilegal ser tan lindo. Gracias por los aretes y por el libro. Son una pasada.

Dylan: Me gusta lo ilegal al igual que a todo el mundo. Me debes un beso como el de ayer. Te veo en el recital.

Corrí al armario para sacar mi traje para esta noche. Lo coloqué en la bolsa de la mejor manera para llevarlo al teatro. Al tener todo listo, me maquillé para evitar llevar las cosas al teatro. Conociéndome perdería todo en una noche. Era demasiado descuidada. Entrando al carro de Mike, volví a revisar mi teléfono. Tenía un mensaje de Anna diciendo que ya estaba llegando con Dan, otro de Liz deseando que me rompiera una pierna y uno más de Dylan que me dejó sin respiración.

Dylan: Te quiero, Dushy. Búscame en primera fila.


 

Emma

Estaba con mi traje lista para salir a escena. Nerviosa, sintiendo mi estómago contraerse al escuchar la introducción. Los violines fueron los primeros acordes que sonaron, invadiendo todo el escenario. La voz de Amelí —la principal— llenó los altavoces captando la atención de todo el público. Cuando Calis —el director— dio la señal, caminamos a nuestras posiciones. Sentí los nervios de punta al empezar a cantar los coros. Pensé que los nervios iban a traicionarme pero al sentir la emoción que desprendía el lugar, me calmé.

Las voces se elevaron de tal manera que incluso mi piel se transformó en un escalofrío incontrolable. Me adentraba en las notas de una manera que jamás pensé. Cerré los ojos sintiendo los valles de Irlanda dibujarse en mi mente, aquellos lugares lejanos que moría por conocer. Sintiendo las notas que brotaban de mi voz, dejé que mi mente divagara a ojos grises y sonrisas matadoras. Cuando llegó el momento de una de las piezas en las que sería la voz principal, junto a las chicas, di un paso al frente. Los nervios aumentaron en cuanto terminé de colocar el micrófono inalámbrico.

Las notas sonaron una vez más y siguiendo el ritmo de la música me perdí en mi canto. Amelí estaba a mi lado entonando las notas que nunca podría alcanzar, Georgia al otro lado cantando las partes graves y las chicas de coro aumentando la intensidad. El violín de Krista llenó el ambiente y en segundos colmamos de armonía el lugar. No quería ver a la gente, sabía que iba a ponerme nerviosa. Incluso tenía miedo de buscar a Dylan. Las canciones y los nervios pasaron canción tras canción, hasta que llegó la hora de mi debut.

Recordé cómo me había convencido Amelí que cantara sola esa pieza. No quería hacerlo, tenía un miedo horrible. Mis únicas presentaciones, tiempo atrás, habían sido en el bar con mucha gente borracha a mi alrededor. Absorta por mi desconfianza, Lizzie había ido a un ensayo conmigo. Me ayudó a practicar durante dos semanas, aprendiéndose los acordes de memoria. Al director le encantó lo que escuchaba y veía. No tardó en montar un show con las dos, ella como segunda voz y yo como voz principal. Decía que Amelí pronto nos dejaría y él tenía que tener shows alternativos. Una parte de mí cree que fue obra de Jane, mi psicóloga, el que me trajeran a cantar sola, aunque ella asegura que no tuvo nada que ver.

Lizzie entró al escenario, pálida como el papel. Al menos no era la única nerviosa en este lugar. Le lancé una sonrisa, al tiempo que nos colocábamos todas en nuestro lugar.

—¿Pateamos culos? —preguntó Elizabeth.

Le sonreí asintiendo con la cabeza. Estaba tan nerviosa que no pude articular un sí por respuesta. ¡Qué patética! Reteniendo la respiración, escuché el violín dar sus primeros acordes. Las tubas, los violines de fondo, los chelos… toda la orquesta comenzó a hacer su magia y cuando los tambores entraron ya estaba lista. Caminé con determinación sintiendo las pisadas de Liz en la parte trasera.

Canté la primera parte alternándome con Liz, como lo habíamos practicado. El coro de la canción llegó y no pude evitar pensar en Dylan. Por primera vez bajé la mirada encontrándolo en el mejor lugar. Estaba justo enfrente, primera fila silla central. Tenía los codos en las rodillas, su cabeza recostada en las manos, escuchando atentamente. Sonreí sintiendo una opresión en mi pecho, estaba cayendo y no podía evitarlo. Ya estaba perdida en sus encantos, en su maldito corazón. Estábamos unidos en alma pero no en cuerpo. El muy idiota se negaba a tocarme.

La canción trataba de abrir su corazón y esperar la llamada, era ideal para dedicársela. Era su canción y la cantaba con tanto sentimiento porque no existía nada más en el mundo para mí que él. Ignorando la rutina habitual de movimientos practicados. Me acerqué a Dylan. Como si nadie más existiera en el mundo, comencé a cantarle. Con la poca visión que tenía —gracias a los reflectores— lo vi soltar un suspiro. Estaba perdida. No estaba cayendo, ya había caído. Estaba perdida en él.

The Call terminó de sonar. Dejé salir el aire por completo, sintiendo los aplausos de toda la gente. Escuché unos gritos de «bravo, Emma» que reconocí como los de Anna. Mis ojos seguían perdidos en los de él. No podía verlo con claridad, pero sabía que él estaba emocionalmente pasmado. Estaba a punto de alejarme del escenario cuando lo vi pararse captando la atención de las personas a su alrededor y comenzó a aplaudir y a gritar «esa es mi nena» o alguna mierda con Dushy. La verdad es que sus gritos se perdían con los aplausos.

Dándole una última sonrisa, regresé a mi lugar en el coro. Estaba absorta en esos ojos azules. Mis compañeras de canto me veían con una sonrisa en la cara. Como si no hubieran creído posible mi interpretación. La verdad es que no me importó. Esa canción había sido exclusiva para él. Para nadie más.

El show terminó a la hora prevista. Entramos al camerino abrazándonos de felicidad. Había sido un tremendo espectáculo. Tomé una toallita desmaquillante y quité toda la plasta que me había echado encima. Amelí llegó a felicitarme, para mí, sus felicitaciones eran todo un big deal. Me desvestí y me coloqué un vestido corto, sin mangas, color azul marino. Me solté el cabello —que aún caía en cascada— dándole un poco de mejor forma. Me observé en el espejo viendo a esa chica que había cambiado tanto. Realmente esto no era de mis cosas favoritas, eso de cambiar era una porquería.

Despidiéndome de todos los increíbles músicos que me acompañaban, salí al estacionamiento. Mis amigos estaban parados en la entrada, esperándome. Todos, Derek, Kathy, Cam, Anna, Mike y Dan. Liz se había despedido con Cristian y su novia en la parte interna del teatro. Su carro estaba aparcado al otro extremo y se quejaban de tener que caminar más de la cuenta. Sentí una punzada de decepción al no ver a Dylan. Cerré los ojos unos segundos antes de darles mi sonrisa de hipócrita. Puede que hayan sido efectos de mi imaginación haberlo visto en primera fila aplaudiendo y gritando. Él no había venido, podía sentirlo.

—¿Vieron a Dylan? —pregunté cuándo nos sentábamos en la mesa con la reserva.

—Mandó a disculparse —dijo Derek encogiéndose de hombros—, no se sentía bien y tuvo que retirarse después de que cantaras.

Bueno, al menos no había sido mi imaginación. Con una sonrisita asentí ligeramente, completamente decepcionada. Tomé el teléfono pensando en que algo muy grave le podía haber pasado. Él había llegado, me había visto cantar y eso había sido una gratificación enorme.

Yo: Dy, me dijo tu hermano que te sientes mal. Gracias por haber llegado. Me llenaste de alegría. Te quiero, Dushy.

Tomé un pedazo de pizza. Cam traía unos antojos de comida grasosa con exceso de queso y picante en polvo desde hace dos semanas. Al igual que Anna pensé que estaba embarazada, pero no, la prueba salió negativa y casi nos mata por haberlo insinuado. Sin mencionar la reacción de Mike al enterarse que le habíamos hecho un test de orina.

—¡Están locas! Se toma la píldora y antes usábamos condón. Somos precavidos ¿Cómo se les ocurre semejante estupidez? —dijo furioso.

—La estupidez es nuestra especialidad —respondió Anna, con una sonrisa en el rostro.

Como sea, Cam no estaba embarazada, Mike furioso y Anna y yo, muertas de la risa. El tiempo pasaba tranquilamente en la mesa. Atragantándonos de pizza y cerveza. La novia de Derek parecía estar muchísimo más tranquila. Hablaba sin elevar su voz a su máxima potencia y se concentraba en ser agradable pero ella misma.

—Lamento que Dy no quisiera quedarse —dijo a mi oído—, estaba muy triste.

Quise ignorar sus palabras pero la palabra triste resonaba una y otra vez en mi cabeza, como una llamada de advertencia. Saqué mi teléfono celular observando el WhatsApp, no había mensajes de Dy. Había leído mi mensaje y no lo había contestado. ¡Qué mierda! Toqué los pendientes que reposaban en mis orejas, toqué mis labios. Intentando convencerme que Dylan me quería, él me quería.

—Emma, deja de darle vueltas a las cosas —la voz de Derek me regresó de mis pensamientos disparatados—. Que se aleje es normal, no seas dura con él. Necesita su espacio.

—¿Estaba enfermo o solo no quería quedarse? —pregunté con la voz entrecortada.

—Se fue a una fiesta con Jenkins, no voy a mentirte.

A la mierda las lágrimas. Todas las mujeres embarazadas o enamoradas lloran así que he aquí la razón por la que lloro. Estoy malditamente enamorada de Dylan y él se va a una puta fiesta. Suspiré dejando que una sonrisa llena de dolor me golpeara de la nada.

—Vamos a Sangría —propuse, al tiempo que Derek me intentaba detener. No pudo, ya estaba caminando a la entrada. Sin pensarlo, le entregué mi tarjeta a la chica para pagar la comida.

Dejé que el aire llenara mis pulmones mientras caminaba unas cuadras hasta Sangría. Sabía que Dylan estaría en otro lugar y pretendía quitarme este maldito sentimiento ahogándome en alcohol. No podía creerlo, después de todas las cosas que nos habíamos dicho, había decidido alejarse. La voz de Cam y Anna me pararon en seco. Venían caminando, con Kathy pisándoles los talones. Los chicos llegarían en unos minutos al bar.

—Kathy ¿Alguna vez te has emborrachado? —pregunté, colocándole el brazo en los hombros.

—Sinceramente no, no tomo mucho —admitió en voz baja y tímida.

—Pues prepárate para tu primera borrachera, querida, vas a parar vomitando tu estómago.

Las tres soltamos una carcajada dejando a la inocente Kathy asustada. No me importaba. Iba a emborracharme hasta perder el conocimiento. Eso era lo que quería. Lo que necesitaba. Tomé una selfie con las chicas en la entrada del bar. Tenía la esperanza de que el idiota la viera.

 

 

Dylan

Me tomé la cerveza de un trago ¿Qué mierda estoy haciendo? Estaba sentado en una de las esquinas de Sangría viendo a Jenkins comerse viva a una de las porristas. Su usual. La que siempre le consentía sus gustos. No sabía cómo podía aguantarlo esa mujer. De repente me vino a la mente ¿Cómo diablos Emma podía aguantarme? Eso era más que aguantar a un idiota como Jenkins.

No podía creer que en un segundo todo se fuera a la mierda. Todos mis planes de acercarme a ella, ser detallista, ser mejor persona. ¡Todo se fue a la mierda! Negué con la cabeza, tomando otra botella de la cubeta que estaba enfrente. La dejé ahí, esperándome. Definitivamente, Emma merecía mucho más que un descerebrado a punto de la locura. La quería demasiado para quedármela. Era perfecta en todos los sentidos.

—No entiendo por qué estás aquí. Tenía entendido que ibas a ir al recital de tu novia —dijo Débora, una de las pocas porristas que me caía bien.

—No es mi novia, supongo que nunca lo será. ¡Soy tan idiota!

—¿Quieres hablar?

—La verdad, no. No quiero pero necesito un consejo o desahogarme o lo que sea —le di un trago a mi cerveza—. Fui a su recital y cantó hermoso, era como escuchar a los ángeles. Me di cuenta de que… ¡Mierda! —grité, sintiéndome impotente.

—Te diste cuenta de que la amas —dijo Débora.

—Desde lo más profundo de mi ser —dije, sintiendo la opresión en el pecho que me hizo salir corriendo—. Veo un maldito futuro, Deb, lo miro con ella.

—No entiendo qué es lo que estás haciendo en Sangría, deberías estar ahí, diciéndole lo que sientes.

No podía contarle todo a Deb, no era correcto. Jane lo dijo claro «cuando sientas que vas a perder el control aléjate de ella, ya cargas con muchos problemas» eso fue lo que hice. En mis sesiones descubrimos que tengo un maldito sentido de autodestrucción. Me encantaba hacerme daño, por lo que le había hecho a mamá. La única forma de conseguirlo era metiéndome en muchas peleas, jugando al fútbol y dañando a las personas que amo. Amaba a Emma, no podía hacerle daño. Tenía miedo.

Tomando un trago de la botella, sentí que mi corazón no respondía. Sin Emma, esa mierda no latía. Vi a Chris acercarse a Jenkins seduciéndolo como la zorra que era. Negué con la cabeza, dándome cuenta de que ya no la deseaba a ella, ni a ninguna otra. Necesitaba a Emma. ¡Mierda la necesitaba desesperadamente!

—Me voy a volver loco —dije, enterrando la cabeza en mis manos.

—Puede ser, campeón. Todas las personas enamoradas suelen estar locas.

—Y débiles —aclaré. Así era como me sentía. Débil.

Deb soltó una carcajada, tomándome de la mano. Avisó de que iría por algo más fuerte que unas cervezas. Desapareció entre la gente dejándome con el espectáculo de Jenkins, su porrista usual, Karla y Chris. Era asqueroso. Se supone seríamos solo él y yo. No sé por qué lo sigo llamando mi amigo, ni siquiera le importa que esté echando mi vida a la basura y él anda ahí, tocándole las tetas a la rubia. ¡Pero qué mierdas! De haber sido más sensato, le hubiera pedido ayuda a Mike. Él hubiera entendido el caso emergencia. Revisé mi celular. Tenía un mensaje. No había comenzado a leer y el corazón ya me palpitaba como loco.

Dushy: Dy, me dijo tu hermano que te sientes mal. Gracias por haber llegado. Me llenaste de alegría. Te quiero, Dushy.

Ahora sí que me sentía como una mierda. Ella me quería y había estado contenta de verme ¿Por qué tenía que arruinarnos la vida siempre? Estaba seguro de que un puto libro no la haría correr a mis brazos y darme esos besos que tanto me gustaban. Mandé un mensaje a Bill, necesitaba cancelar uno de los boletos.

Yo: Cancela los boletos a Londres. Reserva en alguna puta isla lejos de este lugar por el fin de semana.

Bill: ¿Dos?

Yo: No, la señorita O’Brien no va a poder acompañarme. Solo uno.

No iba a decirle que lo más seguro es que no me quisiera cerca en un buen tiempo. Había planeado este viaje para que nos alejáramos de todo y pudiéramos platicar de la vida, arreglar todo. Teníamos tanto que aclarar. Ahora estaba cagado del miedo. Quería tomarme unos días para relajarme y pensar bien las cosas. Si seguía así de inestable iba a perderla.

—¡Dy! —gritó Chris acercándose. Ya había tardado en darse cuenta de que estaba ahí sentado con cara miserable—. Bebé ¿Qué pasa? Tienes cara de tener demasiados problemas ¿Quieres que tu nena te los quite?

Sabía a lo que se refería con «quitar» y yo pretendía tener mis pantalones bien puestos. Mi mejor amigo no podía entrar en ningún otro lugar, solo quería estar dentro de Emma.

—No eres mi nena —aclaré, pensando en Em—. Tampoco quiero perderme en ti. Siento que algún día voy a parar con alguna puta enfermedad venérea por estar teniendo sexo contigo. Asqueroso.

Declaré en voz baja. No tengo ni la menor idea si me escuchó o no, pero me ignoró, tocando varios temas que no eran de mi interés. Con un gesto la callé esperando a que se fuera. Abrió mucho los ojos viendo hacia la puerta. Tomó la botella de vodka que había dejado Débora y me la empino en la boca. Ni la borrachera más grande de mi vida va a impedir que me acueste con otra mujer. La alejé de un empujón, viéndola fijamente.

—¡Nunca en mi puta vida le he pegado a una mujer fuera de la cama! —dije viéndola a los ojos—. Pero te lo estás ganando. Una más, una cosa más y juro por mi vida que…

—¿Qué tiene ella? —gritó con furia— ¿Qué tiene ella que no tenga yo?

Las lágrimas corrían por sus mejillas demostrando que estaba herida. Ella no tenía nada, era buena persona, en algún recóndito lugar de su inconsciente, era buena. Fácil pero de buen corazón. Negué con la cabeza, sintiendo lo mal que la había tratado. No valía la pena quedarme a pelear con ella. No valía la pena. Nada valía.

—No tienes nada de lo que ella tiene —la señalé con un dedo—. Ella es única, perfecta y estoy locamente enamorada de ella.

—¿Qué? —escuché su voz antes de verla— ¿Enamorado?

Su rostro decayó en mil pedazos. La mujer a la que había dejado plantado, a la que amaba, estaba justo en mi campo de visión. Asentí con la cabeza sintiendo como mi mundo se venía abajo.

—Te amo, pero no puedo estar contigo, Emma. No ahora. Lo siento.

Di media vuelta intentando correr de este caos, necesitaba alejarme. Estaba a unos segundos de tener un ataque frente a toda esta gente y eso sí sería la gota que derramaría el vaso. Podía sentir cada fragmento de ira a punto de estallar.

—¡No te atrevas a huir de mí, Dylan McGuire! —gritó la dulce melodiosa voz. La que cantaba como los ángeles.

—Emma, por favor estoy a punto de tener…

—Te odio —volvió a gritar, empujándome con sus dos pequeñas manos—, siempre me lastimas y eso no es amar. ¡Mierda!

Mi niña estaba completamente borracha. Abrí mucho los ojos, preocupado por su estado. Quise tomarle la mano para tranquilizarla, pero estaba fuera de sí y yo estaba casi en las mismas. No por borracho pero si a unos pasos de perder la cordura.

—Nena, Dushy… Cálmate.

—No voy a calmarme y a la mierda con tu Dushy. Aquí estás otra vez con esa —señaló a Chris como si quisiera decir algo más fuerte—. Esa… esa ¡Hip! —se le salió el hipo dejándome completamente con la boca descolocada. ¿Cómo diablos paró tan borracha?

Derek se acercó, dejando a Kathy que estaba casi inconsciente en los brazos de Mike. Cam solo se reía como una degenerada a causa del alcohol y Anna negaba con la cabeza, visiblemente molesta.

—¡Qué coños, Dy! —gritó mi hermano— ¿Por qué no pueden estar bien por una puta vez?

Mis manos comenzaron a temblar. Definitivamente iba a caer en una crisis y sería fatal. Mostrándole mis manos esperé a que lo supiera. Él me conocía bien, estos ataques de ansiedad los he tenido desde pequeño. Empeoraron el día que mamá enfermó.

—Ay no, ¿Dy?

—Sácame de aquí —le rogué, tomándome la cabeza con desesperación—. Sácame maldita sea, sácame de aquí.

Derek dio media vuelta para examinar a Kathy unos segundos antes de tomar mi mano y llevarme fuera. No habíamos dado ni dos pasos cuando una pequeña mano se estampó en mi cara. Desconcertado y perdido, vi a Emma derramando lágrimas por todos lados.

—¡Eres una mierda, Dy! Tu padre tenía razón, no vales nada.

El dolor se extendió en mi pecho. Tenía la razón, no valía nada. Key me tomó de los brazos repitiendo que no hiciera caso, que respirara hondo. Intentó decirme una y otra vez que si valía la pena, que no escuchara lo que una tonta borracha decía. Ya estaba perdido en mi mente. Emma seguía gritándome como loca, insultándome.

—¡Cállate, Emma! —gritó por primera vez Key en su dirección—. No eres la única con un pasado de mierda, él también tiene problemas. Déjalo ya.

Mi mandíbula fue lo siguiente que perdió el control involuntario. Antes de matar a alguien en mi campo de visión. Derek me sacó de ese maldito lugar. Emma lloraba en los brazos de Anna y Cam ayudaba a Kathy mientras Mike ayudaba a Derek que me sacaba del lugar.

—Respira —dijo con calma Mike—, ella no sabe lo que dice. Esta borracha y molesta.

—Y me odia —aclaré, viendo mis manos temblar sin control—, no valgo nada. Hermano, pensé que ella era mía, que las cosas podían estar bien, pero no lo merezco. No puedo ser feliz.

—Sí, lo mereces —esta vez Key se agachó para estar en mi campo de visión.

—La amo —repetí, asimilando cómo sonaban esas palabras en mi boca. A la única persona que se lo dije fue a mi madre antes de morir.

Cerré los ojos recordando cómo tomaba su mano mientras agonizaba. Sus ojos perdidos, sin ningún brillo en ellos. Le tomé la mano contándole que tenía que ponerse bien para que me llevara algún día al altar. Ella negó con la cabeza sonriendo ante mi historia.

—Dushy, te amo mi niño —dijo viéndome a los ojos, esos ojos que poco a poco perdían vida—. Algún día encontrarás a tu Dushy. Me encantaría estar aquí para verte enamorarte, sé que lo harás bien, eres un gran hombre.

—¿Qué pasa si meto la pata, mamá?

—Todos pasamos por algún momento difícil. Lo importante es que lo sepas sobrellevar —tomé su mano con fuerza, sintiendo las lágrimas correr en mis mejillas.

—Quédate conmigo. No te vayas —le rogué llorando.

—Ya es hora, estoy cansada y tú también lo estás. Ya no me des más medicamentos. Te lo suplico, hijo. Déjame ir.

Una semana después de eso, ella murió. No volví a meterle una píldora en la boca, no la llevé a los chequeos. Solo dejé que su alma abandonara su cuerpo. Me sentía tan mal por no haberla salvado que afectó mi vida completamente.

 

 

Emma

Me levanté tan fresca que era imposible imaginarlo. Me tomé un vaso de agua pura que estaba en mi mesita de noche. Me quedé viendo mi ropa ¿Qué hacía vestida aún? Era imposible no haberme puesto mi ropa de dormir anoche. Un minuto ¿Cómo diablos vine a casa ayer?

Me cambié a unos pantalones cortos y una camiseta larga. Tomé el increíble libro que me había dado Dylan. Realmente era increíble. Cuando salí a la sala de estar encontré a Kathy medio tirada en el sillón. No recordaba que Kathy se hubiera quedado ayer en casa. Pero no recordaba mucho de ayer tampoco.

Recuerdo estar con esta chica empinándole tequilas por montón pero… ¡Mierda! No recuerdo nada. Negando con la cabeza corrí al cuarto de Cam. Para mi sorpresa la encontré sola. Me metí a su cama como solía hacerlo en un pasado. Ella se removió un poco antes de quejarse.

—Oh, no, Emma no empieces. No me tienes del mejor humor. Además, estoy con una resaca horrible.

—Por qué tienes resaca. Yo estoy tan fresca que aún no me lo creo —solté una risita estúpida—. Lo que no entiendo es qué hace Kathy aquí.

Cam se dio media vuelta para quedar bocarriba. Soltó un suspiro profundo intentando recordar quién diablos era Kathy, la conocía tan bien que sabía que esa era su pregunta.

—Ah, sí. La novia de Key —dijo sentándose en la cama—. La trajimos arrastrada ¿no recuerdas como la pusimos en el carrito de las maletas para subirla? —se dobló de la risa—fue increíble. Tengo un video, tienes que verlo.

Me pasó su teléfono celular mostrándome a Kathy tirada en un carrito maletero. De esos que se usaban para subir maletas o cajas. Cam la acostó en ese carrito matándose de la risa, yo la estaba ayudando, y por lo que supongo, Anna está grabando.

—Key, lo sentimos, pero —Cam le tomó el brazo dejándolo caer violentamente contra su estómago—. Tu novia está casi muerta.

—No se los puedo creer ¿En serio van a subirla en carrito? —preguntó Anna, confirmándome que ella es la que estaba grabando.

—¿Quieres cargarla, Anna? —pregunté señalando a la chica.

—No, definitivamente no.

—Entonces no opines lo contrario —dijo Cam volviéndose a doblar de la risa.

Con un baile algo gracioso la empujamos por todo el pasillo hasta el ascensor. Cam cantaba como loca imitando la presentación de ayer en la noche. Yo iba brincando acompañándola en su canto. Las dos desafinadas como gatos en pleno apogeo. Anna se reía de nosotras, evidentemente, disfrutando de grabarnos. De pronto me paré, dando media vuelta y señalé a la cámara.

—Eh, idiota, esto definitivamente se acabó.

—No seas tan dura con él, exagerada. Sabes que mueres por volverte a acostar con él —dijo Cam, dándome un pequeño empujón.

—Sí, en la cama es un salvaje. Lástima que no quiera volver a acostarse conmigo. Apuesto que con esa idiota —grité como si quisiera que alguien más lo escuchara— se ha de acostar a diario ¡Maldito! Creo que lo odio.

—Bueno, lamento que esta conversación se volviera tan aburrida. Digan adiós a la cámara, voy a cortar.

Con un gesto de mano, nos despedimos de la cámara. Incluso Cam se tiró encima de Kathy para que yo siguiera empujándolas hasta llegar al apartamento. Tomándome del estómago solté la carcajada del siglo. ¡Mierda! Derek ha de estar súper molesto conmigo. Regresando a la sala decidí ver si Barbie estaba viva o la había intoxicado. No, estaba viva. Decidí despertarla. La moví varias veces hasta que logré que abriera los ojos.

—Hola, Barbie —dije cuando la vi quejarse. Ha de tener un dolor de mil infiernos en la cabeza.

—Cállate, Kelly —bromeó de regreso. Eso de los apodos de Barbie y Kelly salió al cabo de cinco tequilas. Decidí contarle que con Dylan pensábamos que se parecía a Barbie. No quise decirle que era por plástica o algo peor. Después a la señorita se le ocurrió que parecía Kelly, por chiquita.

—Tu novio va a matarme —dije tirándome a su lado.

—¡Que le den! Fue la mejor noche de mi vida. Bueno, hasta donde puedo recordar.

Solté una carcajada recordando a Kathy subida en la barra del bar aledaño a Sangría. La cola para Sangría había sido demasiado grande para entrar de inmediato. Plum, era un bar más pequeño y menos famoso. La verdad es que la pasamos rebien. Incluso dejaron que entrara a preparar los tragos a la barra donde monté un show de flair.

—Llamaré a Key ¿está bien? —pregunté antes de hacerlo.

—Dale tranquila, he visto la manera en que te mira. Son ojos tan profundos de cariño. Como si fueras su hermana. Él de verdad quiere que las cosas entre Dy y tú funcionen, no entiendo por qué todo está tan fregado entre ustedes —dijo sin verme a la cara. Yo también quisiera saber qué es lo que está tan fregado en nosotros.

—Ahora no estamos tan mal. Solo prefirió irse con Jenkins que pasar tiempo conmigo.

Tomando el teléfono me fijé en varios mensajes. Abrí el buzón en WhatsApp revisando cada uno de los mensajes. Eran varios incluyendo unos de Dylan, sonreí al ver que me había contestado el mensaje de ayer. Decidí guardar el de mi amor para el final.

Mike: Dile a Cam que conteste el puto teléfono.

Sí, tan comunicador que era Mike. Puse los ojos en blanco gritándole a Cam que tomara su puto teléfono. Palabras literales de Mr. Grandote. Cam se quejó desde su habitación dando a entender que no estaba de humor.

Derek: ¡Contesta el puto teléfono! ¿Kathy está contigo?

Le di rápido contestar. ¿Por qué todo mundo estaba con una boca tan inapropiada? Todo era el puto teléfono. ¡Increíble! Imaginando la cara de Derek, preocupado, molesto y todo al mismo tiempo. Tiene que estar odiándome en estos momentos.

Yo: Ahora te llamo, dame unos minutos.

En cuanto envié el mensaje las letras de mi celular se pintaron. Derek me estaba llamando. Pero qué desesperación. Escuchando a Jamie Campbell Bower, cantar en mi celular, decidí contestar por más que quisiera que la canción sonara eternamente.

—¡Deky! —le dije riendo por el apodo que Kathy usaba con él.

—¿Dónde diablos estabas? —respondió inmediatamente.

—¡Qué boca! —lo regañé—. Por lo visto en casa. No escuché el teléfono, lo siento.

Puse los ojos en blanco poniendo el altavoz para que su novia pudiera escuchar lo gruñón que era su hombre, aunque ella debía saberlo ya. Colocándose un dedo en la boca para que no dijera nada de que ella escuchaba nuestra conversación. Era una actitud tan de niña, me encantó.

—Te dije que te quedaras ahí en lo que Mike iba a dejar a Dylan, no lo hicieron y desaparecieron ¡Mierda, Emma! Te llevaste a mi novia. Estoy muy molesto.

No pude evitarlo. Solté la carcajada del siglo. Era tan gruñón.

—Por favor, Derek ¿acaso un día sin sexo es demasiado duro?

Al parecer si era demasiado duro. Derek me dio un gran monólogo de cómo se me ocurría alejarla de él. Que la había emborrachado, que casi hago que le dé un ataque a él y a Dylan. No entendía qué juego tenía Dy, pero le seguí la corriente.

—¿Terminaste? —pregunté viéndome las uñas.

—Sí, llego en un rato. Dylan aún está un poco ansioso y su vuelo sale en hora y media.

¿Vuelo? ¿Acaso Dylan iba a salir del país? La solo idea de no volver a verlo se me hizo eterna. ¿Por qué mierdas no lo dijo? Colgando el teléfono marqué con mucha rapidez el número Dylan. Estaba nerviosa.

Varios tonos sonaron antes de mandarme al buzón de mensajes. Recordé el mensaje que me había enviado y sentí todas las ansias del mundo. ¡Dios! ¿A dónde se va?

Dylan: Em, en serio. No sé cómo vamos a lograr que esto funcione. Nunca salen las cosas como deberían, pero tenías razón.

Dylan: Soy exactamente lo que mi padre dice que soy. Pero no quiero serlo, quiero ser ese hombre exitoso que él no quiere que sea. Voy a lograrlo y tus palabras solo me alientan a ser mejor. Gracias por ayudarme a darme cuenta de eso.

Conteniendo las lágrimas, pequeños flashbacks llegaron a mi cabeza. ¡Le grité! Tomé mi cara en mis manos sintiéndome completamente idiota. Pero qué estupidez. Había hecho el ridículo, lo había humillado y había exagerado todo. ¡Soy una gran inmadura! Las palabras de Derek llegaron en pequeños fragmentos a complementar mis gritos y la cara de Dylan. Decidí responderle.

Yo: Lo siento tanto, Dy. Por favor, perdóname. Soy una grandísima inmadura que no sabe cuándo parar. Exageré, Dushy, por favor. No te vayas.

No tenía ni idea a dónde iba, pero Derek dijo vuelo y no podía permitirlo. No podía mientras estábamos así de mal. Arriesgando todo mi ser decidí correr al puto aeropuerto. ¡Qué cliché! Esta cosa cada vez se volvía más una novela ¡Qué rollo! Kathy me hacía el horrible favor de llamar a Derek para preguntar dónde estaban. Tomando el carro de Cam, manejé como una estúpida al aeropuerto. Como era de esperarse, me perdí un poco antes de llegar. Aún no conocía bien Florida. Sin importarme las multas, aparqué en el primer lugar que vi. Era para gente inválida, no me importó. Corrí entre las líneas aéreas buscándolo en las colas enormes. Encontramos a Derek de brazos cruzados. Suspiré de alivio. Aún no era tan tarde.

—¿Dónde está? —pregunté sin saludar.

—Ya se fue, casi no llegan a tiempo.

—¿Llegan? —las piernas me flaquearon. Iba con alguien. Crucé los dedos deseando que ese alguien no fuera ninguna mujer. No podría soportarlo.

—Mike y Dan. Fue de último momento, pero no iba a dejar que se fuera solo después de toda lo que paso ayer. Emma, te pasaste como no tienes una idea.

Suspiré, un poco avergonzada. Había sido peor de lo que había pensado. Intenté quitarme de la mente las cosas desagradables que le había gritado por unos putos celos. Él había ido a mi recital, había estado en primera fila, viéndome como si nada más en el mundo existiera. Definitivamente, tenía que aprender a valorar un poco más lo que tenía.

—No recuerdo nada —mentí sin verlo a los ojos.

—Si no lo recordaras, no estarías aquí.

Me encogí de hombros. Derek exigió las llaves del carro de Cam. Caminamos a donde habíamos aparcado. Saqué el teléfono celular sabiendo que valía la pena intentarlo. Su vuelo no salía hasta dentro de media hora, pero Derek se negó a que gastara mi dinero comprando un boleto solo para entrar a decirle que lo sentía. Antes de terminar de enviar el mensaje, me percaté de la multa del carro de Cam. Si seguía de ese modo iba a quedarme sin dinero antes de tiempo.

Yo: Como estúpida, estoy afuera en el aeropuerto, pensando que aún podía alcanzarte. Buen viaje, que la pases muy bien.

Las lágrimas golpearon mis ojos viendo cómo Derek discutía con Kathy por su comportamiento impropio. Ella se veía tan sumisa junto a él que sentí lástima. Derek elevaba la voz como si ella fuera su hija y eso no estaba bien. Decidí no interferir, no era mi problema, ya me había ganado suficientes por esta semana. Volví a ver el buzón de mensajes, sorprendida que Dylan hubiera contestado.

Dylan: Voy a apagar el teléfono, cuídate mucho estos días.

No podía dejarlo en un mensaje tan frío. Corría el riesgo de no volver a verlo, o al menos que las cosas no fueran igual. Conteniendo la necesidad de regresar y comprar ese boleto para decirle un «también estoy enamorada de ti» supe que un mensaje sería suficiente por ahora.

Yo: No lo apagues aún, espera.

Yo: La vida está llena de tropiezos, Dushy. Muchos que son casi imposibles para ignorarlos. Te quiero y plenamente sé que estoy locamente enamorada de ti. Si pudiera cambiar algo, sería mi pasado. De esa manera te merecería con todo mi ser. Si me preguntas si estoy dispuesta a cambiar por ti, la respuesta es sí. Cambiaría hasta lo que más amo de mí para merecerte. Lo siento.

Dándome cuenta de que estaba arriesgando mi corazón con ese mensaje, decidí que no había nada peor. Si no me arriesgaba a poner las cartas sobre la mesa nunca lograríamos nada. Como era de esperarse, no obtuve respuesta. No hasta muchos días después.

Llegué al apartamento donde Camila estaba visiblemente molesta, alegando que los chicos debieron decirlo con mucho más tiempo de anticipación. Anna me puso al tanto de lo que había pasado en el bar, uniendo las partes que mi cerebro ignoraba. Conteniendo las lágrimas me di cuenta de que estaba mal. Mi reacción y las cosas que dije. Dylan había estado intentando que las cosas funcionaran, incluso, había puesto sus sentimientos en bandeja de plata delante de Chris. Tenía que hacer algo especial para cuando regresara. Algo que le dijera lo que sentía. Sentándome frente a la computadora, empecé a hacer lo que mejor sabía, escribir.

 

 

Emma

—Emma, tienes que salir —dijo Anna en la puerta de mi habitación—. Apenas si comes.

—Me va a servir para bajar las libras de más. Además, estoy escribiendo.

Desde el jueves por la noche que me enteré que Dylan se había ido a unas «vacaciones imprevistas» había estado encerrada en mi habitación escribiendo. Por momentos recordaba que no había comido nada y salía a buscar algo. Tampoco es que sintiera algún tipo de apetito pero… bueno, necesitaba la comida para no sentirme tan cansada. Realmente he sobrevivido a base de cafeína, chocolate y sushi.

—Ten, te llegó otro libro —dijo, dejando el paquete envuelto de Barnes & Noble. Un libro más. Suspiré, abrazando el libro envuelto, llena de felicidad.

Todos los días desde el primer libro, había recibido un libro distinto. Estoy fascinada por ellos, pero… cada vez me quedo con menos espacio en las repisas de mi habitación. Necesitaría una librera dentro de poco y no tenía el dinero.

Abrí el paquete admirando la excelente elección de libros. Entendí aquel día que Miss Rubia, la chica rara, me interrogaba en Barnes & Noble, era como su investigadora. Me di cuenta por los primeros títulos que llegaron. Los que deseaba con mi alma. Tomando el libro con todas mis fuerzas. Quería ser la protagonista de mi propio cuento de hadas, viajar a mundos increíbles y vivir mi vida de la mejor manera. Por un minuto quise vivir mi fantasía.

Derek había pasado a despedirse hace dos días, regresaba con Kathy a Cambridge. Sentí un vacío tan mierda el día que Key me contó de los ataques de ansiedad que sufría Dylan. Era una persona muy nerviosa y ese día estaba teniendo uno y en lugar de ayudarlo lo empeoré todo. Una razón más para sentirme mal. Ni jueves ni viernes fui a la universidad. Pude haber ido después del aeropuerto a mis últimas clases, pero mi cuerpo, mi mente y mi imaginación pedían quedarse.

—Siento mucho todo lo que estás pasando. Yo pasé por algo similar con Deky —dijo Kathy—. Él era muy cerrado. No le gustaba expresar lo que sentía y yo era todo lo contrario. Eso fue lo que le gustó de mí.

Solté una risita tonta pensando en un Derek cerrado. Conmigo nunca había sido así, al contrario, era dulce y cariñoso. Le había tomado demasiado cariño.

—Le cambiaste la vida —dije, viéndola a esos ojos azul cielo.

—El también cambió la mía. Quién sabe, puede que el amor nos cambie a todos. Gracias por estos días, Emma. Ya veo por qué Derek te quiere tanto. Voy a ser sincera, en un principio te odiaba. Solo hablaba de ti. Luego me contó que eras la chica de su hermano y el problema que hubo. Me contó lo mal que estabas tú y él, y comprendí que era amor. No lo confirmé hasta este viaje, pero… ¡Vaya si no se aman!

Amor, esa es una palabra muy fuerte para definirla como algo tan suave. Era una palabra con poder. Poder para sobrevivir las peores cosas. Suspiré escribiendo el final de lo que quería decirle a Dylan, esperaba que esta recopilación de cartas que le había escrito no fuera el final de una etapa. Estaba dispuesta a abrirme y ser la persona ideal para él.

Ya estaba, no había vuelta atrás. Todos mis miedos de perderlo y de decir lo que sentía estaban impregnados en esta recopilación de cartas. Según Cam, los chicos regresaban mañana por la tarde. Para ese momento, la impresión de este manuscrito tenía que estar en su casa. En su habitación. Salí corriendo del apartamento con Anna de compañía. Llegué al mejor lugar de impresiones, tuvimos que tomar un taxi. Le di las indicaciones al joven que atendía mi pedido, le dije lo que necesitaba y esperamos pacientemente en el Starbucks a que estuviera mi impresión.

—¿Cuándo empiezas el trabajo? —preguntó Anna, dándole un sorbo a su café.

—La otra semana —respondí frunciendo el ceño—. Ni se te ocurra pedir cafés gratis, presiento que ustedes lograrán que me despidan el primer día.

—Cabe la posibilidad, querida.

Las dos soltamos una carcajada de esas que capta la atención de toda la gente. Nos enfrascamos en el plan «Recuperar a Dushy». Cam había escogido el nombre, por lo que ni Anna ni yo tuvimos voz ni voto. Una vez Cam decía algo, era difícil cambiar de idea. Era excelente tener ese tipo de amistades, de esas que toman decisiones por ti de vez en cuando.

Anna estaba feliz y estable. Su relación con Dan era tranquila, llena de amor y pasión. Realmente Anna era dulce y dedicada. No podía imaginarme ni a Cam ni a mí, con una relación como la de ella. Era increíble ver cómo las tres habíamos conseguido enamorarnos de los mejores amigos. El sueño de todas. Que tus amigas acepten tu relación sin chistar palabras. Anna no aceptaba a Dylan, se negaba a quererlo como mi novio. Sin embargo, algo que le dijo Dan la hizo cambiar de parecer.

Recogimos el manuscrito con la portada que Cam y Anna habían diseñado. Definitivamente, el diseño no era ni en lo más mínimo mi área. Apenas si podía hacer círculos y líneas rectas. Revisando mi trabajo admití, en voz baja, que este regalo estaba increíble. No era tan grande. Solo una recopilación de diez cartas donde estaba mi alma. No llegaba a ser ni un manuscrito. Lo que le daba volumen a las hojas era todo el diseño, fotos y cuanta mierda Anna y Cam le pusieron.

Me levanté temprano antes de ir a la universidad. La mañana estaba cálida, y las olas del mar llegaban a través de mi ventana, como siempre. Hoy era el día. Debía dejar el paquete en la casa de los McGuire antes que los chicos vinieran. Bajé al lobby para pedir autorización para subir al ático. Después de explicarle al portero, llamar a Derek y lograr que me dejaran subir, respiré hondo. Estaba nerviosa. Toqué el timbre esperando pacientemente. Un hombre de cabello castaño oscuro, ojos grises y facciones muy duras me abrió la puerta. Su traje negro con corbata a juego le daba un aire de superioridad que jamás pensé ver en un empleado de la casa. Tenía el ceño fruncido y me inspeccionaba de arriba abajo. Me sentí vulnerable, expuesta, intimidada.

—Buenas días, señor. Vengo a dejar…

—Ya me lo han explicado —dijo molesto— ¿Quién eres?

—Emma O´Brien, señor. Amiga de Derek y Dylan —una parte profunda quería estar equivocada. Pero otra parte de mi subconsciente estaba segura. Él no era un empleado, no podía ser —, señor…

Riéndose en voz baja, el hombre abrió la puerta dejándome pasar. Examinó el paquete que tenía en las manos. En algún remoto momento pensé que iba a ayudarme con él. Pero al contrario de todo, solo me observó.

—Tú eres la culpable de tener a mi hijo inestable ¿me equivoco? —preguntó, confesando mis sospechas. ¡Mierda, era su papá!

—Desearía no serlo, señor —dije encogiéndome de hombros—. Le he traído un paquete. Tengo entendido que regresan hoy en la tarde.

El señor McGuire, me guio hasta llegar a una habitación en color gris con negro. La cama estaba impecable. Quería un poco de privacidad, pero Don Señor, nunca me dejó sola. Quería más tiempo para admirar el lugar, nunca había estado en su habitación. Dejé la caja encima de su cama. Coloqué una nota pequeña que había hecho a mano encima. «Para el amor de mi vida» observé mi trabajo. Realmente era mi vida la que estaba dejando en esa caja.

—¿Esa eres tú? —preguntó el señor McGuire. Señaló varias fotos en unos marcos a desnivel en color negro. Me quedé viendo la mesita de noche sin reaccionar del todo.

¡Maldición! No me había fijado en los detalles de la habitación. En cada pequeño cuadro habían fotografías nuestras. Unas haciendo caras, otras posando y dos más besándonos. Eran hermosas. ¿Por qué no me había fijado antes? Asentí con la cabeza, no siendo capaz de articular palabras. No tenía ni idea que quería esas fotografías para su habitación. Cuando las tomamos no estaba pensando en nada más que en él. En nuestra vida y lo que quería con Dylan. Quería una vida juntos.

—No deberías de perder el tiempo, mi hijo no está hecho para una mujer. Él es un hombre fuerte—dijo, como si tuviera que leer entre líneas para captarlo. En el poco tiempo que tengo de conocer a Dylan y a Derek, me he dado cuenta de una cosa tan sencilla que jode sus vidas; y lamentablemente, la tengo en mi campo de visión.

Su padre era todo un enigma. Duro hasta la mierda, más jodido que su propio hijo. Entendía su punto, perdió a su esposa en la lucha contra el cáncer. Según me contaron, él quedó devastado y lastimado. Recordé las palabras de Derek. Por alguna razón no me agradaba, él había hecho mierda a mi hombre. No lo culpaba tampoco. Entendía que era difícil ser papá soltero. Más cuando tu hijo se sentía culpable de la muerte de su madre. Aun así, no era manera de tratar a su propia sangre. Una parte de mí se sentía protectora con él.

—Se da cuenta de que me está diciendo que su hijo no vale la pena, ¿Verdad?

—Nunca dije eso. Lo único que digo es que no es un hombre para ti.

Intenté respirar lo más profundo que pude. Este hombre por más padre de Dylan que fuera, era una mierda en todo su esplendor. Quería gritarle de todas las maneras que su hijo era lo mejor que me había pasado en la vida. Después del maldito accidente mi vida fue una mierda, Dylan la había cambiado, Dylan era la luz en mi oscuridad.

—Se supone que tu hijo es tu reflejo —ya había perdido el respeto por este hombre—. Si usted lo crio de ese modo, él va a ser de ese maldito modo. ¿No se ha dado cuenta de que fue usted el culpable de lo mal que la pasa? ¡Dios! Yo maté a ocho personas en un accidente de tránsito y aun así, su hijo está más jodido que yo —ya no estaba hablando, estaba gritando. Tenía que calmarme.

Con la respiración acelerada me quedé viendo esos ojos que me recordaban tanto a su hijo. Su expresión había cambiado. Estaba segura de que estaba sorprendido por mi arrebato, por mi falta de respeto. Pero que le den, no estaba para este maldito humor, no estaba para esta mierda.

—Dejaré que sea su hijo quien elija si vale la pena estar juntos o no. Yo tomé la decisión que su hijo vale más que nada en este mundo. Algo por lo que estoy dispuesta a luchar. Si no está de acuerdo con que alguien luche de la manera en que yo lo quiero hacer, puede irse al diablo.

Pasé al lado de él ignorando su cara de asco. Claro, su padre sentía asco por mí. Definitivamente no soy nada de lo que espera para su hijo. Mucho menos ahora que tengo tres días de no dormir. De un tirón, el Don Señor me frenó antes de bajar las escaleras.

—No eres el tipo de mujer que quiero para él. Se nota que lo vas a parar lastimando.

—¿Y a usted que le importa? —dije más molesta que él. ¡Al diablo con el viejo!—. Según yo sé, usted arruinó a su hijo en todas las malditas formas posibles. Debería aprender a valorar a su hijo o hijos. Como sea.

Me di media vuelta alejándome de esa situación tan incómoda. ¿Cómo se atrevía a decirme cosas como esas? Encima de que estoy enamorada, siento como si estuviera con problemas hormonales. Como si viniera un bebé en camino, claro que no lo estoy, hace una semana que había pasado por mi periodo. Suspiré enojada. Necesitaba otra noche de pasión con Dylan. Demostrarle que él era mío y yo suya.

—No me malinterprete, señorita O´Brien, valoro a mi hijo lo suficiente para saber qué quiero para su vida. Que tenga un buen día.

Así como si nada, me sacó de su casa. Me quedé en shock pensando que quizá el señor iba a tirar mi regalo antes de que Dylan lo viera. Cerrando los ojos, me concentré en esa porquería de sentimiento. Podía ser una horrible persona, pero no haría semejante cosa. Esperaba que no lo hiciera. Necesitaba luchar por él y esa era la única forma que sabía.

Cruzando los dedos por que Dylan leyera cada detalle que estaba en la caja, me dispuse a ir a un día tedioso de universidad. El día fue largo, aburrido y gris. Florida se había acomodado a mi sentimiento de mierda.

Dylan

Era mi último día en Bahamas, la verdad es que había estado bastante tranquilo. En estos cuatro días decidí pensar en lo que quería para mi futuro y cómo lo quería. Emma tenía razón en una sola cosa, la había lastimado. También pensé en Jane, en las cosas que decía. Valía más de lo que pensaba, no era la basura que mi padre, Emma y no sé cuanta gente más creía. Era alguien que valía la maldita pena, así que ¡al diablo con todos! Voy a vivir mi vida como es debido. Estoy cansado de sentirme débil por una mujer. A la mierda con el amor.

—Creo que de despedida deberíamos volver al bar al que fuimos ayer —dijo Dan, escribiendo un mensaje de texto. Consciente de que lo decía por mí y no por él.

—Tal vez —dije sentándome. Estábamos tomando el sol frente a la playa. La arena blanca, el mar azul cristal, los niños que corrían de arriba abajo jugando con sus pelotas de playa. Realmente era todo relajante. Amaba este lugar.

Apagué el maldito teléfono después de abordar el avión y no había vuelto a prenderlo. No quería saber nada de la vida real, no aún. Sabía que Cam estaba molesta con Mike, alguna estupidez de no avisarle con tiempo. ¿Qué tiempo iba a tener si lo decidimos ese día en la madrugada? Mis ataques de ansiedad terminaron al segundo día de estar en las playas.

La verdad, Bill no había hecho un mal trabajo. Bahamas estaba en todo, el hotel estaba cerca de los bares y las playas con mujeres hermosas. Era solo culos y tetas enseñando más de lo debido. Por más deprimido y confundido que estuviera, no evitaba ver a esas mujeres enseñando la mitad del pezón. Era demasiada tentación.

—Vamos a ir —declaró Mike—, Dy tiene que despedirse de su chica.

—No es mi chica, para aclarar, y no tengo por qué despedirme de ella. Solo conversábamos.

—¡¿Estás loco?! —gritó Mike—. Tenías a la mujer comiendo de tu mano, si hubieras dado el siguiente paso, de seguro seguiría aquí contigo. Una buena pasada no te hubiera caído mal, Dy. No te la imaginas chupando sus tetas. ¡Las tenía enormes!

—¿Cómo está Cam, Mike? —dije con sarcasmo.

—Vete a la mierda, McGuire.

Ni en un millón de años confesaría que ella me había ofrecido en bandeja de plata sexo sin compromiso. Me creerían un tremendo marica. Conocí a Alison ayer por la noche, mientras desahogaba mis penas en el puto alcohol. En un principio decidí seguirle la corriente, estaba borracho y caliente por tanto cuerpo restregándose sobre mi —para ese entonces— erección. Quería tirarme a todas las mujeres que pasaban, sobando mi cuerpo con el suyo, todas esas chicas enseñando sus tetas, en unos minibikinis. Mike y Dan, por su parte, hablaban entre ellos de lo fantástico que eran sus vidas, a pesar de que Anna y Cam solían ser un dolor de huevos cuando querían.

Perdido en mis pensamientos esa noche, Alison llegó a presentarse. Admiré su determinación, tenía un objetivo y era llevarme a la cama, en ese preciso momento, la deseé como un hambriento. Verla vestida con un minivestido que enseñaba el borde de su culo. Su diminuta figura se marcaba en la tela semitransparente. Era guapa.

—Así que… ¿vacaciones? —dijo mordiéndose el labio. La chica era solo curvas bronceadas, su cabello negro hasta la cintura y sus ojos gris oscuro. Todo un enigma.

La invité a un par de cervezas, intentando evitar los tragos preparados. No me vi capaz de aguantar a una chica preparando tragos y haciendo su magia. Solo me acordaría a Emma y no quería pensar en ella. Ya de por si la bartender era parecida a Emma.

—¿Crees en el amor a primera vista? —pregunté en un momento de debilidad. El alcohol estaba empezando surtir efecto.

—Depende de hasta donde lo quieras llevar —la chica le dio un trago a su cerveza con plan conquistador, le salió mejor de lo que hubiera pensado. Ya estaba duro y dispuesto a llevarla al baño para perderme en ella.

No me refería a ella como amor a primera vista, me refería a Emma. Desde el momento en que la vi me quedé perdido e idiotizado. No me di cuenta de cuanto la deseaba hasta que me vi en la necesidad de perderla constantemente. La quería a mi lado. La quería de por vida. ¡Mierda! Sí que estaba jodido.

Cuarto de hora después, ya tenía a la chica de los ojos grises sobre mi regazo, besándome como una loca. Me sentía fuerte, dominante, me sentía yo. Sin mis malditas debilidades.

Pensé en Emma una vez más, en cómo sus besos me sabían diferentes, en cómo su cuerpo encajaba perfectamente con el mío. Pensé en sus gemidos, en sus gritos cuando estaba por llegar al clímax, pensé en esos ojos perdidos en los míos cuando deseaba decir algo que no podía. La deseaba a ella, no a quien sea que estuviera en mi regazo besándome. Intentando pensar en que esta mujer que me besaba era Emma, la tomé con más fuerza susurrando.

—Quédate conmigo, Emma —menuda cagada. La chica se separó, al tiempo que me llevaba las manos a la cara. Quise decirle Alison, pero las palabras me la jugaron mal. Pensando en una reacción exagerada, me desconecté, cerré los ojos esperando los gritos que nunca llegaron. La chica empezó a reír como una loca, captando mi atención en todas las formas posibles.

—Puedo ser Emma esta noche si quieres. Te ves tan jodidamente sexy con esa camisa blanca que podría tomarte aquí, justo enfrente de todas las personas.

Me ruboricé pensando que la chica exageraba. Intenté calmar mi apetito sexual con ella. Hace mucho que necesitaba hacerlo y no lo hice por pensar en Emma. Pensando en que debíamos esperar. A todas las mujeres en mi vida las he visto como armas sexuales, excepto a mi madre y a mi hermana, claro está. Pero el resto de ellas eran un diseño perfecto para tener sexo. Solo para eso. Hasta que conocí a Emma, ella era perfecta para hacer el amor. Para cuidarla y respetarla. Quería hacerla feliz, quería estar con ella. Las cosas eran demasiado complicadas para que funcionaran. Esa relación no podía ser.

Me puse de pie dejando a la chica en el mismo lugar donde me había seducido. No le pedí su número ni ninguna otra forma de contactarla. Dejé a Mike y a Dan en el bar, sin decir una palabra, caminé a la playa. Me recosté en la arena, escuchando las diminutas olas del mar romper en la orilla. Estaba perdido en todos los sentidos posibles. Un vacío en mi estómago se formó, como si fuera la única mierda que mantenía de la locura, el recordatorio que la estaba perdiendo. Por poco, me pongo a llorar. No lo hice, no era para tanto, llorar por haber perdido a la mujer que amo. Sí, me dolía como el infierno. Como si mi mundo dependiera de ese maldito sentimiento llamado amor.

—Entonces —continuó Mike, regresándome a mi realidad— ¿Salimos hoy?

—Primero cena —dije sin ninguna muestra de emoción—, luego disfrutaremos los tres de nuestra última noche en Bahamas.

Decidí avanzar con mi vida, ese sentimiento de vacío era casi imposible de llenar. No tenía opción, ninguna que me complaciera. Iba a dejar mi pasado atrás, incluso iba a dejar a Emma. No podía estar con una persona que estaba tan jodida como yo. Era una relación imposible. Ella era demasiado cerrada y yo era un gran idiota. La decisión estaba tomada. Tenía que despedirme de ella.

 

 

Emma

Estaba nerviosa por las cosas que podían pasar. Mike había pasado hace unas horas por Cam, y Dan pasó por Anna para que fueran a su apartamento, por lo que estaba sola comiéndome las uñas. Nerviosa, sabiendo que Dylan subiría a su habitación y vería la caja que dejé en su cama. Esperaba de corazón que su papá no hubiera tirado a la basura mi regalo.

Tocaron a la puerta quitando todo pensamiento malo de la cabeza. Salí corriendo teniendo la esperanza que fuera Dylan. En efecto, era él. Estaba bronceado, con una camisa de lino blanca y una pantaloneta caqui. Estaba para comérselo. Dándole una sonrisa, pensé muy en el fondo que estaba aquí por mis cartas. Me abalancé a sus brazos dejando que él me envolviera en ellos. Era como sentirse en casa.

—Emma, tenemos que hablar —dijo con un hilo de voz aguda.

Lo invité a pasar a la sala, me estaba muriendo por saber qué opinaba. Lo observé moverse incómodo por toda la habitación. Su mente divagaba como si recordara cada momento que pasamos en ese sillón. Le ofrecí algo de beber, pero se negó. Sentándose en uno de los taburetes de la cocina lo vi suspirar.

—Emma, estoy dispuesto a continuar con mi vida. Te quiero, pero me he dado cuenta de que esto no puede ser. Tú y yo no funcionamos. Estamos demasiado jodidos para estar juntos. Ni tú, ni yo, estamos dispuestos a abrirnos y contarnos las cosas.

Mi corazón cayó al suelo en ese mismo instante. Dylan me estaba dejando. Dejándome sola sin más. Estrujé mi alma sintiendo como mi mundo se derrumbaba. Estaba perdida, desolada. No estaba segura si había visto mi regalo, o si no lo había visto pero… me había abierto a él y lo único que había logrado era salir lastimada.

—¿Has entrado a tu habitación? —pregunté sin verlo a los ojos.

—No, tengo las maletas en la puerta del ático.

—Encontrarás una caja, si es que tu papá no la tiró a la basura, no la abras, olvídate de ella —dije con la voz entrecortada.

—¿Por qué? —preguntó.

—Porque no vale la pena que sepas lo que siento si ya has terminado conmigo —a la mierda con todo. Aguantando las lágrimas que amenazaban con salir. Sequé una de ellas que resbalaba por mis mejillas. Estaba destrozada y no podía negarlo.

Ahora estaba sola, sin él. ¿Por qué tuve que imaginar una vida con él? ¿Por qué tuve que entregarle mi corazón? Suspiré secando mis lágrimas. Definitivamente el amor te vuelve débil. Pero no estaba dispuesta a encerrarme, no esta vez.

—Dushy, no llores —me dijo secando mis lágrimas.

—¿Qué diablos es Dushy? ¿Acaso se lo dices a todas tus mujeres? —pregunté en un mar de lágrimas. Al menos quería saber eso.

—Nunca he llamado a nadie Dushy, mi madre solía llamarme de ese modo. Siempre me dijo que algún día encontraría a la persona con la que pasaría mi vida y seria «mi Dushy», no me di cuenta de que te lo decía hasta que Mike me lo contó.

Oh, gran revelación. Puede que si fuéramos hechos el uno para el otro. Se supone que las parejas se separan porque ya no se aman, no porque se aman con locura. Desearía que nuestras vidas fueran más sencillas y no que los dos estuviéramos jodidos hasta la mierda. Muy en el fondo era consciente de que Dylan me quería, podía sentirlo. Aun así, me estaba dejando.

—Creo que necesito un trago —dije caminando a la cocina.

—Que sean dos —susurró Dy.

Serví dos tragos bastante fuertes esperando a que dijera algo más. No podía creerlo. Me estaba terminando. ¡Me terminó antes de comenzar! Esto era una locura. Decidí no actuar como una loca. Me guardé mis sentimientos lo más profundo que pude y comencé a contarle de mí «fin de semana ficticio» contándole acerca de cómo habíamos salido a cenar con Anna y Cam. Dylan me contó acerca de su viaje a Bahamas. Incluso incluyó a una idiota que intentó meterse con él. Estaba muerta de celos hasta el momento que dijo que no hizo nada.

—No pude hacerlo. Tengo muchas cosas que sanar antes de continuar con mi vida. Además, tenía que hablar contigo.

—No tenías nada que explicarme, nunca fuimos novios.

—Lo sé —aclaró—, pero era lo correcto.

Bajé la mirada reteniendo las ganas de tirarme en sus brazos. También me guardé la ridícula idea de tirarme al piso y llorar como loca. Definitivamente no iba a hacer eso. Me parecía tan grotesca la idea de ser una niña llorona, odiaba cuando las mujeres se encerraban en su mundo, deprimidas porque sus novios las habían dejado. ¡Por favor! Yo no voy a ser de esas.

—¿Quieres ver una película? —pregunté sin darme cuenta.

Dylan se lo planteó un momento, como si quisiera negarse. Al final asintió con la cabeza dirigiéndose a la sala de estar. Me pidió un trago igual al anterior y decidí servir dos. Coloqué una bolsa de palomitas de maíz en el microondas, tomé un bowl con M&M’s de chocolate y me ubiqué a su lado. Dylan ya había escogido una película, para mi buena suerte, una cómica. Nada de romance por lo visto.

—Dylan, tienes que llamar a Barnes & Noble —dije, recordando que aún me llegaban los libros. Quizá no se acordaba de un beso por libro. Estaba segura de que Dylan había olvidado muchas de las cosas que pasaban entre nosotros.

—¿Para qué? —preguntó frunciendo el ceño. ¡Qué incómodo! Iba a tener que explicarle.

—Aún recibo tus libros —aclaré poniéndome roja.

—Te seguirán llegando por mucho tiempo. No hay nada que pueda hacer, además, los compré para ti. Lo siento.

—Tendré que trabajar muchísimo para comprar una librera —susurré muy bajo para que no lo escuchara. La vida me la estaba jugando demasiado fea. Dylan me iba a mandar libros diarios, libros que me harían pensar en él. Por primera vez, quise no tener un libro que leer con el propósito de no pensar en él.

Nos perdimos en la película, riendo y comentando como viejos amigos. Quizá ese sería nuestro destino, ser amigos. Tomando mis piernas contra mi pecho derramé tres malditas lágrimas que se me escaparon con un suspiro escandaloso. Intenté hacerme la loca, como si nada hubiera pasado. Escuché un suspiro largo de Dylan, sabía que me estaba viendo, podía sentir su mirada. Mierda, esto era demasiado. No debía llorar, no frente a él. Lo quería, en serio que sí lo quería, pero esto era demasiado.

Dylan me tiró un par de M&M’s riendo entre dientes distrayendo nuestro momento incómodo. Intenté regresarle alguno sin tener éxito. Dy soltó una carcajada pidiéndome que le lanzara un chocolatito. Con una muy mala puntería lo tiré, Dy abrió la boca capturando la bolita café. Con un grito de excitación comencé a gritar como loca aplaudiendo. Dylan hacía reverencias como si fuera el fin de un show. Eso me recordó…

—Gracias por haber ido al show —dije, poniéndome roja como un tomate. Maldito efecto McGuire.

—Fue como escuchar a los ángeles —dijo señalando el techo—. Tienes talento, Em, explótalo para volverlo un éxito, igual que tu escritura. Solo recuérdate de mí cuando seas famosa.

Cerrando los ojos unos instantes antes de romperme en lágrimas otra vez, sonreí. ¿Recordarme de él? maldita sea, quería gritarle ¡NUNCA TE VOY A OLVIDAR, IDIOTA! Eso nunca pasaría, estaba más que metido dentro de mi piel.

Tras varios comentarios de la película, terminamos platicando como los amigos que podíamos ser. No quería ser su amiga, quería que fuera mío, solo mío. Cuando John murió hace dos años, sabía que iba a costarme salir de esta etapa en la que estaba atrapada. Esa mañana perdí a ocho personas, sin contar a mis padres y varias personas a mi alrededor.

Cada vez me daba cuenta de que Dylan estaba totalmente convencido de dejarme. Había tenido que vivir con muchas despedidas en mi vida. Incluso mis padres me habían dejado sola en esto, mis amigos —excepto Cam y Anna. No había modo de recuperar a Dylan, iba a perderlo como había perdido todo en este mundo. No podía creer lo rápido que Dy tiró la toalla. Una parte de mí quería perder la esperanza, la otra me decía que luchara. Ganó la parte intermedia. Dy tenía que saber la verdad de mi problema.

Nunca pensé en querer contarle mi secreto, porque estaba tan destruida por dentro. No fue hasta que besó la cicatriz, indicando que no le importaba nada. Me quería con toda mi porquería y eso valía más que mi ego. No podía creer lo mucho que había aplazado este día.

—Dy —dije un poco indecisa aún—. Tengo algo que contarte.

 

 

Emma

Suspiré un minuto para aguantar las lágrimas. No podía llorar antes de comenzar a contar mi historia. Tomé la copa bebiendo hasta el último trago, tenía que agarrar valor para hacer esto. No siendo suficiente una copa, me empiné la botella entera.

—Poco más de dos años atrás —comencé—, tenía esta loca idea de que podía conquistar el mundo. Pensaba que el amor era la debilidad más grande que las personas tenían. Mi mejor amigo, John, creía en la misma idea. Prometimos nunca enamorarnos y el día que alguno de los dos lo hiciera, íbamos a tomar cartas en el asunto —suspiré, negando con la cabeza. Pero qué idiotas éramos.

Si John estuviera vivo ahora, lo más seguro es que me estaría dando de golpes o poniéndome borracha una y otra vez hasta que me diera cuenta de lo estúpida que me veía con esa actitud de chica corazones. ¿Qué diría John si se enterara de esta mierda? De seguro que me haría entrar en razón.

—John se enamoró de la peor persona que pudo enamorarse. De la persona que lo llevó directo a la tumba —las lágrimas tocaron mis ojos y no tuve el valor de verlo.

La mano de Dylan busco la mía para darme un leve apretón. Intentaba darme ánimos, intentaba hacerme sentir mejor. Nada, ni siquiera él, podían remediar este dolor que sentía en el pecho. Nada podía consolarme.

—Se enamoró de ti —afirmó lo que no podía decir en voz alta. Asentí con la cabeza dejando que un sollozo escapara exageradamente de mi boca.

—Llegó con un maldito ramo de claveles rojos con blanco —dije con una gran sonrisa en el rostro—, eran hermosos. Estaba atendiendo mi turno en la barra cuando pidió hablarme en privado. Me dijo lo que sentía, lo loco que estaba por estar juntos. Mi primera reacción fue tirar las flores al suelo y exigir una explicación. John no dijo nada en ese momento, solo veía sus flores. Ahora que lo pienso, quizá no veía exactamente las flores, quizá era su estúpido corazón destrozado.

No iba a contarle toda la historia. Eso sí me haría quedar como una estúpida. No solo había tirado las flores al suelo, como toda una niña de diecisiete años, las aplasté gritándole como una loca ¿Qué diablos estás haciendo? Él no podía enamorarse de mí, era mi mejor amigo. Era estúpido.

—Esa noche lo emborraché hasta perder la conciencia. Incluso fui yo la que pagó todas las bebidas. No perdí mi tiempo para acompañarlo en ese momento, lo llamé «terapia para olvidar a Emma» —las lágrimas regresaron a mis ojos—. Cam y Anna me rogaron que parara de darle de tomar, tenía que manejar a su casa de regreso. No paramos hasta que el sol comenzó a salir. Yo estaba demasiado borracha para recordarme en qué momento empecé a besarlo. Lo quería, solo no podía admitirlo.

Al diablo con contener las lágrimas. Le estaba comentando al amor de mi vida lo que sentía por un chico que quizá fue mi primer amor. Conocí a John cuando tenía seis años. Fue mi primer beso a los doce con el fin de experimentar lo que se sentía. Fuimos compañeros de fantasías, guerras de agua y cualquier porquería que a los niños se les ocurriera en esa época. Le entregué mi virginidad sabiendo que él me estaba entregando la suya. Todo era parte de un experimento, según nosotros. Nunca pensamos en parar enamorados, hasta cierto punto.

—Tranquila Emma, no tienes que contármelo si no quieres —susurró, acercándose a mí para abrazarme.

—Quiero contártelo —admití, era verdad. Necesitaba saberlo para poder avanzar. Necesitaba cerrar ese capítulo—. Él iba a ir a dejarme a casa, no medimos el riesgo. Todo el camino le fui gritando que había arruinado mi vida. Imagínate eso Dy, le reclamaba el hecho de que me quisiera. Era una estúpida.

—No, Emma, no digas que eras estúpida. No lo eres, eres perfecta.

—Dylan McGuire —dije viéndolo fijamente—. Le grité, le pegué y le metí el freno de mano para que parara, quería bajarme del carro y huir. Fue un reflejo de borracha, no quería hacerlo. El carro perdió el control por culpa de la nieve. Dimos vueltas estrellándonos con todo lo que estaba a nuestro paso. Lo único que recuerdo son los gritos, el metal contra el asfalto, el rechinido de llantas, los golpes secos y finalmente las palabras de John antes de perder la conciencia. Siempre y para siempre. No tengo ni idea a qué se refería pero —me toqué la cabeza— …quedaron grabadas aquí.

—Emma, no fue tu culpa. Fue un acci…

—¿Accidente? —negué con la cabeza—. Dylan, chocamos contra dos carros más. En uno de ellos iba una familia. La mamá, el papá, los tres hijos. Era temprano e iban al colegio ¿Quieres saber lo peor del caso?

Empecé a temblar agarrándome el estómago sabiendo que no podía continuar, esta era la peor parte de todas. Odiaba las imágenes en mi cabeza, odiaba tener que recordarlo todo. Lo odiaba como loca. ¿En qué diablos estaba pensando? Por qué no simplemente acepté que me quería. Esto era demasiado para mis recuerdos. Las fotos de las familias, de los niños. Las fotos que la gente me mandaba a casa reclamándome la pérdida de sus seres queridos. Todo ese trauma fue terrible.

—Emma, déjalo allí. No recuerdes cosas que te afectan. Piensa en cosas lindas.

Intentó calmarme, fracasando en el intento.

—¡Cállate, Dy! Necesito que lo sepas. ¡Maldita sea! Lo necesito.

—Está bien —me susurró, tomándome en brazos— ¿Qué fue lo peor?

—En el momento en que desperté. Vi todo. Los carros totalmente destruidos. La sangre pintando la pequeña capa de nieve. La familia completamente inmóvil con el carro aplastado contra un árbol. Lo peor fue ver el cuerpo de John desfigurado con uno de los metales atravesando su pecho.

Limpié las lágrimas intentando, con todas mis fuerzas, poder terminar la historia. Estaba tan arrepentida de haberle dado a John de tomar, normalmente, estaba sobrio, siempre cuidándome. Ese día decidió perder la conciencia porque yo se lo dije. Porque yo lo había rechazado. El amor era una maldita debilidad que lo llevó directo a la tumba.

—Sobrevivió uno de los hijos y yo —cerré los ojos—. No lo merecía, debí haber muerto junto a todas esas personas. Fue horrible ver todas las noticias en las que culpaban a John cuando yo era la culpable, todo era mi culpa. Intentaron acusarme por ley pero… por alguna razón, que aún no entiendo, no me encerraron en la cárcel como debió haber sido.

Las lágrimas no dejaban de salir. Estaba devastada, dolida. Esto era todo, ya sabía mi gran secreto. Ahora corría el riesgo de alejarlo, de perderlo. ¿Quién quiere estar con una asesina? Iba a perderlo, podía sentirlo en el ambiente. Dylan tenía las mangas de su camisa enrollada, mostrando sus increíbles tatuajes en su brazo derecho. Sus ojos estaban perdidos en el suelo, como si asimilara mis palabras.

Tapé mis oídos para amortiguar los gritos que surgían en mi cabeza, el aroma a sangre, gasolina. Los chasquidos del fuego, los neumáticos rechinando contra el asfalto húmedo. Cerré los ojos con más fuerza sintiendo la convulsión en mi cuerpo. Estaba perdiendo el control. Dylan me sostuvo con más fuerza cantando una canción que en un principio no definía, seguí absorta, perdida en mis pensamientos. La sangre ¡Dios, la sangre! Los gritos, las ambulancias.

Poco a poco la voz de Dylan me trajo de vuelta, aún no reconocía la canción. Lo único que distinguía era el sonido de mi respiración acelerada. Tomándome de las caderas, Dylan me sentó sobre su regazo dándome la vuelta para poder verlo, dejando que su voz me tranquilizara. Sus ojos me observaban con tanta intensidad que no tardé en perderme en ellos captando cada palabra de la canción. Me recordó a la época en la que fuimos felices, a la primera vez que me animé a cantarle. Try de Nelly Furtado. Comencé a cantar secándome las lágrimas, olvidándome del dolor que provocaba mi pasado. Era una pésima persona.

En cada fragmento de la canción, la voz desafinada de Dylan y mi acelerado corazón me llenaron de inmediato. Sonreí al tiempo que mi voz iba encontrando cada nota, cada acorde de la letra. Esto era lo que necesitaba. La música me traía de regreso de ese lugar que odiaba. Dylan lo había entendido muy bien. Este era mi presente y mi futuro.

—Ya está, Dushy ¿más tranquila?

Asentí con la cabeza, pensando en sus palabras. Dushy. Ahora esa palabra tenía un golpe fuerte para mis sentimientos. Seguía usándola a pesar de que me había mandado a la mierda unas horas atrás. ¡Dios mío! Quiero ser su Dushy por siempre ¿Qué tan difícil puede ser eso?

Me removí entre sus brazos al recordar que hace dos meses que no teníamos contacto físico. Lo recordé desnudo moviéndose de arriba abajo, llenándome de vida y susurrando mi nombre una y otra vez entre jadeos. No quería verlo con nadie más. Quería que fuera solo mío. La lujuria se apoderaba de mi ser, viendo esos ojos grises que tanto amaba. Ese hombre era mi sueño erótico de cada noche.

—¿Sientes asco ahora? —pregunté viéndolo directo a los ojos.

—No, Dushy, no siento asco ni nada por el estilo. Ahora entiendo muchas cosas que antes no comprendía. Todos lo sabían, menos yo… ¿Por qué? —preguntó sin verme a los ojos.

—Mis padres me dejaron de hablar cuando supieron la historia completa. Me echaron de casa diciendo que no podían vivir con alguien como yo, una asesina. Mi madre repetía una y otra vez que iría directo al infierno.

—Es una ventaja que no sea tan devoto a la iglesia, de ese modo podemos parar los dos en el infierno —negué con la cabeza observándolo sonreír.

—Perdí a mis padres y no quería perderte a ti. Eso es todo.

—Yo también perdí a mis padres, Em. Mi madre murió bajo mis cuidados, le rogué que se quedara y no me abandonara tan temprano pero finalmente el cáncer pudo más que ella.

Los ojos se me llenaron de lágrimas al ver el dolor que reflejaba en ellos, esto era más que una tortura. Lo abracé con fuerza para retener sus lágrimas y las mías, para darnos consuelo. Los dos éramos almas partidas en pedazos. Estábamos quebrados por dentro. Acomodándome en su regazo limpié dos lágrimas que resbalaron por sus mejillas.

—No fue tu culpa, Dy. Estaba enferma.

—Sí, es verdad. Pero yo dejé de darle las medicinas. Ella me pidió que parara, que no siguiera. Estaba cansada —un sollozo salió de lo más profundo de su pecho—. Una parte de mí me culpa por su muerte como tú te culpas del accidente. Pero si algo aprendí de estas terapias de mierda, es que solo obedecimos órdenes. Joshua te pidió alcohol, tú se lo diste. Mamá me pidió parar el tratamiento y eso fue lo que hice. No es nuestra culpa, Em. Nosotros pagamos por cargar la culpa de esas muertes, pero tenemos que seguir adelante.

No pude evitar sentirme totalmente perdida ante sus palabras. Negué con la cabeza repasando cada una de las frases dichas, algo no encajaba en todo lo que había dicho. Me tomó menos de lo esperado en darme cuenta de su error. No podía creerlo. Dylan era un idiota cuando se lo proponía.

—¿Quién diablos es Joshua? —pregunté, tapándome la boca para no soltar una carcajada escandalosa.

—Bueno, tu amigo. Muerto o no, no puedo evitar sentir celos. No estoy de humor para recordar su nombre. Fue tu primer amor. ¡Mierda, Em! Aunque sepamos que este es el final, no puedo evitar sentirme conectado a ti. No puedo evitar sentirme de este modo contigo.

—Lo que siento por ti es mucho más intenso —afirmé para calmarlo. Me acerqué a su cuerpo sobando su cabello. Sintiendo como su erección crecía debajo de mis piernas. ¡Hombres! Ni en los momentos más serios pueden guardar esa cosa en su lugar. Me removí para provocarlo aún más. Una mujer tiene sus necesidades también. Con un movimiento calculado se puso de pie llevándome en brazos. Mi boca encontró el camino a la suya perdiéndome completamente en su beso.

La puerta principal se abrió de golpe. Sin dejarme en el suelo, los dos giramos para ver a Anna y Dan. Iban tomados de la mano. Dylan se encogió de hombros retomando la marcha a mi habitación. Cerrando la puerta de un golpe, me depositó en la cama. Sin dejar de besarlo, quité su camisa, dejando que sus dedos buscaran el broche de mi sujetador.

Sus dedos levantaron el elástico del pijama que tenía puesto. Con una habilidad impresionante, Dylan metió su mano hasta llegar a la parte húmeda. Su respiración estaba acelerada y sus labios no dejaban los míos. Sus besos eran hipnóticos, el sabor frío de lo que tomamos hace un rato, que aún permanecía en su boca, me tenía absorta. Desabrochando su pantalón, metí la mano para buscar su erección. No era como si tuviera que buscar mucho. La pequeña estaba encerrada en ese calzoncillo pegado. Liberándola por completo, empecé a bajar y a subir la mano. Sacando un condón, Dylan se preparó como tanto le gustaba.

—¡Mierda, Dushy! —dijo, moviendo su cadera para sentir la presión de mis manos en su erección. Ayudándolo a quitarme las bragas azules que tenía puestas, me acomodé mejor en mi cama, dejando que Dylan se acomodara dentro de mis piernas. Con un solo golpe, ya me había penetrado, dejándome con un grito ahogado en la garganta. Mierda, esto se sentía tan bien.

—¡Dios, Dy! —grité—. No pares. Por favor, no pares. Lo necesito más fuerte.

Jadeando, pegados frente con frente, empecé a sobar su espalda. Nos tomaría unos segundos recuperarnos de tan intenso orgasmo. Extrañaba esa sensación, esa de tenerlo cerca de mí. Me gustaría decir que los cuentos de hadas existen y que todas las historias de amor terminan en un final feliz. Nuestra historia aún no tiene un final feliz.

Después de pasar toda la noche expresando nuestro amor, nos sentamos a platicar acerca de la vida. Dylan aún tenía secretos que contar, podía verlo en su mirada. Después de discutirlo por horas, nos dimos cuenta de que teníamos cosas muy profundas que trabajar. Su culpa no nos dejaría avanzar, al igual que mi mentalidad del Karma nos mantendría en constantes peleas. Besando sus labios nos despedimos con la promesa de regresar cuando estuviéramos listos. Esta vez no estábamos rotos, estábamos decididos a componer nuestras cosas para estar juntos.

Ya saben, no todas las historias terminan como las de Disney y vivieron felices para siempre, no todas las personas son perfectas como las pintan en las películas. Todos tenemos un pasado oscuro y necesario saber cómo combatirlo para salir adelante.

 

 

Dylan

Un año había pasado desde la última vez que estuve con Emma. Lo peor era cruzarme con ella todas las mañanas. Si no era en la universidad o en el Trent. Decidí cambiarme de casa. No soportaba estar en un lugar que me traía esos recuerdos que mataban mi mente. Estaba seguro de que era duro para los dos, aun así, lo habíamos aceptado mediante los mejores obstáculos que nos habíamos puestos. Nuestras vidas siguieron avanzando con pequeños saludos y sonrisas siendo totalmente ajenos a nuestros sentimientos. Recordé la plática de papá cuando guardé la caja que estaba encima de mi cama.

—¿No vas a abrirla? —preguntó viendo la caja.

—Ella pidió que no lo hiciera —dije, guardándola en el armario. Moría de ganas por saber qué había adentro, pero no quería romper mi promesa.

—Te quiere —papá se sentó en la orilla de la cama—. Tuvo el valor de venir y reñir a tu padre sin conocerme. Tiene agallas y eso me gusta de ella. Mira hijo, no sé por qué has terminado con ella, es obvio que le amas pero…

—Necesito ayuda, papá —dije, antes de que terminara.

—Hijo, dime cuánto necesitas. Sabes que por dinero no tienes que preocuparte.

Negué con la cabeza, sintiendo el vacío en mi pecho. Nunca le había confesado a papá las locuras que había intentado hacer. Él creía que eran simples ataques de ansiedad. Nunca le conté lo profundo de mis problemas. Mi vida era una locura y él había contribuido a eso. Era hora de aclarar las cosas. Necesitaba que supiera cómo me sentía, lo que me afectaba. Si quería estar con Emma debía trabajar por ella.

—No quiero dinero, necesito a mi padre. Eso es lo único que quiero.

Después de contarle la depravada mente que tenía su hijo, papá usó su dinero para ayudarme con mis problemas psicológicos. También intentamos pasar mucho tiempo juntos, como padre e hijo. Mi vida había estado teniendo un mejor rumbo.

Cumpliendo mi promesa de sanar mi mierda, seguí adelante, sabiendo que Emma hacia lo mismo. Quería arrancarme el pelo cuando la veía con su nuevo amiguito Logan, o Logi, Lui, Lumier, LuiTonto, o como sea que se llame ese cretino. Maldito arrogante, lo odiaba desde lo más profundo. Sabía que Emma era feliz con él, no estaban saliendo —según Cam— pero pasaban mucho tiempo juntos y eso era detestable.

Como era de esperarse, no iba a pasar seis meses en abstinencia total. Al igual que Emma, yo también había tenido un par de aventuras con unas chicas del momento. La mayoría de ellas extranjeras. De ese modo no tendría que volver a verlas. Pero dos meses atrás decidí parar. No me sentía lleno en lo más mínimo. La necesitaba a ella. Regresé al método de la masturbación en la ducha. ¡Qué mierda! Necesitaba que ella se apurara con todos sus malditos problemas, esta abstinencia de mierda iba a reventar mi parte masculina. Necesitaba tenerla.

Fui al Trent, después de tres meses de no haber pisado ni siquiera la entrada. Extrañaba al viejo Kyle. Hace cuatro meses que no trabaja más. Estaba feliz de que se hubiera jubilado, pero el nuevo era un idiota. Pulsé el botón para subir a ver a papá. Sea lo que sea que Emma le dijo funcionó. Nuestra relación había mejorado de una manera increíble.

Derek vendría en unos días para anunciar formalmente su compromiso con Barbie. Pasamos un tiempo en Cambridge. El propósito era que las dos familias se conocieran, fue un momento agradable, pero no para exagerar. No podía creer que mi hermano iba a casarse en tres meses. Sabía que Emma iría a la boda. Es irónico como suena, Key se casaría en la playa de Lover´s Key. No dejaba de reír cuando lo contó. Claro que me sacó la madre completamente.

Escuchando la música de mi IPod, me perdí en la voz de Emma. Su grupo The Celts, había sacado un CD con canciones bien maricas. La canción que Emma me cantó el día de su recital hace un año sonaba en repetición casi todos los días. Cuando tenían presentación, me escondía en los asientos traseros para escucharla cantar. Era la pura voz de los ángeles. Odiaba tener que no poder ser el chico que le gritara y la alabara. Era el idiota que se escondía donde ella no lo viera.

Las puertas se abrieron, levantando la vista me quedé petrificado ¡Mierda! Era Emma. Dando un paso para atrás para permitir que bajara antes que las puertas se cerraran, no me importó no subir. Me quité el auricular estupefacto. Estaba radiante con sus shorts azul claro y un top blanco. Tenía una toalla en la mano y un pequeño maletín. Vi que tenía un libro en las manos y sonreí sabiendo que era uno de los 365 que le habían llegado.

—Hola —susurró, poniéndose roja—. Tiempo sin verte.

—Lo mismo digo. Te ves… bonita —dije con los nervios de punta. Estaba nervioso. Se había cambiado el corte de cabello, le agregó unas mechas claras y se adelgazó un poco más de lo que estaba. Por lo visto estaba muy metida en el gimnasio ya que su abdomen se marcaba a pesar de la delgada tela blanca. Ese cuerpo que tenía ahora me hacía fantasear aún más. La vida no era nada justa, yo seguía igual que siempre.

—¡Qué va! Tengo tres días de no dormir, nerviosa por el lanzamiento del libro.

Abrí mucho los ojos recordando la conversación de Mike de hace unos meses. «Le van a publicar su libro por parte de la editorial universitaria» sonreí de felicidad sabiendo que estaba cumpliendo sus sueños. La tomé de la mano para jalarla a mis brazos. Estaba orgulloso de ella.

—Cuando seas famosa, no me olvides —susurré las mismas palabras que hace un año.

—Tampoco tú, me contaron acerca de la llamada de los Giants, felicidades. ¿Te irás?

Casi olvido ese detalle. La vida de verdad nunca nos jugaba las cosas a nuestro favor. Dos meses atrás, había negociado una carrera con los Giants, sería una plaza multimillonaria. Papá, Mike, Key y todos, no cabían de la felicidad cuando la llamada llegó. Viajé a Nueva York para acordar el reglamento y poner mis requisitos. El primero era terminar la universidad. No quería ser de esos jugadores que no tenían un título.

—Terminaré el último año que me queda antes de irme —dije sonriendo un poco, esperando su reacción.

—¡Felicidades! Estoy muy orgullosa de ti —su celular comenzó a sonar. Con una sonrisita apenada cogió el celular. Se puso a platicar, solo Dios sabe con quién. La palabra «cariño» me advirtió que hablaba con alguien importante. Crucé los dedos para que no fuera el idiota con el que se la pasaba todo el tiempo. No estaba para escucharla hablar con él. La vi hablar animada, feliz, tranquila. Suspiré aliviado al ver que era feliz, con nuevo hombre o no, era feliz.

—Te invito a tomar un café —dije, cuando finalmente colgó el teléfono. La vi sonreír como me mataba.

—¿Pasas por mí a las seis? —preguntó viendo su reloj de mano.

Asentí con la cabeza emocionado, no podía aguantar más. Después de darle un largo beso en la mejilla. Me monté en el elevador y subí corriendo a mi habitación. Saqué la caja en la que aún se leía «Para el amor de mi vida» Dios mío, que idiota había sido. Guardé esta maldita caja todo este tiempo y no la había abierto. Le quité la cinta adhesiva que tapaba la caja.

Lo primero que saqué fue una rosa roja seca. Suponía que en un principio estaba viva. Le siguió un cuadro con una foto nuestra besándonos en el deck. La foto era demasiado linda, con la iluminación perfecta. Un pequeño Post-it encima de la fotografía decía «Para que pienses en mí antes de dormir» con una sonrisa en el rostro, coloqué el marco junto a las demás fotos de ella. Me la llevaría a mi apartamento mañana por la noche. Sacando lo siguiente de la caja me detuve en seco, era una cajita de condones. No pude evitar soltar una carcajada escandalosa ¿condones? Emma era única de muchas formas. Tomé el papelito leyendo sus palabras «Porque te deseo en todos los sentidos posibles».

Estaba por sacar el siguiente artículo cuando mi teléfono comenzó a sonar, era Mike. Había tenido un problema con Cam. Últimamente esos dos se la pasaban peleando, era desgastante incluso verlo. Lo malo es que cuando pasaba, sabía que Mike me necesitaba. Tomando un fuerte suspiro, metí la caja de condones en la caja grande llena de cositas. Con un suspiro largo, dejé la caja una vez más encerrada en su lugar. Mi amigo me necesitaba.

Saliendo del Trent, manejé mi deportivo para llegar a la casa de Mike. La noche se extendía en todo mi alrededor provocándome un vacío eterno. Haberla visto había sido revelador, pero como ya se sabe, hace mucho que me siento vacío. Me he dado tiempo para sanar mi vida y ha funcionado. Incluso la relación con mi padre es mucho mejor. Uno no puede pretender estar con alguien, amarla y apreciarla si no se está bien sentimentalmente.

Revisé las pequeñas cicatrices en mi brazo. Apenas si eran visibles pero me recordaban una época oscura que no quería recordar. Acelerando el automóvil, me perdí en la carretera camino a la casa de la persona que siempre estuvo para mí.

 

 

Dylan McGuire:

 

Estuve pensando en el día que te conocí. Fue un día bastante interesante. Tenía años, quizá toda mi vida de no sentirme celosa. Los recuerdos de Chris besándote son insoportables. Pero a pesar de ese mal trago —y no me refiero al negroni con cherry— me la pasé increíble. Me sentía llena, ansiosa y feliz. Por primera vez en dos años, me sentía atractiva, estable, con ganas de seducirte. Lamentablemente no funcionó. No pude lograr mi objetivo final. Lo único bueno de ese pequeño incidente fue que tus ganas de estar conmigo no disminuyeron, al contrario, aumentaron.

Me encantó levantarme con varios mensajes exigentes tuyos, exigiendo una explicación de por qué escapé. No podía contarte en ese momento que estaba desesperada por tu atención. Que estaba celosa. Yo no soy celosa, nunca lo he sido. Pero tampoco nunca me he enamorado.

Recuerdo ese momento en que no pude decirte que subía, que murmuré un ¡WOW! En lugar de sonrojarte te echaste a reír como un loco. Mi querido Dylan, te quiero como nunca he querido a alguien. Quizá no tenga familia, no una que me quiera, al menos. Pero si logramos sobrepasar todo esto, estoy dispuesta a luchar por formar una vida junto a ti. No entiendo por qué, Dy, pero estoy dispuesta a luchar por estar junto a ti. Estoy convencida de que nuestro futuro es juntos.

Recuerda sonreír siempre, mi amor. No sabes cuánto me enamora tu sonrisa.

Siempre tuya,

Emma.

 

 

Dylan

Cerré el manuscrito siguiendo sus indicaciones. Emma me había pedido que leyera una carta por día. Según ella explicaba, era para ayudarnos a trabajar en esta relación. Mierda, ¿Por qué no leí antes toda esta porquería? Todo sería mucho más sencillo. Con toda mi fuerza de voluntad de querer leer más, cerré el cuaderno indeciso si seguir leyendo o no. Realmente estaba en el borde de la locura.

Me había escrito lo que sentía, todo este tiempo había estado en mis manos el poder de saber lo que pensaba y no lo vi. Eso sí era estupidez. Me culpé tanto por hacerle caso. A todo esto ¿Desde cuándo hago caso? Qué estupidez.

Revisando las minicositas que traía la caja saque un CD de Imagine Dragons. Sonreí al ver que hace un año era nuevo, ahora ya no. Lo había comprado en iTunes, por lo que ya tenía las canciones. Con una sonrisa lo guardé en mi mesa de noche, junto a muchas cosas especiales. Lo siguiente que saqué era una camisa con la frase «mi chica es tan imperfecta como las chicas en los libros», sonreí sabiendo que para ella significaba mucho más que para mí, era su manera de decirme que era perfectamente imperfecta. Amé la camisa en ese mismo instante. Me hizo pensar en su bolsa que llevaba a todos lados.

Rebusqué más en la caja ya casi vacía. Saqué unos papeles, eran fotocopias de un periódico antiguo. En ellos estaba la noticia del accidente de Emma. Lo leí con cuidado, viendo cómo la culpaban por el accidente. Incluso sus padres salían en las noticias diciendo que su hija era una vergüenza. Sentí lastima, ningún padre debería decir esas cosas de su propia hija. El otro papel que sostenía era su informe médico, no entendí ni una mierda de lo que decía, por lo que pasé al siguiente, su informe psicológico. Omitiendo los tecnicismos —que tampoco entendía— vi que psicológicamente estaba bien jodida. Tenía que verla. No solo por esa carta, sino por la necesidad de abrazarla y demostrarle lo mucho que valía como persona. Era una gran chica, tenía que saberlo.

En sus cartas, Emma me había dejado ciertas indicaciones. Por un minuto pensé en mandar al diablo sus indicaciones y empezar a leer como loco las cartas. Decidí que era demasiado impulsivo arruinar lo que tanto había hecho. Era obvio que le había puesto su dedicación y amor. Me lo pensé un momento más. Realmente iba a hacer lo que decía, no podía creerlo. Normalmente, hubiera hecho lo que a mí se me diera la gana. Esta vez no, jugaría su juego.

Bajé corriendo al apartamento. Moviéndome de lado a lado en el elevador, recordé las tantas veces que la besé en este lugar, incluso recordé su carta y el momento en que la conocí. Ese día cambió mi vida, lo peor es que ni me di cuenta.

«Primer paso, lee la carta uno. Luego búscame y cuéntame lo que sentiste la primera vez que me viste. No digas nada más. No hay necesidad, yo sabré lo que estás haciendo. Déjame con la curiosidad si querías decir más».

Eso era exacto lo que iba a hacer. Toqué la puerta bastante alterado y excitado por verla. Para mi maldita sorpresa, Lui o como se llame el idiota, abrió la puerta. Me quedé en estado de shock, intentando reaccionar.

—¿Buscas a alguien? —como si no fuera obvio.

—Es obvio que no te busco a ti, ya que esta no es tu casa —lo fulminé con la mirada—. Necesito hablar con Emma.

—¡Cariño, te buscan! —¿Cariño? ¿Qué cariño? No podía llamarla así, no en mi presencia. Un vacío se formó en la boca de mi estómago sintiéndose como una caída libre. ¿Qué diablos era todo esto?

Emma salió de su habitación roja como un tomate. Quise ignorar la idea de lo que estaba haciendo dentro de su habitación. Estaba despeinada y sudorosa. Mis pensamientos viajaron a lugares que no pensé. No quería ni pensarlo. No podían haberse acostado. ¡Santa mierda, no!

—¡Dy! —dijo sorprendida—. No sabía que vendrías, lo siento me hubiera… amm, arreglado un poco más.

—No, olvídalo —estaba a unos segundos de darme la vuelta e irme cuando recordé su carta. No podía perderla—. Emma, la primera vez que te vi me quedé como un imbécil. Te veías hermosa con tu cabello despeinado, las chapitas rojas de correr, tu cara de sorpresa al verme en traje de baño y lo más importante, tu cara de tener un secreto tan profundo que te hacía linda e inocente. Pensé en una aventura de minutos de tención sexual, pensé en las distintas posiciones en las que te podía poner. Solo eso quería hasta que te tuve sola en el deck, ahí entendí que si me acostaba contigo sería el fin y no estaba dispuesto a dejarte marchar. No aún. Ni siquiera ahora estoy dispuesto a dejarte.

Respiré lo más profundo que pude, controlando mi corazón. Vi los ojos de Emma empañarse de manera exagerada, el idiota a la par la veía con el ceño fruncido. Su expresión era molesta, pero no me importó. Nada me importaba más que la mujer que tenía enfrente. Intentando con todas mis fuerzas obedecer lo que Emma pidió en esa carta di media vuelta para alejarme, pero el maldito impulso me hizo dar media vuelta una vez más.

—Y tú —dije señalándolo—, mantén las manos lejos de mi mujer, idiota.

Dicho esto, podía irme tranquilo. Pulsé el botón sin dar la vuelta. Escuché los sollozos de Emma. Quería correr a abrazarla y consolar sus lágrimas. Besarla en los labios y prometerle amor eterno. Pero no lo haría, seguiría sus indicaciones.

A la mañana siguiente quería, desesperadamente, destapar ese maldito libro y leer sus palabras. No lo hice, ya iba tarde a la maldita universidad. Tomé el deportivo derrapándolo en el parqueo usual, que me dejaba apartado el consejo estudiantil. Me gustaba el respeto que me daban por ser popular. Podía aprovechar eso de manera muy convencional. Corrí a la primera clase, llegando tarde —como era de esperarse—, tampoco era gran cosa, como si me importara. La verdad es que me daba igual.

Como de costumbre, la profesora me lanzó una mirada de muerte. Sentándome junto a Mike, saqué mi típico cuaderno y comencé a trazar óvalos como si estuviera haciendo planas de párvulos. No podía creer lo que había hecho ayer, mucho menos podía creer no haber tenido el tiempo de leer la carta, eso era como diez veces peor.

No sabía qué juego es el que había pensado Emma, pero me gustaba. Me encantaba y moría por seguir las pistas. Me siento como detective siguiendo un puto caso, como esos que salen en la televisión. Estoy seguro de que se ha de imaginar que ya leí la carta. Hice exactamente lo que me pidió que hiciera. Lo que lo hace más interesante, es que la niña no pensó que un año después de haberlas escrito las empezaría a leer. Según ella, esas cartas estaban en la basura hace 365 días. Pero no, las tengo en mi poder y pienso seguir las indicaciones.

Saliendo de clases vi a Chris menear el culo por todo el pasillo. Se acercó jugando con su labio, como si pudiera seducirme. Pasando de largo la dejé parada en el mismo lugar que siempre. Chris no había vuelto a ser un desliz en mi vida. No podía ser ese desliz.

Sabía que Emma la odiaba por lo que decidí alejarla. A la chica no le había causado ninguna gracia. Al contrario, le había enojado como el demonio que le dijera que ya no me llamaba la atención. Mike tenía esta teoría que si dejabas a una mujer con las ganas, te seguía hasta conseguir quitárselas. Bueno, la querida Chris tenía ya un año rogando.

—¿Vas a ignorarme? —dijo, cuando la pasé de largo.

—¿Y tú sos? —pregunté, meneando la cabeza sarcásticamente.

—Eres un idiota, sabes quién soy.

—Ah, sí, claro. Me tengo que ir. Te veo luego.

Dejándola una vez más parada donde siempre, la escuché insultarme, como era de esperarse. Intenté pasar mi día en modo automático pensando en la siguiente carta. La necesitaba con urgencia. Era la mejor manera de comunicarme con ella. Pasé de largo al verla en la cafetería. No podía verla ni hablarle, no hasta que supiera cuál era el siguiente paso. Sentí su mirada penetrante en mi espalda. Fue casi insoportable, tanto que decidí mejor irme de ese lugar. Esto se estaba volviendo toda una odisea. Iba a disfrutármelo, de eso no había duda. Pasé junto a su mesa, lanzándole una mirada de muerte al idiota que se sentaba a la par de ella. Ese idiota se estaba volviendo un obstáculo en todo esto.

 

 

Emma

Me dispuse a ordenar un poco mi habitación. Hace mucho que no arreglo mi librera. No podía creerlo. A pesar de que Dylan y yo no estábamos juntos, se encargó de mandarme un libro diario durante un año y, encima, en las vacaciones de medio año me cambió el diseño de mi habitación a una librería antigua. Era tan increíble que no quería salir de él. Recuerdo tan bien ese día.

Regresamos a casa con más maletas que las que habíamos llevado. Anna y Cam, como era costumbre, se compraron media Virginia. Hice un intento por ver a mamá y a papá, pero se negaron a recibirme. Aún me culpaban de mi accidente y no iba a decirles lo contrario. Su hija era su mayor decepción. Mike y Dan habían venido con nosotros al viaje unos días, fuimos a dar un paseo increíble a Nashville gracias a que Cam moría por conocerlo.

Para su cumpleaños, el siete de julio, no dudé en mandarle un mensaje a Dylan. Tenía tanto de no hablarle que la necesidad era demasiada.

Yo: ¡Feliz Cumpleañoooos, Dushy!

Dylan: Sería feliz si te tuviera aquí. La familia de Barbie es idéntica a ella. Me siento en Barbielandia, no sabes lo horrible que es esto. Pásala bien, Dushy.

Su mensaje me causó tanta gracia y al mismo tiempo tanta melancolía. Era el primer mensaje largo que mandaba en meses. Aprovechando la oportunidad le contesté.

Yo: Disfruta de Barbielandia, estoy segura le agarrarás cariño.

Dylan: Solo me gustan las Kelly´s, para tu información.

Solté una carcajada, sabiendo que Kathy le había contado a Dylan acerca de nuestros apodos. Como sea, ese día platicamos una hora entera. Pensé que las cosas mejoraban entre nosotros. Incluso, al momento de regresar y ver mi habitación casi me voy de culo.

Tenía sillones cómodos para leer, la librera repleta de libros con espacio para los que iría sumando, era toda una reliquia. Había un escritorio de caoba, al estilo inglés antiguo. Para poder llegar a la parte alta de las libreras, había escaleras corredizas y una cerca del escritorio en forma de caracol en miniatura. Una pequeña mezzanina en miniatura, ahí arriba estaba mi cama, tenía que subir las miniescaleras de caracol. Era todo un sueño. Ese día fui a buscar a Dylan para agradecerle, pero estaba en Nueva York, firmando con los Giants. Sinceramente, creo que parte fue el destino que nos alejó. De haber sido ese día, me hubiera tirado a llorar a sus pies.

 

 

Observé mi plato a medio comer, realmente acordarme de Dylan me quitaba el apetito. No sé cómo al estar con él el hambre me crecía pero sin él desaparecía. Era algo positivo porque no subía de peso, pero negativo porque había dejado de disfrutar la comida como antes.

—Creo que tienes que aclararle nuestra relación a Dylan —dijo Logan, poniéndose de pie—. De paso, puedes decirle mi nombre, incluso en clase de estadística me llamó Lansinfer, está empezando a ser molesto.

—Lo siento, él tiende a hacer eso. ¿Irás hoy a la fiesta de Mikaela? —pregunté, tirando mi bandeja de comida.

—No vas a ir sin mí, cariño, no te lo permitiría y lo sabes muy bien —dándome un beso en la mejilla, Logan desapareció de mi campo de visión.

Guardándome todas las emociones, decidí avanzar por los pasillos sin ningún rumbo. Tenía demasiado qué pensar. Ayer, cuando llegó Dylan al apartamento me encontró en infraganti. Nunca pensé que fuera a llegar después del plantón que me dio. Estábamos distrayéndonos con ese nuevo jueguito de bailar que tanto le gusta a Logan, ni idea del nombre.

Bailamos, cantamos y sudamos como cerdos. Sinceramente nunca me esperé verlo parado en mi puerta. Tenía que aclararle mi relación con Logan, pero no sabía si era correcto decirlo tan rápido. No sabía cómo podía reaccionar.

Pensé en sus palabras recapitulando mis cartas, era obvio que las había leído. Después de dos semanas esperando a que hiciera algo que me indicara que estaba siguiendo mis indicaciones, caí en la cuenta que quizá sí había tirado la caja. No recordaba las cosas que le había pedido, no recordaba los pasos. Nunca pensé en sacar una copia de las cartas, sabía que estaban guardadas en el drive, pero no quería abrirlas, y lastimarme leyendo cómo había entregado mi corazón de la peor manera.

Él no me había correspondido ese amor y eso era demasiado que asimilar. Cam decía que él me correspondía más de lo que me imaginaba, solo que no sabía expresar sus sentimientos. Lo único que me quedaba claro era que la estúpida idea estar separados nos servía a los dos. Habíamos madurado demasiado en este último año.

 

Estaba sentada en la cama de Cam, viendo perdida cómo se colocaba un vestido tras otro. La verdad es que todos se le veían estupendos pero ese, en particular, estaba grandioso. Era de color amarillo con negro. Floja la falda, y tallado el pecho. Se había colocado unos tacones de plataforma y su bolso a juego. Se le veían los nervios hasta más no poder. Hoy conocería a los padres de Mike, pensé que lo harían meses atrás, pero los dos se lo tomaron con mucha calma.

No había sido como Anna y Dan, a los dos meses ya estaban casi comprometidos planeando una boda. ¡Dios mío, boda! casi olvido el detalle de la boda de Derek. Mañana en la tarde tengo que ir con la diseñadora que va a hacer mi vestido. El diseño que escogió Kathy es carísimo, intenté tranquilizarla con el plan «voy a ahorrar para ser tu dama», claro que Derek se negó y lo pagó él.

Nunca había tenido relación con Dany, la hermana McGuire, mucho menos con Tamara, la hermana menor de Kathy. Hasta el momento Dylan no estaba informado que sería dama y deseaba que no lo supiera hasta ese momento. Habían escogido una playa divina llamada Lover’s Key. Derek me contó de la manera en que Dylan reaccionó al enterarse del nombre de la playa. Fue muy gracioso escucharlo.

Tomé el cuaderno con las tareas por hacer, marcando los números que correspondían, hice las llamadas respectivas. Los arreglos, las invitaciones, el padre, los recuerditos… bueno, mi parte estaba hecha. Esperaba que Dany y Tamara hubieran hecho la de ellas. No quería que Kathy se estresara. Decidí que era mejor corroborar. Era su día, merecía lo mejor.

—¡Emma! —gritó como una loca—. ¡Felicidades por tu libro!

Al parecer, Derek no perdió el tiempo en contarle la noticia. Después de agradecerle y darle los detalles del lanzamiento. Me embarqué en contarle los detalles de mis tareas. Le comenté de la reunión con los padrinos y el padre, le conté acerca de la repartición de invitaciones, las cuales ya estaban en el correo. Por último, le pregunté acerca de las tareas de las otras dos. No quería ni siquiera preguntarle pensando en que si no habían hecho nada me tocaría a mí.

—¿Has hablado con Dylan? —preguntó pensativa.

—No exactamente. Quedamos en salir, pero luego me dejó por Mike.

No le había creído del problema entre Cam y Mike. Pero ese día más tarde, Cam había llegado molesta, gritándole a todo el mundo, incluida la pared. Ahí entendí que no me había dejado plantada. Me había dicho la verdad acerca de su salida con Mike.

—Emma, quería agradecerte por los detalles que me has ayudado a coordinar. Sabes lo mucho que significan para mí. En la repartición de parejas, sabes que está Mike, Leonardo, mi hermano y Dylan como caballeros. Quería preguntarte ¿a la par de quien de todos quieres ir?

¿A la par de qué? Me quedé en silencio asimilando sus palabras ¿Acaso íbamos a entrar en parejas? Solo la idea hizo que me ruborizara. No conocía a Leonardo, el compañero de universidad de Key, ni al famoso hermano del que tanto hablaban. Dylan estaba en mis límites infranqueables, así que quedaba Mike. De ese modo, Cam no sentiría celos.

—Mike —dije en un susurro. Realmente quería gritarle ¡A Dylan, idiota! Solo con él caminaría hasta el altar. Pero no, no podía ponernos en esa situación tan incómoda.

—Deseaba que dijeras a Dylan —dijo suspirando—. No puedo creer que los dos sigan locos el uno por el otro y aún así eviten verse, hablarse o, peor aún, ¡estar juntos! Esto es peor que una tortura china, querida.

—Es el destino, querida —dije, burlándome de ella.

Después de colgar el teléfono escuché que alguien golpear la puerta con desesperación. Salí corriendo pensando que Anna o Cam habían olvidado las llaves y les urgía entrar al baño. Abrí la puerta quedándome como idiota. Esos ojos azules, que tanto me gustaban, me estaban examinando con deseo. Lo vi observar adentro del apartamento comprobando que no hubiera nadie. Definitivamente tenía que aclararle esta situación antes que fuera tarde.

—Necesito decirte algo —dijo con la respiración acelerada—. Ese primer beso fue perfecto. Recuerdo tan bien tus labios. Cómo tu cuerpo se mezclaba con el mío. La manera en que mis manos calzaban perfectamente en tus caderas. Recuerdo el latido de tu corazón y la manera en que tu cuerpo temblaba de deseo, lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Recuerdo cómo me frenaste, pidiéndome que fuéramos lento. Yo no quería ir lento, Emma, te deseaba. Aun así, hice lo que nunca intentaría con nadie.

—¿Qué hiciste? —pregunté con la voz entrecortada.

—Dejé que te acomodaras en mi pecho. Normalmente, odio tanta miel. En ese momento que tu respiración se calmó y me di cuenta de que estabas dormida, soñé despierto, en tenerte así por toda la vida. Pensé en cosas imposibles, pensé en una vida juntos.

¿Por qué me estaba haciendo esto? Me sequé una lágrima que caía en picada por mi mejilla. Negando con la cabeza, quise abalanzarme sobre su cuerpo, abrazarlo, besarlo y perderme en él. Justo en el momento que iba a hacerlo, Dylan me frenó.

—No, lo siento. Aún no puedo besarte. Son tus malditas indicaciones —dio media vuelta, presionando el botón del elevador. Eso era, sí estaba leyendo las cartas ¡Maldita sea! Estaba leyendo las cartas.

—¡Manda a la mierda las cartas, Dy! —grité, riendo un poco. Dylan regresó para observarme con una sonrisa en el rostro.

—Lo siento, señorita O’Brien, pero quiero recuperarte y este es el modo en que lo vamos a hacer. Voy a conquistarte. Ahora agradece a tu antiguo yo, el de hace un año.

Dando un paso atrás, las puertas se cerraron, dejándome con mil cosas en la mente. Sinceramente, esto era lo que quería. Quería su esmero y dedicación. Juntos íbamos a lograrlo. De esta manera, los dos nos estábamos comunicando.

 

 

 

Dylan:

No sé cómo expresarme. Sinceramente, Dy, te quiero y no sé cómo demostrarte lo que siento. Escribir me ayuda. No tengo ni idea de cómo llegaste a mi vida, tampoco en qué momento pusiste mi mundo de cabeza. Pero lo hiciste, con todas tus imperfecciones.

En esta carta quería que habláramos de un tema que lleva comiéndome el cerebro. Por alguna razón, los celos se volvieron parte de mí desde el momento que Chris te dio ese primer beso. La odio y en cada momento que tú la preferías a ella, o estabas con ella, me mataba. ¿Cómo crees que me sentí en el momento que te vi con esa mujer encima de tu regazo? Es el vivo ejemplo de sentirse abandonada, sola y miserable. Así es como me sentía, Dy. Me dolió más que un buen golpe en el pecho. Aun así, decidí perdonarte después de un buen tiempo. El resultado: tú con ella en bragas borrachos en tu casa. Mi mano y su maldito golpe dan fe de ese día.

Quería que supieras lo que sentí, porque la pregunta que quiero que me respondas ahora viene de la mano. ¿Qué sentirías tú si me ves con otra persona? No de la manera en que me viste con Derek, los dos sabemos que no pasó absolutamente nada. Ahora ¿Qué sentirías tú si me vieras de la mano, bailando, acariciando, besando o incluso sentada en el regazo de alguien más? ¿Te gustaría? Si sientes lo que yo siento por ti, estoy más que segura que no te gustaría. Así es la vida.

La vida no está llena de capítulos que pueden ser borrados, historias inconclusas de personas jodidas que pueden ser felices juntos. La vida es esto. El ahora, lo que nos complementa. No veas esto como un reclamo, Dy. Jamás podría reclamarte haberme prestado atención.

Provócame, Dy. Soy tuya.

Emma.

Emma

Terminé de alistar mi cabello, me coloqué el vestido negro de encaje, los tacones de aguja y la chaqueta larga. Cam estaba arreglando su cabello y Anna se colocaba sus zapatos. Las veía con ojos muy abiertos, como si nada hubiera pasado. Nos acercábamos una vez más a Halloween y yo moría por disfrazarme de una cazadora de sombras. Una locura, lo sé.

Pero amaba las runas pintadas en mi cuerpo. Mike ya había planeado nuestra noche de brujas. Dos días más para esa fiesta de locos en Miami Beach. Incluso habíamos planeado quedarnos en un hotel cerca del bar esa noche. Nadie quería ser el conductor designado y mis planes de no volver a subirme en el coche de nadie que estuviera tomado eran un hecho. Los errores se cometían una vez en la vida. Una segunda sería estupidez.

—Mike te va a matar —dije, viendo el mega escote de Cam.

—¡Nah! Qué va, le va a encantar. Ese hombre cada vez es más imposible. La vez pasada casi lo hacemos en el…

—¡No, Cam! —gritó Anna, tapándose las orejas—. Demasiada pornografía para mis oídos.

—Sí, claro. La virgen ha hablado. Por favor, Anna. Te he escuchado como gritas en las noches.

Las dos nos echamos a reír. Me encantaría decir que también con Anna, pero sería mentirles. Nos burlábamos de ella. Cam empezó a soltar gemidos al tiempo que yo la acompañaba. Gritábamos de manera muy antisexual, lo que finalmente le sacó una risa a mi amiga.

La casa de Mikaela quedaba a veinte minutos de distancia. Había ido a varias buenas fiestas en este último año, pero Mikaela montaba las mejores. Era amiga y compañera de Cam. No sabía demasiado de la vida de ella, solo que pasaba muchas horas estudiando en casa, mientras Mike jugaba videojuegos conmigo en la sala de estar.

Mike aparcó, abriéndole la puerta a Camila como todo un caballero. Después de lo que pareció ser una eternidad, me bajé detrás de ellos. El carro deportivo negro estaba aparcado al lado de la camioneta de Mike, Cam se encogió de hombros como forma de disculpa. Puse los ojos en blanco, al tiempo que localizaba a Logan en la puerta, esperándome. Me abalancé a sus brazos, sintiendo cómo sus manos me rodeaban la cintura. Este hombre me llenaba en muchos sentidos.

—Princesa, ¿por qué tardaste tanto?

—¿Interrumpo? —me di media vuelta para observar a Dylan acercándose a nosotros. Sus ojos concentrados en mi cintura, donde las manos de Logan reposaban—. Lui, buenas noches.

—¡Demonios! Ahora soy Lui, contrólalo Emma, esto se vuelve cansado. Es Logan —gesticuló mi amigo, moviendo la mano—. ¿Qué tan difícil puede ser?

—Me da igual, la verdad —encogiéndose de hombros, Dylan me tendió la mano, sin pensarlo se la di.

Lo escuché suspirar.

—¿Qué si no soy celoso? Emma, bailaste con Mark de una manera que jamás me voy a quitar de la mente. Sí, estaba celoso. Pero no tanto como estoy ahora de ese —dijo, señalando a Logan que en esos momentos tenía una sonrisa monumental.

—Dy, hay algo que…

—No, escúchame. Yo ya te leí, ahora me toca hablar. Ese imbécil cree que puede meterse con mi chica. Si crees que no soy celoso, es porque he estado conteniendo las ganas de pegarle hasta que no pueda levantarse. Odio ver sus malditos pantalones pegados, sus camisas de cuello en V y toda la mierda de loción que se coloca. Odio ver cómo te toma de la cintura y te grita mierdas como princesa y cariño ¿Qué derecho tiene él?

No pude evitar soltar una carcajada. Me di media vuelta para probar un punto. Tomé la cara de Logan a un segundo de darle un beso en los labios cuando Dylan gritó que me detuviera. No lo hice. A unos centímetros de sus labios, Logan se apartó haciendo una mueca de asco. Frunció el ceño y se quejó, como era de esperarse.

—Cariño, sabes que te amo, pero esto es demasiado.

—¿Le amas? —la rabia de Dylan se palpaba aún más. No podía creer que no captara nada.

—¿Quién no va a amarla? Es dulce, cariñosa, una increíble…

Logan no pudo continuar. Dylan le había pegado un puñetazo en la barbilla. No pude reaccionar a tiempo. Me incliné encima de Logan intentando ver si estaba bien. Logan estaba tirado como si le hubieran dado una paliza. Le puse los ojos en blanco palpando su cara.

—Eh, grandulón. Despierta —le dije sonriendo.

—Tienes que aclararle a ese imbécil que no estoy contigo.

—¿A no? —preguntó Dylan, acercándose un poco más.

—¿Eres idiota o te haces? —Logan tomó mi mano para levantarse—. Soy gay, por lo que no esperes que me acueste con tu mujer. Además, está enamorada hasta la médula de ti.

La cara de Dylan decayó unas doscientas veces. Lo vi fruncir el ceño antes de estallar en risas. Le tendió la mano a Logan, quien se lo pensó un poco antes de devolver el saludo. La cara de Dylan era todo un poema. Se disculpó como era debido. Logan negó con la cabeza, desapareciendo con Lizzie por algo de beber.

Como si hubiera sido lo más normal del mundo, nos tomamos de la mano, viéndonos con cariño y ojos de admiración. Cam no dejaba de pelear por la falta de decencia de sus compañeras. Muchas de ellas estaban casi enseñando las bragas, según ella. No quise decirle que ella estaba en las mismas. Sería un secreto mío y de mi mentalidad disparatada.

—¿Bailamos? —preguntó Dylan.

Asentí con la cabeza dejándolo que me guiara hasta la pista de baile improvisada. La música sonaba a todo volumen provocando que mi cabeza pitara con desesperación. Los chicos —ya borrachos— se tambaleaban, de un lado a otro. Envolví con mis brazos el cuello de Dylan, dejándolo que me tomara de la cintura de una manera muy erótica.

La necesidad tocó mi vientre, sintiendo cómo se contraía de manera instantánea. Mis labios buscaron su cuello provocándolo un poco. Lo escuché gruñir antes de que sus labios buscaran los míos de forma desesperada. Quería arrancarle la ropa, quería que me tomara aquí, ahora. Tomé el lóbulo de su oreja dándole un pequeño mordisco el cual respondió de manera inmediata. Me tomó por la cintura colocándome sobre su hombro. Pegué un grito al darme cuenta de que me tenía como costal de papas.

—¡Bájame, Dy! —le grité.

—De eso nada, nos vamos a casa —dijo sin bajarme.

Salimos de la casa con la mirada de todos encima. Di unos pequeños golpecitos a su trasero sintiéndome una chica juguetona. Lo incité a que me llevara a la parte trasera de su coche, pero, para mi mala suerte, me sentó en el asiento del copiloto. Con una gran habilidad, me colocó el cinturón de seguridad.

Me tomó la cara dándome un beso de esos que quitan la respiración. Sostuve el aliento unos minutos. Esto era demasiado para asimilar. Sus labios jugaron con los míos por una buena fracción de tiempo. Lo dejé que buscara antes de que mi lengua encontrara el camino a su boca. Le correspondí pasando mis manos por sus brazos, de arriba abajo.

—Dushy, te deseo demasiado —dijo sin dejar de besarme.

—Entonces poséeme —dije, acariciando su entrepierna.

—Pero tus cartas…

—Mándalas a la mierda, Dy. Tengo un año de querer esto, por favor.

Intenté convencerlo unos minutos más. Pero no me tomó en su carro. Al contrario de eso, se separó, jadeando y sudando de una manera demasiado sexy. Arrancó el deportivo y desaparecimos en la noche, camino a su apartamento. Finalmente, estábamos juntos, intentándolo una vez más.

 

*****

—Esto tiene que ser una broma —dije sentada en el balcón de su apartamento— ¿No vamos a…?

Intentando aclarar mi mente de algo tan caliente como lo que casi hacemos en el carro. No iba a tocarme, lo había dejado demasiado claro. Así que, estábamos sentados en el balcón «viendo las estrellas», según decía él. Habíamos abierto una botella de Rosa Regale, para recordar los viejos tiempos. Un sorbo de Brachetto sirvió para regresarme a esa época, donde no teníamos limitantes. Recordé cómo fue ese primer beso, lleno de lujuria. Recordé cómo me quitaba el vidrio y me daba un beso en el pie. Fue raro, lindo, pero raro. Ese día fue la primera vez que le escuché la palabra Dushy, ahora ya lo sabía. Su madre solía decírselo.

Según me contó Derek, su madre le llamaba Ducky, pero a Dylan le costaba pronunciarlo y paró respondiéndole a su madre Dushy. No tenía más de cuatro años cuando ocurrió. Su madre siempre lo llamó de esa manera, era su forma cariñosa de decirle lo especial que era para ella. Ahora era nuestra, solo nuestra.

—Nop —dijo con indiferencia— ¿Acaso solo me quieres para tener sexo, Emma?

Preguntó muy serio. No pude evitar sonrojarme ante su pregunta. Era obvio que no solo lo quería para tener sexo. La verdad es que lo quería de todas las maneras posibles y sinceramente, extrañaba su rudeza en la cama. Recordé cómo me mordía el labio con excitación, la forma en que enredaba sus dedos en mi cabello para tener mejor acceso, cómo sus finos dedos buscaban mi sexo para darme placer, al tiempo que arremetía contra mí. Lo mejor de todo, la manera en que me hablaba, dándome pequeñas palmadas en el trasero. ¡Dios mío! Lo deseaba, aquí, ahora. Los mejores orgasmos de mi vida habían sido con este hombre. Ocho en total en solo dos noches. Esto era demasiado intenso. Si pudiera describir la manera en que mi cuerpo encajaba a la perfección con él no me lo creerían.

—No solo es el sexo —dije, dándole un sorbo a mi bebida—. Pero hasta ahora, sinceramente, has demostrado ser bueno en eso.

—¿Solo en eso? —dijo, con cara de sorpresa.

—Sí, claro, solo en eso.

—No te paga la ironía. ¿Te lo han dicho antes?

—Sí señor, todo el tiempo —volví a repetir en tono sarcástico.

Pasamos, lo que pareció ser una eternidad, hablando de cosas tan sencillas como la manera en que lográbamos conectarnos. No fue vergonzoso admitir nuestros sentimientos después de las primeras tres cartas. Sabía que le faltaban siete más. No quería tener que esperar por cuatro más antes de que le pidiera que pasara la noche conmigo. Y lo que era más molesto, se lo estaba tomando literal. Puse los ojos en blanco arrepentida por lo que había pasado un año atrás. Carpe diem, en todo el sentido literal.

Cuando la botella estaba vacía, y con nuestras cabezas mareadas estábamos hablando más de la cuenta, decidimos que era hora de entrar. El apartamento estaba cerca del Trent, a dos edificios de distancia. Podía caminar hasta ese lugar sin problema. No estaba tan borracha. Me puse de pie, sintiendo mi vida dar media vuelta. No quería despedirme, tenía miedo de regresar a mi realidad sin él.

—Me voy —anuncié, viendo cómo se quitaba la camisa exponiendo sus músculos perfectos. Iba a morirme de deseo si seguía viéndolo.

—Pensé que ibas a quedarte —dijo, dándome una pijama turquesa. Una que recordaba en un rincón de mi cabeza.

—¿Por qué guardaste mi pijama? —me quedé boquiabierta viendo que era mi traje de dormir, él que tenía en caso de emergencia en casa de su padre. Nunca la usamos, nunca dormí en su cama. Aun así, Dylan había sugerido tenerla.

—Tenía la esperanza de que algún día volvieras. Y aquí estás, eso quiere decir que ha funcionado.

—Un año después, aquí estamos —dije, resaltando un año. Maldita sea, había sido todo un año.

—Hay más tiempo que vida, cariño, y quiero vivir todo lo que queda junto a ti. No pienso dejarte ir, no otra vez.

—Tiempo hay —aclaré—, vida, no tanto. Te lo digo por experiencia.

—Lo sé, pero ya estás aquí. Estás aquí y esto es real.

Se acercó para besarme los labios de una manera que me mataba. Sus besos eran deliciosos y poderosos. Mi piel se erizó ante su tacto. Sus manos recorrieron mi cintura, jalándome aún más cerca de él. Nuestros cuerpos seguían encajando de todas las maneras posibles.

—Tengo miedo de despertar y ver que esto es solo un sueño.

—No es ningún sueño. Tú salvaste mi vida y yo salvé la tuya. Se le llama destino ¿Crees en él?

—No creía, hasta que te conocí.

—Bien —se alejó de mí, sentándose en la cama —, porque yo estoy empezando a creer hasta en el puto karma por ti. Todo esto, es por ti. Todo lo que soy. Siempre fui tuyo.

Me sonrojé, tomando la ropa de cama. Sin ninguna vergüenza, me quité la ropa frente a él para ponerme el pantalón pequeño y la blusa de tirantes. Su mirada cambió, el azul pálido de sus ojos se estaba convirtiendo en un negro profundo.

Me deseaba. Lo sabía. Por primera vez en mucho tiempo, no sentí vergüenza de mi cicatriz, no sentí vergüenza de estar desnuda ante alguien. Me coloqué el short, me quité el sostén dejando mis pechos al aire, y me coloqué la blusita de tirantes, demorándome más de lo debido. Tomé mi ropa, ignorando la mirada de Dylan. La doblé, dejándola encima de la silla. Me desenredé el pelo con los dedos, haciéndome una cola alta. Dylan estaba en bóxeres viéndome fijamente. Lo escuché soltar un gruñido, al tiempo que se daba la vuelta con los ojos cerrados.

—¿Qué pasa? —pregunté— ¿No te gusta lo que ves?

—Al contrario, Dushy, me gusta demasiado.

Encogiéndome de hombros le pregunté si debía dormir en el suelo o en la cama. Como resultado me gané una mirada de esas que da Dylan que dice «¿en serio me estás preguntando eso?». Como si quisiera retarlo, me tiré al suelo, jalando una manta que decoraba una de las sillas. Me estiré para jalar una almohada y lo vi quedarse con los ojos muy abiertos. Sin decir nada ante mi reacción, se acercó, tomándome de las manos. Me levantó de un tirón y cargándome, como princesa, con cariño y ternura, me depositó en la cama.

—No vas a dormir en el suelo. Si no quieres dormir cerca de mí, puedo dormir en el sofá, como sea, tú no dormirás tirada ahí —dijo, señalando donde había improvisado mi cama. Me agaché para tomar la almohada con las manos. La coloqué detrás de mi cabeza y me corrí para darle espacio. No quería que estuviera lejos. Di unos golpecitos a la cama para indicarle que era hora de dormir.

Dylan levantó las sábanas, colocándose debajo de ellas. No pude evitarlo, me hubiera encantado no hacerlo, pero no pude evitarlo. Me arrastré hasta su lado de la cama, al tiempo que él abría sus brazos. Me dejé caer en su pecho, mi lugar favorito. Con una profunda respiración, fui abandonando el mundo real para sumergirme en un sueño recóndito. Soñé con una vida perfecta, durmiendo con este hombre a mi lado. Despertando cada mañana con un «buenos días, Dushy». Esta era la vida que quería tener, esto era lo que necesitaba para vivir. Lo necesitaba a él.

 

 

Dylan

Me desperté con un calor inmenso, todo concentrado en mi lado derecho. Al momento de ver a Emma recostada en mi pecho se me pasó todo lo incómodo que podía estar. La erección matutina se hacía presente y por más que me hubiera gustado bajarla, no podía moverme. Su piel se veía tan fina bajo el satén.

Con mucha delicadeza acaricié la curva de su cadera percibiendo como todo mi cuerpo reaccionaba a esa sensación. Emma no se movió, por lo que seguí disfrutando de la sensación de mi piel contra la suya. La quería entera, penetrarla y hacerla mía. Eso era lo que quería. Sentí mi erección volverse mucho más dura. Intenté calmarme, pensar en cosas desagradables. Pero no podía, la tenía aquí en mis brazos. Esperé este momento por mucho tiempo. Ver sus grandes ojos azules observarme de la manera en que lo hacía anoche.

Pasó una eternidad hasta que Emma empezó a moverse. Mi mente estuvo ocupada fantaseando con tenerla sobre mí, debajo, de lado, recostada en la cama. La pensé en todas las posiciones posibles. Imaginé la piel de su trasero sonrojarse ante mis pequeños golpes. Pensé en la inevitable manera en que discutíamos para luego acabar con un beso, pero también pensé en el modo en que nos alejábamos después de las peleas.

No quería volver a discutir, no si acabamos separándonos. Si fuera con sexo de reconciliación sería increíble, de esa manera podíamos pelear todo el tiempo.

—Buenos días, Dushy —dije, aún con la voz ronca.

—¡Dios! Esto es tan increíble. Podría levantarme así por el resto de mi vida —murmuró por lo bajo. Su comentario me hizo sonreír.

—Pensaba exactamente lo mismo —afirmé. Era verdad. No imaginaba mejor manera de empezar el día que esta. Era toda una gloria. Acaricié su cabello, sintiéndola inspirar mi aroma. No sabía si era agradable o desagradable. Sabía que mi aliento debía estar como los mil demonios. Por esa razón evité hablarle directo a la cara.

—Parece que este nene está contento de verme también —dijo, tomando mi erección con sus manos. Me quedé tenso por un momento, pensando en cómo reaccionar. ¡Jesús! Esta mujer no tenía límites. Tomándole la mano para apartársela, sentí un pequeño jalón. Estaba tomando mi erección con sus manos, como si intentara retenerla, eso me excitó aún más.

—¡Mía! —dijo, con voz chillona.

—No, nena, suéltala. No voy a poder controlarme, te deseo tanto.

—Hazme tuya, Dy. Tómame.

Me quedé viéndola fijamente a los ojos unos breves momentos, decidiendo qué hacer. La quería y la quería ahora, pero… entre más pensaba en sus cartas, más quería seguirlas. Quería hacer por primera vez algo bien. Hacer bien las cosas me llevaría a estar junto a ella, juntos por fin. Sus manos se metieron dentro de mi ropa, tomándome desprevenido. La dejé que sus manos bajaran y subieran por una fracción de segundos antes de tomarle las manos suplicando que parara, estaba tan caliente que era casi imposible. Esto se sentía tan bien.

—¡Por favor! —rogué con todas mis fuerzas.

—Dy, ya no tienes que usar la ducha. Para eso estoy yo.

Se colocó a horcajadas, rozando, con la seda de sus pantalones cortos, mi erección. Mi cuerpo comenzó a convulsionar de deseo, de lujuria. No iba a poder más. Quería penetrarla hasta el fondo, dejándola sin habla. Quería volverla una sola pieza de mi cuerpo. Apoderándome de ella, le quité la blusa de un tirón, revelando sus pechos. Había olvidado el detalle del sujetador.

Tomé sus pechos en mis manos, calzaban a la perfección, redondos, suaves. Tan bellos. Hecha a mi medida. Apretando mi mano la escuché jadear. Sus pezones reaccionaron ante mi tacto, endureciéndose instantáneamente. Les di un pellizco a los dos de una manera que la excitó demasiado. Tiró su cabeza para atrás, arqueándose por completo.

—Dylan, por favor —rogó ella.

—Estoy haciendo exactamente lo que querías.

La puse en la cama besando sus pezones. Primero uno, luego el otro. Besé su abdomen, ese abdomen que algún día llevaría a mis hijos, de eso no había ninguna duda. Ella sería mi mujer, mi esposa. Subí a sus labios y la besé en cada fragmento de su piel expuesto. Su tacto era increíble, la amaba más que a mi vida entera. Me aparté viendo cómo jadeaba. Frunció el ceño al verme que no estaba cerca, esto de alejarme de ella estaba siendo demasiado para mi sistema. Negó con la cabeza apretando las piernas, sabía que estaba siendo cruel. Mi erección demostraba lo difícil que esto estaba siendo para mí también.

—¿Qué diablos haces? —preguntó—. Vuelve aquí.

—Estoy haciendo exactamente lo que tú me pediste —repetí.

—¿Y qué es lo que te pedí? —dijo molesta.

—Que te provocara, no que te tomara, y eso es exactamente lo que estoy haciendo.

 

 

Emma

Estábamos frente al Trent, Dylan aún tenía esa sonrisa de chico malo. Vinimos caminando para calmarnos. Me había dejado demasiado excitada y eso no era justo. Me di media vuelta para enfrentarlo. Estaba increíble con su sudadera de los Gators. Dylan me había prestado unos pantalones deportivos y una sudadera azul cielo. Estaba de brazos cruzados y evidentemente molesta.

Me había pasado rogándole unos diez minutos hasta que decidí regresar a casa. Frustrada sexualmente. Eso debe ser la peor frustración que exista. Que te dejen con ganas es lo peor.

—No te enojes conmigo, Dushy —dijo Dylan, acariciando mi cabello.

—¿Qué no me enoje? Dy, me has dejado con ganas —dije a punto de gritarle.

—No quiero que nuestra relación se base en sexo. Además, tú me lo…

—Te pedí esas mierdas hace un año, Dylan. En ese entonces no había pasado tanto sin tener sexo, ahora te necesito desesperadamente y tú me ignoras. No puedo creer que, incluso, te rogara un poco de atención. Esta es la mejor manera que tenemos para demostrar lo perfectos que somos juntos.

—Te das cuenta —dijo, evidentemente molesto —, solo piensas en sexo y eso es bueno hasta cierto punto pero… Emma, tú no eres mi maldita puta. Te quiero como mi compañera de vida ¿Qué, acaso no lo ves? No quiero que las cosas vayan tan deprisa, quiero enamorarte una y otra vez hasta convencerte que eres mía.

Dylan dio media vuelta para irse a su apartamento. Me quedé estática, unos minutos antes de reaccionar. Estaba molesta porque Dy no me deseaba. Debe ser la cicatriz o algo más en mi cuerpo. Dylan, el hombre que se pasaba a miles de mujeres no quería llevarme otra vez a la cama, eso era más que frustrante.

Tomé mi celular viéndolo caminar, necesitaba que supiera cómo me sentía, quizá más tarde me arrepentiría del mensaje, pero ahora, era en todo lo que pensaba.

Yo: Me gustaría ser bonita o no tener cicatrices para que me desearas de la manera que yo te deseo.

Lo vi sacar el teléfono y revisar su pantalla. Se quedó así un momento, perdido. Ya no había más que decir, estaba claro. Caminé al Trent, entré saludando al nuevo portero, que no sabía ni su nombre. Presioné el botón de subida y esperé. Al momento de entrar al ascensor me di cuenta de que Dylan no vendría a buscarme como esperaba. Por alguna razón quería llorar. Abrí la puerta del departamento. Para mi sorpresa Anna, Dan, Camila y Mike estaban en el desayunador, todos me veían de arriba abajo ¡Maldición! No quería ver a nadie, mucho menos ahora que los ojos me brillaban.

—Él no me desea —dije, antes de comenzar a llorar como estúpida. Anna ya estaba a mi lado consolándome, mientras que Cam se acercaba.

—¿Estás loca? —preguntó Mike, desde su taburete—. Ese hombre está…

Sonaron varios golpes secos en la puerta. Cam la abrió dejando que Dylan entrara como una bala. Me jaló del brazo, dejándome débil ante todos. Levantó su teléfono enseñado su mensaje. En Lugar de ver mi nombre leí Dushy, seguía siendo su Dushy y eso era más importante que el sexo.

—¿Que si no te deseo? Emma, en toda mi maldita vida he tenido a las mujeres que quiero, en todas las posiciones que puedes imaginarte. He practicado todos los estilos de sexo, desde el sado hasta el sexo convencional.

—¿Vainilla? —pregunté, levantando una ceja.

—Llámalo como quieras. El punto es que te quiero y lo único que me gustaría hacerte es el amor, suave y lleno de nosotros, pero no voy a hacerlo. No ahora. No quiero que nuestra relación se base en sexo ¿Qué tan difícil es que entiendas eso? Quiero despertar cada mañana y hacerle el amor a mi chica, enseñarle que nadie la va a amar más de lo que yo la amo.

Esto era tan patético. Me deseaba, me amaba y seguíamos aquí parados siguiendo las cartas que solo me alejaban de él. Diez días era demasiado cuando habíamos pasado un año separados. ¿Por qué no solo hice tres cartas y ya? Negué con la cabeza, estaba perdida.

—Tus cicatrices son mi perdición, las amo y me encanta que estés tan jodida de la cabeza. Esa manera te vuelve más mía. Gracias a eso estás aquí, conmigo. Quién sabe si no hubieras sufrido ese accidente, quizá estarías con Joshua en su cama y no peleando conmigo, frente a estos idiotas que nos miran como película mexicana.

—Es John —dije, entre sollozos.

—Bueno, John, Joshua… como sea. El punto es que te amo. No hay más qué decir. Pero no voy a hacerte nada hasta que la carta correcta llegue. ¿Entendido? Ahora que estás más tranquila, cámbiate, voy a llevarte a desayunar.

Puse los ojos en blanco, consciente de que me estaba viendo con una sonrisa en la cara. Caminé a mi habitación, ignorando a nuestros espectadores y me cambié. Lista para desayunar con el amor de mi vida.

 

 

Emma

—¿Bagel con salmón? —preguntó la mesera por segunda vez.

—Sí, dos. Por favor —respondió Dylan.

La camarera anotó el pedido en su libreta desapareciendo por completo de nuestro campo de visión, dejándonos solos con los cafés fríos. Dylan entendía mis gustos a la perfección. Habíamos venido a un restaurante frente al mar, cerca del Trent. Era uno de los favoritos de Dylan, lo sabía porque me había traído más de una vez a comer aquí. Nos quedamos en silencio, un tiempo que pareció ser una eternidad, concentrados en la marea y en la brisa de mar.

Recordé aquella época en la que no sufría por amor, o por tensión sexual, o por ninguna de estas cosas. En algún momento pensé en mi madre y en la relación que teníamos ¿Algún día me perdonaría? No lo creo. Aún recuerdo su mirada en el momento que me cerró la puerta en la cara, había sido muy… de odio. Me odiaba. Mi propia madre me odiaba. Eso era mucho que asimilar y aún no lo creía, no quería creerlo ¿Qué madre odia a su hijo? Definitivamente la mía. Con el tiempo había aprendido a estar sin ella, aun así, la extraño igual que a papá.

—¿En qué piensas? —preguntó Dylan.

—En mi madre —respondí sin más.

—Oh, no esperaba esa respuesta —dijo, rascándose la cabeza.

—Lo siento, es que hoy es su cumpleaños y me gustaría estar ahí para desearle que la pase bien.

Tomé un trago de mi café frío viendo al mar. Realmente quería hablarle. Nunca fuimos muy apegadas, ni la relación con papá era la mejor. Aun así, estaban ahí para apoyarme en muchas de mis locuras. Incluso pagaron las benditas clases de música para mantenerme lejos del alcohol.

Era una estúpida, lo sé, pero no podía creer que mis padres estuvieran tan determinados a no perdonarme. La última vez que visité a mamá, hace siete meses, me cerraron la puerta en la cara, después que ella se quebrara al verme. No me habían perdonado.

Ese día toqué la puerta desesperada, suplicándoles, que me abrieran cinco minutos. Les rogué por que me dejaran explicarles la historia completa. No había nada peor que tus padres te ignoraran. Que no te dejaran hablarles.

—Mándale un mensaje —sugirió Dylan.

—¿Para que no lo conteste?

—Nunca vas a saber qué hubiera dicho si no se lo mandas.

Me quedé pensando unos minutos en si lo mandaba o no. Decidí esperar después del desayuno antes de mandárselo. Dylan se empeñó en platicarme del contrato con los Giants. Contándome que uno de sus requisitos era terminar la universidad y después empezar el entrenamiento con ellos. Me agradó la idea de tenerlo un año más. Si esto funcionaba, él y yo teníamos que idear una manera para estar separadamente juntos.

La vida está hecha para eso, cuantos más sueños y anhelos tiene uno, más olvidadiza se vuelve la mente. El amor hace eso, para que podamos soñar. Dylan estaba haciendo más, me estaba acompañando en ellos, estaba a mi lado cumpliendo mis sueños.

—Tú me haces perder la cordura, señor McGuire —le dije, cuando recordé mis clases de canto, había olvidado que eran a esa hora. No era de vida o muerte que asistiera, nunca faltaba, por lo que solo un día no sería el fin del mundo.

—¿Yo? ¡Nah! Qué va. No existe tal cosa como la cordura. La locura es inevitable.

—Lo sé, demasiadas cosas en la cabeza. ¿Me acompañarás?

—No me lo perdería por nada del mundo, Dushy.

Extraño, lo sé, pero inevitable. La camarera sirvió el desayuno dándole una mirada a Dylan de arriba abajo, como si examinara lo bueno que estaba mi hombre. Puse los ojos en blanco viendo a la rubia parpadear. Dylan se echó a reír, bromeando por mis celos. Lo dejé que lo hiciera y no contradije nada. Era verdad. Estaba celosa y no iba a ocultarlo.

—Me encanta cuando te pones toda celosa, es sexy.

—¿Sexy? Cierra la boca, Dy. No es nada gracioso. La mujer te estaba comiendo con la mirada.

—Acostúmbrate, bebé. Muchas mujeres me van a ver de ese modo y tú estarás a mi lado para que entiendan que te pertenezco.

—El problema, bebé, es que aún no me perteneces.

Dylan soltó una carcajada que me dejó más molesta. Se estaba riendo de mis celos. Quise recordarle su arrebato horas atrás cuando le había pegado a Logan, mi querido amigo gay. Debí aclararle hace mucho que Logan era gay, nunca lo hice y he ahí las consecuencias de sus celos.

—Nena, te he pertenecido desde el primer momento en que te vi. Nada de eso va a cambiar, ni en esta ni en la otra vida. Amarrados de por vida, Dushy, eres mía, como yo soy tuyo. Nada, ni nadie puede separarnos otra vez. Te pertenezco.

Le di una sonrisa que expresaba más de lo debido. Realmente éramos uno. Estábamos destinados a esto. Lo amaba y él me amaba ¿Qué podía salir mal? Finalmente, todo estaba encajando en su sitio.

Dylan me dejó en la entrada del Trent, una vez más. Después de un largo beso de despedida, él desapareció entre la multitud de gente de la calle dejándome con ese vacío en el pecho. Encogiéndome de hombros, caminé de regreso al apartamento. Tomé el teléfono, deteniéndome frente al ascensor. Necesitaba el valor para escribir el mensaje que tanto había pensado.

Yo: Hola, mamá, feliz cumpleaños, pásala bien. Te quiero. Emma.

Guardé el teléfono, sabiendo que no iba a recibir respuesta, era casi imposible tener una respuesta de alguien que te odia. Subí al piso catorce, intentando guardar el mal humor que me provocaba el hecho de que mi madre no me quisiera.

Mike y Cam estaban tirados en el sillón viendo una película. Me reí al ver que era de mi larga selección de libro-películas. Me tiré en el sillón junto a ellos, saludándolos con un movimiento de manos. La película estaba empezando por lo que iba a disfrutar de esto. Tomé la colcha que, supongo, Anna había dejado allí. Me tapé con ella perdiéndome en la película.

Logré que mi mente dejara de pensar en cosas desagradables. La ocupé con películas distópicas de chicos corriendo en un laberinto. A pesar de que era un muy buen libro, la película era increíble. Ese chico rubio que hacía de mi personaje favorito era todo un bombón. Sin mencionar su acento inglés.

Moría por conocer Inglaterra, la tierra de la elegancia y los hombres guapos. Sin mencionar que era la tierra de Jase Dean, el modelo de revista. Finalmente, regresé por ella, la mantenía guardada en un lugar especial. Me recordaba a esa época en la que todo este relajo del amor literario comenzó.

Mi celular vibró, lo levanté para ver un mensaje. Era mi madre. Mi madre había contestado el mensaje. Contuve la respiración, dándole el celular a Cam para que viera lo que estaba pasando.

—¡Santa mierda! —dijo Cam, agitando las manos—. Tu mamá respondió.

—¿Mi mamá? —preguntó Mike, con una sonrisa en el rostro.

—La tuya no, idiota, la de Emma.

—Ah, sí, ¡Santa mierda! —dijo, imitando a Cam. Solté una carcajada tomando el teléfono. Tenía que leer la respuesta. Estaba muriendo por saberlo.

Mamá: Gracias, que estés bien.

Bueno, al menos había contestado. No era dulce, pero algo es algo. Y en estos momentos me conformaba con cualquier muestra de cariño. Guardé el teléfono en su lugar, perdiéndome, una vez más, en los corredores del laberinto. Intentando no suspirar cada vez que Newt salía en pantalla. Mike, como era de esperarse, se pasó preguntando toda la película el típico «¿quién es él? ¿Por qué corren? ¿Quiénes son los que pican?» solo porque realmente amaba la historia, no me importó responder a todas sus preguntas.

 

 

Dylan

—Pingüino —dije, negando con la cabeza— ¡Parezco un puto pingüino!

Derek no dejaba de reírse por Skype, viéndome vestido con mi traje de gala. Tenía puesto un pantalón, saco, chaleco y corbatín negro. La camisa era blanca con botones ocultos. Me aflojé el corbatín viendo a papá y a Derek reírse como locos.

—Síganse burlando, ustedes se van a ver igual que yo.

Me di media vuelta para que el costurero pudiera medir el largo del saco y del pantalón. Esto era un gran desastre. Odiaba los trajes de gala. Viéndome los zapatos negros de charol me sentí como esos modelos que salen en las revistas. Puse los ojos en blanco, sacándole mi dedo más agradable a Derek. Algún día lo haría pagar por esto.

—¿Dónde está tu traje? —pregunté, viendo que no había viajado a probárselo.

—Me lo entallé el día del recital de Emma. Por cierto, Emma será la pareja de Mike en la boda ¿Lo sabías?

Me quedé viendo el piso de madera antes de lanzarle una mirada de muerte ¿Cómo diablos se le ocurría poner a Mike con Emma? Negué con la cabeza, sabiendo que lo habían hecho por una simple razón, que Emma y yo no nos hablábamos. Antes hubiera sido incómodo, pero ahora no, ahora era lo correcto. Estábamos juntos y no había otra persona con quien entrara en ese puto altar si no era yo.

—Ella está conmigo, así que yo seré su pareja.

—Ella lo pidió de ese modo.

—¡Qué diablos! No, no será Mike. Seré yo. Fin de la discusión, si es que quieres tener caballero de honor o lo que sea.

—Sí, claro. Díselo a Emma.

Volví a sacarle el mejor dedo de mi mano a Derek. Ni en mil años Emma entraría al altar con alguien que no fuera yo. Eso de caminar en iglesias de la mano de alguien más me ponía de nervios. ¿Cómo iba a creer Derek que sería Mike? Yo era la persona ideal. Fin del caso.

—Guarda ese dedo, Dushy —dijo papá, de modo cariñoso—, a mamá no le hubiera gustado ver que no te he inculcado valores.

—Lo siento papá —dije, sintiéndome como la mierda. Mi viejo había vuelto al antiguo legado que había dejado mamá, llamarme Dushy. Era increíble saber que alguien más, aparte de Emma y Mike, me llamaba así. Derek nunca lo había hecho y Dany, ni hablar. Ella apenas si pronunciaba mi nombre. Creo que su primera palabra fue quiero y la segunda dinero. Era para lo único que llamaba.

—¿Cómo vas con Emma? —preguntó Derek.

—Dando pasos de gigante. Cada vez me doy cuenta de que es la mujer de mi vida.

—¿Dos bodas en un año? —frunció el ceño papá.

Abrí mucho los ojos. No, aún no. Era muy pronto. Además, no habíamos terminado la universidad, ni teníamos trabajos estables. Sin mencionar el detalle de que me iría a la mierda el otro año, a Nueva York. Teníamos que arreglar esto pronto, no podíamos estar separados tanto tiempo. Pensando en las cartas y en la manera en que iban, odié la idea de seguirlas.

Hubiera leído todas las malditas cartas de un solo, ir con Emma, declararle amor eterno, pasar dentro de su cama todo el día y amarla por siempre. Eso hubiera sido muchísimo más sencillo. Recordé la carta de hoy, me contaba detalles de cómo se había sentido la primera semana juntos. No me pedía nada, solo que leyera sus sentimientos. Lo hice al pie de la letra dejando que las palabras se pasearan por mi mente.

«Si pudiera expresarte cómo se sienten tus besos, las estrellas fugaces dejarían mucho que desear. Dylan McGuire. La primera semana juntos fue increíble, llena de misterio y cosas estupendas. Nada de peleas, nada de malas decisiones. Solo tú y yo».

—No, papá —dije, al tiempo que recordaba que papá había hecho una pregunta—. No voy a casarme aún, soy muy pequeño para jugar con ese tipo de cosas de adultos.

—Para el sexo no eres tan pequeño, ¿verdad? —dijo Key, atorándose de la risa. Bastardo, se estaba burlando.

—Es sexo adolescente, Key.

—¡Vamos imbécil! Tú no eres ningún adolescente —Key no dejaba de reírse a través de la puta camarita, si lo tuviera enfrente, le pego tres golpes por idiota.

Papá puso los ojos en blanco antes de concentrar su atención en otro lado. Realmente no le molesta que sus dos hijos sean tan abiertos en pláticas de sexualidad, es normal en dos hombres. No es como si le estuviéramos hablando a Dany.

Me quité el saco cuando el costurero terminó de entallarme todo. Me puse de nuevo la pantaloneta y la sudadera de los Gators. Papá estaba serio con los ojos muy abiertos.

—¿Crees que sea necesaria la charla de sexo, hijo?

—¿Qué? —respondí, negando con la cabeza.

—Siento decepcionarte, papá, pero Dylan ya experimentó cualquier cosa que le quieras enseñar.

¡Oh, Dios! Esto era imposible ¿acaso una conversación normal con estos dos? No es como si me importara, en cierto punto tenía razón. Ya lo había experimentado todo.

—Me gustaría decir que el idiota de tu hijo exagera, pero es verdad. Llegas tarde a la plática papá. Pero te complacerá saber que no tengo ningún hijo escondido y que estoy limpio de cualquier enfermedad. No tengo relaciones sin condón.

Papá se quedó viendo al piso unos minutos, antes de levantar la cabeza pálida como el papel. Realmente este tipo de pláticas le incomodaban. Más con sus dos hijos. Key fue el primero en estallar en risas, y lo seguí yo, papá negó con la cabeza. Sí, bueno, había sido incómodo.

Nos despedimos de Derek, llamamos a Dany para ver los detalles del fin de semana. Ella estaba lista, vendría el miércoles por la noche con su esposo. Se estarían quedando en el ático por lo que no iba a acercarme ahí en toda la semana, suficiente con tener que verlos en todos los eventos sociales preboda.

Esta semana estaría demasiado agitada. Jueves, celebración de Halloween y despedida de solteros mixta. Viernes en la noche, despedida de solteros separados. Derek iba a lamentar haberme dejado organizar su despedida. El sábado cena de bodas y domingo al atardecer, la boda de Key. Esta semana iba a ser demasiado interesante.

—¿Cenamos hoy? —preguntó papá.

—¡Genial! Me parece buena idea. Solo me cambio —dije, abandonando uno de los taburetes de la cocina.

—¿Quieres invitar a tu chica?

¿Invitar a una cena a Emma con mi padre? Me lo pensé unos minutos en si quería a los dos juntos en una cena antes de la boda. Sonreí ante la impaciencia de papá, sabe que estoy recordando lo que me contó que Emma le había dicho. Lo había hecho reaccionar en muchos sentidos y ahora teníamos una mejor relación, todo gracias a ella. Aún no tenía los detalles de la plática, pero Emma definitivamente cambió nuestra relación.

—No, papá. Aún no, pero pronto te la presentaré formalmente.

—¿Cómo tu chica?

—No, papá, no como mi chica. Te la presentaré como mi novia.

Con una gran sonrisa en el rostro, abandoné la cocina para colocarme ropa más casual. En un abrir y cerrar de ojos ya estaba con papá en uno de los mejores restaurantes de comida china. Era una de las debilidades de esta familia, la mejor comida del mundo. Charlando de la vida, de su primer amor, estábamos hablando de la mujer más importante en nuestras vidas, hablábamos de mamá.

La extrañábamos y deseábamos que fuera parte de este gran acontecimiento para esta familia. Nunca había hablado de este modo con mi padre, tiempo atrás, mamá era un límite impasable. Era la zona roja. Papá se negaba a recordar lo mucho que le dolía no tenerla.

—Tu madre era grandiosa —dijo papá, después de contarme cómo se conocieron.

 

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