Sencilla obsesión

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Presente

Trece años, tres meses y tres días desde que había empezado su segunda vida.

Trece años, tres meses y tres días desde que había aprendido de modo violento que se podía fiar solo de sí mismo. Que las palabras no tenían ningún poder y las acciones eran las que contaban.

Trece años desde que no había pensado en los más oscuros días de su vida, y la mera reflexión le recordó que sus preguntas seguían sin respuestas, y que aún no se había librado de su inseparable camarada llamado «dolor». Continuaba escondiéndose en alguna parte de su mente y eludía todos sus intentos de exorcizarlo. No obstante, después de tantos años se podían llamar amigos y lo aceptaba como si fuera parte de él.

Jared permaneció con el rostro alzado hacia el cielo y acompañó con la mirada la trayectoria descendiente de la cola de fuego, acusándola en silencio por refrescarle la memoria.

Una efímera y sencilla estrella fugaz había tenido el poder de alterarle los sentidos.

Respiró hondo y corrió mentalmente la cortina del pasado. El secreto constaba en elegir qué recuerdos guardar y a cuáles ahuyentar. Todo lo que contaba eran minutos, instantes, tan breves como la estrella que se daba prisa hacia su propia muerte.

El otoño había abierto sus puertas, pero el verano se resistía en despedirse. Millones de pequeños astros centellaban radiantes, compitiendo en intensidad. Su resplandor irradiaba del cielo nocturno decorado como un salón de baile de los años setenta y la imagen era la de bendita felicidad.

Por poco no le daban arcadas del disgusto.

La felicidad era una quimera, y los que se pasaban la vida buscándola, unos ilusos. Felicidad significaba estar bien contigo mismo y él había dejado atrás la etapa de creer en finales felices. En el pasado se había permitido esperarlo una vez, pero por aquellos días era otra persona. El fin de su adolescencia había sido el principio del resto de su vida.

Sonrió nostálgico a los recuerdos y sin querer cerró los ojos deseando…

Una repentina ráfaga de viento creó un torbellino de hojas muertas sobre la tierra, girándolas en círculo de forma aparentemente controlada. Las ramas de los árboles casi desnudos se batieron las unas con las otras creando una música rítmica muy parecida al latido descontrolado de un corazón miedoso. En la lejanía se escuchó el aullido de un animal nocturno, y de repente la fragancia del jazmín se hizo presente en el aire.

El olor trajo a la superficie otros recuerdos, y Jared se estremeció bajo el asalto. Como si sintiera una presencia, sus ojos procuraron ver a través de la noche, sin lograrlo. Su casa estaba situada sobre la cumbre de una colina y el bosque se encontraba tan cerca que parecía tragársela. El hotel de su familia estaba ubicado cientos de metros más abajo, en el valle, pero vislumbraba de él solo la parte trasera, y era bien entrada la noche, habían quedado encendidas únicamente las luces de vigilancia. El destello de las farolas del pueblo se entreveía en la línea del horizonte, pero alrededor lo abrigaba solo la oscuridad de las sombras.

Oteó otra vez el cielo, notando con desilusión que la luminiscencia se había apagado.

Los deseos pedidos a las estrellas fugaces no se cumplen, tío, se riñó, pasando por alto la sacudida de un presentimiento de mal augurio.

Dio media vuelta y entró en la casa. Verificó si la puerta estaba bien cerrada, y apagó todas las luces. Subió las escaleras hasta su cuarto y se dejó caer entre los dulces brazos de los sueños.

El pasado se quedaba en su sitio, en el cajón llamado «olvídalo».

Presente

El pasado estaba por convertirse en presente, se dijo Jared tres días después, mirando de hito en hito a la mujer que se encontraba frente a él.

—Joder, este día no se anunciaba desastroso —masculló entre los dientes apretados, sabiendo que debería huir antes de que lo atraparan los recuerdos, pero sin poder moverse.

—Estoy aquí. Te oigo perfectamente —replicó ella, confirmándole que era real y no una retorcida alucinación.

Íria Golding, la persona que no esperaba volver a ver nunca más en su vida. La que se le aparecía solo en pesadillas, dado que castigaba de forma drástica su cerebro si intentaba traerla en sus memorias de día. La que se empeñaba en ocupar un lugar de su mente. Muy estrecho, tremendamente alejado, pero… ahora que la miraba a los ojos, debía reconocer que lo ocupaba.

—No entiendo por qué me castiga el karma. Pensaba que había pagado todos mis pecados —farfulló Jared, dándose la vuelta con la intención de alejarse de inmediato y fingir que el reencuentro nunca ocurrió.

Una mano fina y elegante lo detuvo. Por el rabillo del ojo pudo ver los delicados dedos y las uñas con manicura perfecta teñidas en un picante tono carmesí. Dedos que aprisionaban su antebrazo.

—Te comportas como el mismo niño malcriado —Íria susurró, mirando alrededor, seguramente procurando no montar una escena—. ¡Por Dios Santo! Han pasado trece años. ¡Supéralo!

Una niebla roja cubrió la visión de Jared y meneó la cabeza para concentrar la vista. Contó hasta veinte y giró el cuello, concediéndole una mirada. Una más venenosa que la mordedura de una cobra. Sus ojos, negros desde el primer día de su vida, parecían haber absorbido toda la oscuridad del espacio.

—No tengo nada que superar. Mi vida es muy satisfactoria. Y doy gracias cada mañana a unas cincuenta deidades porque tú no formas parte de ella.

—¿Así que has pensado en mí? —replicó Íria, sonriendo de esa manera especial que solo ella tenía. Sus labios se curvaban tímidos hacia arriba, como si tuvieran miedo de enseñar los dientes. Unos dientes perfectamente alineados, si mal no recordaba, menos un canino que era un poco más largo que los otros. Solían reírse juntos sobre eso y bromeaban comentando que ella podría ser descendiente de los vampiros.

No parecía conmovida por el temperamento inflamado de Jared, pero a él no le sorprendía. Íria era una persona que no se alteraba con facilidad, y mucho menos en su presencia.

—La primera traición jamás se olvida —replicó mordaz, cogiendo su mano y alejándola sin delicadeza.

—Tenía diecisiete años, reconozco que era inmadura, pero tú parece que sigues siéndolo.

Jared apretó los dientes, rehusando hacer memoria del pasado. De su perfidia. Del dolor. Del día en que cuando más necesitado se encontraba, la chica que pensaba que era su alma gemela, le había dado la espalda sin mirar atrás.

—¿Qué haces aquí?

Íria encogió los hombros y se apartó con el dedo índice un mechón que se había atrevido a escapar de su elaborado moño estilo desaliñado-pero-se-ve-perfecto, y que ahora le acariciaba la mejilla. Jared observó que mantenía el color de su pelo original, más negro que las plumas de un cuervo, aunque ella lo había odiado siempre por ser herencia de su padre.

—He vuelto —anunció, pareciendo muy complacida.

La sentencia cayó como plomo en los zapatos de Jared.

—¿Cómo que has vuelto? —ladró, perdiendo los estribos—. Odias este pueblo.

—Nooop. —Íria sonrió, y a él le quedó claro que estaba encantada con su reacción—. Pensaba que lo odiaba. Pero después de ver casi todo el mundo, me di cuenta de que es mi hogar. Desperté hace tres días con la seguridad de que debía regresar. Que es el sitio en que voy a pasar el resto de mi vida. Curiosamente, el mismo día recibí una oferta de trabajo, ¿averigua dónde? Sí, justo aquí —le informó—. Está claro que es el destino.

Jared casi puso los ojos en blanco. Ella y sus ideas fijas.

—¡Qué suerte la mía! Mentiría si te deseara ser feliz. Así que haz lo que quieras. Como siempre.

—¿Te invito a un café? —preguntó Íria, pasando una vez más de su comentario.

Jared tenía la confirmación de que ella no tenía problemas de vista, no obstante, empezaba a dudar del funcionamiento de sus oídos. Meneó la cabeza, pero no llegó a abrir la boca, ya que Íria se le adelantó.

—Qué casualidad, ¿no te parece? Que nos encontremos enseguida. Llegué anoche —continuó parloteando como si se tratara de un encuentro placentero—. Ni he deshecho el equipaje.

—¡Para! —Jared levantó las manos para tener toda su atención—. No me importa cuándo llegaste, ni qué planeas hacer, tampoco tengo la intención de tomar café contigo o cualquier otra cosa. De hecho, este pueblo ha sido pequeño antes de que aparecieses, y acaba de convertirse en una cárcel. Así que mantente en tu celda, muy, pero muy alejada de mí.

—Lamento darte malas noticias, pero no creo que vaya a poder hacerlo —declaró ella con franqueza, después de aguantar su discurso con cara estoica.

Jared la miró boquiabierto, sin poder creer lo que acababa de escuchar. Sí, habían pasado trece años, pero Íria no había cambiado para nada. Seguía igual de obstinada, sin entender el significado de la palabra «no», mirando solo hacia adelante y manejando cualquier obstáculo que se interponía en su camino como si se tratara de un pasatiempo hasta que consiguiera su objetivo. Encima, odiaba reconocerlo, pero seguía igual de guapa. Incluso más. Se veía… preciosa. Parecía que había aprendido a sacar partido a sus ojos «casi azules», como ella misma había nombrado el color: una mezcla de azul delgado y verde joven, similar a la línea del horizonte en que se unen el mar y el cielo. Su piel, tan blanca que el sol la quemaba enseguida, mantenía el mismo matiz, sin una sola peca.

Alejó la mirada y se riñó por haber observado tantos detalles en cuestión de segundos. Independientes a su voluntad, sus ojos la acosaban como lo habían hecho desde el primer día en que la conoció.

—Entonces lo haré yo —declaró, sabiendo que su sonrisa se veía cruel—. No tendré que esperar mucho tiempo. Lo tuyo es abandonar. Te irás más rápido que una tormenta de verano.

Se dio la vuelta y salió del restaurante, antes de darle la oportunidad de responder. Cerró con fuerza la puerta detrás de su espalda, recordando que se había marchado sin recoger el pedido de tartas para el hotel y sin siquiera llegar a pedir el maldito café.

¡Que coman fruta hoy!, pensó. No tenía la intención de volver dentro mientras ella se encontrara allí.

Contaba con la cafeína de cada mañana para poner su sangre en circulación. Ahora ya no la necesitaba, puesto que esta bullía por sus venas como la lava de un volcán. Meneó la cabeza decepcionado con su control, o su ausencia en este caso, y ofuscado al percatarse que Íria todavía tenía el poder de sacarlo de sus casillas.

***

Trece años atrás

—¡Ay, Dios!

Íria miró desolada todos los libros y los cuadernos esparcidos por el suelo. Levantó la vista y se encontró con un par de ojos oscuros que la observaban sin ninguna expresión. Siguió con la inspección, evaluando con rapidez al ser tremendamente alto para sus diecisiete años. Llevaba vaqueros desgastados y una camiseta blanca con el cuello en pico que dejaba ver una cadena de la cual colgaba un anillo. Tenía el pelo del color de las cáscaras de nuez, ondulado sobre la línea de las orejas y en la nuca, con mechones rebeldes sobre la frente.

—Vamos. —El chico fue empujado por otro y dio un paso hacia adelante. No alejó su mirada ni un instante, y recibió un segundo empujón que tuvo el mismo efecto nulo—. Vamos, tío. Sabes que la profe de química es una arpía. Un minuto tarde y tendremos que repetir la tabla de los elementos cien veces —se quejó el otro.

Íria no le dedicó ni una mirada. Por alguna razón no podía despegar sus ojos del joven contra el que se había chocado, hasta que sintió un codazo en las costillas. Liza, su amiga, pidió su atención.

—Íria, llegamos tarde —dijo y se arrodilló para ayudarla a recoger los libros.

—Sí, claro. —Como si acabara de salir de un trance, Íria pestañeó varias veces y agachó la cabeza. Se inclinó para asistir a Liza, cogió un cuaderno, pero no pudo evitar fijarse una última vez.

Los dos jóvenes se alejaban, sin hacer ademán de ayudarlas. En ese momento él  retorció el cuello y sus miradas colisionaron como lo habían hecho sus cuerpos antes. Íria se estremeció sin razón aparente y fue la primera en retroceder, eligiendo un paisaje más seguro: el suelo.

—Ni siquiera intentó ayudarme —se quejó.

—¿Jared? —comentó Liza—. No lo esperes. De hecho, deberías estar contenta de que no lo hizo.

—¿Por qué? —preguntó Íria, extrañándose por las palabras de su amiga.

Se levantaron las dos con los libros en los brazos, encaminándose hacia la clase. Pudo ver que Liza hizo una mueca desagradable.

—Jared es… Jared. Es mejor que te quedes lo más lejos posible de él.

—¿Qué le pasa? ¿Tiene alguna enfermedad incurable?

—Sí. De hecho tiene más de una: es engreído, vanidoso, prefiere mantenerse al margen de todos, tiene preocupaciones clandestinas, y un aura oscura.

—Lo haces parecer atractivo —rio, sin entender aún el problema.

—Íria, eres nueva en el instituto. En mi calidad de guía, te recomiendo escuchar y hacer caso a mis recomendaciones. Ninguna chica se interesa por Jared. Al menos, ninguna que quiere seguir con su reputación. El único que se atreve a ser su amigo es Cedric que es su perro faldero. Aunque sea el más rico del pueblo y sus fiestas las más anheladas, todos se mantienen alejados de él y de su personalidad… volátil.

—No creo que lo entienda. Vais a sus fiestas ¿pero no lo consideráis amigo?

—Es difícil de explicar. Es como si fuera el presidente de un estado. Lo sigues porque lo ordena, pero a veces te gustaría no hacerlo.

—¿Por qué?

—Ay… —Liza puso los ojos en blanco, dejándole claro que sus preguntas la fastidiaban—. Porque así se hace desde el tercer ciclo de primaria. Es más fácil hacerlo que aguantar una de sus explosiones de furia.

—¿Qué pasó en el tercer ciclo de primaria? —Íria insistió con la esperanza de conseguir todos los detalles, pero se encontró con el muro de desaprobación de Liza.

—Por tu bien te aconsejo que no seas demasiado fisgona. Será mejor que no lo sepas.

—Mira quién habla. ¿Te has mirado en el espejo esta mañana? Porque yo veo «cotilla» escrito en tu frente —comentó, renunciando sin ganas al interrogatorio. Sabía que tarde o temprano se enteraría. El pueblo no conocía la noción de secreto y de todos modos no era el momento adecuado, pues llegaban con retraso a la clase.

La profesora las miró por encima de unas gafas de montura mate y frunció los labios. Inclinó la cabeza para verificar los papeles que tenía sobre el escritorio mientras comentaba:

—Señorita Golding, dado que es nueva, pasaré por alto el retraso de hoy. No obstante, espero que no se repita. La próxima vez habrá consecuencias.

—Sí, señora —Íria bajó la mirada, estudiando la clase a través de las pestañas caídas. Todos los ojos estaban dirigidos hacia ella. Algunos interesados, otros aburridos, incluso advertía unas cuantas miradas maliciosas por parte de algunas chicas. Ser la nueva apestaba. Más cuando venía de una ciudad grande a la cual suponía que cada alma de ese pueblo olvidado por los cartógrafos, deseaba escaparse.

—Ocupad vuestros asientos —mandó la profesora e Íria siguió a su amiga, sin saber dónde debía sentarse.

Se detuvo de golpe al notar que el único banco libre era el penúltimo. Y justo detrás de ese, se encontró con la mirada hipnótica del chico contra el cual había tropezado en el pasillo. Liza, que se había sentado, hacía muecas intentando captar su atención. Se forzó en reanudar la marcha y se sentó en la silla que pareció demasiado caliente bajo su trasero.

La profesora empezó la clase, pero no tenía ni idea de lo que decía. Estaba congelada con la espalda recta pegada al banquillo y las manos sobre las rodillas, apretándolas. Escuchó un movimiento desde atrás y sintió una respiración caliente revolotear en su nuca. Por alguna razón que desconocía sus mejillas se encendieron y empezó a respirar más deprisa.

—¿Qué te pasa? —susurró Liza, mirando hacia adelante, como si prestara atención a la clase.

—Nada. Estoy bien. Estoy perfectamente —respondió en la misma voz baja, esperando que las palabras tuvieran el poder de convencerla a ella misma.

Tampoco entendía qué era lo que le sucedía. Parecía que ese chico la afectaba de alguna manera, pero no alcanzaba a saber el motivo. No lo conocía, y se preguntó cómo era que un encuentro de unos segundos la hacía reaccionar de forma tan violenta.

Encontró una explicación lógica en el hecho de que se sentía aún trastornada y no se había recuperado del cambio. Llevaba los últimos dieciséis años viviendo en la ciudad y había tenido solo dos días para acostumbrase a la mudanza al pueblo. Las malas inversiones de su padre lo habían forzado a vender la casa para pagar las deudas y mudarse con la abuela materna. Conocía la aldea, venían a veces por las fiestas y algunos días de vacaciones, pero la diferencia ahora que iba a vivir ahí, era enorme.

Con Liza se comunicaba desde pequeñas, aunque nunca habían gozado de tiempo suficiente para hacerse amigas verdaderas. Sin embargo, en esos momentos agradecía tener a alguien conocido. No le gustaba el cambio. Había dejado atrás a todos sus amigos, sus clases de fotografía, el grupo de lectura, prácticamente toda su vida. No obstante, tenía la esperanza de que las violentas discusiones entre sus padres fueran a acabar ahora que la presión sobre los hombros de su padre había disminuido.

Procuró concentrarse en la clase, odiando recordar la tensión bajo la cual su familia había vivido las últimas temporadas. Ya no era una niña, entendía qué estaba pasando, y detestaba no poder ayudar a su madre.

Levantó el mentón, decidida a acomodarse y no aumentar los problemas familiares.

Tenía diecisiete años y empezaba una nueva vida. Esa sería su nueva meta, se prometió.

Presente

—¿Qué le ocurre esta vez? —Jared miró debajo del coche, procurando ver el rostro de su mejor amigo pero dando con la imagen de sus piernas calzadas con las botas de trabajo.

Se escuchó un ruido y Cedric salió tendido sobre la plataforma. Se incorporó, tiró las herramientas en una caja y se frotó una mejilla, dejando una marca ennegrecida de grasa sobre la piel.

—Otra vez se ha comido el aceite.

—¿No se lo cambiaste hace menos de dos meses? —Jared buscó en la nevera del taller y regresó con dos botellas de cerveza. Le ofreció una a Cedric y se sentó en el desgastado sillón situado junto a la puerta de entrada con vista a la calle principal.

—Sospecho que tu abuela lo usa para hacer asado, de otra manera no me lo explico —se burló Cedric, sentándose en el suelo y apoyando la espalda en la pared.

—A su edad no debería conducir. No sé cómo me convence para que siga aceptando sus ideas.

—Nadie tiene poder sobre tu abuela. La señora Magnolia siempre hace lo que quiere. —Cedric carraspeó y lo miró fugaz—. De hecho, tú te pareces a ella más de lo que quieres reconocer.

Jared sonrió, pero prefirió no comentar. Estudió la calle, aunque se la conocía con todo detalle.

El otoño era cálido, hermoso, paciente. Con días soleados y noches templadas. La estación se tomaba su tiempo para cambiar el color de las hojas gradualmente y no desnudaba los árboles a la fuerza.

El taller de Cedric era la última construcción antes del sendero que iba al lago. Podía notar la fragancia del agua y la del prado seco traída por el viento perezoso. El color rojizo de la puesta de sol se reflejaba en los cristales de las casas del otro lado de la calle, y en la lejanía se escuchaba el ladrido alegre de un perro. Seguramente estaba jugando con un niño, pensó Jared.

Siempre le había gustado observar las particularidades del sitio en que se encontraba y las distintivas individualidades de las personas que se encontraran en su campo de visión. Con el tiempo se había transformado en una segunda naturaleza y lo ayudaba en su trabajo. Podría parecer que no prestaba atención a una conversación, que no observaba la llegada de una persona, pero la verdad era que sin esfuerzo alguno juzgaba la tonalidad de la voz y sabía, incluso, si le faltaba un botón de la camisa. Había instruido su mente para guardar todos los fragmentos y usarlos cuando los necesitara.

Como ahora, que si bien su mirada parecía concentrada en el paisaje, sentía que él era objeto de estudio por Cedric. Sin cerrar los ojos se imaginó las leonadas cejas de su amigo arrugándose y oía claramente el apagado ritmo del golpeteo de su pulgar contra el vidrio de la botella. No llegaba a adivinar con precisión las siguientes palabras, pero preveía sobre qué iban a ser. Su espera acabó muy pronto.

Cedric bebió un trago de cerveza y declaró:

—Ha vuelto.

Jared casi sonrió, contento por haber tenido razón. Era un talento suyo. Si se concentraba un poco, leía el comportamiento de la otra persona y deducía las acciones como si le hubiera leído la mente. Suponía que era consecuencia de su trabajo. Que por imaginarse la conducta de sus personajes, había llegado a usar la habilidad en la vida real. Por eso muchos le temían, se sentían desnudos de emociones y en imposibilidad de esconder sus pensamientos. A él le divertía y no se sentía culpable de aprovecharse de sus habilidades. El mundo pertenecía a los poderosos.

Conociendo a Cedric de toda la vida, averiguar sus pensamientos no le costaba ningún esfuerzo. No obstante, esta vez el tema no le agradaba.

—Lo sé —declaró secamente.

—He escuchado que volvió anoche. ¿Cómo te enteraste tan rápido? Las noticias no llegan hasta tu fortaleza —protestó Cedric, usando el sobrenombre que había dado a su casa.

—He tenido un día largo y pesado —explicó Jared, debatiendo entre desarrollar o no el tema. Decidió que sería mejor hacerlo. Una evasiva le concedía tiempo, pero era mejor acabar con ello cuanto antes—. Me tropecé con ella por la mañana en el restaurante. Luego escuché las maravillosas noticias en la ferretería y te olvidas de que he visitado a mi abuela. Que a su vez acababa de recibir la visita de una muy entusiasmada señora Candela, la abuela de Íria. Todo el pueblo hierve. Es el más picante cotilleo desde…

—Desde cuando volviste tú —lo interrumpió Cedric, estallando en carcajadas.

Jared no pudo abstenerse y se rio junto con su amigo. A pesar de lo dolorosos que fueran los recuerdos del pasado y de que no tenía ni idea qué le reservaba el futuro, la situación tenía un punto gracioso.

Little Lake era un pueblo pequeño, como otros millones en el mundo, y cada uno de sus escasos habitantes ingería los cotilleos con el entusiasmo dado de sus aburridas vidas.

—Así que la viste —continuó Cedric, con voz insinuante.

Jared movió los hombros en círculo, procurando aliviar la tensión inducida del contexto.

—Vamos a acabar con eso. No quiero que se convierta en el elemento central de nuestros futuros encuentros. Sí, la vi. No, no tengo intención de volver a verla. Sí, recordé el pasado. No, no pienso repetir el mismo error. Punto. —Su voz sonó inflexible, no porque se hubiese esforzado en que se escuchara de esa manera, sino porque creía en lo que decía.

Por unos segundos hubo silencio. Jared se imaginaba las ruedas moviéndose con velocidad en el cerebro de Cedric.

—Será difícil, si no imposible —afirmó este después de un tiempo.

—No será imposible —replicó Jared, obstinado.

—¿Qué te dijo? —se interesó Cedric, sin esconder su interés.

Como si acabara de sufrir un ataque, Jared estalló en risas histéricas, recordando la escena con todo detalle y reconociendo que por la sorpresa no había actuado de forma apropiada.

—Me invitó a un café —dijo, tomando un trago de la botella para recomponerse.

Los ojos azules de Cedric se abrieron de par en par.

—¿Café? ¿Así, sin más?

—Sí. —Jared asintió meneando la cabeza arriba y abajo varias veces para dar énfasis a su respuesta—. Sin más.

—Siempre ha ido directa al grano, ¿verdad? Parece que no ha cambiado.

—No. No ha cambiado —declaró, odiándose al notar que su voz había sonado amarga.

Cedric carraspeó de nuevo, e insensible a su pesadumbre, esbozó una sonrisa divertida.

—Sabes que si…

Jared no le permitió acabar la idea. Lo sabía, pero no quería tomar en consideración esa opción. Suponía que ella debería tener sus motivos para volver y no era tan engreído para imaginarse que lo había hecho por él. De hecho, esperaba que no fuera así, porque Íria era como un tanque de asalto. Usaba todas sus fuerzas, hacía trampas sin remordimientos y atacaba sin descanso hasta que lograba su objetivo. Era consciente que si se convertía —de nuevo— en su objetivo, tenía firmada la sentencia.

—¿Cuándo tendrás listo el coche de abuela? —preguntó, dando el tema por zanjado, pero haciendo una nota mental de que debía preparar medidas de defensa por si acaso.

—En dos horas, más o menos.

—¿Puedes llevárselo tú?

—Claro. Se lo llevo cuando vaya a cerrar.

Jared se levantó y tiró la botella vacía en el cubo de basura situado en un rincón del taller.

—Gracias. Me voy. Tengo que acabar unos asuntos en el hotel y luego pienso escribir un poco.

—Llevas más de un año trabajando para reformarlo. Admiro tu tenacidad —comentó Cedric, sin moverse del suelo.

—Empiezo a creer que se trata de estupidez —replicó—. Pero no puedo dejarlo. Está en posesión de mi familia desde el nacimiento de los tiempos. Y si yo no me hubiera ido no se hubiera deteriorado tanto. Es mi culpa, yo debo arreglarlo.

—Podrías venderlo. De todos modos tú tienes otras preocupaciones.

Jared apretó el maxilar. La opción salía de discusión. Era la última cosa que su madre había amado.

El pueblo era pequeño, pero casi toda el área era reserva natural. El lago, el bosque y unos manantiales de agua termal atraían turistas. No se autorizaban nuevas construcciones con propósito comercial y su hotel era el único en un área de treinta kilómetros. No necesitaba el dinero, de hecho mantenía los precios tan bajos que casi no ganaba lo suficiente para pagar los gastos, pero en los últimos diez años que él había faltado, el hotel se había degradado mucho sin una mano firme. Intentaba levantarlo, antes de que fuera demasiado tarde.

—No, no pienso venderlo. Todo lo contrario. Espero un fotógrafo para hacer un álbum publicitario y presentarlo a nivel nacional.

—Acaba de venir uno al pueblo —Cedric rio, sin poder abstenerse por la ironía de la situación.

—Le gustaba la fotografía cuando era adolescente. No tengo idea qué profesión tendrá ahora, ni me interesa —lo fulminó con la mirada, esperando que entendiera las señales y dejara de insistir.

Su amigo se hacía el ciego, dedujo hastiado, cuando Cedric continuó en la misma voz sosegada, como si conversaran sobre el tiempo.

—¿Piensas decírselo?

El rugido de un motor potente salvó a Jared de responder. O eso pensó, hasta que vio de quién se trataba. Un Ford Raptor al cual no se podía distinguir el color por la manta de barro que lo cubría, frenó con ruido delante de la entrada. Una canción de moda en volumen máximo hacía temblar los cristales del coche y supo quién era el chofer antes de verla.

—Dos veces el mismo día es más de lo que puedo soportar —masculló, mirando alrededor en busca de una escapatoria, a pesar de saber que el taller de Cedric no tenía otra salida.

Antes de encontrar una solución, se escuchó un portazo e Íria apareció, saludando con entusiasmo.

—Hola, chicos. ¿Cómo estáis?

Al parecer, mudos. Cedric había abierto la boca pero no salía ningún sonido y Jared no pensaba hacerlo. No obstante, tenía ganas de darle un codazo al mameluco de su amigo y devolverlo a la realidad. Él era el primero en reconocer que Íria podía crear conmoción incluso en una multitud de modelos presentado lencería íntima, pero que se quedara casi en coma no decía mucho sobre su carácter.

Íria llevaba el pelo suelto y los bucles oscuros rozaban sus hombros envueltos en una chaqueta de piel del color de la arena. Como si sus piernas no fueran ya kilométricas, caminaba sobre unos botines con un tacón más alto que el bolígrafo con el cual él apuntaba las ideas.

—Hooola —ella insistió, percatándose de que nadie le respondía. Avanzó hacia dentro, intercalando su mirada satisfecha entre el uno y el otro—. Cedric, necesito que mires mi bebé, acaba de hacer más de dos mil kilómetros en tres días y estoy preocupada. Hola, Jar —sonrió abiertamente, llamándolo por el nombre corto que solo ella usaba.

Síp, perfecto. Recuérdame el pasado una vez más. Directo en el blanco, Íria, felicidades.

Jared pensó todo esto, pero dijo una única palabra.

—Adiós. —Puso sus pies en funcionamiento y tuvo cuidado de salir por el lado contrario de donde se encontraba ella. Su mirada le quemó en la espalda, pero no se detuvo y respiró aliviado al escuchar que su atención se había centrado en Cedric.

—¿Así que seguís siendo amigos? ¿Estabais hablando de mí? ¿Te vas a esfumar tú también? —oyó que interrogaba al pobre hombre.

Le daba pena y por un momento pensó volver y salvarlo. Pero no podía hacer nada.

Supuso que a pesar de querer hacerlo, Cedric no podía esfumarse. Se fiaba de su lealtad, sabía que no iba a contarle a Íria nada que no debiera y entendía que por considerase su aliado, su primer instinto era esconderse y no enfrentarse a ella. Básicamente lo que hacía él, pero Cedric debía cuidar su trabajo y aceptar cualquier encargo sin importar los gustos personales.

Ellos tres, más Liza, la amiga de Íria, habían sido amigos. Pero esos tiempos habían quedado muy atrás, en otra vida.

Tenía que regresar a la casa de su abuela a pie, dado que había dejado allí su coche. No le molestaba, le servía tomar el aire y quizá con un poco de suerte conseguiría ordenar sus pensamientos y concentrarse en la acción de la novela que estaba escribiendo.

El pasado se quedaba en su sitio, desde su punto de vista.

No pensaba abrir la Caja de Pandora.

***

Trece años atrás

—Deja la cámara —pidió Liza por séptima vez—. Vamos a bañarnos.

—Ve tú. Te seguiré en dos minutos.

—Eso me has dicho cada dos minutos en la última media hora —lloriqueó Liza, dándole la espalda a Íria y dirigiéndose hacia el lago.

Faltaban tres semanas para las vacaciones de verano y toda la escuela había salido de excursión.

La manera de disfrutar de Íria no se asemejaba a la de otros chicos de su edad. Al menos no podía hacerlo antes de tomar unas… cientos de fotografías.

Las ondas del lago parpadeaban en varios colores, del azul del cielo veraniego al verde reflejado de las hierbas, incluso al dorado de los rayos de sol. El campo estaba lleno de mochilas, toallas y el aire retumbada de gritos y risas. Los profesores habían olvidado los deberes por un día y todos disfrutaban con anticipación de la libertad que prometían los días de verano.

Y ella quería recordarlo todo. Quería observar, fotografiar y guardar el momento. Luego iría a bañarse. Las acciones se realizaban en orden de prioridades.

Enfocó la cámara en su amiga y disparó justo en el momento en que su rostro se contorsionaba por el choque con el agua todavía fría. Sonrió contenta y continuó mirando a través de la lente, jugando con el foco. Cerca, despacio, lejos. Repitió los movimientos, apretando el disparador cuando la imagen le parecía especial.

Dos manos y un cuaderno aparecieron de entre unos arbustos y ella modificó la distancia focal, reduciendo el campo de visión y acercándose al fondo. Cuando vio el colgante sobre el torso desnudo entendió quién era el sujeto. Como siguiendo una orden, la boca se le secó al instante y una pandilla de mariposas irascibles empezó a batallar en su estómago. Tragó saliva, apretó el disparador una vez y continuó la inspección, enfocando manual. La boca de Jared apareció en primer plano y ella admiró el hoyuelo que tenía encima del labio superior y que corregía su contorno severo. Amplió la profundidad del campo y acertó en localizar su entero rostro concentrado en el cuaderno, con los bucles rebeldes caídos sobre la frente y acariciándole las sienes. Hizo dos fotos rápidas, sintiéndose culpable por espiarlo.

En el último mes se habían visto muchas veces, pero él nunca le había dirigido la palabra. De hecho, lo que le había contado Liza el primer día era la pura verdad. Jared se mantenía al margen, siempre, y no se mezclaba con nadie. Había muchos que buscaban su aceptación y lo rodeaban como las moscas a la comida caducada, pero él se mantenía apartado y no halagaba a nadie.

Compartían la mayoría de las clases y tenerlo a su espalda no era cosa fácil. Por alguna razón se tensaba cada vez que lo veía. No, lo correcto sería decir cada vez que lo sentía cerca. Hmm… tampoco era verdad. Cada vez que pensaba en él, tenía que reconocerlo, y lo hacía. Se sorprendía agudizando los oídos para escuchar el más pequeño movimiento de él. Estaba pendiente de sus acciones: si cambiaba de posición para acercarse o alejarse de su espalda, si comentaba algo con su compañero de banco, Cedric, si percibía su respiración cerca o llegaba hasta ella su fragancia. A veces, después de una clase le dolía todo el cuerpo por el esfuerzo de quedarse en la misma posición tanto tiempo y no permitir que sus músculos se relajaran.

Se dio cuenta que lo hacía otra vez: lo fijaba con la cámara desde hace un rato, sin moverse apenas. Por eso se sobresaltó cuando Jared levantó la cabeza y ella se encontró con su mirada sombría a través de la lente. La sorpresa y el instinto hicieron que apretara el disparador antes de saber que lo hacía. Enseguida bajó la mano y miró el aparato como si no pudiera creer lo que acababa de ocurrir. La fotografía estaba guardada, pero la imagen se había grabado a fuego también en su mente. Los ojos de Jared habían sido oscuros, almacén de preguntas y pensamientos, e Íria se sintió como si hubiera violado su intimidad y visto una parte de su alma.

Lo miró ahora sin la ayuda del cristal. La distancia era demasiada para poder leer su expresión, pero podía ver que él también le sostenía la mirada.

Como si supiera que no debería hacerlo, Íria dio un paso hacia adelante y luego se detuvo, confusa. Calculó los pros y los contras y decidió que no tenía nada que perder. Se acercó con pasos seguros. Registró el asombro en el rostro de Jared cuando se percató que se dirigía hacia él, pero eso no la detuvo. Cuando le faltaba un paso para llegar, él cerró el cuaderno que tenía sobre las rodillas y lo apretó entre las manos.

—Hola. —Íria saludó sin saber cómo empezar la conversación. No tenía ningún plan en mente. Se sentó a su lado, dejando la cámara en el suelo—. ¿Qué escondes ahí? —preguntó señalando el cuaderno.

Jared pareció desconcertado un momento. La estudió, tomando nota de su pantalón corto, unos vaqueros pasados que había cortado, y el sujetador del traje de baño. Todos los chicos llevaban variaciones de la misma ropa, pero Íria se abrazó las rodillas, avergonzada de repente por su cuerpo largo y huesudo.

—Eres demasiado blanca. Te vas a quemar —dijo Jared, pasando de saludar y haciendo caso omiso a su pregunta.

Tenía una voz profunda, de hombre, no como los otros chicos que todavía pasaban por el proceso transitorio.

De nuevo, Íria se sintió como una niña en comparación con él. Sus hombros eran anchos y el torso musculoso. Aunque incipientes por su juventud, podía observar fajas de músculos rígidos y delgados tendones elásticos bajo la bronceada piel.

Íria sabía que tenía razón, y que su tez era muy blanca, pero no entendía la esquiva.

—Me puse protector solar —le informó, observando a hurtadillas que la piel de Jared tenía un matiz caramelizado muy parecido al de su pelo. El colgante plateado hacía contraste y ella estiró el cuello, procurando inspeccionar en detalle el objeto suspendido. Descubrió que era una sencilla banda plateada que tenía algo grabado en la parte interior, pero no se declaró contenta. Extendió la mano con la intención de coger el aro y leer la inscripción. Pero cuando sus dedos tocaron la piel de Jared, ambos dieron un respingo a la vez. Jared apartó el troncó hacia atrás e Íria retiró la mano como si le hubiera quemado. Los dedos le hormigueaban y la sensación ganaba terreno, expandiéndose por toda la longitud de su mano y sobre el resto de su piel.

—¿Qué es? —preguntó después de calmarse, decidida a no hacer caso a las extrañas sensaciones.

—Un recuerdo —contestó Jared en tono de «no te diré nada más».

Se observaron en silencio hasta que él señaló con la cabeza la cámara de fotos.

—¿Te gusta la fotografía?

Íria se encogió de hombros, mirando con interés el cuaderno. Jared no le contestaba a ninguna pregunta, pero el hecho de que estuviese entablando una conversación y no se hubiese emplumado la hizo sentirse especial.

—En los instantáneos veo la verdad. —No añadió nada más, pero él pareció haberla entendido, ya que aprobó en silencio con un movimiento de cabeza—. ¿No vas a bañarte? —inquirió.

Por alguna razón, su pregunta divirtió a Jared. Sonrió, y ella se quedó como boba admirando el movimiento de sus labios. Cuando desaparecieron de su vista se percató de que él se había levantado y guardaba el cuaderno en la mochila. Tendió una mano en una invitación como un caballero medieval y comentó:

—Después de ti.

Íria casi tropezó con sus propias piernas. Intentando levantarse lo más rápido posible, se había olvidado que se suponía que debía hacerlo con elegancia. Aunque superaba en altura a todas las chicas de su edad, incluso a algunos de los chicos, se percató que su nariz ni llegaba a la clavícula de Jared, y eso la incomodó aún más. Se dio la vuelta y se encaminó hacia el lago.

Escuchó un carraspeo a su espalda, y su estómago se disminuyó al tamaño de una nuez. Seguramente parezco un avestruz. Al menos me falta el culo grande, pensó fastidiada, sabiendo que su parte trasera era más bien plana. Como una escoba andante, rectificó.

—Oye. —La voz de Jared detuvo sus pasos—. ¿No te olvidas de algo?

Íria se giró con los movimientos de un robot que no entendía los comandos. El joven sostenía con un solo dedo la correa de su cámara de fotos y no hacía ningún movimiento de avanzar para dársela.

—Sí, claro —tartamudeó, pero se quedó en el mismo sitio, sin moverse.

Casi gritó de alegría cuando Jared empezó a caminar hacia ella. Era una cosa sencilla devolverle la cámara, pero a ella le daba la sensación de haber ganado una batalla. Cuando estuvo a menos de un paso, Jared le tendió la mano. Había soltado la correa y guardado la cámara en su palma.

Sin dar más vueltas, Íria se precipitó en cogerla. Casi lo tenía. Sus dedos habían agarrado el aparato, pero antes de retirarlos fueron encerrados bajo la otra palma de Jared. Sus ojos se dispararon hacia los de él. El mismo cosquilleo, pero con más intensidad, se hacía sentir en cada centímetro de su piel hasta las puntas de los dedos de los pies. Encorvó los dedos, esperando escapar de la sensación y mudó su mirada hacia su mano encerrada entre las de Jared.

—Deberías cuidarla mejor —comentó él y le liberó la mano.

¿Le parecía a ella, o su voz era una tonalidad más áspera?

—Gracias. —Íria cogió la cámara y se dio la vuelta. Esta vez no le importó cómo se veía, de hecho empezó a correr y no se detuvo hasta que no llegó a su mochila.

Se sentó en el suelo, guardó el aparato y esperó unos minutos para tranquilizar los latidos desbocados de su corazón. Que sin duda eran consecuencia de la corta carrera, se dijo a sí misma.

Su experiencia con los chicos no era grande, pero tampoco era ingenua. Había intercambiado besos con algún joven que le había gustado. Pensaba que entendía el código secreto de las miradas, incluso había estudiado sobre el lenguaje del cuerpo.

No se odiaba a sí misma, pues era consciente de que llegaría a ser una mujer atractiva dentro de unos años. Era lo que su madre llamaba: «una flor tardía».

Si tenía que sacar una conclusión después de este encuentro, estaba casi segura de que Jared había jugado con ella al estilo «el gato con el ratón». Y ella acababa de meterse por propia iniciativa en la boca del gato.

Presente

Jared se detuvo en la puerta de entrada, procurando reconocer las voces. Le daba mala espina que se oyesen únicamente diferentes tonos de voces femeninas.

Era una noche de viernes, la obligatoria para cenar en la casa de su abuela. Si bien habían pasado años desde su adolescencia y desde los tiempos en que se olvidaba de la comida, su abuela no opinaba igual. Le cargaba la nevera con cazuelas tres veces por semana y cada viernes le obligaba a comer delante de ella, como si quisiera asegurarse de que lo hiciera. El nivel de colesterol de Jared era el tema principal en sus discusiones. Magnolia insistía en que debía poner más carne sobre sus huesos, aunque no quería verificar si las dioptrías de sus gafas eran las adecuadas y no reconocía que veía una imagen de él de cuando tenía catorce años.

Jared cerró la puerta con cuidado para que no se escuchara el clic, y avanzó con pasos de gato, agudizando los oídos para identificar a las intrusas. Justo entonces se escuchó una risa y él frenó de golpe, maldiciendo en silencio y manoteando fastidiado el aire.

Conocía esa risa. Íria tenía cara de ángel, pero reía como un conductor de camión con sobrepeso y que fumaba tres paquetes diarios de tabaco: profundo, ronco, como si se hubiera atragantado con el aire y le costase respirar. Además, reía sin tapujos, con toda la boca, todo su cuerpo se convulsionaba bajo la fuerza de las carcajadas.

Estaba claro, la velada acababa de joderse antes de haber empezado, pensó, evaluando la situación. Al parecer su abuela y la de ella, que eran amigas desde cuando habían nacido hacía más de unos milenios atrás, habían programado una feliz reunión sin considerar necesario consultarlo.

Y él que venía contento consigo mismo y feliz porque había podido esquivarla en los últimos cinco días. Había pasado la mayoría del tiempo en su casa y con los asuntos del hotel, pero lo consideraba una buena jugada. Su fortaleza era infranqueable y un placer pasar el tiempo escribiendo.

Jared consideró sus opciones y decidió que la mejor en las circunstancias dadas era la retirada. Si se movía despacio y con cuidado, podía desaparecer justo como había llegado, sin que nadie se enterara.

Tenía el pomo de la puerta entre sus dedos a medio abrir cuando oyó que lo llamaban.

—¿Jar…?

Pillado en flagrante, se giró con su mejor cara de póker.

Íria lo miraba desde el salón, con la cabeza inclinada sobre un hombro y media sonrisa dibujada en el rostro.

—¿Estabas huyendo? —inquirió.

Para Jared fue evidente que se abstenía para contener las carcajadas.

—¿Yo? ¡Qué va! Acabo de llegar —soltó con rapidez, dando un portazo para confirmar sus dichos.

—Entonces, ¿por qué estabas de espaldas y tienes cara de culpable?

—¿Por qué estás tú aquí? —atacó él, a la defensiva.

—Tu abuela me invitó. Además, tenemos que hablar.

Íria fue interrumpida porque las dos responsables de la situación aparecieron en el marco de la entrada del salón con los rostros resplandeciendo por la ilusión.

—¡Chiquillo! Has llegado. Pasa, pasa. Te has retrasado un poco, no está bien que dejes esperar a las damas —parloteó su abuela, invitando dentro a todo el mundo.

¿Qué damas?, se preguntó Jared, sonriendo sin querer a la imagen que formaban las tres mujeres. Su abuela era baja de estatura y gordita por todos los sitios. Llevaba siempre el pelo en un moño muy alto donde a veces perdía las gafas, y tenía el carácter de un comandante de tropas. Escuchaba solo cuando le convenía el tema y hacía siempre lo que le daba la gana.

La señora Candela, la abuela de Íria, era tan alta como ella y más delgada que un palo. Desde que la conocía llevaba el pelo canoso, rizado y muy corto, y no apagaba el cigarro nunca. Daba la sensación de que era muy frágil y normalmente aprobaba cada dicho o actuación de Magnolia, su mejor amiga.

Y llegaba a su pesadilla personal: Íria, la que mejor engañaba a primera vista. Lo había sufrido en su propia piel. En su propio corazón, mejor dicho. Parecía sincera, abierta, sin nada que esconder. Tan bella como un cuadro, tan tranquila como las ondas de un lago. Más traidora que una espía doble en una guerra mundial.

¿Qué oportunidades tenía él en esa cena de no ser aplastado como un bicho contra la pared?, se preguntó, eligiendo no darse la respuesta al saber que no sería la que le convenía.

—He preparado tu comida favorita —comentó su abuela, empujándolo en la silla y agarrándole el hombro en el proceso. Jared se ahorró la mueca de dolor. Había entendido la indirecta, la advertencia de que debía comportarse.

¡Cómo si pudiera ingerir algo!, pensó, buscando con la mirada algún frasco con alcohol. Para su desgracia, las damas no habían tenido en cuenta sus sentimientos y no había nada más fuerte que una botella de vino tinto. Se llenó el vaso hasta el borde, lamentando su condición en silencio.

—Cariño, debes contármelo todo —pidió su abuela en cuanto todos habían ocupado sus posiciones, dirigiéndose a Íria.

Así pasó Jared las siguientes dos horas, escuchando sus comentarios, sus risas, las preguntas y las respuestas, sin interferir. Lo usaron para que les diera la sal, para que les llenara los vasos, y pasaron de él de forma absoluta.

Las tres tenían el rostro encendido por la emoción y el aire era una mezcla del olor de asado con el humo de los cigarrillos que Candela no había apagado entre bocado y bocado.

La depresión de Jared creció y sus ganas de alcohol verdadero aumentaron hasta que se transformaron en ansias. Acababa de escurrir las últimas gotas de la tercera botella de vino, y todo lo que había conseguido eran unas jodidas pulsaciones en sus sienes que anunciaban una grandiosa migraña.

Fue sacado de sus deplorables pensamientos por una acción violenta. Se sintió cogido de una oreja y protestó estridente:

—¡Au!

Su abuela que acababa de levantarse para cambiar los platos, acusó señalando el suyo, casi lleno.

—¡No has comido nada! He hecho tartaleta de manzana para el postre y espero que te tragues hasta la última miga —le dijo mientras se alejaba en dirección de la cocina.

Como a una señal, Candela se levantó con el cigarrillo entre los labios y la bandeja de pan entre las manos.

Jared contó las flores y las hojas impresas en la tela del mantel y cuando acabó, empezó desde el principio. Sus dedos moldeaban bajo la mesa bolitas con restos del pan y se sentía más aturdido que la primera vez cuando había accidentado a Íria en el instituto.

—Entonces, ¿así serán las cosas entre nosotros? —cuestionó ella, pero Jared eligió no arriesgarse y levantar la mirada.

Tampoco contestó. A pesar de que había tenido tiempo para acostumbrase a la idea de que la vería por todos los sitios, no encontraba otra defensa que mantenerse a distancia. No entendía sus planes, y esperaba que él no fuera parte de estos. Sin embargo, opinó que de algún modo, tal vez ella tuviera razón. Si ni siquiera le contestaba a un saludo, se comportaba como un niño ofuscado y en público sería él quién perdería la imagen. Acusó al vino porque había disminuido sus defensas y alzó la mirada.

—¿Qué quieres de mí?

Íria pareció sorprendida por un instante; no sabía si era porque le había contestado o por las cortantes palabras. No obstante, se recompuso y sonrió tímidamente.

—¿Podemos ser amigos?

Ni en el futuro siglo, pensó Jared, mordiéndose la mejilla por dentro para no soltar las palabras.

—Sí, claro. Unos amigos muy, muy lejanos. Tan apartados que prefieren comunicarse a través de cartas. Idea aprobada en unanimidad de votos —se burló, levantando una ceja y esperando la respuesta de ella. Pero al instante cambió de opinión y añadió mordaz—: Tampoco creo que funcionase. Dudo que sepas escribir, o de lo contrario no me explico por qué no he sabido nada de ti durante trece años.

—Eres malo —lo acusó Íria, pero el divertimiento seguía brillando en su mirada, como si no lo creyera capaz de ese sentimiento.

—¿Qué esperabas?

—Que te comportases como un adulto.

—Lo hago. Si no lo hiciera no estaríamos hablando ahora mismo. De hecho, ni estaría en esta mesa y tú tampoco.

Íria puso los ojos en blanco y cuando volvió a hablar cambió su semblante con uno reservado.

—Necesito que hablemos en serio.

—Es exactamente lo que hago —aseguró Jared.

—Acabemos esta conversación más tarde —dijo ella, observando que las dos ancianas volvían con el postre.

—No habrá ningún tipo de conversación entre nosotros —masculló Jared, irritado por la seguridad que ella mostraba.

¿Qué era lo que esperaba? ¿Compartir las noticias, tomar café juntos, hablar del tiempo? ¿Borrar todo lo que había pasado entre ellos y mirar hacia adelante? Ella tenía razón solo en que ambos eran adultos, y los adultos tomaban decisiones sensatas. Sabía que entre ellos dos era todo o nada, y eso era lo que ella no entendía, o no quería hacerlo.

Siempre había sido igual, y siempre lo sería. Todo o nada.

Y esta vez, él elegía nada.

***

Trece años atrás

Íria se alisó la falda del vestido y sonrió al espejo de cuerpo entero del pasillo.

La seda susurró bajo sus dedos y la piel le crepitó con los millares de pinchazos resultados de la electricidad estática. Se veía hermosa. Se sentía hermosa.

A pesar de que no aprobaba el color blanco elegido por su madre, debía reconocer que el corte del vestido sacaba partido a su cuerpo andrógino. Los tirantes eran anchos pero descubrían sus hombros, y por haberse recogido el pelo hacia un lado, su cuello se revelaba en toda su longitud. El corte era cuadrado justo encima de sus pechos y la falda florecía debajo de sus caderas para acabar cerca de las rodillas en un oleaje de satén. Sus continuos paseos habían dado un toque dorado a su piel y el blanco del vestido aumentaba el contraste.

—Estás preciosa —le dijo su madre desde atrás.

Íria se dio la vuelta y sonrió. Cogió su mochila que no iba con el elegante vestido, pero que necesitaba para guardar la cámara.

—Gracias —aceptó el cumplido y la abrazó. Tomó nota de las ojeras oscuras que adornaban la zona baja de sus ojos, de la palidez de su piel y deseó tener el poder de alegrar un día de la mujer que le había dado a luz, así como lo hacía ella—. Por todo —añadió, estrechándola entre sus brazos y transmitiéndole mentalmente parte de su fuerza.

—¿No te acompaña nadie? —su madre preguntó, esperanzada.

—No, mamá. Solo voy porque el profesor de arte leyó el informe de mi antigua escuela y me nombró la fotógrafa de la clase. Participo en el baile para inmortalizar los momentos. Me veo allí con Liza.

—Intenta divertirte un poco —le sugirió, mirándola una última vez antes de salir.

—Lo haré —prometió Íria.

Era verdad, pensaba divertirse a su manera. Hacer fotografías era más que un pasatiempo y el equivalente a la distracción. Su lente mágica le enseñaba la verdadera cara de las personas, no la máscara que llevaban desde el momento en que abrían los ojos por las mañanas. Cuando fotografiaba observaba detalles que no podían ser vistos con el ojo libre y le ayudaba a sacar conclusiones siempre acertadas.

Por eso no le molestaba «trabajar» esa noche. No se sentía rara por ir sola ni había intentado concertar una cita. Liza había pescado como acompañante a un joven del ciclo superior y había intentado convencerla de que aceptara la oferta de un amigo de este, pero no estaba interesada. El pueblo era pequeño y no esperaba que el baile fuera del calibre de los de la ciudad. Conocía a sus compañeros de clase y sabía que pocas chicas tenían novio, ahí no se respetaban los estandartes de una ciudad grande.

La música se escuchaba desde fuera y varios grupos poblaban el área de alrededor del gimnasio donde ocurría la acción.

Al entrar, observó que los focos que alumbraban normalmente el recinto estaban apagados y en su lugar habían adornado el techo con luces navideñas multicolores y dos bolas antiguas de discoteca, lo que ayudaba solo a distinguir el contorno de los cuerpos de los jóvenes. Arrugó la nariz, molesta con el descubrimiento. Estaría forzada en usar el flash de la cámara e independiente de la alta resolución, la calidad de las fotos iba a bajar.

Buscó con la mirada entre la marea de gente para encontrar a Liza. A medida que avanzaba, el color de su vestido cambiaba reflejando la luz de las bolas, de un blanco fantasmagórico al azul fosforescente y rosa intenso. Sentía el reflejo incluso en el rostro y le molestaba en los ojos. La encontró en una de las mesas alineadas junto a la pared del fondo, opuesta a la zona del DJ que parecía sufrir de hipertensión y gritaba con todas sus fuerzas en el micrófono, audible a pesar del volumen de la música.

—¡Dios! Estás de muerte —su amiga vociferó en su oído.

—No tanto como tú —replicó observando que la cita de Liza babeaba apreciando con una mirada para nada tímida las curvas de la chica destacadas por el vestido talla «casi invisible»—. Voy a dar una vuelta y a calentar la cámara —anunció enseñándole el aparato.

Dejó la mochila para que se la guardara Liza y se pasó la correa por el cuello.

Se movió por fuera de la pista de baile, sin arriesgarse a ser atropellada por los jóvenes que se agitaban en varios estados de excitación.

Le encantaban las fotografías tomadas sin el conocimiento de los sujetos, eran las más realistas. Memorizó en la pantalla a Marco, un muchacho que conocía de la clase de biología y que por el modo en cómo bailaba parecía tener problemas de oído o escuchaba otra canción en su cabeza. Le sonrió a Amalia, una joven con unos ojos grandes, muy expresivos, y sin saber por qué, disparó y guardó en una imagen los movimientos sensuales de Elisa, la futura modelo de revista de la clase.

Sin darse cuenta había dado una vuelta entera a la pista de baile y seguía disparando para captar los momentos de felicidad de la juventud.

Dio un paso más hacia atrás y se detuvo al chocar con un cuerpo duro y caliente. Se giró, pero le costó reconocer la persona contra cual había colisionado, ya que la luz era escasa en este rincón. Cuando sus ojos se acostumbraron, tuvo tiempo de vislumbrar a una muchacha que parecía arreglar su vestido arrugado por las manos de…

—¡Jared! —exclamó Íria, más fuerte de lo que hubiera querido.

—Es mi nombre —replicó este, con una mano todavía rodeando el cuello de la joven.

Íria tomó nota de las mejillas sonrojadas de la chica, visibles a pesar de las sombras, así como de su incomodidad. No le fue difícil sumar uno más uno y concluir que había interrumpido algo que debería pasar en una habitación privada.

El calor irrumpió en su piel y aunque no era ella la inculpada, la vergüenza la hizo dar un paso atrás y balbucir.

—¿Queréis una foto? No, claro que no. —¡Qué idiota soy!, se regañó mentalmente—. Supongo que no. Os dejo. Continuad con lo que…

—De hecho, una foto estaría bien —dijo Jared sonriendo como el gato de Cheshire hasta que de su rostro se vio solo el blanco de los dientes.

Íria no se movió, sin recordar qué debía hacer. El calor de su piel se había incrementado hasta sentir gotas de sudor en su nuca y parecía afectar a su cerebro que procesaba los datos con lentitud. Se echó atrás y esta vez chochó contra un bailarín entusiasmado, ganándose una mirada recriminatoria.

—¿Vas a usar la cámara o nos congelamos para esperar a que vuelvas dentro de cincuenta años?

Las palabras de Jared tuvieron el efecto de una ducha fría. Respiró hondo, alejando de su mente las imágenes de él encima de la chica y tomó la cámara olvidada colgando de su cuello. Se conocía los pasos tan bien que podía tomar las fotografías incluso con los ojos cerrados. No obstante, le costó enfocar la imagen y sus dedos sufrían un repentino ataque de espasmofilia. Supuso que había captado la mirada soñadora de la chica que observaba a Jared como si fuera una estrella rock que acababa de pedirle en matrimonio. En cambio, él miró directamente a la lente. Tenía el pelo hacia un lado, y la ceja arqueada junto con media sonrisa provocativa incitaban a… darle una bofetada, pensó Íria, irritada. Pasando sobre los incomprensibles nervios, consiguió tomar algunas fotografías, cambiando el ángulo y la distancia para variar.

—Listo —anunció, esperando que su sonrisa no se viera como se sentía ella misma: temblorosa.

—Espera —le pidió Jared, observando que se preparaba para retirarse—. Entiendo que eres la fotógrafa, pero tú también debes tener recuerdos del baile. Estoy seguro de que a Ivana no le importaría tomar tu sitio por unos segundos. ¿Verdad, preciosa? —preguntó a la chica que asintió como si no pudiera articular palabra.

Íria la entendía. Si Jared tenía sobre ella solo la mitad del poder que trastornaba su cuerpo, era mejor si mantenía la boca cerrada, y así quizá demostrar un gramo de inteligencia.

—Uh, no lo creo. Nadie toca mi cámara —rehusó, meneando la cabeza.

—Vamos —Jared se acercó y cogió en la mano el aparato que descansaba sobre su pecho. El roce de sus dedos cortó a través de la seda como si no existiera y la respiración de Íria se quedó atascada entre el estómago y la garganta—. Por una vez no pasa nada, y debes tener una fotografía como recuerdo.

Íria se la ofreció a la chica sin soltar palabra, no confiando en sus capacidades vocales. Le señaló el disparador, pero antes la enfocó en el rostro de Jared. Seguía sonriendo como el gato que se había comido el canario. Suponía que Ivana era el canario en este caso, y por alguna razón la idea le molestó.

Se posicionó a regañadientes a su lado y juntó las manos delante, acariciando inquieta la falda. Posar no era lo suyo, prefería encontrarse al otro lado de la lente. Sabiendo cómo se veía por el intermedio de esta, preparó su mejor sonrisa y esperó a que la chica disparara.

Cuando lo hizo, Íria había perdido la sonrisa y miraba sorprendida a Jared que le había rodeado los hombros, atrayéndola hacia su costado. Llevaba un pantalón formal y una camisa blanca, y la ropa elegante le confería una imagen sofisticada, aun con los gemelos desabotonados y las mangas enrolladas hasta los codos. Íria tuvo la visión del colgante que rozaba la piel bronceada y sintió los músculos de su antebrazo tensándose sobre su espalda descubierta.

Se enderezó y preparó de nuevo la sonrisa, decidida a ocultar cómo la hacía sentirse el calor del cuerpo del chico envolviéndola como una manta cálida que la impulsaba a meterse bajo ella para siempre. En cuanto el flash se disparó, se alejó apresurada y tomó posesión de su preciada cámara.

—Guárdame un baile —comentó Jared a sus espaldas, riendo con discreción.

Íria lo miró sobre el hombro y la expresión soberbia del joven la enfureció.

—Creo que podré sobrevivir sin que me manosees —espetó, pero enseguida se sintió mal por decirlo. No por Jared, él se lo merecería, pero la pobre chica, el centro de sus atenciones anteriores, había perdido el color de sus mejillas.

Se alejó antes de que su mala leche ganara el partido. De acuerdo, reconocía que Jared influía en sus hormonas. Bueno, la verdad era que las agitaba como lo hacía una batidora con las claras de los huevos. No obstante, debía tener en cuenta que su personalidad era imposible y ahora entendía las advertencias de Liza.

El chico era tan engreído que nadie, aparte de su ego, tendría lugar a su lado.

Presente

La mañana había amanecido fría y mojada. Octubre bañaba el aire con espesas nieblas que se levantaban cerca del mediodía y rociaban la tierra con gotas brillantes. El sol era perezoso, se despertaba cada día más tarde y desaparecía más temprano de su puesto.

Jared recorrió con ritmo veloz la distancia entre su casa y el hotel, aprovechando para despertar su musculatura dolorida. Había pasado la mayor parte de la noche escribiendo, y su mente, igual que su cuerpo, se encontraba en un estado semi comatoso, negándose a aceptar la realidad y sus encargos.

Por suerte la luz era grisácea y opaca, perfecta para sus ojos irritados y sensibles. La alfombra de hojas secas crujía bajo sus pasos y la brisa traía la fragancia especial de la estación: recuerdos del ardiente verano y promesas de un no muy distante invierno.

Le gustaba seguir un horario, y empezaba cada día solucionando los problemas del hotel. De ese modo se las arreglaba para tener libre hasta la hora del cierre si no aparecían situaciones emergentes que requerían su presencia.

Encontró a Mara en la recepción y ella lo recibió con una sonrisa agradable. Había tenido la suerte de contratarla hace un año atrás como directora de operaciones, un eufemismo que significaba que le había derogado sus obligaciones. Ella se encargaba de todo, no obstante, las decisiones las tomaban juntos y las firmas finales eran las de él.

—Buenos días.

Jared le correspondió a la sonrisa, aunque los músculos de su cara protestaron ante la sencilla operación.

Mara era joven, encantadora, le apasionaba el área y parecía tener la capacidad de trabajar veinticuatro horas al día. Además, era organizada, elegante y no le había fallado ni una sola vez desde que había comenzado. Podía decir que eran amigos, más desde que Cedric «el niño de oro» se había mostrado muy interesado en su persona. Y, aunque estaban al principio de la relación, veía un final feliz para ellos dos y le gustaba la idea de que indirectamente había hecho el papel de Cupido. Se alegraba por su amigo, pero él mismo prefería mantenerse lo más lejos posible de las palabras que enlazaban dos corazones. El compromiso y las relaciones de larga duración habían sido expulsados del diccionario de su vida.

—Hola, Mara. ¿Con qué empezamos?

—Tienes que mirar el presupuesto para la suite y aprobar las ofertas para los meses de diciembre y enero —le informó mientras estudiaba unos papeles que tenía sobre el mostrador—. Y el fotógrafo contratado para la publicidad te espera en tu oficina.

—¿Ha llegado? Bien, perfecto. En cuanto acabe con él, sube para que resolvamos los otros asuntos.

—Hmm…—carraspeó y sonrió—, es ella.

—¿Cómo?

—El fotógrafo es una mujer.

Jared se quedó petrificado por un presentimiento de mal augurio. Tan intenso fue el escalofrío que le sacudió la columna vertebral, que su respiración se heló y tuvo la sensación de ver el vapor congelado rozándole la nariz. ¡No podía ser…!

—¿Cómo se llama? —inquirió, rogando no estar en lo cierto.

Esperó lo que le pareció una eternidad hasta que Mara buscó los documentos necesarios y verificó el nombre.

—Íria Golding —le informó en voz alegre, sin saber que acababa de citar la sentencia de su jefe.

La cabeza de Jared empezó a martillear con ferocidad. ¿Cómo se me escapó?, se preguntó, procurando hacer memoria del momento en que había visto el contrato. No había pensado ni un momento que fuera posible. Normalmente se fiaba de Mara y no leía lo que firmaba, se basaba en sus notas explicativas. Y de ninguna manera hubiera imaginado ver el nombre de ella en los documentos, así que los había firmado con los ojos cerrados.

Forzó las ruedas de su cerebro a moverse y encontrar una escapatoria.

—¿Podemos revocar el acuerdo?

Mara lo miró con los ojos abiertos como platos.

—No lo creo. De hecho es un contrato bastante firme y con anexos claramente estipulados. ¿Pasa algo?

Jared se fijó que la chica de la recepción también lo miraba de modo extraño. Cerró los ojos con fuerza y controló el ritmo de su respiración.

—No, no pasa nada. Iré al encuentro, pero busca cualquier manera para invalidarlo.

Se alejó con rapidez, sin mirar por dónde iba.

El hotel había sido construido más de cien años atrás por su tatarabuelo y se parecía a una casa colonial de dos niveles. Las habitaciones habían sido muy amplias al principio, pero su abuelo las había modificado para introducir los cuartos de baño individuales. La piedra rojiza y la madera eran elementos centrales, y él había intentado mantener el estilo rústico, añadiendo todo el confort que un turista pijotero podía pedir.

Subió la escalera en forma de caracol y se dirigió hacia el último cuarto del pasillo, el que había acondicionado como su oficina. Las ventanas amplias daban hacia el bosque y la vista le hacía mucho más fácil el fastidioso trabajo con el papeleo.

Se dio cuenta de que casi corría y aminoró el paso, procurando a la vez calmar su carácter. Sus zancadas no se escuchaban por la gruesa alfombra del pasillo. Se tomó un segundo de pausa delante de la puerta, preparándose mentalmente para la confrontación.

Íria estaba de pie al lado de la ventana, luciendo elegante y segura de sí misma. Vestía un traje oscuro con pantalón y chaqueta sobre una camisa que parecía de seda, del mismo color que sus ojos. Tenía el pelo recogido en un moño severo y la única concesión frívola eran los botines de tacón alto.

Le sonrió como si estuviera encantada con el encuentro.

—Buenos días.

Jared la saludó con la cabeza y se sentó detrás del escritorio, señalándole con un gesto la otra silla situada del lado contrario. Todavía no tenía idea de cómo manejar la situación y cómo jugar las cartas, teniendo en cuenta que había empezado el juego con la peor mano posible.

—¿Este era el trabajo que se te ofreció y por el cual has vuelto? —le preguntó.

Espero hasta que Íria se sentara. Luego cruzó las piernas y lo miró con sinceridad.

—Había decidido volver antes de que me ofrecieran el trabajo.

—¿Sabías que ibas a trabajar para mí?

Ella rio de modo sutil, como si la respuesta fuera indudable.

—Claro que sí. Los nombres de las partes aparecen en el primer párrafo del contrato. Jamás firmo sin estudiar bien las condiciones.

Jared sospechó que algo en su rostro le había desenmascarado, ya que ella se echó a reír a carcajadas.

—¡No lo sabías! No tenías idea de que me contrataste a mí, ¿verdad? Me pareció extraño cuando la agencia me informó que habías aceptado todas las cláusulas. Ahora me alegro de insistir en ponerlas —declaró satisfecha.

—¿De qué hablas? —preguntó Jared, confundido.

—Lee el contrato. ¿Cuándo quieres que empecemos? ¿Tienes algún plan? ¿Has pensado en alguna perspectiva? —se interesó Íria, pasando con rapidez a tener una expresión profesional. Al lado de la silla se encontraba su bolso y un portapapeles. Lo cogió y lo abrió, preparándose para tomar notas.

Jared meneó la cabeza.

—Espera. No pienso trabajar contigo. Delegaré el asunto a un encargado o hablarás con mi supervisora, pero no… —se detuvo al percatarse que ella se abstenía con dificultad de no estallar de nuevo en carcajadas. Sus ojos brillaban y se mordía el labio inferior. Incluso apretaba el bolígrafo como si quisiera romperlo—. ¿Qué? —inquirió, teniendo la certeza de que su día iba de mal en peor antes de recibir respuesta.

—Que trabajemos sin intermediarios es una de las cláusulas.

La sentencia retumbó en el cuarto con tal violencia que Jared no pudo decir más de un ¡demonios!, mentalmente. Sentía sus neuronas funcionando, pero trotaban y se agitaban destornilladas, sin tener claro hacia qué dirección ir.

—Es como yo trabajo, Jar. No me gusta implicar a terceros. Mi trabajo es el mejor y quiero mantener mi renombre —le informó una Íria orgullosa, con el mentón ligeramente inclinado hacia arriba.

Jared se dejó caer contra el respaldo del sillón, esperando que la posición relajante se transmitiera a su cerebro y su cabeza dejara de martillar.

—¿Por qué no me avisaste en nuestros últimos encuentros? —Se dio cuenta que la pregunta era necia antes de acabarla y, obviamente, Íria no perdió la oportunidad de contraatacar.

—Primero, pensaba que lo sabías, aunque me extrañó la «cálida» bienvenida que me diste. Segundo —ella levantaba un elegante dedo a medida que hablaba—, no me diste la oportunidad de hablar. Al final decidí tomar la vía oficial y pedir cita por el camino formal.

—¿Por qué? —Jared murmuró como para sí mismo, meneando la cabeza por la incredulidad—. ¿Por qué aceptaste el trabajo?

—¿Por qué no debía hacerlo?

Los siguientes segundos pasaron en un torneo de miradas: la de ella segura, incluso provocadora, la de él hostil y perturbada. Las preguntas correctas no vieron la luz y las explicaciones se quedaron atascadas entre los pensamientos.

Íria se aclaró la voz y fue la primera en bajar la cabeza, fijando su mirada en la hoja en blanco que tenía delante.

—Necesito que me comentes tus expectativas… sobre el proyecto —añadió con rapidez al percatarse del doble significado de sus palabras.

—Al contrario que tú, yo juego limpio. —Jared sonrió torcido, disfrutando de lo que decía—. No pienso trabajar contigo. Estoy seguro de que tendré la solución de cómo anular el contrato antes de mañana y tú serás libre de volver…—agitó la mano en el aire— a donde sea que has estado los últimos trece años.

La mirada de Íria se enfrió como los glaciares de la Antártida y él apreció, sin querer, la fuerza de su personalidad. Recogió sus cosas con tranquilidad y se levantó en toda su altura con la espalda recta, a la vez que alzaba el mentón.

—Te deseo suerte con eso. Pero no la tendrás. Mis abogados son iguales de buenos que los tuyos, incluso mejores. Si quieres una guerra, encantada de participar aunque me daría pena verte besar el polvo. Yo tengo un contrato firmado y pienso cumplirlo. —Le tiró una cartulina en el escritorio—. Este es mi número. Llámame en cuanto estés preparado para empezar el trabajo. No tengo prisa. Vivo aquí —añadió mordaz y salió con la cabeza en alto.

Jared se encogió en el sillón, mirando el techo. Consideró si hubiera exagerado. Al fin y al cabo habían pasado trece años, había tenido casi una vida para auto psicoanalizarse y superar el trauma. Si estuviera forzado a trabajar con ella, estaba seguro que podría hacerlo. Los límites los ponía su voluntad. Podría hacerlo, pero no le cabía duda de que su límite se quedaba establecido a distancia de miles de kilómetros de Íria.

***

Trece años atrás

Íria avanzó en el bosque con la cabeza en alto, admirando las crestas de los árboles. Tenía la cámara preparada en la mano, aunque la correa colgaba de su cuello por si necesitara desatenderla. Miraba hacia arriba y, no obstante, caminaba con cuidado para no engancharse entre las raíces salidas o las plantas. Nunca se había aventurado tan lejos, pero se había sentido atraída por el aire fresco y el silencio, y se había quedado por haber encontrado la hermosura y una vida totalmente diferente de la que ella experimentaba cada día.

Los altercados entre sus padres no habían cesado, todo lo contrario, habían empeorado, y ahora que tenía las vacaciones de verano, no encontraba salida. Hacía lo imposible para estar menos tiempo en casa, e incluso así, era demasiado. Pasaba muchos ratos con Liza, pero por desgracia no podía mudarse con ella. Así que cogía su cámara y se perdía en paseos interminables, procurando volver a casa lo más tarde posible.

Escuchó el ruido de agua gorgoteando y siguió el sonido. Pronto vio el resplandor de las ondas de un río pequeño, no más de unas cucharadas de agua que serpenteaban por encima y por debajo de unas piedras grandes, cubiertas de musgo verde. Encantada por la imagen, tomó primero unas fotografías, luego la probó con la mano. Estaba fría y cristalina, y el sonido se oía como pura música relajante.

Dejó la cámara en el suelo, se quitó las deportivas y metió los pies en el agua. Se tumbó y miró hacia el cielo, contenta de haber encontrado la paz.

—Te dije que deberías cuidarla mejor —escuchó una voz a su espalda.

Soltó un grito, asustando las aves que se sobresaltaron más que ella. Al girarse se encontró con que Jared la miraba por debajo de la visera de una gorra deportiva, con la espalda apoyada contra un tronco y el cuaderno sobre las rodillas.

—¿Qué haces aquí? —lo interrogó mientras se levantaba y se ponía las zapatillas.

Jared sonrió y cerró el cuaderno, dejándolo a un lado, encima de su mochila.

—La pregunta correcta es, ¿qué haces tú aquí?

—Estaba… paseando. Tomando fotos —ella contestó rápido, señalando la cámara olvidada en el suelo como si fuera su testigo—. ¿Y tú?

—Paseando, tomando el aire.

Íria estaba segura de que había detectado un leve tono burlón, pero con la gorra escondiéndole la mitad del rostro no podía leer su expresión.

En las últimas semanas de clase su relación había avanzado tanto que cuando se encontraban, Jared la saludaba con un movimiento de cabeza. Íria se había quedado un poco decepcionada por la distancia que mantenía. Había pensado que si daba el primer paso, conseguiría acercarse más a él. Incluso lo había perdonado por la noche del baile y le había sonreído cada vez que lo había visto, pero Jared había seguido tratándola con el mismo interés que a una hoja de lechuga.

Quería conocerlo, saber cosas de él. Como: ¿qué escondía en el cuaderno? ¿Por qué se mantenía al margen? ¿Por qué era tan distante, tan misterioso? No tenía el valor de preguntarle a Liza, aunque sospechaba que ella sabía incluso qué número llevaba en los zapatos. Pero Liza le había hablado de todo el instituto, de todo el pueblo, menos de Jared.

Tenía entendido que la madre de él se encargaba del hotel de la zona y eso lo sabía porque su padre acababa de conseguir un empleo allí. Un milagro por el cual debía agradecerle a la abuela Candela que era muy amiga de la abuela de Jared. Sin embargo, el resto de su vida seguía escondida, e Íria planeaba quitar el velo de una manera u otra.

—¿Vienes a menudo aquí? —se interesó, acercándose con pasos perezosos.

—¿Por qué quieres saberlo?

Jared preguntó eso cabizbajo, a la vez que jugaba con el bolígrafo sobre el cuaderno, dándole vueltas entre los dedos y deteniéndolo en la tapa con un movimiento brusco. Luego volvía a repetir la operación, pareciendo que su atención se centraba en el proceso. Al percatarse que no recibió respuesta, levantó la cabeza, mirándola interrogante.

Harta de su actitud superior y visiblemente desinteresada, Íria explotó:

—Porque quiero conocer tu horario y acosarte —ironizó. Por desgracia, Jared no la entendió de la manera que ella había planeado.

—¿De verdad? —Él sonrió, estudiándola con fascinación poco disimulada desde la punta de los zapatos hasta la parte superior de su cabeza y todo el camino al revés.

Íria se cruzó de brazos, con la sensación de que su mirada pudiera penetrar a través de la ropa.

—¡Deja de ser tan imposible! —ordenó. Avanzó y se sentó a su lado, moldeando su espalda sobre la madera áspera del tronco. Desde esa posición no podía inspeccionarla, pensó complacida.

—No sabía que lo era —murmuró Jared, siguiendo con la mirada sus movimientos—. ¿Piensas quedarte? —inquirió, pareciendo sorprendido por su decisión.

Íria se sentía insultada por su evidente rechazo, pero no pensaba mostrarlo.

—¿Es tu bosque? —espetó.

—No, claro que no. —Jared retomó el juego con el bolígrafo mirando hacia adelante.

Como permanecieron un rato en silencio, Íria aprovechó para estudiarlo por el rabillo del ojo. Los músculos de su maxilar jugaban bajo la piel y había fruncido los labios. No entendía por qué su presencia parecía fastidiarlo tanto, pero ella no pensaba retirase. Le gustaba el sitio, y si él no quería compartirlo, debería marcharse. Se acomodó mejor contra el tronco y cerró los ojos, relajándose. Unos rayos de sol que atravesaban el follaje jugaban cálidos en su rostro. Oía el chirrido de los insectos, el ritmo de la respiración de Jared a su lado, y la fragancia de pino, abeto y hierbas, llenaba el aire.

Casi se había dormido cuando escuchó un susurro que dejaba entender un agudo grado de peligro:

—No. Te. Muevas. —Jared había pronunciado cada palabra por separado y le estaba apretando la mano con tanta fuerza que se le durmieron los dedos al instante.

 Íria abrió alarmada los ojos para quedarse de piedra. No podría moverse ni si se lo ordenaban. A menos de un metro de sus piernas, una serpiente ondulaba su cuerpo, avanzando con la cabeza en alto y la lengua siseando. No era grande, no más de medio metro, pero no tenía pinta de visitarlos con intenciones honorables.

El corazón le estalló contra las costillas y sus oídos no escuchaban nada más que el horrible siseo. Miró a Jared con los ojos casi saliendo de las órbitas en una pregunta muda.

No le hizo caso. Observaba al reptil con la misma concentración con la cual lo hacía este. Su mano empezó a desplazarse milímetro con milímetro buscando algo en la tierra. Íria no podía ver de qué se trataba, pero dudaba del éxito de su plan, si tuviera alguno. La serpiente se acercaba y ante sus ojos se hacía cada vez más grande. La hierba se desplazaba como un arroyo con el movimiento de su cuerpo. Una hoja seca le rozó la piel descubierta de la pierna, e Íria ahogó un grito. Sudor frío le cubría la espalda y apretó los dientes en un intento de dejar que castañearan.

—A la de tres, corre —susurró Jared, sin mirarla.

Sus dedos agarraban un palo largo de madera, gordo como el brazo de ella, lo que no decía mucho a favor de su cuerpo.

—Uno…

¿Estás loco?, Íria gritó en su mente. ¿Vas a matar una serpiente con una rama? Las palabras no salieron de su boca y todos sus sentidos se concentraron en oír la señal.

—Dos…

Tensó los músculos al máximo. Retorció un poco el cuello y fijó la mirada en la boca de Jared. Cuando sus labios se abrieron y antes de que diera la señal, se levantó impulsada como un proyectil y empezó a correr, con la imagen de los colmillos de la serpiente en su piel. Oyó el sonido de un golpe seguido de unas maldiciones, pero no se detuvo. Continuó trotando hasta que sus pulmones chillaron y le fallaron las rodillas. Se dejó caer en el suelo a cuatro patas, tragando aire con dificultad. Entonces miró hacia atrás, pero no se veía ni se escuchaba nada. Giró y se sentó sobre el trasero, abrazándose las rodillas. No tenía idea de dónde se encontraba ni en qué dirección había corrido.

El bosque era silencioso y la luz de la tarde danzaba alegre entre las ramas. Su respiración se recuperó, pero su cuerpo seguía convulsionándose bajó sacudidas incontrolables.

Después de unos minutos, empezó a preocuparse por Jared. Reconocía que había actuado como una cobarde, pero ¿cómo se suponía que debía reaccionar? Él no había parecido muy afectado, su sangre se había mantenido tan fría como la de la serpiente. Le había dado la impresión de que había pasado por situaciones parecidas antes.

Se levantó, probando el estado de firmeza de sus pies. Constató que temblaban un poco, pero podía usarlos. Dio dos pasos indecisos y escrutó los alrededores.

—¿Jar? —llamó susurrando.

Le contestó el chirrido de un ave. Llenó los pulmones de aire y gritó con todas sus fuerzas:

—¡Jareeeedd!

Las hojas de los árboles se sacudieron con el vuelo de los pájaros asustados. Por el rabillo del ojo observó movimiento a su derecha y concentró la vista.

Jared se acercaba con su cámara en la mano y la mochila colgada del palo que tenía sobre un hombro. Se había puesto el gorro al revés y sus oscuros ojos brillaban con diversión en el rostro iluminado por una expresión presumida. Al acercarse, Íria escuchó que silbaba una canción.

Se cruzó de brazos, molesta con su actitud. Se comportaba como si nada hubiera pasado y estuviese de excursión por el bosque.

Sin parecer observar su disgusto, Jared le tendió la cámara y se rio entre dientes.

—¿Cuántas veces tengo que repetirte que debes cuidarla?

Íria la tomó con brusquedad y colgó la correa de su cuello.

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? ¿Esa cosa asquerosa ha muerto?

—Nop —contestó Jared, y se encaminó sin importarle lo que hacía ella.

—¿Cómo qué no? —Íria chilló a sus espaldas. Al ver que se alejaba, empezó a correr para alcanzarlo.

Jared sonrió, mirándola con los ojos entrecerrados y meneando la cabeza en un gesto de incredulidad.

—¿Crees que podría haber matado una serpiente con una rama? Vaya… vaya —chasqueó la lengua—. Ya me has dado el papel de superhéroe.

Íria gritó mentalmente, hecha un nudo de nervios. Ahora entendía por qué él no se relacionaba bien en sociedad. ¡Porque no sabía hacerlo! Decía lo que le pasaba por la cabeza, sin preocuparse por los sentimientos de los demás.

—Para tu información —dijo ella, levantando el mentón aunque Jared no podía verla—, no pensaba que ibas a matarla con un palo de madera. Por eso, estaba preocupada por ti.

Él paró de golpe, e Íria, que no conseguía mantener el ritmo caminando un paso atrás y en aquel momento estaba mirando el suelo, chocó contra su hombro.

—¿De verdad? —le preguntó pareciendo conmocionado con la idea. Luego se echó a reír de nuevo y reanudó la marcha, mientras la informaba—: No era venenosa.

Con ganas de tirarle algo en la cabeza, Íria juró que un día se vengaría.

Presente

—¡Vamos! Tú sí que puedes.

Jared le respondió a Mara con una mirada petulante mientras flexionaba los músculos; dobló las rodillas y se concentró en respirar por la nariz. Centró la mirada en el objetivo, avanzó un paso con el pie derecho, balanceó la bola hacia atrás y la soltó con fuerza cuando llegó a la altura de su tobillo.

Los diez bolos colocados en forma de triángulo equilátero se desplomaron en todas las direcciones.

—¡Pleno! —Mara gritó y aplaudió encantada.

Se encontraban en un centro de divertimiento a las afueras del pueblo, pensado y construido para ser usado por todo el mundo, desde jóvenes a familias con bebés. Imaginándose el ruido y la multitud, en un primer instante Jared se había opuesto de modo categórico a la idea de Mara. Al detenerse para pensarlo, había entendido que era precisamente lo que necesitaba para olvidar sus problemas actuales. Quedarse solo con sus pensamientos no era una opción inteligente y tampoco podía concentrarse en escribir. Las únicas escenas que le venían a la cabeza eran las que implicaban detallados actos de venganza contra mujeres traidoras.

Le alegraba constatar que se encontraba bien. Reconocía que al estado efusivo había ayudado un número impresionante de botellas de cerveza ahora vacías, pero lo importante era que había funcionado.

—Oye, se supone que debes apoyarme a mí —protestó Cedric—. ¿En qué clase de equipo una parte favorece al otro lado?

—Es mi jefe —susurró Mara, dándole un beso rápido.

La cita de Jared de esa noche cruzó sus largas piernas y le sonrió con dulzura. Avergonzado, se dio cuenta de que no recordaba su nombre. Cedric afirmaba que tenía una «tierra mágica» de donde las conseguía cuando las necesitaba. La verdad era que tenía muchos contactos y mucho cuidado de no acercarse demasiado. Dejaba las cosas claras desde el principio, y muy pocas veces salía con la misma mujer. No se arriesgaba a repetir las citas, a entrar en intimidades, y jamás consideraba a alguien del pueblo. Aunque las reglas eran sencillas, desde que se las había impuesto su existencia había mejorado e insistía en no romperlas.

—Nuestro turno —dijo Mara, arrastrando el brazo de Cedric para forzarlo a levantarse.

—Nos ayudaría si jugaras para nuestro equipo —se quejó él.

Jared sonrió y se acercó a la mesa donde esperaba la mujer. Forzó su mente en recordar su nombre: Ania, Alia, Li… Nelia, sí, eso era. Era morena, alta y sofisticada. No había parecido encantada por el sitio, pero ni se había quejado, lo que era un punto en su favor. Justo como le gustaba: sin pretensiones.

—¿Quieres algo más? —le preguntó observando su vaso casi vacío.

Ella hizo bailar los dedos sobre su antebrazo en un movimiento sensual. Sí, el mensaje estaba tan claro como si lo hubiera gritado, pensó sonriendo.

—De momento, no —contestó, poniendo acento en las primeras palabras y mirándolo de forma sugestiva.

Te he entendido desde la primera vez. En un día normal Jared no se lo pensaría dos veces, pero por alguna razón, esta noche no estaba convencido. Tenía una especie de virus bajo la piel que hormigueaba de manera irritante. Decidió que una cerveza más iba a relajarlo y ayudarlo a encontrar la oferta más atrayente, incluso considerar aceptarla.

—Voy a pedir otras bebidas. Vuelvo enseguida —dijo, alejándose en la dirección de la barra.

Lo hizo lo más rápido que pudo, pero al regresar sufrió los síntomas de un ataque en cadena: primero su corazón empezó a tamborear un ritmo veloz, luego un rayo punzante pasó por sus sienes y estuvo a punto de dejar caer la bandeja con las bebidas por culpa del temblor de sus manos.

¡Por Dios bendito! que no tiene misericordia conmigo, farfulló en voz baja. Había faltado unos pocos minutos, pero al parecer, había sido bastante tiempo para que Íria apareciera de la nada y se sentara confortablemente en su mesa. Sus amigos habían abandonado el juego y acompañaban a ella y a Liza, pareciendo pasarlo en grande. Las carcajadas de Íria se sentían como ácido vertido en su estómago.

Jared dejó la bandeja en la mesa, les obsequió lo que esperaba que fuese una sonrisa a los otros, y agarró la muñeca de Íria.

—¿Podemos hablar un momento? —preguntó en voz dulce.

Ella miró sus dedos más firmes que un par de esposas y se levantó sin protestar, con una expresión imperturbable. Jared la llevó casi a rastras hasta que salieron fuera del local. Después del calor de dentro, el aire fresco le golpeó y sus pensamientos empezaron a tomar contorno. La liberó y se inclinó ligeramente, poniendo las manos en los músculos, más abajo de las caderas, con miedo de que si no lo hacía, acabarían en su garganta. Respiró hondo y al incorporarse procuró que su voz sonase indiferente.

—¿Estás acosándome?

Íria había escondido sus dedos en los bolsillos de los vaqueros y mantenía una pose relajada. En cuanto escuchó las palabras, se echó a reír con tal violencia que las personas que pasaban la miraron de hito en hito.

—¿Perdón? —preguntó entre carcajadas, su rostro una máscara de incredulidad.

Aunque se sentía como un idiota, Jared insistió.

—Tiendes a aparecer en los mismos sitios donde me encuentro yo.

—Y seguiré haciéndolo, Jar. Como tú señalaste, es un pueblo pequeño. Acostúmbrate a verme. No pienso esconderme en casa por miedo a dar contigo.

—¡Claro qué no! Nunca lo hiciste —la acusó. Tuvo la sensación de que sus ojos brillaron con una combinación de culpabilidad y furia, pero la chispa desapareció tan rápido que no podía estar seguro.

—¿No crees que deberíamos aclarar las cosas para poder seguir con nuestras vidas? —Íria dijo en tono condescendiente—. Quiero decir… yo he tenido tiempo de prepararme, y entiendo que para ti fue toda una sorpresa. No obstante, no puedo obviar el hecho de que no cambias de actitud. Encima con el trabajo que tenemos que hacer juntos…

Entendiendo que no iba a acabar la frase, Jared procuró leerla. Tenía los ojos abiertos y sinceros… y hermosos, apreció sin querer. Los músculos relajados, las manos libres, la frente despejada. Nada probaba que mentía, pero a él no le olía bien. Tiempo atrás podía descifrarla como a un libro abierto. No obstante, esos días, al parecer, habían quedado atrás. No podía demostrar que escondía algo, pero hubiese apostado su cabeza a que lo hacía.

Si lo pensaba bien, la verdad era que debería estar enfadado consigo mismo. En el pasado Íria había lanzado el modo caña de pescar y él había elegido morder el anzuelo por decisión propia. Tan seguro estaba de sí mismo y de sus talentos para no involucrarse. Pero independiente del principio de su relación, al final ella había sido la desertora. Ella había huido sin mirar atrás. Sin preocuparse por qué y a quién había dejado en el puto agujero que habían sido aquellos días. Y ahora aparecía sin dar explicación alguna, con cara de practicar yoga o alguna técnica relajante cada minuto, esperando ser tratada con amistad y respeto. Le sacaba de sus casillas la imperturbabilidad que mostraba. En el pasado era todo fuego, no aguantaba sin expresar lo que pensaba. Que lo hacía en voz alta, o que procuraba esconderse, pero de modo tan débil que él había podido averiguar su estado de ánimo aunque se encontrara de espaldas.

Bien, volviendo a la realidad. Se encontraba frente a él, más hermosa que una diosa griega y protegida por un aura no disimulada de «yo-puedo-con-todo». La niña había crecido y parecía que había aprendido mucho en el camino. Pero no podría con él, se dijo.

Entendía que iban a verse a menudo y no tenía otra opción que aceptar trabajar con ella si quería promocionar el hotel. Si continuaba manteniéndose inamovible en su posición, la mejor idea que se le ocurría era sacudirle los cimientos de esa apariencia valiente. Hacer que deseara marcharse por decisión propia. Jugar sucio, atacar por todos los flancos al mismo tiempo, derrotarla. El pensamiento era nuevo en su cabeza, pero ganaba terreno con velocidad. ¿Cómo no se le había ocurrido desde el principio?, se preguntó. Hacer planes, esquemas y prever los resultados, era su vida; lo que mejor se le daba hacer. Debía tratarla como a un personaje de sus novelas y hacerla moverse sin que supiera que era él quien manejaba los hilos.

Encantado con haber encontrado la solución, Jared le sonrió.

—Tienes razón. Debes entender que guardo algunos… resentimientos, pero es hora de dejarlos ir. No diré que me complace la situación —añadió con rapidez observando la expresión escéptica de Íria y dándose cuenta de que haber abandonado la lucha de repente era sospechoso—, pero procuraré calmarme. Te trataré tal y cómo te lo mereces. —Cerró la boca, maldiciendo por no poder abstenerse—. En el trabajo, quiero decir. Dado que quieres mantener tu renombre y estoy seguro de que trabajas con profesionalidad.

Respiró hondo y decidió callarse para no hundirse más. Esperaba haberla convencido.

—Oh, bien. —Íria pareció desconcertada, pero aceptó y Jared casi dio un grito de alegría. ¡Te tengo!—. Mara nos invitó a sentarnos con vosotros, ¿te parece bien? —preguntó, con una mirada cautelosa.

—Perfecto. Quiero decir, bien. Muy bien —contestó con demasiada alegría—. Después de ti —la invitó a entrar.

Él se tomó un momento para ordenar sus ideas y cimentar su plan. Cualquier pensamiento de culpabilidad que tuvo el atrevimiento de cruzar su mente fue encerrado para siempre bajo capas de satisfacción al imaginarse el momento en que conseguiría el resultado final.

Volvió y tomó asiento al lado de Nelia y se empeñó en prestarle tanta atención que esta acabó con una sonrisa imborrable de una oreja a otra.

No supo de quién vino la propuesta de hacer un partido con tres equipos, pero la idea no le pareció tan mala y se prometió esforzarse para ser el mejor jugador.

Los espíritus se calentaron con rapidez y el de la competición más que ninguno.

Dentro había empezado a hacer calor, o eso era lo que sentía Jared. Se quitó el jersey y se acercó a Nelia para darle instrucciones y ayudarla a hacer una jugada perfecta. Estaban en la primera posición y les quedaba muy poco para acabar en la misma. Cedric se concentraba más en manosear a Mara y lo había descartado como rival. La disputa se daba entre su equipo y el de Íria, la cual denotaba una seguridad enervante.

Sonrió cuando Nelia consiguió el objetivo y le regaló un beso en la mejilla, contento  porque su actuación casi le había asegurado el premio. Dejó de observar el ondeo de sus caderas al alejarse y alzó una ceja, transmitiéndole sin palabras a Íria que era su turno.

—Suerte —le deseó con educación, aunque consideraba que ningún golpe de suerte podía quitarle el puesto de ganador.

—Gracias. —Íria jugó con la bola entre las manos y surcó la comisura de la boca en una sonrisa presumida—. No la necesitaré.

Se encontraba en la segunda posición, atrasada por ocho puntos, y a pesar de que jugaba bien, Jared no temía que fuera a conseguir un pleno en la última jugada. La tensión era demasiado alta para poder controlar los nervios. Solo un maestro como él podía hacerlo.

Seguro de la victoria, le guiñó un ojo a Cedric que por alguna razón parecía preocupado. Su mirada saltaba de él a Íria como en una partida de tenis, y Jared sabía que no entendía el tremendo cambio en su comportamiento. No obstante, no pensaba explicárselo. El éxito de la misión dependía de su habilidad para mantener el secreto.

Cruzó su mirada ya vencedora con la de Íria. Ella apretó los labios y se concentró en la pista.

—Debes darle un movimiento pendular a la bola —la instruyó, tomando nota de la tensión en los músculos de su brazo.

Íria necesitó varias respiraciones profundas para hacer caso omiso al comentario.

—Mantén los hombros paralelos a la línea de falta —Jared insistió, comprometido en demostrar su apoyo. A pesar de que no se lo pedía.

—¿Quieres venir a enseñármelo? —inquirió ella, entornando los ojos. La pregunta era provocativa, y él no mordió el anzuelo.

Cruzó los brazos y descansó la espalda contra la pared, al lado de la pista, para no perderse ningún movimiento.

—No hace falta. Estás muy cerca de la perfección.

—Lo sé —afirmó Íria, echándose el pelo hacia atrás.

Jared se abstuvo de poner los ojos en blanco, ya que tenía preparado el método para pagársela.

—¡Suéltala! —gritó al momento en que la bola se hallaba a la altura de su pecho.

Íria perdió el control y el globo pesado saltó sobre la pista con un ruido fuerte y de modo erróneo.

Jared chasqueó la lengua, siguiendo con la mirada la ascensión de la esfera que se dirigía sin duda hacia el surco del lado derecho. Íria había actuado en contra de todos sus consejos y había fallado de forma gloriosa. Sonrió y encogió los hombros, preparándose mentalmente para recibir la corona de laurel del ganador.

Íria apretó los puños y se encaminó a zancadas furiosas hacia él.

—¡Tú! —acusó, soplando por la nariz.

Pero Jared, con el rostro contorsionado en una mueca de incredulidad no le prestaba atención. La bola que Íria había lanzado acababa de rebotar en un movimiento invisible para el ojo humano y ahora se encontraba precisamente en el centro de la pista, dirigiéndose con velocidad hacia… su derrota. El sonido al hacer contacto con los bolos retumbó en sus oídos, equivalente a una risa malvada.

¡Eso no podía haber pasado! Jared parpadeó varias veces, pero la imagen no cambiaba. Todos los bolos estaban derrumbados e Íria acababa de ganar. ¡Por un infame milagro!

—¿Habéis visto eso? —gritó enloquecido—. La bola… ha saltado… se ha desviado… ¿Cómo puede ser?

Cedric lo miraba sin entender su tartamudeo y Mara igual; al parecer se habían perdido el momento. Liza acababa de volver de la barra con otra bandeja de bebidas y Nelia tenía la cara metida en un espejo, arreglándose el ya perfecto maquillaje. Los únicos testigos del inesperado suceso eran Íria y él.

—¿Cómo lo hiciste? —la acusó, lanzándole cuchillos afilados con la mirada.

Íria encogió los hombros y echó la cabeza hacia atrás, carcajeando.

—He ganado, Jar. Admítelo. La pantalla lo pone, ¿ves? Justo con las estrellitas al lado de mi nombre.

Jared meneó la cabeza. Le daba igual lo que ponía la pantalla. Él sabía lo que había visto y no existía explicación lógica que pudiera tranquilizar sus nervios.

—Ha sido trampa —deletreó entre dientes.

—Sigues sin saber perder —dijo ella, acercándose y dándole dos palmaditas amistosas en la mejilla.

Jared prefirió no comentar. Se sentó en la mesa, atontado por lo que acababa de ocurrir. Sentía borroso el ambiente a su alrededor, ondas confusas lo envolvían y desorientaban cualquier pensamiento coherente. Dio por acabada la noche, pensando en retirarse a lamer sus heridas.

Su mérito fue conseguir mantener cara de inocente, y felicitó efusivamente a Íria al igual que los demás.

No pasaba nada, estaba diciéndose una y otra vez. No tenía explicación para el extraño movimiento de la bola, pero perder un partido de bolos no significaba nada. Lo importante era la batalla personal.

El plan estaba en marcha. Y la única opción aceptable era ganar.

***

Trece años atrás

Íria escuchó el sonido del motor de un coche por la ventaba abierta, pero no se desconcentró del trabajo. El portazo le fue indiferente y continuó verificando las últimas fotografías. El efecto deslucido que había probado se veía espectacular y engañaba tanto que a primera vista las imágenes parecían tomadas cien años atrás.

Alzó la cabeza cuando el pasillo se llenó de murmullos, preguntándose con quién estaba hablando su abuela, sabiendo que su padre debía estar trabajando y su madre había salido al mercado.

—¡Íria! —La inconfundible voz de Candela, modificada debido a la cantidad de humo de tabaco ingerido, sonó como un trueno en el silencio de la casa.

Abandonó el ordenador encendido con la última imagen en la pantalla y salió al pasillo. Su abuela acababa de entrar en la cocina acompañada por su amiga, la señora Magnolia, y llenando el vano de la puerta con cara de desear estar en cualquier otro sitio, se encontraba Jared.

El corazón de Íria se disparó contra sus costillas y el calor le inundó las mejillas. Tragó en seco y se forzó a hablar.

—Hola.

—Hola. ¿Cómo estás? —Jared contestó mirando a través de ella, y apoyó el hombro contra el marco de la puerta.

—Bien… bien. ¿Qué haces aquí?

—Mi abuela me ha sobornado con una limonada a cambio de acercarla en coche. Espero que me pague pronto, tengo sed —dijo mirando esperanzado hacia la puerta de la cocina.

—Enseguida te la traigo. —Íria se apresuró en ir a buscar la limonada. A ella también le vendría bien algo frío. Algo muy frío.

Al regresar lo encontró en la misma posición, apoyándose en un hombro y con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos, pero había cambiado el sitio y elegido la puerta de su habitación. Se riñó por no haber pensado en invitarle a que se acomodase en el salón.

—Toma —le ofreció el vaso, transmitiéndole con la mirada que no le gustaba el hecho de que hubiera invadido su espacio privado.

Si lo había entendido o no, no podía saberlo. Jared no se inmutó. Aceptó el vaso, dio un sorbo y señaló con la cabeza hacia dentro.

—¿Qué hacías?

—Comprobaba unas fotografías.

—Parece… —se detuvo como si buscara la palabra correcta—, entretenido —comentó con un leve tono burlón.

—Lo es para mí —replicó Íria, molesta, pasando por su lado como una ráfaga de viento. Su hombro chocó contra la mano de Jared y unas gotas saltaron del vaso, salpicando la inmaculada camiseta blanca que él llevaba—. Lo siento —maldiciendo su torpeza, buscó en el escritorio y le ofreció una servilleta de papel.

—Enséñamelas —pidió mientras se secaba con movimientos lentos.

—¿Qué?

—Las fotos. Quiero verlas.

Sin saber cómo reaccionar, Íria se quedó en silencio. Todo el mundo que la conocía sabía de su adicción por la fotografía, pero nadie le hacía caso de verdad. Nadie le había pedido que le enseñase su trabajo, ni sus padres se interesaban en lo que suponían que era un pasatiempo. De algún modo, había llegado a considerarlas privadas, su mundo propio.

—Me lo debes —insistió Jared, señalando su camiseta manchada.

—No son gran cosa —tartamudeó ella.

Jared lo tomó como una aceptación ya que avanzó hacia dentro y se sentó en la silla de delante del escritorio. Cogió el ratón, pero no hizo otro movimiento y la miró interrogante.

Íria se acercó, especulando qué archivo era menos comprometedor. Se inclinó para coger el ratón y alejó con brusquedad la mano a Jared. Cerró la pantalla con la fotografía anterior y entró en el fichero que contenía todos los archivos alineados por nombres y fechas.

—¿Qué quieres ver?

Sus brazos estaban unidos desde los hombros a las palmas y el vello de la mano de Jared le hacía cosquillas. Sintió el calor avanzando en olas sobre su piel y la fragancia refrescante del cuerpo del chico. Por un momento perdió la concentración y fue suficiente para que Jared apartara su mano y abriera el archivo del día de la excusión del lago.

Las fotografías aparecieron en forma de íconos pequeños y él pulsó dos veces sobre una al azar, abriéndola en tamaño de pantalla completa.

Íria se retiró a su espalda y se cruzó de brazos, observando su índice apretando el botón del ratón. Tenía manos grandes, de dedos largos y elegantes, pero fuertes. Regresó con la mirada en la pantalla, incómoda e inquieta por el hecho de que él se encontrara en su cuarto.

Las imágenes aparecían y desaparecían en segundos, dependiendo de su interés. Los chicos y las chicas de la clase, los profesores y el paisaje. Tenían diferentes tamaños y algunas habían sido editadas por ella, añadiendo sombras o luz, redimensionándolos o cortándolos.

En cuanto vio las manos y el cuaderno, Íria se dio cuenta del error y se apresuró en detenerlo. Antes de lograrlo, su muñeca fue agarrada por los dedos de Jared.

—¿Qué pasa? —preguntó él con un brillo divertido en los ojos.

Espantada, Íria se dio cuenta de que sabía que lo había fotografiado y que era probable que toda la escena hubiera sido planeada.

En la siguiente foto Jared salía con el pecho desnudo y el colgante en el centro, y la posterior fue tomada en el momento en que había levantado la mirada. Íria no había procesado ninguna de las imágenes porque le perecían sencillamente perfectas. La instantánea que miraban ahora enmarcaba su rostro entero, observando desde abajo y teniendo sus ojos oscurecidos como elemento central. La boca estaba escondida en la parte baja, y por encima unos bucles rebeldes descansaban sobre sus cejas curvadas en una expresión desconcertada.

—Soy bastante fotogénico, ¿verdad? —rio Jared.

Íria aprovechó el momento para cerrar el archivo y puso el salvapantalla por si a él se le ocurría mirar otras fotografías. Se había hundido bastante por un día.

Perturbada, se retiró hacia la ventana, sin decir nada. No se sentía culpable, pero tampoco le apetecía responder a la acusación de haberlo fotografiado sin su consentimiento. Lo hacía todo el tiempo y con todo el mundo, pero Jared podía entender que tenía interés en su persona. Lo que no estaba lejos de la verdad, pero él no debería haberse enterado.

Jared hizo girar la silla y la miró con seriedad.

—Tienes talento.

Aliviada por haber escapado y sorprendida por el elogio, Íria esbozó una sonrisa.

—Gracias.

—¿Piensas estudiar fotografía?

Íria se mordió el labio y bajó la cabeza. Era su sueño, pero en el pueblo no era posible y la situación económica de sus padres no le permitía seguir una escuela con ese perfil. Sabía que debía encontrar otra opción, y tenía que conseguirlo. No obstante, no pensaba discutir detalles tan íntimos con Jared, cuando acababa de conocerlo. Encogió los hombros.

—No lo sé. Quizás. ¿Tú que escondes en la libreta que llevas contigo todo el tiempo? —preguntó antes de acobardarse.

Jared meneó la cabeza, alzando a medias las comisuras de la boca.

—No nos conocemos lo suficiente como para compartir confidencias.

—¡Acabas de ver mis fotografías! —ella protestó, indignada por la injusticia de la situación.

—Pues si no querías que las viera deberías haberlas mantenido en secreto. —Jared se dejó caer sobre el respaldo del sillón con un aire de petulancia en el rostro.

—Estás en mi casa. ¿Qué lugar puede ser más privado que este?

—Aprende a guardar tus secretos —comentó mientras se giraba para coger de nuevo el ratón—. Quiero ver las fotos del baile de final de curso.

¡Ni hablar!, gritó el cerebro de Íria, pero antes de que llegara hasta la mesa, él abrió el archivo.

—Creo que has visto suficiente.

—Todavía no —él murmuró sin prestarle atención, concentrándose en los retratos.

Sus labios se curvaron ante su imagen con Ivana, pero pasó rápido a la siguiente, eligiendo dejar en pantalla la fotografía de ellos dos. Ladeó la cabeza hacia un lado y repitió el movimiento hacia el otro, moviéndose con la silla a la vez.

A pesar de que Íria creía que había salido bien en la segunda imagen, era evidente que su sonrisa estaba forzada, opuesta a la de Jared que se veía encantado y en su elemento.

—Creo que eres un adorno precioso en mi brazo —comentó, sin alejar la mirada de la pantalla.

A Íria le tomó un segundo entender las palabras.

—¿Cómo? —exclamó, a punto de sofocarse.

—He dicho que te queda bien el papel de accesorio —Jared repitió el insulto y se giró para mirarla, con su ceja levantada, la cual Íria odiaba, provocándola a responder.

Miró la pantalla y volvió sus ojos hacia él.

—De hecho, pensé igual en el momento en que saqué las fotografías —comentó, su sonrisa alargándose a medida que hablaba—. Está claro que el papel de tu vida es el de Ken. Y sabemos que no existiría si no fuera por Barbie, ¿verdad?

Jared juntó las cejas y meneó cabizbajo la cabeza. Íria sospechó que la había bajado para esconder una sonrisa y la reacción la sorprendió. Esperaba una respuesta en su estilo «soy el rey de los engreídos».

No la recibió, pues desde el pasillo llegó un grito que suspendió el duelo.

—¡Chiquillo! Vamos.

La interrupción fue todo lo que necesitaron para sosegar la atmósfera.

—¿Chiquillo? —se carcajeó Íria, evaluando los posibles dos metros de altura de Jared, ahora de pie.

—Mi abuela tiene problemas de memoria. Le cuesta recordar nada posterior a mi quinto aniversario.

—Entonces tiene problemas de vista, también.

—¿Por qué crees que la he traído yo? Mi madre le ha prohibido conducir hasta que no vaya a ponerse gafas. Y como ella insiste en rechazar la idea…

Se rieron juntos como si compartieran un secreto.

Íria no había olvidado la ofensa de antes, pero verlo reírse de sí mismo tan abiertamente, había dulcificado la amarga pastilla. Además, debía reconocer que la risa sincera lo hacía parecer una persona diferente. Como si hubiese dejado caer una cortina y renunciara a interpretar un papel.

Jared hizo dos pasos hacia la puerta. Pareció considerar algo, dio media vuelta, y la miró.

—Nos veremos por ahí.

¿Por ahí, dónde?, se preguntó Íria, sorprendida con la declaración. ¿Podrías ser más específico? No era que le interesase tanto volver a verlo. Bueno, tal vez pudiera considerarlo, si él se dejaba en casa la capa de idiota que llevaba sin quitársela en ningún momento y sin percatarse que le daba la imagen de Superman del País de los Cretinos.

Estaba claro que sus personalidades eran incompatibles. Así que eligió no hacerse ilusiones y supuso que Jared debía sufrir un ataque de amistad. No insistió, solo aprobó con la cabeza.

—Sí, claro.

—Hasta pronto —Jared se despidió con un saludo militar y salió del cuarto.

Íria miró el espacio vacío de la puerta y luego hacia la ventana abierta. El viento veraniego abultaba la cortina delgada y el aire era espeso y caliente.

No obstante, no sentía la fragancia polvorienta de la temporada. Su cuarto olía a pino y lluvia, al bosque por las mañanas, antes de que lo calentara el sol. Olía a Jared.

Presente

Jared avanzó con pasos tan ligeros que podía pasar por una sombra.

Había investigado y sabía que Íria había vuelto a ocupar su antigua habitación, aunque el cuarto de sus padres estaba libre. Suponía que los recuerdos la afectarían de modo igual a ella, pero en el fondo no le interesaba. Lo que le importaba era conseguir sus propósitos.

No se sentía culpable por haber robado la llave de repuesto. Al contrario, casi había gritado de alegría cuando había visto que el lugar de escondite de las llaves era el mismo, debajo de la maceta de jazmín colocada bajo la ventana de Íria. Le había preocupado que la luz de su linterna entrara por los cristales o que le hubiera escuchado al derribar el pesado florero que había caído sobre su pie. Maldecir en silencio fue todo un reto, pero no lo detuvo.

Ahora no le cabía duda que ella seguía durmiendo. La casa estaba tan silenciosa que se oía perfectamente el movimiento de las agujas del reloj del salón al marcar los segundos. Y por parte de la señora Candela no esperaba ninguna sorpresa. Tenía comprobado que su oído era conforme con el de cualquier persona de su edad: casi sorda.

Avanzó hasta la habitación de Íria, y sonrió complacido. La puerta estaba entreabierta, dejando percibir un centímetro del parqué que cubría el suelo del cuarto. La empujó lentamente con el dedo índice, a la espera de algún chirrido. No hubo ninguno. La puerta se deslizó en silencio justo lo necesario para vislumbrar el interior. La luz plateada de la luna que atravesaba las delgadas cortinas era suficiente para distinguir la silueta tumbada en la cama.

Íria dormía boca abajo con las manos metidas bajo la almohada. La colcha se había retorcido, descubriendo gran parte de sus piernas. Jared frunció el ceño ante la visión de sus muslos desvestidos, restando importancia al aceleramiento de su corazón.

¡Por el amor de Dios!, farfulló. Estaban en pleno otoño, el aire era demasiado frío como para dormir desnuda. Esperaba que no lo hiciera… eso de dormir desnuda. Sus pensamientos se trastornaron y se alejaron del propósito inicial, intentando averiguar qué era lo que llevaba o si llevara algo. Se deleitó varios minutos con la imagen de las esbeltas piernas, pero lo desconcertó la violenta reacción de su entrepierna.

Se frotó los ojos con los dedos, procurando agrupar las ideas y centrarlas en la misión. No había esperado la respuesta traidora de su cuerpo. Reconocía que había amado a Íria. La había querido y deseado en miles de modos diferentes. No obstante, pensaba que cualquier sentimiento de afecto junto con la atracción física que había existido entre ellos, habían sido borrados por el paso del tiempo. Percatarse de que en la ceniza quedaban restos de brasas lo ponía de mal humor. De hecho lo turbaba.

Después de varios minutos sin moverse, sus oídos empezaron a silbar como una tetera a punto de ebullición y los músculos le aguijonearon debido a la inmovilidad.

Meneó la cabeza con fuerza para salir del trance y se acercó a la cama. Le apetecía meterse a su lado, pegarse a su piel caliente, sorprenderla con unos besos… se paró de golpe, preguntándose qué le pasaba a su cabeza. Apretó los dientes y soltó un par de tacos. Eso no iba cómo en su plan. Debía asustarla, sacarla a la fuerza de la cama y obligarla a salir a trabajar en mitad de la noche. De ninguna manera entraba en el programa decidir cuál era el más placentero modo de hacerle el amor.

Dio la vuelta a la cama y se posicionó frente a su rostro. Plantó la palma de la mano sobre su boca a la vez que le ponía ante los ojos el rayo fluorescente de la linterna.

Íria abrió los ojos atemorizada, pero el grito fue amortiguado bajo los dedos de Jared. Sabía que ella estaría ciega por unos momentos y que lo vería solo en forma de sombra, sin reconocerlo. No tenía intención de matarla de un susto, así que dirigió el foco hacia su propio rostro para permitirle que lo viera y luego dejó la linterna sobre la cabecera de la cama para que alumbrara sus rostros.

—Levántate y brilla, cariño —susurró, sonriendo entre dientes, muy contento con su grandiosa idea.

Íria se movió, le pegó un manotazo, y después se tendió de espaldas. Apretó la mano sobre el pecho en el lugar del corazón, cerró los ojos y respiró de forma forzosa, como si valorara las inhalaciones. Al contado tiró la manta, se levantó impulsada y lo empujó con violencia.

—¿Estás loco? ¿Pretendes matarme? ¿Qué diablos haces en mi cuarto? —Miró la noche por la ventana y volvió a gritarle en voz baja—. ¿Qué hora es?

Jared se frotó el pecho y sonrió como el diablo en sus días buenos.

—Es hora de que trabajes. Has firmado un contrato.

—¿He firmado un contrato? ¿Trabajo? —Íria balbució confusa, lo que no le extrañó teniendo en cuenta que debía estar todavía medio dormida.

—Quiero fotografías del hotel de noche. La terraza que da al bosque está decorada con lamparillas multicolores y el efecto es deslumbrante —la informó, procurando no perderse la mandíbula por el suelo.

Íria no estaba desnuda, pero tampoco a lo que llevaba se podía llamar ropa. Un vestidito de frágiles tirantes en color verde menta la cubría hasta un poco más abajo de los muslos y se moldeaba como el agua sin dejar algo a la imaginación. Podía observar sin concentrarse sus pezones duros probablemente por la diferencia de temperatura, pero ella no parecía estar incómoda con su casi desnudez.

Jared recordó que tiempo atrás Íria no mostraba la seguridad que poseía ahora cuando se trataba de su apariencia, a pesar de que incluso entonces era hermosa. Demasiado trastornado, no se detuvo para meditar sobre los cambios en su personalidad. El aire era fresco, pero él sintió gotas de sudor deslizándose por su espalda. Se dirigió hacia la ventana, alejándose de la amenaza y de la inminente perdida de su juicio.

—¿Fotos de noche? —Íria gritó y enseguida pareció darse cuenta de la hora que era.

Jared pudo oír su respiración precipitada y que la indignación le salía por los poros. ¡Bien!, sonrió encantado. Justamente el efecto que esperaba lograr.

—¡De noche es a las nueve, no a las cuatro de la madrugada! —continuó ella, farfullando en voz baja—. ¡Sal de mi cuarto! ¿Cómo has entrado?

Jared acomodó su hombro en el marco de la ventana y cruzó las piernas en una postura relajada.

—Creo que no me has entendido —dijo, examinándose las uñas como si pudiera encontrarles algún defecto en la oscuridad—, tenemos un contrato. Espero que lo cumplas.

—No pienso salir en medio de la noche para cumplir con el maldito contrato. Nada me fuerza a hacerlo.

Jared entornó los ojos. Evitaba mirarla, pero deseaba ganar la confrontación.

—Yo te fuerzo. Soy tu contratista.

—Los horarios de trabajo no están especificados, y se entiende que se trata del horario laboral tradicional. —Íria meneó la cabeza, y seguido, pareció despertar. Agrandó los ojos y lo observó con sospecha—. ¿Qué es lo que intentas hacer, Jared?

—Publicitar mi hotel —replicó en voz serena.

—No, no se trata de eso. —Ella bajó la mirada, luego se inclinó para recoger la linterna. Se le acercó con pasos de felina y dirigió el foco hacia su rostro—. ¿Qué intentas hacer? —repitió la pregunta, sonriendo como si supiera la respuesta.

Jared le alejó la mano y la luz que molestaba sus ojos.

—Te lo dije.

—No es la verdad —lo acusó ella—. Quieres que me retire, ¿verdad?

Puesto en dificultad, él se quedó en silencio. No había tenido en cuenta que deduciría su plan. Al menos, no tan pronto. Había subestimado su inteligencia y olvidado que tenía la capacidad de leerlo como a un libro abierto.

Íria se encontraba tan cerca que podía sentir el calor irradiando de su cuerpo y una fragancia que le recordaba a los tiempos que intentaba olvidar. No era el puro jazmín que usaba entonces, era un aroma más suave, una combinación de ese perfume con una esencia temeraria y estimulante que no lograba identificar.

—Esperas a que abandone el proyecto porque no has encontrado la manera para despedirme —continuó Íria, insistiendo en la idea.

—Como dije, espero que hagas tu trabajo. Y que uses tu imaginación para sacar unas fotos especiales. Te espero fuera —dijo pasando por su lado—. Tienes diez minutos o volveré y te llevaré así como estás —avisó estudiándola ahora de arriba abajo sin disimular.

El aire fresco le ayudó a recomponerse. No se había percatado de lo tenso que se encontraba hasta que no empezó a respirar con normalidad. Cierto, mentía. Se había dado cuenta, pero no había imaginado que iba a reaccionar de forma tan violenta ante su acercamiento. De hecho, tenía que reconocerlo, también había probado la fuerza de su respuesta las veces que la había visto con anterioridad.

Fastidiado, entendió que sus pensamientos no lo llevaban a ningún lugar tranquilo. Debía fiarse de sí mismo y confiar en que no se dejaría influenciar, pero la realidad era que Íria tenía más poder sobre él del que le hubiera gustado concederle.

Lo que demostraba que había tomado la decisión correcta y que debía conseguir alejarla antes de repetir los errores de la adolescencia.

Mientras verificaba el reloj y calculaba cuánto tiempo le quedaba para estar lista, Íria apareció y cerró con cuidado la puerta a su espalda.

Unos leggins de color oscuro cubrían sus piernas metidas en botas de montaña y encima llevaba una chaqueta azul eléctrico. Traía un maletín voluminoso que suponía que contenía su equipamiento y que empujó contra su pecho. Cuando estuvo segura que lo sostenía, metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y se dio la vuelta, encaminándose hacia el coche.

—¿Te vienes? —preguntó, mirando sobre el hombro y sonriendo.

O al menos eso le pareció a Jared que necesitó varios segundos para adaptarse al cambio de su disposición. No parecía para nada molesta, todo lo contrario, se mostraba cerca de estar jubilosa.

—Me debes el desayuno —continuó ella sin mirar hacia atrás, a un Jared que calculaba las probabilidades de que fuera posible que su plan no triunfara.

No, él rechazó la idea. Acababa de empezar. Tenía otros ases en la baraja.

Subió al coche y arrancó el motor. Íria se sentó en el asiento del copiloto y encendió la radio. Pink gritaba a todo pulmón que «Donde hay deseo siempre habrá una llama, donde hay una llama, alguien saldrá quemado. Pero solo porque estás ardiendo no significa que vayas a morir, tienes que levantarte e intentar, intentar, intentar». Íria empezó a tararear la canción. Él no había pasado de la parte que preguntaba «¿cómo es que todo se convirtió en una mentira?», así que le dejaba frío lo de intentar, y pulsó el botón para apagar el aparato.

Íria suspiró, inhaló de forma ruidosa y volvió a encenderlo. Le dedicó una mirada combativa cuando vio que él se preparaba para contrapuntear y cambió el canal. Esta vez otra cantante femenina, no recordaba su nombre, vocalizaba lamentándose que «nosotros jamás volveremos a estar juntos». Jared aprobó con la cabeza antes de darse cuenta que lo hacía.

Íria frunció las cejas y apagó la radio. El silencio pesó dentro del pequeño espacio como una manta de plomo.

Los faros alumbraban la calle, pero no había otra luz aparte de esta. Un viento tembloroso jugaba con las hojas muertas, llevándolas por el aire a su merced. El paisaje se veía igual de sombrío que sus pensamientos. Por suerte, el pueblo era tan pequeño que el viaje no duró más de unos minutos.

—Quiero un café —anunció Íria, saltando del coche incluso antes de que Jared aparcara.

—Sí, señora —gruñó. Un café era una idea estupenda. Ideal, teniendo en cuenta que él no había cerrado los párpados ni un minuto.

Llevó a Íria a la terraza en cuestión y volvió dentro para dar con las miradas sorprendidas de los empleados del hotel que trabajaban de noche. Sospechaba que lo habían fichado de bicho raro tiempo atrás, así que no se preocupó de dar explicaciones. Se encargó de conseguir dos tazas llenas de cafeína y volvió para finalizar el asunto.

—Enciende las malditas lamparillas —pidió Íria en voz enojada.

Tenía preparado el equipo y había conectado unos focos que alumbraban la terraza desde los rincones. Jared no pudo evitar alegrarse, percatándose de que su mal genio había aflorado por fin. Ejecutó la orden, aprovechando que se encontraba de espaldas para sonreír en calma.

—Es la idea más estúpida de todas las que has tenido. Si quieres hacer publicidad al hotel debes presentar personas, no paredes. Todo esto —ella farfulló, agitando las manos y señalando el entorno—, es muy bonito, pero estéril. Y yo debo volver otro día y repetir la operación cuando haya almas por aquí.

—Para eso te pago —comentó Jared impasible.

—Tu dinero no me impresiona —dijo Íria, mientras verificaba las cámaras—. Tengo más que suficiente.

—¿Entonces por qué aceptaste el contrato?

Íria se detuvo de la tarea y lo miró con las facciones esculpidas en acero.

—No es de tu incumbencia, pero me gusta mi trabajo. Estoy segura de que me gustaba antes de trabajar para un troll pretencioso. ¡Quítate de mi camino! —ordenó, señalándole el exterior de la terraza.

—Tengo la piel mucho más bonita que un troll —se burló Jared, pero siguió sus indicaciones y salió del área que usaba ella.

Apoyó su espalda en una de las columnas de madera y cruzó los brazos sobre el pecho.

Hacia el bosque la oscuridad era total y la luna lo iluminaba difuso, sombreando la tierra con rayos plateados. El susurro de las hojas se combinaba con la melodía rítmica de las cigarras y toda la atmósfera influía un aire de serenidad. Un sentimiento que él no sentía.

La presencia de la mujer a solo unos metros de distancia tensaba su cuerpo peor que en una maldita clase de yoga. A pesar de que estaba de espaldas, era perfectamente consciente de sus movimientos. En cierta manera era peor que verla, porque su imaginación siempre había sido muy activa.

Jared alzó la mirada hacia el cielo, frunciendo el entrecejo. Unas nubes oscuras escondían gran parte de las estrellas, pero las más grandes se veían brillando al mismo estilo belicoso. Como si hablaran entre ellas en el lenguaje de las pulsaciones y se rieran de él.

No tiene nada que ver, intentó tranquilizarse, recordando la noche en que había pedido el cumplimiento de un deseo. No tenía nada que ver.

Se giró para observar a Íria.

—¿Te falta mucho?

—No me pagas por horas, así que no te preocupes —ella replicó cortante, sin dejar de moverse y disparar.

Jared se sentó en el suelo y se abrazó los hombros. No supo cuánto tiempo se quedó de ese modo, pero sus párpados finalmente cedieron. Cuando los abrió, la luz había cambiado a grisácea y unas pinceladas de color naranja atravesaban parte del cielo.

Se incorporó mareado, sintiendo los músculos entumecidos.

—Buenos días, princesa —oyó una voz a su espalda.

Se giró con miedo de lo que iba a ver. Íria descansaba en un sillón con las piernas estiradas sobre la mesita de enfrente. Su equipo seguía ocupando el sitio, así que supuso que no hacía mucho que había acabado.

—¿Sabes que roncas? —dijo ella medio riendo y dejando caer la cabeza sobre un hombro—. Recuerdo que no lo hacías unos años atrás. Supongo que es la edad —comentó, haciendo un mohín e incorporándose—. Ayúdame a recoger. Y no te olvides de que me debes el desayuno.

Jared soltó cabizbajo una serie muy coloreada de injurias. Se suponía que debía quedarse al mando de los encuentros con ella, pero de alguna manera seguía perdiéndolo.

—Te enviaré a alguien —gruñó, preparándose para entrar, pero cambió de opinión cuando vio que Íria había empezado a desmontar un foco que superaba su altura y se había subido encima de una silla para llegar al tornillo—. ¿Qué diablos haces?

—Mi trabajo —refunfuñó ella, echándole una mirada rápida sobre el hombro.

—¡Espera! Eso no es cosa de…

—…¿de mujeres? —Íria se interrumpió y lo miró, levantando el mentón—. Lo he hecho cientos de veces.

Maldiciendo en silencio, Jared se acercó, preparado para asistirla. Íria acabó con la parte de arriba y sin mirarlo, le tendió el espejo del reflector.

—Guárdalo.

El movimiento la desequilibró y perdió por un momento la estabilidad en la silla. Jared tiró el espejo al suelo atento a sus maniobras para recomponer el control, que constaban básicamente en aleteos de los brazos. Respiró aliviado cuando ella y la silla dejaron de moverse y farfulló por lo bajo.

—Siempre quieres salirte con la t…

Las palabras murieron en sus labios. No vio que fue lo que anduvo mal, pero Íria gritó, empezó a agitar las manos y él abrió los brazos y le rodeó las caderas al tiempo que ella perdía el equilibrio y la silla desaparecía bajo sus pies. La diferencia de altura y el hecho de que seguía agitándose como si quisiera aprender a volar, lo vencieron, y la gravedad hizo el resto.

El primer martillazo de dolor lo sintió en el hombro sobre el cual había caído y el tramo de atrás de su cabeza también se llevó una parte del impacto con el suelo. Íria cayó sobre su torso, o eso suponía sintiendo que su peso le obstruía la respiración, y sus manos seguían aferrándose a sus caderas.

—¡Diablos! —vociferó, aún mareado por el choque.

Íria forcejó en sus brazos y el dolor estalló de nuevo desde varias partes dañadas de su cuerpo.

—¡Estate quieta! —gritó esta vez, encerrándole la cintura y forzándola a permanecer tendida sobre su cuerpo.

Hizo mentalmente el inventario de las heridas, pero se sentía demasiado debilitado para obtener una imagen completa. Suponía que la cabeza en la que sonaba el ritmo de un tambor y el dolor agudo del hombro eran las más graves. Los huesos de su espalda protestaban, pero las piernas las sentía enteras.

Cerró los ojos con fuerza, llamando la calma, antes de que fuera tarde y saltará encima de Íria. Tenía ganas de matarla. Lenta y dolorosamente. Siempre hacía lo mismo, iba por su camino sin escuchar las sugerencias, lanzándose hacia adelante sin pensar en las consecuencias.

—Te lo dije —murmuró, logrando con dificultad abrir la boca, tan rígido tenía el maxilar.

—¡Cállate! —ella protestó, empezando de nuevo a retorcerse entre sus brazos.

Jared se giró con velocidad y cambió la posición. La empotró en el suelo y le encerró el cuerpo bajo el suyo, sosteniéndose en las palmas.

—No —gruñó, al límite de estallar—. Tú te callas. Siempre… —inhaló aire, haciendo caso omiso a los pinchazos del hombro—,… siempre haces lo mismo: exactamente lo que te da la puta gana.

—Lo siento —Íria exhaló con lentitud y Jared dejó salir el aire de sus pulmones al mismo ritmo que ella.

Las palabras hicieron que la observase con suspicacia. No era el tipo de persona que acostumbrara a pedir perdón, todo lo contrario. Vio sus labios apretados y la cabeza inclinada hacia un lado, sin mirarlo. Unas manchas sangrientas le coloreaban las mejillas y la tensión en las hermosas líneas de su rostro era evidente.

—¿Estás bien? —inquirió preocupado, preguntándose si no tenía alguna herida no visible.

Íria asintió y se mordió la parte interior del labio.

El deseo reventó en el cuerpo de Jared como si alguien hubiera abierto el grifo de una fuente hasta entonces cerrada. Descargas hambrientas le invadieron los poros y se transformaron en un río cadente de anhelo. Su cerebro pensó que era el momento adecuado para hacer memoria del pasado. De las cosas buenas del pasado. Recordó su risa y su testarudez, su valentía ante los problemas y la fuerza con la cual se levantaba y seguía mirando hacia adelante. Y recordó la suavidad de su piel y el sabor a cerezas maduras de sus labios. Los cuales se encontraban a pocos centímetros de los suyos.

Supo que Íria notó la dirección de sus pensamientos porque su cuerpo se ablandó, se moldeó de forma casi imperceptible y los puntos de contacto empezaron a pulsar doloroso pero placenteramente a la vez. Se percató que su rodilla apretaba parte del muslo interior de ella y le presionaba el pecho con su torso. Lo había hecho sin intención y aun así sus cuerpos habían vuelto a encajar como en los viejos tiempos, dos piezas de un único rompecabezas.

 Íria giró la cabeza y lo miró con los ojos en llamas azuladas y ardientes.

Jared suponía que los suyos debían verse más o menos igual: pozos de lava oscura encendida. Jadeó, concentrando su mirada en sus labios.

¡No!, aulló una vocecita en su mente, pero el eco se hacía más y más débil a medida que los segundos pasaban.

Casi había cedido hacia el lado del pecado cuando la miró de nuevo. Y lo que vio fue como si entrara bajo una ducha helada: arrepentimiento, agobio, todas las palabras que jamás había dicho, todas las excusas que se había guardado se desataban en la mirada de Íria en una tormenta de emociones.

—No —dijo Jared en voz alta, levantándose como si lo hubiera mordido una serpiente.

Dio unos pasos atrás, caminando al revés, sin poder dejar de mirarla.

—Enviaré a alguien para que limpie. Puedes entrar y tomarte el desayuno —dijo en voz áspera y se giró, encaminándose con pasos decididos rumbo a su casa.

Se sentía peligrosamente débil. La falta de sueño, los nervios y todas las emociones vividas desde que ella había regresado, martilleaban en su cerebro, reduciéndolo a una masa inservible. Demasiado cerca de olvidarlo todo. Necesitaba retirarse y volver a levantar los muros.

Esperaba que su fortaleza fuera a cumplir una vez más con su propósito: mantener fuera los problemas, alejarlo de las complicaciones y si no fuera demasiado pedir, borrarle de la memoria a la mujer que había vuelto para jugar de nuevo con su mente. Y con su corazón.

Trece años atrás

 

—No entiendo cómo me has convencido de que haga eso —se quejó Liza, observando a Íria que seguía metiendo cosas en su mochila.

—Vamos, Liz, es solo una acampada. Una sola noche.

—Una sola noche que vamos a pasarla sobre tierra dura, en un bosque lleno de peligros y acompañadas… oh, espera, ¿de quién?

Íria observó el retrato vivo de la indignación que era el rostro de su amiga. Con las manos en las caderas, Liza la miraba como si hubiera perdido un tornillo. A pesar de que intentaba cuidar el volumen de su voz y no atraer la atención de los padres de Íria, las palabras salían chilladas en frecuencia baja.

—No es como si Jared fuera un criminal buscado. Además, Cedric vendrá también.

—Oh, me has tranquilizado. El que copia sus pasos y lo sigue como una sombra —balbució Liza, aún sin estar convencida.

—Míralo como a una experiencia —se rio Íria, divertida con sus protestas que escuchaba solo con un oído.

Jared la había llamado y le había propuesto una salida de acampada en el bosque. No había encontrado un motivo consistente para negarse, y en honor a la verdad, en secreto, estaba encantada de que hubiera pensado en invitarla. No quería estropear su alegría, y el hecho de que Liza no opinara igual, no tenía mucha importancia. Las reacciones de su amiga al enterarse de sus planes habían pasado del horror inicial a una aceptación forzada, resultado de auto nombrarse su guardiana.

—Es exactamente lo que hago —resopló esta—. Bien, bien, me rindo. Aunque sigo sin entender por qué aceptaste. ¿Y cómo es que habéis llegado a simpatizar tanto? —preguntó, entrecerrando los ojos.

Íria encogió los hombros y aprovechó para cerrar la mochila y así evitar la mirada suspicaz de la muchacha.

—Nos vimos por casualidad unas veces.

—¿Os visteis por casualidad? ¡Dios mío! ¡Te gusta! —exclamó conmocionada por el descubrimiento—. ¡No me lo puedo creer!

—No seas melodramática, Liz. Nos vamos de excursión. —Íria colocó su mochila en la espalda y pasó por su lado, dándole un pequeño empujón en el hombro. Había escuchado el ruido del motor del coche de Jared.

No pensaba declarar sus sentimientos en voz alta, eran demasiado nuevos incluso para ella y no los entendía muy bien. Sabía con certeza que su cuerpo reaccionaba de un modo curioso al lado de Jared. Que se encontraba sonriendo sin darse cuenta cuando pensaba en él. Que tenía una necesitad casi física de tenerlo cerca, aunque fuera solo para mirarlo. Reconocía que de los datos que disponía, no era la mejor opción que podía elegir. Jared era a veces irritante, todo el tiempo más cerrado que un candado y bastante arrogante para ahuyentar a cualquiera que intentaba acercarse, ella incluida. Precisamente su tipo, al parecer.

—Vamos, bombones —Cedric gritó por la ventana abierta del coche, un Jeep Wrangler de color negro brillante, un regalo excesivo desde su punto de vista para un chico que ya lo tenía todo.

Liza se detuvo un momento en la puerta, farfullando por lo bajo.

—¿Bombones? ¿Con quién cree que habla el pringado?

—Toma aire, Liza. Nos vamos a divertir.

—Habla por ti —continuó, sin silenciar sus protestas pero Íria se adelantó hacia el coche y dejó de escucharla.

Los chicos ocupaban los asientos de delante y ellas se sentaron atrás. El olor a nuevo aún se sentía dentro y una canción de moda sonaba desde el potente equipo estéreo.

Los ojos de Íria se encontraron en el espejo retrovisor con los de Jared. Consiguió mantener el contacto visual por pocos segundos, la intensidad de su mirada la hacía sentirse asmática. Abrió la ventana, sin embargo, el aire caliente con olor a polvo no la ayudó para nada. Relajó las extremidades y cerró los ojos, encontrando en eso la mejor manera para resistirse a la tentación de no perderle de vista.

Permaneció en silencio el tiempo que duró el camino, escuchando la música y el combate verbal entre Cedric y Liza.

Entre que llegaron, organizaron el equipaje y montaron las tiendas de campaña, había pasado el mediodía.

—¿Qué os gustaría hacer? —preguntó Jared, mirando divertido a Liza que agitaba los brazos en un baile histérico para alejar los insectos.

Cedric se acercó y olió su hombro descubierto, poniendo una mueca exagerada de placer.

—Mmm… hueles de maravilla. A mí también me gustaría probarte.

—Muévete, idiota. —Liza le pegó en el bíceps, pero su protesta perdió importancia cuando sonrió halagada.

Jared e Íria rieron a la vez y sus miradas se encontraron en ese bucle temporal donde desaparecía la realidad junto con todo lo que los rodeaba.

—Daré una vuelta, quiero hacer unas fotos —dijo ella, verificando su cámara a pesar de que sabía que todo estaba en orden. Necesitaba recuperarse y poner los pies en la tierra. Urgentemente. Bastaba que ese chico la mirara y se sentía flotar por encima de las nubes.

—No te alejes mucho —le recomendó Jared—. Nosotros vamos a buscar madera y preparar una hoguera para cuando caiga la noche.

—Yo voy a sentarme y a concentrarme en lucir guapa —Liza rio, arrodillándose sobre la manta y pasándose los dedos por sus mechas del color del sol.

Ella y Cedric se parecían físicamente tanto que podían pasar por hermanos. Cabellos rubios, ojos del color del cielo veraniego, más oscuros en el caso de Cedric que también se diferenciaba por la piel tostada, ya que Liza se mantenía lejos del sol y la amenaza de los rayos ultravioletas.

Íria se alejó con el sonido de sus risas en los oídos.

En pocos pasos se dio cuenta que había vuelto a encontrar la calma. Era como si su casa fuera un territorio maldito y enseguida que se alejaba, los velos de la oscuridad desaparecían. Alejó los recuerdos dolorosos de los últimos días y los pensamientos deprimentes. Cargó sus pilas con el aire puro y fresco, con la ronquera especial del bosque donde se juntaban el murmullo de las hojas movidas por el viento y el grito de las aves. Abrazó los troncos tan viejos como su abuela y estudió las plantas nuevas nacidas de tallos frágiles. Habló con una ardilla de ojos vivarachos y siguió la trayectoria de una oruga verdosa y peluda. Sin percatarse, perdió la noción del tiempo. Cuando recordó que debería volver con los otros, el sol ya no se asomaba por encima de las coronas de los árboles.

Su suerte era que había ido en línea recta, así que se giró y se encaminó en dirección contraria, esperando que fuera a encontrarlos. El silencio se había profundizado, agudizando el sonido de cualquier paso que daba. Las ramas secas crujían bajo sus pies y las sombras se alargaban de modo fantasmagórico.

No era de naturaleza temerosa, pero tenía la sensación de que el bosque escondía algo y no le gustaba la idea de una sorpresa en forma de algún animal salvaje o uno que se arrastrara por el suelo. O por los árboles, pensó, levantando la vista y verificando las ramas. Después de unos metros empezó a sentirse paranoica. Se detuvo e investigó con la mirada en círculo todo su alrededor, en busca de los ojos que la perseguían. Más tranquila, ya que no había distinguido nada fuera de lo normal, se abrazó y aumentó el paso.

Iba con los ojos bien abiertos. No obstante, incluso así consiguió chocarse contra una aparición sombreada, pero de cuerpo irrompible. Gritó y se apretó el estómago que se había quedado sin aire.

Jared le envolvió los hombros, tranquilizándola.

—Soy yo. He venido a buscarte. Has tardado demasiado y nos preocupamos.

—Podías haberme llamado en lugar de darme un susto de muerte —espetó, fulminándolo con la mirada. Hay momentos cuando debes controlar los pensamientos, deliberó. Te imaginas un animal salvaje y te aparece uno de la nada.

—¿Te asusto? —se interesó Jared, su rostro reflejaba la sombra de una sonrisa y una mirada indescifrable.

Íria entendió muy bien el doble sentido y no admitía dejarlo pensar que era verdad.

—No me asustas tú. Me alarmé porque apareciste de la nada y de repente.

—¡Qué pena! —comentó como para sí mismo, y luego dio un paso, acercándose tanto que Íria sintió las puntas de sus deportivas pegadas a las de ella.

—¿Qué haces? —Retrocedió un paso hacia atrás, pero su marcha fue detenida por el tronco de un árbol y se encontró con la espalda pegada a este. Sus sentidos se dispararon gritando «alarma», pero el aviso era de una promesa de delicias exquisitas.

—Verificando si es verdad —susurró Jared, avanzando y conquistando el poco espacio que ella había obtenido con la retirada.

—¡Aléjate!

—Se necesitan pruebas para confirmar una teoría. —Jared chasqueó la lengua y su mirada la acosó con lentitud—.  A ver: tus ojos están muy abiertos, señal de alteración, tu pulso se ha disparado —señaló él, rozándole el cuello con la yema de los dedos en una caricia lenta de arriba abajo.

Íria movió la cabeza y plantó las manos en su pecho, pensando empujarlo, pero sus esfuerzos fueron en vano; Jared no cedió ni un milímetro.

—Tu piel está ardiendo —constató en voz no más alta que un murmullo—, y tu respiración es precipitada. —Acabó acercándose al rostro de Íria tanto que pudo sentir que él mismo experimentaba los síntomas que describía. El calor que su cuerpo proyectaba era más candente que las llamas y su aliento casi le quemaba la piel.

Jared colocó las manos en el tronco a cada lado de los hombros de ella, encerrándola entre sus brazos.

—No es temor. —Íria suspiró con los ojos fijos en su boca detenida a pocos centímetros de la suya. Tenía una boca que quisiera poder dibujar. De labios llenos y contorno severo, lo que daba a sus sonrisas una pincelada de despotismo.

Él también tenía la mirada baja y las pesadas pestañas le ensombrecían los ojos, por lo que no podía descifrar su expresión.

—Entonces, ¿qué es? —susurró, su respiración cosquilleando sobre sus labios.

—Perturbación —replicó Íria, empujándolo con las pocas fuerzas que le quedaban. Aun así, consiguió alejarlo por haberlo tomado por sorpresa.

Se alejó con pasos apresurados, sin mirar hacia atrás, pero Jared la abordó en pocos segundos.

—Así que te perturbo —comentó, y del tono de su voz entendió que estaba complacido con el descubrimiento.

Íria se detuvo y lo contempló por varios segundos. Lo vio tensarse y luchar para quedarse quieto. Su sonrisa ganó terreno, hasta que estalló en carcajadas.

—En el mismo porcentaje en el que te perturbo yo a ti.

La expresión de Jared cambió de insolente a sorprendida, pareciendo que no se creía lo que acababa de escuchar. Luego su rostro se iluminó, meneó la cabeza y sonrió.

—Tienes razón. No eres una persona temerosa —le dijo mientras caminaban de vuelta.

Íria no contestó, evitando desvelar la verdad. Sí que lo era.

Tenía miedo de que sus sueños no se cumplieran.

 

Presente

Jared se giró en la cama y abrió los ojos, dando con la imagen del yeso blanco del techo.

No servía intentar conciliar el sueño, simplemente no podía dormir. No conseguía apagar la actividad de sus neuronas que trabajaban a todo gas, ni enjaular sus preocupaciones, sin importar cuánto lo intentaba. Desde que tenía memoria había gozado, incluso disfrutado de un cerebro hiperactivo. La aparición de la mujer a la que más lejos deseaba, aumentaba los síntomas y por su culpa había llegado a odiar su imaginación.

Su primer intento de asustarla había fallado de forma memorable. Íria se había recuperado casi al instante, y había actuado como una profesional. Había realizado las fotografías que él le había pedido, se había interesado sobre sus expectativas, le había hecho propuestas y no había vuelto a mencionar el tema del porqué había irrumpido en su dormitorio en medio de la noche.

Sintiendo una pizca de culpabilidad, le había ofrecido el desayuno en el restaurante del hotel, pero después de la escena caliente en la que habían sido actores, no se había arriesgado a acompañarla. No podía mantener una conversación amistosa, a pesar de los intentos de Íria o precisamente por estos. Suponía que debería ofrecerle al menos una oportunidad y permitir que se explicase, pero todavía no estaba preparado. Tenía miedo de que ella consiguiera cambiar su punto de vista y, junto con eso, invertir el eje central de su vida.

Comprobó la hora, luego se incorporó y corrió las cortinas de la ventana. Rocío brillante cubría el paisaje, el sol se asomaba desenvuelto y las nubes esponjosas no parecían amenazantes. El suelo estaba cubierto de una alfombra de hojas multicolores, del más cálido amarillo al rojizo alegre y oscuro marrón.

Sí, el otoño era hermoso, pensó girándose y fue a buscar su ropa. También debería ser una temporada tranquila, rica en cosechas y pensamientos agradables. Pues, para él no lo era.

No le apetecía seguir con el horario que él mismo había hecho para ese día, pero cuanto antes acabara con el problema, mejor.

Bajó al salón y cogió el teléfono, mirando el número que había marcado como si fueran los ojos de una cobra esperando a que lo asaltara.

—Diga —contestó Íria al otro lado de la línea.

—Prepárate para salir al bosque. Coge tu equipo. Nos vamos al Acuario en una hora.

—Buenos días, a ti también —comentó ella en voz ronca—. Supongo que no tengo el derecho de opinar, ¿verdad?

—No, no lo tienes. Paso a recogerte.

Jared cortó la conversación antes de dejarse afectar por su voz sensual y de su imagen tendida en la cama. Con el cuerpo caliente y blando, con los ojos todavía oscurecidos, con las mejillas ruborizadas y los labios… Bien, demasiado tarde, ya lo estaba haciendo.

Quizá le convendría comportarse de forma madura y reconocer que la deseaba, meditó, sintiéndose como una persona a punto de ahogarse que veía solo agua por todos lados. Al fin y al cabo, Íria era una mujer hermosa, y él estaba muy lejos de ser un santo. Era una mujer atractiva, tentadora, interesante, y con mala suerte para él, inteligente. Revelar que admiraba sus cualidades, era igual que firmar su sentencia hacia un camino de problemas.

Y… volvía al principio; por el bien de su cabeza de arriba, la de abajo se quedaría bien encerrada bajo la cremallera. La solución a todos sus problemas era sencilla: Íria tenía que marcharse del pueblo.

***

No fue necesario detener el motor del coche. Ella lo esperaba en la calle, con el equipaje en el suelo y calentándose las manos con su propio vaho. Se le adelantó y subió con rapidez, dejando la mochila en el asiento de atrás.

—Hace un poco de frío, ¿no? Se acerca el invierno —comentó.

Jared hizo una mueca. La conversación complaciente no entraba en el trato.

—¡Dios! No puedo creer que aún tengas este coche —dijo Íria, a pesar de que no había recibido respuesta a su primera observación.

Jared se quedó congelado con las manos agarrando el volante. No había pensado en eso. Había tomado el coche precisamente porque era viejo y deteriorado y sabía que el camino por el bosque era difícil. No se había detenido ni un momento a recordar la «historia» que tenía. En los caminos que habían hecho juntos, en la «acción» que habían soportado los asientos. Menos mal que tenía a Íria, a la cual no se le escapaba nada, para refrescar su memoria, pensó fastidiado. Su día acababa de empeorar, y no eran ni las nueve de la mañana.

—Me sirve —declaró secamente, mirándola de reojo. Tuvo la certeza de haber visto una sonrisa satisfecha en sus labios, pero movió la cabeza para mirar por la ventana de su lado.

—¿Por qué quieres ir al Acuario? —la oyó preguntar.

—Lo incluiré como trayecto en las rutas del hotel. Si no vamos ahora, será demasiado tarde cuando empiece la temporada de lluvia —contestó Jared, concentrándose en la carretera.

Íria se mantuvo en silencio el resto del camino y él agradeció el respiro.

Pasó a distancia de su casa y eligió la ruta más larga, pero la que dejaba menos camino para recorrerlo a pie.

Al descender del coche, Íria se puso la mochila en la espalda, echando a andar, y él la siguió.

—¡Guau! El bosque ha envejecido —ella comentó con la cabeza en alto, mirando las coronas casi desnudas de los árboles.

A continuación sacó una cámara pequeña de su mochila y empezó a disparar con rapidez. Jared la observó malhumorado. No podía reprenderla porque le llevaba solo unos segundos tomar las fotografías. Su cuerpo se movía en una especie de baile, gracioso y elegante. Se doblaba, se agachaba y se inclinaba, usando todo el cuerpo para presionar un botoncito. Llevaba pantalones estilo militar, una camiseta térmica, y el pelo recogido en una coleta. De nuevo nada para incitar, pero demasiado para él. Ni aunque se cubriera de ceniza y se vistiera con harapos conseguiría invisibilidad y desinterés por su parte, pensó Jared. De hecho, era suficiente tenerla en un radio de unos kilómetros para experimentar palpitaciones.

—¡Es maravilloso! —Íria continuó su monólogo, sin importarle no recibir respuesta alguna. Inhaló varias veces y sonrió—. Me faltó este aire. He estado en muchos sitios y he visto paisajes que quitaban la respiración, pero aquí hay algo más. Algo especial. Quizá sea el olor de los recuerdos —susurró como para sí misma, pero Jared la escuchó y se enfureció al instante.

—No vayas por este camino —le avisó.

—¿Qué? —inquirió, haciéndose la inocente.

Jared le obstruyó la vía y se plantó delante de ella.

—Te lo repito: no sé a qué juegas ni me interesa. Estás aquí para hacer un trabajo. Finge que ni nos conocemos. Nuestra relación es puramente contractual.

Íria alzó una ceja y su mirada se enfrió rozando el azul metálico.

—¿Por qué piensas que se trata de ti? —espetó—. Tenía razón, Jared. No has cambiado ni un pelín. Eres el mismo arrogante, egocéntrico, capullo y presumido que conocí años atrás. El que se creía el rey del mundo. El mismo que derroté —añadió con una sonrisa cruel y pasó por su lado, alejándose con rapidez.

Jared se quedó para tranquilizarse. Inspiró con avidez el aire puro y lo exhaló con lentitud, y no se movió hasta que su respiración no volvió a la normalidad.

De acuerdo, tal vez se había pasado. De nuevo. Íria no le había dado pistas para dudar de sus intenciones, pero no podía fiarse de ella. Siempre conseguía sorprenderlo y con la guardia baja. Mejor prevenir que curar.

El terreno empezó a tornarse rocoso y el suelo estaba cubierto de grietas que generaban nubes de vapor caliente que se levantaban hasta a un metro de altura.

El lago Acuario, llamado así a pesar de que ninguna criatura vivía en sus aguas, era de hecho un estanque a cielo abierto nacido de una roca de granito, fracturada en algunos sitios de donde chorreaba agua caliente como si fuera una pequeña cascada. A pesar de la estación, Jared sabía que el agua debía tener entre 35 y 40° de temperatura. El vapor flotaba por encima como si fuera algodón de azúcar y desprendía un olor desagradable a sulfato.

Íria dejó su equipaje en el suelo y empezó a preparar el equipo. Jared se sentó en una roca cercana, resignándose con la idea de que debía esperar. De la vez pasada que había trabajado con ella, sabía que iba a tomarse su tiempo y que no pararía hasta que no estuviese contenta. La observó montando el trípode y volver a guardarlo, cambiar tres cámaras, acercándose, alejándose, modificar los ángulos, moviéndose tanto que empezó a sentirse mareado, procurando no perderla de vista. Cuando al fin acabó, el sol ya se asomaba alto en el cielo.

Jared sacó el termo con el café y los dos bocadillos que había comprado, ofreciéndole uno.

—¿Has acabado? —le preguntó mientras comían.

—Creo que sí. Pero me gustaría hacer unas fotografías de toda la vista.

—Hmm… ni hablar —comentó Jared—. Para eso tendrías que subir encima de la roca y es demasiado peligroso.

—¿Preocupado por mí? —se mofó Íria—. No te agobies. He estado en situaciones mucho más sensibles.

—Puede que sí. Pero ahora yo soy el responsable de tu bonito culo y no te permito arriesgarte.

Íria carcajeó y se atragantó con la comida.

—¿Todavía piensas que mi culo es bonito? —preguntó, un brillo de divertimiento resplandeciendo en sus ojos. Levantó la mano cuando vio a Jared preparado para discutir—. Lo sé, entendido, no voy por ahí, pero me lo pusiste fácil. No está en tu poder prohibirme algo, y deberías saberlo, lo intentaste una vez —añadió en voz sería, levantándose y eligiendo una cámara de la mochila.

Jared maldijo por lo bajo.

—Ten cuidado —susurró, a pesar de que ella se había alejado y no podía escucharlo.

No le preocupada la altura, pero sabía que algunas rocas estaban afiladas y, era más que probable, resbaladizas por la humedad. Cuando la vio desaparecer por un lado buscando el sitio adecuado para subir, se precipitó en alcanzarla.

Íria trepaba como una cabra montesa, con pasos largos y seguros, visualizando el trayecto antes de cambiar de pie. La cámara le colgaba del cuello y usaba las manos para apoyarse. En pocos minutos se encontraba en la cumbre de la pequeña pendiente y se giró para mirarlo triunfadora.

—¡Ja! —soltó, sonriendo de una oreja a otra.

Jared entrecerró los párpados para defenderse de los rayos del sol que estaba posicionado encima de la cabeza de Íria. Sin querer, una sonrisa alteró el contorno de sus labios, y ladeó la cabeza. Se mordió el labio por dentro y puso las manos en los costados, atento a cualquier movimiento de ella. Ejecutaba la misma danza curiosa, pero en ese tipo de suelo no le parecía adecuado ni seguro.

—Quieres, en nombre de Dios, ¡tener un poco de cuidado! —le gritó cuando vio que su pie había perdido la estabilidad por un momento.

—Necesito la otra cámara —replicó ella sin mirarlo.

—¿Y te parece que tengo pinta de trabajar de botones? —farfulló sin moverse del sitio.

Íria bajó la mano con el aparato y se giró para mirarlo. Lo hizo sin prisa, desde su cabeza hasta la punta de las botas y al revés durante tanto tiempo que sintió ganas de cubrirse a pesar de estar vestido. Tenía curiosidad por saber qué era lo que veía. Había completado el crecimiento a los dieciocho años, así que su altura no había cambiado, rozaba el 1,90. Sus huesos se habían redondeado cubiertos por músculos que pedían mantenimiento, pero le gustaba ejercitar su cuerpo. Sabía que las líneas de su rostro se veían más duras que en la adolescencia y el único cambio era el pelo que ahora llevaba muy corto.

La sonrisa indescifrable no se borró del rostro de Íria. Tampoco cedió.

—Creo que serías un ayudante maravilloso si te lo propusieras. Ahora sé amable y hazlo. Es tu proyecto y me es difícil manejar el equipo sin un asistente.

—Deberías haberlo estipulado en el contrato.

—Debería haberte pedido más dinero.

Jared entendió que era otra batalla perdida para él, pero como era insignificante, se acercó a su mochila. Eligió la cámara que le había pedido y volvió para dársela y hacer el cambio.

—Nos encontramos en el medio —le dijo, decidido a no dejarla ganar del todo.

Íria hizo un puchero y empezó a bajar a la vez que él subía. Jared ojeó rápidamente el área. El lago estaba flanqueado de bosque por todos lados. Pero como la composición del agua no era beneficiosa para las plantas, varios metros a su alrededor faltaban los árboles y la tierra creaba una especie de playa rocosa en forma de escalera, bajando hasta el lago.

Tendió la mano e Íria hizo lo mismo. Al instante sintió el peso de ella abalanzándose con fuerza sobre él. Los pies no aguataron la sobrecarga y se resbalaron sobre la roca mojada. Cuando se dio cuenta de lo que iba a pasar, fue demasiado tarde. No podía parar el tiempo.

Se cayó con un chapoteo memorable, como una piedra descomunal. El agua era templada, pero tenía mal sabor. Íria cayó detrás de él y lo forzó a sumergirse para no herirle. No había tenido tiempo de prepararse y el oxígeno de sus pulmones disminuyó con rapidez. Empujó su cuerpo hacia arriba y se ayudó de movimientos fuertes de brazos. Una vez en la superficie, ladeó la cabeza como un perro mojado y juró que el mal augurio se le había pegado a la piel.

—¡Eres el mensajero de la muerte! —le gritó a una Íria que acababa de sacar la cabeza del agua, mojada como un gato callejero.

—O tú traes la mala suerte —replicó ella alejándose del rostro las hebras empapadas.

 —¡Dios! —Jared batió el agua con una mano levantando crestas y salpicándose. Que más daba. No podía mojarse más de lo que estaba.

Se giró para nadar los dos metros hasta la orilla. En cuanto salió chorreando agua mal oliente por cada centímetro de su cuerpo, se dio cuenta de que la diferencia de temperatura era considerable. Bajo las ondas templadas la sensación era deleitable, pero fuera el aire otoñal cortaba a través de la ropa mojada y la pegaba a la piel.

Íria salió justo después, abrazándose los hombros y temblando tanto que sus dientes chocaron cuando intentó hablar.

—Me… has destrozado una cámara… valiosa —tartamudeó mirándolo como si quisiera exterminarlo—. Y… todas las fotos… están perdidas.

—¿Yo te lo he destrozado? —Jared se acercó, mirándola desde arriba. Parecía que había entrado al agua como la ropa nueva, pues aparentaba ser más delicada y pequeña de como acostumbraba a verse. Déjame recordarte que desde que empezó nuestra «colaboración» —dijo, haciendo el signo de las comillas con los dedos—, he visto una bola cambiando de dirección milagrosamente, te has caído encima de mí, y acabas de tirarme al agua cuando afuera hay una temperatura de doce grados. Haz los cálculos. ¿Cómo es que te salió que yo soy el malo? —rugió, batiéndose con el dedo en el pecho.

Paró de hablar porque le pareció oír una risotada retenida. Íria había bajado la cabeza pero sus hombros se sacudían y no por el frío.

—¿Estás riéndote? —la acusó, frunciendo el ceño y bajando más la cabeza para investigarla.

Momento en que Íria levantó la de ella y lo golpeó con la frente en la nariz.

Jared soltó una serie de injurias coloreadas, pensadas para que sonrojaran hasta a las piedras.

—¡Lo que decía! Lo que decía —masculló, apretándose la nariz con los dedos—. Eres un peligro público andante. ¡No te permito reírte! —gritó, sintiéndose indefenso ante una situación que no podía controlar.

Íria carcajeaba y el cuerpo le temblaba por el frío y los estremecimientos de la risa, y él tenía ganas de batir con el pie en el suelo como un niño e imponerle que se callase. Que despareciera. Que saliera de su vida.

Empezó a caminar a zancadas sin mirar atrás y ver si lo seguía. La piel había empezado a pincharle con agujas heladas y lo inteligente era deshacerse de parte de la ropa. Llegó al coche en tiempo récord y abrió el maletero, buscando algo que pudiera salvar las circunstancias. Lo que quedaba por ser salvado, y no era mucho.

Encontró la manta que siempre tenía en el maletero, y al fondo dio con una sudadera que usaba cuando salía a entrenarse. Empezó a quitarse la ropa.

—¿Qué haces? —inquirió Íria a su espalda.

—Me he bañado, ahora pienso aprovechar los benéficos efectos de las ultravioletas —replicó mordaz, tirando la cazadora mojada con furia y quitándose la camiseta de debajo con los mismos movimientos vehementes. El aire crudo le puso la piel de gallina. Cuando levantó la cabeza, le pareció que Íria estudiaba su torso con demasiado interés y se apresuró a cubrirse con la manta acusándola con la mirada—. Te sugiero que hagas lo mismo antes de que enfermes y me culpes también de eso —dijo, tirándole la sudadera con una puntería tan exacta que aterrizó en su cabeza.

—Ew… huele a perro mojado —comentó Íria, haciendo una mueca desagradable y sujetando la sudadera con dos dedos a distancia de su cuerpo.

—La uso cuando entreno —le explicó Jared riendo entre dientes.

—¿Y no la lavas desde cuándo? —ella replicó, tirándola en el maletero.

Jared fingió concentrase.

—Recuerdo haberla tenido en casa la Navidad pasada. Te la pones o enfermas —continuó en voz indiferente y encogió los hombros—. A mí no me importa. Menos mal que no he venido con el coche nuevo, de lo contrario estropearías los asientos.

Se sentó sobre el maletero y se sacó las botas una por una, dándoles la vuelta y escurriéndolas de agua con movimientos exagerados. Siguieron los calcetines que tomaron el camino de la otra ropa, tirados al fondo del coche.

Íria seguía sin hacer algún movimiento, abrazándose y mirándolo con demasiada intensidad desde su punto de vista. Los estremecimientos de su propio cuerpo crecieron como consecuencia de la mirada encendida de la mujer, y eso lo puso de un humor de perros. Conocía a Íria demasiado para saber que no se equivocaba al leer su mirada y que era deseo la niebla de sus ojos y el rubor que coloreaba sus mejillas. A pesar del frío, su cuerpo reaccionó y una voz en su cabeza gritó: ¡Ataca!

Los pantalones que Íria llevaba habían sido estrechos antes, pero ahora parecían una segunda piel, desvelando las curvas de sus fantásticas piernas. Su camiseta térmica seguía chorreando agua, pero la cara se veía limpia y fresca, el pelo mojado agudizando el contraste de colores y sacando partido a sus increíbles ojos y a la carnosa boca. Ella se laminó los labios y Jared cerró los ojos, reteniendo a la fuerza un gemido.

Eso no estaba bien. La situación era otra, ambos eran adultos, pero tenía la certeza de que no podía intimar con Íria y olvidarla al día siguiente. No de nuevo. Las detestables letras de esa canción tenían razón. Entre ellos no había solo ceniza, seguían crepitando llamas. No era tan idiota como para no reconocerlo. Pero tampoco iba a dejarse llevar para reanudar una relación que no podría controlar. Íria no se comprometía, lo suyo era huir.

—¿Decidiste quedarte así? —la regañó, incorporándose y agarrando bien la manta.

Ella pareció desconcertada, pero se recuperó al instante.

—Esperaba a que te marcharas.

Jared meneó la cabeza, odiándose por estar impresionado de su conducta fuerte. Se vengó con las siguientes palabras. Le echó una mirada rápida y desconsiderada, y replicó:

—He visto el paquete antes. No sigo interesado.

La sombra de dolor que pasó con velocidad por los ojos de Íria lo hizo detestarse y asquearse aún más. Sabía que no se merecía que la insultase pero no encontraba otra arma para defenderse. A lo mejor si decía las palabras, su mente las creería algún día.

—No te ofrecía «el paquete», bastardo miserable —replicó ella, escupiendo las palabras y atacando a un nivel mucho más bajo que él, precisamente en el punto débil.

Jared soltó un bufido. Se lo merecía. No dolía tanto como años atrás, solo incomodaba un poco. Ahora sabía quién era y las palabras casi no le afectaban. Pero sí, se lo había buscado y no la culpaba por atacarlo.

Se alejó sin mirarla, rodeó el coche y subió al asiento del conductor. Sin querer, echó un vistazo al espejo retrovisor y vio el reflejo de Íria quitándose la ropa. Lo hacía con los mismos movimientos precipitados que él y encontró la excusa para seguir mirando, por no tener tiempo de alejar la mirada. A pesar de que lo que veía era la parte trasera, el contorno delicado de su espalda y la imagen de la piel sedosa le inflamó hasta que empezó a sentir dolor. Ella se detuvo un segundo y pareció dudar en cuanto llegó al sujetador, pero al final eligió quitárselo. Encontrándose solo, Jared no reprimió el gemido. Alejó la mirada como quemado y abrazó el volante, dejando la cabeza descansar sobre este.

Así lo encontró Íria cuando subió al coche.

—Lista —dijo, y Jared encendió el motor, mirando al frente todo el tiempo.

Puso el aire en calor, concentrándose en el camino y no en la mujer que se encontraba medio desnuda a unos centímetros de él, y dispuesta, si había entendido bien las señales.

Ninguno encendió la radio. Nadie pronunció sílaba. Por su parte, Jared estaba seguro de que vivía sin siquiera respirar dado que no sentía los latidos de su corazón.

Planeaba qué iba a hacer cuando llegara a casa, cuando Íria habló.

—Lo siento —susurró tan bajo que no estuvo seguro de haberla entendido.

Giró la cabeza y vio que no lo miraba a él, sino por la ventana.

—Está bien —respondió, esperando que fuera suficiente para que entendiera que esta era su excusa y que no pensaba añadir nada más.

La vio mordiéndose los labios y volvió a concentrase en conducir.

Era demasiado agotador pensar en algo más que una ducha y una copa con algún líquido ardiente. Uno que lo ayudara a borrar su memoria por corto tiempo… si no lo impulsaba a rememorar todo por milésima vez y preguntarse de nuevo: ¿dónde se había equivocado?

Trece años atrás

—¿Cómo le permiten esto? —Íria gritó la pregunta al oído de Liza, ya que el volumen de la música hacía imposible una conversación normal.

Miró de hito en hito lo que para ella era la definición de un cataclismo creado por humanos. Había asistido a fiestas antes, pero a ninguna como esta. La casa estaba inundada de jóvenes entre dieciséis y veinte años, incluso veía algunos más maduros. Todos sostenían entre las manos vasos de bebida y por el olor que inundaba el aire, no era zumo de fruta lo que aliviaba su sed.

—Se le permite cualquier cosa —vociferó Liza. Cogió la mano de una Íria que se había quedado atontada y estaba siendo empujada por todos lados por cuerpos excitados, y la dirigió hacia una zona más tranquila.

Su retirada fue detenida por un chico de mirada perdida que le rodeó la cintura y dio con ella unos pasos de baile. Liza la ayudó a escapar, prometiéndole al joven que iban a volver más tarde.

Íria se dio cuenta de que estaba demasiado vestida con su falda veraniega y la camiseta de tirantes. Cierto, hacía mucho calor, a pesar de que el sol había bajado. Pero resultaba que la fiesta de Jared tenía el tema «sin ropa» puesto que la mayoría usaban menos que un traje de baño.

Cuando salieron por la puerta trasera y llegaron al jardín, le pareció que habían entrado en otro mundo. La música seguía retumbando por las ventanas abiertas, pero se podía hablar con normalidad. Varias parejas ocupaban el sitio y ella observó que la opción más buscada eran los rincones oscuros. El centro del jardín lo decoraba una fuente con la estatua de una diosa rodeada de un pequeño estanque. Liza se sentó sobre una de las rocas que delimitaban el espacio e Íria copió el movimiento, estudiando el entorno.

—Me olvidé de que no lo sabes —susurró Liza en cuanto la tuvo cerca.

—¿Saber qué? —inquirió Íria, extrañada por el tono de confesión.

Liza se acercó a su oído.

—Cuando tenía diez años, Jared contrajo una enfermedad grave y necesitó una transfusión de sangre. De los análisis resultó que su grupo sanguíneo era diferente del de sus padres.

—¿Lo adoptaron? —preguntó Íria, pensando en la primera posibilidad que explicaba el hecho.

Liza meneó la cabeza y habló aún más bajo.

—Su padre no era el que lo había criado. Se rumoreó que su madre tuvo una aventura con un cliente del hotel.

—Oh, Dios. ¿Qué pasó luego? —Íria tenía sentimientos contradictorios sobre la revelación. Por un lado necesitaba saberlo, tal vez explicara el comportamiento de Jared. Pero por el otro sentía como si estuviera violando su intimidad al escuchar sus secretos de otra boca.

—Imagínate que en el pueblo no se conoce la noción de confidencial —continuó Liza como si hubiera leído sus pensamientos—. Fue el cotilleo del año. Su padre no aguantó más de unos meses. Creo que se divorció de su madre, no estoy segura, era muy pequeña para entender esas cosas —dijo, encogiendo los hombros—. Simplemente un día despareció del pueblo.

—Pobre niño —se le escapó a Íria.

—Por lo que he oído, el «pobre niño» sufrió una especie de depresión y no habló con su madre por mucho tiempo. Al final llegaron a un acuerdo, pero ella no puede rehusarle nada por miedo a que volviese a rechazarla. Como puedes ver, hay aquí una pequeña demonstración de lo que se le permite —Liza sonrió, señalando con la mano el ambiente.

—¡Qué manipulador! —exclamó Íria, cambiando de opinión y soltando una risita—. Pues eso lo explica todo.

—Así es —Liza asintió con un movimiento rápido—. Los niños son malos. Jared tuvo que oír comentarios a sus espaldas y soportar acusaciones desagradables. Hasta que empezó a batallar y poco a poco cerró todas las bocas. Ahora nadie se atreve a llamarlo bastardo. Pero en el fondo creo que sigue buscando la aceptación —declaró ella, sin saber que coincidía en pensamientos con Íria.

—¿Y sabe algo de su verdadero padre? —preguntó esta sin poder abstenerse y necesitando conocer todos los detalles.

—Que yo sepa, no —contestó su amiga, sin poder añadir nada más.

Jared y Cedric salieron por la puerta de la casa, pareciendo pasarlo bomba. Carcajeaban tan violentamente que saltaban gotas de alcohol desde los vasos que tenían entre las manos.

Pararon de golpe en cuanto las vieron. Jared alzó una ceja aún sonriendo y Cedric continuó riendo más calmado, acercándose a ellas.

—Mis bombones preferidos —saludó, inclinándose para darle un beso en la mejilla a Liza. Un beso pegajoso, constató Íria cuando llegó su turno para recibirlo—. Estamos encantados con vuestra presencia —declaró luego, dándole un empujón en el hombro a Jared que se mantenía distante y no reaccionaba con la misma desenvoltura.

Íria se perdió la respuesta de Liza, ya que estaba ocupada en analizar las diferencias entre ellos dos, y no solo las de orden físico. Cedric era rubio como un ángel de esos cuadros antiguos, de cejas arqueadas y mirada azul chispeante. Jared tenía el cabello del color del caramelo, pero sus ojos eran tan oscuros que obligaban a bajar la vista. Debajo de ese par de luces de las tinieblas sombreadas por pestañas densas, la nariz era recta y los labios bien definidos, la línea del maxilar firme y determinada. Los dos eran altos, aunque Jared superaba a su amigo en unos centímetros y tenía constitución más delgada, mientras que Cedric tenía más carne sobre los largos huesos. Los dos usaban variedades de pantalones cortos y camisetas, la de Cedric verde y la de Jared un brillante naranja; una elección curiosa del color, opinó Íria. Para emplear las palabras de su abuela que le contaba historias divertidas de los tiempos hippies, esos dos tenían el poder de hacer «que te volara la mente». Diferentes como el día y la noche, pero complementándose en apariencia y carácter.

La risa de Liza trajo a Íria a la realidad. Su amiga escuchaba con atención algo que Cedric le susurraba al oído y sonreía de una oreja a otra, pareciendo encantada. Íria sabía que ellos dos no iban en serio, y que Liza aceptaba sus exageradas atenciones porque se divertía con sus travesuras.

 —¿Qué queréis hacer esta noche? —preguntó Cedric rodeando con un brazo los hombros de Liza—. Estamos a vuestra entera disposición. Completamente. En todos los sentidos, si me entendéis. Consideradnos vuestros esclavos personales dispuestos a hacer todo lo necesario para complaceros.

—Habla en tu nombre —señaló Jared, cortando la efusión de palabras.

—No seas celoso, mi señor —Cedric se burló, guiñándole el ojo—. No olvidé nuestros últimos momentos pasionales. Te prometo que tendrás toda mi atención más tarde.

Jared sacudió la cabeza y sonrió ante la declaración de su amigo.

Íria pensó que el payaso de Cedric era más que seguro la única persona en el mundo que sabía cómo tratar con Jared.

—Vamos —Cedric empujó suavemente a Liza hacia la entrada—. Seguro que tenéis sed. Y veo que sois tímidas a la hora de bailar. Esas caderas necesitan ejercicio si no queréis contraer alguna enfermedad de huesos.

Sus palabras se perdieron en cuanto se alejó.

Íria se movió incómoda y recobró la postura sobre la roca, apoyando las palmas a cada lado de su cuerpo. Jared se encontraba de pie delante de ella, y había metido las manos en los bolsillos de los pantalones.

—Así que has venido —comentó cabizbajo. Acto seguido levantó la cabeza, sonriendo como un demonio que tenía asegurado el cobro de un alma—. Soy irresistible, ¿eh?

Íria se rio, deleitándose con la imagen del joven diablo. Normalmente su arrogancia le hubiera molestado, pero bajo la luz de los últimos descubrimientos encontraba una justificación para su comportamiento. No obstante, no pensaba darle la razón.

—Todo el pueblo está aquí. Hubiese sido raro si no hubiera venido.

Los ojos de Jared brillaron con una chispa de tristeza y alejó la mirada. Íria no entendió la reacción. Se incorporó y se acercó, pero resultó ser una mala jugada. Cualquier sombra que le había parecido ver en los ojos de Jared había desaparecido y en cambio llevaba su perpetua sonrisa engreída.

—¿Quieres un mordisco mío? —dijo en voz profunda haciendo bailar las cejas y junto con estas las hebras de pelo que descansaban sobre su frente.

Íria fingió considerar la idea, después le empujó en el pecho; se encontraba muy dentro de su espacio personal, como para mantener sus pensamientos controlados.

—Lo que me gustaría saber es si tú educas a Cedric o él a ti. Quiero decir, es evidente la influencia del uno en el otro, pero no entiendo quién es el cabecilla.

—¿Cómo te permites insultarme? —Jared la miró con una expresión de simulada herida—. Está claro que yo. No dejaría a nadie al mando.

—Estoy segura de que no lo harías —replicó Íria, pasando por su lado con la intención de entrar y salvar a Liza antes de que se quedara sorda por las adulaciones de Cedric.

Jared le agarró el antebrazo y le rodeó la cintura con un movimiento inesperado, pegándola a su torso.

—Podrías convencerme de que lo haga —dijo, mirando el cielo y fingiendo que no le prestaba atención aunque la mantenía enclaustrada entre sus brazos.

Calor. Mucho calor. Demasiado. Fueron los únicos pensamientos de Íria durante varias respiraciones. Más bien inhalaciones profundas porque el oxígeno parecía haber desaparecido del aire. Luego se dio cuenta de que la amenaza de combustión espontánea tenía una fuente externa que la alimentaba y era el cuerpo de Jared que emanaba ondas incandescentes. Las manos del chico encerraban su cintura y unía sus cuerpos desde las rodillas hasta los hombros.

Jared bajó la cabeza, la mantuvo agarrada de la cintura con una sola mano y con la otra colocó las mechas de su pelo detrás de la oreja.

—¿Lo harás? —preguntó en un susurro.

—¿Q… qué? —balbució Íria que reconoció haber perdido parte de la conversación, ya que no recordaba de qué estaban hablando. Y volvió a marearse, pues la nariz de Jared trazaba una línea curva por su cuello. ¿O era su boca? Tampoco importaba, pues tenía un efecto maravilloso en su cuerpo. Sus huesos se derretían y la piel se estremecía exquisitamente. Se sentía abrumada por la mezcla de sensaciones.

—Si quisieras…  —dijo Jared, subiendo con la boca hasta su mandíbula—, podrías convencerme de que te dejara al mando.

—Hmm… —Íria oyó las palabras pero no entendió el significado. De hecho, le hubiera gustado seguir escuchándolo. Su voz profunda era como una canción relajante, asemejada al murmullo de una lluvia perezosa. Hasta que sus neuronas hicieron las conexiones necesarias para dar sentido a las palabras y descodificar el mensaje correcto entre todas las señales alarmantes, la boca de Jared había subido hasta su sien. Los labios se sentían calientes y suaves contra su piel, sus rodillas se habían transformado en algún momento en gelatina temblorosa, y la sensación de que flotaba se agudizaba a cada segundo. Entre todas las alucinantes sensaciones, el corazón de Jared latía con rapidez contra su pecho, tan fuerte que podía contar las pulsaciones que se combinaban con las de ella.

—Di que sí —insistió él, y fue cuando Íria por fin dio sentido a todo aquello.

Lo empujó y se abrazó a sí misma, molesta por el repentino cambio de temperatura.

—¿Así es cómo consigues tus conquistas? —inquirió, medio enfadada. Aunque intentaba odiarlo, no tenía éxito. Acababa de regalarle unas sensaciones increíbles, y a pesar de no sentirse especial por ser su centro de atención, se sentía por lo menos halagada.

—Depende —contestó Jared, sin inmutarse—. ¿Funciona?

—¡Claro qué no! —bufó—. ¿Tan fácil crees que soy?

—Claro que no —él repitió sus palabras, mirándola con los ojos entrecerrados—. De hecho, sospecho que mi encanto está en caída libre. Parece que no te afecta.

Si tú supieras, pensó Íria, manteniendo en cambio la posición.

—¿Quién dijo que tuvieras encanto?

Jared estalló en carcajadas y la estudió por largo tiempo. Íria quiso creer que había visto respeto en su mirada

—¿Ves? —dijo él, acercándose de nuevo—. De eso hablaba. No eres para nada fácil. Pero tampoco imposible de romper.

—Tampoco tú —ella refutó—. Creo que debería entrar —añadió, considerando que había jugado bastante para una semana entera. Si continuaba, sus defensas se derrumbarían.

Dio unos pasos pero la voz de Jared la detuvo.

—Quédate.

Se giró y vio que permanecía donde lo había dejado, al lado de la fuente. Se acercó y dijo algo que no pensaba oír jamás de su boca.

—Baila conmigo.

Íria se percató de que el ambiente había sufrido un milagroso cambio y el golpeteo rabioso que se parecía a música, había cesado, siendo reemplazado por una canción lenta y sensual.

—¿Tu DJ ha enfermado? —comentó, procurando pasar sobre la seriedad del asunto. Jared no sonreía. No se movía. Se había quedado mirándola fijamente, su rostro en apariencia sereno. Pero ella entendía lo que no decía. Y su pedido no era en broma, tampoco parecía que intentara ligar.

Él no contestó. Le tendió una mano como invitación e Íria la aceptó. Volvió a encontrarse entre sus brazos, pero la sensación era diferente. Los brazos de Jared no la estrechaban para quitarle la respiración, sino que la rodeaban con reverencia, casi sin tocarla.

Íria levantó sus manos hasta que encontró apoyo en sus hombros y empezó a moverse al mismo ritmo que los pies de Jared.

Una de sus manos abandonó su cintura y subió por la curva de su brazo. Le rozó el codo y el antebrazo, y se quedó un instante entrelazando los dedos con los de ella en su hombro. Luego la forzó a ascender hasta que pareció contento cuando se encontró en la parte posterior de su cuello.

Por propia iniciativa, Íria escondió los dedos en las hebras de su cabello. Se sentían suaves al tacto y las masajeó entre las yemas del pulgar y el dedo índice. Movió la otra mano y las enlazó a ambas en su nuca. Meneó las caderas al ritmo de la canción y cerró los ojos, dejando descansar la cabeza sobre el pecho de Jared. Él le rodeó de nuevo la cintura y juntó las manos bajo su espalda.

Sentía que no se trataba de algo meramente sexual. Esa especie de acercamiento no era solo físico, sino el encuentro de dos corazones en un espacio creado para estos, perfecto para ellos, era mucho más íntimo. No hablaban, y Jared no intentaba forzarla a aceptar sus atenciones. Se abrazaban inmersos en sus pensamientos, disfrutando del milagroso poder del contacto humano, cargando sus corazones con el latido del otro.

 Y fue perfecto, hasta que sintió el cuerpo de Jared endurecerse bajo el de ella, tampoco con propósito sexual. Sí, había sentido sus músculos tensos antes, pero de repente se habían transformado en piedra y su cuerpo en estatua, sin moverse, mirando algo por encima de su cabeza.

Le apretó la cintura y le dijo en tono controlado:

—Vete dentro.

—¿Por qué? —inquirió Íria, sin entender el cambio de comportamiento. Se giró y entendió qué era lo que le había molestado. En un rincón del jardín tres chicos retenían a una muchacha, al parecer contra su voluntad, y la empujaban de los brazos de uno a los de otro, como si fuera una pelota, riendo y vociferando insultos.

—Vete —repitió Jared, empujándola con suavidad hacia la entrada, pero sin mirarla.

Íria se estremeció sin querer. Su rostro había cambiado tanto en cuestión de segundos que parecía otra persona. Las líneas de su mandíbula eran ángulos agudos y los ojos, hoyos negros en cuyo interior se concentraba un ciclón de alta categoría. Dio unos pasos hacia atrás, pero no siguió su indicación, sino que se quedó cerca de la puerta.

Jared salió al encuentro de los chicos. Dijo algo, pero la música estaba demasiado fuerte para entenderlo. Íria abandonó su sitio y avanzó, encontrando un escondite detrás del tronco de un árbol.

—He dicho que le quites tus manos —oyó decir a Jared que tenía la atención centrada en el joven del medio, el cual agarraba ahora a la chica de mirada asustada.

—¿Cuál es tu problema, Brodie? Oh, perdón, no sé si te gusta usar ese apellido. Debe ser difícil para ti, ¿verdad? —replicó el otro con una sonrisa mezquina.

Íria ahogó una exclamación. No veía el rostro de Jared, se encontraba de espalda a ella, pero entendía que el otro tenía toda la intención de herirle. La línea de sus hombros se veía muy tensa y tenía los dedos apretados en puños a cada lado de su cuerpo. Definitivamente no parecía pacifico, ni de espaladas, pensó Íria con el corazón bombeándole acelerado contra el pecho.

—Ahora —él dijo esa única palabra y los otros dos chicos miraron incómodos hacia el que se empeñaba en salirse con la suya.

—Nos divertimos —dijo el del centro, encogiéndose de hombros—. Es el propósito de una fiesta. ¿Verdad, preciosa? —comentó burlón, dándole un beso forzado a la chica.

La muchacha gritó y procuró empujarlo. Luego Íria estuvo segura de que se había perdido algo. Solo había parpadeado y al segundo siguiente Jared estaba encima del joven problemático y le daba puñetazos en la cara como si fuera su saco personal de entrenamiento. La chica corrió a la primera ocasión pasando por su lado sin mirar atrás, con lágrimas mojándole las mejillas. Siguiéndola con la mirada, Íria observó que empezaba a salir más gente y el jardín se llenaba de jóvenes. Lo que era curioso, ya que nadie parecía tener la intención de detener a Jared. Estaba claro que él era el que necesitaba ser frenado, en la frente del otro ponía «víctima» en letras grandes.

Sus dos amigos, si eran amigos considerando su comportamiento acobardado, se habían apartado, mirando la escena como si fuera una obra aburrida de teatro y encontraban más interés en admirar el cielo. Los otros se habían acercado y habían creado un circulo a su alrededor, dejando un espacio libre de unos metros.

—Busca a Cedric —oyó una voz, pero no prestó atención para ver si alguien había ido a cumplir la ordenanza.

El juguete de Jared movió las manos e Íria creyó que lograría pegarle, pero este había visto la amenaza y se desplazó medio paso hacia un lado, replicando con un golpe contra el maxilar del otro. Pareciendo no estar contento porque seguía de pie, dobló su codo hacia atrás y empujó con fuerza el puño en su abdomen.

Íria pensó que toda la escena se veía surrealista. La adrenalina corría por su cuerpo como si fuera participante en la pelea. Tenía el corazón en la garganta a pesar de que estaba claro que Jared no iba a salir magullado. Le daba pena el otro, pero por otro lado opinaba que se lo merecía. Y continuaba extrañada por el silencio. Se oían algunas risitas y comentarios en voz baja. La mayoría de las chicas que asistían al espectáculo y que habían encontrado apoyo escondiendo sus rostros entre los brazos de los chicos que las abrazaban encantados.

Después de pocos minutos se creó conmoción y el mar de gente se alejó en dos partes, dejando un pasillo por donde se precipitó un Cedric trastornado. Se encaminó casi corriendo hacia Jared y le agarró del hombro, alejándolo de la masa de carne sangrienta que era el rostro del otro. Jared se giró con el puño levantando en alto pero bajó la mano en cuanto vio de quién se trababa. Su mirada era salvaje e indomable, llamas oscuras ardían en sus pupilas dilatadas. Se miró el puño manchado de sangre, con los nudillos desgarrados, y se limpió con cara asqueada la mano en la parte delantera de la camiseta. Giró el cuello hacia atrás y ordenó:

—Sal.

Dos chicos se apresuraron en ayudar al otro a levantarse y lo arrastraron hacia la salida. Íria no podía decir si eran los que lo acompañaban antes porque había demasiada gente y ahora los comentarios se hacían en voz alta. Algunos se apresuraron a batir amistosamente la espalda y los hombros de Jared pero retrocedían apresurados bajo la mirada gélida.

Jared dejó la cabeza gacha y empezó a caminar al lado de Cedric. Cuando pasó por su lado, a Íria le pareció que se veía cansado y apenado. Se adelantó como si no la hubiera visto e Íria dejó escapar el aire que no sabía que tenía retenido en los pulmones. No obstante, después de unos pasos Jared se detuvo y se giró hacia ella.

—Reanudamos ese baile —dijo, levantando una comisura de la boca y guiñándole un ojo.

Se alejó antes de poder darle la réplica. Tampoco era que tuviera algún pensamiento coherente.

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