Valores y Reinos

Parte I


A mis hermanas

A mis padres

A todas las personas que en algún momento de la vida
se cruzaron conmigo y, para bien o para mal,
me hicieron ser  como soy


La Leyenda

Este texto intentará explicar a las generaciones venideras la historia de la humanidad, para que entiendan de los grandes hechos que ocurrieron desde el origen de nuestro mundo hasta nuestros días. Pues ellos han de conocer por qué la tierra donde nacen está sumida en la guerra, y por qué su vida está destinada a una lucha sin descanso hasta que mueran.

No es otra la misión de los que de letras saben, que rescatar de las memorias de los hombres tan importantes acontecimientos y no permitir que en el olvido caigan. Y para ello me he dedicado durante muchos años a reunir, allá donde las hubiere, las reseñas que de nosotros hablasen, para con paciencia y dedicación hilarlas en el tiempo en busca de su sentido y plasmarlas en las hojas en busca de su conservación.

Aunque las historias contadas de padres a hijos que he oído y los legajos y pergaminos que he leído, difieren mucho unas de otras según vengan del Este o del Oeste, escribiré a continuación la historia finalmente recopilada, habiendo en ella muchos huecos de sucesos que se han perdido para siempre, por no haber existido un hombre que los registrase. También he intentado extirpar aquellas historias que, por ser contradictorias, me han parecido falsas y lejanas a lo sucedido, pues quiero que esta historia tenga mucho de realidad y de verdaderos hechos que pasaron.

Según la tradición, en tiempos inmemorables existía un gran astro llamado Séril, que se desplazaba a gran velocidad por la inmensidad del Universo. Todo en él era energía y nada materia. Rayos, fuerzas y magia convivían en esa extraña estrella de luz y oscuridad. Fue una casualidad que nuestro mundo se encontrara en su camino, ya que en aquellos tiempos flotaba estático en el espacio. Isi, como fue llamado, era una gran bola de tierra y agua, que aún siendo fecunda en sus entrañas, en su exterior no había ni movimiento, ni vida. El choque que un día ocurriese tuvo que ser de magnitudes tremendas, pues del impacto, Séril se partió en dos, formándose los astros que ahora conocemos. El astro llamado Harún, ardiente e imperecedera bola de fuego amarillo, que nos trae el día, y el astro llamado Serón, oscura bola de fuego negro que absorbe la luz de su hermano, trayéndonos la noche. Estas dos esferas de magia nacidas tras la colisión, quedaron girando alrededor de nuestro mundo en puntos opuestos, de tal manera que, cuando vemos una, la otra queda por detrás de nosotros y al contrario. Nunca coinciden.

Si graves fueron las consecuencias sobre Séril, más terribles fueron sobre la inmóvil y calmada Isi. Removidos por el gran choque, los aires se agitaron con violencia formándose los huracanes y los vientos, que todavía recorren los cielos. Las aguas se elevaron hasta ellos formándose las nubes y provocando las tormentas que aún nos azotan. Los mares se estremecieron en terribles olas y mareas sin que encontrasen ya descanso. Y las tierras temblaron y se abrieron, y de su interior brotó su sangre, que era fuego y sus heridas jamás se cerraron. Pero lo más importante fue que al romperse Séril, decenas de miles de partículas de energía salieron despedidas en todas direcciones cayendo al mar, a las montañas y a las llanuras, creándose la vida. Como si de semillas se tratase, sobre la fértil Isi las partículas germinaron, poco a poco, en los lugares donde se habían ido depositando, dando lugar a las distintas especies que pueblan hoy el mundo, extrayéndose al fin el poder que ocultaba Isi, llamado naturaleza. Dependiendo del contenido de las partículas mágicas que cayeron y el lugar donde se depositaron, nacieron los dos reinos vivos; el reino vegetal, con los árboles y los arbustos, las flores y las hierbas; y el reino animal, con los que viven en el mar y nadan, y con los que viven en la tierra y corren o vuelan.

Pero las semillas de Séril contenían mucho más que la energía para crear la vida en Isi y hacer nacer a los seres, también les otorgó a estos su esencia.

Séril contenía las dos fuerzas que rigen el Universo, llamadas Bien y Mal. Estas fuerzas son totalmente opuestas y se repelen y difícil es que nuestra mente comprenda el inmenso poder que debió de tener Séril para mantenerlas juntas. Al separarse ese astro, sus fuerzas y poderes también lo hicieron. Así que en Serón se concentraron las fuerzas de Mal y en Harún las del Bien y el poder que albergaron es tal, que sus influjos se sienten en Isi desde entonces, mientras cruzan el cielo en su órbita de Este a Oeste.

Pronto el mundo, viejo en el tiempo, estuvo lleno de seres para los cuales era nuevo e inexplorado. Y pronto fue también cuando las diferentes especies, según su esencia, se sintieron identificadas con una de las fuerzas que les llegaba, tomándola para que les guiara. De esta manera, animales y plantas iniciaron su camino y mientras desarrollaban en mayor o menor medida su capacidad para dominar las fuerzas, se expandieron paulatinamente, durante siglos, por las tierras y los mares.

El nacimiento del ser humano fue una excepción entre los seres, ya que una vez se hubieron separado los astros hermanos de luz y de oscuridad, se desprendió un último pedazo de Harún, que chocó con otro de Serón, fundiéndose los dos por las terribles tormentas que azotaban Isi, antes de caer a tierra. Este insólito hecho otorgó a la especie que nació de esa unión, a nuestra especie humana, el que pudieran convivir en su interior las dos fuerzas y manifestarse ora una, ora otra. Ninguna otra especie tuvo jamás duda alguna de a qué fuerza seguir, causando esto en el hombre un gran conflicto en su interior, pues debía desobedecer su esencia y escoger uno de los poderes, intentando ocultar y reprimir al otro. Todas las especies se desarrollaron rápidamente adaptándose a su entorno, pero nuestros antepasados, aplacados por el conflicto de las dos fuerzas no lo hicieron, pues sintieron insalvables sus desventajas frente al resto de seres. El ser humano no podía volar, correr o nadar como los otros, ni siquiera tenía la misma fuerza que animales mucho más pequeños que él. El sentimiento de inferioridad que tuvieron les llevó a vivir durante muchos siglos escondidos en las montañas, en la profundidad de sus altas cuevas, temerosos y menguados, mientras que otros seres levantaban sus civilizaciones y dominaban gran parte de Isi. Así que, aunque en principio los hombres convivieron con las dos fuerzas ecuánimes, los sentimientos que les hacían verse inferiores dieron paso al miedo y al odio, hasta que acabó por imponerse en su esencia, generación tras generación, el Mal.

Con la llegada del Mal al ser humano, este dejó de respetar y amar a las criaturas que eran más poderosas que él, desviando el curso de su antigua vida. En esos años de etapa oscura, el ingenio y la astucia cobraron vital importancia, y gracias a la envidia que sentían los hombres de otras especies, llegaron a crearse sorprendentes utensilios para poder llegar a tener ellos también, sus avanzadas habilidades. Fueron los años del despertar. Los hombres comenzaron a estudiar la naturaleza y el poder que había en ella, y dedicaron muchos esfuerzos a dominar las energías de los astros, surgiendo así, para los humanos, los inicios de la magia.

Aunque los hombres no tuvieran razón para sentirse amenazados hasta la extinción, construyeron las primeras armas para defenderse y atacar. La espada, el hacha y el arco fueron los símbolos del gran cambio que se estaba produciendo en nuestra especie, pues el hombre dejaba de compadecerse de sí mismo y utilizaba su ingenio para abrirse un hueco entre las criaturas poderosas, rompiendo así su papel en el orden creado.

Y llegó el día en el que creyeron que debían partir, abandonar sus cuevas y extenderse por la tierra. Durante años algunos clanes familiares tímidamente así lo intentaron, encontrándose, nada más bajar de las montañas, terribles criaturas que les impidieron el paso. Pero no había vuelta atrás. El hombre había decidido que ya solo tenía un camino.

Y surgieron entonces los grandes conquistadores. Hombres valientes y gloriosos que decidieron enfrentarse a todos los peligros, conquistar nuevos territorios y poblar la tierra, creando un nuevo estilo de vida.

Uniendo en torno a sí a los distintos clanes de las montañas, como nunca jamás antes se hubiera hecho, formaron lo que serían sus pueblos, y portando con ellos las armas que habían desarrollado, se prepararon para su viaje. Partieron poco a poco y de uno en uno los conquistadores con sus pueblos, desde sus montañas hacia lo desconocido, en busca de un nuevo hogar. El Mal empujó a esos valientes por pantanos y llanuras, les dio fuerza para hacer frente a los peligros que se encontraron y avanzar, a pesar de sus miedos, sin preocupación por dejar atrás a los débiles ni a los caídos. Pero muchos de los pueblos a los que el Mal había dejado profunda huella en el corazón quisieron en su viaje dar prueba de su valor, cometiendo con su soberbia y sus armas asesinatos sobre las criaturas. Y muchos hallaron horribles finales. En cambio, los pueblos a los que el Mal no había llegado a afectar en demasía, dominaron sus miedos y pasaron por los campos y los bosques respetando a los demás seres, sin uso de las armas, recibiendo el mismo trato. Los pueblos se asentaron finalmente en los lugares remotos a donde llegaron y de los pocos clanes que los formaban, paulatinamente crecieron llegando a crear a lo largo de los años, populosas aldeas. Los conquistadores dieron a conocer al mundo la raza humana que, desde entonces, no sería jamás olvidada.

Al asentarse, la mentalidad y la actitud de los hombres cambiaron progresivamente. Tras haber pasado años de caminos y penurias, desearon tener nuevamente un refugio estable y empezaron a construir las primeras casas con barro y madera, diferentes y lejanas de las cuevas a las que nunca volverían. En aquel tiempo en el que el reino vegetal lo dominaba todo, para la comunidad humana la tierra se convirtió en una fuente de riquezas. Los hombres comenzaron a trabajar en los bosques y los campos e iniciaron los albores de la agricultura, que les permitió tener excedentes de alimentos. Con ellos pudieron pasar los inviernos y, lo que fue más importante, mantener alimentado a su ganado, sin necesidad de salir a cazarlo, ni seguirlo en sus migraciones, prescindiendo poco a poco de los cazadores. Los recursos aumentaron, los asentamientos se mantuvieron seguros y la población creció, teniendo consecuencias inmediatas en la conducta de los pueblos. Sin la necesidad de desplazarse y habiéndose hecho un hueco en aquellos territorios, las gentes dejaron de seguir al más fuerte y comenzó la decadencia de los guerreros. Y con su decadencia llegó el olvido del conocimiento metalúrgico sobre armas, aprendido en las montañas. Los metales tan solo fueron utilizados para los trabajos del campo, reduciéndose su uso a la fabricación de aperos. Los ancianos fueron respetados por su sabiduría y los hombres sensibles volvieron a descubrir la magia, hasta entonces solo conocida por los viejos sabios que quedaron en las montañas. Los hombres se percataron de que otros seres, como las hadas, habían usado la magia casi desde que aparecieron en el mundo, siendo en aquellos días ya muy poderosas. Y aunque era rara la vez que se mostraban ante un humano, algunos hombres las conocieron y aprendieron grandes misterios de ellas.

La tendencia pronunciada hacia el Mal se fue apagando lentamente y surgió un nuevo amor por las tierras conquistadas y los seres que habitaban en ellas. El hombre convivió en paz durante muchos años, y los pueblos de los grandes conquistadores prosperaron formando extensas provincias, en las que una aldea principal gobernaba a las demás con justicia y sabiduría, llegando a convertirse con el paso del tiempo en una ciudad. Cada provincia era liderada por un anciano al que elegían en asamblea como gobernante, que permitía, con sus conocimientos y experiencia, vivir en orden a sus gentes. Se practicaba el trueque entre las diferentes provincias con los excedentes de la ganadería y el cultivo de cereales. Había una moderada explotación de los bosques pues se mantenía un rico intercambio de mercancías con las especies que vivían en ellos como los gnomos y los enanos. El estudio de los astros y su poder evolucionó mucho y pronto se hizo corriente ver la figura de los magos, tratando de ayudar con sus hechizos, pócimas y artefactos a los campesinos con sus problemas. Y del estudio de la naturaleza aparecieron los primeros monjes, sus grandes defensores. Hombres de bien que se propusieron encontrar el lugar ideal de los humanos en el orden natural de Isi, y para ello se dispusieron a recorrer la tierra, conviviendo con los demás seres y comenzando nuevas relaciones que pudieran ser beneficiosas para ambos. En su camino construyeron los monasterios, lugares de fraternidad entre especies, en los que los monjes humanos residían y daban gracias a la naturaleza por los bienes para vivir.

Pero el Mal que había estado dormido durante largos años en el corazón de los hombres, fue despertando otra vez cuando este se sintió seguro y confiado. Los gobernantes de mentes frágiles, no pudieron evitar que el poder que les otorgaban sus gentes les afectara y comenzaron a enriquecerse y aprovecharse de los más débiles. La envidia que sentían de otras provincias por sus mayores riquezas y recursos, les hicieron desear que sus ciudades fueran las más poderosas de todas. Establecieron leyes opresoras para con los suyos y promulgaron otras basadas en su desconfianza hacia los demás. Se corrompieron a sí mismos arrastrando a sus pueblos con ellos, en un irracional odio hacia seres de su misma raza. Se produjeron muchas riñas entre aldeanos de distintas provincias por engaños en los trueques. Los aldeanos se dejaban al placer del vino, y la violencia se apoderaba de ellos hasta el punto de pelearse entre sí sin ninguna razón, provocando refriegas entre vecinos. Algunos magos, guiados por perversos seres, comenzaron a estudiar la magia negra, provocando mucho mal a la gente con sus actos. Los hombres se tornaron agresivos, innobles y desconfiados y volvió a ellos la soberbia. Olvidando que en muchos casos el esplendor de los humanos se produjo gracias a que otros seres lo permitieron, como obsequio a que los conquistadores respetaron el orden natural, los hombres empezaron a realizar cacerías de vigorosos y robustos animales, sin otro motivo que glorificarse por ello. Esto implicó que empezaran a ser atacados por las criaturas de su especie, que con furia clamaron venganza. La unión de todos estos hechos pronto hizo surgir un malestar general entre toda la raza humana. Los hombres se sintieron desprotegidos frente a los peligros y surgió un nuevo tipo de construcción, realizada en piedra y situada en zonas estratégicas a la que llamaron castillo, y los rodearon con altos muros para defenderlos, al igual que a las aldeas y ciudades. A pesar de que dolió mucho a las personas de bien, los gobernantes, cegados en su poder, recuperaron las armas que habían permanecido escondidas desde que se formaran las primeras aldeas y las mostraron a los otros líderes, dispuestos a utilizarlas. Todavía no se había producido ningún enfrentamiento grave entre humanos, pero flotaba en el aire el Mal y la situación se volvió frágil, sin que los monjes de los monasterios pudieran hacer nada por impedirlo. Solo faltaba una persona que encauzara esa fuerza para que todo se desbordara. Y entonces nació Khron.

Engendrado por padres humanos en una de las provincias del Oeste, desde niño supo cómo controlar ese poder oscuro que habitaba en todas partes y era usado en pequeñas cantidades. Su extraordinaria sensibilidad a la magia y su habilidad innata para controlarla le llevaron pronto a descubrir que si toda esa fuerza se agrupaba, podía llegar a ser muy poderosa. Khron comenzó a manipular a las personas de su aldea con engaños y mentiras, provocando mucho daño entre ellas. Se hizo cabecilla en su adolescencia de un grupo de jóvenes a los que había derrotado con su fuerza y convencido para que se unieran a él en una lucha contra sus enemigos. El gobernador de la provincia, acobardado por el poder de Khron, optó por congraciarse con él y le tomó junto a su grupo a su servicio, para que actuaran frente a los que intentaran hacerle daño. Así, amparados por la ley de su señor, Khron y su grupo arrasaron varias aldeas, de las que se decía que estaban estafando a la capital de la provincia, y mataron a las personas que no toleraban la opresión, sembrando el terror. Todavía era posible parar a este joven que ponía en peligro la paz, pero varios magos vieron en él su brazo diestro; un líder para realizar las ideas de dominio que en sus mentes florecían. Tomáronle como discípulo y enseñáronle muchas artes y poderes para que fuera más fuerte y conseguir de esta manera sus planes. Pero Khron era especial, uno de esos seres que nace cada mucho tiempo. Tenía una capacidad y un poder mental superior a todos ellos y pronto el discípulo fue maestro y los magos que pensaron que solo era un bárbaro, fueron aniquilados por sus manos, dejándole muy poderoso. La expulsión del gobernante y de toda su corte de magos y soldados no se hizo esperar. Imponiéndose él por la fuerza como señor de la provincia, estableció para su gobierno sus propios valores, consiguiendo arrastrar con ellos a las gentes. Enérgico y astuto, oprimió a los más sabios para que le enseñaran sus conocimientos, convirtiéndose en un gran hechicero, además de ser ya un despiadado guerrero. Por aquel entonces, fuerte, temido y con un gran ejército detrás, no hubo hombre capaz de detenerle. De todos los lugares comenzaron a seguirle los humanos que albergaban un gran odio hacia los demás, permitiéndoles Khron que lo liberasen a su servicio, tornando así el corazón de su señor más negro de lo que nunca estuvo en ningún ser. Khron dominaba la fuerza del Mal a su antojo e hizo grandes alianzas con los orcos, seres que habían aceptado en su nacimiento este poder para que los guiara, llegando a ser también una poderosa especie. Los orcos sucumbieron al poder mental de Khron y cayeron bajo su dominio, al igual que otras criaturas débiles que adoraban al Mal. Con la ayuda de sus seguidores, derrotó y unificó con gran facilidad las provincias de los alrededores, y se proclamó rey, jurándole todas ellas fidelidad y vasallaje. Asentando su reino sobre sus sólidos ideales, se propuso unificar toda la tierra conocida, sin que ya nadie pudiera impedírselo. Fue el inicio de una nueva era.

Para emprender su plan y tener siempre protegida la retaguardia, mandó construir la mayor fortaleza jamás vista. Una edificación de piedra que nacía en las faldas de las montañas Finales y crecía apoyada sobre ellas hasta alcanzar casi la cima. Esta fortaleza se situó sobre los cimientos del antiguo castillo de la provincia, para que la gente viera y supiese que él era ahora el rey y que las antiguas leyes humanas ya no valían para nada. Con su base en el extremo Oeste, emprendió su campaña hacia el Este apoyado por los pueblos orcos del Sur y en unos pocos meses llegó a la gran cordillera Amintalia, que separa la tierra conocida desde la cordillera Blanca en el Norte hasta los barrancos de Omarión al Sur. Amintalia formaba una gran muralla natural solo partida por un gran paso al Norte, cercano al lago Wax. Allí en aquel paso, Khron se detuvo tras violentos años de campaña, levantó un puesto defensivo y regresó al Oeste para dominar todo su reino, formado ya por veintiuna de las cuarenta y seis provincias creadas por la raza humana, en los territorios por los que se extendieron.

Se dice que durante los años de calma, Khron se dedicó a profundizar sus conocimientos de la magia con el fin de descubrir la esencia de la misma. Y que su búsqueda tuvo un inesperado y grandioso fruto, pues descubrió la esencia del tiempo y con ella elaboró su poderoso hechizo de la inmortalidad. Un hechizo que utilizó sobre sí mismo para poder vivir para siempre, pues su cuerpo no envejecería ni se vería afectado por la decadencia que los años traían. Desafiando así a la muerte, y viendo el provecho de controlar la magia de Serón, creó una nueva escuela de magos con poderes extremos llamados nigromantes. Hombres a los que inició en el dominio del poder oscuro para que combatieran a su lado, confiado en que ninguno de ellos podría seguir jamás el complicado camino hacia la vida eterna.

No se sabe con exactitud la fecha, pero por la misma época del nacimiento de Khron nacieron también cuatro seres excepcionales: un hombre, un águila, un lippi y un lobo. Los cuatro tenían un gran don, el de comprender el significado de las palabras Justicia, Respeto, Valor y Humildad. Maestros de las fuerzas del Bien y visionarios del esplendor de las civilizaciones unidas y en paz. Crecieron cada uno en distintos y lejanos territorios, y llegados a la juventud se decidieron a peregrinar, para erradicar los brotes de maldad entre sus congéneres y ayudar a otras especies, aprendiendo con ello su lenguaje y sus costumbres. Un día quiso el azar que se encontrasen en un cruce. Cada uno de ellos venía de sus viajes muy cansado y no sabiendo en ese momento a dónde dirigirse, descansaron allí y contáronse su misión en la vida. Alegráronse de haberse encontrado, al saber que todos buscaban lo mismo y decidiéronse unir para compartir todos los conocimientos que habían aprendido. Desde ese día recorrieron juntos su camino que les llevó por muchos lugares combatiendo el Mal, hasta acabar en las provincias del Oeste. Arrastrados por Khron hacia el Este en su conquista de nuevas provincias, vieron con dolor cómo el Mal se apoderaba ahora de las personas que antes habían sido buenas, como si de veletas se tratase, tornándose de dirección ante un nuevo viento. Impotentes ante el avance del rey humano, atravesaron el paso Norte de la cordillera Amintalia junto con miles de humanos que huyeron de sus provincias. Tuvieron la muerte y el horror pegados a sus espaldas. Mas todo pareció acabar, al detenerse Khron en el paso y volver al Oeste, haciendo sentir a los cuatro seres un gran alivio. Poco a poco se recobró la tranquilidad y con ella los huidos se asentaron y reemprendieron sus nuevas vidas. Los cuatro seres retomaron sus intereses por la magia, y habiendo descubierto los demás el arte de volar gracias al águila, decidieron usar sus poderes para construir una plataforma en el cielo y estudiar así, con tranquilidad y detenimiento, los grandes misterios que envolvía el Universo.

Pero pasados los años de calma, Khron empezó su nueva campaña para arrasar la extensa y llana zona del Este y sus huestes cruzaron el paso entre las montañas, al que llamaron Punta de Ariete. Por el Norte entraron cientos de humanos y orcos que se encontraron de frente al ejército, formado por la coalición de las provincias humanas del Este. En la batalla de la Esperanza, como fue llamada, tuvo lugar el enfrentamiento más grave y duro acontecido hasta entonces, en el que cientos de humanos combatieron por primera vez entre sí. Humanos y orcos luchando contra humanos por conquistar y por no ser conquistados.

Finalmente, tras un intenso combate, las huestes de Khron vencieron a las tropas del Este. La derrota provocó que el terror y la desesperación se apoderaran de los vencidos, que huyeron hacia el Sudeste en busca de protección. Entre ellos se encontraban los cuatro seres que nada habían podido hacer en aquella batalla, en la que murieron muchos hombres buenos. El lobo, el lippi, el hombre y el águila tenían poderosa magia, pero no la utilizaban para matar, sino que con ella intentaban retornar a las criaturas a la paz y a la cordura, pero su acción fue en vano. La derrota del ejército de la Esperanza les hizo retirarse a su estancia en el cielo muy apenados. Nadie pudo frenar la época de barbarie que llegó por el Norte. Resulta imposible explicar el exterminio que se produjo entre seres humanos, pues en otras especies, aunque hubieran tomado el Mal como fuerza interior, jamás se había llegado a cometer actos tan salvajes como los que realizó Khron con sus rivales.

Las huestes de Khron llegaron hasta el bosque de Dana y persiguieron a sus enemigos hasta el mar, pero pocos eran ya los que huían, porque casi todos los humanos orientales habían sido muertos o sometidos bajo el poder de su nuevo amo. Solo los seres que tenían un corazón puro llegaron hasta la meseta elíptica, su último refugio, asustados y no pudiendo creer que el destino les hubiera reservado ese final. Sobre la meseta, de unas decenas de metros de altura y unos cientos de metros de longitud, había un monasterio abandonado. Una estructura vacía y desolada en un tiempo en el que los monjes habían perdido todo significado, pues la paz había pasado a ser una idea descabellada. Subidos a la meseta, alrededor del templo, se encontraron un millar de personas: niños, ancianos, mujeres y hombres que, desconsolados, empuñaban sus espadas para luchar por sus vidas. Los soldados de Khron se aproximaron, rodearon la meseta y saboreando la victoria, aguardaron en la proximidad de sus laderas esperando a que su general diera la señal para el ataque. Los timbales del ejército de Khron no dejaron de sonar durante horas, retumbando su cruel golpeteo en kilómetros a la redonda. La desesperación se apoderó de los sitiados. La oscuridad envolvió la zona al aparecer la negra figura de Serón por el Este y ese fue el momento elegido por Khron para iniciar el ataque final. Los hombres habían cercado el monasterio con antorchas y se habían atrincherado tras sus ruinosos muros con nulas esperanzas de resistir a ver un nuevo día. Las mujeres, abrazando fuertemente a sus hijos, se apiñaron en torno al altar y recordando un antiguo canto de los monjes, con el que se reconocían hijos de la naturaleza y se ofrecían a lo que esta les deparara, entonaron un miserere para darse fuerzas. Paulatinamente, se unieron a sus cánticos los niños, los ancianos y los hombres, mientras esperaban en sus puestos alrededor del monasterio para defender a sus familias. Sus voces llegaron hasta los cuatro seres quienes no pudieron contenerse más y lloraron amargamente, pues todo había llegado demasiado lejos. Si morían esas personas, el Mal dominaría eternamente a los hombres, pues Khron era inmortal. No esperarían más. Si la naturaleza les había dotado de poderes, los usarían para derrotar al Mal aunque tuvieran que matar en la lucha y romper con sus principios. El cántico recorrió sus cuerpos, estremeció sus corazones y les proporcionó la gran fuerza que necesitaban para afrontar su terrible decisión. Cerraron los ojos para concentrarse en su poder y al abrirlos, pudieron ver cómo brillaban sus cuerpos y cómo su magia alcanzaba niveles nunca antes vistos. Usaron el hechizo más poderoso e importante de todos los que conocían: la Creación. Y crearon unos seres cuya misión fuera salvar a las criaturas buenas que estuvieran amenazadas por el Mal. Decidieron ponerles el cuerpo del hombre, por su gran movilidad, el águila les dotó de unas poderosas alas para que pudieran volar, el lobo les cedió su fuerza y su valentía y el lippi, su inteligencia y agilidad. La nueva criatura surgida fue llamada Ángel y al menos diez millares fueron creados en tres categorías.

Centenares de soldados oscuros escalaron las laderas gritando y blandiendo sus armas y, lanzados a la carrera, los más raudos pronto se encontraron a escasos metros del monasterio, vislumbrando tras los muros de piedra a aquellos a los que debían matar cuando, de repente, el fuego de las antorchas se apagó. Unos vientos fortísimos empezaron a soplar, rodeando la meseta y nublando el cielo. Un sonido atronador acalló los gritos y las percusiones. Las nubes comenzaron a moverse en direcciones anormales entre larguísimos y retorcidos rayos que iluminaban constantemente el cielo. Y a través de su intermitente luz se pudo observar que las nubes iban adquiriendo velocidad mientras giraban alrededor del templo, formando una descomunal espiral sobre él. Los soldados de Khron quedaron mirando atónitos este fenómeno, mientras que los refugiados cantaban todavía más fuerte, sintiendo que algo iba a ocurrir. De pronto, un finísimo rayo de luz bajó desde el centro de la espiral de nubes, y con gran estruendo, atravesó el techo del monasterio y penetró entre las losas del suelo. Entonces hubo un gran temblor de tierra, los ríos empezaron a desbordarse y las olas del mar golpearon con furia las costas. Grandes grietas se formaron al moverse las colinas de alrededor, por las que algunos soldados cayeron. El rayo de luz, que podía ser visto a decenas de kilómetros de distancia, comenzó a ensancharse en su base, formando un cono cuya pared de luz abrasó a todo ser maligno al que tocó, reduciéndolo a cenizas, hasta que envolvió completamente la meseta y en ese momento el cielo se abrió. Y allí, en las alturas, en el espacio que había abierto el cono de luz entre las nubes, en un nivel inferior pero a decenas de metros de altura, los perseguidos pudieron ver miles de ángeles formando un extenso círculo, armados con espadas y armaduras de un metal muy reluciente. Por encima de ellos y en un segundo círculo más pequeño que el anterior, otros cientos de ángeles armados con un arco cada uno, apoyaban en sus labios largas y rectas tubas de oro cargadas de gran poder. En un tercer círculo todavía más alto, decenas de ángeles portaban estandartes mientras que otros, con ondulantes capas rojas y enormes espadas, se identificaban como generales. Y por último, por encima de todos ellos, cuatro puntos luminosos y extremadamente brillantes, que cegaron al instante a las criaturas oscuras que los miraron.

El gran estruendo que provocaron las tubas de repente, hizo que todo el territorio que había alrededor de la meseta se hundiera muchos metros en el suelo, dejando a esta como una montaña de cima plana. Los soldados oscuros rodaron por el suelo con los oídos tapados con las manos, ya que el sonido de los instrumentos musicales volvió locos a muchos de ellos, haciéndolos lanzarse a los barrancos. Los ángeles salieron del cono a una señal de los cuatro seres, con un gran zumbido, llenando el cielo. Los hombres malvados sintieron el grandísimo poder que les rodeaba y algunos lanzaron sus armas prometiendo no volver a luchar, por lo que sus vidas fueron respetadas; otros muchos murieron de miedo y, los demás, fueron muertos, atravesados por las espadas de los recién llegados. Los hombres buenos nada tenían que temer, pues habían venido a librarles de su destino; un destino de esclavitud, sufrimiento y muerte. Los ángeles atacaron con ira a las tropas de Khron, aniquilándolas en gran parte y liberando a la meseta de su amenaza. Solo Khron y unos pocos pudieron huir.

Pero la ofensiva no se paró allí, sino que durante las siguientes semanas los ángeles fueron avanzando por donde Khron había llegado, eliminando la maldad de los territorios. Y todo aquel que abusó de los débiles probó en sus carnes el poder de la Justicia. Los ángeles eran capaces de ver el color del corazón de los seres, eliminando así a su paso a todos los gobernantes corruptos, y devolviendo la paz a los perseguidos pueblos, hasta llegar a la cordillera Amintalia.

Mas, al cumplir su deber de eliminar el Mal, el contrataque no fue tan rápido como quisieron y al llegar al paso de Punta, los esperaba Khron con una gran reserva de bestias y soldados. Khron tuvo que usar toda su fuerza y su poder, pues los humanos alados eran extremadamente difíciles de matar por su agilidad y resistencia, y solo con las más duras armas dotadas de oscuras fuerzas pudieron hacerles frente, y por primera vez desde que surgieran del cielo, detener su avance.

Aunque Khron logró contener a los nuevos seres y desmoronar su contrataque, el balance resultó ser nefasto: en muy poco tiempo, los ángeles habían reducido alarmantemente sus tropas y el número de sus seguidores, dejando su sueño de conquista truncado.

El rey del Oeste decidió regresar a su castillo para reflexionar, habiendo mandado construir en el paso una colosal muralla para impedir que jamás entraran criaturas del Bien en sus dominios. Nada sabía de esos extraños seres llamados ángeles, que, además de fuertes, tenían la capacidad de liberar a los hombres de su poder mental. Y tampoco había podido estudiarlos, pues al morir las criaturas aladas se convertían en un polvo de luz que era atraído de nuevo hacia la plataforma del cielo en el Este.

Los cuatro seres no quisieron seguir combatiendo, pues habiendo hecho retroceder a Khron prefirieron no aumentar más los sufrimientos y penurias que ya habían padecido los humanos. Los supervivientes de la meseta, rodeada ahora por el mar, construyeron en ella una poderosa ciudad con una altísima torre, donde aún se conservaba el hilo de luz que la atravesaba verticalmente y recordaba a sus ciudadanos que los cuatro seres, aunque vivieran en el cielo, siempre los ayudarían.

Quedó así la tierra dividida en tres zonas: el Oeste, donde se concentraba el Mal; la zona intermedia, que comprendía la cordillera Amintalia; y el Este, donde residía el Bien.

Y así se ha mantenido el mundo hasta nuestros días; sumido en una guerra aletargada que dura ya quinientos doce años, sin que se haya inclinado la victoria hacia ningún lado. La situación es muy preocupante, pues la calma que ahora perdura es frágil y podría romperse si las demás criaturas, que hasta hoy se habían mantenido al margen del enfrentamiento humano, se unieran a la guerra, que parece eterna.

Año 547 del nacimiento de Khron.

Teodorico, monje astrólogo e historiador.



Parte I


1

—¡Padre!… ¡Padre!

Al fondo de la tierra de labranza, un viejo campesino detuvo los bueyes con los que araba, tirándoles del ramal. Pasándose el brazo por la frente, se quitó las gotas de sudor que se escurrían hacia sus ojos enturbiándole la vista. A lo lejos, por el camino, pudo distinguir a un muchacho que venía corriendo hacia él, a la vez que le llamaba. No le costó reconocer al menor de sus cinco hijos, un alto y delgado mozo de diecisiete años. El campesino apoyó sus antebrazos sobre la mancera dejando relajar por un momento su fatigado cuerpo. Aunque contaba ya los cuarenta y cinco, aún conservaba un cuerpo musculoso, desarrollado por haber servido durante toda la vida a su señor en los trabajos del campo. Su espalda comenzaba a encorvarse aunque su altura le permitía todavía asomarse por encima de las cabezas de los habitantes del condado. Sus ojos castaños se posaron en el muchacho, que venía tan alborotado que tropezó con una piedra y rodó por el suelo, volviéndose a levantar enrojecido por la vergüenza y el cansancio. Inquieto por la diligencia de su hijo, el campesino abandonó su apero y se dirigió a él.

—Tranquilízate, Esteban, y cuéntame qué ocurre —le dijo cuando hubo llegado a su lado.

El joven, todavía jadeante, se obligó a tomar aire y comenzó a hablar.

—¡Dos dragones han atacado esta noche la villa! —exclamó, visiblemente conmocionado.

—¿Qué? ¿Estás seguro? —preguntó perplejo su padre.

—Lo he visto con mis propios ojos, desde el bancal que linda con Thelín —explicó mientras se frotaba las raspaduras de las manos.

—¿Algún herido?

—Según me han contado, sí. Los dragones atacaron la torre de vigilancia y las empalizadas. Los soldados apostados en ellas murieron.

La consternación se reflejó en el rostro del campesino.

—¡Los soldados del conde Aelfrico! ¡Pobres muchachos! No entiendo por qué esas bestias nos han atacado, nunca lo habían hecho… —Hiparco bajó la cabeza y murmuró unas palabras, después volvió a mirar a su hijo—. Esos seres son muy peligrosos, espero que nuestro señor prepare una partida de caza para matarlos. Puede que no estén lejos…

El campesino pensó si debería mandar a su familia al castillo para ponerse bajo su protección, pero su casa estaba alejada de Thelín, a unos dos kilómetros, y quedaba oculta entre los árboles de un pequeño bosque, así que pasaría desapercibida si fuese sobrevolada por los dragones. Creyéndola en esta situación más segura que el mismo castillo, apoyó la mano en el hombro de Esteban y le dijo:

—¡Corre, ve a buscar a tu hermano Bénim que está en el pinar y dirigíos a casa!

—¡Así lo haré, padre! —exclamó su hijo mientras comenzaba una nueva carrera hacia el lugar indicado.

Hiparco volvió hasta su arado y azotó ligeramente a sus bueyes para hacerlos caminar, arrastrando tras de sí su tosca herramienta, no sin antes mirar desconfiado varias veces al cielo, que, durante esos calurosos días de verano, permanecía completamente claro. La noticia que le acababa de dar Esteban no significaba nada bueno. Cazar esos dragones no sería fácil y muchos hombres morirían. Lo sabía por experiencia. Un recuerdo le había venido a la mente mientras hablaba con su hijo. Un recuerdo que había intentado olvidar.

Todo ocurrió cuando era joven. En aquel tiempo servía al padre de Aelfrico, el conde Eurico y vivía como esclavo suyo cultivando sus campos. Un día, estos ardieron. Las tierras, que con tanto esfuerzo habían arrancado a los bosques y en las que habían hecho prosperar los cultivos, se convirtieron de pronto en calcinados terrenos. No tardaron en darse cuenta de lo que ocurría. Un enorme dragón rojo escupía fuego a diestro y siniestro arrasando los campos de la aldea. El entonces conde mandó a preparar una tropa para dar muerte a esa bestia, en la que incluyeron a Hiparco. Este nunca había pertenecido a las tropas de caza, ni siquiera había visto un dragón antes, pero el ejército de Eurico estaba en la torre de Aymeric y necesitaban hombres robustos para la inminente partida. No tuvo elección. El lugarteniente en armas del noble lo eligió y servilmente se unió al grupo. Un puñado de campesinos y soldados que el lugarteniente lideraría en esa insólita y arriesgada caza, en la que él mismo dejaría su vida.

Recorrieron durante tres días senderos humeantes hacia el Sur, hasta que los observadores avistaron su pieza en el claro de un bosque. Sus resoplidos se podían oír claramente en la distancia. El animal parecía muy nervioso y perdido, se mordisqueaba el cuerpo sin cesar y no pareció darse cuenta de la proximidad de los humanos. Hiparco estaba muerto de miedo, no hacía falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que una criatura así lo despedazaría antes de que pudiera hacer nada por defenderse. Reprimiendo sus ganas de salir huyendo quedó observándolo desde su escondite y algo le llamó la atención. Notó que sus ojos escrutaban el horizonte sin ver, como si estuvieran perdidos. El dragón estaba absorto, como viviendo en un sueño, parecía que su cuerpo estuviera allí, pero su mente no. Percibió que su mirada no expresaba ni un ápice de la inteligencia que tanto exaltaban las leyendas.

En la espesura del bosque los hombres planearon cómo matarlo. Cuatro caballeros atacarían a la criatura por sorpresa, y cuando esta se irguiera otros tres soldados dispararían un gran arpón contra su vientre. El arpón estaría atado a los árboles mediante una gruesa cadena, con el fin de que no escapara y así los restantes soldados dispondrían de tiempo para atravesarle el cuello con sus flechas y darle muerte.

Esperaron a que se durmiera cuidando que el viento no llevara su olor hacia el animal, y cuando este estuvo dormido y su respiración se hizo regular Hiparco y otro siervo comenzaron a trabajar. En silencio, transportaron por piezas una enorme ballesta hasta el lugar indicado y con enorme sigilo montaron su estructura. Después, ataron la cadena del arpón a los árboles, sin poder dejar de sentir mientras tanto un sudor frío y el temblor de sus piernas.

Cuando el artefacto estuvo preparado y los soldados en sus puestos, el lugarteniente dio la señal. Cuatro caballeros armados con largas lanzas, atacaron al galope la testa de la criatura, mas todas las armas se partieron al impactar con los duros huesos de su cabeza. El dragón, sobresaltado, se puso en pie, rugió con furia y descubrió a los jinetes que, dando media vuelta, trataban de alejarse. Dispuesta a no permitírselo, la bestia se encabritó sobre sus patas traseras e inspiró profundamente, llenando sus pulmones de aire para enviarles una mortal oleada de llamas. El nerviosismo cundió. Era evidente que ninguna de sus armaduras soportaría la temperatura de su llamarada a tan corta distancia, el acero se derretiría junto con su caballero. Temerosos y apresurados, los soldados dispararon el arpón, que no se hincó en el blando vientre del animal, sino entre sus costillas.

Aunque el dolor que sintiera la bestia debió ser insoportable, aprovechó, mientras bajaba las patas delanteras, para soltar una bola de fuego hacia el lugar de donde había provenido el proyectil, abrasando el cuerpo de los soldados que manejaban la ballesta. Los caballos, asustados, corrieron al galope tratando de ocultarse en la espesura, pero cayendo al suelo uno de los caballeros, derribado por su montura, la bestia lo lanzó de un manotazo muchos metros atrás rompiéndole los huesos. Los arqueros no acertaban a dar en el blanco ya que el dragón intentaba arrancarse desesperadamente el arpón mientras escupía fuego en todas direcciones. Fue entonces cuando algunos arqueros quedaron cercados por las llamas y, junto con el líder de la expedición, murieron quemados. Tanta fuerza hizo la bestia en su desesperación por liberarse que arrancó de raíz los dos árboles a los que estaba atada la cadena, la cual aguantó los tirones, a pesar de estar al rojo vivo. El dragón echó a volar y la tropa, con nueve hombres menos, salió tras él con la esperanza de que el arpón, removido por su lastre, acabase por perforar con su punta algún órgano vital. Tardaron dos agónicos días en alcanzarlo tras una frenética persecución hacia el Noreste, hallando en su camino una pequeña aldea destrozada, pues la fuerza de la bestia, a pesar de llevar el arma clavada con la cadena y los dos troncos quemados colgando de su pecho, no parecía extinguirse.

La encontraron al final en la orilla del río Blanco tiñendo con su sangre el agua. Le costaba mucho respirar pues su pulmón se había perforado con el arpón, como vaticinaron los soldados. Los arqueros no tuvieron compasión del animal y una decena de flechas le atravesó el cuello. Hiparco volvió a mirar fijamente los ojos del dragón y creyó ver cómo estos, hasta entonces llenos de odio y maldad, se liberaban de una gran carga y quedaban agradecidos, antes de cerrarse para siempre. El campesino no lo podía explicar, no lo entendía bien, pero siempre creyó que no fueron las flechas las que acabaron con aquel ser, sino la extraña locura que le había poseído y que le había hecho actuar así, matándole por dentro.

Este no fue el único caso que se conoció de la locura de los dragones, por lo que supo después el villano. Tras indagar sobre lo sucedido, el conde Eurico contó a sus gentes que en otros condados había ocurrido lo mismo hacía algunas estaciones. Llegando años después a los oídos de Hiparco, que había vuelto a ocurrir un par de veces más en años sucesivos. Era algo inaudito. Las historias siempre contaban que los dragones eran unas de las criaturas más poderosas del mundo, muy sabias y respetuosas con los demás seres, así que nadie supo explicar por qué habían atacado, no solo a los humanos, sino a muchas especies más que vivían en los condados.

Pensando en estas cosas agotó las horas de luz que quedaban para terminar la jornada. A mediados de verano Harún desprendía una gran energía, ocupando con su luz y calor más horas que su hermano al día. Montó la reja del arado sobre su patín, para que no fuera arrastrando por el camino, y tras unos chasquidos con la boca ordenó a los bueyes que se dirigieran a casa.

Hiparco respiró profundamente recordando cosas que le venían a la memoria. Aelfrico el Bondadoso no era como su padre. Cuando este murió, abolió la esclavitud. Y aunque lo hiciera con la intención de aumentar sus beneficios, generó un cambio radical en la vida de muchos de sus siervos. Aelfrico proporcionó medios para que sus esclavos, una vez fueran libres, pudieran construirse una casa y tener unos pequeños terrenos para su propio cultivo. Con ello el conde consiguió revitalizar el trabajo en sus propios campos y que los libertos mantuvieran a sus familias con lo que obtuvieran de sus terrenos, librándose así él de aquellos costes de manutención. Además, si obtenían buenas cosechas y ahorraban lo suficiente, se les permitía comprar al conde alguna tierra más y así prosperar un poco en la vida.

Desde aquél día en el que Aelfrico tomó la corona como sucesor de su padre y le comunicó su libertad, Hiparco fue otro hombre. Todos sus antepasados habían sido esclavos del conde, así que, que él ya no lo fuera le llenaba de satisfacción. No obstante, seguía siendo su siervo y debía trabajar seis días a la semana las tierras de su señor y cada cierto tiempo cumplir con sus sernas. Las sernas impuestas por el conde obligaban a sus siervos a ofrecer su trabajo en labores que no fueran directamente del campo, como levantar empalizadas nuevas en el castillo, arreglar los caminos o los puentes y tallar nuevas piedras para la construcción. Dos de sus hijos estaban hoy ayudando a construir un molino en el río. Las sernas de su mujer, en cambio, consistían en otros menesteres, como coser y lavar los vestidos de los nobles, cardar la lana o esquilar las ovejas. Su vida estaba llena de sacrificios, pero, como bien había pensado su señor Aelfrico, tener algo propio y cuidarlo, le había dado nuevas energías.

La noche se cerraba cuando llegó a su casa, que no era muy grande, pero no le importaba. Llevó la yunta al cobertizo y con ayuda de su hijo Bénim les quitó a los bueyes el yugo y la collera, que les evitaba las rozaduras de la pesada madera, cosa que los animales agradecieron con un pequeño mugido. El pesebre había sido llenado por su hijo momentos antes de que llegaran, con granos de cebada y una gran pila de piedra les esperaba con agua fresca. Tras mandar Hiparco a su hijo a la mesa, colocó entre sus animales una piedra de sal para que estos la lamieran y recuperaran así los minerales que perdían diariamente tirando del arado. Luego él se lavó la cara y las manos con el agua de un cuenco de madera. Derramó el agua sobrante sobre sus pies descalzos, y se frotó uno con otro. Sus hijos llevaban unas polainas de cuero que les protegían las plantas de los pies pero él siempre había ido descalzo y las durezas que tenía le impedían sentir cualquier pinchazo o corte. Con un suspiro, el viejo campesino pensó que sus hijos habían nacido en tiempos mejores. Al dejar el cuenco en el suelo, vio con el rabillo del ojo el brillo metálico de la reja de su arado. Todavía podía recordar cómo su padre y él labraban con un arado mucho peor que el que tenía ahora, totalmente hecho de madera. Ellos mismos lo tallaron endureciendo la punta de ataque al fuego tras afilarla con esmero; y recordaba con admiración cuando, años después, comenzaron a recubrirla con una fina lámina de metal, aumentando su resistencia. Pero ni aun así era capaz de remover las compactas tierras de los alrededores de Thelín. Eran días de verdadero trabajo y permanente cansancio. Ahora su arado estaba provisto de una reja completa de metal que se hincaba más profundamente y aireaba el terreno, regenerando mucho mejor su fertilidad. Cuando todo en la vida te lo daban los campos, conocer cómo trabajarlos era lo más importante. El conde Aelfrico había acertado al invertir su dinero en traer nuevos aperos, pues fue ahí donde comenzó a incrementar su poder y sus ganancias.

Cuando se acercó a la mesa su familia ya estaba allí sentada. El mueble rectangular ocupaba gran parte de la estancia. Matilde, su mujer, acababa de colocar en el centro del tablero un enorme perol de barro con patatas y trozos de carne del que todos comerían. Su cuerpo delgado y pequeño apenas hacía ruido al andar y ello siempre cautivaba a su marido, así que, aunque ella estaba concentrada en repartir cubiertos y cuencos de madera a toda su familia, pronto se percató de la mirada del hombre y le sonrió, sentándose enfrente de él una vez acabada la labor. Hiparco se había enamorado de ella desde la primera vez que la vio. Su deslumbrante cabellera rubia había llamado su atención mientras bailaban en la celebración de la primavera de Thelín, a la que asistían también los habitantes del resto de aldeas del condado. A sus dieciséis años recién cumplidos, su brillante melena danzaba por el aire al compás de sus giros. Hiparco quedó embelesado con los movimientos de su cuerpo. Era la mujer más bella de todas y cuando sus miradas se cruzaron supo que iba a ser suya. En cuanto tuvo ocasión, se lanzó al círculo de baile y se puso a danzar al ritmo de la música tratando de ponerse a su lado. Ella al principio le rehuía, tan solo para que este continuase persiguiéndola entre la gente, pero al final sus cuerpos se tocaron y ruborizados y sonrientes bailaron y desde ese día se comenzaron a ver. Su carácter le había impresionado. Era impulsiva, trabajadora, alegre y parecía no intimidarse frente a los pesares de la vida. Hiparco fue el hombre más feliz cuando decidieron unirse para formar su propia familia pocos meses después. Cuando su marido la contemplaba tan delgada y tan menuda, no podía creer que de ese cuerpecito hubieran salido cinco hombres altos y fuertes como él, pero con la energía y el nervio de su madre, la cual no les llegaba en altura a los hombros.

Hiparco repartió pedazos de pan a su familia como era costumbre y empezaron a comer. Hoy la cena era copiosa pues no todos los días podían comer carne, pero el cierre del trato con un mercader de Silonia, al que venderían su excedente de uva, era motivo de celebración. Hacer prosperar a su familia era su obsesión y con orgullo miró a sus hijos, todos ellos magníficos trabajadores, que regaban con su sudor las tierras en las labores de roturación o al cuidado de los ganados.

Sentado a su diestra estaba Roque, el mayor de sus hijos. Tenía veintitrés años y era un joven alto, aunque sus hermanos pequeños le habían alcanzado rápido, quedándose él como el más bajo. Llevaba una corta melena castaña que le llegaba hasta la nuca y le gustaba vestir con túnicas largas, escasas entre el vulgo, porque eran símbolo de prosperidad. Siempre estaba pendiente de la familia y ayudaba en todo lo que podía. Llevaba junto con su padre el trato de terrenos y propiedades, porque tenía una pequeña formación y entendía de números. Se enlazaría dentro de unas semanas con su novia Eine, una joven doncella que cuidaba a la mujer de un masovero propietario de varios mansos. Sus padres eran muy humildes y se desvivían por ella, al no haber podido tener más hijos y, con gran pena, habían permitido que se fuera a vivir a casa del masovero para no verla trabajar en el campo.

Al lado de Roque estaba sentado Bénim, de veinte años y tercero por edad. A este no le importaba hacer los trabajos más duros y se pasaba el día sacando piedras de los campos y cortando leña para el conde. Tenía el cuerpo más grande y fuerte de todos sus hermanos y siempre se estaba riendo aunque fuera de las cosas más insignificantes. Tenía un pelo rubio precioso, del mismo color que su madre, pero siempre lo llevaba corto pues sudaba mucho y odiaba todo lo que le diera calor. Siempre que podía, gustaba de quedar con sus amigos en la taberna de la villa para ir a beber unos vasos de vino.

En el otro lado de la mesa, y a la siniestra de Hiparco, cenaba tranquilamente Bertrán. Tenía diecinueve años, un cuerpo delgado y lucía un pelo castaño cuya melena llegaba a los hombros. Era un chico muy soñador, se podía quedar horas y horas escuchando a los juglares en las ferias y aprendiendo de ellos sus rimas. No sabía leer ni escribir pero se memorizaba muchas canciones y con ellas entretenía a las jóvenes de Thelín. Mantenía el ganado de Aelfrico y se pasaba con él largas temporadas en las montañas cercanas. Bénim y él se llevaban muy bien y compartían el mismo grupo de amigos.

Engullendo a toda prisa sus patatas se encontraba Esteban, el más pequeño, que veía que sus hambrientos hermanos no le dejarían nada en el perol si no se daba prisa. Esteban veneraba a sus hermanos, lucía un cabello rubio cortado de la misma manera que Bertrán e imitaba a Bénim en sus actos. Aunque no se lo demostraran, sus hermanos le querían mucho y si un día se metía en un lío, podía estar seguro que todos irían a ayudarle.

Los cinco hermanos formaban un buen grupo y eran respetados en la villa, nunca buscaban problemas y eran amables, pero si alguien osase injuriarlos, acabaría con sus puños en la cara. Hiparco frunció el ceño. Hacía ya tiempo que faltaba uno de sus hijos. Reo, con veintiún años, era el segundo por edad. Había salido, con permiso del mayordomo del señor, a buscar por tierras inexploradas nuevos campos para explotar. Estaba en la sierra del Sur, en parajes inhóspitos, pero Hiparco no se preocupaba. Reo había sido el más intrépido de los hermanos, más atrevido y valiente. Se aburría en el campo y desde pequeño se había ofrecido al conde para iniciarse en algún arte. Allí, en el castillo, aprendió a montar a caballo y su destreza en esa disciplina le valió ser el mensajero de su señor. Llevaba tres años en ese puesto y le habían ocurrido no pocas aventuras. Estar en contacto con los soldados le había permitido adiestrarse en las armas y manejar con destreza la espada corta, muy útil para mantener a raya a los depredadores de los bosques. Hiparco se sentía triste por no poder compartir con él esta cena.

Aunque reinaba una aparente tranquilidad en la casa del campesino, pronto saltó el tema que corría de boca en boca. El ataque de los dos dragones a Thelín había consternado a todos sus habitantes.

—La desgracia vino anoche a la villa —dijo apesadumbrado Bertrán—, mi amigo Anscario y otro soldado, apostados en la puerta Sur, murieron abrasados por las llamas. Otros tres vigilantes de la puerta Norte corrieron el mismo infortunio.

—Nunca antes había oído que los dragones atacaran pueblos humanos. ¿Qué habrá podido ocurrir? —dijo Bénim.

—Oí hablar al viejo Hilberto quien, asombrado, sospechaba de que solo hubieran atacado las defensas. Él cree que volverán esta noche para llevarse a la gente, como hacen los ogros —aseguró Esteban.

—¿Qué tontería es esa? ¡Los dragones son seres inteligentes, no van comiendo personas como los ogros! —le acalló Roque.

—Pues todos están muy asustados, y no quieren volver a sus casas —replicó su hermano pequeño—. Así que el mayordomo abrirá las puertas del castillo para que esta noche duerman en las cuevas de la colina. El conde Aelfrico vendrá esta noche de su viaje y decidirá qué hacer.

—Los hombres de la villa dicen de salir a cazarlos —dijo Bertrán.

—¡Sí!, cojamos las lanzas y vayamos a matarlos —gritó Bénim.

—¡Venguemos las vidas de nuestra gente! —añadió Bertrán exaltado.

—¡Nadie va a ir a matar a nadie! —gritó enfadado Hiparco—. No habéis visto nunca un dragón ni sabéis lo que es ir a la caza de uno. ¡Estáis locos!, no es como salir a cazar a un oso o a un lobo. ¡No estáis preparados! Muchos soldados morirán en el intento. No consentiré que mis hijos mueran por su estupidez.

El campesino miró a sus vástagos con seriedad y rebajó el furor que se había levantado de repente. Cuando la habitación quedó en silencio, Hiparco se levantó.

—Mañana será un día duro, ahora ¡id a dormir! Me acercaré temprano a la villa para tener noticias del castillo.

Una vez dicho esto, fue a una de las tres estancias que componían la casa. En ella dormían él y su mujer y guardaban sus pertenencias más preciosas: unos ropajes buenos y utensilios de metal. En la sala donde habían cenado, la más grande, dormían sus cinco hijos y de ella partían las puertas hacia las otras dos estancias y hacia la salida. La última sala consistía en la cocina, también almacén. El viejo campesino se desató la cuerda que le servía de cinturón y se quitó la ceñida casaca, después, las fundas de cuero de las piernas que le servían a su vez de calzones. Se echó sobre la cubierta que cubría su jergón sin bastas de paja y esparto, se tapó hasta la cintura con una ligera manta y miró al cielo a través de la ventana. Al rato llegó Matilde que se quitó una casaca parecida a la de su marido y unas calzas de tela que le cubrían las piernas hasta la rodilla. Ella también estaba acostumbrada a ir descalza y solo se ponía unas polainas en invierno. Se recogió el pelo con una cinta y se tumbó al lado de él. Aunque habían pasado muchos años desde que se conocieran, y las arrugas hubieran surcado sus ojos y sus manos, Hiparco encontraba a su mujer igual de hermosa que el primer día. Ella le golpeó suavemente el hombro.

—Tengo miedo —le susurró al oído—. Presiento que este hecho nos va a traer muchos sufrimientos.

—Yo también temo, querida, pero lucharemos para que todo siga igual.

Se abrazaron en la oscuridad y dejaron pasar el tiempo. Oyeron cómo sus hijos se acostaban y el silencio se apoderaba de la casa. Sin poder dormir esperaron un nuevo amanecer.


2

Poco antes de que Harún apareciera por el Este regando con su luz todo el paisaje, las campanas de Thelín empezaron a sonar en la lejanía. Su tañer frenético significaba una llamada de reunión urgente. Tras un sobresaltado despertar, Hiparco y Matilde se vistieron y entraron en la habitación de sus hijos. Los cuatro hermanos se habían despertado también con el repiqueteo pues, a pesar de la distancia que les separaba de la villa, en las mañanas despejadas y claras como esa era perfectamente audible. El viejo campesino se dirigió a la cocina con largos pasos.

—Seguramente los dragones no deben andar lejos y haya nuevos destrozos. El señor necesitará nuestra ayuda —dijo a sus hijos mientras buscaba provisiones—. ¡Roque, coge tus herramientas y prepárate! Saldremos en un momento.

—¡Eh! —se quejó Bénim—, nosotros también vamos.

—¡No! Vosotros os quedareis aquí. No quiero que os expongáis a ningún peligro innecesariamente.

El primogénito salió de la casa y fue al cobertizo donde los bueyes comían grano indiferentes a su presencia, levantó una pequeña trampilla del suelo, y sacó envueltas en un paño unas herramientas de metal. Su escondite era preciso, pues los metales como el hierro o el cobre, eran escasos y los ladrones con ellos hacían fortuna. Allí, en el cobertizo, debajo de la paja donde dormían los animales, no los buscarían. Metió un martillo, una pequeña sierra y varias puntas de hierro en una bolsa de cuero que se ató a la cintura y fue en busca de su padre. Este salía de la casa en esos momentos con un saco de tela blanca en bandolera cargado de alimentos, un cuchillo atado a la cintura y arrollándose en los riñones un cobertor para el frío de la noche. Cuando se proponían partir salió Matilde.

—¡Ten, Roque! —dijo esta mientras le ofrecía un vestido largo de tela, para que se lo pusiera encima de su vestimenta si empeoraba el tiempo.

—Gracias, madre.

—No os preocupéis, volveremos en cuanto podamos —dijo Hiparco.

Matilde se abrazó a su marido y le acarició la cara.

—Espero que así sea.

Partieron andando hacia el Norte dejando tras de sí a tres hermanos expectantes y una esposa preocupada. El ambiente estaba tranquilo, las campanas habían dejado de sonar y se oía el cantar de los pájaros. Pinos, hayas, abetos y robles decoraban los márgenes del camino. Dentro del extenso recinto montañoso que formaban la sierra del Codo y la cordillera Amintalia, la vegetación crecía en pleno apogeo. Alkintur, el condado de Aelfrico, se encajaba en esta región perteneciente al reino del Oeste. Las tierras cultivadas ocupaban una extensión irrisoria, comparada con los vastos bosques de enormes árboles que ocultaban el cielo. Los campos de cereales y los viñedos se situaban en los pequeños valles que formaban los ríos nacidos en las montañas. De estas, los mineros extraían la preciada piedra caliza para la argamasa y el valioso mármol, y de los ríos, las fraguas y los molinos usaban para sus trabajos, la fuerza de sus aguas. Aelfrico había permitido la construcción de todo esto, sin el beneplácito de la capital del reino, continuando el proceso de autarquía que había comenzado su abuelo Genserico.

Thelín apareció frente a ellos con su característica forma triangular. Su caprichosa geometría se debía a que estaba construida entre dos ríos que bajaban hacia el Este donde finalmente se unían. Justo en el vértice que estos formaban y alzado sobre una colina se ubicaba el castillo del conde. Dos entradas, una situada al Norte y otra al Sur, se abrían en la empalizada que rodeaba a la villa, dando acceso a los habitantes a sus casas. La empalizada había sido construida con gruesos troncos, unidos firmemente entre sí e hincados en el suelo al menos un par de metros, dejando a la vista otros cinco metros hasta su extremo superior acabado en punta. La población de Thelín había crecido significativamente en las últimas generaciones bajo la protección que daba el castillo y esa afilada defensa. Además, la economía de la villa estaba floreciendo en detrimento de Zesco, la ciudad más importante del condado, ya que el comercio había ido aumentando poco a poco, a pesar de su peor localización. Zesco estaba situada en el límite Norte, en contacto con otros condados y muy próxima a la torre de Aymeric, crucial centro militar. Su situación la había convertido en una valiosa puerta para exportar los productos elaborados en el interior, pero hacía ya años que había ido perdiendo su influencia y su poder.

Hiparco y Roque otearon el cielo en busca de alguna bestia alada, pero no divisaron ninguna criatura peligrosa, tampoco oyeron gritos ni olieron a humo. Si había algún peligro, estaría lejos de la villa. Avanzaron algo más tranquilos hasta el río que pasaba más al Sur, el Serilión. Para atravesar el caudaloso río debían cruzar un puente de piedra. En un día normal, si hubieran transportado mercancías tendrían que haber pagado un peaje por utilizar el puente, pero hoy no estaba el vasallo que cobraba los dineros. Se acercaron a la empalizada y pronto el nerviosismo se hizo presente en los dos hombres. Todo estaba demasiado calmado. Habían esperado oír el ruido de la gente trajinando, preparando utensilios, hablando y levantando polvo, pero nada de eso parecía ocurrir, tan solo de vez en cuando se oía algún rumor que se llevaba rápidamente el viento.

—Vayamos a la plaza, no me gusta esta quietud —susurró Hiparco acercándose a su hijo.

Con paso vacilante, pasaron por debajo de la puerta ennegrecida donde habían muerto el amigo de Bertrán y otro joven, y sintieron un gran pesar. Al otro lado de la empalizada, las calles se arremolinaban una junto a otra como un rebaño de ovejas para darse calor. El aire corría raudo por ellas en el invierno y de esta forma se disminuía su agresividad. Las casas de los villanos eran de madera, paja y barro, y en algunos casos de piedras, si se las podían permitir los más acaudalados. Caminaban lentamente por las callejuelas flanqueados por casas vacías, hasta que, finalmente, la callejuela por la que andaban se abrió a la plaza y allí encontraron lo que buscaban.

—¡Pero si está toda la gente aquí!… ¿Qué hacéis…?

No le dio tiempo a terminar la frase, una gran figura se abalanzó sobre el viejo campesino derribándole.

—¡Orcos! —gritó Roque y se apresuró a sacar de su bolsa de cuero el martillo para golpearlo. Mas tampoco tuvo tiempo. Otro orco encaramado al techo de una de las casas saltó tras él, golpeándole en la espalda y tirándole al suelo.

—¡Una emboscada! —gritó su padre levantándose con toda la rapidez que pudo.

Hiparco blandió su cuchillo delante de los dos orcos y los hizo separarse de su hijo, que yacía con el hombro siniestro dislocado por el tremendo golpe.

Las dos criaturas no atacaron, se mantuvieron a distancia y dejaron que Hiparco se percatase de lo que ocurría. Efectivamente, los habitantes de la villa estaban allí, pero recluidos en una zona de la plaza donde al menos dos docenas de orcos los controlaban, además, otros tantos permanecían escondidos detrás de carros y barriles o en los tejados de las casas. Varios arqueros orcos con sus flechas envenenadas apuntaban a los campesinos, obligándolos a servir de cebo para los que iban viniendo so pena de tener una muerte lenta y muy dolorosa.

Que ellos habían tocado las campanas para dar el aviso y atraer así a la población, parecía algo seguro. Estaban a doscientos metros de la muralla del castillo pero de las tropas del conde no había ni rastro. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Hiparco al darse cuenta de que no había nada que hacer. Algunos de sus vecinos levantaron un poco la mirada para observar, otra vez, la dura escena que se repetía cada vez que llegaba alguien.

—¿Qué queréis? —gritó el campesino con voz ronca.

—Está bien viejo… creo que ya comprendes —dijo un tercer orco acercándose a ellos—. Primero tira tu arma y que tu acompañante también lo haga.

Hiparco se percató al instante de que el enorme orco que acababa de aparecer hablaba un perfecto idioma humano, lo que significaba que había estado mucho tiempo rodeado de ellos. El hombre dejó caer su cuchillo y, a un gesto de su mano, su hijo hizo lo mismo con el martillo.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el orco.

La pregunta sorprendió tanto al padre como a su hijo. ¿Por qué unos seres tan bárbaros querrían saber el nombre de sus rehenes? Según los relatos contados de generación en generación, los orcos mataban a sus víctimas sin el menor interés hacia estas. Su naturaleza sanguinaria carecía de consideración. Un puñetazo propinado por el orco que lo había derribado lo sacó de su pensamiento.

—¡Responder él preguntar! —gruñó este en un torpe humano.

—Mi nombre es Hiparco, hijo de Odoacro, ¿quién me busca? —preguntó el campesino con la mandíbula dolorida.

—No es a ti a quien buscamos —dijo el tercer orco en llegar mientras echaba una ojeada a unos viejos manuscritos, haciendo pasar su gordo dedo por las hojas, hasta que pareció encontrar lo que buscaba.

Levantó la vista y miró al campesino.

—Buscamos a tus hijos.

A Hiparco se le cayó el cielo encima. Quedó completamente impactado tratando de entender lo que pasaba y obligándose a mantener la calma, se detuvo a observar al orco que le hablaba. Mirándolo de arriba abajo, enseguida se dio cuenta de que no iba vestido igual que los otros dos. Vestía una gran túnica blanca que le llegaba hasta los pies, cubriéndole el típico calzón de piel que llevaban el resto de sus guerreros. Llevaba la capucha hacia atrás y dejaba ver su gran cabeza verde rapada de la que sobresalían sus orejas puntiagudas decoradas con cuatro pendientes circulares de oro cada uno. Lucía dos grandes colmillos en la mandíbula inferior que le cubrían parte del labio superior y bajo sus prominentes cejas oscuras, se hallaban sus ojos negros proyectando una mirada penetrante y muy inteligente. Era bastante alto, más que Hiparco, y su túnica escondía, aunque no ocultaba, un enorme cuerpo de gran musculatura que se dejaba entrever, en sus antebrazos al descubierto. Lo que estaba

leyendo no eran unos viejos manuscritos simplemente, si no el políptico donde estaban registrados los censos de las casas, sellados con el escudo del propio conde.

—Por lo que está escrito aquí, tienes cinco. ¿Dónde están?
—continuó el orco.

Sin poder reaccionar, Hiparco se preguntó por qué los orcos buscaban a sus hijos. Recorriendo con los ojos la gente arremolinada en la plaza, trató de buscar una respuesta. ¿Dónde estaban los hombres jóvenes? Ahora que se fijaba mejor podía ver a las mujeres tratando de tranquilizar a sus hijos pequeños, a ancianos doloridos por tener que estar de pie sin sus bastones y a hombres tullidos, pero no vio a ningún mancebo.

—Tú pareces ser uno de ellos —oyó que dijo el orco de la túnica blanca a su espalda.

El campesino se giró, mientras que el soldado que había saltado del tejado levantaba a su hijo del suelo cogiéndole por el hombro dislocado, provocándole un grito de dolor.

—¡Soltadlo! —gritó Hiparco.

—¡Vaya!, parece que ya tenemos a uno, ¿y los demás?

—¡Nunca lo diré! —rugió Hiparco mientras empujaba al orco que atormentaba a su hijo.

—¡Ja, ja! —rio el orco de la túnica—, un hombre dispuesto a arriesgar la vida para proteger a los suyos, eso te honra pero… ¿Acaso será igual de temerario tu hijo?

El orco se puso serio y señaló a Hiparco.

—¡Matad al viejo! —ordenó con voz profunda a sus soldados.

Los dos guerreros se aproximaron al campesino levantando sus grandes mazas dispuestos a aplastarle el cráneo a golpes.

—¡Noooo! ¡Quietos! —gritó Roque con la cara desencajada—. Yo os llevaré hasta ellos.

—¡Eso está mejor! —exclamó el gran orco rapado—, llévanos allí y tu padre vivirá.

A la señal de su jefe, los soldados bajaron sus mazas, levantaron a Hiparco y lo llevaron con los demás. Ya no lo necesitaban. Al regresar, ataron las manos a Roque causándole gran dolor en el brazo herido y con él al frente se pusieron en camino hacia donde este les indicaba. El trío se perdió por las callejuelas, mientras Hiparco los miraba desesperado con los ojos inundados en lágrimas. Nunca se perdonaría haber puesto en peligro a su familia.

Los orcos no eran considerados como seres civilizados por los humanos, si no como una tribu bárbara e inferior a ellos. El tener la piel coloreada en un tono, que iba desde el verde al negro con matices marrones siempre había causado repulsión a las personas. Su aspecto desaliñado y falto de higiene tampoco los hacía queridos. Cejas prominentes, mandíbula y colmillos inferiores muy desarrollados, nariz con forma de hocico y orejas puntiagudas eran características comunes de su especie. Los orcos eran guerreros por naturaleza, tenían una vida llena de peleas y muertes, pero no era una vida dura para ellos, su mentalidad era así. A pesar de haber levantado grandes asentamientos, preferían seguir siendo cazadores nómadas antes que sedentarios agricultores. Muchos todavía criaban rebaños de ovejas o vacas, que arrastraban tras de sí en sus migraciones y si la comida les faltaba no dudaban en arrasar cualquier aldea para obtenerla. No eran amigos de muchas especies, tan solo de los trolls, los lobos oscuros y los humanos que tuvieran el corazón igual de negro que ellos. Al ser criaturas de naturaleza bélica siempre vestían con protecciones de cuero y para mejorar su defensa, llevaban protecciones de metal en brazos y piernas y en sus cabezas robustos cascos de acero. Se colocaban cobertores de piel de oso bajo los refuerzos de metal, para evitar quemarse cuando Harún lucía en el cielo, sobresaliendo gruesos mechones de pelo por debajo de las protecciones. Llevaban calzones cortos de piel reforzados en la entrepierna con metal y en los muslos una malla de cuero. Protegían sus pies con sandalias de cuero, pero los guerreros gustaban de usar gruesas botas de piel. Utilizaban armas muy pesadas, tales como mazas de madera o hierro parecidas a grandes martillos, anchas cimitarras y grandes alabardas porque tenían gran fuerza en los brazos. Por lo general los orcos eran muy corpulentos y tenían una gran resistencia.

Si una cosa apreciaban de los humanos, eran sus joyas, en especial las labradas en plata y oro. Adornarse el cuerpo con ellas era algo mágico para ellos. Poblaban sus orejas de pendientes, sus cuellos de collares y sus capas de majestuosos broches, aunque muchos orcos continuaban la ancestral y desagradable costumbre de adornarse con partes amputadas del cuerpo de sus enemigos.

En veinte minutos el grupo llegó a las proximidades de la casa del joven campesino. Sus hermanos realizaban tareas en los alrededores del hogar nerviosos al pensar que podrían aparecer los dos dragones en cualquier momento, pero en su lugar aparecieron tres figuras andando por el camino. Con sorpresa, vieron cómo su hermano se acercaba prisionero de dos orcos que le seguían a corta distancia. Parecía magullado y mostraba gestos de dolor. Los soldados no quisieron seguir avanzando y se detuvieron ante los setos que bordeaban el huerto de la casa, sin salirse del camino. No querían caer en alguna trampa. De un golpe hicieron hablar a Roque.

—¡Padre está prisionero en la villa! —anunció este.

Los hermanos se agruparon sin saber cómo reaccionar. No se podían explicar qué había ocurrido, así que se mantuvieron a distancia mirando con desconfianza a los orcos. Alertada al escuchar la voz de su hijo salió Matilde de la casa llevándose al momento una gran impresión.

—Quieren que vayamos todos los hermanos allí o lo matarán —volvió a gritar Roque con gran firmeza—. Tienen prisioneros en Thelín a todos sus habitantes…

De otro golpe, uno de los orcos hizo callar al joven. Matilde se apresuró a coger una horca para la mies y sin pensárselo corrió a golpear a uno de los captores. Bénim salió a su paso y se lo impidió.

—¡Quieta, madre!, así no conseguirás nada —dijo este arrebatándole el útil y lanzándolo al suelo. No permitiría que los orcos tocaran a su madre.

Bénim no sabía lo que se proponían el par de soldados, pero siempre que había tenido roces con algún orco, en ninguna ocasión había sido para algo bueno. Al ver el aspecto dubitativo de Bénim, los orcos trataron de acelerar su reacción dando un nuevo empujón a Roque.

—¡Iremos con vosotros, pero no volváis a golpear a mi hermano! —gritó, confiado de que juntos saldrían de este nuevo apuro.

—¡No! —sollozó Matilde.

—Tranquila, madre, creo que es mejor hacer lo que dicen
—la consoló.

Bajo las órdenes del tercer hermano, los otros dos avanzaron unos pasos hacia los orcos y se dejaron atar las manos, pudiendo comprobar en la cercanía que Roque tenía un gran bulto en el hombro y cuánto le atormentaba. Después de decir a su madre al oído que se ocultara en el bosque una vez que empezaran a caminar, Bénim se aproximó a los soldados para que ataran también sus manos. Una vez los dos soldados tuvieron al grupo de hermanos atados y al disponerse a regresar a la villa, uno de ellos se detuvo en seco.

—¡Un momento! —le dijo al otro en su idioma, y entornando los ojos se puso a contar a los humanos. Tras un largo rato, vio que no le salían las cuentas—. ¡Falta uno!

—¿Dónde estar el cinco? —preguntó el orco enseñando los dedos de su mano y señalándolos a ellos después.

—Mi hermano está en las montañas, se fue hace unas semanas y no volverá en mucho tiempo —dijo Bénim.

Los orcos se miraron entre ellos, pareciendo haberlo entendido.

—Que verdad sea, si no pagareis —dijo el soldado mirando desconfiado a los hermanos.

—¡Andar! —ordenó a los jóvenes mientras empujaba a Bénim.

El orco miró a su compañero.

—Estoy harto de los humanos —le dijo en orco—, seguro que el que falta está escondido, cagado de miedo. Me da igual que me pongan a trabajar levantando el campamento por no cumplir órdenes, no lo pienso buscar, me quiero ir de aquí. Además… solo es un humano… ¿Qué podría cambiar él?

De repente, un jinete lanzado a toda velocidad apareció de las lindes del bosque y arremetió contra el orco que hablaba, abriéndole una profunda brecha en la cabeza y dejándolo muerto al instante.

—¡Reo! —gritó Matilde.

El segundo orco no tuvo tiempo a reaccionar. Después de haber partido su vara en la cabeza del anterior, Reo envió nuevamente su caballo a la carrera contra el segundo, propinándole una patada en el pecho, dejándolo en el suelo aturdido. Una vez que hubo derribado a los soldados, descabalgó y cortó las cuerdas de las muñecas de sus hermanos con su puñal.

Reo llevaba una barba corta y sus ropas parecían estar hechas de jirones de distintas telas y pieles. En sus pies lucía unas botas de cuero altas, atadas fuertemente con tiras del mismo material hasta las rodillas. Su pelo enmarañado y negro colgaba por su espalda hasta los riñones, pues hacía muchos años que no se lo cortaba. Tenía unas cejas pobladas que ocultaban unos ojos marrón oscuro brillantes y profundos.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó jadeante.

—Los orcos han invadido el pueblo, tienen a padre prisionero… y lo matarán si no nos presentamos —dijo Bénim.

—¿Qué te han hecho, Roque? —preguntó Reo impresionado al ver a su hermano sangrando por distintos cortes, al tiempo que se agarraba el hombro con fuerza.

—Nos atacaron a padre y a mí al entrar en Thelín. Me he dislocado el hombro. ¡Ahhh!

—¡Agarradlo, chicos! —ordenó Reo al instante.

—¿Qué pretendes? —interrogó Esteban.

—Voy a colocárselo.

—¡El dolor me va a matar…! —se quejó el primogénito.

Sus tres hermanos menores lo apoyaron contra el tronco de un árbol, Reo puso una mano en su clavícula siniestra y con un golpe seco le colocó el hombro provocando un sonoro chasquido.

—¡Ahhh! —Roque cayó resbalando por el tronco semiinconsciente por el sufrimiento, pero Bénim lo cogió en su caída y lo tumbó en el suelo.

Mientras todos le miraban, un fuerte golpe sonó a sus espaldas, rápidamente se giraron y encontraron a su madre tumbando nuevamente al orco que, tras su aturdimiento por la patada, se estaba poniendo de nuevo en pie. Con su horca todavía entre las manos, se acercó a sus hijos y tras soltar su improvisada arma se arrodilló junto a Roque, tomó el paño que llevaba atado a la cintura y le vendó el hombro.

—¿Por qué hacen esto? —preguntó.

Ninguno supo qué contestar. Las intenciones de estos orcos eran una incógnita para todos. Al cabo de unos momentos Bertrán lanzó una nueva pregunta.

—¿Cómo rescataremos a padre? Cuando noten que estos orcos no regresan vendrán a buscarlos y no podremos luchar contra ellos.

—No veo alternativa, nos querían a nosotros… así que haremos un trueque —dijo Bénim.

—¿Cómo vas a hacer un trueque con esos bárbaros, cuando vean que hemos matado a uno de ellos? —preguntó nervioso Bertrán.

—No huiremos y dejaremos a padre solo, ya estamos metidos en esto —dijo Reo—. Vayamos a Thelín. Si les somos tan valiosos no nos harán nada.

—Si encontramos problemas, intentaremos llegar al castillo del conde Aelfrico. ¡Él nos ayudará! —exclamó excitado Esteban.

—Si los orcos han invadido Thelín es porque el conde no habrá podido hacer nada —le desilusionó Bénim.

—Tengo la confianza de que juntos saldremos de esta —dijo Bertrán.

—No quiero que estas repugnantes criaturas se lleven a mis hijos —declaró tajantemente Matilde.

Su madre se sentía impotente ante esta situación, no quería que le pasase nada a sus hijos, pero tampoco a su marido. Con gran dolor cedió.

—Si eso es lo que habéis decidido, iré con vosotros a la villa
—dijo su madre mirándolos a todos.

Matilde no quería ver morir a ninguno de sus hijos, esto rompería su familia en pedazos, pero para combatir la nueva amenaza se necesitaba coraje y valor, y ella no se amilanaría ante el peligro. Si ella podía hacer algo, lo haría.

Roque despertaba y con la ayuda de sus hermanos se puso en pie. La cabeza le daba vueltas y parecía tener fuego dentro de su hombro, pero los intensos pinchazos que antes le afligían habían desaparecido. De un saco que traía atado a los arreos de su caballo, Reo tomó unas plantas calmantes que hizo masticar a su hermano mayor. Después cogió la espada corta que traía guardada y se la ató a la cintura ocultándosela con las pieles de su abrigo. Si en vez de haber tenido la vara en sus manos, hubiera llevado su arma, no sería solo uno el número de orcos muertos. Tras haber cogido cada uno de ellos alguna pequeña arma con que defenderse, se pusieron en camino, siendo ya mediodía.

Nada más ser oteados en la distancia, un centinela orco dio la voz de aviso a su superior. Así que cuando los seis humanos y el buey que portaba a los soldados sobre su lomo pararon frente a la puerta Sur de Thelín, bloqueada ahora con unos parapetos, el orco de la túnica blanca se encontraba subido al adarve de la empalizada. Greg, que así se llamaba, observó al grupo reconociendo enseguida a Roque.

—¡Pero si son los cinco hijos del viejo! —exclamó—. Y la hembra que les acompaña debe de ser su mujer.

Al mirar al buey, se percató de que sus guerreros no se movían.

—¿Qué les ha ocurrido a mis soldados? —preguntó con un grito feroz.

La fuerte y grave voz del orco se oyó nítida en la distancia. El grupo se había quedado a considerable distancia de la entrada, temerosos de ser alcanzados por algún arquero orco.

—¡Uno de ellos murió, el otro está inconsciente! —gritó Reo.

Greg, sorprendido, trató de imaginarse lo que habría ocurrido. Su silencio inquietó a los miembros del grupo.

—¡Venimos a hacer un trato! —continuó Reo.

—¿Ah, sí? —preguntó el orco con sorna—, ¿y cuál es? —interrogó, dejando entrever una sonrisa, sabiendo que no estaban en condiciones de pactar.

—¡Libera a nuestro padre y a la gente de Thelín y nosotros nos entregaremos!

El líder orco reflexionó unos momentos. Las órdenes que debía cumplir habían sido claras. Una de ellas consistía en reunir el mayor número de jóvenes humanos y llevarlos con él, impidiendo que la población se sublevara. Los campos debían seguir siendo trabajados por los campesinos que se quedasen. Que los dragones hubieran dejado sin defensas la plaza fuerte era de agradecer, ya que solo tenía que llegar y coger lo que quisiese. Además se añadía que los pueblos de esta zona no habían luchado en generaciones, y habían perdido todo espíritu combativo, por lo que no creía que fueran capaces de alzarse contra sus tropas.

«Nunca aceptaría lo que piden unos humanos, pero esta vez a mí también me conviene —masculló Greg, recordando que tendría una gratificación por llevar un buen número de hombres fuertes y sanos—. Con estos humanos agradaré a mi señor».

—¡De acuerdo! —gritó el orco.

Los hermanos se miraron sorprendidos por la rapidez en llegar a un acuerdo. Reo empujó a los orcos subidos en el buey haciéndolos caer al suelo y a continuación dio una palmada al animal para que volviera andando al cobertizo, un camino que había recorrido muchísimas veces. No tuvieron que esperar mucho tiempo cuando media docena de orcos retiraron los parapetos de la puerta Sur y les dejaron entrar sin mediar palabra. Una vez dentro de la empalizada, los hermanos vieron cómo por una calle, una veintena de orcos traían hacia la puerta a los habitantes de la villa. Un par de soldados se acercaron a los jóvenes, los registraron y les quitaron a todos sus armas, menos un pequeño punzón que llevaba Esteban en su polaina y que no llegaron a encontrar. Después ataron sus manos. Matilde fue empujada hacia el grupo de villanos, entre los que reconoció a su marido y corrió hacia él dándole un desesperado abrazo.

Todavía pudieron despedirse con miradas y gestos los padres de sus hijos, cuando estos últimos fueron conducidos hacia el interior de la villa al mismo tiempo que sus habitantes eran expulsados fuera de la empalizada con fuertes empujones y patadas. Los villanos, al sentirse libres, corrieron desesperados a esconderse al bosque cercano, aplastándose unos a otros en su paso por el puente, queriendo alejarse de allí. Una vez hubo salido el último de ellos, los soldados orcos volvieron a bloquear la puerta Sur.

Solamente dos campesinos no siguieron al resto en su alocada huida de la villa. Ambos, agarrados de la mano, avanzaron con cautela pegados a lo largo de la empalizada bordeándola por el Oeste, sin una idea clara de lo que debían hacer.

En el interior de la villa, los hermanos fueron conducidos junto a los demás jóvenes que yacían sentados, con la cabeza gacha, abatidos por la preocupación. Los cinco se apresuraron a informarles de que sus familiares estaban siendo liberados y esto les dio ánimos y les hizo sentirse mejor, a pesar de que su destino estaba por esclarecerse. Mas no tuvieron que esperar mucho para saberlo, pues, al toque de un cuerno, los soldados pusieron en pie a los rehenes a empujones y puntapiés, abrieron las puertas del Norte y los hicieron salir por allí agrupados en filas de tres.

Desde el extremo Noroeste de la empaliza, agazapados entre los arbustos de la orilla de río Rascae, permanecieron vigilantes Hiparco y Matilde, viendo con impotencia cómo arrancaban a sus hijos de sus vidas.

Una tercera persona se unió a la pareja. Se trataba de Eine, la novia de Roque, que sin dejar de llorar había seguido a los padres de su amado. Al verlos salir con la cabeza bien alta y mirando al frente, se sintieron orgullosos de ellos. Emocionados, pensaron que mientras se mantuvieran juntos estarían bien.

—¿Los volveremos a ver? —preguntó Eine casi en un susurro.

—¡Confío en que sí! —exclamó Matilde, apartando con la mano las lágrimas que enturbiaban su vista—, mas la angustia no se irá jamás de mi corazón hasta que vuelvan. —aseguró sabiendo que este lance no podría asimilarlo nunca.

—Deben seguir un nuevo camino ahora. ¡Espero que la fuerza y el valor no los abandonen! —deseó Hiparco.

—¡Ni siquiera he podido despedirme de Roque! —sollozó la joven, mientras veía salir en último lugar un orco a caballo con una gran capa blanca custodiado a sus flancos por fornidos guerreros.

Eine se puso en pie y gritó con todas sus fuerzas.

—¡Que la furia del conde Aelfrico caiga sobre ti cuando se entere de esta injuria!

El grito de Eine sonó amenazador por todo el valle del río Rascae. El orco de blanco frenó su caballo y miró hacia donde había venido esa ofensa.

—¡Ja, ja! —rio Greg al ver a los tres humanos entre la maleza—. Vuestro conde ni siquiera se atrevería a levantar la mirada ante un pesquisidor real.

El orco levantó el gran cuello de la túnica que le ocultaba el pecho y mostró bordada en oro, ante el atónito trío, la insignia de Khron.

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